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Versión completa: [Fantasía] La piedra de valor
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—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Su padre se quedó unos instantes más en el quicio de la puerta dirigiéndole una mirada cansada.
—Y por favor, intenta no llamarme, ¿vale? Necesito descansar.
Marcos lo miró con un rostro de rebosaba culpabilidad y asintió, inseguro.
—¿Puedes bajar del todo la persiana?
Su padre miró hacia la ventana.
—Ya está bajada. —Su tono de voz ya había cambiado, de conciliador a impaciente.
—No, le falta un poco. Por ahí entra la luz y hace sombras que se mueven.
—¡Oooh, por Dios! —exclamó su padre—. El piloto de luz también hace sombras —dijo mientras se dirigía hacia la ventana—. No hay nada, los monstruos no existen, ni las sombras se mueven ni nada de nada. ¿Cómo he de decírtelo?
Marcos se encogió en su cama e instintivamente se tapó un poco más con la manta. Su padre bajó del todo la persiana hasta que todas las baldas encajaron perfectamente y miró a su hijo:
—¿Así está bien?
Tras un breve asentimiento del niño su padre se dirigió a la puerta y murmuró un «buenas noches» antes de salir y cerrar.
Marcos tragó saliva y se acurrucó un poco más, mirando con ojos abiertos cada una de las sombras que el piloto de luz proyectaba, esperando que en cualquier momento cobraran vida.
—Los monstruos no existen —murmuró, aunque sabía que sí existían.
Estuvo así durante un tiempo, con todos los sentidos alerta, hasta que cayó dormido.

***

Un crujido lo sacó de su sueño. Con el corazón acelerado, miró a su alrededor. ¿Lo había soñado? Escrutó la oscuridad aguantando la respiración para no emitir ni un sonido. Parecía que no había nada. Cuando se relajó y volvió a taparse, lo vio: la sombra que el piloto de luz proyectaba sobre el pequeño escritorio donde hacía los deberes se movió.
«Ha, Ha, Ha», rió la voz.
La sombra se alargó y se formó un rostro cornudo y unos brazos terminados en garras.
—Vete, por favor —susurró Marcos, con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. Estaba paralizado por el terror, como siempre que aparecía aquel ser monstruoso.
La sombra se desplazó hasta la silla y volvió a reír, esta vez más cerca.
—Papá, ven —llamó Marcos, sin la fuerza suficiente como para que le oyeran.
«Tu padre no puede ayudarte», dijo la sombra en un susurro amenazador. «Nadie puede hacerlo». Y se desplazó un poco más, alcanzando los pies de la cama. «Te voy a llevar conmigo».
—¡Papá, papá, papá! —gritó mientras las lágrimas explotaban en sus ojos—. ¡Papá, ven, papá! —llamaba aterrado Marcos. ¿Por qué no acudía su padre?
La sombra se acercaba, con las garras extendidas, dispuesto a tocarle. Marcos lanzó un grito de terror y se arrastró hasta la esquina que la cabecera de la cama hacía con la pared, encogió las piernas todo lo que pudo y se abrazó a ellas.
Su padre abrió la puerta de súbito y miró a su hijo. Estaba hecho un ovillo en una esquina, llorando y murmurando. Cuando su padre se acercó y le puso la mano en el brazo, Marcos saltó como un resorte y gritó con toda su alma, intentando apartar aquella mano con golpes y arañazos, con la cara desencajada y los ojos rojos por las lágrimas.
—Soy yo, Marcos, soy papá —le dijo mientras lo abrazaba para inmovilizarlo. Empezó a llorar él también; aquello había llegado demasiado lejos—. Soy papá, soy papá…
Marcos dejó de luchar y lloró. Aquella sombra monstruosa había estado a punto de cogerle. Se abrazó a su padre y fue consciente, entonces, de que se había orinado encima.
Tras aquella noche, y en contra de lo que le habían aconsejado, el padre de Marcos permitió que su hijo durmiera con él hasta que encontraran una solución. No era normal que un niño de nueve años durmiese con su padre, pero la situación que atravesaban tampoco lo era. Todos los psicólogos que había visitado coincidían en que esas pesadillas estaban relacionadas con la muerte de su madre, ocurrida hacía casi un año, pero ninguno logró solucionar el problema. Y es que, desde aquel fatídico día, el niño había cambiado mucho: de ser un chico alegre y con muchos amigos había pasado a ser un niño solitario, sin ánimo. Se estaba convirtiendo en una sombra de sí mismo.
Pasaron varias semanas, durante las cuales Marcos no volvió a tener pesadillas. El ánimo en aquella reducida familia había mejorado un poco, ya que el padre pudo descansar mejor y Marcos dormía sin ataques de pánico. Pero los dos sabían que no podrían dormir siempre juntos.

