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[Fantasía/Chicas Mágicas]La Leyenda de las Reinas de Cristal 1.1
#1
Muy bien... ya con mi novela registrada, os pido a ustedes que sean tan amables de leer mi novela por partes y puedan darme recomendaciones. 

Aquí está la primera parte del manuscrito:



La Legenda de las Reinas de Cristal
Ciclo 1, Parte 1: Victoria Hosenfeld. La Primera Cazadora
 
Escrito por Jaden Diamondknight
 
 
 
 La fiesta
 
 
 
 
“Hasta el día en que muera… hasta el día en que muera…” Esas eran las únicas palabras que salían de mi boca y que circundaban mi cabeza, posándome en la cima de una montaña de cadáveres de demonios, empuñando mi estoque, mirando hacia el horizonte, con un semblante frio y serio. Mi ropa estaba empapada de sangre, mi nariz estaba repugnada del olor a muerto y sangre; casi podría saborear la carne de los cadáveres que se encontraban bajo de mí… pero aun así, eso no me inmutaba en lo más mínimo. Mis ojos miraban más allá del horizonte, mirando hacia el futuro, viendo las cosas que iban a pasar en él; mirando las generaciones futuras de mi familia, que iban a seguir mis pasos. Miraba a mis hijos, mis nietos y bisnietos volverse cazadores de demonios, ya sea para fines altruistas o egoístas; generaciones futuras que iban a derramar su sangre y entregar su vida por sus principios. Ese semblante me hacía feliz por dentro… más aun así, me seguía diciendo a mí misma la promesa que le hice a mi ser más amado, aquel día en el cual decidí entregar mi vida por un futuro mejor.
 
6 de Enero de 1750 D.C. 9:30 A.M.
 
Me encontraba practicando esgrima con mis demás compañeros de clase, hasta que de pronto, durante el entrenamiento, termino derribando a unos de mis compañeros de clase, con el que tenía un combate de práctica.
-¡Aghhhhhh!- En eso, mi compañero que entrenaba conmigo caía al suelo duramente, estando boca arriba, retorciéndose un poco del dolor.
-¡Es suficiente!- Mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, se acercaba a donde estábamos ambos y detenía el combate. –La ganadora es la condesa Victoria.- Siendo declarada la ganadora, lo único que hice fue hacer una reverencia y volvía a mi lugar, en una esquina del cuarto, alejada del resto de mis compañeros, los cuales me ovacionaban. Pese a las muestras de halago de mis compañeros, yo no me inmutaba en lo absoluto; permanecía seria y distante con ellos, mientras veía a la ventana, observando cuan lento pasaba el tiempo, jugando con el mechón derecho de mí cabello rubio claro.
Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; solo eran susurros al viento… o al menos era lo que quería pensar…

 
5:00 P.M.
 
Un rato después del entrenamiento, los demás chicos y yo salimos con dirección a nuestras casas. Yo no tenía intención alguna de hablar con alguien en el camino, pero uno de mis compañeros míos decidió seguirme hasta mi casa. No quería ser grosera con el pobre muchacho, por lo que dejé que me siguiera.
-¡Increíble combate el de hoy, señorita Hosenfeld! En verdad eres la mejor esgrimista de todo Kartina.- Uno de mis compañeros de clase, de complexión delgada, cabello castaño rojizo y ojos cafés, de lentes, me decía esto, cargando su estoque con una de sus manos, saltando un poco, sonriendo amablemente.
–Gracias, Geraldo. Pero estoy segura que cualquier esgrimista profesional me ganaría en el primer set. No sé tú- Le decía al muchacho, limpiando el sudor de mi rostro, con una toalla que sostenía con mi mano derecha, frotando mi frente, mirándolo por encima del hombro. Me era lindo que él me diera esos halagos, más no me gustaba que me dieran crédito por logros que no ameritaba, especialmente los cuales eran meras exageraciones.
-¡Hablo en serio, señorita Hosenfeld! Usted es la mejor esgrimista de esta región de Kartina. La elegancia con la que se mueve, la precisión de sus ataques, la rapidez de sus bloqueos y sus evasiones; todo eso es casi insuperable para cualquiera de nuestra escuela. Dígame…- En eso, Geraldo se colocaba en frente de mí, viéndome son una sonrisa en su rostro. En mi caso, yo tenía el rostro cubierto con una capucha, para que no se me notase el rostro; eso es algo que solía hacer muy a menudo. -¿Qué es lo que la vuelve tan buena en esto? ¿Qué es lo que la impulsa a entrenar tanto y a pelear con tanta fiereza, más que la de cualquiera de este pueblo, señorita Hosenfeld?-
Al terminar de decirme esto, yo me paraba en seco y bajaba la cabeza, para de pronto subir la mirada, cruzando los brazos.
-¿En verdad quieres saberlo, Geraldo?- Le preguntaba a mi compañero, mientras volteaba a verlo de reojo.

–Uhmmmm… bueno… la verdad es que si.- Geraldo me respondía mi pregunta, rascándose la nuca con su mano derecha, sonriéndome un poco nervioso, con una gota de sudor en el lado izquierdo de la frente. En mi caso, lo único que hice fue suspirar, agachando la mirada.
–Estoy harta de la vida noble, Geraldo. Durante toda mi vida, he tenido que ser educada conforme mi clase social; aprender a hablar correctamente, comer platillos sofisticados de manera refinada, tener una postura elegante y firme, vestir con ropas finas y delicadas, optar por la diplomacia por encima de la violencia, etcétera. Me siento tan vacía por dentro; como si no tuviera alma alguna.
Cuando escuche que mi padre quería que practicara esgrima, no sabía a lo que me atenía; siempre pensé que los combates y las artes marciales son de salvajes. Pero después de unos días de entrenamiento con ustedes, mi manera de pensar cambió demasiado. El código ético que siguen los guerreros, ya sean esgrimistas u otra clase, así como la sensación de luchar cambiaron la perspectiva que tenía sobre ello. Por primera vez en mi vida, me había sentido realmente viva. Finalmente había encontrado una razón para vivir… Por esa razón decidí continuar entrenando, con todo el ahínco que mi propio cuerpo pueda entregar.- Le decía esto a Geraldo, empuñando mi mano derecha y la miraba hacia abajo. El combate lo era todo para mí… Antes de conocer a ella…

–Ohhhhh… Ha de ser difícil vivir bajo tantos privilegios y responsabilidades. Pero igualmente me alegra que hayas encontrado algo que te motive a seguir adelante, señorita Hosenfeld.- En eso, Geraldo colocaba sus manos en su cadera y me sonreía alegremente.
–Jejeje… Gracias.- Le decía al muchacho, mientras sonreía un poco, aun evitando que se me vea todo el rostro, rascándome mi algo larga nariz con mi mano derecha.
-Vaya... por lo común usted suele ser algo seria y poco expresiva, señorita Victoria. En verdad me sorprende verla sonreír. - Geraldo me recalcaba eso, mientras sonreía de manera más amplia, enseñando la dentadura.
– ¡Ni te acostumbres a eso, Geraldo!- Le decía esto al muchacho, mientras bajaba más mi capucha, con mi mano derecha, tapando más mi rostro. Sonreír no es algo que solía hacer con mucha frecuencia. No tenía por qué demostrar mis sentimientos hacia otras personas, si no era necesario. Si algo me molestaba, era que la gente se me quedara viendo; lo sentía como un centenar de agujas clavándose en mi cuerpo.
– ¡Anímese, Señorita Hosenfeld! Si usted es hermosa. Sonreír le hace ver aún más hermosa.- Antes de que Geraldo pudiera continuar con sus halagos, yo me enojaba y di la media vuelta, mirándole enfadada.
– ¡BASTA YA!- En eso, el joven acompañante retrocedía un poco, mirándome un poco aterrado. Al parecer le intimidó mi reacción. –No quiero que me trates como una dama delicada. ¡No quiero que nadie en este mundo me trate como una persona que solo sobresale por su belleza! ¡No quiero sus miradas tiernas, de sus halagos ni de sus caricias! Ser una guerrera es el camino el cual yo escogí. El combate lo es TODO para mí. ¡Quiero vivir para luchar! Y si tú o el resto del mundo no puede entender eso, ¡por mi pueden irse al infierno!-
Al haber terminado de decir esto, di la media vuelta y me fui yo sola a mi casa, dejando al otro muchacho sin palabras. En ese tiempo, me molestaba que me tratasen bien, por el simple hecho de ser bonita; lo consideraba algo deshonroso, tomando en cuenta el camino que había decidido recorrer. Pero esa perspectiva iba a cambiar, cuando terminaría conociendo a ella…

 
7:00 P.M.
 
