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  Lo que Sucedió en la UNAM
Enviado por: Bicerofonte - 02:09 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)

El día 26 de diciembre pasado, un grupo de delincuentes, aprovechando que todos estábamos de vacaciones, entraron a la Facultad de Filosofía y Letras, donde tengo yo mis salones y mi oficina, y se robaron todas las computadoras de la Facultad, la computadora central del Intranet, las copiadoras, estéreos, en fin. Todo lo electrónico. 
Además hicieron destrozos, rompieron vidrios, abrieron lockers, y se llevaron proyectores, una biblioteca multimedia portátil, y todo lo que pudieron.
Hasta el momento, las autoridades han logrado agarrar a algunos sospechosos pero nadie sabe dónde están las cosas.
Los guardias de la Facultad están bajo investigación para deslindar responsabilidades.
La UNAM prometió que nos van a abastecer de computadoras y equipo nuevo en caso de que el que teníamos no aparezca. Esto implicará empezar de nuevo desde cero.
Ya aprendí la lección. Respaldar todo lo que haga...
La mayoría de mis compañeros profesores no respaldamos nada, ya que pensábamos que estando nuestros datos en la UNAM, estaban súper seguros, pero veo que no.
Lo bueno es que tengo una copia de mi novela 'Siguiendo los Pasos del Redentor' en una computadora que le presté a un amigo y que vive en el Estado de Puebla. En la primera oportunidad voy a rescatar ese archivo.
Perdonen si he atrasado el avance del Dragón. Casi no he entrado, ya que tuve qué usar mi memoria prodigiosa (?) para acordarme de las calificaciones y de muchos datos de los 4 grupos que tengo.
Ha sido una labor muy fatigosa, pero ya pronto voy a acabar y me reintegraré al Foro con más ganas que antes, ya verán.

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  Reto Nav19: ¿Quién es quien?
Enviado por: Duncan Idaho - 03:55 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (9)

Como aquí ya es 20 de enero ¿para que esperar?

Navidad, época de regalar es de Juanma17

Lágrimas de Marfil es de Jaden Diamondknight

Poderoso Rey Invierno es de JPQueirozPerez

La Regla de oro es de Haskoz

Señora Moncha es de Helkion

Locura en Navidad es de Emmanuel Tent

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  Los mosaicos de Sarantium
Enviado por: Cabromagno - 17/01/2020 06:55 PM - Foro: Novelas autoconclusivas y duologías - Respuestas (1)

Ya que ultimamente le damos mucho pabulo a Guy Gavriel Kay, a ver si alguien se ha leido esta duologia y puede comentar algo sobre ella.

Yo estoy con el primer libro (lo empeze sin saber que era una duologia, al ver que se acababa el libro y apenas acababan de llegar a Sarantium empeze a temerme que habria mas... y efectivamente, resulta que eran dos. Ahora a ver si encuentro el segundo en alguna parte Rolleyes ), y de momento esta bastante bien.

Aunque empiezo a temerme que cieras cosas que pasaron durante el viaje vienen a ser como lo de los Caminantes en Tigana, relleno que mete para decorar su mundo pero que no aporta nada a la trama principal... pero bueno, cuando me haya leido todo ya confirmare este punto Tongue

De momento, al igual que Tigana, me parece muy recomendable. Ya os contare cuando termine Smile

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  [Fantasía] Preludio de Farthenan
Enviado por: Dest_145 - 15/01/2020 05:41 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (1)

En los principios solo existían tres seres omnipotentes que controlaban las tierras de Farthenan, que eran Truyenor, un dios que introdujo la luz , la paz y el orden. Shafera, la diosa que introdujo la naturaleza, la inteligencia y el amor. Y Viveroh, que fue el dios que creo la oscuridad , el mal y la tentación.
Antes de que todo ser fuese creado vivían en armonía en Farthenan, que comenzó siendo la aleación de la colisión de los planetas Poliryu y Gahrewo. Entonces Shafera creo la naturaleza y los cielos, Truyenor creo la luz y las tierras flotantes y Viveroh creo los subsuelos y con su gran poder obtenido tras absorber una extraña energía oscura emanada de un mineral proveniente de Poliryu creo la dimensión oscura, llamada Yehbune.
Cuandos las tierras de Farthenan fueron moldeadas y los distintos contintes: Elvensips, Olkide, Womexal, Andrivipi y Urselus fueron nombrados, los tres dioses procedieron a crear la vida.  Shafera introdujo a toda clase de animales, Tyuyenor creo a las primeras razas, los humanos, los enanos, los elfos, los gigantes y los Shaperds. Mientras tanto Viveroh empezó a crear vida en Yehbune, vida demoniaca. Creo seres malvados, con un alma llena de oscuridad.
Durante siglos, los dioses convivieron con sus creaciones, siendo adorados por todos. Pero Viveroh comenzó a introducir pensamientos malvados y oscuridad a todas las razas. Al enterarse de esto, Truyenor y Shafera exiliaron a Viveroh a Yehbune.
Pero los seres que habian sido corrompidos por la oscuridad decidieron ayudar a sus señor oscuro. Entonces allí surgio la orden oscura. Era liderada por un ser de cada raza, Jertep era el humano, un hombre de mediana edad con estatura media, una mediana barba blanca que solía ir encapuchado y rara vez se le escuchaba hablar.
Perzoth era el enano, un ser de menos de metro y medio de altura, con fornidos brazos y piernas y una larga barba recogida en coletas por los laterales. Era un experto forjador.
Sfither era el elfo. Un ser bastante inteligente con una larga cabellera blanca y alta estatura. Experto en combate con arco, pociones y medicinas. Bastante astuto, ágil y siempre llegaba a cumplir sus malas intenciones.
Guillem era el gigante, un ser de poca inteligencia pero mucho musculo. Con una enorme estatura y un cuerpo perfectamente musculado era el mas fuerte fisicamente de todos, Era conocido como 'el devastador' ya que asesinaba cruelmente a cualquiera que se pusiese en su camino para intentar detenerle o simplemente llevarle la contraria.
Pabus era el Shaperd, criaturas que habitaban las tierras flotantes. Eran humanoides con pequeñas alas a las espaldas que les permitían planear, tenían lasgas orejas similares a las de los elfos y alta estatura. Estaban igualados a nivel de inteligencia con los elfos, pero no eran muy buenos luchadores. Pabus era un erudito que cayo bajo Viveroh y comenzó a reclutar a mas gente con sus discursos. Tenia unos ojos amarillos oro y una larga cabellera rojiza.
Teniendo ya a un líder de cada una de las 5 razas originales, comenzaron a preparar su plan para sacar a Viveroh del exilio y traer a sus hordas a Fartheland. Y así comenzó la que seria la guerra mas grande que Farthenan presenciaría, La Guerra de la Brecha.

