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Reto Mar19: Pantomima. - Versión para impresión

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Reto Mar19: Pantomima. - Joker - 11/03/2019

PANTOMIMA

El montacargas se detuvo frente al túnel de piedra, y el emisario no dudó en internarse en este. Las luces instaladas allí no desterraban por completo las sombras, pero eso no detenía sus pasos. Tenía un trabajo que cumplir y pensaba hacerlo. Sus superiores querían establecer las bases del NBE, Nuevo Bloque Económico, lo más pronto posible. Una red de comercio que dejara en vergüenza a cualquier otra, así se referían al proyecto. Su particularidad era que los intercambios no serían entre pueblos o naciones, ni siquiera continentes. No, las transacciones serian entre realidades alternas.
Todo había comenzado con el descubrimiento del Nexo, la distorsión entre espacio y tiempo. A quinientos metros bajo tierra se encontraba la red de túneles y cámaras que conducían a otros mundos. El enviado se reuniría con el equipo que había formado a lo largo de los años con personas de uno de los otros mundos. Este en particular se hallaba dividido en dos facciones, el Archipiélago y el Continente.  Sus superiores querían instalar a un líder en el primero, uno que favoreciera un intercambio justo. Alguien respetado por los isleños, y que al mismo tiempo contara con cierta posición dentro del gobierno del continente. Con una paz estable entre estos dos será más fácil que la organización llevara a cabo las negociaciones.
Por desgracia esa persona no existía.
Era necesario prepararla.

Si la niña hubiera tenido uno o dos años más, el miedo a desobedecer las leyes la hubiera detenido. En ese caso no habría entrado al jardín de la Señora de las Válvulas. Pero al ser tan pequeña, la curiosidad pudo más y fue así como terminó debajo del árbol en el que su señora pasaba las tardes. De un momento a otro, estaba muerta.
Elliot vio el cadáver antes de que fuera entregado a sus padres. Reconoció las manchas en el cuello. Algo había caído sobre ella y una ponzoña traspasó la piel para entrar en la sangre. Orugas rayadas. No eran de la región, solo se las encontraba en los pantanos del norte. Una búsqueda minuciosa dio con los seres que reposaban entre las ramas del árbol. Alguien las había traído para acabar con la vida de la Señora de las Válvulas, y la investigación conducía a una embarcación lista para partir.
Esa era la razón de que Elliot se hallara en la cubierta del barco rojo y amarillo, con su borda repleta de pequeños faroles de aceite y sus marinos de torsos desnudos. Si algo lo diferenciaba dentro del grupo de investigación, era la máscara de gas con la que cubría la mitad de su rostro. Originario de los pantanos más profundos del archipiélago, necesitaba del filtro especial cargado de bacterias que hacían del aire común algo respirable para él. Esto solo fomentaba las leyendas que se contaban de su pueblo, cuyos cuerpos se habían amoldado al mundo traído por la Guerra de las Emanaciones.
—Como le decía inspector, en este barco solo viajan comerciantes honestos.
El capitán seguía a Elliot mientras examinaba los camarotes principales. No dejaba de chillar que aquella intromisión con el comercio interisleño era un insulto para los representantes de las tribus. A él no le importaba, su misión era velar por el bien de la Señora de las Válvulas y su familia, la misma que desde generaciones se ocupaba de las bombas que evitaban que la Capital desapareciera bajo las aguas.  
Entró a otro camarote. Unos guardias lo confrontaron listos para batirse en duelo, pero una orden de su amo los contuvo. El joven que se hallaba en el centro fumaba una larga pipa de marfil cuyos efluvios se acumulaban en el techo. Las cuatro paredes eran un rejunte de finas sedas y cojines de exquisito bordado. Era un miembro de la realeza y como tal se expresaba.
—Ah, el fiel sirviente de nuestra señora. Me honra con su presencia.
—Principe Reyull. Lamento estas medidas, pero la situación lo requiere. Tengo que revisar su camarote.
Incluso tras la máscara la voz de Elliot sonaba clara y autoritaria.
—¿Qué situación? —preguntó con interés el príncipe antes de dar una nueva bocanada.
—Un atentado contra la señora de las válvulas.
La pipa cayó al suelo y el semblante del príncipe se volvió tan pálido como esta. Abordó a Elliot con toda clase de preguntas que respondió a medias. También protestó cuando los cuchillos de los oficiales destriparon sus cojines, pero eso no detuvo el procedimiento. Aquella inspección sería considerada un insulto para sus socios comerciales, mas él solo pensaba en la seguridad de la familia real. Era su deber protegerla. La facilidad con que los rebeldes habían llegado al jardín evidenciaba una extensa red enemiga. Contaba con pocos hombres de confianza.
—Es terrible —murmuró el príncipe—. Un intento de asesinato justo después de un parto tan trágico.
Las noticias de la muerte de la futura heredera corrían como el fuego durante las sequías. La situación brindaba muchas oportunidades a quien supiera aprovecharlas, en especial a DEINOS.
Elliot  reparó en el gran incensario del rincón. Acercándose a este removió la tapa y se encontró con varias hojas chamuscadas que reconoció de inmediato.
—Maguza.
—Me gusta el aroma. Las quemó con frecuencia.
—Es el alimento de la oruga rayada.
La espada de Elliot dejó su funda y se plantó a centímetros del cuello del príncipe. Tras él, los guardaespaldas reales llevaron sus manos a las pistolas, pero se detuvieron al sentir otros cañones contra sus nucas. Elliot sonrió para sus adentro por la eficacia de sus hombres.
—Pongan bajo custodia al príncipe —ordenó.
—¡Espere un momento! No hice nada. Mi criado le compró esas hojas a un comerciante.
—¿A quién?
—Uno que venía en este barco. Holland.
—Lo vi en la cubierta. Junto a los botes salvavidas —Agregó uno de los agentes.
—Tú, asegúrate de que el príncipe ni sus guardias dejen el camarote —le ordenó Elliot al otro antes de señalar al que había hablado—. Llévame.
En el camino se toparon con más agentes: algunos fueron enviados para asegurar al príncipe mientras que otros se sumaron a la búsqueda de Holland. Al llegar a los botes vieron al comerciante en uno de ellos, alejándose sobre las aguas con rumbo a una de las islas vecinas.