***

Un día, tras la salida del colegio, su padre le dijo:
—Marcos, esta tarde iremos a visitar a alguien a ver si te puede ayudar. Me lo ha recomendado mi amiga Bea.
—Pero papá, ya estoy durmiendo bien, no tengo pesadillas —replicó, y sus ojos empezaron a humedecerse.
—Hijo, tienes que superar esto. No puedes pasarte toda la vida conmigo. —Esperó unos instantes antes de añadir—: crecerás y te harás mayor y no podrás seguir así. Además, vas a pasar el verano con los abuelos porque yo estaré trabajando, y tendrás que dormir solo.
—Pero papaaaa… —Marcos dejó escapar varias lágrimas y empezó a estirarse los dedos, algo que siempre hacía cuando estaba muy nervioso—. Además, ese médico tampoco va a solucionar nada. Nadie puede.
—¿Por qué dices eso, Marcos?
—Porque es verdad. Hemos ido a muchos médicos y ninguno ha podido devolvernos a la mamá. Nadie puede.
Su padre se mordió el labio y miró la carretera, parpadeando para que las lágrimas no le entorpecieran la visión, hasta que llegaron al lugar donde estaban citados.
Los dos observaron el lugar con muchas dudas: era una especie de librería, tienda esotérica y supermercado ecológico, todo junto.
—Debí habérmelo imaginado, con lo rarita que es Bea. —Marcos miró sin entender a qué se refería exactamente—. Bien, entremos —dijo dándole unas palmaditas en el hombro a su hijo.
En cuanto abrieron la puerta, una mezcla de aromas agradables les cambió el ánimo. Olía a un incienso suave, mezclado con lavanda y otro olor que no pudieron identificar. Había estanterías con velas y rocas extrañas de todos los colores y tamaños, estanterías con avena, arroz, huevos…, y también libros, tanto con lomos modernos como antiguos y desgastados. En la parte derecha había dos entradas a otras estancias, en las que en una de ellas Marcos vio una sala de juegos.
—¿Puedo ir, papá?
—Luego. Primero vamos a preguntar —contestó su padre mientras se dirigían al mostrador al fondo de la tienda.
Un hombre mayor los observaba con una sonrisa afable mientras tejía unas suelas de esparto.
—Buenas tardes, estoy citado con Antonio.
—Sí, soy yo. Y él es Marcos, ¿verdad? —el niño asintió—. ¿Y qué te parecería, Marcos, si vas a jugar mientras tu padre y yo hablamos un rato?
Su padre se mostró algo contrariado.
—Pero, ¿él no tiene que venir? —preguntó. Al fin y al cabo era el niño quien tenía pesadillas.
Antonio le sonrió.
—Puede que no sea necesario, ya lo veremos.
A su padre no le hacía ninguna gracia dejar a Marcos solo. Antonio pareció leerle los pensamientos porque a ante sus dudas, añadió:
—No se preocupe, estará bien. Mi mujer saldrá enseguida y mi nieta suele revolotear por aquí cuando entra gente. —E, indicándole la entrada a otra habitación, le pidió que le acompañara.
Marcos se despidió con la mano y se fue hacia el cuarto de juegos. Primero observó su interior desde el marco: peluches y muñecas (alguna de ellas descabezada), un par de balones deshinchados, coches y camiones, una mesita con pinturas, un montón de piezas de Lego en una esquina… Más juguetes de los que podría jugar en el rato que estuviesen allí. Una vez estuvo seguro de que no había nada extraño, entró y se sentó en la esquina de los Legos y empezó a juntar piezas, sin saber muy bien qué montar.
—¡Hola! —exclamó alguien a su espalda. Marcos se asustó y se giró bruscamente—. Uy, perdona, no quería asustarte. Mi nombre es Lea. ¿Tú cómo te llamas?
Marcos observó a aquella niña. En aquel rostro había un montón de cosas que le llamaron la atención. La primera, el pelo, pelirrojo, que crecía en bucles en todas direcciones; la segunda, unos enormes ojos castaños y curiosos, que lo observaban con una fijeza intimidadora; y la tercera, las numerosas verrugas y pecas que tenía repartidas por la cara.
—Soy Marcos —dijo apenas moviendo los labios. Miró detrás de la niña, hacia la salida, por ver si su padre había terminado ya.
—¿Y cuántos años tienes, Marcos?
—Nueve.
—Ah, muy bien, yo tengo trece.
Marcos arqueó las cejas. Apenas aparentaba tener nueve como él.
—¿Puedo jugar contigo?
—Bueno —contestó mirando de nuevo los Legos.
Había algo en aquella niña a Marcos le hizo sentir bien. Sonreía todo el tiempo y jugaba a lo que él proponía. Cambiaron varias veces de juegos hasta que, tras divertirse un rato pasándose uno de los balones pinchados, se sentaron en la mesita a dibujar.
—¿Por qué has venido? —preguntó Lea de sopetón, sin dejar de pintar un castillo.