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  Personalidad de los personajes
Enviado por: juanma17 - 13/01/2020 09:14 PM - Foro: Taller Literario - Respuestas (2)

Nuevamente yo por aquí molestando en el foro.

Últimamente escribiendo he visto que mis personajes según lo que me han dicho en el foro no empatizan con el lector. Me gustaría saber que técnicas o que acciones utilizan para que las personas se sientan identificados con los personajes y puedan sentir sus emociones. Si saben algún ejemplo de algún libro que muestre bastante esto me sería muy útil. Muchas gracias por pasarse por aquí.

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  Locura en Navidad
Enviado por: Joker - 12/01/2020 07:10 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (6)

Hans observaba la nieve que caía a través del cristal de la ventana, vio algunos niños cantando villancicos en las puertas de los vecinos y se dio cuenta que no tardarian en acudir a la suya, le habría gustado oirlos y darles algunos dulces, soltó un suspiro, aquel inusitado 24 de diciembre ya podría considerarlo la mejor Nochebuena que haya vivido, le habría gustado pasar más tiempo afuera disfrutando del nevado clima pero había cometido un error y ahora tenía que aprovechar el ultimo dia que tendria con su amada.

«¿Que pasa mi amor'?», una voz de quinceañera mitad inocente mitad sensual  sonó en la cabeza de Hans.

—Nada, no pasa nada, solo el mundo que vendrá por mi porque no acepta mi inconmensurable amor por ti— dijo él mientras volvía a la cama.

Le dio un apasionado beso, ya estaba listo otra vez para amarla, aunque no recibía de ella ninguna reacción a sus besos y caricias cuando le hacía el amor no le importaba realmente, su  imaginación llenaba los vacíos, no se arrepentía en absoluto, sabía que tenía que hacerlo desde el momento que sustrajo a Eloísa de  su propio  lecho.

Por fin quedó exhausto, había pasado todo el dia amando a Eloisa y ahora solo quedaba una última cosa: el frasco de pastillas de su buró, sabía lo que había hecho y no quería afrontar las  consecuencias de sus actos.

Al día siguiente los agentes de policía Smith, Wesson, Colt y Remington llegaron a la casa de Hans, estaban de mal humor por tener que encargarse de un loco en navidad así que en lugar de tocar directamente destrozaron la puerta. Después de una rápida búsqueda por la planta baja, subieron las escaleras y entraron al primer cuarto que tuvieron a mano,  La escena que vieron no tardó en provocarles arcadas y vómitos a Colt y Remington que salieron rápidamente del cuarto, debido al poco tiempo que tenían en la fuerza aún  no les había tocado ver hasta dónde podía llegar la naturaleza humana. Smith y Wesson con el autocontrol que da la experiencia notaron el frasco vacío aún en la mano del hombre y dedujeron lo que había pasado y salieron para esperar a los forenses

—¡No!, ¡maldito!, ¿que le has hecho a mi pequeña?—gritó un hombre ya entrado en años, ante la sorpresa de los oficiales que no supieron en qué momento había entrado a la casa y al cuarto.

—¡Te mataré!, ¿te mataré!— gritó el hombre, abalanzándose sobre el cuerpo de Hans.

Los policías que pensaban que no se podía matar a un muerto, volvieron al cuarto, Remington llegó primero para sujetar al viejo, aunque los oficiales se sorprendieron al oír los quejidos del muerto.

—¿Quien demonios es usted?— dijo Wetson al hombre que sostenia Remington.

—Soy Richard, padre de Eloise y quién dió aviso de lo que había hecho esté malnacido— apuntando como pudo a Hans, aún acostado en la cama y abrazando a Eloísa.

—¿Cuantas pastillas te tomaste?— preguntó Smith que rápidamente se había hecho ya una  hipótesis de la situación.

—Una—dijo Hans, entre algo que parecía mitad suspiro mitad quejido —el frasco solo tenia una y en lugar de ir a buscar un frasco nuevo  preferí hacerle el amor a mi hermosa Eloísa

—-¡Tu eloise maldito enfermo!— gritó con furia el padre, al momento que se oían las arcadas de Colt que alcanzó a escuchar lo que había dicho Hans

—Bueno doctor Tanzler, ya que nos jodió la navidad a mi y amis compañeros y a que Colt le tomará un tiempo componerse, me gustaria que me dijera qué significa esto y "eso"—dijo el agente Smith mirando fijamente al doctor Hans Tanzler.

—¿Eso?— dijo con evidente indignación el padre de Eloísa—eso es mi hija

—Era— dijo Wesson.

Hans como si despertara de un sueño vio  a Eloísa como en realidad era, o cómo la había hecho él, y ya no como la imaginaba.

—Todo comenzó hace cuatro  años— hablo despues de dar un suspiro— cuando la vi por primera vez, no se si fue su edad, su rostro angelical e inocente o que se yo, pero ahí fue donde me enamoré locamente de ella

—Ahí fue donde te obsesionaste con mi pequeña maldito violador

«Esto se pone interesante» pensó Smith

—Su padre la llevaba a consulta al hospital en el que yo ejercía, no me fue difícil conseguir su nombre y dirección.

Debí de haberte matado cuando tocaste a mi puerta— dijo el padre de Eloísa—, un hombre de más de 40 fijándose en mi niña

—Quería conquistarla, le lleve regalos, vestidos,  pero no me correspondía intente ayudarla, curarla pero no pude, probé todo lo que encontré para tratarla de la tuberculosis que padecía, cuando  parecía que por fin  podía lograrlo  recayó rápidamente para no levantarse y murió, mi amada Eloísa murió a los 8 meses de haberla conocido.

