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Versión completa: [Fantasía/Chicas Mágicas] Las Reinas de Cristal
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1:30 P.M.

Ya habíamos llegado al Templo del Aesir, en el Glaciar de los Lirios. Los reyes Leonhardt y yo estábamos en medio de la sala principal, la cual estaba adornada por estatuas de dioses valkinianos, contenedores que quemaban incienso aromático y un pequeño estanque cubierto por pétalos de rosas. [¿por qué? uno esperaría que en tal lugar lo que hayan sean lirios...] La princesa se había ido [se marchó/se fue] a ponerse ropas ceremoniales; los monjes del lugar estaban colocando extraños grabados en el suelo, cantando algo en un idioma antiguo que no podía entender muy bien. En eso, [tal y como construyes la frase anterior los monjes trabajan mientras ella va a vestirse, pero al decir en eso lo dices es que mientras ellos trabajan ella vuelve] Fabiola entraba a la recamara, portando una toga blanca, con un collar de oro y rubíes, sin maquillaje. Los monjes dentro de la habitación sacaban unos tambores, los cuales tocaban lentamente, al mismo tiempo en que la princesa caminaba lentamente al estanque. Entre más se acercaba a éste, más rápido retumbaban los tambores y más rápido los cantos eran emitidos. Uno de los monjes encendía unas veladoras a los lados del templo, cerrando las ventanas y las cortinas. 
– ¿Qué está pasando…[no veo la utilidad de los puntos suspensivos]? – Me decía esto a mí misma en voz baja, encogiéndome un poco. El ambiente del lugar se veía muy espantoso, con la poca iluminación y los cantos. Yo no era la única que estaba nerviosa hasta el espinazo; por más que tratara de disimularlo, se podía ver a Fabiola temblar un poco. 
–Dioses que habitan en el Paraíso… esta joven doncella está reunida aquí, para volverse la vasija de uno de ustedes. Si la princesa Fabiola Leonhardt es digna de portar el alma de alguno de ustedes, haced presencia en este templo, ahora mismo. – Uno de los monjes decía esto, mientras los cantos y los tambores resonaban más fuerte. Las runas en el suelo inmediatamente se prendieron de una en una, envolviendo a la princesa en un halo de luz. 
– ¡Fabiola! – Yo exclamaba esto, cubriendo mis ojos con mis brazos. Solo podía desear que ella estuviera bien. El destello se atenuaba poco a poco, por lo cual me destapaba los ojos, viendo lo que la princesa hacía. ¡Una gema de color aguamarina había aparecido justo en frente de Fabiola! 
– ¿Qué? ¡Sí! ¡Eso es lo que quiero! Pero… ¿quién sois vos? – La princesa decía esto, mirando a la gema, la cual palpitaba un brillo especial. ¿Eso… eso era una exopiedra? Entonces, la princesa alcanzaba lentamente la gema, cuando de repente ésta emite un brillo incandescente que abarcaba todo el cuarto. – ¡KYAAAAAAAA [no me acaba de convencer esa interjección, pero lo que sí no debes hacer es poner palabras en mayúsculas para decir que es un grito alto; es preferible que pongas otro par de exclamaciones más]! – Lo único que pude escuchar fue un grito proveniente de Fabiola. Quería ir a ver qué pasaba, pero no podía ver. [no puedes decir eso cuando antes has descrito lo que pasaba; lo de antes tendría sentido con un narrador en 3ª persona] Aquel halo de luz duró unos segundos; cuando éste se disipó, los reyes y yo volteamos a ver a donde estaba la princesa. Fabiola estaba inconsciente en el suelo, vistiendo una armadura color morado claro con encajes rosa, un peto que tenía forma de alas de ángel [no tiene sentido lo que intentas describir; debería ser algo como un peto con un dibujo (o grabado) con forma de alas de ángel], chalina cruzada de color rojo, faldón corto, pero con placas medianas a los lados de las piernas y botas largas. Lo que en verdad llamaba nuestra atención eran un par de alas de mariposa plateadas que brotaron de la espalda de ella; éstas revoloteaban rápidamente, soltando mucho viento por la habitación. 
– ¡FABIOLA! – Fernando, asombrado ante lo ocurrido, corrió fugazmente hacia donde estaba la princesa, tomándola entre sus brazos. 
–Áine…– Esto era lo único que se podía escuchar de los labios de la princesa, la cual lentamente recuperó la consciencia, abriendo los ojos. – ¿Padre? ¿Qué pasa? ¿Lo-lo logré? – Fabiola, intentando levantarse, posaba su mano derecha sobre su rostro. 
–Cariño… por favor, no te exaltes. – La reina pasaba delante de la sala, diciendo esto a la princesa, ayudando a levantarse. 
– ¿Por-por qué dices eso? – Ya de pie, Fabiola prestó detallada atención a cómo es que se veía en ese momento. – ¡WAHHHHHHHHHHHHHH! – La princesa saltó del suelo de la conmoción, por lo cual yo me acercaba a donde estaba ella, llevando mi mano a la frente. 
– ¡Mantén la calma, Fabiola! – Le dije esto a ella, inclinándome un poco hacia adelante. 
–Tengo que hablar con Áine. ¡Áine… ¿dónde estás?! – La princesa exclamaba esto, volteando a ver a todos lados, cuando de pronto una silueta femenina aparecía a un lado de ella; una mujer de cabello rojo lacio, ojos violeta y un vestido color verde con morado, con alas violeta. 
– ¿Me hablabas, Fabiola? – La doncella le preguntaba esto, inclinándose un poco. 
– ¿¡Q-quién es usted!? – Fernando le preguntaba esto a aquella dama, inclinándose un poco. 
–Mi nombre es Áine. De donde vengo, soy la diosa del amor y fertilidad. [si me mencionas a Afrodita espero que sea ella la diosa del amor] – Áine le decía esto a Fernando, inclinándose un poco, sonriéndole. 
– ¿La… diosa del amor? – Al escuchar esto, yo me incliné ante ella, agachando la mirada. –Mis respetos, su grandeza Áine. – Aún no podía creer que estaba en frente de una diosa. Tanto tiempo el cual pensé que esos conceptos solo existían en los cuentos de hadas… ahora presentes ante mi mirada. 
–De pura casualidad, ¿no hay una manera de poder volverse la vasija de dos dioses? – La princesa preguntaba eso, observando a la diosa. 
–Lo siento, Fabiola. Sólo se puede ser la vasija de una deidad a la vez. Esas son las reglas; nunca vas a tener lo que deseas, mas vas a conseguir lo que necesitas. – Al terminar de decir esto, Áine agachaba la cabeza, encogiendo los hombros. 
…[no pongas puntos al principio de una oración]Lo importante es que logré convertirme en una vasija. No sabéis cuan agradecida estoy, Áine. – Entonces, Fabiola se inclinaba ante la diosa, mostrando respeto hacia ella. 
–Y yo estoy igual de agradecida de ser tu vasija [ella no es la vasija de la princesa, la princesa es su vasija], Fabiola. – Áine le respondía con esto a la princesa, sonriéndole tiernamente. 
–Ahora… ¿cómo vuelvo a mi forma normal, Áine? Sería muy incómodo para el resto del púbico verme andar con éstas atrás. –La joven le decía esto a la diosa, señalando a sus alas. 
–Concéntrate en la apariencia que tenías antes de la transformación. Es simple. – Cuando la diosa terminó de decir esto, la joven princesa cerraba los ojos por un rato; un haz de luz le envolvió por unos segundos, y cuando éste se disipó, Fabiola regresó a la “normalidad”. 
–Fabiola… estoy tan orgulloso de ti. – El rey Fernando abrazaba a Fabiola fuertemente, por lo que ella le devolvía el abrazo, cerrando los ojos. 
–Gracias, papá. Gracias, mamá. Me alegra mucho que decidieran apoyarme con esto. No saben cuánto significa mucho para mí. – Al terminar de decir esto, la princesa soltaba a los reyes y se dirigía a mí, para abrazarme. –No sabes cuanta ayuda me diste con solo estar aquí, Victoria. Sabía que podía contar contigo. – Teniendo su rostro tan cerca del mío, pude escucharla sollozar un poco; queriendo apaciguarla, le abrazaba de vuelta, sonriéndole un poco. 
– ¿Para qué son las amigas? – 
–Chicas… ¿dónde está la gema? – La reina Cornelia nos decía esto, inspeccionando a Fabiola de reojo. 
– ¡La exopiedra! ¿¡Dónde está!? – Al notar esto, Fabiola inmediatamente buscaba la gema entre su ropa, viéndose muy agitada. 
–No te preocupes, Fabiola. La exopiedra está a salvo. – Áine reaparece en frente de nosotros y nos decía esto, inclinándose un poco. 
– ¡Áine! ¿Sabéis dónde está? – La princesa volteaba a ver a la diosa, con sus manos en el pecho. 
–Cuando una deidad realiza el pacto con su vasija, la exopiedra se fusiona dentro del cuerpo del usuario. En otras palabras, la gema está dentro de ti. – 
– ¿Y cómo se puede saber eso, Áine? – 
–Las vasijas adquieren una marca en el cuerpo, simbolizando su pacto con un dios. – 
–Gracias por la información, Áine. La necesitaba. – [todo esto tendría que se explicado antes del ritual o después cuando aparece la diosa]
–Cualquier cosa en la que me necesitas, solo avisa, cariño. – La diosa entonces le decía esto a ella, sonriéndole gentilmente, desvaneciéndose lentamente. 
–Volvamos a casa, Fabiola. Debemos anunciarle al reino sobre esto. – Fernando posaba su mano sobre el hombro de la princesa, diciéndole esto.
– ¿En serio debemos exclamarlo a los cuatro vientos, papá? Dejémoslo así, por favor. – 
–Si eso es lo que quieres…– El rey le respondió con esto, encogiendo los hombros, agachando la cabeza. –Muchísimas gracias por vuestra paciencia, sacerdote [sacerdote no es lo mismo que monje]. Espero que vuestro compañero regrese pronto de Duwanga. Tengo entendido que fue a entrenar en cuerpo a cuerpo, ¿o me equivoco? – [entiendo que esto tendrá alguna importancia en el futuro (si no es así lo puedes eliminar ya), pero no queda natural]
–El sacerdote Barkhorn volverá dentro de un año, su majestad. Y no hay nada que agradecer. Nosotros trabajamos para aquellos que están buscando la ayuda de los dioses. – El monje le respondía con esto al rey, haciendo una reverencia. 
–Que tengan un buen día, señores. – Cornelia le decía esto a los monjes, inclinándose también, sonriéndoles gentilmente. 
–Gracias por su ayuda, señores. Prometo que les ayudaré como pueda. – Fabiola le decía esto a ellos, haciendo una reverencia, sonriéndoles igualmente. Y con eso, la ceremonia había terminado; solo faltaba que la princesa se cambiara de ropa para irnos de ahí. Esa fue la primera vez que presencie ese ritual… [a no ser que quieras decir que habrán más veces quita eso porque ya se sabe]


3:30 P.M. 

