Fantasitura - Tu comunidad de literatura fantástica y afines
Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) - Versión para impresión

+- Fantasitura - Tu comunidad de literatura fantástica y afines (http://clasico.fantasitura.com)
+-- Foro: Escritura (http://clasico.fantasitura.com/forum-5.html)
+--- Foro: Tus historias (http://clasico.fantasitura.com/forum-11.html)
+---- Foro: Fan Fiction (http://clasico.fantasitura.com/forum-59.html)
+---- Tema: Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) (/thread-1703.html)



Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) - Sashka - 10/02/2019

CAPITULO 4

Llegaron a la cabaña sin contratiempo. Deila encendió una lámpara de aceite, echó leña al fuego agonizante y llenó una jofaina de agua. Cogió un trapo, lo sumergió y lo escurrió; luego empezó a lavarse los brazos despacio, el cuello, el rostro, el inicio de sus senos… El brujo la miraba mientras se quitaba las botas.
—Geralt —dijo ella—, Eniel me ha dicho que eres el Carnicero de Blaviken. ¿Es eso cierto?
—Sí, lo es, mi señora.
—¿Qué ocurrió en Blaviken? Tu versión.
Geralt recordó al momento. Córvida. El ultimátum tridamo. Su salida de Blaviken entre piedras que se estrellaban contra el escudo de la Señal que conjuró, lanzadas precisamente por aquéllos idiotas a quienes había salvado de una masacre. Miró a Deila a los ojos, dolido, harto de que su injusta leyenda le precediera allá donde iba.
— Elegí el mal menor. Por lo visto, fue una mala decisión. No debí haberme inmiscuido, al fin y al cabo, no era mi pellejo el que estaba amenazado. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Es que ahora te doy miedo, Deila?
— Qué tontería… No, no me das miedo en absoluto. Ya sé cómo es la gente. Sé cómo tergiversan las historias. Pudiera ser que las cosas no fueran como las cuentan, que no seas culpable de lo que te acusan. ¿Eres culpable acaso, Geralt?
El brujo seguía mirándola ceñudo. Ella dejó el trapo en la jofaina, cogió una toalla y se empezó a secar mientras se sentaba en una silla frente a él.
— ¿Qué crees tú?
Ella le miró, turbada y empezando a enrojecer sin aparente motivo. De improviso, como si acabara de tomar una resolución, se impulsó hacia delante y besó torpemente al brujo en los labios. Él, pillado por sorpresa, tardó unos segundos en devolverle el beso.
— Ahora ya sabes lo que creo— dijo ella al separarse, aún más turbada, sus mejillas ardiendo.
El brujo no dijo nada, la miraba sin saber muy bien cómo actuar a continuación. Ella era muy hermosa en todos los sentidos, y le gustaba; la deseaba, pero su conciencia se impuso: era demasiado joven. Aún no era una mujer. No debía.
Ella le miraba a los ojos, esperando una reacción que no llegaba. Entonces intentó repetir la acción, pero el brujo, levantando los brazos y tomando sus hombros, la retuvo.
—No, Deila.
—Sé lo que piensas. Lo veo claro como si tu frente fuera de cristal. Crees que soy una niña. Crees que no sería ético, menos tras tu promesa a Eniel.
—Y así es, mi señora.
—No, Geralt. No es así. Soy joven, pero hace mucho que no soy una niña. Y le prometiste a Eniel que no me harías daño, que no harías nada contra mi voluntad. Pero resulta que yo quiero. Porque, no me vergüenza decirlo, te quiero. Siento algo muy fuerte por ti, y creo que es amor, Geralt… Nunca había sentido nada parecido…
El brujo pareció azorado y molesto.
—No sigas hablando. Mañana te despertarás y te odiarás por haberme dicho eso.
—Nunca me odiaría por decir la verdad.
—Solo hace unos pocos días que me conoces, no puedes amarme. Es tu edad, esa edad que se deja fascinar por lo desconocido, por lo diferente, lo que te impulsa a creer que me amas.
—Deja de buscar argumentos para convencerte a ti mismo, Geralt. Yo sé muy bien lo que siento. Y sé que tú sientes algo por mí, lo he visto. Lo he visto en tus ojos, y lo veo ahora.
—Lo que ves es a un hombre que no es de piedra. Sabes que pienso que eres muy hermosa, porque lo eres. Cualquier hombre se sentiría atraído por ti, Delia. Pero todavía no eres una mujer.
—Pues hazme mujer. Hazme mujer, Geralt…
Ella volvió a aproximarse al brujo. Él dudó.
“Yo y solo yo tengo la culpa de esto. La he alentado yo. ¿Buscaba una respuesta? Pues ahí la tengo. Y ahora este brujo anticuado y obsoleto se debate entre lo que quisiera y lo que se debe”, se dijo.
Cuando estaba ya muy cerca de su boca, volvió a rechazarla.
—No.
Fue como si le hubiera dado una bofetada. Deila pestañeó y se retiró, mientras el rubor volvía a cubrir sus mejillas. Sus ojos revelaban su desazón.
— Perdona, sin duda… sin duda me he pasado de la raya… Me había olvidado de lo mojigato que eres.
En ese momento la vio vulnerable, como un gorrión bajo la lluvia, como cuando la acariciaba acurrucada en su regazo. Su seguridad se había hecho añicos. El deseo de abrazarla regresó a él como un ciclón.
“Ahora no te pongas a llorar, por todos los Dioses”. Pensó el brujo.
Casi al momento, oyó un sollozo. Y  sintió cómo su determinación se rompía en pedazos.
Deila se puso en pie, desencajada y con aspecto de no saber dónde meterse, dio dos pasos hacia la alacena. Pero el brujo también se levantó, la cogió de la muñeca y la atrajo hacia sí de un tirón. La curandera se encontró en sus brazos, pegada a su cuerpo, y al levantar la cabeza halló unos labios buscando los suyos.  La besó con fuerza, y Deila sintió que la boca del brujo se abría y que su lengua le acariciaba los dientes cerrados y el interior de sus labios, y sus ojos se abrieron de par en par, con asombro. Era su primer beso de verdad, el brujo lo supo, pero no se detuvo. A la vez, los dedos de Geralt recorrían su espalda suavemente, enviando escalofríos a todo su ser. Entonces, una mano viajó hasta su pecho y se ahuecó en él, amasando su tierna carne. Deila jadeo y cerró los ojos, dejando que, por fin, su lengua entrara en su boca.
El brujo se sintió entonces embargado por un deseo feroz.
“Ella es demasiado joven, ¿qué me está pasando? No debo… Es demasiado joven…” Pero ya era demasiado tarde, porque había dejado de verla como a una niña.
En la cabaña, sólo el crepitar de las llamas y el suave roce de las caricias rompía el silencio; y luego unos pasos, arrastrados, hasta la cama de la esquina. Se podía oír el sonido de los besos, de la ropa cayendo descuidadamente al suelo, del roce de las sábanas contra dos cuerpos.
Ella se dejó llevar por la experiencia del brujo, que la sumergió en un mundo de sensaciones totalmente nuevo. Recorría su cuerpo con manos hábiles y tiernas, la besaba haciendo que su piel se estremeciera, respondía a sus caricias con nuevas caricias que elevaban todavía más el grado de su excitación. Encontró rincones que la hacían gemir de placer, y ella supo que conocía muy bien a las mujeres. Y él se dio a ella sin pensar en sí mismo, porque era su primera vez; se condujo siempre suave, tierno, cuidadoso. Luego, cuando se puso sobre ella se detuvo, dudando en el momento decisivo, pero ella movió las caderas en protesta, animándole.  Cuando por fin entró en ella, Deila sintió una punzada de dolor y se revolvió, tensa, y el brujo se inmovilizó de nuevo. Lamió su cuello, lo besó y ella se estremeció, entonces volvió a moverse lentamente, mientras su lengua recorría suavemente la curva de su oreja, mientras mordisqueaba su lóbulo, hasta que ya no hubo resistencia ni dolor.
El silencio quedó roto definitivamente por susurros entrecortados, suspiros y jadeos, ella se aferraba a él y él a ella mientras el ritmo de las envestidas aumentaba, juntos, unidos en ese momento tan íntimo con las miradas entrelazadas, las manos entrelazadas y las almas entrelazadas. Y ambos estallaron en un éxtasis enloquecedoramente delicioso, mientras él se derrumbaba sobre ella y ella sentía el arrebato de su semilla en su vientre.
Luego regresó la calma.
El brujo se tendió a su lado, aún jadeante, y ella le miró sabiendo que era él, que siempre sería él, que nunca habría nadie más.
“He cometido un error”, se torturó el brujo. “Debí contenerme. Todavía no es una mujer”.
Deila rompió el silencio.
—¿Qué piensas, Geralt? ¿Ya te estás arrepintiendo? —dijo mientras acariciaba las cicatrices del brujo con un dedo, acurrucada en su abrazo.
“Maldita muchacha… ¿Puede realmente leer mi mente?” pensó él.
—Me estaba preguntando por tus problemas, esos a los que esta tarde hacían alusión los elfos, esos dos hombres que te atacaron, lo que te dijeron tus amigas en el mercado… todo es parte de lo mismo, ¿no es así? —mintió él. — ¿Qué está pasando, Deila?
Ella se incorporó un poco y puso su brazo en ángulo recto sobre la almohada, apoyando en él la cabeza.
— Yo toco unicornios, Geralt. Los unicornios se acercan a mí, e incluso dejan que les arranque algún pelo, si lo necesito para una cura. Hablo con ellos y ellos me escuchan. El señor de Rakverelin, el terrateniente que manda aquí en representación del rey, se enteró. Es un gran cazador, si es que el matar animales a sangre fría puede hacerle a uno grande… Y colecciona sus cabezas, que exhibe colgadas en el gran salón de su alcázar.
— ¿Quieres decir que intenta obligarte a ayudarle a cazar un unicornio? — le preguntó el brujo, asombrado.
— Sí, eso pretendía. Por supuesto, siempre me he negado. Nunca me he tomado demasiado en serio sus amenazas. Pero parece que se está impacientando…Tú estás aquí y él lo sabe.  Estallará de ira cuando se entere de que ya no le sirvo, de que actuó tarde. Ahora, el problema ya no es tal.
— No te entiendo…
— Qué tonto eres a veces, brujo… ¿Sabes al menos la relación entre los unicornios y las muchachas… hum… vírgenes?
El brujo asintió con la cabeza.
— Geralt, ¿te has dado cuenta de… bueno, que yo…?
— Si, Deila, me he dado cuenta —dijo estrechándola con sentimientos encontrados ante ese detalle.
— ¡Pues eso, brujo, que ya no volveré a ver unicornios! Ahora, aunque quisiera, no puedo ayudarle. Tendrá que meterse sus amenazas por donde le quepan.
— Un momento… ¿Acaso me has utilizado? ¿Era esto la ligera idea que tenías para librarte de todo eso, tal como le dijiste al elfo? — se enojó el brujo.
— No, no te he utilizado. Sí, Geralt, esto era la idea. Pero no para librarme de la amenaza, aunque es un beneficio colateral. Si mi propósito hubiera sido ése en exclusiva, me hubiera servido cualquiera. Y eso precisamente, brujo, era lo que no estaba dispuesta a sacrificar por el capricho de un señoritango. Es mi privilegio. Ese era mi privilegio, al que no quería renunciar. El de todas las mujeres, Geralt, ofrecerlo en el momento en que queramos y a quien queramos. Hoy, y no antes, he elegido; porque hoy, y no antes, he encontrado a alguien… por quien siento … y que es digno.
El brujo fue a decir algo, pero ella le acalló depositando dos dedos sobre sus labios.
— No digas nada, no ahora. No lo estropees.
Después, retiró los dedos y acercó sus labios a la boca del brujo, y le besó.
Geralt se reafirmó en su interior. Era casi una niña, pero no hablaba como una niña, ni pensaba como una niña… ni sentía como una niña. Definitivamente, empezó a verla como una mujer. Su beso inocente se intensificó.
Unos golpes en la puerta les sobresaltaron, y Deila se levantó como un resorte y se puso el vestido a una velocidad vertiginosa.
— ¡Voy! — gritó mientras se terminaba de vestir.
Abrió la puerta y se encontró cara a cara con una muchacha que se envolvía en una gruesa capa.
— Buenas noches, Deila— saludó, algo cohibida al ver al brujo en la cama de Deila, con el torso desnudo y las mantas alrededor de su cintura.
— Buenas noches, Nel. ¿Qué ocurre?
— ¡Ay, que mi hermana se ha puesto de parto! Mi madre me ha enviado a por ti…
— Deja que termine de arreglarme. Espera aquí.
La curandera cerró la puerta y corrió a ordenar mínimamente su cabello rizado, cogió el morral que siempre tenía preparado y se puso una capa. Luego se acercó al brujo, que yacía en la cama observándola.
— ¿Puedes dejarme a Sardinilla?
—Claro, cógela. ¿Quieres que te acompañe? —se ofreció.
— No, no. Seguro que va para largo. No se te ocurra esperarme despierto… Pero, por lo que más quieras, cambia esa sábana llena de sangre…
Luego salió deprisa y cerró la puerta.

