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  Reto Un Punto en Común: En la Noche Oscura
Enviado por: Joker - 29/03/2015 03:55 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

EN LA NOCHE OSCURA


«En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerla oculta, la había encontrado.»

Éste era el único párrafo que había logrado escribir. Y ni siquiera sabía por qué lo había hecho.
En la pantalla, cruel y burlón, el resto de la página del procesador de textos permanecía de un blanco inmaculado. Bianca ya no sabía qué palabras usar en el buscador de imágenes, no sabía qué música escuchar. La noche de otoño se aferraba demasiado al reciente calor del verano, y eso le fastidiaba sobremanera.
La inspiración y las ideas se habían esfumado, y nada parecía ayudarla.  
El sueño amenazaba, anticipándose con un sopor tenue que enlentecía cada vez más sus parpadeos. La pesadez en sus hombros, una sensación de rigidez en el cuello. Era uno de esos momentos donde todo parecía afectarle. Incluso en aquel silencio, en esa habitación oscura, los problemas cotidianos parecían gritar en su mente reclamando una atención que necesitaba utilizar en la escritura que se proponía.
«Si tan sólo pudiera llorar», se decía a sí misma.
Pero no había lágrimas en sus ojos. Hacía mucho que habían desaparecido.
No podía creer que hubiera pasado tanto tiempo sin poder escribir, sin que su mente se aquietara lo suficiente para dejar que el río de su imaginación se derramara en cascadas, creando mundo fantásticos como lo había hecho desde que era niña.
En su estudio, los estantes de libros apenas se perfilaban a la luz tenue que entraba por la ventana. Tomos de literatura clásica, perfectamente encuadernados. Una completa colección de historia mezclada con mitos antiguos. Se preguntó a sí misma por qué nunca había podido leerlos, por qué sus incursiones en esas maravillosas escrituras se había limitado a la lectura fragmentaria y repasos rápidos.
Para lo único que los había usado era para complementar otras lecturas: «Complejo de Edipo y elección de objeto», «Afrodita, paradojas del deseo», «Dioniso, la tragedia y el goce». Escritos cuyas interpretaciones sentía que mancillaban la belleza de las leyendas.
Bianca sintió nauseas al recordar esos títulos, grabados en su mente tras años de leer artículos de esa índole en la universidad. Y la angustia la asaltó con más furia, comprimiendole el pecho, al recordarse a sí misma escribiendo cosas similares para contentar a sus profesores y aprobar las asignaturas de la carrera.
Bebió un sorbo de café, para mantenerse despierta. Nada había que la obligara a estar allí, a altas horas de la noche, a sabiendas que tenía que despertarse temprano para trabajar al otro día, sólo para escribir un relato de pura fantasía, como los que amaba escribir desde que había conocido el placer de poner una letra sobre otra, dando vida a sus sueños en el mundo de las palabras.
Pero la hoja seguía casi en blanco.
Se levantó de súbito, casi con violencia. Se dirigió a los estantes de la biblioteca. Repasó los lomos de varios libros, hasta que se encontró con uno que hacía mucho no veía. Un libro antiguo, con una cubierta marrón de aspecto frágil. Lo sacó del estante y lo abrió. El aroma característico del papel amarillento la inundó, desanudado algo de esa angustia que la estaba esclavizando.
Las costuras del tomo parecían algo endebles, así que lo hojeó con respetuosa cautela. Era un diccionario, de esos viejos tomos de letras ornamentadas e ilustraciones sencillas.
Se sentó en el suelo, mirando los dibujos a la luz tenue que salía de la pantalla de su computadora a unos pasos, sobre el escritorio.
Pasó varias páginas al azar, buscando con atención todos los dibujos que encontraba sobre criaturas y deidades mitológicas. Se olvidó del tiempo, como si la noche pudiera extenderse indefinidamente sólo para que ella se quedara allí sentada, mirando con minucioso detalle cada página, leyendo cada referencia mitológica que encontrara, rememorando nombres de dioses que creía haber olvidado.
Pero el tiempo no era infinito, y el sueño y el cansancio estaban allí, acechando su entusiasmo.

Caminaba por el bosque, como lo hacía cada tarde. Nada le resultaba más maravilloso que la luz crepuscular colándose entre las hojas mientras los primeros murmullos de las criaturas nocturnas se abrían paso, rasgando el silencio.
Como todas las tardes, sabía que le quedaba poco tiempo antes de tener que regresar. El tiempo apremiaba, sus abuelos se empezarían a preocupar si no volvía antes el anochecer. Preocupación que se transformaría pronto en enojo al verla aparecer. Y aunque el enfado y las reprimendas de sus abuelos era algo que no le agradaba experimentar, no por eso dejaba de arriesgarse a forzar su paciencia alargando sus exploraciones por el bosque.
Adoraba, por sobre todo, visitarlo cuando se aproximaba la llegada del invierno. Entonces la oscuridad se adueñaba de la foresta más temprano, y para ella se volvía un paraíso de tonalidades verdes, grises y azuladas.
Ese bosque se extendía en la parte de atrás de la casa de campo de sus abuelos, al pie de las montañas. Lo conocía como a la palma de su mano, y sólo las rocas escarpadas y cubiertas de maleza eran capaces de detener sus caminatas. La naturaleza, con sus caprichosas formas, le imponía así unos límites que aceptaba con veneración y agrado.
Pero aquella tarde fue distinta. Al borde del anochecer, llegó corriendo al fondo del bosque, donde las elevaciones comenzaban. Agitada, puso su mano sobre una de las rocas, acariciando las hiedras.  
Miró hacia arriba, sonriendo, a punto de despedirse para regresar a la casa. Y entonces la vio.
Fragil, apenas recortada su figura temblorosa contra el gris crepuscular, una criatura revoloteaba sobre ella, insinuando su forma sobre el paisaje.
Una mariposa, pero no cualquier mariposa. Sus alas, aún con aquella escasa luz, se veían de un color intenso. No se parecía a ninguna otra que hubiera visto antes. Sus alas eran rojas, con un reborde negro que las hacía verse aún más intensas, casi luminosas.
«Una mariposa de color rojo sangre», pensó, dándole ese tinte poético que le gustaba poner en todo lo que llamaba su atención.
La criatura se alejó hacia un costado y ella sin pensarlo la siguió.
Tratando de sortear los escollos del terreno, que se hacía cada vez más escarpado e inaccesible, logró con cierto esfuerzo seguir a la criatura, vigilando su trayectoria a la par que prestaba atención a las piedras sobre las que posaba sus pies.
La mariposa revoloteó sobre su cabeza cuando llegó al linde de rocas. Se elevó, hasta perderse por encima del mismo. Pero ella tenía un espíritu demasiado curioso para dejar las cosas como estaban, y observando las grietas en el muro pétreo cubierto de musgo y maleza, imaginó que la naturaleza misma la estaba invitando a trepar.
Comenzó a subir, coordinando sus manos y pies. Sus cabellos rubios y algo rizados ondeaban sobre su espalda mientras ascendía, agitados por sus movimientos y por la brisa que anticipaba la llegada de la noche.
Cuando sus brazos encontraron la cima e hicieron un última esfuerzo para encaramarla sobre ella, se dejó caer, exhausta. Estuvo así un instante y se puso de pie, alisándose el vestido, cuya blancura se había adornado con algunas manchas de verdor.
Y cuando puso atención al lugar en el que estaba quedó boquiabierta.
Un saliente amplio cubierto de hiedras sobre piedra gris. El suelo era liso, hecho de rocas que hacían de rústicas baldosas. A pesar de la creciente oscuridad, notó que no era una construcción natural, sino algo parecido a unas ruinas olvidadas, ahora dominadas por la naturaleza.
Dio los primeros y observó lo que parecían unas cráteras alineadas a los lados, colmadas de plantas, flanqueando el sitio. Y al fondo, una grieta se abría, oscura y enmarcada por un arco donde las enredaderas hacían de improvisadas cortinas, formando un velo que ocultaba la entrada.  
Se acercó lentamente, pero no por miedo sino por una extraña e inexplicable emoción que la estaba embargando, como quien está comenzando procesión hacia una ceremonia durante largo tiempo preparada.
Cuando estuvo a pocos metros de la abertura, la mariposa volvió a aparecer. Revoloteaba de una lado a otro, como una guardiana del portal, al que parecía invitarla a avanzar.
Notó que del otro lado de las enredaderas no había una gruta. No se trataba de una abertura hacia el interior de la montaña, sino de un arco tras el cual se abría un camino al aire libre, como si el bosque continuara desde allí hacia las faldas de la montaña.
Ingresó apartando las enredaderas suavemente. Del otro lado se abría el bosque, un bosque de altos árboles, de copas frondosas y de hojas extrañas, exóticas, como nunca antes había visto. La luz del crepúsculo parecía allí más intensa, como vista a través de un prisma que le imprimía vistosas tonalidades. Una fragancia embriagadora la asaltó, dulces perfumes que parecían amalgamar los aromas de todas las flores conocidas. Parecía un sitio sacado de un sueño o un cuento de hadas.
Siguió avanzando, mirando a su alrededor, y observando a la mariposa que volaba delante de ella, instándola a seguir.
El tiempo le pareció eterno, disfrutando del paisaje. Entonces la mariposa se alejó rápidamente, tanto que se vio obligada a correr tras ella para alcanzarla, siguiendo el camino tenuemente insinuado entre los árboles.
Cuando el cansancio la obligó a detenerse, levantó la vista, recuperando el aliento, y se encontró ante unas escalinatas de piedra perfectamente talladas. Pero eso apenas era la antesala de algo mayor.
Un extenso y circular predio hecho de mármol veteado y vegetación, lleno de estatuas y maceteros, arcos y asientos de piedra. Un jardín de ensueño, con una fuente llena de deidades esculpidas, que lanzaba hacia al cielo sus aguas para que luego cayera un miríadas de cascadas iridiscentes.
Bianca no podía creer que tal maravilla existiera tan cerca de la casa de sus abuelos. No podía creer que existiera fuera de los libros de hadas que tanto le gustaban.
Recorrió el jardín, mirando cada detalle del mismo, pero la mariposa comenzó a revolotear a su alrededor, llamando su atención. Parecía desear que la siguiera.
Lo hizo, hasta el otro lado del jardín. Al final del mismo, en unos límites hechos de rocas y árboles que se elevaban hasta las nevadas cumbres de las montañas, había una amplia escalinata de mármol, que se abrían a un pequeño espacio, con una especie de altar.
Cuando se aproximó, notó que el altar estaba tallado con innumerables relieves. Animales de todas clases, dioses y criaturas fantásticas llenaban de escenas sus bordes. Tenía forma circular, amplia, y su superficie era lisa y pulida.
Pero notó con tristeza que había algo mal en esa superficie. Una especie de telaraña la cubría, una telaraña que cubría todo su diámetro, rompiendo su armonía.
Entonces se dio cuenta que era un espejo. En espejo roto, agrietado, como si una piedra hubiera le hubiera caído encima rompiéndolo irremediablemente, formando esa telaraña de quebraduras.
Sintió una profunda tristeza. La mariposa se posó en el borde tallado del espejo, plegando las alas.
La observó, luego miró a su alrededor, al jardín de ensueño, los altos árboles que lo bordeaban. Oía la suave y secreta melodía que la fuente tocaba a sus espaldas. Respiró profundo el perfume de las flores, acarició la pulida superficie del espejo.
Entonces notó que el mismo cambiaba. Al pasar su mano por el mismo, parecía volverse más suave al tacto, casi líquido. Las grietas parecían desvanecerse. La mariposa batió las alas y comenzó a volar en círculos sobre el espejo, mientras ella pasaba sus delicadas manos sobre las grietas, reparándolas, haciendo que de a poco dejara de ser un espejo para convertirse en una fuente de aguas cristalinas.
Cuando todas las grietas desaparecieron, esperó un instante. La superficie fue reposando y luego reflejó el cielo violáceo y sus primeras estrellas.
Entonces, una imagen se fue perfilando. Un lugar oscuro. Desde uno de sus lados se insinuaba una tenue luminiscencia azulada. Las paredes parecían cubiertas de libros, y en el suelo, recostada, una joven de cabellos rubios ensortijados parecía dormir, con un libro abierto entre sus manos.
Acercó sus dedos hacia la imagen, apenas rozando la superficie espejada. La mariposa se posó sobre su mano, haciendo con su ínfimo peso que Bianca tocara la imagen reflejada en el agua.

