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Reto Hal20: Humedades - Versión para impresión

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Reto Hal20: Humedades - Joker - 20/11/2020

Los colchones olían a pescado podrido y el cabecero de una de las camas había sido devorado por una humedad que se extendía a lo largo de la pared, como un cáncer pulmonar que manchaba la blanca superficie con un desagradable color marrón. La madera del suelo estaba abultada y cuando pisabas una tabla salía un líquido burbujeante del hueco entre los listones. No hizo falta que ninguno de los tres dijéramos una palabra, Soltamos las mochilas en el extremo de la habitación más alejada del cáncer marrón y salimos de la sombría pensión directos a un bar que habíamos visto al llegar al pueblo.

A decir verdad todo el lugar parecía oler a pescado, pero me dije a mi mismo que debía ser porque tenía el olfato desacostumbrado. En poco tiempo había visitado varias localidades con mar pero ninguna de ellas era un pueblo pesquero y, excluyendo los últimos tres días, había estado una buena temporada sin pasar por la costa. El verano pasado lo pasé trabajando recluido en una cocina, con turnos partidos y solo medio día de descanso a la semana. En el único rato que descansaba lo último que me apetecía era coger el coche y hacer más de quinientos kilómetros para llegar a la playa.

Pero las cosas habían empezado a mejorar y tras aquel periodo infernal encontré un trabajo con un horario menos parecido a la esclavitud, con un sueldo mayor y en periodo estival derecho a vacaciones. Algo inaudito en la hostelería, donde solemos pasar las fiestas trabajando.

Casandra y Juanjo se habían apuntado a mi aventura particular, una ruta gastronómica a través de varios pueblos de la costa andaluza que culminaba en el parque natural de Cabo de Gata en Almería. Casandra acababa de divorciarse y Juanjo, su hermano, estaba recuperando con ella el contacto que habían perdido durante sus años de casada.

Conozco a Juanjo desde la adolescencia y aunque en ocasiones pasábamos largas temporadas sin saber nada el uno del otro, siempre que nos encontrábamos de nuevo actuábamos como si nos hubiéramos visto el día anterior: Nos gustaba decir que teníamos una amistad cactus, a la que había que regar poco.
Cuando le comenté mis planes para las vacaciones se apuntó de inmediato y me preguntó si podría acompañarnos su hermana Casandra, ya que no quería dejarla sola.

El segundo día de viaje Casandra nos comentó que aún se sentía como si estuviera pasando por un proceso de duelo, velando por su fallido matrimonio, y que ,aunque al principio tuvo sus dudas le pareció que hacer este viaje con nosotros sería un buen cambio de aires. Nos reconoció también que tomó aquella decisión mientras escribía en su diario, una libreta negra con ribetes dorados que llevaba a todas partes y sobre la que se inclinaba cada noche para escribir. Decía que era lo mejor que había sacado de sus recientes sesiones de terapia.

Habíamos comido tortillitas de camarones en Mazagón, disfrutado de la tranquilidad de las playas de Punta Umbría y tras curiosear por los puestos del mercadillo del paseo marítimo de Rota, comiendo helado de galleta de miel, turrón y pistacho, cogimos un autobús nocturno con intención de ver el amanecer en la Playa de Sotogrande. Pero cuando llevábamos algo más de la mitad del camino nuestro transporte sufrió una avería.

Mientras esperábamos a que nos recogiera el vehículo de sustitución, que había sido enviado por la compañía, fuimos testigos de cómo chocaban las primeras gotas de una inminente tormenta sobre los cristales. En la oscuridad, rodeados de las respiraciones nerviosas del resto de pasajeros, el repiquetear de las gotas se asemejaba al sonido de los nudillos de cientos de niños traviesos que aporreaban con sus pequeños puños sobre la chapa y los cristales: Cada vez con más y más fuerza, como si desearan hacerse sangre.

