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Versión completa: [Fantasía/Chicas Mágicas] Las Reinas de Cristal
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Saludos, compañeros. Soy Jaden Diamondknight, reportándose después de una larga ausencia.
¿Qué he estado haciendo estos últimos meses? He estado mejorando la novela, con un nuevo editor. Eso hacía.
¿Y por qué es que no posteo los cambios en el otro tema que ya había hecho? Porque esa versión de la novela ya está obsoleta. Así de simple.
 
Como sea… aquí les dejo el nuevo capitulo 1. Espero que lo disfruten:




El panorama era sombrío; un día en que la Muerte recogía su cosecha. Me encontraba parada en aquel sitio de batalla, con mi ropa ensangrentada de los caídos, cuyos cadáveres tenían un olor a putrefacción y sangre coagulada. Para mí era usual esta visión; no le daba importancia, mis pensamientos estaban contemplando las muertes de mis hermanos del alma, los cuales se entregaron por futuro mejor. Pero… más que nada… nunca olvidaría la promesa que hice a mi ser amado…
 
Capítulo 1: Un camino, un solo destino… Un espadachín orgulloso.
 
Me encontraba en el vestíbulo de mi casa, enlistándome para ir a entrenar a los barracones que estaban al norte de la zona residencial del reino de Kartina.
–Madre… Ya voy de salida a entrenar. – Le avisaba a mi madre, sacudiendo el polvo de mí regazo.
–Awwwwww… que lastima. Quería pasar el día contigo, mi pequeña. – Entonces, mi madre se acercaba a mí, para jalarme las mejillas. Mi madre, una dama en sus 50 años, cabello castaño claro largo, rizado, de ojos violeta. Una complexión y rostro algo robusto, de unos 1.69 metros de alto.
–Mamá… voy a llegar tarde. El profesor me va a llamar la atención. – Le decía esto a ella, lentamente retirando sus manos de mis mejillas.
–Solo prométeme que no andarás buscando pleitos callejeros, cariño. Debemos poner el ejemplo al resto de las familias nobles. – Mi madre recalcaba esto, frotando mi cabeza, devolviéndome una cálida sonrisa. Al escuchar esta remarca, yo me sonrojaba un poco, agachando la mirada.
–Tenías que recordármelo…– Antes que yo saliera de la casa, mi padre llegaba al vestíbulo, mostrándose algo agitado, cargando una carta de la familia imperial. Él era un señor cerca de sus 60 años, cabello corto, ya cubierto de canas, de cejas grandes, rostro gordo, complexión robusta, pero más musculosa, de unos 1.85 metros de alto.
–Hola, Victoria. Me gustaría poder acompañarte a la práctica de esgrima de hoy, pero me llegó algo importante de la capital. Tendrás que ir sola esta vez. –
–Ohhh… Está bien. Ya estoy acostumbrada, después de todo. – Con la moral destrozada por ese anuncio, yo pasaba a salir por la puerta principal, no sin antes escuchar a mis padres recitar las siguientes frases: “¿Qué sucede, cariño?” “Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente”.
Mi familia es parte de la nobleza del reino de Kartina; un reino localizado en el norte del continente de Celes, el cual estaba localizado en el hemisferio norte del planeta. El clima del reino era comúnmente frio; solía nevar muy a menudo, pero de vez en cuando podíamos disfrutar de un día fresco, inclusive caluroso, durante los veranos. La economía del reino era estable, inclusive con las altas y las bajas que se daban, a consecuencia de las relaciones políticas con los otros reinos, naciones y tribus.
En el caso de mi familia, somos devotos a distintas deidades femeninas que han existido en este mundo. Poco se sabe de los orígenes exactos de mis ancestros, pero se dice que fueron bendecidos por las diosas.

 
9:00 A.M.
 
Unas horas después, llegué a los barracones donde entrenaba. Siendo la única mujer en mi grupo, era de esperarse que mis compañeros se fijaran lujuriosamente en mí, lo cual me incomodaba terriblemente. Al parecer a los chicos les gustan las rubias de ojos azules.
–Hola, Victoria. ¿No le molestaría si nos vamos a la bodega de los cuarteles y te enseño cómo se maneja una espada de verdad? Jajajaja. – Uno de mis compañeros me preguntaba esto, mientras otro grupo me silbaba sonoramente; hirviendo de la vergüenza y cubriéndome con mi capucha negra, yo me movía rápidamente hacia un rincón del edificio, donde nadie pudiera molestarme. Quería esperar un rato para que los piropos se apaciguaran, cuando de pronto uno de mis compañeros se acerca a mí por detrás, para saludarme.
–Buenos días, señorita Hosenfeld. – Mi compañero quien dejaba ver su complexión delgada, cabello cobrizo y lentes que agrandaban un poco sus ojos cafés me había dado un susto de ultratumba, haciéndome saltar un poco.
– ¡Aghhhhhh! – Recuperando el aliento un poco, yo pasé a voltear a ver a él, recargando mis manos sobre mis rodillas. –Ufffff… En verdad necesitaba ese infarto, Geraldo. Gracias. –
–La-lamento eso, señorita Hosenfeld. No era mi intención asustarla así. – Geraldo me dijo esto, recargándose sobre el muro del barracón.
–Mira… no es por ser grosera ni nada, pero por favor, déjame sola. Estoy hiperventilándome con lo que está pasando ahora mismo. –
–Señorita Hosenfeld… no le gustan las adulaciones, ¿verdad? –
–No. Para nada. Especialmente los más corrientes, como ese de la “espada”. – Al decirle esto a Geraldo, yo me senté de golpe en el suelo, recargando mi cabeza sobre mis rodillas.
– Ohhhhh… Ha de ser horrible ser la única dama en los cuarteles, ¿verdad? Los que solo buscan a una mujer por su cuerpo son los primeros en soltar rienda suelta con sus halagos de mal gusto, especialmente si se trata de una chica de la alta sociedad. – El muchacho me comenta esto, sentándose a mi lado derecho, observándome preocupado.
–Si. Si lo es. Y mucho. Solo me gustaría tener un día donde yo pudiera ser invisible y no tener que pasar por esta mierda. – Le decía esto a Gerlado, golpeando el muro del barracón.
–Guau… no pensé que usted fuera a blasfemar así, señorita Hosenfeld. –
– ¿Por qué? ¿Por qué soy una mujer, verdad? –
–N-no es por eso, señorita Hosenfeld… Bueno… la verdad es que me sorprende que alguien de su clase social pueda conocer un lenguaje tan vulgar. Es todo. –
–Las familias nobles no son tan distintas al resto del mundo, Geraldo. Nosotros también tenemos nuestros propios problemas y defectos que atender. Si quieres, puedes irme diciendo eso que querías decirme saliendo de clase. Ya ando de mejor humor… creo. –
–No-no quiero sonar como si esto fuera una cita, pero… ¿le gustaría ir conmigo a las carreras de caballos? Van a ser este domingo, en el establo de mi casa. – Entonces, el muchacho se levantaba del suelo y se colocaba en frente de mí, sonrojándose un poco. Al escuchar esto, yo levanté la mirada un poco y me paré del suelo también.
– ¿Carreras… de caballos? ¡Por supuesto que me encantaría ir! Pero… no sé si mi padre solicitara de mi ayuda en la frontera oeste, este fin de semana… Por ahora, no te prometo nada, Geraldo. Lo siento. –
–N-no sabía que a usted le fuera a gustar las carreras de caballos, señorita Hosenfeld. Uffff… menuda suerte la mía. –
–Puedes llamarme Victoria, si quieres. Somos amigos, ¿o no? Y sí. Me gustan los caballos y las carreras de caballos. Siempre he creído que tú no escoges tu montura; ella te escoge a ti. Lo mismo pasa con tus armas. Ellas te escogen a ti. Aunque, si te soy sincera, a veces desearía poder ser yo quien decide lo que quiero. – Ya habiendo dicho esto, mi sonrisa cambió inmediatamente por un rostro de melancolía. Había algo dentro de mí que no me dejaba tranquila.
– ¿Por qué menciona eso, seño-Victoria? – El muchacho entonces se acerca a mí, ladeando su cabeza hacia la derecha, mirándome un poco angustiado. Antes que pudiera hablar sobre ello, se escucha la voz de mi maestro a lo lejos.
– ¡El entrenamiento ha comenzado! ¡Repórtense en el interior de las instalaciones! –
–Te lo diré terminando las clases, Geraldo. – Ya habiendo dicho ello, tomé mis cosas del suelo y me fui adentro de los barracones.
–E-está bien… Si así lo desea. –
 
9:30 A.M.
 
Hoy era día de combates de entrenamiento. Todos mis compañeros y yo pasábamos al frente del edificio, para dar rienda a la práctica. Ya me tocaba pasar a mí.
–Pase al frente, señorita Victoria Hosenfeld y marqués Saúl Giesler. – Entonces, mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, nos daba la orden de pasar al centro de la habitación.
–En seguida, maestro. – Sin más chistar, yo me levantaba del suelo y me dirigí al centro, donde mi compañero me esperaba.
–Si yo gano, ¿saldrías conmigo a tomar unas bebidas, señorita Hosenfeld? – El marqués Saúl, un joven de cabello negro rojizo y largo, ojos verdes oscuro y solo un poco más alto que yo, cuestionaba esto, sonriendo socarronamente, levantando su espada.
–Que gane el mejor. – Tratando de mostrarme relajada ante ese coqueteo, yo simplemente le sonreía de vuelta al muchacho, levantando la espada también, inclinándome como parte de la ceremonia de combate. Saúl se inclinaba también.
– ¡Que vuestras espadas choquen! – En eso, el maestro nos daba la orden de comenzar el combate. Él se lanza hacia mí, balanceando su espada horizontalmente, por lo que yo retrocedo un poco, moviéndome hacia los lados. Mi corazón latía como loco, casi saliéndose del pecho; una onda de energía recorría por mi cuerpo, revigorizándome de golpe, cada vez que me movía al ritmo de ese violento baile. Mi respiración se agitaba violentamente, mi visión se distorsionaba un poco, tenía muchas ganas de secarme el sudor de la frente… pero debía concentrarme. No podía dejarme vencer por ese muchacho engreído. Entonces, el muchacho lanza una puñalada rápida, lo cual me da muy poco tiempo de reaccionar, por lo que terminé bloqueando el ataque; el impacto me hizo retroceder un poco, pero no me derribó. Sentí un fuerte calambre en las manos; casi dejaba caer el sable al piso. No debía demorarme en recomponerme, por lo que me puse a la iniciativa y lancé estocadas diagonales hacia el muchacho. Él rápidamente se hace hacia adelante y trata de empujarme con el filo de su espada, pero yo retrocedía un poco y después saltaba hacia adelante, lanzando una estocada feroz.
– ¡Aghhhhhh!  En eso, tiré a mi rival quien al recibir mi ataque cayó al suelo quejándose.
– ¡Es suficiente!  Mi maestro exclamaba fuertemente, acercándose a donde estábamos, deteniendo el combate. –La ganadora es la señorita Victoria.  El profesor quien vigilaba, observó el resultado y tajante dio por terminada la práctica, anunciando mi victoria. Lo primero que hice terminando el combate fue dirigirme hacia mi compañero derribado, estrechando la mano, sonriéndole.
–No vayas a quejarte con tu mamá, solo porque perdiste contra una mujer. –
–Fuerte y linda. Cualquier hombre desearía una mujer así en su vida. – Saúl comentaba esto, sonriéndome de vuelta. Ante esto, yo solo le apretaba más fuerte la mano, disimulando mi coraje.
–No te atrevas a usar esa frase hacia mí otra vez, por favor. – Ya terminando el combate, me dirigí de vuelta a mi lugar; en lo que mis compañeros me ovacionaban. Me mostré indiferente ante el festejo; sólo me limité a mirar por la ventana, mientras que con el dedo índice jugaba con un mechón de mi cabello.
Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; si podía usar mis talentos acorde a la situación, podía salir victoriosa… o al menos era lo que quería pensar…

 
5:00 P.M.
 
Al terminal el entrenamiento, todos agradecimos la clase y solos o en grupo nos dirigíamos a nuestras casas. Me quedé esperando a Geraldo por un rato y él alcanzándome corriendo me dijo:
 ¡Increíble combate el de hoy, Vic! ¡Es la mejor esgrimista de todo Kartina! 
–Gracias, Geraldo. Pero estoy segura que cualquier esgrimista profesional me ganaría al primer encuentro… ¿Y por qué me llamas Vic? Nadie me llama así. 
 – ¡Hablo en serio, señorita Hosenfeld! La elegancia con la que se mueve, la precisión de sus ataques, la rapidez de sus bloqueos y sus evasiones; todo eso es casi insuperable para cualquiera de nuestra escuela. Dígame… El joven me dijo mientras se paraba en frente de mí. Y de pronto mi compañero me preguntó:  ¿Qué es lo que la hace tan buena en esto? 
Al terminar de decirme esto, yo me paraba en seco y bajaba la cabeza, para de pronto subir la mirada, cruzando los brazos.

