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Versión completa: Reto Mayo 19: La fotografía
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La Fotografía



John llevaba una hora tendido sobre la cama, mirando el techo de madera del refugio con las manos en la nuca. Unos pocos metros más allá su hermano Charly gritaba y se sacudía en sueños. Una vez más.
John se sacó de encima el edredón y se sentó al borde de la cama para mirar el reloj con recelo. Soltó un suspiró, se rascó la barba y restregó el rostro, luego caminó hasta su hermano.
—Charly —dijo en voz baja, apoyándole una mano firme en el hombro. Su hermano se agitó un momento bajo su tacto, después abrió de súbito los ojos—. Charly, ya es hora.
John se apartó y se echó encima la chaqueta larga mientras su hermano menor gruñía y maldecía por lo bajo.
—¿De nuevo…? —preguntó Charly, sin mirarlo.
—De nuevo.
—Lo siento, yo…
—Vamos, hay trabajo que hacer.
Le tendió la escopeta, Charly la cogió y la dejó sobre la cama, de mal humor. Entonces John acomodó la escalera bajo la trampilla, se cargó al hombro el rifle, revisó la canana de su revólver y lo esperó apoyándose en un peldaño.
Subieron y revisaron palmo a palmo cada rincón de la casa para asegurarse de que ninguno de Ellos se había colado dentro. No hallaron nada.
—Es tu turno —dijo John.
Charly asintió, se ató a la cintura la cuerda con los bidones y se detuvo frente al umbral de la puerta.
—¡¿Listo?! —gritó.
—¡Ve! —le contestó John desde el ático.
El menor de los hermanos salió por la puerta trasera con el doble cañón de la escopeta por delante. Apuntó a un lado, al otro, luego salió de espaldas y apuntó al propio tejado de la casa. Nada. Siguió caminando de espaldas, confiando en John y su rifle para cubrirle de lo que pudiera aparecer en su camino.
Llegó al pozo del agua, se desató la cuerda y acomodó los bidones de manera que quedaran en posición vertical. Entonces echó al pozo la cubeta, esperó a que tocara fondo y luego movió la manivela para recuperarla, maldiciendo el chillido del mecanismo y mirando en todo momento hacia la casa.
Consiguió llenar tres de los diez bidones. Luego por alguna razón la cubeta regresó de las profundidades con muy poca agua.
—¿Qué demonios? —gruñó Charly por lo bajo, asomándose por el brocal.
Lo intentó de nuevo y de nuevo, y de nuevo, nada cambió. Le dio una patada a la cubeta y regresó a la casa evitando la mirada acusadora de su hermano en la ventana. Pero este le esperaba al otro lado de la puerta.
—¿Qué rayos es esto, Charly? —preguntó John, señalando con la mano abierta los bidones vacíos—. ¿Tres bidones nada más? Los necesitamos…
—Se acabó —le interrumpió Charly, sosteniéndole la mirada como rara vez era capaz—. Se acabó, hermano.
—¿De qué hablas? —siseó el otro con el ceño arrugado.
—Ya no hay agua, John. El pozo se vació.

El día pasó sin que se hablaran el uno al otro. John se sentó en el viejo sofá y allí permaneció durante largas horas, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza sostenida por las manos, hasta que Charly lo llamó a la mesa para cenar. La mesa, de todas maneras, era un acto simbólico, así como lo eran los platos dispuestos en esta, pues desde hacía seis meses se alimentaban nada más con comida enlatada.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Charly por fin, elevando apenas la voz por encima de las intermitencias de la radio. Nunca habían oído nada, no desde aquello, pero el menor de los hermanos jamás había perdido la esperanza de oír la voz de alguien más.
John negó con la cabeza, dejó la lata sobre la mesa.
—Esto no está bien —dijo, dándose masajes en la frente—. No, nada bien.
Charly calló por un minuto entero, luego pronunció:
—Podríamos ir hasta la Granja de los Wilkins.
John levantó de pronto la mirada y la clavó en los ojos de su hermano.
—No, Charly, no iremos allí. Sabes lo que les ocurrió, en lo que se convirtieron por su debilidad.
—Su hijo necesitaba…
—¡No me importa! —exclamó John, dándole un puñetazo a la mesa. Soltó un suspiro—. No me importa porqué. Tiene que haber otra opción, tiene que haber otra…
Las intermitencias de la radio cambiaron de volumen, de forma, ambos hermanos miraron el artefacto con el corazón en la mano. De pronto esos ruidos ininteligibles se convirtieron en algo difícil de identificar, pero en algo distinto a lo de antes. Charly se levantó de un salto, cogió la radio y la acercó a su oído, trasteó con las ruedas del volumen y la señal y esos sonidos se hicieron comprensibles.
—Al habla Frank Sturge, en las coordenadas 34° 34’ 13’’ Norte, 59°6’18’’ Oeste. Si hay alguien oyendo esto, sepa que aquí tengo comida, agua y munición de sobra. Y tengo un vehículo que funciona. Repito, tengo comida, agua y munición de sobra. Partiré a la Zona Segura dentro de cuatro días, esperaré a todo aquel que sepa portar un arma y desee acompañarme. Repito, cuatro días. Eso es todo… —Luego, más bajo—: Maldita sea, cómo se apaga esta cosa… oh, aquí…
Y ese fue el final del mensaje.