El conductor comunicó a todos los pasajeros las últimas novedades a través de la megafonía interna y nos sacó de nuestro ensimismamiento colectivo. Era portador de malas noticias: El vehículo de la compañía no podía llegar hasta nosotros, la tormenta había derribado algunos árboles y hasta por la mañana no llegarían los operarios para retirarlos.
Lo único positivo era que la compañía de transporte se había puesto en contacto con las autoridades de varios pueblos cercanos y vendrían a recogernos con sus propios medios junto a algunos vecinos.

A nosotros nos tocó viajar en la parte de atrás de una furgoneta que estaba a medio cargar con material de construcción. Nos sentamos como pudimos sobre sacos de cemento, monos de trabajo y una maraña de cables cubiertos de polvo blanco. Tan solo veíamos la carretera a través de la luna trasera, pero la lluvia hacía muy difícil poder distinguir nada. No teníamos forma de ponernos en contacto con nuestro conductor para preguntarle a dónde nos llevaba, mantuvo la ventanilla que daba hacia la zona de carga cerrada durante todo el trayecto.

Al llegar al pueblo nos dejó en la puerta de la pensión y aunque intenté agradecerle que nos hubiera llevado hasta allí en mitad de la tormenta, se esfumó a toda prisa. Ni siquiera llegamos a verle la cara.

Después de encontrar la mancha de humedad en la única habitación que tenían disponible en el tétrico lugar donde estábamos obligados a hospedarnos, cortesía de la compañía de autobuses, nos dirigimos a un bar que habíamos visto al bajar de la furgoneta. Se encontraba prácticamente enfrente y tenía varios carteles con neones encendidos que anunciaban que abrían toda la noche.

Mientras la tormenta arreciaba, y corríamos por la calle desierta, Casandra bromeó preguntándonos si estábamos a punto de hacerla entrar en un local de alterne, pero como no teníamos otra alternativa mejor nos encogimos de hombros mientras abríamos la puerta. Al entrar descubrimos que se trataba de un bar de lo más normal: Una pequeña taberna para pescadores que abría sus puertas las veinticuatro horas para que cuando los hombres volviesen del mar, fuera la hora que fuera, pudieran secar sus cuerpos junto al fuego y mojar sus gargantas con alcohol.

Todas las cabezas se giraron cuando entramos al local, pero al descubrir que éramos tres extraños los lugareños volvieron a ocuparse de sus asuntos sin prestarnos mucha atención.
Había un grupo de hombres sentados junto a una chimenea al fondo. Nos sentamos en una mesa cercana hasta la que llegaba el calor de las llamas y el camarero nos atendió a voces desde detrás de la barra.

Tenía un acento muy cerrado y era difícil entenderle, preguntamos por el plato típico de la zona y contestó a alaridos algo así como:
—Po sestai de suerte. En´namas je lleguen los demás os saco una olla caracole pa’tos los je estamos aquí reunio.

De aquellos gritos entendimos que aún faltaban comensales por llegar, por cómo se habían vuelto todos a mirarnos a nuestra llegada era evidente que esperaban a más lugareños. Sabía por mi experiencia en la hostelería que los parroquianos de cualquier bar suelen tener un horario habitual.

Pedimos algunas cervezas y al brindar no pudimos reprimir una carcajada grupal. Nada estaba saliendo como esperábamos pero teníamos la oportunidad de probar un plato nuevo y exótico descubierto en un lugar remoto, así que habíamos decidido celebrarlo. Sería mejor pasar la noche bebiendo y comiendo entre aquellos marineros que con la cabeza pegada a las humedades de la habitación. Brindamos y bebimos para entrar en calor.

La primera ronda entró bien pero la segunda fue aún mejor, noté cómo se me encendían las mejillas y se me soltaba la lengua. Al fondo uno de los marineros sacó de su funda una vieja y desgastada guitarra para tocar alegremente sus cuerdas, dando ritmo a la noche. La tormenta salpicaba los cristales de la entrada pero aquel lugar era un faro en la oscuridad donde se respiraba paz y calma.

