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Versión completa: Reto Steampunk I - El primer día como guerrillero
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El Royal Necklace atravesaba de forma ostentosa el cielo londinense como si de un inmenso hueso de oliva rosado se tratase. Las calles de la ciudad estaban engalanadas con lazos dorados y rojizos colocados sobre las puertas y alféizares de las viviendas, adornando los pasamanos de los puentes del río Támesis y sobre la cabeza (o en su defecto cualquier articulación sobresaliente) de todos los criados-autómatas que ejecutaban sus consuetos recados diarios.

Vestidos para la ocasión, la flor y nata de la burguesía londinense paseaba por los márgenes del río, dejándose transportar grácilmente por las aceras móviles, cuyo traqueteo mecánico había conseguido erigirse en el paradigma del progreso. Saludaban con efusividad al dirigible, azuzando –los caballeros– los sombreros de copa, mientras las damas accionaban las hélices de sus paraguas, levantando ligeramente el vuelo, como bien exigía el protocolo. Todos los arañamóviles estaban estacionados y no había viajero alguno que osase atravesar el cielo con sus petates a vapor. La ciudad estaba paralizada y de fiesta. La recién coronada reina Victoria, desde lo alto del dirigible, devolvía el saludo a sus súbditos, comedida y displicente, mientras su marido el conde de Durham, esbozaba aquella sonrisa contagiosa y alegre que tanto agradaba al pueblo londinense.


—¡Maldita sea, Francis, ahora me toca a mí! —dijo el joven Arthur, tirando del cárdigan de su primo, que observaba la nave real con unos prismáticos.


—Estate quieto, pequeñajo, o le diré a madre sobre los daguerrotipos que tienes escondidos en el arcón —le espetó éste, con una sonrisa aviesa.


Arthur soltó a su primo, sonrojado. Creía que esas imágenes que había encontrado eran su mayor secreto. Aquellas mujeres posando con los tobillos descubiertos hacían que el muchacho sintiese como se le aceleraba el corazón, entre otras cosas.
Se alejó del bordillo pateando una solitaria lata de hojalata que encontró por la calle. Pudo ver como un enorme y bruñido ratón de limpieza la engullía en sus entrañas antes de volver a su escondrijo asignado.
Valoró la posibilidad de asomarse a las callejuelas del apacible barrio de Southwark, pero el recuerdo de su tío advirtiéndoles sobre el castigo que les esperaría si se hubiesen alejado le hizo reconsiderar las cosas. Distinguió a sus familiares entre la multitud que se había congregado a orillas del río, luciendo aparatosos relojes —con lo último en engranajes— o anteojos modelo aviador, a pesar que ninguno de ellos sabía conducir aeroplano alguno, por no hablar de la poca destreza que muchos demostraban con los petates a vapor. Eran modas. Modas de una sociedad inmersa en una guerra silenciada, aunque en la ciudad de Londres no hubiese ciudadano alguno capaz de distinguir siquiera un fusil de un lanzagranadas. De hecho, eran muchos los que negaban la guerra en sí, que se aislaban en una metrópolis donde la pobreza parecía no existir, donde los autómatas se encargaban de todo trabajo agotador y las noticias de allende los muros de la ciudad se convertían en rumores apenas eran pronunciadas entre susurros.
Pero Arthur sabía algunas cosas. No gracias a sus tíos o su primo. Ni siquiera le habían hablado de ello en la escuela o en los audiolibros. Se las contaba su abuelo.


—Hay una guerra ahí afuera muchacho, la gente está sufriendo para que nosotros podamos vivir como vivimos —solía decirle cuando estaban a solas—. Pero muy pronto las cosas cambiarán, será mejor que te hagas una idea.


