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Versión completa: [Nuc] El Traidor de Koralia
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Esta es la primera de las historias que he desarrollado para Nuc. Como advertencia, no es un relato corto, aparecerá en sucesivos capítulos (de numero todavía indeterminado) que exploraran la historia presente y pasada de nuestro protagonista. Porque esta es y ante todo, la historia de Okanu, un personaje con el que espero que en los sucesivos capítulos consigáis empatizar. Personalmente me encanta y tengo la firme creencia de que se convertirá en uno de los favoritos de Fantasitura. 



El Traidor de Koralia




Prólogo: El Desertor de las Olas

 Okanu suspiró, viendo ya a lo lejos su amada tierra. A partir de ese punto era un desertor, un traidor perpetuo al Archipiélago Ambarino. ¿Merece un hombre sin honor seguir viviendo? Cualquier Kae habría respondido con un  rotundo «¡no!». 
   Okanu desenfundo su espada, una artesanía preciosa, plana y curva con forma de garfio hacia el final de la hoja. Observó el cristal amarillo de su pomo con ceremonia, luego miró por última vez a sus preciosas islas. ¿Es posible que aún siguiendo al deber, este fallando a mi honor? Enfundó el «ámbar» (carente de vaina) de nuevo sobre el cinturón que colgaba  en diagonal sobre su cadera izquierda. Luego suspiró con los ojos entornados de lagrimas. Tragó saliva y con un nudo en la garganta, dio la espalda a todo lo que un día había significado algo para él.
  Eso fue lo más duro que había hecho en su vida, y la suya no había sido una vida tranquila. Un Kae a menudo tenía que lidiar con problemas con los que un Ambarino corriente no topaba. Recordó con disgusto amargo la dura prueba que lo había convertido en Kae, pero no tubo tiempo para mayores distracciones, le habían enseñado a mirar hacia adelante. Entrecerró los ojos de nuevo, esta vez azotados por el viento del mar abierto, y a lo lejos diviso una embarcación comercial que parecía dirigirse al este. 
  Era su oportunidad, introdujo su último polvo sagrado sobre el catalizador de la mediana canoa. Sujetó con fuerza el timón ante la aceleración súbita de la embarcación. La dirigió con la presteza que le habían inculcado desde niño, surcando las grandes olas en un ofrecimiento constante de la proa de la canoa a los muros de agua, que empecinados, trataban de interponerse a su deshonroso destino… como si de un mandato divino se tratase. 
  Las canoas de los Kaes, eran flexibles y resistentes, y estaban desprovistos de remos y velas; las propulsaban los huesos sagrados, única moneda que un Kae aceptaba como pago. 
  Atisbó la enorme embarcación de dos filas de remeros a apenas media milla de distancia. Se calzó los zuecos (puesto que acostumbraba a navegar descalzo), cuya punta terminaba en media espiral como su espada. Así mismo se ajustó bien la toga: una prenda granate con patrones rojo claro de olas; holgada y con volantes, que cubría todo su cuerpo tapando incluso su mano izquierda, pero que le dejaba en cambio, el brazo derecho completamente al aire desde la altura del hombro. El brazo de la espada, lo llamaban. Allí toco ceremonialmente sus dos brazaletes de oro, que se establecían sobre el antebrazo y bajo el hombro derechos;  símbolos inequívocos de un Kae consagrado.   
  Agitó su media melena rubia que contrastaba con su oscura piel morena, y la apretó, escurriendo el pelo apelmazado por la salitre. Luego, desmontó el pequeño catalizador de la embarcación y lo metió sobre un saco que cruzó sobre su espalda. Finalmente recogió el cabo de la canoa entre sus manos y lo enganchó uno de los arpones que habitualmente utilizaba para pescar en los arrecifes. Esas y la propia canoa eran todas sus posesiones.
  Apenas unos minutos después, se encontró a suficiente distancia de la embarcación comercial. Viajaban a media vela con los remos recogidos, a su canoa en cambio, ya se le había agotado la energía y comenzaba a zozobrar entre olas. 
  Solo tendría una oportunidad.
  El barco paso por su frente. Okanu, en un gesto de destreza que solo permite la experiencia, lanzó el arpón a modo de lanza sobre la cubierta. Pronto notó como la cuerda se tensaba entre sus manos. Se aferró a ella. 
  Siguió su camino con la inercia del tirón, impulsándose sobre las olas hasta que consiguió apoyar sus zuecos de madera sobre el costado de la embarcación. Haciendo a un lado la larga manga de su lado izquierdo, se asió con la fuerza de sus trabajadas manos a ese cabo, y comenzó un lento ascenso. 
  Por fin, desde la cubierta, sus ojos ambarinos observaron como una de las dos posesiones más valiosas de un Kae, su embarcación, moría entre las olas. No pudo evitar acariciar con nostalgia el pomo cristalino de la espada. Aún así, alzó la cabeza con determinación, cumpliría su propósito; luego volvería a casa a morir por sus pecados… solo así un Kae podía restaurar su honor.

