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Reto Feb21: Vinilos entre el cielo y el infierno - Versión para impresión

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Reto Feb21: Vinilos entre el cielo y el infierno - Joker - 21/02/2021

Se despertó con los primeros copos que empezaron a caer de manera rala, rácana, como si no fuera a ir a más. Aún así, al asomarse a la ventana, una gran felicidad se apoderó de él. La alegría y el olor de las tostadas, recién salidas de la parrilla, hicieron que bajara las escaleras de tres en tres: tenía que dar la gran noticia al resto de la familia. En el piso inferior su abuela y su madre terminaban de preparar la mesa mientras su abuelo azuzaba las brasas y continuaba con la labor de asar el pan. Sobre el mantel se encontraban los primeros, recién sacados, junto a una jarra de leche, miel y la mermelada de ciruelas que su abuela elaboraba en los meses de verano.

—¡Está nevando! ¡Está nevando! —No dejaba de gritar dando vueltas alrededor de la mesa y abrazando a unos y a otros.

  Después del desayuno, su madre le dio permiso para que saliera un rato a jugar antes de que llegara el autobús que lo llevaría al colegio. Se colocó los guantes de punto que la abuela le había confeccionado especialmente para él, sus iniciales y un pequeño dibujo de unos renos tirando de un trineo bordados en el dorso, y corrió como alma que lleva al diablo hacia el exterior de la casa. Afuera, los copos eran cada vez más grandes y la nevada más intensa. En el rato que había pasado desayunando, una fina capa de nieve había ido cuajando. En breve, el grosor fue en aumento y el pequeño disfrutaba juntando montoncitos en su intento de hacer un muñeco de nieve. Al final de la calle se veían más niños que corrían, entre gritos, a la vez que se lanzaban bolas unos a otros. Pero Luís sólo estaba pendiente de la puerta verde dos casa más abajo de la de sus abuelos, donde vivía Cristina. Era la única amiga que tenía, ya que ambos eran los «extraños» que no habían nacido allí y los niños del pueblo los ignoraban. Sin dejar de hacer rodar una bola, vio con ilusión cómo se abría la casa de doña Lola e, igual de entusiasmado que él, corría Cristina en la búsqueda del contacto con el frío elemento.

—¡Nieva, nieva! —se repetían uno al otro mientras se tiraban montoncitos que se desintegraban antes de llegar a su objetivo para, a continuación, acabar estirados en el suelo haciendo el ángel, como habían visto tantas veces en las películas de navidad. A Luís se le iluminaban los ojos viendo a Cristina sobre la nieve y, sin saber por qué, se arrastró hacia ella y estampó un sonoro beso en su boca. Había sido un acto instintivo como resultado de la felicidad que sentía en ese momento. Ese gesto lo había visto tantas veces a sus abuelos, en las series de la televisión, a gente por la calle, y siempre después de una sonrisa que, quizás, daba explicación al acto en sí. En seguida notó el dulce sabor a fresas, posiblemente fruto de uno de los pasteles que Lola solía cocinar y que Cristina había comido. El aroma flotó en sus labios durante unos segundos en los que la niña no conseguía decidir si habían hecho algo malo pero, al no escuchar la voz de su madre regañándola, continuó con el juego como si nada. Pronto llegó el autobús que los llevaría a la escuela; Luís no podía recordar otro día en el que hubiera sido tan feliz.


      Reyes cortó con él justo el seis de enero, como haciendo honor a su nombre. Era el peor regalo que alguien locamente enamorado podía recibir en cualquier fecha pero, en esa, era como si tu mejor amigo se hubiese estampado contra un muro con el coche recién estrenado. Y no es que Fer no se lo hubiera advertido más de una vez: «Reyes no es trigo limpio. Vigila, cualquier día te da la patada». Pero Luís atribuía esas palabras a los celos de su compañero: desde que estaba con ella le había dejado de lado. Estaba ciego, sólo veía lo que su chica le mostraba, no lo que ocultaba. Y es que habían tenido una sintonía perfecta, sin fisuras, descubriendo el uno en el otro todo aquello que en relaciones anteriores no habían encontrado.

