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[Fantasía/Drama litúrgico] Redención - Versión para impresión

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[Fantasía/Drama litúrgico] Redención - JPQueirozPerez - 16/10/2020

La multitud se agolpaba alrededor de la enorme carpa. Sinae intentó acercarse pero no pudo; una fina llovizna caía del cielo completamente nublado, los vítores eran ensordecedores y el olor era una mezcolanza entre sudor e incienso que le provocaba arcadas.
    ¿Podría llegar a su hijo y arreglar todos sus errores? ¡Apartad!, gritaba, entre el aullido de la multitud que se asombraba ante la cercanía de un enviado por los dioses. Pero ella sabía que eso no era cierto, estas gentes no idolatraban a un tocado por lo divino, sino maldito por su progenie.
   A empellones logró acercarse lo suficiente. Bajo la carpa, su hijo, vistiendo una túnica que le recordaron a las que llevaban los sacerdotes del festival de las nieves en el que estuvo siendo una niña, se hallaba sentado en un trono que parecía esculpido en plata; ante él, un hombre enjuto y con unas vestimentas similares aunque menos regias observaba a la gran multitud en silencio. Ese silencio se extendió a la multitud cuando su hijo levantó una mano.
   —¡Yo, Seffré de Solhian, presto mi voz a Trinjent de Malicoitea. —Su hijo no era de Malicoitea, quien procedía de allí era ella. Sinae se preguntaba: ¿qué significa esto?—, para que os cante las palabras que el viento le sopla al oído, palab…
   —¡Basta! —aulló la madre, desesperada. Ante ello sufrió golpes y empujones que la arrojaron al suelo.
   —¡Parad! —ordenó el sacerdote enjuto, pero Sinae aún continuó recibiendo golpes mientras era insultada—. ¡Os he dicho que paréis! ¡Mi palabra es la palabra de Trinjent, y su palabra es la palabra del viento; parad ya u os lo ordenará él mismo!
   Esas palabras —amenazas, ella sabía que eran amenazas— hicieron efecto en quienes atacaban a la indefensa mujer; algunos incluso la ayudaron a levantarse. Cuánto temor sentían por la voz de su hijo; cuánto echaba ella de menos su dulce voz.
   —¡Mujer, no promulgamos la violencia, pero tampoco las faltas de respeto; no permitiré que seas agredida en este lugar sagrado pero si no respetas tu posición deberás marcharte! —La sentencia del sacerdote fue seguida de un carraspeo del silencioso joven tras él. Seffré miró a su maestro, quien señaló a su madre y le hizo un gesto para que se acercara.
   Ella intentó correr, pero se hallaba agotada tras tanto tiempo de peregrinación para llegar hasta aquí. Aún al trote, ese trayecto se le hacía eterno; tantos años sin ver a su hijo, tantos años creyendo que su pequeño había muerto, y al fin poder tocarle y abrazarle —pero no oírle, se dijo, pero no le importó—.
   Postrada a sus pies lloró desconsolada, mientras era tocada por la mano santa de su semilla. Poco a poco se levantó hasta quedar arrodillada ante él.
   —Hijo m… —fue callada por un dedo y una mirada que tras una aparente serenidad ocultaba una ira que ella comprendía bien. Sin embargo, ese gesto del joven descubrió parte de su brazo y ella pudo leer parte de las palabras divinas que habían allí grabadas—. ¡Lamentó lo que te hice, lamento hab…!
   —Calla —susurró su hijo, un susurro tan suave que sólo ella pudo escuchar e, incluso con un tono tan bajo, la brisa de viento que acompañó esa palabra llegó a revolver el cabello de Sinae.
   —Lo que te hice… convertirte en un monstruo fue… 
   —Calla —ordenó el santo, y aunque su tono de voz fue suave, la madre fue arrojada hacia atrás y golpeó el suelo con un golpe seco.
   Notando la sangre correr y un dolor sordo en el brazo se incorporó la mujer, su hijo caminó hasta situarse ante ella y sus seguidores; se liberó de sus ropajes. Sinae llevaba años sin leer las palabras del viento inscritas en su cuerpo; observarlas le causaba una mezcla entre temor y asombro.
