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Versión completa: Reto Mayo 19: Ágape
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Los ojos se le cerraban mientras miraba la olla de presión.

Aun sin quererlo, a Esperanza se le caían los parpados y cabeceaba hasta irse de costado, reaccionando sólo al estar a punto de caerse de la silla,  o cuando la cabeza se le iba para atrás de golpe. Entonces se volvía a acomodar, se tallaba un poco los ojos, para luego, poner las manos sobre su bolso en el regazo. El susurro que emitía la olla al escapar el vapor, incluso la arrullaba sin querer.  
—Mire doña Bero, encontré este jarabe —anunció Isabel, al salir del dormitorio— y unas…  ¡Ay, Berito!
Al tenerla a la vista, la descubrió dormida con la barbilla encajada en el pecho. Tan solo habían pasado unos minutos desde que la dejó en la cocina, aunque a decir verdad, con menos habría bastado. Concentrada en hallar medicinas entre los cajones de su buró, dejó de escuchar el toser de su visita sin notarlo, acaso sin sospechar su entrega a Morfeo. Tampoco le sorprendía, Doña Esperanza Berhinqué era ese tipo de mujer que la mayoría del tiempo parecía cansada.  Isabel cerró la puerta de su habitación, cruzó en unos cuantos pasos la estancia-comedor y se paró a lado de la menuda mujer; señora de arrugas marcadas, figura encorvada, cabello desarreglado e incipientes canas a pesar de sus casi 35.  Al verla así, exhausta y cuasi marchita, Isabel le acarició la cabeza con más lástima que cariño.
El susurro se intensificó.
Al escuchar el baile de la válvula ante la creciente presión de la olla, Esperanza despertó.  Sorprendida por descubrir a Isabel a un costado, se llevó la mano a la boca con el temor de haber babeado.
—Discúlpeme, Chavelita, ni cuenta me di cuando…
—¡Ay, Berito! —interrumpió Isabel— Usted lo que necesita es irse a dormir en vez de estar aquí esperando. Si quiere váyase a su casa y al rato le llevo los frijoles, ándele.  
—No, no, es que —pronunciaba al levantarse de la silla— quiero dejarle de comer a Tavo antes de ir a ver a Doña Rita.
—¿Y qué le va ir a ver a esa pinche vieja?
—Pues a ver si quiere que le haga el quehacer.
—Otra vez la burra al trigo, Berito… —refunfuñó la vecina al tiempo que apagaba la estufa— esa loca nada más le habla cuando ya de plano su casa está hecha mierda, y usté no entiende. Son puras perdidas con esa mujer; por la limpiada le paga una miseria, le paga cuando quiere, y encima, en abonos. Pá mis pulgas.  Yo con una sola vez tuve. Ahora ya ni le contesto cuando me marca la muy cabrona vieja pioja, descarada, hija del hambre. ¿Irse a sobar el lomo para sus limosnas? Nah. Mejor me quedo aquí rascándome las verijas. Y que chingue a su madre.

Esperanza tosió en una mezcla de expectoración y risa.

