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Reto Nov19: El enano díscolo - Versión para impresión

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Reto Nov19: El enano díscolo - Joker - 22/11/2019

I


Tras cabalgar durante todo el día, atravesando valles y llanuras, Bagesto y el enano Gridas divisaron al fin las faldas de las Montañas Púrpuras. Dominaban todo el horizonte y se extendían muchas leguas tanto al este como al oeste, haciendo imposible rodearlas por tierra. No obstante, existía un paso subterráneo que se había convertido en la mejor opción para alcanzar las regiones del otro lado, y hacia allí se dirigieron estos dos guerrero, al tiempo que conversaban alegremente sobre temas triviales.

Mientras así hablaban, llegaron al Paso de las Montañas Púrpuras, pero los alrededores estaban atestados de personas y carros. A ambos lados del camino se desparramaban centenares de improvisadas tiendas, algunas de las cuales parecían llevar varios días allí instaladas. De hecho, ya se había establecido un pequeño asentamiento y no eran pocos los que vieron la oportunidad de hacer negocio.

Tras internarse entre la marabunta de gente, vieron a un hombre que orientaba a los recién llegados y les indicaba dónde podían aparcar sus carromatos o disponer sus refugios. Al verles se acercó a ellos.

—Buenos días. Veo que viajan ligeros de peso —dijo con alivio—. Allí tenéis un lugar libre donde instalaros, y más allá tenéis agua para los caballos.

—Muchas gracias —respondieron—. ¿Podrías decirnos a qué se debe que esté toda esta gente aquí reunida?

El hombre resopló.

—El paso lleva cerrado desde la semana pasada —explicó—. Nadie ha logrado cruzar hasta ahora.

—¿Y cuál es el motivo? —preguntó Bagesto.

—No lo sabemos —contestó, encogiéndose de hombros—. Por más que preguntamos, los enanos no nos quieren decir nada.

—Algo grave tiene que haber ocurrido en el túnel —pensó Gridas en voz alta.

—Pues sea lo que sea espero que se resuelva pronto —dijo el hombre—. La gente ya está harta y en cualquier momento puede estallar un motín. Ya habría ocurrido si no nos hubiéramos organizado nosotros mismos, porque como veis, aquí ya hay más de quinientas personas, y la mayoría están muy cabreadas.

Bagesto y Gridas se despidieron del hombre y se abrieron paso hasta la entrada. Dos enanos armados con pesadas alabardas guardaban la puerta, mientras una muchedumbre se arremolinaba frente a ellos, expresando sus quejas a voz en grito. Pero los guardias se mantenían impasibles; parecían estar acostumbrados a esta situación.

En ese momento se abrió una de las portezuelas laterales y por ellas salió un malhumorado enano de rango superior que transmitió unas órdenes a los guardias. Apenas dedicó un vistazo a los irritados viajeros, pero cuando sus ojos se posaron en Gridas, su rostro se iluminó.

—¡Pero mira quién está aquí! ¡Si es mi buen amigo Gridas! —exclamó. Su enfado desapareció por completo.

Los dos enanos se abrazaron.

—Me alegra volver a verte, Bridúo —dijo Gridas, sonriente.

—¿Cuánto hace que no nos vemos? Debes de tener muchas cosas que contarme.

—Hace ya dos años que no vengo por aquí —respondió Gridas—. Pero mejor cuéntame tú: ¿qué ha pasado?

—Veréis, tenemos un problema —dijo Bridúo, y se le nubló el semblante—. Pero no hablemos aquí —añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia la muchedumbre—. Pasad dentro.

Los tres penetraron en los túneles. La galería era más espaciosa de la que se esperaría de una mina, seguramente ensanchada y acondicionada para el gusto de los viajeros. De hecho, parecía en perfecto estado y nada indicaba que no pudiera ser abierta al público, con la excepción de un ruido sordo que de vez en cuando subía desde los niveles inferiores y hacía retumbar las paredes.

Una vez se cerró la portezuela, Bridúo retomó la conversación:

—Se trata de uno de nuestros mineros. No sé si lo conoces, Gridas. Se llama Brodón.

Gridas hizo memoria.

—Recuerdo que era un enano bastante fanfarrón. Estaba siempre retando a la gente a medirse con él. Decía que era el más fuerte.

Bridúo asintió.

—Pues lo único que sabemos es que hace una semana, mientras estaba trabajando él solo en una de las galerías, se volvió loco. No tenemos ni la más remota idea de qué le sucedió allí, pero cuando entró en la cantina a la hora del almuerzo comenzó a enfrentarse con sus compañeros, a gritar maldiciones y a dar martillazos contra las paredes. Intentamos calmarlo, pero no conseguimos nada. Después de que varios enanos forcejearan con él, consiguió zafarse y huir, pues su fuerza era descomunal. Ahora se ha encerrado en los túneles y no quiere hablar con nadie. El último que lo intentó está ahora en la enfermería, con la cabeza rota del martillazo que recibió.

Llegado a este punto Bridúo suspiró.

—Entenderéis que no nos quedó otra opción que cerrar los túneles. En estas condiciones no podríamos garantizar la seguridad de los viajeros. Llevamos así una semana, y la gente comienza a impacientarse. No nos atrevemos a decirles nada. Sería una verdadera vergüenza para nosotros.

Bagesto y Gridas escucharon todo esto en silencio y durante un rato permanecieron pensativos. Entonces Bagesto habló:

—Quizá nosotros podamos hacer algo.

Gridas frunció el ceño, pero a Bridúo se le iluminó el rostro.

—¡Eso sería maravilloso! —exclamó, aliviado—. Pedidme lo que necesitéis y yo os lo proporcionaré.

—Bien, me gustaría contar con toda la información que podamos reunir, así que creo que deberíamos hablar con el último enano que le vio.

—Os conduciré hasta él —dijo Bridúo, solícito, y echó a andar por uno de los pasillos, seguido por los recién llegados.
Mientras caminaban, Gridas se inclinó hacia Bagesto.

—¿No podrías consultarme antes de tomar estas decisiones? —le susurró.

—Vamos, necesitan ayuda —se excusó el humano—. Además, Bridúo es amigo tuyo, ¿no es cierto?

—Ya, ya… —reconoció Gridas—. Pero ese Brodón… Es un enano enorme…

Finalmente desembocaron en la enfermería. En la habitación había varias camas situadas junto a la pared, y en una de ellas encontraron al enano herido. Llevaba la cabeza entera vendada, pero su estado no era grave. A su lado, en una mesita, estaba su yelmo, completamente deformado por el impacto.

—A saber qué habría sido de él si no lo llega a llevar puesto —dijo Bridúo, señalando el casco.

Entonces se dirigió al herido.

—Estos guerreros van a ocuparse del asunto de Brodón. ¿Podrías contarles todo lo que sabes?

