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Reto Nov19: Honoris causa - Versión para impresión

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Reto Nov19: Honoris causa - Joker - 24/11/2019

Cuatro jinetes ascendían por un angosto y mal nivelado camino que varios lugareños de una pequeña villa, situada varias leguas atrás, les habían señalado como el medio más rápido para sortear las colinas. Estas se erigían en el último obstáculo apreciable que se interponía entre ellos y la norteña ciudad de Muros. Debido a la estrechez de la calzada se veían obligados a cabalgar de dos en dos, aunque, a juzgar por el mutismo en que lo hacían, hubiera dado igual que les separara un día entero de viaje. Los orientales destacaban por su escasa locuacidad, pero los nesitas gozaban de especial reconocimiento en la contención del uso de la palabra.
    Por fin alcanzaron el punto más alto de la colina, donde el camino formaba una pequeña explanada que les permitió formar en línea; se detuvieron a observar el extenso paisaje que se ofrecía ante sus ojos. Ninguno expresó admiración ni disgusto al contemplar el entorno boscoso, salpicado aquí y allá por una serie de lagos, no demasiado grandes, que parecían hallarse comunicados gracias a un río de cauce medio. Un ancho y sólido puente de piedra permitía sortear el curso de agua y, al mismo tiempo, permitía la prolongación del camino hacia un horizonte plagado de cumbres. Y allí, en las primeras estribaciones del extremo occidental de las Montañas del Norte, diestramente incrustada entre el accidentado relieve, una grisácea mole pétrea atrajo las miradas de los viajeros. Sólidos torreones de defensa reforzaban, a intervalos regulares, una serie de recintos amurallados que, una vez más, aprovechaban las ventajas del terreno escarpado. Su valía quedaba reconocida en el hecho de haber prestado su nombre a la ciudad que resguardaba.
    —¿Qué se nos ha perdido aquí? —lanzó al aire uno de los jinetes, el cual escondía su rostro bajo una capucha y cubría el resto de su cuerpo con una capa azul marino ribeteada con pequeños símbolos de color blanco.
    Un profundo silencio, sólo quebrantado por el arrullo del viento, siguió a la interpelación del mago, hasta que el otro varón del cuarteto, un tipo moreno, barbudo y musculoso, enfundado en una abigarrada mezcla de ropas negras de cuero y protecciones metálicas del mismo color, contestó.
    —Lo mismo que en cualquiera de los otros lugares que hemos visitado antes, Nadek. Lo sabes de sobra.
    El mago soltó un resoplido de disconformidad, pero no dijo nada.
    —Dime qué buscas y crearé una ilusión para ti, querido Nadek —se burló una de las mujeres esbozando una irónica sonrisa azulada, a juego con el tono cromático general de su vestimenta—. Te aseguro que no te arrepentirás…
    —Guarda tus espejismos para los incautos que quieran dejarse engañar por lo primero que aparece ante sus ojos, Aure.
    El guerrero, anticipándose a la posible «tormenta», decidió intervenir.
    —No hay tiempo para duelos dialécticos. Quedan unas pocas horas de luz, así que hemos de apresurarnos si queremos llegar a la ciudad antes del ocaso; supongo que nadie desea pasar al raso otra noche más.
    El silencio que siguió a aquellas palabras fue considerado como una decisión de consenso. 
    Nadek y Aure espolearon a sus respectivas monturas e iniciaron la bajada, dejando atrás a la otra mujer y al guerrero para que los siguieran. Sólo había avanzado unos pasos cuando este último se percató de que la yegua de su compañera seguía clavada en lo alto de la colina.
    —Vamos, Danae… ¿Danae?
    El mago y la ilusionista, al percibir preocupación en el tono de voz, se detuvieron e hicieron girar a sus monturas. La mujer, a pesar de mantenerse sobre la silla, tenía la mirada perdida, aparentemente ajena a cuanto le rodeaba. Un extraño velo esmeralda difuminaba el habitual verde intenso de sus ojos.

    «Otro tiempo, otro lugar. Sucesivas ráfagas de imágenes asaltan su mente, cada una más impactante que la anterior… Y ella se ve incapaz de evitarlas, de bloquearlas… Poco importa si cierra los ojos o si trata de pensar en otra cosa, se imponen a su voluntad… Pero no llegan solas… Las acompañan emociones, sin rastro alguno de alegría o de esperanza en ellas… Escenas de guerra, de lucha sin cuartel… Paisajes desolados, restos de pueblos humeantes… Arruga la nariz al sentir el olor a carne quemada… Entonces aparece en otra comarca, junto a un bosque que está siendo devorado por las llamas… Nada lo detiene… Hombres y animales tratan por igual de escapar… De entre unos árboles aparece una figura que, al verla, empieza a correr hacia ella… Es una mujer, extiende los brazos y grita algo que Danae no logra comprender… Cuando casi ha llegado a su altura, tropieza y cae al suelo… Ella avanza un paso pensando que debe ayudarla a escapar de aquel horror, y entonces se detiene… Dos negros penachos de sendas flechas sobresalen de la ensangrentada espalda de la infortunada… Grita, pero ya no está allí, el paisaje ha vuelto a cambiar… Ahora se halla de pie frente a un  templo situado al borde de otro bosque, la guerra también parece haber llegado a ese lugar… El humo y los gritos de desesperación escapan al cielo por las ventanas sin cristales del edificio… A continuación todo se desvanece, está sola… Siente cierto alivio y mucha tristeza… Se pregunta cuánto tiempo ha pasado entre las distintas imágenes… Imposible saberlo… De lo único que está segura es que nada de aquello ha sucedido… aún. Pero se hará realidad, a menos que…» 

    —¡Alcander, mira sus ojos…! ¡Ya vuelve! —advirtió Aure, quien, junto con el guerrero, flanqueaba el cuerpo de Danae, a la que habían tendido  sobre una manta  para que se encontrara lo más cómoda posible mientras recuperaba la consciencia. Nadek, por su parte, se había hecho cargo de los caballos y aguardaba a cierta distancia, más preocupado de vigilar el entorno que de los cuidados proporcionados a la conjuradora. No era la primera vez que ocurría, así que los tres nesitas sabían que aquel extraño fenómeno solía ser portador de problemas. El mago masculló para sí una retahíla de quejas mientras montaba su improvisada guardia y, malhumorado, se preguntaba a qué maldita complicación tendrían que enfrentarse esta vez.

    ***

    Tras conocerse las últimas noticias llegadas de la frontera nororiental, Muros se había transformado en un hervidero de humanos y enanos que se entregaban con energía a tareas diversas, pero a un ritmo fuera de lo normal propio de ocasiones puntuales. La amenaza de la aproximación a la ciudad de un fuerte contingente de orcos, sin duda, lo era. Decenas de carretas repletas de enseres y provisiones entraban sin descanso por la puerta principal mientras las autoridades trataban de organizar el inesperado flujo de personas. A pesar de la infrecuencia con que se producían situaciones de ese tipo, todos se prestaban a colaborar en la medida de sus posibilidades, ofreciendo espacios disponibles en sus casas, comercios o establos, principal necesidad que había que cubrir en el menor tiempo posible. La guarnición encargada de la defensa de murallas y fortificaciones, un cuerpo especializado e independiente del resto de las tropas de la ciudad, conformado por humanos y enanos, también fue movilizada al completo.
    No sólo se habían extendido noticias venidas del exterior, las internas también llegaban a oídos de hasta los ciudadanos más humildes. De estas últimas la más comentada en tabernas, plazas, casas particulares y mercados era la decisión del Consejo de Ancianos, máxima autoridad local, de enfrentarse a los orcos en batalla campal. Eilaw, un veterano general de anteriores guerras contra los peligrosos bárbaros norteños, había sido designado para dirigir las tropas.
    —Dicen que Eilaw comandará a nuestros soldados contra los orcos —aventuraba un hombre en uno de los numerosos grupos que se formaban espontáneamente en cualquier taberna o plaza de la ciudad, mediara o no de por medio una jarra de cerveza.
    —Es un buen general… o al menos lo fue en sus tiempos —apuntaba otro, indeciso acerca de la idoneidad del veterano guerrero para guiar ahora en el combate a los murenses.
    —Ha demostrado de sobra su valía, hoy por hoy es nuestra mejor opción para hacer morder el polvo a esos perros sarnosos —terciaba otro, firme defensor de la elección tomada por el venerado Consejo.

    ***

    Contara  o no con el beneplácito de sus conciudadanos, Eilaw acometió los preparativos con inusitado vigor, como si tratara de desmentir a aquellos que aún se atrevían a cuestionar su capacidad. Enemigo de perder tiempo, impartió su primera orden importante al reunirse con su joven pero capaz lugarteniente, Räewos.
    —Toma el mando de la caballería y de los carros y avanza por el camino del Bosque de la Luna. Despliega exploradores y localiza a la horda; necesitamos información y cuanto antes la tengamos, mejor. Dime cuántos son, a qué ritmo avanzan, si cambian de dirección y hacia dónde... Mantenme al tanto de todo.
    —Sí, general… —Räewos dudó un instante, pero al final lanzó la pregunta que le rondaba la cabeza—. ¿Puedo atacar si se me presenta una buena oportunidad? —Aquel brillo característico en sus ojos delataba su anhelo de entrar en combate. Un sentimiento que no pasó desapercibido al veterano general.
    —No. Evita el combate directo, es una orden. A diferencia de lo que muchos se empeñan en creer, los orcos no son estúpidos. Si de algo estoy seguro es que si te aproximas harán todo lo posible por hacerte caer en alguna de sus artimañas. Sigue mis instrucciones y todo irá bien. Seguramente cuenten con superioridad numérica, hemos de emplear la astucia si queremos derrotarlos sin sufrir pérdidas inasumibles.
    —Como desees, Eilaw —Räewos apenas consiguió esconder su desencanto ante el exceso de cautela que se le exigía, y menos tras la fuerte impresión inicial al saberse al frente de la vanguardia del ejército. Un nombramiento que había hecho que su impetuoso corazón se acelerara cual mozo al saborear las atenciones de su primer amor—.  Partiré de inmediato.
    Eilaw observó a su ayudante alejarse dando largas y enérgicas zancadas, con el arranque y la irreflexión característicos de su edad.
    —¿Estás preparado, joven Räewos? —Eilaw lanzó al aire la pregunta que rondaba en su cabeza, como si por el mero hecho de hacerlo consiguiera liberarse de una pesada carga. La responsabilidad, sin embargo, seguía ahí. En el fondo sabía que era en situaciones como aquella donde demostraría si se había equivocado o no—. Pronto lo veremos. 