Antes de que cayera el sol bajaron la escalera hasta el sótano, echando la alfombra encima de la trampilla. John la aseguró con los tres candados, luego descendió e hizo a un lado la escalinata.
Charly enseguida cogió el cuchillo y continuó con el tallado en madera de las noches anteriores. Estaba haciendo un caballo. John lo observó y sus miradas se encontraron un momento, luego el mayor de los hermanos se tendió en la cama, se cubrió con el edredón y se acomodó de cara a la pared. Charly siguió con lo suyo, hasta que la sola presencia de esa espalda ancha, que parecía señalarlo acusadoramente, se le antojó tan molesta que no fue capaz de continuar. Entonces apagó la última lámpara y se acostó, sin desvestirse ni quitarse las botas. Nunca lo hacían, no luego de aquello.
Pero el silencio del sótano fue demasiado para Charly, que hasta ese momento no se había percatado de lo incómodo que era. Él necesitaba otra cosa.
—Hay que ir —dijo de pronto. Su hermano no se movió, pero él sabía que le oía—. Esas coordenadas, las busqué en el mapa esta tarde. Es la granja de los Stone, John. No es lejos, y no hemos oído de peligro allí.
John se dio la vuelta hasta quedar tendido sobre la espalda, con la vista puesta en el mismo punto que por las mañanas. Se mantuvo en silencio.
—Tú escuchaste lo mismo que yo, hermano —continuó Charly—. Tiene agua y comida de sobra. Agua, John. Nosotros no la tendremos dentro de poco tiempo. Hay que usar la que nos queda para viajar al sur.
Por fin John se volvió para mirarlo.
—¿Qué habrá allí, Charly? ¿Tú lo sabes? —Sus ojos acompañaban el recelo de sus palabras—. No confío en ese tipo, no le conozco. ¿Y si es uno de Ellos? Pueden controlar a la gente, Charly, a través del Ilex. Eso sí lo sabes.
El silencio volvió a reinar en el sótano. De repente Charly habló:
—Iré, hermano. Con o sin ti. —John cerró los ojos, como si viera cumplido su peor temor—.  Iré, no me pasaré la vida entera escondido dentro de una casa. La zona segura, John, llegaré hasta allí tarde o temprano.
Y dicho esto, Charly se dio la vuelta y cerró los ojos. Pasaron diez minutos en que cada uno podía oír la respiración del otro, en el que las palabras se ahogaban al llegar a las gargantas.
—¿Duermes? —preguntó John.
—No, hermano.
Un suspiro.
—Iré contigo, vayas donde vayas.