El enano se incorporó lentamente y asintió.

—Está loco… y furioso… no quiere ver a nadie… y tiene una fuerza que no es normal… —balbuceó, entre gemidos.

—¿Que no es normal? —preguntó Bagesto, intrigado.

—Brodón siempre ha sido… uno de los enanos más corpulentos de esta mina… pero ahora es diferente… es como si hubiera duplicado su fuerza… eso es todo lo que sé…

Esta conversación provocó muchas dudas a los dos guerreros, pero si querían más información no les quedaba más remedio que obtenerla ellos mismos. Por ello salieron de la enfermería e indicaron que ya estaban listos para descender a los túneles inferiores.

Bridúo estuvo de acuerdo, pero antes de dejarles ir les cogió del brazo a los dos y les retuvo un momento.

—Una última cosa… —dijo, y bajó súbitamente la voz—. Además de reducirlo, sería de vital importancia que averiguarais en qué galería estuvo trabajando, ¿sabéis? Por si es necesario cerrarla…

Los dos guerreros asintieron, algo confusos, pero prometieron hacer todo lo posible. A continuación se adentraron en las profundidades de la montaña.

Los primeros pasillos que recorrieron estaban despejados y nada hacía pensar que hubiese algún problema. Pero el ruido que subía desde las profundidades les ayudaba a recordar que el peligro no andaba lejos.

Tras descender varios niveles, una cancioncilla llegó a sus oídos desde el pasillo de al lado. Sigilosamente se asomaron desde una esquina y echaron un vistazo.

Era Brodón, que canturreaba mientras vagaba por los túneles desiertos de la montaña. Era verdaderamente enorme para ser un enano. Tenía una larga barba negra y la cabeza calva. No obstante, no les pareció demasiado peligroso hasta que, sin previo aviso, descargó un martillazo contra una de las lámparas que colgaba de la pared. Fue tanta la fuerza con la que la golpeó que el estruendo heló la sangre de los dos guerreros.

—Ve con cuidado: si nos alcanza, nos mata —advirtió Gridas.

Bagesto asintió, preocupado.

El enano pasó de largo, ignorante de que estaba siendo observado, y Bagesto y Gridas le siguieron a prudente distancia, procurando hacer el menor ruido posible.

Se dirigía presuroso a un lugar muy concreto. Giraba a izquierda y derecha con gran rapidez y a Bagesto y Gridas les costaba no perderlo de vista.

De repente, la altura del techo se redujo a la mitad, la iluminación se volvió escasa y los adoquines del pavimento desaparecieron para dar paso a un suelo irregular. Habían abandonado los túneles de los viajeros, más espaciosos y confortables, para adentrarse en las galerías de los mineros, por donde continuaba la explotación de la mina.

Finalmente el enano se coló por una pequeña abertura en la pared de roca, marcada con el número diecisiete, y cogió un pico con el que comenzó a trabajar. Unos minutos después salió de ella sosteniendo una pequeña porción de mineral, la cual metió en un mortero y la pulverizó. Cuando se dio por satisfecho tomó una caja de latón que le colgaba del cinto y vertió en ella el contenido del mortero, un polvo finísimo de un rojo intenso.

Pero antes de guardársela tomó un pellizco y se lo acercó a la nariz. Lo aspiró de golpe y segundos después emitió un atronador estornudo. Las paredes vibraron y crujieron de un modo tan repentino que Bagesto no pudo evitar tambalearse, provocando un pequeño ruido que alertó a Brodón.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó el enano, furioso—. ¿Eres tú, Bridúo? ¡Sal aquí y pelea conmigo, maldito cobarde!

Y dicho esto echó a correr hacia el origen del ruido.

El espacio era demasiado pequeño para un enfrentamiento, por lo que Bagesto y Gridas prefirieron abandonar su escondite y huir. Tras una intensa carrera, se agazaparon contra una esquina. Ya no se oía nada.

—Creo que lo hemos perdido —susurró Gridas.

—Voy a echar un vistazo —dijo Bagesto.

Asomó la cabeza y escudriñó el pasillo. No había ni rastro del enano, pero un fuerte sonido metálico y un destello proveniente de las penumbras del fondo del túnel llamaron su atención. Instantes después descubrió de qué se trataba: un desvencijado vagón volaba directamente hacia él.


II


De forma casi instintiva Bagesto se tiró al suelo, esquivando a duras penas el peculiar proyectil, que fue a estrellarse contra la pared justo detrás de él. Desde el fondo del pasillo llegó el sonido de la risa del enano.

—¿Y tú quién eres? ¿Un humano? —se oyó desde las penumbras—. ¿Has venido a cruzar las montañas? ¡Pues lárgate, no eres bienvenido! ¡Ahora yo soy el rey de la montaña, y yo decido quién pasa y quién no!

Y golpeó el suelo con su martillo, provocando tremendos temblores en toda la galería, hasta el punto de que sobre las cabezas de los dos guerreros cayó el polvo desprendido del techo de roca. Rápidamente Bagesto y Gridas echaron a correr hasta que las voces de Brodón quedaron atrás.

—Sería un suicidio enfrentarse cara a cara con él —apuntó Bagesto, con el rostro sombrío, una vez recuperó el aliento.
Pero Gridas estaba pensativo.

—Creo que ya sé a qué se debe todo este embrollo —dijo—. ¿Has visto la caja que le cuelga del cinturón?
Bagesto asintió.

—En ella guarda un poco de escarlatita —dijo Gridas, y Bagesto abrió la boca para preguntar, pero el enano le cortó—. Ahora no tenemos tiempo para explicaciones, solo confía en mí. Si queremos salir de aquí con vida, lo que hay que hacer es lo siguiente…

Entretanto, Brodón seguía deambulando por los túneles. A veces tarareaba alguna cancioncilla, otras se reía estruendosamente, y de vez en cuando maldecía a los intrusos que osaban enfrentársele.

—¡Podéis esconderos, pero jamás me venceréis! ¡Salid aquí y pelead con dignidad, panda de cobardes! —gritaba, entre carcajadas—. ¡Pero si ni siquiera he podido veros la cara aún! ¿Tan asustadizos sois?

Entonces se calló durante unos instantes y tomó un poquito de escarlatita.  En ese preciso momento resonó en el túnel una palabra:

—¡Ahora!

De inmediato salió Gridas de su escondite, blandiendo osadamente su martillo, y se abalanzó sobre el enano. Tan de improviso cogió a Brodón que este tuvo que guardar la caja de latón sin haber podido tomar una nueva dosis del mineral. Pero para lo que sí que tuvo tiempo fue para empuñar su martillo.

—¡Vamos, ven aquí, terminemos de una vez con esto! —gritó, con una sonrisa de felicidad dibujada en su cara.

