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Full Version: [Fantasía Épica] 'Mercenario'
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EDITO:
Tal y como he comentado en una entrada posterior, he estado revisando desde el principio los capítulos por cuestiones de argumentación (me había atascado, vamos).
Voy a sustituir las versiones antiguas por las revisadas, indicándolo en el título del post.
Para los que ya habían leído, sobre todo son cambios de estilo, pero hay ciertos detalles que para el desarrollo posterior son importantes (sobre todo el capítulo III)



Buenas a tod@s una vez más Cheers

Después de un par de relatos breves -cuyo enlace tenéis en la firma-, me he decidido por fin a escribir algo con más recorrido, así que os presento el prólogo de lo que espero que sea una novela en condiciones.

Los primeros capítulos ya están escritos, así que los iré subiendo semanalmente -esa es la idea  Rolleyes - y como más o menos sé a dónde me lleva la historia, espero no tardar tanto como nuestro amigo Martin en llegar al final.

Pues nada más, por supuesto aprecio muchísimo todas las críticas y sugerencias y estaré encantado de recibirlas.

Y sobre este prólogo en particular, me temo que sea un poco confuso por los saltos que va dando, así que me gustaría saber si os ha parecido lioso.  Confused
MERCENARIO

INTRODUCCIÓN (REVISADO)

Las botas del hombre golpeaban con fuerza las losas del sendero, levantando ecos en el oscuro y solitario jardín que atravesaba. La noche era agradable y las estrellas relucían brillantes en un cielo despejado y sin luna. Una fuente situada en mitad del camino inundaba la atmósfera con su murmullo incesante, y una suave brisa hacía susurrar las hojas de los naranjos.

El hombre caminaba deprisa, lanzando miradas furtivas a ambos lados, nervioso. En su mano derecha sujetaba con fuerza un pequeño cilindro de metal recubierto de inscripciones e intrincados dibujos; con la izquierda se agarraba la elegante capa negra que llevaba, tratando de disimular la espada que le colgaba del cinto.

Llegó al final del jardín, y tras cruzar un arco, entró en un patio porticado, como un claustro, mucho más pequeño que el recinto anterior pero igualmente oscuro. Un silencioso estanque de forma octogonal ocupaba la parte central abierta al cielo nocturno. Desde allí ya se distinguía, flotando en el aire perfumado de azahar, el rumor de la música, las conversaciones y las risas de los invitados del Emperador. El Príncipe de los Fieles, como le gustaba ser llamado, cumplía cincuenta años, y unas celebraciones como no se recordaban en mucho tiempo se habían preparado para agasajar a familiares, nobles y toda clase de personajes importantes; sin olvidar los Juegos Extraordinarios programados para los próximos días en el anfiteatro. Sin duda, una ocasión perfecta para demostrar la riqueza y el esplendor del Imperio gobernado con puño de hierro por Akhsan II.

El hombre rodeó el patio y divisó en el otro extremo una figura menuda y envuelta en una capa oscura, una sombra entre las sombras. Sonrió y lanzó un quedo suspiro de alivio. Allí estaba su hija, tal y como habían acordado.

* * *

El capitán de la Guardia de Palacio aguardaba de pie en una de las terrazas exteriores de los jardines privados de la familia imperial. La espera se alargaba. En el interior, los invitados seguían disfrutando de la fiesta del Emperador, que debía estar en pleno apogeo. Inquieto, el capitán cambió el peso de un pie al otro. A pesar de que el ambiente en los jardines era fresco, sudaba copiosamente bajo la armadura, plenamente consciente de la gravedad de las noticias que debía transmitir. Dirigió su mirada hacia las numerosas fuentes y cascadas que salpicaban la sucesión de terrazas ajardinadas a lo largo de la ladera, pero el dulce murmullo del agua no calmó su ánimo.

Finalmente, una figura pequeña y encorvada apareció en el pórtico que daba acceso al jardín, seguido de cerca por dos guardaespaldas de aspecto temible. El suave crujido de sus sandalias sobre la fina arena le acompañó mientras se dirigía con pasos calmados hacia donde aguardaba el capitán, que hizo una profunda reverencia cuando llegó a su altura. La escolta se quedó de pie un poco más atrás, aunque sin apartar la vista ni un instante de su protegido.

—¿Y bien? —inquirió con voz suave Ybaïn Dulakh, Gran Khezel del Imperio y mano derecha de Akhsan II desde hacía casi dos décadas—. ¿Cómo ha ido? ¿Sabemos quién es el contacto del traidor?

El capitán miró al enjuto consejero del Emperador. A simple vista, Ybaïn tenía el aspecto de un hombre frágil, casi enfermizo: era extremadamente delgado, con una piel pálida y llena de manchas oscuras, y numerosas arrugas recorrían su rostro, donde destacaba una barba blanca perfectamente recortada. Pero las apariencias, como en tantas ocasiones, diferían bastante de la realidad; el anciano Khezel poseía una vitalidad fuera de lo común para su edad, y sus ojos, negros y profundos, observaban todo lo que sucedía a su alrededor sin descanso, analizando, evaluando, registrando; esos mismos ojos que ahora se clavaban en el capitán, aguardando su respuesta. Éste tragó saliva antes de responder.

—Ha ocurrido un imprevisto, Gran Khezel.

* * *

—¡Irne!

—¡Padre!

Ambos se fundieron en un fuerte abrazo.

—Estaba preocupada —dijo ella cuando se separaron. Era una chica de unos catorce o quince años, más bien alta y delgada. Una ondulada melena trigueña le caía sobre los hombros, enmarcando un rostro pecoso de rasgos suaves—. Has tardado mucho.

El hombre torció el gesto.

—Efrem se ha retrasado, pero ha cumplido su parte —agitó el cilindro de metal que sostenía en la mano—. ¿Y tú? ¿Has podido escabullirte de la fiesta sin llamar la atención?

Su hija asintió con una sonrisa.

—Sí, padre, no ha sido difícil —sus ojos azules chispearon, divertidos, y soltó una risita—. A estas horas el vino ya ha hecho su efecto.