Un rato después, finalmente llegué a mi casa, la cual estaba en la cima de una pequeña colina; a pesar de ser algo pequeña, ésta expulsaba un aire de misticismo al verla. Las estatuas de ángeles y diosas, así como los vitrales en las ventanas le daban un aspecto sagrado, que se veía intimidante de noche. Sin más preámbulos, entré a la casa, dando al vestíbulo, el cual estaba decorado con más estatuas y muebles de ébano. Mi familia es parte de la nobleza del reino de Kartina; un reino localizado en el norte del continente de Celes, el cual estaba localizado en el hemisferio norte del planeta. El clima del reino era comúnmente frio; solía nevar muy a menudo, pero de vez en cuando podíamos disfrutar de un día fresco, inclusive caluroso, durante los veranos. La economía del reino era estable, inclusive con las altas y las bajas que se daban, a consecuencia de las relaciones políticas con los otros reinos, naciones y tribus.
En el caso de mi familia, somos devotos a distintas deidades femeninas que han existido en este mundo. Poco se sabe de los orígenes exactos de mis ancestros, pero se dice que fueron bendecidos por las diosas.

– ¡Ya llegue, mamá!- Le gritaba a mi madre, mientras subía al tercer piso, para dirigirme a mi cuarto, el cual quedaba en el ala este de la mansión. Al haber llegado a éste, abrí la puerta y entre a mi cuarto, para quitarme la ropa; más precisamente, la capucha. El interior de mi cuarto era la definición de “minimalista”; lo único que había en mi cuarto era una cama personal, un ropero y un espejo. Nada de adornos ni artículos de belleza o cosas así.  Ya quitándome el yelmo, lo colocaba junto al ropero e iba a acostarme en la cama, mirando hacia el techo.
– ¡Victoria, la familia fue invitada a una fiesta en la capital, la próxima semana! ¿Vas a venir?- mi mamá me preguntaba esto, desde lo lejos. Yo me llevaba la mano derecha a la frente, con un rostro lleno de melancolía.
– ¿Ya qué? Parece que no tengo otra opción…- Le decía a mi madre, tapando mi cara con una de las almohadas de la cama, suspirando tristemente. No quería ir a la fiesta; se bien que las fiestas de la alta sociedad son aburridas a mas no poder. Pero el simple hecho de ser condesa, ya me comprometía a asistir. Gracias a Dios que pronto me arrepentiría de ese comentario, ya que en esa fiesta, conocería a ella…
 
13 de Enero de 1750. 7:30 P.M.
 
Ya era el día de la fiesta. Yo me había arreglado con un traje militar de gala, color rojo sangre y una camisa blanca, de corbata rosa, unos pantalones rojo sangre y unas botas café oscuro, con unos guantes blancos. Mi madre, una dama en sus 50 años, cabello castaño claro largo, rizado, de ojos violeta. Una complexión y rostro más robusto, de pechos medianos, cadera más ancha y piernas largas y torneadas, de unos 1.69 metros de alto. Ella estaba vistiendo un vestido de gala color azul oscuro, con encajes dorados, zapatillas y guantes azules. Mientras tanto, mi padre, un señor cerca de sus 60 años, cabello corto, ya cubierto de canas, de cejas grandes, rostro gordo, complexión robusta, pero más musculosa, de unos 1.85 metros de alto. Él vestía en un traje de gala blanco, con camisa negra, corbata blanca, pantalones blancos, guantes y zapatos negros.
–Jejejeje. Te ves divina con esa vestimenta militar, Victoria. No pensaba que la ropa de tu papá te quedara muy bien.- Mi mamá me decía esto, jalándome las mejillas con sus manos, sonriendo tiernamente. Pero ese gesto de cariño me molestaba.
–No soy una niña, mamá. Deja de jalarme las mejillas.- Le decía a mi madre, mientras retrocedía un poco y me quitaba sus manos de mi rostro, de manera un poco agresiva.
–Bueno, mis bellas damas, es hora de irnos a la fiesta. El carruaje está esperando por nosotros.- Mi padre nos decía esto, señalando con su pulgar derecho la salida de la casa, sonriéndonos alegremente. Mi madre se iba adelantando a la salida, pero yo me quedaba parada en el vestíbulo, con la cabeza baja, cruzándome de brazos. No tenía el más mínimo deseo de ir a esa fiesta, pero ya me había comprometido a ir, así que no era el momento para quejarme. Sin nada que decir, caminé hasta la salida de la mansión, para entrar al carruaje. Ya habiendo subido al carruaje, el conductor le da la señal a los sementales blancos, para empezar la larga cabalgada, hasta el castillo del emperador de Kartina, donde se celebraría la fiesta.
– ¿Te sientes bien, hija? Te he visto desconectada del mundo, últimamente.- Mientras yo estaba recargada en la ventana de ese carruaje de ébano, con refuerzos de oro y ruedas de mármol, mirando cómo es que la noche caía lentamente sobre nosotros, mi mamá apoyaba su mano derecha sobre mi hombro izquierdo, mirándome preocupada.
– ¿Yo? No, nada. Me siento bien, mamá. Gracias.- Le decía a mi madre, tratando de sonreírle, para contentarla.
–No nos mientras, jovencita. Algo te ha estado pasando desde que empezaste a ir a esgrima, hace años. Empezaste a aislarte del resto de la familia, dejaste tus tutorías y te dedicaste exclusivamente a la esgrima. ¿Se podría decir por qué?- Mi padre decía esto, apuntándome con el índice derecho, entrecerrando los ojos, mirándome sospechosamente. Yo bajaba la cabeza, frunciendo el ceño en señal de enojo, apretando los puños.
–Sabía que tarde o temprano tendría que hablar de esto…-
-¿Ehhhhh?- Mis papás bajaban la mirada, hacia donde yo estaba, observándome escépticamente.
–Estoy cansada de todo… estoy cansada de las clases de modales refinados, de la ropa fina, de las fiestas de la alta sociedad; estoy harta de la vida de la nobleza. ¡Quiero ser una guerrera! ¡QUIERO VIVIR PARA LUCHAR!- En eso, levantaba la cabeza y les miraba enfadada a ambos, con mis ojos azul celeste, pero en eso mi papá me daba una bofetada en la mejilla derecha.
– ¡Controla tu comportamiento, niña! Te mandamos a esgrima, porque tu mamá y yo pensamos que eso te iba a enseñar algo de disciplina. Pero al parecer esas clases solo te han vuelto más retraída y distanciada del resto de la familia. Dime, ¿al menos ya tienes clara tu razón para pelear? - Mi padre me reclamaba, mirándome con la ceja derecha levantada, frunciendo el ceño algo enojado, cruzándose de brazos, al mismo tiempo que mi mamá trataba de apaciguarlo, tomándole del brazo izquierdo, jalándolo hacia ella y yo le observaba directamente a los ojos, temblando del miedo, sujetando mi mejilla derecha.
–N-no… Si te soy sincera, aun no sé por qué razón quiero dedicarme al combate, papá… Solo quería dedicarme a ello, porque me hace sentir bien.- Le decía a mi padre, agachando la mirada, algo entristecida por esa realización.
 –Muy bien… de ser así, te daré unas lecciones de historia, para que aprendas un poco.- En eso, mi mamá y yo recobrábamos la compostura y nos dedicamos a escuchar las palabras de mi papá, el cual se acomodaba la solapa con su diestra mano. –Los samuráis son una clase guerrera del país de Sensha; país el cual está ubicado en el continente de Erhtía, la cual se dedica a proteger a su respectivo señor feudal, de cualquier daño que pueda pasarle. Su dedicación a su trabajo, así como su lealtad a su señor feudal y a su código ético, llamado Bushido, los vuelve excepcionalmente formidables y superiores al resto de las clases guerreras de ese país. Y si por alguna razón fracasaban en cumplir su misión o terminaban dando la espalda al Bushido, recurrían a un ritual suicida llamado seppuku, con el cual recobraban su honor.-
-Entonces… los samuráis son equivalente a los paladines, ¿verdad?- Cuando mi padre terminó de decirme eso, pedí la palabra para aclarar mis dudas, levantando la mano derecha, ladeando mi cabeza hacia la derecha.
–Algo así. Pero a lo que voy es a esto, niña… Si vas a dedicar tu vida al combate, como MINIMO debes de tener un código de honor al cual adecuarte y una razón por la cual luchar. ¡No puedes andar por la vida, peleando por ninguna razón! Esta actitud va a terminar destruyéndote tarde o temprano. Si vas a abandonar la nobleza, para dedicarte a la esgrima, por mí está bien. Pero lo que no está bien es que arruines tu vida yendo en círculos, lastimando a otra gente, solo porque eso te hace sentir mejor.- Las palabras de mi padre me habían dejado atónita; en ese entonces, jamás había pensado en ello. Jamás me había puesto a pensar porque razón quería pelear. Solo entrenaba porque eso me hacía sentir bien.
–Bue-bueno… la verdad es que jamás había pensado eso. Además de que no sé porque quiero luchar…- Le decía a mi padre, mientras bajaba la cabeza avergonzada y colocaba mis manos en mi regazo.
–Ahí está el problema, niña. Pero no te preocupes. Si en verdad tanto deseas volverte un espadachín, tarde o temprano vas a encontrar tu razón para luchar.- En eso, mi papá me acariciaba la cabeza con su diestra, riéndose a carcajadas. Mi mamá le acompañaba con una risa delicada y yo le sonreía. Era la primera vez que me sentía feliz por el hecho de platicar con ellos. Pero aún me faltaba algo; esa razón por la cual quería pelear; y esa razón la iba a conocer esa misma noche…
 