Íbamos por la tercera ronda, Casandra escribía en su cuaderno algunas anotaciones sobre el lugar: Pequeños detalles como el color de las lámparas o la disposición y el contenido de los cuadros colgados en la pared. Los lugareños habían empezado a fumar y yo ni corto ni perezoso saqué tabaco y papel de una pequeña pitillera que llevaba encima y comencé a liar un cigarrillo, lo que me llevó a un acalorado debate con Juanjo sobre la ley antitabaco. Sacó su móvil para intentar buscar un dato con el que ganar la discusión pero no tenía cobertura suficiente para conectarse a internet, el mio estaba sin batería y guardado en la mochila de la habitación.

Antes de que me pudiera terminar el cigarro se abrió la puerta. Un intenso olor a pescado inundó mi cavidad nasal y el local quedó sepultado en un silencio casi total que solo se veía interrumpido por el repiquetear de las gotas de lluvia sobre los cristales, nudillos pequeños ensangrentados, un escalofrío me recorrió la espalda mientras entraban tres figuras enfundadas en chubasqueros. Varias ramas, arrastradas por el viento, se colaron entre sus pies con sus hojas silbando mientras se deslizaban por el suelo. En aquella situación habría sido de lo más oportuno que un rayo cruzara el cielo y que los cristales se tambalearan con el retumbar del trueno, pero la naturaleza rara vez es tan oportuna como en la literatura o el cine.

El camarero los saludó con efusividad y cuando una de las figuras, la más baja de estatura, bajó su capucha para descubrir que se trataba de una encorvada señora mayor, varios de los vecinos sentados al fondo se levantaron de sus asientos para saludarla. Ella, arrugada y abultada como alguien que ha pasado demasiado tiempo en el agua, tomaba la cabeza de los hombres y les plantaba un beso en la frente con delicadeza y ceremonia. Sus otros dos acompañantes retiraron las capuchas de sus chubasqueros dejando el rostro al descubierto. Resultaron ser un hombre y una mujer de facciones parecidas, pensé que si no eran hermanos gemelos por lo menos tenían que ser familia.

Cerraron la puerta a sus espaldas pero el olor a pescado no se me despegaba de la nariz, la anciana terminó de saludar a todos en la sala y se colocó de pie junto a la chimenea. Pensé en pedir otra cerveza para combatir con su sabor aquel hedor podrido del que no me podía deshacer pero me llevé una grata sorpresa cuando descubrí que el camarero se disponía por fin a servir la cena. Había sacado una gran y humeante olla de la cocina, que colocó sobre la barra con la ayuda de los dos posibles gemelos. Traían consigo una tabla mojada que no llegué a ver con claridad pero que parecía tener algunos grabados circulares en ella, cuando colocaron la tabla sobre la barra y la olla sobre esta pensé que tan solo debían ser las marcas dejadas por otras ollas ardientes en el pasado.

El camarero metía vasos de cristal en el caldo aun burbujeante, supuse que los mismos que se utilizaban por las mañanas para servir café y por las tardes para las cañas de cerveza, y los sacaba repletos de caracoles. Mientras, la mujer mayor entonó una canción pausada que comenzó como un quejido profundo que fue variando el tono. A los pocos segundos el hombre de la guitarra tocó las cuerdas, con una melodía lenta que subía y bajaba. La canción y su tristeza se mezclaba con los vapores del vaso de caracoles que el camarero me plantó delante.

Saqué del vaso uno de los moluscos ayudado con un tenedor para no quemarme, sonreí para mis adentros observando las manos del camarero mientras seguía repartiendo vasos. Aunque yo las tenia bastante encalladas después de tantas horas dedicadas a la cocina, aquel hombre no parecía inmutarse lo más mínimo mientras cargaba con los ardientes vasos de aquí para allá. Cuanto me quedaba aún por aprender.

El caracol humeante que tenía ante mí era grande, su concha era gruesa y parecía bastante sólida, mediría unos tres o cuatro centímetros por lo menos, con una espiral en la parte baja. Era de color marrón pero con pequeñas manchas que brillaban en tonos turquesas y aguamarinas, la abertura de la concha era de color azul oscuro y el labio tenia un color verde claro. Supuse que se trataría de un ejemplar autóctono e inmediatamente quise preguntar al camarero a qué raza pertenecían pero la anciana había empezado a cantar con más intensidad y todos en la sala la escuchaban mientras sorbían la comida.