—¿Y cuando fue que?—dijo Wesson lanzando una mirada a Eloísa

—Entre en depresión y durante las semanas siguientes solo quise morir, casi lo consigo, quería estar con mi amada, pero se me ocurrió ¿que tal si mi amada estuviera conmigo', así que fui al cementerio una noche y la de su lecho, ya en casa me indigne por su terrible estado, uni los huesos que estaban sueltos con alambre y ganchos para ropa, en sus cuencas vacías coloque ojos de vidrio, cubrir su cuerpo con seda empapada en yeso, como si fuera su piel,conseguí algunas pelucas de distintos peinados para ponerselas,ya sabe cambio de look, llene la cavidad abdominal y su pecho con harapos para que mantuviera su forma y cómo pueden verla también la visto con ropa, joyas, medias y guantes

Todos miraron el cadáver de Eloísa pero solo vieron que llevaba guantes y medias. Colt que ya recompuesto había entrado a la habitación y seguido las últimas palabra de Hans volvió a salir al imaginar lo que había pasado.

«Ese Colt ya hecho hasta el pavo de acción de gracias»pensó Smith «¿para que demonios entró al cuerpo de policía?»

Después de que por fin Colt cesó en su empeños de sacar las tripas por las boca, los agentes arrestaron al doctor Hans Tanzler y fue acusado de extraer un cuerpo sin autorización y necrofilia. fue examinado y se le encontró mentalmente incompetente para ser juzgado. El padre de Eloise mando cremá cremar su cuerpo para evitar que el doctor pudiera volver a robarlo, aunque cada vez que ve la urna con sus cenizas no puede evitar pensar ¿y si no es ella?, después de todo, todos podemos hacer locuras por amor.

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  Piropear no es acosar
Enviado por: Duncan Idaho - 11/01/2020 08:36 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (12)

Holanda se desdice: los "piropos" callejeros sí están protegidos por la libertad de expresión

El año pasado por estas fechas contábamos el resultado de uno de los juicios más importantes para el feminismo holandés: multa (mínima, de 200 euros) para un hombre de Róterdam con una ligera deficiencia mental que había “piropeado” o “acosado” a dos grupos de mujeres. “Cariño, ¿ya te vas? ¡Quédate aquí conmigo!”, les dijo entre otros comentarios así como gestos lanzándoles besos. También las siguió en un par de ocasiones cuando ellas cambiaban de sitio molestas por la interacción. La queja no la pusieron las afectadas, sino dos guardias urbanos.

Y ahora ha ganado la apelación.
Según la sentencia del recurso por la Corte de Apelación de la ciudad holandesa de La Haya los piropos y los ruidos ofensivos o de tinte sexual en espacios públicos forman parte de la libertad de expresión. La multa queda sin efecto gracias al trabajo de denuncia de los fiscales que han llevado el caso, no por la acción del particular.

La cuestión idiomática.
Según el reglamento roterdamés, nadie puede burlarse, llamar, bloquear el paso a la calle o a cualquier edificio y no se deben realizar “gestos, sonidos o comportamientos ofensivos”, unos términos que, como han denunciado los juristas y los mismos asesores de la norma del Ayuntamiento (que ha tomado esta apelación como una toma de contacto sobre cómo se tomaría la justicia esta norma) son excesivamente amplios.

De ahí que ahora los jueces hayan declarado que ese corsé no permite a los ciudadanos de diferentes culturas manifestar su interés por otras personas, lo que limita su capacidad de comunicarse. Sus gestos de besos no eran "evidentemente ofensivos” y los receptores de los mismos no tenían por qué sentirse hostigados, y además "los ciudadanos que, por cualquier razón, no puedan expresarse con suficiencia a través del idioma (del holandés), deben ser capaces de informar mediante gestos".

Una cuestión de jerarquía.
Parte del conflicto provenía de que la directiva por la que le habían impuesto la multa era del ayuntamiento en lugar de alguna norma civil o penal del conjunto del Estado. Es decir, que sólo el Gobierno y el Senado tienen la autoridad para imponer ese tipo de prohibiciones. Además, la normativa municipal tal y como estaba redactada no fijaba de manera suficientemente clara el límite entre un comportamiento aceptable y otro intolerable, así que fuese “indispensable de acuerdo con la Convención Europea de Derechos Humanos” proteger primeramente la libertad de expresión del individuo.

Y puede estar en camino: el ministro de Justicia, Ferd Grappenhaus, ya había comentado este año la posibilidad de incluir la intimidación sexual en público en el Código Penal, y adelantaba que podría ser penado con 3 meses de cárcel o multas de hasta 2.000 euros. Como en otros países de nuestro entorno, ahora hay en Países Bajos una especial sensibilidad con lo que respecta al acoso sexual hasta ahora ignorado, y las encuestas del país dictaban que el 84% de las mujeres afirma haber sido objeto de intentos de “acercamientos no deseados de tinte sexual” en algún momento de sus vidas, un saco en el que caben desde los besos al aire que protagonizan esta historia hasta insultos, tocamientos o asaltos.

Fuente: Magnet Xataka

Espero que triunfe el sentido común y que se respete la libertad de expresión.

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  Reto Nav19: La regla de oro
Enviado por: Joker - 10/01/2020 03:40 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (6)

La puerta de la posada chirrió al abrirse con bastante más ímpetu del que el viento del suroeste —que soplaba apático e inconstante— le hubiera podido insuflar; una silueta alta, oscura y de contorno irregular traspasó la efímera abertura.

    El recién llegado se volvió enseguida para empujar la sólida plancha de madera de castaño, de modo que ninguno de los clientes que cenaban en el comedor acertó a ver su rostro. Tan pronto como cesó la indolente racha invernal, todos se entregaron de nuevo a sus respectivos asuntos.
    El hombre se plantó ante Selmo, el dueño del negocio, un tipo fuerte, de mediana edad, ancho rostro y mirada ladina, que limpiaba el mostrador —empleando para ello un paño húmedo y arrugado que, sin duda, había conocido tiempos mejores— mientras resistía con paciencia la tabarra que le daba Adrianu —un comerciante local fisgón y deslenguado—, que se  empeñaba en convencerlo de las excelencias del morapio que transportaba.