   —¡Yo soy el viento! —gritó su hijo a los cielos y su voz apartó las nubes del cielo—. ¡Yo soy el viento —repitió—, el que aparta la tormenta, el que obra los milagros! ¡Bienventurados los que se postran ante el viento, pues ellos conocen el origen de su aliento! ¡Bienaventurados los que temen a los dioses, pues ellos conocen su lugar en el mundo! ¡Bienaventurados los que cuidan a su progenie, pues ellos protegen el futuro!
   La madre desconocía el discurso que daba su hijo, no sabía si siempre clamaba las mismas cosas, pero estaba segura de que esa última alabanza era la respuesta que su hijo le daba.
Trinjent era lo que era porque ella no le cuidó, lo ofreció a los dioses como sacrificio y lo convirtió en esa abominación capaz de exterminar naciones con su voz.
   Y sin embargo… ¿cuánta gente lo adoraba? ¿Cuánta gente se sentía salvada bajo el amparo de esa voz? Ella era una madre monstruosa, una madre que había vendido a su simiente a los dioses a cambio de un plato de lentejas; pero su niño había logrado convertirse en un guía para todas estas gentes. Sinae se abrazó a las piernas y besó sus pies mientras lloraba a lágrima viva.
   Su hijo calló un momento, para volver a hablar al cielo como antes:
   —¡Bienaventurados los que imploran el perdón, pues ellos buscan redimirse!
   Tras ello, Sinae se unió al séquito de su hijo. Trinjent recorría un largo camino deteniéndose en cada pueblo y villa para unir a más cabezas a su rebaño; contaba ya con medio millar de seguidores, y para cuando su madre llevaba un mes junto a él, ese número casi se había doblado.
   Su hijo no tenía poderes curativos, pero ella era capaz de ver como las gentes lo alababan igual, como si hubieran sido liberadas de sus males; en especial recordaría el encuentro con cierta muchachita ciega que vivía en una aldea de media docena de casas.
    Trinjent sólo entró acompañado de una cuarentena de sus seguidores, y aún así superaban de largo a los habitantes de la localidad. No era tan extraño, cuando se movían en poblaciones tan pequeñas, pero la madre notó un ambiente enrarecido, así lo hizo también Seffré, quien tuvo una conversación con su señor, apartado del resto; Sinae procuró escuchar a escondidas y lo que pudo sacar en claro es que este lugar temían a los dioses, ¿pero no era eso lo que buscaba su hijo? Bienventurados los que temen a los dioses, recitó la mujer mientras se alejaba de allí.
   —¿A qué rey servís? —preguntaba un hombre cuando ella volvió junto al grupo; portaba una azada que mantenía ligeramente inclinada hacia el grupo.
   —No servimos a ningún rey, sólo servimos a los dioses y a sus emisarios. —Fue la respuesta de las mujeres que se adentraron en la aldea.
   —¡En estas tierras no queremos saber de dioses! Idos por donde habéis venido y no miréis atrás.
   —Nadie ren-n-niega de los d-d-dioses sin rene-n-negar de su vida —tartamudeó otro de los seguidores de Trinjent; Sinae creía que que su nombre era Orem u Oren, sólo recordaba que fue el que la ayudó a levantarse tras el ataque que sufrió aquél día.
   El séquito empezaba a murmurar ante esa muestra de desprecio a los dioses, mientras los hombres del pueblo se acercaban con cautela para apoyar a su compañero.
   —¿Qué ocurre aquí? —inquirió un exaltado Seffré ante la tensión que se podía notar en el aire.
   —Sacerdote, llévate a tu rebaño a pastar a otras tierras. Rechazamos a los dioses y a sus servidores.
   —¿Pero cómo te atreves? —bramó el sacerdote, mientras Trinjent le puso una mano en el hombro para tranquilizarle.
   Señaló el santo a una muchacha que estaba medio agazapada tras un par de mujeres. Ante esta seña, una de ellas abrazó a la niña y uno de los hombres se abalanzó hacia Trinjent, para a continuación arrojarle violentamente contra el suelo.
   Sinae sintió una punzada en su pecho, no solo por ver esa violencia contra su hijo, sino porque supo cómo reaccionaría la muchedumbre. Como ya le ocurriera a ella, varios se dirigieron contra el hombre, pero esta vez su hijo lo impidió con una palabra:
   —Suficiente. —En tono firme aunque bajo, mandó a volar a los primeros en acercarse, enviándoles contra los que les seguían.