—P´s sí Chavelita, —comentó a la vez que se cerraba su delgado suéter, al que le faltaban los respectivos botones— ¿pero qué quiere que haga?, le tengo que chingar, y ´ora más que antes.
—¡Más?
—Sí, Chavelita, vea.
Enseguida abrió su bolso extrayendo de él dos papeles que entregó a su amiga. Uno, con la lista de útiles escolares para 4to grado.
—¿Esto es para Tavito, no? —preguntó Isabel dejando las medicinas que traía, sobre la mesa.
—Sí, me la dieron hoy en la mañana que fui a ver lo de la inscripción.
—Salió bueno para la estudiada ese chamaco…
El otro papel, se trataba de una nota con pésima escritura que rezaba “me kieren mober al gayinero”.
—…y esto es del grande —pronunció con enfado.
Le devolvió ambos escritos a Esperanza, se giró hacia la olla y la quitó de la estufa para llevarla al fregadero.
—Sí, ayer fui al penal pero ni me dejaron verlo. Me salieron con la babosada de que “trae usted muchos microbios, señora, ahorita no las estamos dejando pasar así”.
—¡Ay, que no digan pendejadas!
—Y uno de los custodios me dio esto. Es la letra de mi´jo.
—Pues si no es su letra —sugirió—, mínimo sus horrores (ortográficos) sí son.
Una vez en el fregadero, Isabel abrió la llave del grifo exponiendo la olla al chorro de agua, misma, que se evaporaba al contacto con el metal caliente.
—Dando a entender que me lo están extorsionando.
—…otra vez —completó en tono suspicaz.
Doña Berhinqué carraspeo unas cuantas veces antes de continuar.
—Pues sí, otra vez —dijo cruzando los brazos a la altura del ombligo en clara señal de angustia—, ¿pero qué hago?, ¿dejar que lo manden con los locos?, ¿con los depravados esos? ¿Que lo vuelvan a picar, eh? —y al decirlo se le quebró la voz— ¿Con esa pinche gente que hasta por un cigarro te rompen la cabeza? ¿Que lo deje allí sin hacerle caso para ver si es cierto? ¿O quiere que lo vaya a recoger medio muerto para que les crea, eh?
—Es que usted no sabe Berito si…
—¡Es mi hijo, Isabel! —explotó entre frustración y ganas de llorar— ¡Mi hijo…!
La vecina se quedó sorprendida. Con la boca abierta pero sin poder pronunciar palabra.
—¡Un chamaco todo idiota y borracho!, ¡burro pa´ la escuela!, grosero, peleonero, vago, todo lo que usted quiera… pero es mi hijo. ¡Mi muchacho!, carne de mi carne, ¡¿qué cree que no me duele?! —profirió con el carmesí de la leona y el carmín de Aurora, juntos en su mirada— ¿Que no me dolieron las patadas, los garrotazos; ver cómo le pegaban los policías cuando ya estaba en el suelo? ¡Verlo revolcándose como animal sin…
Pero antes de poder terminar esa frase, sus pulmones traicionaron a la euforia. Tosió de manera tan violenta que incluso, se dobló ante la falta de oxígeno. Isabel espabiló al ver aquello y enseguida auxilió a su congénere, dándole firmes palmadas en la espalda. Al poco, cuando el aire volvía a ella,  los tosidos pasaron a gimoteos.  
—¡Ya déjenlo! —exclamó Esperanza, con la misma desesperación viva de aquel día del arresto— ¡Me lo van a matar!
—Sosiegate, Berhinqué…
—Es inocente —sollozó.
Para Isabel era difícil comprender a cabalidad la situación de su amiga. Asimisma, ella nunca había podido tener hijos. Mucho de lo que veía en Esperanza le parecía a veces exagerado; las horas extra de trabajo, las malpasadas, las desveladas esperándolos, su manía de servirles en bandeja de plata, la tolerancia ante sus agravios, y en general,  la devoción ante hijos tan ingratos. Que además solapaba. Isabel ni comprendía ni justificaba esa forma en la que Esperanza, intentaba exonerar a sus crías cada vez que se les sorprendía (en especial al grande y al mediano), a pesar de que medía ciudad ya les conocía las mañas.  No es que estuviera ciega o tonta, a juicio de Isabel, esos eran ojos de mamá cuervo sin remedio.

Sin embargo, en momentos como ese, era incapaz de serle indiferente.

—…ven —le indicó mientras la abrazaba—, mira, ahorita no sirve de nada que te pongas así. El dinero donde quiera se consigue, pero ¿y tu?, si se te baja la presión, si se te duerme el brazo como la vez pasada, ¿qué hacemos? —el cuerpo alto y regordete de Isabel cobijándola, lograba transmitirle seguridad—No, señora, tiene que calmarse. Usted no está sola, acuérdese.
Esperanza se aferró con más fuerza a ella. Lloró. Invadida por la impotencia, las presiones y la vergüenza, se desahogó en el pecho de su igual.  
—Total, los problemas nunca se van a ir por más fuerte que pataleemos. Y puta gente que no tiene madre, siempre va a haber… como esa pendeja de Rita por ejemplo  —Isabel le apartó un poco para hablarle a la cara—, que “¡Ay sí, ay sí!, mi esposo EL ARTISTA —imitó de forma sarcástica—. El que vive de su pasión. El que gana muy bien por hora de concierto…”, inche mariachi fracasado, que se la vive más horas borracho, perdiendo cosas en el quiosco, que dando serenatas el mamón. Pierde las mancuernas, pierde los lentes, pierde el sombrero, pierde el afinador… nomás no pierde la guitarra poooorque de plano está igual de pinche fea que su vieja. Toda usada, prieta, guanga, loca, voz de pito, patas de pollo, y encima, mala-paga la desgraciada infeliz.
>>¡Ay, como la odio a la cabrona!