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El Traidor de Koralia


Capítulo 1: El Extranjero Taciturno

 Okanu los encontró tan altivos, como solo los habitantes de la antaño poderosa Nygr-Thothep podían ser. El buque birreme era una mole de madera, superior en tamaño a la mayoría de naves ambarinas, aunque por ello también más pesada y lenta, menos maniobrable en definitiva. Aquella cosa no surcaba las olas con la delicadeza acompasada a la que Okanu estaba acostumbrado, en cambio parecía golpearlas en cada pendiente, no seguía ni aprovechaba los vientos y corrientes, los desafiaba a cada pulso como solo un orgulloso thothepnio o un demente se atrevería. 
   Lo cierto, es que Okanu se sintió desconcertado, había visto numerosas veces los birremes de Nygr-Thothep, pero había una diferencia insalvable entre verlos y habitarlos. El precio de los coletazos, cabeceos y balanceos intermitentes, era una inestabilidad que comenzaba en sus piernas y se extendía lastimosamente hasta el estomago. Era una vergüenza, un despropósito. Okanu, orgulloso Kae del Archipiélago Ambarino, marino y guerrero a partes iguales por juramento, estaba mareado como un infante en su primera vez abordo.
   Con su incursión, los marinos thothepnios que trabajaban en cubierta, dieron la alerta, suponiendo equívocamente un ataque. Los ánimos se enfriaron cuando Okanu se arrodilló dejando su espada sobre el suelo, esperando paciente a la llegada del capitán. Resultó, que la generosidad de los thothepnios no estaba a la altura de su arrogancia. Okanu sería alimentado y podría continuar la travesía, siempre y cuando, a su llegada a puerto consiguiera el pago requerido. 
   Por supuesto viajar de polizón no era una experiencia nueva para Okanu, pero sí hacerlo bajo esas sensaciones enfermizas. Cada vez que se acercaba a la borda para expulsar el alimento que rebelde se negaba a asentarse, los marinos exclamaban burlándose de sus dolencias. 
   Una experiencia nueva no debe nunca asustar a un Kae, se dijo con determinación, aunque en el fondo era bien consciente de que esa, era una experiencia que no debía haberle supuesto ningún desafío. Desanimado por los días en la mar, acosado por el remordimiento de sus acciones y vencido por los mareos, Okanu durmió. Durmió en una de las múltiples hamacas que colgaban indómitas de los baos de la embarcación.
   Cuando le despertaron indicando la llegada a puerto, las piernas de Okanu todavía temblaban por la inercia y el poco alimento que había logrado asentarse durante la travesía. Aun así, apenas puso un pie fuera de la embarcación se sintió reconfortado. Seguía sintiéndose avergonzado de haber sentido el mal del mar, pero al menos confiaba en no volver a ver a eses hombres nunca más. 
  Pronto el destino le hizo lamentar ese pensamiento. Un joven de piel caoba bajó la escala de madera hasta su encuentro. Portaba ropajes blanquecinos y sedosos que contrastaban con su piel y a su espalda cargaba un enorme macuto llenó de bolsillos cosidos y con una especie de alfombra enrollada sobrepasando la altura de su cabeza. 
   Enseguida lo reconoció, era el ayudante del cocina de la embarcación. El capitán le había dejado un regalo inesperado para asegurarse el pago, había encargado al pobre marmitón que vigilará a Okanu. Eso lo molestó profundamente, dudar de la palabra de un Kae era una afrenta imperdonable en las Islas Ambarinas. Pronto sintió un nuevo y amargo sentimiento arraigando en su interior. 
   Yo ya no soy un Kae… no después de dejar las islas.
   —Mi nombre es Ídrish, buen señor. El capitán me ha pedido que le acompañé por si necesita ayuda en la bella ciudad de Arc-kaham.
   El capitán no se fía de mi, y por lo que veo tampoco te tiene demasiado aprecio, pensó para sí mientras se limitaba a asentir. Algo le distrajo de la presencia del marmitón, ¿qué podían ser aquellas cosas que se alzaban como montañas en el centro de la ciudad?
   —A mí me parece un lugar espectacular ¿no cree, buen señor? —continuó el joven sin dar tiempo a respuesta—. Es ciertamente un lugar increíble, este es uno de los motivos por los que me uní al barco del capitán Akhen, conocer lugares así… creo que los thothepnios no tienen comparación en cuanto a la arquitectura… la escultura en cambio es ciertamente mejorable, tal vez deberían aceptar las nuevas corrientes y dar cierta profundidad a sus grabados. Por ejemplo, ¿ve ese templo de la izquierda? Porque todas las figuras parecen estar atravesando una grieta estrecha, ¿es qué acaso la gente camina toda así, con una mano delante y otra detrás y más planos que las semillas en un mortero? No se preocupe, como puede comprobar el tamaño de los monumentos compensa de sobra la visita.
   —Creo que ya empiezo a entender por que el capitán te manda conmigo… —dijo Okanu sin querer más alto de lo que pretendía. 
    —¿Ha dicho algo?
   Okanu carraspeó disimulando.
   —¿Qué son esas montañas enormes?
   —Son pirámides por supuesto, la que destaca sobre los demás es una escalonada. Las utilizan para ritos religiosos —y añadió por lo bajo—. Los thothepnios son ciertamente megalómanos ¿no cree?
   —Sí que te gusta hablar —dijo de nuevo sin pretenderlo.
   —¿Cómo dice?
   —Tan solo me preguntaba que hace un hijo del desierto de Argash, nada menos que navegando en un barco. Creía por cierto, que los tuyos rehuían todo lo concerniente al mar.
    —Ya ve, yo también creía que los suyos tendrían un estomago menos delicado.
   —Para ser un hijo del desierto tienes la lengua bien afilada —replicó Okanu a punto de perder la paciencia.
  —Ah, creías que éramos todos unos paletos, para ser un honorable Kae tienes demasiados prejuicios. 
   Okanu enrojeció avergonzado. ¿Quién demonios era ese Ídrish? ¿Cómo era posible que un chico del desierto estuviese embarcado y hablara con la agilidad de un erudito? Okanu respiró profundo hasta recuperar el temple perdido.
   —Me disculpo, he sido pretencioso. ¿Cómo es que sabes que soy un Kae?
  —Tus ropajes, tu espada y tienes el brazo derecho al descubierto con dos brazaletes dorados —enumeró el joven como haciendo memoria—, aunque nunca había oído antes que portaseis eses colgantes.
   Okanu se llevó la mano al cuello instintivamente y ocultó el pequeño colgante azulado con forma de timón bajo sus densos ropajes.   
   —Entiendo que se me reconoce, pero ¿dónde escuchaste sobre nosotros?
   El chico se encogió de hombros.
   —Me gusta mucho leer y también escribir, por eso viajo, sino de que demonios iba a escribir —dijo como si fuese evidente—. Trato de ir apuntado todo respecto a las poblaciones que me encuentro allá donde desembarcamos, es un buen trato, el capitán Akhen me ofrece comida y alojamiento gratis, tan solo tengo que limpiar y ayudar en la cocina.
   Solo un thothepnio sería capaz de hacerte sentir que te hace un favor cuando en realidad le sirves gratis, pensó Okanu divertido, pero decidió dejar al joven sabio viviendo en su ignorancia.
   Caminaron por las arenosas calles del puerto en dirección al centro de la ciudad. Las enormes pirámides eran una visión desconcertante para una persona que nunca antes había pisado una urbe fuera de sus islas. Aun así Okanu, no se sentía perdido del todo, al menos sabía lo que buscaba, necesitaba a un usurero, necesitaba empeñar su catalizador para poder pagar al capitán y tener algo de dinero con el que poder continuar libremente su camino. No sería fácil, ni ético, pero algún día lo recuperaría, fuese al precio que fuese. Ídrish caminaba a su lado sudando a borbotones por el macuto a su espalda, lo llevaba firmemente sujeto con unas correas que se escondían bajo sus hombros. El muchacho aun así, parecía acostumbrado al calor desértico de su tierra, por lo que no se oía lamentó alguno por su parte.
   Por fin vio el cartel característico que buscaba. Un monigote arrastrando el peso de un saco de monedas sobre la espalda, todo pintado en una tabla medio podrida. 
   —Anda, lleva un macuto como yo —dijo el joven sorprendido del cartel.
   —Sí, si lo que llevas en la espalda es una deuda. 
Ídrish bufó descontento.
   —¿Te han dicho alguna vez que eres un borde?
   Okanu lo ignoró.
   —¿No tenéis usureros haya en el desierto?
   —¡Ah, un usurero! Lo he leído antes —dijo poniéndose de puntillas para ver más de cerca el cartel— No, no tenemos este tipo de oficio en el desierto. 
   —Ya lo imagino, que ibais a empeñar… ¿arena?
   —¡Ves! ¡Ya lo estás haciendo otra vez!
   Okanu le ignoró por enésima vez y se dirigió al interior de la tienda. Numerosos objetos ocupaban el lugar haciéndolo casi intransitable. Las paredes estaban cubiertas de tapices y alfombras y en el suelo se acumulaban numerosos objetos: armas, vasijas y hasta ropajes. Se coló entre un enorme mueble y una estatua que obstaculizaban la llegada al mostrador, allí esperaba un anciano con la piel ajada y moteada por el sol.
   —Empiezo a entender porque dibujan a la gente plana —dijo Ídrish tras atravesar con dificultad el obstáculo. 
   —Quieres dejarme un poco de intimidad.
   —El capitán dijo…
  —¡Bah! —gruño Okanu frustrado y se dirigió finalmente al dependiente— Me gustaría empeñar esto —dijo mientras sacaba el catalizador de su canoa del pequeño saco que llevaba cruzado a la espada.
   —Iuk ej´mek Anxk yuta senp —dijo el anciano en la lengua de Nygr-Thothep.
   —No hablo tu lengua anciano.
   Ídrish soltó una carcajada.
   —Él tampoco habla la tuya, ¿crees qué todo el mundo habla el idioma de tus islas?
   —¿Pero al menos hablará la lengua común no?
   —No, solo habla la lengua de su tierra, suerte que me tienes a mí, el capitán fue listo cuando creyó que tendrías problemas —Okanu trató de replicar pero Ídrish le frenó con un gesto—. Dice que te puede dar cien Nygris. 
   —No quiero monedas, un Kae siempre cobra en… —no terminó la frase—. Trata de negociar algo de hueso de por medio y dile que no lo venda, dile que pagaré cada moneda que valga recuperarlo.      Te espero fuera. 
 Se dirigió taciturno hacia el exterior, ¿qué estaba haciendo? Megaleia todavía estaba muy lejos, no había hecho más que comenzar su camino y cada pequeño paso pesaba ya como una losa. 
  Ídrish terminó rápido y le ofreció una pequeña bolsita con poco de hueso y un saquito de monedas.  Recogió el saquito y lo puso a buen recaudo. 
   —¿Cuánto hay ahí? —preguntó Okanu refiriéndose ahora a las monedas,.
   —Veinte Nygris.
   —¿Le llegará a tu capitán?
   —Con la mitad debería llegar.
Okanu asintió conforme. 
   Se dirigieron de camino al puerto deshaciendo lo andado, hasta que Okanu desconfiado pego un pequeño tirón a Ídrish y lo condujo a través de un callejón. 
   —¿Qué haces? —protestó el muchacho.
   Okanu miró de reojo a su espalda. 
   —Me dio la impresión que nos seguían desde que abandonamos la casa de empeños. 
   —¿Y bien?
   —Estaba en lo cierto.
   Ídrish abrió la boca para exclamar, pero Okanu lo silenció con un gesto.
   —Cómo puedes estar tan tranquilo —susurró en cambio. 
  —Haremos lo siguiente, yo los conduciré hasta fuera de la ciudad, salda tú de mi parte  la deuda con el capitán… ¿quieres?
   Ídrish asintió nervioso, pero justo cuando doblaban una esquina y sin tiempo a replicar, Okanu le dio un empujón haciéndolo caer en el interior de una tienda. Aprovechó para aumentar el paso. En la siguiente esquina advirtió aliviado que los misteriosos hombres le seguían. Avanzó hacía la muralla exterior de la pequeña urbe echando vistazos a intervalos, hasta que finalmente comprobó como los hombres aumentaban también el paso. Entonces corrió y corrió hasta abandonar las murallas.
   Apenas dejó atrás las murallas, se internó entre los secos arbustos que adornaban salteados el paisaje. Caminó y caminó hasta que consideró que era un lugar adecuado. 
Entonces se sentó con las piernas cruzadas y desenfundó su espada, el ámbar, y lo puso ceremonialmente sobre la arenosa tierra. Siguió la hoja con la vista, el pomo adornado con el cristal de azufre, la sencilla empuñadura en cruz, la hoja ancha, curva hasta convertirse en una media espiral en la punta. Un arma bella, pesada al tacto, pero perfectamente balanceada… y afilada como la sonrisa de una joven.
    Sus perseguidores llegaron, eran cinco hombres corpulentos. No saludaron, se limitaron a exigir el dinero que le había dado el anciano usurero. La amenaza fue clara, o se le daba o lo recogerían de su cadáver. Okanu era muchas cosas, pero no era un ingenuo, era consciente de que probablemente el mismo anciano los había mandado. Pobres necios, creyeron que corría por temor, creyeron que escapaba de ellos. Un Kae siempre daba al destino la posibilidad de eludir el conflicto, pero cuando llegaba, un Kae siempre abrazaba cualquier desafío.
  
