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Versión completa: [Fantasía Épica] Prisma: El Cisne Negro.
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PRÓLOGO


Palacio real. Junio de 2.223 d.D.

Una alta lámpara de plata colgaba de las distantes vigas del techo. Allí arriba, sus velas vertían su luz acogedora sobre una mesa opulenta mesa repleta de jarras de buen vino, venado, guisantes y grasa de Alanegra, que estaban del especial agrado de Marye.

—Espero que estéis disfrutando de la comida, mi reina –dijo Ardo mientras los sirvientes reponían el vino Mediodía. Lady Marye sonrió con gracilidad y se acarició la barriga de embarazada con ternura. Incluso Sola, la madre de su marido, le sonreía aquel día.

—Y bien, querida Marye. ¿Habéis recibido ya contestación de vuestros padres Lady Anna y Lord Ewyen? –quiso saber Sola. Como Lady Marye, ella también llevaba recogida la larga cabellera en un moño trenzado, pero su pelo gris había perdido hacía mucho el brillo de la juventud y sus ojos azul cristal también se habían oscurecido con el paso de los años, mientras que lady Marye era todo jovialidad y energía.

—Así es –contestó limpiándose la comisura de los labios con un paño de hilo dorado.
–. Vendrán desde las Landas amarillas para el Día de los Doce y se quedarán aquí por una temporada, si no son molestia.

—¡Fabuloso! –sonrió Sola y se sirvió más guisantes de la fuente. Los habían importado desde las lejanas Ciudades Libres de Thamara y fríos estaban particularmente sabrosos. Ardo también esbozó una sonrisa y le dio la mano a su esposa, que se la estrechó cariñosamente por varios segundos. Un sirviente, a una orden de Ardo, espolvoreó más especias sobre su plato.

Frío.

—¿Hay alguna nueva de los Vendolienses? –siguió lady Marye de pronto. Su marido le había hablado por encima de las recientes tensiones que había entre I-Naskar y Vendal por culpa del Imperio del Halcón, y aunque no era nada extraordinario para alguien acostumbrado a la política y a la guerra, a ella, una cándida muchacha de diecinueve años que sólo había salido de los territorios de su familia un par de veces, le parecía el preludio de una guerra inminente.

—Oh, querida, respecto a eso... –empezó, pero le abordó una sensación de náusea que le revolvió el estómago y tuvo que parar. Se llevó la mano al vientre y tragó saliva –. Respecto a eso, nada que la paciencia y la virtud de un rey felizmente casado no puedan solucionar –sonrió y lady Marye le devolvió la sonrisa, risueña. Entonces, sintió el mismo pinzamiento de antes y su semblante se tornó serio y pálido. Sola alzó levemente la cabeza y su mirada se encontró con la mirada angustiada de su hijo.

—¡Ardo! –gritó inconscientemente. Lady Marye no alzó la cabeza – ¡Ardo! ¡Mi hijo!

El rey abrió la boca como si fuese a decir algo, pero sólo pudo darle un mordisco al aire en un último y desesperado intento por llenar sus pulmones de oxígeno. Sola gritó aún más alto con la voz desgarrada por el pánico y al momento entraron dos soldados de la guardia real.

Frío.

Marye seguía sin levantar la cabeza.

—¡El rey! –señaló Sola, llorando. Se había incorporado y observaba petrificada como un espantapájaros los movimientos torpes de su hijo. Cuando los guardias lo alcanzaron, el cadáver cayó a sus pies, inerte, con los ojos descolocados y huecos de expresión, y las orejas encharcadas de sangre. La voz rota de Sola y sus lamentos amargos inundaron la sala. Marye seguía con la cabeza gacha.

—Lady Marye –llamó uno de los guardias, colocando la mano sobre su hombro. El cuerpo de la reina se tambaleó con el toque y cayó también al suelo. Tenía la nariz ensangrentada y las profusas gotas le habían caído sobre su prominente barriga, donde yacía la pequeña promesa de seis meses, ajena a todo.

Sola se desplomó en el suelo. El dolor le roía las entrañas como si tuviera una rata encerrada en el pecho. Lágrimas grandes y aciagas bañaban sus ojos y sus mejillas arrugadas, y cada poro bajo el vestido gris y azul rezumaba sudor y terror. Los guardias gritaron algo y a los pocos segundos aparecieron algunos soldados más por la puerta del fondo. Sola seguía en el suelo, como los demás cadáveres pero hirientemente viva. Preferiría la muerte a la tortura, el olvido a la locura.

—Mi hijo... –sollozó. Los guardias se hicieron a un lado mientras la madre del rey se incorporaba, dominada por una extraña determinación. Le temblaban las piernas y tropezó, pero se volvió a levantar hasta que estuvo junto a su cuerpo –. Mi nieto aún no nacido... Mi familia...

Frío.

—¡Majestad...!

—¡No! –gritó ella, interrumpiendo al hombre que acababa de entrar. Era sir Namir, amigo de la familia y consejero de su marido, cuando aún vivía, y de su hijo, durante su fugaz reinado. Se acercó y se arrodilló junto a ella.

A unos pasos, el cadáver de lady Marye.