– ¿Al menos vas a responderme el origen detrás de “Vic”? – Le preguntaba a mi compañero, mientras volteaba a verlo de reojo.
–Uhmmmm… bueno… pensaba que sonaba bonito. Pero si a usted le molesta…–
– ¿Alguna vez has sentido que tu vida puede ser tan inconsecuente como la de un animal salvaje? – Le pregunté esto a Gerlado, mirando la palma de mi mano derecha.
–Ahmmmm… ¿Por… qué pregunta eso? –
–Durante un largo lapso de tiempo, pensé que no haría nada con mi vida. Creí que solo iba a terminar siendo una sombra más, en este mar de máscaras.
Cuando escuche que mi padre quería que practicara esgrima, no sabía a lo que me atenía; siempre pensé que los combates y las artes marciales son de salvajes. Pero después de unos días de entrenamiento con ustedes, mi manera de pensar cambió demasiado. El código ético que siguen los guerreros, ya sean esgrimistas u otra clase, así como la sensación de luchar cambiaron la perspectiva que tenía sobre ello. Por primera vez en mi vida, me había sentido realmente viva. Finalmente había encontrado una razón para vivir… Por esa razón decidí continuar entrenando, con todo el ahínco que mi propio cuerpo pueda entregar. – El combate lo era todo para mí…

–Ohhhhh… Ha de ser horrible no tener que hacer con su vida. Pero igualmente me alegra que hayas encontrado algo que te motive a seguir adelante, Victoria. –
–Jejeje… Gracias, Geraldo. –
–Vaya, señorita Victoria. En verdad me sorprende verla sonreír. –
–No comiences ahora tú, Geraldo… Ya tengo suficiente con el resto de la clase, como para que ahora tú lo hagas…– Sonreír no es algo que solía hacer con mucha frecuencia. No tenía por qué demostrar mis sentimientos hacia otras personas, si no era necesario. Si algo me molestaba, era que la gente se me quedara viendo; lo sentía como un centenar de agujas clavándose en mi cuerpo.
– ¡Anímese, Señorita Hosenfeld! Si usted es hermosa. Sonreír le hace ver aún más hermosa. – Antes de que Geraldo pudiera continuar con sus halagos, yo me enojaba y di la media vuelta, mirándole enfadada.
– ¡BASTA YA! – En eso, el joven acompañante retrocedía un poco, mirándome un poco aterrado. Al parecer le intimidó mi reacción. –No quiero que me trates como una dama delicada. ¡No quiero que nadie en este mundo me trate como una persona que solo sobresale por su belleza! ¡No quiero sus miradas tiernas, halagos ni caricias! Ser una guerrera es el camino el cual yo escogí. El combate lo es TODO para mí. ¡Quiero vivir para luchar! Y si tú o el resto del mundo no puede entender eso, ¡por mi pueden irse al infierno! – Al haber terminado de decir esto, di la media vuelta y me fui yo sola a mi casa, dejando al otro muchacho sin palabras. En ese tiempo, me molestaba que me tratasen bien, por el simple hecho de ser bonita; lo consideraba algo deshonroso, tomando en cuenta el camino que había decidido recorrer. Entonces, me detuve en seco y di la media vuelta, observando a un Gerlado derrotado, encogiendo su cuerpo. No pude evitar sentir culpa ante ello, por lo cual vuelvo a donde estaba él y apoyaba mi mano sobre su hombro.
– ¿Vi-victoria? – El joven levantaba su mirada algo vidriosa, acomodando sus anteojos.
–Geraldo… perdóname por haber reaccionado así. Es que ya me estaba harta de todo el murmullo del barracón. No era mi intención lastimarte así. – Le dije esto a mi amigo, frotando su cabeza con mi mano izquierda.
–E-está bien, señorita Hosenfeld. – Geraldo se tranquilizaba un poco, riendo entre dientes. Yo le devolvía una sonrisa nuevamente, ante esto.
–Puedes llamarme Vic, si quieres. Somos amigos, ¿o no? – Muy dentro de mí, me sentía estúpida por haberme comportado así con él. El miedo de ser olvidada por las arenas del tiempo me había cegado. Pero esa perspectiva iba a cambiar, cuando terminaría conociendo a ella…
 
7:00 P.M.
 
Un rato después, finalmente llegué a mi casa, la cual estaba en la cima de una pequeña colina; al verla, ésta expulsaba un aire de misticismo. Las estatuas de ángeles y diosas, así como los vitrales en las ventanas le daban un aspecto sagrado, que se veía intimidante de noche. Sin más preámbulos, entré a la casa, dando al vestíbulo, este estaba decorado con estatuas de ángeles y muebles de ébano.
– ¿Señorita Victoria? – Uno de los mayordomos me observaba entrar por la puerta, acercándose firmemente hacia mí, limpiando una vasija de la repisa. Su aspecto era delgado y algo añejo, de cabello negro con canas, ojos cafés y bigote rizado. 
–Ando muy cansada, Rogelio. Perdóname si no me veo de humor para conversar o jugar ajedrez con usted. – Simplemente le decía esto al mayordomo, pasando lentamente en frente de él, agachando la cabeza. – ¡Ya llegue, mamá! – Le gritaba a mi madre, mientras subía al tercer piso, para dirigirme a mi cuarto, el cual quedaba en el ala este de la mansión.
–Eso iba a decirle, señorita Victoria. Sus padres salieron a la capital, para atender un asunto con el comandante Luttenberg. Han estado desapareciendo muchas personas en el sur del reino, y ocupan fondos para incrementar la seguridad en la frontera con Ucilia. – Rogelio me comentaba esto, colocando la vasija en la repisa, siguiéndome hacia arriba. Así que ese es el detrás del “¿Qué sucede, cariño?” y “Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente” que escuche en la mañana, ¿eh?
–Genial… Ahora ya son tres meses continuos, desde que ha estado pasando esto. Una semana más y ya tendremos nuevo record. – Le decía este comentario sarcástico al mayordomo, encogiendo los hombros, caminando hacia la puerta de mi habitación. Al haber llegado a ésta, abrí la puerta y entré, para quitarme la ropa. El interior de mi cuarto era la definición de “minimalista”; lo único que había en mi cuarto era una cama personal, un ropero y un espejo. Nada de adornos ni artículos de belleza o cosas así.  Ya quitándome el yelmo, lo colocaba junto al ropero e iba a acostarme en la cama, mirando hacia el techo.
– Una cosa más. La familia ha sido invitada a una fiesta en el castillo imperial. Me imagino que usted va a ir también. ¿No es así? – Rogelio se había quedado afuera de la habitación, antes que me observara quitarme la ropa.
 
– ¿Ya qué? No creo que tenga otra opción…- Le decía al mayordomo, tapando mi cara con una de las almohadas de la cama, suspirando tristemente. No quería ir a la fiesta; se bien que las fiestas de la alta sociedad son aburridas a mas no poder. Pero mis padres tenían compromiso con los reyes, lo que me comprometía a asistir. Gracias a las diosas que pronto me arrepentiría de ese comentario, ya que en esa fiesta, conocería a ella…



Disfrútenla. 

Actualización del Diez de Marzo de 2018:

Aquí está un enlace con la nueva versión del primer capítulo. Ignoren éste: 

http://clasico.fantasitura.com/thread-12...l#pid24203
Me lo he leido hasta las 9:30, cuando tenga más tiempo leo el resto. No obstante creo que hay 3 cosas a corregir:

Se debería usar el preterito perfecto y no el imperfecto.
El personaje que le dice lo de la espada la trata de usted y de rú en una misma frase
Decir "mierda" no es blasfemar, pues las blasfemias se dirigen a símbolos religiosos.

Espero haber ayudado. Saludos
He leido ya todo y pienso que lo de "Ohhhhhh" puede quedar bien en una conversación por internet, aquí debería poner "oh". También mostraría que el personaje ríe de otra forma, no pondría "jejeje". Por ejemplo puedes poner "dijo ella riendo". La historia puede ser interesante según como continúe, pues Victoria es un personaje carismático
Muchísimas gracias por los detalles. Comenzaré con la edición en cuanto pueda.
Si conoces a alguien quien pueda gustarle mi obra, recomiéndala. Me serviría de mucho la promoción.
Hola, la historia es interesante, aunque veo algunos puntos que flojean; para empezar la protagonista no me convence, el mejor adjetivo que se me ocurre para describirla es edgy...; en cuanto al mundo que has creado, más allá de lo que te comento en la corrección que he hecho... ¿es un imperio o un reino? parece que uses las palabras de forma intercambiable cuando no significan lo mismo...

En cuanto a la narrativa, me ha llamado la atención el tiempo verbal que has elegido pero hay veces que cambias de tiempo verbal de forma extraña (en una misma oración) o usas expresiones rebuscadas como al haber llegado (en lugar de al llegar); también parece que escribas con demasiados localismos (si no es eso usas expresiones muy rebuscadas) deberías intentar escribir en un español más neutro; con respecto al tema de interjecciones: si bien en algunos casos sería mejor ahorrártelas si puedes describirlas, creo que en general las que has puesto no desentonan con el relato.

Por último ahí tienes mi corrección, un saludo: 


El panorama era sombrío; un día en que la Muerte recogía su cosecha. Me encontraba parada en aquel sitio de batalla, con mi ropa ensangrentada de los caídos, cuyos cadáveres tenían un olor a putrefacción [si bien con el calor un cuerpo se descompone más rápido, para que llegara a tener un olor a putrefacción tendrían que pasar un cierto tiempo; ¿pretendes decir que la batalla ha durado varios días?] y sangre coagulada. Para mí era usual esta visión [considerando que el último aspecto que has destacado era el olor de los cuerpos sería importante que resaltaras si estaba acostumbrada a él o no]; no le daba importancia, mis pensamientos estaban contemplando las muertes de mis hermanos del alma [tal y como ha descrito todo parece que le de igual las muertes de sus hermanos], los cuales se entregaron por [un] futuro mejor. Pero… más que nada… nunca olvidaría la promesa que hice a mi ser amado…
 
Capítulo 1: Un camino, un solo destino… Un espadachín orgulloso. [si el capítulo está entero, tras leerlo no veo sentido al título; por un lado debería ser una espadachina, por el otro ¿la primera parte se refiere sólo a lo que comenta a su amigo casi al final?]
 
Me encontraba en el vestíbulo de mi casa, enlistándome [¿seguro que esa es la palabra que querías usar?, por el contexto entiendo que dices que estaba preparándose para ir a entrenar; si realmente quieres decir enlistar (como sinónimo de alistar) la oración es extraña] para ir a entrenar a los barracones que estaban al norte de la zona residencial del reino de Kartina [¿la zona residencial es el nombre de una ciudad? si no es así, a no ser que ese reino solo tenga una ciudad no puedes decir la zona residencial porque existirán varias].
—[lo correcto en es el uso de la raya que es algo más larga que el tipo de guión que usas]Madre… Ya voy de salida a entrenar. Le avisaba a mi madre [lo acabamos de leer en el diálogo. Y el comentario del narrador siempre va pegado a la raya], sacudiendo el polvo de mí regazo [¿de dónde ha salido ese polvo?].
Awwwwww [en castellano la interjección debería ser oh, aw se usaría en inglés]… qué lástima. Quería pasar el día contigo, mi pequeña. Entonces, mi madre se acercaba a mí, para jalarme las mejillas. Mi madre [además de que empiezas a repetir mucho madre, ya se sobreentendería por la descripción que viene a continuación], una dama en sus 50 años, cabello castaño claro largo, rizado [por la manera en cómo describes no deberías separar rizado del resto de descripción capilar], de ojos violeta. Una complexión y rostro algo robustos [hablas de la complexión y el rostro], de unos 1.69 metros de alto.
Mamá… voy a llegar tarde. El profesor me va a llamar la atención. Le decía esto a ella, lentamente retirando sus manos de mis mejillas.
Solo prométeme que no andarás buscando pleitos callejeros, cariño. Debemos poner el ejemplo al resto de las familias nobles. Mi madre recalcaba esto, frotando mi cabeza, devolviéndome una cálida sonrisa. Al escuchar esta remarca, yo me sonrojaba un poco, agachando la mirada.
Tenías que recordármelo… Antes que yo saliera de la casa, mi padre llegaba al vestíbulo, mostrándose algo agitado, cargando una carta de la familia imperial. Él era un señor cerca de sus 60 años, cabello corto, ya cubierto de canas, de cejas grandes, rostro gordo, complexión robusta, pero más musculosa, de unos 1.85 metros de alto. [notaba algo raro con la descripción de la madre y no me he dado cuenta de qué era hasta ahora; el problema es la manera de presentarlo: con la madre pasa desapercibido porque lo único que hace antes de que se la describa es jalar las mejillas a la protagonista; pero con el padre es diferente, cuentas como llega al vestíbulo, se muestra agitado y llevando una carta importante; deberías usar esas acciones para que ella vaya sacando poco a poco parte de la futura descripción y que no quede tan forzada]
Hola, Victoria. Me gustaría poder acompañarte a la práctica de esgrima de hoy, pero me llegó algo importante de la capital. Tendrás que ir sola esta vez. – [ya que no hay ninguna intervención de la narradora este guión sobra]
Ohhh… Está bien. Ya estoy acostumbrada, después de todo. Con la moral destrozada por ese anuncio, yo pasaba a salir por la puerta principal, no sin antes escuchar a mis padres recitar las siguientes frases: ¿Qué sucede, cariño?” [debes usar comillas latinas (« ») o en su defecto cursiva (y como el texto en spoiler sale en cursiva en ese caso sería letra normal)], [falta una coma] Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente.
Mi familia es parte de la nobleza del reino de Kartina; un reino localizado en el norte del continente de Celes, el cual estaba localizado en el hemisferio norte del planeta. El clima del reino era comúnmente frío; solía nevar muy a menudo, pero de vez en cuando podíamos disfrutar de un día fresco, inclusive caluroso, durante los veranos. La economía del reino era estable, inclusive con las altas y las bajas que se daban, a consecuencia de las relaciones políticas con los otros reinos, naciones y tribus.
En el caso de mi familia, somos devotos a distintas deidades femeninas que han existido en este mundo. Poco se sabe de los orígenes exactos de mis ancestros, pero se dice que fueron bendecidos por las diosas. [aquí es más evidente el problema con las descripciones; en lugar de hacerlas naturales mostrándolas cuando es debido o poco a poco, las sueltas de golpe]
 
9:00 A.M. [si pones esto de las horas deberías ponerlo al principio del capítulo también]
 
