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Versión completa: Reto Nav19: La regla de oro
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La puerta de la posada chirrió al abrirse con bastante más ímpetu del que el viento del suroeste —que soplaba apático e inconstante— le hubiera podido insuflar; una silueta alta, oscura y de contorno irregular traspasó la efímera abertura.

    El recién llegado se volvió enseguida para empujar la sólida plancha de madera de castaño, de modo que ninguno de los clientes que cenaban en el comedor acertó a ver su rostro. Tan pronto como cesó la indolente racha invernal, todos se entregaron de nuevo a sus respectivos asuntos.
    El hombre se plantó ante Selmo, el dueño del negocio, un tipo fuerte, de mediana edad, ancho rostro y mirada ladina, que limpiaba el mostrador —empleando para ello un paño húmedo y arrugado que, sin duda, había conocido tiempos mejores— mientras resistía con paciencia la tabarra que le daba Adrianu —un comerciante local fisgón y deslenguado—, que se  empeñaba en convencerlo de las excelencias del morapio que transportaba.

    El posadero, con mirada experta, recorrió de arriba abajo al forastero. Este era de estatura elevada y con aspecto de envejecido más que de anciano; una larga barba, grisácea y tupida, cubría la parte inferior del rostro, en tanto que un gran sombrero picudo de ala ancha ocultaba casi todo el tercio superior. A tenor de lo poco que quedaba a la vista no podía decirse que fuera un tipo atractivo, y las pieles con las que se protegía del frío lo hacían ganar en corpulencia, pero no añadían al conjunto un ápice de fiabilidad.

    Antes incluso de haber concluido su inspección ocular, Selmo ya contaba con un veredicto nada esperanzador. Chasqueó la lengua en señal de fastidio, su intuición rara vez le fallaba.
    —Buenas noches —saludó el recién llegado con voz profunda y modales impecables—. Temo que me he extraviado sin remedio. ¿Me haría el favor de decirme a dónde he venido a parar?
    El posadero, sorprendido, lo miró de hito en hito por unos instantes,  pero enseguida resolvió no dejarse seducir así como así, ni traicionar a su instinto a las primeras de cambio.
    —Buenas, viajero. —Dejó el trapo sobre el mostrador—. Esta es mi posada, El Consuelo del Abedul, que se halla a las afueras de La Plaza, principal localidad del concejo de Teverga. ¿Alguno de esos nombres le ayuda a orientarse?
    —No lo suficiente, la verdad —el hombre sacudió la cabeza—. Si fuera tan amable de permitirme pasar aquí la noche, sin duda sabría guiarme con la llegada de las primeras luces…
    —Sin problema… ¿Puede pagar la habitación?
    El desconocido desvió la mirada al suelo y negó con un fatigado movimiento de cabeza.
    —En tal caso me temo que habrá de dormir al raso —concluyó el posadero mientras reanudaba su traqueteo sobre el mostrador una vez  recuperado el sufrido paño con un ágil movimiento de muñeca.
    —Lo siento, amigo —terció Adrianu, incapaz de permanecer callado por más tiempo—, pero comparto la decisión tomada por nuestro íntegro hospedero —completó sus palabras señalando vulgarmente al dueño con el pulgar.