    ***

    Se encontraban a un día a caballo de Muros cuando un soldado entró en la tienda de Eilaw y le comunicó que cuatro extranjeros solicitaban entrevistarse con él. El general, que había levantado la vista de un mapa de la región donde se marcaban las posiciones de sus tropas y las que los exploradores de Räewos habían informado que ocupaban los orcos, la bajó de nuevo, fruncido el ceño y la mente en busca de una explicación.
    —¿Han dicho qué quieren?
    —No, general —respondió el soldado—, sólo que se trata de un asunto urgente que han de tratar con vos.
    —Hazles pasar —respondió Eilaw mientras tomaba su capa de viaje y cubría con ella el mapa.
    Poco después dos hombres y dos mujeres entraron sin armas en la tienda, flaqueados por varios guardias murenses que se desplegaron en círculo.
    —¿Quiénes sois y qué queréis? —Eilaw fue directo al grano.
    El guerrero que vestía de oscuro, cuyo nombre era Alcander, presentó a sus compañeros y luego a sí mismo. A continuación pasó a exponer qué les había llevado hasta el campamento murense.
    —Estáis a punto de enfrentaros a un ejército orco que os supera en número —dijo Alcander con voz grave—. Mis compañeros y yo luchamos bien. Podemos ayudar.
    —Sois extranjeros… ¿de Nerik, tal vez? —dijo Eilaw, extrañado por el ofrecimiento.
    —De Nesa —corrigió Alcander.
    —Ah, bien. Orientales en cualquier caso. No me incumben vuestros motivos para viajar tan lejos de casa, pero sí el saber qué os impulsa a arriesgar vuestras vidas en un conflicto que no os atañe. ¿Acaso sois mercenarios? ¿Queréis oro por vuestros servicios?
    —Oro no. Lo que nos mueve es complicado de explicar… o de entender. Basta con decir que hay demasiadas vidas en juego, y tenemos razones para pensar que algunas de ellas podrían llegar a ser muy importantes  —fue la imprecisa respuesta del nesita.
    —Ya había oído hablar de algunas de vuestras costumbres relacionadas con habilidades arcanas, pero aquí, en Muros, las «probabilidades» y los «futuros posibles» se simplifican mucho, tanto como que hay un enemigo real al que hemos de derrotar. «Todas» las vidas son importantes para nosotros —continuó Eilaw, desconfiando de la ambigua actitud de los extranjeros—. Y vamos a hacer todo lo posible por salvaguardarlas. Incluso las vuestras. Los murenses os agradecemos vuestro generoso ofrecimiento, pero confío en los míos para expulsar a los «pieles verdes» de nuestra tierra. Mi consejo es que marchéis al sur para evitar en lo posible las partidas orcas de saqueo. Han estado enviando jinetes de huargos a realizar incursiones, mayormente nocturnas, por toda la comarca. En estos momentos lo más seguro es refugiarse en Muros o poner rumbo al sur.
    El guerrero cruzó una mirada con Danae, cuyos ojos verdes comunicaban más por sí mismos que el resto de su cuerpo, envarado y oculto tras una gruesa capa de viaje de color granate. Eilaw pudo leer en ellos lo mismo que Alcander, un claro e inequívoco sentimiento de decepción.
    —Buena suerte —fue cuanto llegó este último a decir antes de que el grupo abandonara en silencio la tienda y el campamento murense, bajo la mirada pensativa de Eilaw y las sorprendidas de cuantos soldados los vieron alejarse.

    ***

    Eilaw, al tanto de los movimientos de la horda gracias a los puntuales informes enviados por Räewos, había logrado su objetivo inicial de alcanzar el puente sobre el río Íser —a cinco días a caballo de Muros— antes de que el grueso del ejército orco pudiera cruzarlo. De hecho, la vanguardia de su infantería había llegado a tiempo para ayudar a los jinetes de Räewos a empujar a los orcos al otro lado del cauce.
      —¡Bloquead el puente con estacas y parapetos! —ordenó el general a sus oficiales tras consumarse el repliegue de los orcos supervivientes al ataque. Luego, dirigiéndose al oficial más próximo, añadió—: Tras las barricadas sitúa dos compañías de arqueros formados en columnas, e intercala dos de «erizos» entre ambas. Hemos de impedir como sea que esos «pieles verdes» crucen el Íser o nos vencerán por su número.
    Los oficiales se dispersaron como un solo hombre para hacer cumplir las órdenes y distribuir las tareas necesarias. Para cuando el sol empezaba a hundirse en el horizonte, Eilaw pudo contemplar el resultado de los trabajos que se habían llevado a cabo, y sonrió para sí al comprobar que los orcos, pese a los tres violentos asaltos que habían lanzado a lo largo de la jornada, sólo habían conseguido estrellarse contra las improvisadas, aunque eficientes, defensas. 
«Tal vez, después de todo, haya sobrestimado la astucia de los orcos», se dijo el general tras contemplar las decenas de cadáveres enemigos amontonados sobre el suelo de piedra del paso, o que asomaban con medio cuerpo fuera sobre el pretil del puente. «O quizá esté empezando a fallarme la memoria», movió la cabeza de un lado a otro ante aquella segunda opción, mucho menos deseable.
    De lo que no se olvidó fue de despachar hacia el sur todos los carros con los que contaba —unos doscientos—, con el fin de proteger un pequeño y escondido vado situado varias leguas río abajo. Añadió un pequeño contingente de arqueros —transportados en los carros—, que ocuparían una colina rocosa que, por sí misma, ya constituía una excelente fortificación natural fácilmente defendible.

  ***

    La noche había transcurrido agitada en un campamento orco salpicado de tiendas de abigarrados colores, armeros improvisados e incontables fogatas —solas o bajo grandes calderos humeantes—, todo ello desplegado en consonancia con su particular y caótico estilo, mayormente compartido con sus aliados trasgos. El inesperado revés sufrido en el asalto al puente de la jornada anterior debilitaba la privilegiada posición de poder de su actual líder. Y, entre los orcos, una norma no escrita señalaba que un líder débil se hallaba expuesto a morir de forma prematura, casi siempre a manos de algún rival ambicioso y carente de escrúpulos. Algo de lo quelos orcos nunca andaban escasos.
    Pero la oscuridad había traído mucho más que el amargo rictus de la derrota o sombrías promesas de aniquilación. Los exploradores habían regresado con una información que valía el peso de cien guerreros en esclavos. El líder orco convocó de inmediato a los jefes de los clanes más fuertes y les hizo partícipes de lo que sabía. No tardaron demasiado en ponerse de acuerdo en lo que tenían que hacer, y se demoraron menos aún en repartirse las tareas. Antes de que se adivinaran las primeras luces de la mañana, los tambores de guerra empezaron a extender a un ritmo infernal sus lúgubres amenazas. Y a estas pronto empezaron a sumárseles diferentes cánticos de guerra, entre los que se fueron intercalando los espeluznantes desafíos —proferidos a voz en grito— contra los humanos apostados al otro lado del puente. Eilaw les tenía prohibido responder, sabía por experiencia que no hacía sino envalentonar aún más a los orcos. Y no necesitaban exacerbar los ánimos de un enemigo que, si en algo destacaba, era por su agresividad.
    Los defensores murenses de la barricada no debieron esperar mucho tras estos inquietantes preámbulos antes de tener que hacer frente al primer ataque orco, al que poco después siguió otro, e incluso un tercero tras unas horas en las que los «piel verde» parecían haberse resignado. Pero Eilaw sabía que nada más lejos. De hecho, calculó que los orcos apenas debían haber empleado una quinta parte de sus tropas en sus intentos por forzar el paso. 

   ***

    En un insólito silencio, quebrado tan sólo por el repentino estremecimiento del terreno,  decenas de jinetes de huargos surgieron del cercano bosque —que se extendía a ambos lados del río—, y se lanzaron en manada hacia el vado. Un vigía dio la voz de alarma desde lo alto de la colina, y varios arqueros acudieron de inmediato a la llamada mientras se colocaban las aljabas y aprestaban sus arcos. Abajo, en el improvisado y sencillo campamento murense, también había movimiento. Algunos carros ya estaban en formación y fueron los primeros en responder, avanzando en una única línea paralela al río y de cara al acceso. Cada carro contaba con dos soldados, un conductor que también sostenía un escudo, y un luchador que disparaba flechas o arrojaba azconas. Descarga tras descarga, las flechas disparadas desde la colina y desde los carros impactaban indistintamente contra lobos y trasgos mientras estos se esforzaban en cruzar el río; tanto heridos como cadáveres de bárbaros y bestias eran arrastrados por la corriente, pero muchos más conseguían atravesar la mortífera lluvia arrojada contra ellos. Pero si superaban todos los escollos, los jinetes de huargos y sus lobos se lanzaban salvajemente —gritando unos y rugiendo otros— contra la endeble línea de carros, donde los caballos a duras penas eran controlados por los aurigas ante la aterradora presencia de tan enormes depredadores. Para evitar una espantada fatal, los murenses optaron por lanzarse a la carga. El choque fue atronador y bestial;  pronto humanos, orcos y huargos se enzarzaron en una feroz carnicería. Desde la colina los arqueros seguían disparando hacia los enemigos más retrasados para evitar herir a sus compañeros, siendo las monturas de los orcos sus principales objetivos.