Marcos la miró durante unos instantes y reanudó su dibujo de un partido de fútbol, sin contestar a la pregunta.
—¿Por qué has venido, Marcos?
Esta vez había dejado de pintar y lo miraba con aquellos ojos enormes.
—Tengo pesadillas.
—¡Oh! ¿De qué tipo?
—Sueño con monstruos.
—Sí, ya, pero de qué tipo: Rugarones, Rartingalos, Bestias Pinchudas… hay muchos tipos de monstruos.
—Pues no sé.
—Aaaah, ¿por eso has venido entonces, para conocerlos?
Marcos abrió los ojos y cerró la boca. ¿De qué hablaba aquella niña?, se preguntó. Él no sabía nada de monstruos y no tenía ningunas ganas de conocer a ninguno. Ya tenía bastante con aquel que le visitaba por las noches.
—Iré por mi libro —dijo Lea, y salió disparada de la sala de juegos. Tras un par de minutos volvió con un enorme libro que parecía muy antiguo, como de los que se ven en los museos—. Ya estoy aquí.
Marcos miró a la niña y a aquel libro, preguntándose si sus padres le dejarían jugar con él, ya que parecía muy delicado.
—¿Puedes describírmelo?
El niño bajó la vista y se encogió de hombros. Hacía muchas noches que no tenía pesadillas y no quería recordar nada que hiciese referencia a aquel que perturbaba su sueño.
Pero Lea no parecía aceptar sus silencios, porque le preguntaba una cosa tras otra, hasta que le dijo:
—Si no conoces a tu monstruo, no podrás derrotarlo.
Aquello pareció remover algo en el interior del niño. Dejó la pintura sobre la mesa y empezó a estirarse los dedos.
—Es una sombra que se mueve —dijo en un hilo de voz, intentando que no le oyese nadie más que ella.
—¡Oh! Vaya, entonces iré a por el otro libro. ¿Puedes ir pintándolo mientras lo traigo?
Marcos siguió con la mirada a su nueva amiga hasta que salió por la puerta y luego miró el papel en blanco que le había dejado Lea antes de levantarse. No sabía muy bien por qué pero no quería decepcionar a aquella niña. Sabía jugar a todo, era divertida y, cuando le miraba, sonreía.
Tardó en empezar a pintar, porque no sabía cómo hacerlo, pero recordó la silla de su habitación y, tras dibujarla, todo lo demás salió solo. Estaba terminando el dibujo cuando Lea volvió a entrar, esta vez con un libro más pequeño y pero igual de viejo que el anterior.
—Vamos a veeeer —dijo mirando el dibujo por encima del hombro de Marcos, que se movió vergonzoso al notarla tan cerca—. ¡Oh! ¡Qué bien pintado! Eso nos facilita mucho el trabajo. —Dejó el libro encima de la mesa y se sentó junto a él—. Por lo que veo, eso podría ser un Adoptasombras, o un Reflejo Sombrío, o tal vez un Horror de la Penumbra. Y dime, ¿cuándo te aparece, antes de dormir o cuando te despiertas por la noche?
—Cuando me despierto.
—¿Y te despiertas tú o te despierta él haciendo ruidos o cosas así?
Marcos se encogió de hombros. Nunca se lo había planteado.
—Pues piénsalo bien, porque es importante.
Inspiró profundamente y luego soltó el aire como si estuviese agotado.
—Creo que me despierta él.
—Bien, bien —dijo la niña llevándose el dedo al labio inferior y dándose unos golpecitos—. Creo que se trata de un Reflejo Sombrío. —Tomó el libro y fue pasando hojas hasta que encontró lo que buscaba—. Mira, se parece a lo que has dibujado.
Efectivamente, la ilustración de aquel libro mostraba una habitación en penumbras y una sombra amenazadora extendiendo sus garras. Marcos apartó la vista y volvió a coger su dibujo del partido de fútbol.
Lea le acarició el brazo y le dedicó una tierna sonrisa.
—Yo de pequeña también tenía pesadillas. Soñaba con un monstruo sin ojos ni nariz, que me decía que me podía ver y oler y que iba a comerme. Mi abuelo me dijo que era un Aberrado, una criatura que se alimenta de los miedos de los que temen ser devorados. Mi abuelo lo buscó en uno de los libros que tiene y me dijo cómo expulsarlo. Me costó mucho, porque tenía miedo de él, pero lo conseguí. Y tú también puedes conseguirlo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Marcos la miraba ensimismado, incapaz de apartar la vista de ella. ¡También tuvo pesadillas!, pensó excitado. Tal vez pudiese ayudarle con su monstruo.
Escuchó lo que ella le iba leyendo, repitiendo las oraciones para memorizarlas. Hablaron sobre cómo se lo iba a decir y cuánto se reirían cuando lo expulsara. Su padre apareció por la puerta, con los ojos húmedos. Hacía tanto que no lo oía reír que apenas ya recordaba cómo sonaba. Lo abrazó muy fuerte cuando Marcos fue a contarle que tenía una nueva amiga y que habían estado jugando. Fue sin duda el mejor momento en aquel año.