    Selmo y el anónimo viajero lo miraron como si les costara entender por qué creía formar parte de aquella conversación. Pero el vinatero, a leguas de sentirse aludido, les obsequió con su más sincera opinión, que nadie le había pedido. El modo en que lo hizo provocó, aun si cabe, mayor estupefacción.
    —«Regalar pernocta o buen vino, para el honrado negocio, no hay peor destino» —declamó Adrianu con pose solemne y voz engolada. Se lo veía encantado de haberse conocido.
    Un inoportuno carraspeo a sus espaldas hizo que se desviara la atención hacia un cuarto hombre. Se trataba de uno de los muchos campesinos de la zona que visitaban con regularidad el mercado de La Plaza; acudían para vender los excedentes de sus cultivos y adquirir a su vez aquellos que necesitarían a lo largo del invierno. A menudo, como alternativa al uso de dinero, se empleaba también el trueque.
    —Disculpen la interrupción —comenzó el nuevo interlocutor, que, aunque algo cohibido, se expresaba con voz clara—. Estaba en esa mesa de ahí —señaló el comedor a su espalda—, cenando con mi hijo, y he oído lo que decían…
    —¿No sabe que es de mala educación meterse en conversaciones ajenas? —El vinatero lo amonestó con el ceño fruncido, molesto al esfumarse su recién ganado protagonismo.
    Selmo y el anónimo viajero le lanzaron a Adrianu una mirada de soslayo, aunque optaron por guardar un prudente silencio, pues a ambos les picaba la curiosidad.
    —Lo sé, y pido disculpas —respondió el campesino—. Bueno, primero me presento, me llamo Xandru, y aquel de allá es mi hijo Carlos. Hemos venido desde Taja para intercambiar algunos productos en La Plaza y…
    Xandru, perspicaz, se detuvo al notar las miradas de tedio con que empezaban a observarlo Selmo y, sobre todo, Adrianu, así que optó por ir al grano.
    —Lo que quería decir es que me ofrezco a pagar su estancia por esta noche… si usted no tiene reparo, claro —miró sucesivamente al viajero y al posadero—. Luego, a modo de explicación, añadió—: Hoy va a hacer mucho frío, no permitiré que este hombre duerma a la intemperie si puedo evitarlo. Y menos aún tan cerca de la fiesta del solsticio.
 
    Tras una breve reflexión, el posadero asintió. Aunque Xandru nunca antes se había alojado allí, lo conocía de vista; alguna que otra vez se habían cruzado en el mercado, o lo había visto pasar por el camino montado en su carro en dirección al pueblo o abandonándolo.
    —De acuerdo, acepto. Sólo necesito el pago de la habitación por adelantado y un nombre para el registro. Aquí nos gusta hacer bien las cosas.
    Xandru sacó varias monedas de uno de sus bolsillos y las depositó sobre el mostrador. El posadero las contó una a una, asintió, y miró al desconocido.
    —Todos me conocen por Xuan —respondió el hombre a la muda pregunta. Luego lanzó una sobrecogedora mirada hacia su benefactor y, sin abandonar el semblante adusto, añadió—: Quedo en deuda con usted.
    Le preguntó a Selmo por su habitación. Tras recibir respuesta y tomar la llave que este le ofrecía, deseó a todos una buena noche. Luego, sin añadir una sola palabra más, desapareció por la escalera del fondo que llevaba a la planta superior.


                                                               ***


    A la mañana siguiente, Xandru y su hijo Carlos se levantaron temprano y bajaron a desayunar. En el mercado de La Plaza, cuyo espacio era  limitado, los madrugadores se veían recompensados con los mejores sitios para exponer sus productos, y los que se quedaban pegados a las sábanas tenían que conformarse con espacios más reducidos y rincones poco visibles.

    Mientras esperaban a que el posadero los atendiera, Xandru se percató del semblante circunspecto del muchacho.
    —¿Va todo bien, hijo?
    —Sí, padre… Es sólo que…
    El muchacho no se atrevía a expresar sus inquietudes.
    —Adelante, suéltalo. ¿Quizá tiene que ver con el hombre al que ayudamos ayer?
    —¡Sí! ¿Cómo sabía…?
    —¿Porque soy tu padre? —Sonrió mientras posaba la palma de su mano sobre la cabeza del joven y le revolvía el pelo cariñosamente—. A ver, cuéntame qué te preocupa.

