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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 3- Lazos de Unión - Printable Version

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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 3- Lazos de Unión - Sashka - 26/07/2019

CAPÍTULO 3
LAZOS DE UNIÓN

1
No pudo hacer nada. No pudo evitar que el nigromante le arrastrara a las húmedas mazmorras de la torre, que le encadenara con grilletes a la pared de una celda, que le arrancara la ropa, dejándole en paños menores, mientras registraba las prendas minuciosamente. Luego vació el morral y examinó el uwen y un par de objetos mágicos de menor importancia, dejándolos caer descuidadamente sobre el suelo de piedra de la celda a medida que los descartaba. El archimago no encontró lo que buscaba.

Revertió el hechizo paralizante para poder interrogar al indefenso drow y se colocó frente a su rostro, arrojándole a la cara el pútrido aliento que expiraba.
—¿Dónde está la Piedra?
Kedair le miró perplejo. ¿Cómo demonios sabía de la existencia de la Piedra?
—¿Qué piedra?
—Veo que no me lo vas a poner fácil, drow. Tanto mejor. Creo que sí me divertiré, después de todo —el elfo lo miró desafiante. Krante´l soltó una carcajada al verlo—. No, yo no voy a rebajarme a mancharme con tu sangre, pero sé quién está deseando ponerte la mano encima.

El liche se concentró y llamó a Bethkalu, dos veces. Conjuró entonces un vórtice, un pasillo interdimensional cuyo extremo sostenía la sacerdotisa drow con su magia. Un personaje entró en el vórtice y se materializó en la mazmorra: su hermano Demanel. El vórtice se diluyó en la nada.
—Bienhallado, Archimago —dijo el maestro de armas.
—Bienhallado, Maestro Demanel.

El recién llegado se acercó al cautivo con una perversa sonrisa de triunfo.
—Volvemos a encontrarnos, hermano, y en circunstancias más propicias que la última vez. Para mí, claro.

Kedair no dijo nada.
—Tienes algo que no te pertenece. ¿Dónde está?
Silencio.

Demanel le golpeó en el estómago con el puño. Los guantes del maestro de armas tenían en los nudillos unos triángulos de metal plateados, puestos ahí para hacer más daño. El drow se dobló todo lo que dieron de sí las cadenas, que mantenían sus brazos en alto sobre la cabeza.
—Robaste a tu propia casa, dejándonos a merced de las casas inferiores. Porque esa piedra fue un regalo de la misma Diosa a nuestra familia, y al llevártela nos condenas ante sus ojos. Sabes bien lo voluble que es la Reina Araña. Si perdemos su favor, seremos atacados por quien lo reciba. Así que, ¿dónde está Das´Ashea?

Al no recibir respuesta, le golpeó de nuevo, dos veces, en el mismo sitio. Kedair se encogió y tosió entre arcadas, hubiera vomitado si hubiese tenido el qué.
—¡Dónde está, maldito renegado!
—La perdí…—dijo enderezándose con esfuerzo, intentando recuperar la dignidad.

Sabía que su hermano no se lo tragaría, y tampoco lo dijo con esa intención, sino para evidenciar que no pensaba confesar. En consecuencia, aunque él ya se lo esperaba, le cayó encima una lluvia de golpes. Demanel ya no preguntó nada más, se limitó a estrellar su puño reforzado contra el cuerpo y la cara de su hermano una y otra vez. Kedair gruñía con rabia, impotente, a su merced, pero pronto el brutal castigo del maestro de armas le superó y la adrenalina abandonó su cuerpo, y los gruñidos se transformaron en leves gemidos a cada nuevo embate. Cuando se empezó a cansar, Demanel se ayudó con las piernas, propinándole tantas patadas bajas y altas como quiso, hasta que Kedair se desmayó.


Consiguió mover un dedo. Entonces, como si nunca hubiera existido el hechizo, Ashari recuperó la movilidad, y junto con ella los otros tres elfos. Bajó del caballo de un salto y corrió hasta la puerta cerrada de la torre, pero algo la rechazó con fuerza y rebotó dando con sus huesos en el suelo. Se levantó, dolorida, y volvió a intentarlo con idéntico resultado.
—No sigas, muchacha, no conseguirás atravesar la barrera —dijo el mago.
—Y tú, Galai, ¿no piensas hacer nada?
—Algo haré, aunque no estoy muy seguro de los resultados.
Los tres desmontaron y, mientras Semurel ataba a los caballos, el hechicero se acercó a la barrera y la tocó con cuidado.
—Mmmm… No va a ser fácil. Nunca se me han dado bien las barreras mágicas, y Krante´l ha hecho un buen trabajo… Sí, muy bueno.
—Me alegro de que te guste, pero ¿podrás disiparla?
—Hum…hum
—Pues vaya un mago que estás hecho —refunfuñó Ashari.
—¡Eh, niña, no te confundas! —bramó Galai con su gran ego herido—. Es más difícil levantar una barrera que echarla abajo, así que no pierdas la fe. Y no he dicho que no pueda… Ahora silencio y dejadme trabajar.

El mago se concentró, recitó un conjuro, dos, tres… Nada, la barrera seguía en su sitio. Bufó y miró a los otros con el ceño fruncido. Ninguno se atrevió a decirle nada ante su mirada, así que el hechicero continuó su duelo personal blasfemando como un carretero. Probó un par de conjuros más, blasfemó de nuevo y la barrera continuó en su sitio, como una burla a sus limitados poderes, como una prueba de la superioridad de su malvado rival. No se dio por vencido y, de un mal humor que aumentaba a cada fracaso, recitó una nueva retahíla de palabras incomprensibles que sólo consiguieron que la barrera brillara y chisporroteara, pero que no la disipó.
Ashari, que estaba de peor humor que el mago a la par que llena de angustia y prisas, no aguantó más.
—Llevas media hora y sólo has conseguido una exhibición de fuegos artificiales… Galai, no puedes con su magia, reconócelo. Hay que buscar otro modo.
—Si, muchacha, tienes razón. Lamento no haberlo conseguido —reconoció el mago con una sorprendente humildad.
—¿Qué podemos hacer? —intervino Semurel—. ¿De qué otro modo podemos rescatar a Kedair?
—No hay ningún otro modo. Hay que atravesar la barrera, pues envuelve la torre entera —dijo Galai—. Si queremos entrar, hay que disipar esa magia con magia.

Ashari se desesperó. Volvió a lanzarse contra la barrera aún a sabiendas de que no conseguiría más que lastimarse, pero la inacción era peor que el dolor. Su primo y Antharid la agarraron a la fuerza y la alejaron, e intentaron tranquilizarla inútilmente. La muchacha rompió a llorar, impotente. Sentía que Kedair la necesitaba, que sufría. ¿Qué podía hacer ella?
El mago se acercó de improviso y la abrazó, afectado por el sufrimiento de la chica, preocupado por la suerte del drow. Acarició su cabeza paternalmente y luego secó sus ojos con un pañuelo limpio. Hasta hizo que se sonara la nariz como una niña buena.
—Sólo se me ocurre una cosa más. Probaremos de nuevo, pero ésta vez debes confiar en mí y darme la Piedra negra.
Ashari le miró a los ojos largamente, evaluándolo. El mago sostuvo su mirada, como si sus ojos fueran dos ventanas directas a su alma. Ella vio nobleza en los ojos de Galai, siglos de servicio al bien a pesar de esos bruscos modos tan impropios de cualquier elfo. Vio bondad y sabiduría acumulada en una vida inusualmente larga, vio una gran preocupación por todos y cada uno de ellos, en especial por Kedair; y mientras veía todo eso en los ojos del mago, su mano rebuscó en su bolsillo, sacó a Das´Ashea y la puso en la mano del hechicero.


2

Kedair volvió en sí al sentir el agua helada resbalar por su piel, llevándose gran parte de la sangre que le cubría y mezclándose con ella en su camino al suelo. Su hermano lanzó al otro lado de la celda el cubo y le levantó la cabeza de un fuerte tirón de pelos. El maltrecho drow miró a su hermano con el único ojo que pudo abrir, tan tumefacto e inflamado tenía el otro. Estaban solos, el archimago se había ido.

—Nadie te ha dado permiso para desmayarte, aún no he terminado contigo —gruñó Demanel.