    En lo más reñido del combate, cuando el resultado del mismo aún se mostraba incierto, hizo su aparición la infantería orca, seguida de cerca de un nutrido grupo de arqueros trasgos. Estos últimos, tras coger posiciones frente al vado, tomaron la colina como objetivo principal, y los arqueros murenses, más protegidos pero muy inferiores en número, se vieron obligados a buscar refugio entre las rocas. Sin el continuo apoyo de estos, los carros fueron rápidamente superados por el esfuerzo conjunto de jinetes  y guerreros orcos. Los escasos carros murenses que aún quedaban en condiciones huyeron rumbo al norte, seguidos de cerca por un grupo de jinetes orcos. La infantería orca y los trasgos, por su parte, rodearon la colina como paso previo al asalto. Una vez tomada se haría efectivo su control total sobre el estratégico vado. La victoria estaba cada vez más cerca. 

    Cuando parecía que los humanos habían desistido de seguir hostigando a los orcos desde su precaria posición en lo alto de la colina, un capitán trasgo se derrumbó con una flecha clavada en el pecho. El jefe orco que lideraba el ataque  gritó de rabia y espoleó a sus guerreros para que acabaran con todos los que aún quedaran en el alcor. Protegidos tras grandes escudos de madera y al abrigo de sucesivas descargas de flechas de sus aliados trasgos, decenas de guerreros sedientos de lucha y de sangre se lanzaron colina arriba. Al coronar la cima se detuvieron, perplejos, al toparse con una especie de laberinto de hielo —que parecía ocupar buena parte del espacio en torno al centro del cerro— cuyas paredes se combaban hacia dentro en su parte superior, proporcionando una defensa extra frente a los dardos, muchos de los cuales tapizaban ahora el suelo. Un enorme guerrero vestido de negro se asomó desde la primera esquina del laberinto y disparó una flecha que acabó con un guerrero orco. El jefe de la partida que lideraba el asalto gruñó una orden seca, y él y los guerreros que lo rodeaban se abalanzaron hacia Alcander cubriéndose con los escudos, pero el nesita desapareció tras la misma esquina. Tan sólo seis orcos pudieron seguir a su jefe al interior del laberinto, pues un muro —también de hielo— se formó de repente y bloqueó la entrada a los demás. Estos últimos, entre gritos y empujones, se dispersaron enseguida en busca de algún otro accesos.

    Los siete orcos alcanzaron lo que podría ser el centro del laberinto, donde se encontraron con una explanada circular y, en ella, sus enemigos: ocho arqueros que los apuntaban con sus armas, el guerrero vestido de oscuro que los había atraído hasta la trampa, y dos hembras humanas: una lucía un cabello dorado —circunstancia que siempre llamaba la atención entre los orcos— y se cubría con una capa rojiza; la otra, en cambio, era calva, y su ropa escasa y translúcida,  nada apropiada para las frías tierras del norte. Los orcos se miraron entre sí  sonriendo; se veían con ventaja y había un buen botín a repartir. Si aquello era una trampa, se alegraban de haber caído en ella; nada compartirían de cuanto allí obtuvieran con los que se habían quedado fuera. El jefe orco ladró una orden en su gutural idioma y los orcos avanzaron sólo contra los arqueros, pues así no tendrían que preocuparse de sus flechas. Entonces la mujer sin cabello gesticuló de un modo extraño y donde antes había ochos arqueros ahora contaron hasta dieciséis. Los orcos, poco acostumbrados a aquella magia, se detuvieron. La hembra de cabello rubio aprovechó su confusión para extender los brazos y crear un portal del que irrumpió un elemental de fuego, quien, sin perder un instante, arrojó una bola de fuego contra uno de los guerreros, que apenas consiguió bloquear con su escudo. Por desgracia para él este prendió al instante y el orco hubo de deshacerse de él con el miedo dibujado en sus ojos. Dos arqueros aprovecharon la situación y sendas flechas volaron hacia el guerrero. Una de ellas se desvaneció en el aire al chocar con su cuerpo, pero la otra se clavó en su cuello. Murió antes de quedar tendido en el suelo.

    El jefe orco lanzó un grito de rabia y se lanzó contra el que consideraba el líder enemigo, pensando que, si lo derrotaba, los otros se rendirían o, como mínimo, se desmoralizarían. Oía a los orcos del exterior gritando, moviéndose y golpeando las paredes de hielo; era cuestión de tiempo que lograran abrirse hueco hasta allí. Alcander bloqueó con su escudo el ataque del jefe orco y  contraatacó, luego ambos se enzarzaron en una violenta lucha repleta de golpes, fintas y empujones. El invasor «piel verde» llevó las de perder, y tras un especialmente virulento intercambio de espadazos, soltó su arma y cayó de rodillas con una fea herida en el vientre. Alcander lo dejó ahí para acudir en ayuda de sus amigos, y el jefe orco lo siguió con la mirada mientras se preguntaba cómo le había ido a los suyos; no le gustó lo que vio.

    Tres de sus orcos yacían sobre charcos de sangre oscura como la brea por sólo uno de aquellos apestosos y cobardes arqueros. Las ilusiones de la bruja calva los habían confundido, y la magia de la otra… Justo en ese momento su criatura ígnea acababa de interceptar a uno de los orcos que aún quedaban en pie. Este, sin lugar al que huir, se enfrentó a aquel ser y trató de herirlo con su cimitarra, pero su adversario la esquivó con antinatural agilidad. Trató de cazarlo una vez más, esta vez con un golpe lateral, mas el ente conjurado saltó hacia él. El choque resultó fatal para el orco, pues sus ropas se incendiaron irremediablemente. Trató de apartarse, pero el elemental lo sujetó por los hombros con dos manos poderosas como garras. El jefe orco apartó la mirada… Los dos guerreros que seguían en pie permanecían juntos, protegiéndose así de las flechas que les disparaban los arqueros reales e ilusorios, imposibles de distinguir hasta que sus saetas impactaban contra algo. Entonces llegó hasta ellos el humano que lo había derrotado a él. Acabó con los dos en poco tiempo. Gruñó de dolor y enseñó los dientes, se negaba a morir hasta ver al menos cómo su gente irrumpía en la explanada para acabar con aquellos cobardes humanos que sólo sabían luchar con flechas y magia.

    Elevó la mirada y trató de aguzar el oído al notar un cambio en los gritos de los guerreros que se habían quedado fuera del laberinto. Ya no parecían tan graves y agresivos… Por el contrario, sonaban agudos, nerviosos, pero no era capaz de distinguir las palabras… Y las imágenes se volvían ahora más y más borrosas por momentos… Se sentía muy cansado, tenía que tumbarse y descansar un poco antes de…

   ***

        Räewos y sus jinetes cayeron sobre los desprevenidos orcos y trasgos como una catarata atronadora e incontenible, y sus efectos no fueron menos contundentes para el resultado del combate. El líder orco, al verse frente al impetuoso asalto de la caballería pesada enemiga sin contar a su lado con la ayuda de los jinetes de huargos —cuya ausencia no decía nada bueno sobre la suerte que habían debido correr en su avance hacia el norte—, y teniendo el río a su espalda, se dio cuenta enseguida de que la única posibilidad de escapar consistía en ganar la otra orilla y, en caso de que  lograra reunir a un número suficiente de guerreros, organizar una buena defensa. Sólo el río podía ayudarles a frenar las mortíferas cargas de los jinetes humanos. La retirada se llevó a cabo con menos orden del que hubiera deseado, y las bajas sufridas en el repliegue fueron considerables. De hecho, la noticia de la derrota del vado cayó como un jarro de agua helada en el ánimo del líder orco. Sabía lo que aquello significaba, para la horda y también para él. Antes del alba del día siguiente dio orden de levantar el campamento y emprender una rápida retirada hacia el nordeste. Lo hizo con la certeza de que aquella sería una de sus últimas órdenes.

   ***

    Eilaw y Räewos, ya bien entrada la mañana, se encontraron al otro lado del Íser, no muy lejos del destrozado entorno donde se había asentado el campamento enemigo. El general ya había sido informado por su segundo de lo ocurrido en el vado por medio de mensajeros, pero Eilaw quería conocer los detalles en persona.
    —¿Dónde están? —preguntó a su joven lugarteniente. Creía que vendrían contigo…
    —Me temo que han desaparecido. Se encontraban en la colina próxima al vado, junto con nuestros arqueros, cuando llegué desde el norte y cargué contra los orcos. Sin duda, debieron aprovechar la confusión durante la lucha, la retirada de los orcos y nuestro posterior asalto a la otra orilla del río, para marcharse. Ninguno de nuestros hombres se percató de su ida.
    —Lástima —comentó Eilaw en actitud reflexiva —Hubiera querido ofrecerles mis disculpas, así como mi agradecimiento y la hospitalidad de todos los habitantes de Muros. Si no hubiera sido por ellos, quizá hoy no tendríamos nada que celebrar.