    El posadero, con mirada experta, recorrió de arriba abajo al forastero. Este era de estatura elevada y con aspecto de envejecido más que de anciano; una larga barba, grisácea y tupida, cubría la parte inferior del rostro, en tanto que un gran sombrero picudo de ala ancha ocultaba casi todo el tercio superior. A tenor de lo poco que quedaba a la vista no podía decirse que fuera un tipo atractivo, y las pieles con las que se protegía del frío lo hacían ganar en corpulencia, pero no añadían al conjunto un ápice de fiabilidad.

    Antes incluso de haber concluido su inspección ocular, Selmo ya contaba con un veredicto nada esperanzador. Chasqueó la lengua en señal de fastidio, su intuición rara vez le fallaba.
    —Buenas noches —saludó el recién llegado con voz profunda y modales impecables—. Temo que me he extraviado sin remedio. ¿Me haría el favor de decirme a dónde he venido a parar?
    El posadero, sorprendido, lo miró de hito en hito por unos instantes,  pero enseguida resolvió no dejarse seducir así como así, ni traicionar a su instinto a las primeras de cambio.
    —Buenas, viajero. —Dejó el trapo sobre el mostrador—. Esta es mi posada, El Consuelo del Abedul, que se halla a las afueras de La Plaza, principal localidad del concejo de Teverga. ¿Alguno de esos nombres le ayuda a orientarse?
    —No lo suficiente, la verdad —el hombre sacudió la cabeza—. Si fuera tan amable de permitirme pasar aquí la noche, sin duda sabría guiarme con la llegada de las primeras luces…
    —Sin problema… ¿Puede pagar la habitación?
    El desconocido desvió la mirada al suelo y negó con un fatigado movimiento de cabeza.
    —En tal caso me temo que habrá de dormir al raso —concluyó el posadero mientras reanudaba su traqueteo sobre el mostrador una vez  recuperado el sufrido paño con un ágil movimiento de muñeca.
    —Lo siento, amigo —terció Adrianu, incapaz de permanecer callado por más tiempo—, pero comparto la decisión tomada por nuestro íntegro hospedero —completó sus palabras señalando vulgarmente al dueño con el pulgar.

    Selmo y el anónimo viajero lo miraron como si les costara entender por qué creía formar parte de aquella conversación. Pero el vinatero, a leguas de sentirse aludido, les obsequió con su más sincera opinión, que nadie le había pedido. El modo en que lo hizo provocó, aun si cabe, mayor estupefacción.
    —«Regalar pernocta o buen vino, para el honrado negocio, no hay peor destino» —declamó Adrianu con pose solemne y voz engolada. Se lo veía encantado de haberse conocido.
    Un inoportuno carraspeo a sus espaldas hizo que se desviara la atención hacia un cuarto hombre. Se trataba de uno de los muchos campesinos de la zona que visitaban con regularidad el mercado de La Plaza; acudían para vender los excedentes de sus cultivos y adquirir a su vez aquellos que necesitarían a lo largo del invierno. A menudo, como alternativa al uso de dinero, se empleaba también el trueque.
    —Disculpen la interrupción —comenzó el nuevo interlocutor, que, aunque algo cohibido, se expresaba con voz clara—. Estaba en esa mesa de ahí —señaló el comedor a su espalda—, cenando con mi hijo, y he oído lo que decían…
    —¿No sabe que es de mala educación meterse en conversaciones ajenas? —El vinatero lo amonestó con el ceño fruncido, molesto al esfumarse su recién ganado protagonismo.
    Selmo y el anónimo viajero le lanzaron a Adrianu una mirada de soslayo, aunque optaron por guardar un prudente silencio, pues a ambos les picaba la curiosidad.
    —Lo sé, y pido disculpas —respondió el campesino—. Bueno, primero me presento, me llamo Xandru, y aquel de allá es mi hijo Carlos. Hemos venido desde Taja para intercambiar algunos productos en La Plaza y…
    Xandru, perspicaz, se detuvo al notar las miradas de tedio con que empezaban a observarlo Selmo y, sobre todo, Adrianu, así que optó por ir al grano.
    —Lo que quería decir es que me ofrezco a pagar su estancia por esta noche… si usted no tiene reparo, claro —miró sucesivamente al viajero y al posadero—. Luego, a modo de explicación, añadió—: Hoy va a hacer mucho frío, no permitiré que este hombre duerma a la intemperie si puedo evitarlo. Y menos aún tan cerca de la fiesta del solsticio.
 
    Tras una breve reflexión, el posadero asintió. Aunque Xandru nunca antes se había alojado allí, lo conocía de vista; alguna que otra vez se habían cruzado en el mercado, o lo había visto pasar por el camino montado en su carro en dirección al pueblo o abandonándolo.
    —De acuerdo, acepto. Sólo necesito el pago de la habitación por adelantado y un nombre para el registro. Aquí nos gusta hacer bien las cosas.
    Xandru sacó varias monedas de uno de sus bolsillos y las depositó sobre el mostrador. El posadero las contó una a una, asintió, y miró al desconocido.
    —Todos me conocen por Xuan —respondió el hombre a la muda pregunta. Luego lanzó una sobrecogedora mirada hacia su benefactor y, sin abandonar el semblante adusto, añadió—: Quedo en deuda con usted.
    Le preguntó a Selmo por su habitación. Tras recibir respuesta y tomar la llave que este le ofrecía, deseó a todos una buena noche. Luego, sin añadir una sola palabra más, desapareció por la escalera del fondo que llevaba a la planta superior.


                                                               ***


    A la mañana siguiente, Xandru y su hijo Carlos se levantaron temprano y bajaron a desayunar. En el mercado de La Plaza, cuyo espacio era  limitado, los madrugadores se veían recompensados con los mejores sitios para exponer sus productos, y los que se quedaban pegados a las sábanas tenían que conformarse con espacios más reducidos y rincones poco visibles.