—Bien hecho —la atrajo hacia sí y le dio un suave beso en la frente—. Vámonos de aquí, al alba quiero estar lo más lejos posible de este Palacio y del Emperador.

El hombre echó a andar con paso firme por el pasillo porticado hacia una de las salidas del patio, seguido por la muchacha. De pronto, dos guardias surgieron de entre las sombras del pasadizo al que se dirigían. Caminaban directamente hacia ellos. El hombre agarró a su hija por el brazo y se dieron la vuelta con presteza.

—Ven, iremos por el otro lado —susurró con voz tensa, mirando de reojo a los guardias.

Comenzaron a desandar el camino, rodeando el claustro, hacia otra salida que se abría en su extremo opuesto. Las pisadas metálicas de los soldados reverberaban en el silencio de la galería abovedada, cada vez más cerca. Apretaron el paso. Dejaron atrás unas escaleras que descendían en la oscuridad, a su derecha, y giraron al llegar a una de las esquinas del patio para encarar el último tramo de pasillo. En ese momento, dos guardias más aparecieron frente a ellos y se plantaron en medio del corredor, bloqueando el paso.

Padre e hija se miraron un instante.

—¡Corre! —gritó el hombre.


* * *

—El contacto del traidor es un comerciante terinio, Gran Khezel. Según hemos podido averiguar, posee varios negocios aquí, en Darim, y en otras ciudades del Imperio. Principalmente sedas y otros tejidos. Es muy conocido.

El consejero asintió lentamente.

—Interesante. ¿Estaba en la lista de sospechosos, capitán?

—No, Gran Khezel.

Ybaïn arrugó el entrecejo. El soldado notó cómo una gota de sudor le resbalaba por la cara, pero reprimió el impulso de secársela y permaneció firme.

—Y el traidor, ese escriba… ¿cuál es su nombre?

—Efrem Badädi, Gran Khezel. No hemos podido apresarlo con vida. Al verse rodeado, sacó este frasco y se tomó su contenido.

El rostro del consejero se ensombreció todavía más. El capitán de la Guardia se apresuró a mostrarle una pequeña botella de cristal, de forma esférica. Los restos de una sustancia viscosa aún podían verse adheridos en el fondo. Ybaïn la miró con atención, pero sin tocarla.

—Antes de que la Guardia pudiera reaccionar comenzó a convulsionar y a echar sangre por la boca. Estaba muerto en cuestión de segundos —prosiguió el capitán—. El elfo cree que es un derivado de la cicuta.

El Gran Khezel cerró sus arrugados ojos con gesto irritado.

—Ciertamente es un contratiempo —musitó, pensativo—. Pensaba obtener información valiosa de ese desgraciado. Habrá que conseguirla por otros medios.

Abrió los ojos de nuevo y se percató de que el soldado le miraba nervioso, buscando su permiso para continuar hablando. Aquél no era el imprevisto al que se había referido. De pronto, un terrible presentimiento se abrió paso en la mente de Ybaïn. El rostro del consejero se tornó lívido.

—¿Dónde están los documentos?


* * *

Ambos se detuvieron al doblar la esquina, exhaustos. Estaban en los subterráneos de la zona más antigua del Palacio, una maraña de pasadizos viejos y húmedos apenas iluminados por unas pocas antorchas. El hombre se limpió el sudor del rostro con el dorso de la mano. Estaba seguro de que conocía esos túneles mejor que el mismísimo Gran Khezel, pero a pesar de todos sus intentos no había conseguido despistar a sus perseguidores. Miró a su hija con preocupación. Se le notaba cansada, no podría seguir el ritmo que estaban llevando por mucho más tiempo.

—Están demasiado cerca—dijo el hombre, con la respiración agitada—. Y ya casi hemos llegado al portal. No pueden descubrirlo; nos seguirían hasta el exterior y nos atraparían allí.

La chica había apoyado las manos contra la pared y jadeaba, intentando recuperar el aliento. El corazón le latía desbocado en el pecho y le ardían los pulmones del esfuerzo de la carrera. Un estruendo de ecos metálicos le reveló que los soldados habían entrado en el corredor. Se le encogió el corazón. Era cierto, estaban demasiado cerca.

—Toma—dijo su padre bruscamente, entregándole el cilindro que había llevado consigo todo el tiempo. Ella lo cogió, desconcertada—. ¿Tienes la llave? —la muchacha asintió, incapaz de hablar—. Huye tú. Ya sabes el camino. Cierra la puerta detrás de ti y corre, enseguida te buscarán por toda la ciudad.

—Pero, padre… tú… —comenzó su hija, mirándole fijamente con ojos asustados.

El hombre la envolvió entre sus brazos y la abrazó con fuerza. Le dio un beso en la frente, y luego se separó de ella.

—¡Corre! —exclamó, empujándola hacia adelante.

Pero ella no se movió. Estaba paralizada, bloqueada. Notaba en el pecho un dolor frío, agudo, que no tenía nada que ver con el esfuerzo de la carrera. Su padre iba a decirle algo más, pero en ese momento aparecieron los soldados, con sus capas rojas ondeando por la carrera. Se frenaron en seco al verles. El hombre se dio la vuelta y se encaró hacia ellos con gesto sereno, decidido. Se desabrochó la capa y la tiró al suelo. Se giró una última vez para mirar a su hija.

—¡Corre! —repitió, al tiempo que desenvainaba la espada.

La joven reaccionó por fin y echó a correr por el túnel, intentando no tropezar en la oscuridad y sin hacer caso de las punzadas de dolor en las costillas. Oyó cómo los guardias desenvainaban también sus armas.
Con lágrimas en los ojos, giró por el primer pasillo a la derecha.


* * *

—El espía ha intentado huir por una ruta que no teníamos prevista, Gran Khezel —dijo el capitán—, pero finalmente la Guardia lo ha acorralado en los subterráneos del Palacio Viejo.

—¿En el Palacio Viejo? —el anciano consejero enarcó una ceja.

—Sí, Gran Khezel. Hemos localizado un acceso secreto en los subterráneos.

