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¿Cómo lidiais con las partes de combate?
#1
Gracias Rohman por la sugerencia del asunto. Soy malísima poniéndole títulos a las cosas.

Este es un tema que a mí me trae bastante de cabeza y he abierto este hilo por si alguien más está interesado en compartir puntos de vista.

Yo distingo entre dos tipos de lucha a espada (aunque también sirven peleas cuerpo a cuerpo, etc):

1 - El combate de transición que debería ser claro y dinámico, pero breve para no entorpecer la narración. Por ejemplo el típico intercambio de golpes durante una huída, donde el adversario no tiene relevancia. En estos casos intento aplicar el concepto de danza para que el lector pueda seguir el hilo de la pelea, que esta tenga un ritmo, y no se pierda entre un monótono caos de golpes.

2 - El duelo trascendente que es el clímax de una suma de elementos a lo largo de la historia o de un capítulo, donde afloran tensiones que se han ido gestando hasta alcanzar un estallido largamente esperado. Este tipo de enfrentamiento cuenta/completa una historia y forma parte de la narración. Por lo general nos explayamos más en la descripción de estos combates ya no se reduce a un mero intercambio de golpes, sino que sirven también para exponer/remarcar aspectos del relato.

Esto es la teoría claro. Y una teoría personal además. ¿Alguien tiene otras?

Yo empiezo colgando un ejemplo de ambos. Primero el funcional y luego el trascendente (esta definición me la he sacado de la manga, así que llamadlos como queráis).
Sería de gran ayuda que alguien más colgara también algún ejemplo, si puede ser con un breve comentario de cómo lo ha enfocado. Destripándolo un poco. O simplemente un comentario de cómo lo enfoca en general. Yo le he dado bastantes vueltas al tema, como creo que resulta evidente  Mfr_lol

Aquí el ejemplo corto. No os fijéis en el estilo esta vez (no está corregido), más bien en la dinámica de la escena:

Férenwir se detuvo en el lindero del bosque. Había rasgado un jirón de su capa y se lo había atado alrededor del torso para evitar que la herida se le abriera más. Casi había dejado de sangrar, pero a pesar de ello el celestial ya no podía llegar más lejos. Se apoyó en un tronco y atisbó entre los altos robles aquellas cuatro casas que se ofrecían a sus ojos y que casi ni merecían el nombre de aldea. Aquellas apacibles cabañas, envueltas en la neblina del amanecer, eran como el gaznate de un lobo a punto de engullirlo. Lo sabía, pero lo atraían irresistiblemente. El granero era la construcción más alta de la aldea y había guardias frente a sus puertas. Los mismos hombres que le seguían los pasos desde el día anterior. Aunque ahora eran cinco. Seguramente el otro había partido para dar aviso de que habían encontrado su pista.
Los caballos pastaban tranquilamente junto al granero, mientras los hombres afilaban sus espadas. Las hojas relucían con el sol naciente. Pero lo único en que podía pensar Férenwir era en que los aldeanos debían estar encerrados en aquel lugar y que necesitaba llegar hasta ellos como fuera.
Se sentó sobre la tierra húmeda y aguardó pacientemente entre sombras, hasta que un poco más tarde tres de ellos se alejaron hacia las chozas para traer comida. Era ya por la mañana. Una mañana soleada. Férenwir se levantó y se acercó a hurtadillas hasta la parte de atrás del edificio de madera. No había ninguna otra puerta. Ni siquiera ventanas. Así que fue directo a la entrada principal. Apareció por la esquina y sorprendió al guardia de cabellos rojos que tenía más cerca. Lo golpeó duramente en la tráquea con el canto de la mano, dejándolo sin resuello. Su compañero desenvainó de inmediato. Férenwir se inclinó y eludió su golpe. Giró sobre sí mismo quedando de espaldas a él y le aferró el brazo que sostenía la espada. Torció el miembro con tanta violencia que oyó claramente el crujir de las articulaciones. El hombre bufó de dolor. La hoja, guiada con mano de hierro por Férenwir, rajó de parte a parte el pecho del soldado pelirrojo que también había conseguido desenvainar a duras penas. El profundo tajo dejó a la vista las costillas quebradas y el pelirrojo se desplomó en el suelo, mortalmente herido. Su compañero, tras el celestial, soltó una maldición. Consiguió desasirse, pero antes de que se separara de Férenwir, éste le propinó un brusco codazo en el estomago que lo hizo doblarse y retroceder dos pasos. Férenwir se giró y le soltó una patada en la cara. El guardia cayó hacia atrás con el rostro ensangrentado. Férenwir recogió su espada y le puso un pie en el pecho. Los ojos despavoridos del hombre estaban clavados en él, como si no pudieran ver ninguna otra cosa. Férenwir hundió la hoja en su garganta, con tanto ímpetu, que quedó clavada en la tierra. Se apoyó un instante en la empuñadura para recuperarse un poco, sin embargo el tiempo apremiaba y ni tan siquiera podía concederse ese pequeño lujo. Se dirigió a la puerta del granero y la derribó de un puntapié.
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#2
Hola Momo,

Yo planteo el tema de los combates de forma simple pero trabajosa. Para escribir, según creo, hay que vivir primero. De tal manera que para el tema de los combates hay que practicar esas artes marciales un mínimo para tener experiencia suficiente, si ya las practicas genial, sino hay asociaciones como la AEEA, Asociación Española de Esgrima Antigua, aunque hay otras, en dónde puedes practicar varias disciplinas de esgrima si tienes tiempo. Para el tiro con arco lo que hice yo fue un curso de tres meses en otra asociación (Arqueros de Mursiya), y así un largo etcétera de recursos que se pueden obtener de las asociaciones, que hay de todo tipo. Los escritores no debemos ser solo ratas de biblioteca, que también, sino vivir experiencias que luego podamos describir.

Te dejo un fragmento de un combate de mi primera novela, El Arquero de las Nueve Estrellas.