Unas horas después [¿?, ¿tarda horas en llegar a los barracones?, eso es una de las cosas que debes dejar claro con algún comentario (por ejemplo con ella quejándose de tener que hacer un trayecto tan largo)], llegué a los barracones donde entrenaba. Siendo la única mujer en mi grupo, era de esperarse que mis compañeros se fijaran lujuriosamente en mí, lo cual me incomodaba terriblemente. Al parecer a los chicos les gustan las rubias de ojos azules. [aunque parece metida un poco con calzador esta descripción suena más natural que las anteriores]
Hola, Victoria. ¿No le molestaría si nos vamos a la bodega de los cuarteles y te [o la tutea o le habla de usted pero ambas cosas no se pueden (al menos en una misma oración)] enseño cómo se maneja una espada de verdad? Jajajaja. Uno de mis compañeros me preguntaba esto, mientras otro grupo me silbaba sonoramente; hirviendo de la vergüenza y cubriéndome con mi capucha negra, yo me movía rápidamente hacia un rincón del edificio, donde nadie pudiera molestarme. Quería esperar un rato para que los piropos se apaciguaran, cuando de pronto uno de mis compañeros se acerca a mí por detrás, para saludarme.
Buenos días, señorita Hosenfeld. Mi compañero [¿cuál?] (quien dejaba ver [me suena extraña esta construcción] su complexión delgada, cabello cobrizo y lentes que agrandaban un poco sus ojos cafés) [para no cortar la acción debes poner la descripción entre paréntesis] me había dado un susto de ultratumba, haciéndome saltar un poco.
¡Aghhhhhh! Recuperando el aliento un poco [acabas de usar un poco justo en la frase anterior], yo pasé a voltear a ver a él [verle], recargando mis manos sobre mis rodillas. [cuando termina la intervención del narrador, esta precede la raya que a su vez va seguida de la puntuación que toque; además, aunque en este caso no afecta porque el diálogo anterior a la intervención acaba en exclamación, la puntuanción del diálogo no se coloca, es la que va tras la raya] Ufffff… En verdad necesitaba ese infarto, Geraldo. Gracias. – [otro guión que sobra]
La-lamento eso, señorita Hosenfeld. No era mi intención asustarla así. Geraldo me dijo esto, recargándose sobre el muro del barracón.
Mira… no es por ser grosera ni nada, pero por favor, déjame sola. Estoy hiperventilándome [aunque encuentro el uso de esa palabra, parece más una expresión que se ha viralizado por RRSS y no un término de uso correcto] con lo que está pasando ahora mismo.
Señorita Hosenfeld… no le gustan las adulaciones, ¿verdad?
No. Para nada. Especialmente las más corrientes, como ese de la espada. Al decirle esto a Geraldo, yo me senté de golpe en el suelo, recargando mi cabeza sobre mis rodillas.
Ohhhhh… Ha de ser horrible ser la única dama en los cuarteles, ¿verdad? Los que solo buscan a una mujer por su cuerpo son los primeros en soltar rienda suelta [dar rienda suelta (no encuentro soltar rienda como equivalente)] con sus halagos de mal gusto, especialmente si se trata de una chica de la alta sociedad. El muchacho me comenta esto, sentándose a mi lado derecho, observándome preocupado.
Sí. Sí lo es. Y mucho. Solo me gustaría tener un día donde yo pudiera ser invisible y no tener que pasar por esta mierda. Le decía esto a Geraldo, golpeando el muro del barracón.
Guau… no pensé que usted fuera a blasfemar [aunque se puede blasfemar contra algo no sagrado no creo que mierda se pueda considerar blasfemia cuando ni siquiera se dirige a alguien] así, señorita Hosenfeld.
¿Por qué? ¿Porque [aunque esté en una pregunta este porque es la respuesta a la anterior pregunta: Porque soy una mujer, ¿verdad? (otra forma de escribir la oración)] soy una mujer, verdad?
N-no es por eso, señorita Hosenfeld… Bueno… la verdad es que me sorprende que alguien de su clase social pueda conocer un lenguaje tan vulgar. Es todo. [diría que falta un Eso al principio de esa oración] 
Las familias nobles no son tan distintas al resto del mundo, Geraldo. Nosotros también tenemos nuestros propios problemas y defectos que atender. Si quieres, puedes irme diciendo [¿decirme?] eso que querías decirme saliendo de clase. Ya ando de mejor humor… creo.
No-no quiero sonar como si esto fuera una cita, pero… ¿le gustaría ir conmigo a las carreras de caballos? Van a ser este domingo, en el establo de mi casa. Entonces, el muchacho [que lo describa como el muchacho podría valer en un narrador en 3ª persona, pero en este caso considerando que son amigos (o al menos conocidos) no] se levantaba del suelo y se colocaba en frente de mí, sonrojándose un poco. Al escuchar esto, yo levanté la mirada un poco y me paré del suelo también.
¿Carreras… de caballos? ¡Por supuesto que me encantaría ir! Pero… no sé si mi padre solicitará de mi ayuda en la frontera oeste, este fin de semana… Por ahora, no te prometo nada, Geraldo. Lo siento.
N-no sabía que a usted le fuera a gustar las carreras de caballos, señorita Hosenfeld. Uffff… menuda suerte la mía.
Puedes llamarme Victoria, si quieres; somos amigos, ¿o no? Y sí, me gustan los caballos y las carreras de caballos. Siempre he creído que tú no escoges tu montura; ella te escoge a ti. Lo mismo pasa con tus armas. Ellas te escogen a ti. Aunque, si te soy sincera, a veces desearía poder ser yo quien decide lo que quiero. Ya habiendo dicho esto, mi sonrisa cambió inmediatamente por un rostro de melancolía. Había algo dentro de mí que no me dejaba tranquila [¿el qué? el hecho de que sea un narrador en primera persona que nos está escondiendo información que le pasa justo en ese momento por la cabeza es extraño].
¿Por qué menciona eso, seño-[aunque para los tardamudeos funciona, en este caso irían mejor puntos suspensivos]Victoria? El muchacho entonces se acerca a mí, ladeando su cabeza hacia la derecha, mirándome un poco angustiado. Antes que pudiera hablar sobre ello, se escucha la voz de mi [¿no debería ser nuestro?] maestro a lo lejos.
¡El entrenamiento ha comenzado! ¡Repórtense en el interior de las instalaciones!
Te lo diré terminando las clases, Geraldo. Ya habiendo dicho ello, tomé mis cosas del suelo y me fui adentro de los barracones.
E-está bien… Si así lo desea. –
 
9:30 A.M.
 
Hoy era día de combates de entrenamiento. Todos mis compañeros y yo [puedes decir simplemente todos; en su defecto todos los reclutas] pasábamos al frente del edificio, para dar rienda [suelta] a la práctica. Ya me tocaba pasar a mí. [cuando has dicho la frase anterior dabas a entender que ella había pasado ya junto a los otros]
Pasen al frente, señorita Victoria Hosenfeld y marqués Saúl Giesler. – Entonces, mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, nos daba la orden de pasar al centro de la habitación.
Enseguida [sin el espacio], maestro. Sin más chistar, yo me levantaba del suelo y me dirigí al centro, donde mi compañero me esperaba.
–Si yo gano, ¿saldrías conmigo a tomar unas bebidas, señorita Hosenfeld? – El marqués Saúl, (un joven de cabello negro rojizo [soy incapaz de imaginarme qué clase de color es ese] y largo, ojos verdes oscuro y solo un poco más alto que yo) [igual que antes, descripción en paréntesis para no cortar la acción y la coma anterior sobra], cuestionaba esto, sonriendo socarronamente, levantando su espada.
Que gane el mejor. Tratando de mostrarme relajada ante ese coqueteo, yo simplemente le sonreía de vuelta al muchacho [usas demasiado la expresión muchacho], levantando la espada también, inclinándome como parte de la ceremonia de combate. Saúl se inclinaba también.
¡Que vuestras espadas choquen! En eso, el maestro nos daba la orden de comenzar el combate. Él se lanza hacia mí, balanceando su espada horizontalmente, por lo que yo retrocedo un poco, moviéndome hacia los lados. Mi corazón latía como loco, casi saliéndose del pecho; una onda [ola] de energía recorría por mi cuerpo, revigorizándome de golpe, cada vez que me movía al ritmo de ese violento baile. Mi respiración se agitaba violentamente, mi visión se distorsionaba un poco, tenía muchas ganas de secarme el sudor de la frente… pero debía concentrarme. No podía dejarme vencer por ese muchacho engreído. Entonces, el muchacho lanza una puñalada rápida, lo cual me da muy poco tiempo de reaccionar, por lo que terminé bloqueando el ataque; el impacto me hizo retroceder un poco, pero no me derribó. Sentí un fuerte calambre en las manos; casi dejaba caer el sable al piso. No debía demorarme en recomponerme, por lo que me puse a la iniciativa [ofensiva] y lancé estocadas diagonales hacia el muchacho [¡!]. Él rápidamente se hace hacia adelante y trata de empujarme con el filo de su espada, pero yo retrocedía un poco y después saltaba hacia adelante, lanzando una estocada feroz. [aunque durante todo el texto has tenido algún cambio de tiempo verbal del que has usado en la mayor parte del mismo aquí lo haces en un mismo párrafo dando resultados raros, como: Sentí un fuerte calambre en las manos; casi dejaba caer el sable al piso. Si eliges un tiempo verbal aunque uses otros alguna vez no lo cambies en una misma frase]
¡Aghhhhhh! En eso, tiré a mi rival quien al recibir mi ataque cayó al suelo quejándose. [como está construida la descripción no se sabe si grita ella o lo hace él; ni, en caso de que sea él, si lo hace por el ataque anterior o por caerse al suelo]
¡Es suficiente! Mi maestro exclamaba fuertemente, acercándose a donde estábamos, deteniendo el combate—. La ganadora es la señorita Victoria. El profesor quien vigilaba, observó el resultado y tajante dio por terminada la práctica, anunciando mi victoria [es cierto que el anterior es el nombre de la protagonista, pero no deberías repetir esa palabra cuando puedes usar por ejemplo triunfo]. Lo primero que hice terminando el combate fue dirigirme hacia mi compañero derribado, estrechando[le o estrechando su mano] la mano, sonriéndole.
No vayas a quejarte con tu [a] mamá, solo porque perdiste contra una mujer.
Fuerte y linda. Cualquier hombre desearía una mujer así en su vida. Saúl comentaba esto, sonriéndome de vuelta. Ante esto, yo solo le apretaba más fuerte la mano, disimulando mi coraje.
No te atrevas a usar esa frase hacia mí otra vez, por favor. Ya terminando el combate, me dirigí de vuelta a mi lugar; en lo que mis compañeros me ovacionaban. Me mostré indiferente ante el festejo; sólo me limité a mirar por la ventana, mientras que con el dedo índice jugaba con un mechón de mi cabello.
Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; si podía usar mis talentos acorde a la situación, podía salir victoriosa [como antes, puedes usar sinónimos y dejar la palabra Victoria libre para usarla como nombre sin repetir]… o al menos era lo que quería pensar…
 
5:00 P.M.
 
Al terminar el entrenamiento, todos agradecimos la clase y solos o en grupo nos dirigíamos a nuestras casas. Me quedé esperando a Geraldo por un rato y él alcanzándome corriendo me dijo:
¡Increíble combate el de hoy, Vic! ¡Es la mejor esgrimista de todo Kartina! 
Gracias, Geraldo. Pero estoy segura que cualquier esgrimista profesional me ganaría al primer encuentro… ¿Y por qué me llamas Vic? Nadie me llama así. 
¡Hablo en serio, señorita Hosenfeld! [es absurdo que que vuelva a llamarla por el apellido de golpe cuando había llegado al punto de darle un mote] La elegancia con la que se mueve, la precisión de sus ataques, la rapidez de sus bloqueos y sus evasiones; todo eso es casi insuperable para cualquiera de nuestra escuela. Dígame… El joven [otra vez lo menciona como si fuera un desconocido] me dijo mientras se paraba en frente de mí. Y de pronto mi compañero me preguntó—: ¿Qué es lo que la hace tan buena en esto? 
Al terminar de decirme esto, yo me paraba en seco y bajaba la cabeza, para de pronto subir la mirada, cruzando los brazos.
¿Al menos vas a responderme el origen detrás de “Vic”? Le preguntaba a mi compañero, mientras volteaba a verlo de reojo.
Uhmmmm… bueno… pensaba que sonaba bonito. Pero si a usted le molesta…
¿Alguna vez has sentido que tu vida puede ser tan inconsecuente como la de un animal salvaje? Le pregunté esto a Gerlado, mirando la palma de mi mano derecha.
Ahmmmm… ¿Por… qué pregunta eso?
Durante un largo lapso de tiempo, pensé que no haría nada con mi vida. Creí que solo iba a terminar siendo una sombra más, en este mar de máscaras.
»[aunque esto debería ir pegado al diálogo anterior, si quieres tratarlo como un párrafo separado al ser una continuación del diálogo debes añadir la comilla de cierre delante]Cuando escuché que mi padre quería que practicara esgrima, no sabía a lo que me atenía; siempre pensé que los combates y las artes marciales son de salvajes. Pero después de unos días de entrenamiento con ustedes, mi manera de pensar cambió demasiado. El código ético que siguen los guerreros, ya sean esgrimistas u [o de] otra clase, así como la sensación de luchar cambiaron la perspectiva que tenía sobre ello [mi perspectiva sobre ello]. Por primera vez en mi vida, me había sentido realmente viva. Finalmente había encontrado una razón para vivir… Por esa razón decidí continuar entrenando, con todo el ahínco que mi propio cuerpo pueda entregar. El combate lo era todo para mí… [eso es un resumen de lo que acabas de decir en el diálogo]
Ohhhhh… Ha de ser horrible no tener que hacer con su vida. Pero igualmente me alegra que hayas encontrado algo que te motive a seguir adelante, Victoria.
Jejeje… Gracias, Geraldo.
Vaya, señorita Victoria. En verdad me sorprende verla sonreír [técnicamente eso ha sido una risa, no una sonrisa].
No comiences ahora tú, Geraldo… Ya tengo suficiente con el resto de la clase, como para que ahora tú lo hagas… Sonreír no es algo que solía hacer con mucha frecuencia. No tenía por qué demostrar mis sentimientos hacia otras personas, si no era necesario. Si algo me molestaba, era que la gente se me quedara viendo; lo sentía como un centenar de agujas clavándose en mi cuerpo.
¡Anímese, Señorita Hosenfeld! Si usted es hermosa, sonreír le hace ver aún más hermosa. Antes de que Geraldo pudiera continuar con sus halagos, yo me enojaba y di la media vuelta, mirándole enfadada.
¡BASTA YA! [aunque puedes usar mayúsculas para designar que está gritando alto, las exclamaciones están para eso; en caso de que no sean suficientes se usa justamente la intervención del narrador] En eso, el joven acompañante retrocedía un poco, mirándome un poco aterrado. Al parecer le intimidó mi reacción—. No quiero que me trates como una dama delicada. ¡No quiero que nadie en este mundo me trate como una persona que solo sobresale por su belleza! ¡No quiero sus miradas tiernas, halagos ni caricias! Ser una guerrera es el camino el cual yo escogí. El combate lo es TODO [aquí sí está completamente fuera de lugar la mayúscula. o usas cursiva para remarcar el tono (en el spoiler debe ser letra normal) o usas exclamaciones] para mí. ¡Quiero vivir para luchar! Y si tú o el resto del mundo no puede entender eso, ¡por mi pueden irse al infierno! Al haber terminado de decir esto, di la media vuelta y me fui yo sola a mi casa, dejando al otro muchacho [no solo repites muchacho sino que usas otro que da lugar a que haga falta al menos un muchacho más] sin palabras. En ese tiempo, me molestaba que me tratasen bien, por el simple hecho de ser bonita; lo consideraba algo deshonroso, tomando en cuenta el camino que había decidido recorrer. Entonces, me detuve en seco y di la media vuelta, observando a un Geraldo derrotado, encogiendo su cuerpo. No pude evitar sentir culpa ante ello, por lo cual vuelvo a donde estaba él y apoyaba mi mano sobre su hombro.
¿Vi-victoria? – El joven levantaba su mirada algo vidriosa, acomodando sus anteojos.
Geraldo… perdóname por haber reaccionado así. Es que ya me estaba harta de todo el murmullo del barracón. No era mi intención lastimarte así. Le dije esto a mi amigo, frotando su cabeza con mi mano izquierda.
E-está bien, señorita Hosenfeld. Geraldo se tranquilizaba un poco,  riendo entre dientes [aquí es al revés de antes, debe ser sonreír. Tal y como lo pones parece que se ría de ella]. Yo le devolvía una sonrisa nuevamente, ante esto. [me suena rarísimo con ese ante esto al final en lugar de al comienzo de la frase]
Puedes llamarme Vic, si quieres. Somos amigos, ¿o no? [es exáctamente lo que dijo antes pero cambiando Victoria por Vic]Muy dentro de mí, me sentía estúpida por haberme comportado así con él. El miedo de ser olvidada por las arenas del tiempo me había cegado. Pero esa perspectiva iba a cambiar, cuando terminaría [¿terminara?] conociendo [conociéndola] a ella…
 
7:00 P.M.
 