Entonces comenzó el combate. Brodón cogió un enorme pedrusco desprendido y lo bateó contra Gridas, que hizo lo que pudo por esquivarlo. No se detuvo ahí Brodón, que comenzó a lanzarle todo cuanto estaba a su alcance, mientras su rival repelía los proyectiles como podía.

Durante unos segundos Gridas resistió valientemente, pero tras un minuto de ininterrumpida lluvia de proyectiles, sus fuerzas empezaron a flaquear. Finalmente Brodón le lanzó un adoquín a tanta velocidad que Gridas no llegó a tiempo de interponer su martillo, por lo que no pudo evitar que le impactara en el vientre, derribándolo al suelo.

—¡Uno menos! —aulló Brodón, henchido de júbilo.

Pero el enano aún estaba jactándose de su victoria cuando sintió la necesidad de tomar un poco más de aquella sustancia. Echó la mano al cinturón, pero sus manos no palparon nada.

—¿Dónde está…? —barruntó, perplejo. Su alegría se esfumó de inmediato.

Tras él estaba Bagesto, con la pequeña caja de latón en sus manos. Cuando Brodón quiso recuperarla, el humano se la lanzó a Gridas, que se había incorporado trabajosamente hasta quedar sentado en el suelo. Este logró atraparla al vuelo, la destapó y tomó un pellizco de aquella sustancia.

De repente, un súbito impulso le levantó del suelo. Después, una descarga eléctrica le recorrió de la cabeza a los pies, y el vello de todo su cuerpo se le puso de punta. Finalmente, un tremendo estornudo se le formó en la nariz y escapó de ella con la potencia de un torbellino.

Pasado este trance, un brillo apareció en sus ojos. Una energía incomparable le embargaba, y tanto el dolor como el cansancio habían desaparecido por completo. Recogió su martillo y, con gesto amenazador, avanzó lentamente hacia Brodón.

Este observaba impotente cómo Gridas se dirigía hacia él. Sin su dosis de escarlatita, las fuerzas le habían abandonado, y para cuando el enano se plantó ante él, apenas era capaz de levantar su pesada arma. Gridas solo necesita un solo golpe de su martillo para que Brodón saliera volando varios metros hacia atrás, donde cayó al suelo, fulminado.

En cuanto esto sucedió, una miríada de eufóricos enanos salió de los túneles laterales. Habían estado siguiendo desde la distancia todo cuanto ocurría, ansiosos por conocer el desenlace del combate.

La mitad de ellos corrieron a socorrer a Brodón, que estaba exhausto y solo a duras penas consiguió ponerse en pie. Prácticamente no había comido y bebido durante aquella semana, manteniéndose en pie solamente gracias a la ingesta del mineral. En cuanto los efectos de la sustancia se desvanecieron del todo, cayó desplomado sobre los brazos de sus compañeros, que rápidamente lo subieron a los niveles superiores y lo llevaron a la enfermería.

El resto de los enanos y Bagesto tuvieron que encargarse de Gridas, que tras la ingesta de escarlatita estaba frenético. Por suerte la dosis que había tomado no era demasiado grande, y como su cuerpo no estaba habituado a ella, sus efectos se disiparon rápidamente y logró calmarse enseguida.

Ya solo quedaba reconstruir lo sucedido, lo cual no resultó demasiado difícil: al parecer Brodón había decidido adentrarse en una galería que no había sido nunca antes excavada y de la cual se desconocía cómo de fructífera podría llegar a ser. Fue el primero que la trabajó, y cuando lo hizo descubrió una enorme veta de escarlatita, un mineral que los enanos de estas montañas valoran más que el oro, pues suelen tomarlo antes de las batallas para que les infunda vigor y coraje, y así lanzarse sin miedo al combate.

Lo preparan del mismo modo que vimos hacerlo a Brodón: lo machacan en un mortero hasta reducirlo a un polvo finísimo y después, cogiendo un pellizco entre dos dedos, lo aspiran por la nariz.

No obstante, el codicioso Brodón no dijo nada de su feliz descubrimiento. En vez de compartirlo con los demás, prefirió guardarse el secreto y acaparar la escarlatita para él.

Este plan le habría salido bien si no fuera porque esta veta resultó ser de una pureza extraordinaria, de ahí el comportamiento tan exaltado y enloquecido del enano, que desde el primer momento se vio poseído por las alucinaciones y los delirios que le produjo la sustancia.

Durante toda una semana estuvo tomando pequeñas cantidades de escarlatita, que guardaba en la caja de latón que llevaba enganchada al cinto. Cada pocos minutos tomaba una nueva dosis, y cada vez que se le acababa volvía a la galería y picaba un poco más. Para cuando consiguieron reducirlo, apenas había consumido la décima parte de la veta.
Resuelto este embrollo, Bridúo felicitó a los dos guerreros.

—Gracias, muchísimas gracias. No sabéis el favor que nos habéis hecho —les dijo, y bajó la voz—.  Por cierto, ¿habéis descubierto en que galería estuvo trabajando Brodón?

Bridúo y el resto de enanos esperaban expectantes la respuesta.

—Sí, en la diecisiete —respondió Bagesto, y Gridas añadió a continuación—. Pero deberíais destruir lo que queda de escarlatita.
—¡Oh, no, no! —saltó el enano, contrariado—. Es… es demasiado valiosa... Lo mejor será que la guardemos bien. Sí, eso será lo más adecuado.

Y tras decir esto hizo un gesto con la cabeza a sus subordinados, que salieron a toda prisa en dirección a la mencionada galería. Gridas no pudo reprimir un suspiro de resignación, mientras que Bagesto prorrumpió en carcajadas.

—Esta vez fue solo Brodón, pero todos están locos —dijo Gridas—. Te aseguro que no tardarán demasiado en meterse en otro lío. O en el mismo, visto lo visto —añadió con picardía.

Para celebrar la resolución del entuerto todos se dirigieron a la cantina y allí se desahogaron con unas jarras de cerveza, que los enanos hicieron desaparecer en cuestión de segundos, para asombro de Bagesto. Después se sucedieron los brindis y las ovaciones hacia los dos guerreros, hasta que Bridúo se puso en pie.

—Bueno, ya está bien —dijo—. Es hora de reabrir el paso.

Entonces los enanos de las Montañas Púrpuras se pusieron a trabajar, y los dos guerreros pudieron conocer al fin cuál era la verdadera actividad que se desplegaba allí abajo.

Los vagones fueron enderezados y colocados en su sitio. Los carteles y las lámparas, devuelto a su sitio, y la calzada de adoquines, reparada. Pocas horas después las puertas fueron reabiertas, para felicidad de los impacientes viajeros, que recibieron con grandes aplausos la noticia.

Se formó entonces un bullicio impresionante al ponerse todos en movimiento, por lo que una partida de enanos tuvo que salir enseguida a organizar el tráfico antes de que cundiera el caos.