    Pero antes de que Carlos pudiera abrir la boca, Selmo apareció sosteniendo una ancha bandeja con dos grandes tazones de leche humeantes y varios tortos de maíz coronados, respectivamente, con huevos revueltos, jamón y queso; un par de casadielles aportaban el toque dulce al contundente y típico desayuno. Padre e hijo se miraron durante unos instantes, sonrieron, y se lanzaron al ataque, cada uno por un flanco, determinados a no tomar prisioneros. Selmo, que los observaba con satisfacción, pareció acordarse de algo justo en ese momento.
    —El tipo de anoche, ese al que le costeó la estancia, se largó antes de que amaneciera —dijo con tono reprobatorio, los brazos cruzados sobre el pecho.
    —Xuan —apuntó Xandru mirando al posadero mientras se llevaba una porción de torto a la boca. Me pregunto a dónde se dirigirá… En fin, supongo que ya nunca lo sabremos —concluyó tras encogerse de hombros.
    Selmo imitó el movimiento y se marchó a atender a otros huéspedes que ya bajaban a desayunar también.
    —Debería haberse esperado —comentó Carlos en tono quedo, como si temiera que sus palabras se perdieran más allá de la mesa que ocupaban.
    Xandru miró a su hijo con interés.
    —Así que es eso, ¿eh? Estás molesto con ese hombre, Xuan, porque no se deshizo en muestras de gratitud hacia nosotros. ¿Eso te hubiera hecho sentir mejor?
    —Pues sí… Bueno, no… No lo sé.
    —Piensa esto —Xandru acudió en ayuda de su hijo mientras se apoderaba de uno de los deliciosos dulces en forma de canuto—. Tú y yo lo sabemos, él también lo sabe… ¿Qué más hace falta?
    —Ni siquiera se ha despedido de nosotros —se quejó el joven.
    —Bueno, quizá eso nos habría resultado más agradable, supongo que con unas cuantas muestras de agradecimiento por su parte nos habríamos sentido mucho mejor… ¿Cuánto agradecimiento crees que necesitamos al día para sentirnos bien con nosotros mismos?
    —No sé —Carlos se hallaba confuso por el modo en que su padre se tomaba aquel asunto. No alcanzaba a comprender que no le diera importancia alguna.
    —¿Piensas que hicimos lo correcto ayudando a ese hombre? —preguntó de pronto a su hijo al tiempo que clavaba en él una mirada que denotaba cualquier cosa menos indolencia.
    Carlos no dudó en su respuesta.
    —Sí.
    —¿Y cuánta gente crees que debería saberlo?
    Aquella pregunta tomó al muchacho por sorpresa. Abrió mucho los ojos, pero desvió la mirada hacia la mesa mientras buscaba una respuesta.
    —Pues quienes lo sabemos ahora… y madre.
    Xandru suspiró antes de esbozar una pícara sonrisa.
    —Tu madre, de un modo u otro, se enterará de cuanto suceda en este viaje, y no dudes ni por un segundo que te acribillará a preguntas tan pronto como regresemos —rio divertido—. ¿Se te ocurre alguien más?
    —No.
    —Bien —dijo mientras se levantaba de la banqueta de madera—, pues en ese caso será mejor que salgamos cuanto antes para el mercado. Nos espera un duro día de regateo y tu madre se enfadará, y con razón, si no volvemos a casa con todo lo que necesitamos.


                                                                   ***


    El día de mercado, tal y como había vaticinado Xandru por la mañana, había resultado agotador para padre e hijo. Pero ambos se sentían satisfechos con el resultado: habían conseguido vender o cambiar todas las manzanas, castañas, patatas y queso que habían traído y, a cambio, su carro rebosaba de aceite, vino, telas de distintos colores y texturas, tabaco y varias herramientas que Xandru necesitaba para sustituir a algunas que, de viejas que estaban, constituían más un estorbo que otra cosa. Incluso le sobró algo de dinero que no dudó en emplear para comprarle a su mujer, Llara, un bonito vestido y un perfume que venía en un pequeño recipiente de cristal con forma de cúpula, muy elegante y decorativa. La fragancia que despedía se le había quedado grabada en la nariz. Deseó en secreto haber acertado, aunque no lo sabría a ciencia cierta hasta pasados unos días.
    —Padre, ¿crees que la mula podrá con nosotros y con el carro? —preguntó Carlos mientras observaba con ojo crítico todo lo que acababan de cargar.
    —No hay problema, si vemos que le cuesta mucho te bajarás a empujar —se burló Xandru mientras subía con agilidad al pescante.
    —De eso nada —rebatió su hijo—. Debería ser yo quien siguiera en el carro, que por algo peso menos… —Aceptó la mano que le tendía su padre y se sentó a su lado.
    —Esperemos que no haga falta—. Luego se dirigió a la mula—: ¡Vamos, Arabela! ¡Si te portas bien tendrás ración doble de avena! —azuzó al animal, que había girado hacia atrás las orejas nada más oír su nombre, y emprendió la marcha.