   —¡¿Qué creéis que hacéis?! —berreó Seffré al grupo que se levantaba dolorido.
   —¡Marchaos de nuestro hogar, monstruos! —gritó el primer hombre mientras un par de hombres alejaban al que se había abalanzado contra Trinjent.
   La madre se acercó a su hijo, quien la miró con indiferencia.
   —No puedes salvar a todos —imploró sujetando su mano.
   —Mis palabras son las palabras del viento —respondió él sin mirarla.
   Tras ello se soltó de Sinae y se levantó y caminó lentamente hacia esa niña. Los hombres se apartaban de su camino, las mujeres se escondían en sus casas, y los pocos que se atrevieron a intentar pararle, fueron ellos detenidos por el viento que acompañaba las palabras del santo.
   La niña y su madre se habían escondido en su cabaña, un edificio sencillo de un aposento, sin ninguna clase de puerta; el santo entró.
   Fuera el movimiento era mínimo; los devotos se habían arrodillado para rezar a los dioses, los aldeanos estaban paralizados ante el terror que estaban viviendo. ¿Qué hizo Sinae? Anduvo junto a su hijo.
   Nunca estaba solo cuando atendía a las gentes, siempre tenía a Seffré a su lado para hablar en su nombre; Seffré ahora rezaba junto a los suyos, aunque Sinae estaba convencida que lo hacía para mantenerlos a raya, por tanto ella debía ocupar su lugar.
   Trinjent había atravesado el umbral de la casa y se quedó ahí quieto, esperando. Su madre no sabía si la esperaba a ella o esperaba a que la niña se acercara por su propio pie.
   Eso no pasaría; aunque quisiera moverse, su madre la mantenía aferrada contra sí, sollozando en silencio.
   —No temáis —suplicó desde fuera Sinae. La mujer se encogió aún más contra la pared—. Os pido que no temáis. Aunque pueda no haber parecido así, no traemos el dolor, os traemos la paz.
   —¡Dejadnos! —gritó la mujer que no podía estar más acurrucada ya.
   —Hijo mío… No puedes salvar a alguien en contra de su voluntad.
   —No es la voluntad de la madre la que debo conquistar, pues no es a la madre a quien he de salvar —respondió antes de empezar a andar hacia las dos aldeanas.
   —¡Dejadnos en paz! —berreó la mujer.
Trinjent se detuvo a unos pasos de ambas y habló a una pared:
   —Acércate niña.
   La niña no se movió, tampoco lo hizo su madre. Tampoco lo hizo Sinae.
   —Acércate niña —repitió el santo.
   La niña dio unos pequeños bandazos, su madre la sujetó más fuerte. Sinae observó en silencio mordiéndose el labio para no suplicar.
   —Acércate niña —dijo por tercera vez.
   La niña se soltó y se acercó lentamente al santo, su madre sollozando intentó agarrarla pero no se atrevió a separarse de la pared. Sinae dio un paso hacia su hijo, pero tampoco se atrevió a acercarse más.
   El santo puso la mano en la frente de la muchacha que ahora estaba arrodillada ante él, y escupiéndole en los ojos dijo:
   —Tendrás la vista del viento. Tus ojos no van a funcionar en este mundo, pero vas a ver más que cualquier mortal. —Tras ello restregó su saliva sobre esos ojos ciegos.
   Ambas madres sintieron un sobrecogimiento ante lo que contemplaban: la de la muchacha, se vio superada ante lo divino, perdiendo el conocimiento; la del santo, se vio superada ante lo divino, cayendo de rodillas, sintiendo que le faltaba el aliento, como si las palabras de su hijo le hubieran robado el aire.
   El santo salió sin decir ni una palabra más, su madre le siguió cuando fue capaz de moverse. Fuera, los seguidores de Trinjent empezaban a levantarse para abrir paso a su patrón, que se dirigía a las afueras de la ciudad.