Partieron a media mañana. Cargaban en los hombros las mochilas, la escopeta, el rifle. En los bolsos llevaban un bidón lleno cada uno, y entre ambos suficientes latas de comida para dos semanas si las racionaban bien. Iban además bien abrigados, pues el viento del final del otoño soplaba con fuerza. John llevaba su chaqueta verde desvaída, que tenía parches de una decena de prendas diferentes, e iba con la capucha puesta. La chaqueta de Charly era negra y de cuero, y como no tenía capucha la acompañaba con un gorro de lana gris, mientras que en las manos llevaba guantes del mismo material con los dedos arrancados.
Escogieron caminar a través de los campos secos y áridos, evitando la mirada de cualquiera que transitara por la ruta que pasaba frente a la granja. Se movieron en un principio a paso vivo, pero en cuanto atravesaron la cerca de su propiedad, a un par de kilómetros de la casa, le añadieron cautela a su marcha y por lo tanto le restaron velocidad.
De este modo viajaron de sol a sol durante dos días, siempre al sur, hallando refugio para la peligrosa noche una vez dentro del hueco de un árbol inmenso, otra en el interior de un cobertizo destartalado. Así, en la mañana del tercer día coronaron una pequeña colina y a sus pies avistaron tres construcciones, unidas por cables y postes de luz donde estaban posados una gran cantidad de pájaros negros. La más grande era enteramente de madera, con  el esqueleto del tejado al descubierto, y tanto las ventanas como las puertas estaban cerradas a cal y canto. La mediana estaba mejor cuidada y la pintura del techo todavía conservaba buena parte del color, a todas luces era más reciente. La última, la pequeña, era de cemento y teja gris azulada. Entre las tres discurría un camino de tierra; junto a este un buzón tenía escrito “Flía. Stone”.
Charly miró a John, ambos se habían puesto de cuclillas.
—¿Qué crees? —preguntó el hermano menor.
—No me gusta.
—¿Y a ti hay algo que te guste?
John le devolvió una mirada gélida que le borró la sonrisa, luego se tendió y miró a través de la mirilla del rifle. La pasó por cada una de las ventanas, buscando algún movimiento. Al cabo de un minuto volvió a ponerse de cuclillas, apoyando la culata en el muslo.
—¿Nada? —preguntó Charly.
—Nada.
—Esos pájaros…
—Ajam. Cuervos.
—Tal vez haya algún perro muerto, o una vaca —dijo Charly sin convencimiento, volviendo a ponerse en pie—. Ven, bajemos.
John no dijo nada al respecto.
Bajaron la colina y luego continuaron por el caminito de tierra, el viento sopló con más fuerza echándoles polvo en los ojos, los postes de luz se agitaban y los cuervos se hamacaban en los cables. Ambos iban ahora aferrando las armas largas con ambas manos, arrastrando la mirada como un radar, de un lado al otro, buscando cualquier indicio de peligro. No fue con la vista sin embargo que percibieron algo que los alertó, sino con la nariz: a medida que se acercaban un olor pestilente iba inundando su olfato, un olor a podredumbre, a sangre y bilis, a muerte.
John se frenó en seco frente a dos de los edificios.
—No —dijo—. No, no debimos venir.
Charly, que iba unos pasos adelante, se volvió hacia él.
—Ya estamos aquí, hermano. Y no pienso regresar sin agua. —Miró al frente, pasó su mirada de la construcción grande a la mediana y viceversa—. ¡Hola! ¡¿Hay alguien ahí?! —No se detuvo ante los gestos de su hermano mayor—. ¡¿Frank Sturge?! ¡Holaaa! ¡Oímos tu llamada por la…!
De pronto un chillido interrumpió las palabras de Charly y les taladró los oídos, ambos hermanos soltaron las armas y se llevaron las manos a las orejas cerrando los ojos, como si aquello fuera capaz de silenciar tan agudo sonido. John fue el primero en volver a abrir los ojos, y en cuanto lo hizo alzó la cabeza al captar un movimiento. Allí, en el tejado de la casa mediana, una criatura se movía sobre sus cuatro patas. Era azul como una noche clara, y sus ojos dos círculos amarillos que brillaban como pequeñas hogueras. Su boca era un agujero negro encerrado por cuatro tentáculos de un codo de largo, por la que chorreaba una gran cantidad de baba.
De pronto la criatura saltó sobre ellos, John se arrojó sobre su hermano, que aún seguía aturdido, y ambos rodaron por el suelo más allá. La criatura aterrizó clavando sus largas pezuñas en la tierra, en el punto exacto donde habían quedado impresas las huellas de las botas. John giró en suelo, sacando al mismo tiempo el revólver del cinturón, lo amartilló, apuntó y haló el gatillo tres veces.
¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!
Dos de ellos dieron en el blanco, la criatura sintió cada impacto echándose atrás por el dolor, pero en lugar de caer se lanzó en carrera y se perdió rauda detrás del edificio.
John se arrastró hasta el rifle, lo cogió antes de levantarse y luego corrió de nuevo hasta su hermano, sujetándolo por la chaqueta lo impelió a ponerse en pie.
—¡La escopeta! ¡Charly, la escopeta!
El menor de los hermanos por fin reaccionó, apoyaron una espalda contra la otra y giraron sobre sus pies en busca de la criatura. Esta apareció en el tejado de la casa grande, haciendo equilibrio entre las vigas.
¡PUMM!
El estallido del rifle cortó la respiración de ambos por un instante, solo John pudo ver al momento que había fallado.
—¡Corre! —gritó.
Echaron a correr en dirección a la casa mediana. Charly aporreó la puerta, llamó a gritos, golpeó el cerrojo con la culata. John, a su espalda, buscaba y buscaba, pues la criatura había vuelto a desaparecer.
—¡No puedo! ¡La maldita no se abre! ¡No —golpe— se —golpe— abre!