9:00 p.m.
 
Después de un largo viaje, habíamos llegado finalmente a la capital del reino de Kartina: la ciudad de Pralvea. La ciudad era y aún es ENORME; aproximadamente de unos 500 kilómetros cuadrados. La arquitectura entera, desde las calles y avenidas de la ciudad, hasta los más altos edificios del reino, estaban hechos de roca duramente sólida, adornados con pilares, esculturas e inscripciones de distintos tipos. Un aspecto muy poco colorido; abundaba mucho el gris y el café. Como era de noche, todo estaba MUY desolado; sólo se veían a algunas prostitutas vagar por las calles, así como gente que solía trabajar en turnos nocturnos y otros que iban a bares u otros lugares así. Eso sí… había mucha iluminación, por donde quiera se miraba. Una persona podría quedarse ciega durante la noche, de tanta luz que emanaban las lámparas de aceite que colgaban de los postes de la calle y de las casas.
Nuestro carruaje continuaba avanzando por la avenida principal, hasta que finamente llegamos al castillo de la familia imperial. Si el tamaño de la ciudad era colosal, el castillo tampoco se quedaba atrás; el castillo, más que castillo, era una ciudad interna, de 100 kilómetros cuadrados. Había edificaciones que servían como cuartos de huéspedes, donde se hospedarían las personas que quisieran pasar la noche en el castillo o que también servían como albergue en caso de que pasase una catástrofe. Otros edificios servían como almacenes y tiendas, donde se podrían reabastecer los damnificados o los invitados. Y al oeste de la ciudad interna, se podía apreciar el monumental castillo imperial. No había una edificación que identificara al entero reino de Kartina, era el castillo de la familia imperial; solo la torre más alta medía 100 metros. La estructura principal del castillo tenía incrustaciones de piedras preciosas, las cuales resplandecían durante la noche, cuando la iluminación nocturna se alzaba. Aproximadamente unas 100 habitaciones en total, las cuales consistían, en su mayoría, en más habitaciones para huéspedes. Una pequeña laguna en el extenso jardín del castillo, cual cristalina como el hielo, pintado de un color más rojizo que el resto de la ciudad. Protegido por un millar de soldados, los cuales no se iban a mover de su lugar, sin importar lo que pasase, así como atalayas, en las cuales, se encontraban centinelas, los cuales custodiaban en castillo, como un halcón.

–Muy bien, chicas, hemos llegado.- Mi padre nos decía esto, a mi mamá y a mí, en lo que los tres observábamos el castillo y nos dirigíamos hacia la entrada, donde uno de los sirvientes nos diría donde estacionar nuestro carruaje.
–Por aquí, señor Homero.- El sirviente le decía a mi padre y al conductor del carruaje, indicando la dirección en la cual íbamos a estacionarnos. Logramos estacionarnos cerca de la entrada, al lado de otras dos carrozas; una blanca y otra negra. Me había llamado la atención la carroza negra. No era algo muy común ver una carroza de ese color. Ya habiendo bajado, los tres nos dirigimos a la entrada del castillo imperial. No tenía tiempo para contemplar algo tan trivial como una carroza de color distinto.
Ya habiendo entrado a las instalaciones principales, nosotros nos topábamos con el hermoso panorama de ese lugar y de esa noche. Una enorme sala principal, decorada con estatuas de ángeles hechas de mármol, candelabros de oro, vasijas y vitrales hechos del más fino vidrio que se pudiera encontrar en el reino. Y en el centro de todo eso, una fuente  grande, con la figura de la diosa Afrodita y con zafiros incrustados en ésta. La sala estaba repleta de gente importante, la cual había sido invitada a la fiesta; desde otros miembros de la realeza y la nobleza, hasta figuras populares, como músicos, científicos, miembros de la guardia imperial, etcétera. Si les soy sincera, no me importaba nada de eso; de todos modos, la mayoría de la gente que estaba reunida, era tan superficial y hueca como una vasija de barro.

–Pffff… que desperdicio de tiempo…- Yo decidí alejarme de los demás invitados, evitando decirle esto a mi familia, dirigiéndome hacia las afueras del castillo.
Ya habiendo salido de las instalaciones, voy a recargarme a uno de los muros del castillo, deseando que el tiempo pasara un poco más rápido, para poder irme de ahí. Estaba a punto de cerrar los ojos y ponerme a meditar un poco, hasta que de pronto me topo con ella… la mujer de la cual me enamoraría de por vida. La mujer que me hechizó con solo una mirada; una mirada que me cautivaría toda mi vida…
Una bella dama de 19 años, 1.64 metros de alto, busto grande, una cintura algo carnosa, unas caderas muy anchas, piernas largas y muy bien cuidadas. Cabello negro azulado, largo, alaciado, de ojos verde esmeralda. Una nariz pequeña y respingada, unos labios carnosos y todos rojos, cual berenjena. Una mirada que demostraba un inmenso amor, calidez y compasión por el mundo; esa mirada que haría que hasta el más peligroso psicópata se volviera el filántropo más grande del mundo entero. Una mirada que terminaría esclavizándome por el resto de mi vida.
Ella estaba vistiendo un lujoso vestido de gala, color azul real, con encajes de zafiro y amatista, unos guanteletes azules, aretes y collar de zafiro. Esa misma noche, sentía que había presenciado a una diosa, en frente de mí. La belleza y delicadeza de esa chica me había cautivado por completo, a tal punto en que, sin darme cuenta, mis pies empezaron a caminar con dirección a ella. Ella había salido de esa extraña carroza negra y ahora se encontraba saludando a algunos de los invitados de la fiesta, devolviéndoles sonrisas amables a los quien saludaba, cuando de pronto, volteaba hacia donde yo estaba, viendo cómo es que me dirigía hacia ella.