Bagesto y Gridas tuvieron el privilegio de encontrarse entre los primeros en cruzar, a pesar de su reciente llegada. El estado de los túneles que atravesaron ahora distaba mucho del que habían visto antes. Una serie de carteles y marcas en los muros indicaban a los transeúntes por qué túneles internarse. No obstante, eran tantas las ramificaciones de aquellas galerías que las equivocaciones eran frecuentes y por ello siempre había algún enano pendiente de atender a los viajeros extraviados.

Y es que estos túneles no habían sido pensados en un primer momento para el tránsito, sino que correspondían a antiguas galerías excavadas décadas atrás. Con el tiempo se extendieron tanto que abarcaron toda la montaña y la atravesaron de lado a lado, haciendo posible viajar por ellos con mayor seguridad y sosiego que por la superficie, donde los peligros y las inclemencias de los elementos suponían un verdadero desafío.
De este modo cruzaron Bagesto y Gridas, una vez repuestos de las emociones del día, con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Tras varias horas de marcha salieron al exterior por el otro lado de las montañas, y cuando sus ojos se acostumbraron a la luz pudieron contemplar el encantador paisaje que tenían ante sí: bosques frondosos, valles surcados por multitud de arroyos y, más allá, las torres y capiteles de lo que parecía una gran ciudad.

—Las tierras de los elfos —anunció Gridas—. Y aquella de allí es Grama.

Vivificados por el aire fresco que tanto habían echado de menos, comenzaron el descenso por la ladera de la montaña. Al llegar abajo daba principio un bosque y un camino lo atravesaba, al cual se incorporaron. Las altas ramas de los árboles se entrelazaban armoniosamente formando un dosel sobre sus cabezas, por entre las que se filtraba la luz del sol.
Bagesto señaló hacia arriba.

—Ya se deja ver la influencia de los elfos —comentó Bagesto, sonriendo a su amigo—. ¿También están locos?

—No tanto —contestó el enano, sopesando su respuesta—, aunque sí que hay uno del que tendremos que tener buen cuidado: he oído algunas historias sobre las fechorías de su rey, y de cómo trata a quienes pasan por sus tierras. Seguro que acabamos llevándonos unas cuantas sorpresas.

Y no andaba desencaminado Gridas, pues no tardarían demasiado en encontrar su próxima aventura.

Continuará…


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Bicerofonte - 22/11/2019

Tras cabalgar durante todo el día, atravesando valles y llanuras, Bagesto y el enano Gridas divisaron al fin las faldas de las Montañas Púrpuras. Dominaban todo el horizonte y se extendían muchas leguas tanto al este como al oeste, haciendo imposible rodearlas por tierra. No obstante, existía un paso subterráneo que se había convertido en la mejor opción para alcanzar las regiones del otro lado, y hacia allí se dirigieron estos dos guerrero guerreros, al tiempo que conversaban alegremente sobre temas triviales.

Mientras así hablaban, llegaron al Paso de las Montañas Púrpuras, pero los alrededores estaban atestados de personas y carros. A ambos lados del camino se desparramaban centenares de improvisadas tiendas, algunas de las cuales parecían llevar varios días allí instaladas. De hecho, ya se había establecido un pequeño asentamiento y no eran pocos los que vieron la oportunidad de hacer negocio.

Tras internarse entre la marabunta de gente, vieron a un hombre que orientaba a los recién llegados y les indicaba dónde podían aparcar sus carromatos o disponer sus refugios. Al verles se acercó a ellos.

—Buenos días. Veo que viajan ligeros de peso —dijo con alivio—. Allí tenéis un lugar libre donde instalaros, y más allá tenéis agua para los caballos.

—Muchas gracias —respondieron—. ¿Podrías decirnos a qué se debe que esté toda esta gente aquí reunida?

El hombre resopló.

—El paso lleva cerrado desde la semana pasada —explicó—. Nadie ha logrado cruzar hasta ahora.

—¿Y cuál es el motivo? —preguntó Bagesto.

—No lo sabemos —contestó, encogiéndose de hombros—. Por más que preguntamos, los enanos no nos quieren decir nada.

—Algo grave tiene que haber ocurrido en el túnel —pensó Gridas en voz alta.

—Pues sea lo que sea espero que se resuelva pronto —dijo el hombre—. La gente ya está harta y en cualquier momento puede estallar un motín. Ya habría ocurrido si no nos hubiéramos organizado nosotros mismos, porque como veis, aquí ya hay más de quinientas personas, y la mayoría están muy cabreadas.

Bagesto y Gridas se despidieron del hombre y se abrieron paso hasta la entrada. Dos enanos armados con pesadas alabardas guardaban la puerta, mientras una muchedumbre se arremolinaba frente a ellos, expresando sus quejas a voz en grito. Pero los guardias se mantenían impasibles; parecían estar acostumbrados a esta situación.

En ese momento se abrió una de las portezuelas laterales y por ellas salió un malhumorado enano de rango superior que transmitió unas órdenes a los guardias. Apenas dedicó un vistazo a los irritados viajeros, pero cuando sus ojos se posaron en Gridas, su rostro se iluminó.

—¡Pero mira quién está aquí! ¡Si es mi buen amigo Gridas! —exclamó. Su enfado desapareció por completo.

Los dos enanos se abrazaron.

—Me alegra volver a verte, Bridúo —dijo Gridas, sonriente.

—¿Cuánto hace que no nos vemos? Debes de tener muchas cosas que contarme.

—Hace ya dos años que no vengo por aquí —respondió Gridas—. Pero mejor cuéntame tú: ¿qué ha pasado?

—Veréis, tenemos un problema —dijo Bridúo, y se le nubló el semblante—. Pero no hablemos aquí —añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia la muchedumbre—. Pasad dentro.

Los tres penetraron en los túneles. La galería era más espaciosa de la que se esperaría de una mina, seguramente ensanchada y acondicionada para el gusto de los viajeros. De hecho, parecía en perfecto estado y nada indicaba que no pudiera ser abierta al público, con la excepción de un ruido sordo que de vez en cuando subía desde los niveles inferiores y hacía retumbar las paredes.

Una vez se cerró la portezuela, Bridúo retomó la conversación:

—Se trata de uno de nuestros mineros. No sé si lo conoces, Gridas. Se llama Brodón.

Gridas hizo memoria.

—Recuerdo que era un enano bastante fanfarrón. Estaba siempre retando a la gente a medirse con él. Decía que era el más fuerte.

Bridúo asintió.

