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Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Versión para impresión

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Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Joker - 21/05/2022

Mic Tres Palmas
y
el
Cabrocino
de
Oro




Mi nombre es Mic Tres Palmas y soy Tamborilero. Sí, el nombre de mi profesión puede dar lugar a engaños, pero en la región de Faralia se conoce por ese nombre a una amplia gama de profesionales del entretenimiento: cuentacuentos, cronistas, bardos, y hasta bufones y malabaristas. Cierto, podrían incluir alcaldes y predicadores, pero estos ya compiten por el sobrenombre de sanguijuelas. 
De entre todas las acepciones, la de cuentacuentos es la que más se ajustaba a lo que yo hacía. Desde pequeño empecé a contar historias sirviéndome de chasquidos, palmas y otros sonidos para encandilar a mi público y someterlos al hechizo del entretenimiento. No hay como una intriga jugosa, un personaje dulce y una historia ácida para cautivar a la audiencia más exigente. 
Mi vida era perfecta; visitaba regularmente los pueblos campestres de Faralia, las montañas quebradizas del borde septentrional, las costas tranquilas del Gran Lago y de cuando en cuando no faltaba la visita de rigor a su capital, Níbeda. En todos esos lugares era recibido con comida, alojamiento y con un hogar ardiente a mi disposición. Por supuesto, los agradecimientos por mi trabajo rellenaban de vino mi bota y de calor mi viejo espíritu.
Esa época es difusa pese a que solo han pasado unos meses… ¡Ah, los buenos tiempos! ¡Cómo los añoro! Y es que mi amada reputación ha sido envilecida por el sujeto más embustero, embaucador, emb… ¡Embolia que está a punto de darme con su solo recuerdo!
 
Veréis, todo comenzó un día cuarenta del mes de la Cosecha. Llegué con mi fiel mula Roberta al muy olvidado pueblo de Balaústres. Como su nombre indica había sido construido por necios. Eso debió de darme la primera advertencia. Era un conjunto asimétrico de casas que escalaban una portentosa ladera sin ajustarse a lo que debería ser una verticalidad normativa. No, las casas se inclinaban peligrosamente. De seguro, en más de una construcción el camastro apoyaba más en la pared que el suelo. Todo el insultante y vertiginoso conjunto sobrevivía gracias a la protección de columnas, pilares y sobre todo gigantescos puntales diagonales que se enterraban hasta perderse en el abismo. Un sinsentido para un arquitecto. Pero claro, aquel pueblo venido a más había sido construido por cabreros, ¿qué podemos esperar de gentes acostumbradas a perseguir al ganado de risco en risco? No solo eso, orgullosos de su oficio y en su persistente alienación habían tallado una estatua al Cabromagno, un ser mitad pastor mitad cabra, con lo peor de los dos mundos si me preguntan a mí. El chivo del demonio tenía una portentosa cornamenta, rostro caprino y musculoso cuerpo de varón humano en posición presuntuosa… Viéndolo en retrospectiva, era un grito de alerta sobre lo que me aguardaba. Ignorante, no lo vi venir.
Entré en la única posada de Balaústres, que demostró ser menos de lo que merecía un tamborilero de mi talla y renombre. El horrible antro se llamaba El Juanete de la Aurora y desconozco como tenía el pie la pobre Aurora antes de que la mentaran así en su honor, pero la posada estaba hecha un asco. La planta baja servía de taberna, a los lados se apoyaban las mesas y los bancos, y desde allí hacia el centro de la estancia las tablas del suelo se combaban formando un río de un líquido que por su oscuridad parecía tan antiguo como el pueblo. No tardé en comprobar que los posos de los cuencos de vino iban a parar allí… al igual que los escupitajos. 
Las sensaciones eran malas. Aun así, dejé caer mi culo cerca de la primera mesa que encontré vacía. Se acercó una señora «de las que producen eclipses» (esta expresión solo la conocen en la capital, me refiero a que era gorda como una res preñada) y que respondía al nombre de Alondra. Le enseñé el lazo con el sello violeta de Faralia que me acredita como Tamborilero de oficio y obtuve un ceño fruncido, y un escupitajo que engordó la charca adyacente como respuesta. Idiota de mí, creí que era algo cultural y escupí de la misma manera… Caí en mi error cuando su rostro se encendió como una antorcha. Rebusqué indignado por unos cobres con los que comprar una cena y un cuenco de vino. Ya rogaría con el estómago lleno a un corazón bondadoso por un pajar donde pernoctar.
Apenas llevaba un par de mordiscos de mi medio faisán guisado cuando alguien atravesó la puerta principal con un estruendo. La visión, enturbiada por las débiles velas de la posada, fue extraña. Era un hombre ordinariamente extraordinario. Lo sé, vaya una contradicción, pero como explicarlo… ¡No era un simple cabrero!. Llevaba un sombrero de mago de dimensiones absurdas, su cornucopia se doblaba por su peso y el gran tamaño de su ala oscilaba con sus dubitativos pasos ocultando su rostro. Su ropa era una media túnica gris azariana. Para los que no conozcan a los azarianos, son esos que imponen su destino al azar; sus ropas llevan dibujos brillantes de constelaciones y escritos de mantras absurdos. El resto de su vestimenta era dispar: por el corte de la media túnica asomaban unos pantalones a rayas negras y blancas (similares al estilo burgués) y sus botas, con la punta en espiral, eran completamente ridículas. El hombre giró a su alrededor observando a la multitud, dejó caer el sombrero sobre su espalda (sujeto por un cordel) dejando a la vista una mata de pelo amarilla y una sonrisa ennegrecida.
Sé hizo el silencio y múltiples cuellos se irguieron para fisgar. ¡Cómo lamentó ahora haberme dejado llevar por mi curiosidad! El caso es que el extraño individuo sacó una cuarteada bota de su cintura y pegó un tragó que me pareció eterno. Luego se inclinó en reverencia hacia los presentes e inexplicablemente se desplomó inconsciente sobre el maloliente charco de la taberna. Para mi sorpresa, cada uno volvió a lo suyo, como si el altruismo estuviera fuera del limitado vocabulario de los cabreros. Creo que viene a cuento uno de esos absurdos mantras azarianos: 
¡La cabra al pasto, lo demás un asco!