El llanto de la reina se elevó aún más entre las paredes y penetró cada piedra y madera del castillo. Su semblante se había descompuesto del todo y sus brazos y piernas temblaban como las ramas de un árbol seco en la tormenta. Calló un momento, pues las náuseas se le atragantaron en la garganta, y luego su voz rota resonó una vez más desde lo profundo de su alma

—¡Mi hijo…! –balbuceó. Las lágrimas le hacían surcos entre las arrugas –. Mi vida... –Sir Namir se incorporó y estudió la mesa. Todo tenía buen aspecto: los guisantes, muy verdes, la carne; en su punto, la grasa; un poco chamuscada... Cerró los ojos y cuando los abrió el retrato colgado en la pared del fondo le devolvió una mirada triste y honda.

—¡Veneno...! –exhortó, tembloroso, mientras aún revolvía con el cubierto de acero el plato del rey. Sola alzó un poco la cabeza, lo suficiente para ver al consejero, y volcó en él la destrucción que revelaban sus ojos. “Veneno…”

Se colaron algunas figuras más en el salón, la mayoría nobles y cargos administrativos atraídos por el revuelo que se había generado de pronto. Hubo exclamaciones de horror y gritos ahogados entre los asistentes al espectáculo, algunos eran familiares cercanos que intentaron abrirse paso entre el tumulto de soldados hasta los cuerpos inertes. Pronto, al llanto de Sola se sumó algún otro y el peso de la tragedia fue tal que incluso sir Namir, que no era demasiado expresivo, tuvo que clavar los dedos en la mesa para no desfallecer y desplomarse.

—¡Traición! –bramó entre lágrimas lady Anie, hermanastra de Sola.

—¡Los han envenenado!

En el umbral de la puerta aparecieron muchos criados. Algunos de ellos habían visto crecer al joven rey y habían sido sus mentores o nodrizas. También era una tragedia para ellos.

—Ha sido su madre gris y amargada, estoy segura –cuchicheó una ayudante de cocina –. Cederle el trono a su hijo después de tantos años debe doler, y esta gente no es de la que se anda con remilgos.

—¡Shh! Nos van a meter a todos en el calabozo por tu culpa, Menie.

—Los reyes vienen y van –dijo otro sirviente –. No es la primera vez que muere un noble en palacio en los años que llevo aquí metido.

Se elevó un murmullo en la sala. Todos envenenados menos ella. El dolor era real o ella era muy buena mentirosa. Nadie se atrevió siquiera a pensarlo, pero y si...

Namir le tendió la mano y unos guardias trajeron un mantón para arroparla. Estaba morada y tiritaba. El grupo de criados se disolvió rápidamente. Los nobles y conocidos que la rodeaban se miraban entre ellos, quizás incapaces de encajar lo que acababa de suceder, quizás fingiendo un compungimiento exagerado para no levantar sospechas.

Sir Namir intentó fijarse en la expresión de cada uno de los presentes. Al rato, Sola desapareció acompañada de su séquito por el pasillo hasta sus aposentos. Se la escuchó llorar todavía un rato más.

Cuando calló sólo quedó el frío.
Holas Maserez, te voy a corregir un poco el texto que veo que hay algunas impresiciones al igual que te diré mis opiniones.

PRÓLOGO


Palacio real. Junio de 2.223 d.D.

Una alta lámpara de plata colgaba de las distantes vigas del cielo negro de piedra.( esta frese esta mla estructurada, repites mesa, pon: Allí abajo, la luz de las velas iluminaban (derramaban no existe como velas) sobre una mesa opulenta; jarras a rebosar de buen vieno, venado, guisantes y grasa de Alanegra que estaban del agrado de Marye) Allá abajo, la luz de sus velas se derramaba sobre una mesa opulenta mesa repleta de jarras de buen vino, venado, guisantes y grasa de Alanegra, que estaban del especial agrado de Marye.

-Espero que estéis disfrutando de la comida, mi reina -( no es el guionado dle diálogo correcto)dijo Ardo mientras los sirvientes reponían el vino Mediodía. Lady Marye sonrió con gracilidad y se acarició la barriga de embarazada con ternura. Incluso Sola, la madre de su marido, le sonreía aquel día.

-Y bien, querida Marye. ¿Habéis recibido ya contestación de vuestros padres Lady Anna y Lord Ewyen? -quiso saber Sola. Como Lady Marye, ella también llevaba recogida la larga cabellera en un moño trenzado, pero su pelo gris había perdido hacía mucho el brillo de la juventud y sus ojos azul cristal también se habían oscurecido con el paso de los años, mientras que lady Marye era todo jovialidad y energía.

-Así es -dijo ( has dicho ahce poco dijo cambialó por ejemplo, le contestó) limpiándose la comisura de los labios con un paño de hilo dorado.
-. Vendrán desde las Landas amarillas para el Día de los Doce y se quedarán aquí por una temporada, si no son molestia.

-¡Fabuloso! -sonrió Sola y se sirvió más guisantes de la fuente. Los habían importado desde las lejanas Ciudades Libres de Thamara y fríos estaban particularmente sabrosos. Ardo también esbozó una sonrisa y le dio la mano a su esposa, que se la estrechó cariñosamente( unos, mejor que varios) por varios segundos. Un sirviente, a una orden de Ardo, espolvoreó más especias sobre su plato.

Frío. Este Frío no lo entiendo solo xD)

-¿Hay alguna nueva de los Vendolienses? -siguió lady Marye de pronto. Su marido le había hablado por encima de las recientes tensiones que había entre I-Naskar y Vendal por culpa del Imperio del Halcón, y aunque no era nada extraordinario para alguien acostumbrado a la política y a la guerra, a ella, una cándida muchacha de diecinueve años que sólo había salido de los territorios de su familia un par de veces, le parecía el preludio de una guerra inminente.

