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Versión completa: [Nuc] Prólogo Global: El Legado de la Emperatrix
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Aclaración inicial: Este prólogo se presenta como un contexto común de partida, a todas las historias que se desarrollan en la linea temporal relativa al "Presente" en el que escribimos, por lo que ocupara un lugar especial respecto a las próximas historias.

El legado de la emperatrix



  Ardenkia Anghanesisthonder, trigésimo cuarta Emperatrix de los Electos, cuarta de su nombre, cabeza de la Casa Anghanesisthonder, mano de hierro del ejército imperial, única legisladora de Almimuty y único brazo ejecutor de su justicia; se acercó a la imponente  sala del mapa, que se establecía tras de la salón del trono del palacio de Thonder, en la Capital del imperio, Supranath.
  Era una mujer delgada y alta, de huesos marcados en las mejillas, manos, codos, hombros y rodillas, un aspecto habitual para cualquier fémina de los Electos. Pero no era una vulgar como las otras, Ardenkia era bien consciente de su grandeza. Su casa se había mezclado selectivamente, que supiera, durante milenios. El resultado más inmediato era ella, una Electa diferente. Una larga lista de rostros de anteriores Emperatrix llenaba las paredes de todo el palacio y otros tantos se habían perdido ya. Curioso era como uno podía advertir la evolución del arte en cada retrato, desde las líneas más simples ancladas en la bidimensionalidad, hasta su propio retrato cuasi hiperrealista que coronaba el comedor con un rostro desafiante, por el que tan bien había pagado a la artista que había logrado plasmarlo. 
  Ardenkia se sabía como eses retratos; ella era la consecución de una perfección. No caería en los fracasos y las mentes planas de sus predecesoras, no dejaría que sus soldados electos fracasaran y murieran en una nueva guerra total como la que sus antepasados habían planteado a los continentes vecinos. No, ella conquistaría todo Nuc, pero no lo haría con un planteamiento frontal y absurdo. Desgastaría a los reinos de Sural y las poblaciones que formaban los Territorios Acráticos, uno por uno, los dividiría, los enfrentaría y finalmente los esclavizaría. Ese había sido el error de sus antepasados, se habían anclado en la tradición,  ella por fin modernizaría a los electos: ¡qué era eso de luchar con mandobles y sin escudos! ¡Qué era eso de atacar como burdos salvajes ignorando su propia seguridad! 
  No, ella manejaría al ejército imperial de otro modo, sometería a la tradición, renovaría las tácticas, emplearía la diplomacia tan denostada por los suyos. Sí, esa era la razón por la que la tomaban por débil, así consideraban las suyas a los que utilizaban medios alternativos a la fuerza bruta tan acostumbrada por los electos. Pero ella dejaría un legado imborrable; la herencia victoriosa de la Emperatrix Ardenkia atronaría en los corazones de todo electo tras su conquista. 
  Pero antes debía enfrentarse a algo más tedioso y más afilado que las naciones rivales… sus propias políticas. Las poderosas mujeres que se hallaban frente a ese mapa extendido sobre la piedra, conspiraban como vivoras a sus espaldas, sus sonrisas veladas escondían colmillos ladinos. A menudo tergiversaban sus palabras para que sirvieran a sus voluntades pérfidas, alimentando propósitos egoístas. Era algo que frecuentemente sucedía con las mujeres electas, a menudo se daban intestinas luchas por el poder, cuando el rival cometía el error de dar la mínima señal de debilidad. Aún así no se atreverían a atacarla directamente, los Anghanesisthonder, gobernaban con total legitimidad. Pero esas harpías erraban cuando  tomaban por debilidad su voluntad reformista…
  —Bienvenida Emperatrix —dijo con un tono suave la inocente Vanlia. Una joven ambiciosa de una casa menor de la misma capital, una mujer que a todas luces se encontraba fuera de posición en aquel lugar, aunque su actitud osada tratara de negarlo.
  —¿Cómo se encuentran el resto de asambleístas?
  —Creo que recelosas de mi presencia, mi señora. 
Ardenkia entrecerró los ojos observando a las siete cabezas de las más importantes casas del Imperio Electo. Se extendían altivas, tras el mesado del mapa, una extensa mesa de piedra totalmente cubierta de fino pergamino dibujado, representando todos los continentes de Nuc. Las asambleístas disfrutaban de vino dulce mientras conversaban triviales, sobre sus largos y caros vestidos. 
  —¿Has meditado sobre lo que te dije?
  —Sí, mi Emperatrix —dijo Vanlia visiblemente nerviosa.
  —¿Y bien?
  —Lo comprendo y he tomado medidas —dijo mirando a las mujeres que bebían confiadas, conocedoras de la tenaza que suponía su poder para la Emperatrix—. Según la tradición el poder debe de ser tomado, nunca suplicado. 