–Buenas noches, señorita.- La muchacha me decía esto, mientras me sonreía tiernamente, como una sirena cantando en el agua de un rio. La voz de ella era tan melodiosa y delicada. Casi como si me estuvieran cantando una canción de cuna. Me sentía completamente hipnotizada hacia la encantadora duquesa, hasta que de pronto, ésta empieza a mirarme preocupada.
– ¿Se siente bien, señorita?- La chica me preguntaba, mientras ladeaba la cabeza hacia su izquierda, colocando sus manos en su regazo. Cuando ella me preguntó esto, inmediatamente salgo de su trance inducido por su belleza y la miraba avergonzada, con la cabeza hacia abajo, jugando con las yemas de mis dedos, con el rostro sonrojado. Me sentía tan poco digna ante su belleza; era como si una hormiga tratara de comparar su tamaño con el de un elefante.
–Ahhhh-a-ahhhh… ¡Sí! Si estoy bien, señorita. Muy buenas noches, para usted también.- Le decía a la señorita, colocando mis manos detrás de mi espalda, sonrojándome aún más. Me sentía tan caliente en ese momento que en verdad pensé que me iba a desmayar. – ¿C-como se llama?- Entonces, mis rodillas empezaban a tambalearse, al mismo tiempo en que mis brazos temblaban.
–Mi nombre es Katalina Montesco. Un placer conocerle, señorita.- En eso, la señorita Katalina me daba su nombre, entrelazando sus manos sobre su regazo, devolviendo una mirada cálida y alegre. Yo me quedaba impactada ante la identidad de la chica. ¡La duquesa y única hija de la familia Montesco: Katalina Montesco! La familia de ella era reconocida por ser una familia compuesta por famosos alquimistas, en el reino de Kartina. Se decía que su tatarabuelo, Patrick Montesco, fue el fundador de la universidad de alquimistas, ubicada al norte del reino.
– ¿¡Eres nieta del fundador de la escuela de alquimistas!?- Le decía a la joven duquesa, mientras mi mandíbula casi caía al suelo de la impresión, mirándole con los ojos bien abiertos, que casi podían salirse de mis cuencas.
–Así es. Él era mi abuelo…- Katalina me decía esto, tratando de proyectar una sonrisa, pero en eso bajaba la miraba y se entristecía, colocando sus manos en el regazo.
– ¿Qué pasa, señorita Montesco? - Le preguntaba a la chica, mientras ladeaba la cabeza hacia la izquierda y le observaba intranquila, inclinando mi cuerpo hacia adelante.
–No… no me gusta la alquimia. Es todo.- La duquesa ladeaba la cabeza hacia la derecha, evitando verme a los ojos, pero lograba ver una pequeña lagrima recorrer su bello rostro. Me destrozaba el corazón, ver a una diosa tan bella desmoronarse así. No sabía que decirle para animarla.
– ¿E-entonces que está estudiando, señorita Montesco? ¿O a qué se dedica? - Le decía a la joven duquesa, mientras colocando mis manos en mi espalda, colocando la punta de mi pie derecho en el suelo, haciendo un pequeño hoyo en el suelo, mirado al suelo un poco entristecida.
–Estoy yendo a la escuela de magia de Pralvea. En serio me atrae la idea de aprender a manipular el agua, aire, tierra y fuego.- La chica me decía esto, sonriéndome ampliamente, inclinando su cuerpo hacia adelante. – ¿Y usted que está estudiando, señorita… ahmmmm…? -  En eso, Katalina preguntaba esto, colocando su dedo índice derecho en los labios de su boca y bajaba la cabeza, con un rostro sonrojado y escéptico.
–Hosenfeld. Mi nombre es Victoria Hosenfeld. Y yo ando entrenando en el arte marcial de la esgrima. Un placer, señorita.- Le decía a Katalina, sonriéndole elegantemente y hacia una reverencia, besando su mano derecha, como muestra de respeto.
–Hosenfeld….He escuchado hablar de tu familia, señorita. Sé que ellos son devotos a distintas deidades femeninas, existentes en el mundo. Además del hecho que fueron héroes de guerra, hace casi más de 500 años atrás.- La duquesa me decía esto, dirigiendo su mirada hacia el cielo nublado, con el dedo índice derecho aún en sus dulces labios carnosos. Se veía tan divina así; parecía una niña indefensa…
-Jejeje… La verdad es que si lo somos. Nuestros antepasados nos han tratado de meter eso en la cabeza, por alguna extraña razón. En mi caso, yo pensaba que las diosas no existían… hasta ahora…- Le decía a Katalina, subiendo la mirada y sonriéndole bobamente, con mis manos entrelazadas entre la espalda. Si hubiera podido ver mi expresión facial en ese momento, estoy segura que me hubiera muerto de vergüenza a los pocos minutos después. Pero simplemente no podía contener lo que sentía por la joven damisela. Ella era y AÚN es una diosa para mí.
– ¿Y por qué dice eso, señorita Hosenfeld?-  La damisela me preguntaba esto, ladeando su cabeza hacia la izquierda, mirándome de manera algo interesada.
–Bueno… digamos que hoy conocí a la diosa más hermosa de todas. Es todo.- En eso, me llevaba las manos a la nuca y le sonreía a Katalina, mostrando la dentadura.
–Jejeje… Me alegra escuchar eso de su parte, señorita Hosenfeld. Me alegra que la esté pasando bien, por su parte.- La duquesa me decía esto, devolviéndome la sonrisa, pero la suya era más delicada, a comparación de la mía.
–Disculpe, señorita Montesco… ¿le gustaría pasar la velada conmigo, hablando en el jardín del castillo?- Le preguntaba a Katalina, estirando la mano derecha, pidiéndole la mano para llevarla al jardín, donde continuaríamos la conversación.
–Con mucho placer, señorita Hosenfeld.- En eso, la joven duquesa me daba su mano, en lo que ella me sonreía gentilmente. Su mano se sentía tan cálida y suave. También pude sentir las emociones que estaba transmitiendo en ese momento a través de mí. Podía sentir lo que ella estaba sintiendo en ese momento; esa emoción, ese sentimiento era cariño. Ante esa agradable sensación, yo también le sonreí gentilmente y la encaminaba hasta el jardín.
Ambas habíamos entrado al salón principal, donde estaban los demás invitados, ya que el acceso al jardín se encontraba al fondo de la izquierda del salón principal. Pero en eso, mi papá y mi mamá me veían pasar desde lo lejos, tomada de la mano de la duquesa.