Después de un largo camino, nosotros cuatro llegamos a mi casa. Aún no podía sacarme de la cabeza aquella imagen de Fabiola. ¡Era amiga de una diosa! Por muchos años, pensé que los dioses no existían; menos mal que no dije eso en frente de Áine. No quería imaginarme como respondería. Debía de recolectar mis pensamientos, antes que pudiera hablar sobre la ceremonia a Fabiola. 
–Papá… ¿me permites hablar con Victoria… a solas? – La princesa le preguntó esto al rey, agachando un poco la mirada, mientras la carroza se paraba en frente de la mansión. 
–No te tardes mucho, Fabiola. Recuerda que aún tengo papeleo que atender. – Fernando decía esto, asentando con la cabeza, en lo que Fabiola y yo salíamos por la puerta derecha del carruaje. Ya en tierra firme, la princesa me toma de la mano derecha y me llevó algo lejos del carruaje, para que sus padres no nos escucharan. 
– ¿Qué pasa, Fabiola? – Le decía esto a ella, con mis manos en la cadera. Solo podía esperar a que no me restregara en la cara que era una diosa. 
–Victoria… voy a tomar clases de magia con Katalina. Ahora que soy una diosa [cuando has mencionado antes que Victoria es amiga de una diosa creía que era una manera de hablar; pero al parecer no, realmente se supone que ahora Fabiola es una diosa. No tiene sentido, lo que se ha explicado y visto es que ella sirve como un receptáculo para la diosa no que fuera una] , me encantaría aprender a usarla. Sé que no voy a poder usar los mismos conjuros que Kat usa, pero para este punto, ya me da igual. Con usar mi propia afinación mágica es suficiente. – Al decirme esto, Fabiola colocaba ambas manos en el pecho, observándome directamente. Algo me daba muy mala espina con eso que dijo; conociéndola, estaba segura que terminaría metiéndose en problemas, si aprendiera a usar magia. No es la primera vez que me he metido en problemas por culpa de Fabiola. [muestra, no cuentes. No me digas que se han metido en problemas, enseña algún recuerdo de cuando se metieron en problemas]
–De ser así, voy a asistir a tus clases. Quiero mantener un ojo encima. – Le respondía a la joven [aquí también haces referencias que en primera persona no tienen sentido: a mi amiga], entrecerrando la mirada, cruzando mis brazos. 
Awwwwww… sabía que era mala idea decírtelo. – La princesa entonces agachaba la mirada, jugando con las yemas de sus dedos. 
– ¿Sabes bien que, aunque no me lo dijeras, Katalina me lo terminaría diciendo tarde o temprano? [¿por qué? se han conocido hace un mes, hablaron una vez y esto hace referencia a que la chica cuente a otra algo que un miembro de la familia real quiere mantener en secreto: alta traición] – Al decirle esto a Fabiola, ella entonces colocaba sus manos detrás de la espalda. 
–Está bien… solo hago esto porque soy tu amiga. Como sea… ya me tengo que ir, Victoria. Espero que nos veamos pronto. Les diré a mis padres sobre ello. – Ya habiendo dicho esto, la princesa me abrazaba fuertemente, sonriéndole gentilmente. 
–Jejeje… Nos vemos luego, Fabiola. No andes buscando problemas, ahora que sois [si siempre la tutea no cambies ahora; a no ser que pretendas ser sarcástico] una diosa. – Le decía esto a ella, devolviéndole el abrazo, sonriéndole un poco. La princesa ya se despegaba de mí y se dirigía a la carroza, entrando dentro de ésta. El conductor rápidamente daba la orden a los caballos de ponerse en marcha, los cuales galopearon rápidamente con dirección a la capital. Solo quedaba entrar a la mansión y descansar un poco, antes de la cena. Explicarles a mis padres sobre lo que pasó hoy seria… muy interesante, por así decirlo; pero ese mismo día iba a conseguir más información con respecto a mi familia. 

7:00 P.M. 

Ya era la hora de cenar; mis padres y yo nos encontrábamos en el comedor, cenando filete de cerdo con ensalada y ale. Con lo mucho que me gusta la carne roja… 
–Oye, papá… necesito hablar de lo que hice hoy. – Le decía esto a mi padre, comiendo lentamente de mi trozo de filete. 
– ¿Hmmmm? ¿Qué sucede? – Mi padre me preguntaba esto, dando un trago a su copa de ale. 
–No sé si sepas de esto, pero… ¿sabes lo que es una exopiedra? – Al decirle esto a mi padre, él tragaba fuertemente, golpeando su pecho un poco. 
– ¿Exopiedra? ¿Quién te habló sobre eso, Victoria? – Al escuchar estas palabras de mi padre, yo dirigía mi mirada hacia él, asentando con la cabeza. 
–Hoy salí al Templo del Aesir, para asistir a la Ceremonia de Ascensión de Fabiola. Ella recibió una exopiedra, formando un pacto con la diosa Áine. ¿Qué tanto sabes sobre eso? – Le preguntaba esto a él, comiendo un poco más de filete. 
– ¡Momento…! ¿¡La princesa Fabiola hizo un pacto con la diosa Áine!? – Mi padre exclamaba esto, golpeando la mesa con ambas manos, haciéndose un poco hacia atrás de la impresión. [¿sus padres no sabían nada? ¡ella le contó a un amigo de la academia!]
–Recuerda tu presión arterial, cariño. – Mi madre le dijo esto a mi padre, sonriéndole nerviosamente. 
–Así es, padre. ¿Qué tanto sabes de la diosa Áine y de las exopiedras? – Le preguntaba esto a mi padre, tomando un poco de mi taza de jugo de fresa. No suelo tomar ale, así que decidí tomar otra cosa; y solo jugo había. Mi padre tomaba aire fuertemente, tranquilizándose poco a poco. 
–Ajam… a ver… De Áine, solo sé que ella es la diosa del amor y la fertilidad, frecuentemente conocida en el reino de Astea como la Reina Hada. Se dice que ella ayudó a la gente de ese reino a practicar la agricultura, además de que mató a un rey que intentó violarla. – Mi padre me decía esto, tomando un poco de ale. 
– ¿Tenías que mencionar ese tema durante la cena, cariño? – Mi madre recalcaba esto, sonriéndole un poco molesta. 
–Que interesante, por así decirlo…– Yo le respondía a mi padre, tomando un trozo de carne con un tenedor. No pude haber concordado tanto con lo que dijo mi madre. – Ahora… ¿qué tanto sabes de las exopiedras? – 
Pensé que jamás íbamos a hablar sobre ello, cariño. Pero veo que ahora estás interesada en las diosas del Paraíso, supongo que éste es el momento adecuado…– Al decir esto, mi padre retiraba su plato y se acomoda la solapa. –Nuestro antepasado, Jaden Hosenfeld, fue el portador de la exopiedra de Lumina; diosa de la luz del imperio de Bizencia, ahora conocido como el reino de Ucilia. Mis abuelos dijeron que él obtuvo este favor al haber salvado a otra “vasija”, durante la Gran Guerra Continental. Desde ese entonces, nuestra familia ha venerado a las diosas del Paraíso, buscando formar un pacto con una de ellas. Hasta ahora, nadie ha tenido ese privilegio. Aunque no sea de nuestra familia, es una bendición para el reino entero, el que la princesa se haya convertido en una diosa. ¿Pero qué fue lo que le motivó a contactar a una diosa? No te molestaría decirme eso, ¿verdad, Victoria? – Al decir esto, mi padre sonreía un poco, cruzándose de brazos. No sabía se era buena idea decirle sobre ello a mi padre, pero la familia Leonhardt y la mía han estado en muy buenos términos, desde hace mucho tiempo. 
–Ella me dijo que quería volverse una diosa, para ayudar a cuanta gente le sea posible. Fabiola me invitó a la ceremonia, para apoyarle moralmente. Ahora ella a asistir a clases de magia, con la duquesa Katalina. Yo la acompañaré, para evitar que se meta en problemas. – Le decía esto a mi padre, tomando un poco de jugo, cerrando los ojos. 
– ¿En serio? Bien por ti, cariño. Es lindo que puedas pasar más tiempo con otras chicas de tu edad, Victoria. – Mi madre me decía esto, tomando un poco de ale, sonriéndome gentilmente. 
–No quise insistirte con hacer una Ceremonia de Ascensión para ti, como el resto de la familia, tomando en cuenta que no parecías interesada en las deidades del Paraíso. Quise dejar que fueras la dueña de tu propio destino. Pero si quieres probar suerte, podemos acordar un ritual para ti, Victoria. – Mi padre me decía esto, tomando otro poco de carne con su tenedor. Yo solo negaba con la cabeza un poco, agachando la mirada. 
–Me encantaría, pero no creo que haya sido llamada para eso, padre. Que Fabiola siga su camino de vida y yo sigo con el mío. – Le decía esto a mi padre, comiendo un poco más de carne. De haberme animado a volverme una vasija en ese momento, tantas cosas hubieran cambiado; tantos eventos hubieran sido prevenidos. 
–Si vas a ir a vigilar a la princesa, te recomiendo que lleves a alguien contigo. Si conoces a alguien quien pueda ayudarte con eso, pídeselo. O si quieres, puedes pedírnoslo. – Mi padre me decía esto, terminando de comer, levantándose de su silla. “Pedir ayuda para vigilar a Fabiola”… Eso no sonaba tan mal. 
–Creo conocer a la persona perfecta para ese trabajo, papá. Y sé que no dirá “no” como respuesta. – Al decirle esto a mi padre, yo me levantaba de mi asiento y salía del comedor, terminando de comer. –Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá. – Terminando de decir esto, me dirigí a mi cuarto a descansar. No estaba tan mal la idea de pedirle ayuda a Geraldo para vigilar a Fabiola; sabía bien que él no diría “no” al hecho de rodearse de mujeres, especialmente si se trataban de damas tan encantadoras como la princesa y Katalina. Solo esperaba que Fabiola no me matara, por andar involucrando a otras personas en sus actividades…

Aunque el ritmo es algo mejor porque pasan cosas además de sólo diálogos; el ritual no me convencen, la manera en que lo describes no parece realmente algo trascendental sino una transformación de manga que ocurre en un momento. También hay momento en que como digo en la corrección describes cosas que la protagonista no puede ver porque está deslumbrada.

Tampoco me convence la familiaridad con la que trata a la familia real; la princesa es su amiga pero a los reyes no les muestra el respeto mínimo por ser quienes son...
Muchas gracias por la corrección. Iré trabajando en ella, en cuanto tenga tiempo de hacerlo.
Si sabes como ayudarme a arreglar esos problemas que me dijiste, solo dímelo. :p
(27/12/2017 12:03 PM)Jaden Diamondknight escribió: [ -> ]Muchas gracias por la corrección. Iré trabajando en ella, en cuanto tenga tiempo de hacerlo.
Si sabes como ayudarme a arreglar esos problemas que me dijiste, solo dímelo. :p

Para la parte del ritual, ya que dices que tu historia se sitúa en una versión alterna a nuestro mundo, puedes leer sobre ritos de diferentes religiones (antiguas y actuales) para tener una idea de como mejorarlo; para lo de que es imposible que la protagonista describa la armadura si no puede ver, puedes cambiar el punto de vista y hacerlo desde el de la princesa (aunque tendrás que cambiar el texto porque ella es la última en darse cuenta de lo que ocurre).
Muchísimas gracias por la idea.
Iré buscando un ritual que pueda usar, para la ceremonia.
Por ahora, te dejo que leas los siguientes capítulos. :p
Damas y caballeros... me complace anunciar que la historia principal de la novela ha sido terminada.
Desde este punto en adelante, serán puras correcciones ortográficas, gramaticales y de secuencias.
Muchísimas gracias por esta maravillosa travesía. Os prometo que no será en vano. Os prometo que mejoraré, para darles la mejor experiencia posible.
Por ahora, disfruten el siguiente capítulo.