    Mientras esperaban a que el posadero los atendiera, Xandru se percató del semblante circunspecto del muchacho.
    —¿Va todo bien, hijo?
    —Sí, padre… Es sólo que…
    El muchacho no se atrevía a expresar sus inquietudes.
    —Adelante, suéltalo. ¿Quizá tiene que ver con el hombre al que ayudamos ayer?
    —¡Sí! ¿Cómo sabía…?
    —¿Porque soy tu padre? —Sonrió mientras posaba la palma de su mano sobre la cabeza del joven y le revolvía el pelo cariñosamente—. A ver, cuéntame qué te preocupa.

    Pero antes de que Carlos pudiera abrir la boca, Selmo apareció sosteniendo una ancha bandeja con dos grandes tazones de leche humeantes y varios tortos de maíz coronados, respectivamente, con huevos revueltos, jamón y queso; un par de casadielles aportaban el toque dulce al contundente y típico desayuno. Padre e hijo se miraron durante unos instantes, sonrieron, y se lanzaron al ataque, cada uno por un flanco, determinados a no tomar prisioneros. Selmo, que los observaba con satisfacción, pareció acordarse de algo justo en ese momento.
    —El tipo de anoche, ese al que le costeó la estancia, se largó antes de que amaneciera —dijo con tono reprobatorio, los brazos cruzados sobre el pecho.
    —Xuan —apuntó Xandru mirando al posadero mientras se llevaba una porción de torto a la boca. Me pregunto a dónde se dirigirá… En fin, supongo que ya nunca lo sabremos —concluyó tras encogerse de hombros.
    Selmo imitó el movimiento y se marchó a atender a otros huéspedes que ya bajaban a desayunar también.
    —Debería haberse esperado —comentó Carlos en tono quedo, como si temiera que sus palabras se perdieran más allá de la mesa que ocupaban.
    Xandru miró a su hijo con interés.
    —Así que es eso, ¿eh? Estás molesto con ese hombre, Xuan, porque no se deshizo en muestras de gratitud hacia nosotros. ¿Eso te hubiera hecho sentir mejor?
    —Pues sí… Bueno, no… No lo sé.
    —Piensa esto —Xandru acudió en ayuda de su hijo mientras se apoderaba de uno de los deliciosos dulces en forma de canuto—. Tú y yo lo sabemos, él también lo sabe… ¿Qué más hace falta?
    —Ni siquiera se ha despedido de nosotros —se quejó el joven.
    —Bueno, quizá eso nos habría resultado más agradable, supongo que con unas cuantas muestras de agradecimiento por su parte nos habríamos sentido mucho mejor… ¿Cuánto agradecimiento crees que necesitamos al día para sentirnos bien con nosotros mismos?
    —No sé —Carlos se hallaba confuso por el modo en que su padre se tomaba aquel asunto. No alcanzaba a comprender que no le diera importancia alguna.
    —¿Piensas que hicimos lo correcto ayudando a ese hombre? —preguntó de pronto a su hijo al tiempo que clavaba en él una mirada que denotaba cualquier cosa menos indolencia.
    Carlos no dudó en su respuesta.
    —Sí.
    —¿Y cuánta gente crees que debería saberlo?
    Aquella pregunta tomó al muchacho por sorpresa. Abrió mucho los ojos, pero desvió la mirada hacia la mesa mientras buscaba una respuesta.
    —Pues quienes lo sabemos ahora… y madre.
    Xandru suspiró antes de esbozar una pícara sonrisa.
    —Tu madre, de un modo u otro, se enterará de cuanto suceda en este viaje, y no dudes ni por un segundo que te acribillará a preguntas tan pronto como regresemos —rio divertido—. ¿Se te ocurre alguien más?
    —No.
    —Bien —dijo mientras se levantaba de la banqueta de madera—, pues en ese caso será mejor que salgamos cuanto antes para el mercado. Nos espera un duro día de regateo y tu madre se enfadará, y con razón, si no volvemos a casa con todo lo que necesitamos.


                                                                   ***


    El día de mercado, tal y como había vaticinado Xandru por la mañana, había resultado agotador para padre e hijo. Pero ambos se sentían satisfechos con el resultado: habían conseguido vender o cambiar todas las manzanas, castañas, patatas y queso que habían traído y, a cambio, su carro rebosaba de aceite, vino, telas de distintos colores y texturas, tabaco y varias herramientas que Xandru necesitaba para sustituir a algunas que, de viejas que estaban, constituían más un estorbo que otra cosa. Incluso le sobró algo de dinero que no dudó en emplear para comprarle a su mujer, Llara, un bonito vestido y un perfume que venía en un pequeño recipiente de cristal con forma de cúpula, muy elegante y decorativa. La fragancia que despedía se le había quedado grabada en la nariz. Deseó en secreto haber acertado, aunque no lo sabría a ciencia cierta hasta pasados unos días.
    —Padre, ¿crees que la mula podrá con nosotros y con el carro? —preguntó Carlos mientras observaba con ojo crítico todo lo que acababan de cargar.
    —No hay problema, si vemos que le cuesta mucho te bajarás a empujar —se burló Xandru mientras subía con agilidad al pescante.
    —De eso nada —rebatió su hijo—. Debería ser yo quien siguiera en el carro, que por algo peso menos… —Aceptó la mano que le tendía su padre y se sentó a su lado.
    —Esperemos que no haga falta—. Luego se dirigió a la mula—: ¡Vamos, Arabela! ¡Si te portas bien tendrás ración doble de avena! —azuzó al animal, que había girado hacia atrás las orejas nada más oír su nombre, y emprendió la marcha.


                                                                     ***


    Al llegar a la altura de la posada, Xandru tiró de las riendas para obligar a Arabela a detenerse. Padre e hijo quedaron estupefactos al contemplar el panorama que se ofrecía ante ellos, en nada parecido al que habían dejado atrás aquella misma mañana. El edificio principal se hallaba en el centro de un pequeño estanque, y una parte de la techumbre se había derrumbado dejando expuesto el interior de una de las habitaciones del piso superior. Algo más allá una dependencia auxiliar —que hacía las veces de cobertizo— parecía haber sufrido también la embestida de un destructivo diluvio.
    —¿Qué ha ocurrido aquí, padre?
    —Que me aspen si lo sé —respondió Xandru mientras se apeaba del carro sobre el camino de tierra seca, tierra que a unos escasos treinta pasos más adelante se transformaba en lodazal, y en una auténtica charca solo alrededor de ambos edificios.