  ***

    Los cuatro jinetes contemplaban desde una suave colina la impresionante cadena montañosa que ninguno había llegado a pisar. Los mismos sólidos torreones defensivos que parecían saludar su llegada tan sólo unos pocos días antes, ahora daban muestras de querer despedirse de ellos, dejando que el viento hiciera ondear las banderas y gallardetes que los jalonaban.
    —¿Alguien quiere decir unas últimas palabras? —preguntó Aure con ironía.
    —Saludos, despedidas, ¿qué importancia tiene eso? —fue la acre respuesta de Nadek.
    —Disiento, querido mago —dijo Danae con su aterciopelada voz—. Nada de lo que ha pasado aquí ha sido en vano. Se ha cambiado el destino de muchos.
    —Sólo para ellos —respondió Nadek— sin abandonar su tono pesimista—. Nosotros seguimos con nuestra errante existencia.
    —Puede que el cambio sea algo más profundo en nosotros —Danae le dedicó una sonrisa algo triste—. Quizá nos lleve más tiempo reparar en ello.
    El mago no la contradijo esta vez, y los cuatro volvieron a recrearse en la contemplación del paisaje, su silenciosa y ya habitual manera de decir adiós.
    —Sigamos nuestro camino —dijo por fin Alcander, e hizo que su caballo cabrioleara y se apartara del resto—. Aún nos queda mucho camino por recorrer.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Celembor - 25/11/2019

Buen relato sobre un grupo de anónimos que se dedican a cambiar el destino de naciones, por lo que parece. Me gusta la idea. En general bien escrito, apenas he encontrado errores. El peso de los personajes está muy repartido y pierden importancia en gran parte del relato, más centrado en Eilaw y los suyos que en las acciones del grupo de personajes.
Muy bien!


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Guillermo Solís - 27/11/2019

¿Es posible que lo hayas tenido que recortar? Es que he comprobado de cuántas palabras constaba y vi que eran unas 4900 o así, y como el límiete está en 5000 pensé que quizá era más largo. Sea así o no, yo no noté nada raro mientras lo leía. No hay lagunas ni cosas de esas. Me gusta que lo hayas dividido por escenas. No es lo usual en un relato corto mostrar diferentes puntos de vista, pero has conseguido que quede muy bien.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Bicerofonte - 27/11/2019

Cuatro jinetes ascendían por un angosto y mal nivelado camino que varios lugareños de una pequeña villa, situada varias leguas atrás, les habían señalado como el medio más rápido para sortear las colinas. Estas se erigían en el último obstáculo apreciable que se interponía entre ellos y la norteña ciudad de Muros. (Punto y aparte) Debido a la estrechez de la calzada se veían obligados a cabalgar de dos en dos, aunque, a juzgar por el mutismo en que lo hacían, hubiera dado igual que les separara un día entero de viaje. Los orientales destacaban por su escasa locuacidad, pero los nesitas gozaban de especial reconocimiento en la contención del uso de la palabra.
    Por fin alcanzaron el punto más alto de la colina, donde el camino formaba una pequeña explanada que les permitió formar en línea; se detuvieron a observar el extenso paisaje que se ofrecía ante sus ojos. Ninguno expresó admiración ni disgusto al contemplar el entorno boscoso, salpicado aquí y allá por una serie de lagos, no demasiado grandes, que parecían hallarse comunicados gracias a un río de cauce medio. (Punto y aparte) Un ancho y sólido puente de piedra permitía sortear el curso de agua y, al mismo tiempo, permitía la prolongación del camino hacia un horizonte plagado de cumbres. Y allí, en las primeras estribaciones del extremo occidental de las Montañas del Norte, diestramente incrustada entre el accidentado relieve, una grisácea mole pétrea atrajo las miradas de los viajeros. (Punto y aparte) Sólidos torreones de defensa reforzaban, a intervalos regulares, una serie de recintos amurallados que, una vez más, aprovechaban las ventajas del terreno escarpado. Su valía quedaba reconocida en el hecho de haber prestado su nombre a la ciudad que resguardaba. 
    —¿Qué se nos ha perdido aquí? —lanzó al aire uno de los jinetes, el cual escondía su rostro bajo una capucha y cubría el resto de su cuerpo con una capa azul marino ribeteada con pequeños símbolos de color blanco.
    Un profundo silencio, sólo quebrantado por el arrullo del viento, siguió a la interpelación del mago, hasta que el otro varón del cuarteto, un tipo moreno, barbudo y musculoso, enfundado en una abigarrada mezcla de ropas negras de cuero y protecciones metálicas del mismo color, contestó.
    —Lo mismo que en cualquiera de los otros lugares que hemos visitado antes, Nadek. Lo sabes de sobra.
    El mago soltó un resoplido de disconformidad, pero no dijo nada.
    —Dime qué buscas y crearé una ilusión para ti, querido Nadek —se burló una de las mujeres esbozando una irónica sonrisa azulada, a juego con el tono cromático general de su vestimenta—. Te aseguro que no te arrepentirás… 
    —Guarda tus espejismos para los incautos que quieran dejarse engañar por lo primero que aparece ante sus ojos, Aure.
    El guerrero, anticipándose a la posible «tormenta», decidió intervenir.
    —No hay tiempo para duelos dialécticos. Quedan unas pocas horas de luz, así que hemos de apresurarnos si queremos llegar a la ciudad antes del ocaso; supongo que nadie desea pasar al raso otra noche más.
    El silencio que siguió a aquellas palabras fue considerado como una decisión de consenso.  
    Nadek y Aure espolearon a sus respectivas monturas e iniciaron la bajada, dejando atrás a la otra mujer y al guerrero para que los siguieran. Sólo había avanzado unos pasos cuando este último se percató de que la yegua de su compañera seguía clavada en lo alto de la colina. 
    —Vamos, Danae… ¿Danae? 
    El mago y la ilusionista, al percibir preocupación en el tono de voz, se detuvieron e hicieron girar a sus monturas. La mujer, a pesar de mantenerse sobre la silla, tenía la mirada perdida, aparentemente ajena a cuanto le rodeaba. Un extraño velo esmeralda difuminaba el habitual verde intenso de sus ojos.

    «Otro tiempo, otro lugar. Sucesivas ráfagas de imágenes asaltan su mente, cada una más impactante que la anterior… Y ella se ve incapaz de evitarlas, de bloquearlas… Poco importa si cierra los ojos o si trata de pensar en otra cosa, se imponen a su voluntad… Pero no llegan solas… Las acompañan emociones, sin rastro alguno de alegría o de esperanza en ellas… (Punto y aparte) Escenas de guerra, de lucha sin cuartel… Paisajes desolados, restos de pueblos humeantes… Arruga la nariz al sentir el olor a carne quemada… Entonces aparece en otra comarca, junto a un bosque que está siendo devorado por las llamas… Nada lo detiene… Hombres y animales tratan por igual de escapar… (Punto y aparte) De entre unos árboles aparece una figura que, al verla, empieza a correr hacia ella… Es una mujer, extiende los brazos y grita algo que Danae no logra comprender… Cuando casi ha llegado a su altura, tropieza y cae al suelo… Ella avanza un paso pensando que debe ayudarla a escapar de aquel horror, y entonces se detiene… (Punto y aparte) Dos negros penachos de sendas flechas sobresalen de la ensangrentada espalda de la infortunada… Grita, pero ya no está allí, el paisaje ha vuelto a cambiar… (Punto y aparte) Ahora se halla de pie frente a un  templo situado al borde de otro bosque, la guerra también parece haber llegado a ese lugar… El humo y los gritos de desesperación escapan al cielo por las ventanas sin cristales del edificio… (Punto y aparte) A continuación todo se desvanece, está sola… Siente cierto alivio y mucha tristeza… Se pregunta cuánto tiempo ha pasado entre las distintas imágenes… Imposible saberlo… De lo único que está segura es que nada de aquello ha sucedido… aún. Pero se hará realidad, a menos que…»  

    —¡Alcander, mira sus ojos…! ¡Ya vuelve! —advirtió Aure, quien, junto con el guerrero, flanqueaba el cuerpo de Danae, a la que habían tendido  sobre una manta  para que se encontrara lo más cómoda posible mientras recuperaba la consciencia. Nadek, por su parte, se había hecho cargo de los caballos y aguardaba a cierta distancia, más preocupado de vigilar el entorno que de los cuidados proporcionados a la conjuradora. No era la primera vez que ocurría, así que los tres nesitas sabían que aquel extraño fenómeno solía ser portador de problemas. El mago masculló para sí una retahíla de quejas mientras montaba su improvisada guardia y, malhumorado, se preguntaba a qué maldita complicación tendrían que enfrentarse esta vez.