Sus hombres permanecieron en el barco. Solo él se encargaría de perseguir a Holland. Aquellos pantanos no eran para cualquiera. En el mejor de los casos serian una carga, en el peor una baja. No podía permitirse ninguna de las dos. Pese a que salió detrás del sospechoso, las constantes curvas del río, la espesa niebla y la exuberante vegetación evitaban que viera más allá de los treinta metros. Sin embargo oía el ronroneo del motor y con eso bastaba de momento.
Para Elliot ese era su entorno natural, el lugar del que había venido y cuyas leyendas se hallaban inscriptas en su sangre. Mientras más lejos de la civilización, más cerca del corazón indómito del archipiélago. Hasta donde sabía, el mundo consistía de aquel puñado de islas salvajes y el continente. No conocía el segundo, pero oía mucho de DEINOS: El conglomerado reunía a las empresas sobrevivientes a la Guerra de las Emanaciones y se encargaba de controlar la vida en el continente. Estos dos mundos mantenían relaciones amistosas, pero como la Señora de las Válvulas sospechaba, DEINOS quería control del archipiélago. Eso no sucedería bajo su gobierno y de ahí que un grupo rebelde recibiera su patrocinio de un “misterioso” benefactor.
—La Capital sobrevivirá —se repetía Elliot cada vez que recordaba el panorama.
Tal vez no fuera su patria, pero era el lugar que lo había acogido después de que su hermano muriera. Lo había enterrado bajo las raíces de El Primer Árbol. Las historias de su pueblo contaban que aquel era el primer habitante del archipiélago y que sus raíces unían las islas. Ellos habían descubierto que era una leyenda con partes de verdad. Sus raíces solo corrían por una isla, pero todo en esta estaba conectado: las plantas intercambiaban información, al igual que los insectos y aves que se posaban en ellas.