  Se conocieron cuatro años antes en una fiesta que organizaban unos amigos que habían alquilado un piso y querían inagurarlo por todo lo alto. El jaleo en el interior era extremo, Luís se hacía cruces que pudiera caber tanta gente en apenas cuarenta metros cuadrados. El ambiente estaba cargado de todo tipo de olores entre los que se encontraban los de diferentes clases de porros, tabaco, alcoholes y otros aromas incatalogables que se escapaban de la definición de ser humano. Fer y él no bailaban al ritmo que querían sino más bien al que marcaba la multitud; por lo menos la música hacía que todo fuera menos opresivo. Tras coger de la nevera la enésima cerveza se fue dirección al balcón que, en aquel preciso instante, parecía estar un poco despejado; quería saborear el preciado líquido mientras degustaba «The fall», la canción de El Inquilino Comunista que Juan había accedido a pinchar a petición del propio Luís y tras escuchar varias canciones seguidas de Nirvana. Se hizo fuerte en un rincón del mirador con la vista perdida en el monte próximo a la ciudad sin perder el tiempo en los pocos que ocupan el balcón con él. Tras un trago corto, bajó la vista hacia las botas camperas, estrenadas para la ocasión, notando que estaba llegando ese momento en el que uno se siente fuera de juego. El bienestar que hasta entonces recorría todas sus venas empezaba a menguar, a diseminarse como las últimas gotas de lluvia tras la tormenta. La fiesta había estado bien, pero ya no tenía ganas de bailar ni de beber ni de escuchar las batallitas de gente que ni conocía.

—Si la próxima que suene no me gusta me voy sin decir adiós —susurró para sí en un intento de justificar su marcha. Apuró el último trago y miró el reloj en busca de una hora que sumara en motivos justificables la retirada. Pero todo se torció. Juan le había creado un problema muy grande al poner en el tocadisco «Black» de Pearl Jam. El bajón que llevaba se acentuó con la canción. Era una melodía y una letra muy nostálgica que hizo que algunos empezaran a silbar, pero él se refugió en sí mismo para poder integrarse con la voz de Vedder y desear con ahínco otro trago más que no poseía. De repente, como si sus plegarias internas hubieran sido escuchadas, un botellín flotó a escasos centímetros de su mirada perdida, alargado por una preciosa amazona de largos cabellos castaños, ojos claros y una media sonrisa que incitaba a que agarrara aquel néctar ofrecido por una diosa de otras épocas muy lejanas en la historia.
—Es mi canción favorita —aseguró ella—. Bueno, al menos de las que han puesto esta noche. Un poco triste… pero muy bella. Me gustaría que alguien sintiera algo así por mí.
—Sí, tiene que doler mucho. Si te pones en la piel de él, claro —contribuyó Luís. Seguidamente aceptó la cerveza que aún ofrecía la misteriosa chica.
—Los hombres sois muy blandengues —sentenció—. Bueno, no todos… A ti te he calado en la distancia. Daba la sensación de que estabas pensando en ella…
—¿Ella?
—Quién quiera que sea por la que suspiras. ¿La dejaste en casa? No, seguro que se trata de un antiguo amor que te dejó tirado en lo mejor de la relación —aventuró.
—¡No, estas equivocada! —aseveró él, en tono divertido—, no existe ninguna ella.
—¿Seguro?
—Es sólo que, a veces, las canciones te transportan a otros lugares y te aseguro que no siempre son sitios reales…
—Me llamo Reyes —cortó ella y se acercó a darle los besos de rigor—. Me encantaría seguir esta conversación en algún otro lugar más discreto, si a ti te parece. No me importaría que fuera en alguno de los mundos donde te haya transportado la canción. —Sonrió.

  Aquella noche, se quedarían dormidos en el sillón de la sala de estar del pequeño piso de Luís; en el suelo, descansaban decenas de fundas de la inagotable colección de vinilos junto a un montón de latas de cerveza vacías que habían comprado de camino en una gasolinera. Lo más cerca que habían estado de un beso había sido el roce de nariz contra nariz mientras sonaba el «I believe in you» de Neil Young en el giradiscos; Luís, con los ojos cerrados, se separó de ella al comprobar que el sello de labios no llegaba y, al abrirlos, la descubrió regalándole la más hermosa de las sonrisas.