En cambio, yo maldigo ahora mi dignidad urbanita. Me levanté, saqué la cabeza del individuo de la asquerosa poza y lo arrastré hasta mi mesa.
No habían pasado unos minutos cuando el desgraciado recuperó la conciencia. Es más, el sinvergüenza no tardó un suspiro en arrancar el ala del faisán de mi plato. La carne chorreaba grasa sobre sus nudillos tatuados. Masticaba con la boca abierta en una medio sonrisa. Mi sentido de alerta se activó cuando se bebió el vino de mi cuenco y lo escupió con restos de faisán sobre la poza. Parece que no era de su agrado. Aun así, el bastardo hizo el sacrificio de seguir bebiendo.
Me considero una persona de educación excelsa, aunque pueda parecer un contraste con mi presencia en aquel lugar. Yo estaba allí por la fiesta del Cabromagno. Entre los tamborileros los festejos son una buena oportunidad de trabajo. Cierto es que algunos acaban no siendo lo que esperamos, pero no recuerdo una bienvenida con semejante nivel de indiferencia. Si a eso le sumas a ese borracho mendicante… En fin, fue la gota que colmó el barreño. Aun así, henchido de valor, traté de interactuar con mi fortuito acompañante.
—Ejem —carraspeé. El hombre decidió no darse por aludido—. ¿A quién tengo el placer…?
—Mío… placer…—dijo escupiendo trozos de faisán sobre mi jubón.
—¿Su nombre…? —dije apretando los dientes.
El individuo, rondando la cuarentena y probablemente apuesto según los estándares femeninos, me mostró una sonrisa encantadora (pese a los dientes ennegrecidos), perfilada por un bigote rubio y una pequeña chiva. Se limpió la grasa de la cara con la manga, se levantó e hizo un nuevo saludo, dejándome un aliento apestosamente reconocible. Una mezcla de tabaco, vino y especias.
—Soy Ray Magpie, condecorado por la preeestigiosa Universidaaad de Conjuradores de Níbeda —dijo con voz melosa y alargando las vocales teatralmente—. Aaa su servicio.
Levantó la vista y me miró con unos ojos profundos y oscuros, sin duda acentuados por maquillaje negro en sus párpados. Al momento sospeché que el tal Magpie era menos de lo que aparentaba… y aparentaba poco, creedme. Pero su curriculum me impresionó. Ahora, en cambio, sé que cuando quería decir «condecorado» por la Universidad de Conjuradores de Níbeda, en realidad quería decir expulsado, apestado y renegado. Ya que nunca consiguió someter al espíritu ancestral al que se vinculó.
Veréis, debido al carácter urbanita del que ya os he hablado, conozco bien la Universidad de Conjuradores. Una institución prestigiosa donde las haya, que certifica a todos y cada uno de los conjuradores que pueblan la bella tierra de Faralia. Quiero dejar esto claro: la profesionalidad de la Universidad no será puesta en duda durante este relato. Es más, creo que debería aclarar el buen juicio de la institución y explicaros que clase de alumno había sido Ray Magpie. Para comprenderlo, os diré en primer lugar que al provenir toda magia de los espíritus ancestrales, el conjurador es solo un vehículo que se encarga de dirigir la magia a placer, nunca producirla. Cuando un joven con aptitudes entra en la Universidad, lo primero que hace es tratar de vincularse a un espíritu afín. Esto es importante puesto que sus capacidades el día de mañana dependerán tanto de su habilidad como del poder del espíritu vinculado. Por tanto, el primer paso es vincular a un espíritu de calidad, no un cualquiera. Por ejemplo, la Universidad de Níbeda se cuida de no formar a ningún Brujo (conjuradores que se vinculan a un espíritu maligno). Algo parecido pasa con los que llaman Nobs, aquellos que se vinculan a espíritus traviesos e impredecibles. Suelen acabar siendo magos del montón, de esos que hacen trucos de cartas en las tabernas. La Universidad forma sobre todo a conjuradores que vinculan espíritus benévolos. Esos se reconocen como verdaderos Magos… pero hay algo más. Todos estos alumnos que concurren a la Universidad, deben pasar una última prueba que decidirá su éxito como futuros Magos: El Sometimiento.
Cuando un conjurador consigue someter a su espíritu, la voluntad de este desaparece y el mago resultante es capaz de usar sus capacidades bajo su absoluto albedrío.
Adivinad que clase de conjurador era Magpie… Tardé en enterarme, no es algo que uno vaya pregonando por ahí, pero el caradura resultó ser un Nob de los que viste y calza. Un conjurador que se vinculó a un espíritu travieso… y no uno cualquiera, las malas lenguas cuentan que era una monstruosidad de espíritu ancestral, una verdadera deidad de los pícaros. Ahí no acabó su insensatez e incompetencia. La piadosa Universidad decidió darle una oportunidad al bueno de Magpie llegado El Sometimiento… No os lo creeréis. Este se negó, excusándose en que había entablado amistad con el espíritu…
Lo que oís, ¿qué clase de Mago es incapaz de realizar magia a voluntad? Ray Magpie era un desgraciado y un pusilánime, desterrado y humillado por la Universidad, que vagaba molestando y aprovechándose de benévolos e incautos… Lástima no haberlo descubierto con anterioridad.
 