***

—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Su padre entornó la puerta y Marcos se enfrentó de nuevo a su habitación. Había estado muy animado toda la tarde tras jugar con Lea, pero a medida que se acercaba la hora de dormir su coraje fue disminuyendo hasta que se disipó por completo en cuanto su padre abandonó la habitación. Paseó la vista por todas y cada una de las sombras que poblaban la habitación deseando que ninguna se moviese, sobresaltándose de cualquier ruido, aunque venían de la calle o de la cocina.
No tuvo conciencia de cuándo se durmió, pero sí de cuando despertó. Escuchó una silla al ser arrastrada y se sobresaltó. Abrió los ojos, deseando con todas sus fuerzas que no fuera su Reflejo Sombrío, apretando con fuerzas las sábanas y con el miedo recorriendo todo su ser.
«Ha,ha,ha», rió aquella voz. «Vengo a por ti».
Marcos vio cómo la sombra de la silla se alargaba tornándose monstruosa, con un par de cuernos y las garras extendidas hacia él.
—Vete —dijo Marcos, y recordó todo lo que le había dicho Lea que tenía que recitar—. Te conozco, eres un Reflejo Sombrío.
La sombra paró en su avance, como si dudase, pero la falta de convicción del niño hizo que reanudara su avance.
—No te tengo miedo —continuó, atemorizado—, porque te conozco. No me… no me… —No pudo continuar.
«No puedo hacerlo, no puedo hacerlo» se repetía una y otra vez mientras intentaba que las palabras de expulsión salieran de su boca.
—Papá… ¡papaaaa! —gritó cuando no pudo más.
Su padre apareció rápidamente y miró en la habitación, sin ver nada raro. Se volvió hacia su hijo, que estaba temblando y llorando, presa del pánico.
—No puedo, no puedo —susurraba Marcos.
—Tranquilo, hijo, estoy aquí contigo.
Su padre lo consoló esa noche y le permitió que durmiera de nuevo con él.