Kedair logró escupirle a la cara a pesar de la hinchazón de sus labios y esbozó una sonrisa grotesca. El maestro de armas le abofeteó entonces con saña, y luego se limpió la saliva con la manga. Se alejó dos pasos y soltó una carcajada.
—¡El héroe! ¡El leal y sufrido héroe! ¿De dónde demonios has salido tú, que tan distinto eres de los de tu raza? Eres conmovedoramente patético.
—No sabes nada…—balbuceó Kedair—. No tienes ni idea de lo equivocados que estáis todos.
—¡Idiota! ¡Estúpido idiota! ¡El equivocado eres tú! Eso a lo que te refieres no es más que debilidad, ¡debilidad! ¡Amoooooooor! Hasta la palabra suena ridícula…—se burló Demanel.
Kedair se rió de él con una risa queda, mordaz.
—Ignorantes… Sólo vivís para el poder, nada más cuenta. Dejáis pasar los siglos sirviendo los caprichos de una diosa que sólo juega con vosotros —dijo al cabo.
Demanel comenzó a pasear frente a él.
—Idiota…—repitió el maestro de armas—. ¿Quieres que te demuestre lo pueril de tu actitud? ¿De qué vale tu sacrificio? ¡De nada! Siempre he sabido quién portaría la piedra en caso de no tenerla tú. La tiene ella. La paliza que te he dado no tenía otra razón que el placer que habría de proporcionarme, pues la información me la dio tu silencio, tu lealtad, tus ridículos sentimientos.
—No creerás que no supondría que llegarías a esa conclusión… Quizá no la tenga ella… Quizá Das´Ashea está escondida a buen recaudo.
Demanel volvió a agarrar el pelo de su hermano y tiró de él hacia arriba, lleno de ira, enfrentándose a su ensangrentado rostro.
—No subestimes a tu hermana, estúpido sentimental, ella sabe que la Piedra está aquí, puede sentirla. ¡Así que no intentes patéticas artimañas para proteger a esa perra humana!
Kedair le miraba nervioso ahora, su anterior sonrisa extirpada por las palabras de su hermano.
—Y, hete aquí, que ella, a quien proteges con tu silencio, aquélla por cuyo bienestar has dejado que te masacrara, está justo afuera, al alcance de mi mano —prosiguió Demanel—. Sabes, Bethkalu tiene muchas ganas de conocerla personalmente, de probar la resistencia de la muchacha, cosas suyas, ya sabes. No perdona tu traición, ni el papel de la humana en todo esto.
El drow se abalanzó hacia delante furioso, pero las cadenas frenaron su impulso.
—¡Déjala en paz! ¡No tienes nada contra ella, soy yo quien ha traicionado a la familia!
—Claro, claro, precisamente por eso, Kedair, el castigo corporal parece no ser suficiente para someterte. Te humillaré, te esclavizaré, te torturaré a través de ella. Y tú lo presenciarás sin poder hacer nada… Y entonces te darás cuenta de lo débil que te hace ese sentimiento.
Demanel rió a carcajadas, satisfecho al ver el efecto que tenían sus palabras sobre su hermano.
—No podrás capturarla, los elfos no te dejarán. Cualquiera de ellos acabará antes contigo — dijo Kedair rechinando los dientes.
—Qué equivocado estás… lo más divertido es que voy a usar esa debilidad para hacerla venir aquí por su propia voluntad. No tendré que enfrentarme con ninguno de ellos. Usaré eso que llamáis amor en contra vuestra, pero antes tomaré algo tuyo, por si dudara, algo que la espoleará a obedecer ciegamente…
Súbitamente, Demanel sacó su espada y de un certero golpe cercenó limpiamente el dedo meñique de su hermano. Kedair gritó mientras éste caía, grandes gotas de sangre salpicaron el ya empapado suelo. Luego vomitó bilis, mientras el maestro de armas recogía el dedo seccionado y salía de la mazmorra, muy seguro de sí mismo, envainando la espada.


Justo cuando Galai se disponía a probar de nuevo sus hechizos con ayuda de la magia de la Piedra, la barrera se disipó sola y la puerta de la torre se abrió. El liche y Demanel salieron al exterior y se acercaron hasta una distancia prudencial de ellos.
—¿Dónde está Kedair? —preguntó al instante Ashari, temblando de rabia y preocupación.
—Está en mi poder, naturalmente —dijo Demanel con una sonrisa siniestra.
—Entréganoslo ahora mismo —exigió Galai.
—No estáis en posición de exigir nada —le cortó el archimago.
—Humana… No te entregaré a mi hermano, su delito es demasiado grave y vuestra fuerza escasa para arrebatárnoslo. Pero sí te permitiré que entres. Es más, te lo exijo —le dijo el maestro de armas a Ashari.
—¿No te basta con un prisionero? ¿Acaso eres tan necio que crees que te vamos a proporcionar más? —preguntó el mago.
—Ella tiene algo que me pertenece —argumentó Demanel.
Ashari miró al mago, y éste entendió su mirada antes de que confesara que ese algo lo tenía él. La piedra no debía volver a esas manos.
—Ya sé que te mueres de ganas de ir con Kedair, pero sé sensata, no lo hagas, niña —le suplicó Galai—. No conseguirás más que empeorar las cosas.
Entonces, Demanel arrojó a los pies de Ashari el dedo de Kedair. Los cuatro lo miraron con horror.
—Ven, si no quieres que lo saque a trozos.

Ashari recogió el dedo y avanzó hacia el drow. Galai no tuvo valor para volver a intentar disuadirla de que no lo hiciera.
La muchacha y Demanel desaparecieron por la puerta. El archimago liche seguía frente a ellos.
—Ya es hora de que paséis a formar parte de mi ejército de vencidos. Debéis estar ansiosos, ya que aún permanecéis aquí.
—Esto es entre tú y yo, Krante´l.
—Está bien, entre tú y yo. De momento, hasta que acabe contigo. Luego me ocuparé de tus amigos. Porque te venceré, lo sabes, ¿verdad? No superas mi magia. No fuiste capaz ni de disipar mi barrera.
—Ya veremos —dijo Galai apretando con fuerza a Das´Ashea y sintiendo su magia fluir desde la palma de su mano a todo su ser.

Demanel condujo a Ashari hasta la mazmorra sin violencia, casi con cortesía. Cuando la hechicera dobló el último recodo y alcanzó a ver a Kedair en su lamentable estado, el corazón le dio un vuelco y corrió hacia él. El drow se lo permitió con una sonrisa malévola.
—¡Kedair! ¡Dioses! ¿Qué te ha hecho? —gimió ella, acariciándole suavemente el rostro casi irreconocible.
—Ashari… No has debido venir… Quiere hacerte daño…—balbuceó él, derrotado ante la hábil maldad de su hermano.
A ella no le importó su propia persona, ella sólo le veía a él malherido y encadenado. Se acurrucó amorosamente contra su pecho con cuidado de no lastimarle, y él apretó el mentón contra su cara, mientras las lágrimas corrían por los rostros de ambos. Ahora Kedair tenía miedo, verdadero miedo. Conocía demasiado bien a su hermano. Llevaría a cabo sus amenazas y él no podría hacer nada…

Demanel arrancó a la chica del pecho de Kedair con brusquedad, la sujetó por la cintura desde detrás y tomó uno de sus rizos negros entre los dedos, acariciándolo mientras miraba a su hermano con provocación.
—No lo hagas…
—¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? —se burló el maestro de armas, al tiempo que deslizaba su mano desde la cintura de la hechicera hacia su pecho.

Ella, adivinando sus intenciones, se giró de improviso y le dio una sonora bofetada. El drow pareció divertido y excitado, y se abalanzó sobre la muchacha.
Demanel no era mucho más alto que ella, pero sí era más fuerte, y la derribó con facilidad. Se plantó a horcajadas sobre la hechicera, que pataleaba y lanzaba los puños con fiereza. Pronto la inmovilizó agarrándole las muñecas y estampándolas contra el suelo sobre la cabeza, y buscó su boca para besarla mientras Kedair gritaba amenazas fútiles y se revolvía, desesperado, intentando inútilmente liberarse de los grilletes. La chica le mordió el labio y le hizo sangrar, cosa que pareció excitarle aún más. Sujetando fuertemente sus muñecas con una mano, utilizó la otra para asestarle una fuerte bofetada que la dejó sin respiración e hizo que viera unas lucecitas ante sus ojos. El drow reanudó su acoso acariciando su cuerpo con la mano libre e intentando luego bajarle las polainas mientras volvía a besarla con furia, apretando tanto su boca que ni siquiera pudo ella intentar morderle de nuevo, haciéndole daño y casi ahogándola.
La invadió un profundo asco y la certeza de que estaba perdida, de que no podría evitar que Demanel consumara lo que se proponía. La fuerza bruta no le servía, pues él la superaba, la tenía inmovilizada, a su merced… ¿Qué podía hacer? Nadie iba a ayudarla…
Entonces se acordó de Vernelot. ¡El unicornio la ayudaría! Cerró los ojos y formó la imagen del magnífico animal en su mente, y luego pronunció su nombre en voz alta.

