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Reto Erótico I: Lo que el tiempo nos dejó.
#1
Lo que el tiempo nos dejó

Estamos vivos, me recuerdo sin poder dejar de mirarla, asiéndome a su memoria con la desesperación del náufrago que se aferra al último tablón de una nave que se hunde. Estamos vivos, insisto, y quizás sea por eso mismo que me siento morir por dentro.
—¿No vas a decir nada? —me pregunta entonces Lucila, la voz vuelta un ruego, con la mirada triste de quien ya todo lo sabe.
—No sé qué decir —contesto yo, sincero incluso en mis mentiras.
Ella suspira y descruza las piernas, unas piernas tan largas como las columnas que alguna vez sostuvieron los secretos del universo, para ponerse luego de pie y acudir al llamado del agua que hierve en la cocina.
—¿Te ayudo? —le ofrezco, agradeciendo la breve tregua, pero ignora mi pregunta y se aleja con un leve contorneo de caderas que ayer mismo me sugería visiones de faldas que caían y que ahora, en cambio, sólo me provoca un apático desgano. Esa indiferencia camusiana de aquel que ha dejado que el tiempo, la costumbre y la razón corrompan al deseo—. Podrías al menos contestarme —insisto, ofendido por su silencio.
La veo luchar con la vajilla y el cajón de las cucharas.
—¿Para qué? —dice, encogiéndose de hombros a la distancia—. Eres tú el que tiene siempre todas las respuestas.
Aprieto los dientes con fuerza y vuelvo la vista hacia otro lado; me conozco y sé que es mucha la amargura que amenaza con desbordar el dique de mis labios. Lucila, en tanto, vierte el agua sobre los saquitos de té, y de pronto nuestro pequeño piso parece poblarse con aromas y perfumes que hablan de los jardines que alguna vez colgaron en oriente, de mil y un crepúsculos compartidos bajo una media luna creciente y de las promesas que formulan los vientos del Levante.
—¿En qué piensas? —me pregunta luego ella, desde la cocina todavía, sorprendida, quizás, por la ausencia de mis réplicas ingeniosas y envenenadas.
«En las higueras a las que agita el Khamsin, a la vera del río Nilo —quiero decirle—. En el Aajej que sabe a canela, comino, azafrán y dátiles cuando sacude por las noches los toldos del Zoco en Marrakech. En el color de las lluvias que anidan en el Monzón y en el Siroco que arrastra las arenas de desierto. En todo aquello que alguna vez soñamos juntos y ahora se ha perdido. En los cientos de lugares que ya no podremos volver a visitar. En las miles de vidas que no viviremos jamás.»
—En nada —respondo en lugar de ello, cobarde hasta al final.
Ella asiente, como si de veras me creyera, pero su sonrisa es triste, y el peso de todas las cosas no dichas nos golpea con la fuerza de la realidad. Hay silencios que duelen más que mil palabras, comprendo. Hay silencios que sangran en los labios. Hay silencios, en fin, que esconden mucho más que lo que callan.
—Te hice un té —dice después, al cabo de un instante que se me antoja interminable.
Me tiende una taza, en una suerte de ofrenda de paz que llega demasiado tarde, y yo me giro hacia la ventana que da a la calle, rehuyendo el reproche que late en su mirada. Afuera está lloviendo; es una tarde triste, fría y gris de esas que en otros tiempos nos encontraban refugiados bajo las sábanas, buscando en el cuerpo del otro el calor que la desnudez nos negaba; tan distintos, en fin, a estos dos seres, extraños y derrotados, que ahora se sientan tan separados como lo permite el pequeño espacio de la habitación, asépticos y distantes, observándose con una frialdad casi obscena.
—¿De veras no vas a decir nada? —insiste Lucila, volviendo a la pregunta que le dio comienzo a todo. No necesito verla a la cara para saber que ahora es hastío lo que habita en sus ojos.
«Ya no me admiran los recovecos de tu cadera —me siento tentado a responderle, improvisando poesía de la desesperación—, ni tiemblo con anticipada excitación al verte batallando con el cierre del vestido. Ya no me enloquece como antes la forma en que te recoges el pelo detrás de la oreja, y he aprendido a detestar esa costumbre de pasarte la lengua por las comisuras de los labios. Ya no soporto, tampoco, saber que te desesperan mis modales y que sufres con los ruidos que hago al masticar. Ya no me aguanto ni a mi mismo, de tanto verme reflejado en el espejo de tu desencanto, y me desespera, entre otras cosas, que odies todo aquello que antes amabas. Ya no somos los mismos, Lucila. Ya nada es lo que era.»