    ***

    Tras conocerse las últimas noticias llegadas de la frontera nororiental, Muros se había transformado en un hervidero de humanos y enanos que se entregaban con energía a tareas diversas, pero a un ritmo fuera de lo normal propio de ocasiones puntuales. La amenaza de la aproximación a la ciudad de un fuerte contingente de orcos, sin duda, lo era. (Punto y aparte) Decenas de carretas repletas de enseres y provisiones entraban sin descanso por la puerta principal mientras las autoridades trataban de organizar el inesperado flujo de personas. (Punto y aparte) A pesar de la infrecuencia con que se producían situaciones de ese tipo, todos se prestaban a colaborar en la medida de sus posibilidades, ofreciendo espacios disponibles en sus casas, comercios o establos, principal necesidad que había que cubrir en el menor tiempo posible. (Punto y aparte) La guarnición encargada de la defensa de murallas y fortificaciones, un cuerpo especializado e independiente del resto de las tropas de la ciudad, conformado por humanos y enanos, también fue movilizada al completo. 
    No sólo se habían extendido noticias venidas del exterior, las internas también llegaban a oídos de hasta los ciudadanos más humildes. De estas últimas la más comentada en tabernas, plazas, casas particulares y mercados era la decisión del Consejo de Ancianos, máxima autoridad local, de enfrentarse a los orcos en batalla campal. Eilaw, un veterano general de anteriores guerras contra los peligrosos bárbaros norteños, había sido designado para dirigir las tropas.
    —Dicen que Eilaw comandará a nuestros soldados contra los orcos —aventuraba un hombre en uno de los numerosos grupos que se formaban espontáneamente en cualquier taberna o plaza de la ciudad, mediara o no de por medio una jarra de cerveza. 
    —Es un buen general… o al menos lo fue en sus tiempos —apuntaba otro, indeciso acerca de la idoneidad del veterano guerrero para guiar ahora en el combate a los murenses.
    —Ha demostrado de sobra su valía, hoy por hoy es nuestra mejor opción para hacer morder el polvo a esos perros sarnosos —terciaba otro, firme defensor de la elección tomada por el venerado Consejo. 

    ***

    Contara  o no con el beneplácito de sus conciudadanos, Eilaw acometió los preparativos con inusitado vigor, como si tratara de desmentir a aquellos que aún se atrevían a cuestionar su capacidad. Enemigo de perder tiempo, impartió su primera orden importante al reunirse con su joven pero capaz lugarteniente, Räewos.
    —Toma el mando de la caballería y de los carros y avanza por el camino del Bosque de la Luna. Despliega exploradores y localiza a la horda; necesitamos información y cuanto antes la tengamos, mejor. Dime cuántos son, a qué ritmo avanzan, si cambian de dirección y hacia dónde... Mantenme al tanto de todo. 
    —Sí, general… —Räewos dudó un instante, pero al final lanzó la pregunta que le rondaba la cabeza—. ¿Puedo atacar si se me presenta una buena oportunidad? —Aquel brillo característico en sus ojos delataba su anhelo de entrar en combate. Un sentimiento que no pasó desapercibido al veterano general. 
    —No. Evita el combate directo, es una orden. A diferencia de lo que muchos se empeñan en creer, los orcos no son estúpidos. Si de algo estoy seguro es que si te aproximas harán todo lo posible por hacerte caer en alguna de sus artimañas. Sigue mis instrucciones y todo irá bien. Seguramente cuenten con superioridad numérica, hemos de emplear la astucia si queremos derrotarlos sin sufrir pérdidas inasumibles.
    —Como desees, Eilaw —Räewos apenas consiguió esconder su desencanto ante el exceso de cautela que se le exigía, y menos tras la fuerte impresión inicial al saberse al frente de la vanguardia del ejército. Un nombramiento que había hecho que su impetuoso corazón se acelerara cual mozo al saborear las atenciones de su primer amor—.  Partiré de inmediato.
    Eilaw observó a su ayudante alejarse dando largas y enérgicas zancadas, con el arranque y la irreflexión característicos de su edad. 
    —¿Estás preparado, joven Räewos? —Eilaw lanzó al aire la pregunta que rondaba en su cabeza, como si por el mero hecho de hacerlo consiguiera liberarse de una pesada carga. La responsabilidad, sin embargo, seguía ahí. En el fondo sabía que era en situaciones como aquella donde demostraría si se había equivocado o no—. Pronto lo veremos.  

    ***

    Se encontraban a un día a caballo de Muros cuando un soldado entró en la tienda de Eilaw y le comunicó que cuatro extranjeros solicitaban entrevistarse con él. El general, que había levantado la vista de un mapa de la región donde se marcaban las posiciones de sus tropas y las que los exploradores de Räewos habían informado que ocupaban los orcos, la bajó de nuevo, fruncido el ceño y la mente en busca de una explicación.
    —¿Han dicho qué quieren?
    —No, general —respondió el soldado—, sólo que se trata de un asunto urgente que han de tratar con vos.
    —Hazles pasar —respondió Eilaw mientras tomaba su capa de viaje y cubría con ella el mapa.
    Poco después dos hombres y dos mujeres entraron sin armas en la tienda, flaqueados por varios guardias murenses que se desplegaron en círculo.
    —¿Quiénes sois y qué queréis? —Eilaw fue directo al grano. 
    El guerrero que vestía de oscuro, cuyo nombre era Alcander, presentó a sus compañeros y luego a sí mismo. A continuación pasó a exponer qué les había llevado hasta el campamento murense.
    —Estáis a punto de enfrentaros a un ejército orco que os supera en número —dijo Alcander con voz grave—. Mis compañeros y yo luchamos bien. Podemos ayudar.
    —Sois extranjeros… ¿de Nerik, tal vez? —dijo Eilaw, extrañado por el ofrecimiento.
    —De Nesa —corrigió Alcander.
    —Ah, bien. Orientales en cualquier caso. No me incumben vuestros motivos para viajar tan lejos de casa, pero sí el saber qué os impulsa a arriesgar vuestras vidas en un conflicto que no os atañe. ¿Acaso sois mercenarios? ¿Queréis oro por vuestros servicios?
    —Oro no. Lo que nos mueve es complicado de explicar… o de entender. Basta con decir que hay demasiadas vidas en juego, y tenemos razones para pensar que algunas de ellas podrían llegar a ser muy importantes  —fue la imprecisa respuesta del nesita.
    —Ya había oído hablar de algunas de vuestras costumbres relacionadas con habilidades arcanas, pero aquí, en Muros, las «probabilidades» y los «futuros posibles» se simplifican mucho, tanto como que hay un enemigo real al que hemos de derrotar. «Todas» las vidas son importantes para nosotros —continuó Eilaw, desconfiando de la ambigua actitud de los extranjeros—. Y vamos a hacer todo lo posible por salvaguardarlas. Incluso las vuestras. (Punto y aparte) Los murenses os agradecemos vuestro generoso ofrecimiento, pero confío en los míos para expulsar a los «pieles verdes» de nuestra tierra. Mi consejo es que marchéis al sur para evitar en lo posible las partidas orcas de saqueo. Han estado enviando jinetes de huargos a realizar incursiones, mayormente nocturnas, por toda la comarca. En estos momentos lo más seguro es refugiarse en Muros o poner rumbo al sur. 
    El guerrero cruzó una mirada con Danae, cuyos ojos verdes comunicaban más por sí mismos que el resto de su cuerpo, envarado y oculto tras una gruesa capa de viaje de color granate. Eilaw pudo leer en ellos lo mismo que Alcander, un claro e inequívoco sentimiento de decepción.
    —Buena suerte —fue cuanto llegó este último a decir antes de que el grupo abandonara en silencio la tienda y el campamento murense, bajo la mirada pensativa de Eilaw y las sorprendidas de cuantos soldados los vieron alejarse.

    ***

    Eilaw, al tanto de los movimientos de la horda gracias a los puntuales informes enviados por Räewos, había logrado su objetivo inicial de alcanzar el puente sobre el río Íser —a cinco días a caballo de Muros— antes de que el grueso del ejército orco pudiera cruzarlo. De hecho, la vanguardia de su infantería había llegado a tiempo para ayudar a los jinetes de Räewos a empujar a los orcos al otro lado del cauce. 
      —¡Bloquead el puente con estacas y parapetos! —ordenó el general a sus oficiales tras consumarse el repliegue de los orcos supervivientes al ataque. Luego, dirigiéndose al oficial más próximo, añadió—: Tras las barricadas sitúa dos compañías de arqueros formados en columnas, e intercala dos de «erizos» entre ambas. Hemos de impedir como sea que esos «pieles verdes» crucen el Íser o nos vencerán por su número. 
    Los oficiales se dispersaron como un solo hombre para hacer cumplir las órdenes y distribuir las tareas necesarias. Para cuando el sol empezaba a hundirse en el horizonte, Eilaw pudo contemplar el resultado de los trabajos que se habían llevado a cabo, y sonrió para sí al comprobar que los orcos, pese a los tres violentos asaltos que habían lanzado a lo largo de la jornada, sólo habían conseguido estrellarse contra las improvisadas, aunque eficientes, defensas.  
«Tal vez, después de todo, haya sobrestimado la astucia de los orcos», se dijo el general tras contemplar las decenas de cadáveres enemigos amontonados sobre el suelo de piedra del paso, o que asomaban con medio cuerpo fuera sobre el pretil del puente. «O quizá esté empezando a fallarme la memoria», movió la cabeza de un lado a otro ante aquella segunda opción, mucho menos deseable.
    De lo que no se olvidó fue de despachar hacia el sur todos los carros con los que contaba —unos doscientos—, con el fin de proteger un pequeño y escondido vado situado varias leguas río abajo. Añadió un pequeño contingente de arqueros —transportados en los carros—, que ocuparían una colina rocosa que, por sí misma, ya constituía una excelente fortificación natural fácilmente defendible. 