Los primeros rayos de sol despuntaban en el horizonte cuando los templarios de Vaddenheim, descendientes del mismísimo Fiorg, después de atravesar durante dos semanas los territorios de varios reinos, llegaban al campamento de los orcos. Glorlwin, el elfo, se habría encontrado con los pieles verdes por casualidad en medio del bosque y, al verlo solo, lo habían atacado por las rencillas que existían desde hacía miles de años entre elfos y orcos. Sin pensarlo dos veces, el elfo había huido; eran demasiados, pero se había topado con una pared de roca que le había cortado el paso. No le quedaba otra que luchar por defender su vida. Se había desenvuelto como un experimentado guerrero, y debía de serlo, porque en los tres mil años de vida que cargaba a sus espaldas había tenido tiempo de sobra para aprender a manejar una espada.
El primer atacante, una montaña de carne verde oscura con piernas más cortas que los brazos, la cabeza encajonada entre los hombros sin apenas cuello y unas mandíbulas enormes de las que brotaban los colmillos inferiores hacia arriba, le había lanzado un tajo sobre la cabeza, de arriba abajo. No había un golpe más instintivo ni más fácil de evitar. Estos orcos no debían de estar bien instruidos en el arte de la guerra. El elfo había desviado el golpe interponiendo la espada bastarda con el pomo en alto y apuntando con la hoja hacia el suelo, justo adonde había ido a parar la cimitarra enemiga al ser desviada. Acto seguido, había salido con un golpe a la sien, girando la espada por encima de su cabeza, la mano derecha agarrando la empuñadura con el pulgar sobre la base de la hoja para que le sirviera de centro a la hora de girarla, y la mano izquierda manejando el pomo suavemente para hacer que la hoja pivotara sobre ese centro. El desgraciado cayó al suelo con el cráneo hendido, y Glorlwin quedó protegido en la guardia de la ventana; esto es, la espada sobre el rostro y en posición horizontal, como el marco superior de una ventana. Al orco de nada le habían servido los ciento treinta kilos de musculatura frente a un enemigo mucho más enclenque pero diestro en el manejo de las armas. Además, esa panda de bandidos vestían harapos hechos jirones y alguna que otra piel de cordero para abrigarse. Ni un triste jubón de cuero endurecido para protegerse el pecho, ni una sola pieza de armadura. Su única defensa era su número: una treintena de orcos toscamente armados y mal entrenados.
El segundo atacante vino también con el brazo en alto, sujetando un garrote que fue desviado por Glorlwin con un molinete. La espada había girado trescientos sesenta grados sobre la cabeza del elfo, pivotando de nuevo sobre el pulgar pero en sentido contrario, golpeando el arma enemiga con el falso filo. Inmediatamente, le lanzó al orco una estocada alta que fue a parar al ojo izquierdo, arrancándole un sonoro grito, alertando a los templarios que se hallaban en los alrededores, que enseguida se encaminaron en esa dirección.
No era muy difícil seguir las pisadas de treinta orcos, pero un buen alarido ayudaba a encontrarlos definitivamente en la espesura de aquel bosque de pinos y matorral bajo a las afueras de Lurn.
El elfo ya había abatido a dos pieles verdes, pero eran muchos más los bandidos a los que se enfrentaba. Por un momento, los orcos retrocedieron y se miraron unos a otros estupefactos. Después, al comprobar su número, se envalentonaron, y tres de ellos cargaron hacia él gritando algo en una lengua gutural y extraña. Su tercer atacante, que venía por la izquierda, recibió un tajo en la mano y soltó el arma con un grito de dolor. El giro de la espada continuó hasta balancearse tras la espalda de Glorlwin, al mismo tiempo que este daba un paso a la izquierda y se estiraba, flexionando la rodilla, para parar, de costado, el torpe golpe que le llegó por la derecha procedente del cuarto atacante. Enseguida soltó un revés al quinto, de arriba abajo y de izquierda a derecha, que fue bloqueado sin mucha dificultad. Invirtió entonces el movimiento de la espada y propinó otro golpe en la sien al que estaba a la derecha, que también lo bloqueó con su cimitarra. De cualquier forma, lo mejor que podía hacer era tomar la iniciativa y atacar para mantenerlos ocupados; eran demasiados, no podía perder ni un segundo pensando. Volvió a hacer girar la espada, esta vez con un golpe furtivo, de arriba abajo, que cogió desprevenido al que tenía enfrente, abriéndole en el cráneo una brecha no letal de la que empezó a manar una sangre espesa y oscura. Enseguida recupero la posición para protegerse del ataque del que quedaba, que le lanzó una estocada al pecho.
Las cimitarras de los orcos eran espadas delgadas, curvadas en la punta y con un solo filo, diseñadas para abrir tajos limpios y profundos y para atravesar a cualquier enemigo si acertaban con la punta; eran armas peligrosas.
El elfo desvió la punta hacia arriba, pero no pudo apartar la cara a tiempo y el filo curvo le abrió un corte en la mejilla derecha que le dejaría marca. Entonces, un sexto atacante le agarró el brazo izquierdo y él tuvo que soltar el pomo de la espada para defenderse de la siguiente estocada, que iba directa al vientre, con una sola mano.
La espada del elfo era una espada bastarda porque no tenía patrón; podía usarse tanto con una mano y un escudo como con las dos, empelando la zurda para sujetar el pomo y darle movimiento. Era de esta segunda manera como la empuñaba Glorlwin más a menudo; sin embargo, también sabía defenderse con una sola mano. Desvió la estocada hacia abajo de la mejor manera posible, pero su contrincante alcanzó a herirlo en el costado. Otro orco lo agarró del brazo derecho, inmovilizándole también la espada. Ahora estaba vendido. Había matado a uno y dejado fuera de combate a otros tres, demasiado bien le había ido contra treinta furiosos pieles verdes. Podía darse por muerto después de tres mil años de vida.
Entonces se oyeron unos cascos de caballos, y los orcos, que se sabían perseguidos, lo soltaron y huyeron. Uno cayó bajo las férreas pezuñas de un caballo de batalla y otro acabó con el cráneo aplastado bajo el martillo de guerra de Fenrir; las lanzas de caballería de dos de sus primos atravesaron por la espalda a otros tantos, que gritaron casi al mismo tiempo; una espada se agitó a la carrera de abajo arriba, cortando una cabeza verde de enormes orejas puntiagudas; flechas y dardos de ballesta silbaban, cortando el aire y alcanzando a los bandidos que huían despavoridos; un disparo de una tosca pistola de madera con cañón metálico provocó que Glorlwin se llevara las manos a la cabeza instintivamente. Nunca había oído un sonido como ese. Entre los primos de Fenrir, cada uno portaba su arma favorita, o la que mejor manejara, de la misma manera que cada uno llevaba a la espalda la piel de la fiera que hubiera cazado. Había cuatro capas de leopardos de las nieves, dos osos pardos, un oso blanco, tres lobos huargo, tres leones blancos de las cavernas y los más llamativos: una enorme hiena de la sabana de Karta y un lagarto gigante de la selva tropical próxima a Puerto Blanco. Los primos de Fenrir habían cazado esas bestias en un viaje de exploración al lejano sur.
De la treintena de orcos solo quedó un bandido que decía tener una importante información que podía dar a cambio de su vida. No hizo falta tirarle mucho de la lengua ni torturarlo para que hablara, simplemente se arrodillo y recitó un nombre y una suma de dinero: «Dedrom, trescientas piezas de oro». Esa información bastó para desenmascarar una conspiración que, según sospechaban Fenrir y sus primos, llevaba tiempo fraguándose.
El miedo es la cárcel del alma.
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#3
Pues, así por lo pronto, coincido en que el ritmo me parece fundamental en las escenas de pelea, y diferenciaría las de transición, las "episódicas" y las trascendentes.
Las primeras, mejor que pasen rápido, principio que ayuda a que sean lo más dinámicas posible.
Con las segundas querría aludir a aquellas que son parte importante de la trama, extensas. Aquí creo que lo fundamental es mezclar ritmos: por un lado, batallas a espadazos narradas con el dinamismo propio de las de transición, con agilidad y brevedad; por otro, por ejemplo, la marcha sigilosa de un arquero que busca una posición mejor y que por el camino contempla, con la percepción agudizada por el peligro, el cuadro del campo de batalla.
Las terceras son, básicamente, como las segundas, salvo que el foco estará más centrado en los sentimientos, quizá con algún que otro dialoguillo tenso y tal; un punto interesante de los diálogos como "interludios" es que, como ya se trata de "acciones" en sí mismas, mientras sean ágiles, no tienen por qué suponer un cambio de ritmo respecto de la acción frenética narrada, por lo que si la pelea es extensa, convendría utilizar otras perspectivas para dotarla de la variedad mencionada.
Y esas cosas Smile
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
"To be educated means to be able to play gracefully with ideas."  
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#4
Holas Momo y de nada, pues soy el primero que también tengo que aprender. Pongo una estrofa mía de mi libro ( ojo que es un texto viejo, falta mucho retoque y es de cuanto andaba algo más pez en todo, tanto en gramática, etc...)