  Si existía la semana perfecta en la vida de alguna persona, lo más parecido a ello fue lo que Luís vivió con Reyes tras la fiesta en casa de sus amigos. Cada separación era un aliciente para una nueva reunión, aunque las horas no pasaran tan rápidas como él quisiera. Los pocos ratos que estaba con Fer discurrían como un expediente a rellenar antes del premio final que era el reencuentro con Reyes, sobre las ocho de la tarde, cuando ella finalizaba turno en la fábrica donde trabajaba. Después iban a cenar, a tomar una o dos copas para terminar en casa de Luís a escuchar más vinilos hasta que el sueño les podía y caían rendidos en el sofá, que hacía de cama, tras unas pocas caricias y unos inocentes besos en la mejilla. La sonrisa de Reyes era el premio al que el joven aspiraba cada noche a la espera de que pronto llegara la ansiada fusión de labios. No quería estropearlo, estaba viviendo un sueño y no quería que acabara en pesadilla.

  Llegó el fin de semana y, con él, los primeros regalos materiales. Luís se había hecho con una copia de «Como la cabeza al sombrero» de El último de la fila, con el que quería sorprender a Reyes. Pero la sorpresa se la llevó él al descubrir que ella también le había comprado un vinilo de Kristin Hersh: «Hips and Makers». Pasaron la noche tarareando «Sara», «Your ghost», «Llanto de pasión», «Me and my charms» entre otras; los ojos achispados por el embrujo del alcohol y la nostalgia de las canciones, la piel erizada por las eternas carantoñas recibidas desde el primer momento y los labios húmedos por los besos al fin arrancados. Las inocentes caricias pasaron a ser manoseos y estos se convirtieron en magreos. La ropa salió disparada en todas direcciones sin rumbo fijo y, la saliva entró en el campo de batalla haciendo prisioneros lenguas, pezones, ombligos pero sin rendición alguna. Exploraron todos los recovecos de sus cuerpos como si no hubiera un mañana embadurnando con sus segregaciones sofá, cojines y fundas de discos.

—Quisiera que siempre fueras mi cielo —le susurró él.
—Si alguna vez viviera sin ti, sabes que moriría —le contestó ella, parafraseando letras de sus canciones favoritas y, por primera vez, abandonaron el sofá para dirigirse a la cama.
  Ese fin de semana, el lecho se convirtió en el lugar predilecto para las más oscuras confesiones, los más salvajes besos, el sexo más placentero, los juegos más picantes y las comidas más simples. Luís se preguntaba cómo había podido pasar toda su vida alejado de Reyes. Cómo era posible que una semana tuviera más valor que lo vivido hasta entonces. Deseaba que nunca se acabara, que no pasara el tiempo, que esa relación fuera la canción que tanto había deseado componer.


—¡Reyes no era así! —sentenció Luís tras escuchar por enésima vez a Fer— Ella me quería.
—Se quería a sí misma —continuó su amigo, intentando que entrara en razón—. Te conquistó, absorvió todo cuanto pudo de ti y, cuando ya no quedaba nada más que un guiñapo, te tiró a la basura.
—Cuatro años. ¡Cuatro años, joder! ¿De verdad crees que me exprimió todo ese tiempo? Estás equivocado, Fer. Ella me amaba de la misma manera que yo la amaba a ella. Es más, estoy convencido de que Reyes aún me quiere. Sé que volveremos —aseguró, lanzando su mente hacia las imágenes de ese reencuentro.
—¡Basta ya, gilipollas! —soltó Fer dándole un empujón y medio arrepentido por el insulto— ¡Olvídala de una puta vez! —Cogió aire una vez más para intentar calmarse  y continuó—: Sabes que siempre estaré ahí cuando me necesites, pero tienes que superarlo, hombre. Desde que te dejó no eres el mismo y como no levantes el ánimo te vas a enterrar en vida.