Capítulo 6: El corazón se agita. Las llamas se encienden.

Hoy era el día en que empezaría mis clases de magia con Katalina. Y pensar que hace un mes atrás, ni siquiera estaba interesada en aprender magia. Mi vida ha cambiado tanto, en tan poco tiempo; pero, por alguna razón, esto no me incomodaba. Todo esto se me hace tan extrañamente familiar, casi mundano. Me encontraba llegando al castillo de la duquesa, acompañada por Geraldo.
–Nos vemos después, Rogelio. – Me despedía del mayordomo, el cual nos había llevado a la casa de Katalina.
–Vendré por ustedes en la noche. – Después de decirnos esto, él se va de ahí, dejándonos solos.
–Me sorprende que quieras tomar clases de magia, Geraldo. –
–No pude resistirme a esa idea, cuando me lo mencionaste. Además, eso me dará una excusa para visitar a la señorita Nadia. – Al escuchar estas palabras, yo simplemente rodaba los ojos.
– ¿Alguna vez has pensado con la cabeza y no con la entrepierna, Geraldo? –
– ¡Oye! –
–Jajajaja. Solo lo decía de broma, Geraldo. Vayamos ya, pues. – Le decía esto al muchacho, dirigiéndome a la entrada del castillo, donde estaban los dos guardias de siempre.
–Buenas tardes, señorita Victoria. ¿Busca a la duquesa Katalina? – El guardia rojo me preguntó esto, inclinándose un poco.
–Por supuesto. ¿Se encuentra aquí? Venimos a una lección de magia. –
–La señorita Katalina se encuentra adentro. Pueden pasar, si lo desean. – Entonces, ambos guardias se retiraban de la puerta, abriéndola simultáneamente.
–Muchas gracias. – Ya diciendo esto, Geraldo y yo entrabamos a las instalaciones, topándonos con la joven sirvienta.
–Señorita Victoria… ¿Desea que le hable a la señorita Katalina?–
–Por supuesto. ¿Puede llamarle, por favor? –
–En seguida, señorita Victoria. – Entonces, la sirvienta se inclinaba un poco, para luego subir por las escaleras.
–Jejeje… es muy linda. – El muchacho comentaba esto, sonriendo bobamente. Unos segundos después, Nadia bajaba con la duquesa, la cual estaba arreglando su cabello.
–Buenas tardes, muchachos. Me imagino que vienen a las lecciones de magia, ¿verdad? – La duquesa nos decía esto, inspeccionando una bolsa que trajo consigo.
–Así es, Kat. ¿Deseas salir ya, o prefieres esperar un rato? –
– ¿Hmmmm? No-no te preocupes. Salgamos ya, si así lo desean. Entre más rápido empecemos, más avanzaremos. – Entonces, la joven duquesa volteó a ver a Nadia, asentando con la cabeza. –Ocuparé vuestra ayuda, Nadia. –
–Hmmmmm… está bien, su excelencia. – Habiendo dicho esto, nosotros cuatro salíamos del edificio, para dirigirnos a la zona de práctica.
–Me sorprende que el joven Kruger haya venido a las lecciones. – Katalina nos decía esto, volteando a ver a Geraldo.
–Digamos que me llamó la atención el aprender artes arcanas, su excelencia. –
–Jmjmjmjm. Me gusta el que les guste la magia, chicos. – Un rato después, nosotros llegamos al lugar de entrenamiento, donde Katalina y Nadia dibujaban unos circuitos mágicos en el suelo. –Ahora mismo se los advierto… vosotros van a tomar más tiempo en generar una afinación mágica que Fabiola, al no ser una vasija. No se desanimen; solo es cuestión de paciencia y mucha práctica. – En eso, la duquesa nos dio la indicación de sentarnos sobre las marcas, lo cual ambos hicimos a la brevedad.
–Permítanme…– La joven sirvienta nos decía esto, frotando un poco de incienso en nuestros rostros.
–Muy bien… ya saben qué hacer. Esto tomará tiempo. – Escuchando esta orden, Geraldo y yo cerrábamos los ojos, poniéndonos a meditar. Pasó al menos unas horas, cuando de pronto un pequeño temblor se sintió debajo del grupo.
– ¿¡Q-qué está pasando!? – Al notar esto, yo me levantaba velozmente del suelo, algo agitada por ese movimiento.
– ¿Hummm? –
–No pierdas la concentración, Geraldo. Continua. Creo que estamos progresando. – Katalina le decía esto, por lo que el muchacho prosigue con su meditación.
– ¿Qué pasa, Kat? –
–Shhhhh. – La sirvienta me dice esto, pidiéndome que me sentara con su mano. Yo simplemente asenté la cabeza y volví a mi posición. El temblor en el suelo volvió, cuando de pronto unos trozos de tierra se levantaban en frente del espadachín. – ¿Magia Tierra? –
–Parece serlo… Pero no se manifiesta a como tú lo haces, Nadia. – La duquesa le decía esto, sacando una moneda de cobre de su bolsillo. –Geraldo… ¿podrías tomar esta moneda? –
–Po-por supuesto, señorita Kat. Pero… ¿qué quiere que haga con ella? –
–Hay algo que quiero confirmar. Por favor, continúa meditando, con la moneda entre tus manos. – Terminado de decir esto, el muchacho asentó con la cabeza, volviendo a meditar.
–Woah… Eso sí que no lo esperaba. – Al abrir las manos, la moneda se había vuelto una pequeña esfera.
–Afinación a los metales, ¿eh? Que interesante. Jmjmjm. ¿Les parece si terminamos la lección? Hay algunas cosas que quiero atender, antes que mis padres lleguen del Bosque de Magnolias. –
– ¿Me-me permite, su excelencia? – Geraldo le decía esto, cambiando de forma la bola de cobre, volviéndola un hijo metálico. – ¡Tada! –
–Jmjmjmjm. Ya. Ya. Vayamos a descansar un poco. – Cuando la duquesa dijo esto, ella se acercó a mí, tomándome de la mano. – ¿Me acompañas, Victoria? Hay algo de lo que quiero hablar a solas. –
–Ahmmm… está bien, Kat. – Entonces, me levantaba del suelo, lista para acompañarle. Es un poco deprimente el que no haya progresado, pero que se le puede hacer. No es como si fuera una vasija, como Fabiola. O un prodigio, como Katalina.
–Os dejaré solos por un rato, muchachos. ¿No les molesta? –
–Para nada, su excelencia. – Geraldo le decía esto, formando un cubo metálico con aquella moneda.
–E-está bien, maestra. – La joven sirvienta le decía esto, agachando la mirada.
–Acompáñame, Vic. – Al decir esto, yo asenté con la cabeza, siguiéndola a un pequeño prado, llegando a un estanque. Se podía ver el atardecer reflejado en el agua, así como el aroma de los tulipanes que se movían al ritmo del viento.
–Este lugar es muy bonito, Kat. – Le decía esto a la joven duquesa, ayudándole a sentarse en el pasto. –Mohhhh... Casi tres horas y no he avanzado. –
–No tienes que preocuparte por ello, Vic. Tarde o temprano lograrás algo. Solo es cuestión de paciencia y mucha práctica. –
– Jejeje… creo que tienes razón, Kat. No debería apurarme. ¿De qué querías hablarme, por cierto? –
–De pura casualidad, ¿tienes familiares viviendo en Elbea? – Al decirme esto, la joven volteaba a verme, con las manos en la espalda. ¿Por qué querría hablar de ello conmigo, sin que los chicos lo supieran?
–Por supuesto. ¿Por qué preguntas? – Le decía esto a ella, cruzando mis brazos.
–Cuando vaya para allá, para visitar a la señora que me vendió el collar… ¿puedo quedarme a dormir en la casa de tus tíos? Sí es que no te molesta, claro está. – Katalina me preguntaba esto, agachando la mirada.
–Ahmmmm… por supuesto. Es una petición muy poco ortodoxa, pero si eso te hace feliz…–
– ¡Pero por supuesto que sí, Victoria! ¡Nada en este mundo me hace más feliz que estar a tu lado! – Cuando escuché la exclamación de la duquesa, ambas nos volteamos a ver rápidamente; el rostro de ella se había sonrojado muchísimo. –No-no-no lo malinterpretes, Vic. So-solo quería decirte que me encantaría hospedarme en la casa de tus tíos, para tenerte a mi lado. A veces me siento sola, cuando voy a viajar con mis padres. Solemos hospedarnos en hoteles; muchos de ellos, lejos de los suburbios. Por una vez en mi vida, me encantaría tener a una amiga de compañía; alguien con quien pueda salir al mercado o a los prados verdes, disfrutando de la efímera tranquilidad en el flujo de tiempo. El tiempo mismo es como el agua, después de todo; el pasado es frio e intricado, como el hielo. El presente es una corriente que siempre se está moviendo. Y el futuro es la espesa neblina la cual no nos deja saber que hay adelante… pero que deseamos cruzar. – Al terminar de decime esto, la duquesa agacha la mirada, dándome la espalda.
–Katalina… –
–No sabes lo horrible que se siente no tener a alguien que te apoye… Que la gente que se supone que debería amarte más que cualquier otra cosa en este mundo se rehúsen a aceptar tu camino de vida. El tener que lidiar una dura batalla, por ti sola…– Entonces, pude escuchar a la duquesa sollozar un poco, cubriéndose la cara.