John vio a la criatura cruzar de lado a lado el camino, surgiendo del edificio grande para perderse tras la esquina del mediano. Apuntó hacia allí, con la respiración contenida, mientras Charly seguía intentando derribar la puerta.
De repente oyeron una voz dentro:
—¡Mátenla! ¡Mátenla, con un demonio!
John se volvió hacia la puerta, por un instante su mirada se encontró con la de su hermano, ambos tenían los ojos y la boca bien abiertos. Pero entonces la mueca de Charly cambió, alargó una mano hacia John, soltó un grito que de alguna manera este no pudo oír, y cuando el mayor de los hermanos giró sobre sus pies la criatura le propinó un poderoso golpe con ambos brazos, arrojándolo contra la pared con tal violencia que rebotó y quedó en el suelo tendido.
Medio sordo, con un pitido en la cabeza, tosiendo y escupiendo, John se arrastró un momento, luego consiguió ponerse de rodillas y elevar el torso. Cuando volvió la cabeza y miró a un lado vio a la criatura sobre Charly, dando terribles zarpazos, y su hermano solo podía defenderse con los brazos pues la escopeta yacía poco más allá. Con movimientos ortopédicos, John volvió a sacar el revólver, apuntó cerrando un ojo, disparó una vez, falló, disparó una segunda y tercera y también falló. Entonces se percató de que el rifle yacía a un brazo de distancia, lo cogió, colocó la mirilla sobre la criatura y haló el gatillo.
La cabeza del extraño ser se agitó con violencia, para un lado y luego para el otro, después cayó pesadamente sobre su perfil y ya no se movió.
Tras el estallido John volvió a percibir los sonidos, como si le hubieran destapado las orejas, y escuchó el gorgoteo de Charly. Se puso en pie y corrió hacia él, medio trastabillando, cuando llegó a su lado cayó de rodillas y lo contempló con el corazón galopando en su pecho.
—¡Charly!
Este tosió sin levantar la espalda del suelo, luego le agarró con fuerza el brazo, tironeándole la chaqueta.
—¡Me muero, hermano, me muero! —Y rompió a llorar.
—No, no, hermanito, ¡resiste, resiste!
John puso sus manos en el vientre de Charly, por donde la sangre manaba por un gran agujero; por él podían verse los órganos.
—¡Déjalo, hermano! Déjalo. —John negó con la cabeza, Charly lo apartó de un manotazo—. ¡Que lo dejes, maldición! Óyeme, hermano. Esto no fue tu culpa, no fue tu culpa. —Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, luego le ofreció lo que acababa de sacar.
—No, no, Charly, esa foto es tuya.
—Son tus padres también, maldita sea. Es nuestra familia…, todos juntos, como antes. Consérvala, John. Prométeme… prométeme que la conservaras.
—Charly…
—¡Promételo!
—La conservaré, prometo que la conservaré.
Charly consiguió esbozar una sonrisa, le acarició el rostro.
—Sigue en la lucha, busca la Zona Segura. Vive, John. No deseo reencontrarnos pronto. Adiós, hermano.
—Adiós, hermanito.
Y dicho esto, Charly dejó de respirar.
John echó atrás la cabeza y soltó al cielo un grito de rabia, los pocos cuervos que aún quedaban echaron a volar. De pronto oyó una pisada a su espalda, se incorporó y volteó deprisa: allí, de pie, había un hombre y una mujer. El primero tenía una edad similar a la de él, con una silueta robusta y varios kilógramos de más; en una de sus manos tenía un revólver. La mujer tendría la mitad de sus años, era delgada y frágil, y mientras el otro mantenía un semblante duro y sereno, ella lloraba ante lo que acababa de ver.
Sin mediar palabras, John se lanzó sobre el gordo, lo derribó y cayó encima, comenzó a darle puñetazos. El sujeto, sorprendido, no reaccionó hasta el sexto golpe, cuando golpeó la sien de John con el revólver y así logró sacárselo de encima. El único de los hermanos perdió el conocimiento, el gordo lo escupió en el suelo, luego le espetó a la mujer que le ayudara a arrastrarlo hasta la casa.