—No hay nada para decir, supongo —contesto no obstante, con la triste certeza de estar repitiendo, por enésima vez, los pasos de una danza que ya hemos bailado hasta el cansancio.
En la calle, mientras tanto, sigue lloviendo. Las nubes cenicientas se desangran sobre las copas desnudas de los árboles, coloreándolos con tonos mustios y apagados, y un cielo tan plomizo como mis propios pensamientos me recuerda que la nostalgia es negación, la melancolía un arma de doble filo, y que el invierno que agoniza ha de llevarse consigo también el recuerdo de los que alguna vez fuimos.
—Supones —repite ella, marcando el contrapunto esperado, y se deja caer sobre la cama con gesto de cansancio. La misma cama, rememoro, donde no hace tanto librábamos batallas de esas que se saldan a precio de gemidos, salivas y sudores. La misma, me digo también, que ahora apenas visitamos de tanto en tanto, con la triste necesidad de convencernos que todo sigue igual, que nada ha cambiado y que no es el fin lo que parece dibujarse con letras de molde en nuestro horizonte cercano.
—No me hables de lo que ya sé, no me vuelvas a contar lo qué perdiste —le pido, anticipándome a lo que intuyo que está por venir.
Lucila entierra su cabeza bajo la almohada, pero no dice nada, y yo me quedo en silencio también, sin saber si esta repentina discordancia en nuestra habitual rutina me asusta o me reconforta.
«Eso somos ahora. Dos extraños que tienen miedo hasta de mirarse.»
—¿Pongo algo de música? —pregunto al fin, por decir algo. Las gotas de lluvia que se suicidan contra la ventana son las únicas que parecen oírme—. ¿Lu?
Un quedo susurro emerge desde la prisión de la almohada.
—Como quieras.
Me pongo de pie y camino hasta la biblioteca donde guardamos los discos. Los míos, los de ella, y los que compramos juntos sin saber que tarde o temprano acabarían convirtiéndose en botín de guerra.
—¿The Smiths?
—No estoy de humor.
«Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que lo estuviste». Las palabras no brotan, no nacen, no viajan. Se aferran a mi mente, agonizantes. Como el último tren de una estación en ruinas.
—¿Cold Play?... —pregunto en su lugar, pasando revista a nuestra colección—. ¿Dylan?... ¿Sabina?...
Ella sacude sucesivamente su cabeza desde la dudosa protección que le confiere su improvisado refugio.
—Algo tranquilo —pide por fin.
«Tranquilo». Mi mano se detiene en el último estante y la portada minimalista de From the yellow room acaba decidiéndome. Enciendo el tocadiscos, el mismo que compramos a precio de risa a un vendedor de antigüedades en nuestro último viaje a Marruecos, y coloco la aguja sobre los surcos del vinilo. Poco a poco los acordes de un piano comienzan a adueñarse de la habitación; lentos primero, evocativos después y tan íntimos, por fin, como esos primeros besos que ya nunca nos daremos.
—¿Por qué justo ese disco? —me pregunta Lucila, emergiendo de su escondite. Incluso a la distancia puedo ver como la tristeza se la acumula, junto con el maquillaje, en esas pequeñas arrugas y líneas de expresión que antes jamás adivinaba.
Me encojo de hombros y no digo nada. Mi sonrisa es la peor de las mentiras.
—A veces —insiste, desde la impunidad que le confieren la sorpresa y el dolor—, siento que te desconozco.
Vuelvo a hacer silencio, admitiendo su reproche, y ahora es ella la que esquiva mi mirada. Su cara se ensombrece y las piernas más hermosas del universo huyen de mi deseo escondiéndose bajo las sábanas. Supe amarla una vez, recuerdo, supe tenerla desnuda, exhausta y satisfecha. Ahora, sin embargo, hablamos sin hablar, como quienes le teme a la memoria, al ayer y al paso del tiempo. Frente a frente, abrigados y sonrientes. Dos extraños, al fin y al cabo.
—Apagalo, por favor —me pide luego.
Yo asiento sin decir nada, pero antes que tenga tiempo de hacerlo Yiruma nos invita a besar la lluvia y comprendo, o creo comprender al fin, porqué nuestra pareja siempre estuvo condenada al fracaso. Yo, después de todo, nunca he dejado de ser un pobre intento de ilusionista y ella, por su parte, ya se sabía todos mis trucos incluso antes de conocerme.
«Es el fin», pienso entonces sin decirle nada. «Es el fin», leo también en su mirada. Y mientras espero, como espera Borges, los sueños de anclas, sales y mares de un monje, el rugido de un tigre en Sumatra y los nueve hombres agonizando en Borneo, asesino el silencio planeando en voz alta ese viaje que, los dos sabemos, ya nunca vamos a realizar.