—¿Un acceso secreto? ¿Al Palacio del Emperador? —Ybaïn alzó la voz por primera vez en toda la conversación—. ¿Desde cuando existe ese acceso?
—No lo sabemos, Gran Khezel.

—¡Es decir, que podrían haber estado utilizándolo durante meses! —bramó—. ¡Años!

—Así es, Gran Khezel.

El consejero inspiró profundamente, intentando controlar su ira. Tras unos instantes, indicó al capitán con un gesto de la mano que prosiguiera con su informe.

—La Guardia ha apresado al extranjero, pero no ha sido nada fácil; ha luchado hasta el final. Dos hombres han muerto y otros dos están heridos. Ahora mismo lo están trasladando a las celdas del ala este para el interrogatorio. Está malherido, pero me han asegurado que vivirá.

—Bien. Que se ocupe el elfo, él sabe manejar estos asuntos. Ese hombre va a decirnos todo lo que sabe y más aún. Y tendremos que preparar una historia convincente para justificar su desaparición, si es alguien tan conocido como parece —el consejero miró de reojo al capitán, que seguía inmóvil, sudando bajo la armadura—. ¿Qué más, por Naal Zahar?

—El extranjero no estaba solo, Gran Khezel.


* * *

Irne atravesó corriendo el pasadizo. El aire estaba viciado, pesado, y el olor a humedad y podredumbre era intenso. En ambas paredes se sucedían unas aberturas a intervalos regulares, como unos nichos; antiguamente aquello debía haber sido una prisión o algo parecido. Algunas conservaban las rejas, otras estaban tapiadas, y otras simplemente estaban abiertas, vacías, como las cuencas de una calavera. No había casi luz y apenas podía ver por donde iba; tropezó y cayó al suelo. Lanzó un gemido de dolor. Por detrás de ella llegaban ruidos de lucha y el entrechocar de acero. Las lágrimas volvieron a asomarle a los ojos. Agitando la cabeza, se puso en pie de nuevo; tenía que salir de allí como fuera.

De pronto llegó a una bifurcación en forma de T; iba tan deprisa que apenas tuvo tiempo de ver el muro que le impedía avanzar y estuvo a punto de chocar contra él. Jadeando, se apartó el pelo de la cara y miró hacia los dos lados. Sendos pasillos se abrían en ambas direcciones. Se llevó las manos a la cabeza, angustiada. ¿Izquierda o derecha? No conseguía recordar cuál era la dirección correcta.

Se sentó en el suelo y respiró profundamente, tratando de acallar la vocecilla interior que le apremiaba, insistente, y cerró los ojos. Tenía que relajarse. Inspiró una vez, dos veces. Tres veces. Abrió los ojos de nuevo. Por la izquierda.

Reanudó la carrera, pero al cabo de un corto tramo otra pared le volvió a cerrar el paso. Observó detenidamente a su alrededor, pero esta vez no había otros pasillos, ni puertas. No podía continuar. Se apoyó en el muro con ambas manos, exhausta. Estaba a punto de desfallecer; la cabeza le daba vueltas y le flaqueaban las piernas. Ya no podía más.
De repente oyó ruidos y aguzó el oído. Pisadas, muchas pisadas, se acercaban por el pasadizo que había dejado atrás. Se giró y creyó ver el débil resplandor de una antorcha.

Con movimientos apresurados desató una bolsa que llevaba colgada del cinturón y extrajo un objeto de su interior. Era un disco de piedra muy delgado, del tamaño de una moneda, con una runa grabada en una de las caras. Lo acercó a la pared e inmediatamente comenzó a resplandecer con un fulgor azulado; lentamente, una hilera de runas apareció en la pared, brillando con el mismo color. Formaban el contorno de una puerta.

Ante los ojos de la muchacha la piedra se disolvió, convirtiéndose en aire, y un nuevo corredor se abrió ante ella. Sin perder un instante, cruzó el portal y ya en el otro lado, se alejó unos pasos y volvió a guardar el disco en la bolsa. La magia comenzó a disiparse y poco a poco la piedra volvió a tomar consistencia sólida. Justo en ese momento uno de los guardias apareció por la galería, portando una antorcha en una mano y una espada en la otra. Se abalanzó contra la puerta, pero era ya demasiado tarde; sólo consiguió golpearse con fuerza contra el muro en medio de un estrépito metálico. Se cruzaron las miradas por un instante, y luego la roca se tornó completamente sólida.

Irne se apoyó contra la pared y lanzó un profundo y tembloroso suspiro. Cerró los ojos y se dejó resbalar, poco a poco, hasta quedar sentada en el frío suelo de piedra.

Lo había conseguido, había escapado.


* * *

El Gran Khezel guardaba silencio. Lentamente, caminó hasta una balaustrada de piedra que formaba un pequeño mirador sobre el jardín y se apoyó en ella, dando la espalda al capitán, que ya había concluido su informe.

—He ordenado avisar a la guardia en todos los accesos al Palacio y también en las puertas de la muralla. La extranjera no escapará—añadió el soldado, pero Ybaïn pareció ignorarle, perdido en sus pensamientos. El silencio se adueñó de la terraza. El capitán miró a la escolta del consejero, pero los guardias no le prestaron atención, indiferentes al desarrollo de la conversación.

—Hay formas de salir de la ciudad sin cruzar las puertas, si se sabe cómo—habló al fin el Gran Khezel, aunque sin volverse—, y no me cabe la menor duda de que alguien que ha sido capaz de crear un portal de runas ante nuestras narices tiene ese conocimiento —el anciano apretó los puños—. Es muy posible que esa chica ya haya salido de la ciudad. Quiero que salgan patrullas en todas direcciones y rastreen los alrededores sin descanso hasta dar con ella. Hay que recuperar esos documentos como sea.

—Como ordenéis, Gran Khezel —el consejero no podía ver el gesto, pero el capitán se inclinó igualmente. Ybaïn se volvió por fin.

—Informaré al Emperador de este incidente mañana a primera hora; no voy a interrumpir su celebración ahora —clavó en el capitán sus ojos negros—. Espero haber recibido para entonces la noticia de que esa chica ya ha sido apresada y que esta desastrosa operación ha tenido un final satisfactorio.