Durante un rato lo único que se escuchó fue aquella melancólica canción, que sonaba a hierro y mar, el sonido de succión de los labios al sellarse sobre los caracoles buscando su presa y la lluvia que arreciaba contra los cristales.

Casandra se había lanzado a probar aquel manjar sin vacilación, pero Juanjo miraba a su alrededor asqueado, yo por mi parte terminé de analizar mi comida y atrapé al caracol con los dientes para extraerlo de la concha. Su sabor provocó una explosión de sensaciones en mi paladar que acabaron de golpe con el olor a pescado para sustituirlo por un agradable aroma especiado. Tomillo, comino, clavo, pimienta y cilantro. El olor me dejó extasiado pero lo mejor fue el sabor, la textura era viscosa pero sin llegar a ser tan tersa como la de los calamares o los chipirones, se deshacía en el paladar como una chocolatina que se había almacenado a la temperatura exacta.

La anciana acabó su largo quejido y comenzó a cantar la primera estrofa de la canción:

Ábrase la tierra,
que no qui,o vivir
que pa vivir en pasto yermo
yo me quiero morir


Devoré un caracol tras otro con un ansia poco propia de mi, cuando acababa un vaso apuraba el caldo hasta el fondo y comenzaba una nueva tanda.

Quién sería aquel marinero
que por la mía puerta entró,
si sería la muerte horrorosa
que venía guiaíta de Dios.


Casandra había llenado ya dos jarras de cerveza con las conchas vacías y había empezado a dejarlas sobre la mesa sin importarle que rodaran cayendo por el borde, manchando el suelo del caldo que aún guardaban en su interior. La canción continuaba y la anciana añadía un verso tras otro:

En el hospitá
me dijo mi mare:
—Ahí te quean dos hermanos chicos,
no los ´esampares.


Los hombres habían acabado con buena parte de la olla y Casandra y yo seguíamos contribuyendo a la tarea, ni por un momento pensé en dejar de comer hasta que no quedase ni uno de esos deliciosos caracoles. No me importaba a cuanto podía salirnos la jugada y que la cuenta se engrosara con cada nuevo vaso que pedíamos, aquel era el plato más delicioso que había probado en mi vida.

A la mar miraba
a la mar miré
llegaron a mi tus hijos
y me dijiste: Os guiaré

en la puerta del diluvio
las cositas de la mar,
por la mañana clarito
y por la tarde el temporal

comeréis el cuerpo de mis hijos
los devoraréis sin compasión
con ellos os lleváis mi prole
hacedlos conquistar cada rincón.

A la mar miraba
a la mar miré
como miraba pa toítas las partes
y a la muerte me encontré.


Algunos hombres del fondo se acercaron a Juanjo, le sujetaron las manos sobre la mesa y le abrieron la boca para meter un caracol dentro contra su voluntad. En otras circunstancias habría hecho algo para impedir aquel acto, pero el mundo daba vueltas a mi alrededor y mi cerebro era una hoja llena de garabatos negros con un solo objetivo: Seguir comiendo.

No sabía en qué momento me había levantado del asiento, pero me encontraba con las manos metidas en la olla. Junto a otros tres hombres la habíamos tumbado sobre la barra y con las manos, como si fueran las garras de un zorro hurgando en la madriguera de un conejo, arañábamos las paredes de metal en busca de nuestro ansiado trofeo. Buscando un último caracol que deslizar por nuestras gargantas.

Cuando me hube asegurado de que no quedaba ni un caracol rezagado en su interior, vi de cerca la tabla que antes me había llamado la atención. Además de las marcas que habían producido el calor de la olla sobre su superficie también tenia grabada con surcos negros una cruz y un ancla que se entrelazaban con una corona de espinas. La agarré con fuerza y la llevé junto a mi pecho, entonces escuché gritos a mi alrededor.

