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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 6 -Aceptación - Printable Version

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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 6 -Aceptación - Sashka - 26/07/2019

CAPÍTULO 6
ACEPTACIÓN

Antes siquiera de su primera instrucción con la dama Alustriel, Ashari tuvo que pedir su ayuda. Desesperada, observó con horror que sus pechos se habían secado. El bebé lloraba de hambre, y ella se mortificaba segura de que la causa era ese shock de la noche anterior, añadiendo el estrés al malestar que ya sentía. Alustriel lo resolvió enseguida, mandándole a una nodriza que no sólo alimentaría al niño y se haría cargo de él durante sus instrucciones con la noble elfa, sino que incluso les ayudaría con los quehaceres de la casa. Aniya se quedó a vivir con ellos, y pronto se ganó su amistad y su respeto.

A medida que el tiempo pasaba, la Dama se sorprendía más de los progresos de Ashari. Como ella misma le comentaba, parecía como si todo lo que le enseñaba lo supiera ya de antemano; era como si, simplemente, refrescara la memoria de Ashari. Las cosas iban bien, salvo cuando se repetía en sus sueños la visión de aquella noche. Cada vez era más la angustia que oprimía a la hechicera. Pero no se atrevió a contárselo a nadie, quizá por miedo a que se hiciera realidad.

Y así transcurrieron unos meses felices, a pesar de los miedos, hasta esa noche.

Una vez más, la pesadilla que perseguía a Ashari irrumpió en su sueño; una vez más vio a Kedair y a Drizzt, acribillados por saetas, desplomarse muertos al suelo. Pero ésta vez, una voz potente le habló a ella: “¡elige!”, le gritó.
La hechicera se despertó sobresaltada, se levantó de la cama y salió de la habitación sigilosamente para no despertar al bebé y a su esposo. Salió al patio, esperando que el suave viento de la noche despejara su inquietud, su miedo y su turbación, y se quedó allí, contemplando los pedazos de hielo que pendían de la bóveda oscura del cielo nocturno. La luna era joven; aún quedaba mucha noche por delante.

Cuando su corazón empezó a calmarse, una visión de algo blanco aproximándose por el patio volvió a acelerar su pulso: Vernelot venía. Ashari recordó el aviso que el unicornio le diera meses atrás. Esta vez venía como anunciante de guerra y desastre.
—¡Vernelot! —exclamó ella con el corazón desbocado de nuevo.
“¡Ya vienen, Aental’ne! ¡Todo se ha precipitado por una malintencionada intervención divina! ¡Avísales, despierta a Luna Plateada o caerán sobre vosotros como langosta en un sembrado!”
—¿Quién… quién viene?
“Hordas de drow se dirigen a las murallas con el escudo que la noche les proporciona… Llegarán desde el este, desde las montañas Nezher”.
Ashari no esperó más. Corrió de nuevo hacia la casa, y despertó sin contemplaciones a sus habitantes, gritando sus nombres y aporreando sus puertas.
Entró sin llamar en la habitación de Aniya, se precipitó hacia la cama donde ésta se desperezaba y agarró por los hombros a la desconcertada y medio dormida nodriza.
—¡Aniya, despierta! ¡Tienes que sacar de aquí a Ashzá! —le dijo Ashari—. Ve a Mithril Hall, refugiaros con el rey Bruenor y avísale del ataque a la ciudad…
Kedair entró en la habitación.
—Drizzt ha ido a dar la alarma a la guardia, Catti-Brie a avisar a la Dama Alustriel y Wulfgar a recorrer las calles para despertar a la ciudad —dijo Kedair a Ashari—. Aniya, debes salir ahora mismo de Luna Plateada…

La nodriza corrió a vestirse cuando la pareja regresó a su habitación; mientras Ashari preparaba un escueto equipaje formado más que nada por pañales, Kedair envolvía a su hijo en una manta procurando no despertarlo.
La nodriza entró en la habitación, se colgó del hombro la bolsa que le tendió Ashari y bajaron a las caballerizas.
—Átate el lienzo a la espalda, pues no es momento de usar el carro. Necesitarás la velocidad de un caballo —dijo Kedair, ayudando a la mujer a subir a la mejor de sus monturas.
Aniya anudó con fuerza un ancho pedazo de tela y se lo pasó por la cabeza y un brazo: luego tendió los brazos para recoger al bebé.