El capitán asintió, sin ánimo para decir nada más, y se apresuró a cumplir las órdenes de su superior, más que aliviado de poder abandonar el jardín. El Gran Khezel le observó alejarse mientras los ecos de sus pasos se apagaban en la distancia. De nuevo, la terraza volvió a sumirse en el silencio, sólo roto por el viento que, de vez en cuando, traía el rumor de risas y música que todavía se prolongarían durante varias horas más. Ybaïn Dulakh, Gran Khezel del Imperio y mano derecha de Akhsan II, permaneció allí de pie, pensativo, con la mirada perdida en la oscuridad que se extendía a los pies del Palacio.
Buenas a tod@s!

Gracias a todos los que han entrado en el hilo (y los que van a entrar), espero que os haya gustado el prólogo...

Como comenté al principio, aquí os dejo la continuación de la historia, la primera parte del primer capítulo. Lo he partido en dos por miedo a que sea muy largo. Dodgy

Y como dije, por supuesto que agradezco y espero vuestros comentarios, tanto buenos como malos! Me gustaría saber si lo veis aburrido, lioso, empalagoso o emocianante! Shy

Pues nada, un saludo y nos leemos!
CAPÍTULO I parte 1ª (REVISADO)
—¡Eh, tú! ¿Qué crees que estás haciendo?

El grito despertó al hombre, que desenvainó su espada al tiempo que se incorporaba de un salto. Escrutó las sombras del bosque con ojos inquietos, intentando distinguir el origen de la voz, y al reconocer a los dos hombres que se encontraban de pie frente a él, a unos pasos de distancia, volvió a enfundar el acero con gesto irritado y escupió en el suelo.

—Joder —gruñó, dirigiéndose al que le había hablado—. Me has asustado, imbécil.

—¿Cómo has dicho? —el aludido dio un paso hacia adelante, pero su compañero estuvo rápido y le sujetó del brazo.

—Déjalo, Galed, no merece la pena —le susurró, intentando calmarle—. Y a ti, ¿qué te pasa? —le recriminó al otro con el ceño fruncido.

El hombre los observó a ambos con una expresión mezcla de burla e indiferencia. Eran bastante más jóvenes que él, apenas sobrepasarían la veintena, y no podían tener una apariencia más diferente. El que le había gritado, Galed, le miraba con unos ojos claros que echaban chispas. Tenía una melena rubia recogida en una coleta, y dos pequeños aros colgaban de su oreja derecha. Su acompañante era algo más bajo pero más fornido, y lucía una barba corta y muy poblada, negra como el carbón, al igual que su pelo y sus ojos. Los dos portaban espada y armadura.

El hombre esbozó una sonrisa socarrona por toda respuesta, dejando a la vista una hilera de dientes amarillentos donde se veían algunos huecos, y escupió de nuevo.

—¿Qué cojones queréis?

Galed iba a replicar, pero el otro se le adelantó.

—Erd Olfgan quiere verte, Svar. Está en el campamento —dijo rápidamente, para evitar que la conversación tomara un rumbo peligroso—. No te preocupes por la guardia, nosotros te esperamos aquí.

—El viejo quiere verme, ¿eh? —se rascó el mentón y sonrió de nuevo, como si aquello le pareciera divertido—. Pues no le hagamos esperar, ¿no os parece?

Ninguno de los dos le contestó. Svar se ajustó los pantalones y echó a andar bajo la atenta mirada de ambos.

—Dile a tu amigo que se ande con cuidado, Donnarn —dijo al pasar junto a ellos, con los ojos fijos en Galed—. No me gusta.

El aludido se llevó la mano a la empuñadura de su espada y rápidamente Svar hizo otro tanto, pero Donnarn se interpuso entre los dos.

—Basta ya, los dos—dijo con irritación. Se giró hacia el hombre—. Ve de una vez, Svar, por todos los dioses. Erd Olfgan te está esperando.

El hombre les enseñó su fea dentadura una última vez y se alejó por fin entre los árboles. Al poco, el sonido de los grillos inundó de nuevo el bosque y ambos se relajaron de golpe. Galed se llevó las manos a la cabeza y lanzó un profundo suspiro, intentando calmarse.

—Estoy harto de ese tipo, Donnarn. La próxima vez le rajaré como a un cerdo, me da igual lo que diga Olfgan —exclamó Galed—. Y del otro también, ¿cómo se llama?

—Edric.

—Ése es aún peor. ¿Es que no encontraste a nadie más para cubrir el hueco de Rodrec y Drungan?

Donnarn sacudió la cabeza.

—¿Crees que es fácil encontrar a gente dispuesta a cruzar los Gigantes de Piedra? —se sentó en una roca, enfrente de Galed—. Estos me aseguraron que conocían las montañas, y también son norteños. Además, ¿por qué te caen tan mal? Apenas los conoces.

Galed se encogió de hombros.

—No sé, no me fío de ellos. Pero tú los buscaste; si dices que eran los mejores, te creo —levantó las manos con las palmas extendidas, dando por zanjado el tema—. Aunque si quieres saber mi opinión, prefiero que no sigan con nosotros cuando terminemos este trabajo.

Los dos guardaron silencio. Una tímida luna creciente intentaba asomar sin éxito entre las nubes, y en algún lugar oyeron ulular a una lechuza. Todo estaba en calma.

—Mañana dejaremos atrás los valles del río Fares y nos adentraremos de lleno en las montañas —dijo Galed al cabo de un rato—. Ahí empieza el peligro de verdad, y necesitamos estar bien atentos. No como el imbécil ese, que se duerme en las guardias —se dirigió a su compañero—. Bueno, ¿de qué querías hablarme? ¿Para qué me has hecho venir hasta aquí?

Donnarn se pasó la mano por la cabeza con gesto nervioso. Carraspeó.

—Verás, en realidad… —calló, no sabía bien cómo comenzar—. En realidad quería hablarte de los nuevos. De Svar y Edric.

Galed arrugó la frente.

—¿Qué pasa con ellos?