¿Por dónde iba…? Sí, estábamos en el Juanete de la Aurora, mi vieja mula Roberta esperaba atada a un poste en el exterior o eso creía… Yo seguía soportando al excéntrico personaje que me robaba la comida a puñados y me ponía caras desagradables cada vez que bebía mi avinagrado tinto a tragos.
Cuando remató la comida se llevó las manos a la panza y me sonrió con los ojos entrecerrados. Pensé que iba a dormirse en cualquier momento, pero entonces se acercó y me susurró con voz sensual y una media sonrisa: «Soy Ray Magpie» y me guiñó un ojo con prepotencia. Me quedé patidifuso, no entendía nada, ¿habría olvidado su presentación anterior?
—Ray Magpie —repitió con cierta indignación—. ¿No has oído hablar de mí? El mayor mago de mi generación, el hombre que sometió a los Irámias solo con su labia ¿Tampoco? Tal vez me reconozcas por haber caminado sobre las mortales aguas del Gran Lago… ¡desnudo! ¿No? Venga, Ray Magpie, líder de la Orden de los Heréticos del Amanecer…
—Esto… de esos últimos sí escuché algo —ciertamente me sonaban—. ¿Son esos que defienden los caminos de los Sectarios del Amanecer?
Magpie se turbó.
—No, creo que no, nosotros… esto… umm…  no sé muy bien que hacemos —murmuró—. Lo cierto es que me expulsaron hace mucho.
—¿Pero no eras el líder?
—Sí, así es, lo fui por un tiempo. Un par de horas. Intensas.
Concreto con información descubierta a posteriori: hacerse pasar por el líder, era para Magpie equivalente a serlo de facto. En cualquier caso, sin esta valiosa información, comencé a dejarme llevar. Incluso llegué a pensar que los proverbios azarianos y plateados de su túnica tal vez sí escondían verdadera sabiduría:
¡Si el bicho canta, no es tarántula!
Quiero decir que el personaje hablaba por las orejas, así que me confié, poco peligro puede provenir de un charlatán. Reconozco también que me dejé llevar en sobremanera por todos sus citados logros. Un buen cuentacuentos sabe donde hay una historia, comencé a ver aquella comida perdida como una inversión en material para mis tramas. Un error de los gordos. Que sí, que bajé la guardia. Cuando llegó su propuesta zalamera, mis ojos chispearon, casi podía oír el tintineo de los cobres. Cuando uno lleva tanto como yo en la profesión, tiene una reputación que mantener y sabe que el material fresco es tan importante como para el gourmet un buen solomillo. 
Aun así, traté de venderme bien.
—Yo también soy conocido —dije. Sí, aun lamentó mi ego inflado—. Soy Mícolas de Cornuzales, tamborilero profesional, especialmente reconocido en la corte de Faralia. Todo el mundo me conoce como Mic Tres Palmas. Los amigos me dicen, simplemente, Tres Palmas —dije alargando la mano. Me ignoró.
—Bien, Mic —su puta madre—. Veráaas, estaba buscando a dos personas: alguien que escriba las crónicas de mi aventura y alguien que comparta las vicisitudes del viaje. Tal veeez… tú pudieras ser ambas.
—¿Qué clase de aventura? —me aventuré.
—¡Una bien sugerente! —sugirió—. ¿Qué opinas? El primer tamborilero que protagoniza su propia historia.
—¡Oh no! No soy tan valiente, señor Magpie. Me conformo con mirar de lejos y tomar notas con mi pluma.
—Aaah, ya veo. Difícilmeeente podría compartir ciertooo… tesoro.
—¿Qué tesoro?
—El Cabrocino de Oro, por supuesto. Una espesa piel de peaje áureo que cubre la espalda del mitológico Cabromagno. ¿Cómo un tamborilero de tu calado no ha oído hablar de semejante leyenda?
Liante.
—¿Qué propones? —dije rendido por la codicia.
—No sé, una bufanda y unos guantes para empezar.
—¿Qué?
—Lo que haría con mi parte de tan exclusiva lana. 
 Ya me vislumbraba acariciando el suave y aterciopelado oro.
—De acuerdo —dije. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué consiguiera una buena anécdota?— ¿Qué necesitamos?
—Bien bien, necesitamos una ballesta para ti, mi querido Mic. También víveres, un poco de pedernal, un compás y tres botellas de Brandy. El resto es cosa mía. Sé donde encontrar a esa bestia.
—¿Tres botellas de Brandy?
—Tieeenes razón Mic, ¿en qué estaría pensando? ¡Mejor cuatro!
Os juro que en ese momento, inocente de mí, creí que el brandy estaba de verdad relacionado con la misión… Pagué cada cobre de lo requerido por mi nuevo compañero, incluso una ballesta llena de telarañas que adornaba una pared tras la barra. Con todos los requerimientos en el macuto, salimos al exterior. 
Y mi mula Roberta no estaba.
Me alerté, claro está, pero tampoco mucho. Roberta es superdotada en eso de buscar pasto fresco, pero siempre regresaba con puntualidad. Ante mi inminente partida decidí dejar constancia, a Alondra, sobre la propiedad incuestionable de la mula que aparecería en su posada, sin duda, en cuestión de horas.
Así que sí. No sin cierta frustración, yo hice de mula cargando con todo el equipaje. Ray Magpie caminaba a mi lado con su enorme sombrero picudo con un aire bohemio. Tenía un paso extraño, difícil de definir, como un malabarista sobre una cuerda floja, o quizás un borracho en precario equilibrio. No le di importancia, ya había empezado a asumir su excentricidad. Además, de vez en cuando apartaba la túnica a un lado como un espadachín, levantaba el ala del sombrero y me sonreía con afable camaradería. Cosa que reconozco que me gustaba. Llegué a pensar que el sacrificio de mi cansada espalda por cargar el macuto merecía la pena por tan estimulante empresa.
Todo cambió cuando abandonamos el pueblo al atardecer, subimos por una ladera empinada y llegamos a una amplia meseta llena de cabras… y una única cabrera. Ah, veréis, era joven, pero no era precisamente una preciosidad: iba de mierda hasta las rodillas, era de cuerpo recio y alborotado cabello pelirrojo. Con más pecas que estrellas tiene el cielo y menos dientes que dedos en una mano. Pero a Ray Magpie le gustó. ¡Vaya qué si le gustó! Nada melindroso se acercó a la muchacha dejando el sombrero a la espalda. Hinchó el pecho como un pavo relleno y dijo:
—¿Qué hace tan beeella dama por estos pedregosos lares?
Os juro que me puse a buscar a la bella dama por toda la llanura, hasta entre las cabras, pero tras un barrido deduje que se refería a la joven. No me juzguéis ¡Qué diablos! Ella misma, dubitativa, se señaló el pecho con un índice.
—¿Ez a mí? —preguntó la paleta. Magpie asintió con los ojos entrecerrados—. ¡Oh! ¡Galán!
Bribón diría yo.
Saltaré el resto del cortejo para ahorraros la vergüenza ajena. El caso es que la muchacha  pastoreaba las cabras y solía pasar la noche en una cabaña de pequeñas dimensiones. Cuando nuestro audaz amante le propuso cochinadas, la recatada dama, aseguró que tenía que cuidar del rebaño hasta el último haz de luz. 
Así asistí al primer acto de magia. Veréis, Ray Magpie se alejó tan solo unos pasos y le oí discutir consigo mismo en voz baja:
—Venga, Brisa, esta vez necesito que te comportes.
Levantó tres dedos al cielo, realizó un semicírculo y esté comenzó a cubrirse de nubes hasta oscurecer toda la meseta.
—Increíble —dije. 
Realmente estaba asombrado, había visto con mis propios ojos como un mago había encantado el cielo solo para fornicar con una paleta. ¿Qué sería capaz de hacer para conseguir el Cabrocino de Oro? Ray Magpie me sonrió con autosuficiencia, como si leyera mis pensamientos.
—Su única condición era atenuar el ambiente… y soy un romántico —la imagen de sus cejas levantadas todavía me da grima.
Ah, pero Ray no era un mago cualquiera. Como dije, ni siquiera era un mago estrictamente hablando, al menos según los estándares de la Universidad. Era un Nob, y aun encima uno que no sometió a su espíritu ancestral. Es por ello que el pequeño hechizo de Ray terminó por convertirse en un salvaje aguacero con guarnición de tormenta infernal. El propio Magpie recitó un mantra azariano al respecto para justificarse:
¡Deseas verano, toma invierno por el ano!
Sí, este viaje cambió mi parecer sobre varios temas, entre ellos los mantras azarianos. Ahora estimo algo más su encriptada sabiduría. 
En cualquier caso, ese día, mi calvario fue indescriptible. La cabaña disponible se convirtió el nidito de amor del Nob y la paleta. Yo, en cambio, pase la noche en un pequeño redil haciendo compañía a las cabras. Fue una noche horrenda, helado y calado, puesto que el aguacero se colaba entre las mal ajustadas tablas de la techumbre.
Al día siguiente la cosa no mejoró. Ray se levantó desaliñado, con la túnica abierta y el pecho al aire. Así advertí que llevaba al cuello una veintena de collares. Todos estúpidas protecciones contra supersticiones y mal de ojo. Comencé a sospechar que estaba frente a un mago poco usual; esas baratijas las venden en los mercados estafadores de tres al cuarto. Sí yo lo sabía, él debía saberlo. El tema se aclaró cuando el buen amante vendió un valioso collar mágico que había pertenecido a su abuela a la recién desflorada muchacha… Ah sí, mucho me reí de la inocente criatura. Ciego de mí, no supe, o quise ver, que yo era una víctima de mayor alcance y envergadura. 
El caso es que no intercambió el amuleto por dinero, sino por unas misteriosas hierbas, y me pudo la curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Romero, por supuesto, una hierba protectora frente al Cabromagno.
—Me das un poco —supliqué.
Ray Magpie titubeó.
—Bueno, yo tengo mi magia… supongo que tú lo necesitas más, podría hacerte un descuento.
Diez malditos cobres pagué. 
Las cosas no mejoraron a lo largo de ese día. Las cinchas del macuto maltrataban mis hombros y Ray Magpie me escuchó quejarme y como buen compañero comenzó a hacer lo posible para aliviar mi carga… empezando por el brandy que pronto aligeró la mochila. Y fue el brandy la explicación más plausible que encontré para sus andares y oratoria. Y aunque era una buena pista también para explicar sus monólogos solitarios, llegué a descubrir que era otra la razón detrás de ese comportamiento. Esa noche, tras intentar infructuosamente hacer una hoguera haciendo uso del pedernal, Ray Magpie, se puso a hablar con una tal Brisa.
—Vamos Brisa, no querrás que muera congel… do —hipó por borrachera— Por favor Brisa, solo te quieeero a ti, pero estoy sometido a muchas tentaciones terrenales.
—¿Con quién hablas? —pregunté desconcertado.
—Con mi espíritu ancestral, tenemos una relación complicada —se sinceró.
No dije nada, todavía desconocía la amplitud que alcanzaba el adjetivo «complicado» en labios de Ray. El caso es que el Nob hizo un círculo completo con tres dedos en el aire y después introdujo el puño en el círculo y lo retiró en llamas. Luego arrojó la bola de fuego contra la madera. Sí, yo seguía sorprendido, creía que tenía ante mí a un mago excepcional, desde luego no muchos magos tienen capacidades tan diversas como manipular el clima o convertir el propio aire en llamas. Pero lejos de poder calentarnos, la madera se había convertido en cenizas en segundos.
—Señor Magpie, se ha consumido demasiado rápido, si no hace nada pasaremos frío.
Ray se sentó.
—Al menos tenemos esto para calentarnos —me entregó una botella de Brandy medio acabada y él se agenció la última, todavía sin empezar— ¿Su magia no funciona?
—Nimiedades.
—Vamos, le he visto hablar solo. ¿Quién es Brisa?
—Es mi espíritu ancestral, juntos somos capaces de grandes cosas.
—Pues parece tener gusto por incordiarle. Me hace temer el momento de enfrentarnos al Cabromagno.
—Oh eso, ya… A Brisa le guuusta la bufonada, pero a la hora de la verdad responderá… espero… no sé… está bastante enfadada —puso la palma en vertical y me susurró—. Es algo celosa, no le ha hecho gracia lo de la cabrera, pero estoy tranquilo contigo a mi lado —me puso la mano en el hombro y me miró con esos ojos sombreados suyos—. Ha sido valiente y una gran idea por tu parte traer esa ballesta.
—¡Cómo dices! 
 