—Pues lo único que sabemos es que hace una semana, mientras estaba trabajando él solo en una de las galerías, se volvió loco. No tenemos ni la más remota idea de qué le sucedió allí, pero cuando entró en la cantina a la hora del almuerzo comenzó a enfrentarse con sus compañeros, a gritar maldiciones y a dar martillazos contra las paredes. Intentamos calmarlo, pero no conseguimos nada. Después de que varios enanos forcejearan con él, consiguió zafarse y huir, pues su fuerza era descomunal. Ahora se ha encerrado en los túneles y no quiere hablar con nadie. El último que lo intentó está ahora en la enfermería, con la cabeza rota del martillazo que recibió.

Llegado a este punto Bridúo suspiró.

—Entenderéis que no nos quedó otra opción que cerrar los túneles. En estas condiciones no podríamos garantizar la seguridad de los viajeros. Llevamos así una semana, y la gente comienza a impacientarse. No nos atrevemos a decirles nada. Sería una verdadera vergüenza para nosotros.

Bagesto y Gridas escucharon todo esto en silencio y durante un rato permanecieron pensativos. Entonces Bagesto habló:

—Quizá nosotros podamos hacer algo.

Gridas frunció el ceño, pero a Bridúo se le iluminó el rostro.

—¡Eso sería maravilloso! —exclamó, aliviado—. Pedidme lo que necesitéis y yo os lo proporcionaré.

—Bien, me gustaría contar con toda la información que podamos reunir, así que creo que deberíamos hablar con el último enano que le vio.

—Os conduciré hasta él —dijo Bridúo, solícito, y echó a andar por uno de los pasillos, seguido por los recién llegados.
Mientras caminaban, Gridas se inclinó hacia Bagesto.

—¿No podrías consultarme antes de tomar estas decisiones? —le susurró.

—Vamos, necesitan ayuda —se excusó el humano—. Además, Bridúo es amigo tuyo, ¿no es cierto?

—Ya, ya… —reconoció Gridas—. Pero ese Brodón… Es un enano enorme… (enano enorme  Big Grin Big Grin Big Grin  ).

Finalmente desembocaron en la enfermería. En la habitación había varias camas situadas junto a la pared, y en una de ellas encontraron al enano herido. Llevaba la cabeza entera vendada, pero su estado no era grave. A su lado, en una mesita, estaba su yelmo, completamente deformado por el impacto.

—A saber qué habría sido de él si no lo llega a llevar puesto —dijo Bridúo, señalando el casco.

Entonces se dirigió al herido.

—Estos guerreros van a ocuparse del asunto de Brodón. ¿Podrías contarles todo lo que sabes?

El enano se incorporó lentamente y asintió.

—Está loco… y furioso… no quiere ver a nadie… y tiene una fuerza que no es normal… —balbuceó, entre gemidos.

—¿Que no es normal? —preguntó Bagesto, intrigado.

—Brodón siempre ha sido… uno de los enanos más corpulentos de esta mina… pero ahora es diferente… es como si hubiera duplicado su fuerza… eso es todo lo que sé…

Esta conversación provocó muchas dudas a los dos guerreros, pero si querían más información no les quedaba más remedio que obtenerla ellos mismos. Por ello salieron de la enfermería e indicaron que ya estaban listos para descender a los túneles inferiores. 

Bridúo estuvo de acuerdo, pero antes de dejarles ir les cogió del brazo a los dos y les retuvo un momento.

—Una última cosa… —dijo, y bajó súbitamente la voz—. Además de reducirlo, sería de vital importancia que averiguarais en qué galería estuvo trabajando, ¿sabéis? Por si es necesario cerrarla…

Los dos guerreros asintieron, algo confusos, pero prometieron hacer todo lo posible. A continuación se adentraron en las profundidades de la montaña.

Los primeros pasillos que recorrieron estaban despejados y nada hacía pensar que hubiese algún problema. Pero el ruido que subía desde las profundidades les ayudaba a recordar que el peligro no andaba lejos.

Tras descender varios niveles, una cancioncilla llegó a sus oídos desde el pasillo de al lado. Sigilosamente se asomaron desde una esquina y echaron un vistazo.

Era Brodón, que canturreaba mientras vagaba por los túneles desiertos de la montaña. Era verdaderamente enorme para ser un enano. Tenía una larga barba negra y la cabeza calva. No obstante, no les pareció demasiado peligroso hasta que, sin previo aviso, descargó un martillazo contra una de las lámparas que colgaba de la pared. Fue tanta la fuerza con la que la golpeó que el estruendo heló la sangre de los dos guerreros.

—Ve con cuidado: si nos alcanza, nos mata —advirtió Gridas.

Bagesto asintió, preocupado.

El enano pasó de largo, ignorante de que estaba siendo observado, y Bagesto y Gridas le siguieron a prudente distancia, procurando hacer el menor ruido posible.

(En éste párrafo de arriba y en el de abajo, usas 'pasó', 'siguieron', para luego decir 'dirigía', 'giraba' y 'costaba'. Revisa los tiempos pasado y presente).

Se dirigía presuroso a un lugar muy concreto. Giraba a izquierda y derecha con gran rapidez y a Bagesto y Gridas les costaba no perderlo de vista.

De repente, la altura del techo se redujo a la mitad, la iluminación se volvió escasa y los adoquines del pavimento desaparecieron para dar paso a un suelo irregular. Habían abandonado los túneles de los viajeros, más espaciosos y confortables, para adentrarse en las galerías de los mineros, por donde continuaba la explotación de la mina.

Finalmente el enano se coló por una pequeña abertura en la pared de roca, marcada con el número diecisiete, y cogió un pico con el que comenzó a trabajar. (¿El enano grandote pudo caber en una pequeña abertura?) Unos minutos después salió de ella sosteniendo una pequeña porción de mineral, la cual metió en un mortero y la pulverizó. Cuando se dio por satisfecho tomó una caja de latón que le colgaba del cinto y vertió en ella el contenido del mortero, un polvo finísimo de un rojo intenso.

Pero antes de guardársela tomó un pellizco y se lo acercó a la nariz. Lo aspiró de golpe y segundos después emitió un atronador estornudo. Las paredes vibraron y crujieron de un modo tan repentino que Bagesto no pudo evitar tambalearse, provocando un pequeño ruido que alertó a Brodón.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó el enano, furioso—. ¿Eres tú, Bridúo? ¡Sal aquí y pelea conmigo, maldito cobarde!

Y dicho esto echó a correr hacia el origen del ruido.

El espacio era demasiado pequeño para un enfrentamiento, por lo que Bagesto y Gridas prefirieron abandonar su escondite y huir. Tras una intensa carrera, se agazaparon contra una esquina. Ya no se oía nada. 

—Creo que lo hemos perdido —susurró Gridas.

—Voy a echar un vistazo —dijo Bagesto.

Asomó la cabeza y escudriñó el pasillo. No había ni rastro del enano, pero un fuerte sonido metálico y un destello proveniente de las penumbras del fondo del túnel llamaron su atención. Instantes después descubrió de qué se trataba: un desvencijado vagón volaba directamente hacia él.