Donnarn volvió a acariciarse el pelo. Miró hacia el cielo, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Galed?

El aludido pensó un instante antes de responder.

—Desde que teníamos once años. Éramos unos críos, pero nos las apañábamos bastante bien —una leve sonrisa asomó a sus labios—. Luego nos juntamos con el Gato y su gente, y ya no era lo mismo.

—Y en todo ese tiempo, ¿te he fallado alguna vez? Hemos confiado siempre el uno en el otro, ¿no es así?

—Sí, por supuesto que sí. ¿Vas a decirme de una vez qué es lo que ocurre?

Donnarn se pasó la mano por la cabeza otra vez y se levantó.

—Lo que intento decirte es que confíes en mí —se acercó y le cogió por los hombros—. Estamos perdiendo el tiempo con Olfgan, esto no va con nosotros. Quiero presentarte a alguien con el que podemos…

—¿De qué estas hablando? —le cortó Galed, separándose de su amigo—. ¿Escoltar a unos mercaderes de vuelta a Sandaar te parece perder el tiempo?

—¡Por todos los dioses, Gal! ¡Nos vamos a jugar la vida en esas montañas y ni siquiera nos llegará para pasar el invierno! ¡Lo que tendríamos que hacer es quedarnos con todo su oro y dejar que se las apañen como puedan!

Galed le miró de hito en hito.

—¿Estás hablando en serio?

—¡Claro que hablo en serio! —no cesaba de agitar las manos mientras hablaba— Despierta Galed, ¿por qué crees que nos han dejado Rodrec y Drungan? Olfgan está viejo para esto ya. Nadie le quiere contratar —hizo una mueca—. Se ríen de él. ¿Es que no lo ves? Es hora de buscarnos la vida por nuestra cuenta otra vez, volver a lo nuestro.

—¿A lo nuestro? —Galed estaba alzando la voz sin darse cuenta—. ¿Qué es lo nuestro? ¿Asaltar a pobres campesinos o ratear en las ferias, como hacíamos con el Gato? ¿Robar gallinas por las noches para comer? —abrió los brazos, como queriendo abarcar el bosque donde se encontraban—. ¿Vivir escondiéndonos de los cazarrecompensas en sitios como éste? ¡Vaya vida de gloria y honor!

Donnarn resopló de frustración.

—¡No seas ingenuo, Gal! ¿Gloria y honor? Dime, ¿puedes comerte la gloria? ¿Puedes comprarte una espada con el honor? Estoy harto de Olfgan y de toda su palabrería. Antes no eras así. El viejo te ha llenado la cabeza con historias de princesas y erdin de los Días Antiguos, pero el mundo real no es así.

Galed negó con la cabeza.

—No entiendo a qué viene todo esto, Donn, pero me parece que éste no es el momento. Hablaremos cuando lleguemos a Sandaar —le señaló con el dedo—, y espero que te lo hayas pensado mejor, porque no quiero verme obligado a elegir entre Olfgan y tú.

Comenzó a alejarse, pero Donnarn le sujetó del brazo.

—No puedo esperar a Sandaar. Tienes que darme una respuesta ahora, Gal —dijo con firmeza—. Deja que te explique. He conocido a alguien que…

En ese momento un grito rompió el silencio de la noche e interrumpió la discusión. Oyeron ruido de lucha, y luego otro grito. Los dos se quedaron quietos un instante, pero Galed fue el primero en reaccionar.

—¡Viene del campamento! ¡Vamos!—exclamó, y se adentró a toda prisa en la espesura.

Donnarn se quedó de pie, solo, mirando el lugar por el que había desaparecido su amigo. Se pasó la mano por la cabeza y levantó la vista hacia el cielo, hacia las estrellas que brillaban frías en la distancia, y cerró los ojos.

—Todavía no, joder, todavía no—musitó, y salió corriendo, por fin, tras los pasos de su amigo.

continuará...
Me ha gustado, la trama hasta el momento es interesante, se lee facil, no saturas con descripciones, etc, pero solo estamos empezando a presentar los personajes y aun no sabemos hacia donde va la historia, continuala.
Buenas Haradrim!

Gracias por el comentario! Me alegró mucho porque últimamente la cosa no está muy animada por aquí y siempre se agradece que alguien se tome la molestia de escribirte unas líneas...

Me alegro de que te guste, la verdad es que voy muy despacio escribiendo porque buscaba precisamente que la historia fuera sobre todo 'creíble' y no tuviera lagunas ni incoherencias...

Espero que lo que viene te siga gustando y acabes enganchado! jeje

Saludos, nos leemos!
Holas!  Sleepy Os dejo la continuación del primer capítulo. En unos pocos días colgaré el segundo, creo que también en dos partes para no saturar demasiado.

Espero que os guste!
 Wink

CAPÍTULO I parte 2ª (REVISADO)

Galed frenó la carrera antes de llegar al claro donde habían montado el campamento y pegó la espalda al tronco de un enorme roble.

Desenvainó su espada sin hacer ruido y asomó la cabeza con cautela. Nadie parecía haberse ocupado del fuego que habían encendido hacía unas horas, porque había menguado hasta casi extinguirse y apenas se distinguía nada entre las sombras del bosque. Aguzó el oído y oyó a los caballos agitarse en la oscuridad, intranquilos.

Todos sus instintos de guerrero le gritaban que algo iba mal.

Comprobó mecánicamente sus armas, tal y como le había enseñado Olfgan, y abandonó la protección de los árboles con todos los sentidos alerta, sin saber todavía a qué se enfrentaba. Entonces las nubes se abrieron al fin, la luna derramó su luz plateada sobre el claro, y Galed se detuvo.

El suelo estaba cubierto de cadáveres. Había sangre por todas partes, negra bajo la luz de la luna. Galed reconoció a algunos de sus compañeros de armas y también a varios mercaderes. Caminó despacio entre los cuerpos, intentado comprender qué había sucedido; algunos empuñaban sus armas pero la mayoría habían sido atacados mientras dormían. Era evidente que habían sido cogidos por sorpresa. Oyó un gemido ahogado a su izquierda y se giró; el corazón le dio un vuelco al reconocer a la figura tendida boca arriba sobre la hierba. Era Olfgan.