Se despertó sobresaltada. Aún era de noche. Tenía la mente revuelta de quien se despierta de un sueño y trata de recordarlo antes que se esfume en el olvido.
Algunas sensaciones permanecían. Unos pasos, que creyó venían del pasillo. En otra oportunidad eso la hubiera alarmado, pero se sentía serena y extrañamente a salvo.
Se levantó del suelo, donde se había quedado dormida. Caminó y se sentó en el escritorio, presionó la barra espaciadora del teclado, haciendo que la pantalla se volviera a encender.
Entonces se percató de que tenía aún el diccionario en sus manos, y cuando lo puso sobre la mesa, notó que algo sobresalía entre sus páginas. Con curiosidad abrió el libro.
Sonrió al ver lo que era.
Una silueta, recortada en papel de color rojo. Una mariposa de formas redondeadas. Unos trazos de marcador negro adornaban los bordes de sus alas, oscurecían sus antenas y marcaban dos pequeños ojos.
Los recuerdos vinieron a ella. El momento en que había elegido el papel para hacerla, la caja de marcadores, la tijera de puntas redondas con la que la había recortado.
La angustia en su garganta se liberó. Sus ojos se humedecieron, su pecho se agitó. Como una fuente de un jardín de ensueños, sus ojos dejaron brotar esas lágrimas tanto tiempo retenidas.
Mientras la aflicción la iba abandonando y una creciente serenidad la reemplazaba, observó el libro abierto frente a ella y la mariposa reposando sobre el papel amarillento. Bianca volvió los ojos a la pantalla, apartó la taza de café frío, y puso sus manos sobre las teclas, agregando el segundo párrafo a su escrito:

«... Con la forma de una niña de rizos dorados, la fantasía iba a su rescate. Nunca había cesado de buscarla, incluso en aquellas tinieblas. Los pasos, ligeros y sutiles, eran cada vez más cercanos. Agitó sus manos, sabiendo que los grilletes que la aprisionaban por fin caerían. La imaginación al fin sería libre, a pesar de todos los intentos que había hecho la mundanidad de tenerla por siempre encerrada... »

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  Reto Un Punto En Común - Fines y Principios
Enviado por: Joker - 29/03/2015 12:17 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (12)

En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme oculta, me había encontrado.
Tenía poco tiempo para pensar qué hacer. Las nubes que cubrían el cielo nocturno se apartaron y la luz de las lunas entró por las ventanas; así quedó roto el dominio que las tinieblas tenían sobre la habitación pero también quedó a la vista el dolor que me acompañaría lo que me quedara de vida. Bajé la mirada al cuerpo sin vida de Dharon, mi hermano y protector, que aún acunaba entre mis brazos. Sus ojos habían dejado de ver y, con un gesto piadoso, bajé sus párpados con una última caricia.
Pasos, lentos, medidos y audibles se escuchaban cada vez más fuertes, acercándose a la habitación en la que nos habíamos refugiado luego de que Dharon fuera herido por las garras de nuestro misterioso perseguidor.
El Cazador de Historias, le llamaban; un apelativo obtenido al percatarnos que había empezado una cruzada en contra de la estirpe de magos y hechiceras que teníamos la función de preservar los relatos de nuestro mundo, así como también en contra de los guerreros que nos habían asignado como custodios.
Los pasos se detuvieron y al dejarse de oír toda señal de aquel demente yo, estúpida e infantil como era, creí que por alguna intervención de los dioses estaba a salvo. Pero esta vez ni siquiera mi poderosa imaginación podría resguardarme, como no había podido salvar a Dharon. El picaporte giró con lentitud y quedé fascinada, presa del horror, conteniendo el aliento mientras la puerta, en mi febril estado, tomaba dimensiones gigantescas.
La realidad me devolvió la cordura cuando el hechizo que le había impuesto a la puerta relució en las penumbras y repelió a quien intentaba entrar. La maldición del otro lado me hizo expulsar el aliento contenido y entrar en movimiento. Dejé el cuerpo de mi hermano a un costado y, tras observarlo dormir eternamente, tomé el Grimorium, un libro antiguo que el Círculo de Historiadores nos había enviado a buscar en primera instancia.
Al incorporarme, escuché el ruido de la madera astillándose cuando un hacha estaba reduciendo la integridad de la vieja madera. Escuché también la pronunciación de un conjuro que desbarataba mi hechizo. La puerta se vino abajo, desintegrándose a base de golpes físicos y mágicos.
La figura alta y fornida del Cazador se perfiló bajo el dintel; vestido de ébano bien podía ser una personificación de la noche misma, sin estrellas ni luna, pues llevaba el rostro cubierto por una máscara negra.
Corrí hacia una de las ventanas cuando él se abalanzó hacia mí; apretando el libro contra mi pecho, me lancé contra los cristales en un intento desesperado de salvar la vida y proteger el objeto por el que había muerto Dharon. Rodé por el tejado de la mansión y fui dando tumbos hasta que el vacío se abrió ante mi y apenas tuve tiempo de aferrarme al cuello de una de las gárgolas que custodiaban aquel lugar abandonado. Vi caer el libro al jardín, aleteando sus hojas como un pájaro herido.
Todos mis instintos me instaban a trepar pero mi mente me decía que sería un intento inútil; el Cazador se acercaba con pasos firmes y seguros, descendiendo hacia donde me encontraba. En aquella posición incómoda, pendiendo literalmente entre la vida y la muerte, cerré los ojos y busqué el núcleo de mi poder, abstrayéndome de las pisadas que volvían a estar cada vez más cerca. Allí, en medio de la oscuridad del corazón, la luz dorada de mi imaginación destellaba al compás de mis latidos.
Cuando abrí los ojos, una luz dorada incendiaba mis ojos y, aún colgada de la gárgola, murmuré:

«Piedra vieja, escucha mi voz.
La vida te llama.
Piedra fría, oye mi súplica.
El mal nos acecha
¡Piedra viva, ven en mi ayuda!»


Sentí la magia abandonar mi cuerpo y fluir hacia la roca, animando a la criatura de piedra que agitó las alas como si despertara. Sentí caer sobre mi rostro arenilla y piedrecillas cuando la criatura abrió sus fauces en una especie de rugido silencioso. Al sentir que se movía, suspiré y me dejé caer al vacío mientras dejaba que el custodio pétreo se encargara del maldito Cazador.
El golpe contra el suelo me dejó sin aliento y aturdida; el cielo, plagado de estrellas, era testigo indiferente de mi situación. Gemí al tener que moverme; con demasiada lentitud me incorporé y miré hacia arriba tratando de saber qué ocurría con el cazador y la gárgola.
Ruido de metal contra roca, golpes y silencio en medio de la noche era todo lo que percibía; tenía esperanzas, tontas, vanas, en que la criatura de piedra pudiera dar cuenta del asesino, pero sabía que  eso no pasaría. Sólo estaba ganando algo de tiempo, robándoselo a la muerte que venía buscándome.
Sin perder los preciosos minutos que la gárgola me proporcionaba, tomé el libro y me dirigí lo más rápido que mi dolorido cuerpo me permitía hacia el Bosque de Viridian. Antes de cruzar la primera línea de aquel bosque de altos árboles, volteé a ver lo que ocurría en el tejado.
Un estallido y un destello iluminaron brevemente el tejado de la mansión Saberhagen y vi caer dos cuerpos al jardín; el de la gárgola se pulverizó contra el suelo, el del Cazador se incorporó y miró en dirección hacia donde me encontraba. Levantó el hacha que portaba y me apuntó.
No esperé más para refugiarme en las profundidades de Viridian, perdiéndome en aquella fronda. Ramas y zarcillos me envolvían mientras corría, tirando del cabello y de la falda, arañando mi pálida piel, pero nada de eso me importaba.
Sólo quería huir, hallar una manera de poder volver a la seguridad mi clan y dar la voz de alarma respecto a lo que habíamos encontrado en el Grimorium. Mientras huía del Cazador, los recuerdos me alcanzaron, haciendo presa de mi corazón.


Nos encontrábamos en el sótano de la mansión Saberhagen, un recinto que acumulaba polvo y telas de araña por doquier. En otro tiempo incluso aquel lugar podría haber sido suntuoso con todas esas alfombras, ahora raídas por el tiempo. Entre las cosas más llamativas que allí había se hallaba un enorme espejo roto, agrietado; era de considerable altura y me pude contemplar en él. Una muchacha de largos bucles pelirrojos, enmarcando un rostro de ojos celestes y piel pálida; las grietas del espejo eran tantas que atrapaban mi imagen en una red de distorsiones, desfigurando mi rostro.  No me gustó verme reflejada y me aparté de él, disgustada e invadida por un mal presagio que quizás no tardaría en cumplirse.
—El viejo Saberhagen lo tenía bien guardado pero aquí está. —La voz de Dharon captó mi atención y al girarme me topé con su sonrisa triunfal; lo cual confirmó que la misión encomendada por el Círculo de Historiadores estaba por finalizar con éxito—. El Grimorium. ¿Es el que buscábamos o se trata de una muy buena imitación?
—Se percibe magia en él; y bastante antigua, por cierto. ¡Es buena señal! —dije mientras tomaba el libro encuadernado en un desgastado terciopelo que alguna vez supo ser rojo como el vino tinto, más ahora tenía el tono pardo de la sangre seca—. ¡Ábrete libro, muestra tu valor!
Bajo aquellas palabras de mando, el libro respondió a mi voluntad y las hojas se agitaron por el viento creado por su propia fuerza vital.

«¿Quién convoca el saber?
Pregunta y se te responderá.
Hasta que el mundo haya de perecer
el conocimiento existirá.
Y la respuesta se hará pregunta»

La voz reverberaba en el aire, sin un género definible para quienes oíamos al espíritu de sabiduría que habitaba en el libro; las palabras crípticas, ominosas, cayeron sobre nuestro ánimo como plumas de plomo.
—¿Qué significa eso? —la voz de Dharon se hizo eco de mis inquietudes, que no eran pocas desde que los rumores de que un gran desastre se aproximaba habían llegado a oídos de los maestros de nuestro clan.
—Háblanos, espíritu del Grimorium —Levanté la mano para que Dharon guardara silencio—, y despeja los temores que nos han traído hasta aquí.

«Los temores del mundo realidad se harán
cuando los tres sellos,
las Siete Serpientes romperán.
Y Lo Que No Puede Ser Nombrado
a través de la Puerta pasará».


—Lo Innombrable... —Vi en los ojos de Dharon un eco del  miedo que me invadía—. Si esto es cierto, no sólo nuestros maestros deben ser advertidos. Tenemos que dar aviso a todos los clanes esto es más que un simple rumor... —guardó silencio y sus ojos se desenfocaron; esta vez fue él quien alzó una mano, imponiendo silencio mientras miraba hacia el techo, escuchando, percibiendo con los sentidos del guerrero que era—. Será mejor que nos vayamos.
Nunca había dudado de Dharon, era mi guardián y protector, así como yo era su hechicera asignada, el vínculo de hermanos sólo acrecentaba nuestra sincronía al momento de actuar; y en esta oportunidad, aturdida con los presagios del libro, dejé que se hiciera cargo de la situación.
Moviéndonos con rapidez, trepamos por las escaleras que nos sacarían de aquel sótano que ahora me parecía opresivo, una trampa mortal enterrada en las profundidades de aquella mansión que también sentía que había dejado de estar abandonada.
—Es él... —Dharon husmeaba el aire como un animal, con todos los sentidos alertas—. El Cazador está aquí.
—Podemos hacerle frente —aunque mi voz sonaba firme, sabía que estaba alardeando. Ni yo misma me creía; las palabras del libro y esta revelación habían mellado mi ánimo.
—¿Al enmascarado que está cazando a los magos y guerreros de nuestro clan como si fuéramos conejos indefensos? —negó con la cabeza mientras me miraba y su preocupación me alarmó más aún—. Sabes que no rehuyo ningún combate, Dinah; pero no podemos arriesgarnos sabiendo lo que sabemos. Ese libro tiene que llegar a manos de los Maestros y...
El sonido silbante de una hoja de acero fue lo que hizo que Dharon me empujara hacia un costado antes de que la espada me rebanara la cabeza; con un grito atronador, se lanzó contra nuestro atacante, apenas una sombra entre las sombras. Me incorporé con rapidez mientras me alejaba unos pasos, tratando de encontrar una forma de ayudar pero antes de que pudiera intentar algo un gemido ahogado se escuchó y Dharon salió despedido, expulsado por alguna fuerza sobrehumana. Cayó rendido a mis pies, llevándose las manos al pecho. La sangre brotaba de una herida de horrible aspecto.
—¡Huye...! —jadeó y escupió el líquido vital, rojo y espeso.
Vi surgir de las sombras al Cazador, con sus garras inhumanas manchadas de sangre. Aunque no podía saberlo, supe que su mirada estaba fija en mi, su nueva víctima. Enarbolé mi daga y con un veloz giro de mi diestra la clave en el suelo de madera mientras que con la otra mano trazaba tres símbolos en el suelo. La grieta que había provocado la daga se expandió, creciendo conforme la magia que invocaba destruía el suelo en dirección del enemigo. El Cazador retrocedió de un salto, bajo riesgo de caer al pozo que se seguía formando, abriendo una considerable distancia entre ambos.
—¡Dharon, levántate, vamos!
Haciendo acopio de sus pocas fuerzas, y ayudándolo con las mías, caminamos por los pasillos de la mansión Saberhagen en busca de otra salida; me pareció que habíamos caminado mucho, pero los segundos son eternos cuando la angustia muerde el corazón, infectándolo con desesperación y certezas.
—No lo lograré, Dinah...
—Te curaré —dije, obstinada como soy y entramos en una de las habitaciones, la que sería la tumba de mi hermano.
Un cuarto oscuro en una mansión abandonada. Ni bien entramos, tropezamos y caímos, él y yo, caímos, rodando en la oscuridad...


En mis recuerdos había caído con Dharon al tropezar con una banqueta, aquí, en el bosque Viridian, alguna raíz me había derribado y me derrumbé por el borde de una pequeña pendiente; di tumbos una vez más hasta que dejé de hacerlo y jadeé, falta de aliento, una vez más.
Entonces me percaté que podía ver; había caído en un claro del bosque lleno de flores de la noche. La luz de las lunas y las estrellas iluminaba aquel lugar, con tonos plateados y suaves; para mi sorpresa, estaba rodeada de mariposas que, alteradas por mi aparatosa entrada, aleteaban en todas direcciones a mi alrededor. Rojas, azules, verdes y blancas, las pequeñas criaturas agitaban sus delicadas alas con una parsimonia de ensueño, haciendo que por unos minutos el tiempo no corriera.
Me puse de rodillas y miré a mi alrededor, maravillada de tanta hermosura repentina en aquella noche de espanto y supe, como bien me habían enseñado, que la belleza y el horror se sucedían uno a otro en una danza rítmica, al compás de una lógica cósmica que estaba más allá del entendimiento mortal por su complejidad. O por su simpleza.
Una mariposa azul aleteo a mi lado, posándose sobre mi hombre y el recuerdo de los ojos de mi hermano me invadió; belleza delicada, frágil como el recuerdo mismo. El pequeño insecto voló, agitando sus alitas, alejándose, perdiéndose entre otras tantas de sus congéneres, como el brillo de los ojos de Dharon se había perdido; el horror de la fragilidad de la vida, perdida para siempre.
Sentí el sabor salado de las lágrimas en mi boca al descender estas por la nívea superficie de mis mejillas; una mariposa negra se cruzó en mi campo de colores y supe que esa noche moriría.
Tomé el libro que el Círculo de Historiadores nos había enviado a buscar, acaricié su superficie aterciopelada y comprendí qué es lo que debía hacer. Cerré los ojos y entré en contacto con mi chispa interior, con la fuente de donde surgían mis poderes para tejer historias y animarlas; las palabras brotaron de mis labios, dando forma a la realidad.