Ashari se precipitó hacia su hijo y lo besó con lágrimas en los ojos; Kedair hizo lo mismo antes de pasarle a Ashzá a la nodriza, quien lo colocó dentro de la tela como si de una hamaca se tratara. Luego dirigió a su montura hacia la puerta que abría el drow.
—¡Cuida de nuestro niño, Aniya! —suplicó Ashari.
La nodriza asintió con la cabeza y después espoleó al caballo, que se precipitó calle abajo, hacia las puertas occidentales de Luna Plateada.
—Creo que deberíamos reunirnos con Drizzt y Catti-Brie —dijo Kedair.
La hechicera asintió, y echaron a correr hacia palacio.

La ciudad estaba preparada para el ataque. No sería, gracias a Vernelot, un ataque sorpresa como planearon los drow. Los arqueros que asomaban sobre las murallas y los vigías no veían nada en lontananza, a pesar de haber cuarto menguante. Pero los dos elfos oscuros sí los vieron: para sus ojos, la oscuridad no guardaba secretos.
—Ya vienen —dijo Drizzt con expresión sombría.
La dama Alustriel también les había visto. En su carro mágico, sobrevolaba su ciudad atenta a la amenaza.

Los soldados esperaban, tensos, al ejército de drow, invisible aún para ellos. Pero no hubieron de esperar mucho.
—¡Atención, arqueros! —bramó la voz de Drizzt—. ¡Primera andanada... ya!
Miles de saetas atravesaron la noche; pero las sacerdotisas drow estaban preparadas y desviaron la mayoría de los letales proyectiles. A medida que llegaban a la muralla, muchos guerreros drow levitaron sin problema, salvando el obstáculo y aterrizando entre mandobles sobre los soldados de la ciudad.

Alustriel entró en acción, lanzando hechizos contra las sacerdotisas, de lejos los elementos más peligrosos, y dejando a los guerreros a merced de sus tropas.
Kedair, Drizzt y Wulfgar recorrían la muralla enfrentándose a los elfos oscuros que habían volado hasta allí y masacraban a los arqueros; Catti-Brie usaba su arco mágico contra aquellos drow que se acercaban volando y Ashari conjuraba contra hechizos que anulaban la facultad de levitar, con lo cual muchos se precipitaban al vacío.
La batalla era un caos; contra las expectativas de los atacantes, la ciudad se defendía bien. Las cosas no estaban saliendo tal como Bethkalu había planeado, y no entendía por qué. De pronto, la sacerdotisa reconoció a Kedair sobre la muralla, y una sed de venganza abrasó sus entrañas; Bethkalu se proyectó sin pensarlo hacia allí, dejando a Demanel con la pregunta de a dónde iba sin responder.

Se plantó ante su hermano pequeño blandiendo su látigo, y lo usó contra él aún antes de tocar con sus pies el suelo. Las cinco cabezas de serpiente clavaron sus colmillos en la espalda y piernas de Kedair, que la miró furioso y dolorido. Kedair levantó sus catanas al ver que Bethkalu se disponía a repetir su ataque.
—Éste es tu último día de vida, Kedair U’Shea— le silbó entre dientes, descargando con furia el látigo contra él.
Kedair movió con rapidez las afiladas hojas, cortando de dos tajos cuatro de las cinco cabezas de serpiente. La quinta la rebanó Drizzt. Bethkalu miró sorprendida al elfo oscuro que había defendido a Kedair, confusa por un momento; pero al ver sus ojos lilas supo de quién se trataba.
—Vaya, vaya —se rió—. Los dioses los crían y ellos se juntan... Mejor. Esto sí será matar dos pájaros de un tiro de arco...
La sacerdotisa murmuró un conjuro. Inmediatamente, todas las saetas que yacían en el suelo a su alrededor, se izaron y quedaron suspendidas en el aire con la punta hacia ellos.
—¡Corre! —gritó Kedair a Drizzt—. ¡Ponte a cubierto!
Los dos drow saltaron al nivel inmediatamente inferior de la muralla, con el tiempo justo de parapetarse bajo las escaleras de piedra. Las flechas se estrellaron contra éstas con violencia, para inmediatamente volver a flotar amenazadoramente.