***

Pero el invierno retrocede de prisa, el otoño le da paso al verano y éste a una nueva primavera. Las cosas mejoran, o así parece al menos, y un día decidimos mudarnos a dos pisos separados. Regresan los besos, esos que una vez hicieron arder mil crepúsculos, y aunque ya no compartimos la misma cama volvemos a devorarnos el uno al otro con un ansia casi primigenia.
—Hagamos un viaje —me propone Lucila una noche, dibujando extrañas formas con su índice sobre mi pecho descubierto.
Estamos desnudos los dos y sentados frente a frente. Tan cerca, incluso, que nuestras pieles pueden tocarse, y hasta el más leve movimiento de su cuerpo me provoca escalofríos de placer. El aroma del café recién hecho flota sobre la habitación, y el deseo que hace apenas unos instantes parecía saciado ahora vuelve a columpiarse de forma burlona.
—¿Un viaje? —pregunto, intentando concentrarme en sus ojos aunque sé que, desvestida como está, esa es una empresa superior a mis fuerzas.
—¿Por qué no? —dice ella, con la mejillas enrojecidas por la excitación que le provoca la idea.
«Porque solo llevamos unos pocos meses juntos».
—Se me ocurren mil razones —respondo, recostándome sobre la cama.
Lucila se tiende junto a mi y deja que su cálido aliento me recorra el cuello.
—¿Tantas?
Me remuevo incómodo sobre las sábanas. Sus piernas, blancas como la última nieve de un invierno que se acaba, llevan marcado a fuego el trazo granate de mis dedos, y al moverse sus pechos se bambolean en una danza que me tiene hipnotizado.
—Quizás haya exagerado un poco —admito.
Se acerca aún más, atormentándome con el suave roce de sus pechos, y la punta sonrosada de su lengua se asoma apenas, como si quisiera saludarme.
—¿Eso es un sí?
Me paseo por su boca, mecido por esos labios que alguna vez me resultaron ajenos, y en el deleite que despiertan aflora por fin una sonrisa en mi rostro. Las mujeres, comprendo entonces, pueden derribar imperios con tan sólo un leve suspiro cargado de promesas.
—Es un tal vez —respondo al fin, tratando de recuperar el aliento.
Afuera, mientras tanto, la brisa sacude las ramas de los árboles contra las ventanas de su piso, y una luna tan pequeña que cabe en la palma de mi mano se filtra a través de los cristales entreabiertos. La noche tiene el perfume de la primavera, y su aroma se entremezcla con la fragancia de jazmines y lirios de pantano que emana del cuerpo de Lucila.
—De todas formas es una locura —agrego, deslizando mis dedos por su cintura.
Ella se deja hacer y un gemido de placer se suspende de sus labios.
—Lo sé —asiente, arqueando la espalda con la languidez una gata en celo—, pero estamos en la edad de las locuras.
—¿Y a donde iríamos? —pregunto, sin dejar de acariciarla.
—A Marruecos  —responde, abriendo las piernas, entrecerrando las pestañas y abandonándose al gozo que mi tacto le ofrece.
«Marruecos. Debí adivinarlo».
Dirijo la vista hacia su mesita de luz. Allí, entre estuches de lentes, pinturas y una media docena de frasquitos cuya utilidad desconozco descansan El año del elefante y Cinnamon City.
—¿Qué tiene Marruecos que lo hace tan especial?
Sus ojos juegan un póker perfecto con su sonrisa, y el deseo que late en ellos me hace temblar por dentro.
—Ya lo descubrirás cuando vayamos.
Su ombligo me sonríe sugerente.
—No me tientes, Lu.
—¿Por qué no? —responde, enredando sus dedos entre mis cabellos y conduciendo con gesto experto mi  boca hacia la calidez de sus caderas—. Los pecados son para cometerlos, las tentaciones para caer en ellas…
En la habitación aún flota el aroma del café recién tostado, pero la ofrenda no expresada de su cuerpo ahoga a todos los perfumes, incluso aquellos que un trópico que se derrite en las plantaciones colombianas. Podría huir, lo sé, pero ni siquiera me atrevo a intentarlo. No hay peor naufragio que el que propicia la lejanía de un cuerpo amado.
—Tú ganas —concedo, al cabo de un instante tan breve como eterno, sin poder apartar la vista del tatuaje que desciende por sus caderas.
Lucila deja escapar un gritito de emoción, ser ríe y me besa como si quisiera devorarme. Hago lo posible para resistir a su embate y opongo mi lengua a su cavidad de húmedo terciopelo. Ella gime satisfecha, se vuelve de espalda, ofreciéndome el sacrificio de su piel desnuda, y derrama unos suspiros tan volubles como la propia intensidad de un cuerpo que hoy es mío, que me pertenece, pero que quizás mañana se enrede bajo otras sábanas.
—Te amo —me dice entonces, hipnotizándome con el parpadeo de unas pestañas que me hablan del placer que entregaba la bella Helena, de pie bajo la sombra de sicómoros ancestrales, mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor.
—Yo también te amo, Lu —confieso sin poder dejar de besarla.
En la calle, el viento susurra en un lenguaje que no comprendo, y mientras los labios de Lucila bajan por mi pecho añado para mis adentros: «Y siempre voy a amarte».