                                     * * *

John despertó entre resoplidos y gruñidos. El dolor estaba ahí, intacto, y todo a su alrededor subía, bajaba y se movía a los lados.
—Maldita sea —gruñó por lo bajo.
Cuando consiguió visualizar mejor su entorno, vio que se hallaba en el suelo de una sala. Delante de él, el gordo y la muchacha comían sentados ante una mesa, uno en cada extremo; ella miraba en su dirección, sin probar bocado, el gordo la miraba a ella masticando con la boca abierta.
John consiguió ponerse en pie apoyándose en la pared, luego caminó hasta ellos sin saber bien para qué. Al llegar a la mesa las piernas le flaquearon y tuvo que asirse a esta para no caer.
—Siéntate —le dijo el gordo. John lo hizo—. Me llamo Frank, Frank Sturge. Imagino que viniste por lo de la radio.
—Vine acompañando a mi hermano —espetó él—. Mi hermano… murió por tu culpa.
—Yo no le saqué las tripas —respondió Frank, insensible—. Fue esa cosa.
John lo miró con dureza.
—Cobarde. Nos usaste para matarla. —Se masajeó la frente—. ¿Por qué? Si tú también tienes armas. —Señaló el rifle de asalto apoyado sobre la mesa.
—Las municiones, estaban en el cobertizo. —El gordo se encogió de hombros—. Una idiotez de mi parte. No importa, lo pasado pisado. Lamento la muerte de tu hermano, pero solo porque nos hubieran venido bien otras manos armadas.
John miró a la mujer, ella rehuyó su mirada.
—Basta de palabrería —gruñó Frank—. Escucha. Nos marcharemos mañana. ¿Seguirás comportándote como un marica o vendrás con nosotros?
—¿A la Zona Segura? —siseó John, casi escupiendo las palabras—. ¿Crees que llegaras tan lejos con Ellos vigilando los caminos?
—Hay otra Zona Segura —dijo el gordo—. A dos días de viaje en coche. Estuve allí, pertenezco allí. Somos más de cincuenta, y hay electricidad, agua y comida suficiente para cien durante muchos meses.
—¿Y por qué te fuiste?
—Para buscar a malditos a como tú. A inocentes como ella. Bill y yo partimos, pero él… el maldito ya no está. Que le den. —Arrojó un hueso de pollo al piso—. Repetiré la pregunta: ¿vendrás o no con nosotros?

Partieron los tres al día siguiente. John iba tras el volante de la 4x4, la muchacha iba a su diestra, Frank iba sentado detrás de ella, en el asiento trasero. El gordo había estado mirando los mapas durante la noche, pero en ningún momento les reveló la ubicación del lugar que era su destino. Tal vez pensaba que ese era su salvavidas, el hecho de que solo él la conociera.
Así pues recorrieron la carretera durante una hora, siempre al sur, luego tomaron una vía secundaria sin asfaltar que torcía hacia el este. Al llegar el mediodía intercambiaron lugares John y la muchacha, y luego a media tarde hicieron lo mismo. Al caer la noche encontraron un solitario árbol y estacionaron el vehículo bajo su sombra. Allí comieron frugalmente y bebieron bastante, y establecieron guardias para dormir. Frank Sturge hizo la primera y no durmió durante las otras a pesar de tener los ojos cerrados. Nadie habló en ningún momento.
Repitieron este mismo procedimiento el día siguiente y así llegó la tercera noche de viaje. En esta si hablaron, John y la muchacha, pues el primero había ido advirtiendo como ella se intranquilizaba con el correr de las millas. Pero cuando llegó el punto en que John pensaba que lograría sonsacarle a la muchacha algo acerca de su temor, ambos se vieron sorprendidos de pronto por una luz que se encendió sobre la camioneta.
—¡Al suelo! ¡Al suelo! —exclamó John.
La muchacha y él se echaron tras los asientos delanteros, haciéndose lo más pequeños posible, Frank sacó de su lugar el respaldo de los asientos traseros y se escabulló a la cajuela. La luz de fuera se apagó, luego, tras un momento de silencio, llegó a sus oídos un zumbido como el de unas hélices que giran velozmente. La luz volvió a encenderse, pero esta vez enfocó una de las ventanillas laterales de la 4X4, justo a la espalda de John.
La muchacha comenzó a gimotear, ahogando sus sollozos contra los muslos. Ambos hombres mantenían la respiración, con el corazón en un puño. De pronto el cristal de la ventanilla se quebró por un golpe poderoso, varios fragmentos cayeron sobre los hombros y la capucha de John. Ahora se oía un leve pitido acompañado por el zumbido de una lente que gira.
Entonces el respaldo de los asientos traseros volvió a bajar poco a poco, hasta que la boca del cañón de la escopeta de Frank apareció y rugió y acalló todo sonido. La luz del dron se apagó de súbito y no volvió a brillar.
—Al volante, John —dijo Frank—. Vendrán más, y pronto. Esta noche no habrá descanso.