El bebé berreaba enfadado, llenando de alegría la concurrida casa. Amanecía.
Después de cortar el cordón umbilical, la curandera limpió al recién nacido con una toalla, lo envolvió con un arrullo y lo entregó a Nel mientras volvía con la madre.
— Has sido una estupenda enfermera, Nel— le dijo a la atribulada joven, que salía ya por la puerta para enseñar al nuevo miembro al resto de la familia.
— Bueno, esto ya está. Guarda cama hoy, y no te duermas. Vigila que no sangres mucho, si es así, que me busquen inmediatamente.
Deila se acercó a la palangana y comenzó a lavarse los brazos. Fuera, en el comedor, se oyó un extraño tumulto, y la puerta del dormitorio se abrió bruscamente. Dos soldados irrumpieron, haciendo caso omiso a los gritos de protesta y empujones de la familia.
— Acompáñanos, curandera. Órdenes de Don Robert de Rakverelin.
— ¿Y si me niego? — les preguntó, altiva.
El soldado levantó el brazo y le asestó una fuerte bofetada con el revés de su mano enguantada. Ella sintió el calor de la sangre deslizándose por su nariz, se la limpió con los dedos y la miró con ira. Luego miró al soldado.
— Tienes suerte de que ésta no es mi casa, hijo de perra. No vuelvas a tocarme.
— ¡Ésta vez no hay cuartel, que lo entiendas! — le gritó con malos modos el soldado.
A empujones, la sacaron de la habitación. Al pasar junto a Nel, que apretaba al bebé contra su cuerpo, Deila la miró con ojos suplicantes.
— Devuelve el caballo…
— ¡Calla y camina, mujer!
Pero Nel había entendido.