Esperanza, a pesar de sus mejillas humedecidas,  soltó una risa por escuchar tan cómico desprecio. Al tiempo, un pequeño sonido seco las distrajo. Se trataba del seguro en la tapa de la olla, que primero asoma por el vapor, pero cae una vez el recipiente se enfría lo suficiente como para poder abrirlo sin peligro.
—Parece que ya están los pintos —señaló Isabel—, ándale, vamos a ver si se hicieron bien.
Acto seguido le acarició una última vez ese cabello entrecano, y se volvió hacia el fregadero. Cerró la llave del grifo, luego, de un giro a la tapa, abrió la olla. Una nube de vapor con delicioso aroma salió entre tanto. Isabel aspiró profundo e hizo con una mano señal de aprobación al levantar el pulgar. A la sazón, abrió uno de los cajones de cocina ubicado justo a un costado de dicho fregadero.
—¡Ay, estas malditas cucharas…! —exclamó.
—¿Qué busca?
—Una cuchara para probar.
—¿Pues con esas, no?
—No, esas no son para eso.
Cerró el cajón y abrió el siguiente. De él extrajo una cuchara y pasó a utilizarla para probar las semillas cocidas.
—¡Huy Berito!, creo que hasta nos pasamos. Están que casi se deshacen de tiernos.
—¿Me los puede echar en una cacerola? —preguntó, limpiándose las lágrimas.    
—Allí tengo una…
En un momento, Isabel extrajo de entre su escurridor de trastes, una cacerola muy ancha, con dos grandes asas pero de poca profundidad, liviana por su composición de aluminio barato. En ella vertió el contenido de la olla, incluso empujando con la cuchara los últimos frijoles que restaron en el fondo.
—Espérame, deja te doy unos trapos para que la puedas agarrar.
—Así me la llevo —refutó Esperanza—, no esta tan caliente.
—Ahorita no, pero mmmm creo que… ¡deja allí! —ordenó ante la terquedad de la otra que ya estaba tomando la cacerola— mejor ve guardando ese jarabe que te puse en la mesa. Te va calmar esa tos de perro. Igual te saqué unas pastillas, son para la garganta. ¡Ah mira, encontré algo mejor!  
Dentro del compartimiento del horno de la estufa, metidos entre las servilletas de tela para las tortillas, halló un par de guantes de cocina. Esperanza echó en la sección principal de su bolso los medicamentos, miró unos segundos el par de guantes bien acolchados y protestó.
—¿No se le hace que están muy grandes?
—Tu póntelos y deja de rezongar.
Aquella encogió los hombros, se puso los mentados guantes (aunque sí que le quedaban enormes), con el bolso de un lado, y rodeando con un brazo la cacerola por el otro, se la apoyó en la cintura y caminó hacia la puerta.
—Gracias por echarme la mano, Chavelita —suspiró—. De veras que hay veces que todo se me junta, y ¡pfff!, ya no sé… pero vas a ver que ´ora que compre el tanque (de gas), te voy a hacer unos chilaquiles…  
—¿De los picosos?
—De esos. Veras que sí.
—Órale. A ver sí es cierto —comentó abriéndole la puerta—. Vete con cuidado y por vida de tu madre, ¡tomate la medicina!
—Sí, te juro que ahora sí me la tomo —aseguró Esperanza alejándose a paso lento.
—¡Ah, y si ves a la deforme de la Rita, dile de mi parte que se pique el agujero!
Incluso a lo lejos se escuchó la carcajada de Esperanza. Isabel se mantuvo un rato mirándola en lontananza, con todo y su andar pausado, aquella mujer nunca paraba. De alguna manera, era eso lo que admiraba de Berhinqué, nombre que a propósito, significa “Mariposa” en su mixteco originario. Su padre de ascendencia criolla, le bautizó con el nombre de Esperanza debido al juramento que hizo, de ya no beber más en honor a su hija. Uno que no cumplió a rajatabla. Su segundo nombre se lo otorgó su madre mixteca, una vez que tuvo al bebé en brazos después de nacer. Se trataba de una niña de complexión muy delgada, casi tan delicada como una ramita. A su madre le fascinaba mirar cada año la migración de la mariposa monarca, cerca de la sierra en donde vivía. Solo duraba unos minutos pero el espectáculo era tan hermoso, que la gente se reunía para verlas; aquel aleteo majestuoso, sus alegres amarillos, cafés y naranjas engalanados de sutiles motas blancas sobre un lienzo oscuro, revoloteando en el aire del mismo modo que pedacitos de papel. Cientos, miles de pedacitos, cuasi endebles, que fluían por el viento con total gracia sin retroceder ante corrientes adversas, o siquiera la lluvia. En especial, eso le causaba fascinación: tal tenacidad a pesar de su aparente fragilidad.

Así vislumbraba a su niña, incansable. Berhinqué le nombró entonces.

