Fantasitura - Tu comunidad de literatura fantástica y afines
Reto Abr21: La Orden del Saurio - Versión para impresión

+- Fantasitura - Tu comunidad de literatura fantástica y afines (http://clasico.fantasitura.com)
+-- Foro: Escritura (http://clasico.fantasitura.com/forum-5.html)
+--- Foro: Retos Mensuales (http://clasico.fantasitura.com/forum-7.html)
+--- Tema: Reto Abr21: La Orden del Saurio (/thread-3244.html)



Reto Abr21: La Orden del Saurio - Joker - 17/05/2022

La Orden del Saurio


El inspector Martínez terminó de orinar y se tomó su tiempo en impregnar adecuadamente los dedos con la última gota. El comisario le había llamado al despacho y Sánchez, con su habitual sorna, soltó un chistecillo sobre los nuevos agentes que se habían incorporado. Así que, como nada es casual en la comisaría, sospechaba que le iban a asignar, de nuevo, un compañero. Por más que demostrara que se apañaba mejor trabajando solo, insistían en colocarle siempre algún lastre, tratando de entorpecer su trabajo. Sonrió mientras recordaba cómo los tres últimos habían tirado la toalla, incapaces de seguirle el ritmo.
Se subió con cuidado la bragueta y abrió la puerta con la mano izquierda. Fue directo hacia el despacho del comisario, no sin sentir la tentación de darle un par de palmaditas en la mejilla al capullo de Ordóñez, que estaba riendo junto a la agente Ocaña.
Cuando llegó al despacho, el comisario hablaba con una mujer que daba la espalda a la entrada.
—Martínez, le presento a la inspectora Maravilla. Ha venido desde Valencia.
Mierda, pensó, solo me faltaba que fuese una mujer. El inspector Martínez no había tenido suerte con las mujeres, algo que achacaba a que la mayoría de ellas estaban desequilibradas. Dos divorcios sin hijos a las espaldas eran solo una pequeña muestra de ello.
Cuando la mujer se dio la vuelta para saludarle, quedó paralizado unos instantes. Le vino a la cabeza que apellidarse Maravilla era una broma del destino, que si existía debía ser un cachondo. La inspectora tenia un rostro alargado, equino, con unos dientes grandes que apenas podían cubrir los labios. Los ojos, demasiado juntos entre sí, eran de un marrón insulso, común, que junto con unas cejas finas y apartadas entre sí, le conferían un rostro de lo más cómico. Librarse de esa compañera le iba a costar menos de lo que pensaba. Con unos comentarios hirientes en los momentos apropiados sería suficiente para que pidiese el traslado.
Con una sonrisa burlona disfrazada de cordialidad le estrechó la mano. Una sonrisa que le ayudó a disimular las ganas de reírse por la cara de ella, y también por la mano.
Tras unas presentaciones tan insulsas como el vestido de ella, el comisario le entregó una carpeta con un nuevo caso. Dos muertes, en dos semanas, en apariencia inconexas. Pero la inspectora insistió en que tenían relación.
—A parte de que los dos sacaban conejos de la chistera, ¿dónde está la relación?
Antes de que pudiese responder, alguien entró en el despacho.
—Ah, ya está aquí —dijo el comisario—. Martínez, le presento al agente Fowler. Adrián Fowler.
El inspector se giró tieso como una bisagra. El agente Fowler era casi un chaval, no llegaría a los treinta años. Vestía con un traje gris, elegante pero sin destacar, y unos zapatos negros. Tenía el pelo corto, de un castaño claro propio de las islas británicas y algunas pecas anaranjadas en las mejillas. Sus ojos eran claros, divertidos, y los acompañaba con una sonrisa que casi enseñaba los dientes. Y eso último fue lo que más incomodó a Martínez, la sonrisa, de simpatía y complicidad, como si fuesen viejos amigos.
Tras darle un nuevo repaso de arriba a bajo, le preguntó:
—¿Sabes español, chaval? Porque yo de guiri solo sé ‘hello’ y adiós.
Fowler amplió la sonrisa y asintió.
—Bueno, comisario —dijo volviéndose hacia su superior—, yo creo que no es necesario todo esto. Ya sabe que trabajo mejor solo. Voy a mi ritmo y si tengo que echar veinticuatro horas seguidas, las echo. Los últimos solo consiguieron retrasarme.
La inspectora Maravilla le interrumpió, algo molesta.
—El agente Fowler es un enviado especial de la Interpol, que estará con nosotros un tiempo. Ya ha leído el expediente del caso y le será de gran ayuda. Un tercer cuerpo ha sido hallado esta mañana, hace apenas una hora. Tenemos la sospecha de que se trata de un asesino en serie.
—¿En serio? ¿En serie? ¿Como en las películas? —El inspector fue el único que se rio de su chiste—. Bueno, en cualquier caso, iré para allá enseguida. Si me disculpan…
Martínez salió del despacho sin mirar atrás. Si aquel yogurín quería ser su compañero, tendría que espabilar y estar atento. Atravesó el bullicio de gritos, risas y teléfonos, y llegó a su mesa para recoger la americana. Vio acercarse por el rabillo del ojo a Fowler.
—Oye, ¿por qué no sacas un par de cafés de la máquina? Ya nos los tomamos por el camino. La máquina de ahí en frente hace un café horrible, así que mejor sube al de la planta de arriba. Recojo unas cosas y nos vamos.
El agente amplió de nuevo su sonrisa y asintió levemente, dando media vuelta y dirigiéndose a las escaleras. En cuanto Martínez lo perdió de vista, cogió su libreta de notas y las llaves del coche y se fue.
Si el novato quería ser su compañero, tendría que espabilar.