  ***

    La noche había transcurrido agitada en un campamento orco salpicado de tiendas de abigarrados colores, armeros improvisados e incontables fogatas —solas o bajo grandes calderos humeantes—, todo ello desplegado en consonancia con su particular y caótico estilo, mayormente compartido con sus aliados trasgos. El inesperado revés sufrido en el asalto al puente de la jornada anterior debilitaba la privilegiada posición de poder de su actual líder.(Punto y aparte) Y, entre los orcos, una norma no escrita señalaba que un líder débil se hallaba expuesto a morir de forma prematura, casi siempre a manos de algún rival ambicioso y carente de escrúpulos. Algo de lo quelos orcos nunca andaban escasos.
    Pero la oscuridad había traído mucho más que el amargo rictus de la derrota o sombrías promesas de aniquilación. Los exploradores habían regresado con una información que valía el peso de cien guerreros en esclavos. El líder orco convocó de inmediato a los jefes de los clanes más fuertes y les hizo partícipes de lo que sabía. (Punto y aparte) No tardaron demasiado en ponerse de acuerdo en lo que tenían que hacer, y se demoraron menos aún en repartirse las tareas. Antes de que se adivinaran las primeras luces de la mañana, los tambores de guerra empezaron a extender a un ritmo infernal sus lúgubres amenazas. (Punto y aparte) Y a estas pronto empezaron a sumárseles diferentes cánticos de guerra, entre los que se fueron intercalando los espeluznantes desafíos —proferidos a voz en grito— contra los humanos apostados al otro lado del puente. Eilaw les tenía prohibido responder, sabía por experiencia que no hacía sino envalentonar aún más a los orcos. Y no necesitaban exacerbar los ánimos de un enemigo que, si en algo destacaba, era por su agresividad.
    Los defensores murenses de la barricada no debieron esperar mucho tras estos inquietantes preámbulos antes de tener que hacer frente al primer ataque orco, al que poco después siguió otro, e incluso un tercero tras unas horas en las que los «piel verde» parecían haberse resignado. Pero Eilaw sabía que nada más lejos. De hecho, calculó que los orcos apenas debían haber empleado una quinta parte de sus tropas en sus intentos por forzar el paso.  

   ***

    En un insólito silencio, quebrado tan sólo por el repentino estremecimiento del terreno,  decenas de jinetes de huargos surgieron del cercano bosque —que se extendía a ambos lados del río—, y se lanzaron en manada hacia el vado. Un vigía dio la voz de alarma desde lo alto de la colina, y varios arqueros acudieron de inmediato a la llamada mientras se colocaban las aljabas y aprestaban sus arcos. Abajo, en el improvisado y sencillo campamento murense, también había movimiento. (Punto y aparte) Algunos carros ya estaban en formación y fueron los primeros en responder, avanzando en una única línea paralela al río y de cara al acceso. Cada carro contaba con dos soldados, un conductor que también sostenía un escudo, y un luchador que disparaba flechas o arrojaba azconas. (Punto y aparte) Descarga tras descarga, las flechas disparadas desde la colina y desde los carros impactaban indistintamente contra lobos y trasgos mientras estos se esforzaban en cruzar el río; tanto heridos como cadáveres de bárbaros y bestias eran arrastrados por la corriente, pero muchos más conseguían atravesar la mortífera lluvia arrojada contra ellos. (Punto y aparte) Pero si superaban todos los escollos, los jinetes de huargos y sus lobos se lanzaban salvajemente —gritando unos y rugiendo otros— contra la endeble línea de carros, donde los caballos a duras penas eran controlados por los aurigas ante la aterradora presencia de tan enormes depredadores. Para evitar una espantada fatal, los murenses optaron por lanzarse a la carga. (Punto y aparte) El choque fue atronador y bestial;  pronto humanos, orcos y huargos se enzarzaron en una feroz carnicería. Desde la colina los arqueros seguían disparando hacia los enemigos más retrasados para evitar herir a sus compañeros, siendo las monturas de los orcos sus principales objetivos.

    En lo más reñido del combate, cuando el resultado del mismo aún se mostraba incierto, hizo su aparición la infantería orca, seguida de cerca de un nutrido grupo de arqueros trasgos. Estos últimos, tras coger posiciones frente al vado, tomaron la colina como objetivo principal, y los arqueros murenses, más protegidos pero muy inferiores en número, se vieron obligados a buscar refugio entre las rocas. (Punto y aparte) Sin el continuo apoyo de estos, los carros fueron rápidamente superados por el esfuerzo conjunto de jinetes  y guerreros orcos. Los escasos carros murenses que aún quedaban en condiciones huyeron rumbo al norte, seguidos de cerca por un grupo de jinetes orcos. La infantería orca y los trasgos, por su parte, rodearon la colina como paso previo al asalto. Una vez tomada se haría efectivo su control total sobre el estratégico vado. La victoria estaba cada vez más cerca.  

    Cuando parecía que los humanos habían desistido de seguir hostigando a los orcos desde su precaria posición en lo alto de la colina, un capitán trasgo se derrumbó con una flecha clavada en el pecho. El jefe orco que lideraba el ataque  gritó de rabia y espoleó a sus guerreros para que acabaran con todos los que aún quedaran en el alcor. Protegidos tras grandes escudos de madera y al abrigo de sucesivas descargas de flechas de sus aliados trasgos, decenas de guerreros sedientos de lucha y de sangre se lanzaron colina arriba. (Punto y aparte) Al coronar la cima se detuvieron, perplejos, al toparse con una especie de laberinto de hielo —que parecía ocupar buena parte del espacio en torno al centro del cerro— cuyas paredes se combaban hacia dentro en su parte superior, proporcionando una defensa extra frente a los dardos, muchos de los cuales tapizaban ahora el suelo. (Punto y aparte) Un enorme guerrero vestido de negro se asomó desde la primera esquina del laberinto y disparó una flecha que acabó con un guerrero orco. El jefe de la partida que lideraba el asalto gruñó una orden seca, y él y los guerreros que lo rodeaban se abalanzaron hacia Alcander cubriéndose con los escudos, pero el nesita desapareció tras la misma esquina. (Punto y aparte) Tan sólo seis orcos pudieron seguir a su jefe al interior del laberinto, pues un muro —también de hielo— se formó de repente y bloqueó la entrada a los demás. Estos últimos, entre gritos y empujones, se dispersaron enseguida en busca de algún otro accesos.

    Los siete orcos alcanzaron lo que podría ser el centro del laberinto, donde se encontraron con una explanada circular y, en ella, sus enemigos: ocho arqueros que los apuntaban con sus armas, el guerrero vestido de oscuro que los había atraído hasta la trampa, y dos hembras humanas: una lucía un cabello dorado —circunstancia que siempre llamaba la atención entre los orcos— y se cubría con una capa rojiza; la otra, en cambio, era calva, y su ropa escasa y translúcida,  nada apropiada para las frías tierras del norte. (Punto y aparte) Los orcos se miraron entre sí  sonriendo; se veían con ventaja y había un buen botín a repartir. Si aquello era una trampa, se alegraban de haber caído en ella; nada compartirían de cuanto allí obtuvieran con los que se habían quedado fuera. (Punto y aparte) El jefe orco ladró una orden en su gutural idioma y los orcos avanzaron sólo contra los arqueros, pues así no tendrían que preocuparse de sus flechas. Entonces la mujer sin cabello gesticuló de un modo extraño y donde antes había ochos arqueros ahora contaron hasta dieciséis. Los orcos, poco acostumbrados a aquella magia, se detuvieron. (Punto y aparte) La hembra de cabello rubio aprovechó su confusión para extender los brazos y crear un portal del que irrumpió un elemental de fuego, quien, sin perder un instante, arrojó una bola de fuego contra uno de los guerreros, que apenas consiguió bloquear con su escudo. (Punto y aparte) Por desgracia para él este prendió al instante y el orco hubo de deshacerse de él con el miedo dibujado en sus ojos. Dos arqueros aprovecharon la situación y sendas flechas volaron hacia el guerrero. Una de ellas se desvaneció en el aire al chocar con su cuerpo, pero la otra se clavó en su cuello. Murió antes de quedar tendido en el suelo. 

    El jefe orco lanzó un grito de rabia y se lanzó contra el que consideraba el líder enemigo, pensando que, si lo derrotaba, los otros se rendirían o, como mínimo, se desmoralizarían. Oía a los orcos del exterior gritando, moviéndose y golpeando las paredes de hielo; era cuestión de tiempo que lograran abrirse hueco hasta allí. Alcander bloqueó con su escudo el ataque del jefe orco y  contraatacó, luego ambos se enzarzaron en una violenta lucha repleta de golpes, fintas y empujones. (Punto y aparte) El invasor «piel verde» llevó las de perder, y tras un especialmente virulento intercambio de espadazos, soltó su arma y cayó de rodillas con una fea herida en el vientre. Alcander lo dejó ahí para acudir en ayuda de sus amigos, y el jefe orco lo siguió con la mirada mientras se preguntaba cómo le había ido a los suyos; no le gustó lo que vio. 

    Tres de sus orcos yacían sobre charcos de sangre oscura como la brea por sólo uno de aquellos apestosos y cobardes arqueros. Las ilusiones de la bruja calva los habían confundido, y la magia de la otra… Justo en ese momento su criatura ígnea acababa de interceptar a uno de los orcos que aún quedaban en pie. Este, sin lugar al que huir, se enfrentó a aquel ser y trató de herirlo con su cimitarra, pero su adversario la esquivó con antinatural agilidad. (Punto y aparte) Trató de cazarlo una vez más, esta vez con un golpe lateral, mas el ente conjurado saltó hacia él. El choque resultó fatal para el orco, pues sus ropas se incendiaron irremediablemente. Trató de apartarse, pero el elemental lo sujetó por los hombros con dos manos poderosas como garras. El jefe orco apartó la mirada… Los dos guerreros que seguían en pie permanecían juntos, protegiéndose así de las flechas que les disparaban los arqueros reales e ilusorios, imposibles de distinguir hasta que sus saetas impactaban contra algo. (Punto y aparte) Entonces llegó hasta ellos el humano que lo había derrotado a él. Acabó con los dos en poco tiempo. Gruñó de dolor y enseñó los dientes, se negaba a morir hasta ver al menos cómo su gente irrumpía en la explanada para acabar con aquellos cobardes humanos que sólo sabían luchar con flechas y magia.