“Hojas tienes, sin árbol ser.
Alas duras, sin volar poder.
Un disfraz te daré para escapar,
Alas delicadas para volar
y tu mensaje llevar».


Cuando dejé de entonar el cántico, el libro que sostenía había desaparecido. Entre mis palmas ahuecadas reposaba una mariposa de color rojo sangre que agitaba sus alas aterciopeladas; la contemplé unos segundos, orgullosa de mi magia, hasta que la lancé al aire.
—Encuentra a los maestros y avísale del peligro que se cierne sobre nuestro mundo.
Una sombra me cubrió, devolviéndome a la realidad que me tocaba enfrentar. El Cazador estaba allí, no hacia falta que me girara y, por otra parte, me negaba a mirar a quien no daba la cara; decidí resguardar mi propia alma en un acto de última rebeldía. Mis ojos estaban puestos en el bello paisaje que formaban las mariposas nocturnas de Viridian; no habría más para mi que esta visión.
—¿Por qué haces esto? —pregunté y me sorprendió que me hablara, pues supuse que no me respondería.
—¿Por qué no hacerlo? —dijo una voz que no pude reconocer—. Hay quienes crean historias y hay quienes las destruimos. ¿Tiene sentido para ti?
Belleza y horror, pensé y sonreí mientras veía aletear a las mariposas.
—Más del que crees —suspiré—. Al final tú también estas creando una historia, quizás la definitiva, la que ponga fin a todo. Sí, habrás creado a tu pesar... y quizás quede alguien para contarla. Al final, siempre hay alguien que impulsará el aleteo de las mariposas.
—No estarás para verlo.
Creí notar ira en su voz, aquello era más de lo que hubiera esperado provocar en aquel sujeto misterioso; había heridas que se provocaban con algo más que magia y metal. Sentí un agudo dolor cuando la punta de su espada me atravesó el corazón. Caí de costado cuando el Cazador retiró el arma, quitándome todo apoyo para mantener mi voluntad en el mundo.
El aliento se escapaba de mi ser para no volver, pero nada de eso importaba ya, tenía la visión del claro de las mariposas nocturnas; tenía la belleza y el horror.
Tenía el final... la mariposa roja de alas aterciopeladas tenía el principio.

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  Reto Un Punto En Común: Ritual
Enviado por: Joker - 28/03/2015 07:53 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

RITUAL


En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme oculto, me había encontrado.
—¿Aún no lo entiendes, verdad? —dice la mujer, que desnuda y poseedora de una belleza soberbia, me mira con la lascivia de un súcubo. Mi silencio es la única respuesta.
—Todo tiene un precio, anciano.
Sus alas de mariposa macabra, tan grandes como ella misma, dan un aleteo y la oscuridad me envuelve y me asfixia, con la fuerza de un torrente. Su imagen se torna difusa y solo un pensamiento me invade: «¿Cómo llegué a este momento?»

Es una noche clara.
Percibo la condensada humedad de la biblioteca —mi hogar, mi trabajo y mi tumba destinada— a través de la respiración y de las gotas de sudor. Que se hubiera erigido en el centro de un bosque de altos árboles la mantenía oculta y alejada de la civilización, pero ello a su vez traía incómodas cuestiones. Ni quisiera mencionar la escasa visita: algún que otro viajero perdido, pocos eruditos —casi ninguno en los últimos años— en búsqueda de libros que solo aquí podrían hallar.
La rutina diaria del aislamiento obligado, del tedio de la reiterativa tarea del “cófrade bibliotecario” —Nadie sabía mi nombre, solo mi título de la Orden del Caído— hacen mella en mi espíritu. Algo debía hacer, algo que me lleve a otro plano, aunque sea por un breve lapso de tiempo.
Hummm… Podría usarlo de nuevo.
Sí, debería. ¿Por qué no? ¿Qué le hace una pena más a mi alma?
Contemplo el pentagrama que decora el techo abovedado, iluminado parcialmente con las llamas de los arañas que cuelgan bajo el símbolo. Aquella insignia me trae los recuerdos más importantes en mi vida.
Algunos, incluso, aún los tengo marcados en profundas cicatrices.

Ojalá pudiera volver a mis años en la Abadía. Como Penitente hubiera podido limpiar todos mis pecados que ofendieron al Señor Oscuro, entregando cuerpos y almas: sangre por sangre, diría el Maestro. Pero eso está enterrado en el pasado, como todo lo demás.
Sería mi presente sino fuera por aquel vestigio de tiempo lejano que me atormenta cual pájaro carroñero en un campo de batalla: haber perdido la fe en Él y en lo que representa. Aunque la Fe nunca se pierde del todo.
Un frío hiela mi espalda como un cubo de hielo resbalando por la columna; me produce una sutil convulsión.
Quizá, si me animara a realizar el ritual y a conjurar el hechizo, todos los males que embargan mi espíritu se disiparían y así podría recuperarme.
Trato de quitar esa idea necia de mi cabeza, sin embargo me es imposible. Si no puedo evitarlo, me digo, la duda la dejaré de lado.
Eso hago, entonces. Sujeto una antorcha y penetro en los pasillos de enormes murales y estanterías. Los libros decoran cada rincón desde el suelo al techo, en un laberinto de sabiduría arcana, y me acompañan como gárgolas en desgracia.

Horas pasan y aún no encuentro lo que busco. Me he perdido varias veces en los largos senderos, he terminado en innumerables caminos sin salida teniendo que regresar cientos de metros para retomar otra ruta.
La inmensidad de esta fortaleza del saber no deja de sorprenderme.
Había dejado unas marcas en los bordes de las estanterías, que me guiarían hasta mi preciado tesoro cuando lo necesitase, pero otras aparecieron para confundirme. ¿Quién las habrá hecho? Siempre acompaño a los visitantes para guiarlos a lo que buscan, y nunca me pierdo. Sólo me sucede cuando busco mi anhelo.
No, ninguna de las visitas que yo he guiado pudo hacer estas marcas, lo habría notado.

Un libro antiguo. Para algunos puede ser eso, tan sólo un libro viejo, un retazo de un pasado olvidado. Sin embargo, aquellos que pensaran así de él es que desconocían su vida propia. En su interior posee las almas de todos los abades que alguna vez lo leyeron, a lo largo de los siglos, y que conjuraron con él. Si lo encuentro lo llevaré conmigo y no lo guardaré otra vez. Nunca más.

Me encuentro de nuevo en la recepción. ¿Cómo...?
¿Cómo pude caminar tanto y al girar en un recodo —uno entre cientos— aparecer aquí, tras la doble puerta de la biblioteca?
No, hay algo distinto, mi propio reflejo aparece distorsionado ante mi. Un espejo roto, agrietado, que muestra una versión deformada, como si se tratara de mi otro yo en un mundo paralelo. Uno que puede parecer más alto o más bajo dependiendo del cómo lo mire, desde qué punto de vista contemple a la visión.
Un momento…
Ese otro yo sostiene algo, un libro… No, uno, ¡EL Libro! Mi reflejo me sonríe con una ironía amenazadora y abre a mi anhelo con descuido, ojeando su contenido. Gesticula palabras que no oigo empero entiendo. Está invocando: al Placer, al Deseo, al Desenfreno, todas Entidades que nos fueron vedadas desde nuestra Iniciación y que, sin embargo, el muy maldito intenta llamar. Debo detenerlo sino quiero volver a traicionar la fe, ¿o en realidad no es más que la muestra de mi deseo?
Arrojo al espejo contra la columna más cercana, y estalla en cristales que me cortan y se deshacen como si hubieran sido construidos en arena. Una risa lacónica persiste en un eco funesto entre los pasillos. Algunas partículas se tornan en un rojo carmesí; las demás, de brillo plateado, se evaden de mis pies circulando por las bifurcaciones de las rocas. Las que quedaron, en cambio, se fusionan en una pequeña figura alada: una mariposa de color rojo sangre. Apenas mueve sus alas cristalizadas y se caen, mutando en un capullo pequeño y sin brillo alguno. Parpadeo por el escozor de mis ojos secos y perplejos y el capullo se abre... Una oruga se arrastra hasta desaparecer junto a los cristales de plata.
Los fuegos que iluminan la estancia se apagan, quedando sólo las volutas de humo en el aire y la luz de la luna cruzando los ventanales. Entonces oigo unos pasos, lejanos, tenues como los restos de las llamas, y mi cuerpo flaquea por el mal augurio. ¿La invocación prohibida se habría ejecutado con éxito?
Ante la duda me lanzo a la carrera, hacia el lado opuesto del sonido que me persigue. Con zancadas tan largas me olvido de mi edad y de mi reuma, sabiendo de antemano que aquello me iba a traer dolores más tarde.
Intento recordar el significado de la mariposa sangrienta, el insecto inverso que de poder volar se torna un parásito labrador de la tierra. Esa no fue la invocación de mi reflejo, de mi recuerdo, mas fue una señal de lo que había traído a este plano.
Los pasos se acercan, más y más rápido. No puedo seguir detenido, debo camuflarme en la penumbra. Tras otra desaforada carrera encuentro el rincón ideal para esconderme. Trato de relajar mi respiración. Mi pecho doliente no me deja, me cuece como si un puñal me atravesara.
Creo que ya lo perdí, pienso. Me asomo y...

En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme oculto, me había encontrado.

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  Reto Un Punto en Común: Cenizas
Enviado por: Joker - 28/03/2015 06:49 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerse oculto, lo había encontrado. Su pasado volvía y la angustia le hervía por dentro.

Lo observaban, lo sabía, no solamente ella, sino todas esas luces que en su pasado extinguió. Desesperado echó a correr entre la negrura, quería perderlos, así que avanzó dejándose guiar por su pies, sin comprender hacia dónde. Después de un tiempo deambulando a ciegas, logró vislumbrar a lejos una puerta, notó que el color era parecido a ese momento en el que diriges la vista al sol con los parpados cerrados, sabiendo que la luz quiere traspasar y no puede. Pudo notar como esta vez el silencio opacaba con creces a la oscuridad. Ya nadie lo seguía, aun así se acercó con cuidado. No tenía otra opción, empujó con su brazo hasta abrirla; al contacto notó su calidez. En un relámpago, la luz brotó, acompañada de cientos de mariposas, todas rojas, como la sangre. Orrel al llevarse aquella impresión cayó de nalgas sobre el suelo. «¡Mariposas!», pensó con horror. Se levantó tan rápido como fue derribado y comenzó a ahuyentarlas desesperadamente con el brazo.

— ¡Largo, largo! —en sus ojos se reflejaba el miedo; sabía lo que eso significaba— ¡Malditas! ¡Largo!

Como una corriente de aguas tempestuosas, los insectos salían a raudales de la habitación para perderse entre las tinieblas. Se repuso de aquel susto. Al final observó que solo quedaba una de ellas, la cual revoloteaba por todo el lugar. Miró dubitativo hacía dentro, no había otra cosa más que ese insecto de mal augurio. Sin más, se adentró en la sala con la esperanza de que todo acabara.

Sus ojos aún no se acostumbraban a la luz. Estuvo ahí, no supo por cuánto tiempo. Miraba el batir de esas alas; toda su vida había evitado aquella escena y ahora estaba perdido en su belleza o quizá, resignado ante tal señal, no atinaba a que pensar.  

— Asesino —apenas y pudo percibir aquel susurro, fue tan ligero como una briza pero contundente como un golpe en la quijada.
— ¿Quién dijo eso? —miraba ansioso en todas direcciones.

No obtuvo respuesta alguna. En su piel sentía como la temperatura comenzaba a descender.

— Asesino —esta vez lo escuchó mejor, no había duda.
— ¿Qué está pasando? —el frío le recorría los vasos sanguíneos, le dolía—. ¿Quién habló?
— ¡Asesino!

Esta vez fue un grito despiadado, sintió como lo desgarraba por dentro, haciendo que casi cayera de nuevo.
Las venas le ardían, estaba congelándose. Una punzada comenzó a concentrarse en su miembro derecho. Cuando se dio cuenta miró atónito y casi suelta un grito por aquella impresión, no daba crédito a lo que sucedía. ¡Su brazo diestro estaba ahí! Ya nada era real, hace años había perdido su extremidad, pero ahora estaba en su lugar. “¿Cómo era posible?” se preguntó.

Poco a poco se helaba más y el dolor iba aumentado, impidiéndole concentrarse. En un punto ya no aguantó y se desplomó de rodillas. Tenía el rostro congestionado y los músculos agarrotados.

— ¡Por favor! —fue lo único que pudo pronunciar y al instante el tormento se detuvo, como si hubiera dado con la palabras correctas.

Estuvo hincado un buen tiempo, mirando su mano derecha «Esto no puede ser».

— No hemos olvidado —se escuchó claramente la voz de una mujer—, esperamos que tú tampoco.

Una silueta oscura apareció frente a él. No podía poner la vista en aquella sombra, pero sabía que estaba ahí. Sentía su mirada, pero él no podía siquiera levantar la cabeza.

— Ese brazo no fue suficiente —sentía como una áspera mano le acariciaba el cuello, la piel se le puso de gallina—, queremos tu vida. —. Esto último le traspasó el alma.

La sombra tomó la diestra de Orrel y la extendió. Él no podía hacer nada, se limitó a mirar, impotente. La mariposa que había estado revoloteando por el lugar fue a posarse sobre su palma y al contacto la piel comenzó a arderle, veía como su carne se consumía, se pudría, el dolor y el olor eran insoportables. La luz en la habitación comenzó a teñirse roja. Luchó por salir del efecto de letargo, hasta dar de espaldas en el piso. Retrocedió tratando de alejarse desesperadamente de su propio brazo. Miraba horrorizado, emitía gemidos agudos que no parecían ser los de un humano. En su sufrimiento levantó la mirada y esta vez la pudo ver; era aquella hechicera de su pasado, pero no estaba sola, su hermana estaba a su lado. Eran tan idénticas, aunque una poseída por el odio y otra por la tristeza.