Cuando llegó al teatro Nuevo Apolo ya estaba precintado y con acceso restringido. El inspector no gozaba de buena reputación en el cuerpo, así que pocos se prestaron a dedicarle una inclinación de cabeza a modo de saludo. Un agente lo condujo hasta los camerinos, donde la ayudante del mago lo había encontrado.
Al entrar barrió con la mirada la habitación. Las paredes gritaban por una mano de pintura y el suelo, de parqué desgastado, suplicaba por un pulido y barnizado. Las luces que iluminaban los espejos languidecían, como si alumbraran sin ganas y flotaba en el ambiente un suave olor dulzón y pegajoso que el inspector no supo identificar. El resto de la habitación estaba repleto de cajas, cajones, baúles, pañuelos y telas, y de todos los accesorios que un mago podía utilizar.
—Es aquí —escuchó a alguien decir a su espalda. Cuando se giró vio aparecer por el dintel a Fowler, que además de su ya irritante atisbo de sonrisa, estaba entrecerrando los ojos mientras barría con la mirada todo el camerino. El inspector estaba tan desconcertado que tardó unos segundos en reaccionar—. ¿Cómo has llegado tan rápido?
Con un gesto ausente el agente Fowler le entregó un vaso de cartón con café.
—Se ha enfriado —dijo en un marcado acento inglés.
Martínez tomó el vaso y miró su contenido. ¿Qué coño ha pasado? Fue lo único que acudió a su cabeza. Apartó todas las preguntas que le taladraban la cabeza en aquellos momentos y le entregó el vaso al agente que custodiaba la entrada.
Se centró entonces en única silla que había en la habitación y en el cadáver del mago. Estaba recostado sobre la silla, con los brazos caídos a los lados y la cabeza hacia detrás, casi colgando del respaldo. De su boca asomaba media paloma y la otra media, introducida todavía en la cavidad, era en primera instancia la causa principal de la muerte por asfixia. Cuando se acercó pudo apreciar la palidez de la piel y cómo los ojos, medio cerrados, miraban hacia arriba, dejando los iris ocultos bajo los párpados. Inspeccionó todo el cuerpo, sin llegar a tocarlo, mientras martilleaba la lengua contra el paladar. No parecía haber signos de forcejeo y, aunque la habitación estaba desordenada, sugería ser más bien el estado natural y no consecuencia de algún tipo de lucha.
—Parece que la paloma en vez de salir de la chistera intentó salir por la boca y se atascó —bromeó. Era habitual que nadie le riese los chistes a pesar de ser divertidos—. Recapitulemos. Tenemos un mago muerto atravesado por uno de sus cuchillos de pega que utilizaba sus trucos. Otro hallado partido en dos dentro de una de sus cajas mágicas, que parece que no funcionó. Y este tercero con un palomo que confundió la boca con una chistera. Los tres han ocurrido en lunes con una semana de diferencia cada uno. En ninguno de los dos anteriores se han encontrado pruebas concluyentes, ni amenazas ni pistas. ¿Tienes algo que aportar aparte de mirar la pared?
Fowler observaba con detenimiento una de las paredes. Aparte de necesitar un mano de pintura, no había nada de especial.
—Esta sombra de la pared es extraña. Creo que debemos ir a los otros lugares a mirar.
El inspector arqueó las cejas.
—¿Quieres que vayamos a mirar si hay sombras en las paredes? Anda, chaval, vuelve a la academia a ver si aprendes algo. Yo voy a entrevistar a la ayudante que encontró al desafortunado mago.
En uno de los asientos del patio de butacas había una joven, de pelo castaño recogido en un moño, que trataba de aguantar las lágrimas. Se enjuagaba los ojos de forma continua con un pañuelo granate, del mismo color que la decoración predominante de la sala. La acompañaba la agente Mendoza, una cuarentona que nunca debería de haber sido policía.
—Queremos hacerle unas preguntas, si no te importa —le dijo.
La agente se levantó de mala gana y se fue a una distancia suficiente para no escuchar el interrogatorio pero sí estar al tanto de acudir si la joven necesitaba parar.
—Bueno, chica, dime, ¿cuál es tu relación con el hombre del camerino?
La joven, entre sollozos, empezó a hablar. Al parecer ya le habían preguntado porque contestó a todo antes de que el inspector le preguntase. Era la ayudante de Enrique «Máximo Mago» Revilla desde hacía ocho meses. Actuaban en salas pequeñas y medianas de toda la Comunidad y tenían ya acordados varios contratos para actuar en los hoteles de la Costa Blanca este verano. No entendía qué había pasado. No vio nada raro ni Enrique le comentó nada que le hiciese sospechar. Estaba animado porque empezaban a se conocidos y recibían muchas llamadas preguntando por su espectáculo. No vio a nadie entrar o salir, pero no estuvo todo el tiempo con él. Ella salió a comprar unas cosas que hacían falta para un número sobre las diez y media de la mañana y al volver, tres cuartos de hora más tarde, lo encontró así. El teatro tiene la puerta principal cerrada pero la de servicio suele estar abierta, algo que corroboraría personal del teatro posteriormente.
—¿Se ha suicidado? —preguntó en un hilo de voz.
El inspector aspiró profundamente y se levantó un poco los pantalones estirando del cinturón.
—Es pronto para saberlo. Falta la autopsia y continuar con la investigación. Pero es una posibilidad.
Cuando la joven empezaba de nuevo a llorar, Fowler intervino.
—No se ha suicidado, de eso puedes estar segura. Vamos a averiguar quién ha hecho esto y por qué, para que Enrique descanse en paz.
Martínez torció el gesto, tanto por la interrupción como por la forma en que el inglés pronunciaba «Enrique». La joven se tranquilizó y lanzó a Fowler una marcada mirada cargada de esperanza.
—Antes de terminar —continuó el inspector—, ¿te llamó la atención alguna carta que recibiera o tal vez un objeto o detalle que no fuese habitual?
La joven negó con la cabeza. Los agentes se despidieron y cuando estaban dando la vuelta soltó de repente:
—Bueno sí, pero no sé si sirve —. Rebuscó en su bolso sacó una especie de alfiler con un símbolo de cabezal—. Enrique me dio ayer este broche, por si yo lo quería. Me dijo que se lo había dado alguien del púbico al que le había gustado mucho el espectáculo. ¿Lo quieren?
El broche tenía la forma de un alfiler grueso, más parecido a una aguja de ganchillo, pero de menor tamaño. En su cabezal había un símbolo de un lagarto sobre una balanza, de metal plateado. El inspector no recordaba que se mencionase nada parecido en los informes de las anteriores muertes, pero lo aceptó y guardó en el bolsillo.
Antes de irse, el agente pidió echar un último vistazo al camerino.
—Date prisa, que ya sabes que no espero a nadie —contestó Martínez.
Cuando se disponía a salir por la puerta del salón se paró en seco. ¿Por qué querría el inglés volver al camerino? Volvió sobre sus pasos y se acercó a los pasillos de los camerinos. El guardia que había estado custodiando la puerta ya no estaba y al inspector le pareció ver que salían unos destellos de habitación. Segundos después salía Fowler guardándose algo en el bolsillo interior de su gabardina.
—Me contenta que me esperes —dijo.
—No sabes cómo me arrepiento —le contestó.
Para tratar de ser simpático y sacarle algo más de información, el inspector accedió a ir a inspeccionar los otros lugares de las muertes. Él tampoco había estado, pues tenía asuntos pendientes en otro caso, y siempre es mejor estudiar el lugar del crimen antes que leerlo en un informe que puede haber escrito cualquier miope de la comisaría.
—Qué raro lo del broche —dijo mientras ponía el intermitente—. No me suena haber visto nada parecido nunca. —Dejó pasar unos segundos y cuando paró en un semáforo, se giró para mirarle a la cara y preguntó—: ¿A ti te suena de algo?
Fowler volvió la cabeza para devolverle la mirada y menear la cabeza. Esta vez el inspector observó cómo sus labios, en esa sonrisa permanente, se apretaban ligeramente. Así que sí sabes pero no puedes hablar, pensó.
Veinte minutos más tarde llegaron teatro Marquina, que tenía la taquilla abierta para la venta anticipada de entradas. Faemino y Cansado, un dúo que estaba estaba de moda después de salir en televisión tenían actuaciones esa semana.
—El día que te rías con estos dos se podrá decir que tienes algo de español —le dijo a Fowler guiándole el ojo. El agente miró el cartel, como si tomara nota de verdad.
Tras una breve explicación y mostrar sus credenciales, les acompañaron hasta el camerino donde se había producido la muerte. No lo habían vuelto a utilizar, por recomendación de la policía y también por superstición. También les condujeron a los almacenes donde todavía guardaban los materiales del mago.
—¿Hasta cuándo tenemos que tener esto aquí? —preguntó la señora.
—Hasta que un juez decida qué hacer con ello —fue la seca respuesta del inspector.
Inspeccionaron los materiales, vaciando baúles y abriendo cajas. Al parecer este mago tenía varios trucos de faquir y en uno de ellos, el cuchillo que utilizó entró de lleno en la carne. Un trabajador lo había encontrado tirado en el suelo del camerino en un gran charco de sangre. Sin encontrar nada de interés, fueron hasta el lugar donde las marcas de cinta en el suelo todavía estaban visibles. Tal vez todavía tenía pegado ese olor dulzón, porque al entrar en la habitación le pareció notarlo. O tal vez fuese una imaginación, porque se esfumó tan pronto como vino.
El lugar era mucho más pequeño que el camerino del anterior teatro. Apenas contaba con una pequeña mesa y cargada mesa, un espejo oscuro y cuadrado rodeado de bombillas redondas, un par de armarios demacrados y varios percheros que estarían deseando salir de aquel lugar. Sobre la mesita que acompañaba al espejo había todo un surtido de cepillos, peines, maquillaje y varias brochas, y botecitos de alfileres e imperdibles. El inspector se preguntaba por qué hacían los camerinos tan tétricos.
Registraron la habitación como ya habían hecho otros anteriormente llegando a la misma conclusión: nada de interés. Antes de salir, el agente Fowler se detuvo con el ceño fruncido y la sonrisa prácticamente desvanecida. Estaba mirando al suelo, donde cuatro puntos redondos clareaban el luego de parqué. Luego desvió la mirada y a pocos centímetros estaba uno de los percheros. Lo levantó y colocó de forma que las marcas coincidían con las patas. Y entonces pudo ver que la pared tenía marcada una suave sombra, muy similar a la encontrada en el teatro Nuevo Apolo.
El inspector que en un primer momento se había tomado la sombra como algo anecdótico miró con seriedad. Si algo le había enseñado su profesión es que las casualidades no existen y por tanto, debía encontrar algo más que confirmara la unión entre los dos sucesos. Recordó el extraño broche y rebuscó por la mesa. Al tumbar uno de los botecitos, entre los alfileres encontró un prendedor similar al que tenía en el bolsillo. Lo sacó y los comparó. Eran iguales.
—Así que hay un pirado que se está cargando a los magos. Metódico, profesional y escurridizo como una sombra de mi barrio. No tenemos nada y tenemos mucho. Crees que volverá a actuar, ¿verdad? —le preguntó a Fowler.
Este asintió. La determinación en sus ojos era tan palpable como las paredes de la habitación.
—Bien, vayamos a la oficina a repasar los informes y poner sobre la mesa todo lo que tenemos.
Fowler volvió a asentir, pero no siguió al inspector. Cuando casi estaba llegando a la puerta de salida, éste se dio cuenta de que caminaba solo. Volvió sobre sus pasos casi, corriendo y logró ver un destello que salía del camerino. Un instante después, Fowler salía de la habitación. Se sorprendió al ver llegar corriendo al inspector.
—Vale, ahora me vas a decir qué coño estabas haciendo —amenazó con el dedo en alto.
El agente volvió a sonreír y extrajo una cámara de fotos, que volvió a guardar cuando el rostro del inspector pasó de la exigencia al enojo. Esta vez el novato se la había jugado a él.