Casandra escribía en su libreta pero sus ojos miraban en diferentes direcciones, concretamente el izquierdo no paraba de girar de forma poco natural. Juanjo se había zafado de los hombres que le retenían y se había lanzado a detener la mano de su hermana, pero antes de que pudiera hacerlo el camarero le atravesó el brazo derecho con un cuchillo de cocina. Juanjo era un tipo grande y acostumbrado a hacer deporte, salía a correr a menudo y aun con el peso de los años se mantenía en forma, pero jamás en su vida se había metido en una pelea y mucho menos con cuchillos de por medio. Al primer vistazo de la sangre que manaba a borbotones de la herida abierta se desplomó.

Yo di un paso en su dirección pero entonces todos los presentes comenzaron a cantar entonando la misma canción que la mujer mayor, añadiendo quejidos y estrofas. Los versos se mezclaban, extendiéndose como una mancha en mi cerebro. Caí al suelo y me aferré con fuerza a la tabla, en mi interior crecía claramente una humedad marrón. Me derrumbé, con tanta mala suerte que, mi cabeza aterrizó sobre una de las ramas que habían entrado al local con el viento y pude notar como una larga astilla se me clavaba en la mejilla.

Perdí el conocimiento.

Noté un bamboleo y sentí como la mancha de humedad me arropaba, acariciaba mi piel y se deslizaba sobre mi cuerpo. Entraba por mi garganta y se adueñaba de mi alma.

Desperté en la habitación con la cabeza pegada a la mancha de humedad. Del hongo de la pared brotaba una seda fina que había comenzado a envolverme, como una telaraña gigantesca. Salí de la cama de un salto mientras escupía pedazos de tela marrón y me acariciaba el magullado rostro. Aun tenia la tabla conmigo y la agarré aún con más fuerza al descubrir que no me encontraba solo.

Casandra estaba sentada sobre las mochilas, sollozaba en aquel rincón con las manos sobre la libreta abierta. Sus ojos se habían tornado completamente azules y ,aunque ya miraban los dos en la misma dirección, su mirada estaba vacía y parecía desprovista de vida. Pero eso no era lo más inquietante: A su alrededor se había formado una nueva mancha de humedad, más grande que la anterior, que la rodeaba y envolvía en una suerte de capullo protector que crecía por segundos.

Solté la tabla para agarrar sus manos e intentar sacarla de allí. Pero Casandra tiró con fuerza y me hizo perder el equilibrio, provocando que cayese sobre ella. Al abrazar su cuerpo pude notar que su espalda estaba abultada y olía intensamente a pescado, exactamente el mismo olor que tanto me había obsesionado. Rasgué su camiseta con mis manos y descubrí unos huevos extraños, parecidos a grandes tumores palpitantes, que habían crecido a lo largo de toda su espalda y se fundían con la pared. Parecían los hijos de la humedad.

Casandra comenzó a reír y me levanté, como pude, aterrado por lo que acababa de ver. Su profunda carcajada se clavaba en mis oídos como si alguien empujara alfileres a través de mis tímpanos. Me di cuenta de que llevaba entre mis manos su cuaderno cuando intenté salir de allí, la puerta estaba cerrada con llave así que metí el cuaderno en mis pantalones y me valí de la tabla para golpear el pomo hasta destrozarlo. La humedad abarcaba ya todas las paredes de la habitación y se extendía con rapidez en mi dirección, extendiendo sus ramificaciones como tentáculos que deseaban atraparme. Golpeé el pomo con fuerza una y otra vez hasta que saltó y dejó al descubierto el pestillo desmontado. Me lancé contra la puerta y la abrí con el hombro mientras el bombín de la cerradura repiqueteaba sobre las tablas mojadas del suelo.

La recepción estaba vacía y al llegar a la calle la tormenta me recibió con una ráfaga de agua, fue como recibir una cubetada helada sobre a la cara. No sabía por donde habíamos llegado pero tenía claro que quería salir de aquel lugar infernal, así que usando la tabla como improvisado paraguas me interné en la lluvia.