— ¡Detente!— gritó exasperado.
— Muerte sembraste, muerte cosecharas—un coro de voces retumbaba en su cráneo—, muerte sembraste, muerte cosecharas.
— ¡Deténganse!— la voz se le quebró, todo se volvía aún más rojo, como el carmesí.

Antes de que todo se oscureciera alcanzó a percibir tres siluetas.

— ¡No mi esposa! ¡no mis hijos! —gritó con lágrimas en los ojos—. ¡No, por favor!

Se fue hundiendo en la oscuridad, a tal punto que ya no había nada; las voces se habían desvanecido junto con el dolor.

— Es hora.

Orrel despertó de aquella pesadilla, tomaba grandes bocanadas, el aire le faltaba. Un sudor frío le recorría la piel, su mandíbula había estado tan tensa que le dolía.

— ¿Estás bien? —preguntó su esposa somnolienta.
— Si, si… —respondió ocultando la agitación, aún estaba alterado—. Solo necesito agua —se incorporó y salió de ahí.

Escuchar la voz de su mujer le había producido un gran alivio. Anteriormente había tenido sueños referentes a su pasado, pero eran solo eso, sueños. En cambio, sabía que esto difería de todo al ver las mariposas. En el fondo no quería creer en esa señal hasta ver uno de esos insectos fuera de la pesadilla. De alguna u otra manera, Orrel no era el mismo desde que las visiones comenzaron ser frecuentes. Se miró el muñón, estaba más tranquilo al ver que todo estaba en su lugar, aunque tenía la sensación de tenerlo ligeramente resentido, como si en verdad se le hubiera consumido. Al salir de su habitación se hizo de un candil que colgaba sobre el pasillo. En silencio entró al lugar donde dormían sus hijos, necesitaba sacar sus miedos, así que se detuvo ahí durante un tiempo, observando bajo la débil luz cómo sus pechos subían y bajaban con su respiración, asegurándose de que nada les aquejara. Una vez que estuvo sosegado en cuanto a eso, pensó en salir al exterior, para espabilarse un poco.

Dejó la lámpara de aceite en la entrada. La noche era tranquila, el viento era helado y la luna brillaba. Seguía abstraído en aquella pesadilla, sus más profundos temores habían tomado fuerza, se adueñaban de su tranquilidad y le carcomían por dentro.

El bosque parecía tranquilo; era una noche cómo cualquier otra, al menos eso quería pensar. Estuvo un momento ahí, dejando que el aire le hinchara los pulmones mientras oteaba los árboles, en busca de algo que saliera de lo normal, pero encontró todo apacible.

— Todo está bien— pronunció para sí, en un intento por serenarse.

Sacó un poco de agua de un enorme barril y se mojó la cara con cuidado. Una vez ya más despierto, dio un último vistazo y se volvió, tomando de nuevo el candil, entró. Avanzó en silencio, dirigiéndose a una pequeña habitación en donde tomó un paño para secarse el rostro. Dentro, vio aquel enorme espejo que posaba encima de un viejo mueble, era antiguo; otrora había sido un regalo para su esposa. Colocó la luz a un lado, quería mirarse un momento, ver los surcos que el tiempo había dibujado en su rostro y cómo los años lo habían desgastado.

Se quedó ausente, miraba y rememoraba; solo estaba él y su reflejo. Los recuerdos comenzaban a tomar vida en su mente, poco a poco se iluminaban los acontecimientos de su pasado. Cerró los ojos un momento.

— Olvídalo —se susurró a sí mismo, tratando de persuadir al hombre al otro lado.

Así estuvo un momento, ya aún más convencido de que todo había sido solo un mal sueño, uno muy aterrador.

— No hemos olvidado, esperamos que tú tampoco.
— ¡Nnnon! —la palabra se le ahogó en la garganta.

Quedó paralizado por completo, lo único que pudo hacer fue abrir los ojos. Era como si alguien lo abrazara con fuerza, se sentía impotente. Deseaba con todo su corazón que la pesadilla no saliera hacia su realidad, aunque para su temor, lo estaba haciendo. Luchaba por ser libre, pero era en vano. Al poner la vista sobre el espejo, notó como las sombras lo engullían, tenía pavor «Sigo soñando, es eso, solo una maldita pesadilla».

— No es un sueño—aclaró ella.

Orrel sentía su vaho en la oreja. Los vellos en su brazo se erizaban, imploraba por seguir dormido, así todo se disiparía al despertar.

— ¿Escuchas eso? Es el eco de tus acciones —siguió—, viene a retumbar en tu vieja y hueca cascara.

Las sombras daban lugar a imágenes, eran las obras de sus manos, la sangre que se vertió con injusticia, el dolor que sembró en tantas y tantas vidas. Una tristeza sobrenatural se vertió sobre él, acompañada de un dolor, no físico, sino, de esos que estrujan el alma. Era como si cargara con el pesar de toda esa gente, ahora los comprendía mejor que nunca. Gradualmente comenzó a escucharlos, los lamentos lo asediaban. Las voces de todos esos inocentes se le clavaban como puñales; lo acusaban, gemían, aullaban. Quebró en un silencioso llanto. «Perdón, perdón» solo podía articular esa palabra en su mente.

— Es hora —volvió a escuchar.

Al momento sintió como se liberaba de esa presión, el encantamiento se esfumó. En un desesperado intento por alejar todo eso, soltó un puñetazo al viejo espejo, fragmentándolo en docenas de esquirlas. Salió de la estancia embargado en la angustia. Tenía que frenarlo.

— ¿Orrel, eres tú? —escuchó la voz de su mujer—. ¿Orrel?

No se dio cuenta de lo que había hecho, estaba en un estado paranoico. Su esposa salió de sus aposentos, lo miraba desconcertada, percatándose de la sangre en su puño.

— ¿Qué te sucedió? —tenía la mirada perdida y no prestó atención— ¿Te encuentras bien?

Se apartó de su abstracción y posó la mirada sobre ella.

— Fue solo un accidente. —se miró los nudillos, aturdido—. Ve a dormir, estaré bien, solo necesito lavar esto.
— ¿Estás seguro? —insistió.
— Está todo bien —le dedicó una fugaz sonrisa.

La miró, ella no pensaba irse a la cama de nuevo. No importando, tenía que detener lo que se avecinaba, así que actuó sin miramientos. Le dio la espalda y caminó apresurado.

— ¡Orrel! ¿Orrel? —insistió preocupada.

Avanzó a zancadas por el pasillo, giró a la derecha en la segunda puerta para entrar en una pequeña habitación iluminada por la luna, avanzó hasta el fondo hasta toparse con una trampilla, jaló de ella y subió haciendo caso omiso de las preguntas. Su esposa que aún lo seguía, se quedó abajo, aguardando en silencio a una respuesta que la tranquilizara. El hombre buscó rápidamente entre los objetos, hasta que por fin dio con lo que necesitaba. Había un antiguo baúl, estaba completamente empolvado, lo abrió y tomó lo que había dentro. Era su vieja espada. Al tacto percibió que aún conservaba un poco de su filo. La asió con fuerza, cerró los ojos y suspiró; sabía que tenía que enfrentar aquello.

Al bajar se encontró con la mirada de su mujer. Contenía las lágrimas, aquella mirada suya le partía el corazón. Se miraron sin decir nada, hasta que él habló:

— Es algo que tengo que hacer —sabía que ella no lo entendía.

Nunca comentó nada sobre su antigua vida. Guardó todo aquello en sus memorias, creía que así su pasado sería olvidado, al igual que sus pecados. Su vida había sido un borrón y cuenta nueva. Pero supo que hay algunas cosas que no puedes enterrar, por más profundo que caves.

— Hay algo que debo arreglar —le aclaró, ella se limitó a fijar su mirada sobre él—. Te amo y lo sabes —todo era silencio, el mundo se había retraído, solo estaban él y ella—. Por favor, cuida a los niños, todo lo que hago es por ustedes.
— Orrel… solo dime que pasa —con sus dedos acarició los suyos; un pequeño gesto que para él significó tanto— No sé qué te está pasando… solo vuelve a ser tú.

El silencio fue su respuesta, se apresuró a salir, alejándose de ella. De alguna manera, Orrel esperaba que ella comprendiera el porqué de todo.

Al salir al pasillo recibió un golpe al corazón. Se encontró con la mirada de sus dos hijos. Estaban en el marco de la puerta, aún somnolientos. No pudo evitar sonreírles, «¿Qué estoy haciendo?  —Se preguntó, todo eso lo tenía como un demente—. Los amo, lo hago por ustedes». Se acercó y les revolvió el cabello.

— Regresen a la cama —sin reclamo alguno, obedecieron.

Al ver entrar a sus hijos, un vacío se creó dentro de él, esperaba que las cosas salieran bien. No sabía lo que hacía, pero de alguna manera, creía que era lo mejor para su familia.

Cuando estuvo fuera notó cómo su mujer lo miraba, implorándole que no fuera, se giró y al ver su silueta iluminada por la luna, inclinó el rostro, prometiéndole que todo estaría bien. Hubiera querido contarle todo, pero no se perdonaría nunca si algo les sucedía, tenía que alejar esa situación de ellos. Prosiguió decidido, sus pasos iban encaminados a la oscuridad del bosque, dejándose engullir. Mientras andaba se dio cuenta que había olvidado calzarse sus botas, con todo, decidió seguir.

El lugar estaba tranquilo, dormía. No supo por cuanto tiempo estuvo deambulando por aquel bosque. Los arboles apenas y dejaban filtrar los rayos plateados por sus ramas.

Los pies comenzaban a dolerle, sintió que ya no podía y sin percatarse, llegó a un claro en medio del bosque. Se paró al centro quería hacer una rabieta, pero solo gruñó:

— ¿Por qué no sales y acabamos con esto? —desafió airado—. ¡Tú y tu maldita maldición no son nada!

Solo recibió como respuesta el canto del bosque. Miró en los alrededores y se sintió como un idiota, estaba delirando y ahora dejó a su esposa preocupada en casa. Pasado un tiempo y sin ver ninguna clase de respuesta, sólo se sentó, contemplando el cielo nocturno. Estaba agotado, la cabeza le daba vueltas «¿Qué me pasa?».

Estuvo ahí un buen tiempo, lo suficiente para reflexionar sobre sus acciones.

— Estás viejo —le dijo apática.

Orrel se sobresaltó, ni siquiera notó el momento en el que ella se paró frente a él. Lo miraba extrañada. Estaba ataviada en un enorme abrigo, el cual arrastraba hasta el suelo, su color era de un negro abismal en contraste con su pálido rostro. Se veía joven, a pesar de tantos años. Ella extendió su brazo y una mariposa carmesí fue a posarse en su palma. Orrel comprendió que era hora. Esta vez estaba calmado.

— ¿Por qué ahora, ahora que soy viejo? —preguntó con incertidumbre en la mirada—. ¿Por qué no cuando aún era más joven?

Ella se limitó a entrecerrar los ojos, estudiándolo. Espantó al insecto con un gesto de la mano.

— Creíste que me habías engañado —su rostro era inexpresivo—. Y en cuanto al “¿Por qué ahora?”, sabrás que todo tiene su tiempo.

Caminó y se puso de rodillas frente a él, Orrel presionó con fuerza la empuñadura. Estaba algo tenso.

— No he olvidado lo que hiciste —en su rostro la tristeza era visible— me arrancaste la mitad de mi vida y no solo a mí.
La hechicera echó un vistazo al arma.
— Ni siquiera lo pienses, es inútil.

La mujer metió su mano dentro del enorme abrigo y sacó un enorme libro. Lo puso en medio de los dos. Era viejo y olía a rancio. Con delicadeza lo abrió y comenzó a hojearlo. Tenía escrito tanto dentro de sí. Ella pasó las páginas hasta que se encontraron en blanco.

— ¿Sabes qué es esto? —le preguntó señalando el libro, Orrel negó lentamente con la cabeza— Vamos, antes eras más avispado —dijo retándolo.

No quería ser parte de ese juego, se preguntaba por qué no acababa con todo de una vez.

— Perdiste el brazo, no la lengua —claramente era una burla, pero su manera de expresarse estaba lejos de eso.
— Un… un libro ¡maldita sea!

Ella esbozó una pequeña sonrisa.

En un parpadeo Orrel lanzó un tajo desesperado. Aquel golpe hizo que la mujer se disipara como la neblina.

— Eres tonto, te dije que es inútil —su tono seguía careciendo de emociones—. Aunque te comprendo, un animal cuando es amenazado lucha con fiereza.

Quedó impactado, creyó por un momento que sería tan fácil «Idiota».

— Como bien dijiste: es un libro, aunque este libro te podría interesar.

Ella estaba de nuevo frente a él, recogió el tomo y le mostró.

— No he olvidado lo que me hiciste y te juro que nunca lo haré. Deseo tu muerte cómo desde el primer día pero, espero que lo hayas notado… —abrió el libro en donde no había nada escrito—. Este libro es tu vida, aunque no creo que lo puedas entender. —efectivamente, Orrel no entendía que pasaba—. Debo de decirte que necesito algo de ti, así que iré al grano… Tengo dos propuestas: La primera es que tú mueras irremisiblemente... la segunda opción es que me sirvas. No quiero preguntas ni cuestiones, solo necesito tus servicios, eras bueno en lo que hacías y espero que lo sigas siendo. Pero debo decirte que si escoges la segunda opción, no corregirás nada, lo que hiciste te perseguirá hasta tu último aliento, eso te lo puedo asegurar. Así que decide. —señaló con un gesto de la cabeza su arma—. Quítate la vida en este momento o entrégamela.

A su mente vino su familia, aquel oasis suyo. En cualquier decisión perdería su vida, de una manera u otra.

— Solo algo te pido —su voz era firme, ella lo miró penetrante, esperando su cláusula— promete que ellos estarán bien.
— Si eso te tranquiliza… así sea.

Se aferró con fuerza a su espada. «Adiós, solo espero que en algún tiempo nos volvamos a encontrar. Los amo».