Tras un par de horas en una sala de interrogatorios que habían llenado de papeles, informes y fotografías, y donde el agente Fowler dejaba que el inspector colmara la sala con sus pensamientos y deducciones en voz alta, llegaron a la conclusión de que el asesino volvería a actuar en al siguiente lunes. Tenían unos días por delante para tratar de anticiparse y esperar a que tratara de actuar. En cuanto a las motivaciones que podían llevar a aquella fijación, ya lo averiguarían cuando le colocasen los grilletes y lo encerrasen unas cuantas horas en la sala que ocupaban ahora.
Se dividieron para buscar en periódicos y anuncios, carteleras y teatros, espectáculos de magia que pudiesen encajar con el perfil que buscaban. Primero en la capital y después ampliaron el perímetro a las poblaciones colindantes. Luego cayeron en la cuenta de que también había espectáculos en salas de fiesta o bares de copas. Fueron unos días frenéticos de llamadas y desplazamientos, que tomaron con febril pasión. Para el inspector Martínez era su forma de trabajar; para el agente Fowler, algo personal.
El sábado por la noche, mientras cenaban un sándwich, con las ojeras del tamaño de de sartenes, redujeron las posibilidades a veinticinco nombres. Se quedaban sin tiempo.
—¿Sabes qué te digo, guiri? Que me voy a casa. Ya no pienso con claridad. Y tú deberías hacer lo mismo. Estás más demacrado que los restos de Isabel I.
El agente ya no sonreía. El cansancio había abierto una brecha en su ánimo.
—Me iré enseguida —llegó a contestar.
—Muy bien, nos vemos mañana a primera hora aquí. Y ven desayunado.
Fowler asintió. Esperó unos minutos a antes de salir de la sala de interrogatorios y se aseguró de que no quedaba nadie en la planta. Se le había ocurrido algo que tal vez pudiese funcionar. Ninguno de los nombres de la lista había recibido el emblema de la Orden del Saurio, el alfiler con el símbolo de un lagarto sobre superpuesto a una balanza. Era un deber capturar al traidor que se había unido a los mortífagos y sembraba el desconcierto entre los muggles asesinando a aquellos que trataban de imitar la magia a través de trucos prestidigitadores. Daría con él y lo llevaría a Azkaban para que pasara el resto de su miserable vida.
Fowler sacó su insignia de la Orden del Saurio de un bolsillo interior y la varita de la gabardina que había dejado en el perchero. Sonrió antes de hacer el conjuro. La Superior Maravilla le había aconsejado llevar siempre consigo una cámara de fotos sencilla, por si en algún momento necesitaba justificar los brillos de la magia. Si no hubiese seguido su consejo tal vez no se le hubiese ocurrido cómo esquivar las preguntas del inspector.
Se concentró agitó la varita mientras pronunciaba las palabras mágicas. Combinó un conjuro de rastreo con otro limitado de adivinación por cada uno de los nombres buscando el emblema que podría haber recibido la siguiente víctima. No hizo falta llegar al final de la lista. El decimocuarto dio resultado.