Frente a sus tíos, o incluso con su primo, el abuelo se comportaba como cualquier ciudadano más, hablando con desdén de los desmanes de los europeos, enumerando los males del creciente comunismo que asolaba todo el continente. Sus tíos sonreían nerviosos, pues, como bien había notado Arthur, no tenían interés alguno en política y —teniendo en cuenta los tiempos que corrían— muchos eran los que rehuían hacer manifestaciones políticas en público, por miedo a la policía secreta. Aún así su abuelo persistía en su afán por mostrarse, ante los demás, como el más patriota de todos, el mayor defensor de la industrialización que tanto progreso había traído a Gran Bretaña, del consumismo mecánico, término tan en boga por aquellos tiempos.
Al contrario, con Arthur —cuando ambos se encontraban a solas— mostraba su verdadero rostro. Quizás porque el muchacho poseía una inteligencia precoz, a diferencia de su primo, o quizás porque el viejo necesitaba vaciar su rabia sobre alguien de confianza. El caso es que el pequeño Arthur, con apenas doce años, había conseguido hacerse una idea, un tanto inconexa, sobre todo lo que tenía cabida en aquél mundo llamado Tierra, más allá de una Londres caprichosa y adicta a los inventos a vapor.
Era cierto que había una guerra, pero —al contrario de lo que se decía— ésta se estaba librando en la misma Gran Bretaña; los condados otrora rurales y por aquél entonces masivamente industrializados, se habían revelado contra las grandes ciudades, a quienes acusaban de explotarles en condiciones inhumanas. En cambio, en Europa, de la cual solamente llegaban malas noticias tanto en diarios como en los audio comentarios, su abuelo decía que hacía mucho tiempo que la guerra había terminado y que se había creado una especie de Unión Europea a la que la isla británica había rechazado unirse, por diferencias insalvables en lo referente a derechos humanos.
Su abuelo también le contaba cosas emocionantes —a ojos de Arthur— sobre el resto del mundo. Como las historias sobre los descubridores de los nacimientos de ríos, a bordo de naves de aspecto similar al de los grandes buques, pero con hélices y motores capaces de hacerlas surcar los cielos. Le hablaba de países donde aún convivían tribus cuya evolución tecnológica prácticamente era nula, pero cuyo legado histórico era incalculable; sobre grandes cascadas y hermosas islas desiertas donde se encontraban tesoros a la espera de ser descubiertos; de aventureros que deambulaban por el mundo con sus petates a vapor, escribiendo libros sobre sus viajes, hablando de la viveza de los colores en el continente asiático, de las minas de hierro y cobalto africanas, y de aquella enorme isla que el capitán John Cook había descubierto a la que habían llamado Terra Australis.
Todas estas historias le contaba a Arthur su abuelo, encendiendo su imaginación como si de una locomotora a carbón se tratase, provocando que —en un día tan señalado como aquél— el muchacho se sintiese desanimado por la insipidez de una metrópolis carente de estímulos y reaccionaria.


Fue entonces cuando una enorme explosión lo sacó de su ensimismamiento.


Lo primero que sintió fue una onda de calor que lo arrojó contra el muro de uno de los edificios, seguida de una lluvia de desechos. Gritos de histeria y miedo empezaron a apoderarse del entorno. Arthur divisó una espesa nube de detritos, a merced del viento, donde anteriormente se encontraba el dirigible real.


Habían atentado contra la corona. Habían matado a la reina.


A ojos del pequeño Arthur todo se sucedía en un falso silencio envolvente. Pudo ver como el cielo se teñía de mini zeppelines y ciudadanos escapando en sus petates. Las alarmas sonaban por doquier. Los arañamóviles intentaban circular, creando un atasco de dimensiones mayúsculas. Escuchó algunas explosiones lejanas y le pareció observar como la recién estrenada torre del Big Ben también volaba en pedazos. Parecía que el atardecer hubiese llegado de manera abrupta, como si el sol se hubiese atenuado —colorándose de rojo sangre— ante el devenir de los sucesos.
Vio a su primo acurrucado en un muro, gritándole.


—¡Ponte a resguardo, idiota!