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  The Winter Dragon
Enviado por: Gwydden - 27/03/2015 06:57 PM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Respuestas (1)

¡Tiemblen, compatriotas! ¡El Armagedón está sobre nosotros!

Un poco de contexto, ¿vale? xD

¿Los derechos cinematográficos de La Rueda del Tiempo? Los tienen estos geniales caballeros bajo el nombre de Red Eagle. El propio Robert Jordan tenía toda clase de cosas que decir acerca de ellos en el último post de su blog antes de su muerte en 2007... ninguna de ellas buena.

¿El cómic de la Rueda? No llegó más allá del primer volumen.

¿El videojuego? Aparentemente estaban en charlas con Obsidian Entertainment (famosos por bellezas como Planescape: Torment, Fallout y Alpha Protocol; ninguno de los cuales este servidor ha jugado pero de los que ha oído grandes cosas) para hacer un RPG. ¡Pero! No se emocionen, que fracasaron.

¡Pero esperen! También lograron que Electronic Arts firmara un contrato en que aceptaban hacer el juego... siempre y cuando Red Eagle proporcionara el dinero. Fracasaron, etc.

Tan solo una breve historia de los fracasos de Red Eagle, damas y caballeros. También fallaron a la hora de producir una serie de televisión de La Rueda del Tiempo, como se suponía que debían hacer. Muchas cadenas de televisión están interesadas en producir semejante serie después del éxito de Game of Thrones, sobre todo visto que La Rueda del Tiempo ha vendido más copias que Canción de Hielo y Fuego.

Harriet McDougal, la viuda y editora del buen Robert Jordan, estaba bastante entusiasmada porque varias cadenas se le habían acercado interesados en comprar los derechos una vez que el contrato con Red Eagle expirara. Como habían logrado crear nada hasta el momento, Red Eagle debía perder los derechos para el 11 de febrero de este año. ¡PERO!

A la 1:30 AM del 9 de febrero, esta... abominación sucedió. En un canal de comedias, nada menos. Estoy bastante seguro de que hay algo irónico en ese detalle.

No recomiendo verlo a menos que tengan un buen estómago y/o un cubo disponible. Han sido avisados.

La cereza en la punta de este pastel es, por supuesto, que Harriet McDougal (esposa y editora de RJ, etc.) escribió una furiosa declaración en que insistía que no había sido informada de esto y de que se preguntaba de cómo había sido Red Eagle capaz de producirlo cuando supuestamente habían "alquilado" los derechos a Universal Pictures. En respuesta, Red Eagle...

¿Demandó a la viuda de Robert Jordan por calumnia? Huh

Como decía, el Armagedón, damas y caballeros. O, en este caso, imagino que la Última Batalla sería más apropiado.

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  Reto Un Punto en Común: Mariposas Rojas
Enviado por: Joker - 27/03/2015 01:38 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (9)

Mariposas Rojas


En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme oculta, me había encontrado.

Me encogí en un rincón, temblando de miedo. Lágrimas en torrentes se deslizaban por mis mejillas.

Aquel monstruo que había raptado a mi hermana y asesinado a mi amado, pronto acabaría con mi vida.

Pero en medio de mi temor, sonreí al pensar que no me iría sola a la tumba. Mis aliados habían colocado explosivos en puntos clave del castillo que aquel monstruo había convertido en su guarida. Sabiéndome muerta, les envié a través de la ventana la señal que habíamos acordado: “empiecen las detonaciones”.

El suelo temblaba con cada pisada de la bestia y yo sabía que mi hora final estaba cada vez más cerca. Tragué con dificultad mientras el corazón parecía empeñado en salírseme del pecho. Entonces la luna, que había estado oculta entre nubes, se apiadó de mí y su luz —atravesando una pequeña ventana circular— iluminó la estancia en la que me encontraba.

Y lo vi. Encontré finalmente lo que había venido a buscar cuando el viento egoísta había apagado la llama de mi vela: el libro mágico en el que ahora vivía cautiva mi hermana.

No estaba en una estantería sino en una especie de pedestal. Y no era para menos, pues al parecer, la magia de la bestia residía en aquel objeto encantado.

Pero no podía destruirlo todavía, no con mi hermana aún adentro.

Me paré frente al pedestal, con el libro frente a mí. Lo abrí con mucho cuidado pues era muy antiguo y temía que sus páginas se desmoronaran entre mis dedos.

No sabía lo que buscaba exactamente, pero mi intuición me dijo que lo reconocería apenas lo encontrara.

Escuché la primera explosión y mi corazón dio un brinco. ¿Podría ser tan cruel el destino, estando tan cerca?

Las pisadas se oían cada vez más próximas y todo temblaba. Del techo caían pequeños trozos de piedra y polvo. Si no actuaba rápido me caería el castillo encima.

Entonces, al tiempo que escuchaba un ruido de garras destrozando la piedra a su paso, encontré el dibujo de un bosque de altos árboles y comencé a llorar. Una nostalgia profunda e incontrolable había invadido mi alma de repente y se había clavado en mi corazón como una aguja.

Acaricié el dibujo del bosque con la inexplicable certeza de que allí estaba ella. El libro comenzó a brillar y su luz me envolvió al tiempo que un látigo de duro cuero envolvía mi cuello.

Cuando la luz se desvaneció, respiré aire fresco y verde.  Olía a tierra y humedad, a plantas y a bosque. Abrí los ojos: estaba en el lugar del dibujo.

El cuello me dolía y escocía un poco. Miré a mi alrededor, pero todo parecía tranquilo.

Suspiré aliviada, pero entonces una terrible premonición tomó prestados mis ojos: vi a mi hermana, Fuego  de Estrellas, que moría atravesada por la cola del demonio que me perseguía.

Comencé a correr anegada en lágrimas, ciega al bosque. La imagen de la muerte de mi hermana congelada en mi mente.

Y por segunda vez en ese día, me choqué contra un muro de piedra. Caí de espaldas frente a una construcción de dos pisos y hermosos ventanales de colores. Era un pequeño templo dedicado a la diosa Aciris. Solo en los templos de ella se pintaban los vidrios de un color diferente al negro o al blanco.

Entré y la vi arrodillada frente al altar. Tenía un velo negro puesto, pero aún así la reconocí.

— Fuego de Estrellas—susurré acercándome a ella despacio. Tenía miedo de que desapareciera como agua que se evapora.
— No te acerques—me dijo en advertencia y yo me detuve de inmediato.
— ¿Aquí te tenía cautiva?—le pregunté con dulzura y compasión.
— No soy cautiva. Decidí venir, al igual que tú.
— ¡Yo no vine por voluntad propia!, ¡Ese demonio casi me mata!

Entonces ella dio media vuelta y, usando su mano izquierda, se quitó el velo. Yo retrocedí horrorizada mientras ella sonreía con tristeza. Me pareció que ocultaba algo en su mano derecha.

Fuego de Estrellas y yo éramos mellizas, pero ella había salido con cabellos de fuego y piel trigueña, mientras que yo era blanca como la nieve y tenía el cabello de plata como una anciana.

A ella la llamaron Fuego de Estrellas. A mí me llamaron Copo de Nieve.

Ella siempre fue la más hermosa de las dos y yo solo un monstruo. Un abominación de la naturaleza con ojos violeta.

Y ahora, su delicado rostro estaba desfigurado: la mitad derecha quemada y arrugada; la mitad izquierda llena de cortes que le ponían la piel tirante y elevada, como cadenas montañosas entrelazadas.

— ¡¿Qué te hizo?!—grité furiosa cuando mi sorpresa menguó lo suficiente.

Y entonces un escalofrío me subió por la columna. Los pasos del demonio se oían demasiado cerca, a mis espaldas.

Me giré y retrocedí mostrando mi daga. Pero en el fondo sabía que eso no lo detendría.

No podía soportar la idea de que le hiciera más daño a mi hermana, así que estaba dispuesta a irme con él a la tumba con tal de protegerla.

Pero entonces, como un suspiro, mi hermana pasó a mi lado y salió a su encuentro, con los brazos abiertos.

— Has vuelto, mi amor— fue lo último que dijo ella antes de que la cola de la criatura le atravesara el corazón.

En ese instante, lo que mi hermana sostenía en su mano derecha cayó y se hizo pedazos. Trozos de un pequeño espejo se esparcieron por el suelo mezclándose con la sangre que salía del cuerpo de ella. Era el regalo que mamá le había dado para recordar su belleza.

Pude ver a través de uno de los fragmentos cómo la vida de mi hermana se apagaba y su amor por el monstruo permanecía intacto e incluso brillaba.

Con la daga me hice un corte en una mano y luego la sostuve en alto, empuñándola por la hoja. Usando mi sangre como catalizador, comencé a conjurar un encantamiento llena de odio y dolor. Los vidrios de la capilla se partieron en minúsculas astillas como haciendo eco al espejo roto y se volvieron rojos, como si la sangre de Fuego de Estrellas hubiera alcanzado para teñir cada trozo.

El cielo despejado se volvió tormentoso y una lluvia terrible se desató cual diluvio.

Y entonces, mientras mis lágrimas se mezclaban con el vidrio quebrado, cada astilla se convirtió en una mariposa rojo sangre que envolvió al demonio.

Mi furia se incrementó hasta los cielos y se oyó un fuerte trueno. Aún muerta, mi hermana protegía a esa abominación.

— Le amo—dijo la voz de mi hermana saliendo a través de cada una de las mariposas, reverberando en un eco que se extendía hasta el infinito— y le amaré por siempre. Aunque eso me haya llevado a la muerte.

Entonces quedé desarmada y mi furia se apagó. Solo me quedaba el llanto y un pozo profundo cavado en el alma.

Las nubes oscuras se disiparon en el cielo y la luz del sol entró de lleno en el templo.

Las mariposas se desvanecieron en puntos de colores mientras escuchaba por última vez la voz de mi hermana.

— La maldición está rota. Ámalo por las dos, hermana mía.

Y entonces, donde antes había estado el demonio envuelto en mariposas rojas, un hombre joven se arrodilló desnudo frente al cuerpo de mi hermana y la tomó en brazos con una ternura infinita, mientras ríos de dolor y culpa recorrían su rostro en forma de lágrimas.

Aunque tenía el negro cabello largo y descuidado, y en su cuerpo se marcaban los huesos, lo reconocí de inmediato: Era Almión de Éter, Príncipe de Las llanuras Olvidadas y Heredero de las Montañas Neblinosas. Pero ante todo, era el hombre que ambas habíamos amado y que yo había creído muerto, asesinado por el demonio que había raptado a mi hermana.

Comencé a llorar sin saber qué sentir, la rabia ya no me llenaba y el dolor era un hueco en mi pecho.

En esos momentos odiaba y amaba a aquel hombre con todo el ímpetu de mi espíritu. Y sabía que estaría irremediablemente  atrapada a su lado. Encerrados ambos en el bosque mágico dentro del libro. Enterrados tal vez para siempre bajo las ruinas del castillo.

El amor de mi hermana, convertido en mariposas rojas, había salvado a nuestro amado y condenado mi alma.

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  Elder Scrolls - Ayuda
Enviado por: Arwik - 26/03/2015 07:36 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

Voy a darme un descanso de los mundos virtuales, camino de 20 años, ya son muchos. Mf_swordfight
Pero quiero seguir jugando a mi aire. Recuerdo de Fantasía Epica que alguien me recomendó Skyrim y en general los Elder Scrolls.
Tengo la oportunidad de comprar Elder Scrolls Anthology, tiene 5 juegos, de Arena a Skyrim. Valen todos la pena? o es preferible comprar algunos y olvidar otros?

Gracias anticipadas por vuestra opinión

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  Reto Un Punto En Común: Leyendas de Risengarvia
Enviado por: Joker - 26/03/2015 08:53 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

Leyendas de Risengarvia

En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerse oculta, la había encontrado.

Araísa, oculta tras una vieja armadura decorativa, contenía la respiración e intentaba calmarse mientras veía cómo la oscuridad lo engullía todo a su alrededor. La joven sujetaba contra el pecho su antiguo libro de relatos y la extraña gema roja que había aparecido en la cama de su madre después de que esta se sacrificara. Sin embargo, la muerte de la reina había sido en vano. Las sombras que proyectaban los objetos del castillo crecían y se unían unas a otras, abrazándose en una telaraña de hilos negros que devoraba la luz de luna que se filtraba a través de las cristaleras. Los muebles desaparecían en la negrura como si nunca antes hubiesen existido, y los sirvientes reales, petrificados, se unían a ellos hasta que no eran más que un recuerdo. Si el hechizo de la reina no les hubiese afectado quizás podrían haber escapado del castillo, pero no había sido así. El tiempo se había detenido y no existían ni el antes ni el después. Todo había sido reducido a un único instante, un leve parpadeo que había congelado los segundos, sentenciando así a los habitantes del lugar... menos a la princesa.

Araísa se estremeció al oír de nuevo el sonido de unos pasos resonando en su cabeza. Sentía el eco de las pisadas en su interior, como un pensamiento, y eso la aterrorizaba. Solo era cuestión de tiempo que la oscuridad la encontrase a ella también.

Con el corazón golpeándole el pecho con fuerza, la joven heredera de Risengarvia salió de su escondite, quedando paralizada al momento. Al fondo del corredor, caminando sobre las sombras que se dibujaban en el suelo, una silueta de color azabache avanzaba despacio hacia ella. El espectro no tenía rostro ni consistencia, y sus formas solo se adivinaban gracias a la capa que lo cubría: un manto que parecía estar bordado con un trozo de cielo nocturno.

Araísa lo contempló entre el miedo y la fascinación, incapaz de apartar los ojos de su persecutor. Entonces oyó cómo le hablaba.

—El eclipse ya está casi completo, Mylene.

La muchacha retrocedió por instinto, ignorando las palabras que se formaban en su mente. La sombra estaba cada vez más cerca y sus posibilidades de escapar se reducían a medida que el espectro avanzaba.

Respiró hondo y pensó en su madre. La reina de Risengarvia había ahuyentado a las sombras con un destello de luz poco antes de desaparecer, dejando en su lugar la gema roja que Araísa sujetaba y otorgándole a la muchacha el tiempo suficiente para escapar de allí. «Busca a Esgrigüich», había dicho antes de que el tiempo se detuviese. «Solo él puede hacer que todo vuelva a ser como antes».

