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[Introspección] ¿Y si...? - Versión para impresión

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[Introspección] ¿Y si...? - Celembor - 31/07/2019

En el reto del mes de julio publiqué un relato que se basó en una reflexión que escribí en agosto del año pasado y, aunque parezca mentira, sigo encallado ahí. en un año solo he escrito un relato nuevo, ya que esta transformación no la considero como un relato original. Os pongo primero la reflexión que escribí y después cómo lo transformé en un relato.



Quiero escribir pero no puedo. ¿Por qué? No lo sé. Solía sentarme a escribir y siempre me faltaba tiempo. Ahora me sobra. Las historias se amontonaban en mi cabeza, una tras otra, y mi libreta de ideas siempre estaba llena. Cerraba los ojos y las palabras fluían, como el agua buscando su camino, desde la cabeza hasta los dedos. Escribía de todo: fantasía, terror, humor, ciencia ficción, steampunk… no había género que se me resistiese. Ahora ese torrente se ha secado, solo quedan los cantos rodados, las rocas demasiado pesadas que no se pudo llevar la corriente. No quedan plantas, ni algas, ni peces ni insectos. Está yermo, falto de vida.

Cierro los ojos y pienso en lo que quiero contar. Los abro y mis dedos siguen parados, la hoja en blanco. Ah, la música, la música épica que me ponía para escribir y ayudaba a meterme en la historia. Es buena música, sinfónica, instrumental, de videojuegos y películas, inspiradora. La hoja sigue en blanco.

No lo tengo claro, por eso no fluye. No encuentro lo que quiero contar, por eso no escribo. Pienso mucho, muchísimo. Pensamientos que se entrelazan unos con otros, como las ramitas trepadoras del jazmín. Pero ni una sola flor.

Lo que me falta es volver a coger ritmo, seguro. Desempolvo mis cursos de escritura. Leo. Leo mucho. Toca realizar los ejercicios. Nada. Me fuerzo, me obligo. Las letras van formando palabras, las palabras frases y las frases párrafos. Por fin escribo. Leo el resultado. Pobre, malo, insípido.

Voy a internet, a leer sobre ello. “Síndrome de la página en blanco”, se llama. Muy descriptivo, sin duda. Sigo los pasos, los consejos, las recomendaciones. Muy bonita la teoría, para variar. Y muy disociada de la práctica, para variar. Si fuese tan fácil ni siquiera estaría documentado. ¿Cómo lo conseguía antes, escribir cada vez que tenía oportunidad? ¿Qué ha cambiado? La respuesta a la segunda pregunta es fácil. Dos años sin escribir, con oposición fracasada de por medio, tienen la culpa. Cuando busco respuesta a la primera pregunta solo me vienen nuevas preguntas: ¿He perdido la ilusión? ¿Ya no me llena? ¿Me estoy obligando a seguir una pasión que lo fue en su día y ya no lo es? Son preguntas de difícil respuesta, que me obligan a adentrarme en mí mismo, en los pasillos oscuros, lúgubres y terroríficos de los miedos y las desilusiones, de las justificaciones y los culpables. No, no quiero, no es el momento. Yo solo quiero escribir. ¿Sí? ¿Solo quiero escribir? Me estoy haciendo la zancadilla a mí mismo.

Tengo ideas apuntadas para nuevos relatos, una novela a medias. Quiero escribir. ¿Y por qué tanta pereza? ¿Por qué tantos peros? ¿Por qué tantas preguntas? Por un lado hay algo que me impide seguir, pero por otro no estoy muy seguro de querer descubrir qué es, no vaya a ser que sea una verdad tan evidente y absoluta que me haga abandonar la escritura definitivamente.