Cuando el inspector llegó pasadas las diez de la mañana con un café en la mano, Fowler le esperaba sentado en su escritorio. Martínez lo vio, con las manos sobre el pecho y los pies encima de su mesa. Debía haber descansado porque traía de nuevo su irritante sonrisa ya pintarrajeada en la cara.
—¿Se puede saber qué cojones haces en mi sitio?
Fowler amplió el arco del gesto y se levantó pacientemente.
—Como sigas chuleándome te daré un par de hostias. No serían las primeras que doy en esta oficina.
El inspector apuró el café y se dirigió a la sala que habían utilizado de cuartel general. Todos los archivos estaban ordenados, así como las fotografías y las notas que habían tomado.
—Joder, ¿ahora cómo voy a encontrar yo nada? Cuando quieras te pasas por mi casa, que necesita un poco de esto que has hecho aquí.
En el centro de la mesa había un papel doblado por la mitad con un nombre escrito. El inspector lo miró y soltó una carcajada.
—Ni de coña. ¿Juan Tamariz? Este tío es famoso. Al resto no los conocían ni sus familiares.
—Creo que es él. ¿Se te ocurre otro? —preguntó Fowler.
Martínez soltó un bufido y dejó caer la nota de nuevo sobre la mesa.
—Puede ser cualquiera.
—Entonces hazme caso.
El inspector decidió que había que volver a repasar todos los expedientes y anotaciones por si, con la mente más clara, eran capaces de ver algo que se les pasara por alto el día anterior. Pero ya avanzada la tarde Fowler seguía insistiendo y el inspector tampoco tenía nada concluyente. Seguía enrocado, sin querer ceder ante las demandas. Era más plausible que el asesino siguiese queriendo mantener un perfil bajo. O más bien era el inspector el que deseaba que eso fuese así. Que Juan Tamariz apareciese muerto le daría muchos problemas a todos, con la prensa husmeando y preguntando a todas horas.
Martínez se frotó la frente y los ojos con fuerza. Una idea se la había pasado por la cabeza.
—Está bien. Pero si sale mal, ten por seguro que le diré al comisario que fue idea tuya, que yo solo, por una vez, decidí dejarte hacer con tu corazonada.
Y si sale bien, seré yo el inspector que atrapó al asesino, pensó satisfecho.