-Oh, querida, respecto a eso... -empezó, pero le abordó una sensación de náusea que le revolvió el estómago y tuvo que parar. Se llevó la mano al vientre y tragó saliva -. Respecto a eso, nada que la paciencia y la virtud de un rey felizmente casado no puedan solucionar -sonrió y lady Marye le devolvió la sonrisa, risueña. Entonces, sintió el mismo pinzamiento de antes y su semblante se tornó serio y pálido. Sola alzó levemente la cabeza y su mirada se encontró con la mirada angustiada de su hijo.

-¡Ardo! -gritó inconscientemente. Lady Marye no alzó la cabeza -¡Ardo! ¡Mi hijo!

El rey abrió la boca como si fuese a decir algo, pero sólo pudo darle un mordisco al aire en un último y desesperado intento por llenar sus pulmones de oxígeno. Sola gritó aún más alto con la voz desgarrada por el pánico y al momento entraron dos soldados de la guardia real.

Frío.

Marye seguía sin levantar la cabeza.

-¡El rey! -señaló Sola, llorando. Se había incorporado y observaba petrificada como un espantapájaros los movimientos torpes de su hijo. Cuando los guardias lo alcanzaron, el cadáver cayó a sus pies, inerte, con los ojos descolocados y huecos de expresión, y las orejas encharcadas de sangre. La voz rota de Sola y sus lamentos amargos inundaron la sala. Marye seguía con la cabeza gacha.

-Lady Marye -llamó uno de los guardias, colocando la mano sobre su hombro. El cuerpo de la reina se tambaleó con el toque y cayó también al suelo. Tenía la nariz ensangrentada y las profusas gotas le habían caído sobre su prominente barriga, donde yacía la pequeña promesa de seis meses, ajena a todo.

Sola se desplomó en el suelo. El dolor le roía las entrañas como si tuviera una rata encerrada en el pecho. Lágrimas grandes y aciagas bañaban sus ojos y sus mejillas arrugadas, y cada poro bajo el vestido gris y azul rezumaba sudor y terror. Los guardias gritaron algo y a los pocos segundos aparecieron algunos soldados más por la puerta del fondo. Sola seguía en el suelo, como los demás cadáveres pero hirientemente viva. Preferiría la muerte a la tortura, el olvido a la locura.

-Mi hijo...-sollozó. Los guardias se hicieron a un lado mientras la madre del rey se incorporaba, dominada por una extraña determinación. Le temblaban las piernas y tropezó, pero se volvió a levantar hasta que estuvo junto a su cuerpo -. Mi nieto aún no nacido... Mi familia...

Frío. (¿?)

-¡Majestad...!

-¡No! -gritó ella, interrumpiendo al hombre que acababa de entrar. Era sir Namir, amigo de la familia y consejero de su marido, cuando aún vivía, y de su hijo, durante su fugaz reinado. Se acercó y se arrodilló junto a ella.

A unos pasos, el cadáver de lady Marye.

El llanto de la reina se elevó aún más entre las paredes y penetró cada piedra y madera del castillo. Su semblante se había descompuesto del todo y sus brazos y piernas temblaban como las ramas de un árbol seco en la tormenta. Calló un momento, pues las náuseas se le atragantaron en la garganta, y luego su voz rota resonó una vez más desde lo profundo de su alma

-¡Mi hijo…! -balbuceó. Las lágrimas le hacían surcos entre las arrugas -. Mi vida... - Sir Namir se incorporó y estudió la mesa. Todo tenía buen aspecto: los guisantes, muy verdes, la carne; en su punto, la grasa; un poco chamuscada... Cerró los ojos y cuando los abrió el retrato colgado en la pared del fondo le devolvió una mirada triste y honda.

-Veneno...-murmuró, abstraído, mientras revolvía con el cubierto de acero el plato del rey. Sola alzó un poco la cabeza, lo suficiente para ver al consejero, y volcó en él la destrucción que revelaban sus ojos.
( esta aparte le falta fuerza; muere casi toda la realeza y solo sobrevive ella, las acusasiones y los rumores tendrían que hacerse sentir, además de que alguien importante a los reyes, tendría que mojarse, en el sentido de hablar en nombre de ellos, decir que ha sido una traicion etc. Fijaté que es una parte muy importante y la pasas un poco de refilón, muestranos el llanto de los más proximos, le murmurro de la gente.)
Se elevó un murmullo en la sala. Todos envenenados menos ella. El dolor era real o ella era muy buena mentirosa. Nadie se atrevió siquiera a pensarlo, pero y si...

Namir le tendió la mano y unos guardias trajeron un mantón para arroparla. Estaba morada y tiritaba.

Cuando calló sólo quedó el frío.

La idea esta bien, pero com oya te dije le flata mucha fuerza; este envenenamiento "global" es una excusa percfecta para mostarnos unos dialgos de esos increpadores, de acusaciones entre algunos de ellos, muestra los trapos sucios. No se, espero haberte ayudado. Un saludoo y nos leemos.
Buenas Maserez,

Encantado de tenerte por aquí, yo también estoy en Wattpad (aljamara) pero de momento aún no he publicado nada allí. Aquí sí que tengo un par de relatos breves por si quieres pasarte.