La vida de aquella chiquilla, sin embargo, no sería muy diferente a la de otras de su pueblo. A los doce años fue comprada por un militar, y entregada a los quince en matrimonio. A partir de entonces, su esposo se la llevaría de la sierra con rumbo a una ciudad cercana. Allí daría a luz a su primer hijo (Apolinar), a sus tiernos dieciséis, incluso antes de saber hablar castellano. Sus labores consistían en atender la casa, atender al niño y tolerar el alcoholismo de un militar venido a menos, expulsado por esa misma causa del servicio. Frustrado, el hombre jamás paró de insultarla, nunca le puso una mano encima, ni en sus peores momentos de embriaguez… pero hay cosas que hieren más que los golpes. En todo momento su esposo le dejaba muy presente que “si no acabaste de limosnera igual que todas las indias, es por mí”; “Mugrosa”, “imbécil”, “apestosa”, “inútil”, “puto adefesio”, “negra”. ”Pendeja”. Y desgraciadamente, aquella ciudad le daba pie. A la gente como ella se les consideraba —menos que personas— una propiedad, nada más que animales que uno consigue por compañía o para la servidumbre, cuando la necesidad es mucha y el dinero poco. De ninguna manera como iguales. Emparentarse con ellos, de hecho, era mal visto. Vamos, que hasta a los perros se les tenía mayores consideraciones. Bajo estas circunstancias, Esperanza creció agachando la cabeza y asintiendo a cada orden o desprecio que se le hiciera. Creyendo que, sin mayor remedio, tales eran las disposiciones naturales del mundo.

Hasta que conoció a Isabel.

Mujer capitalina esposa de un joven arqueólogo, muy entusiasta, al que se le pintó un gran futuro en una nueva excavación al sur del país. Juntos, y sin pensarlo demasiado, hicieron maletas dejándolo todo excepto algunas reliquias familiares que llevaron consigo. Nunca sospecharon que con elecciones al año siguiente de su partida, la sorpresiva victoria del partido opositor derrumbaría sus sueños. Para las nuevas administraciones tanto federal como estatal, las prioridades cambiaron, y de pronto, ni las culturas prehispánicas ni la cultura en general, mantuvieron su relevancia. De un plumazo,  se retiró el subsidio sin más, y aquel joven entusiasta se vio abandonado lejos de casa. Aunque eso no le detendría. Enamorado de aquella comunidad indígena, descubrió cosas que en los libros no se contaba. Maravillas y horrores. Decidió tomar un empleo a medio tiempo como profesor de historia en una secundaria local, e invertir el resto de su tiempo y dinero en continuar su trabajo arqueológico por cuenta propia. Cortos así de efectivo, Isabel consiguió empleo de ayudante en una peluquería. Primero como auxiliar, luego tomando a los clientes indígenas que su patrona rehusaba atender, aprendió rápido el oficio, alcanzando el puesto de segunda a cargo. A veces —muchas, cuando a la patrona se le antojaba descansar— de peluquera principal.  Allí fue donde conoció a Esperanza. Una mujer a la que por cierto, en primera instancia se negó a atender. No por el color de su piel o rasgos de nacimiento, a ella eso no le importaba, sino por la manera en que pretendía pagar.
—Acépteme estos chapulines, señito.
Le ofreció mientras mostraba una pequeña bolsa repleta de estos insectos. La cara de repulsión que puso Isabel fue inmediata. Estaba consciente de que tales bichos eran comestibles, que mucha gente los consumía, sin embargo, como mujer capitalina que era, aun les guardaba distancia. Se negó. Al día siguiente, Esperanza intentó convencerla ofreciendo un par de elotes quemados en el comal. Y fracasó. Lo intentó al siguiente con una pieza de iguana, al siguiente con tortillas de nopal; lo intentó con champurrado, con gusanos de maguey, con pulque…  hasta que lo intentó con chilaquiles. Isabel, más cansada de sus intentos que por el gusto al platillo, accedió a cortarles el cabello a los tres hijos de Esperanza esa tarde. Y a Esperanza misma, aunque ella no lo había pedido. Todo con tal de librarse de la señora al menos por un tiempo.
 Pero al mes, volvió.
En realidad cada mes lo hacía. De esta manera las pláticas se fueron tornando de formales, a tonos de mayor confianza. Isabel se acostumbró a la sazón de Esperanza al igual que su marido, a quién por cierto, le dio mucho gusto conocer a Berhinqué, en especial por todo lo que ella contaba acerca del folclor de su pueblo. Aquello para él era oro. Tal era su cercanía, que Armando, el esposo de Esperanza, sospechó del trato digno que se le estaba brindando a su mujer, y en detrimento de las ideas modernas que esto podría generar en ella, le prohibió de manera tajante, la amistad o cualquier otro contacto con la pareja. A gritos. Acusándola de adultera. Escupiéndole en la cara, insultándole allí frente a sus hijos, demasiado pequeños para comprender lo que presenciaban. Atestiguando la efectividad de la intimidación. De un modo peor que el acostumbrado. Esperanza encogió el cuerpo, agachó la cabeza y asintió. Ni siquiera se atrevió a llorar.  
  Armando le dijo que las personas como ellos jamás la considerarían una amiga, ¿en qué mente cabía tal estupidez?, si esa era gente educada y ella, un pinche asno de mierda, una india amaestrada para su diversión. Por eso la toleraban. Porque le tenían lastima, no por otra cosa… y ella asintió.
Para Isabel fue extraño dejar de ver a su amiga. Una tras otra, las semanas pasaban sin saber nada de ella. Intentó llamarla, tocar a su puerta, hablar con sus hijos e incluso ellos, le negaban la palabra. En paralelo, a Isabel le alcanzaban sus propios problemas. Poseedora de un carácter volátil, pronto se hartó de los caprichos de su patrona. Tomo sus cosas, le dijo una o dos verdades a la cara  a su ahora, ex-patrona, y se largó de allí. Luego de eso se dedicó a trabajos menores, aunque siempre desertaba por la misma razón: era incapaz de callarse. Lo que en una ciudad pequeña, a la usanza colonial, era inaceptable. En última instancia, su esposo le consiguió el trabajo de calificar exámenes para los maestros de su escuela; ellos le darían la clave de las respuestas, e Isabel pasaría días completos (a veces con sus noches) de fin de mes, calificando pilas enormes de exámenes.
Entre ellos, algunos pertenecientes a los hijos de Esperanza.
Los identificaba enseguida, bien por la letra, bien por su terrible rendimiento. O bien porque en un momento, sus exámenes dejaron de aparecer. Un mes. Dos. Tres meses… se acercaban los finales y aquello significaba que los chicos no pasarían de grado. Algo estaba pasando. Berhinqué podía ser todo lo sumisa que se quisiera, pero cuando se trataba de sus hijos, la mujer no conocía limites, podía vender la camisa  e incluso atreverse a desoír a su esposo con tal de mandar a sus críos a la escuela. Isabel lo sabía. En boca de la propia Esperanza, solo una frase era mantra: mis hijos son primero.