 Ídrish llegó atropelladamente a la pequeña colina por la que había visto subir a los hombres en la distancia. Se quedó agazapado detrás de un arbusto observando curioso y temeroso a partes iguales. Lo siento mama, siempre me lo dijiste, se dijo recordando a su vieja y gruñona madre, que siempre le decía que algún día su curiosidad le mataría. Qué le iba a hacer; su madre probablemente tuviese razón, en realidad  las mujeres de Argash solían tener razón, no por nada guiaban a su pueblo era tras era. La tensión le hizo recordar igualmente como su padre le decía a veces: «el día que no nazcan mujeres nos extinguiremos, me oyes, nos extinguiremos», cierto es, que su padre probablemente se refiriese a motivos de otra naturaleza. 
   Ídrish avanzó hasta un segundo arbusto, mucho más cercano, allí pudo oír la conversación. Los asaltantes pedían el dinero, eran altos los cinco, de piel morena, por los ropajes probablemente gentes de Gajlilit, no estaba seguro. En cualquier caso, era mucho más altos que el ambarino. El Kae estaba sentado sobre la tierra, en silencio, con la espada dispuesta a escasa distancia sobre el suelo. Un escalofrío recorrió la piel de Ídrish, el Kae a todas luces se había rendido. 
Entonces, ante la falta de respuesta los maleantes desenfundaron unas hojas rectas y anchas, un tipo de espada corta muy popular por su fácil manejo. Se acercaron al Kae… y sucedió lo inexplicable. 
El Kae rodó desde su postura en el suelo recogiendo su espada, mucho más larga que las otras. La agitó todavía en el suelo en un amplio circulo.
   Ídrish soltó un grito que resonó en el vacío. Dos de los atacantes quedaron con las piernas completamente cercenadas, arrastrándose mientras se desangraban por el suelo. El Kae ya sobre sus pies, esquivó una estocada al corazón haciendo derrapar sus zuecos. Luego agitó su espada en el aire, haciendo que el gancho del extremo de la hoja, se clavara al cuello de uno de los atacantes, atrayéndolo hacía él y desgarrándolo. De un brazada lo arrojó al suelo. El maleante se agarró inútilmente el cuello hasta sus ojos quedaron inmóviles. 
   Ya solo quedaban dos atacantes, que ahora, titubeaban. 
   El Kae no esperó, corrió hacia ellos y saltó en una acrobacia mientras desviaba una estocada con su espada, utilizó el gancho de la espada, esta vez para desgarrar el gemelo de uno de los hombres. El desdichado cayó sobre una rodilla, fue suficiente para que con la vuelta de la hoja su cabeza saliera despedida. 
   El último hombre soltó su espada sobre la ensangrentada tierra y se arrodilló pidiendo piedad. El Kae sacudió la sangre de la hoja, e Ídrish se sorprendió al observar como se la sujetaba al cinto. 
   —Eres libre de irte —le dijo el ambarino— Dile al anciano que no venda lo que es mío, y yo le daré lo que es suyo.
   El hombre se alejó por la pequeña colina abajo como alma que lleva el diablo, tropezó varias veces antes de perderse en la distancia. 
   Ídrish buscó las palabras adecuadas, pero no las encontró. La grosera escena lo había dejado en shock. 
   —Veo que has vuelto —le dijo el hombre de la toga roja deshaciendo el silencio—. ¿Has entregado el dinero al capitán?
   —Sí… —dijo Ídrish sin dejar de mirar los cuerpos que yacían sobre la arena enrojecida.
   —Es imposible que te diera tiempo. 
   Ídrish se concentro por primera vez en la mirada del Kae, parecía triste. 
   —Envíe a un mensajero con las monedas— mintió.
   Entonces sorprendentemente, su rostro se iluminó. 
   —Me alegra enormemente oír eso, no me atrevería a volver justo ahora a la ciudad, no me conozco las leyes de Nygr-Thothep, y probablemente lo que he hecho inflige unas cuantas.
   —Solo te estabas defendiendo…
   El Kae negó agachándose sobre los cuerpos.
   —No me han hecho ni un solo rasguño, sería difícil demostrar lo que dices. 
Ídrish asintió comprensivo.
   —Entonces tendremos que hacer noche fuera de la ciudad. 
   —¿Tendremos?
   Ahora asintió efusivamente.
   —Así es, después de lo que he visto hoy aquí, creo que voy a seguir tus pasos muy de cerca, los Kaes sois verdaderamente… interesantes. Además, te vendría bien un traductor, conozco unas cuantas lenguas y soy capaz de chapurrear en otras cuantas —dijo orgulloso, por fin conseguía distraer su mente de los restos de la batalla—. Ambarino, dime ¿Cómo te llamo?
   —Mi nombre es Okanu, y en realidad soy de Koralia
   Caminaron hasta abandonar el montículo y dejar atrás los desdichados cuerpos de los maleantes. Anduvieron lo que consideraron una distancia prudencial, hasta que la noche se impuso al día y la oscuridad no les permitió ver ni a tientas. Entonces Ídrish deshizo su macuto y lo extendió por el suelo. Utilizando el pedernal junto con unos palitos de arbustos hizo un buen fuego. Luego extendió una alfombra sobre la tierra y le dejo una de sus mantas a Okanu.
  —Lo siento koralino, no tengo más alfombras, tendrás que conformarte solo con la manta.
  —Gracias, es más de lo que podía esperar —dijo el Kae con la mirada perdida en pensamientos por los que Ídrish pagaría gustoso— ¿por qué no lo dejaste en el barco? —le preguntó finalmente Okanu.
   —¿El qué?
   El hombre de cabellos rubios le señaló al macuto.
  —Ah esto —dijo tocando de refilón la enorme mochila, que ahora yacía abierta sobre el suelo—. No es que no me fie de los thothepnios de nuestro barco, ellos nunca robarían, lo sé. Es solo que este macuto es mi hogar, no puedo dejarlo atrás… ¿Tú no te llevarías tu hogar contigo si pudieras?
   Esta vez, la mirada del Kae se perdió en la noche estrellada y a Ídrish le pareció apreciar un brillo acuoso en sus ojos .
   —Créeme… lo haría.


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El Traidor de Koralia


Capítulo 2: El Niño de las Tres Mentiras



   17  años antes.