El teatro se encontraba lejos de permanecer en silencio. Al parecer Juan Tamariz no era de los que llegan puntuales a las actuaciones. El inspector, oculto en una sombra entre bultos, tenia una visión directa con el camerino que el mago tenía asignado. El agente Fowler había decidido esconderse dentro, asegurando que no lo encontrarían. Previamente el inspector lo había registrado a fondo, sin encontrar nada sospechoso, ni tampoco un lugar lo suficientemente bueno para esconderse. El director del teatro había puesto pegas, pero tan solo con la amenaza de que sería el responsable de si le pasaba algo a Tamariz, hizo se que plegara como un papelito.
Dentro del camerino Fowler había lanzado un hechizo de camuflaje y estaba preparado para cualquier cosa. La sombra que había encontrado en las paredes anteriormente le hizo sospechar que accedería a la habitación a través de una teletransportación. Por tanto, lo primero que tendría que hacer es anular cualquier intento de escape.
Juan Tamariz entró en el camerino acompañado de una mujer, con la que intercambió unas palabras y despidió con un « hasta ahora ». Cerró la puerta y se preparó para cambiarse de ropa.
Justo entonces, de una de las paredes se empezó a formar una sombra, cada vez más oscura, y salió Paul Roaster. Estaba muy cambiado, completamente calvo y la la piel grisácea. Agitó la varita y paralizó al prestidigitador. Entonces, tan rápido como pudo, Fowler lanzó su conjuro, sellando la estancia, y se produjo la rotura de su hechizo de camuflaje. El desconcierto y la sorpresa de Roaster fueron determinantes para que el agente ganara tiempo y tratara de lanzar su propio conjuro, pero el mortífago  logró anularlo antes de que hiciese efecto.
—Maldito seas —logró articular Roaster con una voz ronca y desgarrada. Lanzó al paralizado Juan contra Fowler y salió corriendo por la puerta.
Martínez dio un respingo al ver salir a aquel tipo raro del camerino.  ¿Cuándo había entrado?
—Eh, alto ahí, policía —gritó mientras trataba de sacar la placa.
Pero aquel fantoche no parecía dispuesto a cumplir sus órdenes. Levantó la mano, en la que tenía algún tipo de palo, y disparó un proyectil rojo que le hubiese dado en el pecho si no se llega a lanzar a un lado.
—¿Me acaba de disparar con una una bengala? —se preguntó en voz alta, tan sorprendido como indignado—. Se va a enterar el Yul Brynner este.
Pero el fugitivo ya no estaba en el umbral y corría hacia el interior, en dirección a los almacenes. Fowler salió enseguida y se puso a perseguirlo, palo en mano.
Martínez no estaba muy en forma, así que esperaba que no se prolongase mucho la carrera. Podía ver a Fowler recorriendo los pasillos a gran velocidad, esquivando al personal del teatro que les gritaba, molesto.
Cuando Martínez llegó al almacén, Fowler le apremió a que se resguardara. Pistola en mano, se arrimó a un grupo de cajas y asomó la cabeza para otear el lugar. Todo parecía tranquilo, así que era probable que el tipo de la pistola de bengalas se hubiese escondido. Se levantó y se plantó.
—Escucha, entrégate sin resistencia y todo irá mejor para ti. Ya no tienes escapatoria. Te llevaremos a comisaría y …
No pudo terminar la frase: un gran cajón salió despedido de su sitio y le golpeó de forma lateral, dejándolo sin aliento.
Después, todo fue muy confuso. Una sucesión de luces y explosiones lo dejaron aturdido. Trató de levantarse y dirigirse a la puerta para refugiarse de lo que fuese que estaba ocurriendo, pero la entrada estaba bloqueada por una decena de cajas y cajones, desparramando por el suelo su contenido de ropa de época y adornos. Cuando recobró el aliento, tragó saliva y apretó fuertemente la pistola. Hacia mucho tiempo que no la utilizaba. Exactamente ocho años, tres meses y diez días, desde aquel trágico accidente.
Asomó la cabeza por el lateral de un armario gótico que le servía de protección y vio de donde venía el repentino crepitar.
Los dos hombres estaban uno enfrente del otro, con sus brazos levantados, sosteniendo unas varitas de las que salía un flujo eléctrico. El de Fowler era azulado, el del otro rojo. Rojo como el proyectil que le había lanzado a él. No entendía nada. ¿Acaso estaba perdiendo la cabeza?
El inspector sabía que si salía con el arma estaría obligado a utilizarla. Y no quería. No quería volver a matar.
Ocurrió una explosión a la que siguió un grito. Martínez suspiró profundamente y salió de su escondite apuntando con el arma. Fowler se encontraba derrotado, despatarrado contra un armario al que había roto las puertas. Sus ropas estaban quemadas por el torso y la carne había adquirido y color negruzco. El desconocido señalaba con su varita, dispuesto a rematarlo. Los ojos se le empañaron, muestra de la lucha que se estaba produciendo en su interior. Con un quejido de dolor, apretó el gatillo tres veces, apuntando a la figura. Los disparos, certeros, iban a dar de lleno en el hombre, pero a varios centímetros se detuvieron en seco.
Aquello debía ser una pesadilla. No tenía ningún sentido lo que estaba ocurriendo.
El hombre se volvió hacia él, jadeante, con una mueca de desprecio.
—Sucio muggle. ¿Cómo te atreves a utilizar tus primitivas armas contra mí? —dijo mientras dirigía ahora la varita hacia él—. Para ti tengo un final extraordinario. Controlus totalis. Y ahora, mátalo.
El inspector volvió el arma hacia su compañero y empezó a caminar. No podía controlar su cuerpo. No podía matarlo. No podía.
—Será entretenido leer en la prensa cómo, el desequilibrado inspector que ya asesinó a un chaval de diecisiete años acabó matando a su compañero y después suicidándose. Todo tan fantásticamente trágico.
Algo pareció notar el verdadero mago, alguna resistencia tenaz que le hacía perder el control.
—¡Vamos! —gritó, impaciente—. ¡Mátalo!
Martínez estaba sudando. No podía resistirse. No quería matar a Fowler. No quería matar a nadie nunca más.
Y sin saber cómo, abrió la mano y la pistola cayó.
—¡Maldito seas tú también! Serás el siguiente.
Fowler tenía de nuevo la varita en su mano y con un rápido movimiento y una palabra, desarmó al atacante. Desconcertado, trató de correr hacia su varita despedida, pero Fowler volvió a formular un conjuro y los ropajes y cortinas, desparramados, tomaron vida y lo envolvieron, inmovilizándolo. Tan solo se distinguía entre la colorida prisión una nariz. Era necesario para respirar.
Martínez recuperó el control de su cuerpo. Fue hacia su compañero y le ayudó a levantarse.
—Escucha —dijo Fowler—. Es importante. Mira la punta de mi varita.
—¿Qué?
—¡Do it!
El inspector, todavía aturdido, hizo caso. Escuchó unas palabras extrañas y un pequeño brillo apareció en la punta, que fue ganando en intensidad, hasta que todo se volvió negro.