II


De forma casi instintiva Bagesto se tiró al suelo, esquivando a duras penas el peculiar proyectil, que fue a estrellarse contra la pared justo detrás de él. Desde el fondo del pasillo llegó el sonido de la risa del enano.

—¿Y tú quién eres? ¿Un humano? —se oyó desde las penumbras—. ¿Has venido a cruzar las montañas? ¡Pues lárgate, no eres bienvenido! ¡Ahora yo soy el rey de la montaña, y yo decido quién pasa y quién no!

Y golpeó el suelo con su martillo, provocando tremendos temblores en toda la galería, hasta el punto de que sobre las cabezas de los dos guerreros cayó el polvo desprendido del techo de roca. Rápidamente Bagesto y Gridas echaron a correr hasta que las voces de Brodón quedaron atrás.

—Sería un suicidio enfrentarse cara a cara con él —apuntó Bagesto, con el rostro sombrío, una vez que recuperó el aliento.
Pero Gridas estaba pensativo.

—Creo que ya sé a qué se debe todo este embrollo —dijo—. ¿Has visto la caja que le cuelga del cinturón?
Bagesto asintió.

—En ella guarda un poco de escarlatita —dijo Gridas, y Bagesto abrió la boca para preguntar, pero el enano le cortó—. Ahora no tenemos tiempo para explicaciones, solo confía en mí. Si queremos salir de aquí con vida, lo que hay que hacer es lo siguiente…

Entretanto Entre tanto, Brodón seguía deambulando por los túneles. A veces tarareaba alguna cancioncilla, otras se reía estruendosamente, y de vez en cuando maldecía a los intrusos que osaban enfrentársele.

—¡Podéis esconderos, pero jamás me venceréis! ¡Salid aquí y pelead con dignidad, panda de cobardes! —gritaba, entre carcajadas—. ¡Pero si ni siquiera he podido veros la cara aún! ¿Tan asustadizos sois?

Entonces se calló durante unos instantes y tomó un poquito de escarlatita.  En ese preciso momento resonó en el túnel una palabra: 

—¡Ahora!

De inmediato salió Gridas de su escondite, blandiendo osadamente su martillo, y se abalanzó sobre el enano. Tan de improviso cogió a Brodón que este tuvo que guardar la caja de latón sin haber podido tomar una nueva dosis del mineral. Pero para lo que sí que tuvo tiempo fue para empuñar su martillo.

—¡Vamos, ven aquí, terminemos de una vez con esto! —gritó, con una sonrisa de felicidad dibujada en su cara.

Entonces comenzó el combate. Brodón cogió un enorme pedrusco desprendido y lo bateó contra Gridas, que hizo lo que pudo por esquivarlo. No se detuvo ahí Brodón, que comenzó a lanzarle todo cuanto estaba a su alcance, mientras su rival repelía los proyectiles como podía.

Durante unos segundos Gridas resistió valientemente, pero tras un minuto de ininterrumpida lluvia de proyectiles, sus fuerzas empezaron a flaquear. Finalmente Brodón le lanzó un adoquín a tanta velocidad que Gridas no llegó a tiempo de interponer su martillo, por lo que no pudo evitar que le impactara en el vientre, derribándolo al suelo.

—¡Uno menos! —aulló Brodón, henchido de júbilo.

Pero el enano aún estaba jactándose de su victoria cuando sintió la necesidad de tomar un poco más de aquella sustancia. Echó la mano al cinturón, pero sus manos no palparon nada.

—¿Dónde está…? —barruntó, perplejo. Su alegría se esfumó de inmediato.

Tras él estaba Bagesto, con la pequeña caja de latón en sus manos. Cuando Brodón quiso recuperarla, el humano se la lanzó a Gridas, que se había incorporado trabajosamente hasta quedar sentado en el suelo. Este logró atraparla al vuelo, la destapó y tomó un pellizco de aquella sustancia.

De repente, un súbito impulso le levantó del suelo. Después, una descarga eléctrica le recorrió de la cabeza a los pies, y el vello de todo su cuerpo se le puso de punta. Finalmente, un tremendo estornudo se le formó en la nariz y escapó de ella con la potencia de un torbellino.

Pasado este trance, un brillo apareció en sus ojos. Una energía incomparable le embargaba, y tanto el dolor como el cansancio habían desaparecido por completo. Recogió su martillo y, con gesto amenazador, avanzó lentamente hacia Brodón.

Este observaba impotente cómo Gridas se dirigía hacia él. Sin su dosis de escarlatita, las fuerzas le habían abandonado, y para cuando el enano se plantó ante él, apenas era capaz de levantar su pesada arma. Gridas solo necesita necesitó un solo golpe de su martillo para que Brodón saliera volando varios metros hacia atrás, donde cayó al suelo, fulminado.

En cuanto esto sucedió, una miríada de eufóricos enanos salió de los túneles laterales. Habían estado siguiendo desde la distancia todo cuanto ocurría, ansiosos por conocer el desenlace del combate.

La mitad de ellos corrieron a socorrer a Brodón, que estaba exhausto y solo a duras penas consiguió ponerse en pie. Prácticamente no había comido y bebido durante aquella semana, manteniéndose en pie solamente gracias a la ingesta del mineral. En cuanto los efectos de la sustancia se desvanecieron del todo, cayó desplomado sobre los brazos de sus compañeros, que rápidamente lo subieron a los niveles superiores y lo llevaron a la enfermería.

El resto de los enanos y Bagesto tuvieron que encargarse de Gridas, que tras la ingesta de escarlatita estaba frenético. Por suerte la dosis que había tomado no era demasiado grande, y como su cuerpo no estaba habituado a ella, sus efectos se disiparon rápidamente y logró calmarse enseguida.

Ya solo quedaba reconstruir lo sucedido, lo cual no resultó demasiado difícil: al parecer Brodón había decidido adentrarse en una galería que no había sido nunca antes excavada y de la cual se desconocía cómo de fructífera podría llegar a ser. Fue el primero que la trabajó, y cuando lo hizo descubrió una enorme veta de escarlatita, un mineral que los enanos de estas montañas valoran más que el oro, pues suelen tomarlo antes de las batallas para que les infunda vigor y coraje, y así lanzarse sin miedo al combate.

Lo preparan del mismo modo que vimos hacerlo a Brodón: lo machacan en un mortero hasta reducirlo a un polvo finísimo y después, cogiendo un pellizco entre dos dedos, lo aspiran por la nariz.

No obstante, el codicioso Brodón no dijo nada de su feliz descubrimiento. En vez de compartirlo con los demás, prefirió guardarse el secreto y acaparar la escarlatita para él.

Este plan le habría salido bien si no fuera porque esta veta resultó ser de una pureza extraordinaria, de ahí el comportamiento tan exaltado y enloquecido del enano, que desde el primer momento se vio poseído por las alucinaciones y los delirios que le produjo la sustancia.