En algún lugar leí que uno no se puede sentir escritor hasta que no ha finalizado su primera novela. ¿Qué tontería es esa? Puedes escribir relatos cortos, cientos de ellos, y sentir que eres escritor. No creo que lo que uno sienta esté directamente relacionado con finalizar una novela. Pero cada uno siente como le da la gana. Yo me sentía escritor y, ahora, dos años después de dejarlo, me siento igual que cuando empecé: un pringao. La diferencia entre antes y ahora es que no tengo la ilusión de recorrer un camino nuevo, sino la pesadez en las piernas de tener que volver a hacer el mismo camino. ¿No dicen que la verdadera experiencia no está en alcanzar el objetivo sino en lo que aprendes por el camino? ¿No debería ser ese mi acicate para continuar, para seguir, para sentarme en cuanto pudiese, para escribir mierda, basura, bazofia y porquería, hasta conseguir de nuevo soltura y que mis textos vuelvan a tener cierta calidad, tanto de ideas como de prosa y estructura? Pues sí que debería.

Así que para conseguirlo debo volver a encontrar mi estilo propio, mi voz, volver a contar historias bonitas como “La piedra de valor”, graciosas como “La máquina del tiempo”, “La vida de Ku” o “Prendas y colores”, incómodos como “El certificado” o “Nunca pasa nada”, sobrecogedoras como “La fuga”. Volver a transmitir emociones y que el texto tenga vida propia una vez escrito. Estructurar bien, muy bien, de manera que todo encaje con naturalidad. Crear personajes completos, auténticos, aunque solo sea para relatos de tres mil palabras.

Ahora lo veo claro. Tengo que correr una maratón y tengo las piernas cansadas. A partir de ahora es cuando entra en juego la fortaleza mental, lo que convierte a un buen tenista en un Rafa Nadal, y no tiene que ver con los resultados.

Simplemente entrenar, entrenar, entrenar.



Llevo ya un rato sentada, con las manos reposando en el teclado, mirando el infinito parpadeo del cursor en la hoja en blanco. He perdido la cuenta de todas las veces que, una vez sentada, no he escrito una sola palabra. ¿Por qué sigo intentándolo? Quiero escribir pero no puedo. ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado? Esta vez no acuden miles de respuestas a esa pregunta. Hoy solo tengo el desconcertante silencio. El mismo silencio que dejaste en casa cuando te despediste de un portazo. El mismo silencio que envuelve mi corazón y estrangula mi garganta.

Dije que no volvería a soltar una lágrima por ti y voy a cumplirlo.

Antes solía sentarme a escribir y siempre me faltaba tiempo. Ahora, sin embargo, me sobra. Recuerdo cómo las historias se amontonaban en mi cabeza, una tras otra, y la libreta azul siempre estaba llena de apuntes con ideas. Cerraba los ojos y las palabras fluían, como el agua buscando su camino, desde la cabeza hasta los dedos. Escribía de todo: fantasía, terror, humor, ciencia ficción, steampunk… no había género que se me resistiese. Ahora ese torrente se ha secado, solo quedan los cantos rodados, las rocas demasiado pesadas que no se pudo llevar la corriente. No quedan plantas ni algas, ni peces ni insectos. Está yermo, falto de vida.

Como mi interior. ¿Por qué me dejaste definitivamente? ¿Por qué no hiciste como siempre hacías, dejarme y volver conmigo a los pocos días? Tus respuestas no tenían sentido, como nada en ti, y eso era una de las cosas que más me gustaban cuando nos conocimos. Reíamos sin parar, follábamos cuando parábamos. ¿Por qué la cosas se tienen que torcer? ¿Por qué no se puede seguir siempre como al principio?

Todavía recuerdo la noche en que nos conocimos. Viniste acompañando a Roberto. Si hubieseis venido antes el alcohol no hubiese movido mis labios. «Será hija de puta», pude leer en los tuyos cuando solté «¿el día que repartían los dientes los cazaste al vuelo?». No sé por qué lo dije, pero fue un inicio muy potente. Tras una larga noche soltándonos pullas acabamos follando en tu casa.

La risa y el llanto se mezclan en un extraño baile que dura ya demasiados meses. Me he acostumbrado a tener pañuelos encima de la mesa, por mucho que me haya prometido no volver a llorar. Nunca lo cumplo.

Cierro los ojos y rebusco en mi interior algo que contar. Al abrirlos de nuevo mis dedos siguen parados, la hoja en blanco. La música, pienso. La música épica que ponía para escribir, a bajo volumen, me ayudaba a meterme en la historia. Buena música, sinfónica, instrumental, de videojuegos y películas, inspiradora.
La hoja sigue en blanco, como mi lista de respuestas. Preguntas que me hacía cuando te llamaba al ver que no volvías. Preguntas que quedaron sin respuesta como mis llamadas.