El río  se ensanchaba y de un momento a otro el bote se encontró en el Lago de las Islas. No era un nombre elaborado, pero decía lo necesario del lugar. Pequeñas islas brotaban aquí y allá, colmadas de helechos, cipreses y palmeras de diversos tamaños. Aves de voces extrañas cantaban desde las ramas, y los ojos helados de los reptiles observaban desde las espesas aguas. No había ni rastro de Holland.
Condujo el bote con cuidado de no chocar contra alguna roca. La espesura devoraba el sonido del motor y al cabo de unos minutos comprendió que no encontraría al fugitivo así. Se acercó a la isla más cercana y saltó a la tierra húmeda llevando a la espalda un pesado rifle de caza mayor. Buscó un punto estable entre las ramas de un árbol y al hallarlo empezó a trepar sin dificultad.  
Los gemidos de los cocodrilos y los gritos de las aves eran una de las muchas nanas a las que estaba acostumbrado. Por eso se sorprendió al notar su ausencia. El silencio reinaba entre las islas, y mientras que cualquier otro hubiera pasado esto por alto, el cerebro de Elliot tensó cada musculo como un resorte. Cuando la gigantesca cabeza salió despedida hacia él, alcanzó a saltar antes de que las mortales fauces se cerraran alrededor de las ramas. Los helechos amortiguaron su caída y sin detenerse se lanzó a la carrera. Escuchó el pesado cuerpo cayendo a tierra, aplastando el bote bajo una mole de carne y escamas. Su intrusión había enfurecido al Rey del lago.
Miró sobre el hombro para descubrir la reptiliana cabeza que apartaba la vegetación con violencia. Superaba los dos metros, cubierta de escamas de un verde oscuro. Desde ella observaban los fríos ojos amarillos. En tierra el kapro se volvía torpe y lento, sin embargo la isla era pequeña, no había espacio suficiente para eludir al Rey por mucho tiempo.
La situación era extraña. En todos sus años de vida, el viejo Rey nunca había atacado al hombre sin provocación: Prefería cazar a los grandes saurios que se acercaban a beber en los límites de su reino. Una persecución en tierra no era habitual ni conveniente.
Elliot giró sobre sus talones a la vez que sacaba el rifle y apuntaba a la gran cabeza que se hallaba a cinco metros. Si la paz había sido quebrantada entre ellos ya no habría forma de repararla, esa era la ley en el pantano. Estaba tranquilo, respiraba con normalidad esperando el momento preciso. Jaló el gatillo y el estallido retumbo en cada isla cercana.
La bala abandonó el cañón del rifle y describió una trayectoria directa hacia las fauces abiertas del kapro. Pero justo cuando debía alcanzar su objetivo, la bestia bajo la cabeza a una velocidad inesperada. El proyectil golpeó las duras escamas, y rebotó para perderse en algún rincón de la isla. El caimán no detuvo su avance y la pesada cabeza lo golpeó como un ariete. El rifle escapó de sus manos y el suelo bajo sus pies desapareció hasta que volvió a sentirlo contra su espalda.
Aunque aturdido logró girar a un lado antes de que los grandes dientes se cerraran sobre su cuerpo. Justo cuando la bestia embestía de nuevo alcanzó la rama más cercana de un salto, pero esta se quebró al recibirlo. Cayó a cuatro patas sobre la cabeza del Rey.
Respirar se volvía difícil. Allí donde el kapro lo había golpeado podía asegurar que algo se había roto. La cabeza le daba vueltas y sabía que estaba alcanzando el límite. Se movía por instinto, pero sin la menor idea de cómo salir de tal predicamento. El caimán se sacudía tratando de quitárselo de encima, y él apenas podía resistir. Lo oía aplastando cuanto se cruzaba en su camino.
Nuevamente salió disparado por los aires. Intentó levantarse, pero se derrumbó al dar un paso y su rostro se hundió en el barro. No podía verlas, pero las aguas acariciaban sus cabellos. La fría humedad lo hacía estremecer. El tronido de la madera convirtiéndose en astillas entre los filosos colmillos, y los siseos de la bestia que se acercaba.
Intentó girarse, pero era inútil. Apenas logró voltear el rostro para respirar. El Rey era muy astuto, fuerte y salvaje. Una máquina de matar perfeccionada en el duro entorno del pantano. Se acercaba, y convencido de que la persecución había terminado se tomaba su tiempo.
Se detuvo. Elliot no entendió porque, pero el animal se frenó en seco y profiriendo un horrible ronquido comenzó a revolcarse entre la vegetación. La pesada cola se estrelló contra un árbol partiéndolo en dos y las fauces se abrieron y cerraron en un fuerte “clack”. El hombre sintió algo pasar a gran velocidad sobre su cabeza y un estallido delató que ese algo alcanzó al kapro. Este detuvo sus movimientos y el olor a carne quemada llegó hasta la nariz de Elliot. En aquella vorágine de sensaciones su cabeza empezó a distanciarse de la realidad. El ronroneo de un bote fue lo último que escuchó antes de quedar inconsciente.