Rápidamente se acercó hasta él. Tenía los ojos cerrados pero todavía respiraba. Un corte profundo, del que manaba de forma abundante una sangre roja y brillante, le atravesaba la barriga de parte a parte. Galed se arrodilló a su lado e intentó restañarle la hemorragia, pero los dedos le resbalaban sobre la herida. Arrancó un trozo de tela de su camisa e intentó taponar el corte, pero era inútil. El anciano erd notó su presencia y abrió los ojos; al verlo se le iluminó el rostro y le tendió una mano temblorosa. Galed la cogió entre las suyas y apretó con fuerza, mientras observaba impotente cómo la vida le abandonaba poco a poco. Una solitaria lágrima le resbaló por la mejilla. Quiso hablarle, decir algo, pero no le salían las palabras.

Tardó un rato en darse cuenta de que había muerto.

Se inclinó y le cerró los ojos con suavidad, al tiempo que musitaba una corta plegaria a los dioses. De pronto advirtió un movimiento a sus espaldas y se levantó con rapidez. Edric, el otro de los nuevos que había reclutado Donnarn, se encontraba a unos pasos de distancia y le observaba con recelo. Llevaba un jubón mugriento y en su mano sostenía una espada ancha y corta, de las que solían usarse en el Norte. Estaba manchada de sangre.

—¿Qué ha pasado? —le susurró Galed, acercándose—. ¿Dónde estabas? ¡Olfgan está muerto! ¡Todos están muertos!

El otro retrocedió.

—¿Dónde está Donnarn? —preguntó él a su vez, estrechando los ojos—. ¿No te ha explicado nada?

—¿Donnarn? ¿De qué estás hablando, por todos los dioses? —exclamó Galed, exasperado—. ¿Quieres decirme qué es lo que…?

De repente calló. Tres hombres más habían surgido de entre las sombras. Uno de ellos era enorme, debía de sobrepasar los siete pies de altura; llevaba una espada al costado y blandía una enorme y gruesa vara de sólida madera tan larga como una pica. Los otros dos llevaban sendas espadas cortas, como la de Edric. Oyó un ruido detrás de él y se volvió. Allí estaba Svar, mirándole con su sonrisa burlona, junto a un chaval flacucho y desgarbado que empuñaba un hacha. Nadie dijo nada, no hacía falta. Galed desenvainó con la izquierda la daga que guardaba en la espalda y giró despacio sobre sí mismo, con un arma en cada mano. Notaba la sangre hirviéndole en las venas y todo el cuerpo tenso, listo para el combate.

Los hombres le rodearon, pero ninguno se acercaba. Galed los miró alternativamente. ¿Quién de ellos habría asesinado a Olfgan? Sujetaba los aceros con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

—Le ha dicho que no, Brald —dijo Svar dirigiéndose al gigantón, y escupió en el suelo—. Te lo dije. El otro no es mal tipo, pero éste es un imbécil. Es como el viejo.

Galed dio un respingo y se giró hacia Svar. La alusión a Olfgan le había revuelto el estómago; notaba una cólera sorda, ardiente, inundándole por dentro.

—Ven aquí y veremos quién es el imbécil —replicó, apretando los dientes.

El tal Brald, que a todas luces era el jefe, observaba a Galed en silencio, como evaluando qué hacer con él.

—Tira tus armas, mercenario —dijo al fin el gigantón.

Galed le lanzó una mirada torva.

—Ven a buscarlas.

Brald emitió un quedo suspiro y sin previo aviso cargó directamente contra él. Galed separó los pies y se inclinó ligeramente hacia delante, preparándose para la embestida, pero de repente oyó una especie de silbido por detrás de él. Intentó agacharse pero no fue lo bastante rápido; sintió como algo se le clavaba profundamente en la espalda al tiempo que se maldecía por ser tan estúpido. Un dolor agudo le recorrió la columna y le dejó sin aliento. Estuvo a punto de caer al suelo, pero recuperó el equilibrio justo a tiempo para desviar con la espada el formidable golpe que le había lanzado el gigantón. Contraatacó con una estocada casi a ciegas, intentando ganar algo de tiempo y alejarse de su rival, pero el otro esquivó su ataque con facilidad y volvió a descargar su bastón con una fuerza demoledora. El arma le dio de lleno en el hombro con un escalofriante crujido y el impacto lo lanzó contra el suelo; antes de que pudiera ni siquiera levantar la vista otro golpe le alcanzó en el rostro, y otro más en las costillas. Se derrumbó y soltó las armas. Notó la hierba húmeda contra la cara y el sabor metálico de su propia sangre en la boca. Intentó incorporarse, pero el hombro le falló y cayó de nuevo. La espalda le ardía, y la cabeza le palpitaba de forma insoportable. Un coro de gritos y risas le rodeó y comenzaron a lloverle patadas desde todas partes. Sintió cómo se deslizaba lentamente hacia una oscuridad cálida y agradable, y entonces entrevió la figura de Donnarn, que se acercaba corriendo hacia ellos.

—¿Pero qué hacéis? ¡Dejadlo! ¡Esto no es lo que habíamos acordado! —fue lo último que oyó antes de hundirse en la negrura.

Muy buenas! Smile

Con un poco de retraso pero aquí os dejo la siguiente parte de las andanzas de nuestro mercenario.

Que lo disfrutéis, y gracias por adelantado por los comentarios!

CAPÍTULO II parte 1ª (REVISADO)
Despacio, Galed abrió los ojos. Un sol brillante en un cielo sin nubes le deslumbró y le hizo parpadear. Trató de recordar qué había sucedido, confuso; la cabeza le daba vueltas y le pitaban los oídos. Intentó incorporarse, pero un latigazo de dolor le recorrió todo el cuerpo y se desplomó de nuevo con un gemido ahogado. Realizó una segunda tentativa; al final consiguió apoyarse sobre los codos. Alzó la vista y se encontró con un chiquillo rubio con la cara sucia que le miraba con unos ojos azules muy abiertos; tendría unos nueve o diez años.