—Martínez, despierte.
El horrible acento de Fowler le irritó. Poco a poco fue abriendo los ojos y se encontró en un almacén destrozado. Apenas recordó haber entrado cuando algo le golpeó. Le dolía el costado y la cabeza como hacía años que no ocurría.
—Ha habido una explosión de material pirotécnico. Por suerte no ha habido heridos.
El inspector se incorporó para poder observar mejor.
—Pues entonces solo tendrán que ponerte una tirita en el pecho.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Selmeras - 18/05/2022

Perdón, pero este relato es para el reto de Mayo? Es que el título dice Abril 21.
Como recién terminamos el reto de Abril, estaría bueno aclararlo.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Duncan Idaho - 18/05/2022

?cuánto será la penalización por subir un relato 13 meses después del plazo? Big Grin


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Celembor - 19/05/2022

Continúo el tema en el hilo general del reto.

Vamos con el comentario de texto:

Este relato me ha quebrado la cintura en varios aspectos. Primero, el título me dio a entender que me iba a encontrar con un relato clasico de bolas de fuego, para acto seguido encontrarme con una ambientación policial. Después me da a entender que es de magos porque resulta que hay magos de los de verdad, de los de os trucos de magia, y no. Y por último, nos encontramos con un "fanfic" ambientado en el mundo Harry Potter, pero en España. En este aspecto, de sorpresas y giros, me has ganado.

Escribir un relato de investigación/detectives es tremendamente complicado si quieres que quede bien, a no ser que se trate de una investigación de encontrar la gato de la vecina del quinto. Porque para que esté bien hilado necesitas mucha información, muchas palabras, para que el lector pueda ir desgranando y lanzando sus propias pesquisas, hacerlo partícipe del texto y no un mero espectador. No estoy seguro de que lo hayas conseguido, pero está decente. Se nota en algunos párrafos que condensas mucha información contada para contextualizar al lector de lo que está ocurriendo realmente. Es un relato de palabras limitadas, así que no te queda otra.

En cuanto a los personajes, un inspector cliché, pero gracioso, que al final resulta que es todo una fachada, una máscara que parece que ha llevado demasiado tiempo y pasa a formar parte de su personalidad. Sin duda ese suceso traumático le ha dado mucha más profundidad y da la impresión de que no siempre fue un gilipollas ( o al menos no tanto). El otro agente, el mago, es bastante callado, y utiliza distintos tonos de sonrisa para comunicarse. Algo atípico, pero que le da un aire diferente al personaje.

Lo he visto bien escrito, no me ha llamado la atención nada. Esto puede ser porque he leído muy rápido o porque realmente está bien. Así que, por ese lado también bien.

Muy bien, autor.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Selmeras - 27/05/2022

La verdad, muy buen relato. Lo disfruté hasta el final. Sigue muy bien la estructura del género, con los giros necesarios. El protagonista dañado por la vida, imprescindible, logra mantener su importancia incluso cuando la trama lleva el conflicto a la esfera mágica. Muy bien hecho. Ese clímax fue energético.

Me confundí un poco al principio, espacialmente cuando conoce al nuevo compañero. Pensé que iba a ser la mujer.

Lo único para mencionar es que creo que lo del trauma de hace ocho años debería mencionarse antes. Me viene a la mente el famoso dicho de Chéjov. Lo del arma en la pared. En este caso nos faltó ver el arma. No se me ocurre cómo mencionarlo antes pero sí estoy convencido que le daría más fuerza al clímax.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Miles - 29/05/2022

Empiezo con los comentarios...

Y empezamos bien. Me ha parecido un relato bien completito, que voy a tratar de analizar en dos bloques con las cosas que más y que menos me han gustado.

Cosas que no me han gustado, que necesitan mejorar o a las que se les podría dar una vuelta (siempre según mi criterio):

En primer lugar, el protagonista, su personalidad dura a modo de coraza por el trauma que descubrimos al final esta bien ligada, pero pienso que faltó una mención previa del trauma o simplemente alguna pista anterior al respecto. Asimismo se siente un personaje del que la trama tira y en el que el pinta poco o nada, sus acciones son casi siempre intrascendentes, aunque sea un muggle podría habérsele dado algo más de influencia en la trama ya que vemos todo desde su punto de vista. Sentí algo mejor a Fowler en su papel de secundario importante.

En segundo lugar, al situarnos en el riquísimo universo de Harry Potter, sentí que faltaron más referencias que nos hicieran vernos de verdad dentro de ese mundo. Por ejemplo se desaprovecharon algunas situaciones en las que se podían usar los hechizos tan conocidos por los fans (por ejemplo: el hechizo que usas de Controlus totalis no era necesario existiendo en la saga uno que hace precisamente eso llamado Imperius), así como utilizar referencias a lugares conocidos u a otros magos populares, o expresiones típicas de la saga (¡Por las barbas de Merlín!), etc.