Geralt oyó relinchar a Sardinilla y estiró el cuello para mirar por la ventana frente a la que estaba sentado, desayunando. Una figura encapuchada saltó del caballo y corrió hacia la puerta. No le hizo falta llamar, pues el brujo la abrió antes de que levantara siquiera el puño.
— Mi señor…— dijo Nel, alterada—. Se la han llevado, los soldados del alcázar, y le pegaron, mi señor…Me mandó a avisarle…
— ¿Se han llevado a Deila? ¿A dónde?
— Seguro que al alcázar de Rakverelin…
Geralt corrió a por su espada de acero, se escondió un puñal en la caña de la bota y salió afuera mientras sujetaba la hebilla. Montó de un salto en Sardinilla y tomó las riendas. La muchacha se acercó y las aferró, impidiendo su partida.
— ¡Mi señor! ¡No vaya usted solo! Debe avisar a los elfos… Los elfos, ellos saben… Por el camino del bosque, unas cuatro millas, veréis a los vigías… Preguntad por Eniel.
— ¿Los elfos? Bastantes problemas tienen ya con la autoridad como para meterse en más, y en el alcázar…
— ¡Hacedme caso, por los dioses! Ellos pueden ayudar mucho más de lo que creéis.
El brujo la miró a los ojos mientras reflexionaba en sus palabras. Decidió hacerle caso, y asintió con la cabeza. La muchacha soltó las riendas y se apartó del caballo, que salió disparado hacia el camino del bosque.

Los elfos le vieron a él antes. Geralt detuvo el caballo ante la amenaza de las flechas que le apuntaban directamente al pecho.
— Busco a Eniel —les dijo—. Decidle que el señor de Rakverelin se ha llevado a la curandera al alcázar.
Los elfos bajaron los arcos y uno de ellos corrió hacia la espesura. No tardó en volver, acompañado de Eniel y las dos elfas que el brujo había visto con él la tarde anterior. Cuando estuvieron cerca, Geralt bajó del caballo.
— Bienhallado, brujo— le saludó Eniel.
— Saludos. Vengo a por ayuda para Deila.
El elfo se crispó.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se la han llevado a la fuerza, al alcázar.
— Al final ha ocurrido. Se lo advertimos, pero es tan terca…— dijo Wiel, la elfa de cabellos blancos.
— No hay que esperar más —añadió Inia, moviendo sus negros cabellos en una negación—. Avisémosle. Niedamir debe saberlo, sólo él puede pararle los pies a don Robert…
— Estoy de acuerdo. Aunque, probablemente, cuando ella sepa que le hemos avisado, nos correrá a patadas por todo el bosque— sentenció Eniel.
— ¿Avisar a quién? ¿De qué diablos hablas? — explotó el brujo.
— De su hermano, rey de Caingorn. Deila es, en realidad, una princesa. Rebelde de la leche, pero princesa. Niedamir de Caingorn y ella discutieron, y ella dejó el reino.
A Geralt casi se le cayó la quijada de la sorpresa. Una princesa. Ahora lo entendía todo… Así que había desflorado a una joven princesa casadera. A él sí que iban a correrle por el bosque, pero con espadas. La punzada de arrepentimiento se intensificó, sin duda la había perjudicado con su falta de control.
— ¿Y estáis seguros de que acudirá, si ni siquiera se hablan? — desconfió el brujo.
— Pues claro. Es su única hermana, y la adora. Y con gusto le dará de patadas en el culo a don Robert; por lo que sé, le cae fatal— se rió Wiel.
— Vamos, escribidle unas líneas y mandar un pájaro— les apremió el hermoso elfo.
— No llegará a tiempo— afirmó Geralt.
— Su castillo está muy cerca. Ya no vive en la capital, se mudó con su corte para estar más cerca de ella, para que las noticias fueran frescas. Como estamos en la misma frontera, el rey Niedamir sabrá lo que ocurre en diez minutos, si enviamos al halcón. El rey puede alcanzar el alcázar en un tiempo sorprendentemente rápido— apuntó Wiel.
El brujo volvió a montar en Sardinilla, estiró de las riendas y el caballo giró hasta encarar el camino en dirección contraria.
— Sea como fuere, no le esperaré. Me adelanto, por lo que pueda estar pasando en el alcázar.
— Espera, brujo, te acompaño— dijo el elfo saltando a la trasera.