Miró a su alrededor. Se encontraba tumbado sobre un montón de paja, dentro de una especie de jaula que avanzaba traqueteante por un camino polvoriento. En el otro extremo de la jaula un anciano con el rostro surcado de arrugas le miró con unos ojos cansados, y enseguida regresó a su ocupación, que parecía ser frotar con insistencia un trozo de tela contra uno de los barrotes. Cerca de él, otro hombre más joven le observaba con franca curiosidad. El niño, que le seguía mirando fijamente, estaba acurrucado en un rincón, hecho un ovillo. Vestía con ropas que parecían buenas, pero que ahora estaban estropeadas y rotas. Las moscas zumbaban por todas partes, pegajosas, y un olor nauseabundo flotaba en el ambiente.

—Estupendo —masculló, dejándose caer pesadamente al suelo de nuevo.

El más joven de los dos hombres se acercó a él. Era más bien alto, y delgado, de ojos oscuros pero piel muy clara, casi pálida. Dos delgadas trenzas le enmarcaban el rostro y el resto del pelo, largo y negro como plumas de cuervo, le caía por la espalda. Estaba tan sucio como todo dentro de aquella jaula. Galed le lanzó una mirada que le hizo detenerse a una distancia prudencial. El joven se arrodilló y le preguntó algo en naalí, la lengua del Imperio.

—No te entiendo —dijo Galed con esfuerzo; notaba la boca pastosa e hinchada.

—Hola—intentó de nuevo el joven, esta vez en daryo, la lengua común en el Norte, y la misma que había usado Galed. Hablaba con el típico acento sureño, pero se expresaba correctamente—. Eres del Norte, ¿verdad? —dijo señalando su pelo rubio—. ¿Puedes entenderme?

El guerrero asintió levemente con la cabeza.

—Me llamo Shäl —dijo, e hizo una pausa, esperando que el otro dijera su nombre, pero Galed se limitó a mirarle, impasible, así que prosiguió al cabo de unos segundos—. Estabas herido, de hecho estabas bastante grave cuando te trajeron, y te he estado cuidando. Si no tienes inconveniente, querría acercarme para ver cómo estás.

Galed asintió de nuevo, y el otro se arrodilló junto a él. Le examinó los ojos y la cabeza, y le ladeó para observarle la espalda. El dolor hizo que el guerrero apretara los dientes.

—Gracias —susurró cuando Shäl dio por concluido el reconocimiento.

—No creas que he hecho gran cosa —replicó el otro—. La herida de la espalda te debe doler bastante, pero no es profunda. Y aparte de un golpe en la cabeza y otro en el hombro, que era el que más me preocupaba, sólo tienes moretones por todo el cuerpo—sonrió ligeramente—. A decir verdad, me has sorprendido, amigo; pensaba que tardarías bastante más en recuperarte.

—¿Cuánto… tiempo… ? —le costaba pronunciar las palabras.

—Te encontraron hace un par de días.

En ese momento otro hombre a caballo se acercó al carro y le gritó algo a Shäl, interrumpiendo la conversación. Éste se tensó visiblemente, y con gesto adusto se giró y ambos intercambiaron unas pocas frases. Galed los observó mientras hablaban, aunque no pudo entender lo que decían. El tipo ofrecía un aspecto amenazador, aunque no parecía tener muchas luces: era fuerte y grande, y una cicatriz le cruzaba la parte izquierda de la cara; vestía una protección ligera de cuero, una espada le colgaba del cinto y sujetaba un látigo en la mano.

Entonces Galed se percató de que Shäl llevaba unos grilletes en los tobillos, unidos por una cadena. Se miró. También él tenía las piernas encadenadas. Aquello no tenía sentido. Quiso levantarse para hablar con aquel hombre, pero de pronto la cabeza comenzó a darle vueltas de nuevo y se le nubló la vista. El calor del sol, las moscas, el traqueteo… todo se volvió más y más lejano, y Galed se desplomó inconsciente sobre el suelo de la carreta.


* * *

Cuando recobró la conciencia ya estaba anocheciendo. La jaula se había detenido y desde la distancia llegaba el típico ajetreo de un campamento que se prepara para pasar la noche. Shäl estaba sentado en un extremo; al darse cuenta de que había despertado, se acercó y le ofreció un cuenco humeante que sostenía en las manos.

—Hola de nuevo —le dedicó otra de sus sonrisas—. Aquí tienes la cena. Intenta tomártela, te sentará bien.

El cuenco contenía una especie de puré que no parecía demasiado sabroso, pero aun así las tripas de Galed comenzaron a rugir nada más olerlo. El guerrero se incorporó y, con esfuerzo, se acomodó contra los barrotes. Cogió el cuenco y tras un instante de vacilación comenzó a comer con avidez, llevándose la comida a la boca directamente con la mano e intentando inútilmente alejar a las moscas.

—Despacio, amigo —le aconsejó Shäl—. No querrás vomitarlo luego.
Galed siguió engullendo el contenido del recipiente sin hacerle ningún caso. Al cabo de un rato se relajó un poco. Miró de reojo a su acompañante.

—¿Dónde estamos? ¿Qué me ha pasado? —preguntó sin dejar de comer—. ¿Y por qué estoy encadenado?

El interpelado se sentó a su lado con las piernas cruzadas y esbozó una triste sonrisa.

—Estás encadenado porque has caído en manos de unos tratantes de esclavos —explicó con su acento sureño—. Nos dirigimos a Puerto de Fares, para ser vendidos en el Mercado.

Galed le miró de hito en hito. Dejó de comer y apoyó lentamente el cuenco en el regazo. No era necesario preguntar a qué tipo de mercado se refería. Recordó al tipo que había visto hablando con Shäl; sí, sólo le faltaba la palabra esclavista tatuada en la frente.

—Cuando te encontraron estabas hecho un trapo —prosiguió Shäl—, te habían dado una buena paliza y habías perdido mucha sangre. Aun así supongo que pensaron que podrían ganar unas cuantas monedas contigo.

Hizo una pausa y observó a Galed, que intentaba asimilar la información con la mirada fija en el suelo.