***

—Papá, quiero volver a aquella tienda —dijo una mañana Marcos mientras desayunaba.
—¿Por qué? Aquel hombre solo era un charlatán.
Marcos se encogió de hombros y siguió mordisqueando una galleta, como si no hubiese dicho nada. Pero su padre, recordando lo bien que lo había pasado su hijo aquel día, decidió que lo llevaría de nuevo.

***

—¡Hola, Marcos! —Se giró de un susto y vio la alegre cara de Lea—. Me alegra volver a verte. ¿Jugamos un poco?
Marcos asintió y fue a por una pelota.
—¿Cómo te fue con el Reflejo Sombrío?¿Ya lo expulsaste?
Marcos bajó la mirada y negó con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó ella acercándose a él. Le puso una mano en el hombro y le acompañó a que tomara asiento.
—Porque no puedo.
—¡Oh! Claro que puedes. Solo hay que hacerlo.
—Sí, claro, eso lo dices tú —replicó Marcos, molesto—. Tú no tienes una sombra de esas en tu habitación.
—No, yo tenía un Aberrado —le recordó Lea.
Estuvieron unos minutos en silencio, hasta que ella volvió a tomar la palabra.
—Te voy a contar una cosa que solo sabe mi abuelo —dijo, acercándose a él para contarle el secreto—. Cuando era pequeña, después de que mis padres muriesen, empezó a visitarme este Aberrado. En cuanto se lo conté a mi abuelo supo de qué se trataba y me explicó cómo expulsarlo. Lo intenté muchas veces sin conseguirlo, porque tenía mucho miedo, así que terminaba llamando a mis abuelos para que viniesen. Cuando acudían, el Aberrado desaparecía, pero solo para volver a la noche siguiente, o la siguiente. En aquel entonces yo era muy desobediente; estaba enfadada con todos y tenía muy mal carácter. Mis padres se habían ido para siempre y yo no lo aceptaba. Los quería, y quería que volviesen.
»Una tarde me enfadé con mis abuelos y me escapé de casa. Tenía nueve años, como tú tienes ahora. Encontré una finca abandonada y, mientras buscaba un buen lugar para esconderme, caí por un agujero que había en el suelo y me torcí el tobillo. Estaba todo muy oscuro y no podía andar, así que me puse a llorar y a gritar pidiendo ayuda. Nadie acudió.
»Y entonces, cuando estaba sola y desamparada, apareció él. No sabía cómo, pero me había encontrado. No importaba donde fuese, siempre me encontraba. Yo entonces no sabía que lo llevaba siempre conmigo, con mi odio y mis miedos.
Lea hizo una pausa. Su siempre jovial sonrisa ya no estaba. Ahora tenía el rostro serio y los ojos entrecerrados.
—¿Y qué pasó entonces?
La niña le miró a los ojos y dijo:
—Lo vencí.
Marcos se sorprendió.
—¿Y cómo lo hiciste? ¿Ya lo habías intentado antes y entonces tenías el pie roto?
Lea se acercó a él un poco más.
—No había nadie a quien decirle que no podía hacerlo. Estábamos él y yo. Nadie más. No tenía otra alternativa. Así que recité las oraciones con todo mi ser y lo expulsé para siempre.
Marcos estaba todavía con la boca abierta, asimilando aquella historia. Poco a poco se fue dando cuenta de las implicaciones que tenía aquello y su ánimo cayó como un árbol cortado con una sierra. Se hundió en la silla y se empezó a estirarse los dedos.
—¿Qué te pasa?
Marcos dudó unos instantes antes de contestar.
—Yo no quiero quedarme a solas con él.
Lea lo miró con ternura y le acarició la cabeza.
—Espera, te voy a dar una cosa —y salió disparada de la habitación.
A los pocos minutos volvió con las manos en la espalda.
—¿Qué mano quieres, izquierda o derecha? —Marcos la miraba sin ganas de jugar—. Vamos, elige.
El niño bufó y eligió la derecha con desgana.
Lea abrió su mano y le mostró un mineral de cristal semitransparente, de forma alargada y terminado en punta por los dos extremos, uno de color rosado y el otro azulado. Marcos se maravilló ante la belleza de aquella roca.
—Esto es una piedra de valor —dijo Lea—. El abuelo de mi abuelo la encontró en un antiguo cofre de unas ruinas lejanas. Esta piedra de valor da el coraje necesario para realizar cualquier cosa que te propongas. Creo que te vendrá bien.
Marcos tomó el mineral que le ofrecía y lo observó detenidamente, impresionado por el regalo que le acababa de dar. Era una piedra mágica.
Levantó la mirada y fue a decirle lo mucho que se lo agradecía pero Lea ya estaba saliendo de la habitación de nuevo.
—Vamos, tu padre ya ha terminado.
Marcos corrió hasta su padre y le mostró la roca, emocionado, explicándole las propiedades mágicas que tenía.
Su padre lo miraba como si acabase de comprender una obviedad y se giró para mirar al viejo tendero, que le guiñó el ojo.
Juntos, padre e hijo, abandonaron la tienda para dirigirse a casa.