Intentó con todas sus fuerzas reaccionar, salir de su embelesamiento y protegerse en el muro con Francis, pero la terrible majestuosidad de lo que estaba aconteciendo lo mantuvo erguido, con los ojos abiertos como platos, atentos a todo cuanto ocurría.


Y fue así como, gracias a ello, sus ojos repararon en el peculiar grupo que se adentraba, decidido, en una de las callejuelas del barrio de Southwark.


Dos de ellos vestían trajes acolchados de color crema, con manoplas y grebas en brazos y piernas, y estrambóticas escafandras en la cabeza, cuyos engranajes a los lados parecían en continuo movimiento. El tercero —que al parecer guiaba al grupo y cerraba el trío— portaba gabardina y botas de cuero, pantalones bombachos y sombrero de copa. Lucía una perilla rojiza puntiaguda, coronada por un estilizado bigote y un monóculo en el ojo derecho. Y sonreía. Desde la distancia, y con todo el caos que les rodeaba, a Arthur le pareció escuchar el gutural sonido de sus carcajadas.
Movido por la curiosidad, y por una especie de corazonada, Arthur se encontró a sí mismo siguiendo a los hombres, intentando —en la medida en que sus doce años lo permitían— ser sigiloso y pasar desapercibido. Escuchó los gritos de su primo, imprecándole que volviese. Era consciente que lo normal en una situación como aquella era intentar reunirse con sus familiares. De hecho estaba aterrado ante lo sucedido, aunque quizás —después de tantas charlas con su abuelo— le hubiese cogido menos por sorpresa que a la mayoría de adultos. Aun así, había algo en aquellos hombres, en la holgura y desenfado de su paso, que hacía que el muchacho no pudiese contener el impulso de seguirles los pasos.
Atravesó los callejones del barrio a paso ligero, consiguiendo ganar —cada vez que giraban una esquina— mayor terreno. Bajo los angostos callejones de Southwark el caos desatado era apenas un murmullo. A medida que se iban distanciando del centro, las paredes aparecían menos impolutas, más vejadas. Donde en un principio se encontraba un vecindario comedido y acorde a lo que hasta entonces Arthur estaba acostumbrado a encontrarse, poco a poco fue convirtiéndose en un escenario repleto de personajes con rostros macilentos, vestidos con atuendos pasados de moda y remendados, calles descuidadas y —quizás lo que más le alarmó de todo— basura esparcida por todas partes, sin rastro de ratones metálicos programados para recolectarla.


—Sí, sí, sí, todo un éxito —alcanzó a escuchar al hombre con el sombrero de copa—. Un éxito rotundo.


Éste se paró en seco y sacó una esfera de su gabardina, la manipuló hábilmente y ésta se alargó, convirtiéndose en un bastón color cobre. Introdujo una de las extremidades en la oquedad de una alcantarilla. De repente el suelo tembló y la alcantarilla empezó a girar sobre sí misma, agrandándose con cada rotación, para terminar mostrando una abertura con unas escaleras que se adentraban en las cloacas. El hombre con el sombrero de copa, y sus dos acorazados compañeros, se adentraron en ella.
Arthur se acercó a la entrada y se detuvo a escasos metros de ésta, dubitativo. Echo la mirada atrás e imaginó que su familia estaría buscándole, estarían muy preocupados. Si se adentraba en las cloacas seguramente terminaría siendo presa de esos hombres. Quién sabe qué harían con él, pues el muchacho estaba seguro que habían sido ellos quienes habían atentado contra el dirigible.
La puerta empezó a cerrarse dando giros inversos a los de antes. Arthur se abalanzó sobre ella entrando justo en el momento en que la compuerta se sellaba.


Estaba a oscuras. En completo silencio.