Decidida, Araísa esquivó las sombras que se estiraban para cogerla y corrió desesperada hacia la salida del castillo, sujetando con fuerza la gema roja y el antiguo libro de cuentos. Esgrigüich, el espíritu del tiempo que aparecía en los relatos de aquel volumen, era la única pista que tenía. La joven sabía que todas las leyendas escondían una verdad en su interior, y ella, abandonando el hogar que la había visto crecer y adentrándose en el bosque de los espejos, pronto comprobaría cuánto de realidad había en ellas.

***

Apenas podía ver nada entre los árboles. En el cielo, el eclipse lunar estaba casi al completo y hacía que la luz de la noche fuera más densa y oscura. Las ramas de los arbustos se le enganchaban al vestido, rasgándolo, y el ulular de los búhos no hacía más que ponerla nerviosa. Sin embargo, no dejó de correr hasta que se sintió segura.

Se detuvo en un claro en el que miles de esporas cristalinas flotaban en el aire lanzado destellos. Si las leyendas del libro eran ciertas, en aquel lugar tenía que encontrarse la puerta que comunicaba con el mundo de los espíritus. Días antes habría pensado que todo aquello era una locura, pero muchas cosas habían cambiado desde entonces. Su madre había enfermado con la aparición del eclipse y las sombras habían devorado el castillo, haciendo desaparecer cada rincón entre la nube negra sobre la que el espectro vestido con un manto nocturno caminaba.

Todo había sucedido demasiado deprisa, tanto, que Araísa no había tenido tiempo para llorar la muerte de su madre. Antes de fallecer, la reina le había dicho que todas las princesas de Risengarvia estaban condenadas a sacrificarse, y quizás eso había hecho la soberana.

Araísa alzó con una mano la gema roja y la observó detenidamente. ¿Qué significaba ese rubí? Antes de que pudiera buscar respuestas a su pregunta, uno de los haces de luz del eclipse tocó la piedra carmesí. De la gema salió un rayo rojizo que rebotó en las esporas de cristal que flotaban en el bosque y, entonces, un camino de brillo escarlata apareció ante sus ojos, penetrando en la oscuridad de la arboleda.

Como si aquella fuera la solución que Araísa buscaba, la joven siguió el sendero que marcaban las esporas.

Caminó durante lo que le pareció una eternidad, girando a izquierda y derecha hasta que llegó frente a un árbol tan grueso como las torres del castillo. En la base del tronco, un espejo tres veces más grande que ella centelleaba en la penumbra. Aquella imagen le resultó conocida, y enseguida recordó la historia en la que Eswal, príncipe de los espíritus, llegaba al mundo de los humanos desde el interior de un árbol.

Respiró hondo varias veces. Estaba convencida de que esa era la puerta que conectaba ambos reinos pero, ¿y si no era así? Al fin y al cabo no tenía otra opción. El castillo había caído y, por una razón que desconocía, las sombras iban a por ella.

Armándose de valor, corrió lo más rápido que pudo hacia el cristal y se abalanzó sobre él.

Y desapareció a través del espejo.

***

Cayó de bruces sobre una fina capa de musgo. Por suerte, el vestido que llevaba había amortiguado parte del golpe.

Apenas se había incorporado cuando notó algo agitarse en sus brazos:

—¡Poor fiiiin!

Asustada por aquel grito, la princesa arrojó el libro contra el suelo. Luego se lo quedó mirando, perpleja.

—¿Qué? —dijo entonces una voz que salía del interior del tomo— ¿Nunca has visto hablar a un libro?

Las solapas que cubrían las hojas del volumen se abrían y cerraban solas, emitiendo sonidos que se correspondían con el lenguaje que la princesa hablaba, lo que hacía que la expresión de la joven fuese todavía más cómica.

El libro estalló en carcajadas.

—Parece mentira —dijo—. Tu madre cristaliza su alma y congela el tiempo. La oscuridad cobra vida, devora tu castillo y te persigue. Cruzas el espejo hacia el mundo de los espíritus... —Rió todavía con más fuerza—. ¿Y aún así te asustas de que un libro hable? —Las carcajadas aumentaron—. Quizás hayamos empezado con mal pie —dijo al cabo de un rato—. Me llamo Leyendas y cuentos de Risengarvia y el mundo de los espíritus, pero puedes llamarme Calantos. —Al ver que la princesa seguía sin moverse añadió—: ¿No me dirás que Calantos no mola más? Ahora cierra la boca y recogeme del suelo, ¿quieres? A este paso se te va a desencajar la mandíbula.

Araísa, todavía sorprendida, hizo lo que Calantos le ordenó.

—No puede ser verdad —dijo mientras se deslizaba por la corteza de un árbol hasta quedar de cuclillas—. No tiene sentido...

—No es tan extraño si lo piensas —respondió Calantos—. El eclipse hace que la barrera entre ambos mundos se difumine. Pero tú todo esto ya lo sabes. Lo leíste cientos de veces en mi cuando eras pequeña.

Sin embargo, Araísa estaba cabizbaja y no prestaba atención. Todo cuanto conocía había desaparecido: el castillo, su madre... Calantos pareció darse cuenta de su tristeza.

—Vamos princesa —dijo con suavidad—. Yo también sé lo que es perder a alguien.

Araísa miró al libro con curiosidad.

—Era una enciclopedia increíble —continuó Calantos—. Se sabía el nombre de todas las reinas de Risengarvia, todos los acontecimientos importantes, descubrimientos de la época... —Soltó un suspiro—. Lo mío nunca fueron las poesías, ¿sabes? Pero por aquella enciclopedia estaría dispuesto a recitar una.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Calantos volvió a suspirar.

—Era una enciclopedia demasiado vieja y, como todo lo viejo, acabó por desaparecer en algún desván. Eso sí —dijo cambiando el tono de voz—, tenía un par de solapas que...

Araísa soltó una pequeña carcajada, pero enseguida se puso seria de nuevo.

—Antes dijiste que mi madre había cristalizado su alma.

—Exacto —contestó Calantos—. ¿Recuerdas el cuento de Eswal y la reina?

Araísa asintió.

—Eswal, el príncipe de los espíritus, atravesó la puerta al mundo de los humanos una noche de eclipse lunar. En ese nuevo mundo conoció a la primera reina de Risengarvia y ambos se maravillaron el uno del otro, tanto, que se enamoraron.

—Típico de los cuentos de hadas —matizó Calantos—. La cuestión es que, a cambio de su amor, Eswal concedió a la reina el poder de detener el tiempo. Sin embargo, todo tiene un precio. Cada vez que la reina utilizaba su poder para detener el movimiento de las cosas, a ella le sucedía lo contrario.

—Se aceleraba —adivinó Araísa.

—Exacto: se hacía más vieja. Con esto, ambos conseguían permanecer más tiempo juntos antes de que Eswal tuviera que volver a su reino, pero a un alto precio.

Un viento fuerte azotó en ese instante las ramas, haciéndolas crujir y arrancando sus hojas. Araísa miró hacia arriba y soltó una exclamación.

—¡Un dragón!

Calantos, lejos de parecer preocupado, se limitó a decir:

—Seguro que estás pensando lo mismo que yo.

—Esgrigüich era uno de ellos —contestó la princesa, confirmando los pensamientos del libro—. Pero me parece extraño que sea él. Sería demasiada casualidad.

Un crujido diferente al de las ramas se unió a los demás y, cuando Araísa se dio la vuelta, vio cómo el espejo por el que había entrado al reino de los espíritus se resquebrajaba. De su interior salían cientos de hilos oscuros que pronto comenzaron a rodearla y a extenderse como una marea negra por el bosque.

En cuestión de segundos, todo pasó a formar parte de la oscuridad y, caminando sobre ella, apareció su dueño.

—Al fin te encuentro, Mylene.

Araísa miró a su alrededor. La sombra avanzaba hacia ella y, de esta vez, no tenía manera de escapar. Quizás había llegado el momento de afrontar la realidad y reconocer la derrota. Sin embargo, si aquello suponía el fin, necesitaba saber al menos las causas que la había llevado hasta allí.

—¿Por qué haces esto? —se limitó a preguntar.

La sombra envuelta en cielo nocturno soltó una carcajada.

—Fue tu traición la que nos ha traído hasta aquí —contestó. Después tendió una mano a Araísa y dijo—: Dame la gema.

Pero la princesa ignoró la orden del espectro. Había demasiadas cosas que todavía no entendía.

—¿Traición? Mi madre ha muerto por tu culpa y yo...

—¿Muerto? —La sombra rió una vez más—. Dame la gema y te mostraré lo equivocada que estás.

Araísa titubeo. ¿Qué estaba insinuando aquel ser? ¿Que su madre estaba viva? ¿Que aquella gema podría resucitarla?

—No hagas nada de lo que te dice, princesa —se oyó la voz de Calantos—. Creo que se trata de...

Antes de que libro terminase de hablar, el viento sopló con fuerza y Araísa notó una leve presión en los hombros. Soltando una exclamación, la princesa observó cómo las sombras empequeñecían a medida que algo tiraba de ella elevándola en el aire. En lo que dura un pestañeo se encontró a decenas de metros de altura, pero eso no impidió que oyera el grito que el espectro había lanzado. Las sombras se arremolinaron y comenzaron a ascender a una velocidad endiablada, persiguiéndola a través de los árboles que se alzaban hasta perderse en el cielo estrellado. Entonces Araísa notó que se escurría de aquello que la sujetaba, precipitándose hacia la oscuridad.

Sabedora de que el final de su aventura había llegado, cerró los ojos y contuvo la respiración, esperando el momento en el que fuera devorada por la nada... hasta que algo detuvo su caída.

Cuando recobró el aliento, descubrió que se hallaba sobre la espalda del dragón que había visto momentos antes.

—Ya habrá tiempo para presentaciones —dijo el animal legendario—. Aunque creo que ya me conoces.

«Esgrigüich», pensó Araísa, pero pronto centró su atención en el presente. Detrás de ellos miles de espirales negras zigzagueaban entre los árboles con el fin de alcanzarlos. El dragón hacía quiebros, ascendía y descendía intentando despistar a su enemigo, sin embargo, sabía que era cuestión de tiempo que los alcanzaran.

Aumentando al límite su velocidad, Esgrigüich se lanzó en picado hacia una porción de tierra que flotaba entre dos enormes troncos. Un segundo antes de chocar contra el terreno, desplegó sus alas y, aprovechando el impulso del viento, invirtió el sentido del trayecto. Después, viendo pasar las sombras de largo, se perdió entre la maleza. Solo disponían de unos minutos antes de que volvieran a por ellos.

Aterrizaron en el pico de una montaña. Luego, Araísa bajó del lomo del dragón.

—Ha faltado poco —consiguió decir, todavía mareada por el vuelo.

Esgrigüich bajó la cabeza y la olfateó.

—Hueles como ella —dijo—. Quizás sea verdad que ha llegado el momento.

—Oye, lagarto —interrumpió de pronto la voz de Calantos—. Si de verdad eres el espíritu del tiempo, ¿por qué no has hecho algo para escapar de Xílice?

—¿Xílice? —repitió Araísa.

—Es lo que intentaba decirte antes de que el señor reptil nos rescatase —continuó Calantos—. Xílice es el espíritu desterrado. Fue abandonado en la sombra de la luna, condenado a vagar entre ambos reinos.

—Había una historia en tu interior que hablaba de él —recordó Araísa—. Eswal se enfrentaba a Xílice en la frontera de los mundos para salvar a la princesa de Risengarvia. Y lo conseguía encarcelándolo en una prisión temporal.

—Es un poco más complejo que todo eso —intervino Esgrigüich—. En realidad fue la propia princesa quien consiguió detener a Xílice.

Araísa avanzó hacia el espíritu del tiempo.

—Quizás yo pueda volver a detenerlo con tu ayuda. —Enseñó al dragón la gema roja—. Mi madre me dijo que si te encontraba podrías hacer que todo volviera a ser como antes.

—Las cosas no son tan fáciles, princesa. Tu madre decidió sacrificar su alma para salvar el castillo, no para que las cosas volvieran a ser como antes.

Araísa miró al dragón, incapaz de comprender a qué se refería. El castillo había sido engullido por la oscuridad. Nada se había salvado.

—Detener el tiempo consume el alma —continuó Esgrigüich—. Tu madre se sacrificó congelando el castillo en un instante del pasado. Aunque ahora esté consumido por las sombras, todas las almas están allí, esperando ser devueltas a su mundo. —Observó el rubí que sostenía la muchacha—. Esa gema es un alma cristalizada, pero no es la de tu madre, sino aquella que os une a todas las descendientes de Mylene, la primera reina de Risengarvia.

—Por eso Xílice anda tras ella —intervino Calantos—. Seguro que quiere tomar venganza por lo que le hicieron. Lo que no sé es porque Eswal no hace nada para impedirlo.

Entonces la noche se hizo más oscura y una silueta apareció ante ellos, sobresaltándolos.

—Eswal —escupió Xílice—. Hacía tiempo que nadie pronunciaba mi verdadero nombre.

Araísa, confusa, dirigió su mirada hacia Esgrigüich, pero este permanecía en silencio.

—Cientos de años encarcelado hasta que un nuevo eclipse unió los reinos —continuó el espectro—. Cientos de años pagando el peso de la traición. Pero pronto volveremos al pasado, Mylene. Solo tienes que darme la gema.

—Ella no es Mylene —respondió Esgrigüich—, aunque su alma esté en ella.

Xílice se volvió hacia el dragón.

—Ha pasado mucho tiempo, compañero, pero no podría olvidar ese olor.

—Fuisteis encarcelado en un momento del pasado, príncipe Eswal. —Esgrigüich avanzó hacia las sombras—. Mylene murió hace cientos de años.

Xílice se llevó una mano a la cabeza, como si le doliera pensar. Después estalló.