Pasaba el tiempo y el sol daba los últimos gritos, dejando paso a otra noche de luna llena, que sutilmente iluminaba los rincones más tenebrosos. Se encontraban cerca del pantano de las penas, poco rato habían dejado los imponente cuatro puentes. Los jinetes apretaron el paso para poder estar en la fortaleza, antes de que amaneciera.
—Cuando queden ochocientos pies del castillo de Koppens, detenéis los carruajes —pronunció el líder del grupo.

Al cabo de un rato, se escuchó de repente un estallido y venía de la rueda derecha de atrás del carruaje, donde estaban el asesino Morís, el corpulento Waitler y el siempre aterrador Drehath. El caro se tambaleó levemente.
—¡Nos atacan, emboscada! —gritó Morís, y que vio las plumas de colores blancos y azules de una flecha—. La guardia de Forthor —sacó sus tajantes dagas.
—Vamos a divertirnos —dijo el individuo musculoso.
El mago espiritual miró por el ventanal, clavó la mirada en unos matorrales, cuya vista cansada por los años le dejaba ver unas sombras a pié y algún que otro felino. Empezó a concentrar la magia, al mismo tiempo que recitaba palabras de poder, cuales decían:


Orish jame ar morh

Jö  

Canshe orth doshh

Los léxicos se desconocían, pero eran de un lenguaje nunca pronunciado hasta ahora. De pronto, del bastón del conjurador empezó a brotar fuego en el mismo vértice, hasta que repentinamente
desapareció. Acto seguido unas enormes llamaradas surgieron del suelo, rodeando a los carruajes. Mientras, Smithi, de sus ojos no dejaba de emerger un humo negro, al que parecía poseído por la propia magia realizada. El grupo del mal utilizó el resguardo para prepararse para recibir a los atacantes.
—Tened cuidado —objetó un hombre esbelto, cual acero azulado destacaba de todas las otras defensas de los guardias—, parece que hemos topado con criaturas diabólicas, vigila chico —le miró al joven, al que tenía mucho aprecio.
—Lo tendré, señor —le contestó, sin dejar de admirarle; para él era como un padre.
Valafar salió del carruaje de un fuerte portazo, al mismo tiempo que es blandía su espada, que refulgía como las estrellas. El arma se podía sujetar tanto a una mano como a dos manos, gracias a la generosa longitud, y al gran equilibrado de pesos. Una trabajada cruz resaltaba del conjunto, mostrando tres cabezas de demonios antiguos que salvaguardaban sus manos; el primer rostro, en el lado izquierdo, una serpiente asomaba su bípeda lengua entre las fauces, representado el símbolo del pecado de los hombres. Pero de las tres cabezas la que más atraía las miradas era la que sujetaba el pomo y el nacimiento de la hoja; una calavera amenazadora y en cuya frente, descansaban los nuevos símbolos de magia. Por último, el tercer rostro tenía la forma de un gato-felino que según muchas culturas representaba la avaricia del poder.
En ese momento de caos por esas llamaradas mágicas, Drehath lanzó la hoz en dirección a los enemigos que estaban escondidos entre los arbustos. El arma fue sin previo aviso a un débil cuello, degollándolo como si fuera simple paja de campo. Cuando la guadaña volvió a retroceder hacía su ama, en la misma trayectoria, decapitó a dos hombres más.

—¡Maldición! Prepararos para lo peor compañeros —dijo intentando levantar la moral, observando el fatídico final de los dos amigos de arma.—Detrás de mismas llamas del infierno, otras criaturas ansían nuestra sangre y nuestra alma, no les deis está satisfacción. ¡Luchemos por nuestro Doz y por Forthor! —terminó gritando, al que se veía del pecho una cabeza de león en un generoso relieve. Nada más finalizar la frase, el tipo musculoso del grupo del mal se agachó, parecía estar dispuesto a levantar el carruaje; el enorme esfuerzo se hacía latente, y mostraba todavía una mayor musculatura; poco a poco y de forma sorprendente levantaba el carro.
—Paradlo si podéis —dijo desafiando y mostrando unos prominentes colmillos, exponiendo la auténtica naturaleza de este ser abominable, un ciervo del inframundo del último plano. El vehículo pasó la barrera de fuego, ya para sorpresa o maldición para los guardias, iba en dirección hacia ellos. El carruajes destrozó a ocho guerreros y dejo a cinco mal heridos. En ese momento, el conjurador del mal dejó de recitar los constantes versos del conjuro y el humo desapareció, al igual que las mágicas llamaradas de fuego.