                                                                     ***


    Al llegar a la altura de la posada, Xandru tiró de las riendas para obligar a Arabela a detenerse. Padre e hijo quedaron estupefactos al contemplar el panorama que se ofrecía ante ellos, en nada parecido al que habían dejado atrás aquella misma mañana. El edificio principal se hallaba en el centro de un pequeño estanque, y una parte de la techumbre se había derrumbado dejando expuesto el interior de una de las habitaciones del piso superior. Algo más allá una dependencia auxiliar —que hacía las veces de cobertizo— parecía haber sufrido también la embestida de un destructivo diluvio.
    —¿Qué ha ocurrido aquí, padre?
    —Que me aspen si lo sé —respondió Xandru mientras se apeaba del carro sobre el camino de tierra seca, tierra que a unos escasos treinta pasos más adelante se transformaba en lodazal, y en una auténtica charca solo alrededor de ambos edificios.

    Un consternado posadero observaba los daños en la fachada de su negocio y se llevaba las manos a la cabeza, pose que alternaba con apoyarlas en las caderas. Parecía decir algo entre dientes, pero sus palabras no llegaban hasta Xandru y Carlos. Varios vecinos, que  habían acudido a interesarse por lo ocurrido, empezaron a distribuirse diversas tareas encaminadas a devolver al lugar un mínimo de habitabilidad.
    —¿Cómo ha podido caer tanta agua aquí y ni una sola gota en las inmediaciones ni en el pueblo? —alcanzó a preguntar Carlos.
    —No parece posible —dijo el hombre, aunque justo en ese momento pareció caer en la cuenta de algo importante—. A menos que…  —murmuró para sí.
    Xandru subió de un salto al carro, tomó las riendas de las manos de su hijo y azuzó a Arabela para que reanudara la marcha.
    —¿Por qué nos vamos, padre? ¿No nos quedamos a ayudar? —preguntó Carlos, sorprendido por la inesperada reacción de su progenitor.
    —Eso va para largo y nosotros no podemos quedarnos tanto, hijo. Algunos de esos hombres tendrán que reunir los materiales necesarios para las reparaciones mientras otros se dedican a desescombrar y limpiar, pero no creo que empiecen antes de que se haya secado lo suficiente todo ese barrizal. No te preocupes, como ves, ya han empezado a llegar unos cuantos vecinos, y seguro de que aún se sumarán varios más. Cuando pasen un par de días me acercaré con Arabela para echar una mano en lo que haga falta, pero ahora hemos de volver a casa. Tu madre nos estará esperando y no podemos pasar otra noche fuera.

    Continuaron el viaje en silencio durante un buen rato, cada uno sumido en sus propios pensamientos, rodeados a uno y otro lado de los familiares sonidos del paisaje, unas veces arbolado y asilvestrado, otras despejado y parcelado, a la espera de ser cultivado.

    Acababan de reanudar la marcha —tras hacer un alto a fin de aliviar sus vejigas— cuando, a la vuelta de una curva, se encontraron con una nueva desgracia. Pero en esta ocasión no parecía haberla provocado la lluvia o el viento, sino el pedrisco. La parte del camino que tenían a la vista y las zonas adyacentes se hallaban cubiertos por un manto de bolas heladas de tamaño medio, mucho mayores que canicas.

    Sin embargo, lo peor de todo radicaba en que la insólita tormenta —de la que, a juzgar por el azul intenso del cielo, nada más que el suelo daba fe de haber tenido lugar— había sorprendido a un mercader. Por el color rojo oscuro que teñía muchas de aquellas dañinas e irregulares esferas, el damnificado debía de ser algún comerciante de vino. En efecto, varias barricas se encontraban rotas, esparcidas por el suelo, y sólo unas pocas aguantaban sobre el también maltrecho carro. Del vinatero y del animal o animales que hubieran tirado del carro no había señales, por lo que Xandru supuso que el hombre se los habría llevado consigo al alejarse en busca de refugio.