No lo tengo claro, por eso no fluye. Si no sé lo que quiero contar, ¿cómo iba a escribir? Dedicaba horas enteras a pensar qué historias contar, cómo contarlas, qué transmitir. Los pensamientos se entrelazaban unos con otros, como las ramitas trepadoras del jazmín. Pero ni una sola flor. Sin flores, las abejas no acuden. Y sin abejas las flores no dan fruto. Si yo era tu flor y tú mi abeja, ¿por qué no salió fruto? Tal vez sí saló el fruto, pero cayó al suelo y se pudrió.

Abro el cajón de la mesilla buscando el tabaco. No está. Claro que no está, lo dejé forzada por él. «Es como besar un cenicero», me decía. No fue más que otra palada en el entierro de nuestra relación. Tal vez eso fue lo que ocurrió, que intentamos cambiarnos el uno al otro para hacer encajar una ficha del puzzle que no encajaba. Y ahí se fue todo a la mierda. Tal vez sea ese el secreto de las relaciones duraderas, ir limándose el uno al otro hasta que no queda apenas nada de ellos mismos para así poder vivir en pareja. Pero si eso es así, ¿quién está dispuesto a renunciar a sí mismo a cambio de una pareja estable?

No, no lo haré, nunca, aunque acabe como una vieja solitaria rodeada de gatos.

Agotada, abro el navegador y tecleo unas palabras en Google. “Síndrome de la página en blanco”, se llama. Muy descriptivo, sin duda. Sigo los pasos, los consejos, las recomendaciones. Muy bonita la teoría, para variar. Y muy disociada de la práctica, para variar. Si fuese tan fácil ni siquiera estaría documentado. ¿Cómo conseguía antes escribir cada vez que tenía oportunidad? ¿Qué ha cambiado? La respuesta a la segunda pregunta es fácil: un año sin escribir ni trabajar, sumida en la penumbra, desde que te fuiste. Cuando busco respuesta a la primera pregunta solo me vienen nuevas preguntas: ¿He perdido la ilusión? ¿Ya no me llena? ¿Me estoy obligando a seguir una pasión que lo fue en su día y ya no lo es? Son preguntas de difícil respuesta, que me obligan a adentrarme en mí misma, en los pasillos oscuros, lúgubres y terroríficos de los miedos y las desilusiones, de las justificaciones y los culpables. No, no quiero, no es el momento. Yo solo quiero escribir. ¿Sí? ¿Solo quiero escribir? Me estoy haciendo la zancadilla a mí misma.

Mario, Mario. Contigo a mi lado las historias se derramaban sobre la mesa, en servilletas o posits. Contigo a mi lado gané varios concursos de relatos, publiqué mi primera novela y empecé dos más. Contigo a mi lado, mientras yo escribía tu leías, relajado por los martilleos irregulares del teclado. ¿Eras tú mi musa?
Con la imagen de Mario en la retina, las letras van formando palabras, las palabras frases y las frases párrafos. Por fin escribo, y cuando leo el resultado, siento un regusto a cenizas que ahora detesto. Es tan malo, tan pobre y tan propio de un novel que me avergüenzo de haberlo escrito. Lo borro antes de que pueda infectar el resto de palabras que pueda escribir.

Tengo ideas apuntadas para nuevos relatos, dos novelas a medias. Quiero escribir. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué tantos peros? ¿Por qué tantas preguntas? Por un lado hay algo que me impide seguir, pero por otro no estoy muy segura de querer descubrir qué es, no sea que una verdad tan evidente y absoluta me haga abandonar la escritura definitivamente. ¿Y si solo pude alcanzar la cima con Mario a mi lado? Al final esa pregunta siempre acaba por llegar. Es la pregunta definitiva. Si la respuesta es no, ¿por qué no puedo escribir? Si la respuesta es sí, ¿qué hago aquí sentada, perdiendo el tiempo y llenando la papelera de pañuelos?