—Vernelot… ven a mi ¡Vernelot, te necesito, ven a mi si en algo me estimas!
Su lamento desesperado recorrió los planos, aunque ella ignorara la fuerza de su llamada, y el unicornio la oyó y levantó la cabeza. Se alzó sobre sus patas traseras, relinchando, y se lanzó a la carrera hacia la voz urgente y amedrentada de su Aental´ne, sabiendo que estaba en peligro.

El primero en atacar fue el archimago. Su hechizo de fuego pasó alrededor de Galai sin tocarle, protegido por una esfera mágica, y por poco no chamusca a Antharid. Los dos guerreros corrieron a ponerse a cubierto.
El anciano elfo contraatacó entonces conjurando unos carámbanos puntiagudos de hielo, que lanzó de punta contra el liche. Este intentó desviarlos, pero no pudo evitar que algunos le alcanzaran y se clavaran en su cuerpo muerto. Miró a Galai asombrado por la fuerza del conjuro. El nigromante los fundió y desapareció, se hizo invisible. Galai entonces invocó unas pequeñas partículas que se pegaron a la figura transparente del archimago, revelándole.
Viéndose descubierto, lanzó un hechizo de su escuela y al momento aparecieron sombras y algunos espectros con intención de atacar a Galai. Los dos elfos escondidos salieron entonces con las espadas en la mano dispuestos a luchar, evitando que molestaran al mago impidiéndole concentrarse. Galai convocó a un elemental de aire para que les ayudara, y luego desapareció un momento para volver a aparecer a unos metros, pero el nigromante le estaba esperando y le lanzó el letal conjuro dedo de la muerte. La figura se diluyó y resultó ser un doble del mago, que en ese momento se encontraba detrás del desconcertado liche. El mago conjuró sin peligro un dificilísimo hechizo y, por primera vez en su larga vida, fue capaz de detener el tiempo. En ese momento irreal, el hechicero lanzó ligadura y consiguió inmovilizar al nigromante. El tiempo reanudó entonces su marcha, y Galai expulsó a las sombras y espectros que quedaban, pero mantuvo aún el elemental: nunca hay que desestimar el papel de los aliados, mientras quede un enemigo cerca. Guardó en un saquito de su cinturón la piedra negra y luego se acercó al siniestro archimago, inofensivo ahora.
—No me has vencido, no me mires con ese aire de suficiencia… Yo me he equivocado. Te subestimé, mago. Tantos siglos engañando a la muerte, tantos estudios y esfuerzos para acabar postrado ante un patán, milenios más joven que yo —proclamó Krante´l.
—Estás viejo, Krante´l, ya no hay mozas que quieran compartir el lecho contigo, ni siquiera por oro, y ya ni tu magia te queda… Pero no, no voy a matarte, al fin y al cabo, has trabajado mucho para evitar la muerte; sin embargo, voy a hacer que la desees. Voy a atrapar tu alma en una gema, Krante´l, y luego la tiraré en tu propia ciénaga. No es muy probable que la encuentre nunca nadie.
En el momento en que liberó al liche para atrapar su alma en la gema de su propio anillo, éste lanzó un geas a Antharid y gritó una orden que todos pudieron oír.
—¡Mata al mago!
Luego, sus huesos envueltos en la larga túnica negra cayeron al suelo, su oscura alma voló como una ráfaga de bruma y entró en el rubí del anillo que rodeaba su descarnado dedo.
Durante unos minutos nadie dijo nada. El mago miraba a Antharid y los dos elfos miraban a su vez al mago.
—Tienes que hacerlo —le dijo a la elfa.
Ella cayó de rodillas al suelo y soltó la espada. Su cabeza colgaba sobre el pecho, mirando al suelo, perdida.
—No puedo, Galai…
—Si no lo haces, morirás.
—Lo sé. Pero no puedo matarte.
Galai se acercó a la elfa y se agachó junto a ella. Tomó su barbilla y la empujó suavemente hacia arriba, obligándola a mirarle. Los ojos surcados por mil pequeñas arrugas eran cálidos y reconfortantes, los de la guerrera estaban llenos de angustia y terror.
—Eres una elfa joven, tienes siglos por delante. Yo, en cambio, soy muy viejo; mi vida ha llegado a su fin. No cambiaré los pocos años que me queden por tus siglos, no voy a consentirlo. Sé que no quieres, sé que es difícil, pero tienes que hacerlo.
Antharid comenzó a llorar amargamente, al verla no se reconocía ya a la arrogante guerrera que fuera hasta sólo unos minutos antes. De pronto se alzó y corrió hasta los restos del archimago, y los pisó, pateó y dispersó hecha una furia de cabellos de oro. Recogió el anillo que contenía el alma del maquiavélico liche y lo arrojó con todas sus fuerzas a la ciénaga. La joya se sumergió en el agua lodosa con un brillo rojizo. Un poco más calmada, la joven regresó cabizbaja junto a sus dos compañeros. Gruesos lagrimones surcaban sus mejillas cuando miró a Galai, desolada.

El mago se llegó hasta su caballo y bajó un fardo que contenía un cofrecillo. Cogió también un odre que contenía agua y volvió junto a los dos guerreros que le observaban.
—La ventaja de esta situación es que puedo elegir la manera más tranquila y menos dolorosa de morir. Mezclarás las pócimas que yo te diga en este frasco, le añadirás el agua y me lo ofrecerás —le ordenó mientras abría el cofre y sacaba pequeñas botellitas de cristal rellenas de líquidos de diversos colores—. Así ha de ser para cumplir el geas.
—No voy a hacerlo —se empecinó ella.
—Deja de perder el tiempo. ¡Tienes que ayudar a Semurel a rescatar a Ashari y al drow, están en grave peligro! —luego suavizó su voz, y continuó—. Comprende que no es culpa tuya, Antharid. Debes hacerlo para sobrevivir. Pero ten cuidado en el futuro, no vayas a caer antes de tiempo haciendo que mi sacrificio sea en vano —bromeó.
La elfa arreció en su llanto, se tapó la cara con ambas manos y salió corriendo. Se paró de pronto a muchos metros de ellos y sacó un puñal. Semurel gritó su nombre y echó a correr hacia ella, sin dejar de chillar en élfico Todo fue muy rápido. Antharid levantó el brazo y clavó el puñal en su pecho; cayó fulminada al suelo y, para cuando el mago llegó con Das´Ashea en la mano, la elfa ya estaba muerta con el corazón atravesado.
—Tenía razón, el mal nacido… Me ha vencido, y del modo más atroz. Perdóname, Antharid, allá a donde estés… Por mi arrogancia, porque yo también le subestimé…—musitó Galai acariciando la cabeza de la elfa muerta, y en ese momento pareció muy, muy viejo, más de lo que ya era.


El unicornio se materializó en la mazmorra y Demanel se puso en pie de un salto cuando el animal trató de atravesarle con su cuerno. Ashari se levantó con torpeza, magullada y dolorida.

“Salta a mi grupa, Aental´ne, tú y yo somos un todo”, oyó en su mente al unicornio. Ella le obedeció y subió con esfuerzo, mientras el drow desenvainaba sus estoques y los hacía girar con destreza en amenazadores molinetes a ambos lados de su cuerpo, luego se detuvo adoptando una posición defensiva. Ambos, unicornio y drow, se miraron evaluándose.

En el momento en que estuvo sobre el animal, Ashari sintió una simbiosis entre los dos; recordó cosas que nunca había sabido, supo utilizar la magia. Y la utilizó. Pero Demanel no era ningún tonto, se dio cuenta del giro de la situación y del poder que manejaba ahora la muchacha. Esquivó por los pelos, gracias a la agilidad innata de los drow, unos cuantos hechizos que hicieron saltar fragmentos de piedra al impactar en las paredes y decidió poner pies en polvorosa. Y así lo hizo, alcanzó la entrada de la mazmorra y, en un giro cerrado, desapareció escaleras arriba.