A lo que vamos, el prólogo me ha gustado, me parece una forma muy original y un punto de partida muy bueno. Pero... siempre hay un pero. Big Grin

Coincido con Rohman en que le falta fuerza, diálogos, algo más de tensión. Creo que deberías situar mejor la escena: describir los personajes, su ropa, etc. No hacer tantas referencias "externas" a reinos y lugares que descentran un poco y no vienen al caso.
Otra cosa es la repetición de la palabra "frío". Al final he entendido el efecto que quieres crear, pero al principio no lo capté. Me parece un efecto muy bueno pero deberías cambiar la frase o la posicion dentro del texto porque así tal cual, creo que no acaba de triunfar.

En resumen, tienes un comienzo muy bueno, si le das un repaso y explotas ciertos aspectos, va a quedar mucho mejor!

Saludos y nos leemos!
Muchas, muchas gracias a ambos, trabajaré de inmediato en el texto! Respecto a "frío", en realidad eso iba en cursivas, lo que ayudaba a que inconscientemente el lector lo interpretase de la forma correcta, pero al copiar y pegar quedó un poco coja esa parte. Gracias de nuevo, nos vemos!!!
Actualizado. He añadido más cosas en el final, corregido varios detalles, utilizado los signos del diálogo correspondiente y matizado algunas pequeñas frases sueltas. Aún habría mucho que trabajar, dado que tanto la anterior versión como esta eran borradores, pero creo que la cosa va a buen ritmo. Hoy a la tarde actualizaré con el primer capítulo. ¡Muchas gracias Aljamar y Rohman por vuestros consejos!
AGRIA.

Una luz cándida y dorada que invitaba a leer y escribir iluminaba la mesa de estudio de lady Agria Darne. Levantó un momento la cabeza y le sonrió a una mañana que se presentaba cálida y alegre, aunque larga para ella. Mojó la pluma en la tinta y con caligrafía exquisita escribió "Mi hijo me ha traído la nueva de la capital. Desde aquí lamentamos profundamente la pérdida de nuestro rey y enviamos nuestras máximas condolencias a la familia de la esposa y a usted. Una tragedia para el reino y aún más para su madre. Los doce de apiaden de sus almas".

Se levantó con el papel en mano y se sentó junto al alféizar de la ventana. Tras los cristales la nieve de la cordillera relucía como metal caliente, y un poco más allá, el verde desaparecía y se tornaba en arena y roca. Sesenta y seis años eran muchos para un mundo tan frágil como aquel, pero Lady Agria aún se sentía joven de mente.

-Veamos... -inclinó el papel hacia la ventana y lo repasó. No era preciso escribir un gran discurso; lo justo y necesario para que nadie puediera achacar nada a su familia. Dobló el papel por la mitad y lo introdujo en un sobre dorado con el sello de su casa. Lo miró durante unos segundos. Ya estaba. Lo había intentado y aunque su éxito era relativo, la naturaleza humana no tardaría en enmendar el error.

Alguien llamó a la puerta.

-Adelante -dijo con su voz inquisitiva. La puerta se abrió y en el umbral surgió una cara conocida.

-Madre, ¿podemos hablar?

Lady Agria lo miró largamente y asintió.

-Pasa y siéntate. ¿Sucede algo o sólo quieres pasar el rato con esta anciana?

Lord Arnus Darne cerró la puerta tras de si y arrastró una silla hasta la ventana. Agria observaba con la mirada fría el frenético vuelo de dos pájaros que se acababan de asustar por el sonido de unos cascos. Debió de ser una muchacha muy bella, pensó Arnus. El cabello casi blanco recogido en un moño finamente elaborado contrastaba con sus ojos castaños, de carácter oscuro y observador, y una pequeña boca de carnosos labios estrechos. Era una mujer baja y grácil, pero los años le habían arrugado el rostro y originado una papada que persistía a pesar de su delgadez. De pronto, un aluvión de recuerdos de su infancia le asaltó al volver a ver a su madre tan cerca, tan natural, como la mujer poderosa que siempre había sido.

Arqueó una ceja.

-¿Y bien?

-Dicen que hay un bastardo -tragó saliva -. Un hijo perdido de Ardo que andaría libremente por el reino, con la sangre de los Ysha por sus venas, que podría ...

-No lo digas -lo interrumpió de pronto lady Agria -. Eso es imposible. ¿De dónde has obtenido semejante información?

-Del enjuto.

Lady Agria cerró los ojos y sopesó la información con calma, aunque se negaba a creerla. No. Era imposible. Se había asegurado de no dejar ningún cabo suelto y exceptuando la inexplicable supervivencia de Sola todo había salido según lo previsto. Al cabo de unos segundos ladeó la cabeza y se incorporó, nerviosa.

-Te digo que no puede ser. Me aseguré de que así no fuera. Además, cuantos años tenía ese chiquillo, ¿veinticuatro como tú?

"Por eso mismo" iba a replicar, pero se calló. Su madre era una mujer muy astuta, pero los demás nobles no la conocían tanto por su astucia, como por su testarudez. Abrió la ventana de par en par y la brisa fresca de la mañana inundó la sala y se llevó por un momento las preocupaciones de su mente. Ella lo miraba fijamente; conocía esa expresión de duda en su madre, jamás se la había podido esconder, y no pudo evitar sonreír en sus adentros.