Poco a poco los ojos del muchacho se fueron adaptando a la oscuridad, que se atenuó ligeramente, mostrándole el perfil de los escalones. Algo parecido le sucedió con el oído, pues al rato pudo escuchar el sonido de unos pasos más adelante y algo parecido al chirrido del roce entre metales proveniente del subsuelo.
Descendió las escaleras aterrado, distinguiendo un resplandor al final de éstas. Una vez abajo, un amplio corredor transcurría transversalmente, iluminado de manera tenue por una serie de linternas alternadas cada cierto espacio, que al parecer eran capaces de autoalimentar la combustión de la lumbre. Divisó a los tres hombres unos cien pasos adelante, apresurándose a seguirles. A su alrededor todo eran tuberías y maquinarias, entremezcladas entre sí. Lo que desde la entrada a la cloaca apenas era un murmullo ahora era un ensordecedor sonido de engranajes rotando, expulsiones de vapor y mecanismos en movimiento. Las cloacas de Londres se habían convertido en un enmarañado sistema de válvulas y dispositivos en grado de gestionar autónomamente la entera ciudad.


—Sí, sí, sí, sabía que vosotros también lo conseguiríais —oyó decir al hombre del sombrero de copa, que al parecer se había encontrado con otro grupo que había accedido a las cloacas desde otra alcantarilla.


—¡Perceval, precioso trabajo! ¡Que belleza de explosión! —adujo uno de los recién llegados, después de abrazarle— ¡La revolución ha llegado al corazón de la ciudad!


—Sí, sí, sí querido Bors, ¡Por fin la ciudad despertará de su letargo! —contravino el hombre con el sombrero de copa, dando un teatral salto de alegría—. Ahora será mejor que nos demos prisa, no sea que el general parta sin nosotros.


—Ese viejo truhan no deja de sorprenderme —respondió el fornido Bors, conteniendo una carcajada—. Tanto tiempo en la ciudad no pudo con él, sigue siendo un culo de mal asiento.


—Sí, sí, sí, no te falta razón. Aunque me consta que sus años como ciudadano siempre fueron un suplicio para él. Pero alguien tenía que organizar esta revuelta desde dentro.


Los rebeldes reanudaron la marcha, intercambiando apaciblemente impresiones, ajenos a la tímida persecución del joven Arthur. A los pocos minutos un nuevo grupo se les unió, y otros tantos hicieron lo mismo durante el resto de la travesía. Al parecer estaban recorriendo, bajo las cloacas, todo el centro de Londres de cabo a rabo y, por lo que el muchacho pudo deducir, el ataque rebelde había sido global. Pocas víctimas, todas institucionales, muchos símbolos del estado rasados al suelo. Un golpe demoledor al régimen industrialista británico.


De repente sonó un disparo, seguido de muchos otros. Arthur se apresuró a esconderse entre dos tuberías. Un grupo de policías se había atrincherado al final de uno de los pasajes, disparando con sus fusiles de triple cañón a bocajarro sobre los rebeldes. Estos últimos, en lugar de emprender la retirada o, por lo menos, intentar ganar una posición defensiva que les permitiese replantear el enfrentamiento, desenfundaron sus mosquetes y respondieron al fuego adelantando el paso. Las armas de los rebeldes eran, cuando menos, mucho más variopintas y espectaculares. Muchos de ellos portaban fusiles cuyo sistema de proyectiles se basaba en una rotación permanente favorecida por un complejo y aparatoso sistema de poleas. Otros disparaban con cañones conectados a mochilas rectangulares de las cuales salía disparado vapor. Perceval, por su parte, se había apostado delante de todos sus compañeros con sendos pistoletes que rugían al son de la munición que de ellos emanaba.


—¡Sí, sí, sí, me encanta el olor a pólvora revolucionaria! —vociferaba mientras daba saltos con las piernas entornadas.