  Las palabras de Fer tuvieron réplica en la realidad. Luís cada día estaba más taciturno. Se encerraba en su piso y se martirizaba escuchando una y otra vez los discos preferidos de Reyes. Siempre con el móvil en la mano, el dedo sobre el icono de la llamada; en el fondo de pantalla la foto de Reyes. No iba a servir de nada, ya lo había intentado muchas veces y ya no se lo cogía. Por mucho que pensara no podía encontrar la razón para la rotura. En los cuatro años que estuvo junto a ella no había habido ni un reproche, ni una mala palabra, nada…

  Ante la terrible dinámica que estaba cogiendo el porvenir en la vida de Luís, sus amigos se confabularon para intentar sacarlo de ese oscuro pozo sin fondo al que se había lanzado de cabeza. Organizaron una fiesta en el piso de Juan e invitaron a varias chicas a las que hablaron de él de manera superlativa. Luís acudió arrastrado, pero sus ojos no se posaron sobre ninguna de las muchachas y, pese a que alguna intentó entablar conversación, no abrió la boca en toda la noche. Las cervezas eran la única compañía que precisaba y ni tan siquiera las canciones de The Breeders, Terrorvision, Belly  que tanto había bailado, le hicieron pestañear. Al acabar la fiesta, lo acompañaron a casa, medio inconsciente, y se prometieron unos a otros que no le quitarían ojo hasta que consiguiera remontar.

  Dos días más tarde la vio de lejos en el centro comercial. No pudo reprimir la risa, fruto del nerviosismo, mientras alzaba los brazos y se atusaba el cabello. Reyes llevaba puesto el mono que le había regalado para su vigésimo cuarto aniversario, las botas Art de color marrón que tenían un trote importante y la melena suelta como tanto le gustaba a él. Se acercó a la carrera para no perderla de vista y se plantó delante de ella esperando ser recibido con una de las sonrisas acarameladas que tantas veces le obsequió. Ella lo miró asustada primero y sorprendida después, con la boca medio abierta pero sin poder decir nada. Él intentando dar salida a todas las frases que su mente había recopilado todos esos meses de separación pero la boca no le acompañaba, la boca seca. Hizo un gesto de intentar cogerle la mano pero, instintivamente lo reprimió a mitad de camino y Reyes lo agradeció con un ligero movimiento de cabeza. La tensión entre ambos era patente, el tiempo se había detenido y la gente desapareció de su alrededor.

—Te he amado tanto —consiguió decir al fin Luís, jugando al juego de las frases favoritas de sus canciones.
—¡Para, por favor! —le suplicó ella reprimiendo una lágrima— ¿Por qué te empeñas en hacerlo más difícil? Quería conservar lo nuestro tal como lo dejamos. Recordar nuestra historia como algo mágico que ocurrió, que vivimos.
—Sólo quiero saber el por qué. Si nos amábamos… nos amamos, ¿por qué dejarlo? ¿Qué sentido tiene? No te entiendo, Reyes. Creí que te conocía…
—No existe un por qué —le cortó ella—, existe una realidad y es que ya no estamos juntos, Luís. Ni lo volveremos a estar. Debes construir tu nueva historia, evocar uno de esos mundos a los que te traslada la música cuando estás bohemio. En uno de ellos encontrarás otra Reyes que no tenga miedo a perderlo todo un día cualquiera porque la historia haya ido degenerando. Déjame quedarme con lo que tuvimos, no eches a perder esos cuatro años que me regalaste. Te suplico que me dejes ir. —Reyes dio un paso hacia Luís y depositó un suave beso en su mejilla, luego sonrió y desapareció para siempre.