Un rato después, finalmente llegué a mi casa, la cual estaba en la cima de una pequeña colina; al verla, ésta expulsaba un aire de misticismo. [escrito así parece que ese aire (que debería ser aura) se expulsa cuando alguien la veía] Las estatuas de ángeles y diosas, así como los vitrales en las ventanas le daban un aspecto sagrado, que se veía intimidante de noche. Sin más preámbulos, entré a la casa, dando al vestíbulo, este estaba decorado con [más] estatuas de ángeles y muebles de ébano.
¿Señorita Victoria? Uno de los mayordomos me observaba entrar por la puerta, acercándose firmemente [¿?] hacia mí, limpiando una vasija de la repisa. Su aspecto era delgado y algo añejo, de cabello negro con canas, ojos cafés y bigote rizado. 
Ando muy cansada, Rogelio. Perdóname si no me veo de humor para conversar o jugar ajedrez con usted. Simplemente le decía esto al mayordomo, pasando lentamente en frente de él, agachando la cabeza—. ¡Ya llegue, mamá! Le gritaba a mi madre [ya ha quedado claro], mientras subía al tercer piso, para dirigirme a mi cuarto, el cual quedaba en el ala este de la mansión.
Eso iba a decirle, señorita Victoria. Sus padres salieron a la capital, para atender un asunto con el comandante Luttenberg. Han estado desapareciendo muchas personas en el sur del reino, y ocupan fondos para incrementar la seguridad en la frontera con Ucilia. Rogelio me comentaba esto; colocando la vasija en la repisa, [y] siguiéndome hacia arriba. Así que ese es el detrás [lo que está detrás] del ¿Qué sucede, cariño? y Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente[es innecesario que repitas algo que hemos leído al comienzo del capítulo; tendría sentido capítulos más adelante como recordatorio] que escuché en la mañana, ¿eh?
Genial… Ahora ya son tres meses continuos, desde que ha estado pasando esto. Una semana más y ya tendremos nuevo récord. Le decía este comentario sarcástico al mayordomo, encogiendo los hombros, [y] caminando hacia la puerta de mi habitación. Al haber llegado [llegar] a ésta, abrí la puerta y entré, para quitarme la ropa. El interior de mi cuarto era la definición de minimalista; lo único que había en mi cuarto era una cama personal [¿individual?], un ropero y un espejo. Nada de adornos ni artículos de belleza o cosas así [¿por qué?]. Ya quitándome el yelmo [¿ha venido a casa con una armadura encima?], lo colocaba junto al ropero e iba a acostarme en la cama, mirando hacia el techo.
Una cosa más. La familia ha sido invitada a una fiesta en el castillo imperial. Me imagino que usted va a ir también. ¿No es así?  Rogelio se había quedado afuera de la habitación, antes que me observara quitarme la ropa [tal y como está construída la frase dice que va a observarla después de salir del cuarto].
[aquí has dejado un salto de línea que sobra]
¿Ya qué? No creo que tenga otra opción… Le decía al mayordomo, tapando mi cara con una de las almohadas de la cama, suspirando tristemente. No quería ir a la fiesta; sé bien que las fiestas de la alta sociedad son aburridas a mas no poder. Pero mis padres tenían compromiso con los reyes, lo que me comprometía a asistir. Gracias a las diosas que pronto me arrepentiría de ese comentario, ya que en esa fiesta, [la] conocería a ella…
Esos son unos puntos muy interesantes, que me acabas de recalcar.
No te preocupes. Victoria es mucho más que solo edgy; solo espera al siguiente capitulo y ya lo verás.
Iré trabajando todos los puntos que me dijiste, en cuanto tenga tiempo de sobra.
Muchísimas gracias por la checada.
Muy bien, mis muchachos... aquí les dejo el segundo capítulo de mi novela.



Capítulo 2: Bienvenidos a la ciudad de Pralvea. El lugar donde las almas se enlazan.

7:30 P.M.