Los policías terminaron cediendo terreno, abriendo espacio suficiente para que los rebeldes lograran quebrar la encerrona. Azuzado por el miedo, Arthur consideró la posibilidad de volver atrás por sus pasos. Pero tanto por el hecho que por aquél entonces no tenía ni idea de donde se encontraba, como por la retahíla de policías que a sus espaldas estaban llegando, decidió que lo más sensato, si alguna decisión pudiese ser tachada como tal, era seguir los pasos de los rebeldes.
Empezó a correr tras ellos, escuchando disparos que venían tanto del frente como de sus espaldas. Vio como algunos de los rebeldes, entre ellos Perceval, lo veían llegar anonadados —pues encontrarse con un muchacho de alta alcurnia, vestido para la coronación de la reina, corriendo por las cloacas tras ellos y aparentemente huyendo de la policía, era seguramente algo que no se esperaban— a lo que Arthur respondió levantando los hombros, como toda respuesta. Supuso que el hecho que fuese un chaval de corta edad jugó a su favor, pues una vez estuvo a la altura de los rebeldes estos le cubrieron la espalda, colocándose el teatral hombre con el sombrero de copa delante de su trayectoria, mientras descargaban sus pistoletes contra los policías que los perseguían. Siguieron corriendo durante lo que para el joven resultó ser una eternidad, pero al final llegaron a unas escaleras que subían de nuevo a la superficie.


La luz le cegó de tal manera que, aunque corría siguiendo a las sombras que veía delante, no pudo vislumbrar donde se encontraba hasta el punto que por poco no se dio de bruces contra uno de los rebeldes que se había frenado en seco. Recupero la vista en el momento que todos los rebeldes se detuvieron, encontrándose en mitad de ellos. 
Estaban en campo abierto, fuera de las murallas de la ciudad. El cielo estaba plagado de naves de diferentes dimensiones, algunas con forma de barco con hélices en lugar de velas, otras parecían pájaros de metal y algunas incluso tenían el tamaño de una entera manzana de la ciudad de Londres. Escuchó disparos y explosiones tanto cercanas como lejanas, gritos de júbilo y de auxilio y, por último, sintió una mano sobre su hombro.


—Sí, sí, sí, muchachos, parece que tenemos un joven aliado entre nosotros —dijo Perceval, con una amplia sonrisa en su rostro.


Arthur no supo decir nada, ni siquiera sabía ni cómo ni porqué había llegado hasta allí. Se había dejado llevar por su instinto y ahora se encontraba rodeado de hombres de acción, que habían llevado un ataque contra su ciudad, aunque bien sabía el muchacho que todo ello era por una causa justa.
De repente una enorme buque de guerra, con velas a vapor y cañones en sus costados, descendió de los cielos directo hacia a ellos. Los guerrilleros salieron a su encuentro, vitoreando su llegada, sujetando sus sombreros ante la polvareda que la nave levantó en el aterrizaje.


 —Al parecer es tu día de suerte, muchacho —dijo Perceval, señalando a un hombre que se asomaba a la proa de la nave de manera imponente—. Tu primer día como guerrillero y ya vas a conocer a nuestro general.


Era un hombre mayor, vestido con uniforme militar, de cabellos blancos y rostro severo. Aunque sus facciones se enternecieron notablemente una vez distinguió a Arthur.


—¡Abuelo! —dijo el muchacho, corriendo en pos del general.  
Primer comentario!

Cada vez las historias van mejorando. No hay mucho que decir. Pero si hay un lado negativo, como una historia anterior se arruino la sorpresa que era muy buena. Las palabras que uso el hombre de bigote fueron reveladoras. Al momento uno es capaz de relacionar al abuelo de Arthur con el general de aquella revolución. Hubieras utilizado otras palabras como: "él planeo desde hace tiempo el ataque"; yo pienso que debiste usar otras palabras.