-Madre, si el enjuto me ha contado esto, aunque no quieras creértelo -recalcó, apoyando una mano sobre su hombro -, deberíamos cuanto menos andar con cuidado, o todo habrá sido en vano. ¿Me entiendes?

Agria le quitó su mano del hombro.

-Lo entiendo mejor que tú de hecho. Aún dando por cierto que ese niño siquiera exista, ¿qué posibilidades tiene un bastardo de sentarse en el trono? El mundo no es tan joven como tu entendimiento, hijo mío.

Se sentó en la silla de su escritorio y lo miró fríamente mientras mojaba de nuevo la pluma en la tinta. Esta vez escribiría una carta a la familia Candor, a los padres de la difunta reina. El hijo aún seguía plantado en el medio del suelo ricamente alfombrado.

-Soy el líder de la compañía de Cuna de Arena, he viajado a muchos lugares en estos cortos años, "madre". Ni el mundo es tan joven como mi entendimiento, ni tan pequeño como la finca de este palacio.

Lady Agria levantó levemente la mirada. Parecía muy seria.

-Ve a cazar algo a nuestros bosques y llevate a los holgazanes de tus primos. No puedo entretenerme más - el tono de lady Agria no admitía réplica. Cuando escupió la última palabra, volvió a concentrarse en su escritura.

Lord Arnus Darne abandonó el despacho de un portazo.

"Estimados amigos. Les escribo en nombre de toda la familia Darne para expresar nuestras más profundas condolencias por la muerte de su hija. Nos hemos enterado de que iba a ser madre, lo cual agrava aún más, si cabe, la tragedia. Estamos a su disposición, nobles señores. Para cualquier cosa"

Apoyó la pluma contra el tintero y sonrió levemente. El linaje real agotado, la familia de nobles más poderosa del reino con una hija menos... Ahora que los años de Sola en el trono serían breves no tardarían en convocar un concilio para elegir al nuevo rey de entre las principales casas de I-Naskar, y de entre todos los pretendientes, su hijo era el único que tenia sangre de la antigua realeza corriendo por sus venas. En otro tiempo, los Darne habían gobernado con los Argaon, y Lady Agria estaba dispuesta a recordárselo a sus rivales más olvidadizos.

Se levantó para cerrar la ventana y en el jardín, junto a los establos, encontró la figura de Arnus, cuyo caballo ya ensillaban los criados. Pensó en la anterior discusión y en el enjuto. En verdad se había ganado la reputación del hombre más enterado de todo el reino, y si había hablado con sinceridad se podía dar por hecho que ese bastardo existía. Pero dudaba de la sinceridad de aquella lagartija, y quizás había un propósito más oscuro tras la información que regalaba.

Al cabo de unos segundos se descubrió a si misma con el semblante endurecido por la incertidumbre. Ladeó la cabeza y se sentó otra vez. Aunque jamás lo reconocería, su hijo tenía razón en que lo más apropiado era recabar información y actuar con cautela, por si acaso los rumores eran ciertos. Mojó la punta de la pluma.

"Saludos Guante de plata..."

Esa carta no la iba a enviar por emisarios ordinarios ni palomas mensajeras. Esa carta la entregaría ella misma en mano llegado el momento. Inspiró lentamente. Tenía una caligrafía muy cuidada, gravada a fuego tras años de práctica bajo la mirada severa de su padre.

Lubricó la pluma una última vez.

"Se te pagará generosamente en función a tus avances" [...] "asegúrate de que si de verdad existe pronto deje de hacerlo

Lady Agria Darne, señora de Alia"
Hola de nuevo Maserez,

Continúa el relato y se va desenvolviendo el argumento, que se ve muy centrado en la política. A mí personalmente me gusta, pero creo que alguno por aquí va a empezar a echar de menos el choque de las espadas y las flechas silbando por encima de los escudos...

Al grano, me parece un fragmento correcto, enlazas bien, nuevos personajes, explicas la trama y no confundes ni despistas.

Peros:

- "enviamos nuestras máximas condolencias a la familia de la esposa y a usted" queda más medieval el tratamiento de vos "enviamos nuestras máximas condolencias a la familia de la esposa y a vos mismo"
- "gravada a fuego" es grabada
- me gusta el principio y especialmente el final, con esas cartas q escribe Lady Agria (buen nombre, también. Muy evocador) Pero el diálogo, otra vez lo veo poco explotado. No transmite ese distanciamiento que parece que hay entre madre e hijo, ni el enfado del Lord cuando se va, excepto porque pega un portazo. Podrías intercalar más adjetivos o expresiones de ira.
" Lord Arnus Darne se tragó con esfuerzo las airadas palabras que pugnaban por salir de su boca y abandonó el despacho de un portazo, furioso. Las conversaciones con su madre tenían invariablemente el mismo resultado."

Pero, oye, no está nada mal! Sigue subiendo!

Un saludo, nos leemos!
Muchas gracias de nuevo, Aljamar, tomo tus apreciaciones realmente en cuenta. Me son muy útiles para trabajar sobre los borradores que publico y poco a poco acercarme a una versión "alfa" de la novela Big Grin
El concilio de la reina. Capítulo 2.

El palacio real se erigía sobre una montaña de rocas que vigilaba toda la ciudad. Allá abajo las casas grises y pintadas se amontonaban y crecían como setas a la sombra de grandes torreones y universidades, que extendían sus bóvedas y gárgolas como ramas hechas en piedra. El sol se disolvía ya en el horizonte y los últimos rayos parecían bañados en sangre y dolor.