CAPÍTULO 5

Los guardias la metieron en un cuartucho y cerraron la puerta con llave. Deila se sentó en el suelo, contra la pared, y esperó.
Una hora más tarde, otros guardias vinieron a por ella. La condujeron, agarrándola de los brazos, por pasillos iluminados con antorchas hasta un gran salón. Al fondo, frente a una gran mesa de pulida madera de fresno, una solitaria figura bebía de una copa dorada con incrustaciones de piedras preciosas. Sobre la mesa, un copioso desayuno se extendía ante él con viandas selectas.
La llevaron frente al hombre. Don Robert de Rakverelin levantó la vista y la miró con altivez, se limpió la boca y las manos con una servilleta y se puso en pie. Era un hombre alto, moreno, con un espeso bigote y barba de color azul de tan negra. Sus ojos eran crueles miradores por donde se asomaba su oscura alma.
— Bienvenida a mi humilde morada— dijo con recochineo—. Vosotros, fuera de aquí.
Los guardias hicieron un escueto saludo militar y giraron sobre sus talones, rumbo a la puerta por la que habían entrado.
— Ven conmigo, curandera— dijo don Robert—. Quiero enseñarte mis trofeos.
Deila no dijo nada.
Alineados en las paredes, las cabezas disecadas de unos cien animales de distintas esspecies colgaban de los altos muros. Sus ojos de cristal reflejaban lóbregamente la luz de las lámparas de aceite, en actitudes fieras los más peligrosos, con serena belleza los inofensivos. El hombre la empujó suavemente por la espalda, obligándola a moverse. Comenzaron un recorrido siguiendo la forma del salón, paralelos a sus paredes, y, de vez en cuando, don Robert se detenía a explicarle la dificultad de la caza de los especímenes más raros.
La última base estaba vacía. En el rótulo de la base rezaba una palabra: unicornio.
— Vas a ayudarme por fin, curandera. Lo harás. Porque si no lo haces, te atendrás a las consecuencias —la amenazó.
Deila comenzó a reír. Las carcajadas retumbaron en el salón, multiplicando la burla.
— Ya no puedo ayudarte. Ya no puedo. ¿Comprendes lo que quiero decir, o te lo cuento con pelos y señales? — se mofó ella.
El hombre palideció visiblemente. Sus facciones se contrajeron de pura ira.
— Comprendo. Qué se le va a hacer, una pena —dijo con una calma que puso los pelos de punta a Deila— Vamos, quiero enseñarte algo más.
Don Robert se la llevó hasta una pared, donde había escondida con gran pericia una puerta, imposible de ver si no se sabía su localización de antemano. El hombre la abrió y la empujó dentro.
Siete cabezas de mujeres, apoyadas sobre siete pedestales de piedra, miraban al vacío desde la pared izquierda de la pequeña habitación. Olía a polvo y taxidermia, a química y a muerte. Deila se percató de repente de lo que eran: auténticas cabezas de mujeres, disecadas igual que las de los animales.
— Ésta es mi mejor colección— dijo don Robert con orgullo, acompañando sus palabras con un gesto que abarcaba los siete atriles—. Las siete mujeres más bellas, curandera, las siete esposas que he tenido. La última casi se me escapa, adivinó lo que les ocurrió a sus antecesoras e intentó huir. La más inteligente. Bellísima, dulce y suave como ninguna. Barba Azul, me llamaba…
Deila le miraba horrorizada. Comprendió que no saldría viva de esa habitación, por eso el señor de Rakverelin le enseñaba aquello, jactancioso. Disfrutaba de su terror, de su venganza.
— ¿Por qué me enseñas esto? — dijo ella, intentando aparentar una serenidad que no sentía.
— Porque voy a tener mi trofeo, a fin de cuentas. En puesto del unicornio, me quedaré con tu hermosa cabeza. ¿Acaso creías que ibas a reírte de mí? ¿Acaso creías que iba a permitírtelo? ¿Qué dejaría que una curandera de mierda me humillara?
—¡No soy una curandera de mierda, soy la princesa de Caingorn!
—Oh, sí, por supuesto que lo eres —se rió.
Don Robert comenzó a desenvainar lentamente la espada que colgaba de su cadera. Deila sintió un nudo atenazando su garganta, reculó unos pasos y se lanzó a la carrera hacia la puerta cerrada. La abrió justo cuando el hombre se abalanzaba, espada en alto, hacia ella. La tiró al suelo, Deila quedó tendida con medio cuerpo fuera de la habitación, se dio la vuelta y contempló la espada, implacable, bajando en busca de su carne. Aguantó la respiración, esperando el golpe fatal, pero otra espada interceptó el acero de don Robert, deteniendo la estocada.
— ¡Geralt! — suspiró la curandera con alivio cuando vio al brujo casi sobre ella, sujetando con su filo el hierro del otro.
— ¡Sal, escapa! — le gritó éste.
Ella se puso en cuclillas, pero Barba Azul la agarró del vestido en un movimiento muy rápido y tiró hacia sí. La mujer quedó en sus manos por un momento, pero el brujo, aún bloqueando su espada, tiró del brazo de Deila y se la arrancó. Don Robert ardió de ira al ver frustradas sus intenciones.
— ¿Acaso sea éste el haragán que se te ha beneficiado, zorra? — le espetó a la curandera escupiendo cada una de las ofensivas sílabas. Ella se quedó detrás de Geralt, mirándole con miedo y asco, conteniendo las lágrimas.
—¡Deila, vete de aquí! ¡Ya! — le gritó de nuevo el brujo.
Ella se sobresaltó, saliendo de su estupor, y echó a correr hacia la puerta de salida de aquél salón de los horrores, donde la muerte colgaba de las paredes. Al abrir la puerta, otra batalla se libraba tras ésta. Eniel se batía con tres guardias, en el suelo yacían dos más, muertos. Sin pensarlo, Deila recogió una espada y se puso al lado del elfo.
— ¿Estás bien? — le preguntó Eniel entre mandoble y mandoble.
— Vaya mierda de suerte la mía— se quejó ella, el elfo casi suelta una carcajada por su inusual taco si no hubiera estado tan ocupado. — Salir de la sartén para caer en las brasas…
— No desesperes, tu hermano está en camino…
— ¿Qué? — bramó ella—. Luego ajustaremos cuentas tú y yo, elfo…
Su modo de lucha cambió a una ofensiva iracunda, contundente, pues ahora estaba enfadada, muy enfadada. El elfo esbozó una sonrisa malévola.

Barba Azul se zafó del bloqueo de Geralt y lanzó un ataque muy rápido, pero el brujo lo esperaba y levantó la espada; la hoja resbaló por el filo con un sonido chirriante, enervarte. Realizó entonces una rápida media vuelta y pasó al ataque, pero don Robert era buen espadachín y previó la estocada, deteniéndola con pericia. Se sucedieron entonces una serie de golpes rápidos, ora de uno, ora del otro; pero el brujo atacaba con más frecuencia y avanzaba en tanto que el otro reculaba, quedando, como resultado, emplazados dentro del tétrico cuartucho. El caballero dio un amplio mandoble que el brujo esquivó con una pirueta, cruzaron los hierros de nuevo, y, al segundo embate, Geralt levantó la pierna, alcanzó el abdomen de don Robert y lo lanzó contra la pared. En la caída, el maquiavélico señor derribó dos de los atriles, y sus cabezas rodaron macabramente por el suelo. Geralt le puso la punta de la espada en el cuello. Barba Azul soltó su hierro y lanzó una terrible blasfemia, al ver las dos cabezas estropeadas a causa de la caída.
Eniel y Deila seguían midiéndose furiosamente con los dos soldados que quedaban. De pronto, en el vestíbulo aparecieron unos caballeros con armaduras plateadas y rojas capas a la espalda, portando en su pecho el escudo de armas de Caingorn.
— ¡Alto en nombre del rey Niedamir! — gritó uno de los caballeros, extendiendo su gran espada ante sí.
Los soldados del alcázar pararon en seco. Deila ni se detuvo a saludar a los recién llegados; agarró a Eniel de la manga y lo arrastró literalmente de nuevo al salón de las cabezas colgantes. Geralt salía ya del cuartucho, apuntando con su espada a los riñones de don Robert de Rakverelin.
Detrás de ellos también entraron los cuatro caballeros de las armaduras plateadas, más un quinto; el último portaba una fina corona dorada sobre los cabellos castaños. A grandes zancadas, se situó junto a la curandera.
— ¿Estás bien, querida mía? — preguntó el rey Niedamir acariciando el rostro de Deila.
Ella le miró a los ojos y soltó la espada. El sonido del acero contra la piedra retumbó en el silencio que cayó en la estancia tras aquella sencilla pregunta. Sir Jacob, sir Nevail, sir Sansbury y sir Durrell aguantaron la respiración sin apenas darse cuenta, expectantes a la reacción de su princesa, deseosos de que aquél conflicto familiar que duraba tanto ya, terminara. Y entonces, Deila se echó a los brazos de su hermano y sollozó contra su hombro, conmovida y aliviada. Los cuatro caballeros se relajaron visiblemente; dos de ellos bajaron discretamente sus viseras, emocionados.