Desde esa noche no volví a conciliar el sueño. No importaba cuan cómodas fueran las circunstancias, la idea de que la responsabilidad de lidiar con una leyenda recayera sobre mis hombros, era más de lo que era capaz de asimilar. La cosa empeoró cuando se acabó el brandy. Ray Magpie pasó de caminar meciéndose de manera extraña a hacerlo arrastrando sus feas botas. A veces suplicaba a Brisa que creara una nube y lo arrastrará flotando tras de mí. El espíritu fue inclemente.
—¿Podría verla? —pregunté al cuarto día de caminata—. A Brisa, digo.
—Oh sí, por supuesto. Si fuera visible, claro. Pero no lo es. Así que no. Imposible.
Sí, mi paciencia en esa época toleraba límites disparatados.
—Hablas más con ella que conmigo. Dime como es al menos y si puede oírme.
—Es una urraca plateada y preciosa, de la altura de un hombre a veces. Otras es del tamaño de un caracol. Según le apetezca… Y por supuesto que puede oírte.
—No temes que se enfade contigo y te ataque…
—Claro que no, me ama. Además, su magia no puede alcanzar este plano sin mí. Y sin ella, yo solo soy un mendrugo más. Tenemos lo que se dice una relación simbólica.
—Simbiótica —corregí.
—Dices cosas muy raras, Mic.
Lo ignoré.
—Pensaba que los magos sometíais a vuestros espíritus…
Ray me tapó la boca.
—¡Shhh! —se acercó y susurró—. Es un tema delicado ese. Cuando un espíritu es sometido es como si dejara de existir. Solo recupera su conciencia cuando el mago muere. Yo nunca le haría eso a Brisa. Su anterior conjurador vivió más de trescientos años. Te imaginas morir solo por trescientos años. Tiene que ser traumático. ¡Puff, piensas que estás muerto y de repente vuelves! ¡Vaya un coñazo!
 