Ashari no le persiguió, pues su prioridad era Kedair. En lugar de ello, bajó del unicornio y corrió junto a él, que apenas daba señales de vida, ensangrentado de nuevo y agotado tras los últimos esfuerzos. Liberó sus muñecas de los grilletes con magia y le sujetó amorosamente para evitar que cayera al suelo. Kedair estaba muy malherido.
—Ayúdame, Vernelot, debemos sacarle de aquí. Por favor…
“Yo le llevaré. Súbelo a mi lomo” accedió el unicornio.

Con mucho esfuerzo por parte de los dos, Ashari consiguió acercar a Kedair al unicornio, que hubo de postrarse para que el guerrero pudiera alcanzar su grupa. Ella se emplazó detrás, sujetándole, pues el guerrero apenas mantenía la consciencia.
“Está muy débil. El drow está muy mal. Hazme un corte. Hazme sangrar y lleva mi sangre a sus labios, mejorará”
—¿Por qué? ¿Es que está muriendo? —preguntó ella muy alarmada.
“Aún no percibo la muerte sobre él, pero se acerca, Aental´ne, y vendrá si no hacemos algo pronto…”
—No, Vernelot, no pienso herirte, sólo lo haré como último recurso para salvarle la vida — se negó la hechicera, estremeciéndose sólo de pensar en hacer algo así. Arriba estaba la salvación, arriba estaba Das´Ashea—. Sólo hemos de llegar a donde el mago y podré curarle.

Subieron con cautela, alcanzaron la puerta principal sin contratiempos, y salieron de la torre con la esperanza de no encontrarse una batalla campal entre los dos magos. No había tal, es más, en un principio no parecía haber nadie fuera. Luego oyó unos lamentos, y distinguió tres personas camino arriba, dos arrodilladas y otra postrada. Eran sus compañeros.

A medida que se acercaron, supo que algo terrible había ocurrido. El mago, que estaba de espaldas, giró la cabeza y al verlos se incorporó. Ashari vio el cadáver de Antharid, distinguió el mango de una daga que sobresalía del pecho de la elfa y miró al mago con ojos desorbitados. Semurel lloraba y se balanceaba de rodillas en el suelo, consternado, gimiendo palabras en élfico, completamente ausente. La hechicera cubrió su boca con la mano, horrorizada.
—Antharid…—logró balbucear.
—Sí, Antharid ha muerto, pequeña —dijo el mago con los ojos acuosos. Entonces vio a Kedair maltrecho sobre el unicornio—. Pero ocupémonos primero de los vivos.
—Dame la piedra, Galai. Lo haré yo —pidió ella.

Entre los dos bajaron al drow y le tendieron con sumo cuidado en el suelo. El guerrero gemía a cada movimiento, le costaba respirar y lo hacía de manera irregular. El mago retiró la vista del cuerpo tan severamente castigado de Kedair, sobrecogido, y se dedicó a recoger sus enseres.

Ashari acarició con la Piedra el rostro tumefacto y lleno de cortes de su amado, con delicadeza y decisión. Los cortes cicatrizaban a su paso, los huesos fracturados se soldaban y los derrames se reabsorbían. Luego continuó con el resto del cuerpo, primero por las diversas costillas rotas, aliviando el dolor que cada respiración ocasionaba al guerrero y terminando por las extremidades.

Gracias a Das´Ashea el drow estuvo muy pronto restablecido. Incluso regeneró el dedo amputado por Demanel.

Semurel envolvió a Antharid en una manta con reverencial respeto. Tenían que llevarse el cuerpo, no podían enterrarla allí ni por supuesto dejarlo sin más.
Mientras Ashari ayudaba al elfo oscuro a limpiar su cuerpo de los restos de sangre, el mago entró en la torre y recuperó la ropa y efectos personales del drow. También registró las cosas del nigromante, pero no se llevó nada, pues todo era corrupción y maldad en aquella torre. Galai lo incineró todo, para que nadie más se hiciera con los estudios y objetos del desaparecido archimago.

Una vez Kedair estuvo aseado, Ashari le proporcionó ropa nueva del equipaje al casi desnudo drow, pues la propia estaba hecha jirones; se hubiera reído de su aspecto con las ropas élficas si hubieran sido otras las circunstancias. Estaba demasiado acostumbrada a verle vestido con sus ajustadas ropas negras, las nuevas, además de ser de un color verde y marrón que le daban un aspecto extravagante en contraste con su piel negra, le venían bastante grandes, dada la diferencia de estatura entre los elfos de la superficie y los drow.
—Cuando pasemos cerca de un pueblo compraremos algo más adecuado. Con estas ropas pareces un bardo muy peculiar …—le prometió Ashari.

El unicornio se acercó entonces a la muchacha.
—Gracias, Vernelot, gracias por tu ayuda.
—Sí, gracias —dijo Kedair situándose junto a la chica y tomándola de la cintura—. Nos has salvado del desastre.
“Eres mi Aental´ne, ¿cómo no iba a ayudarte? Sin embargo, nunca pensé que ayudaría a un drow”
—Kedair no es un drow común y corriente. Es único.
“No hay maldad en él, es cierto. Pero no es único.”
Ashari recordó las palabras de su tía Witael, refiriéndose a otro drow que tomó hacía tiempo el mismo camino que Kedair.
—¿Te refieres a ese otro que se dice que vive en la superficie?
“Yo le vi una vez, en el huerto de Montolio de Brouchee, un vigilante de la diosa Mielikki.
Su nombre es Drizzt Do ´Urden, y es devoto vigilante de la diosa, asimismo. Tampoco había maldad en él, y sufría, luchaba por ser admitido entre los pobladores de la superficie con poco éxito. Por eso dejé que me viera. Aunque fue una orden de la propia diosa, una señal de que era aceptado, yo sentí la compasión de su alma buena y noble, siempre tan mal juzgada por su aspecto exterior, y accedí, de buena gana, a darle esa alegría.”
— Drizzt Do´Urden…
—Conozco ese nombre —intervino de nuevo Kedair—. Es una leyenda entre los drow, aunque como ejemplo negativo. El renegado. Aún pende sobre él la pena de muerte en su ciudad, después de tantos años, si lo capturan. Se cuentan cosas terribles de él, aunque ya no creo nada de lo que me dijeron.

El unicornio le miró con sus brillantes ojos negros y luego miró a Ashari.
“Me gusta este drow, me recuerda al otro. Aunque noto lo importante que es para ti y percibo el amor que os profesáis, me cae bien. Quiero decir al margen de la influencia que tienen sobre mí tus sentimientos. Me gustan tus acompañantes, Aental’ne. Eso me tranquiliza.”
—Vernelot… No hay nada que puedas hacer por Antharid, ¿verdad? —preguntó la chica en un susurro.
“No, Aental´ne, no con magia blanca. Sólo la magia negra podría, pero no te lo aconsejo… No volvería igual que la conociste. Y yo no toco la magia negra.”
—Jamás te pediría tal cosa…
“Ella está con la Diosa ahora, disfrutando de una feliz vida eterna gracias a su sacrificio. Lo sé. La diosa habla conmigo y con mis hermanos, pues nosotros somos su creación. Explícaselo al elfo, para que no esté tan triste.”
Kedair vio que Semurel se disponía a colocar el cadáver de la elfa sobre el caballo que cabalgara Antharid y corrió a ayudarle. Ashari buscó con la mirada al mago y lo encontró solo y pensativo, sentado sobre un tronco contemplando la lejanía, y ella, disculpándose con el unicornio, se acercó a él y puso su mano sobre el hombro del anciano, en un gesto que pretendía reconfortarle.
—Galai… deberíamos prepararnos para seguir el camino —le informó—. Ya falta poco para que caiga la noche, no convendría quedarnos aquí ni un minuto más. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, pero antes debo preguntarle algo a Semurel.
El mago se puso en pie y se dirigió junto al elfo, que aseguraba el cuerpo cubierto por la manta al caballo.
—Semurel… ¿Vas a volver a Tael Hassa?
—Debo hacerlo. Debo devolver su cuerpo a su familia para que le den sepultura allí. No quiero que yazca en una tumba ajena de un camino —dijo el elfo, muy afectado todavía.
—Eso es lo correcto, estoy de acuerdo… pero, sin embargo, olvidas que todavía nos persiguen los drow. No es muy sensato que andes solo por esos caminos, y son tres días completos hasta Tael Hassa.
Semurel detuvo su trabajo, apoyó sus brazos sobre el lomo del caballo y recostó la frente contra el flanco del animal. Contuvo con esfuerzo el llanto y, cuando logró controlarse, se volvió hacia el mago.
—No me importa el riesgo. Se lo debo. Y tú se lo debes también, así que no me hables de sensatez.
Galai acusó sus palabras como si le hubieran dado un golpe bajo. Sin embargo, no se enojó.
—No quiero que corras su misma suerte, Semurel —dijo por fin.
—Perdona, Galai, pero estoy decidido.
—Primo…—intervino Ashari—. Semurel, atiende a mis palabras. Lo que dice Galai es cierto, es peligroso que vayas solo. Pero si lo que te preocupa es que el cuerpo de Antharid regrese con los suyos, hay otro modo de hacerlo: Vernelot puede ayudarnos. Él es uno de los señores de los planos, del tiempo y del espacio. Él os llevará a Tael Hassa sin correr peligro, casi sin consumir tiempo y te devolverá a nosotros de igual modo, si ése es tu deseo, ¿accedes a ello, Vernelot?
“Accedo, Aental´ne”—respondió el unicornio.
—¿Y tú, Semurel?
—Gracias, Ashari. Acepto y agradezco la ayuda de Vernelot —dijo el elfo agachando la cabeza a modo de reverencia cuando pronunció el nombre del unicornio.
—Sea, así pues. Vamos, traslademos el cuerpo de Antharid.