Bethkalu se divertía, se sentía exultante, feliz, veía su triunfo en la mano. Pero de repente, una tremenda fuerza la empujó por la espalda y la hizo caer de bruces. Mientras se incorporaba, vio a Ashari aproximándose a ella.
—¡Déjale! —le gritó a Bethkalu—. ¡Deja a mi marido en paz y enfréntate conmigo, si te atreves!
Bethkalu se puso en pie y se rió de ella, mientras sacaba de su cinturón una daga negra que refulgía con un brillo violeta. Ashari extrajo de su funda la espada drow que Kedair le diera hacía ya tanto, y que ella siempre rehusó cambiar por ninguna otra. Ambas mujeres comenzaron a moverse en círculo, midiéndose.
—Es tu hermano —le dijo Ashari, a quien no entraba en la cabeza la falta de sentimientos de la sociedad drow—, ¿es que no significa nada para ti?
Por toda respuesta, Bethkalu se adelantó y trazó un arco con la daga; Ashari saltó rápida hacia atrás, esquivando por poco el filo del arma.
—Sé lo que hicieron contigo —siguió insistiendo Ashari—. Kedair me lo contó. Sé que has conocido el amor, y sé que, cuando lo supieron, te lo arrebataron haciéndote creer que era una debilidad. Le sacrificaron ante tus ojos, diciéndote que eso te haría más fuerte. Pero te engañaron, Bethkalu.

La sacerdotisa repitió el ataque, aunque con menos convicción.

—Renuncia a Lloth —continuó la hechicera—. Ella os envenena, os engaña, quiere que estéis solos. Porque si estáis solos, ella puede manejaros a su antojo. Recuerda lo que sentías por él, Bethkalu, sé que eres capaz de recordarlo. Por eso no toleras las acciones de tu hermano, porque a ti se te negó amar.
Bethkalu dudó. Un brillo de infinita tristeza cruzó sus ojos rojos y la daga flaqueó en su mano.

Ashari bajó el arma y le tendió su mano, renunciando a toda cautela, imprudentemente.

—Reniega de Lloth, ven con nosotros. Te ofrecemos un mundo mejor, hermana...
La daga cayó de la mano de Bethkalu, que miraba a Ashari llena de dudas. Pero ¿era un ardid? Cuando se disponía a recoger de nuevo el cuchillo, sin saber qué intenciones guardaba, una hermosa drow apareció detrás de Bethkalu y hundió en su espalda una daga igual a la que había caído de la mano de la sacerdotisa.
—Te dije que si me fallabas te aguardaba un destino peor que la muerte —dijo la hermosa drow a Bethkalu, mientras sus ojos se empañaban con la oscuridad eterna—. Y ahora, mata a esos dos renegados.

La mujer drow, de crueles aunque bellas facciones, refulgía recorrida por una extraña energía. Ashari supo que no era una drow corriente, incluso supo que no era mortal. Reconoció con un estremecimiento a la mismísima Reina Araña, aunque el origen de ese conocimiento lo ignoraba. Lloth arrancó la daga de la espalda de Bethkalu tras la orden, y enfrentó su mirada a Ashari. La sacerdotisa recogió la daga del suelo y empezó a caminar hacia las escaleras, sin más vida que la que el zin–carla le otorgaba, sin más voluntad que la de Lloth, ante la mirada horrorizada de Ashari, que sabía que Bethkalu estaba muerta. Intentó detenerla para proteger a Kedair y a Drizzt. Su magia no sirvió de nada, pues el hechizo del zin—carla emanaba de la propia diosa, otorgándole a ésta el control del cuerpo muerto y las aptitudes que la víctima tenía en vida.

Ashari, al mirar a los profundos y crueles ojos de la Diosa, se vio recorrida de nuevo por aquellas visiones... que ahora tenían sentido. Así iba a matarles Lloth por medio de Bethkalu. Kedair y Drizzt serían acribillados por innumerables flechas, caerían muertos al suelo, cubiertos de sangre... ¡Elige! ¡Renuncia, o no habrá futuro para ninguno de ellos! ¡Debes sacrificarte, pues no puede haber desequilibrio!

Algo la empujó ligeramente, sacándola de su estupor. El unicornio estaba a su lado ahora.

“Hazlo. ¡Hazlo!”, le dijo éste. “Elige, Aental’ne... Si subes a mi grupa ahora, evitarás sus muertes, porque tú y yo somos un todo... Pero renunciarás a tu vida terrenal... ¡Elige!”