–Kat… ¿tienes… tienes problemas con tus padres? – Observando cómo es que la joven se desmoronaba en frente de mí, le preguntaba esto, acercándome lentamente a ella. Katalina no respondió… solo continuó sollozando. Sin darme cuenta, le abracé de la cabeza, acurrucándola a mi pecho, secándole la cara. –No estás sola, Kat. Nos tienes a nosotros. Estaremos ahí, para apoyarte en lo que desees. – Terminado de decir esto, la chica me abrazaba fuertemente. Lo más recomendable era que me quedara así, por al menos un rato, para confortarla completamente.
– ¿Es una promesa…? – La duquesa titubeaba estas palabras, observándome como una niña perdida.
–Por supuesto, Kat. Si en algún momento te sientes sola o con miedo, recuerda que siempre me tienes a tu lado. – Al decirle esto a Katalina, tomaba el collar que cargaba consigo, devolviéndole una sonrisa.
–Prometo que protegeré tu obsequio, con mi vida. – En eso, la joven duquesa se recargaba sobre mi hombro, acurrucándose un poco. Entonces… sentí algo muy caliente entre mis manos. Por alguna razón… olía a quemado.
– ¿Qué…? – ¡Fuego! ¡Una pequeña llama había aparecido entre mis manos! – ¡AHHHHHH! – Me levanté del suelo inmediatamente, sacudiendo mis manos, queriendo apagar la llamarada.
– ¿¡Que pasa!? ¿¡Cómo pasó esto, Vic!? – Katalina exclamaba esto, levantándose del suelo también, notando la flama entre mis manos.
– ¡No lo sé! ¡No puedo apagarla! ¡Ayúdame! – Al escuchar esto, la joven duquesa lanzaba una bola de nieve a mis manos; el fuego se había apaciguado por unos segundos, pero luego ardía fuertemente. – ¡WAHHHHHH! –
– ¡Tranquilízate, Victoria! ¡Vamos al estanqué! – Entonces, ambas fuimos al estanque, donde sumergí mis manos en el agua; pensé que el problema ya se había resuelto, pero en eso noté algo inesperado… El agua hervía. ¿¡Que estaba pasando!?
– ¿¡Que me está pasando, Kat!? –
–Vic… por favor, tranquilízate. Debe haber una explicación para esto… ¡Un momento…! Oye… ¿podrías sacar las manos del agua? Creo saber lo que pasa. –
– ¿¡Estas bromeando!? ¡No quiero morir incinerada! –
– ¡Confía en mí, Victoria! – Tenía mucho miedo que pudiera morir quemada, pero si ella tenía una respuesta, lo más que podía hacer era confiar en ella, por lo que inmediatamente sacaba las manos del agua, haciendo que el fuego se prendiera de nuevo. –No-no sé cómo decir esto, pero creo que está es tu afinación mágica, Victoria. –
– ¿¡Que-qué!? –
–Recuerda el entrenamiento. Concéntrate. – Aún no me creía el hecho que pudiera usar magia fuego, pero debía creerle a la duquesa; después de todo, ella es la maestra. Rápidamente, cerré los ojos y comencé a meditar, lentamente apaciguando las llamas.
–Uffff… Qué horror. Gracias, Kat. –
–Muy bien… Geraldo, Fabiola y tú aprenden muy rápido. Es un verdadero placer el tener a unos alumnos tan adeptos en artes arcanas. Ahora… vuelve a generar una flama pequeña, por favor. –
–N-no creo que sea una buena idea, pero usted es la maestra. – Después de decir esto, yo volvía a invocar una pequeña bola de fuego entre mis manos.
–Sip… afinación mágica de fuego. Bueno… eso sí que fue muy inesperado. ¿Volvemos con los muchachos? Creo que es hora de poner a prueba sus nuevas habilidades. – La doncella me decía esto, estrechando su mano.
–Está bien, Kat. – Le respondí con esto, tomándole la mano, levantándome del suelo, para luego irnos a donde estaban Geraldo y Nadia. Solo esperaba que el muchacho no le estuviera coqueteando descaradamente a la sirvienta; en serio no andaba de humor para una escena tan embarazosa, después de casi explotar en llamas.
–Entonces, pasé el resto del día en cama, con dolor de cabeza y la boca reseca. Desde ese entonces, tengo más cuidado con comer cosas que parezcan chocolate. – El espadachín le decía esto a la joven sirvienta, la cual cubría su boca, riéndose un poco.
– ¿Cómo la están pasando, muchachos? – La duquesa les preguntaba esto, por lo que ambos muchachos le observaron rápidamente.
–Muy bien, señorita Katalina. El joven Kruger me hablaba sobre algo que le había pasado en el establo de sus abuelos. –
–Que interesante. Pero bueno… creo que es hora que pongan a prueba sus nuevos conocimientos. Lo que les pediré es algo simple… un combate arcano, entre ustedes dos. – ¿¡Un qué!? ¡Pero si apenas aprendimos a desbloquear nuestra afinación mágica!
–Esta es una broma… ¿verdad? – Le decía esto a Katalina, sonriéndole nerviosamente.
–Por mí estaría bien. No es distinto a las prácticas de esgrima. – El joven espadachín decía esto, levantándose del suelo, sacudiéndose su pantalón.
– ¡Por supuesto que no es como un duelo de esgrima, Geraldo! –
–Un duelo es un duelo, sin importar que sea de esgrima o mágico. ¿O qué acaso tienes miedo de perder? –
– ¿¡YO!? ¿¡Miedo de perder!? ¡JA! ¡Hasta crees! Solo tenía miedo que terminara chamuscándote, a tal punto que no necesitarías una urna en lugar de un ataúd. – Entonces, yo invocaba dos llamas de mis manos, observándole muy molesta.
– ¿Magia fuego, eh? Que coincidencia. Le queda bien, por tu personalidad abrasiva. ¿Pero no crees que podrías calcinarte muy rápido? – Justo después que Geraldo me dijo esto, yo lancé una bola de fuego hacia él, golpeándolo en el rostro.
– ¡Piensa rápido! –
– ¡Oye! ¡Ese fue un golpe bajo! – El muchacho me gritaba esto, apagándose el fuego de la cara.
– ¿Crees que me importa? –
–Te va a importar, cuando tengas que pagar la cuenta del hospital. – Entonces, el joven espadachín levantaba trozos de metal del suelo, creando una varilla.
–Que nuestras espadas choquen, entonces. – Geraldo se lanzaba rápidamente hacia mí, abanicando su vara varias veces; lo primero que hice fue retroceder un poco, esperando a encontrar una abertura. En serio no quería pelear usando magia; aún no me sentía lista para ese paso. Pero ya no importaba; como dijo mi amigo: “un combate mágico no es distinto de un combate de esgrima.”
– ¿No cree que esto sea excesivo, señorita Katalina? – Nadia le preguntó esto a la duquesa, retrocediendo un poco de la zona del duelo.
–Puede ayudarnos a progresar más rápido. No es ortodoxo, pero es todo lo que tengo. Aún tienen mucho que aprender, antes que puedan estar a mi nivel. – En eso, yo continuaba lanzando bolas de fuego al muchacho, manteniendo mi distancia. Geraldo transformaba su vara en un escudo, bloqueando las ráfagas. La batalla apenas iba comenzando, y ya me sentía sin aliento; suelo aguantar mucho tiempo peleando, pero el usar magia me estaba desgastando muy rápido. – ¡Es suficiente! – La duquesa entonces dio la orden de detener la justa, por lo que ambos volteamos a verle.
–Pero apenas estamos comenzando. – Geraldo decía esto, soltando el trozo de metal.
–Victoria parece necesitar un descanso. Eso es de esperarse; uno debe usar éter, para usar magia. Los resultados del malgasto de éter pueden ser letales, si no se tiene precaución o entrenamiento arduo. –
–Momento… ¿quieres decir que, si usamos demasiado éter, a la hora de usar un hechizo… podría morir? – Al preguntar esto a Katalina, ella simplemente asentó con la cabeza. No… no sabía que eso podía matarme; todo ese extraño cansancio… estaba en frente de la puerta de la muerte, y no lo notaba. –E-está bien, Kat. Dejemos el combate aquí. –
– ¡Su excelencia Katalina! – Los guardias de la familia Montesco llegaron a donde estábamos, por lo que volteamos a verles. –Su excelencia… una carroza llegó al castillo. Andan buscando a la señorita Victoria. –
–Bueno… tenemos que irnos, Kat. – Le decía esto, recuperando el aliento lentamente.
–Antes de irse, ocupo dejarles una tarea. Recuerden en meditar de vez en cuando, al menos una hora al día. Esto les ayudará a mejorar su afinación mágica y su aguante. También les recomiendo que lean algunos tomos y grimorios, si tienen oportunidad de ir a la biblioteca de magia. Si lo necesitan, consigan runas, varas mágicas u otros catalizadores, para reducir el desgaste de éter. Por ahora, pueden retirarse. – Cuando la duquesa nos dijo esto, Geraldo y yo respondimos con una reverencia.
– ¡Si, maestra! –
–Nos vemos después, muchachos. – Habiendo concluido con la clase, nosotros dos nos retirábamos del lugar, listos para volver a nuestras casas. Lo único que tenía en mente en ese momento eran las palabras que Katalina me había dicho, en el estanque. Quizás no sepa lo horrible que se siente no tener a nadie quien te apoye en tu camino de vida… pero lo más que podía hacer era estar ahí para ella. En ese momento, creí que era lo suficientemente fuerte, como para cumplir esa promesa… pero ya llegaría el día que pondría a prueba esa promesa ya casi llegaría, y no lo sabía.

