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Los Doce Mundos - Diego Bardera - Versión para impresión

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Los Doce Mundos - Diego Bardera - Dóreas - 27/09/2019

[b]Título:[/b] Los doce mundos
[b]Autor:[/b] Diego Bardera Vega
[b]Páginas:[/b] 350
[b]ISBN:[/b] 978-1691892211
[b]Sinopsis:[/b]
Cita:Cuando aquel extraño individuo apareció en el valle de Freikan, Caarant no podía imaginar que su vida iba a cambiar para siempre. Pero así fue, y él, el herrero de la más recóndita aldea del Biverso, emprendió un increíble viaje a la tierra de los inmortales que iba a transformarlo todo. Abandonó su herrería, su gente, su tierra en busca de algo más importante que él mismo, en busca de algo que diese sentido a lo que consideraba una mísera existencia. Y entonces fue forzado a tomar parte en una guerra entre poderes incontrolables para los hombres, una guerra que se extendió no solo por el suyo, sino que asoló los Doce Mundos y lo sumió todo en la oscuridad. Los simples e insignificantes mortales vieron desvanecerse todo lo que amaban y, en medio de la desolación, Caarant, el herrero, seguía caminando en busca de la tan ansiada libertad.
Para los que aun recuerdan la luz de Valinor y los árboles del Reino Bendecido. Para los que ansían, como Bilbo Bolsón, vivir una aventura. Para los que creen en mundos lejanos, arcaicos, inexistentes. Para los que sienten la magia día a día pero no pueden dejarla salir. Para los que piensan, como William Wallas, que todo pueden quitarnos, todo, menos la libertad. Para los que aspiran a más, a algo más grande incluso que ellos mismos desde el umbral de la esperanza.
Para los que sueñan, para ellos es esta historia.

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Tapa blanda

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RE: Los Doce Mundos - Diego Bardera - Dóreas - 08/10/2019

Una pequeña vista previa:

Aldea de Freikan, Biverso
Primeros días del mundo

Existió en otro tiempo un hombre valiente, libre, del que se podría decir que era
verdaderamente un hombre. Un hombre destinado a cambiar para siempre el porvenir
de mundos y mortales, un hombre cuyo nombre e historia han sido olvidados por
todos; las guerras y el paso de los años han borrado su recuerdo y su memoria, pero ha
llegado a nuestros días una palabra, una sola palabra, lo único que queda de aquel
desgraciado a quien los mismos individuos tomaron a veces por héroe y otras por
asesino: Dóreas.
Esta historia ocurrió cuando el mundo era joven y el cielo, pequeño. Es la historia de
aquel a quien nadie recuerda pero que cambió el destino de todo un mundo, de aquel
dóreas de quien todos en Sarintia hablan pero nadie sabe quien es realmente. Una
historia de guerra, de amor y de venganza, la historia de doce reinos, de un rey y de un
enemigo, del nacimiento del Cosmos y del inicio de una eterna guerra, de la ruptura de
lealtades y de las mentiras de un cobarde, del nacimiento y el final de los Doce
Mundos tal y como los conocían hasta entonces. Una historia que podría empezar un caluroso y soleado día de verano en una caliente herrería junto a un hierro que era
golpeado, una y otra vez, por un pesado y colosal martillo.
Tam. El golpe resonó en toda la estancia y saltaron chispas por los aires, pero el
herrero continuó con su labor. Tam. Un golpe, y otro, y así aquel trozo de metal
ardiente fue poco a poco tomando forma. Cuando, varias horas más tarde, el herrero
acabó su trabajo, sonrió con satisfacción por debajo del casco que le protegía de las
chispas que saltaban del metal.
Amanecía en el valle de Freikan, un minúsculo pueblo en los límites del Biverso. Las
calles estaban atestadas de gente, algo muy habitual en un día como aquel, el posterior
al que los ciudadanos de Freikan solían destinar a recoger la cosecha. Solo los
comerciantes y los artesanos trabajaban aquel día, pues los campesinos, tras duras y
prolongadas jornadas de trabajo, solían descansar durante casi tres días. Caarant, el
herrero de Freikan, recorría las calles deslizándose entre la gente, abriéndose paso
entre aquella multitud que marchaba a gastar su tiempo y su dinero en las tabernas y
los comercios. Aquel día iba a hacer dos visitas a dos personas, una por cuestiones de
negocios y otra por motivos bastante diferentes. Caarant miró al cielo, a aquel sol
resplandeciente que parecía anunciar que aquel iba a ser un gran día.
Cogió una calle que se abría a su derecha y, tras recorrer casi cincuenta metros, llegó a
una extensa masía que despuntaba con el ambiente urbano que la rodeaba. Caarant
encontró la puerta abierta, algo nada peculiar en aquellos días en los que reinaba la paz
y la confianza en todas las tierras, y atravesó un extenso huerto bien cuidado repleto de
diversos plantíos muy distintos unos de otros, hasta llegar a las puertas de aquella
hermosa villa. Llamó a la vieja puerta de madera, y un hombre que debía de tener poco
más de treinta años la abrió no mucho después y le invitó a pasar.
-No, Jae –replicó el herrero sin entrar en la casa -. Seré breve, pues me están
esperando.
-Comprendo –contestó el campesino con una sonrisa. Se estaba imaginando, por la
prisa que Caarant parecía tener en marcharse, quién era aquel, o aquella, que le
esperaba-. Bien, así pues, ¿tienes lo que te pedí?
-Sí –contestó secamente el herrero y, echándose la capa hacia atrás, desveló una
enorme hacha que llevaba colgada de la cintura.
-¡Estupendo! –exclamó Jae, observando el arma con un brillo en los ojos-. Es justo
lo que necesitaba. Los jabalíes no se resistirán a esta hoja. Bien, bien, ¿cuánto te debo?
-Doce quenterios –contestó Caarant, mientras se desenganchaba el hacha.
Jae frunció un poco el ceño, pero no se demoró en pagar ni se quejó del precio. Así,
Caarant terminó con aquel asunto rápidamente y, tras despedirse, se marchó para su
segunda visita.