Durante toda una semana estuvo tomando pequeñas cantidades de escarlatita, que guardaba en la caja de latón que llevaba enganchada al cinto. Cada pocos minutos tomaba una nueva dosis, y cada vez que se le acababa volvía a la galería y picaba un poco más. Para cuando consiguieron reducirlo, apenas había consumido la décima parte de la veta.
Resuelto este embrollo, Bridúo felicitó a los dos guerreros.

—Gracias, muchísimas gracias. No sabéis el favor que nos habéis hecho —les dijo, y bajó la voz—.  Por cierto, ¿habéis descubierto en que galería estuvo trabajando Brodón?

Bridúo y el resto de enanos esperaban expectantes la respuesta.

—Sí, en la diecisiete —respondió Bagesto, y Gridas añadió a continuación—. Pero deberíais destruir lo que queda de escarlatita.
—¡Oh, no, no! —saltó el enano, contrariado—. Es… es demasiado valiosa... Lo mejor será que la guardemos bien. Sí, eso será lo más adecuado.

Y tras decir esto hizo un gesto con la cabeza a sus subordinados, que salieron a toda prisa en dirección a la mencionada galería. Gridas no pudo reprimir un suspiro de resignación, mientras que Bagesto prorrumpió en carcajadas.

—Esta vez fue solo Brodón, pero todos están locos —dijo Gridas—. Te aseguro que no tardarán demasiado en meterse en otro lío. O en el mismo, visto lo visto —añadió con picardía.

Para celebrar la resolución del entuerto todos se dirigieron a la cantina y allí se desahogaron con unas jarras unos tarros de cerveza, que los enanos hicieron desaparecer en cuestión de segundos, para asombro de Bagesto. Después se sucedieron los brindis y las ovaciones hacia los dos guerreros, hasta que Bridúo se puso en pie.

—Bueno, ya está bien —dijo—. Es hora de reabrir el paso.

Entonces los enanos de las Montañas Púrpuras se pusieron a trabajar, y los dos guerreros pudieron conocer al fin cuál era la verdadera actividad que se desplegaba allí abajo.

Los vagones fueron enderezados y colocados en su sitio. Los carteles y las lámparas, devuelto a su sitio, y la calzada de adoquines, reparada. Pocas horas después las puertas fueron reabiertas, para felicidad de los impacientes viajeros, que recibieron con grandes aplausos la noticia.

Se formó entonces un bullicio impresionante al ponerse todos en movimiento, por lo que una partida de enanos tuvo que salir enseguida a organizar el tráfico antes de que cundiera el caos.

Bagesto y Gridas tuvieron el privilegio de encontrarse entre los primeros en cruzar, a pesar de su reciente llegada. El estado de los túneles que atravesaron ahora distaba mucho del que habían visto antes. Una serie de carteles y marcas en los muros indicaban a los transeúntes por qué túneles internarse. No obstante, eran tantas las ramificaciones de aquellas galerías que las equivocaciones eran frecuentes y por ello siempre había algún enano pendiente de para atender a los viajeros extraviados.

Y es que estos túneles no habían sido pensados en un primer momento para el tránsito, sino que correspondían a antiguas galerías excavadas décadas atrás. Con el tiempo se extendieron tanto que abarcaron toda la montaña y la atravesaron de lado a lado, haciendo posible viajar por ellos con mayor seguridad y sosiego que por la superficie, donde los peligros y las inclemencias de los elementos suponían un verdadero desafío.
De este modo cruzaron Bagesto y Gridas, una vez repuestos de las emociones del día, con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Tras varias horas de marcha salieron al exterior por el otro lado de las montañas, y cuando sus ojos se acostumbraron a la luz pudieron contemplar el encantador paisaje que tenían ante sí: bosques frondosos, valles surcados por multitud de arroyos y, más allá, las torres y capiteles de lo que parecía una gran ciudad.

—Las tierras de los elfos —anunció Gridas—. Y aquella de allí es Grama.

Vivificados por el aire fresco que tanto habían echado de menos, comenzaron el descenso por la ladera de la montaña. Al llegar abajo daba principio un bosque y un camino lo atravesaba, al cual se incorporaron. Las altas ramas de los árboles se entrelazaban armoniosamente formando un dosel sobre sus cabezas, por entre las que se filtraba la luz del sol.
Bagesto señaló hacia arriba.

—Ya se deja ver la influencia de los elfos —comentó Bagesto, sonriendo a su amigo—. ¿También están locos?

—No tanto —contestó el enano, sopesando su respuesta—, aunque sí que hay uno del que tendremos que tener buen cuidado: he oído algunas historias sobre las fechorías de su rey, y de cómo trata a quienes pasan por sus tierras. Seguro que acabamos llevándonos unas cuantas sorpresas.

Y no andaba desencaminado Gridas, pues no tardarían demasiado en encontrar su próxima aventura.

Continuará…


Excelente relato, muy bien escrito, con espacios adecuados entre líneas y entre párrafos para una lectura fácil.
Amigo joker, escribes con mucha amenidad. Solo siento que te faltó explotar en unos 2 o 3 párrafos cortos las reacciones del enano grandote  Big Grin cuando recobró el juicio después de la droga mineral y cuando los demás la encontraron.
¿Los demás enanos no se pusieron también 'happys' con el hallazgo?

Me encantó la historia. Le pongo un 10, siempre y cuando nos digas si el enano grandote que se metió en la pequeña rendija medía más de dos metros o no...  Angel


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Duncan Idaho - 23/11/2019

Hay varias cosas que no me cuadran ¿adoquines del pavimento?, ¿seguridad de los viajeros?, ¿un enano gigante que cabe en una pequeña abertura que casualmente sale a moler lo que extrae en lugar de molerlo en el lugar o molerlo en otro lugar más lejano?.

Se supone que Gridas y Bagesto corrieron hasta que dejaron de oír a Brodon, ¿en que momento se movieron o Brodon se acercó tan cerca para verlo esnifar y correr hacia él para no dejarlo que esnifara?, también no tuvo de tiempo de snifar ¿pero si de guardar su caja en el cinturón y coger su martillo?.

¿Porque Brodon le lanza objetos a Gridas si al otro enano le dio un martillazo en la cabeza?, también indica que cerca cerca no está Gridas de Brodón.

¿En que momento Bagesto le quito la caja a Brodón?, ¿porque a Brodón no se le ocurre huir o ir hacia la veta de escarlatita por una dosis?.

¿Los enanos siguen a Gridas y Bagesto pero no se les ocurrió seguir a Brodón?, evidentemente si estaban escondidos también debieron de ser testigos de lo mismo que fueron testigos Gridas y Bagesto así que no tiene mucha razón de ser el preguntarles por la galería con la veta, que por cierto, eso de que apenas había consumido la décima parte, osea que solo hay para otros 9 enanos si consumieran una semana, no me parece que sea mucha sustancia disponible.