Se dirigió entonces a su casa.

Hacía varios meses que no la veía. Durante el camino pensaba que quizá estaría enferma, en cama, quizá una desgracia mayor o que ya ni la encontraría… pero ni siquiera fue necesario tocar a la puerta, desde metros antes se escuchaban los objetos rompiéndose, los gritos de Armando, borracho para variar, ultrajando a Esperanza. Ninguno de los vecinos siquiera salió de su hogar, eso no se estilaba entre riñas de casados. Muchos menos a favor de una mixteca. Con la puerta entreabierta, Isabel irrumpió cuán grande era para presenciar una escena terrible; platos, vasos rotos, cubiertos, muebles en el suelo, y un Armando cinturón en mano golpeando con rabia a su mujer que tirada, le pedía perdón. Los ojos de Isabel se encendieron y al instante, tomo un cuchillo de los que habían regados a sus pies, encarando, para su sorpresa, a la furia hecha esposo. La imagen de aquella mujer con la mirada de estar lista para embestir, hizo titubear al abusador. Esperanza se rehízo con dolorosa lentitud; un ojo cerrado, hinchado por los golpes, las huellas por brazos y piernas del paso violento de la cinta, labios partidos, sangrando…
—Dejalo… Isabel… —alcanzó a pronunciar de manera tortuosa mientras se acercaba a su defensora.
La capitalina se quedó hecha piedra.
—Andale, vete con esa pendeja. Puta india de mierda —se inclinó para recoger su botella de mezcal— ya estoy hasta la madre de ti. Ya ni pa´ coger sirves. ¡Qué bueno que ya me voy de este maldito chiquero!, con una mujer de a de veras…
Dio un trago a su botella al mismo tiempo que Esperanza casi se derrumbaba en brazos de Isabel, llorando, apretándole las manos a su amiga. El tipo, todavía tambaleante,  se limpió la boca, para rematar la frase.
—…que pueda criar a mis hijos.
En su vida, Isabel jamás sintió tan inhumano apretón, a pesar de sus robustos brazos, las manos de Esperanza se volvieron una descarga eléctrica que la paralizaron de dolor. Berhinqué le arrancó el cuchillo a su otrora defensora y, lleno el rostro de rabia asesina, lleno el cuerpo de adrenalina, se giró para embestir a su esposo.
—¡Malparido hijo de perra, a mis niños no los toques!
Armando, a pesar de sus años de militar, sintió terror ante la estampa insólita de una desquiciada que antes, apenas podía ponerse en pie, que jamás se rebelaba o al menos levantaba la mirada. La misma enclenque que había sido capaz de retorcer de dolor a su gigantona homónima. De tal magnitud fue su pavor, que en un instante la borrachera se le desvaneció, corrió hacia la ventana igual que ladrón descubierto y saltó a través de ella en huida.  
—¡Te voy a denunciar!, ¡te voy a denunciar cabrón!, ¡ni te atrevas a volver porque te mato!, ¡¿oíste?!, ¡te mato!, ¡a mis hijos me los dejas, pinche maricon!
Cuando al fin lo perdió de vista, Esperanza Berhinqué dejó de gritar, se desplomó y al volver la vista, miró a sus tres hijos asustados al pie de la puerta del baño. No lo vieron todo... pero vieron suficiente.