—Hijo —le expresó sin titubear, al joven— ¿Puedo confiar en ti? —no dejaba de mirarle.
—Si —contestó, mientras intentaba recomponerse; todo había pasado tan rápido para él, que a diferencia de su buen líder parecía estar preparado para lo que viniera.
—Aten a los heridos que yo me encargo —ordenó—. ¡Soltad las bestias!—. Cuatro pumas sedientos de sangre se balancearon sobre el grupo del mal; dos de los mamíferos fueron a por el señor de la noche.
—Acercaros…acercaros mis pequeñines —murmuró Valafar, viendo como en varias zancadas ya los tenía encima. El primer puma en llegar saltó sobre él; inmóvil, no parecía alterarse del feroz rival, al que detuvo de golpe, con solo una mano. Fue asombroso como detuvo la embestida, y al mismo tiempo estrangulaba al pobre animal. Cuando el puma empezaba a faltarle el aire, algo de naturaleza extraña apareció de la nada; unas repentinas partículas empezaban a salir del felino agarrado por el hijo de averno; cada segundo que pasaba más partículas brotaban de la bestia, hasta que esta se desvaneció, junto con el fino polvo. El otro mamífero que iba en busca de Valafar, dio un brusco giro y fue en la caza de otra presa, el asesino Morís. La velocidad del animal sorprendería a cualquier rival y en sin darse cuenta se encontraba a escasos metros del asesino.


Soy bastante de la opinión de Licordemanzana, las primeras batallas a no ser que sea muy importante, algo escuetas. Y lo que me gusta más a mi de las batallas he mostrar el poder, si es un mago, que se note que lo es no? Por qué si uno tiene magia y le atacan porque no usarla?( es lo único de Tolkien que no me gusta, si tienes a Gandalf, pues eso, úsalo--ya se que es asin--- peor es lo único que no me gustó) y si es un guerrero, siempre intento mostrar si es bueno o malo, si es malo pongo por ejemplo que del miedo casi se le escapa la espada de sus manos, etc... detalles, y si es un buen espadachín pues que se note, con fintas elegantes y mortales, etc...
Otra cosa que siempre intento es sacar alguna nuevo para intentar que el lector  se sorprenda y diga: "Ala, tú mira que chulo este monstruo, o este conjuro".
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
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#5
Hola, Irlwin, gracias miles por colgar esa escena de combate.  Se nota que sabes de lo que hablas. Está muy bien escrita, detallada y estructurada. A mi me ha gustado. A medida que avanza gana en tensión (reconozco que al principio me ha parecido un poco mecánica con tanta descripción de golpes detallados, pero eso ha durado poco). Y al menos, aunque no tengas la oportunidad de practicar con una espada, textos como el tuyo también ayudan mucho a que se te queden algunos conceptos muy útiles.

Cita:Yo planteo el tema de los combates de forma simple pero trabajosa. Para escribir, según creo, hay que vivir primero. De tal manera que para el tema de los combates hay que practicar esas artes marciales un mínimo para tener experiencia suficiente, si ya las practicas genial, sino hay asociaciones como la AEEA, Asociación Española de Esgrima Antigua, aunque hay otras, en dónde puedes practicar varias disciplinas de esgrima si tienes tiempo. Para el tiro con arco lo que hice yo fue un curso de tres meses en otra asociación (Arqueros de Mursiya), y así un largo etcétera de recursos que se pueden obtener de las asociaciones, que hay de todo tipo. Los escritores no debemos ser solo ratas de biblioteca, que también, sino vivir experiencias que luego podamos describir.

Sobre el papel parece la solución ideal (a no ser que estés escribiendo un libro sobre un asesino en serie Big Grin ) y quizá lo sea, no me malinterpretes, pero yo como profana en la materia tengo algunas observaciones al respecto.

De entrada coincido contigo en que conocer a fondo el tema sobre el que se escribe siempre es beneficioso. Ese conocimiento del escritor al saber de lo que habla siempre se nota, aunque no se use directamente. Suele trascender en el texto.
Lo que ya no tengo tan claro es como deben usarse esos conocimientos. Te pongo como ejemplo uno real: una escena larguísima de Los Nueve Principes de Ambar, de Zelazny, uno de mis escritores favoritos. Una interminable sucesión de fintas, estocadas y demás artes esgrimistas que supongo que los entendidos disfrutarían a tope, pero en las cuales yo, como absoluta desconocedora del tema (y conmigo puede que también la parte de la humanidad que no practica ese noble arte) me aburrí como una ostra. Creo que el nivel de lenguaje y conocimientos tiene que estar mínimamente nivelado entre el escritor y el lector (al menos un lector medio, no estamos hablando de ensayos eruditos). Voy a hacer una comparación exagerada y burda, pero útil para hacerme entender: es como si a un niño de 3 años le das un libro de física nuclear. Lo que no se entiende por exceso de tecnicismo puede aburrir. Incluso si se entiende, pero tienes que leerlo 3 o 4 veces para seguir el hilo, transforma el texto más pulido en algo farragoso. Por lo cual quizá es mejor no usar exageradamente conocimientos demasiado técnicos y limitarse a unos toques más o menos abundantes para dar color al relato.  

Que conste que este no es tu caso. Tu escena de combate me ha parecido muy buena, como ya te he dicho. Está bastante equilibrada, quizá más al final que al principio. Como ya se ha comentado antes no sé donde, es importante intercalar acciones y detalles que nos hagan empatizar con los personajes entre golpe y golpe y tú tienes ahí algunos buenos.
Pero estamos aquí para hablar de como utilizamos los recursos de que disponemos y me ha parecido interesante comentar esto de como se aplican conocimientos muy especializados a novelas de ficción.

¿Qué hacemos entonces los que no tenemos ni idea de esgrima? Pues no sé que harán los demás, pero yo uso la falacia de las apariencias. Una falacia es un razonamiento no válido o incorrecto pero con apariencia de razonamiento correcto. Salvando las distancias, ya que no estamos hablando de razonamientos, sino de combates a espada, eso es lo que hago yo.
Y me temo que a los que realmente saben de que va el tema les deben sangrar los ojos Mfr_lol.
También intento centrarme en el dramatismo de la escena, mas que en la descripción de las técnicas de lucha. Esto sería un poco una técnica de distracción, para que no se echen en falta otros elementos.

Cuelgo la escena de combate que tenía pendiente. He cortado todo lo que he podido, porque no iba a poner el capítulo entero, con lo cual el efecto clímax se pierde bastante. Pero sirve como un ejemplo perfecto de lo que comentaba más arriba: falacia y distracción. No tengo mucha idea de cuantos errores podrán encontrar los entendidos. Debido a la forma somera en que se describen las técnicas de lucha espero que no demasiados.