Para hacer un texto así de largo sólo con diálogos tienes que hacer diálogos dinámicos y no lo consigues. Mira películas, lee libros, cómics... cualquier cosa que te ayude a mejorar en los diálogos. Sino, no intentes hacer escenas de ese tipo o serán inaguantables.

Por lo demás, ahora muestras que la princesa resulta ser una bromista, esto se tendría que haber ido mostrando con anterioridad (lo de Geraldo y su personalidad de mujeriego igual).

De la historia en sí, sigue siendo interesante; aunque el detalle de Astrid y la ruta comercial lo mencionas tanto que como lector espero que vaya a ser importante en la trama, si resulta que no es así y sólo es una manera de enriquecer el mundo, no lo haces bien...

Capítulo 4: Novedades a la vuelta de la esquina. El entrenamiento de magia comienza. 

Hoy era el día en que Fabiola empezaba sus clases con Katalina; aún no podía creer que ha pasado un mes desde aquella fiesta en la capital. Solo tomó un mes para que mi vida diera un giro inesperado, y aun así no sabía que quería hacer con mi vida. Me encontraba dentro de la carroza de la familia, sentada en [al] frente, mientras que Geraldo iba sentado atrás. Yo vestía una camisa blanca con chaleco y pantalones rojos [hace un tiempo desde que leí los otros capitulos, pero juraría que esa es su vestimenta habitual. Si es así no repitas siempre que lleva esa ropa]; el muchacho vestía una camiseta azul con chaqueta café y pantalones negros. 
–Uyyyyyy… ¡Aún no puedo creer que me hayas invitado a conocer a la princesa Fabiola y la duquesa Katalina! ¡Este tiene que ser el mejor día de mi vida! – El joven gritaba esto, revoloteándose de la alegría. 
–Compórtate, Geraldo. Te mandé a hablar [no entiendo esa expresión; ¿te hablé?] para que vigilaras a la princesa Fabiola; no para que le andes coqueteando a ella o a la duquesa. – Le decía esto a Geraldo, cruzándome de brazos, mirándole con los ojos entrecerrados. –No has cambiado un poco desde que nos conocimos, ¿sabes? Siempre queriendo coquetearle a las chavas [chavo es un localismo aunque se entienda, y para quienes no lo tienen como parte de su léxico habitual les saca de la lectura; usa algo más neutro] que te parecen atractivas. – 
–Perdón, Victoria… No puedo evitarlo. – El muchacho me decía esto, agachando la cabeza, con las manos en su regazo. 
–Sabes bien que Saúl va a apuñalar tu cara, si te atreves a acercarle a Fabiola de esa manera, ¿verdad? – Le comentaba esto al muchacho, recordándome [¿?] un poco más en mi asiento, con las manos detrás de mi nuca. 
–Y no es como si yo tuviera mucha suerte, como para que la duquesa se fijase en mí…– El muchacho me recalcaba esto, jugando con las yemas de sus dedos. 
– ¿Ahh sí? ¿Y qué te hace pensar eso? – Le preguntaba esto a Geraldo, levantando la ceja derecha. ¿A qué se refería con eso? 
–Tengo entendido que ella ha rechazado todas y cada una de las ofertas de matrimonio que otros nobles le han propuesto. No sé si esta información ayude mucho o no, siendo sincero. – Después de la explicación de Geraldo, levantaba la cabeza, frotando mi mentón y me puse a pensar durante un rato. Me parecía tan extraño que una chica tan amable y educada como ella no se haya comprometido en matrimonio con alguien. 
–…Eso suena interesante, por decirlo tenuemente [¿suavemente?]. – Le decía a mi joven compañero, mirando hacia arriba. – ¿Y cómo sabes de ello? – Entonces, mi mirada se posaba sobre Geraldo, mientras me cruzaba de brazos. 
–Di-digamos que suelo seguir noticias relacionadas con las familias nobles, en mi tiempo libre. – Al decirme esto, el muchacho se sonrojaba fuertemente, agachando la mirada, sonriendo nerviosamente. He convivido con chicos como él durante mucho tiempo, como para identificar una mentira a plena vista. 
–No me mientas, Geraldo. ¿Cómo es que sabes sobre esas ofertas rechazadas? – Le pregunté esto a él, entrecerrando la mirada. 
–…Esta bien… Estuve buscando información acerca de las chavas más hermosas del reino, por unos cuantos años. Me topé con esa información de la duquesa Montesco, cuando escuché las noticias que ella rechazó a un marqués del reino de Ucilia. ¡Lo juro! – Al terminar de darme esta explicación, el joven se quedaba temblando del miedo, cubriéndose la cabeza. Yo solo me quedaba observándole lascivamente [¿seguro que es el adverbio que quieres usar?], levantando la cabeza. 
–Aún me pregunto cómo es que te volviste mi amigo....– En eso, la carroza se detiene lentamente, por lo que ambos asomábamos nuestras cabezas por la ventana, para ver qué pasaba. 
–Ya llegamos, señorita Victoria. – El conductor del carruaje, el cual era Rogelio, nos decía esto, por lo que el muchacho y yo nos bajamos de ésta rápidamente. 
–Muchas gracias. Vuelves por nosotros a las cinco de la tarde. – Le decía sacudiendo mi chaleco. 
–Que tengan un buen día, muchachos. –El mayordomo [¿por qué conduce el mayordomo?] nos decía esto, devolviéndonos una sonrisa amable, dando rienda de vuelta a la mansión. 
–Gracias a usted, señor Rogelio. – Geraldo le respondía sonriéndole igualmente. Ya habiéndose ido, el muchacho y yo volteamos a ver hacia el castillo de la duquesa. Las instalaciones se veían algo maltratadas y sin mucha decoración; casi parecía que iba a desmoronarse en cualquier momento. Al ver a la puerta de acceso, ambos vimos a dos guardias; uno en armadura roja y otro en armadura verde, ambos cargando espadas anchas. 
–Disculpen…– En eso, yo me acercaba a los guardias lentamente, al mismo tiempo en que Geraldo me seguía. 
– ¿Señorita Victoria? ¿Quién le acompaña esta vez? – El guardia verde nos preguntó esto, colocándose firmemente en la entrada, haciendo una reverencia. 
–Es un amigo mío; Geraldo Kruger. Vine a visitar a la señorita Katalina. Tengo entendido que ella le dará clases de magia a la princesa Fabiola. – Le decía esto a los guardias, inclinándome un poco. Geraldo se inclinaba también. 
–La duquesa Montesco se encuentra adentro. Pueden pasar. – Cuando el guardia rojo nos decía esto, ambos se hacían a un lado de la puerta, dejándonos pasar, por lo que yo me dirigí a ésta, para dar un toque. Unos segundos después, una joven sirvienta de cabello rojo rizado y ojos café nos abría la puerta. 
–Di-disculpen… Pasen adelante, por favor. – La muchacha nos daba la indicación de pasar, lo cual hicimos inmediatamente, devolviendo una reverencia. Ya adentro del castillo, nosotros dos llegábamos a la sala, para sentarnos en uno de los sillones. El interior se podía ver cubierto por estanterías llenas de libros de distintos tipos y unos candelabros de plata. 
–Muchas gracias, Nadia. – Le respondía con esto a la sirvienta, sentándome en el sillón doble; Geraldo hace lo mismo, mirando de forma boba a la chica. –Un favor y llama a la señorita Katalina, Nadia. – Al decir esto, ella se inclinaba un poco, pasando a retirarse. 
–Por supuesto, señorita. – Mientras la criada se iba, Geraldo la checaba [igual que pasa con chavas] de reojo, sonriendo un poco. 
–Jejeje… es linda. – 
–Geraldo…– Al notar esta reacción del muchacho, yo volteaba a mirarle lascivamente, dando a entender que se calmara. Lo único que él hizo fue agachar la mirada, encogiendo el cuerpo un poco. Un minuto después, Katalina y Fabiola bajaban del segundo piso, llegando a la sala. Fabiola llevaba una blusa blanca con rosa y una falda morada clara; Katalina traía un vestido blanco de una sola pieza, con bordados azules. 
–Por los dioses… ¡Son divinas! – El muchacho exclamaba fuertemente, corriendo hacia donde estaban ambas chicas. – ¡Es un honor poder conocerlas, sus excelencias! Los relatos que la gente ha dicho de vuestras bellezas son reales. – Entonces, Geraldo se arrodillaba ante Kat y Fabio [usaría un diminutivo distinto que no lo convierta en un nombre masculino], las cuales retrocedían lentamente.
– ¿¡Podrías explicarme quien es el muchacho, Victoria!? – La princesa dirigía su mirada hacia mí, con las manos en la cintura, viéndose muy molesta. 
–Jejeje… Lamento mucho este momento embarazoso, chicas…– Entonces, me dirigía a donde estaba el muchacho, jalándole de la oreja, levantándolo del suelo. –Él es Geraldo Kruger. Un amigo de los cuarteles donde entreno. – Les decía esto a las chicas, mirando muy molesta al joven espadachín. 
–Auch… Perdón, Vic… Perdónenme, sus excelencias…– Él le dijo esto a las chicas, agachando la mirada, con las manos tras su espalda. 
–Vuestra muestra de admiración es apreciable, pero es recomendable que se modere, joven Kruger. – Katalina le decía esto a Geraldo, sonriéndole tímidamente. 
–No es por ser grosera ni nada por el estilo, ¿pero por qué lo trajiste aquí, Vic? – Fabiola me preguntó esto, cruzándose de brazos, golpeando el suelo con la bola del pie. 
–Vino a ayudarme a vigilarte, Fabiola. – Le decía esto a la princesa, con las manos en mis bolsillos. 
– ¡Pero quería estar solo con ustedes dos [ella es la tercera]! – La joven albina exclamaba esto, inclinándose un poco hacia adelante. 
–Esta no es una de nuestras reuniones, Fabiola. Es una sesión de clases de magia. Así que mejor ni te quejes. – Al terminar de decirle esto a la princesa, ésta agachaba la mirada, con las manos en el pecho. [cruzadas sobre el pecho; lo que pone ahí es que se agarra los pechos con las manos] 
–Ya que… Sabía que era mala idea decirte sobre las clases. – 
–Lo siento, Fabiola. No puedo dejar que andes haciendo algo severamente peligroso, con lo que Katalina puede enseñarte. ¿Qué acaso tengo que recordarte la vez en que lanzaste esas anguilas a los estanques del Bosque de Magnolia? – Le decía esto a Fabiola, cruzando mis brazos, entrecerrando la mirada. 
–Ayyyyy… ¡Venga, Victoria! No me niegues que eso fue divertido. – La princesa me respondió con esto, sonriéndome pícaramente, con las manos en el pecho. 
–Sí… claro… Yo terminé llevándome toda la culpa. – Katalina entonces se ponía en frente de nosotras, para apaciguar la discusión. 
–Podéis resolver vuestras diferencias después, muchachas. Dediquémonos a impartir las clases, por favor. – Cuando la duquesa nos dijo esto, yo me acomodaba el cabello y Fabiola se estiraba un poco, terminando la plática. –Vamos afuera. Necesitaremos más espacio en cual trabajar. – Katalina nos decía esto, dirigiéndose a la puerta principal. 
–Está bien, Kat. – La princesa le respondió con esto, siguiéndola inmediatamente, sonriendo socarronamente. Geraldo y yo nos quedamos atrás por un rato, viendo a las dos chicas salir del edificio, cuando de pronto el muchacho volteó a verme confundido. 
– ¿Anguilas en estanques? – 
–No preguntes, Geraldo. – Al decirle esto al joven espadachín, yo me dirigía hacia la puerta, siguiendo a las otras chicas. Geraldo sólo encogía los hombros y me seguía sin decir nada más. Ya saliendo del castillo, los guardias se colocan en frente, impidiendo el paso. 
–Permítanme salir, caballeros. Voy a enseñarle artes arcanas a la joven princesa. Necesito espacio para trabajar. – La duquesa le decía esto a los guardias, inclinándose un poco. 
–Entendido, su excelencia. – Entonces, los guardias cedieron el paso [no tiene sentido que le impidan el paso si van a dejarla pasar en cuanto diga el motivo], por lo que nosotros continuábamos nuestro camino. 
–De pura casualidad, ¿dónde se encuentran tus padres, Kat? Me sorprende no verlos por aquí. – La princesa le preguntaba esto a Kat, frotándose la barbilla. 
–Salieron a la capital, a resolver unos asuntos de negocio con un empresario [mejor comerciante] de Astrid, llamado Leonard Russell. Vuelven hasta en la noche. – La duquesa respondía con esto, volteando a vernos un poco. 
–Me imagino que tiene que ver con la nueva ruta comercial, ¿verdad? – Fabiola le dijo esto, rascándose la nuca. 
–Eso fue lo que dijeron mis padres…– Al decirnos esto, Katalina agachaba la cabeza, con las manos en su regazo. Cuando volteé a ver a Geraldo, noté que él llevaba la cabeza agachada, también. 
– ¿Que sucede, Geraldo? – Le preguntaba esto al muchacho, ladeando mi cabeza un poco. 
–Me siento ajeno a la plática… es todo. – Geraldo me decía esto, colocando sus manos en la espalda. 
–No tienes por qué comentar sobre la conversación, si no sabes sobre el tema. No hay porque sentirse triste. – Le respondía al muchacho [a mi amigo/a mi compañero], sonriéndole un poco para animarlo. Un rato después, nosotros llegamos a una pequeña colina, la cual estaba cubierta por pinos y robles. 
–Este lugar servirá. – Katalina nos comentaba esto, sentándose en el pasto. –Siéntense, por favor. – En eso, la joven duquesa nos daba la orden para sentarnos; Fabiola asentaba con la cabeza y se sentaba junto con ella. 
–Está bien. – Al decir esto, yo me sentaba junto a Geraldo y las otras chicas, recargándome en las piernas. 
–Antes de que comencemos la clase, ¿podrías mostrarme tu transformación, Fabiola? Eso podría ayudarte para acelerar el proceso de aprendizaje y afinación mágica. – Katalina le pedía esto a Fabiola, estirando su mano derecha. 
– ¿Exactamente por qué? – La princesa preguntaba esto, inclinándose un poco hacia adelante. 
–Sois una diosa. Usar magia va a ser más sencillo, estando transformada. ¿O qué no prestaste atención? – La duquesa decía esto, asentando con la cabeza. La princesa se quedó callada por unos segundos, cuando de pronto ella asentaba de vuelta diciendo:
–Entendido. Sois la profesora, después de todo. – Entonces, Fabiola se levantaba del suelo lentamente, agachando la mirada, cerrando los ojos, respirando profundamente. 
– ¡Áine… bríndame tu poder! – Al exclamar esto, la princesa es envuelta en un halo de luz, como el de la ceremonia. 
– ¿¡Qué está pasando, Victoria!? – Geraldo gritaba esto, cubriéndose los ojos. Katalina no parecía inmutarse ante la transformación. La luz se disipó en unos cuantos segundos, revelando la transformación de la princesa. – ¡GUAU! ¡ESO SÍ QUE ES UNA BELLEZA DE MUJER! – Al descubrirse los ojos, el joven espadachín señala a donde estaba la princesa, dejando caer la quijada. 
– ¡Geraldo…! – Le reprimía esto, volteando a verle enfadada. 
–Continuemos con la lección, Katalina. – Fabiola le dijo esto a la duquesa, sentándose al suelo lentamente. 
–Muy bien… Conectar con tu afinación mágica es algo complicado, si es que no tienes paciencia o la madurez necesaria para ello. – En eso, la joven duquesa sacaba algo de la bolsa que trajo con ella. –Te pido que te relajes y medites por un momento, hasta que sientas una corriente energética circular por tu cuerpo. Tu afinación mágica se manifestará por sí sola, cuando esto pase. – Katalina le decía esto, frotando un polvo de color café rojizo en su frente. 
–…– La princesa solo asentaba con la cabeza, con las manos en sus piernas, cerrando los ojos. Geraldo y yo nos hacíamos un poco hacia atrás, dejando más espacio a Fabiola. Ahora solo era cuestión de esperar un resultado. No podía imaginarme la ansiedad que mi amiga estaba pasando en ese momento; quedarse quieta y meditar son palabras ajenas a su vocabulario. Pero debía tener fe en ella.
Muchas gracias por notificarme esos detalles.
Cuando tenga la oportunidad de continuar con la corrección, lo haré.
Muy bien, muchachos... a partir de este punto, la situación se pondrá más fea, con respecto a la historia.
Lamento si hemos tardado mucho en llegar hasta acá. Os prometo que arreglaré el ritmo de la historia, durante la etapa de depuración.
Por ahora, disfruten:



Capítulo 7: Lady Victoria a sus servicios. La maestría de la espada se ha completado.