Ese día se les quedaría grabado a fuego.

Armando en efecto, se fue de la ciudad y no se le volvió a ver. La vida en cambio de Esperanza, se volvió peor que cuando él estaba. La gente le tomó mayor rechazo, las deudas se acumularon, las oportunidades escaseaban. Nadie quería contratar a una indígena, mucho menos “a una loca”. Isabel la ayudaba en lo que podía, aunque en verdad, su dolor mayúsculo provenía de sus hijos. Los tres de piel clara,  de ningún modo le perdonaron. En sus mentes las cosas eran mejores cuando ella se mantenía callada, cuando tenían padre y la gente no los señalaba. A sus ojos, ella les había quitado a su papá… del que por desgracia, bebieron demasiadas formas de humillación.      
Esperanza las toleraba todas. Por años.  
El cabello entrecano, la calidad paupérrima de su salud, su andar cansado. Nada de eso era gratuito. Mirar alejarse a la mixteca incansable, con sus frijoles a cuestas, le hacía recordar muchas cosas injustas a Isabel. Le causaba tristeza.
No cargues el mundo sobre tus hombros… —susurró antes de cerrar la puerta.

Esperanza cruzó las calles lo más pronto que sus piernas le permitían. Como de costumbre, invadida por mil pensamientos acerca conseguir dinero, conseguir comida para el día siguiente, conseguir ropa limpia para su hijo el menor, y una carta de recomendación para Gregorio, el mediano… al que por cierto, alcanzó a distinguir unas cuadras adelante, rodeado por dos señoras y un joven. Parecían discutir de manera acalorada, sus manoteos así lo indicaban. Se apresuró. Al estar a media cuadra, la discusión se hizo gritos. Aferrado a la mochila de Gregorio, el joven intentó arrebatársela llegando entonces a los empujones, acaso al manoteo violento.
—¡…ya le hablamos a la patrulla!
Escuchó Esperanza entre el palabreo, y los ojos se le abrieron como platos.
—¡Dejen a mi hijo! —les gritó al mismo tiempo que estiró la mano para empujar al joven.
Ambas señoras le cerraron el paso echándola para atrás a la fuerza.
—¡Su hijo es un ratero! —exclamó una.
—Se acaba de robar una botella de mi tienda y allí la trae en la mochila —reclamó la otra.
—¡Cállese pinche cotorra, no me robé nada! —respondió Gregorio entre forcejeos.    
—Ahorita que venga la patrulla, cabrón, te va a llevar la chingada —amenazó el muchacho.
—Dejen a mi hijo —rogó impotente—, no les hizo nada.
—¡No se haga pendeja, india ladina, usted sabe quién es su hijo!, pero ahorita que venga la patrulla me va a dar mucho gusto que se lleven a esta lacra.
Gregorio, desesperado, miró a su madre asegurándole con la voz llena de miedo:
—Yo no me robé nada, mamá…
Al levantar la vista, Esperanza vio dar la vuelta a una patrulla a varias cuadras de distancia. Los recuerdos le flagelaron enseguida. En un segundo, volvió la cara hacia su hijo, cerró los ojos con fuerza, apretó el puño dentro del guante y golpeó de abajó a arriba la base de la cacerola con toda su energía. El contenido casi hirviendo, al igual que el recipiente, se dispersaron en el aire causando sorpresa y quemaduras a partes iguales entre los que estaba allí. Cual poseída por el demonio, Berhinqué ni siquiera reparó en el ardor de su piel abrasándose, corrió junto con su hijo que había sospechado la acción de su madre, escapando los dos del lugar. Para su fortuna, la policía se estacionó en el sitio para auxiliar a los afectados y, ante las quemaduras de cara y cuerpo, llamar a la ambulancia. Mientras tanto, la casa de la familia no quedaba muy lejos, así que tan pronto llegaron, Esperanza echó llave a la puerta todavía jadeando.
—Yo no me robe nada, mamá —aseguró bufando su hijo al uso de una sonrisa—te juro que no, esa vieja ya me tiene mala…
Esperanza le lanzó un revés tan potente, que le volteó la cara hasta casi tirarlo. Algo que nunca antes había hecho.
—¡No me quieras ver la cara de pendeja!
Gregorio se quedó estupefacto.
—¡Si todavía hueles a alcohol, cabrón! —y cuando ella levantó la mano para señalar el baño, él se encogió por un momento— ¡Vete a chingar a tu madre a bañar!¡Pero ya!
Asustado, Gregorio se fue hacia el baño temblando, evitando darle la espalda a su madre. Una vez que este estuvo allí, la mujer aspiró profundo para recuperar el aliento, contuvo la tos y se retiró el guante de la mano con que había golpeado la cacerola. Estaba deshecha. A simple vista eran notables los huesos desviados, los hematomas de las fracturas. Se mantenía en pie de puro milagro, quizá se había lastimado la cadera, tal vez eso escurriendo en sus rodillas fuera interno, las varices se sentían como cables calientes en la pantorrilla. Se apoyó en el buró junto a la pared que alojaba el aparato telefónico, ahora acompañado de botellas de mezcal, todas vacías. Descolgó de su hombro el bolso y de él sacó una llave. Abrió con ella el único cajón del mueble, para luego, levantar la bocina. Marcó el número de la policía.  
—Buenas tardes, señorita. Quiero hacer una denuncia.
Gregorio se asomó.
—Se trata de un muchacho, se llama Gregorio y… es mi hijo.
El chico dio un paso fuera del baño cuando escuchó eso.
—Es un ladrón, un borracho… un sinvergüenza capaz de lo que sea… con tal de seguir bebiendo. Ha robado, señorita. Estafa, miente, asalta…  y cuando no puede...
“Inhala cualquier porquería”, quiso decir, impedida por el nudo en la garganta.
—Ya le he dicho que pare, que eso no está bien, mas no me hace caso. Él sólo… él no se da cuenta. Hace esto porque está confundido. Cree que no lo comprendo, está sufriendo y cree que no me importa, pero no es así… él… él cree que no lo quiero —un par de lágrimas corrieron por sus mejillas—. Solo hace tonterías para olvidarse de esta miseria, es incapaz de hacer daño a nadie, créame. Él… en el fondo es bueno…
Las palabras de su madre le hicieron agachar la cabeza y volver dentro. Esperanza jaló hasta el tope el cajón para revelar su contenido ulterior; una moneda de plata, un encendedor fino, una foto de sus hijos, miniaturas de porcelana, un par de espuelas, soldaditos de plástico, recibos de pago de fianza, un afinador de guitarra… del compartimiento interno de su bolso, sacó una hermosa cuchara de plata con finos grabados en el mango, de esas que sólo se usan en ocasiones especiales y se heredan de generación en generación. La puso junto con el resto de cosas, en compañía de su perpetua disposición de hacer cualquier cosa, a fin, de que nada cambiase su mundo.
Ellos.  