  Ardenkia asintió conforme mientras se acercaban a la mesa donde esperaban las asambleístas.
  —¡Ah, la Emperatrix a decidido iluminarnos con su presencia! y viene nada más ni nada menos que con su cachorrillo. Muchacha, ¿todavía no comprendes que este no es lugar para una representante de una casa menor? —dijo Zoinia de los Janter, principal líder opositora. Ardenkia le dedicó una sonrisa amable a Vanlia—Ahórrate la sonrisa Ardenkia, nos complace lo mismo reunirnos con esa indigna que contigo.
   —Al menos no habéis desestimado mi invitación.
  La mujer más alta que Ardenkia pero, al igual que ella, delgada como una estaca y de cabellos oscuros, la miró altivamente antes de contestarle 
  —Si la que debe ser nuestra gloriosa líder se empeña en socavar los cimientos que sostienen a nuestro imperio, es para nosotras una obligación moral mostrar nuestro compromiso para con el glorioso pueblo Electo. 
  Hoy no vais a turbar mi sonrisa, pensó Ardenkia. Cuando acabe esta reunión saldré reforzada.
   —Veo que habéis venido todas —dijo la Emperatrix ignorando a Zoinia. 
  Las siete cabezas de las más importantes casas del Imperio Electo, miraban con arrogancia a su Emperatriz. Actitud solo entendible por haber sido consentida durante siglos por gobernadoras más débiles que ella. Y sin embargo, debía soportarlas como una pesada carga sobre sus hombros. ¡Ardía en rabia contenida! Mucho le habría gustado separar las cabezas de los huesudos hombros de esas mujeres. Pero esa era precisamente una ley hecha a medida de la Emperatrix: toda representante de una casa, ya fuera mayor o menor, era intocable, para ella y para cualquier electo. La ruptura de esta norma se pagaba con la vida. Esa era una de las explicaciones que las eruditas encontraban para interpretar la pervivencia del imperio siglo tras siglo. Sin embargo, a ojos de Ardenkia Anghanesisthonder, el imperio no perduraba; era un moribundo en letargo, inconsciente de su lenta pero constante transición hacía la muerte.
  Ardenkia ignoró todas las miradas que de soslayo trataban de amedrentarla, Que ignorantes… si tan solo fueseis conscientes de mi determinación. Se dirigió al cuenco que sobre un adornado pedestal con la insignia de la serpiente marina bicéfala, se imponía a la izquierda de la mesa. Allí Ardenkia sacó uno de los pequeños viales de cristal que portaba en su pulsera y arrojó un cuarto del contenido en polvo de hueso de su interior sobre el cuenco. Al momento, numerosas líneas azules se iluminaron sobre el mapa delimitando las regiones. Luego, apenas segundos después, cientos de puntos se iluminaron como luciérnagas, en una indicación inequívoca de las ciudades más importantes del mundo. 
  —¿Vas a perder mucho más tiempo con la ceremonia o puedes aclararnos de una vez el motivo de esta reunión? —exigió Zoinia Janter.
Ardenkia no contestó, simplemente se dispuso a activar otros cuencos, que imitaban al anterior en aspecto pero no en tamaño, siendo mucho más pequeños y estando repartidos a lo largo de la mesa en diferentes secciones del mapa. Ardenkia caminó frente al mesado y fue vertiendo el polvo de huesos del vial en cada uno de los recipientes, dejando unos segundos de por medio entre cuenco y cuenco, hasta finalizar su contenido en el último. 
Ahora ya podía hablar.
  —Nuestro pueblo sufre de una escasez fruto de la sobrepoblación al vernos contenidos en un territorio yermo, salvaje y escaso. Nuestras huestes y ciudadanos sufren hambrunas peores a cada invierno que pasa. Cada vez disponemos de menos esclavos que enviar al Osario de los Antiguos, por lo que buenos hombres nuestros sufren el destino que correspondería a una raza inferior. Esta es la razón de que estéis aquí —Ardenkia hizo un gesto de muestra con la mano y la mesa comenzó a iluminarse, tornando progresivamente y por zonas, las luces azules en rojas. Primero fue la región central del continente Sural, luego su desierto adyacente, Asdarh. Después los Territorios Acráticos. Finalmente las cinco naciones del sur y el Archipiélago Ambarino—. Este, es mi proyecto para la conquista de todo Nuc. 
  «Como veis, no se trata de un ataque directo que arrase con la tierra y con la gente en una ola de destrucción desmedida, como el que los ingenuos de nuestros antepasados soñaban. No, yo; Ardenkia Anghanesisthonder IV de mi nombre, someteré todo Nuc, paso a paso, región por región, con disciplina y con diplomacia. Atrás quedarán las guerras declaradas y las batallas abiertas que tantos buenos hombres nos han costado. Yo someteré  todo Nuc en la sombra, cuando se den cuenta de que están en guerra con nosotros… ya será tarde.»