  Fer lo había intentado todo después de que a Luís lo echaran del trabajo por absentismo: le organizó citas a ciegas que fracasaron estrepitosamente, le apuntó a natación, clases de yoga, taekwondo. Le retiró los discos tristes y le regaló multitud de heavy metal; organizó partidas de juegos de mesa, torneos de FIFA… Nada logró motivarle ni evitó el intento de suicidio, que se quedó en un susto por lo poco profundo del corte en sus venas. Cada día que pasaba era un escalón más descendido hacia el infierno. Su madre no lo dejó ni a sol ni a sombra desde que acabara en el hospital por el incidente. Pidió ayuda médica en la que fueron derivados a un psicólogo que, tras muchas visitas, recomendó un cambio de aires para el paciente; estaba seguro que, alejado de la raíz del problema, Luís podría superar su depresión. Así fue como a principios de enero, tras un año de la separación, trasladaron las pertenencias del piso de la ciudad a la casa del pueblo que había sido de los abuelos. Fer insistió en quedarse el tocadiscos y los vinilos de Luís para evitarle nuevas nostalgias y decaimientos, pero este se negó rotundamente y puso especial empeño en clasificarlos en cajas según los había escuchado con Reyes o no.

  El pueblo seguía igual a como lo recordaba y eso que desde la muerte, apenas un mes después del fallecimiento del abuelo, de su abuela no había vuelto más. Bien era cierto que no reconocía muchas de las caras con las que se topaba, seguramente herederos de los antiguos propietarios o gente de la ciudad deseosos de un sitio lejos del bullicio donde pasar los fines de semana. Jacinta, su madre, le iba presentando a todo el que se acercaba a ellos e incluso lo llevó al único bar del pueblo para invitarle a una cerveza  y, de paso, que socializara con otros jóvenes. Luís reconoció a varios chicos que, de pequeño, le habían hecho la vida imposible; al parecer no habían prosperado nada en la vida y se habían quedado allí a cultivar las tierras de sus ancestros y a cuidar del ganado. Lo cierto es que no le apetecía nada compartir con aquellos «garrulos» glorias y batallas, penas y frustraciones.

  Entró en la casa y el fuerte olor a vacío lo echó para atrás; su madre se adelantó para abrir con premura las ventanas para airear. Se emocionó al ver el fuego a tierra donde tantas veces su abuelo había preparado suculentos manjares acompañados por aquel pan tostado que creyó estar oliendo en ese momento y que había sustituido al hedor del principio. Sobre las estanterías, varios tarros vacíos de cristal que antaño albergaban la maravillosa mermelada que su abuela elaboraba. Las sillas y la mesa estaban cargadas de polvo, había mucho trabajo que realizar para dotar de vida todo aquel espacio. Subió las escaleras que llevaban a las habitaciones y enseguida abrió la puerta de la que había sido la suya. La recordaba más grande de lo que era y sonrió, por primera vez en el último año, al descubrir en las paredes los pósters de sus dibujos favoritos de la infancia. En su mente ya tenía formada la distribución de los cuatro muebles y sus pertenencias, entre ellas su tocadiscos.

  Fueron días de mucho trabajo que consiguieron sacar, a priori, de sus nefastos pensamientos a Luís. Había hecho una excelente pareja con Jacinta logrando que la casa de sus abuelos ganara con la limpieza, la pintura y los cambios un aire acogedor que parecía imposible la semana anterior. Pero aún estaba lejos de recuperar la estabilidad, cualquier cosa que activara a Reyes podía ser la chispa que lo mandara de nuevo al inframundo. Y, esa chispa, saltó cuando, repasando los discos, se fijó en una inscripción a bolígrafo con la letra de su amada sobre una de las carpetas que los albergaban: «He estado esperándote y tú has estado viniendo a por mí, durante tanto tiempo, durante tanto tiempo…». Como de un resorte se tratara, de inmediato colocó el vinilo sobre el giradisco y empezó a cantar la canción de la reseña.

  Se pasaba el día encerrado en su cuarto y no dejaba que Jacinta entrara. No reaccionaba a las palabras de su madre, ni siquiera al llanto de desconsuelo de la abatida mujer. Estaba viendo cómo su hijo se dejaba la vida en esa habitación y no era capaz de ayudarlo. Al menos aceptaba la comida y el agua que la mujer le dejaba delante de la puerta.