Al sexto día de caminata las cosas cambiaron. Los primeros días había visto a Ray hacer un uso esporádico de un mapa amarillento, pero ese día sus vistazos fueron constantes.
—¿Qué es ese mapa? —pregunté.
—Ah, esto indica el lugar donde podemos hallar al Cabromagno. Estamos cerca, lo huelo. 
—¿De dónde lo quitaste?
—¡Ja! —se jactó orgulloso—. Me pedían ooocho cobres por tan arrugado papel, pero soy buen negociante y lo cambié por una mula que encontré en la posada.
Me quedé petrificado.
—Una mula… has cambiado a Roberta por un papel ¡Mi mula valía casi doscientos cobres!
Oh sí, ahí mi corazón dio un vuelco y mis manos nervudas buscaron con naturalidad el cuello de Ray al grito de: ¡malnacido! 
¡Respeta al arcano, mendrugo marrano! 
Graznó él como si un absurdo mantra pudiera salvarlo. El caso es que rodamos ladera abajo. La hierba y los guijarros saltaban y mis manos seguían aferradas a su gaznate embustero.
Cuando llegamos al suelo firme seguimos forcejeando hasta que los ojos de Ray se iluminaron como luciérnagas y con un giro de muñeca me encerró en una enorme burbuja flotante. Ray se levantó y sacudió las ropas y se ajustó el sombrero. Estábamos entre dos riscos y en frente a nosotros se elevaba una amplia cueva. 
A su sombra estaba el ser mitad cabra, mitad cabrero.
Cabeza caprina con cuernos majestuosos forrados con hilos dorados y una chiva cuidada y trenzada. Del cuello hacia abajo tenía un físico humano digno de un gladiador. Y para embelesarnos… sobre sus hombros descansaba irradiando luz y cubriendo su espada el Cabrocino de Oro.
Magpie sonrió.
—Gracias, Brisa, siempre que estoy en peligro puedo contar contigo. Mira, Mic, compañero, he aaaquí el Graaan Cabrón.
—¡CABRÓN TÚ, HIJO…!— es mejor obviar el resto de improperios que lancé mientras flotaba en la burbuja.
—Ilustrísimo Cabromagno, Señor de las Montesas —entonó Ray a viva voz. Luego con un gesto me liberó del hechizo—, mi compañero está aquí para desafiarte en duelo singular —mudo me quedé. Ray se acercó al monstruo dándose aspavientos y señalándome—. Sí lo deseeea podría sujetarle su abrigo para su maaayor comodidad durante el lance…
—Beeeee —baló en tono grave Cabromagno aceptando el desafío y posó el Cabrocino en manos de Ray.
—¿Qué… ha... dicho? —titubeé. 
—¿Cómo quieres que lo sepa? Tiene cabeza de cabra, es sumamente estúpido.
¡Ah! Todo se complica a partir de aquí. La bestia bufó ante la ligereza del comentario, cogió a Ray por el pescuezo y lo arrojó por el precipicio. El grito del mago bocazas fue desgarrador. Esa fue la última vez que lo vi. ¿Qué queréis que os diga? Bien merecido. 
El monstruo me enfrentó. Pese a los tembleques, disparé la única saeta que poseía y alcancé su pecho. Salió despedida sin siquiera arañarlo. Ahí deduje que la ballesta solo era para provocarlo. 
El Cabromagno llegó a un palmo de mí. Iba a estrujarme. Maldije a Magpie. Me cogió con sus musculosos brazos y… os juro que comenzó a lamer mi rostro con cariño. Su ira homicida se esfumó inexplicablemente. Me arrastró a su cueva con delicadeza, entre balidos.
 