Laar se dio media vuelta. Cogió al heraldo más cercano por el cuello de la túnica y lo arrastró hasta el pabellón negro y coronado de llamas anaranjadas del segundo hijo del rey Nirnáed.
—Proclama mi desafío —le ordenó.
—Pero, alteza, esto es muy irregular. Hay unos protocolos y un orden…
Laar le dio un tirón tan brusco que los ropajes añiles que envolvían al heraldo revolotearon a su alrededor como una enorme mariposa y por un momento pareció que el hombre se había descoyuntado bajo la férrea mano del príncipe como una marioneta de madera.
—He dicho que proclames el desafío —le repitió Laar lentamente. Su tono era tan áspero que el heraldo no protestó más y anunció con voz temblorosa un nuevo combate.
—Laar, hijo del rey Kédam y príncipe heredero de Gyemayen, regente de la fortaleza de Yflhias y guardián en el norte del paso de Ghembrago por deseo de su padre —el joven príncipe hizo un gesto hastío ante aquella retahíla de títulos—, desafía a Waen, príncipe de Kriuh, gobernador de la ciudad de Nalfris y, por derechos ganados en la batalla, portador del estandarte del rey Nirnáed y ejecutor de su justicia en sus tierras.
Laar soltó por fin al heraldo y se volvió hacía donde se encontraba Waen.
—Espérame en el campo de justas.
Waen mostró los dientes en una sonrisa peligrosa.
—Intentaré no matarte en consideración a Neeis.
Laar ni siquiera se volvió al escucharle. Seguido de su escudero se encaminó hacía su pabellón para terminar de armarse. Gnael entró tras él. Sorwa, que estaba colocándole la espaldera a su señor, levantó un momento los ojos. Su mirada se encontró con la de Gnael y éste se dio cuenta de que incluso el alegre muchacho estaba ahora preocupado.
—¿Es esto prudente, príncipe Laar? —preguntó el viajero, inquieto por cómo se estaba complicando aquel torneo.
—Supongo que no —admitió el joven príncipe, sin dejar de ajustarse la armadura—. Pero me temo que la prudencia nunca ha sido mi punto fuerte.
En cuanto hubo terminado Laar respiró hondo, deslizó su espada en la vaina y salió al exterior para montar. Sabía que superaba a Waen con la lanza de justas, pero nunca había enfrentado su espada contra la maza del príncipe de Kriuh. Su mejor opción era descabalgar a su fornido oponente y hacerlo del modo más rápido y doloroso posible. Y después… Prefirió no pensar en ello. Guió a su caballo hasta la tribuna, donde ya le aguardaba Waen. Antes de bajar la visera de su yelmo cruzó la mirada con sus hermanas. Cairdre estaba tan impasible y hermosa como una estatua de alabastro, pero Neeis, al otro lado del rey Nirnáed, se mordía los labios de nerviosismo. Laar era el menor y ambas lo habían tomado a su cuidado tras la muerte de su madre en el parto. Las jóvenes le dirigieron una silenciosa mirada de aliento. Laar les devolvió una sonrisa confiada que en realidad estaba muy lejos de sentir.
Derribar a Waen le costó al príncipe de Gyemayen romper tres lanzas. Afortunadamente su contrincante no consiguió enhebrar ningún buen golpe, en parte gracias a la habilidad de Laar para dominar a su caballo. El joven sabía muy bien que con un sola lanzada certera Waen le hubiera hecho volar por los aires como a una pluma. Espoleó a su montura para rodear la liza, pero cuando llegó junto al jinete caído éste ya se había puesto en pie y le aguardaba, encogido tras su escudo y enarbolando su maza. Laar se protegió y evitó casi por completo el primer ataque de su oponente, guiando a su caballo con la mano que sostenía el escudo y con las piernas. Hizo corcovear a Amanecer. Aprovechando el movimiento descendente del animal, su espada alcanzó el yelmo de Waen por detrás con un estruendo terrible. El príncipe de Kriuh casi dobló una rodilla en tierra, impotente ante una montura y un jinete que se movían como uno solo. Mientras retrocedía tambaleándose comprendió que si no desmontaba pronto a aquel mocoso descarado el signo del combate le sería adverso. Un nuevo golpe alcanzó a Waen en el yelmo y luego otro. Por mucho que el príncipe de Kriuh intentaba protegerse, Laar manejaba a su caballo con tanta facilidad que siempre le rodeaba y superaba su defensa desde lo alto. De repente Waen soltó la mano del asidero del escudo y lo sostuvo tan sólo por las correas del antebrazo, moviéndolo al tiempo que sacaba ocultamente la daga que llevaba en su cintura. Mientras soportaba otro golpe en el yelmo embistió el flanco del caballo con el recio hierro, pero en realidad cortó la cincha de la silla. Nadie llegó a verlo y, cuando Laar cayó al suelo entre exclamaciones de asombro, los presentes creyeron que sus arreos se habían roto.
Laar se puso en pie de inmediato, pero solo para caer otra vez bajo la maza de Waen que le arrancó el escudo del brazo con una violenta sacudida. Otro decidido golpe en el yelmo lo hizo rodar por el suelo antes de que pudiera interponer su espada. La hierba se acercó vertiginosamente a su visera y todo se volvió negro. Le estallaba el cráneo y sin embargo el golpe podía haber sido más fuerte. Laar, sumido en una confusión de dolorosas sensaciones, pensó que seguramente matar al hermano de la mujer que se cortejaba no era la mejor carta de presentación para un pretendiente y eso contenía la mano de Waen cuando le alcanzaba en la cabeza. El siguiente y brutal impacto de la maza lo levantó casi un palmo del suelo y sintió como el peto de la armadura se hundía, aplastándole las costillas y dejándole sin respiración. Laar decidió que a pesar de la presencia de Neeis, Waen por lo menos se daría el gusto de dislocarle un brazo o de romperle la mandíbula o varias costillas a la menor oportunidad. En seguida su mente se quedó en blanco, porque un tercer mazazo cayó sobre él intentado romperle el hombro. Una punzada de dolor borró cualquier otra sensación y por un momento el joven creyó que Waen había conseguido su propósito. Muy a pesar suyo había soltado su espada. Tenía que recuperar la iniciativa, pero el príncipe de Kriuh dejó caer su escudo y empezó a destrozarle, sosteniendo la maza con ambas manos, sin descanso, igual que si estuviera martilleando sobre un yunque, de tal manera que a Laar le era imposible hace nada más que resistir aquella infernal lluvia de golpes como podía. No veía donde estaba su espada y las embestidas de Waen le habían empujado casi hasta el escudo anaranjado y negro de su enemigo. El joven alargó el brazo a tientas para cogerlo. Y entonces entrevió a través de la visera retorcida como Waen, creyéndole derrotado, se había quitado el yelmo y alzaba la mirada hacia Neeis.
Laar sintió que la sangre le estallaba en las venas. Había pensado refugiarse tras el escudo de Waen, pero una oleada de rabia lo hizo ponerse en pie, poseído por una energía que ni él mismo había imaginado que le quedara. Si detenerse blandió el escudo alcanzando al príncipe de Kriuh con el borde por debajo de la barbilla. A pesar de la protección de la cota de malla, Waen trastabilló hacía atrás con los ojos desorbitados y sin resuello. Laar se despojó del yelmo deformado y, si hubiera podido, se habría arrancado también el peto porque sentía que le ahogaba. Sin embargo aguantó el dolor. Descubrió su espada a pocos pasos y la recogió, aunque cada movimiento le hacía sentirse como si se partiera en dos. Waen a pesar de estar encorvado y sin respiración, no había soltado su maza y trazó un arco defensivo con ella. El príncipe de Gyemayen recibió un duro golpe en el pecho que no le detuvo. Con una determinación casi febril empezó a golpear a Waen, porque sabía que debía derribarle antes de que recuperara el aliento. Un magnífico mandoble acertó a deslizar la hombrera y atravesó la cota de malla bajo ella. La hoja penetró por la axila e hizo que el príncipe de Kriuh soltara su arma y cayera por fin. A través de las juntas de su coraza la tierra empezó a teñirse de rojo. Tan solo la furia mantenía aún a Laar en pie, pero avanzó de inmediato y posó la punta de su espada en la garganta de Waen. Presionó contra su cuello con una expresión tan fiera que parecía endemoniado. Y por un momento Waen, tendido en el suelo, creyó en verdad que le mataría y que ni su condición de príncipe ni los aterrados gritos de sus cortesanos ni siquiera la amenaza de una guerra entre dos reinos tan poderosos le salvaría. Hizo un gesto con la cabeza reconociendo su derrota.
—Merecerías el mismo fin que le has reservado a tus oponentes. Y si no fueras príncipe de Kriuh e hijo de quien eres, por todos los dioses que lo tendrías.
Laar se sorprendió de lo ronca que se había escuchado su propia voz. De repente no pudo contenerse y le propinó una fuerte patada en la cara al príncipe de Kriuh. Waen cayó de lado.
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#6
(09/01/2017 08:26 PM)Momo escribió: Y al  menos, aunque no tengas la oportunidad de practicar con una espada, textos