Vi un grupo de luces en la distancia que parecían faros de coches, nunca fui creyente pero en aquel momento recé porque se tratara de una carretera, una autopista o algo parecido, pero al acercarme descubrí que eran las luces de los barcos amarrados en el puerto.
Iba a volver atrás sobre mis pasos cuando vi que varios hombres y mujeres con chubasqueros se acercaban a mi por donde había venido. En cuanto se percataron de que los miraba comenzaron sus cantos de nuevo aunque esta vez no parecían provocarme el mismo efecto que en el bar, como el viento amortiguaba el sonido los escuchaba al volumen de los susurros. En ese momento solo se me ocurrió correr hacia los muelles para intentar esconderme en el interior de algún barco e intentar darles esquinazo.

Las botas me hacían resbalar sobre las pasarelas mojadas, eran muy buenas para andar pero no eran antideslizantes como el calzado que solía usar en la cocina, nunca imaginé encontrarme en una situación en la que echaría de menos mi par de zapatos de trabajo. Con los que me podría haber movido por allí con soltura.

Según avanzaba en el puerto fui adentrándome en la oscuridad y tuve que usar la mano que tenía libre para ir palpando sobre el barco más cercano.
Fui guiándome siguiendo con mis dedos el frío metal, tanteando la superficie en busca de alguna escalerilla para acceder al interior, hasta que topé con algo extraño que era blando y parecía fuera de lugar. Me alejé unos pasos hacia atrás y la marea movió el barco lo suficiente para que el lugar donde había tocado hacía unos segundos quedara iluminado por la tenue luz ambiental.

Se trataba de Juanjo, estaba pegado al barco como un mejillón o una lapa, con la espalda unida al casco a través de los huevos que le surgían del cuerpo. Sus ojos me miraban fijamente pero la humedad le rodeaba la boca como una mortaja a medio poner. Me quedé petrificado ante aquella visión, Juanjo movía la cabeza en mi dirección como si quisiera gritar pero no lograba articular ningún sonido que pudiera traspasar la humedad.

Perdí la noción del tiempo mientras observaba la escena, No sé si pasaron segundos o horas. Pero cuando recuperé la movilidad el sol comenzaba a despuntar sobre el mar y escuché de nuevo como el cante profundo de los lugareños se acercaba hasta donde estaba. Aparecieron doblando una esquina cercana, noté como la melancólica canción, cargada de hierro y mar, empezaba a enturbiarme la mente. Pero los fuertes gemidos de Juanjo me dieron la oportunidad de escapar, permitiéndome buscar en mi interior hasta vislumbrar un camino entre las bandadas de pájaros negros que me impedían pensar con claridad.

Para cuando eché a correr hacia el final de la pasarela notaba un calor que se deslizaba por mi espalda, parecido a un licor fuerte que se asienta en el estómago pero que recorría mi columna vertebral. En mi accidentada huida caí varias veces al suelo, me sangraban los nudillos, en una de los tropiezos me había abierto una herida en la cabeza al darme contra un metal afilado de una barco cercano, también me había torcido un tobillo, pero en ningún momento solté la tabla.

Había llegado casi al final de la pasarela, con la intención de tirarme al agua y alejarme flotando encaramado a la pequeña tabla. Entonces fue cuando vi una vieja lancha motora amarrada en el lugar, era de plástico amarillo y estaba tenuemente iluminada por la luz del amanecer. Como era de pequeñas dimensiones no había reparado en ella hasta estar casi encima. Solté un grito de alegría, pateé el rudimentario amarre que la unía a la pasarela hasta que cedió y me subí deseando que tuviera el depósito lleno. Crucé los dedos y tiré del cable del motor pero no ocurrió nada.

Los lugareños se acercaban acompañados por la anciana, al igual que en la pequeña taberna habían comenzado a entrelazar sus voces y el efecto en mi mente se hacía notar. Temblando palpé el motor en busca de algún interruptor, la humedad crecía en mi interior y el calor de mi espalda empezaba a ser insoportable. Cuando me movía sentía como si se quebrasen cada uno de mis huesos pero no paré hasta dar con el esquivo botón, que accioné lleno de esperanzas. El único rincón de mi mente que no parecía haber caído frente al asedio de la humedad solo era capaz de repetir una palabra: TIRA.