   Descubrir que tus padres no te quieren, es algo difícil de asimilar para un niño. Okanu a sus trece años ya no lo era, pero lo había sido; y como otros muchos infantes tirados por las calles de Ambaria, había sollozado inconsolablemente, noche tras noche, tan solo abrazado por los espinosos lazos de la desdicha. 
   La mayoría de los niños a diferencia de él, eran huérfanos. Por vergüenza comenzó a decir que él también lo era. Esa fue su primera mentira, era más fácil vivir pensando que no tenía padres como los otros chicos, que asumir que los tenías y te rechazaban. Lo más duro era pasear por la Vía Roja, principal calle de Ambaria, donde los estandartes granates de los comercios y tiendas marcaban en letras doradas sus rentables oficios. Era duro avanzar por esa senda pavimentada y rebosante de vida, pero más difícil era girar tu vista hacía aquel tapiz con una hogaza de pan dibujada. Era tremendamente duro pasar de largo viendo como tus padres, panaderos de oficio, de saber te tu presencia no ofrecerían ni unas migajas a su propio hijo hambriento. Pero Okanu se decía que no los necesitaba, ni a sus padres ni a sus hermanos, los cuales sí eran aceptados. Había aprendido una dura lección a una pronta edad, sí quieres algo tienes que cogerlo; esa fue la segunda de las mentiras. 
   Toriko, su compañero de escondrijo y pillaje, era el único que conocía la verdad sobre los padres de Okanu. Contárselo fue un error que no repetiría, puesto que entre los ladronzuelos no existía verdadera amistad. Era un joven hablador y mucho más risueño que Okanu, tal vez porque no había conocido a sus padres, y Okanu consideraba que uno no puede lamentarse de perder la dicha que no ha conocido. El joven trataba de incitar a Okanu a que pidiera limosna frente a la panadería familiar. Toriko era un joven inteligente, sabía que los padres de Okanu jamas lo alimentarían de buen grado, pero tal vez, sí lo harían por la vergüenza que supondría tener a su propio hijo de rodillas frente a sus puertas, con una multitud para comprobarlo. Pero Okanu, pese a que se consideraba un pillastre y mendigo como los demás, creía tener algo de lo que los otros jóvenes carecían, el orgullo. Esa era su tercera mentira. 
   Tres mentiras con las que trataba de engañarse a si mismo por encima de todo lo demás. Okanu seguía teniendo padres aunque lo ocultara, Okanu sabía que estaba mal coger lo de los demás. Y Okanu en el fondo de su interior, sabía que los niños de la calle carecían de orgullo; en cambio, tenían tres cosas verdaderamente importantes: hambre, soledad y miedo.
  —Hazlo, insisto. Hazlo, hazlo, hazlo y hazlo.
   Okanu suspiró orgulloso, pese a que era consciente de que la idea de Toriko probablemente funcionaría.
  —No lo haré, no suplicaré por una hogaza de pan en medio de la Vía Roja.
 —Tienes razón, suplicaras por media, no olvides que la idea es mia. Y alégrate de que me quede la mitad, por lo menos tengo el doble de hambre que tú.
  —Tiene sentido, también estas el doble de gordo. Estoy seguro de que eres el único mendigo gordo de todo el Archipiélago Ambarino.
 Toriko se miró de arriba abajo y finalmente esbozó una sonrisa autosuficiente mientras se palpaba la panza con jubilo. 
   —Mi gordura es la razón por la que deberías hacerme caso, tú lo has dicho, estoy bien alimentado, eso demuestra que mis ideas funcionan.
  —Te lo he dicho, no pienso suplicar… pero tal vez podríamos coger dos hogazas… o más, y así ya no habría que partir una.
Toriko le miró como si lo hiciese por primera vez, con el regordete rostro visiblemente asustado.
  —Dicen que a Ake le costó la mano. Si robamos en la Vía Roja nos castigaran con severidad, todo el mundo lo sabe. En otros sitios hacen la vista gorda, pero ahí… —dijo señalando la calle que se abría ancha y reluciente ante sus ojos— ahí vienen gentes de todas partes, al final de esa calle esta la residencia del Áker de Ambaria, siempre hay gente importante yendo y viniendo…
   —Para ya, ¿en serio me estás diciendo que eres un cobarde? Recuerda que los panes que hacen ahí no son como los del puerto, no llevan trompicones de sal por el medio… ni piedras. He oído que incluso son dulces.
   —¡Mientes!
   —Dulces…
   Toriko tragó saliva y luego bufó despectivo. 
   —Sé lo que intentas… convencerme por el estomago.
   —Que otra opción tengo si no tienes cerebro —le dijo mientras le sacudía el cabello, tan rubio como el suyo propio—. Venga, confía en mí, ya se me ocurre un plan. 
   Era cierto, algo había pensado, el riesgo no debía de ser muy grande. Toriko tenía razón en una cosa, que fueran sus padres le daba cierta ventaja.
  Avanzaron sombríos por la adornada calle. Las gentes con las que se cruzaban, en su mayoría destacaban por vestir el tradicional Armek, una prenda holgada y granate que cubría por completo el cuerpo de los varones. En las mujeres en cambio la tela era más anaranjada y desaparecía en la zona del ombligo y se ensanchaba en una holgada falda  hasta los tobillos. Esas prendas eran tradicionales, pero solo los vestían los verdaderamente pudientes. 
  Igualmente multitud de orfebrerías triunfaban, con clientela que se arremolinaba en un constante entrar y salir. Era una de las señas del Archipiélago, sobre todo de la isla de Ambaria, las joyas que allí se trabajaban, las vestían en innumerables reinos, de los que Okanu apenas sabía más que su mera existencia. Había oido hablar de otros rateros que habían probado a robar joyas, pero Okanu sabía que no merecía la pena el riesgo. Para venderlas necesitarías contactar con alguna banda, y se decía que pagaban en hogazas de pan… Okanu lo tenía claro, mejor robar el pan directamente y ahorrarse los desagradables intermediarios. Por desesperación había pensado en unirse a una, sobre todo antes de mudarse a Ambaria, cuando vivía en Iktar, pero sabía que corría menos riesgo por su cuenta; aunque por supuesto, también pasaba más hambre.
   En los ocho meses que llevaba en Ambaria había descubierto que sus padres seguían allí, frecuentando el buen negocio familiar. Ahora, había conseguido llenarse de valor para hacer algo más que pasar por delante de la tienda y echar miradas furtivas. Ahora les robaría a sus padres una insignificante parte de lo que le habían robado a él.
    —Yo entraré —dijo cuando estaban ya a escasos pasos de la tienda.
   Que el pan estuviese expuesto en el interior, era una seña en toda regla de que no se trataba de un negocio común. La mayoría de puestos de Ambaria se situaban al aire libre, algunos, los que tenían suerte, tan solo aprovechaban la protección de los pórticos de columnatas para resguardarse y no exponer demasiado la mercancía al sol y la lluvia. El resto, que era una mayor parte, se las arreglaban con toldos coloreados de amarillo claro; el color de las islas.
   —¿Qué haré yo? —preguntó Toriko.
   —Tu harás el robo en sí, yo los distraeré. Cuando veas que desaparecen del mostrador, entras como un cliente más —Toriko se miró sus ajadas ropas y alzó la vista con incredulidad—.No te preocupes, me aseguraré de que no hay nadie a dentro. Eso sí, cuando salgas, no corras o llamarás la atención.
    —¿Y si me paran? —dijo con un hilillo de voz.
   —Pues dices que es pan del días anteriores… si no cuela echa a correr —le dijo encogiéndose de hombros. 
   Okanu, no supo si Toriko estaba demasiado nervioso para hablar o todavía estaba decidiendo que hacer. Decidió que no le daría tiempo a una posible protesta, por lo que se encaminó hacia el negocio. 
   La puerta estaba completamente abierta. Era una invitación a entrar para cualquier cliente. Por supuesto, no para él. Aun así decidió no pensarlo más, se había acostumbrado a hacer las cosas que menos le gustaban con rapidez y eficacia, así pasarían antes, así no tendría tiempo de arrepentirse. Un joven de pelo rubio (y aunque alborotado como el suyo, se encontraba mucho mejor peinado), le dio una fría bienvenida.
   —¡Padre! —gritó el muchacho.
  La persona a la que Okanu recordaba apareció entre unas cortinas que servían de división. Era el hombre de siempre, mandíbula cuadrada, piel oscura y moteada, pero con hebras canosas que sustituían a su antaño dorado pelo.
   —¿Tú? —casi palideció como si viera a un espíritu de esos de las leyendas.—. ¿Cómo… cómo te atreves a presentarte aquí?
   —Soy tu hijo, por lo que veo mi hermano no necesita permiso alguno.
   Su padre bufó con estupor.
   —¡Tú nunca has sido mi hijo! ¿Qué es lo que quieres?
   Comer y un poco de aceptación por tu parte, dijo para sí, puesto que la tercera de las mentiras evitaba que lo dijese en alto.
   —Quiero algo de dinero a cambio de no quedarme a mendigar delante de tu puerta. 
   Su padre enrojeció de ira, titubeó por un instante y finalmente asintió comprensivo. 
  —¡Vente niño del maldito solsticio! Vente, te daré lo que pides y no volverás, ¿de acuerdo? —Okanu asintió tratando de demostrar dignidad—. ¿Lo prometes?
   —Sí.
   —Arno, vigila la tienda quieres —dijo dirigiéndose al muchacho, al que Okanu llevaría como mínimo un par de años.
   —Que se venga también, es mi hermano, que sea testigo de mi promesa.  Llama a madre también si lo deseas.
    —Tu madre ya no esta entre nosotros.
   Se le hizo un nudo en el estomago. ¿Cómo podía sentir tanto la perdida después de como le habían tratado? Recuperó el temple recurriendo a la primera mentira, él no tenía padres, para él habían muerto hace mucho.
   Las paredes del edificio eran de piedra, por lo que la habitación era fresca. No así el suelo, surcado de tablones de madera. Su padre recogió un cofre bajo una de las tablas, no se molesto en evitar que Okanu lo viera, probablemente no volvería a guardarlo en aquel lugar. Del cofre retiró una única moneda de su interior. Era un Oko de plata, la moneda más alta de las islas. Por una cara se mostraba al enorme volcán y dios de su pueblo, Ukanakia; por la otra cara se mostraba la efigie del Principe de las Olas, soberano de todo el Archipiélago Ambarino. Era una importante suma de dinero para un vulgar niño de las calles, tal vez su padre en el fondo le quería… o eso querría creer
  —Has hecho una promesa, ahora vete, y no vuelvas jamas a pisar esta tienda.
    No, era imposible que le quisiera. Antes de dirigirse al exterior, miró hacía el mostrador, luego miró el Oko de plata. Su padre y su hermano todavía no habían cruzado la cortina, sin pensarlo dos veces, arrojó el Oko sobre una cesta bollos dulces. Entonces, ya sobre la Vía Roja, caminó erguido, pero inseguro. Orgulloso y estúpido de su reacción, con esa moneda podría haber comido un mes como mínimo. Aun así, lo que más le dolía era reconocerse el chantaje efectivo que su sola presencia había supuesto a su padre. Pronto divisó a Toriko temblando de arriba abajo mientras dos hogazas sobresalían por cada manga de sus harapos. 
   —Ha salido bien —dijo como si necesitase confirmarlo—. Aun no me lo creo, ha salido bien, bien, bien.
    —Sí, supongo. 
    —Entiendo que tu padre se ha llevado una sorpresa…
   El joven se interrumpió y se alzó de puntillas para mirar por encima de la multitud de cabezas rubias, entre las que solo contrastaban un puñado cabellos castaños.
   —No, no, no… 
   —¿Qué ocurre?
   —¡Un Kae! ¡Oh por Ukanakia! ¡Corre!
  Okanu miró de refilón como un brazo desnudo y con adornos dorados se abría paso entre los viandantes. No fue algo que consideraran necesario discutir, los dos corrieron y se dispersaron. Entonces perdió de vista a Toriko… y al Kae. Cuando se sintió a salvo, se paro entre las oscuras paredes de un minúsculo callejón. Y respiró. Su pecho tardó en acostumbrarse a la nueva calma.
  Más tranquilo ya, comenzó a buscar con la vista a su compañero. No se preocupó, pese a su peso, Toriko era increíblemente rápido. Pero pasaron los minutos, y comenzó a sentirse algo inquieto. Finalmente agobiado ya por la espera decidió caminar, aún consciente del riesgo, deshaciendo lo andado hasta llegar a la Vía Roja. 
  A su pesar, localizó al hombre que vestía el Armek tradicional, con característicos patrones de olas rojas claras, surcando la tela granate en varias franjas superpuestas. Portaba una espada con remate en espiral, que se balanceaba en su cintura, libre de funda. El brazo derecho al descubierto, dos brazaletes dorados adornando a diferentes alturas. Pelo negro moteado en tonos grisáceos, barba rala también grisácea, mirada severa en sus ojos oscuros. No era un nacido en las dos principales islas del Archipiélago, Ambaria y Ranían, donde la gente poseía el pelo y los ojos dorados. Pertenecía indudablemente a las islas menores, era el primer Kae que Okanu veía de esa procedencia. 
   Con su musculoso brazo descubierto, arrastraba al pobre Toriko cogido del cuello de sus harapos. El muchacho pataleaba sin soltar las hogazas de pan y el hombre lo zarandeaba en el aire por momentos, tratando de que se estuviese quieto. Okanu tragó saliva y se limpió el sudor perlado de la frente. No debía de ser fácil levantar con un brazo a un muchacho como Toriko. 
  Tenía que hacer algo, tenía que intervenir, lo que estaba ocurriendo era culpa suya, había sido idea de él.
   —¡Espera! —gritó todavía sin ser consciente de lo que estaba haciendo.
   El imponente hombre se giró despacio y habló con una voz controlada.
   —Bien, creo que es a ti a quien busco en realidad, cierto panadero te ha acusado de un robo grave. Creo que no había advertido lo de estas hogazas.
  —Déjalo ir a él, no puedes capturarnos a los dos a la vez. Además, fue idea mia —dijo mostrando un valor que desconocía tener, en ese momento no se sentía intimidado por las consecuencias, estaba haciendo lo que debía. 
   —Si lo dejara ir… ¿cómo sé que no trataras de huir de nuevo?
   —Te doy mi palabra.
   —La palabra de un ladronzuelo no vale nada.
  Tenía razón, pero Okanu se había dicho así mismo tantas veces que robar era lo único que podía hacer por sobrevivir. Se había escudado en una mentira durante años. Solo entonces, delante de las consecuencias mismas de sus actos lo supo, siempre hubo otro camino… otro camino que no significara dañar a otros para su propio beneficio. La segunda mentira se disolvió entre sus dedos mientras cerraba sus puños. 
   —Ponme a prueba —dijo desafiante.
   El Kae asintió, soltó al regordete muchacho tras asegurarse de recuperar las hogazas de pan. Le propinó una patada en el trasero como despedida justo cuando Toriko comenzaba la carrera. Huyó dolorido y hambriento. 
   Okanu en cambio se quedo allí de pie, esperando como había prometido. El Kae pareció sorprendido, aun así lo agarró por el cuello como había hecho con su compañero, pero con menos fuerza, tal vez porque él no trato de hacer resistencia. Le guió paso a paso hasta la panadería de su padre. Allí afuera, esperaba él con su malhumorado rostro cuadrado.
    —Veo que sigue vivo —dijo con desdén.
   —Me cree capaz de matar a un muchacho hambriento —dijo el Kae arrojando las hogazas al regazo de su padre, que las recogió con presteza. 
   —Han robado algo más que unas barras de pan, ¿cree que sino le habría llamado?.
   —No hemos robado nada más —se defendió Okanu.
   Su padre sonrió con astucia.
   —Han robado un Oko de plata mi Kae. Lo he visto.
   —No lo he robado, él me lo entregó, es… es… es mi padre —las palabras de la primera mentira se disolvieron en el aire, reconociendo la verdad más dura de todas. 
   Su padre enrojeció de ira como tantas otras veces había visto.
   —Es un nacido del solsticio, no es mi hijo y jamas lo será.
   —¿Le entregó usted el Oko o no? —preguntó el Kae con sosiego.
   —Lo robó, ¿a quién vas a creer al pillastre o a mi? 
   El Kae suspiró, pero se volvió hacía Okanu. 
   —Dámelo, o tendré que arrancártelo yo.
   —Él me lo dio, lo juro, pero no me lo llevé, no quiero nada que provenga de sus manos. Sigue en esa tienda, esta entre los Bollos dulces. 
   El Kae se dirigió al interior sin esperar al permiso de su padre, rebuscó entre los bollos y volvió al exterior hasta quedarse cara a cara con el padre de Okanu. Su hermano observaba  temeroso, desde dentro. 
  —Tómela —dijo el Kae a su padre arrojando el Oko plateado con un chasqueo de dedos—, el delito por el que me llamó, no es tal.
   —Aun así me robó dos hogazas.
  —En realidad fue su compañero, no fui capaz de cogerle, pero tiene aquí mismo las dos hogazas.
   —¿Me esta diciendo que se va a ir sin castigo? ¡Fue complice del robo! No se va a ir de aquí sin un resarcimiento.
   El Kae asintió. 
   —Así sea pues, arreglémoslo con una disculpa. Vamos joven. 
   —No es… lo que quería decir —intervino el panadero.
   —Pues es lo que ha dicho, y supongo que no querrá contradecir a un Kae… ni siquiera a uno de pelo oscuro —añadió viendo las intenciones del padre—. Vamos discúlpate muchacho, y acabemos con esto de una vez. 
   No podía, no podía tragarse su orgullo. No podía. Simplemente no podía. Era un mendigo, pero incluso para alguien como él, sería caer demasiado bajo. El Kae pareció comprenderlo, lo apartó a un lado y se agachó junto a él. 
   —¿Qué es lo que ocurre?
   —No puedo.
  —Entiendo lo que sientes, pero él tiene razón, has cometido un delito, ¿prefieres pagar perdiendo una mano en lugar de ofrecer una simple disculpa? —Okanu asintió tozudo—. No lo dices enserio. Contéstame a esto, ¿por qué diste la cara por tu compañero?
   —Porque era culpa mía.
  —Interesante, antepusiste tu compañero a tú interés personal, hiciste lo correcto. Y dime, ¿por qué arrojaste la moneda entre los bollos en vez de quedártela?
  —Por… porque no quiero nada que provenga de él —dijo señalando al panadero— y porque… solo me la daba para que no me volviese a acercar nunca.
   —Muy bien, antepusiste de nuevo lo correcto a tu interés personal. ¿Sabes cómo se llama eso?
   Okanu negó con la cabeza. 
   —Honor, la primera entre las primeras virtudes que debe poseer un Kae. ¿Entiendes por qué tienes ahora que pedir perdón?
    —Porque es lo correcto.
   El Kae le asintió y le dio un pequeño empujón motivador . 
  Okanu se acercó a su padre a regañadientes, sintiendo como la tercera mentira se atascaba en su gaznate, revoltosa. Habló. No salió sonido alguno. Luego carraspeó y la mentira se disolvió garganta abajo.
   —Lo siento padre, no debería ser un ratero. No dejaré que tu rechazo me vuelva a guiar hacia lo incorrecto.
  Las tres mentiras en las que se había apoyado desde que lo habían abandonado, se licuaron como el azufre en el gran cráter del Ukanakia.
   —¿Y ya está? —dijo su padre— me roban y se supone que debo aceptar unas simples disculpas. Volverá a hacerlo, ¿me oye? volverá a robar, es lo que hacen los niños malditos como él. Su misma existencia es una vergüenza. 
   —Déjelo ya y dedíquese a su pan —dijo con contundencia el Kae—. Este niño no volverá a faltar a su honor, yo me encargaré de ello… —y añadió sonriendo a Okanu— personalmente. 