    Un consternado posadero observaba los daños en la fachada de su negocio y se llevaba las manos a la cabeza, pose que alternaba con apoyarlas en las caderas. Parecía decir algo entre dientes, pero sus palabras no llegaban hasta Xandru y Carlos. Varios vecinos, que  habían acudido a interesarse por lo ocurrido, empezaron a distribuirse diversas tareas encaminadas a devolver al lugar un mínimo de habitabilidad.
    —¿Cómo ha podido caer tanta agua aquí y ni una sola gota en las inmediaciones ni en el pueblo? —alcanzó a preguntar Carlos.
    —No parece posible —dijo el hombre, aunque justo en ese momento pareció caer en la cuenta de algo importante—. A menos que…  —murmuró para sí.
    Xandru subió de un salto al carro, tomó las riendas de las manos de su hijo y azuzó a Arabela para que reanudara la marcha.
    —¿Por qué nos vamos, padre? ¿No nos quedamos a ayudar? —preguntó Carlos, sorprendido por la inesperada reacción de su progenitor.
    —Eso va para largo y nosotros no podemos quedarnos tanto, hijo. Algunos de esos hombres tendrán que reunir los materiales necesarios para las reparaciones mientras otros se dedican a desescombrar y limpiar, pero no creo que empiecen antes de que se haya secado lo suficiente todo ese barrizal. No te preocupes, como ves, ya han empezado a llegar unos cuantos vecinos, y seguro de que aún se sumarán varios más. Cuando pasen un par de días me acercaré con Arabela para echar una mano en lo que haga falta, pero ahora hemos de volver a casa. Tu madre nos estará esperando y no podemos pasar otra noche fuera.

    Continuaron el viaje en silencio durante un buen rato, cada uno sumido en sus propios pensamientos, rodeados a uno y otro lado de los familiares sonidos del paisaje, unas veces arbolado y asilvestrado, otras despejado y parcelado, a la espera de ser cultivado.

    Acababan de reanudar la marcha —tras hacer un alto a fin de aliviar sus vejigas— cuando, a la vuelta de una curva, se encontraron con una nueva desgracia. Pero en esta ocasión no parecía haberla provocado la lluvia o el viento, sino el pedrisco. La parte del camino que tenían a la vista y las zonas adyacentes se hallaban cubiertos por un manto de bolas heladas de tamaño medio, mucho mayores que canicas.

    Sin embargo, lo peor de todo radicaba en que la insólita tormenta —de la que, a juzgar por el azul intenso del cielo, nada más que el suelo daba fe de haber tenido lugar— había sorprendido a un mercader. Por el color rojo oscuro que teñía muchas de aquellas dañinas e irregulares esferas, el damnificado debía de ser algún comerciante de vino. En efecto, varias barricas se encontraban rotas, esparcidas por el suelo, y sólo unas pocas aguantaban sobre el también maltrecho carro. Del vinatero y del animal o animales que hubieran tirado del carro no había señales, por lo que Xandru supuso que el hombre se los habría llevado consigo al alejarse en busca de refugio.

    Padre e hijo detuvieron la marcha y se apearon del carro para hacer una inspección más detallada. Tras un rato mirando aquí y allá, Carlos se acercó a su progenitor; sostenía algo con las manos.
    —Reconozco esta manta de viaje —dijo el muchacho mostrando los restos agujereados y mojados de lo que había sido una manta de franela con cuadros negros y grises—. La vi ayer por la tarde, cuando dejamos el carro y a Arabela en el cobertizo de la posada. Estaba en el pescante de un carro situado al lado del nuestro, y transportaba toneles de vino.
    —Adrianu, el vinatero de la posada —recordó Xandru, cada vez más atónito por los extraños acontecimiento que acababan de observar. Prudente, el hombre optó por callar sus temores, pues no quería asustar a su hijo. Sin embargo, sus ganas de llegar a casa no hicieron sino aumentar.
    —Vamos, Carlos —animó a su hijo mientras se dirigía a su propio carro—. En este desastre ya nada podemos hacer, y cuanto antes lleguemos a casa mejor será para todos.
    —¡Voy! —respondió el muchacho, que miró la destrozada manta durante unos instantes, la arrojó a un lado y echó a correr no sin cierta dificultad sobre el húmedo e irregular suelo.


                                                                     ***


      Llara, alertada por los excitados ladridos de los dos perros de la familia, se asomó a la puerta principal a tiempo para ver cómo ambos animales, en su particular y escandaloso modo de celebrar el retorno de Xandru y Carlos, corrían, saltaban y movían enérgicamente la cola mientras rodeaban el carro del que tiraba la dócil y fuerte Arabela; padre e hijo trataron de calmarlos con unas cuantas caricias y palmadas en el lomo, aunque eso solo sirvió para que ambos animales trataran una y otra vez de lamerles la cara.  Por fin, Xandru y su hijo llegaron hasta la entrada, donde Llara los esperaba ya con una cálida sonrisa y un brillo extraño en la mirada.

    Echaron otro vistazo a la fachada de la casa, y también a los alrededores —ya lo habían hecho poco antes desde el carro nada más tenerla a la vista—, pero fue en vano; todo parecía normal, tanto allí como en el resto de edificaciones del pequeño pueblo, y no se veía rastro alguno de desperfectos o de cualquiera de los devastadores efectos ocasionados por una eventual tormenta.