Se escuchaba un sonido nervioso, como un repiqueteo constante que se sucedía cada dos segundos contra la mesa de piedra tallada que había en el salón. "TAC, TAC" las manos de Sola se contraían y apretaba los nudillos contra la superficie lisa mientras llegaban los asistentes. "TAC, TAC". Sus brazos vibraban como la hierba alta y salvaje a la brisa del ocaso, y sus ojos de lágrimas congeladas estaban rojos y adivinaban insomnio. Pero era su mirada lo que más descolocaba, oscura como si la crepitante sombra engullera los últimos vestigios de luz que había en ella, profunda como si la noche habitase en sus cuencas y serpentease hasta el exterior. Llevaba un vestido negro muy sencillo y su pelo, antaño recogido en elaborados tocados, parecía ahora un recuerdo burlesco de lo que fuera; se enmarañaba y revolvía alrededor de un moño caído y grasiento que se deshacía sobre sus hombros.

Exceptuando el movimiento de manos, cualquiera que se dejase guiar por su inexpresión o el frío de sus ojos pensaría que estaba muerta. Lo estaba en realidad, aunque no en el sentido en el que le gustaría a ella y a aquellos que habían atentado contra su dinastía.

Observó con ojos cansados como llegaban los últimos miembros pero no dijo nada, como si aquel último grito de angustia que había dado le hubiera quebrado las cuerdas vocales y desgarrado la garganta.

La habitación lucía los blasones de la casa Ysha y tenía un busto empotrado en la pared del fondo, justo donde terminaba la larga mesa rectangular. De una de las vigas que sostenían el cielo gris colgaba una lámpara de oro y rubíes, que a la luz de sus velas parecía derretirse en chocolate caliente. Era nueva; hacia apenas tres semanas que había llegado a palacio por orden de su hijo y aún podía recordar la luz de sus ojos cuando los sirvientes la estaban colgando. ¡Qué delicadeza! ¡Cuanto mimo habían puesto sus artesanos al darle forma!   «Y sin embargo -pensó Sola -ni mil como estas podrían volver a llenar el vacío de mi alma»

Tenía frente a ella un manojo de cartas finamente atado. Algunas tenían el sello de los Darne, de Lady Agria, otras llevaban en la espalda el emblema de los Ynarien y unas pocas venían de casas menores, pero las que llevaban el símbolo del triángulo invertido eran las más abundantes. Éstas habían sido escritas por el puño y letra de aquellos que compartían su dolor, los padres de la fugaz reina Diandra, señores de la casa Elgaunt. Las había leído todas, y aunque apenas había contestado a unas pocas, no tenía intención de perder el tiempo con asuntos protocolarios. En otra época habría agradecido con presteza los pésames de los demás nobles, pero aquella Sola jovial y prudente se había difuminado en un cuervo viejo y sin expectativas de vida.

Un cuervo que observaba imperturbable el fluir del tiempo mientras no empezaba el concilio.

Junto a ella y a ambos lados de su silla se sentaban Ser Ladran, el general de I-Naskar y Ser Namir, allegado y consejero por tradición de la realeza del reino. Ambos muy queridos por Ardo y por su padre, y en algún momento hacía dos semanas también por Sola. Pero ahora la reina no albergaba en su seno ningún sentimiento, salvo el dolor que la consumía. También estaban Ser Royn; líder de los dragones de loto, Alorien; el Padre Doceno de la capital, Ser Valar; de la familia Kartes y amigo del difunto rey, y Lord Anhion; uno de los hombres más ricos e influyentes de I-Naskar, heredero de un antiguo linaje y dueño de más de una quinta parte del reino. Pero aún faltaban tres personajes más para levantar el telón, y si bien Sola apenas parecía percibir el paso del tiempo, los demás nobles ya se impacientaban.

Tras unos minutos surgió una figura desgarbada tras el arco de piedra. Tenía un pelo gris y lacio que le hacía parecer más anciano de lo que era, lo que sumado a su larga y rebelde barba le daba la apariencia de un hechicero. O al menos eso creían algunos, pues su verdadera identidad era un secreto guardado con recelo y que a menudo se discutía entre susurros dentro de la corte. Lo llamaban el enjuto a falta de un término mejor, aunque podrían haberlo apodado el mordaz o simplemente el observador, pues su lengua era más afilada que una hoja de metal enano, y sus agentes se contaban por cientos en todo el reino.

Tras inclinarse en una levísima reverencia tomó asiento casi enfrente de Sola. Traía varios pergaminos enrollados bajo los pliegues de la túnica argenta que pronto extendió sobre la mesa, luego apoyó la cabeza en uno de sus puños y  estudió disimuladamente a los demás presentes mientras no llegaban los dos restantes. Conocía muy bien a Ser Namir y a Ser Ladran, pero aquel Lord que habían traído consigo era un completo desconocido para él. Había escuchado su nombre y algunas anécdotas sobre su pasado, pero el enigma que encerraba aquel hombre de porte arrogante y ojos negros era un verdadero misterio. Luego miró  a Sola, consumiéndose en su propia angustia. La había visto varias veces desde el incidente, aunque nunca se había atrevido a acercarse a ella. «Parece un fantasma» se había dicho en más de una ocasión. «Pero el reino no necesita fantasmas, si no reyes».

Se elevó un pequeño murmullo y supo que los dos hombres que faltaban acababan de llegar desde algún ángulo ciego.