A mi la policía no me deja probarlo pues no se porqué empiezo a matar gente por doquier, debe de ser como un tic de esos inevitables Big Grin


Bromas a aparte, la batalla de Irwin, aunque se be técnica la vi algo lenta y sobre todo sin alguna cosa que llame la atención. Una caída graciosa de uno de los dos espadachines? Un salto inverosímil? (en literatura vale más pasarse de fantasía que quedarse corto).
En lo general a la mayoría de lectores nos gusta ver algo sorprendente en las batallas, ya sena mágicas o de espada, pues para ver como se dan espadas a lo rollo juegos olímpicos pues ya pongo Teledeporte no?
Saludos.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
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#7
Creo que lo principal ya se ha dicho, pero bueno, a ver si digo algo nuevo:

Como lectora, lo que a mí me gustan son las peleas que me ayuden a entender a los personajes, situaciones emocionantes o que hagan avanzar la trama. Me aburre cuando las peleas se parecen entre sí: me gustan las peleas rápidas, algo inocentes y chapuceras pero también las que están calculadas: es divertido cuando se tiene en mente todas las armas disponibles del personaje y que lo ves luego usarlas, que sea inteligentemente o no. En todo caso, es importante que las peleas tengan una razón de ser o algún efecto que no parezca que caen del cielo para crear acción, algo que las haga memorables para los personajes.

Entre los elementos técnicos importantes de las peleas, resaltaría:

- los elementos que ayudan al lector a representarse más o menos la escena: dar la posición de los contrincantes, pero de manera ligera o intuitiva, describir los movimientos importantes que los lleven a situaciones diferentes, describir el entorno en el momento en que el personaje se fija en él por alguna razón (inicialmente, si ha tenido tiempo de preparar la pelea, o durante esta si no lo ha tenido). Este punto es muy importante para no perder totalmente al lector.
- Los pensamientos y reacciones: contribuyen a dar ritmo y a sentir lo que se cuenta.
- Como condimento al primer punto, añadiría las referencias a las sensaciones: si un personaje ha recibido una herida y le molesta en lo que hace, hay que recordarlo ; si es de noche y no se ve bien, también ; en definitiva, está bien recrear el ambiente sutilmente a lo largo de la batalla para que el lector la viva como el personaje y no deje de representársela a medio camino (no vale describir el entorno al principio y no poner luego ningún recordatorio).

Estos puntos son para mí ciertos en todo tipo de combate, que sea corto o largo.

Un ejemplo que va un poco de chufla y que se me acaba de ocurrir ahora (espero que cumpla con los requisitos que pongo, que si no… xD):

«Se armó de su bastón y entró en la caverna tan sigilosamente como pudo. Lo primero que notó fue el calor: una oleada ardiente lo abofeteó y lo atragantó.  Tosió, parpadeó y… se topó de narices con los ojos sorprendidos del dragón.  Por las gárgolas y sus huesos, pensó, boquiabierto. ¿No se suponía que era un dragonzuelo y no un dragón adulto? Apenas lo vio abrir sus enormes ollares, el humano se abalanzó hacia la derecha y evitó de milagro el zarpazo escondiéndose detrás de una estalagmita. La caverna era enorme, constató. Y ahora, tontamente, se había alejado de la salida y el dragón coleteaba, agitado, delante de esta. ¿Tendría hambre? Sin duda alguna.

Temblando un poco, porque, diablos, se suponía que no cazaba dragones tan grandes, el humano agarró el bastón antes de retroceder prudentemente, en busca de otra salida. Cuando oyó las pisadas detrás de él, creyó desmayarse y se giró lentamente para ver el gran bulto escamoso mirarlo con atención. El dragón embistió. ¡Que lo enterrasen vivo!, gruñó. Activó el bastón mágico que le habían prestado y arremetió con un grito feroz. Chocó brutalmente contra las escamas. Golpeó. Golpeó frenéticamente. Hasta que se dio cuenta de que el dragón lo miraba con ojos perplejos. No le hace daño, entendió, horrorizado.

Retrocedió bajo el alargado morro del dragón. Tragó saliva.

—Yo… er… lo siento —tartamudeó—. N-no quería… Digo. ¿Puedo marcharme ya?