© Created by Miles.
Tremenda historia la de Okanu. Este último capítulo me emocionó  Crybaby  cuando el kae le hace ver el honor en él. Luego lo de las mentiras que van cayendo está muy bien contado. Ojalá este flashback no quede en eso, aunque tal vez lo mejor sea una pequeña muestra para esta historia.
De todos modos me gustaría saber más sobre el joven Okanu y su mentor. Pero corres el peligro de entrar en una trampa en la que siempre caigo, y es en desviarte de la historia principal, por eso lo que hago, por más que la tentación sea grande, dejo ese flashback y sigo con el presente.
Por cierto, me gustó la escena de la lucha en el desierto, y ese asdarh promete como personaje secundario. Espero saber pronto cuál fue la razón por la que desertó de su tierra este kae. A ver con qué nos sorprendes esta vez (sin presiones)  Big Grin
El Traidor de Koralia



Capítulo 3: El Certero Filo del Embustero.

   Es difícil que uno se acostumbre al clima semidesértico de Nygr-Thothep, pero Okanu caminaba sin queja alguna envolviendo su corazón en la coraza de estoicismo y disciplina tan típicas de los Kaes. Tu ya no eres un Kae, se recordaba una y otra vez en los últimos días de caminata a través de la ancha tierra. Tal vez, fuera de la añoranza de su mundo y el estar fuera del amable clima y las comodidades de este, lo que más molestara a Okanu fuera ver al joven Ídrish, de constitución débil, caminando por el desierto como si de un paseo por un jardín se tratara. Eso hacía más evidente su procedencia, Ídrish provenía de un desierto eminentemente más duro y cruel. Sus pasos firmes por la yerma tierra recordaron a Okanu que no debía de subestimar a ese muchacho, puesto que ya lo había hecho una vez y la inteligencia mordaz del joven le había dejado en ridículo.
   No era un desierto de arena, era un desierto de tierra seca salpicada incontables piedrecitas y caprichosos arbustos. La comida no fue un problema, Ídrish fue amable y no tubo reparos en compartir lo que llevaba en el macuto, parece que estaba preparado para una puesta en marcha inesperada. Un Kae no podía quejarse de la comida aunque esta se tratase de carnes secas y ahumadas, y panecillos aún más duros que las piedras del camino.
   Tú ya no eres un Kae.
 Últimamente se repetía esa frase como un mantra interiorizado, pero no como un mantra como el que los monjes utilizaban para calmar al volcán Ukanakia en la bella tierra ambarina. No, era un mantra que como una astilla, se iba introduciendo más y más en la carne, horadando, desgarrando a su paso. Dolía. Sangraba.
   Por fin tras una jornada extenuante la tierra yerma dejó paso a un rio, y fue necesario puesto que la pequeña cantimplora de cuero de Ídrish se había agotado el día anterior. El joven sustentándose en sus mapas le había asegurado que por ese camino encontrarían pronto un rio. Y tenía razón. Tal vez encontrar a ese muchacho fuese lo mejor que le había pasado, pero le costaba reconocérselo a si mismo; un Kae siempre rehuía de la dependencia de los demás, un Kae era autosuficiente, ingenioso y audaz… pero tú ya no eres un Kae, se dijo por enésima vez.

  Ídrish comenzaba a preguntarse si había hecho bien en juntarse con ese hombre tan taciturno, no se esperaba cruzar todo Nygr-Thothep en el silencio más sepulcral. Cada intento de entablar una conversación o arrancar al Kae algo que fuese más que un monosílabo acaba en un esfuerzo pueril y hueco. 
   La cosa pareció mejorar cuando encontraron y atravesaron el rio, parece que la tan ansiada hidratación fue suficiente argumento para levantar el humor de su compañero de viaje. Aún así, la cosa no cambio mucho, su tan ansiada curiosidad sobre las tierras ambarinas estaba lejos de ser saciada. Si bien, era cierto que cada vez tenía mayor interés por ese extraño individuo, susceptible de masacrar en unos instantes a unos maleantes y al minuto siguiente capaz de mostrar la más aliviada de las sonrisas por el simple hecho de  constatarle la realización de un pago. 
   Pago que en realidad no hice, se recordó Ídrish, tal vez debería ser discreto respecto a eso. 
  La nueva actitud duro poco, pero lo suficiente para que llegaran a una urbe, que ya alejados de lo más duro del desierto parecía imponer el principio de la vegetación. 
  Ídrish se dio cuenta pronto de su error, la ciudad que planeaban visitar estaba precisamente en el desierto unas cuantas millas de viaje tras atravesar el rio. Se agachó de súbito y se quito el macuto y cogió los mapas de la región.
   —¿Cuál es el problema? —preguntó Okanu.
   —¿Por qué para ti tiene que haber siempre un problema?
   Okanu suspiró profundamente.
   —¿Hay, o no hay un problema?
  —Hay un problema —reconoció Ídrish rechinando los dientes—. Verás, esta ciudad no es Samystus, creo que nos desviamos al norte, si no me confundo estamos en Qa´Ibishah… ya no estamos en Nygr-Thothep, esto son tierras del Imperio Tzerza.
   Okanu se puso de cuclillas llevándose las manos a la cabeza, luego sacudió sus rubios cabellos con rabia y el sudor de su frente empapó su oscura piel. Parecía que iba arrancar a gritar de frustración pero para sorpresa de Idrish, tras ese pequeño gesto de descontrol, se levantó sereno. 
   —Debemos dar vuelta y tratar de llegar a Samystus.
   —¿Por qué? —preguntó Ídrish.
   —Porque necesito contratar una caravana.
   —Podemos hacerlo en esta misma ciudad. 
 —De ningún modo, ¿quieres aparecer muerto? Hasta los ambarinos sabemos que el Imperio Tzerza tiene de Imperio solo el nombre, una caravana thothepnia tiene buena seguridad, buena reputación y hasta los propios bandidos las evitan, nadie quiere atraer a las tropas thothepnias. Aquí en cambio es más peligroso viajar en caravana que solo. 
   —¿Cuando te volviste un experto en geopolítica?
   —No se muchas cosas como tú, pero las que sé, las sé —dijo con solemnidad Okanu.
  —Mmmm… déjame adivinar, las que no sabes… ¿no las sabes?
   —Ríete todo lo que quieras, te digo que debemos volver y buscar una ciudad thothepnia.
  —Mira Okanu, te seré sincero, he tratado de seguir las estrellas para encontrar la ciudad, cuando encontramos el rio, me pareció una confirmación de que lo que estaba  haciendo era correcto. Pero lo cierto es que el cielo estrellado no es exactamente igual en estas tierras como en mi querido desierto de Asdarh, y siendo realistas, la verdad es que me he perdido y hemos llegado aquí. No creo que fuera capaz de conducirte exactamente a dónde quieres llegar.
   El koralino miró a la pequeña ciudad que tenían delante con desafío.
   —Lo siento Okanu, tal vez no deberíamos jugar más con nuestra suerte en este desierto —insistió Idrish.

   Las cosas no siempre salían como uno quería, eso cualquier Kae lo sabía, llegados a ese punto solo quedaba la resignación o la aceptación. Cualquier hombre que se precie debe afrontar la realidad. Okanu avanzó decidido a esa pequeña ciudad, apenas un pueblo grande, que daba la bienvenida sin murallas, abierta al mundo. Cualquier población sin murallas solo podía significar una cosa, el peligro no vendría de fuera, sino de dentro.
   Avanzaron entre las barriadas exteriores, caóticas y empobrecidas hasta encontrar el núcleo del pueblo. No era muy diferente del exterior, tal vez las calles fuesen algo más anchas, y la tierra que pisaban algo más densa. Por el resto, el marrón del suelo, paredes y hasta la vegetación acastañada, lo volvían el lugar más monótono y feo en el que Okanu había estado. 
   —Buscaremos un lugar donde cenar y dormir, y mañana ya buscaremos la Caravana —dijo Ídrish.
   Okanu asintió pensativo. 
   —¿Cómo vamos de dinero?
   —Tranquilo, este lugar es mucho barato que Nygr-Thothep, podremos cenar y beber como reyes. 
   —Los Kae no… Yo no bebo —se corrigió Okanu.
   —Entiendo, entonces yo beberé por los dos —dijo sonriente Ídrish.