—…es inocente —sollozó—. Fui yo, señorita… yo les fallé.  
Y colgó el parlante de aquel teléfono con línea muerta desde hace mucho. La patrulla que había dejado atrás, ahora estaba a la puerta de su casa.
Cuesta leerlo. Deberías usar un buen formato para que se diferencien mejor los textos narrativos de los diálogos, pues aquí hay cierta confusión:

Cita:—¡Un chamaco todo idiota y borracho!, ¡burro pa´ la escuela!, grosero, peleonero, vago, todo lo que usted quiera… pero es mi hijo. ¡Mi muchacho!, carne de mi carne, ¡¿qué cree que no me duele?! —profirió con el carmesí de la leona y el carmín de Aurora, juntos en su mirada— ¿Que no me dolieron las patadas, los garrotazos; ver cómo le pegaban los policías cuando ya estaba en el suelo? ¡Verlo revolcándose como animal sin…
Pero antes de poder terminar esa frase, sus pulmones traicionaron a la euforia. Tosió de manera tan violenta que incluso, se dobló ante la falta de oxígeno. Isabel espabiló al ver aquello y enseguida auxilió a su congénere, dándole firmes palmadas en la espalda. Al poco, cuando el aire volvía a ella, los tosidos pasaron a gimoteos.

Después de un punto y aparte recomiendo dejar espacio entre párrafos, o si no, tabular el inicio del nuevo párrafo. Justifica el texto y cuando un personaje diga palabras incorrectas como "usté", ponlas entrecomilladas o en cursiva. No sé que pegan los >>. Cuando uses comillas en un texto literario, han de ser latinas. Y no pongas paréntesis en una línea de diálogo, dejalo para los textos narrativos.
¿Vikken eres tú?
Se me hizo bastante largo de leer, pero aún así me entretuvo lo justo como para que diga que estuvo bien. La historia, especialmente. Bien tratada, ubicada y culminada. Es la primera vez que leo un relato escrito por un mexicano (es obvio que lo eres), y las expresiones se me antojaron un tanto raras, pero sudeceria lo mismo si yo escribiera con modismos argentinos.
Lo que si debo destacar es que tiene muchos errores, pequeños pero en buena cantidad. Las comas excesivas y mal ubicadas es el principal, no las conté pero debe haber una veintena, que cortan mucho el ritmo a la lectura si las lees tal cual. También veo problemas con las mayúsculas tras los incisos (podrías evitar estos problemas de manera sencilla) y los signos de puntuación en general, y alguna que otra palabra faltante. Necesita un pulido, nada más.
Buena suerte en el reto!
Me gustaría decir que fue un relato ameno, fácil de leer y que deja un buen sabor de boca. De veras me gustaría. Sin embargo, por la naturaleza del contenido que presenta, me es casi imposible. Lo que veo aquí es una historia densa en varios aspectos; primera porque me parece que suceden muy pocas cosas para la extensión que abarca, en segunda porque las cosas que pasan son en su mayoría de un tono muy oscuro, y tercero por su carácter lineal. En eso último si quisiera acotar que una de las mayores bondades de este relato, es que es solido. A excepción de una o dos descripciones que podrían quitarse, me parece que esta construido de manera que se siente creíble. A pesar de su falta de grandes giros. Y justo creo que eso es lo que más ruido me hace: su linealidad, que en ningún momento la trama da un giro que ponga las cosas de cabeza, e incluso, a la protagonista parece que solo le puede ir a peor. No sé, quizá algo de alegría habría caído bien para variar.
En general me parece una obra coherente, dura (por fin escucharon mis ruegos) pero que no trae sorpresas. Al final creo que su mayor fortaleza es la de crear un retrato y no tanto la de ser un ejercicio de imaginación.