-Bien -Ser Namir se aclaró la voz mientras los recién llegados tomaban asiento. Sola apenas había levantado un ápice la cabeza -. Se agradece vuestra asistencia, a pesar de la tardanza. Estamos aquí para discutir el ultimátum de Vendal sobre la mina de Cista.

-¿Hay nuevas noticias? -preguntó Ser Ladran. El enjuto le pasó entonces uno de los pergaminos a Namir, y este lo abrió y comenzó a leer, aunque su rostro revelaba que ya conocía el texto.

-"Los archivos que hemos encontrado y que nos ha facilitado el Doceno de Vendal se remiten a dos siglos atrás, y en ellos los hitos fronterizos de nuestro reino incluían claramente todo el territorio que comprende desde la mina hasta los Campos de Curin. Por unanimidad, el consejo de sabios de su majestad el rey Cingril ha resuelto declarar el territorio de la mina como patrimonio propio, y en consecuencia procederemos a una toma pacífica, o a un enfrentamiento armado si es preciso."

Ser Namir calló y el eco de su voz retumbó durante varios segundos en los oídos de cada uno. La mina de Cista era un punto estratégico para el reino; en ella se extraía la mayor parte de los zafiros que se exportaban a los magos de O-un y al Imperio Halcón y su pérdida supondría una disminución de beneficios enorme. Además, ninguno estaba dispuesto a ceder ante las amenazas de los arrogantes Vendolienses ahora que el rey había muerto. I-Naskar ya había perdido demasiado.

-¿Han perdido la cabeza? -siseó Lord Anhion con mirada de serpiente. El enjuto lo atendía de reojo mientras revolvía entre todos los papeles que había traído -Amenazas, advertencias... Mucho ha crecido su orgullo si piensan que por haber perdido a nuestro rey pueden ningunearnos.

El enjuto alzó una ceja. A él, que había llegado a su posición por astucia y no por sangre, le resultaba curioso el razonamiento de los grandes señores. Decapitar a la serpiente a menudo resultaba en matar a la serpiente, pero la vida le había enseñado los dientes, sus dos caras, y en el poder no había serpientes, si no hidras que reemplazaban la cabeza caída por otras tantas. Así había sido siempre, y así seguiría hasta que alguien lo cambiase, pensó. Aquel Lord tan rico, tan influyente, no era más que otro necio que ocultaba su ambición tras palabras cuidadas.

-Cuentan con el apoyo del Imperio Halcón -informó  Namir -. La carta   también está firmada por el embajador Valos.

-Creo que no lo he entendido bien -dijo Ladran. El general era un hombre tranquilo y conciliador, todo lo contrario a su predecesor, pero ahora su ceño se fruncía en una mueca de desagrado y en los ojos oscuros surgía una súbita chispa de ira -. ¿Nos están diciendo que si no entregamos la mina la van a tomar ellos por las armas?

-Asesinos... -susurró Sola con un hilo de voz. Su mirada aún seguía errática y sus manos se contraían en torno a la pila de cartas.

-¿Perdón, majestad?

-Asesinaron a mi hijo... ¿Si no por qué habrían de mostrarse tan seguros de si mismos ahora? La mina era de mi hijo... -continuó, su voz quejumbrosa resonaba dentro de la garganta y emergía como un llanto lleno de rencor. También sus ojos hablaban; dos orbes de lágrimas rojas perdidos en algún punto de la pared de enfrente. El enjuto la miró casi con pena -. La mina es de mi hijo. Y lo va a seguir siendo ¡Que hagan lo quieran!

-Opino igual, majestad, pero tampoco podemos arriesgarnos a entrar en una guerra tonta contra unos niños estúpidos -dijo Namir.

-Contra los asesinos de tu rey -rugió Sola, aunque no sabrían decir si su tono reflejaba dolor o rabia.

El enjuto carraspeó.

-No tenemos pruebas de ello -inquirió, aunque sabía que no era una teoría descabellada -, por ello pido prudencia. Analicemos la situación: el rey y la reina mueren sin herederos. Aún habiendo comenzado las tensiones hace dos meses, Vendal nos amenaza ahora con una guerra territorial, y dentro de dos días se celebra el funeral de los reyes. No podemos asegurar nada con certeza.

-Yo soy la madre del difunto, la que ha ingerido el mismo veneno que mi familia y ha sobrevivido a la voluntad del asesino. No lo creo, sé que han sido los Vendolienses y su apestosa codicia -tembló -. Y se lo voy a hacer pagar.

-¡Aunque quisiésemos no tenemos poderío militar para enfrentarnos a Vendal y el Imperio Halcón, es una irresponsabilidad, Sola! -exclamó ser Ladran levantándose con la impotencia.

-"Reina" Sola -le corrigió ella, levantándose también. Las arrugas del vestido negro parecieron galopar por sus piernas hasta el suelo liso de piedra.

-Milady, te ciega el dolor, yo no...

-¡Reina Sola!

Ser Ladran suspiró, abatido.

-Muy bien, reina Sola -aguardó unos segundos antes de seguir -, pero no podemos adoptar una postura belicosa, no frente a un enemigo tan poderoso y por una nimiedad tal.

Durante unos segundos el silencio que se extendió pareció casi tan mordaz como la misma reina.

-No es una nimiedad, Ladran -prosiguió el enjuto -, pero en cualquier caso la guerra no es una opción. ¿Y qué hay del Doceno ese, Alorien? ¿No puede la Iglesia de los Doce mediar en el conflicto?