***

Las agujas del reloj, sin embargo, son tan cambiantes como caprichosas, y los meses desandan el camino en el calendario, hasta volverse días. De repente ya no nos conocemos, no sé quién es ella y mi vida vuelve a ser la de un millennials siempre confuso, esclavo de su propia cobardía. Un triste oficinista con vocación frustrada de literato que alterna sus días entre el nihilismo y el pesimismo más profundo. Un tipo gris, en fin, que ha hecho del derrotismo su bandera, mientras transita por la vida hundido en la más negra melancolía.
Vuelve a ser de noche, pero esta vez estoy en un salón lleno de cuerpos que se sacuden, sudorosos, mientras Shakira y Carlos Vives cantan no sé qué de una bicicleta.
«¿Qué carajos estoy haciendo?», me pregunto, y luego recuerdo que he venido arrastrado por mis compañeros de trabajo, y que estoy recuperándome de una ruptura reciente. Una más, al fin y al cabo, de las tantas que decoran las cicatrices de mi alma.
Doy un breve sorbo al whisky barato que alguien me puso en la mano y mi vista se ve cautivada por un par de piernas largas como carreteras, enfundadas en una estrecha falda de color lila.
—¿Aburrido? —me pregunta la dueña de aquellos muslos capaces de detener cualquier semáforo.
De repente siento la boca seca y no me nace ninguna palabra. Ella me mira, divertida tal vez, con dos carbones negros ardiendo en su mirada.
—Un poco —admito por fin, recuperando el habla que creía perdida.
—Mis amigas dicen que te conocen —agrega ella, señalando a un grupito de chicas entre las cuales creo distinguir algunas compañeras de oficina—. ¿Estás solo?
«Hijas de puta. Seguro ya se lo contaron todo».
—Mejor solo que mal acompañado...
La veo asentir con la cabeza.
—Yo pienso lo mismo.
—¿Estás sola también? —pregunto entonces, por decir algo, y de inmediato me doy cuenta de lo idiota que soy.
—Con ellas —me dice señalando al mismo grupo otra vez—, pero me he escapado.
Yo callo, con miedo a soltar una nueva estupidez, y ahora es Enrique Iglesias el que dice que no, que ya no puede más.
—A mi tampoco me gusta —agrega ella de pronto, adivinando, de seguro, mi repentino desagrado.
—¿Y qué te gusta? —pregunto a la desesperada, sin poder apartar la vista de aquella espuma de mar que es su piel.
Parece dudar por un instante.
—No te vayas a reír —me advierte.
—Te lo prometo.
Vuelve a asentir con la cabeza, como si estuviera calibrando si soy digno de confianza o no, y sus labios dibujan un mohín que me resulta delicioso.
—Clayderman, Maksin, Yiruma.
Dicen los japoneses que cada uno de nosotros está destinado a tener un único gran amor en su vida, uno sólo, y que cuando aparece es imposible ignorarlo. El Koi No Yokan, lo llaman ellos. Esa confusión de sentimientos que se atolondran en el pecho. Esas palabras que, como las mías, ya no brotan sino que se agitan al viento, en forma de pétalos de cerezos. Ese agridulce sabor que deja la certeza de lo incierto. Koi No Yokan. El amor del que aún no ama pero ya se sabe destinado a amar. Y mientras alrededor la vida continua con su curso implacable, dentro, en lo más profundo de mi alma, comprendo que el tiempo acaba de detenerse para siempre.
—Me encanta Yiruma —confieso.
—¿En serio? —se maravilla ella—. Me llamo Lucila, por cierto.
Y en ese preciso instante me sonríe.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Creo que acabo de tener un deja vu. ¿No he leído este relato en algún lado antes? En fin, será mi imaginación.