Pronto estuvo todo dispuesto para la partida de los dos grupos. Semurel, montado sobre Vernelot, con los restos mortales de la elfa y los otros tres en sus caballos.
—A más ver, querido amigo —le dijo el mago—. Hasta pronto, Vernelot.
—Volveré cuando Antharid descanse en su morada de tierra —prometió el guerrero—. Adiós, amigos.
—Adiós, Semurel —se despidieron Kedair y Ashari.
“Cuida de él, Vernelot, reconfórtale. Y tráenoslo de vuelta sano y salvo”, le pidió la hechicera al unicornio con el pensamiento.
“Lo haré. Y tú cuídate también”, le respondió éste.
Y sus caminos se separaron.

3

Acamparon a unos kilómetros pasada la ciénaga, y montaron el campamento. Era una noche de explicaciones quedas, de frases sin terminar. Cenaron con poca hambre a pesar de no haber comido nada en todo el día, y después, a la luz de la pequeña fogata, los ojos se perdieron en el infinito estrellado tanto como ellos en sus propios pensamientos. Cuando se dieron cuenta de que las palabras desembocaron en silencios prolongados, Galai propuso irse a dormir.
—¿Hoy no usáis el uwen? —preguntó el mago al ver que se tendían entre las mantas—. No seáis tontos, usadlo. Buenas noches.

El mago se tendió y se tapó con la manta, y la pareja, después de pensarlo un momento, recurrió a su refugio mágico.
—Hoy le hemos visto el rostro a la muerte; celebrad la vida, muchachos…—musitó en un murmullo apenas audible.
Y sólo entonces, en la intimidad, se dio permiso el mago para derramar las amargas lágrimas reservadas para Antharid.

Se miraron a los ojos. Se abrazaron fuerte. Kedair acarició el hermoso rostro de Ashari, despacio, recreándose. Se separó un poco, sin dejar de abrazarla, y volvió a mirar aquellos ojos verdes, almendrados, que devolvían su mirada profunda. Sintió una emoción que subió hasta su garganta y no reprimió esa profunda tristeza. Pues esa tarde lo creyó todo perdido, no imaginó que hubiera salvación para ellos. Habían estado a un paso del abismo insondable de la muerte, de la pérdida de la dignidad y de la humillación. Y ahora necesitaba el contacto de su piel para convencerse de que estaban realmente allí, de que habían burlado por poco un horrible destino. Se sintió orgulloso de ella, de su valor, de su iniciativa, y se sintió feliz de ser el objeto de su amor. ¿Cómo pudo Demanel llamarlo debilidad?
Ella le observaba conmovida, pues aún veía su imagen en aquel estado que le rompió el corazón, y todavía no lo había superado. Ahora le tenía allí, sano y salvo, libre de aquellos grilletes, libre de miedos y del dolor, pero había palpado la indefensión, la injusticia, la vulnerabilidad. Había visto la cara del infierno, pues eso era para ella la vida sin él, su amor, el compañero de sus sueños, el único por quien sacrificaría su vida sin pensarlo.
—Te amo…
Fue una proclamación. Deseaba dejárselo claro. No había de quedar nada por decirse, pues el futuro es una cuerda floja. El sentimiento la anegaba, pugnaba por salir, por fundirse con el alma de Kedair.
—Bésame, Ashari, hoy te necesito como nunca antes…
Y hubo tiempo para besarse, deliciosamente, con una emoción que dolía en el pecho, que estremecía. La juventud de su amor tanto como la de ellos mismos, les hacía henchirse de ilusión y de pasión, de buscarse constantemente con la vista, con las manos y cuando estaban a solas, con sus cuerpos.
Y se amaron como nunca antes, sin prisa, hablando de sus sentimientos, aferrándose el uno al otro como un náufrago a una madera.
Pero después de amarse, mientras ella, pensativa, acariciaba y enredaba sus dedos en la melena blanca del drow, le miró como si quisiera decirle algo que la angustiaba, que le daba apuro. Al final se decidió.
—Kedair, respecto a tu hermano… y tu hermana…
—Deja eso atrás, amor mío…
—No… No puedo posponer esto por más tiempo. Tienes que explicarme qué tipo de relación familiar es la vuestra, porque esto… esto de hoy, Kedair, ¡tu propio hermano quiso matarte! —exclamó sin saber cómo plasmar en palabras la confusión que sentía.
El la miró perplejo.
—¿A qué viene tu sorpresa? ¿Acaso no lo has entendido? Ése es mi castigo, Ashari. El precio de la traición es la muerte… No pongas esa cara de incredulidad, ¿no ordenó también la tuya? ¿Acaso no te prometió mi hermana torturas hasta la muerte?
—¡Pero tú eres su hermano! Creí que eran simples amenazas vacías…
—Eso no importa… Somos drow, Ashari. No hay ninguna clase de sentimiento entre nosotros.
Ella jugueteó con un mechón de pelo blanco, sujetándolo con dos dedos y meneándolo con un tercero.
—Había oído historias, ya sabes, de esas historias espeluznantes acerca de los drow y sus acciones. Di por sentado que esa crueldad estaba reservada para las demás razas, no entre vosotros mismos. Incluso a los niños se les amenaza para coaccionarlos, “que vendrá un drow y te llevará”. Pero cuando te conocí, rechacé todo lo que me enseñaron: tú no eras lo perverso que se suponía que eran los elfos oscuros. Incluso cuando tu hermano y sus soldados nos interceptaron, Demanel habló de castigarte, sólo de castigarte.

Kedair bajó la vista se quedó pensativo unos instantes. Su mente regresó a su pasado en Dematerra y su semblante se llenó de angustia.

—Perdóname, Ashari, pero no puedo contarte nada, al menos hoy no. Tal vez algún día te cuente mi historia, mis dolorosas experiencias dentro del seno de mi familia… pero deja que sea yo quien decida cuándo.
—Lo siento, lo siento, perdóname tú a mí… No tienes que explicarme nada, de verdad. Pero por favor, abandona esa expresión torturada, no puedo resistirla… Olvidemos esta conversación, ¿de acuerdo? —dijo ella llena de remordimientos a la vez que un poco dolida.
—Eh, Ashari, cariño… No pasa nada, no llores… Mírame —le pidió levantando la barbilla de la hechicera con sus dedos—. No quiero que pienses que es por falta de confianza, porque tú eres la única persona en quien he confiado en toda mi vida. Es porque… me cuesta, no estoy preparado. Quisiera olvidar, borrar esa parte de mi vida, Ashari, que deje de perseguirme y atormentarme...
Ella posó sus dedos sobre sus labios, silenciándole.
—Pues olvidémoslo, mi amor, dejémoslo atrás…
Ashari apartó poco a poco sus dedos, que él besó, y depositó sus labios en su lugar. Luego se acomodó a su lado, en el hueco que dejaba el brazo que la rodeaba, y ambos esperaron el sueño sin añadir nada.