Con motivo de la reconciliación de la princesa Deila y su hermano el rey Niedamir, y en honor al brujo que salvó su vida, en el castillo de Creyden se celebró una gran fiesta. Todo aquél que quiso acudir, fue bienvenido. No faltaron bardos, comida ni bebida, no faltaron tampoco ganas de festejar por parte de los invitados.
El brujo paseaba arriba y abajo en el vestíbulo de palacio, frente a la escalinata. Cuando Deila y él se separaron tres horas antes para arreglarse, ella le citó allí. Geralt vestía su propia ropa, pues había rechazado las lujosas vestiduras que se le ofrecieron.
Por fin sonaron unos pasos en lo alto de la escalinata. El brujo alzó la vista y encontró… a una princesa. La curandera portaba un bonito y largo vestido de seda verde. Sobre sus rizos, recogidos en cascada hacia atrás, descansaba una fina corona de oro con tres esmeraldas incrustadas, a juego con su vestido y sus increíbles ojos´.
Bajó las escaleras con elegancia, hasta llegar junto al brujo. Geralt la miraba atónito, pues no se parecía en nada a la curandera que conoció.
— Vaya…— articuló el brujo—, ahora sí pareces una auténtica princesa. Estas muy hermosa con ese vestido, Deila.
Los ojos de la joven princesa refulgían, reflejando la luz de las antorchas. Ella se sonrió, contenta por la admiración de Geralt, y se cogió a su brazo.
— No te dejes engañar, brujo. A mí, todo esto, ni frío ni calor. Vamos, tengo una sed espantosa.
Salieron al patio del castillo, buscando las mesas donde aguardaba la cerveza fresca y el vino de buena añada. La música sonaba y la gente se divertía, unos bailando, otros comiendo y bebiendo.
—Prométeme que volverás a bailar conmigo, brujo.
Él la miró con reproche.
—Vamos, prométemelo. No pienso dejar de atosigarte hasta que lo hagas…
Los ojos del brujo sonrieron.
—No puedo negarte nada hoy. Casi te perdemos, Deila. Si llego a demorarme un segundo más…
— ¡Geralt! ¡Geralt! — gritó alguien avanzando a codazos hacia ellos.
— Jaskier…— musitó él cuando le vio. Su memoria estaba ya casi completamente restablecida.
— ¡Que el diablo me lleve si te hacía tan al norte, brujo! — dijo alegre y sorprendido, palmeando el hombro del otro—. ¿Qué haces aquí, en esta fiesta?
— ¿Es amigo tuyo, Geralt? — preguntó sonriente Deila, que seguía cogida del brazo del brujo.
— Lo es.
— Entonces, eres bienvenido… Come y bebe cuanto gustes, diviértete en homenaje a tu amigo, pues hoy salvo mi vida —dijo orgullosa de él, con una evidente mirada de amor que al bardo no le pasó desapercibida.
Jaskier miró al brujo con picardía, y le guiñó el ojo.
— Vaya, vaya. O me lo parece a mí o al fin alguien ha conjurado el tercer deseo del djinn…
— ¿Qué es lo que dices, Jaskier?
— Me refiero a Yennefer…
Al salir ese nombre de la boca del bardo, Deila vio claramente un sutil cambio en el semblante del brujo. Notó también tensión en el brazo al que se asía.
Porque el brujo la recordó. A su mente acudieron los recuerdos del olor a lilas y grosellas; del torbellino de rizos negros sobre su bello rostro, de aquellos ojos violetas que, para él, se convirtieron en todo. Yennefer.
—Yen… —musitó.
— Me alegro de que por fin te desvincules de esa hechicera descarada y egoísta. No me caía nada bien. ¡Brindemos por ello! —celebró Jaskier, contento, desfilando hacia la mesa donde aguardaba la bebida—. Ven princesa, y te contaré la terrible lucha contra el d´jinn y lo tonto que fue Geralt.
El bardo se lo contó, añadiendo divertidos apuntes al relato, pero Deila no encontró la historia nada graciosa. Comprendió lo que significaba. Lo supo, y sintió una repentina debilidad extendiéndose por su cuerpo. Pues entendió que el brujo había recordado y, con ello, volvía a estar prisionero de ese último deseo.
—Entonces, ¿todavía la amas, Geralt? —Le susurró al oído.
Geralt miró a Deila a los ojos, muy serio. Ella le miró a él con esos ojos, de un verde imposible, rezumando esperanza, la esperanza y optimismo propio de la juventud extrema. Pero la mirada del brujo resbaló poco a poco por el rostro de la mujer y cayó al suelo, incapaz de mantenerla.
Ella no necesitó más. Soltó su brazo y se reculó unos pasos, aun mirándole intensamente, en sus ojos escrita la decepción y el dolor más profundos; y luego se dio la vuelta y se alejó, pasando entre la gente, con pasos firmes y serenos, sin mirar atrás. El brujo la vio marchar con tristes remordimientos, pero no se movió. No pudo hacerlo.
— ¿A dónde va la princesa, Geralt? No he terminado de contar tus historias…
— Sí lo has hecho. Y también has terminado nuestra historia, bocazas.