Ha pasado una semana desde que mi familia fue invitada a la fiesta organizada por el emperador. No pude ir a las carreras de caballos, porque mi padre me pidió ayuda en vigilar la frontera con Ucilia. Ya no sé con qué rostro voy a mostrarme a Geraldo, la próxima vez que lo vea. Era el día de la fiesta. Me había arreglado con un traje militar de gala rojo carmesí, camisa blanca, corbata rosa, unas botas de cuero y elegantes guantes blancos. Mi madre estaba vistiendo un vestido de gala color azul oscuro, con encajes dorados, zapatillas y guantes azules. Mi padre vestía en un traje de gala blanco, con camisa negra, corbata blanca, guantes y zapatos negros.
–Jejejeje. Te ves divina con esa vestimenta militar, Victoria. No pensaba que la ropa de tu papá te quedara muy bien. – Mi mamá me decía esto, jalándome las mejillas con sus manos, sonriendo tiernamente. Pero ese gesto de cariño me molestaba.
–No soy una niña, mamá. Deja de jalarme las mejillas. – Le decía a mi madre, mientras retrocedía un poco y me quitaba sus manos de mi rostro, de manera un poco agresiva.
–Bueno, mis bellas damas, es hora de irnos a la fiesta. El carruaje está esperando por nosotros. – Mi padre nos decía esto, señalando con su pulgar derecho la salida de la casa, sonriéndonos alegremente. Mi madre se iba adelantando a la salida; no tenía el más mínimo deseo de ir a esa fiesta, pero ya me había comprometido a ir, así que no era el momento para quejarme. Sin nada que decir, caminé hasta la salida de la mansión. Ya habiendo subido al carruaje, el conductor le da la señal a los sementales blancos, para empezar la larga cabalgada, hasta el castillo del emperador de Kartina, donde se celebraría la fiesta.
–Madre, Padre… Hay algo que quería hablar con ustedes…– Le dije esto a mis padres, ladeando la cabeza hacia la izquierda, con las manos en mi regazo.
– ¿Te sientes bien, hija? Te he visto desconectada del mundo, últimamente. – Mientras yo estaba recargada en la ventana de ese carruaje de ébano, con refuerzos de oro y ruedas de mármol, mirando cómo es que la noche caía lentamente sobre nosotros, mi mamá apoyaba su mano derecha sobre mi hombro izquierdo, mirándome preocupada.
– ¿Cómo se sintieron ustedes cuando les fue dado el título de condes? – Al terminar de preguntar esto, yo volteo a verles, jugando con las yemas de mis pulgares.
– ¿Ehhhhh? ¿A qué viene esa pregunta, pequeña? – Mi padre cuestionaba esto, mientras que ambos bajaban la mirada, hacia donde yo estaba, observándome escépticamente.
– ¿Alguna vez se han sentido que han perdido mucho tiempo sin saber que van a hacer con sus vidas? – Terminada la pregunta, mis padres se quedando mirándose entre sí y mi madre luego dijo:
–…La verdad es que yo jamás me he sentido así, Victoria. Yo quise dedicarme a estudiar medicina, pero cuando me casé con tu padre y me dieron el título de condesa, puse en práctica mis conocimientos para volverme medico de campo. No me pidas luchar, pero si puedo ayudar desde las trincheras. – Mi madre explicaba esto, devolviéndome una sonrisa nerviosa, con sus manos en el regazo.
–Mi padre, o sea, tu abuelo Julius Hosenfeld, solicitó un título para mí, cuando tenía 15 años. Debo admitir que me sentí nervioso cuando él hizo eso. Pensé que jamás estaría a la altura que nuestros antepasados establecieron. Pero luego entendí que uno debe sobresalir por aquello en lo que es habilidoso y no en todo. No soy el mejor espadachín de la familia, pero sí que se planear estrategias de combate. Ahora… ¿a qué viene la pregunta, cariño? – Al terminar su explicación, mi padre acercaba su rostro a mí sonriéndome un poco. Tomando un poco de aire, yo decía lo siguiente:
–Si les dijera que quiero volverme una guerrera… ¿me lo permitirán? –
–Dime, ¿al menos ya tienes clara tu razón para pelear? – Mi padre me preguntaba, mirándome con la ceja derecha levantada, cruzándose de brazos.
–N-no… Si te soy sincera, aun no sé por qué razón quiero dedicarme al combate, papá… Solo quería dedicarme a ello, porque es por lo que soy más conocida. No saben lo horrible que se siente el darse cuenta lo inconsecuente que ha sido mi vida; lo poco que he contribuido en el mundo. – Le decía a mi padre, agachando la mirada, algo entristecida por esa realización.
–Muy bien… de ser así, te daré unas lecciones de historia, para que aprendas un poco. – En eso, mi mamá y yo nos dedicamos a escuchar las palabras de mi papá, el cual se acomodaba la solapa con su diestra mano. –Los samuráis son una clase guerrera del país de Sensha; país el cual está ubicado en el continente de Erhtía, la cual se dedica a proteger a su respectivo señor feudal, de cualquier daño que pueda pasarle. Su dedicación a su trabajo, así como su lealtad a su señor feudal y a su código ético, llamado Bushido, los vuelve excepcionalmente formidables y superiores al resto de las clases guerreras de ese país. Y si por alguna razón fracasaban en cumplir su misión o terminaban dando la espalda al Bushido, recurrían a un ritual suicida llamado seppuku, con el cual recobraban su honor. –
–Entonces… los samuráis son equivalente a los paladines, ¿verdad? – Cuando mi padre terminó de decirme eso, pedí la palabra para aclarar mis dudas, levantando la mano derecha, ladeando mi cabeza hacia la izquierda.
–Algo así. Pero a lo que voy es a esto, niña… Si vas a dedicar tu vida al combate, como mínimo debes de tener un código de honor al cual adecuarte y una razón por la cual luchar. ¡No puedes andar por la vida, peleando por ninguna razón! Esta actitud va a terminar destruyéndote tarde o temprano. – Las palabras de mi padre me habían dejado atónita; en ese entonces, jamás había pensado en ello. Jamás me había puesto a pensar porque razón quería pelear. Solo entrenaba porque eso me hacía sentir bien.
–Bue-bueno… la verdad es que jamás había pensado eso. Además de que no sé porque quiero luchar…– Le decía a mi padre, mientras bajaba la cabeza y colocaba mis manos en mi regazo.
–Ahí está el problema, niña. Pero no te preocupes. Si en verdad tanto deseas volverte un espadachín, tarde o temprano vas a encontrar tu razón para luchar. – En eso, mi papá me acariciaba la cabeza con su diestra, riéndose a carcajadas. Mi mamá le acompañaba con una risa delicada y yo le sonreía. Era la primera vez que me sentía feliz por el hecho de platicar con ellos. Pero aún me faltaba algo; esa razón por la cual quería pelear; y esa razón la iba a conocer esa misma noche…
La ciudad de Pralvea era y aún es enorme. La arquitectura entera, desde las calles y avenidas de la ciudad, hasta los más altos edificios del reino estaba hechos de roca sólida, adornados con pilares, esculturas e inscripciones de distintos tipos. Un aspecto muy poco colorido; abundaba mucho el gris y el café. Como era de noche, todo estaba muy desolado; sólo se veían a algunas prostitutas vagar por las calles, así como gente que solía trabajar en turnos nocturnos y otros que iban a bares u otros lugares así. Eso sí… había mucha iluminación, por donde quiera se miraba. Una persona podría quedarse ciega durante la noche, de tanta luz que emanaban las lámparas de aceite que colgaban de los postes de la calle y de las casas.
Nuestro carruaje continuaba avanzando por la avenida principal, hasta que finamente llegamos al castillo de la familia real. Si el tamaño de la ciudad era colosal, el castillo tampoco se quedaba atrás; el castillo. Había edificaciones que servían como cuartos de huéspedes, donde se hospedarían las personas que quisieran pasar la noche en el castillo o que también servían como albergue en caso de que pasase una catástrofe. Otros edificios servían como almacenes y tiendas, donde se podrían reabastecer los damnificados o los invitados. Y al oeste de la ciudad interna, pintado de un color más rojizo que el resto de la ciudad, se podía apreciar el monumental castillo de la familia imperial. No había una edificación que identificara al entero reino de Kartina como esta majestuosa obra de arte; solo la torre más alta medía cien metros. La estructura principal del castillo tenía incrustaciones de piedras preciosas, las cuales resplandecían durante la noche, cuando la iluminación nocturna se alzaba. Aproximadamente unas cien habitaciones en total, las cuales consistían, en su mayoría, en más habitaciones para huéspedes. Una pequeña laguna en el extenso jardín del castillo, cual cristalina como el hielo. Protegido por un millar de soldados, los cuales no se iban a mover de su lugar, sin importar lo que pasase, así como atalayas, en las cuales, se encontraban centinelas, los cuales custodiaban en castillo, como un halcón.
–Muy bien, chicas, hemos llegado. – Mi padre nos decía esto, a mi mamá y a mí, en lo que los tres observábamos el castillo y nos dirigíamos hacia la entrada, donde uno de los sirvientes nos diría donde estacionar nuestro carruaje.
–Su majestad, el rey Fernando, se siente honrado con su presencia, señor Homero. Esperamos que disfruten la fiesta de cumpleaños de la princesa Fabiola. – El sirviente le decía a mi padre y al conductor del carruaje, indicando la dirección en la cual íbamos a estacionarnos. Logramos estacionarnos cerca de la entrada.
Ya habiendo entrado a las instalaciones principales, nos topábamos con el hermoso panorama de ese lugar y de esa noche. Una enorme sala principal, decorada con estatuas de ángeles hechas de mármol, candelabros de oro, vasijas y vitrales hechos del más fino vidrio que se pudiera encontrar en el reino. Y en el centro de todo eso, una fuente grande, con la figura de la diosa Afrodita y con zafiros incrustados en ésta. La sala estaba repleta de gente importante, la cual había sido invitada a la fiesta; desde otros miembros de la realeza y la nobleza, hasta figuras populares, como músicos, científicos, miembros de la guardia imperial, etcétera. No podía esperar a toparme con la princesa; y estaba segura que ella estaba ansiosa de verme, también.
–Vayamos a la oficina de Fernando, muchachas. – Cuando mi padre nos dijo esto, mi madre y yo asentamos con la cabeza y nos dirigimos a la oficina del rey Fernando, subiendo por las escaleras. El tamaño de la multitud me estaba sofocando, pero debía permanecer en calma. En serio no estaba de humor para hacer una escena.
– ¿Señorita Hosenfeld? – Una voz familiar se logró escuchar detrás de mí, por lo que yo volteé hacia atrás. Era el joven Saúl, ni más ni menos.
–Menuda sorpresa de verte por aquí, Saúl. – Al decirle esto al joven marqués, yo le devolvía una sonrisa socarrona, en lo que mis padres voltearon a verle.
–Joven Giesler… me alegra verle por aquí. ¿Dónde andan sus padres? – Mi madre decía esto, asentando su cuerpo un poco, sonriéndole.
–Van a estar aquí en unos minutos. – Saúl le respondía a mi madre, devolviendo la reverencia. – Me sorprende que Victoria haya venido a la fiesta. –
–En principio, iba a venir aquí de muy mala gana. Pero después de unos días, me acordé que hoy era el cumpleaños de Fabiola. –
–Je. Me encantaría ver el rostro de la princesa, si se llegara a enterar que te olvidaste su cumpleaños. – El muchacho me decía esto, acomodándose la solapa. No quería quedarle mal a Fabiola; ella ha sido una vieja amiga mía.
–No te atrevas a decirle, Saúl…– Al decirle esto al marqués, yo le veía lascivamente, pero mi padre luego posó su mano sobre mi espalda.
–No comiencen una discusión aquí, muchachos. Venimos a divertirnos; no a pelear. Para eso tienen los cuarteles. – Al escuchar esto de mi padre, yo me cruzo de brazos.
–Está bien…– Terminada la conversación, nosotros cuatro llegábamos al tercer piso del castillo, en el ala este. Ahí fue cuando vimos una doble puerta roja; ya estábamos en frente de la oficina del rey. Se podía escuchar mucho murmullo desde adentro.
–Las damas primero. – Entonces, mi padre abrió la puerta y le sonreía a mi madre y a mí, quienes pasábamos adentro del cuarto. Al entrar a la habitación, nos topábamos con otros miembros de la nobleza Kartiniana. Algunos estaban conversando, otros estaban tomando vino, otros estaban hablando con el rey Fernando, el cual estaba sentado en su escritorio. –Vayamos con su majestad y su alteza. – Al decir esto, nosotros tres pasábamos por la sala, moviéndonos cuidadosamente entre la multitud. Ahí sí que me sentía claustrofóbica.
– ¿Te sientes bien, Victoria? – Saúl volteaba a verme, cruzando sus brazos.
– ¿Se nota que me siento bien? Lo único que quiero es encontrar a Fabiola e irme de aquí. Además… ¿quién te dio permiso en llamarme por mi nombre? Apenas si te conozco. –Le decía esto al muchacho, volteando a verle un poco enojada.
–Relájense, muchachos. Ya casi llegamos a donde está la familia real. – En eso, mi padre nos observó a los dos, dándonos la indicación de bajar la voz. Ya en frente del escritorio, los cuatro nos topamos con el rey Fernando Alfonso Leonhardt y la Princesa Fabiola Leonhardt. El rey era alto y muy fornido, para alguien en sus 50s, de cabello pelirrojo y con canas, de ojos grises. La princesa era una dama de casi mi estatura, cabello albino y ojos color miel. Él vestía con un traje de gala azul y una capa violeta, cargando un bastón de oro y su corona; la princesa cargaba un vestido de gala rojo con encajes rosas, sin mangas y con guanteletes. Tampoco hacía falta la tiara.
–Nos encargaremos de la situación en la frontera norte, cuando el equipo de investigación nos mande más datos, señor Montesco. – Su majestad se encontraba hablando con los archiduques Federico y Belinda Gallows Montesco. Belinda era una dama de 45 años, algo baja, de cabello negro azulado y ojos verdes. Federico era un señor de 50 años, de cabello rubio cenizo y ojos azul claro; el rostro de él era muy robusto y tosco, pero su mirada notaba una paz interior inmutable.
–Muchísimas gracias por la información, su majestad. – El archiduque le respondía con esto al rey, haciendo una reverencia. Su esposa hizo lo mismo.
–Buenas noches, su majestad. – Entonces, mi padre se acercaba a él, inclinándose un poco. Mi madre, Saúl y yo hicimos lo mismo.
–Buenas noches, Homero. Es un placer verle por aquí. – Su majestad volteó a ver a nosotros, haciendo una reverencia. –Así que la señorita Victoria vino también, ¿eh? Puedo ver que sigue viéndose tan sagaz como un zorro rojo. – Entonces, el rey me frotó la cabeza, sonriéndome amablemente.
–Su majestad… ¿me permite hablar con la princesa Fabiola? Vine a verla a ella, por su cumpleaños. – Le preguntaba esto a su majestad, viéndome algo molesta por esa reacción.
– ¿Serían tan amables de dar vuestros nombres? – La archiduquesa decía esto, bebiendo un poco de vino, volteando a vernos.
–Somos la familia Hosenfeld. ¿Y con quien tenemos el grato placer de hablar? – Mi madre le respondía a Belinda, inclinándose un poco.
–Somos los archiduques Montesco. Es un placer conocer a una familia de su índole, madame. No siempre se puede conocer a un miembro de una de las familias fundadoras de Kartina. ¿O nos equivocamos? – La archiduquesa le preguntaba esto a mi madre, sonriéndole un poco, dando un sorbo a su copa.
–Montesco… El apellido suena familiar. ¿De pura casualidad, ustedes están relacionados con la familia real de Ucilia? – Mi padre preguntaba esto, viendo a los archiduques con la mirada entrecerrada.
–Soy el hijo del difunto rey Luis Mario Montesco, hermano del rey Luis Felipe Montesco. – Federico le respondía con esto a mi padre, acomodándose la solapa.
–Tengo entendido que su familia fundó el reino de Ucilia. ¿O me equivoco? – Mi padre le preguntó esto al archiduque, cruzando sus brazos.
–Ni más ni menos, su excelencia Homero. – En eso, Federico volteó a verme, sonriéndome un poco. – No somos tan diferentes, ¿lo sabe? Ambos somos descendientes de los forjadores de nuestra patria natal, estamos casados, y también puedo ver que ustedes tienen una hija. –
– ¿Hija? ¿Ella asistió a la fiesta? – Mi madre le preguntaba esto a ellos, colocando su mano derecha en el pecho.
–Katalina salió al tocador para damas. En unos minutos llegará a la oficina. – La archiduquesa le dijo esto a mi madre, dando otro sorbo a su copa.
–Tengo que saberlo, su excelencia Federico… ¿Cómo fue que usted terminó aquí, en Kartina? – Al decir esto, mi padre frotaba su barbilla, mirando al archiduque.
–Mi padre le cedió el trono a mi hermano, antes de morir. Felipe me mandó a Kartina, para ayudar en la embajada. – Federico le explicó esto a mi padre, tomando una copa de ron.
– ¿Y cómo ha disfrutado la estancia en Kartina, su excelencia Federico? – Mi padre tomaba una copa de vino, diciéndole esto al archiduque.
–No me quejo, señor Homero. Me gustan los climas fríos. – Al terminar de decir esto, Federico se reía un poco, tomando de la cintura a Belinda.
–Ahmmmmm… mejor me retiro de aquí. Ya no me siento cómodo, señorita Hosenfeld. – Saúl me decía esto, sonriéndose nerviosamente, alejándose lentamente del grupo.
– ¿A dónde vas, Saúl? Te estaba esperando. – La princesa Fabiola se acercaba a nosotros, preguntando esto al marqués.
–Ho-hola, su alteza Leonhardt. Feliz cumpleaños y larga vida a usted. – Saúl le decía esto a ella, inclinándose rápidamente, sonriendo nerviosamente.
–No es necesaria tanta cordialidad, Saúl. – La princesa le decía esto, cruzando sus brazos, sonriéndole un poco.
–Feliz cumpleaños, Fabiola. – Yo le decía esto a la princesa, inclinándome ante ella. Pude notar por una fracción de segundos el rostro sonrojado de Saúl.
– ¡Hola, Victoria! ¡Me alegra mucho que hayas venido! – La princesa volteaba a verme, sonriendo alegremente, para luego abrazarme fuertemente.
–Jejeje… 17 años y sigues actuando como de nueve. – Le decía esto a Fabiola, abrazándole un poco, devolviendo la sonrisa.
–Papá… ¿me permites salir con Victoria al balcón? Quiero hablar a solas con ella. – Entonces, la princesa volteó a ver al rey Fernando, preguntándole esto, saltando un poco.
–Solo no te tardes mucho, pequeña. El recital va a empezar en media hora. – El rey le respondía con esto a Fabiola, frotando su cabeza un poco.
– ¡Genial! – Al exclamar esto, Saúl, Fabiola y yo salimos de la habitación, para dirigirnos al balcón.
–Fabiola… hay algo que quiero darte, después que termine la fiesta. Es por el regalo que quiero darte. – Al salir de la oficina, Saúl le decía esto a la princesa, jugando con las yemas de sus dedos.
– ¡Por supuesto, Saúl! Pero recuerda… Se puede ver, pero no se puede tocar. – La princesa le respondía con esto, guiñándole el ojo.
– ¡Diablos! – Al escuchar esto, el marqués golpeaba el piso con su pie del enfado.
– Momento… ¿ustedes dos son…? – Viendo esta reacción, yo le pregunté esto a ambos, cruzando mis brazos.
–Shhhhhh… no lo grites a los cuatro vientos, Victoria. Mi padre apenas si arregló nuestro matrimonio. – La princesa se acercó a mí, susurrándome esto al oído. Quería gritar de la impresión, pero debía respetar la petición de mi amiga.
–E-está bien…–
– Voy a volver a donde están mis padres, Fabiola. Necesito decirles que me quedaré un rato en el castillo, terminando la fiesta. Les dejare tener una plática de mujeres, por ahora. – Al terminar de decirnos esto, Saúl se inclina ante la princesa y se devuelve hacia la oficina.
–Nos vemos después, Saúl. – Al terminar de despedirse de Saúl, Fabiola y yo continuábamos nuestro camino al balcón. Aún estaba sorprendida por esa noticia. ¿Cómo es que alguien quien conozco desde niña pudo haber ocultado un secreto de esa magnitud?
– ¿Desde cuándo? – Entonces, volteé a ver a Fabiola, enterrando la mirada.
– ¿Mande? – La princesa me decía esto, volteando a verme rápidamente. Me urgía saber más sobre su matrimonio arreglado.
– ¿Desde cuándo Saúl y tú están… comprometidos? ¿¡Y cómo fue que aceptaste!? ¡Tú no pareces ser el tipo de persona que se inclinaría a una relación arreglada! – Le exclamaba esto a Fabiola, saltando de la incredibilidad.
–Fue hace tres días atrás. Mis padres y yo estábamos buscando alguien con quien pudiera esposarme. Conozco a Saúl por más tiempo del que tú lo conoces. Cuando descubrí que yo le gustaba, le pedí a mi padre que me arreglara un matrimonio con él. El dinero que su familia hace cada año por exportación de joyas es algo que no le caerá mal al reino; especialmente para reforzar los sistemas de seguridad, con todas las desapariciones que han pasado. – Al terminar la explicación de la princesa, yo me rascaba la cabeza, asimilando la información. Aún no me quedó claro algo… ¿Ella le pidió a Saúl que se casara con él o viceversa?
– ¿Cuándo fue que supiste que tú le gustabas? –
–Si te soy sincera, él me ha gustado desde hace mucho tiempo. Él fue la primera persona con la que fui, para decirle sobre mi matrimonio arreglado. Básicamente, yo le dije que él me gustaba. Debiste haber visto cómo reaccionó, cuando escuchó esto. Jmjmjmjm. Nos gastamos tres monedas de oro en incienso, para despertarlo. – Fabiola me decía esto, tapándose la boca un poco, devolviéndome una sonrisa. –Tengo que saberlo, Victoria… ¿te gusta alguien? – La pregunta que ella me hizo en ese momento me había dejado perpleja por un momento. Jamás había pensado en ello; y, para ese entonces, no me importaba. Yo tenía mi propia agenda aparte.
–Siendo honesta, no me gustan los chicos. Especialmente ahora que empecé a ir a esgrima. – Continuaba caminando hacia el balcón, ladeando la cabeza hacia la derecha.
– ¿En serio? Guau… eso sí que no lo sabía. Espero que encuentres a “ese especial”, aun así. – La princesa me respondía con esto, sonriéndome tiernamente. Yo simplemente le devolvía la sonrisa. Unos segundos después, ambas llegábamos al balcón del castillo, donde podíamos ver la pequeña ciudad alrededor. Se estaba nublando; en un rato más iba a nevar. Buen momento para no haber traído un abrigo.
–De haber sabido que iba a nevar, hubiera traído una taza de chocolate caliente y buñuelos, para nosotras dos. – La princesa me decía esto, observando caer copos de nieve.
–Podemos comer después, Fabiola. Hay algo que quieres decirme, ¿verdad? – Le cuestionaba esto a Fabiola, recargándome sobre uno de los muros del balcón.
– ¡Ohh, por supuesto! ¡Quiero invitarte a la Ceremonia de Ascensión! – La princesa exclamaba esto, tomando mis manos, sonriéndome cálidamente. ¿Ceremonia de ascensión? Eso sonaba interesante.
– De pura casualidad, ¿qué es una “ceremonia de ascensión”? – Entonces, lentamente la soltaba, con mis manos detrás de mi espalda.
–En un mes más, voy a ir al Templo del Aesir, en el norte del Glaciar de los Lirios. – La chica me respondía con esto, inclinándose hacia adelante un poco.
–Ya me diste curiosidad, mujer. Ahora dame contexto. – Le decía esto a Fabiola, cruzando mis brazos. Es difícil que Fabiola se concentre en un tema de conversación; cualquier cosa le distrae.
–La ceremonia de ascensión es un ritual con el cual una persona puede convertirse la vasija de un ángel antiguo; o sea, un dios o un arcángel. – Cuando la princesa me explicaba esto, yo levantaba la ceja derecha de la curiosidad. ¿A qué se refiere con “convertirse en una vasija”?
– ¿Una… vasija? Ahora me tienes interesada, Fabiola. Dime más, por favor. – Le decía esto a Fabiola, ladeando un poco la cabeza. No solía seguir a alguna deidad, pero lo que ella me había dicho sonaba poco ortodoxo.
–Dicen leyendas antiguas que, cuando las horas más oscuras de la humanidad hayan comenzado, los dioses bajarán de los cielos para ayudarnos a salir adelante. Se dice que los dioses bajarán en forma de distintas piedras preciosas, para otorgarle sus poderes a solo aquellos que consideren dignos de cargar su poder. Estas gemas son conocidas como exopiedras Y también se dice que ha habido héroes de leyenda que han usado el poder de esas gemas, para realizar logros inimaginables, como el salvar a una nación entera. – La princesa terminaba con su explicación, volteando a ver hacia el cielo, recargándose sobre el barandal del balcón. Aún había algunas cosas que no entendía del todo… ¿Cómo es que los dioses le dan esas valiosas gemas a una persona? ¿Las escogen al azar o qué?
–Guau… Eso sí que suena genial. Y ni siquiera sigo a alguna deidad, como el resto de mi familia. ¿Pero qué tiene que ver la Ceremonia de Ascensión con este relato? – Le preguntaba esto a Fabiola, acercándome hacia ella, sonriéndole un poco.
–La Ceremonia de Ascensión va a darse para ver si puedo volverme la vasija de un dios. – Fabiola me decía esto, volteando a verme con un rostro muy serio.
–De pura curiosidad, ¿qué te motivó a querer volverte una vasija, amiga? – Le pregunté esto a la muchacha, colocando mis brazos sobre mi cadera.
–Quiero ayudar con cuanto me sea posible a este reino. Tú más que nadie debería entender lo que significa ser una noble; poner el ejemplo al resto del reino y no solo sentarse todo el día en frente de un trono de ébano, esperando a que las cosas se arreglen por sí solas. ¿O me equivoco? – La mirada de Fabiola se volvía aún más seria, al mismo tiempo en que ella encogía sus hombros. –Estoy harta de escuchar las quejas de los aldeanos, diciendo a cada rato que la nobleza no sirve para nada. Y lo peor del caso es que ni siquiera puedo combatir esa falacia, porque otras familias nobles se quedan indiferentes, ante todo lo que les pasa alrededor. Todo el peso del karma cae en un justo, en lugar de un pecador…–