Caarant descansaba sentado en una enorme roca bajo las altas ramas de los árboles,
perdido en un punto del bosque próximo a la aldea, en un día soleado y con un paisaje
idílico. A su lado Niein sonreía. La joven tenía unas facciones suaves y delicadas, un
rostro sereno y un pelo oscuro que llevaba recogido en dos trenzas. Sus negros ojos
parecían querer absorber todo lo que les rodeaba, nerviosos como el de un niño,
bailando de un sitio a otro sin detenerse en nada, en nada excepto en Caarant.
La ruda figura del herrero desentonaba mucho con la dulce de Niein. Su poblada y no
muy cuidada barba, sus curtidas manos llenas de llagas, su pelo encrespado y su duro e
inflexible rostro hacían de aquel un individuo temible, por no hablar de su descomunal
tamaño. Solo en sus marrones ojos la tosquedad desaparecía de su cara, ya que estos,
fuera de querer mostrar una fiereza incalculable, parecían ocultar un profundo secreto,
un anhelo, un deseo que muy pocos conocían.
Sí, eran dos personajes muy distintos, pero el indomable destino les había unido y así
habrían de permanecer para siempre, o al menos eso pensaban.
Caarant, allí, junto a ella, se sentía realmente feliz, mas una sombra, como siempre
había hecho en aquellas ocasiones, trataba con constancia de evitar que esa felicidad
fuera plena. Su vida era perfecta. Un buen trabajo, entretenido y bien remunerado, un
buen hogar, una vivienda en el centro de la aldea de Freikan y gente, como Niein, que
le quería. Sin embargo, la pregunta, la pregunta que siempre tenía en la cabeza le
acuciaba y en momentos como aquel rompía aquel estado de paz casi completa: ¿ese,
fabricar armas para cazar animales en el bosque u otros fines similares, solo ese era su
destino? ¿Viviría toda su vida allí, en Freikan, en aquel insignificante poblado dentro
de un mundo colosal? Niein era maravillosa, sí, pero Caarant anhelaba algo más que
formar una familia en su vida, algo más. Para aquel joven soñador, aquel pueblo se le
quedaba pequeño. Aspiraba a más, él aspiraba a más.
Qué incrédulo era en aquellos días. No podía imaginar lo que le esperaba. Tiempo
después desearía que su vida no hubiese cambiado, que hubiese seguido tal y como
empezó, pero entonces ya sería demasiado tarde. Su joven corazón era ambicioso y
ansiaba vivir grandes aventuras, conocer lugares maravillosos, ser alguien cuyo
nombre quedara para el interminable curso de la historia, que todo lo mata y todo lo
olvida para los hombres sencillos. No lo sabía todavía, pero entonces empezaba a
forjarse el sentimiento que lo guiaría durante toda su existencia, cuya búsqueda lo
llevaría hasta los últimos pasos de ese altísimo precipicio al que llamamos vida: la
libertad.
-¿Qué te ocurre? –le preguntó de repente Niein, interrumpiendo sus pensamien-tos,
pues había percibido una sombra en su rostro que iba acrecentándose poco a poco.
-Nada –contestó él, sacudiendo la cabeza para alejar esas tristes reflexiones-. No es
nada. ¿Qué tal está tu padre?
-Mejor. Aquella caída del caballo le destrozó la espalda, pero poco a poco se está
recuperando. En unos meses ya podrá volver a andar como antes. ¿Y tú? ¿Cómo van
los negocios de la herrería?
-Agotadores, pero enriquecedores. Estoy ganando bastante dinero. En unos meses
podremos casarnos, Niein. Compraré la mejor de las casas para ti, a las afueras de la
aldea, y entonces nos casaremos.
Ella agachó la cabeza y se ruborizó al instante.
-No estoy segura... Aún somos muy jóvenes, Caarant.
-¿Qué importa eso, Niein? Yo te quiero y eso es suficiente. Quizás tu padre oponga
cierta resistencia en un principio, pero al final acabará cediendo, ya verás... –pero, al
ver el rostro de la joven, Caarant calló-. Mas, si tú quieres esperar, si crees que todavía
no es el momento, entonces... entonces esperaremos.
Ella alzó la cabeza, mirándole agradecida. No dijo nada, pero le dedicó una hermosa
sonrisa que sobrecogió al herrero.
Caarant habría dicho algo más, pero en ese momento se escuchó el sonido de unas
campanas desde la lejanía, el anuncio de que algo ocurría en el poblado. Ambos se
levantaron al unísono y se encaminaron hacia la aldea, juntos. Aquel joven herrero no
podía ni siquiera imaginar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Llanura del Meina, Seierso