    —¿Ha ido todo bien por aquí? —planteó Xandru no del todo convencido, incapaz de leer en el rostro de su esposa.
    —Tal vez deberías juzgarlo por ti mismo —fue la misteriosa respuesta que recibió—. Seguidme.
    Llara echó a andar hacia la parte trasera de la casa —donde la familia disponía de un terreno, mitad arbolado, mitad dedicado al cultivo—, seguida muy de cerca por sus intrigados marido e hijo, a los que se les sumaron los perros, mucho más calmados ya. Xandru y Carlos se quedaron sin habla nada más asomarse.
    Un radiante manto blanco cubría el terreno hasta donde alcanzaba la vista, pero en ningún momento llegaba a traspasar los límites del huerto, cuya tierra, eso sí, se veía húmeda, como cuando se beneficiaba de los efectos de una fina y continua lluvia. Xandru, pasados los primeros momentos de estupefacción, esbozó una leve y cómplice sonrisa que compartió con su mujer; ella se la devolvió.
    —¿Nuberu? —fue todo lo que el hombre necesitó decir, pese a estar casi seguro de la respuesta. 
    —Nuberu —confirmó Llara.
    Carlos, sin entender nada, observaba en silencio a sus padres mientras estos se abrazaban, luego echó una nueva ojeada al campo nevado y, a continuación, volvió a mirar a sus padres.
    Xandru y Llara deshicieron el abrazo, y el padre posó una mano sobre el hombro de Carlos.
    —Vamos dentro, hijo. Creo que tu madre y yo nunca te hemos hablado en profundidad de algunas de nuestras tradiciones más arraigadas. Ya va siendo hora de cambiar eso.

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  ¡Más de 100 cursos gratuitos!
Enviado por: Duncan Idaho - 09/01/2020 02:15 PM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas

Quizás hayas estado al tanto de su existencia o quizás no, pero 3D Buzz llegó a ser una web bastante conocida hace años en la podías encontrar muchos tutoriales y cursos dictados por varios expertos sobre una amplia diversidad de temas.

Desde animación, diseño, desarrollo de videojuegos y modelado 3D, hasta programación y edición de vídeo. Aunque la web se mantuvo online por casi dos décadas, en los últimos años, y tras la muerte de su fundador, Jason Bubsy, entró en estado durmiente.

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  Reto Nav19: Señora Moncha
Enviado por: Joker - 08/01/2020 07:25 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (6)

La verja del cementerio se abrió con un chirrido que hizo que la tierra bajo la que descansaban los muertos se removiese.

—¿Está segura de esto, señora Moncha? —La voz de Eugenio, sacristán del pueblo, sonaba desesperada—. Sé por experiencia que es mejor dejar descansar a los muertos, hágame caso. Ya han sufrido bastante en vida; por el amor de Dios; que es Navidad…

Oih que carallo, Eugenio. —Moncha, hipocorístico por el que se conocía a la señora Ramona en Pontecesures, empezaba a perder la paciencia. Enseguida dejó de hablarle en gallego para dirigirse a él en castellano. Debía de creer que, debido a las raíces manchegas de Eugenio, este no terminaba de entender el idioma. Ni a ella—. ¿Tú viste como me dejaron al nieto? —dijo con el marcado acento gallego de quien no tiene por hábito usar otro idioma—. ¿A ti te parece normal?

Eugenio le dedicó una mirada rápida al niño que se escondía detrás de la anciana. Apenas acababa de cumplir los nueve años, pero ya casi era tan alto como su abuela, aunque tampoco es que esta fuese muy alta. El pelo le nacía revoltoso y ondulado, tan negro que, si uno entrecerraba los ojos para mirarlo, parecía una extensión de las sombras que bailoteaban sobre las paredes del camposanto.

Eugenio apartó la mirada de inmediato. Era incapaz de aguantar por más de dos segundos la imagen que ofrecía el chiquillo, la visión de su cuerpo menudo cubierto de una sangre oscura que también manchaba su cara. Aunque lo peor era su brazo izquierdo, arrancado a la mitad del antebrazo como si alguna bestia se lo hubiese roído, masticado, triturado.

Suspiró y lanzó una última mirada suplicante a la señora Moncha.

—¿Y si fue un lobo? Quizá…

E dalle… —refunfuñó la anciana—. Ya no hay lobos en estos montes. Y tampoco fue un licántropo. Hace más de una década que no se ve a ninguno por aquí. Además, mira. —Cogió por el brazo cortado a Xian, que era como se llamaba su nieto, y se lo mostró una vez más—. ¿Tú crees que esto fue provocado por un lobo? Mira la forma de los mordiscos. Fueron dientes humanos. Además, mi Xian no miente, que en eso ha salido a la abuela. ¿Verdad, Xian? —La señora Moncha le mostró a su nieto una sonrisa en la que había menos de cinco dientes. Eugenio pensó que aquella sonrisa parecía una partida del ¿Quién es quién? que alguien había dejado a medias, pero no se lo dijo, claro. Vio que Xian le devolvía la sonrisa a su abuela y luego lo miraba a él. Eugenio lanzó una mirada rápida al brazo del muchacho y la volvió a apartar. El hueso asomaba partido a través de la carne sanguinolenta del brazo del chiquillo. Daba grima.

—Bu-bueno, pero que sea rápido, p-por favor, que va a ser medianoche y aún no he dado las campanadas.

La señora Moncha le sonrió y lo apartó de su camino con un pequeño empujón; luego se adentró en el cementerio.
Eugenio consultó la hora en el reloj y negó con la cabeza, maldiciendo en voz baja su mala suerte. Acto seguido pidió perdón, se persignó dos veces y siguió a la señora Moncha y a su nieto. No quería quedarse solo en medio de la oscuridad.



A Eugenio, que era un friolero, ver a la señora Moncha tan solo con un mandilón de cuadros, y una pañoleta en la cabeza, lo estaba poniendo enfermo. Le parecía increíble que la anciana no notase el frío. A aquellas horas de la noche, todas las flores del camposanto estaban cubiertas con una fina capa de escarcha; de xiada, como decían por allí. El cementerio se había envuelto de un niebla baja que sobrevolaba la tierra sagrada con dejadez, formando una suerte de cortinilla que hacía que las lápidas parecieran borrones desdibujados en un lienzo iluminado por las llamas de los cirios.

Y, sin embargo, allí estaba la señora Moncha, abriéndose paso entre el frío y la niebla con su cuerpo rechoncho y disimulando su cojera gracias a aquello que parecía un bastón, pero que no era un bastón, sino una escopeta Winchester sx3.

Eugenio apuró el paso. La tierra sobre la que caminaban había empezado a agitarse. Podía oír a los muertos debajo, gruñendo y cagándose en el cuerpo del santísimo. Parecían intranquilos.