Tiré con todas mis fuerzas, el rugido del motor al accionarse aisló mis oídos de la canción y pude respirar aliviado. Mi último esfuerzo no fue en vano, la embarcación comenzó a moverse alejándome de aquella pesadilla. Inmediatamente, sin fijar siquiera un rumbo, me desplome sobre el suelo de plástico abrazado a la tabla.

No fui capaz de dormir, el sol del amanecer bañaba mi cuerpo y su luz lamía mis heridas llenas de sal. Seguí la costa con la lancha hasta el mediodía y conseguí llegar a una playa atestada de familias con sus chiquillos, que disfrutaban del verano ajenos al horror que se había producido a escasos kilómetros de allí.

Un vigilante me ayudó a llegar al puesto de salvamento marítimo, una aséptica habitación con una camilla y un surtido botiquín cerrado con llave. Intenté contarles mi historia pero no supe por dónde empezar. Al final opté por permanecer en silencio en todo momento, incluso cuando la policía apareció para tomarme declaración. Dejé que ellos dieran su propia versión: Pensaban que no era más que un veraneante que en plena cogorza nocturna habría sido atacado por ladrones, normalmente eran chavales de veintipocos años que aprovechaban la superioridad numérica y el ebrio estado de sus víctimas para arrebatarles todo lo que tenían y propinarles una buena paliza. No era la primera vez que ocurría.

Dejé que pensaran eso porque la realidad me parecía insoportable y mucho más difícil de creer, pero no solté la tabla ni saqué el cuaderno de mis pantalones en ningún momento.

Me preguntaron si tenía a alguien que pudiera ayudarme y me ofrecieron hacer una llamada. Pero tan solo les pedí indicaciones para llegar a la sucursal más cercana de mi banco. Allí con mis claves personales podía sacar dinero y volver a mi tierra sin que nadie más tuviera que hacerme preguntas.

No recuerdo con claridad el viaje de vuelta a casa, solo recuerdo quitarme las botas manchadas de barro y sangre y dejarlas abandonadas en un rincón de la entrada. Desperté aun vestido sobre la cama, la ropa había manchado el blanco edredón dejando un enorme borrón marrón y un intenso olor a pescado podrido llenaba la habitación.

Por fin abrí el cuaderno y descubrí lo que Casandra había escrito en él. Eran transcripciones de las canciones que cantaban los lugareños, al leerlas noté como mi espalda empezaba a palpitar.

En los pocos días de vacaciones que me quedaban leí el cuaderno de arriba abajo una y otra vez y entre las estrofas encontré escondida la historia del lugar: Supe de la tristeza y la soledad de la humedad que se alegró de ser recogida por los marineros en el mar. Los incautos marineros la habían trasladado a tierra sin saberlo. La humedad encontró aquí un lugar donde sus hijos podrían crecer. Moluscos destinados a ser consumidos por los animales que poblaban la superficie, dejando que los parásitos de su carne se fusionaran con el anfitrión dando lugar a su nueva prole, que se extenderían a través de la infinidad de espaldas de la bestia que poblaba el mundo hasta consumirlo todo. Así la humedad podría crecer hasta cubrir el planeta y entonces volvería a esperar, triste y sola a que algún explorador se volviera a encontrar con ella en la inmensidad del espacio.

Los lugareños habían añadido estrofas con sus propias historias, yo también comencé a cantar, escribí mi historia en el cuaderno negro de ribetes dorados y ahora forma parte de la canción. Cuando canto los noto crecer en mi interior, pronto será la hora de desovar, no se como pero, es algo que puedo notar con claridad.

Mañana vuelvo al trabajo y ya he llamado para avisarles de que añadan un nuevo fuera de carta: —He traído de mis viajes un plato de lo más especial —. Les dije antes de colgar.



RE: Reto Hal20: Humedades - JPQueirozPerez - 22/11/2020

Sobre la escritura no he visto muchos problemas, algunas comas faltando, y en la escritura con acento tiene algunos problemas como el po sin la comilla simple para dar a entender que la palabra está cortada adrede (cosa que sí ocurre en otras partes de la misma frase).