En tercer lugar, el desenlace. Me faltó algo para que fuera redondo, lo sentí algo precipitado tras un relato de investigación tan pausado y a nivel ya más personal, tal vez podrías haber jugado con que Martínez sí recordará lo sucedido o tuviese alguna laguna por algún fallo o desviación del encantamiento desmemorizante, pienso que ese tipo de final semiabierto habría encajado muy bien con lo visto hasta ese momento.

Y vamos con lo bueno:

Pues muchas cosas, es un relato que en líneas generales me ha gustado y entretenido. Para mi lo mejor de este relato es el juego que hace con la temática del reto, al principio pensé que iba a usar lo de "mago" en referencia a los magos de salón del mundo real, luego me pareció muy original que los asesinatos fuesen orquestados por un mago oscuro/mortífago que considera un insulto que los muggles se hagan pasar por prestidigitadores. Eso esta muy bien y funciona porque, evidentemente, el universo Harry Potter es archiconocido y eso te permite hacer ese giro de manera tan natural y sin explicaciones.

Otro punto a favor es que este relatado en España, en esta saga se suelen olvidar de los países mediterráneos (exceptuando Francia) y casi siempre las menciones, situaciones y acciones suceden en UK o EEUU (en las últimas películas); y creo que has sabido transportar ese universo a nuestro país con un personaje como Martínez que es el arquetipo de policía español, pero cumple bien esa función de arquetipo haciendo que que sea reconocible "el toque español" en sus conversaciones y situaciones (sí bien ya he dicho en el anterior apartado que en otros aspectos de la trama para mi hace aguas). Hay otras cosas también nos transportan a España, como el Nuevo Apolo... pero de entre ellas quiero destacar la mención a Tamariz... reconozco que mientras leía tenía esperanza de que fuese el Dumbledore español y no un muggle más XD.

Por último quiero destacar varias cosas sueltas: esta bien escrito (creo que vi solo dos faltas en todo el texto); los diálogos, muy correctos; y también me ha gustado especialmente como secundario de agente ingles que es Fowler (llegue a imaginármelo un poco como Nwet Scamander, tímido y discreto, pero resolutivo a la hora de la verdad).


En conclusión: un buen candidato a ganar el reto con una historia de investigación con giros interesantes que cuando pasa el primer tercio te introduce en una historia totalmente diferente a lo que esperabas, pero sin poner en peligro en ningún momento la coherencia del relato.

Muy buen trabajo escritor.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Duncan Idaho - 01/06/2022

Una historia en el universo de Harry Potter.

Me chirría un tanto la lógica de la historia, es una buena idea situar la acción en España, en estados unidos, Paul Roadster acabaría acribillado con tan solo sacar su varita, aunque veo poco probable que el inspector no dispare en defensa propia cuando está siendo atacado y el hecho de no quererle disparar a un multihomicida para ayudar a su compañero, que sí que mató por accidente a un menor de edad, pero aún así creo que sí de haber tenido un gran trauma habría dejado de ser policía.

O no sé, tal vez soy demasiado violento.

Por lo demás es un relato entretenido.


RE: Reto Abr21: La Orden del Saurio - Celembor - 03/06/2022

Hoy que tengo un rato, comento vuestros comentarios.

Sí, desde hace un tiempo que hago copy/paste del título del reto. ¿Perrería? No, falta de atención en el pasado y cagarla igualmente.

Celembor: Vaya comentario. Me abstengo de opinar sobre él.

Salmeras: Sí, esa era la idea, presentar a la mujer y que Martínez así lo creyese. Así como el lector. También tenía presente el arma de Chéjov, pero cuando acabé de escribir el borrador había sobrepasado las 5000 palabras. Y me había dejado cosas por contar. Así que tuve que resumir algunas parte importantes de la trama y me quedé sin espacio para introducir el trauma del inspector. Ni encontré la forma de hacerlo sin que pareciese metido a calzador.

Miles: Ordeno en ordinales, para mantener el orden Tongue
          1º. Como he explicado, fui consciente pero sin espacio para introducirlo.
          2º. Mierda, voy a tener que confesar. No estoy muy puesto en la saga Harry Potter y estuve buscando información al respecto. El problema viene como siempre en la dualidad documentación/escritura. Mi tiempo es limitado y tuve que reducir mi tiempo de documentación. Escusa barata, lo sé.
          3º. Me quedé si espacio, tuve que recortar muchas cosas. Iba a terminar el relato diciendo que una silueta recortada en un rincón oscuro del almacén lo había visto todo, sería Tamariz.
Por todo lo demás, gracias por tus buenas palabras.

Duncan: En España, según me han contado amigos policías, solo por sacar el arma tienes que rellenar un montón de papeles y formularios, y no te digo ya disparar. Así que en ese aspecto creo que es bastante coherente con la realidad. Y le sumamos su trauma, lo reconozco, que parece un poco deus ex machina.