Me enfadé mucho con él cuando me dijo, hace tiempo, que uno no se puede sentir escritor hasta que no ha finalizado su primera novela. ¿Qué tontería es esa? Tal vez solo me lo dijo para picarme. Puedes escribir relatos cortos, largos, cuentos, y sentir que eres escritor. No creo que lo que uno sienta esté directamente relacionado con finalizar una novela. Pero cada uno siente como le da la gana, y a veces ni eso. Yo me sentía escritora y, ahora, un año después de dejarlo, me siento igual que cuando empecé: una pringá. La diferencia entre antes y ahora es que no tengo la ilusión de recorrer un camino nuevo, sino la pesadez en las piernas de tener que reandar el mismo camino, de volver a estar en la casilla de salida. ¿No dicen que la verdadera experiencia no está en alcanzar el objetivo sino en lo que aprendes por el camino? ¿No debería ser ese mi acicate para continuar, para seguir, para sentarme en cuanto pudiese, para escribir mierda, basura, bazofia y porquería, hasta conseguir de nuevo soltura y que mis textos volviesen a tener cierta calidad, tanto de ideas como de prosa y estructura? Pues sí que debería.

Debo volver a encontrar mi estilo propio, mi voz, volver a contar historias bonitas como «La rosa del desierto», graciosas como «Los ingenios del Sr. Wilson», incómodos como «Barriendo el país» o «Una cena de idiotas», sobrecogedoras como «Los acólitos». Volver a transmitir emociones y que el texto tenga vida propia una vez escrito. Estructurar bien, muy bien, de manera que todo encaje con naturalidad. Crear personajes completos, auténticos, aunque solo sea para relatos de tres mil palabras.

Algo de claridad se va colando entre las espesas nubes negras que nublan mi mente, una idea que se abre paso como el tallo de una planta saliendo de la semilla. Tengo que correr una maratón y mis piernas cansadas. A partir de ahora es cuando entra en juego la fortaleza mental, esa fortaleza que nunca tuve, y si la tuve, se quedó por el camino. Es momento de empezar a entrenar la cabeza, empezando por no hacer más preguntas. Es la fortaleza mental lo que permite al corredor acabar el maratón, lo que convierte a un buen tenista en un Rafa Nadal.

Como decía mi padre, simplemente es practicar, practicar, practicar.

Pero por dónde empezar, siempre el escollo en el que tropiezo. Y si… ¿Y si escribiese sobre lo que me está pasando?


RE: [Introspección] ¿Y si...? - Amaika - 01/08/2019

Bueno, cabe decir que leí los relatos de todos. Voy a ser sincera. Me gusta más tu reflexión que el relato, no porque piense que está mal sino porque lo veo más auténtico.

También yo estoy pasando por el mismo proceso de bloqueo tanto en escritura como en dibujo. Quiero hacer cosas, tengo ideas pero muchas dudas. Antes me venía una idea a la cabeza y la escribía. Pero antes el estímulo inicial era más durarero que ahora, que simplemente se desvanece en segundos. 

Creo que lo que cambió, en estos años, es que soy más sabía que antes. Y ahora no aceptó cualquier cosa que no pasé por un filtro. Está muy bien el tema de perfeccionarse, pero a veces el temor al error nos puede inducir al fracaso u a obras  --como tú enunciaste-- insípidas. De esto hicieron un capítulo de dibujos con Agallas, el perro cobarde. Amo esa serie porque además del humor negro que pulula contiene mensajes bastantes sinceros y filosóficos. Bien, en este capítulo Agallas intenta esforzarse para conseguir hacer todo perfecto instado por una intitutriz; pero al final todo le sale mal. Estando deprimido en el baño se le aparece una ánguila y le dice: tranquilo, eres perfecto con todos tus fallos. Con esto no quiero decir que nos desganemos y subamos un texto descuidado, pero si empezamos algo que nos gusta como una obligación y nos exigimos más de lo que podemos dar terminaremos odiándolo.

A veces lo mejor es desconectar, olvidar medir el texto con una regla y expresarnos. Porque la escritura como todo arte es un medio de expresión no una operación matemática. Si nosotros disfrutamos mientras creamos el sentimiento se transmitirá a los demás; tendremos un texto mucho más órganico y no algo mecanizado y gramáticamente bien escrito.