Ashari no lo pensó dos veces. La visión de Kedair atravesado por las saetas, muerto, era más de lo que podía soportar. Daría gustosa su vida por evitarlo, si era preciso.
Con un rápido y ágil salto se subió a la grupa del unicornio, e inmediatamente sintió una simbiosis completa, ésta vez supo que estaba preparada, entendió la naturaleza de su poder y cuán grande era éste. Y también tuvo miedo, pues le fue revelado el origen de ese poder. Decidió manejarlo sin caer en él, resistiéndose a fundirse con su mitad, sobre la cual se erguía a horcajadas.
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A un gesto de su mano, Bethkalu cayó como una marioneta a quien cortaran los hilos, finalizando el zin—carla. Nadie tocaría a su drow.
Drizzt y Kedair aparecieron por la escalera, a cierta distancia por detrás de Lloth. Kedair intentó precipitarse hacia Ashari, pero Drizzt le retuvo a la fuerza, intuyendo quién era aquella drow cuya espalda contemplaba, intuyendo que aquello era más de lo que parecía. Kedair gritó el nombre de su esposa, y al hacerlo, llamó sobre ellos la atención de la despiadada Reina Araña.

Lloth se permitió el lujo de lanzar una mirada llena de burla y malicia a Ashari, sonriéndole con cinismo; ella supo que estaban perdidos, la diosa pretendía no sólo sus muertes, sino arrastrar con ella sus almas a su propio infierno. Ella lo leyó en sus crueles ojos, y no lo iba a tolerar.
Ashari se entregó entonces a su destino para salvarles la vida. Aceptó este y ya no se resistió: tomó conciencia de su verdadero ser y se transformó en él, fundiéndose con el unicornio hasta quedar convertida en una mujer drow, una Ashari de salvaje belleza de ébano.

El conocimiento de miles de años, los poderes ultra terrenales y su propia identidad penetraron en su cerebro causándole un espasmo, y recordó quién era y el lugar al que pertenecía. Pero eso causó en ella una profunda desdicha y desesperación.
Tanto Drizzt como Kedair se quedaron atónitos al reconocer en ella a Eilistraee, la diosa de los drow de alineamiento bueno. En el rostro de Kedair se dibujó una expresión de terrible desconcierto.

La Reina Araña centró en ella su atención ahora, con una expresión de fastidio en su hermoso rostro, y Eilistraee recordó el engaño, la trampa en la que cayó ingenuamente y que dio como resultado la pérdida de su identidad, la división de su ser y su venida al mundo terrenal como si de una simple mortal se tratara.
—Sí, has fracasado —le dijo a la pérfida diosa—. Tus maquinaciones dieron resultado, pero sólo has conseguido alejarme veinte años. ¿Qué pretendías hacer con mi pueblo mientras yo no estaba para controlarte? ¡Qué presunción la tuya! Sea lo que sea lo que planeaste, no has tenido tiempo y no podrás hacerlo. He vuelto más fuerte que nunca, Lloth, gracias a tu osadía. Porque he amado a un drow y me he convertido en madre de otro, y eso me hace mucho más peligrosa para ti. No sabes el enorme error que has cometido...
—Bah, siempre tienes que estropearlo todo —le dijo Lloth como si no se tomara en serio sus palabras—. Con las molestias que me tomé...
—Me atrapaste, maldita, me atrapaste y me enviaste a una vida terrenal, quitándome la consciencia de quién era yo... Pero ya no podrás volver a hacerlo. No contabas con que recibiría ayuda.
—Esa Mielikki es una entrometida...
—Ahora, lárgate, Lloth —dijo Eilistraee—. Lárgate y llévatelos de aquí, porque no toleraré que sacrifiques a un solo drow en una guerra que tienes perdida. Tú y yo tenemos cuentas que saldar, pero no aquí.
—¿Por qué no? ¿Temes acaso que mueran unos cuantos insignificantes drow a resultas de nuestro pulso? Tus escrúpulos son patéticos...

Eilistraee levantó con ira el brazo derecho, y una fuerza invisible pareció inmovilizar a Lloth, que no esperaba semejante reacción.
La buena diosa se giró entonces hacia las hordas que aún luchaban bajo la muralla, sin soltar su presa. Su voz tronó por encima del fragor de la batalla, y a un gesto de su mano izquierda todas las armas se tornaron incandescentes, siendo arrojadas al suelo por sus doloridos portadores.
—¡Volved a vuestra infraoscuridad, drow! Nada tenéis que hacer aquí, si no es que renunciáis a Lloth. ¡Volved a vuestro mundo, que no es éste! Yo, Eilistraee, os lo ordeno... ¡Y Lloth también! —dijo, lanzando una mirada de advertencia a la aludida.