Acercó el bote a la orilla y comprobó la caja de metal para asegurarse de que no dejaría de funcionar. «Un inventó impresionante», pensó con asombro. El repelente sónico no solo mantenía lejos a las fieras, sino que con la frecuencia correcta también permitía controlar a un ser como el Rey del Lago. Por desgracia tenía batería limitada, y con un largo viaje por delante era mejor reducir el consumo de energía.
Se lanzó a tierra de un salto. Elliot seguía inconsciente y el cadáver ya atraía a los pequeños carroñeros que chillaban entre los helechos. Antes de que alguno pudiera acercarse, colocó sobre el cuerpo del monstruo un dispositivo redondo y de un grosor de seis centímetros. Lo presionó y una espuma amarilla brotó del aparato para expandirse por el cuerpo del kapro. Espesa y burbujeante, quemó la gruesa piel del animal, los músculos y huesos. El proceso duró unos cinco minutos. Al terminar solo quedó un charco maloliente que sería absorbido por la tierra.
Holland contempló cada segundo del procedimiento, orgulloso de ver como el ácido que había ayudado a desarrollar podía destruir incluso a semejante bestia. Para él ese era el camino que los habitantes del archipiélago debían tomar si quería alcanzar el verdadero progreso. Ahora que había atrapado a Elliot, tal vez podría hacer que su voz se escuchara con más fuerza entre los rebeldes. Mejor aún, podía servirse del fallido atentado contra la Señora de las Válvulas para desprestigiar a otros que estuvieran por encima de él.
Su futuro era prometedor.
Volteó hacia el bote y vio a Elliot de pie en este, con un manojo de cables entre sus dedos. Pudo sentir como si se anudaban alrededor de su cuello. Acababan de destripar el repelente sónico. El color dejó sus mejillas y los temblores se extendieron por todo su cuerpo. De las aguas empezaron a emerger las cabezas de grandes cocodrilos que se dirigían a la isla. Con paso lento ocupaban cada rincón de tierra. Y no solo por delante. A su espalda también escuchó los siseos de más fieras.
Pero lo más temible de todo era ver a Elliot de pie y en silencio, con la mirada baja y sin inmutarse ante la horda de reptiles que pasaban a su lado. Las historias acerca del hijo del pantano brotaron en su cabeza como una marea que lo arrastraba al más profundo de los abismos. Holland dejó caer el lanzagranadas y su cuerpo lo siguió. Paralizado por el miedo vio a los monstruos acercándose con las fauces abiertas. En un último instante de libertad recobró el control de su cuerpo.
Y entonces grito.

El enviado se acercó a las llamas de la chimenea para dejar que el calor lo reconfortara. Afuera la tormenta crecía con fuerza, azotando el denso bosque en donde se ubicaba la cabaña. Pronto tendría que regresar a su propio mundo y lo haría sabiendo que su misión había sido exitosa. Vio a la mujer subiendo las escaleras con la bebe en brazos mientras Emile Credence se acercaba a él con la carpeta de archivos. El hombre trabajaba para DEINOS y era uno de sus infiltrados. Sin embargo, su mayor contribución se debía a que años atrás había viajado al archipiélago para regresar casado con una isleña. Un arrebato de amor que había causado muchos inconvenientes en su momento, y con todo, gracias a eso tenía el éxito asegurado. Sería fácil hacer pasar a la hija de la Señora de las Válvulas como el retoño de su unión.
Los rebeldes ahora creían que la hija de lo soberana estaba muerta. Esta se fortalecería en el continente al alcanzar un rango alto dentro de DEINOS. Emile se encargaría de eso último, y cuando su “hija” estuviera lista podría ocupar su lugar como soberana del archipiélago. El enviado había investigado a los rebeldes y sabía cómo sería su gobierno, después de algunas décadas el pueblo estaría suplicando de rodillas por un líder mejor.
A veces los métodos que usaba le resultaban desagradables, lo hacían sentirse sucio. Pero tenía que hacerse si quería que la humanidad sobreviviera a su predisposición por la extinción. Era increíble como en distintas realidades se repetía el mismo sendero de autodestrucción sin importar la variedad de factores que intervinieran. La Señora de las Válvulas lo había entendido y también Elliot, por eso permitieron que el plan tuviera lugar. Además era la única forma de salvar a la recién nacida de la ira de los usurpadores.
El enviado tomó la carpeta y poniéndose de pie se acomodó el impermeable. Dejó la cabaña sin decir nada, sabiendo que su plan necesitaba tiempo para madurar. Aun así, en esos momentos solo podía pensar en Elliot y en todo lo que había sacrificado para proteger a la hija de su señora. Sabían que había un plan para capturarlo con vida, pero no conocían los detalles. Eso no lo detuvo de correr el riesgo y cumplir con su papel. Esperaba volver a verlo.