-La iglesia siempre se ha mantenido neutral -replicó con un tono de soberbia que no le hizo gracia a ninguno de los presentes -. ¿Pretendéis resolver con la fe lo que no podéis resolver con las pluma o la espada?

Alorien era el padre Doceno de la capital y uno de los hombres más influyentes dentro de la estructura eclesiástica. Sus pequeños ojos azules, que parecían incrustados en la bola de grasa que era su cara, reflejaban una soberbia repulsiva que competía con el tamaño de su barriga abultada, y aunque los pobres toleraban y alababan con superstición aquel aire de grandeza, éste se desinflaba sin remedio delante de tan grandes señores. Ahora hacía aspavientos con la mano como una babosa embutida en un traje rojo.

-¿Y por qué benefició entonces un Doceno a Vendal intentando justificar sus ridículas exigencias?

-La verdad no está reñida con la neutralidad, Lord Anhion, tampoco la justicia o la libertad, insignias de mi institución.

-¿Verdad? -repitió Sola asqueada - ¿Cómo cuando quemasteis a mi madre, la reina, por los rumores que esparció un noble ambicioso?

-Eso no fue verdad, fue por justicia de los dioses -ronroneó -. Los herejes de O-un venerarán a los diablos, pero mientras la Iglesia de los Doce aguante aquí, en el sur, no habrá brujería en nuestras tierras.

Sola se dejó caer sobre la silla y la madera crujió, o quizás fue su cadera. Tenía el rostro ensombrecido y aquellos que la conocían bien vieron en la oscuridad de sus ojos algo más allá del dolor; furia ciega. Vibró unos segundos como una serpiente antes de abalanzarse sobre su presa.

-Y la justicia de los dioses caerá también sobre aquellos que han matado a mi único hijo y sobre aquellos que me importunaron en mi camino. Y será terrible.

-¿He de tomarme esto como una amenaza?

Sola se estaba metiendo en terreno fangoso. Alorien la miraba con el bello erizado, preparado para el combate. Ser Ladran, Ser Namir, el enjuto... incluso Lord Anhion se revolvió en su asiento. Todos se pusieron tensos, aquello aún podía acabar muy mal.

-Tómatelo como quieras, no voy a ceder ante...

-¡Señores! - interrumpió el enjuto con gran acierto -. ¿Una guerra planea sobre nosotros y nos preocupan más las viejas heridas que la creciente amenaza?

-He dejado clara nuestra postura. La Iglesia será neutral.

-Pues majestad, tampoco podemos ceder la mina al capricho de los encantadores de serpientes que acompañan al rey Cingril de Vendal. Es demasiado importante.

Sola permaneció un rato en silencio. La ira se desdibujó en sus ojos y aquel dolor profundo y aciago volvió a rubricarlos de nuevo, como si un recuerdo triste le hubiese acudido de pronto a la memoria. Hubo un momento de expectación antes de que la reina se pronunciase.

-Nos traicionaron... -ratificó, siseando como una cobra -. Van a pagar todo lo que le hicieron a este reino, van a pagar el precio de su osadía.

-¡Majestad, no podemos entrar en una guerra! -bramó Ser Ladran.

-Paciencia, alteza, habrá tiempo para tomar decisiones -recomendó el enjuto midiendo con cautela el tono de sus palabras.

Sola se incorporó de nuevo. Parecía un cuervo que se consumía poco a poco como un fénix, pero este no renacería de su dolor. Sólo le esperaba vacío y desesperación.

-¡Soy vuestra reina! -gritó con la voz quebrada y los ojos rojos -. Me obedeceréis ahora. Vendal nos ha lanzado un claro mensaje, y nosotros le vamos a enviar un mensaje aún más contundente. Mañana hablaremos más. Yo… -agachó la cabeza intentando disimular las profundas lágrimas que enjugaban su rostro arrugado –, yo estoy cansada.

El enjuto la miró fijamente y asintió con el rostro ensombrecido por la preocupación. Aquello significaba guerra, lo sabía muy bien.

Todos se incorporaron lentamente y abandonaron a su ritmo la sala. Ahora una multitud de conversaciones paralelas había ahogado el crepitante silencio del dolor de la reina.

El enjuto asintió para sí una última vez antes de incorporarse. Temía que era una guerra que no podían ganar y tenía que hacer todo lo posible por evitarla.
Buenas Maserez,

Otra escena política, bien conseguida, el diálogo tiene buen ritmo y no confunde aunque intervienen varios personajes. Además, usas muchos verbos diferentes, no repites "dijo" machaconamente.

Te señalo un par de detalles:


"El palacio real se erigía sobre una montaña de rocas" suena un poco redundante, no? Algo así como "el agua estaba mojada"...

"Tras unos minutos surgió una figura desgarbada tras el arco de piedra." repetición demasiado seguida

"otras llevaban en la espalda el emblema de los Ynarien" ¿en la espalda del sobre? ¿?

No me encaja cómo si la mina es tan, tan importante como hay algunos que no le dan importancia y lo quieren dejar correr. La postura de la reina, en cambio, se ve firme y también se ve que sus decisiones están bastante influenciadas por su deseo de venganza.

En resumen, me ha parecido el capítulo más equilibrado hasta el momento, para mi gusto vas en una línea muy buena.

Saludos y nos leemos!
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