–Fabiola…– Me quedé sin palabras en ese momento. Jamás había visto a Fabiola tan seria, tan decidida en lo que quiere hacer de su vida.
–Este es el camino que yo escogí, y nada en este mundo puede cambiar mi opinión. – Fabiola me decía esto, agachando la cabeza.
–Tienes todo mi apoyo, Fabiola. Para eso son las amigas. – En eso, yo le tomé las manos y le sonreía cálidamente.
–Muchísimas gracias, Victoria. No sabes cuánto significa esto para mí. – Al decirme esto, la princesa suelta mis manos y me abraza fuertemente. Teniendo su rostro cerca del mío, pude escuchar unos leves sollozos.
–Jmjmjm… sois toda una dulzura, ¿lo sabias? – Le decía esto a la princesa, devolviendo el abrazo.
– ¿Vendrás conmigo a la ceremonia, Victoria? – Entonces, Fabiola retrocedía un poco y preguntó esto, sonriendo un poco.
–Cuenta conmigo, Fabiola. Prometo que estaré ahí. – Le respondía con esto a la princesa, devolviéndole la sonrisa.
–Muchísimas gracias, Victoria. Vamos a la sala del trono. La fiesta comenzará en unos minutos más. – La princesa decía esto, tomando mi mano derecha para irnos.
–Adelante, princesa. – Terminada la conversación, ambas nos retiramos del balcón, dirigiéndonos a la sala del trono. Aún teníamos algo de tiempo, antes que empezara el recital de piano de Fabiola, pero era mejor que nos apuráramos, para que ella se preparara. Las dos caminábamos por uno de los pasillos del tercer piso del castillo, hasta que de pronto nos topamos con ella… Una joven de 14 años, cabello largo negro azulado, ojos verde esmeralda, nariz pequeña y respingada, carnosos labios rojos, cual berenjena.
Estaba vistiendo un lujoso vestido de gala, color azul real, con encajes de zafiro y amatista, unos guanteletes azules, aretes y collar de zafiro. En un principio, esa figura femenina no parecía la gran cosa para mí… pero ese sentimiento cambiaría para siempre, en unos años más…
–D-disculpen…– La muchacha nos decía esto, agachando su cabeza un poco.
–Con permiso. – Yo le decía esto a ella, devolviendo el saludo.
–Oye, Victoria… ¿esa chica no te parece familiar? – En eso, la princesa se detuvo y volteó a verme, colocando sus manos en la cintura.
–Un poco… ¿Por qué preguntas? – Le dije esto a Fabiola, frotando mi barbilla.
–Por alguna razón… esa chica se parece a la archiduquesa Belinda… ¿Crees que ella pueda ser su hija? – Fabiola recalcaba esto, cruzando sus brazos.
–Ahmmmmm… ¿Cuál dijo que era su nombre? – La pregunté esto a la princesa, rascándome la cabeza. No han pasado siquiera unas horas y ya me olvidé de ese detalle.
–Por lo que alcancé a escuchar, creo que es Katalina. ¿Te parece bien si le preguntamos? – Ya habiendo escuchado esto, yo asenté con la cabeza rápidamente, aceptando su propuesta.
–Tenemos tiempo de sobra. Adelante. – Le decía esto a Fabiola, la cual me llevó a donde iba caminando aquella señorita. Poco me daba cuenta de lo mucho que cambiaría mi vida, después de ese momento…
–Disculpe, señorita…– Fabiola le dijo esto a la muchacha, la cual se da la media vuelta para vernos. Se podía ver algo de miedo en el rostro de ella; casi como el de una niña que buscaba su oso de peluche.
– ¿Qué-qué pasa? – La chica titubeaba estas palabras, colocando su mano derecha en el pecho.
–De pura casualidad, ¿es usted Katalina Montesco? – La princesa le preguntó esto a ella, haciendo una reverencia rápida.
–S-si lo soy. Soy la duquesa Katalina Montesco. – Al escuchar estas palabras de la joven, Fabiola y yo retrocedíamos un poco de la impresión. ¿Duquesa? La señora Belinda no nos dijo que su hija ya tenía título nobiliario.
– ¿Es usted una duquesa, señorita Montesco? – Le decía a la joven duquesa, permaneciendo en calma ante la noticia.
–Así es. Mi padre me otorgó el título nobiliario, antes de irnos de Ucilia. – Katalina nos decía esto, tratando de proyectar una sonrisa, pero en eso bajaba la miraba y se entristecía, colocando sus manos en el regazo.
– ¿Qué pasa, señorita Montesco? –
–Extraño Galecia; la capital de Ucilia… mi ciudad natal. No he estado ahí, desde hace casi dos años. Es todo. – La duquesa ladeaba la cabeza hacia la derecha, evitando vernos a los ojos, pero lograba ver una pequeña lágrima recorrer su rostro.
–Vuestro padre ya nos había hablado sobre ello, señorita Montesco. Si hay una manera en la que podamos animarle, solo díganoslo. – La princesa le decía esto a la joven duquesa, colocando sus manos en la espalda, devolviéndole una sonrisa, para animarla.
– ¿Ha-hablan en serio? Gr-gracias por su consideración, ahmmmm…– La joven duquesa se quedó callada por un momento, agachando la mirada.
–Soy la princesa Fabiola. Un placer conocerle. – Cuando la princesa le dijo esto a Katalina, ella retrocedía rápidamente de la impresión.
– ¿¡Usted es la princesa Leonhardt!? ¡La-lamento mi falta de modales, su alteza! – La duquesa exclamaba esto, inclinándose rápidamente.
–No es necesario ser tan cordial, su excelencia Katalina. Si su padre hubiera sido el heredero al trono de Ucilia, usted sería una princesa también. – Fabiola le respondió así a Katalina, sonriéndole algo nerviosa.
–Un noble debe de ser educado todo el tiempo… o es lo que mi madre me ha dicho. – La duquesa nos decía esto, jugando con las yemas de sus dedos.
– ¿A qué se dedica, señorita Katalina? A parte de ser una noble, claro está. – La princesa preguntó esto, cruzando sus brazos.
–Estoy yendo a la escuela de magia de Pralvea. Investigo un tipo de magia muy raro en el mundo. – La chica nos decía esto, sonriéndome ampliamente, inclinando su cuerpo hacia adelante.
– ¿De qué se trata, su excelencia? – Fabiola le preguntaba esto a la señorita Montesco, cruzando sus brazos. Yo solo me quedé callada, escuchando su conversación. Aún no sabía de qué hablar con ella.
–Magia Cósmica. Por lo que he estudiado, este tipo de magia es muy elusivo, y solo puede ser usado por personas con un alto nivel de fuerza física. – Al escuchar la explicación de Katalina, la princesa se rascaba la nuca, agachando la mirada.
–Hmmmmm… hay algo que aún no puedo entender. ¿Cómo funcionan los hechizos? ¿Solo… funcionan? – Al terminar esta pregunta, se pudo ver un rostro de molestia en el rostro de la duquesa, la cual golpea el suelo con su tacón derecho.
– ¡La magia no funciona, solo porque sí! – Al ver esta reacción, Fabiola y yo nos quedamos mudas por un momento. Al ver lo que había hecho, Katalina se tranquilizó un poco, agachando la mirada. – Perdón… me molesta cuando la gente dice cosas así sobre la magia. –
–A mí sí me interesa saber más sobre cómo funciona la magia. Si quieres, podéis decírmelo a mí. – Sin darme cuenta de ello, yo le dije esto a la duquesa, acercándome a ella un poco.
– ¿¡Habla en serio!? ¡Genial! Muchísimas gracias, señorita… ahmmmm…– Al escuchar esto, Katalina saltaba de felicidad, pero después se cubrió la boca, viendo que no sabía mi nombre.
–Hosenfeld. Victoria Hosenfeld. Un placer conocerla. – Le decía a Katalina, sonriéndole un poco, haciendo una reverencia.
–Ando algo corta de tiempo, pero ya que. Siéntase cómoda en hablarnos más sobre magia. – Fabiola le dijo esto a la duquesa, sonriéndole también.
–Ahmmmm… ¿no les molesta estar paradas? De preferencia vayamos a un lugar donde podamos descansar las piernas. Voy a demorarme algo, diciendo lo que sé de magia. – La joven entonces nos decía esto, sonriendo nerviosamente.
–Vayamos al jardín. No es la mejor locación del mundo, pero al menos tendremos una bella vista al estanque. – Cuando la princesa nos dijo esto, Katalina y yo asentamos con la cabeza, sonriéndole de vuelta.
–Adelante, Fabiola. – Ya habiendo dicho esto, Fabiola nos encaminaba al jardín del castillo, donde íbamos a continuar la conversación.
–Vamos por aquí. Estos pasillos parecen estar más despejados. – La princesa nos dio esta indicación, encaminándonos por un camino que estaba más desolado. Lo que menos necesitábamos eran otros invitados interceptándonos. Un minuto después, nosotras tres llegábamos al jardín de la familia real. La nieve cubría algunas de las rosas, lirios y orquídeas que estaban en éste; había algo de escarcha cristalina en el estanque del jardín. Se podía sentir una calma inmensa en el ambiente, a comparación del murmullo de adentro.
–Que hermoso…– La duquesa decía esto, lentamente adentrándose en el jardín. La nieve que cubría el suelo no parecía muy sólida; debí de tener cuidado con la joven duquesa, para que no diera un movimiento en falso.
–Permítame, su excelencia. – Entonces, yo tomé de la mano a Katalina, ayudándole a caminar entre la nieve.
–Ohmmmmm… gracias, señorita Hosenfeld. – Al ver esto, la duquesa se sonrojaba un poco, moviéndose lentamente entre la nieve. Nosotras tres llegamos a una sección del jardín donde crecían lirios, donde nos sentamos para hablar.
–Muy bien, su excelencia Montesco… explíquenos un poco mejor en cómo es que funciona la magia. – Fabiola le dijo esto a Katalina, colocando sus manos sobre su regazo.
–Bueno… deja ver aquí… La magia es el arte y la ciencia que se encarga de manipular el mundo que nos rodea, usando la fuerza de voluntad. El principio inicial de la magia es el de influenciar la conciencia del mundo alrededor, usando la propia conciencia del individuo. Para hacer esto, se necesita primero entender sobre el éter. El Éter es la materia prima del Universo, todo es construido de Éter y así mismo todo vuelve a ser Éter, su manifestación está plasmada en absolutamente todo. Aprender a usar magia requiere usar el éter del alma de una persona, para conectar espiritualmente con el mundo que le rodea. Se necesita mucho conocimiento del funcionamiento del mundo, así como un arduo entrenamiento físico y espiritual, para conectar espiritualmente con la conciencia del mundo a nuestro alrededor, debido a que se gasta mucho éter durante el enlace. También se pueden usar catalizadores mágicos, para disminuir la cantidad de éter necesario para usar magia y el desgaste físico que conlleva usar magia. Los catalizadores pueden variar mucho; desde simples runas, bastones, conjuros escritos en grimorios, inclusive se pueden usar armas encantadas para ello. – La duquesa nos explicaba esto, mientras Fabiola y yo le observábamos fijamente. Si bien lo que ella dijo suena confuso al principio, es algo que me iba a servir en el futuro.
– ¿Y cuánto tiempo has estudiado magia, señorita Montesco? Por su manera de hablar, yo diría que al menos toda su vida. – Fabiola le cuestionaba esto a la duquesa, frotando su barbilla.
–He estudiado magia desde que tenía nueve años. He aprendido a hacer algunas cuantas cosas, como esto…– En eso, Katalina extendió su brazo izquierdo hacia donde el estanque, jalando un poco de agua hacia donde estábamos nosotras.
–Guau…– Fabiola y yo nos quedábamos contemplando esa demostración mágica de la duquesa, la cual voltea a sonreírnos tiernamente.
–Aun no termino la demostración, chicas. – Entonces, la chica rápidamente movía aquella burbuja de agua por el aire, dándole distintas formas, hasta que de pronto ésta se congelaba de golpe, al momento en que Katalina chasqueaba sus dedos.
– ¡Eso fue genial, señorita Montesco! ¿¡Puede enseñarme a hacer eso!? – La princesa exclamaba esto, levantándose del suelo de golpe, caminando hacia la duquesa.
–Puedo hacerlo. Pero no hay garantía en que pueda aprender a replicar lo que yo hice. El tipo de afinación mágica que una persona puede tener varía dependiendo de la personalidad de la persona. Puedo enseñarle el hechizo, más aun así éste puede tener una resolución distinta. – Al terminar la explicación de Katalina, Fabiola agachaba la cara un poco, sentándose de vuelta.
–Ohhh… está bien. –
–Su alteza…– Las tres logramos escuchar la voz de un hombre aproximarse al jardín, por lo que nosotras nos levantamos del suelo, para obtener visión de aquel sujeto. –Señorita Fabiola, su padre necesita verla ahora mismo. Es sobre el recital. – Uno de los sirvientes del castillo había llegado al jardín, diciéndole esto a la princesa.
–Iré a prepararme, chicas. Las espero en la sala principal. – Antes de irse, Fabiola nos decía esto, guiñándonos el ojo derecho, sonriéndonos. La duquesa Katalina y yo nos habíamos quedado en el jardín.
–No es por ser grosera o algo por el estilo, pero usted pareció muy distanciada durante la conversación con la princesa, señorita Hosenfeld. ¿No le molestaría hablarme de usted? Si no lo desea, lo entenderé. – La duquesa me decía esto, subiendo la mirada para verme.
–Entreno en esgrima. Es todo, por ahora. – Le decía esto a Katalina, cruzando mis brazos.
– ¿Nada más? ¿No tiene algo en lo que quiere dedicarse en específico?– La damisela me preguntaba esto, ladeando su cabeza hacia la izquierda, mirándome de manera algo interesada.
–… Aún no, señorita Montesco. Pero me encantaría poder encontrar mi camino de vida. – En eso, volteé a verla y le sonreía.
–Jejeje… Me alegra escuchar eso de su parte, señorita Hosenfeld. Encontrar el camino de vida de una persona no siempre es tan fácil como parece. – La duquesa me decía esto, devolviéndome la sonrisa, pero la suya era más delicada, a comparación de la mía. – También es muy difícil encontrar alguien quien se muestre interesado en lo que te gusta y que te apoye en ello…– Entonces, Katalina ladeaba la cabeza, agachando la mirada un poco.
– ¿Que sucede, señorita Montesco? – Yo le pregunté esto a ella, volteando a verle un poco preocupada.
–Mis padres me insisten en que me dedique a la alquimia, como el resto de la familia. Eso es lo que pasa. A veces me siento muy sola por ello. – Entonces, la duquesa apretaba mi mano un poco, viéndose más triste.
–Señorita Montesco… ¿de pura casualidad, usted tiene amigos? – Le pregunté esto a Katalina, mirándole algo preocupada por ese comentario.
–…No. Siendo sincera, no… – Entonces, una lágrima se veía recorrer el rostro de la joven duquesa. Sin darme cuenta, yo le secaba la cara con mi mano derecha. No podía quedarme ahí, solo viéndola llorar –Señorita Hosenfeld... –
–Por favor, no llore, su excelencia. – Al presenciar esto, la duquesa trataba de devolver una sonrisa, pero su rostro aún se estremecía de melancolía.
–Está bien, señorita Hosenfeld. –
–Vayamos a la sala principal, señorita Montesco. – Le dije esto a la duquesa, tomándola de la mano nuevamente, para ayudarla a salir de la nieve.
–Muchísimas gracias, señorita Hosenfeld. Me alegra mucho que hayan aceptado mi compañía. – Entonces, Katalina me respondió con esto, sonriéndome y sonrojándose un poco. Ya saliendo del jardín, nosotras dos nos dirigimos a la sala principal, evadiendo contacto visual con otra gente. Ambas habíamos entrado al salón principal, donde estaban los demás invitados; Fabiola estaba en medio de la sala, sentándose al lado del piano que estaba ahí.
–Queridos invitados… como vuestra princesa, estoy muy agradecida por vuestra presencia en mi fiesta de cumpleaños. Como muestra de gratitud, esta noche tocaré una pieza musical de piano para ustedes. – Al terminar de decir esto, la joven princesa se sentó en frente del piano, empezando a tocar. Al escuchar esta melodía, los demás invitados tomaron a una pareja y empezaron a bailar vals. Si les soy sincera, ahí me sentí un poco incomoda viendo a cada pareja de novios o casados bailar románticamente, y yo igual de sola que… la duquesa Katalina.
–Señorita Montesco… ¿le gustaría acompañarme durante esta pieza? Sé que suena extraño, viniendo esto de otra mujer, pero no creo que a alguien le importe. – Le dije esto a la duquesa, tomándole de la mano, sonrojándome un poco.
–E- está bien, señorita Hosenfeld. Es un lindo detalle, para alguien quien apenas conocí hoy. – Entonces, Katalina me sonreía de vuelta, en lo que ambas íbamos al centro de la sala para bailar. Si bien no sabía mucho sobre bailar vals, pero sé bien que la esgrima, o las artes marciales en general, son algo así como un baile violento. Obviamente no iba a llegar a esos extremos, pero si podía replicar los mismos movimientos de esgrima que hago al entrenar, bien me podría ayudar. Sin darme cuenta, le tomaba de la cintura a la duquesa, lentamente moviendo nuestros pies en sincronía a la música; ella se sonrojó más ante este movimiento. Podía sentir una inmensa tranquilidad, al mismo tiempo que nuestros cuerpos se movían cada vez más en unisón. Era como si nosotras dos hubiéramos entrado en una pequeña dimensión ajena del resto del mundo. La pieza musical aceleraba su ritmo, por lo cual nos movíamos más rápido, llamando la atención del resto de los invitados, quienes estaban impresionados ante la imagen de dos mujeres bailando vals. Lo que era visto como un amor prohibido se presenciaba en la pista de baile. Pero eso no me importaba; estaba disfrutando demasiado ese bello momento con la duquesa, como para distraerme con ello. Solo deseaba que ese baile pudiera durar mucho más. Estando tan cerca, podía oler el aroma de su perfume; una exquisita combinación de moras silvestres… mis favoritas, después del aroma de chocolate. Nuestros cuerpos podían sentirse cada vez más y más cálidos por el ritmo de la música. Por primera vez en mi vida, me sentía viva… me sentía completa. Al terminar la pieza musical, extiendo a Katalina delante de mí, teniendo mi rostro muy cerca del suyo. Algo dentro de mí deseó besarla, pero la ilusión se quebró rápidamente cuando la gente en la sala aplaudía por la actuación musical de la princesa… y si de pura suerte, la danza entre la duquesa y mi persona.
–Eso… eso fue divertido, señorita Mon- Katalina. ¿No-no te molesta si te llamo Katalina, verdad? – Le decía esto a la joven duquesa, soltándola rápidamente, sonrojándome muy fuerte.
–Pue-puede llamarme Katalina si lo desea, señorita Hosenfeld. O mejor dicho, Victoria. Y yo también me divertí mucho. No me esperaba a que usted supiera bailar tan bien. – La duquesa me dijo esto, colocando sus manos en el regazo, sonriéndome tiernamente. –Sois tan amable conmigo, para apenas conocerme. ¿Por qué lo hace? – Cuando Katalina terminó de preguntar esto, yo ladeé la cabeza un poco, sin saber cómo responderle.
–Siendo honesta, usted y yo no somos muy diferentes, Katalina. Puedo decir por el perfume que usa que a usted también le gustan las moras salvajes. ¿Verdad? – Le comentaba esto a la duquesa, sonriéndole un poco como cortesía.
–Ohhhh… Jejeje… Me sorprende que usted se haya dado cuenta de ello, Victoria. Y puedo ver que a usted le gustan los lirios, ¿verdad? – Katalina me recalcaba esto, sonrojándose un poco.
–Ohhhh…Jeje… Sí. Me gustan los lirios. Aunque suelo darme mi tiempo para coleccionar más perfumes de otras flores. – Le dije esto a ella, sonrojándome aún más. Era lindo conocer a alguien quien compartiera mi gusto por coleccionar perfumes.
– ¿Victoria? ¿Quién es la señorita con la que andas? – Mi madre me decía esto, haciéndome una seña con la mano derecha, caminando hacia donde estábamos nosotras.
– Disculpe, ¿quién es usted? – La joven duquesa volteaba con dirección a donde venía mi madre, devolviendo el saludo.
– Soy la condesa Adelaida Redmont Hosenfeld, madre de esta linda muchachita aquí presente. Y Vaya, Victoria~… ¿quién es tu linda acompañante? – Mi madre me decía esto, acariciándome la cabeza con su mano derecha, sonriéndonos a ambas. Mi padre llegaba un poco después de ella.
–Mi nombre es Katalina Montesco, de la familia Montesco. Es un placer conocerles. – La joven duquesa les decía esto a mis padres, haciendo una reverencia a los dos.
– ¡Con que usted es la joven Duquesa Montesco! Habíamos platicado con vuestros padres, hace unos minutos atrás. Soy el conde Homero Hosenfeld. – Mi padre le decía esto a Katalina, inclinándose hacia adelante, sonriendo algo impresionado, por las palabras de mi acompañante.
– ¿¡Habla en serio!? De ser así, ¿saben dónde se encuentran? Se me hace raro no verlos por aquí. –
–Ellos se quedaron en la oficina del rey Fernando, discutiendo acerca de incrementar la seguridad en la frontera sur. –
–Sí… claro… debí imaginarlo. –
– ¿Victoria? ¿Katalina? –
– ¿Su alteza? ¿Qué se le ofrece? –
–Condes Hosenfeld… ¿me permiten hablar con Victoria y la duquesa Montesco, a solas? –
–Con gusto, su alteza. Os avisaremos cuando tengamos que irnos. –
– ¡Muchísimas gracias, condes Hosenfeld! –Entonces, Fabiola tomaba a Katalina y a mí de la mano, llevándonos por las escaleras.
– ¡Volvemos en un rato, mamá! – Terminado de decir esto a mis padres, me fui corriendo por las escaleras.
– ¿A dónde nos lleva, princesa Fabiola? – La duquesa cuestionaba esto, tratando de seguir nuestro ritmo a cómo podía; casi tropezándose por lo rápido que Fabiola estaba llevando y por el hecho que estaba usando tacones en esa ocasión.
– A mi cuarto. ¿A dónde más? –
–Bueno… la verdad es que no sé si me sienta cómoda entrando a su recamara. –
–Anímese, señorita Katalina. ¿Qué acaso no disfruta nuestra compañía? –
– ¡Por supuesto que sí! No pensé que me divertiría tanto esta noche, cuando llegué aquí con mis padres. Pero ustedes han sido tan amables conmigo…– Al terminar de decirnos esto, los ojos de la joven duquesa se pudieron ver algo cristalinos. Unos segundos después, nosotras tres llegábamos a la puerta de acceso a la habitación de Fabiola, la cual estaba siendo protegida por un guardia.
–Con permiso. – La princesa le daba la orden al guardia de moverse, el cual daba una reverencia como respuesta.
–En seguida, su alteza. – El guardia se movía de la puerta, dejándonos entrar a las tres a la habitación. Ya adentro, Katalina y yo lográbamos contemplar el interior de la recamara de Fabiola; el interior estaba decorado con cortinas de color azul, lámparas en las paredes y candelabros de oro en las repisas a cada lado de la cama, la cual estaba siendo cubierta por una sabana azul, con encajes dorados, así como un par de sillones azules. Se podía ver una colección de perfumes en el estante al sur del cuarto, así como una colección de animales de peluche, los cuales Fabiola coleccionaba.
– ¡Que habitación tan bonita, su alteza! Debió haber costado mucho la decoración. – Katalina le dijo esto a Fabiola, caminando lentamente al estante donde estaban los perfumes.
–Fue un regalo de cumpleaños de mi madre. Ella tuvo que salir a un asunto urgente, en la ciudad republica de Astrid, al oeste de Kartina. – Fabiola le explicaba esto a Katalina, sentándose en uno de los sillones del cuarto, tomando una bandeja plateada, la cual llevaba dos teteras y unos buñuelos.
–Eso explica por qué está ausente. ¿No te dijo a qué iba? – Le pregunté esto a Fabiola, sentándome a un lado de ella, en lo que servía un poco de chocolate caliente.
–Fue a atender unos tratados de comercio. Con la nueva ruta que se abrió en el oeste, por lo que mi madre debe de firmar algunos contractos. Astrid aún se está recuperando de la última guerra que tuvo contra el reino de Astea. – La joven princesa nos explicaba esto, mientras se servía un poco de chocolate; Katalina pasaba a tomar un zorro blanco de peluche, para luego abrazarlo.
– ¡Que adorable! ¿Dónde lo conseguiste, Fabiola? – La duquesa le preguntaba esto a Fabiola, apretando más fuerte el juguete.
–Lo compré en un bazar en el Glaciar de Lirios. Me alegra que te haya gustado, Kat. – Fabiola le decía esto, sonriéndole alegremente a Katalina, la cual voltea a verle extrañada.
– ¿Kat? ¿De dónde viene eso, señorita Fabiola? – La duquesa bajaba el peluche a la cama, preguntándole esto a Fabiola.
–Sí. Una manera corta para decir tu nombre. Como “Fabio” para Fabiola o “Vic” para Victoria. –
–Ahmmmmm… No suena tan mal. –
–Me gusta tu atuendo, señorita Katalina. Ese azul le queda muy bien. Especialmente ese sombreado azul. –
–Muchas gracias, princesa Fabiola. Estuve toda la tarde buscando un vestido que combinara con el maquillaje y el tono de piel. Ese rubor naranja con sombras rosas y labial rojo le van bien con el vestido, si le soy sincera. –
–Muchas gracias por el cumplido, señorita Katalina. A veces me encantaría poder hablar sobre consejos de belleza, con alguien a quien le importe; a parte de mi madre, claro está. –
– ¿A qué se refiere con eso, seño-Fabiola? –
–A Victoria le importa poco eso. He tratado por estos últimos años en convencerla de usar una falda, por lo menos durante un día, pero nada. – Al escuchar este comentario de Fabiola, yo le miraba un poco molesta.
– ¿Yo? ¿Usando falda? Ya quisieras…– Le respondía esto a Fabiola, mordiendo fuertemente mi buñuelo.
– ¿Qué les parece si nos probamos mis perfumes? – La princesa entonces preguntaba esto, dejando su buñuelo y su taza de chocolate en la bandeja, caminando hacia la repisa donde estaban los perfumes.
– ¡Por supuesto! – Entonces, la duquesa y yo dijimos esto en sincronía, levantándonos del sillón al mismo tiempo. Al notar eso, ella y yo nos observábamos mutuamente, para luego reír un poco.
–Jijiji. Bien… ¡comencemos, entonces! – Terminado de exclamar esto, la princesa abría la repisa y tomaba unas cuantas botellas para probarlas junto con nosotras.