Eugenio se volvió a persignar y rogó al Señor Todopoderoso que perdonara a aquellas almas pecadoras.

—A ver, Xian —dijo entonces la señora Moncha—. ¿Cómo era el… malnacido ese que te arrancó el brazo?

Xian miró a su abuela y se puso serio.

—Era muuuuy alto —dijo mientras levantaba los brazos, uno más corto que el otro, y abría mucho los ojos—, como papá cuando se transforma. Y tenía la cara… mmm… —Se miró el brazo roído—. Tenía la cara comida, como… como…

—Bueno, bueno —tranquilizó la Ramona a su nieto—. Con decir que era tan alto como tu padre llegaba. Veamos, no hay muchas lápidas que midan más de tres metro… Me cagho… Eu xa o sabía. Eu xa o sabía

—¿Qué pasa ahora? —se apresuró a preguntar Eugenio, inquieto. No le había hecho ninguna gracia la expresión de la anciana.

—Que ya sé quién anda detrás de todo esto.

La señora Moncha puso rumbo hacia un panteón de mármol negro y granito que se intuía a través de la niebla, a lo lejos. Eugenio la siguió echando miradas nerviosas hacia todos lados. Apartó con el pie un par de cartones de vino que alguien había dejado tirados y rodeó el panteón. Cuando llegó al otro lado, la señora Moncha ya tenía encañonado al muerto que estaba buscando.

Se trataba de Don Hipólito Seijas García (1929-1996). Al menos, eso rezaba su epitafio.

Acá yace Don Hipólito Seijas García
Que con un fósforo un día,
Fue a ver si gas había…
Y había.

Si no fuera porque estaba muerto de miedo, Eugenio hubiera soltado una risotada tras leer el epitafio que algún vándalo, haciendo uso de spray rojo, había pintarrajeado sobre la lápida de Don Hipólito. Pero enseguida pidió perdón por pecar en pensamiento y se agachó tras una cruz de mármol blanco.

Don Hipólito era enorme, iba completamente desnudo y su cuerpo, si a aquella cosa todavía se le podía llamar cuerpo, presentaba un estado de descomposición muy avanzado. La cara, tal y como la había descrito el pequeño Xian, estaba descarnada de mandíbula para abajo.

—Te dije que te llenaría el cuerpo de plomo si volvías a hacer de las tuyas, Hipólito —decía en aquel momento la señora Moncha.

El no-muerto se acercó a ella un paso, pero se detuvo en cuanto la vieja deslizó la corredera de la escopeta hacia atrás.

Raona, eso díselo a tu nieto, que se coió la ierna de i ujer y le arrancó un aghzo... un hrazo… Un…

—¿Un?

—Un brazo —aclaró el pequeño Xian a su abuela. Lo cierto era que entender a Don Hipólito, que carecía de labio inferior que lo ayudase a vocalizar, era toda una hazaña.

Don Hipólito asintió y le dedicó una mirada asesina al muchacho.

—¿Es eso cierto? —le preguntó Ramona a su nieto. Xian negó con la cabeza y amagó con echarse a llorar. Entonces la señora Moncha también negó y le acarició el pelo al pequeño. Después se dirigió a Don Hipólito—. Han desaparecido dos niños más del colegio de mi nieto, y no es la primera vez que te pillo arrancándole el cuello a alguna anciana indefensa. ¿Sabe eso tu mujer? ¿Quieres que le cuente lo que andas haciendo a pesar de que tenemos un pacto de no agresión?

—He dejado a tu ailia tranquila —se disculpó el muerto—. Raona… El acto dice que…

—… que nos respetemos. Si no, ojo por ojo y diente por diente. Eso dice. Así que ya sabes lo que te toca.

En ese momento, la señora Moncha disparó su Winchester sx3 y le arrancó el brazo izquierdo a Don Hipólito. El no-muerto aulló y corrió a enterrarse de nuevo bajo la tierra revuelta, a salvo con los suyos. Lo hizo a una velocidad tan rápida que, para un creyente como Eugenio, era difícil de asimilar.

Para cuando la señora Moncha recogió el brazo del difunto y se lo dio a su nieto, Eugenio ya había rezado veinte «Ave María».

—P-Por el amor de Dios, señora Moncha, ¿qué le voy a decir mañana al cura cuando vea el estropicio en el que ha convertido el cementerio? ¿No podía haber traído otra… cosa que no fuera una escopeta?

La señora Moncha le lanzó una sonrisa de las que le lanzaba a su nieto.

—Seguro que se le ocurre algo que decirle al tontainas ese. Y ahora marcho, que ya son horas y mañana tengo que ir a recoger grelos para hacer el caldo y plantar media huerta de patatas. Ya le daré un saco en compensación. Y, por cierto —añadió antes de darse la vuelta—, feliz Navidad.

Eugenio iba a responder, indignado. Pero entonces el viento silvó y, en un pestañeo, tanto la señora Moncha como su nieto se fundieron con la niebla y desaparecieron.

***

La señora Moncha corrió el visillo y le dio un beso de buenas noche a Xian.

—Y ahora a dormir y a portarte bien si quieres que los Reyes Magos te traigan los regalos. Ya verás como en una semana tienes el brazo regenerado. —Le dio otro beso y apagó la luz—. Y así me gusta, que no mientas ni te metas en líos. Los pactos de no agresión deben respetarse. Son una tradición que nos mantiene en paz con los seres del otro lado de la vida. —Sonrió al ver la mirada de súplica en la cara del pequeño—. Y sí, puedes comerte eso rápido si te apetece, pero quiero que estés dormido antes de que tus padres vengan de caza, ¿de acuerdo?

Xian asintió, entusiasmado. La señora Moncha cerró la puerta de la habitación y él se quedó solo. Sonrió de felicidad y comenzó a comerse el brazo de Don Hipólito. Cuando terminó, se levantó sin hacer ruido; no quería que su abuela lo pillase. Luego, con más cautela todavía, sacó otro brazo de debajo de la cama y comenzó a comerlo.

No había duda de que el brazo de la mujer de Don Hipólito era mucho más sabroso que el de su marido.

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