Los drow se detuvieron poco a poco, al reconocer a la deidad que les había hablado, hasta quedar inmóviles y desconcertados. Aunque pocos de ellos eran seguidores de la buena diosa drow, le hicieron caso. Quizá porque Lloth, su diosa, no rebatió sus palabras. Luego, Eilistraee fijó su mirada de fuego de nuevo en la Reina Araña.
—¡Fuera! —bramó al tiempo que la dejaba libre.
Y Lloth simplemente desapareció, en sus labios floreció una sonrisa perversa mientras se desvanecía.

Kedair corrió ahora hasta Eilistraee, la miró con respeto y lágrimas en los ojos y se postró ante ella.
—Ashari…—musitó, no muy seguro de su afirmación.
A ella le tembló la voz, y sus ojos se nublaron como los de él. Por un momento, volvió a ser Ashari.
—Mi amor…—dijo ella, tomándole de las manos e izándole—. Tuve que hacerlo, Kedair, tuve que hacerlo para evitar tu destrucción… Perdóname…
—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó Kedair, que en el fondo sabía la temida respuesta, pero que no quería, no soportaba que fuera así.
—¡Oh, Kedair! Salvándote, he renunciado a ti... Tengo que irme, amor mío. Renuncié a mi vida terrenal para evitar que Lloth os arrastrara... Mi sitio ya no está aquí, pues debo volver a ocupar mi lugar entre los dioses, aunque no sea ése mi deseo… ¡Te amo, mi drow, y eso nada puede cambiarlo!
—No… Ashari, no… ¿Qué haré sin ti? —gimió Kedair, desolado.
Ashari le abrazó y le besó en los labios con la desesperación de alguien que sabía que ya no habría un mañana.
—Tienes que cuidar de Ashzá por mí… ¡es tan pequeño! —dijo con voz quebrada cuando separaron sus labios—. Dile siempre que su madre vela por él… Y por ti. Porque, aunque no esté, no dudes que cuidaré de mis drow...

Kedair gimió de nuevo. Ella acarició su rostro, con suavidad. Luego le tomó de las manos. Sólo ella supo lo que le costó pronunciar sus siguientes palabras.

—Pero tienes que olvidarme y seguir, Kedair… prométemelo. Son muchos los siglos que te quedan por delante, y ¡tienes que vivir!
—No puedo prometerte eso. Fue a ti a quien entregué mi corazón. Fue por ti por quien lo dejé todo… Nunca dejaré de amarte, Ashari, nunca habrá nadie más para mí, por largos que sean los siglos que me aguardan —dijo él con el alma asomando por sus tristes ojos—. No te vayas... ¡No te vayas!
Ella arreció en su llanto y se recostó contra su hombro, aferrándose a su cuello como para no soltarle jamás, pues las palabras de Kedair se lo ponían todo aún más difícil.
—No me hagas esto, Kedair, ¡tienes que ser fuerte!
—No me pidas que sea fuerte, no cuando me condenas a la soledad.
—Entonces, mi amor… Te esperaré hasta que la muerte te traiga a mí… Te juro que compensaré lo que la vida nos ha estafado con una eternidad juntos... Pero prométeme que no forzarás ese reencuentro.
—Sólo el amor por nuestro hijo y mi responsabilidad hacia él me impedirán que corra a reunirme contigo. Porque vivir ya no merece la pena.

Las lágrimas caían por sus mejillas como diamantes líquidos; la diosa sufría a pesar del aura de fortaleza más allá de lo humano, más allá de lo mortal, que irradiaba. Eilistraee sufría porque quería quedarse y vivir una larga vida con Kedair, como lo quiso cuando sólo era Ashari, pero incluso para los dioses hay reglas. Ya por siempre la acompañarían esos sentimientos que formaron parte de ella cuando era humana, esos sentimientos que antes desconocía y que la hacían más noble y más cercana a los mortales. Eso habría de distinguirla en delante de los demás dioses.
—Ah, Drizzt…—se dirigió al segundo drow, que era testigo de la escena desde unos discretos metros.
—Mi Señora —dijo él, postrando una rodilla en el suelo.
—Mi buen drow, ¿cuidarás de ellos por mí, por favor...?
—Desde luego. Es lo menos que puedo hacer para agradecerte mi salvación y tu sacrificio.
Ella cerró los ojos con fuerza, y su rostro se contrajo de dolor. Volvió a abrirlos poco a poco, y fijó su mirada en Kedair.
—Adiós, amor mío… Si pudiera, cambiaría la eternidad por una vida contigo… Te amo, Kedair…
—Te amo, Ashari…
Y así, Eilistraee, cogida de las manos de su drow y con sus hermosos ojos arrasados de lágrimas, le besó largamente y se desvaneció en el frío viento del amanecer.