Han transcurrido cinco maravillosos años, desde que me había vuelto amiga de la joven duquesa, Katalina Montesco. El tiempo que había pasado con ella y con Fabiola, era definitivamente lo más añorable que tenía en mi vida. El grupo pasamos los días que andábamos juntas, ya sea yendo al mercado a comprar ropa u otras cosas o a los bares, donde tomaríamos unos tragos y cantaríamos durante un rato, así como pasando los días de primavera en los extensos prados del reino, admirando el paisaje o platicando un rato, acerca de que pensábamos de lo que acontecía en nuestro mundo o lo que pasaba por nuestra mente. Comúnmente, solía acudir a las sesiones de practica mágica, al igual que ella venia al barracón donde yo entrenaba, para verme a mí. Pero… aún existía esa emoción inquietante que sentía hacia la duquesa. No podía entenderla del todo; cada vez que la veía sonreír, mi corazón ardía de felicidad. Cada vez que platicaba con ella, solo deseaba que el tiempo se detuviera. Ese mismo fervor... era el mismo que sentía, cuando entrenaba en los barracones. ¿Pero qué significaba eso? No importaba como… Debía encontrar la respuesta.
Yo me encontraba en la entrada de la casa de Katalina, adentro de la carroza de la princesa, esperando a que ella bajara. Solo faltaban dos horas para que comenzara la ceremonia, por lo que debíamos darnos prisa.
– ¡Date prisa, Katalina! ¡Vamos a llegar tarde! – Fabiola le gritaba esto a Katalina, cuando entonces ella salía del edificio, acompañada por sus guardias, vistiendo un vestido azul.
– Ya. Ya. Espérenme, chicas. – La duquesa comentaba esto, sonriéndome un poco. Los guardias se inclinaban ante ella, cuando llegó a la entrada del castillo. –Un favor y quédense aquí, muchachos. Os prometo que estaré bien. Ustedes pueden quedarse a cuidar de mis padres. –
– ¡Sí, su excelencia! – Los guardias responden a esto con un saludo, componiéndose firmemente.
– ¡Adelante, pues! – Ya habiendo dicho esto, Katalina, Fabiola y yo salíamos en marcha a los barracones.
–Ustedes dos se tardan demasiado, poniéndose maquillaje. ¿Lo sabían? – Le decía esto a Katalina, colocando mis manos detrás de mi nuca.
–Venga, Victoria. Que a ti no te guste maquíllate, no quiere decir que nosotras no podamos hacerlo. – La princesa contestaba con esto, cruzándose de brazos.
–Me sorprende que tus padres no vayan a ver la ceremonia, Victoria. ¿A qué se debe eso? – Entonces, la duquesa me pregunta esto, levantando la mirada para observarme.
–Ellos salieron a la frontera con Ucilia. Ha habido más casos de desapariciones. Jmmmmm… Y pensar que después de cinco años, los plagios no han disminuido un poco; pero no. Pareciera que la situación empeora conforme más pasa el tiempo. – Le decía esto a Katalina, bajando la mirada. La frecuencia con la que los secuestros han estado pasando me tienen asustada… ¿Y si terminan secuestrando a las chicas? Jamás me lo perdonaría, si eso pasara.
– ¿Tú crees que haya un grupo criminal interesado en tráfico de personas? – Kat preguntó esto a Fabiola, colocando su mano izquierda en su mentón. La joven princesa no respondió, por al menos unos segundos; solo se quedó callada, con la cabeza agachada. – ¿Fabio? –
–No quiero hablar de eso, Kat…– En eso, la chica albina volteaba a vernos, con un tono de voz muy serio, no característico de ella.
–Sea lo que sea, no permitiré que alguien te lleve de mi lado, Kat. – Le decía esto a Katalina, sonriéndole amablemente.
– ¡No es necesario! – Cuando la joven princesa nos dijo esto, la duquesa y yo volteamos a verla; ella se puso muy exaltada por ese comentario, por lo que veía. –Ahmmmm… deja que la armada se encargue del caso, Victoria. Ellos ya están en el caso. – Terminado de decir esto, ella nos devolvió una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca.
–Fabiola…– La duquesa se quedó mirándole algo confundida, sin comentar algo más.
– ¡Oigan! – Entonces, la carroza se topaba con Geraldo, el cual cargaba su armadura.
– ¡Geraldo…! ¿Te gustaría acompañarnos a los barracones? – Fabiola preguntaba esto al joven, asomándose por la ventana.
– ¡Por supuesto! ¡Allá me dirijo! – El espadachín nos respondía, asentando con la cabeza, por lo que le abrimos la puerta para que entrara a la carroza. – ¿Qué tal están, chicas? –
–Estábamos hablando sobre las desapariciones que han ocurrido en el reino. – Katalina le comentaba esto, asentando con la cabeza.
–Ohhhh… ¿Sobre ello? Bueno… ahora que voy a volverme un espadachín, creo que voy a ir a la capital, a solicitar trabajo en los cuarteles generales. Me gustaría poder ayudar con el asunto de las desapariciones. – Geraldo comentaba esto, rascándose la nuca.
– ¿En serio? Que interesante. – La joven duquesa respondía con esto, devolviéndole la mirada.
–Mi familia necesita el dinero; completar ese trabajo podría sacarnos de la pobreza. A parte, se bien que solo soy un hombre. Pero un hombre basta para hacer la diferencia. – El muchacho colocaba sus manos detrás de su espalda, sonriéndonos de manera optimista, pero el rostro de Fabiola se mostraba más preocupado.
– ¿Estás seguro que esto es lo que quieres, Geraldo? – Al preguntar esto, la princesa agachaba la mirada, al mismo tiempo en que sus labios temblaban.
–Por supuesto. ¿Qué tiene de malo buscar algo de gloria? – Justo después que el muchacho le respondiera, la chica albina golpeó sus piernas, inclinándose hacia adelante.
– ¿Solo te importa eso? – La reacción de ella nos había dejado perplejos; no parecía la impudente y arrogante Fabiola que conocíamos. –Pe-perdón, chicos… he estado algo ajetreada con todo el trabajo que tengo. Es todo. – Entonces, la chica agachaba la cabeza, cerrando los ojos.
–No te preocupes, cariño. Tienes nuestro apoyo moral. – Cuando Katalina terminó de decir esto, dibujando una sonrisa en su rostro, Fabiola levantó la mirada y asentó con la cabeza.
–Gracias, Kat. Pero este es un trabajo que quiero terminar por mí sola. – Algo no encajaba bien… podía sentirlo. Parte de mí quería preguntarle a Fabiola sobre “ese trabajo” que ella está atendiendo, pero terminaría sonando grosera. No quería enfurecerla, a parte. La próxima vez que ella y yo estemos solas, lo iba a hacer.

1:00 .P.M.

Mis compañeros, Katalina y yo, nos encontrábamos en el barracón donde solía entrenar, donde Fabiola estaba ayudando con la conmemoración de caballería. Todos, excepto Katalina, estábamos vestidos con una armadura de hierro; algo barata, pero práctica. Ninguno de nosotros estaba usando el casco de nuestra armadura, para así poder apreciar mejor la escena. El siguiente en línea era Saúl.
–Saúl Giesler… pase en frente y escoja su arma, por favor. – La princesa daba la indicación al marqués, para pasar al frente de la sala.
–Está bien, su alteza. – En eso, el joven pasaba adelante, haciendo una reverencia, para luego tomar lo que parecía ser un berdiche; un hacha de batalla cruzada con una lanza.
–Escojo el berdiche, su alteza. – Al dar esta indicación, él tomó el hacha entre sus manos y caminó hacia donde estaba la albina.
–Inclínese, por favor. – Fabiola le decía esto a Saúl, desenvainando una espada que cargaba.
–Sí, su majestad. – El joven pelirrojo entonces se arrodillaba ante ella, agachando la mirada. –Fabiola…–
–Yo, princesa Fabiola Leonhardt, te nombro Sir Saúl Giesler. – Entonces, la joven albina le otorgaba el título de caballero al marqués, sonriéndole un poco.
–Gracias, su alteza. – Ya habiendo terminado esto, el joven se levantó del suelo, volviendo a donde el resto del grupo. Pude notar una gota transitar su rostro, pero éste se volteó muy rápido.
–Geraldo Kruger, es su turno de escoger su arma. – La princesa daba la indicación con la mano a Geraldo de pasar, por lo que él inmediatamente hace eso.
–En seguida, su alteza. – El muchacho se quedó observando variedad de sables; claymores, zweihanders, estoques y demás. Él continuó caminando por unos segundos, cuando de pronto se detuvo y posó su mirada sobre un escudo y una espada ancha. –Escojo el escudo y espada, su alteza. – El joven se acomodaba los anteojos y decía esto, tomando el escudo y la espada ancha.
–El escudo y espada… que así sea. Pase en frente, por favor. – Fabiola decía esto, mientras ella y Geraldo hacían una reverencia. El joven rápidamente se arrodillaba ante ella, esperando la conmemoración. –Yo, la princesa Fabiola Leonhardt, te nombro Sir Geraldo Kruger. –
–Gracias, su alteza. – Geraldo se levantaba del suelo, sonriéndole a ella, inclinándose nuevamente. Ya era mi turno... Pasaba al frente de la sala principal, donde mi amiga me iba a conmemorar espadachín, y escogería la espada que portaría de por vida.
–Escoge tu arma, Victoria Hosenfeld. El arma que escojas, no solo define tu futuro estilo de pelea, si no también define tu propia personalidad. – En eso, la joven dio la indicación de pasar, para escoger mi arma de preferencia. Si debía decidir qué tipo de espada debería de usar, debería de escogerla basándome más en mi propia personalidad y en el estilo de pelea que busco. Quiero un arma que combine con mi estilo que estoy buscando; volar con la gracia de una mariposa, la velocidad de una avispa y la fuerza de un escarabajo ermitaño. Con la determinación de toda mi alma, pasaba a tomar un estoque, de entre las espadas del arsenal; un sable delgado, pero flexible y letal, en las manos correctas. Me quedé observándolo, por un rato, sintiendo como es que me susurraba: “¿deseas mi poder? ¿Deseas ser mi acompañante?”
–Elijo el estoque, su alteza. – Le decía a Fabiola, volteando a verle con el estoque en la mano, inclinándome ante ella.
–Perfecto… Si esa es el arma que te acompañara por el resto de tu vida como espadachín, que así sea. Ahora inclínate, por favor. – La princesa me decía esto, devolviéndome la reverencia. Yo solo asentaba con la cabeza, arrodillándome ante ella. –Yo, princesa Fabiola Leonhardt, te nombro Lady Victoria Hosenfeld. –
–Jmjmjmjm. – Pude escuchar una risa a mi derecha, por lo que volteé disimuladamente; la joven Katalina se cubría la boca, sonriendo un poco.
–Jmmmm… gracias, su alteza. – Le respondía a Fabiola, levantándome del suelo, inclinándome un poco. En eso, yo volvía con mi grupo de compañeros, a formarme en la fila.
–Desde este momento, ustedes ya no son mis alumnos. Con todo el orgullo del mundo, os declaro a vosotros espadachines oficiales. Que el camino de la espada os dirija al futuro que deseen. – Al terminar de decirnos estas inspiradoras palabras, el maestro Álvaro hacia una reverencia final, a la cual nosotros respondíamos con una propia.
–Como vuestra princesa y vasija de Áine, les doy una bendición y mi protección en vuestro camino de vida. – En eso, la chica albina nos decía esto, devolviéndonos una sonrisa. Terminada la reverencia, Kat, Geraldo, Saúl, Fabiola y yo nos dábamos un abrazo grupal. No podía expresar con palabras la felicidad que sentía en ese momento. Finalmente había completado ese arduo entrenamiento que me había tomado tantos años. ¡Me había convertido en un espadachín pleno!