   Allí habló a todos:
   —¡Bienaventurados los que oran, pues ellos hablan con los dioses! ¡Bienaventurados los sensatos, pues ellos no cometen errores! —Sinae conocía ya las bienaventuranzas de su hijo, sabía elegir las correctas para el momento. Ahora era el momento perfecto para instar a la calma: el grupo de los cuarenta sentía la necesidad de pasar por el hierro a los pobres desdichados de esa aldeucha sin nombre.
   Tras los clamores habituales ante las palabras del santo, le siguió el habitual momento de silencio en el que las buenas gentes intentaban asimilar las palabras del viento antes de empezar el murmullo en el que discutían sobre ellas hasta llegar a un consenso. Esta vez había algo extraño, Sinae, notó un sensación ofegante, como si estuviera cargando una pesada piedra a la espalda.
   ¿Dónde estaban las cuarenta almas que rendían total devoción a las palabras del viento? Sinae siempre los vio lo más cerca de su hijo que era posible, pero ahora no; había alguno, aquí, allá, pero por más que rebuscaba entre el gentío, no pudo hallar todos. Rezó por las perdidas almas de esa aldea, porque de alguna manera supo, que al acabar el día este lugar sería polvo.
   El gran séquito siguió su camino a la capital del reino. Cuando la villa había quedado ya fuera de la vista, una columna de humo ascendió al cielo, una columna de humo que Sinae observó con terror por ver cumplido su presagio.
   —No mires atrás.
  Sinae oyó a su hijo, pero la voz no fue más que una brisa; su hijo volvió a hablar, esta vez con voz más firme:
  —No mires atrás.
  Se había detenido ya cuando su madre le miró, pero ella no había sido la única que miraba el humo; ahora que la marcha se detuvo, muchos miraban, y un murmullo empezaba a ascender.
  —¡No miréis atrás! —gritó el santo sin girarse.
  El grupo calló, se giró y esperó.
  —Seffré, vuelve y ve a cada casa; entierra a los muertos, reconforta a los vivos.
  —Mi señor… tal vez Etania y el resto sigan ahí.
  —Bien, así volverás a encarrilarles. Tú único propósito es evitar que los seguidores del viento malogren mis enseñanzas.
  El sacerdote eligió a un grupo al azar y les obligó a acompañarle, el resto acampó ahí mismo. No volverían hasta el mediodía siguiente, y en ese tiempo Trinjent se fue a meditar en un montículo alejado de todos, desnudo, con el viento rozando sus palabras; su madre no pudo evitar observarle escondida tras unas rocas, aunque sabía que su hijo conocía su paradero.
  —¿Qué vienes a buscar después de lo que has hecho, Oren? —preguntó Trinjent a nadie en concreto, o eso creía su madre, pues unos momentos después subió por el montículo el nombrado Oren, que se postró ante su patrón.
  —Veng-go a bu-b-buscar el perdón. —Antes de poder escuchar la frase entera, alguien la lanzó al suelo desde atrás, durante de la caída pudo escuchar el resto—:  m-m-mi señor, vengo a redim-mirme.
  —¿Por qué buscarías redención cuando has traicionado mis enseñanzas y ahora permites que ataquen a mi sangre? —Sinae vio que era aquella mujer cuyo nombre desconocía, una de las almas más fieles de su hijo, quien le tapaba boca y nariz para ahogarla.
  —S-s-soy un sierv-vo del viento, debo def-f-f-fender la palabra del viento aunque deb-ba hacerlo a base de sangre. —La madre intentó forcejear pero dos pares de manos le sujetaron los brazos.
  —Lo que debes hacer es recordar mis enseñanzas antes de cruzar una frontera de la cual no podrás volver. —La mujer mientras intentaba moverse sin lograrlo y giraba los ojos hacia todos lados, vio a Seffré que miraba en silencio.
  —Soy un s-sierv-v-vo del viento, deb-bo busc-c-car la red-d-den... redención. —La madre del santo se sentía morir, y se cansó de luchar; ya se había redimido, ¿o no lo había hecho? No importaba ya.
  —¡No! —Esa palabra inundó el alma de Sinae, su último aliento no exhalado formaría parte por siempre de las palabras del viento.
  Lo último que vería antes de abandonar este mundo, era la mirada impasible de Seffré; la última persona en quien pensaría, era en aquella muchachita ciega; lo último que escucharía antes de abandonar este mundo, era el eco del grito de su semilla. Lo último que sentiría; viento.