Tardé tres meses en descubrir que el romero de mi bolsillo era la causa del embelesamiento de la criatura. Tras un plan diestro conseguí distraerlo y huir, pero mi carrera de tamborilero ya estaba truncada. La gente de Balaustres había oído hablar de un forastero que convivió con el Cabromagno y comenzó a dirigirse a mí como el Adalid Caprino. Sin embargo la noticia se extendió a otros pueblos… y pasé de ser Mic Tres Palmas a Mic Fornicabras. Dañó mi imagen irreparablemente, pero soy un emprendedor y hallé en la comedia el modo de perdurar en el oficio.
 
Mic Tres Palmas saludó a los espectadores de la plaza de Melindrosa que reían por la divertida, a su juicio, ficción a la que acababan de asistir. El tamborilero puso las pesadas ganancias dentro del macuto. El negocio era más rentable que nunca, tenía que admitirlo, pronto tendría el dinero para sustituir a su amada mula. 
Entonces vio unos ojos brillantes que miraban agazapados a la sombra de unas columnas. Cuando todo el mundo se alejó, el desconocido, que vestía un sombrero desproporcionado, se acercó. 
—Tú…
El bigote de Ray Magpie asomó enmarcando una sonrisa.
—¡Me abandonaste con esa cabra loca…!
—Cieeerto, pero… ¿tres meses? Fue menos de una semana según mis fuentes… ¿Qué diría un azariano? ¡El mejor cuento! ¡Aquel que me invento!  
—Ejem —carraspeó Mic—. ¿Cómo sobreviviste?
—A merced del viento. Digaaamos que la diligencia de Brisa es directamente proporcional al riesgo que esté sufriendo mi vida. 
—¿Y por qué estás aquí si ya tienes el Cabrocino?
—Lo tenía, el viento me llevó lejos, así que lo cambié por un caballo espectacular. Luego, cuando llegué a Balaústres lo intercambié por algo más práctico.
Por la entrada izquierda de la plaza apareció una mula parda. 
—¡Roberta! —gritó Mic de emoción. Su expresión mutó al instante —¿Qué quieres a cambio?
—¿No habrás oído hablar de los legendarios Anteojos del Guardián Ciego?
A Mic lo recorrió un escalofrío ante lo familiar de la situación…
—¿Son muy valiosos?
—No me creerías…
—Tú… —bufó, Mic, rendido—. Tan solo dime algo: ¿sabías que el romero me salvaría, verdad?
—¿Qué romero?