14 de Enero de 884. 12:00 A.M.

Katalina, Fabiola y yo nos habíamos pasado la noche hablando en la habitación de la princesa. Al final de la noche, ambas nos encontrábamos riendo de nuestras conversaciones, nuestros chistes y nuestros puntos de vista. Había pasado demasiado tiempo desde que no me divertía así con alguien. Jamás pensé que la compañía de Katalina iba a ser tan grata… Y también lo muy diferente que mi vida hubiera sido, de nunca haberla conocido…
– ¡Jajajajaja! Por los dioses… Jamás me había divertido así en mi vida. Ustedes dos son lo máximo. – Fabiola nos decía esto, acostada en su cama, rodando de la risa.
– Jejejejeje… Lo mismo digo yo, Fabiola. –
–Jmjmjm. Me encantaría poder conocerlas más, muchachas. ¿Qué les parece si nos reunimos la siguiente semana? – La duquesa nos decía esto, levantándose de su sillón, sacudiéndose el regazo.
– ¡Por supuesto! Os llevaré a la Laguna de Arces, a unos kilómetros de aquí. Que ando de humor para zambullirme en el agua. – Fabiola nos decía esto, levantándose de la cama velozmente. En eso, alguien tocaba la puerta de la habitación.
– Su alteza... los condes Hosenfeld están buscando a la señorita Victoria. – Uno de los guardias nos decía esto, por lo que las tres volteamos a vernos.
–Bueno… ya me tengo que ir, chicas. Las veré después. – Le decía a Katalina, sonriéndoles energéticamente.
–Pueden ir a visitarme, siempre que lo deseen, chicas. Les avisaré a mis guardias sobre ustedes, cuando llegue a mi casa. – La joven duquesa me decía esto, sonriéndome tiernamente, ayudándome a levantarme del sillón.
–Cuenta con ello, Kat. – La princesa le decía esto a la duquesa, abrazando a nosotras dos.
–Nos veremos otra vez, señorita Katalina. – Al terminar de decir eso, yo le devolvía el abrazo a las dos chicas.
– ¡Recuerda esto, Victoria! Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar. – Terminada de decir esta frase, la duquesa se despide con una cálida sonrisa en el rostro, mientras yo me despedía de ambas muchachas. Un rato después, mis padres y yo subimos a nuestra carroza y salimos de ese lugar.
–Dime, hija mía… ¿te divertiste esta noche? – Mi padre me decía esto, mientras se recargaba en sus piernas y me observaba detenidamente.
–Como nunca en mi vida, papá. Jamás olvidaré esta noche. – Le decía a mi padre, observando el panorama nocturno de esa noche nevada.
–Me alegra que hayas conocido a alguien quien te cayera bien, Victoria. – Mi madre me decía esto, sonriendo gentilmente, acariciándome la cabeza.
–Y mi corazón reboza de felicidad por la idea de poder volver a verla otra vez, puesto que la fuerza de nuestra alma nos llevará al mismo lugar. – Le decía a mi madre, sonriendo emocionadamente, esperando con ahínco poder visitar a Katalina… la persona a la cual le entregaría mi vida. Aquella persona cuyo camino la llevaría al mismo lugar que al que yo voy.