–Oye, hija, ¿A dónde vas? ¿Y quién es la señorita con la que andas?- Mi madre me decía esto, haciéndome una seña con la mano derecha, sonriéndome. Quería ignorarla por completo, pero Katalina se detuvo de golpe, por lo que volteé a verla, tan nerviosa que el sudor de mi frente se hacía muy evidente.
– ¿Esa de allá es tu madre, señorita Hosenfeld?- La joven duquesa volteaba con dirección a donde estaban mis padres, mirándoles detenidamente, devolviéndoles el saludo.
–Si… son ellos…- Le decía a la chica, mientras cerraba los ojos y ponía una mueca algo molesta, agachando la mirada.
-¿Te gustaría ir a presentármelos, señorita Hosenfeld?- En eso, Katalina voltea a verme a mí y me observaba con una sonrisa delicada. En serio no quería ir a hablar con mis padres, pero no había manera de que pudiera resistirme a esa mirada de la bella duquesa; una mirada que expresaba inocencia y dulzura.
–E-está bien, señorita Montesco…- Le decía a la chica, sonriéndole gentilmente y así empezamos a caminar hacia donde estaban mis padres, más precisamente, al lado izquierdo de la fuente.
–Vaaaaya, Victoria~, ¿y quién es tu linda acompañante?- Mi padre me decía esto, acariciándome la cabeza con su mano derecha, sonriendo de manera burlona.
–Mi nombre es Katalina Montesco, de la familia Montesco. Es un placer conocerles.- La joven duquesa les decía esto a mis padres, haciendo una reverencia a los dos.
 – ¡Con que usted es la joven Duquesa Montesco! Habíamos escuchado hablar de su familia, señorita Montesco.- Mi padre le decía esto a Katalina, inclinándose hacia adelante, sonriendo algo impresionado, por las palabras de mi acompañante. –Nosotros somos los marqueses Homero Hosenfeld y Adelaida Redmont Hosenfeld, padres de la pequeña cría aquí presente, la condesa Victoria Hosenfeld.- En eso, mi papá abrazaba a mi mamá de la cintura y a mí de los hombros, sonriendo orgullosamente, al igual que mi mamá. Yo solo suspiraba molesta, bajando la mirada.
–Jejeje… la señorita Hosenfeld no me había dicho que ella era condesa.- Katalina decía esto, cubriendo su boca con su mano izquierda y reía delicadamente.
–La  verdad es que Victoria quiere abandonar la nobleza y volverse una paladina o algo así, señorita Montesco.- Mi mamá le decía esto a Katalina, mientras yo trataba de quitarme de encima a mi padre.
–Ma… quería acompañar a la señorita Montesco al jardín imperial. Ahora, si me disculpan, ella y yo nos iremos inmediatamente.- Le decía a mis padres, colocándome a la derecha de la duquesa y les sonreía a los tres, con el rostro algo rojo por lo nerviosa que me encontraba.
–Jejeje… Debiste haberle caído muy bien a mi hija, como para que ella desee estar a solas con usted, señorita Montesco.- Mi mamá decía esto de forma burlona, colocando sus manos en su regazo, mientras que yo me sonrojaba aún más.
– ¡Volvemos en un rato, mamá!- Terminado de decir esto a mis padres, tomaba la mano de la chica y salimos corriendo hacia el jardín, cortando la conversación en seco. Ya no podía soportar la vergüenza que me hacían sentir mis padres, en ese momento.
– ¡Espere, señorita Hosenfeld! ¿Al menos sabe por dónde queda el jardín?- La duquesa me cuestionaba esto, tratando de seguir mi ritmo a cómo podía; casi tropezándose por lo rápido que la estaba llevando y por el hecho que estaba usando tacones en esa ocasión.
–Por supuesto que sí, señorita Montesco. Si no es la primera vez que vengo al castillo. ¿Acaso usted no había venido aquí antes?- Le preguntaba a la joven Duquesa, abriendo la puerta que daba acceso al jardín.
–Bueno… la verdad…-Antes de que mi acompañante pudiera terminar la sentencia, ambas llegamos al jardín imperial, donde podríamos estar a solas. El jardín imperial era de al menos unos cuatro kilómetros cuadrados; dos de esos, ocupaba la laguna cristalina, que estaba en medio de éste. Abundaban mucho las rosas y los lirios de distintos colores, los cuales adornaban las pasarelas del jardín. A lo lejos, se podía ver una mesa y unas sillas, donde el emperador y su familia salían a comer.
–Esta es la primera vez que había venido aquí…- La joven duquesa se quedaba admirando la inmensidad de ese jardín, mientras que yo volteaba a verla con la ceja derecha levantada, ladeando mi cabeza hacia la izquierda. ¿En serio esta es la primera vez que ella había venido al castillo? Creía que alguien de su nivel, venía muy a menudo a lugares como éste.
– ¿No había estado en el castillo antes, señorita Montesco?- Le preguntaba a Katalina, sentándonos ambas en el césped del jardín, mirando cómo es que ya empezaba a nevar.
–La verdad es que no, señorita Hosenfeld. De hecho, esta es la primera fiesta de la alta sociedad a la que he ido,…- La chica bajaba la mirada, algo entristecía, acercándose a mí  por la izquierda. –Me la he pasado casi toda mi vida estudiando magia, aprendiendo a manipular los cuatro elementos esenciales; tardé cinco años en aprender a usar magia tipo agua y unos siete a usar magia viento. Desgraciadamente, mis padres no parecen entender eso. Ellos aún me insisten que deje la magia y me dedique a la alquimia- Mientras me decía eso, Katalina recargaba su frente sobre sus piernas, achicandose. Al parecer, la bella duquesa y yo, estábamos pasando por el mismo predicamento; queremos tomar caminos distintos a los que nuestros antepasados habían tomado, pero nuestros padres no nos dejan. Bueno… mi padre si me dejara volverme una guerrera, pero aún debía encontrar ese “algo” por lo que debía pelear.
–Bueno… la verdad es que no somos muy diferentes, señorita Montesco… mire…- En eso, la bella damisela y yo empezamos a platicar sobre nuestras vivencias, nuestras propias anécdotas y nuestras aspiraciones. Ella me había dicho que deseaba volverse aprender a usar el éter; el quinto elemento divino, el cual solo podía aprenderse al haber aprendido a usar los otros cuatro elementos anteriores. Ella deseaba aprender a usar el éter, para aprender más de su funcionamiento y cómo es que éste está ligado con la magia y el mundo humano. Yo le había dicho acerca de que quería volverme una guerrera, pero necesitaba ese “algo” para pelear. Me era demasiado contrastante la diferencia de pensamientos y de direcciones que ella y yo teníamos; Katalina quería usar sus habilidades para entender más sobre este mundo. Yo aún no sabía porque quería pelear. Me sentía tan miserable e indigna al lado suyo. Pero quien iba a decir que nuestros caminos terminarían por entrelazarse, en unos años más…
 
14 de Enero de 1750. 12:00 A.M.
 
Katalina y yo nos habíamos pasado TODA la noche hablando en el jardín imperial. Al final de la noche, ambas nos encontrábamos riendo de nuestras conversaciones, nuestros chistes y nuestros puntos de vista, no sin antes haber pasado por un poco de agrias lágrimas de tristeza.
–Jajajajaja… Me cae muy bien, señorita Hosenfeld. Usted y yo podremos ser muy buenas amigas.- La bella damisela me decía esto, sosteniendo mi mano derecha con sus dos finas manos. El hecho de que haya usado la palabra “amigos” para referirse a nuestra nueva relación, laceraba mi corazón lentamente, como filosas cuchillas. Es como si estuviera rasguñando mi pecho con sus propias uñas.
-Sí... amigas.- Le decía a Katalina, tratando de sonreírle de vuelta, pero el dolor que estaba sintiendo no me lo permitía del todo. Quería decirle cuando la adoraba, como una diosa; pero el dolor y el miedo no me lo permitía.
– ¡Oye, Victoria, ya nos vamos, hija! Despídete de la señorita Montesco rápido.- Mi papá me gritaba desde la puerta de acceso del jardín, por lo que las dos volteamos a ver con esa dirección.
–Bueno… al parecer este es el fin de la conversación y de la velada, señorita Montesco…- Le decía a Katalina, agachando la mirada, un poco entristecida.
–No se preocupe, señorita Hosenfeld. Podremos continuar nuestra conversación en otra ocasión.- La joven duquesa me decía esto, sonriéndome tiernamente, ayudándome a levantarme. En eso, yo le devolvía la sonrisa. –Puede venir siempre que usted lo desee a mi casa, a las afueras de la ciudad de Pralvea.-
-Jejeje… Está bien, señorita Montesco.- Le decía a ella, soltando su mano y luego hacia una reverencia, como muestra de mi respeto. -Nos veremos otra vez, señorita Montesco.- En eso, salía caminando con dirección al interior del castillo, para ir al estacionamiento.
– ¡Recuerde estas palabras, señorita Hosenfeld! Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar.- Terminada de decir esta frase, la duquesa se despide con una cálida sonrisa en el rostro, mientras me despedía de ella. Un rato después, mis padres y yo subimos a nuestra carroza y salimos de ese lugar.
–Dime, hija mía… ¿te divertiste esta noche?- Mi padre me decía esto, mientras se recargaba en sus piernas y me observaba detenidamente.
–Como nunca en mi vida, papá. Jamás olvidaré esta noche.- Le decía a mi padre, observando el panorama nocturno de esa noche nevada.
–Me alegra que hayas conocido a alguien quien te cayera bien, Victoria.- Mi madre me decía esto, sonriendo gentilmente, acariciándome la cabeza con su mano derecha.
–Y mi corazón reboza de felicidad por la idea de poder volver a verla otra vez, puesto que la fuerza de nuestra alma nos llevará al mismo lugar.- Le decía a mi madre, sonriendo emocionadamente, esperando con ahínco poder visitar a Katalina… la persona a la cual le entregaría mi vida. Aquella persona cuyo camino la llevaría al mismo lugar que al que yo voy.