   Por fin asentados en la taberna probablemente más cara de Qa´Ibishah, Ídrish sonreía enrojecido de oreja a oreja, había sido una suerte encontrar aquel lugar, en una ciudad thothepnia jamas habrían podido cenar, dormir y sobre todo beber por tan poco. Y el riesgo que argumentaba el Kae era a todas luces exagerado, los ciudadanos del Imperio Tzerza, poco o nada tenían que ver con los caudillos que controlaban militarmente el territorio, eran personas de sonrisas sencillas, abiertos y hospitalarios, lejos del orgullo y la altivez de los hombres de Nygr-Thothep.
  Sin embargo a Ídrish le preocupaba otra cosa, ¿cómo podía soltarle la lengua a un hombre que literalmente parecía caminar con su espada en el trasero? Su intención desde el principio había sido obtener información de primera mano sobre el tan aislado Archipiélago Ambarino. Sí bien era cierto que era posible viajar a aquel lugar, al igual que Nygr-Thothep era una nación cara, de costumbres extrañas y poco amiga del viajero. Más raro si cabe aun era encontrarse con un Kae fuera del territorio de las islas, eses hombres eran los misteriosos protectores de sus aguas y costas, durante milenios la solitaria orden a la que pertenecían había alimentado leyendas que trascendían al propio archipiélago… lo que tenía en frente sin embargo era un hombre bajito, terco y gruñón… pero había visto con sus propios ojos lo que había hecho con su espada. 
   Por tanto, tenía un plan para esa noche, para sonsacar aunque fuera un mínimo con el que saciar su curiosidad.
   —Me disculpas un momento Okanu, voy regar los hierbajos y vuelvo. 
   El Kae alzó una mano perezosa en respuesta e Ídrish se dirigió al exterior, o eso fingió. El Asdarhciano se paró con el mesero en una esquina de la taberna. Hablar idiomas era casi como tener un poder mágico como el de las leyendas, no habría forma de que Okanu supiera jamas lo que le estaba contando al mesero.
   
   Okanu languidecía en la mesa pesaroso, sabía de la importancia de su viaje, pero eso no era suficiente para evitarle el sufrimiento por romper sus votos. Entonces apareció Ídrish con la jarra de vino dulce más grande que había visto jamas. Ese muchacho era imbecil o no acababa de entender que no debían de despilfarrar el dinero. 
   —¿Qué…?
  —Antes de que te enfades —le cortó el joven—, esto es una invitación del mesero —Okanu dirigió su mirada al viejo decrépito que se marchitaba tras la barra y el respondió con una cabezada extraña—. El hombre insistió, no es cosa mia, es tradición regalar una jarra a los que cruzan el desierto.
 —¿Cómo demonios piensas beberte todo eso? —dijo Okanu tratando de mostrar la mueca más desagradable de su extenso repertorio.
    Ídrish apoyo la jarra con delicadeza y le echo la mano al hombro con solemnidad.
   —Esto no me lo voy a beber yo solo, es imposible, creo que hasta podría morir. Debes ayudarme amigo.
   Okanu lo miró con suspicacia.
   —Te he dicho que no bebo, disfrútalo hasta donde puedas, pero mañana no quiero ni oír tus lamentos. 
  —No se trata de eso, debemos de acabárnosla, lo contrario se consideraría un insulto en estas tierras, ¿quieres faltar al respeto a toda esta gente?
  Okanu levantó la cabeza y miró cómo la multitud observaba la jarra desde las diferentes mesas, les dedicó sus sonrisa más natural, por supuesto sin mucho éxito.
    ¡A la mierda! ya no soy un Kae y no lo seré hasta que regrese a morir por mis faltas, se dijo mientras apuraba la copa que le acaba de servir Ídrish.
   El dulzor meloso de la vid le rascó el gaznate. Pronto una sensación de calor invadió su cuerpo, pero más allá de eso, no notó cambio alguno. No era imbecil sabía del peligro de las bebidas alcohólicas, pero pronto comprendió que tal vez su cuerpo entrenado estuviese por encima del famoso efecto de estas bebidas.
   Ídrish comenzó a ponerse nervioso, Okanu se había bajado media jarra el solo y ahora  su cara estaba haciendo algo verdaderamente extraño, ¿qué era eso?
   …oh gran Matriarca, eso es una sonrisa, pensó Ídrish mientras apartaba la jarra del alcance de Okanu, si bebía demasiado el Kae caería antes siquiera de que comenzara con sus preguntas. 
   —Okanu, ¿te encuentras bien?
   —Perfectamente, ¿por?
   —Te has bebido prácticamente media jarra tu solo —explicó Ídrish.
   —Haber apurado. 
   Ídrish se sacudió.
   —No me refiero a eso, puede hacerte daño.
   —Estoy descubriendo que los Kae somos inmunes al vino dulce.
   —Ya veo… —Ídrish se acomodó sobre la silla, era ahora o nunca—. ¿Puedo preguntarte algo?
   Decidió interpretar el extraño eructo como un sí. 
   —¿Porque abandonaste tu tierra?
   —Busco a alguien.
   —¿De quién se trata?
   —Una persona —dijo Okanu dando un nuevo trago. 
   Ídrish bufó pero contuvo su frustración.
  —Imagino que será una persona lo que buscas, pero me refería a algo más amplio, cómo  específicamente quien o por ejemplo la razón por la que la buscas. 
   Ni el alcohol pareció amortiguar la conciencia del Kae en ese momento, la seriedad le sobrevino un instante, respiró profundamente, acto seguido buscó entre su toga (como siempre con excelso cuidado de no mostrar su mano izquierda) y arrojó un trozo de papiro rasgado sobre la mesa. Ídrish lo recogió con cuidado, y observó el grabado a carboncillo hecho sobre la superficie. Un sol negro donde cada uno de sus diez rayos circundantes finalizaba en forma de mano.
   —Las diez manos del Fhetnis.
   —¿Fhetnis? —repitió Okanu.
   —Es una criatura mitológica de diez manos, sé lo que es esto Okanu, es el símbolo de los Aefhether. ¿Que demonios estas buscando Okanu, la muerte? —dijo Ídrish fuera de sí. 
   El Kae gruñó y le arrebató el trozo de papiro.
   —Sé que son peligrosos, y no, no busco la muerte, no busco la muerte, pero no temblaré si ella me encuentra. Además, nunca te pedí que me siguieras.
   —Esta bien —dijo Ídrish tratando de calmarse un poco—, es solo que no me lo esperaba, dónde esta la persona a la que buscas.
    Okanu suspiró profundamente. 
    —La pista que tengo me conduce a Meridian —confesó.
    —¿Quien es esa persona?
   El Kae se dispuso a hablar, pero antes de que lo hiciera un hombre rechoncho, de barba abundante se sentó inesperadamente con ellos en la mesa. Se sirvió lo que quedaba en la jarra, y antes de que Ídrish pudiese protestar le hizo un gesto al mesero para que trajera otra. 
   —Mi nombre es Arbus. Me encantan los viajeros, puesto que yo también soy uno, es bueno practicar la lengua común de vez en cuando —dijo alzando la jarra contento. 
   —Bebe buen hombre, por lo que veo el mesero te va a invitar a ti también a una jarra—dijo Okanu.
   El recién conocido intercambio miradas confusas con Ídrish, que tragó saliva con tensión, pero Arbus pareció pasar por alto el comentario de Okanu. El buen Arbus parecía un hombre llenó de anécdotas, la mayoría de ellas parecían tener como protagonistas a dudosas amistades y a mujeres profesión impopular. Pero el Kae parecía que nunca había conocido a un bribón similar. Ídrish por su parte se recluyó en su silla temeroso de que si volvía a salir el tema de la jarra de vino dulce, Arbus pudiera hacer entender al Kae la encerrona a la que se había visto expuesto. 
   En cierto momento de la noche Okanu, Arbus y media taberna celebraban con la simple excusa del vino en sus venas, mientras Ídrish seguía observando desde un rincón. El colmo fue ver cómo los pueblerinos y un desinhibido Okanu jugaban a lanzar la espada del Kae a una mesa que habían tumbado para la ocasión. La espada se clavaba con la facilidad pasmosa de un ancha empujada por el fuerza de un leñador. En cierto momento, los ojos cansados de Ídrish no pudieron más.

   Okanu se despertó con un horrendo dolor de cabeza. Su primer pensamiento fue para preguntarse porque demonios había alquilado una habitación si finalmente habían decidido dormir en el mismo sucio suelo de la taberna.
   Se levantó con dificultad, todavía no estaba el tendero, por lo que se sirvió un poco de agua en el barril de la esquina. Mojada la cara y el gaznate, pudo observar con mayor eficacia a su alrededor. 
   La cabeza me da vueltas, esto es una humillación para un Kae… No, ¡un kae jamas haría esto! 
   —¡Ídrish! —gritó Okanu.
   El joven se removió de súbito en su silla, cayendo y golpeándose contra el respaldo.
   —Te odio, ¿a ti te gustaría que te despertasen así?
   —Me da vueltas la cabeza, no me lo pongas difícil.
   Ídrish rio socarronamente.
   —Ayer te jactabas de no se que resistencia especial de los Kaes a la bebida. 
   Esta vez Okanu trago sus malos pensamientos antes de abrir la boca.
   —Por favor, ya me arrepiento yo solo lo suficiente, no me martirices tú también. Tenemos que irnos.
   Ídrish fue a la habitación a por su macuto y bajó enseguida puesto que estaba sin deshacer. Pero Okanu comprendió enseguida que algo iba mal, algo no estaba en su sitio, una sensación de ausencia se apoderaba de él, pero su cabeza, sus nauseas le impedían comprender el qué.
   —¿Estoy listo nos vamos?
   —Ídrish, tengo la sensación de que se nos olvida algo. 
   Ídrish lo miró de arriba abajo. 
   —¡Oh no!
   —¿Qué? —replicó Okanu ahora alertado. 
   —¡Tu espada, Okanu… alguien se ha llevado tu espada!
   Okanu se arrodilló sobre el suelo de la taberna. Desertor y ahora un vulgar borracho, ¿se podía caer más bajo? Era evidente que sí. Ahora ya no debía volverse a regir por los principios de un Kae, ya no era apto para sus altos ideales. Un Kae cuida su espada como a una parte más de su cuerpo, es un hijo, es una esposa, es un amigo. Sin espada no podría seguir manteniendo la farsa.
   Sin espada... ya no era un Kae.
    