***

—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Se dedicaron una mirada de complicidad y su padre se fue de la habitación, dejando la puerta entornada.
Marcos sonreía mientras sostenía el colgante que le había hecho su padre y que sujetaba la piedra de valor. Ahora que tenía aquel objeto mágico lo conseguiría. Estaba convencido. Y mientras lo pensaba, quedó dormido.

***

Un crujido lo despertó. Marcos asomó la cabeza de debajo de la sábana y se dio cuenta de que estaba nervioso. La sombra del escritorio empezó a alargarse y adoptar la forma del Reflejo Sombrío.
«Ha, ha, ha. Vengo a por ti…».
Marcos se sentó en la cama y aferró con fuerza la piedra de valor. Miró con firmeza a aquella sombra que se acercaba con las garras extendidas.
—Te conozco, eres un Reflejo Sombrío —empezó recitando las oraciones que le había dicho Lea. La sombra paró en su avance, dudando—. Ya no puedes hacerme nada porque no te temo y no te temo porque te conozco. Vuelve a la oscuridad de la que vienes, porque en mí ya no encontrarás sombras. Vete y no vuelvas.
El Reflejo Sombrío se retorció y se arrugó, hasta volver a la oscuridad de detrás del escritorio. Fue entonces cuando Marcos se dio cuenta de lo que había hecho y se derrumbó en la cama, con la respiración entrecortada y las manos temblando. Lo había conseguido. Lo había expulsado, gracias a la piedra de valor.
Aquella noche, y todas las posteriores, Marcos durmió bien, como duermen los niños de nueve años, y poco a poco dejó de ser una sombra de sí mismo.