Pero Ashari no podía olvidar. Mucho rato más tarde, cuando la respiración regular del drow le dio la seguridad de que estaba dormido, se sentó sobre la manta y dio permiso a sus sentimientos a manifestarse. Comenzó a temblar, mientras las aterradoras imágenes de lo acontecido ese día se sucedían en su mente. Hoy había visto odio en su peor faceta, había visto muerte, había visto la peor cara del miedo. Ver a Kedair en aquel estado le había helado la sangre, la imagen de Demanel arrojando su dedo, el intento de violación sólo para mortificarle y hacerle sentir una dolorosa impotencia… Y saber que había sido su propia sangre… Su propia familia… ¿Qué mundo era ése? ¿Cómo eran los drow con ellos mismos? ¿Qué experiencias había vivido Kedair para quedar marcado, traumatizado de ese modo? Comprendió hasta qué punto era él diferente de sus semejantes. Qué soledad había soportado en la implacable sociedad drow… Rogó a los dioses poder compensarle, poder hacerle feliz y también rogó que no le faltara. Jamás.
Rezó por el alma de Antharid y luego se apretó contra el elfo oscuro como si quisiera fundirse con él. Y se durmió.


Oyeron las blasfemias antes de verles a ellos. Un carro, cuya rueda estaban cambiando un grupo de enanos, obstruía el camino. Galai interrumpió la lección teórica, bajó del caballo y se acercó a ellos.
—Buenos días, maeses enanos —dijo con educación—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Podemos seros de ayuda?
—Buenos días, señores —respondió el enano más viejo—. Hemos quebrado la rueda, nada más. Gracias por el ofrecimiento, pero ya está todo controlado.

Tres enanos aguantaban con sus espaldas el peso del carro, mientras dos más procedían a calzar el recambio en el eje. Cuando la rueda estuvo en su sitio, procedieron a asegurarla; después, los esforzados trabajadores dejaron caer el peso y salieron de debajo.

—Volvemos a las montañas Hazur, provenientes de Meiro —le explicó al mago mientras los demás enanos se acercaban hasta ellos—. La ruta no es segura y yo sería un viajero muy descortés si no les ofreciera unirse a nosotros mientras nuestro camino coincida.
—Es un ofrecimiento muy bienvenido, maese enano, y más teniendo en cuenta que nosotros vamos más allá de vuestras montañas —aceptó el mago—. Eso asegura respaldo mutuo por unos cuantos días.
—Cierto. No se me ha pasado por alto el hecho de que parecéis ser un mago, yo diría.
—Tenéis buen ojo, entonces. Pero por favor, sin formalismos, no hay nada que me moleste más.
—Torjok es mi nombre, a tu servicio. Ellos son Emmer, Lodri, Senaque, Redrok y Adín.
El mago inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Yo soy Galai, ella es mi pupila Ashari y el drow, su esposo Kedair.

El elfo oscuro retiró su capucha y dejó que le vieran; los enanos tuvieron problemas para disimular su inquietud.
—Señora —saludó el enano inclinando la cabeza hacia Ashari. Luego miró al drow con abierta hostilidad y no le saludó—. Tal vez prefiráis seguir solos, pues la marcha del carro es mucho más lenta que vuestros caballos. Os ralentizaremos, inevitablemente, y puesto que vuestro viaje es tan largo….
El mago sonrió con desdén, comprendiendo el motivo de la observación del enano.
—Bah, no os dejéis intimidar por Kedair, maeses enanos. Es un buen muchacho, os lo aseguro.
—Los elfos oscuros son enemigos del pueblo enano. Es más, son enemigos de todo el mundo.
—Ciertamente lo son. Pero no Kedair. Tampoco los enanos os lleváis bien con nosotros, los elfos del bosque, pero eso no implica que no podamos entendernos.
El enano reflexionó un momento en las palabras del mago y tomó una decisión.
—Acepto tu palabra, maestro Galai, por la buena reputación de tu pueblo y por la seguridad de la dama. Pero quiero que conste que no confío en el drow. Que se mantenga lejos de nosotros.

Ashari avanzó su caballo hasta el enano: siempre reivindicativa ante las injusticias sufridas por su amado, tampoco ésta vez iba a detener su lengua. Con una expresión severa en el rostro, les miró a los ojos con dureza y desagrado. Habló con voz serena y segura de sí misma.
—Esperaba más sabiduría y menos prejuicios por parte del pueblo enano, señor Torjok. Y para que os quede claro, es un honor para cualquiera tener a su lado a Kedair, si sois capaz de ver más allá de su apariencia. Allí donde mi esposo no es bien recibido, yo tampoco lo soy. No necesitamos rodearnos de enemigos, pues hay de sobras en la senda. Galai, sigamos adelante. No permaneceremos en una compañía que juzga por las apariencias.
La hechicera hizo avanzar su caballo por el camino, sobrepasando la posición de los enanos, dispuesta a seguir sin ellos. Galai regresó a su montura y subió a la grupa sin decir palabra.
—¡Aguardad, mi señora! —gritó el enano mirando la espalda de la muchacha. Ella detuvo el caballo y lo hizo volverse un cuarto de vuelta para mirarle—. Disculpad mi ofensa, por favor, y reconsiderad vuestra decisión. Realmente, es muy extraño ver a un drow viajando en la superficie, y más aún rodeado de tan buena compañía… y tan leal. Quizá me he precipitado en mis conclusiones.
Como eso no pareció suficiente, según el semblante de Ashari, el enano se volvió hacia el elfo oscuro.
—Disculpadme, maese Kedair.
El drow agachó levemente la cabeza, aceptando las disculpas. Galai hizo un gesto con la boca para disimular la sonrisa divertida que afloraba sus labios y luego miró con orgullo a su pupila.
—Estupendo, una vez resueltas nuestras diferencias, ¿qué os parece si nos pusiéramos en marcha?
—Al punto —dijo Torjok.
Los enanos subieron al carro medio vacío, y Redrok sacudió las riendas. Las mulas tiraron y el vehículo empezó a traquetear ruidosamente. Sobrepasaron a Ashari, que esperó para situarse junto al mago, y el drow cabalgó a la vanguardia, atento al camino y a cualquier peligro. No se detuvieron hasta la noche.

La fogata crepitaba con pequeños estallidos de fuego alegre, mientras se asaba un jabalí que había tenido la mala fortuna de cruzarse en el camino de los enanos. Pronto lo dispusieron, después de destriparlo y amañarlo, atravesado en un hierro que descansaba en un trípode de gruesos palos. Nada parecía alegrar tanto el ánimo de los enanos como la promesa de una cena de sabroso asado, pues se mostraban amables y divertidos incluso con el drow.
También resultaron estupendos cocineros.
—¡Comed, señora, que no le vendrían mal unas cuantas onzas más a vuestro esqueleto! —le dijo Torjok a Ashari.
—No me cabe un solo bocado, maese Torjok… No puedo más…
—Vamos, vamos —insistió, poniéndole en el plato un nuevo trozo de carne—. No todos los días tendréis la dicha de comer así.

Ashari le miró con resignación y comenzó a comer con asco ahora, procurando disimularlo por no defraudar al complaciente enano. En cuanto Torjok se distrajo, ella pasó el trozo de carne al plato de Kedair, que la miró con reproche.
—Por favor…—le suplicó al drow en un susurro—. Voy a reventar…
—Y yo también, Ashari… Es la tercera vez que me rellenan el plato…
—No seáis descorteses —les regañó Galai sonriendo divertido—, y comed lo que os pongan.