—Dijeron… quiero decir, yo no lo vi, pero… —a Shäl le costaba encontrar las palabras adecuadas—. Había cadáveres por todas partes… todos muertos —le miró directamente a los ojos—. Excepto tú. ¿Qué pasó? ¿Qué hacías tú allí?

Galed dejó el cuenco sobre el suelo de la carreta y se recostó contra los barrotes.

—Si piensas que tuve algo que ver con la muerte de esa gente, estás equivocado —repuso, hablando con lentitud—. Nos habían contratado para cruzar las montañas hasta Sandaar. Eran comerciantes de telas y sedas. Nosotros teníamos que protegerlos.

—¿Nosotros?

El guerrero asintió.

—Formo… bueno, formaba parte de una compañía de espadas libres.

—Quieres decir mercenarios.

—No—Galed sacudió enérgicamente la cabeza—. Nuestro jefe era un hombre de honor, un erd; no era un mercenario. Se llamaba Olfgan, ¿has oído hablar de él? —Shäl negó en silencio, atento a sus palabras—. Habíamos acampado para pasar la noche. Nos atacaron por sorpresa. Justo en ese momento yo… no estaba en el campamento. Cuando oí los gritos volví corriendo, pero eran cinco o seis, y yo estaba solo. Intenté luchar, pero me atacaron por la espalda. Uno de ellos era un tipo enorme, me derribó y perdí las armas. Luego comenzaron a golpearme y… lo siguiente que recuerdo es despertarme encadenado en esta carreta.

Se hizo un incómodo silencio. Shäl se rascaba la barbilla, pensativo.

—Así que un mercenario con honor —dijo al cabo—. No es algo que se vea todos los días.

Galed le lanzó una mirada gélida.

—En cualquier caso, eres el único que quedaba con vida allí. ¿Por qué no te mataron? ¿Por qué te dejaron ahí tirado, en medio de toda esa carnicería?

Galed recordó la discusión con Donnarn y las últimas palabras que había oído antes de perder el sentido.

—No lo sé.
—¿Estás seguro? —insistió—. ¿No se te ocurre ningún motivo?

El guerrero se incorporó, haciendo caso omiso del dolor.

—Mira, lo que te he contado es cierto —replicó airado—. Yo no le hice nada a esa gente. Si no me crees, es tu problema. A mí me da igual lo que pienses.

Shäl levantó una mano en un gesto de disculpa.

—Tranquilízate, amigo. No creo que mataras a esa gente, aunque me parece que no me estás contando todo. Perdona si te he ofendido, sólo quería asegurarme de que no había estado preocupándome por un asesino.

Galed gruñó pero dijo nada.

—Mañana llegaremos a Puerto de Fares —Shäl se arrastró de vuelta hasta su rincón de la jaula para dormir y le lanzó una manta deshilachada—. Intenta descansar, lo necesitarás.

Me han gustado estos dos ultimos capitulos (o este capitulo dividido en dos), siento curiosidad por saber como se va a enlazar esta historia con la del principio, por cierto, creo que no has explicado que es un Erd.

Saludos.
Buenas, Aljamar,

pues me he leído de un tirón el prólogo y los dos capítulos y por el momento me está gustando la historia.

De las tres partes, yo creo que lo que flojea un poco es el prólogo. Me pareció que iba a trompicones con los saltos, no digo que fuera una mala idea ir cortando y alternar personajes, más que nada creo que se pueden aprovechar más las escenas. Las apariciones de los dos ladrones me parecieron mejor conseguidas que las intervenciones del Khezel, pero aun así me faltó algo, tal vez un poco más de pensamientos de los personajes (aunque no vayan a ser los protagonistas) o simplemente algo que explicase hasta qué punto esos documentos son importantes. En fin, cuando lo he leído me pareció un poco distante, pero tendría que estudiarlo más para saber por qué exactamente.

Y al fin, ¿no es un poco extraño que el propio Gran Kezhel o al menos alguno de sus subordinados no estuviese al corriente de esa puerta secreta por la que huye la hija? Otra cosa es que se esperasen que ella la conociera y entonces no hubiesen protegido la salida, eso se podría entender.

Aun así, el prólogo me gustó, pero me ha gustado más el capítulo uno y todavía más el capítulo dos.

En el capítulo I, lo único que me ha chocado han sido algunas palabrotas que no me parecieron muy bien colocadas. No sé, yo prefiero cuando un personaje dice las palabrotas con soltura, de manera natural, y se convierte en una característica suya o bien cuando las dice más espaciadamente de manera a sorprender al lector cuando las diga. Por lo demás, el capítulo me pareció bueno, y la segunda parte muy buena también. Lo único, cuando Galed le empuja a Donnarn, ¿qué pretende exactamente? Lógicamente, no se atreve a ensartarlo, es su amigo, pero al mismo tiempo no tiene mucho sentido su arrebato (lo más prudente hubiera sido echar a correr e intentar encontrar una brecha, hehe, claro que su estado de ánimo a lo mejor no se lo permitía).

El capítulo II, como ya he dicho, fue el que más me gustó, y también el más natural, según creo. En muy poco espacio consigues darle un carácter a Shäl y profundizas el carácter de Galed. Y gracias a la manera en que está escrito realmente he podido meterme en la historia sin problemas. Lo único raro es que el esclavista se pare a hablar con Shäl, un esclavo, pero, claro, no se sabe de qué hablan. En definitiva, me ha parecido muy bueno el capítulo.

En cuanto a las erratas, sólo vi un «como» sin tilde en el prólogo en «Oyó como los guardias desenvainaban». Y luego en el capítulo II vi un «se acercó hacia él»: no sé si es correcto ese «hacia» (más que nada que, en todo rigor, uno no se puede acercar a una dirección).

Pues espero que sigas con la historia, que esta me está gustando todavía más que la de Ishmel. Parece que va a haber muchas aventuras y los personajes están bien trazados. A ver cómo Galed se las arregla ahora para salir de apuros.  Aunque por el momento parece que no está en peligro de muerte, sólo se ha quedado embarazosamente encadenado ^^

Saludos!
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