     
 © Created by Miles.
Pues como te he dicho, aquí están algunas correcciones.



Prólogo



Cita:Recordó con disgusto amargo la dura prueba que lo había convertido en Kae, pero no tubo (tuvo) tiempo para mayores distracciones



Cita:Entrecerró los ojos de nuevo, esta vez azotados por el viento del mar abierto, y a lo lejos diviso (divisó) una embarcación




Cita:La dirigió con la presteza que le habían inculcado desde niño, surcando las grandes olas en un ofrecimiento constante de la proa de la canoa a los muros de agua, que(aquí la coma iría después del que) empecinados, trataban de interponerse a su deshonroso destino…



Cita:Las canoas de los Kaes,(aquí no necesitas poner coma) eran flexibles y resistentes, y estaban desprovistos de remos



Cita:Allí toco(tocó) ceremonialmente sus dos brazaletes de oro



Cita:El barco paso(pasó) por su frente.


Cita:Okanu, en un gesto de destreza que solo permite la experiencia, lanzó el arpón a modo de lanza(existe alguna otra forma de lanzar un arpóm?) sobre la cubierta


Cita:Pronto notó como(cómo) la cuerda se tensaba entre sus manos



Capítulo 1





Cita: Lo cierto,(no hace falta coma) es que Okanu se sintió desconcertado


Cita:comenzaba en sus piernas y se extendía lastimosamente hasta el estomago(estómago)


Cita:Con su incursión, los marinos thothepnios que trabajaban en cubierta,(no hace falta coma aquí) dieron la alerta, suponiendo equívocamente un ataque


Cita:Resultó,(también sobra la coma) que la generosidad de los thothepnios no estaba a la altura de su arrogancia


Cita:Okanu sería alimentado y podría continuar la travesía, siempre y cuando, a su llegada a puerto(falta una coma aquí o sobra la anterior) consiguiera el pago requerido


Cita:aunque en el fondo era bien consciente de que esa,(también sobra coma) era una experiencia que no debía haberle supuesto ningún desafío


Cita:Portaba ropajes blanquecinos y sedosos que contrastaban con su piel y a su espalda cargaba un enorme macuto llenó(lleno) de bolsillos cosidos


Cita:pensó Okanu (falta una coma aquí)divertido, pero decidió dejar al joven sabio viviendo en su ignorancia.


Cita:Aun así (falta coma vocativa aquí, y la siguiente sobra)Okanu, no se sentía perdido del todo


Cita:El muchacho (falta una coma aquí, ya que es oración subordinada)aun así, parecía acostumbrado al calor


Cita:—Empiezo a entender porque(por qué) dibujan a la gente plana —dijo Ídrish tras atravesar con dificultad el obstáculo.


Cita:—No hablo tu lengua(falta coma vocativa) anciano.


Cita:—Él tampoco habla la tuya, ¿crees qué(no lleva tilde) todo el mundo habla el idioma de tus islas?


Cita:Ídrish terminó rápido y le ofreció una pequeña bolsita con (un) poco de hueso y un saquito de moneda


Cita:hasta que Okanu(coma) desconfiado(coma) pego(pegó) un pequeño tirón a Ídrish y lo condujo a través de un callejón.


Cita:—Me dio la impresión (de) que nos seguían desde que abandonamos la casa de empeños.


Cita:hasta que finalmente comprobó como(cómo) los hombres aumentaban también el paso.


Cita:Se quedó agazapado detrás de un arbusto(coma) observando curioso y temeroso a partes iguales.

Eso es todo lo que encontré. Fíjate en poner bien las comas cuando va una oración subordinada, y también antes de un vocativo.

Sobre la historia, creo que es un buen inicio, ya que sientes pena por el protagonista y a la vez es un misterio. Me gustan particularmente los detalles sobre navegación y las diferencias entre el birreme y los barquitos de las islas ambarinas, así como el detalle de que el protagonista, siendo un marinero curtido, se maree.
Nada malo que decir sobre Nygr-Thothep, realmente no tengo mucho pensado sobre ese reino, pero lo que tienes, incluído su lenguage, pega bien con la idea general.
Ya hemos hablado del inicio, pero recién leí el capítulo 3.

Me encanta la dinámica entre esos dos, cada vez que intercambian un par  de frases me río.

Estaba esperando que el asunto del pago pendiente les cause problemas… entre ellos, o con alguien. Pero quizá sólo es una pieza más en la forma de ser de Ídrish.

Cita:Tú ya no eres un Kae.
He llegado a un punto que no sé si esta frase me da tristeza, curiosidad o enojo (si fuera cierto no tendría que repetírselo a menos que no quisiera creerlo,  pero si no quisiera creerlo, ¿para que repetírselo tanto? ¿es que es masoquista? XD). Cuando Ídrish dice que es raro  ver a un Kae por ahí, sentí la necesidad de decir “ah, es que él ya no es un kae” Tongue
Para cuando pierde la espada, quiero suponer que es una especie de representación física de su separación de los Kae, o que literalmente ya no puede perder más. Pero la verdad es que la forma es demasiado parecida a su habitual cantaleta que no lo ha convencido hasta ahora. Supongo que ya se verá.
(12/03/2021 02:29 PM)tyess escribió: [ -> ]Ya hemos hablado del inicio, pero recién leí el capítulo 3.

Me encanta la dinámica entre esos dos, cada vez que intercambian un par  de frases me río.

Estaba esperando que el asunto del pago pendiente les cause problemas… entre ellos, o con alguien. Pero quizá sólo es una pieza más en la forma de ser de Ídrish.

Cita:Tú ya no eres un Kae.
He llegado a un punto que no sé si esta frase me da tristeza, curiosidad o enojo (si fuera cierto no tendría que repetírselo a menos que no quisiera creerlo,  pero si no quisiera creerlo, ¿para que repetírselo tanto? ¿es que es masoquista? XD). Cuando Ídrish dice que es raro  ver a un Kae por ahí, sentí la necesidad de decir “ah, es que él ya no es un kae” Tongue
Para cuando pierde la espada, quiero suponer que es una especie de representación física de su separación de los Kae, o que literalmente ya no puede perder más. Pero la verdad es que la forma es demasiado parecida a su habitual cantaleta que no lo ha convencido hasta ahora. Supongo que ya se verá.

Me gusta que te divierta la dinámica de los dos personajes, más que nada porque son los dos puntos de vista que utilizaré en toda la historia (o eso tengo pensado). Respecto al "pago pendiente" es algo que aparecerá un poco más adelante, como imaginas será fuente de un pequeño conflicto.

En lo concerniente a la frase de marras "tu ya no eres un Kae" es un poco lo que pretendía  Big Grin que llegue un momento en el que el lector se canse, porque aunque soy consciente de que es un abuso de repetición el conflicto de "identidad" de Okanu se centra en estes capítulos, y deberá resolverse en los dos próximos... adelanto que se viene en breves un capítulo más de este corte y el siguiente ya será un nuevo Flashback relacionado con la infancia del personaje.

Gracias por vuestros comentarios Tyess, Muad y Alhz   Heart
El Traidor de Koralia

Capítulo 4: El Rastro Indeleble


  Ya no soy un Kae —murmuró Okanu en alto sin percatarse.
   —Sí lo eres amigo. Si ser campesino dependiera únicamente de tener una hoz, si ser panadero dependiera de tener un rodillo; si ser en definitiva cualquier cosa, dependiera exclusivamente de tener un instrumento, entonces tú, mi querido amigo, ya no serías un Kae. Pero como sé que un panadero también puede amasar con las manos y como he conocido a más de un labriego que también trabaja con las suyas, entonces tú, Okanu, eres un Kae… aunque desgraciadamente seas uno sin espada.
   —Tú no lo entiendes, Ídrish. Dejé de ser un Kae hace tiempo, dejé de serlo incluso antes de abandonar el Archipiélago Ambarino. Ese día me convertí en el desertor de Koralia. Ese día traicioné todos mis juramentos, ese día me destruí… —…por cumplir una promesa, terminó diciendo para sí.
   Ídrish parecía pensar que el silencio no era el mejor consuelo, pero Okanu sabía que el silencio podía ser tu mejor aliado, podía mecerte y consolarte con su calma, con su sosiego. La vida de un Kae era solitaria a menudo, él había aprendido a vivir con ello, apoyándose cuando el lugar y el tiempo lo permitían en las buenas amistades. Como echaba de menos a Madú Tadeiser.
   Nunca podré compensarle del todo, pensó Okanu mientras se levantaba de la entrada de la taberna con resolución.
   —Debemos continuar, Ídrish. Sea o no un Kae no he abandonado mi tierra para ahora rendirme. Tengo algo que hacer y no puede esperar más —lo dijo con autoridad pero sin convencimiento alguno, sentía que su compromiso flaqueaba, cuanto más se alejaba de Ambaria, cuanto más tiempo pasaba sin nuevas pistas… menos sentido ganaba su sacrificio.
   —Me alegra oírlo, sé que no te parecía una buena idea, pero he conseguido una caravana que tiene su propia seguridad, van hasta Megaleia, el precio por ir con ellos es irrisorio.
   —Esta bien, si algo he aprendido en este viaje es que debo fiarme más de ti —dijo Okanu tratando de dejar paso al nuevo mundo que se abría ante él.
   Ídrish se rascó la cabeza con cara de preocupación.
   —¿Pasa algo? —Preguntó Okanu.
   —No, no es nada. Tan solo que es hora de que nos vayamos de este lugar.