El cuarto día amaneció con lluvia, toda una rareza en los últimos seis meses. Para mitad de mañana el camino se había vuelto lodoso, pero gracias a la 4x4 avanzaban casi con la misma firmeza que antes. El paisaje a su alrededor era ahora decididamente boscoso, la camioneta se abría paso entre los árboles como una bestia indomable.
Luego de la intranquilidad de la noche, en la que habían temido en todo momento la aparición de otro artefacto vigía, la claridad del día a pesar de la lluvia se les antojó un bálsamo para los nervios. Sus exhalaciones dejaron de estar acompañadas por temblores, la muchacha dejó de gimotear por fin, y enterraron en lo profundo de sus pensamientos la idea de que Ellos los encontrarían pronto. Sin embargo aquello duró muy poco: en el momento en que se permitían unas pocas palabras, tres sujetos emergieron en el camino a cincuenta metros por delante. John pisó el freno.
—Daré la vuelta —dijo—. Están armados.
—No… —pronunció Frank, y entornó los ojos para mirar a los sujetos.
—¿No ves las escopetas?
—… No daremos la vuelta, ¡con un demonio, déjame terminar! —espetó el gordo—. ¡Al infierno esas malditas escopetas! No detendrán tan fácil esta cosa. Muchacha, coge tú el volante. Tú, mi amigo, usa el condenado revólver.
Los sujetos, a todo esto, permanecían quietos, a la espera.
Frank bajó la ventanilla.
—Ahora, chica, acelera hasta cuanto dé esta maldita. ¡Ja ja, a ver si no se harán a un lado!
La 4x4 aceleró de repente, tirando sus cuerpos hacia atrás. Los sujetos, viendo cuál era su intención, comenzaron a disparar, una bala dio en el espejo del conductor, otras rebotaron contra la parrilla del automóvil.
—¡Ahora! ¡Dispara! —gritó Frank.
John sacó la mano por la ventanilla y disparó su revólver, pero por el movimiento del vehículo no acertó un solo disparo. Maldiciendo entre dientes, el gordo se asomó por la abertura de su puerta y comenzó a disparar su fusil de asalto. Uno de los sujetos cayó rápidamente al piso en medio del camino, los otros siguieron disparando un momento, luego al ver que la camioneta no frenaba y los bramidos del fusil no cesaban, se hicieron a un lado y se perdieron entre los árboles. La muchacha aceleró todavía más, la 4x4 se agitó al pasar por encima del sujeto tendido.
—¡Ja ja ja! ¡Vuelvan aquí, malditos perros! —gritó Frank, y disparó una ráfaga al aire antes de volver a meterse en el vehículo.
John y la muchacha no reían.