—¡Ella me aprisionó en las tinieblas! Utilizó mi propia alma para detener el tiempo cuando vio que ella se hacía vieja. Sin embargo, nosotros somos eternos. No pude morir y me sumí en las tinieblas. Mi interior está vacío.

Araísa asimilaba poco a poco la información. Cuando un alma se utilizaba, esta desaparecía a cambio de guardar en el tiempo un determinado momento. Eso suponía un giro en los acontecimientos. Si lo que Xílice decía era cierto, había sido la arrogancia de Mylene quien lo había condenado.

—Dame la gema, Mylene. —La oscuridad se acercó a la muchacha—. Aún estamos a tiempo de cambiar las cosas.

Y entonces Araísa lo comprendió. Su madre había sacrificado su alma para congelar el castillo en el instante anterior al ataque de las sombras, y Xílice seguía pensando que ella era la primera reina de Risengarvia. El que había sido el príncipe de los espíritus estaba encarcelado en un momento del pasado debido a que no podía morir. A pesar de no tener alma seguía viviendo en aquella realidad, en aquel momento en el que Mylene lo había traicionado.

Araísa sintió pena por él, cogió la gema roja y la alzó. Todas las princesas estaban condenadas a sacrificarse.

Sintiendo la calidez del rubí en la palma de la mano, la princesa proyectó toda su alma en la historia que Xílice y Esgrigüich habían contado. El dragón y la sombra se abalanzaron hacia ella para detenerla, pero el tiempo se detuvo antes de que pudiesen hacer nada.

Araísa sintió que algo tiraba de ella. Vio pasar imágenes por sus ojos a una velocidad vertiginosa y, cuando se pararon, se encontró delante de las puertas del castillo, miles de años atrás, antes de que Eswal fuese traicionado y todas las descendientes de Mylene condenadas.

Y entonces su alma se cristalizó en forma de mariposa, roja como la sangre, mientras una joven Mylene la recogía del suelo y, con una lágrima deslizándose por su mejilla, susurraba:

—Lo siento.

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  Reto Un Punto En Común: Fórmulas para salir a la luz
Enviado por: Joker - 26/03/2015 12:24 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (12)

                                                  Fórmulas para salir a la luz   


    En la oscuridad reinante no podía ver nada, pero oía las pisadas acercándose por el pasillo.

    A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerlo oculto, lo había encontrado. Anemope sonrió y, con cuidado, depositó el valioso objeto dentro del zurrón que portaba en bandolera. Se felicitó por su pericia mientras lo palmeaba con suaves golpecitos por encima de la tela; aquella reliquia valía mil veces su peso en oro,  si no más. De hecho, confiaba en que los arcanos saberes encerrados en el vetusto libro —cuya portada destacaba por el inquietante símbolo del dios de la Muerte, una mariposa de color rojo sangre—, le reportaran más beneficios que todos los otros trabajos de su larga carrera juntos.

    Ya sólo le quedaba eludir al guardián del templo —probablemente algún somnoliento y bisoño sacerdote—, abandonar Gablu sin ser visto en dirección a las montañas, internarse en el bosque y trepar hasta su escondrijo, situado en las copas entrelazadas de dos altos cedros. Dicho así sonaba difícil, y lo era. Pero, tras años de práctica, esa clase de acciones terminaban convirtiéndose en una rutina. De hecho, por ninguna otra razón habían recurrido a él para llevar a cabo un trabajo tan delicado. Oportunidades como aquella sólo se presentaban una vez en la vida.

    Debía admitir que, por el momento, todo transcurría según lo previsto, y el mapa facilitado por su contratante resultaba muy útil: ninguna patrulla se cruzó con él en los alrededores del edificio, supo encontrar con facilidad el túnel que le permitió el acceso al templo en el lugar marcado y, por último, las llaves abrieron cada puerta marcada. Casi habría podido llegar hasta su objetivo con los ojos vendados. Sonrió de nuevo al ser consciente de la oscuridad, casi tangible, que lo envolvía. Para muchos hombres podía resultar una realidad amenazante, inductora de un pánico cerval. Él, en cambio, sólo la veía como una compañera habitual de trabajo y, a menudo, como su más fiel aliada.

    El sonido de pasos cesó de repente y, en su lugar, una luz tenue se coló por debajo de la puerta de la cámara para delatar, justo al otro lado de la misma, la anunciada presencia del guardián del templo. La información de su contratante no había sido precisa en ese punto, aunque sí recordó la insistencia de aquel tipo en que no se dejara atrapar por los sacerdotes, así como una enigmática advertencia para que se mantuviera en todo momento “entre las sombras”. Reprimió un vivo deseo de escupir al suelo. Valiente imbécil… Como si necesitara los consejos de alguien que pagaba para obtener lo que quería sin arriesgar su preciado cuello.
   
    Lejos de alterarse por la presencia del guardián, Anemope arrastró los pies para evitar hacer ruido mientras sus manos tanteaban en la oscuridad, hasta que sus dedos rozaron una de las paredes de la cámara. Apoyó la espalda en silencio, con un control absoluto de la respiración, que en ningún momento se aceleró. A continuación llevó una mano bajo la camisa de lino y extrajo, como por arte de magia, un fino cuchillo de modesta factura, pero afilado como garras de halcón. Lo tomó por la punta y lo acomodó entre sus dedos índice y pulgar, listo para arrojarlo. Hasta él llegó el sonido de una llave al ser encajada en la cerradura y girada muy despacio, como si su dueño no tuviera prisa en que la herramienta llegara al final del recorrido. Cuando esta alcanzó por fin el tope, la puerta cedió y, casi con indolencia, se abrió hacia dentro sin emitir la más mínima queja. El guardián del recinto sagrado, envuelto en un halo de luz gris azulada, dio un paso adelante hasta situarse en el vano. El tímido resplandor resaltaba el contorno de su figura frente al interior, como si aquella claridad no se atreviera a desvelar del todo el rostro del recién llegado. Su mirada se topó con la del ladrón, y este último se extrañó al percibir, en los ojos del vigilante, una confusa mezcla de tristeza y dolor. Un brillo fugaz a la altura del pecho captó su atención; sobre la oscura túnica del guardián resaltaba un amuleto a modo de colgante, grande, redondo y metálico, muy bien pulido, que le devolvía su propia imagen.

    «Pero, ¿qué es esto? ¿¡Un mago!?», se sorprendió el intruso al comprender que la luz no procedía de una simple antorcha, como había esperado en un principio. «¿Desde cuándo los sacerdotes encargan a un mago la protección de sus objetos más sagrados?». Su contratante no le había informado de aquella circunstancia, pero tenía algo muy claro al respecto; aquella inesperada revelación acababa de elevar su tarifa de manera sustancial. La mente del ladrón voló hasta su pasado reciente, sólo unos días atrás, cuando un desconocido que ocultaba el rostro y cuya voz apenas rebasaba el murmullo de los árboles al ser mecidos por el viento, lo abordara para ofrecerle un trabajo «muy especial». Y a cambio de un pago en oro como muy pocos podían permitirse. Con sólo el adelanto, recibido nada más aceptar el encargo, había podido saldar todas sus deudas, y aún le quedaba para pasar sin apreturas el resto del año.
    —¿Por qué es tan importante? ¿Qué tiene de especial esa reliquia de la que hablas como para desprenderse de tanto oro por conseguirla? —recordaba haberle preguntado al desconocido.
    El otro, un tipo alto y fornido, envuelto en una capa y con el rostro embozado, como si no estimara suficiente el grado de ocultación que le proporcionaban las sombras entre las que se movía, se removió inquieto, al parecer poco complacido con el interrogatorio. Sin embargo se dignó a responder, quizá para evitar una negativa. Con todo, la respuesta quedó muy lejos de resultar satisfactoria.
    —Nada puedo revelar sobre mis motivos —dijo al fin, aunque, tras una breve pausa, agregó—: La discreción va incluida en el pago.
    —Sí, pero ¿cómo puedo saber que el pago es justo si no sé lo que quieres que robe para ti? —le preguntó el ladrón, cuya desconfianza había ido en aumento a medida que le daba vueltas al asunto—. ¿Cómo sé que no me estás engañando?
    —El pago es apropiado y se ajusta al esfuerzo que este trabajo requerirá de tu talento, no a la naturaleza o propósito del objeto que has de conseguir para mí. Pero si no te sientes preparado para esta tarea, puedo buscar a algún otro que…
    —¡Eso no será necesario! —El mercenario se humedeció los labios, expresando así su nerviosismo ante la posibilidad de perder una oportunidad que —lo sabía muy bien—, no se volvería a presentar—. No encontrará en el gremio a nadie con la pericia ni el atrevimiento suficiente como para adentrarse en el templo—. Y, tras hacer una breve pausa, se decidió—: Lo haré.  

    «¡Me engañó, ese maldito hijo de…», pensó Anemope con un gesto de rabia dibujado en el rostro mientras alzaba el brazo armado y, con un hábil y rápido gesto, arrojaba su arma a la cabeza del guardián. Para su sorpresa, el cuchillo trazó una curva hacia abajo y fue a estrellarse justo contra la imagen reflejada en el espejo, que se rompió en pedazos. Cuando estos llegaron al suelo, el ladrón lanzó un grito ahogado y se llevó la mano a la herida que acababa de abrirse en su pecho. El hombre se derrumbó, y el zurrón, tras chocar contra el suelo de la cámara, dejó escapar su preciado contenido. Pese a la creciente dificultad que sentía para respirar, Anemope estiró un brazo, aferró el objeto sagrado y lo atrajo hacia él mientras susurraba una última plegaria al dios de la Muerte. En su postrer aliento, envuelto por la cálida y suave luz que emanaba del guardián —quien se había arrodillado junto a él—, el agonizante ladrón sonrió al creer atisbar, en la portada del libro, el sutil aleteo del símbolo divino, mientras, una a una, refulgían las letras doradas de su sagrado título: Fórmulas para salir a la luz.(*)



(*)Antiguo nombre del Libro de los Muertos, que se depositaba junto a las momias egipcias.

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  Reto Un Punto en Común: Lamentos en Aokigahara
Enviado por: Joker - 25/03/2015 07:41 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

Lamentos en Aokigahara



En la oscuridad reinante no puedo ver nada, pero oigo las pisadas acercándose por el pasillo. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme oculto, me ha encontrado.
Poco a poco ese sonido desagradable que emite, mezcla de gorgoteo y respiración entrecortada, va inundando mis oídos; a la vez que el repulsivo olor a podredumbre y vómitos que desprende sofoca mi olfato.
Por fin llega al otro lado de la puerta y se detiene. Estoy encerrado, y mi única esperanza es que siga adelante; pero no lo hace. Todos los demás están muertos: Brian, Peter, Louise, Claire... mi hermano Thomas. Se me atasca la garganta por el recuerdo y me tiemblan las piernas, a duras penas y gracias a que he acertado a asirme al pomo de la puerta consigo mantenerme en pie; pero al precio de provocar un crujido sordo en el viejo mecanismo de cierre.
Rezo, imploro, porque sólo sea producto de mi imaginación. Pero no, de pronto noto cómo mi punto de apoyo desaparece y caigo de espaldas. El golpe no es fuerte, pero mi cuerpo está exhausto, paralizado, no me responde. Sólo alcanzo a ver un leve haz de luz que recorre el pasillo, lo suficiente como para distinguir su contorno, lo bastante como para saber que ha llegado mi hora.
La muerte se abalanza sobre mí mientras no puedo evitar proferir un alarido de terror...


Soberbia
Diez de Julio (Diez días antes), 10:44. Aeropuerto de Atlanta


—¡Vamos Thomas! —crío estúpido—. ¡Como perdamos el avión por tu culpa te la cargas, imbécil!
Maldita sea, menuda forma de mierda de empezar las vacaciones... esperando al niñito de mamá que tiene que besuquear y relamer a media familia antes de pasar por el puto arco de seguridad.
—¡O te das prisa o te quedas aquí joder¡ —ojalá lo hiciera-. Nos están esperando.
—¡Pues que esperen! —me espeta de pronto mi padre con su tono de bronca—. Y si no vete sin él, pero despídete también de las tarjetas. Que te quede claro: te pagamos el viaje si te llevas contigo a tu hermano.
—Vale vale —mejor me cayo porque sino al final el viejo se pone tonto y lo fastidia todo.
Joder, en buena hora se le ocurrió a este carcamal que para pagarme el viaje tenía que cargar con Thomas. Viejo rácano, tiene tantos billetes que podría quemarlos, y siempre está igual. ¿Qué más le dará lo que haga con mi dinero?


Gula
17:23. Océano Pacífico


—¡Azafata! —reclama a voces Peter mientras agita un vaso vacío—. Otra copa y algo de picar guapa, que tenemos hambre.
—!Qué coño algo de picar! —digo—, ¡unas buenas hamburguesas para todos, y una ronda de Bourbon!
En ese momento la interpelada se acerca con un gesto que me hace pensar que va a poner alguna pega.
—Como deseen caballeros pero, por favor, intenten moderar en lo posible el tono de voz. Podrían molestar a los demás pasajeros.
—¡Que te den, zorra! —le contesto en su cara de pija relamida—. Mueve el culo y tráenos la comida, que para eso te pagamos. Y deja de tocar las pelotas.
Me levanto apartándola de un empujón y me dirijo al baño. Esta tía me ha puesto de mala hostia y tengo que tomarme un momento de relax.
Entro y cierro la puerta. De un doble fondo de las zapatillas saco un poco de coca y...
—¡Maldita sea! —mascullo. La superficie del lavabo es rugosa—. ¿Y ahora dónde...? ¡A la mierda!
Seguro que un espejo roto sirve. Un par de codazos y ya tengo una buena base.