(18/05/2019 07:49 PM)Duncan Idaho escribió: [ -> ]¿Vikken eres tú?
Ojalá    
En líneas genereales es un texto denso y lineal, una combinación que siempre dificulta la lectura porque por momentos la mente desconecta y empieza a elaborar el menú de la semana en vez de estar atrapado por la historia. Si a esto le sumas la abundancia de comas, te ves parando pausando la lectura en demasiadas ocasiones. Autor, prueba a leer el texto en voz alta, a ver cómo te suena. Desde mi modo de ver tiene demasiados modismos, que añade otra pausa más a la lectura para intentar comprender a qué se refiere exactamente.
La historia en sí es dura, pero tal vez por la manera de narrarla no me atrapó del todo, y eso que me gustan las historias duras.
Suerte!
Un relato muy duro pero bien pensado. Es realmente un trabajo muy bueno en el aspecto de la historia que plasma algo muy realista. La prosa es muy buena y con una voz propia. Pero aunque no creo que el uso de modismos sea algo malo, no te sorprendas si eso le juega en contra. Personalmente prefiero una narración más neutral, como muchos aquí, pero eso es subjetivo y no significa que el relato este mal. Otra cosa, como te han señalado la historia es muy lineal y esos factores sumados hacen que la lectura se vuelva pesada. Pese a todo la historia es buena y se merece que le reconozcan el esfuerzo.
Me gustó bastante. La única cosa que note fue que el arranque se me hizo pesado. Pero en general conecté con el sufrimiento de Esperanza, maltratada y usada por su marido por su origen aborigen, con único consuelo que una amiga llamada Isabel. Al principio del relato nos cuenta que su hijo mayor está en la cárcel. Esta escena es muy emotiva porque se ve como de grande es el amor de una madre por su hijo, al igual que al final se recalca cuando golpea a los vecinos con la olla para defender a su hijo (aunque ella sepa que es un ladrón y borracho). La narración también utiliza un vocablo cotidiano, cosa que te hace entrar más en escena con el lugar donde se desarrolla.
Me he quedado alucinada. Tiene mucha calidad este relato, es muy muy bueno en ejecución, el tema, cómo lo has llevado, todo... Me has dejado encantada, Vik... autor. Te felicito, de verdad.
Pues a mi me ha gustado mucho, la verdad. Espero que el autor no se enoje pero me pareciò por momentos estar leyendo a Gabriel Garcia Màrquez, aunque es evidente que el escritor viene de otro paìs. Creo que el paralelismo viene de lo bien que consigue GGM y el autor describir o relatar las vidas mundanas, recrear el folclore, las nimiedades de los pueblos que le rodean.
Desde mi punto de vista la primera parte del relato (pues el relato se puede dividir fàcilmente en dos partes) es de 10, con unos diàlogos geniales y una prosa preciosa, que no renuncia al uso de frases hechas enriqueciendo la lengua en lugar de emprobreciéndola.
La segunda parte, mucho màs descriptiva, es de 8. Sigue habiendo una gran ppluma de fondo, capaz de asegurar mi interés durante la lectura, pero el relato se vuelve un tanto denso con tanto preàmbulo.
De todos modos la historia me ha encantado, el autor ha sabido reflejar muy vivamente la vida de Esperanza, hacerla muy pròxima y real; casi seguro estoy que està inspirada en una persona que rearlmente ha conocido.
Repito, la historia me ha gustado mucho, gracias.
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