2:00 P.M.

Después de la ceremonia, Nosotros salíamos con dirección a mi casa. Había empezado a nevar; se podía ver las calles y las praderas de ese lugar, llenarse de un manto blanco y helado. Buen día para no haber traído un abrigo, pero al menos nos iremos en un carruaje.
–Debo volver a mi casa, chicas. Tengo que enlistar mis cosas para irme a vivir a la capital… Aún no sé cómo es que mi mamá va a reaccionar a esto. –Geraldo se colocaba una capucha café y nos comentaba esto, devolviéndonos una sonrisa a ambas.
– Pero necesitaba decirle algo a todos ustedes, chicos. – La princesa le decía esto, cruzando los brazos.
–Si se trata sobre ir a la frontera con Astrid, para ir a comprar más joyería…– Antes que el marqués terminara la frase, Fabiola le interrumpía golpeando en suelo con su pie.
– ¡No es eso, Saúl! ¡Quería hacer una fiesta para nosotros, como celebración de vuestra conmemoración! – Al escuchar las palabras de la princesa, nosotros le veíamos asombrados por la noticia. Yo levantaba la ceja derecha, cruzando mis brazos, también.
–Pero si tu cumpleaños fue hace poco. ¿Estás segura que tus padres te permitirán ese lujo? Me imagino que ellos se terminarán molestando por todo el gasto de dinero. –
–No necesito que me des mal augurio, Victoria. – Ella me respondía con esto, con las manos en la cintura.
–No es por darte la contraria, cariño… ¿pero no crees que muy poca gente asistirá a la fiesta? O sea, ¿no se te hace muy frívolo ese motivo para realizarla? ¿Qué te parece si reducimos la fiesta a una cena grupal, para solo nosotros cinco? – La joven duquesa dio su opinión, sonriéndole nerviosamente.
–Concuerdo con Montesco, cariño. – El joven pelirrojo replicaba el comentario de Katalina, asentando con la cabeza.
–Yo también. Lo siento, su alteza. – Geraldo también decía esto, agachando la mirada de la vergüenza. Yo simplemente miraba a la joven albina, encogiendo mis hombros, dando a entender lo que pensaba.
–Awwwww… está bien. Ya que. – Fabiola nos decía esto, agachando la mirada, con sus manos en la espalda. En ese momento, me había acordado de la conversación de la mañana, donde ella actuaba muy sospechosamente inusual. Este era el mejor momento para obtener respuestas, pero debía estar solamente con ella.
–Oye, Fabio… necesito hablar contigo, a solas. – Entonces, yo entrecerraba la mirada, cruzando mis brazos.
–Está bien, Victoria. – Ya habiendo dicho esto, ella y yo nos íbamos a otra parte del barracón, donde los chicos no pudieran escucharnos. – ¿Que sucede? – Me quedé mirando lascivamente a la princesa, por un rato, la cual retrocedía un poco ante esto.
–Quiero que seas honesta, Fabiola. ¿Por qué estás tan firme en que no nos involucremos en las desapariciones? – Le preguntaba esto, cruzándome de brazos.
–No tengo idea de que me hablas. – Fabiola me decía esto, mirándome fijamente, achicando su cuerpo.
– ¿Y por qué te encoges, de ser así? – Al decirle esto a la joven, ésta saltó un poco hacia atrás de la impresión.
–N-no es nada, Victoria. Te-te juro por Áine que estoy diciendo la verdad- ¡Ayyyyy! No debí haber dicho eso. Ahora se enojará conmigo. – La princesa me decía esto, con las manos en la cabeza, revoloteando del miedo.
–Debemos serle sinceras a la señorita Victoria, Fabiola. – Entonces, la diosa se manifestaba en frente de nosotras, algo preocupada.
–…Está bien… supongo que no tengo otra opción. Pero necesito pedirte algo a cambio, Vic… No disipes esta información a otra gente; no se lo digas a tus padres o a los chicos. – La joven princesa me decía esto, acercándose lentamente hacia mí, observándome de manera muy seria.
–E-está bien, Fabio. Pero si es algo ilegal, tendré que intervenir. – Al decirle esto a Fabiola, ladeaba la cabeza un poco agachando la mirada.
–No es eso, Vic. He estado ayudando al ejército y al comandante Luttenberg a investigar más sobre las desapariciones. Unos meses atrás, conocí a otra vasija, pero de ello no puedo hablarte. Solo digamos que me ha estado ayudando con la localización de los desaparecidos... Pero… No… no puedo continuar. – Fabiola iba a detener su explicación, pero de pronto la diosa le detiene, cruzándose de brazos.
–Fabio…– Al escuchar esto, la joven princesa agachó la cabeza y desvió la mirada.
–Está bien… Hace poco encontramos restos de cuerpos humanos, a las afueras de la zona residencial. Después de un arduo análisis, encontramos marcas de mordidas y garras que no pertenecían a nada antes visto. – Cuando terminé de escuchar estas palabras, me llevaba mi mano al pecho, con el rostro algo pálido.
–Quieres decir que… la gente desparecida- – Entonces, la chica albina me daba la indicación con su mano de detenerme.
–Es por esto por lo que no quiero involucrarlos, Victoria. Hay algo merodeando este reino, devorando docenas de personas. Jamás me perdonaría el que ustedes terminasen así, también. ¿Podemos volver con los demás, por favor? No quiero seguir hablando sobre esto. – Fabiola terminaba de decirme esto, dándose la media vuelta para dirigirse a donde los muchachos.
–Sabes bien que no puedes con este problema tú sola, ¿verdad? – Entonces, yo me colocaba en frente de la albina, bloqueando el paso, mirándole lascivamente. Ella estaba loca si en verdad pensaba que podía resolver este caso, por si sola. Especialmente si algo que come decenas de personas de desayuno anda al acecho, en el reino.
–Esta es mi responsabilidad, como princesa… como diosa. Por favor… mantente fuera de la línea de fuego, amiga. – Después de decirme esto, la joven princesa agachó la mirada, con las manos en el pecho. Tratando de animarle, yo colocaba mi mano en su hombro, sonriéndole gentilmente.
–Cuídate mucho y no quieras hacerte la valiente, si las cosas empeoran. Es todo lo que tengo que decir. – En eso, Fabiola se lanza sobre mí, abrazándome fuertemente. Pude escuchar unos cuantos sollozos, teniendo su rostro a un lado mío.
–Gracias, Victoria…– Sin saber que más hacer, le devolvía el abrazo, frotando su cabeza.
–Volvamos con los demás, Fabio. Está nevando más fuerte. – Al haberle dicho esto, la joven asentaba con la cabeza y volvíamos con el grupo; Fabiola se secaba las lágrimas de sus ojos velozmente, sonriéndole a los chicos.
–Vámonos ya, muchachos. No quiero que nosotros atrapemos un resfriado. – La princesa le dice esto al grupo, levantando su mano derecha.
–Adelante, Fabio. – Katalina decía esto, subiendo al carruaje con Saúl y Geraldo. Ya adentro, nos pusimos en marcha para ir a mi casa. Solo podía esperar que Fabiola no tirara su vida a la basura, haciendo una tontería. Algunas cosas no cambian, por más que el tiempo avanza.

2:30 P.M.