    Padre e hijo detuvieron la marcha y se apearon del carro para hacer una inspección más detallada. Tras un rato mirando aquí y allá, Carlos se acercó a su progenitor; sostenía algo con las manos.
    —Reconozco esta manta de viaje —dijo el muchacho mostrando los restos agujereados y mojados de lo que había sido una manta de franela con cuadros negros y grises—. La vi ayer por la tarde, cuando dejamos el carro y a Arabela en el cobertizo de la posada. Estaba en el pescante de un carro situado al lado del nuestro, y transportaba toneles de vino.
    —Adrianu, el vinatero de la posada —recordó Xandru, cada vez más atónito por los extraños acontecimiento que acababan de observar. Prudente, el hombre optó por callar sus temores, pues no quería asustar a su hijo. Sin embargo, sus ganas de llegar a casa no hicieron sino aumentar.
    —Vamos, Carlos —animó a su hijo mientras se dirigía a su propio carro—. En este desastre ya nada podemos hacer, y cuanto antes lleguemos a casa mejor será para todos.
    —¡Voy! —respondió el muchacho, que miró la destrozada manta durante unos instantes, la arrojó a un lado y echó a correr no sin cierta dificultad sobre el húmedo e irregular suelo.


                                                                     ***


      Llara, alertada por los excitados ladridos de los dos perros de la familia, se asomó a la puerta principal a tiempo para ver cómo ambos animales, en su particular y escandaloso modo de celebrar el retorno de Xandru y Carlos, corrían, saltaban y movían enérgicamente la cola mientras rodeaban el carro del que tiraba la dócil y fuerte Arabela; padre e hijo trataron de calmarlos con unas cuantas caricias y palmadas en el lomo, aunque eso solo sirvió para que ambos animales trataran una y otra vez de lamerles la cara.  Por fin, Xandru y su hijo llegaron hasta la entrada, donde Llara los esperaba ya con una cálida sonrisa y un brillo extraño en la mirada.

    Echaron otro vistazo a la fachada de la casa, y también a los alrededores —ya lo habían hecho poco antes desde el carro nada más tenerla a la vista—, pero fue en vano; todo parecía normal, tanto allí como en el resto de edificaciones del pequeño pueblo, y no se veía rastro alguno de desperfectos o de cualquiera de los devastadores efectos ocasionados por una eventual tormenta.

    —¿Ha ido todo bien por aquí? —planteó Xandru no del todo convencido, incapaz de leer en el rostro de su esposa.
    —Tal vez deberías juzgarlo por ti mismo —fue la misteriosa respuesta que recibió—. Seguidme.
    Llara echó a andar hacia la parte trasera de la casa —donde la familia disponía de un terreno, mitad arbolado, mitad dedicado al cultivo—, seguida muy de cerca por sus intrigados marido e hijo, a los que se les sumaron los perros, mucho más calmados ya. Xandru y Carlos se quedaron sin habla nada más asomarse.
    Un radiante manto blanco cubría el terreno hasta donde alcanzaba la vista, pero en ningún momento llegaba a traspasar los límites del huerto, cuya tierra, eso sí, se veía húmeda, como cuando se beneficiaba de los efectos de una fina y continua lluvia. Xandru, pasados los primeros momentos de estupefacción, esbozó una leve y cómplice sonrisa que compartió con su mujer; ella se la devolvió.
    —¿Nuberu? —fue todo lo que el hombre necesitó decir, pese a estar casi seguro de la respuesta. 
    —Nuberu —confirmó Llara.
    Carlos, sin entender nada, observaba en silencio a sus padres mientras estos se abrazaban, luego echó una nueva ojeada al campo nevado y, a continuación, volvió a mirar a sus padres.
    Xandru y Llara deshicieron el abrazo, y el padre posó una mano sobre el hombro de Carlos.
    —Vamos dentro, hijo. Creo que tu madre y yo nunca te hemos hablado en profundidad de algunas de nuestras tradiciones más arraigadas. Ya va siendo hora de cambiar eso.
Estoy seguro que las fechas invernales desatan lo más oscuro y crudo de muchos integrantes del foro.
Mi más grande problema con este relato es cuán excesivo es el diálogo que se usa.
Hay varias partes de la historia que pudieron haberse recortado en pequeñas escenas donde solo se muestran las acciones de los personajes. A veces una historia te muestra más, mientras los personajes dicen menos.
Fuera de eso, no estuvo tan mal. Solo recuerda reducir la cantidad de diálogos, la próxima vez.
El personaje de Xandrus me gustó bastante, empaticé bastante con él. Me lo imaginé como un campesino humilde que solo busca el bienestar de su familia.