Excelente historia! Gracias por subirla! Escritor, que tu pluma nunca se quede sin tinta!
Muy buenas compañer@, pues aquí estamos.
A ver, un relato muy pulido, con un vocabulario muy rico y una narrativa igual de buena. La idea me pareció muy original, e implementaste muy bien los incisos pertinentes del Steampunk. Me gustó mucho los inventos que pueblan tu Londres, y la idea de la (Unión Europea) a lo que los Británicos no se quieren unir, me ha parecido un guiño muy sugerente a la realidad. El giro final ha estado bien. Ahora, Perceval me pareció carismático, solo que quizás haces demasiado hincapié en la muletilla de si,si,si cada vez que habla. El momento en que tienen el encuentro con la policía y el chaval decide (unirse al grupo) me resulto algo confuso, pero cuando se acaba acoplando a los rebeldes volví a coger el hilo. En general un relato muy bien llevado de cabo a rabo (sonó un poco mal esa ultima afirmación verdad, XD) En fin Autor/a un muy buen trabajo, felicitarte por ello. Un saludo y nos leemos.
Hola fardis2, un saludo!

Lei tu comentario y me percate que mencionas una característica de uno de los personajes. Veras yo creo que mas que un error o exageración el Si,si,si del hombre de bigote no es mas que una marca que vuelve único a este personaje y en mi opinión una excelente idea ya que no pasa desapercibido y el lector lo recordara siempre. Un detalle muy bueno para un relato corto. Yeah!
Buenas autor!

He visto algunos errores facilmente corregibles con un segundo repaso de la historia. Pero tampoco cortaban demasiado la historia.

Cita:término tan en boga por aquellos tiempos.
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También ha habido casos de repeticiones que me han chirriado un poco.

Cita:Aun así, había algo en aquellos hombres, en la holgura y desenfado de su paso, que hacía que el muchacho no pudiese contener el impulso de seguirles los pasos.
Atravesó los callejones del barrio a paso ligero, consiguiendo ganar —cada vez que giraban una esquina— mayor terreno.

Pero en general esta muy bien escrita.

En cuanto a la historia:

Me ha gustado la ambientación y la idea en general. Pero he encontrado dos puntos que faltaría mejorar.

El primero es que, durante el relato, no paras de inventarte nuevas cosas y les das un nombre, pero nunca te paras a describir ninguno, ni como funcionan ni como son ni para que sirven o que tienen de especial. Comentas al principio los autómatas, pero luego no vuelven a aparecer. Es algo que resulta confuso para el lector porque no puede imaginarse el mundo que le estas presentando. Quizás deberías haberte limitado a pocos inventos pero explicar alguno de ellos con algo de detalle. Al menos a mí me ha resultado confuso.

El segundo es como lo has planteado. Era demasiado evidente que el abuelo era el general, con lo cual el final del relato no transmite sorpresa ninguna. Hubiese sido mejor que el abuelo hubiese mantenido su fachada con él tb y así el final hubiese sido más sorprendente.

Suerte en el reto!
Hola, autor!

Me ha gustado tu relato.
Como cosa buena, me encantó la coherencia de los personajes, sobre todo del chico, y cómo está tratada su psicología. Si bien no son personajes rimbombastes o que sobresalgan por su originalidad, me parecen muy bien logrados.
La historia me gustó, aunque coincido con WAKON en que la sorpresa se arruina. Quizá si se hubiesen referido al hombre simplemente como 'el jefe' o 'general', sin revelar que era un viejo que había tenido que camuflarse en la sociedad, habría sido más entretenido.
Como relato en sí, parece más el fragmento de una novela que un relato redondo y cerrado, de hecho, por el tipo de descripción y el ritmo que lleva, es de novela y no de cuento.
En cuando a lo literario, pienso que necesita mucho pulido, hay problemas de tiempos verbales, hay demasiados adjetivos, sobre todo al inicio (la primera frase es un ejemplo), que hacen que se sienta sobrecargado. Así también el vocabulario en la primera parte no me parece sincero. Mi profesor de escritura siempre dice que uno debe escribir con el vocabulario que tiene, sin buscar palabras que uno no utilice al hablar, pues eso se nota en el texto, y aquí a mi me dio esa impresión. Muchas veces el vocabulario puede ser escaso, pero si las palabras están puestas en el lugar perfecto, evitando reiteraciones y cacofonías, la prosa se convierte en música a los oídos.
Hay repetición de palabras y me pareció que reiteración de ideas, o ideas que pueden eliminarse para hacer de la lectura más fluida.
Pese a estos errorcillos me gustó mucho el potencial que tiene, así que felicitaciones!! Smile
Nos leemos pronto!!
Buen relato, sí señor. Me ha gustado mucho la manera de narrar la historia como la historia en sí. Eso sí, coincido con los compañeros en que arruinaste la sorpresa final, pues dejó de ser sorpresa en cuando los rebeldes se refieren a él en las cloacas. Debo confesar que me resultó más atractiva la primera parte del relato que el resto, quizás porque pusiste más "pasión" en presentarnos esa ciudad llena de inventos. Creo que te quedó muy real, como si pudieramos ver en imágenes todo lo que narrabas.