    Elevó la mirada y trató de aguzar el oído al notar un cambio en los gritos de los guerreros que se habían quedado fuera del laberinto. Ya no parecían tan graves y agresivos… Por el contrario, sonaban agudos, nerviosos, pero no era capaz de distinguir las palabras… Y las imágenes se volvían ahora más y más borrosas por momentos… Se sentía muy cansado, tenía que tumbarse y descansar un poco antes de…

   ***

        Räewos y sus jinetes cayeron sobre los desprevenidos orcos y trasgos como una catarata atronadora e incontenible, y sus efectos no fueron menos contundentes para el resultado del combate. El líder orco, al verse frente al impetuoso asalto de la caballería pesada enemiga sin contar a su lado con la ayuda de los jinetes de huargos —cuya ausencia no decía nada bueno sobre la suerte que habían debido correr en su avance hacia el norte—, y teniendo el río a su espalda, se dio cuenta enseguida de que la única posibilidad de escapar consistía en ganar la otra orilla y, en caso de que  lograra reunir a un número suficiente de guerreros, organizar una buena defensa. Sólo el río podía ayudarles a frenar las mortíferas cargas de los jinetes humanos. (Punto y aparte) La retirada se llevó a cabo con menos orden del que hubiera deseado, y las bajas sufridas en el repliegue fueron considerables. De hecho, la noticia de la derrota del vado cayó como un jarro de agua helada en el ánimo del líder orco. Sabía lo que aquello significaba, para la horda y también para él. Antes del alba del día siguiente dio orden de levantar el campamento y emprender una rápida retirada hacia el nordeste. Lo hizo con la certeza de que aquella sería una de sus últimas órdenes.

   ***

    Eilaw y Räewos, ya bien entrada la mañana, se encontraron al otro lado del Íser, no muy lejos del destrozado entorno donde se había asentado el campamento enemigo. El general ya había sido informado por su segundo de lo ocurrido en el vado por medio de mensajeros, pero Eilaw quería conocer los detalles en persona.
    —¿Dónde están? —preguntó a su joven lugarteniente. Creía que vendrían contigo…
    —Me temo que han desaparecido. Se encontraban en la colina próxima al vado, junto con nuestros arqueros, cuando llegué desde el norte y cargué contra los orcos. Sin duda, debieron aprovechar la confusión durante la lucha, la retirada de los orcos y nuestro posterior asalto a la otra orilla del río, para marcharse. Ninguno de nuestros hombres se percató de su ida.
    —Lástima —comentó Eilaw en actitud reflexiva —Hubiera querido ofrecerles mis disculpas, así como mi agradecimiento y la hospitalidad de todos los habitantes de Muros. Si no hubiera sido por ellos, quizá hoy no tendríamos nada que celebrar.

  ***

    Los cuatro jinetes contemplaban desde una suave colina la impresionante cadena montañosa que ninguno había llegado a pisar. Los mismos sólidos torreones defensivos que parecían saludar su llegada tan sólo unos pocos días antes, ahora daban muestras de querer despedirse de ellos, dejando que el viento hiciera ondear las banderas y gallardetes que los jalonaban.
    —¿Alguien quiere decir unas últimas palabras? —preguntó Aure con ironía.
    —Saludos, despedidas, ¿qué importancia tiene eso? —fue la acre respuesta de Nadek.
    —Disiento, querido mago —dijo Danae con su aterciopelada voz—. Nada de lo que ha pasado aquí ha sido en vano. Se ha cambiado el destino de muchos.
    —Sólo para ellos —respondió Nadek— sin abandonar su tono pesimista—. Nosotros seguimos con nuestra errante existencia.
    —Puede que el cambio sea algo más profundo en nosotros —Danae le dedicó una sonrisa algo triste—. Quizá nos lleve más tiempo reparar en ello.
    El mago no la contradijo esta vez, y los cuatro volvieron a recrearse en la contemplación del paisaje, su silenciosa y ya habitual manera de decir adiós.
    —Sigamos nuestro camino —dijo por fin Alcander, e hizo que su caballo cabrioleara y se apartara del resto—. Aún nos queda mucho camino por recorrer.


Lo bueno: Es un relato muy completo, entretenido, con acción y una trama muy bien conjuntada y trazada. No le encontré faltas ortográficas o de redacción.
Lo malo: ¡Uuufff! Como el autor escribe en bloques muy densos y muy llenos de letras, he tenido qué releer hasta 4 veces todo el relato para entenderlo. La lectura a simple vista se me hizo pesadísima.
Sugiero que los densos bloques los separe en párrafos más cortos como lo he marcado en rojo. 
Todo el material es muy interesante, solo que es mucha información para analizarla de un plumazo. Si el autor hubiera dividido su texto en 2 o 3 partes, daría pie a que se analizara con más detalle.
Me imagino como que estoy en una mesa donde hay de comer de todo, pero no sé a qué hincarle el diente primero.
Me gustó el relato. Si posteriormente el autor lo sube en partes más pequeñas y dando frases más cortas y descansos entre líneas, creo que todos podremos saborear más su historia.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Helkion - 29/11/2019

1º Técnica/Calidad narrativa
Una historia bien narrada y con buena técnica, aunque, como bien señala @Bicerofonte, debería habérsele prestado más atención a la forma en que se presenta el texto, con párrafos mejor distribuidos, para permitir una mejor experiencia de lectura. Y además es uno de los relatos que se subió cerca del final, luego hubo tiempo para ello. 
Aparte de los párrafos, también llaman bastante la atención el gran número de frases demasiado largas.

2º Ortotipografía
No he visto errores, salvo los señalados de la distribución de los párrafos. Buen trabajo en este apartado.

3º Argumento/Trama
Una historia clásica de fantasía épica con una trama sencilla aunque con un toque de intriga, aportado por uno de los personajes, y que afecta a la extraña conducta del grupo de extranjeros. La trama en sí me ha parecido bien construida, no he apreciado incoherencias importantes, aunque, por otro lado, sí habría sido interesante ver algún más sobre las verdaderas motivaciones de los nesitas.

4º Personajes/Ambientación
Hay bastantes personajes, alguno que otro más de lo que sería ideal para manejar en un relato corto, y eso puede afectar tanto a su definición como a la historia que viven y que se nos cuenta. De hecho, lo que llegamos a saber de la mayoría de ellos roza el límite (por abajo), y tanto la ambientación como los sucesos que acontecen del conflicto entre humanos y orcos se alzan con el protagonismo sobre lo demás. También entiendo que es complicado ofrecer diálogos cuando uno se encuentra en medio de un combate, así que, en general, se puede decir que la narración y la ambientación general salvan la falta de profundidad de los personajes.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Guardián Ciego - 30/11/2019

Puntos buenos: Es muy emocionante, y genera mucha intriga.
Puntos malos: Es muy pesado de leer y, por ahora, no hay nada que diferencie este universo de las otras docenas de universos con enanos, orcos, magos, y demás.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Cabromagno - 01/12/2019

Hay algunos errores de tipo que con una revision mas seguro que hubieras subsanado. En el aspecto formal, usas las comillas de pensamiento («») para cosas que no son pensamientos: por ejemplo, cuando hablas de "pieles verdes", las comillas que tendrias que usar son las que acabo de usar yo. En algunos dialogos has enfatizado tambien otras palabras donde, de nuevo, usas las comillas de pensamiento en vez de las normales. Aunque, en la mayoria de estos casos, mas que poner estas palabras entre comillas yo las pondria simplemente en cursiva.

Nada mas empezar nos describes a los cuatro "protagonistas" diciendo que "los orientales destacaban por su escasa locuacidad, pero los nesitas gozaban de especial reconocimiento en la contención del uso de la palabra". A continuacion se produce un dialogo de lo mas vanal e insustancial, sazonado con algun vacile... todo lo cual contradice esa descripcion. En general, en todas las intervenciones de los cautro nesitas, no me da la sensacion de que sean escasamente locuaces o se contengan lo mas minimo a la hora de hablar.

Por último, nos encontramos, segun las descripciones que se propornciona en el texto, en terrenos montañosos, boscosos, rios... todo lugares en los que unidades de carros de combate son absurdas e inutiles. Al historiador que llevo dentro esto le ha sentado como una patada en los cataplines... Rolleyes

Los carros de combate necesitaban zonas llanas y despejadas, ya que eran bastante fragiles y, ademas, si tienes que andar esquivando pedruscos o arbustos, o rompes la formacion o te chocas con el carro de al lado. Y si van en gran numero, tambien amplias, para poder hacer maniobras en grupo. Como digo, montañas, vados y bosques no son lugares apropiados para estas unidades. Por algo su uso masivo se dio tan solo en oriente medio, donde habia amplias llanuras aridas para un uso eficiente de los mismos.