El volante volvió a cambiar de manos, la calma retornó al camino. Esta vez no se relajaron, John llevaba la camioneta al límite, harto de todo aquello, decidido a llegar cuanto antes a la Zona Segura. Pasaron así a través de un asentamiento de viejas cabañas, no se detuvieron. Pero antes de lograr dejarlas atrás, y sin que nada lo anunciase, un vehículo todoterreno emergió desde un edificio y se acomodó detrás de ellos; en la parte trasera iban de pie tres sujetos armados. John metió el cambio, pisó el acelerador y les sacó ventaja, volvió a internarse en otra zona boscosa. Pero entonces un segundo vehículo apareció de entre los árboles y se posicionó delante. Pintados en las puertas ambos todoterrenos tenían una calavera roja.
La 4x4 rugió con más fuerza y embistió, desequilibrando a los hombres que iban delante y les apuntaban con ametralladoras.
De pronto John oyó un clic junto a la oreja.
—Baja la velocidad —dijo Frank. Le apuntaba con su revólver—. Levanta el pie del acelerador, con un demonio, y síguelos. —Se volvió hacia la muchacha, que ahora sollozaba con más fuerza—. Tú no tienes nada que temer, pimpollo —le dijo, burlón—. Tú incluso la pasarás bien.
No fue largo el trayecto que hicieron escoltados por esos dos vehículos, se detuvieron al llegar a una empalizada de automóviles aplastados unos sobre otros, una chatarrería. Incluso había hombres allí arriba, como centinelas en el adarve de una muralla.
Los hombres de los todoterreno descendieron con un salto y se aproximaron apuntando con sus fusiles y ametralladoras, unos por el lado del conductor, los otros por el del acompañante.
—Será mejor que no se muevan —dijo Frank, y con tranquilidad haló la manija y abrió su puerta para luego descender con las manos en alto—. ¡Soy Frank, no disparen, soy Frank!
Los sujetos armados abrieron la puerta de John y le obligaron a salir.
—¡De espaldas a mí! —le ordenó uno de los que le apuntaba—. ¡Pon las manos encima del vehículo!
John permaneció quieto, con las manos a los lados del cuerpo, reacio a colaborar. Entonces el otro le golpeó en el vientre con la culata del fusil, y cuando se dobló por el dolor le obligó a darse la vuelta.
—¿Qué nos has traído, Frank? —preguntó quién acababa de salir de la fortaleza de metal, con claros aires de líder.
—Una jovencita, Stalk —contestó el gordo, señalando con la cabeza la ventanilla delantera de la 4x4—. Como las que a ti te gustan, malnacido.
—Ja ja, sí que se ve buena. ¿Pero y este? ¿Quién es, Frank, y qué esperas que hagamos con él?
—Es un cualquiera. Mátalo, no queremos que se convierta en un grano en el culo, ¿cierto?
—Cierto que no.
Los guardias impelieron a John a ponerse de rodillas en el lodo, de cara al líder del grupo. Este le sonrió, levantó el revólver que sostenía con la mano izquierda y lo apoyó en su frente.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa?
John escupió los pies del sujeto.
—Hum —sonrió este—. Sí que sería un grano de los grandes.
Y haló el gatillo, y John cayó muerto al lodo.
—¡Traigan a la mocosa, no deseo esperar! —rugió el hombre—. Oh, y arrastren a este maldito hasta la pira. ¡Andando!
Aún muerto y siendo arrastrado por el barro, John siguió aferrando con su mano la fotografía. Era un hombre de palabra, y como tal cumplió la promesa hecha a su hermano hasta que la propia foto se desintegró junto a él en el fuego de la pira.
Queda mal lo de "¡No —golpe— se —golpe— abre!". Errata en "a malditos a como tú".

La historia en sí no me dice mucho, aunque no me esperaba que Frank entregara a la mujer, pues supuse que eran pareja en su primera aparición, por lo que me ha sorprendido la evolución de la historia.

Por el lenguaje, queda claro que el autor de latinoamericano, eso da mucha pista.
Una historia bastante clásica, muy de película yanqui. Y como tales me ha dejado una sensación ambigua. La atmósfera, la ambientación me gustó. También los personajes, diferentes entre si, aunque un tanto cliché, ambos. El problema es la historia. No digo que este mal, de hecho es pasable con ese giro al final, pero es precisamente el final lo que no me convence, no soy partidario de los que son de este estilo (no digo más por si alguien lee los comentarios antes de leer el capítulo). Pero como sucede con el anterior relato, el de Ku, es esta una cuestión de gusto. El problema, autor/a, es que parte de mi puntuación se basa en esto.
Buena suerte en el reto!
Esta bien.