Estoy muerto, pensó.
»

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Momo escribió:Se sentó sobre la tierra húmeda y aguardó pacientemente entre sombras, hasta que un poco más tarde tres de ellos se alejaron hacia las chozas para traer comida. Era ya por la mañana. Una mañana soleada. Férenwir se levantó y se acercó a hurtadillas hasta la parte de atrás del edificio de madera. No había ninguna otra puerta. Ni siquiera ventanas. Así que fue directo a la entrada principal. Apareció por la esquina y sorprendió al guardia de cabellos rojos que tenía más cerca. Lo golpeó duramente en la tráquea con el canto de la mano, dejándolo sin resuello. Su compañero desenvainó de inmediato. Férenwir se inclinó y eludió su golpe. Giró sobre sí mismo quedando de espaldas a él y le aferró el brazo que sostenía la espada. Torció el miembro con tanta violencia que oyó claramente el crujir de las articulaciones. El hombre bufó de dolor. La hoja, guiada con mano de hierro por Férenwir, rajó de parte a parte el pecho del soldado pelirrojo que también había conseguido desenvainar a duras penas. El profundo tajo dejó a la vista las costillas quebradas y el pelirrojo se desplomó en el suelo, mortalmente herido. Su compañero, tras el celestial, soltó una maldición. Consiguió desasirse, pero antes de que se separara de Férenwir, éste le propinó un brusco codazo en el estomago que lo hizo doblarse y retroceder dos pasos. Férenwir se giró y le soltó una patada en la cara. El guardia cayó hacia atrás con el rostro ensangrentado. Férenwir recogió su espada y le puso un pie en el pecho. Los ojos despavoridos del hombre estaban clavados en él, como si no pudieran ver ninguna otra cosa. Férenwir hundió la hoja en su garganta, con tanto ímpetu, que quedó clavada en la tierra. Se apoyó un instante en la empuñadura para recuperarse un poco, sin embargo el tiempo apremiaba y ni tan siquiera podía concederse ese pequeño lujo. Se dirigió a la puerta del granero y la derribó de un puntapié.

Leyendo tus párrafos, @Momo, puedo decir que los dos primeros me los leí de corrido sin ningún problema. El tercero me costó más y tuve que leerlo dos veces a partir de «Su compañero desenvainó de inmediato» para representarme la escena. No puedo decirte a ciencia cierta por qué, pero creo que es porque hay demasiado verbo de acción seguido.

- Cuando dices «sorprendió al guardia de cabellos rojos que tenía más cerca», al principio, estaría bien decir que son dos. Ya sé que has dicho que eran cinco y hay tres que se alejan, pero a mí me habría ayudado que me recordaras que 5-3=2 xD, sobre todo porque el personaje también hace esa resta mentalmente: es lo que importa, el número de contrincantes inmediatos.
- otro punto que veo es que da la impresión de que le quitas un poco de poder de acción a Férenwir, gramaticalmente hablando: en vez de ser Férenwir el que guía activamente la hoja para rajar al pelirrojo, es la hoja la que raja, y no se dice que ve activamente las costillas quebradas: no sé hasta qué punto eso empeora o mejora, habría que reformular y comparar las versiones. Me dejó confusa lo de esta hoja «guiada». ¿Es la de Férenwir o la del hombre que no es pelirrojo? Jojo, es que me he armado un lío.
- Por otro lado, en ese momento, cuando va a interesarse por el hombre al que ha agarrado del brazo, eché en falta un pensamiento de Férenwir diciendo algo así como «ahora a rematar el otro» o «uno menos» o por lo menos dejar claro que ese compañero es el que sigue agarrando (tuve que volver a leerme el principio de la batalla para recordar que el pelirrojo era el primero en ser atacado, tengo memoria corta xD).

Las últimas frases me parecieron buenas, con un buen ritmo final.

Bueno, estas son las impresiones que tuve en el momento. Ojo que yo tampoco soy una gran lectora de peleas así que mis dotes en eso no son muy de fiar ^^ Y bueno, escribir peleas la verdad no es algo fácil, sobre todo si uno quiere acompasar la rapidez de acción con la extensión del texto y aun así permitir al lector que se entere bien de todo.

Por último, os recomiendo que leáis este post de reddit y los comentarios:

fantasy_combat_general_myths_and_errors_about

Es interesante conocer algunos de esos mitos, como la duración del combate y esas cosas. Aunque tampoco creo que haya que ser un experto en pelea para escribir una buena escena: sólo hace falta no meter demasiado la pata para que alguien que sepa un poco del tema no se lleve las manos a la cabeza Smile
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#8
Hola, Rohman,

Me he leído tu fragmento, pero te confieso que me ha costado concentrarme. Ya sé que está sin corregir, pero es que cuando veo, por ejemplo, una lengua bípeda campando a sus anchas por un texto irremediablemente pierdo el hilo de lo que leo.  Wink
No conozco nada tuyo salvo esto y quizá esté equivocada, sin embargo me da la impresión de que tienes un montón de ideas exuberantes bullendo en tu cabeza y que lo único que te falta es afilar tus herramientas para expresarlas tal como tú las ves.  Cuesta trabajo y es lento, pero hay que dedicarle tiempo y practicar. Yo te retaría a que reescribieras esta misma escena como un experimento, para ver hasta donde puedes llegar si te pones en serio a ello. Es bastante corta y por lo tanto tampoco estamos hablando de un esfuerzo titánico. Y si te decides yo estaría encantada de comentar contigo los cambios que vayas haciendo. Pero al menos en la primera revisión los posibles errores/mejoras tendrías que intentar detectarlos tú solo, como la lengua bípeda que supongo quería ser una lengua bífida. O como esta frase: Cuando queden ochocientos pies del castillo de Koppens, detenéis los carruajes. Sé que hay gente del otro lado del charco y quizá  sea un giro de allí, pero así para mí no tiene sentido. Me suena "Cuando queden ochocientos pies hasta el castillo de Koppens, deteneis los carruajes". O también: "Cuando estemos a ochocientos pies del castillo de Koppens...." O quizá se debe a que simplemente no lo has revisado, pero esa revisión rápida después de la primera escritura atropellada para que no se te escape la idea te debe salir de forma natural y automática. Como respirar. No estoy hablando de estilo ni nada de eso, estoy hablando de volver el primer apunte inteligible.
Si tienes la más leve duda sobre el significado de una palabra, sobre puntuación, sobre lo que sea, tira de diccionario y de internet, que es lo que hago yo.

Referente a la escena ya te digo que me ha resultado un poco confusa. Creo que tus ideas son buenas, pero quizá te pierde la impaciencia de llegar a describir lo que más te motiva (magia espectacular, proezas durante el combate) y descuidas el resto. A veces no queda claro de que personaje estás hablando. También la acción salta de uno a otro bando y cuesta seguirla.
Yo siempre he pensado que un texto debe estar tan bien equilibrado como una buena espada. De que sirve una hoja perfectamente templada y afilada si no tienes una buena empuñadura para sujetarla. Con esto quiero decir que si te esmeras mucho en lo que te gusta escribir pero las escenas anteriores/posteriores son descuidadas, el conjunto se hunde y esa escena que tanto te gusta apenas brilla.
También me ha parecido que te gusta usar un lenguaje un poco arcaico en los diálogos, que me ha chocado un poco , pero eso en todo caso ya es una elección personal de cada uno.
Yo creo que la escena tiene potencial, pero resulta caótica porque aún no está corregida.