Epílogo

Muchos años después, mientras preparaba sus maletas para irse a la universidad, Marcos observaba sentado en la cama aquel colgante de cuero desgastado que sujetaba la piedra de valor. Sonrió como cuando su profesor de naturales le dijo que era un cristal de cuarzo muy bonito. Un simple mineral de sílice con el que había dejado de tener pesadillas, que le había ayudado a ganar el campeonato nacional de tiro con arco, que le dio la fuerza de voluntad necesaria para ser el segundo de su promoción y acceder a una beca completa para estudiar astrofísica y que, lo más importante, le insufló el valor suficiente para pedirle salir a Laura.
Una piedra que lo único que había hecho era mostrar el valor que él llevaba dentro.
Muy buenas Celembor, pues he visto por aquí tu relato y no me pude resistir ha entrar. Creo que aún no había leído nada de tu cosecha hasta la fecha. He de admitir que ha sido un relato muy tierno (por decirlo de alguna manera) que ha logrado que viaje tiempo atrás a mi propia infancia (que vamos, me he sentido bastante identificado) Y creo que muchos quienes lean este relato tendrán una sensación similar. La narrativa muy amena y fluida, sin grandes rimbombancias pero directa al ajo. Me gustó bastante. El mensaje gracias al epilogo, muy constructivo. Así que más decir, felicidades por el trabajo y por el segundo puesto en el reto ya de paso. XD

Un saludo y nos leemos.
Hola Fardis2. Gracias por tu tiempo y tus palabras. Me alegro mucho de que te gustara. Big Grin

Un saludo.
Buenas Celembor,

Aunque me parece que este hilo está más seco que el río de mi pueblo en julio (o el gaznate de un touareg, que dirían algunos), no he podido resisitrme a dejar un breve comentario, porque la verdad es que me ha gustado mucho.

Destacaría un muy logrado equilibrio de la dulzura y sencillez que requiere un cuento para niños/adolescentes pero sin caer en ser empalagoso o ñoño. Y me ha gustado, sobre todo, la sensación de naturalidad/realismo en lso diálogos e interacciones de los personajes; es algo a lo que le dedico mucho esfuerzo en mis relatos y ni de lejos me queda tan bien.

Saludos y nos leemos!
Gracias por tu comentario, Aljmar. Así da gusto publicar relatos.

Saludos
Me ha encantado Celembor, bien hilvanado, una historia muy bella, enhorabuena.
Muchas gracias, Aravan. Espero volver pronto con nuevos relatos que estén a la altura Wink
He leido hasta "los dos sabían que no podrían dormir siempre juntos", no tengo tiempo de leer más ahora pero seguiré.

Está bien escrito en general, solo una pega: eso de que el padre quiera inmovilizar a su hijo no tiene sentido en ese contexto. Es lógico que lo quiera tranquilizar, consolar...¿pero inmovilizar?

Y solo por curiosidad, ¿la parálisis del sueño ha influido en esta obra?
Leido del todo. Me ha gustado mucho la idea de que una imaginación frecuente en los niños sea real en tu historia, y la forma de vencer a los monstruos, así como que todos ellos estuvieran englobados en un libro y hubiera un método para derrotarlos. Todos esos ingredientes hacen un relato muy chulo. Y está muy bien escrito.

Antes te he preguntado por la parálisis del sueño, ahora otra pregunta: un amigo me contó una vez que de pequeño soñaba todas las noches con una especie de murciélago gigante verdoso que le daba mucho miedo. No obstante, una vez soñó que mató a tal monstruo y nunca más soñó con él. Lo de Marcos me lo ha recordado mucho. Por tanto, pienso que tu texto puede estar basado en un hecho real que conozcas tú de un niño que soñaba con algún monstruo y dejó de soñar con él cuando se le enfrentó en el sueño. ¿Es así?
Gracias por tu comentario Big Grin
Así escribía hace unos años, pero ahora tengo que casi volver a empezar.
Este es un cuento que le escribí a mi hija mayor. Es muy miedosa y como cuando le hablo no me escucha, decidí escribírselo. Ella suele tener pesadillas con toros, igual que su madre (qué curioso, ¿verdad?), y le he explicado muchas veces que una forma de vencer los miedos es enfrentarse a ellos, pero eso cuesta y si tenemos a alguien a quien recurrir, pues no nos enfrentamos.
Para el personaje de Lea me pregunté, las brujas de los cuentos, ¿cómo serían de pequeñas? Y me salió ella, pero adaptada a nuestro mundo.
Como hace muchos años que lo escribí no recuerdo bien otros pormenores del cuento.

Un saludo.
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