RE: Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Celembor - 23/05/2022

Juas, juas, juas.

Divertido e hilarante. Bien escrito, ameno y entretenido. No te diré que perfecto, pues hay algunas palabras llanas convertidas en agudas con un acento y también que hay muletillas que se hacen un poco pesadas. Sí, van con el texto en primera persona, lo sé.
También me ha recordado por momentos a Mundo Disco.

Por lo demás, no tengo mucho más que aportar, solo decirte que: mis dieces.


RE: Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Selmeras - 26/05/2022

Muy entretenido. Los proverbios azarianos quedaron muy bien logrados.

Me gustó lo del espíritu ancestral y su relación complicada con Ray.

Realmente no tengo mucho en el departamento de sugerencias. Tal vez mencionar que hubiera disfrutado de ver a Mic poder hacer algo con sus dotes de cuentero, cómo ganar tiempo distrayendo a alguien (o intentando). Tal vez para la próxima entrega de esta ilustre saga.


RE: Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Miles - 29/05/2022

Sigo el esquema de los anteriores comentarios:

Cosas a mejorar o que directamente no me han gustado:

Pues para empezar hay una cosa inevitable dado el tono extremamente jocoso del relato, y es que es imposible tomarse en serio algunas situaciones que sufren los personajes. En principio no pasa nada porque a lo que asistimos es a una exageración buscada, pero claro esto resta cualquier épica o drama posible.

Después, como han mencionado otros, el uso de ciertos modismos y expresiones características en el lenguaje del narrador, hace que se sienta pesado a partir de la mitad del relato, ya que Mic Tres Palmas tiene un modo de expresarse bastante empalagoso, con una tendencia especial a retrasar la posición del adjetivo y a abusar de las exclamaciones y los puntos suspensivos.

Cosas que me han gustado:

Pues el resto, aunque me queje del narrador, tengo que reconocer que en él está el encanto de este relato, nos lleva por una historia en la que nos cuenta sus desgracias continuas, presentándonos a un personaje carismático con gustó por la bebida y las mujeres, y con esa especial relación con su espíritu ancestral. Todo ello es un viaje absurdo que acaba como empieza, con él dejándose engatusar por Ray Magpie y dejándose asimismo llevar por la codicia.

Otro punto a favor, en especial, son los diálogos tan ácidos que se dan, que potencian muy bien las situaciones de humor. También ayudan a esto los dos personajes principales, que se retroalimentan muy bien el uno al otro, con un personaje confiado y amable, y otro astuto y granuja.


En conclusión, otro buen relato, para los pocos que han participado en el reto, sorprende el nivel.

Felicidades escritor.


RE: Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro - Duncan Idaho - 02/06/2022

"pasé de ser Mic Tres Palmas a Mic Fornicabras"
¿no sería más bien "Mic el fornicado por la cabra"?

No es mi tipo de humor pero es un relato ameno y de fácil lectura.

A la historia no le puedo sacar nada o buscarle lógica interna porque es un relato de humor, sería como buscarle lógica a Stewie Griffin o a Brian de family guy, o a Roger de American Dad.

Los dos personajes me parecieron que embonan entre sí, uno buscando de quién aprovecharse y el otro dejando que alguien se aproveche de él, enmarcado en una historia jocosa.