   La caravana constaba de tres carros tirados por un par de cándavos cada uno, un curioso animal popular en aquellas tierras, de aspecto equino pero de menor tamaño y robusto como una vaca. Era ampliamente utilizado para labores de tiro tanto por campesinos como por los comerciantes y a menudo también utilizado como alimento, aunque su carne no es que fuese especialmente apreciada. Ídrish había visto a eses animales en otras ocasiones, eran zoquetes y tercos, costaba una eternidad enseñarles a seguir un simple camino e incluso a pararse sino lo ordenaba el látigo. Pero a cambio eran baratos, puesto que se multiplicaban con facilidad y en aquellas tierras habían proliferado en abundancia por su resistencia tanto al clima como a las largas jornadas.
   Ver el trote cansino de los cándavos le recordó lo elegantes y resistentes que eran los caballos de su tierra natal. En Asdarh los caballos eran cuasi divinos, se los trataba con respeto y devoción, sus capacidades y belleza eran ampliamente admiradas en todo Nuc.
Ídrish miraba de reojo al taciturno Kae, iba sentado al igual que él sobre la techumbre cuadrada del carro que cerraba la cola. Así eran los carros en aquellas tierras, unas moles cuadradas en cuyo interior se transportaba el grano y en cuyo exterior superior iba la gente sentada. Un sinsentido por supuesto, pero el comerciante a cargo de la caravana explicó a Ídrish que si el grano iba visible entonces los cándavos se pondrían inevitablemente a girar en círculos tratando de alcanzarlo… esa afirmación confirmó a Ídrish su teoría de que los cándavos debían ser el resultado de apareamientos antiguos entre hermanos.
   —Siempre he odiado a estas bestias —dijo para iniciar una conversación.
   Okanu respondió encogiéndose de hombros mientras se protegía con mano derecha del sol.
   —Vamos anímate, ¿quieres comer algo? —insistió Ídrish mientras lanzaba una manzana en su dirección.
   Okanu seguía protegiéndose del sol, por lo que no alcanzó a coger la manzana y esta impacto en su cabeza y rebotó del carro abajo.
   —Te pasa algo en la mano izquierda, ¿la tienes inútil o algo? Siempre la llevas cubierta y no la utilizas.
   —¿Quieres hacerme un favor? —Ídrish asintió—, pues déjame.
   El Ardarhciano tragó saliva y observó como Okanu miraba cabizbajo hacía el horizonte. Ver la mirada perdida de ese hombre entristecía profundamente a Ídrish. Él consideraba que la perdida de una espada no era un asunto tan grave como para perder el espíritu de ese modo. En cambio había algo que a él sí lo hacía sentirse verdaderamente inquieto y no era otra cosa que lo que había visto la noche anterior… las manos del sol negro de los Aefhether en el pergamino que le había entregado Okanu. Ídrish al igual que otros muchos había oido hablar de la legendaria organización que había alimentado cuentos y habladurías a lo largo de todo Nuc… pero a diferencia de la mayoría él sabía que no eran un mito, al menos no completamente.
   Los Aefhether habían sido nombrados a lo largo de la historia en diversos momentos de gran inestabilidad y cambio, como la llegada de los Electos al continente Almimuty, así como en las múltiples guerras con los otros pueblos que se habían sucedido desde su llegada. También habían aparecido nombrados en los remotos territorios Acráticos cuando se redactaron las extrañas leyes que los gobiernan actualmente e igualmente se les mencionaba en las escrituras sagradas de Tor-Ailox pese a la polémica entre los eruditos de Meridian sobre si habían sido un añadido posterior. Otras leyendas indemostrables pero populares, los situaban como parte de los fundadores de la Orden de los Verdaderos Emisars e incluso de los famosos capas negras de Partenor. Sus menciones eran múltiples y pese a que algunas carecían de veracidad, otras lo eran indudablemente.
   Sí, Ídrish sabía que eran reales era por ser nativo de Asdarh, sus hermanos nombraban a los Aefhether como uno de los mayores peligros de Nuc, tal vez incluso más peligrosos que el pueblo Electo. Todavía podía recordar las charlas que la matriarca le daba sentada sobre las dunas de Asdarh mientras el viento cubría o dejaba al descubierto según su antojo pequeñas montañas blancas, las cuales si se contemplaban en su totalidad dejaban entrever los huesos de una criatura gigantesca:
   «Íd, contempla lo majestuosas que debieron ser las Sagradas Criaturas del Desierto, imagina su esplendor en vida y siéntete humilde en la presencia de sus restos. Si tal criatura puede sucumbir al tiempo que no hará con nuestra insignificancia. Recuerda siempre estes huesos Íd, este es el mayor pecado de nuestro pueblo, nosotros arrebatamos estas tierras a las Sagradas Criaturas del Desierto, aceptamos ingenuos las mentiras interesadas de los Aefhether. No eran las criaturas malvadas que nos dijeron… y ahora solo quedan los huesos. Nosotros conseguimos este desierto y ellos prometieron no volverse a inmiscuir en nuestra tierra. Pero el pueblo de Asdarh es consciente de que un día tendrá que pagar el precio…»
Recordando la mecedora voz de la matriarca, Ídrish, concilió el sueño.

   —¡Despierta! —gritó Okanu— Despierta Ídrish.
   El muchacho parecía tener dificultades para despabilarse.
   —Ídrish por favor no es momento para remolonear —insistió Okanu abofeteándolo sin delicadeza.
   El joven de piel oscura abrió un ojo con pereza.
   —¿Qué ocurre…?
   —Nos atacan —dijo Okanu alzando la vista. La penumbra estaba alterada por el primero de los carros que ardía con intensidad. Los cándavos correteaban inquietos y gruñían locos por las llamas—. Debemos irnos.
   —¿No deberíamos ayudarles?
   —Qué valiente —se burló Okanu.
   Ídrish carraspeó, ya completamente despierto.
   —Okanu, te vi enfrentarte a ti solo a un puñado de maleantes y no estuvieron ni cerca de hacerte un rasguño.
   —Ídrish, un Kae… —apretó los dientes—  yo nunca busco pelea si ella no viene a mi, excepto que sea para proteger las Islas Ambarinas. La lucha no es un juego, cuando uno se enfrenta a la muerte debe estar dispuesto a matar o morir. Ademas, recuerda que estoy desarmado, no podría hacer frente a todos.
   Ídrish pareció entrar en razón y asintió, para Okanu fue suficiente. Con su mano derecha se apoyó en el borde del carro, bajó de un salto grácil y aterrizó rodando. Luego Ídrish cayó a su lado con un sonido secó acompañado de un pequeño lamento.
   —¡Mis tobillos!
   —¡Shh! Por aquí —indicó mientras rodeaban el carro agachados.
   Al rededor del primer carro observó a al menos una docena de hombres armados. No era un ejercito propiamente dicho, las luces de las llamas permitían apreciar los ropajes gastados y las armas desiguales: Mazas, espadas cortas, martillos e incluso alguna lanza…
   Okanu tiró de la ropa de Ídrish para alejarse de los bandidos. Este respondió quedándose inmóvil.
   —¿Qué ocurre?
   Ídrish trago salvia y sonrió señalando al que parecía el bandido jefe, que sonreía socarronamente mientras paseaba sobre los arrodillados mercaderes. Era Arbus, el hombre que habían conocido en la taberna.
   —¿Qué? ¿Piensas que porque compartimos una jarra con él, te va a dar un trato de favor? —gruñó Okanu.
   —Okanu, mira bien.
   Okanu forzó los ojos para observar en la oscuridad facilitado solo por la luz de la llamas, entré los pavoneos de Arbus bailaba una larga hoja en su cintura acabada en espiral en su extremo. El ámbar, Okanu había encontrado su espada…
   Titubeó y se miró las manos confuso. ¿Estaba preparado para recuperarla? No, ya no la necesitaba, aquella era el arma de un Kae. Él ya no era uno y por primera vez, ese pensamiento supuso un alivio y no una losa sobre su espalda. La responsabilidad fluyó hasta disiparse y Okanu se dio cuenta de que la vida era más fácil siendo solo Okanu. Un hombre al que le otorgaron una promesa imposible. Una promesa más grande que sus ideales por obligarle a romperlos. Por tanto, injusta a todas luces.
   Un Kae necesitaba una espada como aquella. Okanu no.
   —Vámonos Ídrish.
   —¿A dónde? ¿Vas a dejar que estes miserables dañen a esta gente?
   Okanu suspiró aliviado de su carga.
   —Esta no es mi guerra. Ninguna guerra es mia. Creo que regresaré al Archipiélago Ambarino, pagaré por mis pecados y podré morir con mi honor restaurado.
   Ídrish se secó el sudor de su frente acosado por el calor de las llamas que devoraban el carro contiguo.
   —No puedo creer que digas eso, hablas de honor, pero no hay verdadero honor en lo que haces.
   Okanu asintió. Daba igual lo que dijese aquel muchacho, se sentía liberado de toda responsabilidad, de toda presión por primera vez en su vida.
   Entonces escuchó los gritos lastimeros de los hombres. Los cuatro guardias de la caravana fueron pasados por el cuchillo sin piedad alguna. Lo siguiente fueron lloros y suplicas por parte del jefe de la caravana en respuesta a las acciones Arbus.
   —¿Le llevamos también a esta muchacha al «Atroz»? —dijo un individuo harapiento en referencia a la hija del jefe de la caravana.
   —¡No, Dwin!, ya sabía que eras imbecil pero no dejas de sorprenderme. Esta muchacha no es como las otras, no le servirá… pero si queréis podéis divertiros con ella —contestó Arbus.
   Okanu cerró los ojos… ese nombre… «El Atroz»… tenía que ser una coincidencia o tal vez era parte del rastro indeleble que lo había conducido hasta allí. Pero eso no era asunto suyo, ya no… Los gritos y la tela del vestido de la muchacha al desgarrarse inclinaron la balanza en el que estaba sumido el temple de Okanu. No, no la inclinaron, la desbocaron y la arrojaron como una catapulta contra sus recién construidas murallas.
   Le sacudió en sus adentros…
   …y abrió los ojos por primera vez en mucho tiempo, lleno de determinación.

   Ídrish contempló como Okanu se introducía entre las llamas y se presentaba ante la docena de bandidos. El koralino arremangó su brazo izquierdo y Ídrish vio reflejado en las llamas el secreto que había ocultado bajo su manto desde que lo había conocido. El secreto que realmente lo empujaba a negar ser un Kae, que lo avergonzaba y atormentaba a partes iguales.
   Sobre la palma izquierda de la mano de Okanu se reflejaba la marca del Ignor.



© Created by Miles.
Creo que ya te lo había dicho, pero ese final... bueno, si esto fuera un cine estaríamos todos diciendo ¡¡¡¡¡guaaaauuuuuu!!!!!!!! o algo parecido. Esta historia se pone cada vez mejor, esperemos que no hagas como otros que conozco y dejes las cosas por la mitad XD.