Finalmente llegamos al palacio, donde me despediría de los chicos. La carroza estaba estacionada en frente de la entrada, mientras que nosotros intercambiábamos palabas.
–Debo apurarme, muchachos. Necesito resolver el asunto que tengo pendiente. – La princesa nos decía esto, dando una señal con su cabeza. –La próxima semana les llevaré a cenar, como celebración ¿Qué les parece? –
–Me encantaría, Fabiola. – Katalina le dice esto, sonriéndole gentilmente.
–Bien... yo me bajo aquí, pues. Cuídense mucho y que las diosas les protejan. – Le dije esto al grupo, saliendo de la carroza cuidadosamente.
–Nos vemos después, Lady Victoria. – La duquesa me respondía con esto, sonriéndome de vuelta.
–Nos vemos después, Kat…– Ya habiendo dicho esto, me bajaba del carruaje, el cual se puso en marcha con rumbo a la capital. Entonces, entraba dentro de mi casa, topándome con Rogelio, quien estaba barriendo el piso.
–Señorita Victoria… ¿qué tal le fue con la conmemoración? – El mayordomo preguntaba esto, dirigiéndose hacia mí.
–Perfecto, señor Rogelio. ¿Ya volvieron mis padres? – Le preguntaba esto al sirviente, sentándome en uno de los sillones.
–Lamentablemente no, señorita. ¿Hay algo que se le ofrecía? – Rogelio me decía esto, sentándose a mi lado.
–No, realmente. Solo tenía curiosidad. – Al decirle esto, me recargaba un poco más sobre el sillón, mirando hacia arriba.
– ¿Le gustaría un poco de té, señorita? – El mayordomo me decía esto, volteando a verme un poco.
–Té verde, con unas galletas de chocolate, por favor. ¿Andas de humor para jugar ajedrez? – Le preguntaba a él, mirándole un poco cansada. Se podía escuchar mi estómago gruñir fuertemente, por lo que me sonrojaba un poco.
–Por supuesto que me gustaría jugar, señorita. Traeré la comida en seguida. – El mayordomo replicaba con esto, levantándose del sillón, dirigiéndose a la cocina. Ahora que era un caballero, ¿en qué podría trabajar? ¿Debería solicitar un título nobiliario, como mis padres? ¿O debería trabajar para la armada, como Geraldo? Unos minutos después, Rogelio regresa a la sala, cargando consigo una bandeja de galletas con una tetera. –Aquí tiene, señorita Hosenfeld. – El señor entonces puso la comida en la mesilla de la recamara, yendo por el tablero de ajedrez.
–Gracias, Rogelio. – Le respondía al sirviente, tomando una galleta, sirviéndome un poco de té en una taza. –Has trabajado para la familia, desde antes que yo naciera, ¿verdad? –
–No realmente, joven Victoria. Mi padre conoció a sus abuelos, antes que su tío, Walter Hosenfeld, se mudara al reino de Elbea. – Rogelio me decía esto, colocando el tablero y las piezas en la mesa. – ¿Cuáles piezas desea usar, señorita? – Al preguntar esto, el mayordomo se sentaba en el otro sillón, quedando en frente de mí.
–Las blancas. Gracias por preguntar. – Le decía esto, acomodando las piezas a mi lado, tomando un poco más de té. – ¿Y que llevó a mi tío a tomar esa decisión? – Entonces, tomaba otra galleta de la bandeja, comiéndola rápidamente.
–Su tío quiso abrir una tienda de perfumes, en la ciudad de Camberia; la capital de Elbea. Ahí fue donde conoció a vuestra tía Mariana, después de todo. – Él me decía esto, acomodando sus piezas en el lado de su tablero.
– ¿En serio? Eso explica el acento de mi tía. La próxima vez que los vea, voy a comprarles un perfume de lirios, para cierta amiga mía. – Le decía esto, moviendo una pieza hacia adelante.
– ¿Es para su alteza? – El sirviente me preguntó esto, moviendo una de sus piezas, observándome detenidamente, levantando una ceja.
–No. No es para ella. Es para Katalina. – Le decía esto a Rogelio, moviendo otro de mis peones, sonrojándome un poco. –Ahmmmmm… No sé si sea una buena idea, pero me encantaría saber cómo fue que usted conoció a su esposa. – En eso, el mayordomo frotaba su barbilla, continuando con el juego.
– ¿Y a qué viene eso, señorita Victoria? – Al escuchar esto, yo negaba con la cabeza, sonrojando mi rostro.
–Curiosidad. Es todo. –
–Je. La curiosidad mató al gato, si es que no lo sabía. Pero me halaga que usted desee escuchar uno de mis relatos, para variar. – El señor me decía esto, tomando un poco de té, sonriendo un poco. –Fue hace 41 años atrás, cuando Ernesto Leonhardt aún era el rey. La conocí, cuando mi familia vivía en el sur del reino, en el Valle de las Violetas. Ella era una bella campesina; cabello dorado cual trigo, ojos azules tal cual cielo, y esa sonrisa de ángel que me dejo cautivado de por vida. – Cuando Rogelio terminó de decir esto, yo asentaba con mi cabeza.
–Ella murió hace poco, ¿verdad? – Le decía esto al mayordomo, el cual agachaba la mirada.
–Dos años atrás, para ser más preciso. – Unos segundos después, él movía una de sus piezas, tomando un poco más de té. No debí haber mencionado eso; debía de animar la conversación inmediatamente.
–Mis-mis condolencias, señor Rogelio. Me-mejor continúe hablando de cómo conoció a mi familia. No quiero lastimarlo más. – Le decía esto, tomando un poco de té, sonriéndole nerviosamente, moviendo una de mis piezas.
–S-sí, señorita. Y gracias por el apoyo moral. – El sirviente me contestaba con esto, sonriéndome un poco. –Yo tenía 22 años, cuando sus abuelos murieron. La leucemia de mi padre empeoró; sus padres me ofrecieron trabajar para ellos, cuando asistí al funeral de Julius. Necesitaba el dinero, para el tratamiento mágico de mi padre. Lamentablemente, ya era demasiado tarde; mi padre murió, unos años después de sus abuelos. – Al haber dicho esto, Rogelio se tapaba la cara con ambas manos, agachado su cuerpo. Ahora había empeorado la situación… Y pensar que podía evadir la flecha, cambiando de tema.
–No quería deprimirlo, pero terminé llevándolo a un lugar del cual no quería hablar. Metí la pata, otra vez. – Le dije esto a mi acompañante, frotando mis brazos, desviando la mirada.
–No-no es su culpa, señorita Victoria. Sé que duele, pero al menos puedo dejarlo ir, hablándolo con usted. – En eso, Rogelio levantaba la mirada, sonriendo un poco, comiendo una galleta. –Es un placer conversar con usted, sin tener que preocuparme por andar curando heridas. –
–Jejeje… Y pensar que han pasado cinco años, desde la última vez que me metí en un pleito callejero. – Le decía esto al mayordomo, desviando la mirada.
–Bien por usted, señorita Victoria. Ese es un hábito que es difícil de eliminar. – El señor me decía esto, moviendo una de sus piezas.
–No podía evitarlo. Los brabucones de la escuela y de los barracones no podían salirse con las suyas, maltratando a las otras chicas. Si yo no las defendía nadie más lo hubiera hecho. ¿Qué acaso no es esa la responsabilidad de un noble? –Al haberle dicho esto, yo movía una de mis piezas, eliminando una de las de Rogelio.
–Su causa es noble, pero vuestros medios son defectuosos, señorita Victoria. Ganar una batalla requiere más que solo fuerza bruta. – Entonces, Rogelio movía una de sus piezas, eliminando una de las mías.
–Mi padre me ha hablado de ello, cuando empecé mis clases de esgrima. Ese consejo me ha ayudado, como no se lo imagina. – Le decía esto, sonriéndole un poco.
–Dígame, señorita… ¿Qué planea hacer con su vida, ahora que se volvió un caballero? – El sirviente me preguntaba esto, tumbando una de mis piezas. Si movía una pieza equivocada, mi rey y/o mi reina quedaría expuestas; debía proseguir con más precaución.
–Si le soy honesta, aún no lo sé. Ya han pasado cinco años desde que esa duda apareció en mi cabeza, y aún no la he resuelto. Todos mis amigos ya tienen o tendrán trabajo, pero yo sigo sin saber a dónde quiero ir. Infantería, exploración, servicio secreto, investigación criminal o guardaespaldas… Todo suena tan llamativo, y ese es el problema. ¿Qué debería escoger? – Cuando le dije esto a Rogelio, recargaba mi rostro sobre mis manos, bajando el cuerpo. Ahora era yo quien se sentía desanimada; no podía sacarme de la cabeza, el hecho que sigo en el mismo lugar.
–Señorita Victoria… a veces no es tan simple encontrar el camino de vida de uno mismo. Pero he conocido casos de personas como usted, que estaban sin rumbo y sin trabajo; ellos lograron salir adelante, siguiendo lo que más les apasionaba. Aquello que su corazón deseaba. Quizás no sea mucho, pero le recomiendo que escuche vuestro interior y encuentre esa llama que la guie al camino que desea. Tengo fe en que lo logrará. – Al terminar de decirme esto, el mayordomo acariciaba mi cabeza, sonriendo gentilmente.
–Gracias, Rogelio… Continuemos jugando, por favor. – Yo levantaba la cabeza, sonriéndole de vuelta, para luego continuar jugando. No lo sabía aun, pero existía una llama de pasión dentro de mí, la cual crecía más y más grande a cada segundo. Y no sabría cuál era la razón, sino hasta que llegó ese lúgubre día. Ese día que mi vida cambiaría.


5:00 P.M.

Mis padres ya habían vuelto de la capital. Nosotros nos encontrábamos en el comedor, listos para comer estofado de res. Genial… más carne roja para cenar…
–Entonces, tu padre y yo encontramos un cachorro de oso en el Bosque de Magnolia, pensando que era un bandido. Menos mal que decidimos no atacar. Jamás me hubiera perdonado el hecho de matar a un animal indefenso. – Mi madre nos relataba una historia de su época de juventud, limpiando su boca con una servilleta.
–Ohhhhh… jeje. Esa sí que fue una luna de miel poco usual. – Le decía esto a mi madre, comiendo dudosamente el estofado.
–Y yo que quería ir a la costa de Ucilia, pero tu madre me convenció en ir a las montañas del sur. Ahí tienes una muestra del talento de tu madre. – Mi padre comentó esto, entrecerrando la mirada, agachando la mirada un poco.
–Madre… ¿cómo fue que mi padre te pidió noviazgo, por cierto? – Le preguntaba esto a mi madre, ya habiendo terminado de comer el estofado.
– ¿Él pedirme noviazgo a mí? ¡Ja! Hasta crees que tu padre se animaría a hacer eso. Yo le pedí eso a tu padre. – Mi madre entonces se reía un poco, devolviendo una sonrisa sarcástica hacia mi padre y a mí. –Eso fue hace como treinta años atrás, cuando yo estaba en la escuela de medicina. Tu padre me había llevado a la laguna del castillo Leonhardt, para ir a pescar. Ya llevaba un tiempo desde que me había enamorado de tu padre, por lo que aproveché la situación para decirle lo que sentía por él. Cuando se lo dije, él se cayó del bote donde pescábamos. Jajajaja. – Al terminar de decir esto, mi padre se sonrojó fuertemente, agachando aún más la mirada.
–Gracias por dejarme en ridículo, cariño. – Yo no pude evitar reírme, ante esa anécdota que mi madre dijo. Ya podía visualizar a mi padre gritar como una niña, pataleando en el agua.
–Voy a mi cuarto, padres. – Yo decía esto, levantándome de la silla, haciendo una reverencia. Solo podía esperar a que la comida no me hiciera vomitar.
–Espera, Victoria… Hay algo que debo decirte. – Entonces, mi padre me detenía diciendo esto, por lo que yo volteé a verle a la brevedad.
– ¿Qué pasa, papá? –
–Es con respecto a la cita que nos dio el comandante Luttenberg. – Al decirme esto, mi padre agachaba la mirada un poco, mientras mi madre ladeaba la cabeza, cerrando los ojos. –La armada necesita ayuda para rastrear cualquier pista que nos dé con los desaparecidos. – Al escuchar estas palabras de mi padre, casi me caía sentada de la pura impresión. Fabiola me dijo que no me involucrara con este caso, y ahora mi padre me estaba pidiendo que le ayudara. Si la princesa se enteraba sobre esto, estaba segura que me mataría.
–Esto es una broma, ¿verdad? – Le decía esto a él, temblando un poco en el ojo derecho.
–No te lo estaría diciendo ahora mismo, si fuera una broma, cariño. ¿Vienes o no? – Mi padre me respondía con esto, cruzándose de brazos. Me quedé un rato pensando, con la cabeza abajo; si decía que sí, corría el riesgo de dañar mi amistad con Fabio. Si decía que no. expondría a mi padre a un peligro fatal. No quiero romper mis lazos con ella, pero mi padre necesita mi ayuda.
–…Déjame pensarlo, por favor… Va a tomarme tiempo. – Le dije esto, dando la media vuelta, para no verle a los ojos.
–Nomás no te tomes mucho tiempo, cariño. La expedición es en dos semanas. – Mi padre me decía esto, tomando un poco de vino.
–Descansa bien, Victoria. – Mi madre se levantaba de su silla para abrazarme, devolviéndome una cálida sonrisa, antes de irme a mi habitación. Ahí fue cuando me di cuenta que las cosas no iban a mejorar…

Perdónenme si no he actualizado este tema, muchachos. He andado muy deprimido, estos últimos días...
Además, estoy haciendo unos nuevos cambios a la novela, con respecto a la estructura de la historia y demás.
Prometo que postearé el siguiente capítulo, cuando tenga lista la nueva corrección.
Hola, espero que vaya todo bien ahora. Cuando tenga tiempo intentaré leer lo que me queda, pero te recomiendo que te apuntes al Dragón Lector, porque tendrás más gente para comentar tus textos...
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