  —¡Esto es traición, traición a nuestros valores! —gritó una de las asambleístas más ancianas—. ¿Piensas parar las razias a las que se dedican nuestras tropas? Es vital para nuestra economía. Estas…
  —Las razias continuarán —interrumpió Vanlia anteponiéndose a la propia Ardenkia en su replica—, la Emperatrix lo ha pensado todo, permitirá que algunos territorios enemigos nos paguen para desviarlas a otras fronteras. Eso ayudará a enfrentarlos.
  —¡Jamas! —esta vez había tomado la palabra Zoinia—, jamas… Emperatrix has cruzado una linea peligrosa… pero al menos tienes el derecho a presentar esta propuesta, pero tú…mocosa… tu sola presencia es un insulto… y aun así te atreves a tomar la palabra interrumpiendo a la venerable Odelnia.
  Ardenkia miró a Vanlia que enrojecía de ira. No pudo evitar sonreír con autosuficiencia. Tenía curiosidad por lo que tendría preparado la pequeña.
  —¡Sangre! —gritó Vanlia y se hizo el silencio.
  —¿Qué dices muchacha? —preguntó Zoinia.
  —Sangre —repitió Vanlia más calmada ahora que había atraído la atención de todas— vosotras no estaréis para ver el mundo bajo el mando de la Emperatrix, vuestra sangre bautizará nuestra conquista.
  Zoinia bufó con superioridad.
  —¿Nos estas amenazando? Sabes acaso cuál es el precio que pagarás si te atreves a…
  No acabó la frase, la anciana Odelnia comenzó a agarrarse el vientre y vomitó sangre sobre el enorme mapa. Otra asambleísta más se doblo sobre él y comenzó a echar sus vísceras en continuas arcadas. Más y más mujeres de las nobles casas se apoyaron sobre el mesado, mientras la sangre y sus estómagos expulsados cubrían y empapaban de rojo, el brillante mapa.
  Zoinia abrió los ojos aterrorizada, Ardenkia aprovecho su pavor para sujetarla con una mano por sus huesudos pómulos, típicos de las féminas de la raza electa.
  —Mírame mientras mueres, tú que has osado desafiarme. 
  —¡Te mataran por esto Ardenkia, te mataran! —dijo y no tardo en comenzar a vomitar sangre bañando el vestido oscuro de la Emperatrix. 
  —No lo harán —dijo Ardenkia a Zoinia mientras exhalaba sus últimos alientos con los ojos desorbitados de terror— No lo harán Zoinia, porque no he sido yo… yo solo lo estoy disfrutando y eso no lo prohibe la tradición, es más nos anima a hacerlo, a disfrutar del pavor que infundimos. 
  Murió y Ardenkia soltó la mano de sus pómulos, permitiendo que el cuerpo inerte de Zoinia Janter chocara contra el pétreo suelo de la estancia. El paisaje carmesí se mezclaba con el brillo rojo del mapa cubriendo la estancia de una atmósfera pavorosa.
Vanlia le sonrió con orgullo infantil mientras decenas de guardias con sus armaduras entraban en horda en el salón del mapa. Los varones electos eran musculosos y corpulentos, bajó la visera del yelmo se apreciaban los prominentes huesos ocultos bajo las cejas.
  —Lleváosla —ordenó Ardenkia a los guardias.
Vanlia retrocedió asustada hasta apoyarse en una columna del fondo.
  —¿Emperatrix? —preguntó confusa—. ¿Lo que he hecho no ha sido de tu agrado?
  Ardenkia se acercó a su rostro mientras los guardias la erguían sujetándola en jarras. 
  —Al contrarío, lo que has hecho ha sido un sacrificio necesario para la futura gloria de los electos —dijo mirando distraída la matanza que se extendía alrededor del mapa, donde las siete mujeres yacían inmóviles en sendos charcos de sangre—. Pero nuestra ley es clara mi querida Vanlia, no se puede verter la sangre de una de los nuestros y tú has vertido mucha con ese veneno… ¿qué horrible precedente sentaría sino fueses castigada por ello?
Sonrió mientras Vanlia era arrastrada por los guardias entre gritos de cólera. Ya no había nada ni nadie que se interpusiera en sus planes… ahora tenía el camino despejado para asegurar su imborrable legado. 
  Ardenkia Anghanesisthonder se acercó al mapa. La tierra se había teñido roja, el mar se había teñido rojo, las ciudades del mundo brillaban en sangre. 
  Sin duda un buen presagio. 


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