Dos jinetes cabalgaban velozmente por aquella árida y seca tierra. Sus caballos iban
levantando polvo a su paso, sus cascos dejaban huellas sobre la tierra y sus ropajes,
prendas que delataban su gran poder económico, se estaban empapando de sudor.
Aquellos dos hombres, si se puede llamar así a un elemental del fuego y a otro del
agua, acostumbraban a realizar tales expediciones. Era un divertimento más, una forma
de descansar de los duros trabajos del día a día que ellos, como señores de la mayor
villa existente en kilómetros a la redonda, tenían que realizar, ocupándose de la
dirección de dicha finca y del bienestar de sus agricultores.
Gronteg detuvo su corcel y atisbó las tierras que les rodeaban, tapándose el sol con su
azulada mano. Había visto algo. Su compañero plantó a su caballo junto a él,
dirigiendo la mirada al mismo lugar que su amigo. El jinete trató de encontrar lo que
tanto le interesaba, pero no vislumbró nada.
-¿Qué ocurre? –preguntó, advirtiendo un gesto de preocupación en el rostro de su
amigo y colaborador.
-Alguien se dirige hacia la villa a todo correr. Creo que deberíamos volver.
Su acompañante volvió a mirar en aquella dirección, pero no acertó a distinguirlo.
Estaban demasiado lejos y su vista no era la de antes. Se había hecho viejo, las canas
ya afloraban en su cabeza y su cuerpo no tenía la viveza de antaño. Tendría que fiarse
de las palabras de su amigo, más joven y con más salud que él. Pero le costaba no
dudar de tan sorprendente noticia.
-¿Estás seguro de ello?
-Sí –dijo secamente, e instantáneamente echó a cabalgar ladera abajo. Rara vez
alguien pasaba por sus desérticas tierras, y menos aún con tanta presteza como la de
aquel misterioso jinete. Algo ocurría, de eso Gronteg estaba seguro.
El otro elemental no tuvo más remedio que seguirle. Suspiró. Estaba agotado y
necesitaba descansar, pero parecía que su compañero no iba a darle ese placer. Gronteg
siempre había sido un hombre demasiado activo, incansable. Alguien que no sabía
cuándo debía parar. Ambición, sí, su ambición desmedida para los asuntos importantes
era lo que le hacía un ser inasequible al desaliento en lo más trivial. Era una ambición
peligrosa pero que, por el momento, les había beneficiado colmándoles de más y más
riquezas. Aunque aquella ambición parecía ir a más cada día que pasaba. Gronteg ya
no se conformaba con el poderío de aquella masía, no, quería más. Quería más.
“Bueno, todos tenemos nuestros pequeños defectos”, pensó mientras cabalgaba, al
tiempo que intentaba descubrir, sin conseguirlo, cuáles eran los suyos.
Aquel hombre no podía ni siquiera imaginar lo que aquel “pequeño defecto” de su
amigo significaría para la historia de toda la humanidad. Ni él ni el inmortal Anerion que
encontró en su villa, el enviado de Eldor a aquellas ariscas tierras del Seierso.

La rueda del destino había empezado a girar. La guerra entre mortales e inmortales, la guerra que habría de significar la ruina de los Doce Mundos, estaba próximo. Aún desde la lejanía de su poderoso palacio, Dervos el Maldito había empezado a actuar, y nadie podía ya parar lo inevitable.