Me gusta su ritmo, que comienza tomando buena cadencia y no decae en momento alguno. Hace muy ágil la lectura y eso sin duda se agradece. En cuanto a los personajes, siento que me ofrecen poco, son de dos dimensiones y escasean en desarrollo de personalidad. Están para cumplir, lo que podría mejorarse pero aun así, son creíbles, funcionan dentro de la historia. Ya entrando al terreno de (gruño por) lo bajo, están los diálogos. Son tan de manual que, no sólo anulan la particularidad del personaje, sino que como lector, te niega la oportunidad de escuchar al autor. En cambio, lo que uno recibe es algo acartonado. Genérico. Sobre esto, las escenas se ven afectadas por esa misma carencia. Me encantan las secuencias que consigues, para mi es lo mejor del relato; la forma en que la acción se realiza, sus descripciones logradas, de veras me meten en la historia... todo lo que pierde su encanto una vez que los personajes hablan.
Dato extra: la escena de los tres hombres cerrando el paso, me parece gratuita. La he quitado de la historia y no he visto que le afecte en lo más mínimo. No sé, tal vez eso se aclare después, aunque si creo que ese espacio podría haberse usado en construcción de mundo, que incluso así, pintado por encima como esta, se ve interesante.
En conclusión, veo un relato que quiere hablar de acción y lo logra con sobrada habilidad. Aspira a estar entretenido, evita meterse en líos hablando de conflictos, internos o externos, y sigue los cánones. Con demasiado apego a ellos para mi gusto. Esta bien escrita, esta ejecutada de manera decente...    

Esta bien.

(14/05/2019 05:10 PM)Iramesoj escribió: [ -> ]Por el lenguaje, queda claro que el autor de latinoamericano, eso da mucha pista.

Yo no lo tengo tan claro, en especial por ese "que le den". Eso no se escucha mucho por aquí.
Aunque tampoco lo descarto.
Es latino seguro. La expresión "con un demonio" es propia de México. En españa se diría "el 4x4" y no "la 4x4", y "lo pasarás bien" en vez de "la pasarás bien".
Relato sencillo en un (lo que parece) ambiente postapocalíptico. El principio me ha atrapado, porque logra crear un ambiente de tensión muy digno. A medida que iba leyendo esperaba que se fueran desvelando los motivos por los que la pareja de hermanos se encontraban en esa situación, pero no ocurrió. A medida que avanza la trama la historia se va diluyendo y, al menos en mi caso, pierdes de vista el objetivo del relato. Al final parece que es todo demasiado enrevesado como para lo que Frank pretendía. Por otro lado, no acabo de comprender la relevancia de la fotografía.
En cuanto a la prosa, se lee fácil, no recuerdo haber visto errores y me ha gustado se sea descriptiva en cuanto a los gestos, sobre todo al principio. Después, cuando la acción toma el protagonismo, se diluye esto también.
Suerte!
(16/05/2019 06:44 AM)Iramesoj escribió: [ -> ]Es latino seguro. La expresión "con un demonio" es propia de México. En españa se diría "el 4x4" y no "la 4x4", y "lo pasarás bien" en vez de "la pasarás bien".

Con un demonio lo he oído en el doblaje neutro para Latinoamérica, como panqueques en lugar de hotcakes, rosquillas por donas, etc.
¡Qué final más trágico! El ritmo de la historia estuvo un poco ligero al principio, pero por la mitad se recompuso.

La trama está genial, desde el momento en qué te dicen que duermen con las botas, te genera interés en saber contra qué están luchando y al llegar la muerte del hermano no puedes dejar de leer. Las personalidades de los personajes también están bien trabajadas. La única pega que te puedo poner es que vi en un párrafo que usaste la palabra bien, dos veces. Eso más una enumeración en la que veía necesario una "y" (la escopeta, rifle), y alguna errata como lo pasado pisado en vez de pasado pasado.
Amaika, cómo va a repetir pasado??El autor ha escrito lo que quería escribir, solo que tú no lo has entendido. Pasado pisado entiendo que quiere decir  "pasado trillado", o "lo pasado, pasado está".
Y si, es sudamericano obviamente, son muchas las connotaciones, por ejemplo, además de las ya dichas,  la expresión "hamacándose"  refiriéndose a los cuervos, en España diríamos "columpiándose".
Iramesoj, eso que señalas está superbien, es un recurso bien empleado . Es completamente visual y correctísimo. Puedes ver en la película de la mente cómo golpea tras cada palabra, que es el efecto que busca el autor. Joder, mira que sois...

El relato me ha gustado mucho. Te mantiene en tensión e interesado, muy visual todo, angustioso. Hay errores, en la narrativa, no creas que no, autor, pero no tengo ganas de buscarlos que no recuerdo dónde estaban. Pero, en definitiva, me has impresionado. Buena suerteeeeeeeeeeee!!!
Yo he usado esa frase, lo pasado pasado.

Yo apuesto que el relato es de alguien de Argentina.
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