Espero su respuesta, muchachos. :p
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#2
“Hasta el día en que muera… hasta el día en que muera…” Esas eran las únicas palabras que salían de mi boca y que circundaban mi cabeza, posándome en la cima de una montaña de cadáveres de demonios, empuñando mi estoque, mirando hacia el horizonte, con un semblante frío y serio. Frase demasiado larga sin mucho sentido. Mi ropa estaba empapada de sangre, mi nariz estaba repugnada del olor a muerto y sangre; casi podría saborear la carne de los cadáveres que se encontraban bajo de mí… pero aun así, eso no me inmutaba en lo más mínimo. Mis ojos miraban repetición, pon observaba o lo que veas más allá del horizonte, mirando hacia el futuro, viendo las cosas que iban a pasar en él; mirando las generaciones futuras de mi familia, que iban a seguir mis pasos. Miraba a mis hijos, mis nietos y bisnietos volverse cazadores de demonios, ya sea para fines altruistas o egoístas; generaciones futuras que iban a derramar su sangre y entregar su vida por sus principios. Ese semblante me hacía feliz por dentro… más aun así, me seguía diciendo a mí misma la promesa que le hice a mi ser más amado, aquel día en el cual decidí entregar mi vida por un futuro mejor.

6 de Enero de 1750 D.C. 9:30 A.M.

Me encontraba practicando esgrima con mis demás compañeros de clase, hasta que de pronto, durante el entrenamiento, termino derribando a unos de mis compañeros de clase, con el que tenía un combate de práctica. Frase algo mal estructurada y que repites palabras sin que sea necesario, te pongo una sugerencia: " Me encontraba practicando esgrima con mis demás compañeros de clase, y en un uno de los combates de práctica, terminé derribando a uno de mis amigos.
- este signo no es es el largo¡Aghhhhhh!- En eso, mi compañero que entrenaba conmigo caía al suelo duramente, estando boca arriba, retorciéndose un poco del dolor. Otra frase que puede mejorarse, ya que no añades ningún inciso y se nota fría.
-¡Es suficiente!- (levantó la voz, o ordenó, incisos que dan más fuerza a los diálogos) Mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, se acercaba a donde estábamos ambos y detenía el combate. –La ganadora es la condesa Victoria.- Siendo declarada la ganadora, lo único que hice fue hacer una reverencia y volvía a mi lugar, en una esquina del cuarto, alejada del resto de mis compañeros, los cuales me ovacionaban. Pese a las muestras de halago de mis compañeros, yo no me inmutaba en lo absoluto; permanecía seria y distante con ellos, mientras veía a la ventana, observando cuan lento pasaba el tiempo, jugando con el mechón derecho de mí cabello rubio claro.
Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; solo eran susurros al viento… o al menos era lo que quería pensar…

5:00 P.M.

Un rato después del entrenamiento, los demás chicos y yo salimos con dirección a nuestras casas. Yo no tenía intención alguna de hablar con alguien en el camino, pero uno de mis compañeros míos decidió seguirme hasta mi casa. No quería ser grosera con el pobre muchacho, por lo que dejé que me siguiera.
-¡Increíble combate el de hoy, señorita Hosenfeld! En verdad eres la mejor esgrimista de todo Kartina.- Uno de mis compañeros de clase, de complexión delgada, cabello castaño rojizo y ojos cafés, de lentes, me decía esto, cargando su estoque con una de sus manos, saltando un poco, sonriendo amablemente.
–Gracias, Geraldo. Pero estoy segura que cualquier esgrimista profesional me ganaría en el primer set.  Esto va aparte pues habla otro personaje.
No sé tú- Le decía al muchacho, limpiando el sudor de mi rostro, con una toalla que sostenía con mi mano derecha, frotando mi frente, mirándolo por encima del hombro. Me era lindo que él me diera esos halagos, más no me gustaba que me dieran crédito por logros que no ameritaba, especialmente los cuales eran meras exageraciones.
-¡Hablo en serio, señorita Hosenfeld! Usted es la mejor esgrimista de esta región de Kartina. La elegancia con la que se mueve, la precisión de sus ataques, la rapidez de sus bloqueos y sus evasiones; todo eso es casi insuperable para cualquiera de nuestra escuela. Dígame…- En eso, Geraldo se colocaba en frente de mí, viéndome son una sonrisa en su rostro. En mi caso, yo tenía el rostro cubierto con una capucha, para que no se me notase el rostro; eso es algo que solía hacer muy a menudo. -¿Qué es lo que la vuelve tan buena en esto? ¿Qué es lo que la impulsa a entrenar tanto y a pelear con tanta fiereza, más que la de cualquiera de este pueblo, señorita Hosenfeld?-
Al terminar de decirme esto, yo me paraba en seco y bajaba la cabeza, para de pronto subir la mirada, cruzando los brazos.

Holas Jaden, te he corregido una parte pues tienes fallos de formulación de diálogos, y bastante, pero también en repeticiones, eso es menos grabe pero si que demasiadas dice al lector que no es un escrito pulido.
Alguna frase chirría y se puede mejorar, al igual que los incisos que aportan mucha viveza a los protagonistas, úsalos sin miedos, pero bien: Gritó, amenazó etc...
Otro día me leo algo más. Y mírate los de diálogos que es dónde más fallas.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
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#3
Gracias por el dato. Iré a corregirlo inmediatamente. nwn
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#4
La Legenda (leyenda) de las Reinas de Cristal
Ciclo 1, Parte 1: Victoria Hosenfeld. La Primera Cazadora

Escrito por Jaden Diamondknight



La fiesta




“Hasta el día en que muera… hasta el día en que muera…” Esas eran las únicas palabras que salían de mi boca y que circundaban mi cabeza, posándome (el gerundio me resulta raro aquí, mejor si dices: mientras me posaba) en la cima de una montaña de cadáveres de demonios, empuñando mi estoque, mirando hacia el horizonte, (esta coma sobra) con un semblante frío (falta la tilde) y serio. Mi ropa estaba empapada de sangre, mi nariz estaba repugnada (mejor decir "saturada") del olor a muerto y sangre; casi podría saborear la carne de los cadáveres que se encontraban bajo de mí…(a mis pies/bajo mis pies) pero aun así, eso no me inmutaba en lo más mínimo. Mis ojos miraban más allá del horizonte, mirando hacia el futuro, viendo las cosas que iban a pasar en él: mirando las generaciones futuras de mi familia que iban a seguir mis pasos; Miraba a mis hijos, mis nietos y bisnietos volverse se convertirían en cazadores de demonios, ya sea para fines altruistas o egoístas; generaciones futuras que iban a derramar su sangre y entregar su vida por sus principios. Ese semblante me hacía feliz por dentro… más aun así, me seguía diciendo a mí misma la promesa que le hice a mi ser más amado, aquel día en el cual decidí entregar mi vida por un futuro mejor.

6 de Enero de 1750 D.C. 9:30 A.M.

Me encontraba practicando esgrima con mis demás compañeros de clase, hasta que de pronto, durante el entrenamiento, termino (terminé. Comienzas la frase en pasado, así que de pronto no puedes cambiar el tiempo al presente) derribando a unos de mis compañeros de clase, con el que tenía un combate de práctica.
-¡Aghhhhhh!- En eso, mi compañero que entrenaba conmigo caía al suelo duramente, estando boca arriba, retorciéndose un poco del dolor. cayó de espaldas al duro suelo; el golpe le hizo retorcerse de dolor (te sugiero una frase parecida a esta, es más concisa y dice mucho con menos palabras)
-¡Es suficiente!- Mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, se acercaba a donde estábamos ambos y detenía el combate. –La ganadora es la condesa Victoria.- Siendo declarada la ganadora, lo único que hice fue hacer una reverencia y volvía a mi lugar, en una esquina del cuarto, alejada del resto de mis compañeros, los cuales me ovacionaban. (Tras hacer una reverencia, volví a mi sitio, una esquina alejada del resto de mis compañeros...) Creo que sobra la frase "siendo declarada la ganadora" porque se sobreentiende que es Victoria, la protagonista.
Pese a las muestras de halago de mis compañeros, yo no me inmutaba en lo absoluto; permanecía seria y distante con ellos, mientras veía a la ventana, observando cuan lento pasaba el tiempo, jugando con el mechón derecho de mí cabello rubio claro.
Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; solo eran susurros al viento… o al menos era lo que quería pensar…

Bueno, he leído un poco de tu historia y creo que tiene puntos a favor que podrías explotar más. Me encuentro con una fantasía ambientada en el siglo XVIII, alejada de lo típicamente medieval, y narrada en primera persona a través de un diario de la protagonista (me supongo). En este último punto, lo del diario, creo que no le sacas todo el partido que podrías. Un diario plasma las reflexiones del que lo escribe, sus recuerdos y sus vivencias a través de su filtro personal. Si incorporas diálogos deberían ir en estilo indirecto, por ejemplo: Geraldo me comentó que era una estupenda espadachina, pero yo no le di crédito...
Una sugerencia es llevar dos narraciones en tu historia: una narración en primera persona en la que incorporas diálogos directos y demás, y otra la del diario personal.
Bueno, esto que te digo son sugerencias por si te sirve para mejorar, si no, no me hagas caso.
Por otra parte, si tu intención es publicar esta obra, te recomiendo que antes la revises bien. Cuida los tiempos verbales que a veces no cuadran en la frase, creo que abusas mucho del gerundio. Prueba a meter más variedad y a evitar los adverbios terminados en mente. Cuando yo hice esto, mejoré mi escritura.