Pereza
23:57. Aeropuerto de Tokio


—La verdad es que así es un lujo viajar, con todos estos chinitos deseando llevarte las maletas —digo mientras señalo a unos niños que arrastran nuestras cosas—. ¿O no?
—Ya te digo —me responde Brian sonriendo—. Mucho mejor que cargar con ellas.
—¡No seáis brutos! —nos interrumpe Claire, siempre tan modosita—. Para empezar no son chinos, estamos en Japón. Y además son sólo niños; lo único que quieren es conseguir algunos yenes. Lo que deberíais hacer es cogerlas, que pesan mucho para ellos —algún día la voy a pillar a solas y se le van a quitar las tonterías.
Brian y yo nos miramos mutuamente y declaramos a la vez:
—Pasando.
Antes de que Claire siga con la monserga Thomas, saliendo del mutismo que ha mantenido durante todo el viaje, nos llama la atención:
—Mirad. Aquél es mi amigo Yoshiro.
—¡Coño! —exclamo—. ¡El único puto chino gordo y granudo de todo el país!


Lujuria
Quince de Julio, 03:29


—John, no estoy segura de que esto sea una buena idea —duda Claire.
Ahora me viene con estas... lleva toda la noche calentándome; y se piensa que me va a dejar con la miel en los labios. Esta tía ni harta de sake pierde su carácter repelente de mojigata. Pero me ha puesto a cien y no tengo la intención de dejarla escapar.
—Claro que sí lo es —le digo antes de aprisionarla de espaldas la puerta de la habitación y darle unos mordiscos en el cuello—. Verás cómo te gusta.
—¡Estate quieto John, estás borracho! ¡Suéltame! —me recrimina intentando desasirse.
—Ni hablar nena —aprovecho para abrirle la camisa y zambullirme dentro—. Te lo voy a hacer aquí, en medio del pasillo, para que te escuche gemir todo el hotel —sentencio después de saborearla.
Empieza a gritar, pero eso me pone aún más. Esta noche voy a disfrutar de lo lindo.


Ira
Quince de Julio, 12:39


—¡Ay! —Acabo de despertarme, menudo dolor de cabeza.
No es mi primera resaca, pero esta es fuerte de cojones. Recuerdo que ayer salimos de marcha... luego estuvimos en un Izakaya bebiendo sake... luego... creo que volvimos al hotel... me viene un nombre a la memoria... Claire...
—¿Estás bien John? —oigo la voz de Thomas al otro lado. Me giro y lo veo ahí, sentado, con la misma cara que un perro cuando ha destrozado algo y sabe que ha metido la pata.
—¿Qué has hecho Thomas? —le exijo saber.
Pero no es necesario que responda. Justo en ese momento me percato de que en el suelo hay una lámpara manchada de sangre, al igual que sus manos. En cuestión de segundos todo encaja.
—¡¿Pero qué has hecho mocoso?! —estallo.
—Yo... yo —tartamudea—. Escuché gritos... no quería que le hicieras daño...
Le planto un sonoro tortazo que lo tira de la silla, luego lo agarro de la camisa y lo levanto en vilo estampándolo contra la pared.
—¡Maldito estúpido! Como se te vuelva a ocurrir golpearme —lo zarandeo violentamente para que le quede claro—, ¡te mato!


Avaricia
Diecisiete de Julio, 16:21


—John... ¡John! —escucho a Peter que me llama—. Vamos, por aquí.
Han pasado dos días. Ni el estúpido de Thomas ni a la zorra de Claire han abierto la boca sobre lo de la otra noche; y que no se les ocurra. Aún tengo un chichón, pero si no me toco apenas me duele.
Estamos en una de las mansiones de los padres del chino gordo ese amigo de mi hermano, porque al día siguiente un chófer de la familia nos va a llevar a un lago a pescar. ¡Por fin algo interesante!
Entonces nos dejan solos en una habitación donde hay un montón de cañas de pescar y cientos de anzuelos de todos los tamaños, para que escojamos una caña y varios anzuelos como regalo.
Sólo con una mirada nos basta para saber que vamos a llenarnos las mochilas con todo lo que podamos. Y no va a ser poco. El tontolava de Thomas intenta fastidiarnos diciendo que el ofrecimiento es por cortesía, pero que no deberíamos llevarnos más de uno... no tengo más que mirarlo fijamente para que se calle la boca y nos deje en paz.


Envidia
Diecinueve de Julio, 12:35


Llevamos toda la mañana pescando a la orilla del lago Sai. Por decir algo, porque aquí al único al que le pican los peces es al gordo seboso. No he visto un tío con más suerte en mi vida: no sabe poner el anzuelo, no sabe arrojar la caña, no sabe ni sentarse... pero se lleva todas las piezas.
Como nos aburrimos Brian y yo al final lo hemos seguido a una zona apartada, y hemos decidido que sería buena idea limpiar los peces para luego poder asarlos.
Al final nos acercamos, nos mira con desconfianza pero no dice nada; total, no lo vamos a entender de todas formas. Nos sentamos y en cuestión de minutos tenemos todos los peces limpios en un cubo y los desperdicios en otro.
Entonces nos miramos, el chino ni se inmuta, nos levantamos y le volcamos el cubo en la cabeza.
—¡La mierda con la mierda chino! —gritamos y salimos corriendo.
A unos metros me giro para ver cómo se levanta horrorizado y comienza a vomitarse encima.
—¡Y para rematar un baño en su jugo!


Tentación
18:32


Al final, incluso después tener que aguantar reproches por la broma que le hicimos al chino, el día está siendo bastante entretenido. Fuimos a buscar algo de leña seca a un bosque de altos árboles cercano al lago, y descubrimos algo muy interesante: ¡es el bosque de los suicidas!
Hemos conseguido convencer a los demás para adentrarnos un poco, eso sí, nos ha costado bastante. La verdad es que no entiendo la aprensión; hay carteles intentando convencernos de que busquemos otras alternativas al suicidio, y un montón de árboles marcados con cinta adhesiva, según traduce Thomas puestas por los excursionistas para no perderse. Pero lo cierto es que vamos por una senda marcada claramente y despejada de toda vegetación, parece como si la acabasen de limpiar de maleza sólo horas antes.
—¿Creéis que encontraremos muchos cadáveres colgados de los árboles? —pregunta Brian.
—¡Calla por dios, no digas esas cosas! —salta Louise.
—Creo que es mejor que nos volvamos, va a empezar a oscurecer; y además se está nublando —dice Claire cobardemente.
—¡Venga coño! —intervengo-. No seáis gallinas, ¿qué daño os pueden hacer unos árboles y unos bichos?
Justo en ese momento se acerca revoloteando una mariposa de color rojo sangre, extiendo una mano y viene a posarse en la palma.
—¿Veis? —les muestro a todos cómo se atusa las antenas y estira las alas.
Entonces el viento empieza a soplar entre los árboles, provocando un siseo bastante tétrico, y de pronto siento un punzante dolor en la mano.
—¡Hija de puta! —grito mientras pego un palmetazo y la aplasto—. Pues no que me ha picado...
Joder cómo duele. Por acto reflejo me miro y tengo ambas manos manchadas de sangre. No sé si mía o del bicho, porque en la palma tengo un corte profundo; encima empiezo a notar cómo se me entumecen los dedos. Y para colmo se pone a llover...


Penitencia
20:37


—¡Menuda mierda! Llevamos dos horas dando vueltas como imbéciles, empapados y perdidos en medio del bosque.
—Quejándote no vas a arreglar nada —me reprocha Peter—. Si no nos hubiésemos adentrado tanto esto no habría pasado.
Al principio empezó a llover con timidez, pero al poco se convirtió en un aguacero. Intentamos salir del bosque siguiendo el camino, pero en minutos el agua desdibujó la senda y acabamos andando a tientas. Encima la noche está empezando a cerrarse y apenas podemos ver nada a más de un par de metros.
—¿Y eso a qué viene ahora? Nadie os ha obligado a venir —como si no tuviese bastante jodienda con la caminata y el dolor en la mano—, así que no me toques los cojones.
—Chicos, chicos —interrumpe Louise—. ¿Aquello no es una luz?
Miro hacia donde está señalando y, en efecto, en medio de la tormenta y rasgando la oscuridad de la noche, una tenue luz brilla tambaleándose en la lejanía.
—¿No acabamos de venir de allí? —pregunta entonces Claire—. No hemos visto nada ni a nadie.
—¿Qué más da? Es una luz y queremos salir de aquí, así que vamos.
Echamos a correr y a medida que me acerco empiezo a comprender el movimiento. Cuando llegamos ante nosotros tenemos una cabaña de piedra cubierta de raíces y enredaderas. Parece más vieja que el mismo bosque y está un poco torcida, pero se mantiene en pie. De todas formas no es eso lo que llama mi atención, ni tampoco la luz del candil que veíamos desde lejos. Son las siete personas que hay colgadas en un árbol distinto a los demás frente a la cabaña, con una soga al cuello y, una de ellas, aún asiendo el candil que nos ha traído hasta aquí.
—¡Vamos! —digo con decisión intentando disipar las dudas—. No son más que unos cascarones secos, pasemos y entremos en la casa.
La discusión se alarga unos minutos, sobre todo por Claire y Louise; pero al final nos ponemos de acuerdo. Bueno, casi todos, el chino estúpido parece que no quiere seguir, incluso ha vuelto a vomitarse encima; y cuando Brian y yo vamos a agarrarlo para hacerle caminar a la fuerza echa a correr de pronto y se mete en el bosque.
—¡Yoshiro! —mi hermano está a punto de salir tras él. Menos mal que lo agarro a tiempo.
—¿Dónde crees que vas? Si se pierde que le den por culo, tú no te mueves de aquí.
—Pero es que...
—¡Que no coño! —y le suelto una sonora bofetada—. Harás lo que yo diga y punto.
Miro a los demás y con un gesto me encamino hacia la cabaña tirando de Thomas.


Juicio
21:43


Abro la puerta, todo está oscuro y entramos casi a tientas. Me aseguro de que todos lo hagan antes de cerrar.
Entonces golpeo algo con el pie y al agacharme tanteo con una mano, la otra sigue hinchada y me duele, algo con la forma de una lámpara de pesca; parece que estamos de suerte.
—Esperad, digo, creo que tengo algo de luz.
Intento encenderla varias veces, mientras noto el nerviosismo en el aire, hasta que por fin lo consigo. La iluminación nos muestra una habitación grande, pero lo que llama nuestra atención es una mesa y una silla que están en el centro, y en la silla sentado alguien que nos mira.
—¡Hostia! —exclama uno—. ¡Dios mío! —grita otra.
Estoy a punto de caerme de espaldas de la impresión.
—¡Esperad, esperad, tranquilos! —oigo los gritos de Brian intentando retomar el control—. No está vivo, llevará ahí un montón de tiempo —se acerca y lo zarandea—. Está muerto.
Tardamos unos minutos en recobrar la calma, pero acabamos haciéndolo. Mientras tanto Brian me ha quitado la lámpara y se ha puesto a mirar algo en la mesa.
—¿Qué es eso? —le pregunto por fin cuando estamos más tranquilos; pero aún sin acercarme.
—Parece un libro —contesta—. Un libro antiguo con un montón de garabatos.
Por fin la curiosidad me puede y, dejando a los demás junto a la puerta, doy un unos pasos y me pongo a su lado.
El libro está abierto, la página visible está amarillenta y muy desgastada. Parece como si el muerto lo hubiese estado leyendo antes de morir, ya que todavía tiene una mano sobre la página tapando en parte un grabado de un hombre ahorcado en un árbol de ramas negras y flores rosas.
—Igual que el de afuera —susurro.
Haciéndome caso omiso Brian agarra el libro de un tirón, se pone a mirarlo fijamente como si lo embrujara y empieza a leer:
—Tú, que te dejaste llevar por el pecado. Tú, que liberaste la negrura de tu alma. Tú, que cometiste actos impuros.
¡Tú!
De improviso gira el cuello con un movimiento nada natural y me mira fijamente. Los ojos y la nariz le sangran y, mientras clava sus pupilas vacías en mí, finaliza con una voz infernal:
—¡Tú eres culpable!


Condenación
22:05


—¡Dios mío! —no puedo contener el grito mientras me alejo de Brian.
Aunque no vuelvo con los demás, me paralizo a medio camino cuando descubro cómo por la puerta abierta a sus espaldas unas figuras se abalanzan sobre ellos.
Por un momento me miran desconcertados por mi expresión horrorizada; pero no les aviso, sólo pienso en escapar de allí. Pronto descubren el motivo cuando esas cosas los agarran, cuando el dolor lacera su piel y las uñas se clavan en su carne..
Antes de salir huyendo despavorido veo cómo un brazo atrapa a mi hermano por el cuello. No tengo el valor de ayudarlo, no intento salvarlo. Me giro y le doy la espalda.
Corro, corro todo lo rápido que puedo. Tropiezo, caigo, me levanto y vuelvo correr; pero no consigo alejarme de los alaridos de mis amigos.
No entiendo cómo aquella cabaña que por fuera parecía pequeña puede contener un enrevesado tan amplio de pasillos y habitaciones. De vez en cuando alguna luz, a veces una ventana, pero nunca el final.
No sé cuánto tiempo llevo así, horas, horas interminables. Mis músculos apenas me responden. «Sólo un poco más», pienso. «Tengo que salir de este infierno».


Castigo
20 de Julio, 05:12


La muerte se abalanza sobre mí mientras no puedo evitar proferir un alarido de terror...
Sin embargo antes de perder totalmente el control el haz de luz del pasillo me hace descubrir la verdad: su respiración es entrecortada por el esfuerzo que conlleva el ejercicio forzado, su olor me recuerda al que desprende el pescado en mal estado, y su figura rechoncha...
—¡Joder! ¡Puto chino hijo de la gran puta! —le grito, aunque sé perfectamente que no puede entenderme—. ¡Me has dado un susto de muerte!
Me levanto para abofetearlo y patearlo con todas mis fuerzas; pero antes de que mi mano llegue a su cara veo un leve refulgir y noto un insoportable mordisco de dolor en el brazo.
—¡Arrrrg! —bramo al tiempo que miro el muñón al que ha quedado reducido.
—¡No soy chino, estúpido yankee! —me escupe esgrimiendo un cuchillo de pescado.
No tengo tiempo de responder, sólo de notar cómo se clava en mi estómago, retorciéndose con saña mientras de mi boca escapan chillidos de dolor.
Luego, ni el silencio me acoge, sólo una agonía constante que me revuelve las entrañas.
Es demasiado tarde para el arrepentimiento.

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