Sobre la historia me tenía intrigado con los sucesos que estaban sucediendo, era obvio que se trataba del extraño hombre que se encontraba en la posada pero lo que me tenía con mas duda era su identidad, como es que pudo hacer todas estas cosas. Al principio pensé que era un ser elemental capaz de controlar las lluvias pero me esperé hasta el final a terminar de leer para saber su identidad, pero cuando llegué al final he ahí mi sorpresa cuando no se había revelado nada aparentamente de quien era el tipo.

Mi curiosidad es mas grande y busqué la palabra que mencionaron Xandrus y su esposa al final y resultó ser un ser mitológico que controlaba las lluvias.

La historia me enganchó apenas empezaron los sucesos, no pensé que se fuera a vengar del tabernero y del vinatero.

Te felicito por tu historia como lograste crear una anécdota a partir de un mito. Buena suerte!
1º Técnica/Calidad narrativa
Me ha gustado el modo en que está narrada esta historia. Permite una lectura amena, sin sobresaltos y no me topé con expresiones que me sacaran de la lectura.

2º Ortotipografía
No he visto apenas errores, aunque hubo alguna que otra reiteración que se puedo haber evitado. También eché en falta alguna que otra coma en ciertas frases un poco largas. Por otro lado, la disposición de algunos de los párrafos no estaría justificada por el contenido.

3º Argumento/Trama
La historia empieza con un toque de misterio relacionado con la figura del viajero, aunque ese misterio no queda desvelado por completo en el texto (salvo para aquellos lectores que posean conocimientos previos sobre antiguas tradiciones de una zona muy concreta de España, entre los cuales, lo confieso, no me encuentro). El carecer de esa clase de información, sin duda, divide a los lectores en dos grupos muy distintos, y posiblemente cada grupo ofrecerá unas valoraciones también muy diferentes. No tengo muy claro si esto supone un punto fuerte o débil del relato, pues habrá quien considere que se le escatima información relevante para comprender el sentido último del texto, mientras que otros, en caso de conocerla, podrán emplear esa información para reconsiderar lo leído hasta ese momento viéndolo «con otros ojos». Sentimientos encontrados, por tanto, en este apartado.

4º Personajes/Ambientación
Los personajes, en general, me han parecido bastante bien delineados, cada uno con sus peculiaridades y personalidades, bien apuntaladas tanto por sus acciones como por sus palabras.
Está muy bien escrito el relato, aunque tiene algunos problemas como una raya faltante aquí: —Xuan —apuntó Xandru mirando al posadero mientras se llevaba una porción de torto a la boca. Me pregunto a dónde se dirigirá… En fin, supongo que ya nunca lo sabremos —concluyó tras encogerse de hombros.

En cuanto a la historia, me gusta lo de que hayas escrito un cuento basado en la mitología asturiana. Y aunque entiendo que como cuento de corte mitológico es natural seguir arquetipos, se me hace un poco cliché el concepto planteado aquí con los castigos y las recompensas; como digo, entiendo que es lo normal considerando en qué se basa el relato, pero se podría dar alguna vuelta de tuerca.

Los personajes están bien planteados, incluso uno que es circunstancial como Adrianu, acaba resultando creíble.

Sobre la Navidad... El ambiente invernal bien, pero lo navideño... ¡decir que va a ser Navidad (o en su defecto fiesta del Solsticio) no cuenta como relato navideño! Big Grin
Pues un relato muy bueno a nivel técnico. Quizá al principio hay un poco de sobreadjetivación, pero después no recuerdo ningún error que me quitara de la lectura. La historia, por otro lado, me parece curiosa. No es sorprendente, pero es lo suficientemente interesante como para enganchar, y tiene su toque de fábula. Por lo que veo, hubiese disfrutado más del relato de haber tenido nociones de mitología asturiana, que no es el caso. Aún así, se entiende todo perfectamente y es muy agradable de leer. Muy, muy bien.

¡Un saludo, mucha suerte y nos leemos!
Tuve que leerlo tres veces para entender que se trataba del concepto de recompensa y castigo, al no saber absolutamente nada de la mitología asturiana no acababa por comprender el relato