  Una mañana se levantó con el ánimo por los suelos, como ya era habitual. Se acercó a la ventana y abrió una de las hojas, el intenso frío se apoderó en breve de la habitación y en especial de sus huesos. Se asomó a la calle y calculó la altura preguntándose si sería suficiente, no quería dejar a un lisiado a cargo de su madre. Colocó el disco de despedida en el aparato. Eligió para la ocasión el «Winterlong» de Pixies que tan gratos recuerdos le traía de cuando había estado con ella. Tras las primeras notas, se acercó de nuevo a la ventana y se quedó paralizado: unos pequeños copos empezaron a descender…

I waited for you, winterlong. You seem to be where, I belong. It´s all illusion anyway…

  La letra, como premonitoria, se fundía con la nieve. Luís sacó la mano al exterior y recogió los diminutos regalos del cielo. Se sintió como el niño que fue no hacía tanto y corrió, primero hacia la puerta y a continuación escaleras abajo. En el comedor se encontró a su madre que lo miró sorprendida al descubrir a su hijo fuera de la habitación y con cara de felicidad.

—¡¿Qué pasa, hijo?! —medio gritó, entusiasmada de verlo con esa energía.
—¡Está nevando! ¡Está nevando! —no paraba de chillar. Se había transmutado en Luisito y es que la nieve le transportó a esos momentos de infancia en los que fue tan feliz. Entonces se dio cuenta de que estaba actuando como su yo infantil y se relajó, abrió la puerta y salió al exterior. Jacinta lo siguió dejando entre ellos un buen espacio sorprendida de aquel cambio tan extremo y alegrándose por ello; en su mente se preguntaba cuánto iba a aparecer Reyes para enterrarlo de nuevo.

  La nieve caía ya con fuerza y empezaba a cuajar. Luís se percató de que no era el único que había salido a la calle: decenas de niños y no tan críos correteaban, saltaban, danzaban al son de la nieve a la espera de poder lanzarse las primeras bolas. En un acto reflejo, su vista se detuvo en la puerta verde dos casas más abajo, alguien salía por ella; una chica de largas piernas, revestidas con unas mallas de color fucsia, un jersey blanco, larga cabellera rubia, mejillas rosadas, labios carnosos, ojos oscuros y cientos de atributos que Luís iba descubriendo a cada paso que daba hacia él. Sentimientos extraños estaban recorriendo cada uno de sus poros, algo se había activado en su mente que le evocaba a aquel inocente beso del pasado. Y se sintió pleno, feliz. Segundos antes del reencuentro, la sonrisa más maravillosa que jamás había soñado se formó en el rostro de la muchacha.

—¡Hola, Luís!
—¡Hola, Cristina!


RE: Reto Feb21: Vinilos entre el cielo y el infierno - Alerya - 22/02/2021

Bien, al leerlo me desconcertó un poco el comienzo del relato, que hace saltos en el tiempo. No sé cómo podrían hacerse más fluidos esos cambios temporales, quizá colocando fechas: una al comienzo, con Luis de niño, otra con Luis recordando su pasado con Reyes y otra con el presente. Quizá dejando un espacio en blanco entre las escenas y que quedaran bien separadas unas de otras.
Si al final Luis se va a quedar con Cristina, se podría haber intercalado su recuerdo de infancia a lo largo del relato y no solo el de Reyes, porque el cambio de Luis al final me parece muy rápido. Que se mezclen los dos recuerdos, o que escuche la canción de Winterlong mucho antes y eso le traiga recuerdos de su pueblo y de Cristina. También sería bueno saber por qué Reyes lo dejó, todo parecía ir muy bien entre ellos.
Por lo demás, me ha gustado mucho la parte romántica, cómo Luis y Reyes se enamoran.
En cuanto a narrativa, hay una frase que se puede mejorar: El pueblo seguía igual a como lo recordaba y eso que desde la muerte, apenas un mes después del fallecimiento del abuelo, de su abuela no había vuelto más.
Lo pondría así: El pueblo seguía igual a como lo recordaba, y eso que desde la muerte de su abuela, un mes después del fallecimiento del abuelo, no había vuelto más.
En fin, pocas cosas que corregir.
Espero haberte ayudado, compañero.
¡Suerte!