Los personajes están bien y funcionan, tal vez los amigos están un poco desdibujados (y a veces no haría ni siquiera añadir más texto, sino por ejemplo mencionar que Juanjo es grande antes y no cuando es útil para la trama), aunque por supuesto mucho menos que el resto de personajes que parecen monigotes con una única utilidad (incluso la anciana que debería ser un personaje importante).

La historia en general está bien pero el ritmo es horrible. El concepto es el típico de pueblo misterioso con una maldición y de los relatos que he leído diría que es el que más pega con el tema del terror; el problema viene en la manera en la que se desarrolla... Para empezar, lo de comenzar in media res para luego volver al pasado no tiene ningún sentido, la gracia de empezar a mitad de la acción o la trama es justamente ahorrarte lo anterior. Si esto fuera una novela podría tener sentido volver al pasado, pero siendo un relato con una cantidad limitada de palabras, empezar en un momento como ese es para ahorrarte lo anterior. Puedes explicar un poco por encima pero podrías haberlo hecho en el bar mientras están bebiendo, como parte de la charla entre los amigos; luego en tema este de la taberna, la anciana y la canción también tiene problemas, uno ya se espera que algo va a pasar, sin embargo, no por ello hace falta que haya ese salto en el que en un momento las cosas son normales para al siguiente a su amigo ya le estén apuñalando... Falta que nos muestres un poco más la sensación del personaje al comer esos extraños caracoles y no simplemente contarnos que nunca había comido con esas ansias... Por ejemplo de Casandra se nos dice que ha llenado dos jarras con las conchas vacías, pero por lo poco (o nada) que sabemos de ella, puede que los caracoles sean su comida favorita... Y el clímax y la conclusión no dan la sensación de peligro... Hay mayor tensión antes de que empiecen a pasar las cosas que durante o después. Tampoco tiene sentido ese final en el que el protagonista parece entregarse a la humedad y querer expandirla por el mundo alimentando a otros con su prole, porque nos has contado que ha leído dicha historia pero no hemos visto cómo se ha sentido tras lo vivido y tras descubrir la verdad...

De la construcción de mundo hay algo también extraño, por ejemplo que Juanjo parezca más afectado que el protagonista cuando, hasta donde sabemos, ha comido menos caracoles que los otros. Uno puede pensar que la tabla tiene poderes para proteger al prota, pero ¿por qué entonces los marineros no están pegados a paredes? Y aunque la humedad como una especie de entidad cósmica pudiera funcionar, no tiene mucho sentido por dos motivos: 1º que por lo que sabemos lleva siglos (o incluso milenios) en tierra, y sin embargo su aparición sigue reducida a un pueblo perdido en la costa, 2º cuando describes la humedad rodeando a la gente como capullos... La humedad de las paredes es agua que se filtra o se condensa y desconcha paredes, si se pone marrón eso ya no es la humedad sino que son hongos alimentados por las humedades, así que ¿qué está cubriendo a esa gente? ¿Agua?, ¿hongos?, ¿pintura desconchada?


RE: Reto Hal20: Humedades - Vicent Mcloud - 22/11/2020

Coincido con Jp, me gusta la estética de terror con la referencia lovecraftiana del ser cósmico y los sectarios llevada a esta ambientación andaluza, pero quizás se tengan que reforzar las figuras de los lugareños. La anciana y los gemelos parece que podrían tener más importancia en la historia o que ayudasen a generar esa sensación de peligro que quizás falta un poco en la persecución a través del puerto.

De Juanjo no se sabe apenas nada mas que son amigos de la infancia y quizás vendría bien saber algo más de su personalidad que nos ponga en situación sobre porqué le dan asco los caracoles.

He encontrado también una pequeña falta ortográfica: En "Días o Horas" debería ser Días u Horas. Pero por lo demás he encontrado la escritura bastante fluida y no me he atascado en ningún párrafo farragoso.

Y nada más, solo me queda desearte suerte como a todos los demás.