En cuanto a errores, los tienes (como todo el mundo, claro), pero me llamó mucho la atención un "revelar" por "rebelar" porque en el resto del relato en que utilizaste la misma palabra lo hiciste correctamente.
En fin, me hiciste pasar un buen rato y eso ya habla muy bien de tu obra. Un saludo!!!
Un relato que me ha gustado bastante.
En primer lugar destacar el ambiente steampunk que creo es uno de los mejor desarrollados del reto. Me ha hecho gracia el saludo a lo Mery Poppins de las mujeres con los paraguas.
La historia en general me ha resultado interesante, con detalles como el de la Unión Europea que señala Fardis. La escena cuando el chico se une a los rebeldes en la huida, aunque se puede pensar que no termina de tener sentido, por el contrario me ha parecido muy simple y creíble, como si fuera lo más obvio que el muchacho se fuera con ellos. Vamos, que a un punto que puede resultar un poco incoherente lo has sabido presentar de manera que parezca lo más normal. Bien.
La muletilla del “si, si, si”, aunque cansa un poco, me ha parecido bien usada. Permite identificar al personaje y a la vez irritarte cada vez que habla.
En cuanto a aspectos más técnicos, me ha parecido bien narrado, con descripciones muy interesantes del Londres ficticio (lo de las aceras que se mueven solas me ha encantado). He visto algunos, aunque no muchos, errores: acentos, palabras que sobran y plurales que faltan.
Lo malo del relato… lo que ya te han señalado. Que en cuanto mencionan al general resulta demasiado obvio que se trata del abuelo. Creo que has jugado bien con la idea, pero has dado demasiados detalles que han arruinado la sorpresa.
Salvo por eso, el relato me ha gustado mucho.
Pues poco màs puedo decir que no te hayan dicho ya...

Buenas invenciones, una historia bastante sòlida (por trillada que sea), una sorpresa que no lo es tanto (bastarìa cancelar algùn diàlogo y ya quedarìa mucho mejor), una buena prosa con una excesiva adjetivaziòn (sobre todo al principio), muy pocas faltas (pero haberlas haylas) y buenas ideas steampunk.
Un relato que se puede analizar desde dos puntos de vistas, ambos con cosas positivas y negativas. Por un lado está la ambientación. La cantidad de artefactos que describes encajan perfectamente con la idea de un mundo steampaunk, aunque tirando un poco a ciencia ficción. Pero a la vez son tantas los aparatos nombrados sin que los describas que uno termina aturdido y cuesta enganchar con el relato. Las exageraciones como las nombradas funcionan si lo que buscas es realizar una parodia, pero creo que este no es el caso.
El otro punto a considerar es la historia en sí. El relato se mueve en un mundo definido con coherencia y elegancia, pero la sorpresa del final no lo es tal ya que desde que empezó el ataque se veía venir al abuelo.
De todas formas, la historia está bien escrita, con una prosa ágil y agradable, y con una estructura y trama sólida
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