Mientras las hordas de drow se alejaban, mientras los soldados de Luna Plateada trasladaban a los heridos y a los muertos, Drizzt guio en silencio a un Kedair abatido y desorientado a la casa junto al palacio. Para él, era como si su amada hubiera muerto. Ya no besaría sus labios, ni abrazaría su cuerpo, ni compartirían su tiempo... Sólo el vacío ocuparía su lugar en la cama cada noche. El tiempo quizá le curara, pensó Drizzt, el tiempo y su hijo; pero nunca sería ya el mismo. Los designios, los juegos caprichosos de los Dioses, ¿quién los entiende? Aunque quizá, hasta ellos mismos son víctimas, a veces, del destino…

Desde entonces, a Eilistraee se la conoce como una diosa melancólica y temperamental, patrona de los drow buenos que han logrado librarse de la red de Lloth y deciden vivir en la superficie. Porque ella amó a un drow y fue madre de otro, de ahí su debilidad por los elfos oscuros que, como su amado, eligen esa difícil vida.
[Image: 24qu629.jpg]
Algunas personas afirman haberla visto en la noche, velando el sueño de grupos de drow de la superficie cuando éstos acampan lejos de casa… Siempre desnuda, con su larga melena blanca cubriendo su esbelto cuerpo, pero con una sencilla espada drow colgando de su cadera. La espada que le regaló Kedair.

Kedair la echó de menos toda su vida, no hubo para él ninguna otra mujer. Vivió rodeado de un halo de perpetua tristeza, y en las pocas ocasiones que sonreía, ya no lo hacía como antes. Pero la leyenda dice que, a veces, cuando la amargura y la infelicidad se hacían insoportables, Kedair subía a una solitaria colina y una estrella descendía hasta él; siempre de noche y hasta que el sol, ese elemento tan ajeno al mundo drow, teñía de rojo el amanecer. Entonces volvía a casa, con su hijo, y por unos días incluso parecía feliz… Pero esto, quizá, sólo es una leyenda.