Bueno estamos aquí para mejorar y espero haberte servido de ayuda. Si quieres devolverme la "gentileza" puedes meterte con mis textos tanto como quieras Bash que para eso están aquí.
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#9
Holas Momo. La verdad que ese texto lo tengo que pulir mucho, lo puse de ejemplo, pues por desgracia, no tenía ninguno más para dar un ejemplo de batalla. Se que tengo que mejorar y justamente ese texto le falta pulir, es más un borrón pero ya me sirve de guía.
Y en esos estamos puliendo las herramientas poco a poco, pues aun servidor le cuesta pero en eso estamos.
Te pongo lo último que he escrito que es algo más de mi nivel, aunque ojo todavía me falta mejorar:


He realizado algún cambio, tanto por correcciones de Alerya como de última hora, para tener menos fallos y hacer mejor la lectura.

Los Reinos Perdidos cap 8 continuación


El sofoco empezaba a notarse tanto en los jamelgos como los jinetes, y uno podía dar gracias de que el sol estaba escondido entre esas nubes amenazantes de otra tormenta. Pasó un rato y fue entonces cuando los caballos empezaron a inquietarse; el corazón de las monturas latía como el tumultuoso movimiento de la rama a punto de caer; era el susurro del maldito bosque de Mertx. Y aunque transitaban por el camino, a ambos lados, entre la frondosidad, la atenta mirada de la bruja acechaba en cada sombra. Los jinetes que hace unos momentos reían, ahora no dejaban de observar a su alrededor; el miedo se apoderaba de ellos. El viento resonaba con el ímpetu de los tubos de un órgano maldito, rompiendo el inquietante silencio y dejaba en la fina brisa los susurros de las maldiciones del inframundo.
—Jinetes —alzó la voz Hussmar—, quinientas varas quedan para pasar la peor parte del sendero, abrid bien los ojos —intentó levantar la moral de los guardias.
«Puedo notar que alguien nos vigila» pensó mientras escudriñaba la oscuridad de su alrededor.
—Por cierto —dijo Rohman, mientras buscaba la mirada en guardia de su compañero de magia—. Hacía años que no cruzaba por estos senderos, y no puedo comprender por qué están tan cerca los árboles, ¿no es obligación de Koppens?
Hussmar sacudió la cabeza resignado.
—Si algo he aprendido de tanto viajar es la desidia de los reyes en las vías comerciantes, pero esta se lleva la palma…
—A nuestro regreso, a los reyes de Ergerder les expondré tal dejadez. No puede pasar por alto —remarcó Rohman.
Hussmar le devolvió la mirada.
Entonces fue cuando una niebla emergió de entre la espesura, y con ella el aire se enrareció; parecía el vapor que producía el hierro candente.
—¡Maldición! —gritó y agarró el casco y lo tiró al suelo—. Salid de mi vista —no paraba de lanzar los brazos en el aire, como si intentará matar una mosca.
Rohman al ver la situación, ejecutó un conjuró de luz: una pequeña vela mágica que iluminaba en cierta medida el camino.
—Yrgit —le dijo, levantando la creación que levitaba a escasos centímetros de  la palma de mano—. Que la luz de Doz te guíe; no escuches las voces —terminó, y fue cuando vio por unos instantes lo que el guardia había visto: los ojos de la bruja; ojos demoníacos de naturaleza indómita y amenazadora muerte, y que brillan como el fuego avivado.
«Nos acecha…» se dijo a si mismo, Rohman.
Por momentos, el sofocante calor dejó paso a un frío penetrante, y con ello trajo una repentina niebla. La luz portada por el conjurador fue neutralizada, y otra vez la visibilidad era casi nula. Lo poco que podía distinguirse entre la neblina eran las pocas hojas que habitaban en esos maltrechos árboles que, caían al paso de los jinetes como si alguien las esparciera explícitamente. Pero para suerte de los guardias, solo quedaba la mitad del camino donde el bosque casi rozaba el sendero. De pronto, unos ojos rojos asomaban entre los arbustos. Rohman, volvió a crear sobre su primer conjuro otra vela mágica, pero esta era de mayor intensidad. Esa renovada luz esclareció justo donde se encontraban los dos magos, y por primera vez podían divisar los horrores de años y años de magia oscura en el bosque. Los árboles tenían formas horripilantes y unas jaulas colgaban sin sentido; ¿pero qué o quién pondría jaulas en un lugar que nadie osaría pasar?
Rohman y Hussmar, lentamente se acercaron. Y fue cuando escucharon el crujido de una rama. El corazón les latía a mil por hora. Los dos agudizaron los sentidos, y se prepararon para lo peor. Entonces Rohman contempló algo que no cabía en su imaginación: entre las ramas deformadas y finas que parecían intentarle coger; varias jaulas colgaban, donde dentro, vivos o muertos, a varios cuervos. Era macabro de ver pues los demás pájaros del ébano se alimentaban de los que yacían muertos en esas “cárceles” mugrientas.
Los dos se alejaron y siguieron el camino.
Las sombras se movían entre la corteza de los árboles y danzaban a ritmo de la música del mismo diablo: la danza de la muerte. Fue en ese delirio, ese éxtasis, esa orgía del averno, cuando un ruido rompió el silencio.
Todos se miraron preocupados. De la intensa niebla, surgieron varias bandadas de murciélagos que volteaban muy cerca de las cabezas de los jinetes. El caos se apodero de los montadores que luchaban para zafarse de esas alimañas voladoras. Tal como aparecieron de la nada, volvieron a esconderse entre la espesura de la neblina, y eso aunque alivió al grupo, el temor de que volvieran aparecer se hacia latente.  
—¡¿Qué criatura emerge y desaparece súbitamente?! —dijo el capitán, cuya voz delataba la desesperación—. Este bosque hay que quemarlo —suspiró con rabia.

Y Momo para nada molestas, al contrario, uno siempre quiere aprender y más un servidor que soy el que lo necesito más xD Saludos.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
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#10
En el sitio de http://anakatzen.com/ hay todo un apartado acerca de combates, que les puede ser de soporte también.
"El que desea sacar la espada es un principiante. El que puede sacar la espada es un experto. El que es la espada misma es un maestro." —Risuke Otake.
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