Ashari se levantó de un salto y salió corriendo hacia la oscuridad. Kedair dejó apresuradamente el plato en el suelo y se aprestó tras ella. La hechicera vomitaba con trabajo tras unos arbustos y levantó la mano hacia el elfo oscuro cuando lo vio aparecer, para que se detuviera.
Cuando terminó, se incorporó y avanzó de vuelta al campamento, sin color en la cara, pero sintiéndose mucho mejor.
—¿Estás bien? —se interesó el drow, cogiéndola por la cintura.
—Ahora si…—dijo con un estremecimiento—. Pero no creo que resista el olor del asado.
Un reflejo blanco llamó su atención y al momento unas palabras sonaron en su mente.
“Aental´ne…”
—¡Vernelot! —exclamó ella, y regresó a la oscuridad donde le aguardaba el unicornio—. ¿Dónde está Semurel, Vernelot?
“Semurel no vendrá, Aental’ne. Me pidió que te entregara esto”.
Ella reparó en un pergamino enrollado que el animal llevaba atado al cuello. Ashari lo desató y se lo guardó, pues allí no había luz suficiente para leer.
—¿Todo bien, amigo mío? —le dijo ella acariciándole en un irrefrenable impulso.
“Todo bien. Veo que tienes nueva compañía…”
—Un grupo de enanos que viajan a las montañas Hazur. Son buena gente.
Vernelot frotó su testa contra la mejilla de la muchacha, en un gesto cariñoso.
“Me voy ya, hechicera. Cuídate mucho”.
—Gracias por todo, Vernelot. Espero volver a verte pronto.
“Adiós, Ashari, adiós, Kedair”, habló telepáticamente para los dos.
El drow cruzó sus manos en el pecho y se inclinó hacia el unicornio. Luego éste se perdió en la oscuridad del bosque.
Volvieron a la luz de la hoguera ante la mirada preocupada de los enanos, sobre todo de Torjok. Se sentaron de nuevo en el suelo.
—¿Estáis bien, señora?
—Sí, maese Torjok, ahora estoy bien.
—Perdonadme por forzaros a comer más de lo que podíais. Creí que era timidez…
—Estáis perdonado. En adelante creed en mi palabra, por favor. Y no os preocupéis, no os culpo en absoluto.
—Gracias, señora.
Ashari extrajo entonces el pergamino de su cinturón y comenzó a leer. Cuando terminó, sus ojos brillaban con lágrimas.
El elfo oscuro la miró extrañado, y ella le pasó el pergamino. Comenzó a leerlo.

Estimada prima:
Aunque en contra de mi voluntad, no voy a reunirme con vosotros tal como quedamos. Mis padres, tras la muerte de Antharid, no me permiten correr el riesgo de continuar un viaje tan peligroso. Te mandan, sin embargo, su cariño y apoyo. Yo te envío mis disculpas y mi decepción por no poder acompañaros, pero debo obediencia a mis padres. Mañana diremos adiós a nuestra compañera, mañana al ocaso será enterrada en el lugar donde lo están sus ancestros. Sé que vuestros pensamientos estarán aquí en ese momento, despidiéndola entre aquellos que la quisimos. Sentiré vuestros corazones junto al mío.
Dadle mis respetos a Galai, y decidle que siento haberle hablado como lo hice, no se lo merecía en absoluto.
Saluda a tu esposo y dile que aquí ya es respetado.
Con cariño:
Semurel


El drow levantó la vista hacia ella, no muy seguro de comprender el motivo de su reacción.
—Mis tíos me mandan su cariño, pero no a su hijo. Ya acabó el juego. Ahora el vacío aún es más grande.
Kedair rodeó sus hombros con el brazo, entendiéndola muy bien ahora. Se acabó jugar a los parientes, apáñatelas como puedas, pero eso sí, con todo nuestro cariño.
—Kedair. Por favor, prepara el uwen… Voy a acostarme.
—Enseguida.

4

En los tres días siguientes, Ashari estuvo triste y malhumorada, hasta el punto de preocupar mucho al drow. Apenas comía, y lo poco que lograba tragar le sentaba mal. Kedair viajaba ahora junto a ella, procurando mimarla y distraerla, rezando para que se le pasara pronto el disgusto y la decepción que su familia elfa le habían causado. El mago redujo la duración de sus lecciones, pero no parecía en absoluto preocupado.
Las millas discurrían bajo las ruedas del carro y los cascos de los caballos, y llegaron a Luxdezn al cuarto día de viaje con los enanos. La pequeña ciudad representaba una oportunidad para avituallarse, la última antes de tomar el camino directo a las montañas Hazur. Nada más llegar, el grupo se dispersó: los enanos se dirigieron con prisas a la taberna, deseosos de trasegar unas pintas frescas y espumosas; Ashari, Kedair y Galai fueron de compras, pues la muchacha se había empeñado en comprar ropa nueva para el drow.

Aunque Ashari y Kedair sabían que tendrían que bregar con los prejuicios y rechazo de la gente, nunca imaginaron que llegaran tan lejos y tan profundo. Nadie les vendió ropa, ni género, al reconocer en Kedair a un elfo oscuro; es más, les echaban sin contemplaciones. Y la furia de Ashari sólo sirvió para ser tildada poco menos que de ramera, menospreciada e insultada por acompañar a un drow. Incluso los enanos, alertados por el tumulto de la calle, sufrieron un abierto rechazo al intentar defender a Kedair. Tuvieron que salir del pueblo, perseguidos por las piedras que aquella gente les lanzara, bajo el escudo protector que levantara el mago.

El resto de la tarde hasta acampar, un silencio pesado y reflexivo les acompañó a todos, en especial al drow. Su ánimo no mejoró durante la cena, ni cuando se reunió con Ashari en la seguridad mágica del uwen.

El drow no se acostó, simplemente se sentó sobre las mantas, de espaldas a la muchacha. Ella le abrazó por detrás, besó su cuello bajo la oreja y apretó su mejilla contra la de él.
—Me marcho, Ashari —dijo a bocajarro, con voz fría y sin titubeos.
Ella dio un respingo y aflojó su abrazo.
—¿Qué…qué quieres decir?
—Que me vuelvo con los míos.

Ashari sintió un extraño frío extendiéndose por su cuerpo.
—¿Y eso por qué? ¿Por lo que ha ocurrido hoy en el pueblo? Ya sabíamos que ocurriría, Kedair, ya lo sabíamos. Pero cuando lleguemos a Luna Plateada…
—Luna Plateada es un espejismo, Ashari —la interrumpió—. Nadie me aceptará, nunca, en ningún lugar, y tú te verás arrastrada conmigo.
—¿Pretendes dejarme para salvarme? ¿Pretendes salvarme de las piedras clavándome un puñal en el corazón? ¿Poniéndote a merced de tu familia, para que acaben contigo? Aclárate las ideas, Kedair, tomamos una decisión difícil, pero la tomamos. No necesito que me salves, pues no quiero salvarme. La gente me importa un comino.
—En qué estaba pensando —susurró él como si no la hubiera oído—. En qué estaba pensando cuando decidí salir de mi mundo… Cómo pude pensar que todo se arreglaría, que llegarían a aceptarme por lo que soy. No puedo dejar de ser lo que soy, Ashari, y soy un drow. Y un drow sólo genera odio y aversión en tu mundo. No habrá paz para nosotros, no habrá Luna Plateada. Hablaron de prenderme y de colgarme. Hoy no pudieron hacerlo, pero otro día en otra ciudad puede que sí.
—Y entonces deberás sacar tus catanas y defender tu vida, sin piedad, porque ellos tampoco la tienen. Y yo te ayudaré con mis hechizos.
—¿Te escuchas hablar, Ashari? ¿Esto es lo que nos espera, sangre y muerte? ¿Así deberemos defender nuestra unión, siempre? Sería peor que vivir en Dematerra.
—Entonces, estamos perdidos. Si no estamos juntos, estamos perdidos, Kedair. Si te vas, si vuelves a tu mundo, te matarán. Y dices que aquí no te puedes quedar. ¿A dónde, entonces, a dónde irás? ¿Y yo? Tampoco tengo nada. Dejé mi casa y no pienso volver. Mi familia elfa fue un sueño. ¿Qué me queda, si no tú? ¿Qué te queda, si no yo? ¿O acaso ya no me quieres? ¿Es que defender nuestro amor agotó tus reservas?
—Claro que te quiero. Es por ello que no quiero arrastrarte. Tú te mereces…
—Les odio —le interrumpió ella, escupiendo cada sílaba, sus ojos henchidos de lágrimas—. Les odio por hacerte hablar así. Les odio por hacerte dudar, por hacer que quieras protegerme, por hacer que quieras dejarme. Y te odio a ti por hacerme tanto daño.