La parte racional de su cabeza se había apagado y su cuerpo seguía el mismo rumbo. Ocultarse fue el último pensamiento que tuvo antes de entregarse al instinto que ahora gobernaba su cuerpo. Los moradores salvajes del pantano se hicieron a un lado mientras él avanzaba hasta su lugar de reposo en el corazón del archipiélago. Pocas veces pies humanos llegaban hasta esa región y cuando así era siempre pertenecían a los de su estirpe.
Fueron varios días de caminata, con las antorchas de los rebeldes siempre a su espalda. Las costas custodiadas por lanchas armadas con ametralladoras capaces de partir árboles a la mitad. Solo cuando traspasó el gran muro de efluvios se sintió a salvo, pero todavía no era tiempo de detenerse. En la espesura se movían formas gigantescas que lo observaban con ojos de fuegos fatuos, pero no les temía.
Al final, lo vio elevándose como un monolito rodeado por la niebla y la vegetación espesa. El tronco de Él Primer Árbol se hallaba abierto como una vaina que lo aguardaba. Apenas se introdujo en él, la viscosa madera se cerró con lentitud. Las hojas cayeron ocultando la delgada apertura junto con todo rastro de Elliot.
Sus planes también tenían que madurar.


RE: Reto Mar19: Pantomima. - Sashka - 13/03/2019

Pues no sé que decirte, se me ha hecho un poco espeso. No me acaba de quedar claro todo el asunto... Creo que le falta diálogo para ser más fluido. Pero bueno, no te desanimes, es una opinión personal con la que puedes hacer una pelota y marcarte un básket a la papelera.
La idea de universos paralelos, que creo que las distintas realidades son eso ¿no? está muy bien. Que en todas se predisponga a la autodestrucción es más difícil, pero en tu relato puedes imaginar lo que quieras. Siendo así, es lógico que se forme una corporación, por llamarlo de algún modo, que se ocupe de impedirlo con cualquier medio a su alcance. Y eso sí, cuanto más retorcido, mejor, como a mí me gusta.
Buen trabajo pero espeso, eh? Cuesta un poco leerlo.


RE: Reto Mar19: Pantomima. - Celembor - 18/03/2019

He visto buenos destellos en el relato, pero en general es espeso por la historia. Has metido una historia demasiado grande en un relato corto y el resultado no me parece bueno. Demasiado que contar en tan poco espacio.
Me parece un trasfondo interesante del que podrías sacar una buena historia si lo alargas unos cuantos miles de palabras más.
Suerte!


RE: Reto Mar19: Pantomima. - FrancoMendiverry95 - 20/03/2019

Bueno, a mi esto me pareció un prólogo de una historia más grande, y no una historia en si. No hay un protagonista claro con el que empatizar, hay una saturación de detalles del trasfondo y poca descripción. Una introducción se me antojo. Además en ciertos puntos me resultó harto confuso, especialmente en la aparición del Amo del lago, y como Elliot pasaba del bote al árbol.
Como prólogo, eso si, resulta interesante.
Buena suerte en el reto!


RE: Reto Mar19: Pantomima. - Albert C. Antunez - 20/03/2019

Pienso que la acción se diluye ante el aluvión de trasfondo. Se nota que el autor tiene un universo muy currado detrás, pero en tan pocas palabras igual no hacía falta explicar tanto. Si escribes algo largo sobre este universo pásamelo. ¡Me apasiona descubrir nuevos mundos post apocalípticos! Wink