Espero que te sirva, compañero. Un saludo. Smile
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#5
Gracias por los avisos, chicos. Espero que estén disfrutando la historia hasta ahora. Empezaré a trabajar con la edición inmediatamente.
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#6
Bien... tomando en cuenta lo poco activo que ha estado este tema, aquí les dejo la segunda sección de la novela. 



Un momento de paz

15 de Enero de 1750. 10:00 A.M.
 
Debido a que habíamos llegado tarde al palacio, mis padres le dijeron a mi maestro de esgrima que iba a tomarme el día libre, así que falté por un día al entrenamiento. No hice nada interesante ese día, así que pasemos al siguiente. Mi grupo y yo nos encontrábamos descansando un poco, después de haber practicado algunas nuevas posiciones y formas, a las afueras del barracón; Geraldo y yo nos encontrábamos recargados en el muro del ala oeste del edificio.
– ¡Vaya Victoria, hoy estás que arde en el entrenamiento! Dime, ¿Qué te trae tan inspirada?- Geraldo me preguntaba esto, secándose el sudor de la frente, con un pañuelo blanco, que cargaba en su mano derecha.
– ¿Ehhhhhh? ¿De qué hablas, Geraldo? Yo estoy perfectamente bien.- Le decía al muchacho, volteando a verle confundida, ladeando la cabeza hacia la derecha, rascándome la nuca con mi mano derecha. No me había dado cuenta de cuanto había mejorado mi rendimiento ese mismo día.
– ¡Sabes bien de lo que hablo, Victoria!- En eso, Geraldo se levantaba del suelo y me miraba exaltado, saltando un poco, haciendo ademanes extraños con sus brazos. –Tus movimientos, bloqueos y evasiones se han vuelto mucho más precisos y más veloces. Te has agotado menos y tus ataques son mucho más fuertes; peleas como si estuvieras poseída. ¿No te habías dado cuenta?- Él continuaba haciendo ademanes con las manos, mirándome impresionado, pero yo le miraba aún más confundida.
–La verdad es que no. Yo sólo me dediqué a pelear; nada más.- Le decía a Geraldo, cruzando mis brazos, mirándole algo molesta.
–Entonces… ¿en qué estaba pensando, mientras peleaba, señorita Hosenfeld?- El muchacho me preguntaba esto, sentándose a mi derecha. “Lo que estaba pensando en ese momento…” Sí recuerdo lo que estaba pensando en ese momento. Estaba recordando el hermoso rostro de la joven Montesco; ese bello rostro y ese cuerpo hermoso me habían sentir tan tranquila, tan aliviada.
–Bueno… sonará estúpido, pero estaba pensando en la duquesa Katalina Montesco.-Le decía a Geraldo, rascándome la nuca con mi mano derecha y le sonreía muy avergonzada, con el rostro un poco sonrojado.
– ¿La señorita Montesco? ¿¡USTED CONOCE A LA DUQUESA MONTESCO!?- Mi compañero me exclamaba, cayendo sentado al suelo de la impresión, mirándome entusiasmado, sudando la gota gorda.
–Por supuesto. Hablé con ella hace dos días, en la fiesta que organizó el emperador. ¿Por qué pregunta eso, Geraldo?- Le preguntaba al muchacho, colocando mis manos en mi cintura, ladeando mi cabeza hacia la derecha, levantando mis labios.
– ¿Qué acaso no lo sabe, señorita Hosenfeld? La duquesa Katalina Montesco es de las mujeres más hermosas y deseadas del imperio de Kartina. Sólo la supera la hija del emperador. También se dice que ella ha rechazado TODAS y CADA UNA de las propuestas de matrimonio que le han dado. El hecho que usted haya podido hablar con ella, demuestra que tanta suerte tiene.- Después de la explicación de Geraldo, levantaba la cabeza, colocando mi mano derecha en mi mentón y me puse a pensar durante un rato. Si es que en verdad ha rechazado toda propuesta de matrimonio que se le habían otorgado, ¿acaso eso significa que terminaría pasándome lo mismo a mí, si le declaro mis sentimientos? ¡No! ¡Me negaba a pensar de esa manera! Quizás exista la mínima probabilidad de que pueda entrelazar mi vida con la suya.
–Si te soy sincera, ella me gustó mucho, Geraldo. Y en verdad quiero poder declarar mis sentimientos a la joven duquesa.- Le decía a mi joven compañero, colocando mi mirada hacia el amplio cielo azul, como esperando una señal del cielo mismo, de que mi deseo se cumpliera.
– ¡Un momento…! ¿¡A usted le gustan las mujeres!? ¡Pero eso está mal! ¡Una mujer no debe amar a otra mujer!- Geraldo me reclamaba esto, poniéndose terriblemente histérico, por lo que me levanté del suelo y le lanzaba un puñetazo a la cara, con mi mano derecha. El mero impacto lo hizo caer sentado.
- Me importa poco las leyes morales. Estoy enamorada de esa chica. ¡Y daría mi vida por ella!- Exclamaba esto al muchacho, observándole furiosa por esas palabras, habiendo desenvainado mi estoque, poniéndole la punta de éste en su garganta.
–Guau… así que eso es lo que te tenía tan motivada hace rato…- En eso, el muchacho cambia su mueca por una sonrisa, balbuceando rápidamente.
– ¿Qué? ¿De qué hablas?- Bajaba mi estoque y miraba a mi compañero de manera extrañada, con la cabeza agachada.
– ¿No lo entiendes, Victoria? La señorita Montesco fue lo que te inspiro a luchar, tal y como lo has hecho en el entrenamiento. Si en verdad ella te importa tanto, lo más probable es que hayas encontrado en ella, una razón para luchar.- En eso, el muchacho se levantaba del suelo, sacudiéndose el polvo de su ropa y me sonreía alegremente. Las palabras de él me habían circulado la cabeza, tan rápido como un relámpago. Lo que me había dicho mi padre el otro día se presentaba ante mí.
–Jejeje… creo que tienes razón, joven Geraldo. Dime, ¿y cuál es tu razón para luchar, joven Geraldo?- Le preguntaba a Geraldo, mientras colocaba mis manos en mi espalda y le miraba, con una sonrisa curiosa.
–…Las cosas no han mejorado en mi casa, desde que mi papá abandonó a mi madre y a mis hermanas por otra mujer.- Geraldo regresaba al muro del barracón y se recargaba en éste, bajando la mirada entristecido. –Siendo que ahora soy el hombre de la casa, depende de mí de darle el sustento a mi familia. Por eso quise volverme espadachín; para poder darle un mejor futuro a mi familia, porque sé que ellos dependen de mí ahora.- Me quedaba mirando intrigada al muchacho, en lo que él continuaba explicándome sus razones para volverse espadachín. En ese entonces, no sabía en la situación que se encontraba. Sin haberme dado cuenta, me dirigía hacia donde estaba Geraldo y colocaba mi mano derecha en su hombro izquierdo, devolviéndole una sonrisa.
–No te preocupes. Si tu fuerza del alma es realmente grande, tu meta será alcanzada.-
-¿Cómo dice, señorita Hosenfeld?- El muchacho volteaba a verme, con una mirada llena de incertidumbre, secándose las lágrimas de sus ojos.
–La señorita Montesco me dijo esto, cuando hablé con ella en la fiesta de antier: “Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar”. Por lo que entendí de esa frase, es que si nuestra fuerza de voluntad para conseguir aquello que queremos es igual de grande, aún si nuestros caminos difieren, podremos reunirnos una vez más.- Le decía a Geraldo, llevando mi mano izquierda al pecho y volteaba a ver hacia arriba, con un semblante pacifico.
–Guau… Si la duquesa Montesco le dijo eso, me imagino que también debe de ser muy sabia, para su joven edad. Escúcheme bien, señorita Hosenfeld… si en verdad está enamorada de esa mujer, no la deje ir. Es muy raro encontrar personas así en el mundo.- El chico me aconsejaba, mientras colocaba su mano derecha en mi hombro izquierdo y me devolvía la sonrisa.
–Jeje. Gracias, Geraldo. Necesitaré tus consejos.- Le decía a Geraldo, devolviéndole la sonrisa, quitándome su brazo de encima cuidadosamente. Me molestaba que me tocaran así, especialmente si se trababa de un hombre.
–Usted se ve MUY hermosa, cuando sonríe, señorita Hosenfeld. ¿Lo sabía?- Mi compañero me decía eso, continuando con su sonreír. Ya no me importaba que me dijeran cosas así. Ya podía estar en paz como una mujer. Aunque aún me molestaba que me tocaran…
–Gracias, joven Geraldo.- Le devolvía la cortesía al joven muchacho, mientras le seguía sonriendo también.
 