Ashari se levantó y salió del uwen. El elfo se quedó solo unos minutos y terminó saliendo en su busca. El mago estaba sentado frente a la fogata.
—¿Por dónde se ha ido Ashari, Galai? —preguntó el drow.
—Ven aquí, pipiolo, y deja un rato a la muchacha. No sé qué le has hecho, pero te aseguro que iba bien enfadada.
—Le he dicho que me voy.
El mago le miró con sorpresa unos segundos.
—Vaya. Con razón… ¿Y qué noble argumentación le has dado que justifique tu sacrificio? Porque no parece haberla convencido en absoluto.
—Ya lo sabes.
—¿Hablas en serio?
—Totalmente.
—Vaya un cobarde.
—¿Cobarde? ¿Yo? Sólo quiero ahorrarle problemas…
—¿Y qué hará ella, si te vas? ¿Acaso no tendrá los mismos problemas, cuando nazca el bebé? Porque no creerás que no tendrá rasgos drow…
—¿Qué dices, Galai?
—Ay, madre… ¿Acaso tú no sabías… ella no te ha dicho…?
—No… ¿Te lo ha dicho a ti?
—No, no, pero uno es muy viejo y entiende de estas cosas. Los vómitos, los cambios de humor…
—¿Por qué no me ha dicho nada? A no ser… Galai… ¿Lo sabrá ella?
—Hum… buena pregunta… ¿Acaso nadie le ha explicado…? Por los Dioses, claro, nadie le ha explicado nada… Ve a buscarla y más vale que le digas que tuviste un momento de idiotez suprema, drow. Quiero hablar con ella de inmediato. Con los dos.
—No, Galai —se enfadó el elfo oscuro—. No eres su padre, y si alguien aquí ha ascendido a padre, ese soy yo. No le dirás nada, pues no quiero que crea que me quedo por el bebé y no por ella. Lo haré yo más adelante.
—Pero es por eso que te quedas, ¿no? —le pinchó el mago, escondiendo la satisfacción que sentía por la reacción del drow.
— No. Me quedo porque tuve un momento de idiotez suprema, pero ya se me pasó.

Kedair la encontró junto a un arroyuelo, sentada con las rodillas flexionadas, envuelta en la capa. Se acercó por detrás y se dejó caer junto a ella. Ambos miraron en silencio el discurrir del agua, ella esperaba, él no sabía cómo entrarle, cómo pedirle perdón. Pero no hizo falta. Kedair la rodeó con su brazo, y ella apoyó su cabeza contra su hombro. Sin una palabra, el drow la besó en la sien, y ella levantó el brazo y acarició su rostro. De pronto, sus labios se encontraron, se buscaron, se entregaron; lentamente se dejaron caer hasta recostarse en el suelo.
Sobraban las palabras, pues ella comprendía el alma herida del drow, entendía que actuaba de buena fe, que había querido elevarla por encima de los malos ratos que les quedaban por pasar. Un mal momento. Ella lo sabía, y le perdonaba.
Y él, confundido por un mundo del que apenas conocía nada, rechazado allá donde iba, había sufrido esa tarde. A pesar de la máscara de indiferencia, el continuo rechazo le dolía. La hostilidad de la gente había colmado el vaso de su paciencia, había hundido sus esperanzas de vivir una vida relativamente tranquila. Y ella no se merecía eso.

Aquella fuerza que ambos llevaban dentro era ahora más fuerte, más firme, y ambos lo entendieron así. Eran ellos dos contra el mundo, que intentaba separarlos, que no les aceptaba y probablemente nunca lo haría; que los perseguía y quería darles muerte. Ahora sabían hasta qué punto. Ahora sabían también que nada les iba a separar. Nada, excepto la misma muerte. Y el mundo podía irse al diablo.
[Image: 2zfv2iu.jpg]
Un reflejo rojo alertó al drow. Separó sus labios de los de Ashari y miró hacia el bosque con su visión infrarroja. Seis cuerpos se movían sigilosamente entre los árboles, en dirección al campamento. Seis cuerpos de gran envergadura, con espadas desenvainadas. Orcos.
—No te muevas…—le susurró al oído.
—¿Qué ocurre?
—Orcos. Voy a buscar mis armas y a avisar a los enanos.
Ella entendió.
—Kedair… Ten cuidado.
—Y tú escóndete.
—¿Que me esconda?
—No me discutas.

El drow se levantó silenciosamente, desapareció en la oscuridad. Atacó por detrás, obligando a los orcos a detenerse. Desapareció de nuevo en la noche, obligándoles a perseguirle. Reapareció, volvió a atacar; el sonido de los aceros resonó en el silencio, mientras Ashari se dirigía a toda prisa al campamento.
Los orcos portaban unas toscas espadas, muy pesadas y afiladas, corazas que protegían sus cuerpos y yelmos de acero. Cuando Kedair reapareció, el primer orco arremetió contra él. El drow detuvo el golpe con sus dos catanas con esfuerzo, y su táctica se adaptó a las características del enemigo: usar su propia fuerza y envergadura en contra de ellos. De modo que, evitando con su agilidad en todo momento que le rodeasen, esquivaba continuamente las estocadas y contraatacaba con la rapidez del rayo, aprovechando la inercia de la fuerza y el peso impresos en los golpes de los orcos.

Dos de ellos cayeron bajo los manejos de sus espadas antes de que seis enanos enloquecidos les cayeran encima enarbolando sus hachas.

Galai estuvo tentado de conjurar una luz para facilitarles las cosas a los enanos, pero esto hubiera perjudicado a Kedair. Los enanos parecían apañárselas bien a oscuras.
Acabaron con los orcos en pocos minutos. Luego Torjok los registró e inspeccionó.
—Exploradores — dedujo—. Una patrulla de reconocimiento.
—¿Qué significa? —preguntó el drow.
—Significa que se acabó la paz. Los orcos planean algo —conjeturó el mago.
—Y significa también que se acabó el descanso —dijo Torjok—. Levantemos el campamento y sigamos adelante, estos parajes ya no son seguros. Estamos a menos de dos días de las montañas Hazur, a tres de Threnkel Hall, nuestro hogar, y habrá más patrullas de orcos. Cuando alcancemos las montañas podremos arriesgarnos a acampar, apostando dos centinelas; antes de ello sería correr un serio peligro.
—No hay más que hablar, maese enano —estuvo de acuerdo Galai—. Recojamos presto los pertrechos y al camino se ha dicho.

Y así fue. Dos días a paso de carro por los caminos sin siquiera pararse a comer, el drow siempre atento por delante del grupo. Sólo se detuvieron una vez, avisados por Kedair, para evitar ser descubiertos por un numeroso comando orco. Cuando llegaron a las montañas Hazur, vigiladas por los enanos, se sintieron algo más tranquilos. Necesitaban descansar, así que acamparon al caer la tarde y los enanos se encargaron de las primeras guardias, puesto que preferían que Kedair vigilara en los turnos de noche cerrada. No consintieron que Ashari hiciera ninguna y la obligaron a meterse en el uwen, desoyendo sus protestas.
Por fin, llegaron a una bifurcación que separaba sus caminos.
—Maese Galai, maese Kedair, señora, ¿Por qué no aceptáis la hospitalidad de los enanos y venís unos días a Threnkel Hall, con nosotros? Al menos, hasta que se calmen un poco las cosas con los orcos.
Galai miró al elfo oscuro, y éste a Ashari.
—No nos vendría mal un descanso verdadero —dijo el mago—. Tantos días durmiendo al raso han conseguido que mis viejos huesos se retuerzan más, si cabe…
—Al menos, tal como dice Torjok, hasta saber qué planean esas bestias —estuvo de acuerdo Kedair.
—Es muy generoso, y de veras que aprecio tu gesto —añadió ella—. Sé que ahora apreciáis a mi marido, pero dime ¿qué dirán tus congéneres, tu rey, cuando vean a un elfo oscuro? Supongo que no has olvidado vuestra reacción al verle…
—Je je je —se rió el enano—. Harán lo que les diga, pues no hay más rey de Threnkel Hall que yo.
Los demás enanos asintieron cómicamente con la cabeza.
—Bueno…—dijo Ashari—, en ese caso no tengo nada que objetar.
Torjok volvió a emitir una risita y se frotó las manos, contento.
—No os arrepentiréis, amigos. Porque eso es lo que sois a estas alturas para mí.

De ese modo, la comitiva al completo tomó el camino hacia la mina del enano.