La tarde dio paso a la noche, una noche en vela para ambos. El castillo estaba silencioso ahora, las risas se habían extinguido, la música se había terminado. Y, aunque cada uno de ellos pensaba en el otro, ninguno salió de su habitación. Él, porque cualquier cosa que dijera sólo conseguiría hacerle más daño; ella, porque esperaba que él diera el paso. Y la noche dio paso a la mañana, una mañana de ojeras y resacas, de oscuras nubes en el pensamiento, de remordimientos y de dolor.
Deila lo vio desde su ventana, le vio ensillar su caballo, cargar su escaso equipaje. Y corrió escaleras abajo, desbocada. Siguió corriendo en el patio, hasta llegar junto a él. Se detuvo, extendió el brazo, y tocó la espalda del brujo. Suavemente, como sin atreverse.
Geralt se volvió hacia ella, taciturno, abatido.
— Así que te vas…— susurró ella.
El brujo no dijo nada.
— Geralt… escucha. Escúchame un momento, no te robaré demasiado tiempo.
El brujo escuchó.
— Geralt, tu vida… tu vida puede cambiar. Conmigo. Deja de exponerte por unas monedas. Deja de pasar penalidades. Al final de tu vida, cuando la muerte te encuentre, ¿podrás decir que has sido feliz? ¿Podrás decir que todo por lo que has pasado ha merecido la pena? ¿Que sirvió de algo? Y, a fin de cuentas, ¿para qué? Quédate conmigo. Te ofrezco una vida nueva, a mi lado…  Sé que no soy esa Yennefer, pero estoy segura de que sabría hacerte feliz…
El brujo cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, turbado y nervioso.
— No puedo, princesa. Soy un brujo, sólo eso. Un brujo a la sombra del destino.
—Ya veo. Tú eres un brujo, yo una princesa. No es posible. Qué triste excusa. Sigo siendo la curandera que conociste, la misma que te cuidó, brujo. No soy, ni seré, la princesa de Caingorn. Te dije que todo esto no me importa.
—Sabías que tarde o temprano me iría. Sabías que era un brujo, te advirtieron.
—No quiero que te vayas… No quiero ser otro corazón roto que dejas atrás.
—No sabes nada de mí. No todo es tan fácil, princesa.
—No me llames princesa.
—Eres demasiado joven. Crees que estás enamorada, pero un día…
—No te atrevas a decirlo —dijo ella con voz profunda y quebrada, conteniendo las lágrimas. — No te atrevas a pretender saber sobre mi futuro o lo que encontraré en mi camino. Nunca amaré a otro. Lo sé. La vieja elfa vidente me dijo: solo un hombre en tu vida, hasta que ésta termine… Y ese eres tú, Geralt.
—Siento todo esto. Siento mi comportamiento. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te dije que no siguieras.
—Me lo dijiste, sí. Pero si te hubiera hecho caso, no hubiera estado en tus brazos. A pesar de lo que pueda suceder hoy, yo no me arrepiento.
—No quiero hacerte daño, Deila.  Pero no puedo quedarme. Aunque no me creas, es por tu propio bien.
Ella no insitió. De hecho, no dijo nada más.
Geralt montó en Sardinilla y sacudió las riendas. Ella le miraba estática, clavada en el suelo. Él no pudo mirarla. Le vio salir por la puerta de la muralla, y siguió allí quieta, respirando agitadamente. El rey Niedamir apareció a su lado y siguió la mirada de su hermana, vio al brujo cabalgando en la lejanía. Luego la miró a ella. A Deila le tembló el labio.
— Es un brujo. ¿Qué esperabas? — le dijo con suavidad.
Una sola lágrima cruzó el rostro de la princesa, y se rompió contra el suelo dejando una minúscula estrella en el polvo. Niedamir la tomó por la cintura y la acercó a él. En el silencio que mantenían los dos hermanos, mirando la figura ya borrosa del brujo, Deila terminó suspirando, lánguida.
— Me marcho, Niedamir. No puedo soportar este castillo, y menos ahora.
— Pero… pero yo pensaba que ibas a quedarte… Eres una princesa, hermana.
— Lo soy por el simple hecho de llevar sangre real en mis venas. Pero nunca harás de mí una princesa. ¿Lo entiendes?
— Lo entiendo, lo entiendo…— dijo él apesadumbrado.
Su hermana depositó un suave beso en su real mejilla, y luego, cogidos fuertemente de la mano, caminaron hacia la puerta de palacio.  
Eniel vio lo ocurrido desde la ventana de sus aposentos, y sintió la tristeza de Deila como si fuera suya. Más tarde le brindó su hombro, y ella lloró sobre este mientras le contaba su efímera historia de amor y el tercer deseo del djinn. Pero él, para su desesperación, poco más podía hacer por ella.

El hierofante esperaba en medio del claro, frente al gran roble. Tenía los ojos cerrados, como si meditase, pero en realidad no lo hacía: la esperaba.
Deila avanzó hacia él haciendo todo el ruido posible. Arrastraba los pies haciendo crujir las hojas caídas, golpeaba con sus botas el suelo a cada paso. Quería que el druida abriera los ojos. Le molestaba esa serenidad que irradiaba, porque ella estaba muy nerviosa. Y muy triste.
Por fin, llegó hasta él. Sólo entonces abrió el hombre los ojos, mirándola directamente.
— He venido a hacerte una pregunta, una sola pregunta— le dijo, sin más preámbulos.
— Hacedla, majestad.
— Déjate de majestades, Sethedor, no me molestes con esas tonterías.
— Te escucho— dijo el druida con ojos risueños. Le encantaba pinchar a la voluble princesa con su odiado rango.
Ella bajó los ojos y se mordió el labio antes de hablar, como si temiera hacer la pregunta por la que había recorrido varias millas a pie por la peligrosa montaña.
— ¿Volverá a mí?
— Difícil de ver es, muy difícil.
— Un sí o un no es suficiente— se impacientó Deila.
— Podemos ayudar al destino— dijo el hierofante, sacando de su túnica una botellita azul. Con mucho teatro, se la tendió a la mujer.
— ¿Qué diablos es esto? — preguntó mirando el sello, que contenía unas runas, del tapón del frasco.
— Una botella.
— No te hagas el gracioso, druida. Eso puedo verlo yo sola.
— Esto es la solución a tu problema.
Ella meditó un momento sus palabras.
— ¿Qué contiene? — continuó interrogándole.
— Un d´jinn.
— ¿Un qué?
— Un genio. Te concederá un deseo. Sólo uno.
Deila frunció el ceño y miró con dolor al druida.
— Un d´jinn… ¿Para qué, Sethedor? ¿Para atar mi destino al suyo, como hizo él con la hechicera?
El hierofante la miró con gravedad ahora, severo.
—Pero piensa bien lo que haces. No actúes a la ligera, pues la vida de otra persona estará en tus manos. Y también la tuya, Deila. ¿Podrás soportar saber que tu fortuna es sólo producto de algo impuesto?
Ella miró al druida con intensidad, y luego miró la botella. La metió en su zurrón y fijó sus ojos de nuevo en el hierofante.
— Gracias, Sethedor.
El hombre la miró alejarse, sonriendo bonachonamente, sumido en sus pensamientos. Luego suspiró.
— Apuesto a que hará lo correcto, ¿verdad, Eniel? — dijo, dirigiéndose a un grupo de arbustos que de pronto se movieron en respuesta al druida.  Un elfo, que había estado agazapado tras ellos, se puso en pie y bufó con fastidio al haber sido descubierto.
— Por supuesto— respondió sacudiéndose la hojarasca de su casaca—. Ella siempre hace lo correcto.


Estaba sentada en el suelo, a la luz del hogar, contra la pared con las piernas flexionadas y un brazo alrededor de ellas. En la otra mano sujetaba la botellita del d´jinn. La miraba y la hacía girar en su mano, indecisa. Pensaba, pero no se decidía. Qué fácil sería. Y qué difícil vivir luego con la duda. Ella quería que él estuviera realmente enamorado, no por un deseo impuesto, pero la herida en su alma dolía demasiado, tanto que no podía soportarlo. Le extrañaba horriblemente.
Por fin se levantó, salió de la cabaña y se acercó al bosque. De pronto, levantó el brazo que sujetaba botella y la lanzó lejos, a la oscuridad que se extendía más allá de la escasa luz que salía por la puerta de su cabaña. Observó, con el corazón lleno de angustia, cómo desaparecía en una parábola, un brillo azul que se extinguió rápido. Luego se dio la vuelta y entró de nuevo, como un alma en pena, como una ilusa que acababa de tirar a las letrinas su propia felicidad.
No demasiado lejos de allí y no mucho después, un elfo de cabellos castaños se encaminaba a su hogar soplando el interior vacío de una botellita azul, que producía un sonido grave. El elfo parecía taciturno. Nunca le habría de contar a Deila que usó al d´jinn, que ató su destino al del brujo, pues no soportaba ver a su amada tan triste y deprimida. El brujo es un buen hombre, se dijo, juntos serán felices.