Disfrútenlo.
Capítulo 2: Bienvenidos a la ciudad de Pralvea. El lugar donde las almas se enlazan. 

7:30 P.M.

Ha pasado una semana desde que mi familia fue invitada a la fiesta organizada por el emperador. No pude ir a las carreras de caballos, porque mi padre me pidió ayuda en vigilar la frontera con Ucilia. [¿por qué? sigue en entrenamiento] Ya no sé con qué rostro voy a mostrarme a Geraldo, la próxima vez que lo vea. Era el día de la fiesta. Me había arreglado con un traje militar de gala rojo carmesí, camisa blanca, corbata rosa, unas botas de cuero y elegantes guantes blancos. Mi madre estaba vistiendo un vestido de gala color azul oscuro, con encajes dorados, zapatillas y guantes azules. Mi padre vestía en un traje de gala blanco, con camisa negra, corbata blanca, guantes y zapatos negros.
—[te comenté en el otro capítulo, lo correcto es el uso de la raya. Además en las intervenciones del narrador debes pegar la raya igual que con el diálogo]Jejejeje. Te ves divina con esa vestimenta militar, Victoria. No pensaba que la ropa de tu papá te quedara muy bien. Mi mamá me decía esto, jalándome las mejillas con sus manos, sonriendo tiernamente. Pero ese gesto de cariño me molestaba. 
No soy una niña, mamá. Deja de jalarme las mejillas. Le decía a mi madre, mientras retrocedía un poco y me quitaba sus manos de mi rostro, de manera un poco agresiva. 
Bueno, mis bellas damas, es hora de irnos a la fiesta. El carruaje está esperando por nosotros. Mi padre nos decía esto, señalando con su pulgar derecho la salida de la casa, sonriéndonos alegremente. Mi madre se iba adelantando a la salida; no tenía el más mínimo deseo de ir a esa fiesta, pero ya me había comprometido a ir, así que no era el momento para quejarme. Sin nada que decir, caminé hasta la salida de la mansión. Ya habiendo subido al carruaje [la oración puede dar lugar a error, puede referirse a ella a los tres, o al conductor], el conductor le da la señal a los sementales blancos, para empezar la larga cabalgada, hasta el castillo del emperador de Kartina, donde se celebraría la fiesta. 
Madre, Padre… Hay algo que quería hablar con ustedes… Le dije esto a mis padres, ladeando la cabeza hacia la izquierda, con las manos en mi regazo. 
¿Te sientes bien, hija? Te he visto desconectada del mundo, últimamente. Mientras yo estaba recargada en la ventana de ese carruaje de ébano, con refuerzos de oro y ruedas de mármol [esto quedaba mejor descrito cuando ve el carruaje por primera vez], mirando cómo es que la noche caía lentamente sobre nosotros, mi mamá apoyaba su mano derecha sobre mi hombro izquierdo, mirándome preocupada. 
¿Cómo se sintieron ustedes cuando les fue dado el título de condes? Al terminar de preguntar esto, yo volteo a verles, jugando con las yemas de mis pulgares. 
¿Ehhhhh? ¿A qué viene esa pregunta, pequeña? Mi padre cuestionaba esto, mientras que ambos bajaban la mirada, hacia donde yo estaba, observándome escépticamente. 
¿Alguna vez se han sentido que han perdido mucho tiempo sin saber que van a hacer con sus vidas? Terminada la pregunta, mis padres se quedando mirándose entre sí y mi madre luego dijo: 
…[no entiendo el uso de estos puntos suspensivos]La verdad es que yo jamás me he sentido así, Victoria. Yo quise dedicarme a estudiar medicina, pero cuando me casé con tu padre y me dieron el título de condesa, puse en práctica mis conocimientos para volverme médico de campo. No me pidas luchar, pero sí puedo ayudar desde las trincheras. Mi madre explicaba esto, devolviéndome una sonrisa nerviosa, con sus manos en el regazo. 
Mi padre, o sea, tu abuelo Julius Hosenfeld, solicitó un título para mí, cuando tenía 15 años. Debo admitir que me sentí nervioso cuando él hizo eso. Pensé que jamás estaría a la altura que nuestros antepasados establecieron. Pero luego entendí que uno debe sobresalir por aquello en lo que es habilidoso y no en todo. No soy el mejor espadachín de la familia, pero sí que sé planear estrategias de combate. Ahora… ¿a qué viene la pregunta, cariño? Al terminar su explicación, mi padre acercaba su rostro a mí sonriéndome un poco. Tomando un poco de aire, yo decía lo siguiente: 
Si les dijera que quiero volverme una guerrera… ¿me lo permitirán? –[si no hay intervención la raya sobra] 
Dime, ¿al menos ya tienes clara tu razón para pelear? Mi padre me preguntaba, mirándome con la ceja derecha levantada, cruzándose de brazos. 
N-no… Si te [llevas todo el tiempo usando un tono cortés con los padres y aquí pasas a usar un tuteo] soy sincera, aun no sé por qué razón quiero dedicarme al combate, papá… Sólo quería dedicarme a ello, porque es por lo que soy más conocida. No saben lo horrible que se siente el darse cuenta lo inconsecuente que ha sido mi vida; lo poco que he contribuido en el mundo. Le decía a mi padre, agachando la mirada, algo entristecida por esa realización.
Muy bien… de ser así, te daré unas lecciones de historia, para que aprendas un poco. En eso, mi mamá y yo nos dedicamos a escuchar las palabras de mi papá, el cual se acomodaba la solapa con su diestra mano. Los samuráis son una clase guerrera del país de Sensha; país el cual está ubicado en el continente de Erhtía, la cual se dedica a proteger a su respectivo señor feudal, de cualquier daño que pueda pasarle. Su dedicación a su trabajo, así como su lealtad a su señor feudal y a su código ético, llamado Bushido [no deberías usar referencias a nuestro mundo de esa manera. En el caso de samurái es una palabra que dentro de lo que cabe se ha vuelto popular, como caballero o el paladín que aparece más adelante; pero bushidō hace referencia a los bushi, ¿hay relación con los samuráis? sí, pero también tiene un significado propio detrás que en tu mundo puede no tener sentido. Si hablas de samuráis y mencionas un código y ya está evitas problemas así; si necesitas darle un nombre puedes inventarlo como has hecho con el país], los vuelve excepcionalmente formidables y superiores al resto de las clases guerreras de ese país. Y si por alguna razón fracasaban en cumplir su misión o terminaban [el padre menciona a los samuráis como una clase que existe en ese momento, ¿por qué mencionas esto en pasado?] dando la espalda al Bushido, recurrían a un ritual suicida llamado seppuku, con el cual recobraban su honor. – 
Entonces… los samuráis son equivalente a los paladines, ¿verdad? Cuando mi padre terminó de decirme eso, pedí la palabra para aclarar mis dudas, levantando la mano derecha, ladeando mi cabeza hacia la izquierda. 
Algo así. Pero a lo que voy es a esto, niña… Si vas a dedicar tu vida al combate, como mínimo debes de tener un código de honor al cual adecuarte y una razón por la cual luchar. ¡No puedes andar por la vida, peleando por ninguna razón! Esta actitud va a terminar destruyéndote tarde o temprano. Las palabras de mi padre me habían dejado atónita; en ese entonces, jamás había pensado en ello. Jamás me había puesto a pensar porque razón quería pelear. Solo entrenaba porque eso me hacía sentir bien. 
Bue-bueno… la verdad es que jamás había pensado eso. [lo acabas de decir en la frase anterior] Además de que no sé porque quiero luchar… Le decía a mi padre, mientras bajaba la cabeza y colocaba mis manos en mi regazo. 
Ahí está el problema, niña. Pero no te preocupes. Si en verdad tanto deseas volverte una espadachina, tarde o temprano vas a encontrar tu razón para luchar. En eso, mi papá me acariciaba la cabeza con su diestra, riéndose a carcajadas. Mi mamá le acompañaba con una risa delicada y yo le sonreía. Era la primera vez que me sentía feliz por el hecho de platicar con ellos. Pero aún me faltaba algo; esa razón por la cual quería pelear; y esa razón la iba a conocer esa misma noche… 
La ciudad de Pralvea era y aún es [por la manera en la que narras deberías dejar sólo era, si lo dejas como está cuando luego usas pretéritos parece que te refieras a cosas del pasado y no del momento actual de la narración] enorme. La arquitectura entera, desde las calles y avenidas de la ciudad, hasta los más altos edificios del reino estaba hecha [el adjetivo hace referencia a la arquitectura] de roca sólida, adornada con pilares, esculturas e inscripciones de distintos tipos. Un aspecto muy poco colorido; abundaba mucho el gris y el café. Como era de noche, todo estaba muy desolado; sólo se veían a algunas prostitutas vagar por las calles, así como gente que solía trabajar en turnos nocturnos y otros que iban a bares u otros lugares así. Eso sí… había mucha iluminación, por donde quiera se miraba. Una persona podría quedarse ciega durante la noche, de tanta luz que emanaban las lámparas de aceite que colgaban de los postes de la calle y de las casas. 
Nuestro carruaje continuaba avanzando por la avenida principal, hasta que finamente llegamos al castillo de la familia real [no puedes usar de manera indistinta reino/rey y imperio/emperador; puede ser ambas cosas pero tienes que dejarlo claro]. Si el tamaño de la ciudad era colosal, el castillo tampoco se quedaba atrás; el castillo. [¿cuál es la función de esta oración?] Había edificaciones que servían como cuartos de huéspedes, donde se hospedarían las personas que quisieran pasar la noche en el castillo o que también servían como albergue en caso de que pasase una catástrofe. Otros edificios servían como almacenes y tiendas, donde se podrían reabastecer los damnificados o los invitados. Y al oeste de la ciudad interna, pintado de un color más rojizo que el resto de la ciudad, se podía apreciar el monumental castillo de la familia imperial. No había una edificación que identificara al entero reino de Kartina como esta majestuosa obra de arte; sólo la torre más alta medía cien metros. [para que la frase impresione no debes dar el dato de la torre más alta sino de la más baja] La estructura principal del castillo tenía incrustaciones de piedras preciosas, las cuales resplandecían durante la noche, cuando la iluminación nocturna se alzaba. Aproximadamente unas cien habitaciones en total, las cuales consistían, en su mayoría, en más habitaciones para huéspedes. Una pequeña laguna en el extenso jardín del castillo, cual cristalina como el hielo [la oración no tiene sentido]. Protegido por un millar de soldados, los cuales [repites demasiado cual/es] no se iban a mover de su lugar, sin importar lo que pasase, así como atalayas, en las cuales, se encontraban centinelas, los cuales custodiaban en castillo, como un halcón.
Muy bien, chicas, hemos llegado. Mi padre nos decía esto, a mi mamá y a mí, en lo que los tres observábamos el castillo y nos dirigíamos hacia la entrada, donde uno de los sirvientes nos diría donde estacionar nuestro carruaje. 
Su majestad, el rey Fernando, se siente honrado con su presencia, señor Homero. Esperamos que disfruten la fiesta de cumpleaños de la princesa Fabiola. El sirviente le decía a mi padre y al conductor del carruaje, indicando la dirección en la cual íbamos a estacionarnos. Logramos estacionarnos cerca de la entrada.


He aguantado leer hasta aquí; más tarde terminaré de hacerlo, pero aunque la historia es interesante el ritmo es tedioso...
Ohhhh... Lamento que el ritmo sea algo lento.
Creo que debí haberlo dicho desde el principio... Pero el ritmo de mi novela va a ser algo lento, solo para que tenga tiempo de desarrollar el mundo y las relaciones de los personajes.

Espero haber resuelto esa duda.
(05/12/2017 09:57 PM)Jaden Diamondknight escribió: [ -> ]Ohhhh... Lamento que el ritmo sea algo lento.
Creo que debí haberlo dicho desde el principio... Pero el ritmo de mi novela va a ser algo lento, solo para que tenga tiempo de desarrollar el mundo y las relaciones de los personajes.

Espero haber resuelto esa duda.

El problema no es que sea lento; el problema es que, al menos en ese trozo que he leído, es tedioso. En el primer capítulo estaba mejor llevado. Por ejemplo en las descripciones de la ciudad, en lugar de hacerlo como el típico narrador en tercera persona, contándonos como es la ciudad deberías mostrarla a través de los ojos de la protagonista: no estaba acostumbrada a ver una ciudad tan repetitiva, intentaba fijarme en los detalles de las estatuas del camino pero la potente luz de las lámparas colgantes me estaban dejando cegada... que sintamos lo que siente ella y no que parezca que es nuestra guía turística...
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