EPÍLOGO


Ashzá abrió la puerta de la casa donde creció, en Luna Plateada. Su semblante estaba pálido y grave, pero sus ojos se alegraron al ver a Drizzt. Por fin había llegado. En sus treinta y cinco años de vida, él había sido el mejor amigo tanto de su padre como suyo.
—¿Cómo está? —dijo Drizzt cuando hubo entrado, mientras el otro cerraba la puerta.
—Ha empeorado. Creo que está esperándote para despedirse, que no se deja ir para decirte adiós.
—Y, ¿qué dice el galeno?
—Que no puede hacer nada por él. No pone de su parte, Drizzt, no lucha. Se está dejando morir. No ha consentido que usemos a Das´Ashea con él... Convéncele, Drizzt, él siempre ha tenido en cuenta tus opiniones...
Drizzt no dijo nada. Se limitó a seguir a Ashzá hasta los aposentos de Kedair.
El drow moribundo yacía en su enorme cama con dosel. Había adelgazado mucho, y parecía mayor, cuando en realidad era joven dada la expectativa de vida de los drow. La habitación estaba en penumbras, una solitaria vela ardía sobre la cómoda, lanzando sombras siniestras, lúgubres, sobre el rostro ajado de su amigo.
Se acercó a la cama y apoyó su mano sobre el hombro de Kedair. El abrió entonces los ojos, unos ojos febriles, y los posó en los violetas del otro.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Drizzt.
—Me muero, querido amigo.
—Ashzá me dijo que no luchas por tu vida.
—Ashzá ya no me necesita. Debe dejarme marchar con ella...
—No fue eso lo que le prometiste a Ashari —le reprochó con un tono de voz amable.
—Ashzá ya no me necesita —repitió Kedair—. Si mi sino es morir, no haré nada por impedirlo.
Drizzt suspiró, abatido y resignado.
—Sea como tú quieras. Yo me ocuparé de Ashzá cuando tú no estés.
—No esperaba menos de ti, amigo mío. Fue una suerte para mí encontrarte en mi camino, camarada. Tu apoyo ha sido crucial todos estos amargos años.
Kedair le miraba con respeto y cariño. Su mano se posó sobre la de Drizzt, que aún descansaba en su hombro. De pronto, sus ojos se desviaron y se abrieron con sorpresa. Una mujer de negros y rizados cabellos, de piel blanca y ojos verdes, apareció de la nada frente a sí.
—Kedair...
—Has venido... Has venido a buscarme...
Drizzt y Ashzá miraron a su alrededor, buscando al receptor de las palabras de Kedair, pero allí no había nadie.
—Desvaría...—dijo Ashzá.
Kedair levantó su mano y la sostuvo en el aire, como si esperara que fuera tomada por alguien. Luego se cerró en el vacío, como si cogiera algo, algo que en realidad no estaba allí.
—Mi amor, ¡qué hermosa eres! Mucho más de lo que recordaba...—dijo emocionado, mientras sus ojos se empañaban de lágrimas.
—Papá, ¡aquí no hay nadie! —exclamó Ashzá.
Drizzt se volvió hacia él y agarró su hombro.
—Déjale, Ashzá. Hay cosas que escapan a nuestra comprensión, a nuestros sentidos, pero que no son menos reales.
En ese momento, Ashzá sintió un roce frío en la mejilla, una extraña sensación que le hizo sobresaltarse, asustado. Ya no estuvo tan seguro de que allí no hubiera nadie más.
Después de besar a su hijo, Ashari volvió junto a Kedair y tomó su mano de nuevo, de nuevo la besó.
—Has hecho un gran trabajo con nuestro hijo. Es un buen muchacho... Se parece tanto a ti...
—Sí, es un gran muchacho.
—Mi amor, ¿estás seguro de que es esto lo que quieres? ¿Estás preparado para cruzar? —dijo ella acariciando el amado rostro, ahora demacrado.
—Tal como ya hiciera una vez, de nuevo lo dejaré todo para estar contigo. Ése es mi único deseo, Ashari, lo fue desde que te perdí...
—Entonces, ven conmigo. No temas, no soltaré tu mano. Te llevaré a la felicidad que te prometí hace tantos años.
Ashari se reclinó sobre él, despacio, mirándole profundamente a los ojos, y le besó en los labios. Y mientras lo hacía, la vida abandonó a Kedair.
—Padre...—musitó Ashzá con tristeza, comprendiendo que acababa de morir.
Drizzt abrazó por los hombros al desolado muchacho, en un intento de consolarle.
—Tu madre cuidará ahora de él. Y yo cuidaré de ti. Vendrás a Mithril Hall y allí vivirás con nosotros. No estás solo, Ashzá.
—Gracias, Drizzt...
Ashzá miró de nuevo a su padre, se acercó a él y depositó un sentido beso en su frente, cálida aún. Después le cubrió con la sábana y salió de la habitación junto con Drizzt.

El túnel oscuro terminaba en un punto de luz. Kedair caminaba de la mano de Ashari, feliz. No tenía miedo, no con ella a su lado. No dejaba de mirarla, embelesado. Entonces, la oscuridad cesó y se vio rodeado de una nada irreal, que comenzó a llenarse de elementos poco a poco.
—¿Dónde estamos? —le peguntó.
—Allá donde tú desees —respondió ella con una sonrisa.
Kedair miró a su alrededor y todo cobró sentido. Estaban en la linde del bosque de las dríadas, allí donde todo empezó.
—Ya sé dónde estamos —le dijo—. Estamos en el tiempo más feliz de mi vida...
Kedair la abrazó por el talle y acarició su rostro.

—Aquí te conocí...
—Pues aquí moraremos, si tú así lo deseas... Ya nunca nos separaremos, Kedair.
—Oh, Ashari... mi Ashari...
Ella le besó, dulcemente, saboreando el esperado beso. Sin interrumpirlo, ambos se dejaron caer sobre la hierba verde, acariciándose, amándose, y se entregaron el uno al otro después de tanto tiempo, sin prisa y a solas. Y todo estuvo bien.


FIN