Apagó el candil de un suave soplido y se metió en la cama. Llevaba dos días sumida en su depresión, sin salir de la cabaña, sin salir de su cama. Sus hermosos ojos estaban hinchados de tanto llorar, no comía, se sentía enferma de melancolía. Ni siquiera Eniel y su paternal ternura la reconfortaban. Después de mucho rato dando vueltas, cayó en una especie de duermevela en la que pensamientos encontrados se sucedían. Debiste usar al d´jinn, se decía. Hiciste bien en no usarlo, se decía después.
Quería olvidarle, pero no podía. Y dolía. Oh, cómo dolía.
Le pareció oír unos cascos, un suave relincho. Unos golpes quedos en la puerta. Se levantó con esfuerzo, una urgencia, pensó. No tengo el cuerpo para urgencias, se dijo, y ánimos, menos. Abrió la puerta con parsimonia, bostezando cansada, muy cansada. Y allí, ante ella, estaba él.
Se miraron a la luz de la luna, sin poder articular palabra.
Ella esperaba a que él se decidiera a hablar, y él no sabía por dónde empezar. Pero no le hicieron falta palabras, cuando su abrazo se lo dijo todo. La apretó contra sí fuerte, y ella le echó los brazos al cuello, enredó sus dedos en los cabellos blancos como la nieve, sin podérselo creer.
— Sigo sin ser Yennefer…— le susurró Deila, con algo de miedo, al oído.
— Yennefer… Ya no me da ni frío ni calor. Sólo puedo pensar en ti. Perdóname, perdona a este brujo tonto de capirote— dijo separándose un poco y mirando sus hermosos ojos de un verde imposible, ahora hinchados.
—No me dejes nunca, Geralt, no vuelvas a dejarme…
—Jamás te dejare, Deila.
Ella no pudo evitar una sonrisa, sintiendo un júbilo como nunca había sentido. El brujo la besó de esa manera que la volvía loca, acariciando con su lengua la boca de la muchacha, derramando en ella su sabor y percibiendo el suyo. No cesaron el beso mientras entraban en la cabaña, mientras cerraban la puerta, mientras buscaban a tientas la cama. Y se amaron sobre aquéllas sábanas que olían aún a melancolía y a lágrimas, lágrimas que se secaron al calor de su amor.

* * *
(Sugerencia del autor: recomiendo leer el siguiente párrafo mientras suena el corte nº 24 "silver sword" de la banda sonora del juego The witcher 1. Creo que queda espectacular)

Aquellos fueron los mejores tres años de la vida del brujo. Junto a ella, conoció la estabilidad, el amor correspondido y pleno, la felicidad que hasta entonces le había sido esquiva. Siempre juntos, inseparables, consumidos por una pasión el uno por el otro que emocionaba al mismísimo rey Niedamir.
Pero él era verdaderamente un brujo a la sombra del destino. Y el destino es ineludible, no se le puede contener, ni engañar.
Deila contrajo las fiebres tifoideas que azotaron Kovir, y murió en la cabañita junto al bosque, cogida de la mano de Geralt. Fue enterrada en el castillo de Creyden, en el panteón real. Sólo tenía dieciocho años.
Ese mismo día, el brujo dejó Caingorn rumbo a Cintra con la promesa del rey Niedamir de que siempre sería bienvenido en su reino. Pero Geralt de Rivia nunca regresó allí. Jamás. Tampoco volvió a hablar de ella, porque dolía demasiado.
Se llevó con él los tiernos recuerdos de aquel amor y se los guardó para sí, para que le reconfortaran en las duras noches de invierno, cuando acampara en soledad en cualquier bosque siniestro.

Extrañamente, al poco, volvió a pensar en Yennefer como antaño lo hiciera, el tercer deseo volvió a imponerse. Pero nunca olvidó su amor por Deila, pues llegó a ser real. Y, a pesar del dolor, supo que valió la pena.