La historia esta muy bien, se centra en una batalla bastante bien narrada, con sus aspectos tacticos bien llevados... y, por suerte, los carros de combate al final son meramente decorativos. Si les llegas a dar un papel decisivo no respondo de mi comentario... Big Grin

En fin, debo decir que, aunque sigo con ganas de tirarte un carro de combate a la cara, por ahora este es mi relato favorito Smile


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Pafman - 01/12/2019

Pues creo que por ahora debe de ser el relato con mejor vocabulario y más correctamente escrito de lo que llevo leídos. Me parece que hay una mano muy profesional detrás de él. Dicho lo cual, si debo ser sincero, se me ha hecho un poco pesado durante el desarrollo de la batalla, la cual he seguido con un interés variable. Tampoco me ha ayudado la falta de empatía con los protagonistas, cuya personalidad fue solamente vagamente perfilada. Y, para terminar con los aspectos negativos, que son con los que siempre empiezo mis comentarios, me parece que el relato hubiese tenido mucha mejor pinta en cuatro o cinco capítulos de una novela… han pasado muchísimas cosas para ser un simple relato… quizás demasiadas. Pocos relatos en los que se nos narra una batalla he visto yo que me hayan parecido demasiado precipitados.
Dicho lo cual, la prosa es genial, yo creo que no vi siquiera un simple error en todo el texto, da gusto leer un texto tan pulcro.
No me quedó muy claro qué andaban buscando los orientales ni tampoco en qué momento intervienen realmente en la batalla y cómo es que su papel fue tan fundamental… ¿acaso engañaron con una ilusión a los orcos la noche previa a la batalla? Este punto no me quedó muy claro. Creo que estos cuatro jinetes fueron lo más interesante del relato.
Te desearía suerte el en reto, pero o me cabe ninguna duda de que no te va a hacer falta.


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Helkion - 05/12/2019

Contradevoluciones

Bueno, acabó el reto y llegó la hora de una de las viejas tradiciones de los retos, hacer «contradevoluciones» para agradecer, puntualizar, explicar o rebatir cualquier cosa que nos haya llamado la atención de los comentarios recibidos. En una palabra, interactuar con los lectores, un lujo del que no creo que puedan disfrutar muchos escritores profesionales.

Celembor, antes que nada reiterar mi felicitación por tu primer puesto. Me alegra saber que te gustó el «cuentazo» que os hice leer, casi cinco mil palabras de una tacada, y reconozco que en párrafos y frases muy extensos (uno de mis caballos de batalla, lo sé).

Sí, es cierto, los protagonistas de esta historia no «se apoderan» de ella, sé que es un riesgo, porque el lector puede no llegar a identificarse con ellos, pero es un riesgo calculado (más o menos) que me gusta mantener en muchas de mis historias. Estoy un poco harto de ver al típico héroe o heroína que acapara toda la atención, todo el mérito (o la culpa), todo el reconocimiento, mientras el resto de personajes no  pasa de meras comparsas que giran alrededor. Como no me gusta (y tampoco me parece demasiado «realista», pues las grandes gestas no suelen llevarse a cabo de manera solitaria), tiendo a  evitarlo. Asumo que esto no siempre es bien recibido.

Guillermo Solís, pues no, no es un texto que haya tenido que recortar. De hecho, lo que habéis leído es todo lo que he escrito hasta el momento sobre estos personajes, aunque espero que no sea lo último. De hecho, esa es la razón por la que el final no es completamente cerrado. Como tu cuento. Smile 

Me alegro de que te haya gustado, y que te convencieran los distintos puntos de vista ofrecidos, pues, como he dicho más arriba, es algo que me convence más que el de un único protagonista.

Muchas gracias, y enhorabuena por ese tercer puesto. Smile

Bicerofonte, gracias por tus aportes técnicos, sobre todo lo referido a la separación de párrafos. No estoy de acuerdo con todos los que me señalaste, pero sí lo estoy en que no le presté la atención que debía a ello, y en este caso era más necesario que nunca al tratarse de un cuento tan largo. Tomo nota, en cualquier caso, de ese toque de atención, y estaré más atento de ahora en adelante. También he de decir que lo acabé muy cerca del límite del plazo para subir, y lo hice sin dedicarle todo el tiempo de revisión que hubiera necesitado.
Gracias de nuevo. Wink

Guardián Ciego, me alegro de que te pareciera emocionante, una historia que no genera emoción falla en algo grave sí o sí.

Lo de «pesado de leer», cierto, es algo que ya me han señalado y que habré de corregir en próximas revisiones. En cuanto a lo de que no hay nada que diferencie a este universo de otros tantos, umm, no sé, no sé... ¿Nada de nada? ¿En qué otros universos con enanos, orcos y magos te has encontrado con carros en una batalla? No digo que no los haya, pues no me he leído todo lo que se ha escrito al respecto, pero yo al menos no los he visto... La mayoría de historias toma como referente la época medieval, pero en esa época los carros de guerra hacía mucho que habían dejado de emplearse, luego este universo en particular evoca una época anterior… Si vuelvo a él, espero seguir añadiendo elementos que ayuden a ahondar en esa diferencia que, lo comprendo, en este relato ha podido quedar corta. Wink

Cabromagno, en primer lugar, muchas gracias por ofrecerme tu siempre incisivo punto de vista, que sin duda me ayudará a plantearme (o replantearme) algunas cosas importantes.

En lo que me señalas de las comillas, lo he consultado con mis notas, pero no encontré ninguna referencia a que las comillas angulares (las que has llamado «de pensamiento») estén reservadas para los pensamientos de los personajes. Lo que dice al respecto el diccionario panhispánico de dudas es lo siguiente:

En los textos impresos, se recomienda utilizar en primera instancia las comillas angulares, reservando los otros tipos para cuando deban entrecomillarse partes de un texto ya entrecomillado.

Coincido con tu crítica de que, tal vez, los nesitas emplean más palabras en sus diálogos de las que uno se imaginaría de acuerdo con lo que se ha dado a entender en la descripción de los personajes, aunque disiento en que esa primera conversación que mencionas sea «insustancial», pues permite saber varios detalles de unos personajes, que, por poco dados que sean a largas conversaciones, es mejor que desplieguen sus personalidades de este modo en vez de a través de un narrador omnisciente que bastante tenía ya, el pobre, con todas las descripciones de la batalla que le esperaban... Wink

Jajaja, está bien visto lo del uso de carros de guerra en terrenos poco adecuados para un adecuado uso táctico en combate, aunque espero poder apaciguar al historiador que hay dentro de ti. Al menos lo intentaré.

Es cierto lo que dices acerca de que el terreno más adecuado para el empleo de carros de guerra son las llanuras, terrenos abiertos lo más lisos y despejados posible de vegetación. Y sí, su uso masivo se dio en los imperios orientales de Asia Menor y África.
Sin embargo, no es menos cierto que la mayor batalla de carros conocida se produjo entre los imperios egipcio e hitita. Es verdad que la batalla se produjo en Qadesh, una ciudad situada en Siria, pero los hititas y sus aliados consiguieron reunir varios miles de carros, y muchos de esos aliados, al igual que la propia Hatti, se extendían por toda Anatolia, una península que, si destaca por algo, es por ser bastante montañosa.

Por lo tanto no resulta completamente inverosímil que una ciudad-estado o un Estado disponga de carros de guerra aun cuando el terreno que la circunda no sea el más apropiado para su uso en combate... siempre y cuando estén disponibles para usarse allí donde sí serán útiles.

En el caso que nos ocupa, la desesperación hace que los murenses recurran a todas las tropas a su disposición, incluso aquellas cuyo uso pueda resultar menos efectivo por la ausencia de una gran llanura alrededor de la ciudad en peligro.

Coincido de nuevo contigo en que, en tales circunstancias, los carros (que tampoco son demasiados, y su coexistencia con «caballería pesada» podría hacer pensar que tal vez su presencia en los ejércitos esté llegando a su fin) no podían ocupar un lugar protagonista. 

Espero haberte convencido para que no me tires un carro de combate a la cara, jejeje. Oye, a ver si va a resultar que el talento para arrojar objetos es tuyo y no de Tesia…  Big Grin

Pafman
Jajaja, muchas gracias por lo de la «mano muy profesional», corro a enviarlo a los editores, a ver quién es el guapo que se niega a publicarlo... Big Grin

Mmm, sí, sois varios los que me habéis comentado lo de la pesadez, eso debo solucionarlo, no queremos aburrir a nuestros sufridos lectores, ¿eh? Y sí, también coincido en que este cuento pega más en el marco de una novela más larga que como cuento suelto. Si algún día esa novela ve la luz, quizá este cuento pueda tener cabida en él, ¿quién sabe?

La importancia de la intervención de los orientales, es cierto, no se explica directamente, debe inferirse de la narración de la batalla.

Básicamente, lo que los nesitas consiguieron al reforzar a los arqueros murenses y hacerse fuertes en el cerro situado junto al vado, fue retrasar un rápido avance de los orcos contra la posición de Eilaw, evitando que estas fueran sorprendidas por su flanco sur.

Esa acción puntual pero efectiva le dio tiempo a Eilaw a contraatacar y, tras eliminar a los imprudentes jinetes de huargos (que no habían esperado a la infantería orca) lanzar toda su caballería contra los orcos y trasgos que aún trataban de hacerse con la estratégica colina.

Muchas gracias por tus amables palabras, @Pafman. Smile


RE: Reto Nov19: Honoris causa - Cabromagno - 05/12/2019

Si bien Anatolia es una region montañosa, tambien es una region árida, por lo que a poco que entre las montañas haya un llano, este podría ser apto para carros (ademas, si creemos lo que cuenta la wikipedia, tampoco habia alternativa en aquella epoca). En un clima templado (que es lo que sugiere que hables de bosques), una llanura tendria matojos y arbustos que impedirian el correcto uso de carros. Por eso en la frondosa Europa su uso era prácticamente anecdótico.

Dado que parece esto parte de algo más grande, siempre tienes la oportunidad de darles más razón de ser a esos carros en otro momento. Podría incluso resultar que son unos carros muy distintos a los de nuestro mundo... ahi dejo la idea Tongue

Lo dejaremos en que me has convencido para tirarte solo una rueda Big Grin