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Celembor - 25/11/2019

Ligero y entretenido relato de las aventuras y desventuras de Bagesto, el humano, y Gridas, el enano. En general está bien, aunque hay trabajo en cuanto a la forma. Solo pondré un ejemplo:
"Gridas solo necesita un solo golpe de su martillo para que Brodón saliera volando varios metros hacia atrás, donde cayó al suelo, fulminado.
En cuanto esto sucedió, una miríada de eufóricos enanos salió de los túneles laterales. Habían estado siguiendo desde la distancia todo cuanto ocurría, ansiosos por conocer el desenlace del combate."
Por lo demás, en un relato corto de estas características da para moldear un poco más la personalidad de los personajes, que parezcan diferentes. Sé que son diferentes porque uno es humano y el otro enano, pero nada más.
Y por último, algo que considero lo más importante de todo: la coherencia. Cuando le emboscan y se abalanzan sobre Brodón, ¿cómo puede ponerse a lanzar proyectiles? La cajita de latón la lleva encima, ¿cómo se la pueden robar? si está lanzando proyectiles durante un minuto de ininterrumpida. Hay unas cuantas más.
Como casi siempre, todos los participantes tenemos cosas que mejorar, así que: a seguir escribiendo Wink
Suerte!


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Guardián Ciego - 26/11/2019

Lindo cuento, muy, muy ameno, casi como una partida de rol jeje
Me recuerda las historias de la infancia, historias que solemos subestimar.


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Guillermo Solís - 27/11/2019

Me ha gustado bastante. Es entretenido y me ha parecido gracioso lo del mineral y los enanos. Estoy de acuerdo con lo que han dicho los otros. Hay cosas que se pueden corregir en cuanto a la redacción, pero en líneas generales está bien.


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Helkion - 29/11/2019

1º Técnica/Calidad narrativa
Se nota buena técnica general, y la calidad de la narración permite disfrutar de la lectura. Aun así, hay algunas expresiones que me llamaron la atención. Comento unas pocas a modo de ejemplos: se menciona a una “marabunta de gente”, pero las marabuntas se refieren a hormigas o personas, y por el contexto queda claro que se refiere a las segundas, luego  la alusión a la “gente” es redundante. Luego, cuando el hombre que orienta a los recién llegados al improvisado campamento se dirige a ellos, primero los trata de “usted” y luego de “tú”. Ese cambio no está justificado. A continuación el narrador alude a que “respondieron”, pero creo que quedaría más creíble que sólo uno de los personajes respondiera dando las gracias y haciendo luego una pregunta. De lo contrario parece que se dice que ambos respondieron lo mismo a la vez, y queda raro. Una cosa es viajar juntos y otra hablar al unísono... 

2º Ortotipografía
Buen trabajo, apenas sin errores. Y, entre los pocos que hay, algún despiste (“…estos dos guerrero…”). Hay que revisar la ubicación de alguna que otra coma, y también algún leísmo.

3º Argumento/Trama
Trama sencilla, lineal, sin subtramas que compliquen el desarrollo de una historia que es lo que parece desde su planteamiento inicial: un par de aventureros que, de manera azarosa, se topan con un problema y se ofrecen a resolverlo. Desde muy pronto queda descartada cualquier apuesta por el misterio y ambos protagonistas se lanzan directos a resolver el entuerto. Historia autoconclusiva, y por eso considero que es un error ese “Continuará” del final. Vale que esta aventura se encuadre en un universo más grande, y que los protagonistas hayan vivido y vayan a vivir nuevas aventuras, pero nada de eso importa para el contexto en el que se nos presenta esta historia en particular, un concurso donde va a ser evaluada por sí misma, no por el marco en el que se inscribe.  En cuanto a la historia en sí, me ha gustado, pero creo que hace falta darle un toque más de profundidad, tanto a la trama como a los personajes que la sustentan y le dan vida. En este punto coincido plenamente con @Celembor, deben marcarse más las diferencias entre los dos protagonistas, al margen de sus evidentes diferencias físicas.

4º Personajes/Ambientación
Como dije en el apartado anterior, ambos personajes están bien pero creo que deberían mostrar más aristas. Quizá los lectores habituales del autor puedan saber mucho más de ellos que un lector que se topa con ellos de primeras, pero desde el momento en que cada cuento es individual, los personajes deben destacar al máximo en sus personalidades. Aquí hemos visto pinceladas, me hubiera gustado ver más que eso. En cualquier caso, esas pocas pinceladas están bien dadas, y se agradece.


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Pafman - 01/12/2019

Pues un relato que va de menos a más y termina en un poquito menos... me explico.
El relato se lee muy fácil hasta su desenlace, buena prosa, entretenido, muy original... pero al final el desenlace dura casi cuanto el resto del relato, uno espera que llegue, pero es todo un devenir de párrafos de explicación de cómo se había llegado a esa situación.
Y he aquí uno de los dos problemas que quería destacar y que más me han sacado de la lectura: el abuso indiscriminado de los puntos y aparte. Éstos deberían ser usados solo cuando se cambia de tema, cuando el contenido de la próxima frase indique un cambio de tercio.
El otro defecto del cual adolece el texto es de la falta de caracterización de los protagonistas, sobre todo de Bagesto es muy difícil empatizar con un personaje sobre el cual no se nos ha dicho nada.
De todos modos, repito, la trama es muy original y se lee con ganas. Yo valoro mucho que un relato sea poco mañido, que me aporte y este ha sido el caso. Así que aunque señalé muchas de sus sombras, es un relato lleno de luces.


RE: Reto Nov19: El enano díscolo - Cabromagno - 01/12/2019

No entiendo lo de partir el texto en dos partes cuando son completamente continuas. Esas cosas se hacen cuando hay un lapso de tiempo grande entre una cosa y la siguiente o cuando se cambia radicalmente de localizacion para incluso cambiar de trama en una obra donde haya varias. Aqui, no le veo el sentido.

Le hizo falta alguna revision mas, pues hay varios errores de tipeo, pero especialmente para las repeticiones. Los nombres de los personajes llegan a repetirse varias veces incluso en frases consecutivas.

Por lo demas la historia esta bastante bien, aunque para mi gusto hubiera sido un puntazo lanzarte de pleno al genero del humor. Con enanos y drogas se pueden escribir cosas realmente divertidas...

En cuanto a las incoherencias que otros señalan, yo no veo tantas. Por ejemplo la que han señalado varios de que como cabe el enano enorme por un lugar pequeño... en fin, creo que es obvio que por muy enorme que sea sigue siendo un enano. Un enorme jugador de baloncesto tambien entra donde entramos los de estatura normal... no veo por tanto incoherencia alguna ahi.