EPILOGO

El ataque de lo scoia´tael podía haber sido su final, pero un elfo le reconoció y ordenó no rematar a aquellos dos. Tanto el brujo como Jaskier estaban heridos, al igual que el elfo.
Se despertó en una choza que hacía las veces de enfermería. Miró a su alrededor y vio al elfo en la cama de al lado. Le estaba mirando.
—Geralt…
—Eniel…
Al verle regresó. El fantasma del recuerdo. Ese que no quería afrontar, ese que aún estaba demasiado cerca y mordía, y hería y mataba como un enemigo más que se le enfrentaba, uno que era inmune a sus espadas.
El recuerdo de aquel tiempo, aquel tiempo que trataba de enterrar en lo más profundo de su mente, que guardaba entre paréntesis, que intentaba mantener a distancia, volvió. Ese recuerdo de ojos de un verde imposible, que dolía, que rasgaba por dentro, que daba ganas de gritar con un grito furioso, desesperado, rabioso. Ese mismo, que le llenaba también de ternura, de calidez, de añoranza atroz. Ese recuerdo, salió impune de su celda como si los barrotes fueran humo, y corrió directo a su corazón, vengativo y cruel. Pero su rostro no dejó traslucir esas emociones, tal vez sus labios tensos las delataban.
— ¿Qué haces en Temeria? ¿Qué haces con los scoia´tael? ¿Precisamente tú, con los scoia´tael?
—Me fui de Caingorn al día siguiente de hacerlo tú. Llevo dos años aquí, y me uní a la causa. Esto no son las Montañas Dragón. Aquí persiguen a mis hermanos, lo sabes.
—Lo sé.
—No pensé volver a verte, brujo.
—Yo tampoco. Ni quería.
En la choza anidó el silencio. Ambos estaban allí físicamente, pero sus mentes se habían ido de viaje, estaban en una cabaña junto al bosque, lejos en el tiempo. Eniel fue el primero en regresar.
—Yo no lo he conseguido, Geralt.
—¿El qué?
—Olvidar. Ahogar ese dolor. Seguir como si nada. Te envidio.
El brujo calló.
—La veo constantemente, brujo. La veo recoger celidonia cuando voy por el bosque, la veo bailar cuando oigo música, siento su mano en mi rostro cuando estoy triste.
Silencio.
—Yo la amaba. Yo la amaba, pero te la entregué dócilmente. La puse en tus manos porque la amaba. Porque ella te amaba a ti. A veces me arrepiento. A veces me pregunto, me pregunto si…
—Quizá. Tal vez. Porque la espada del destino tiene dos filos. Uno soy yo, y el otro es la muerte. Y yo lo sé, elfo, sé que la muerte me persigue. Creí ingenuamente que había dejado de seguirme. Y la muerte se burla de mí, porque yo no muero, mueren los que tengo a mi lado. Por eso la dejé, rompiéndole el corazón, por eso me fui de Caingorn aquél día. Por eso no quise mirarla a los ojos, o no hubiera podido.
Eniel suspiró, sonó como un gemido.
—Voy a contarte algo, brujo. Algo que no he confesado a nadie hasta hoy.
El brujo giró la cabeza y le miró, pero Eniel rehuyó su mirada y la posó en el techo.
—El hierofante le dio un d´jinn a Deila. Un solo deseo, le dijo. Ella sufría por tu culpa, cómo sufría, y el d´jinn era la solución.
Geralt se incorporó, su herida le mordió, pero ignoró el dolor. Sintió un extraño frío extenderse por su pecho, el frío de la traición. El frío del rechazo a una acción que manchaba la pureza del recuerdo de ojos de un verde imposible.
—Ella hizo… ¿lo hizo?
El elfo negó con la cabeza.
—No, brujo. Ella tiró la botella, lejos de sí, la lanzó al bosque. Pero yo estaba allí, siempre vigilante, temiendo que en algún momento cometiera una estupidez. Ya amenazó a su hermano una vez con quitarse la vida, Geralt, y la veía capaz. Su hermano también. Yo recogí la botella, brujo. Yo usé al d´jinn. Yo te traje de vuelta a sus brazos. Y, por lo que dices, entonces yo la puse al alcance de tu espada del destino.
El brujo volvió a recostarse en la almohada, se dejó caer, vacío de la tensión que le había impulsado a incorporarse, aliviado por un lado de que su recuerdo siguiera intachable, pero por otro, más oscuro y egoísta, decepcionado. Porque, tal vez, el aborrecimiento a su acción haría que doliera menos. Quizás. ¿Quizás?
No dijo nada.
—Callas. ¿Por qué callas, brujo? Tu silencio es peor que un reproche. Tu silencio es vacío. Un vacío como la tumba, como la muerte.
El brujo cerró los ojos. Las palabras del elfo lo llevaron, sin quererlo, a aquél aciago día. A aquellos días que quería olvidar a toda costa porque no quería revivir el terrible dolor que sintió, la pérdida que dejó su alma despojada, la incredulidad que le asfixió, que le oprimió, queriendo negar la realidad. La volvió a ver en sus recuerdos, los ojos de un verde imposible cerrados para siempre, preciosa hasta en la muerte, cuando era introducida en su última morada de piedra fría y gris, mientras reprimía un grito de horror que atenazaba su garganta, porque no podía ser posible, ella no, ella era tan joven…
Y su bloqueo se desgajó, dejándolo libre por fin, dejando de reprimir sus sentimientos.
—Mi silencio es dolor, Eniel. Porque yo también la amé. Porque me acostumbré a su presencia y la adoraba, y me fue arrebatada. Porque adoraba sus caricias, adoraba sus sonrisas, su olor, su risa, sus besos y su pasión y me fueron arrebatados. Porque no me acostumbro a su ausencia. Porque, de repente, fui expulsado del paraíso. Porque no puedo volver, no puedo hacer nada más que echarla de menos. Por eso callo.
El elfo sintió un nudo en la garganta. Unas lágrimas irreprimibles inundaron sus ojos y cayeron, rápidas, hacia los lados. El brujo no podía. No había lágrimas para él, pero sí sentimientos. Se dejó apalear por esos sentimientos, dejó que le alcanzaran de nuevo, con consciencia de ello. Pensó en ella una vez más. Revivió los buenos tiempos, se dio permiso para revivirlos. Sonrió con melancolía.
—¿Te arrepientes, Geralt? De haberla conocido.
—Nunca, Eniel. Eso no. Eso nunca.
—Yo tampoco. Yo tampoco, brujo.
¿Es mejor vivir siempre bajo un cielo nublado, o echar de menos el sol cuando se esconde? ¿Es mejor no saber nunca lo que es una puesta de sol frente al mar? ¿No haber conocido los colores antes de quedarte ciego? ¿No haber oído las más sublimes melodías antes de quedarte sordo? No, no se arrepentía, a pesar del peso de su ausencia.
Se sintió aligerado. Si no la hubiera conocido, su vida hubiera seguido siendo monocolor, sin un paréntesis de colores vivos. Y se dio cuenta de que, a pesar de todo, era afortunado. Y el dolor menguó, se hizo más soportable.
—Gracias, Eniel. Gracias por haber renunciado a todos esos momentos. Por habérmelos regalado a mí. Porque sé lo difícil que debió resultarte no caer en la tentación.
—De nada, brujo. La hiciste muy feliz, y eso me reconforta.
Volvió a caer el silencio en la enfermería. Cada uno cavilaba, lamiendo sus propias heridas. Pero ambos supieron que les había hecho mucho bien hablar de ella. Hablar por fin sin tapujos de lo que sentían, de lo que reprimían. Porque solo ellos dos podían entender ese dolor. Porque ambos la habían amado.
Jaskier, de espaldas a ellos, parecía dormir, pero en realidad hacía mucho que estaba despierto. Agradeció estar de espaldas a la conversación mantenida por los dos hombres. Porque ni toda la poesía del mundo podía haberle conmovido tanto como lo hicieron las palabras del brujo.


RE: Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) - FrancoMendiverry95 - 08/05/2019

Era esta la última de las cuatro historias que subiste que me faltaba leer. Y era la más completa, la mejor desarrollada, que bueno que la encontré por rondar esta parte del Foro buscando otra cosa. Al comienzo, mientras el brujo estaba herido, me recuerdo mucho a ese otro fanfic que me mostraste, ya sabes cual. Supongo que en algunas cosas te inspiraste en él. Pero así como en el otro la historia de la viuda y sus problemas con los aldeanos eran bastante anodinos, aquí tu lo trabajste mas, obteniendo un resultado mucho mejor. Me gustaron tanto las partes de acción como los diálogos, y aunque asegures que no te desenvuelves bien en ciertas escenas, en esta historia conseguiste algo muy logrado, sin tantos detalles como ese otro fanfic, pero muchas veces las insinuaciones funcionan mejor que los hechos concisos.
No tengo nada que objetar además de unos pocos errores en la primera parte, que los encontrarás tu misma si le das otra leída.
No creo que haga falta que te diga que sigas así.


RE: Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) - Sashka - 08/05/2019

No, este fanfic es más viejo aún que aquél,  qué casualidad! cuando leí aquél, que me gusta más que el mío, por cierto, me asombraron algunas similitudes en ambos, pero lo leí hace solo unos tres o cuatro meses, jeje! En realidad está inspirado en  el primer libro, pues si te fijas es el cuento de Barba Azul pero en el universo del brujo. Gracias, como siempre, por tus consejos.

PD. Es una historia super triste, pero tenía que matarla...


RE: Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia) - FrancoMendiverry95 - 08/05/2019

(08/05/2019 07:50 PM)Sashka escribió: No, este fanfic es más viejo aún que aquél,  qué casualidad! cuando leí aquél, que me gusta más que el mío, por cierto, me asombraron algunas similitudes en ambos, pero lo leí hace solo unos tres o cuatro meses, jeje! En realidad está inspirado en  el primer libro, pues si te fijas es el cuento de Barba Azul pero en el universo del brujo. Gracias, como siempre, por tus consejos.

PD. Es una historia super triste, pero tenía que matarla...

Pues si, debías. Es el hecho que da más drama al relato. 
Y con la similitud, cuidado, tal vez la autora le echó un ojo al tuyo entonces! Big Grin