Aprecio mucho el gran trabajo que el autor ha realizado en cuanto a la prosa y la retórica del relato se refiere, pero... bueno, para ponerlo simple, al menos para mí, menos es más. Si te empeñas en hacer que cada frase contenga una metáfora, enseguida resulta cansino. En mi opinión, la poesía coge más fuerza en pequeñas dosis cuando se trata de escribir relatos tan cortos. Pero bue, qué voy a saber yo.

En cuanto a la historia, hay muy poca en favor a la retorica pero lo que hay esta bien, es muy melancólica, sin embargo, no estoy seguro de que sea muy erótica. Tiene sus momentitos aquí y alla, pero no gran cosa. De todas formas, está esplendidamente escrita, muy rollo carlos ruiz zafón, y aparte de alguna tilde que faltó o sobro, no vi fallos. Enhorabuena y suerte.
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#3
Bueno, como siempre, un genial relato y, como siempre, muy depresivo...
Cómo me gustaría escribir como tú, querido autor, porque en cada relato te dejas la piel y lo haces de manera elegante y bella. Pero encuentro que para este reto requería algo más que ese segundo párrafo en el que sí es verdad en que hay erotismo, pero que todo llega después de un primer párrafo tan desolador que es imposible empatizar con él. Creo que un relato erótico te tiene que transmitir cosas y, a mí, no me ha llegado porque no nos has predispuesto para ello. Como relato te diré que es de 10, pero tratándose del tema que corresponde al reto te debo bajar mucho la nota.

De todas formas, millones de aplausos para ti Wink
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#4
El relato tiene un estilo muy bueno ( me encantan las buenas metaforas) pero la trama ( o la ausencia de ella) esta ya demasiado vista, parece, como ya dijeron, una historia q ya se conto millones de veces (sobretodo por la persona q creo q escribio esto). Quizas si, no sea todo lo erotica q podria ser, pero no te puedo culpar ppr eso, mi relato tampoco fue demasiado erotico ( de todas formas no es un gran genero asi q es entendible nuestra reticencia supongo). En fin, felicidades igual, escribis muy bien capo
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#5
Me ha gustado bastante este cuento, aunque el final me dejo confuso ¿es un recuerdo de cuando se conocieron? ¿es otra mujer con el mismo nombre y todo ocurre despues de su rompimiento? eso me dejo confundido.

Muy bien escrito, bien narrado, un logrado tono melancolico y depresivo, con el peso de la rutina, luego un reavivar de la pasion, que podria ser solo una ilusion, mi favorito hasta el momento.

Saludos.
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