22 de Enero de 1750. 12:00 P.M.
 
Una semana después de la fiesta, me había preparado para hacerle una visita a la joven duquesa. Me había puesto un traje militar blanco, con camisa blanca y encajes azules, un pantalón blanco, zapatos cafés y guanteletes blancos. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza, que pensé que se me saldría del pecho. Mi cuerpo no podía mantenerse quieto por un segundo. En verdad iba a reencontrarme con Katalina. Las palabras no podían explicar la cantidad de emociones que sentía en ese momento. Pero debía tranquilizarme; debía de mantener la cabeza fría, para poder pensar con mayor claridad y no dejarme llevar por las emociones. Terminando de arreglarme, salía de mi cuarto e iba al vestíbulo, para hablarle a mi mamá.
– ¡Oye mamá, voy a salir a visitar a la duquesa Montesco!- Le exclamaba a mi madre, volteando en todas direcciones, a ver si la localizaba de reojo.
– ¡Está bien, Victoria! ¡Nomás no regreses muy tarde!- Mi mamá me gritaba esto, desde la cocina del palacio, la cual no quedaba muy lejos del vestíbulo. Ya habiendo dicho que me iba a retirar, me dirigí a la salida y salí del palacio, para encaminarme a la casa de Katalina.
 
1:30 P.M.
 
Después de un largo camino por andar, el carruaje que había tomado me dejaba en la casa, o mejor dicho, castillo de la joven duquesa. La primera impresión que recibí de éste, fue el hecho de que se veía MUY convencional; parecía una fortaleza abandonada, cicatrizada por el paso del tiempo. Era bastante grande; aproximadamente una área de 100 metros cuadrados, pero todo se veía tan desolado. No había decoración exterior y las ventanas parecían muy comunes y corrientes. ¿Cómo era posible que una de las familias más poderosas en todo Kartina pudiera vivir en un lugar como éste, pareciendo que se va a derrumbar en cualquier momento? ¿Especialmente una dama tan hermosa, como Katalina? Ese panorama me intimidaba mucho. ¿Qué tal si la señorita Montesco me jugó una charada y me hizo venir aquí por nada? Sintiendo todo el miedo del mundo corriendo por mis venas, me dirigía a la puerta y la tocaba varias veces, esperando una respuesta.
– Hola… ¿Hay alguien ahí?- Preguntaba algo asustada, recargándome en el lado derecho de mi cabeza, esperando una respuesta. El silencio de ultratumba de ese lugar me aterraba aún más, hasta que escucho esa hermosa voz, una vez más.
– ¡Allá voy! ¡Allá voy!- La voz de la señorita Katalina me reconfortaba demasiado. Era como ir al Paraíso, después de haber atravesado todos los niveles del Infierno. La espera no tomó mucho tiempo, debido a que casi al instante de que Katalina me hablara, ésta me abre la puerta del castillo. Ella andaba vestida con una blusa blanca, una falda azul y dos coletas. Sin maquillaje, sin joyería, sin accesorios y aun así se veía excepcionalmente hermosa… al menos para mí.
–Buenos días, señorita Montesco. Amaneció muy divina hoy.- Le decía a la joven duquesa, sonriéndole alegremente, queriendo conservar la calma. Si no fuera porque apenas la conocía y el hecho de que podría ir a la cárcel, hubiera terminado tomándola por completo, en ese mismo momento.
–Jejeje… muchísimas gracias, señorita Hosenfeld. La verdad es que ni siquiera tuve tiempo para arreglarme. De haber sabido que vendría aquí hoy, me hubiera maquillado aunque sea un poco. Usted se tomó la molestia de  venir de gala.- Katalina me decía esto, agachando la cabeza y sonreía algo nervioso, con el rostro todo rojo, cual tomate.
–Aun así se sigue viendo hermosa, señorita Montesco.- Trataba de animar a la joven duquesa, levantándole el mentón con mi diestra y le sonreía más. Ahí fue cuando me di cuenta de lo que hacía por lo que le soltaba el mentón y retrocedía un poco, sonrojándome un poco.
–Jejeje… gracias, señorita Hosenfeld. ¿Le gustaría pasar?- La chica me preguntaba esto, en lo que ella me sonreía tiernamente y levantaba la mirada.
–Por supuesto, señorita Montesco.- En eso, tomaba la mano derecha de mi acompañante femenina con mi siniestra mano y entraba al castillo. Al entrar a éste, me llevé una sorpresa muy interesante; El interior de castillo se veía más como un laboratorio que como un castillo de gente noble. Poca decoración, muchos estantes llenos de libros de distintos tamaños y colores, los muros y el techo eran de color gris, como la piedra del cual estaba hecho.
–Vaya… tu casa es algo... convencional, señorita Montesco.- Le recalcaba a Katalina, viendo de reojo lo que estaba alrededor de mí, cruzado mis brazos.
–Mis padres no les gusta gastar dinero en decoraciones ni nada por ese estilo. Les gusta usar el dinero de la familia, para comprar enciclopedias, libros e instrumentos de química y demás coas así.- La joven duquesa procedía diciéndome esto, volteando hacia arriba, colocando sus manos en su regazo, algo deprimida por estas palabras.
–No te gusta mucho la apariencia de su casa, ¿verdad, señorita Montesco?- Le preguntaba a la joven duquesa, volteando a verla algo preocupada, ladeando mi cabeza hacia la derecha.
–No… para nada… Mejor vayamos a mi cuarto. ¿Le parece?- En eso, Katalina tomaba de mi mano derecha con su mano izquierda, para encaminarme a su cuarto. Viendo que se encontraba algo entristecida, yo no dije nada y le seguí hasta su cuarto, el cual estaba en el segundo piso del castillo. Unos pocos segundos después, finalmente llegamos a su habitación, en el ala oeste de su hogar. La puerta de su cuarto se veía diferente a la del resto del lugar. –Bueno… aquí estamos, señorita Hosenfeld.- En eso, la señorita Montesco abría la puerta de su habitación y lo que veía en ese momento me había dejado perpleja. El diseño y la decoración del cuarto de Katalina contrastaban demasiado con el del resto del castillo. Las paredes y el techo de su cuarto eran de color rosa y morado oscuro, gabinetes de ébano casi negro, con un espejo en el tocador de roble que se encontraba a la derecha del cuarto. Una cama matrimonial, decorada con cortinas moradas, al lado derecho de un vitral de múltiples colores. No era mucha decoración, pero sobresalía demasiado del resto del edificio.
–Guau… su cuarto es mucho más bonito que lo que ya he visto de su casa, señorita Montesco.- Le decía a la joven duquesa, mirando detalladamente su cuarto, un poco impresionada.
–Muchísimas gracias por su comentario, señorita Hosenfeld.- Katalina me decía esto, sentándose en la cama de su cuarto, colocando sus manos en su vientre. –Dígame, señorita Hosenfeld… ¿de qué le gustaría hablar?- Terminada esa pregunta, me recargaba en el muro cercano a la puerta del cuarto, dispuesta a platicar.
Así fue como continuamos hablando de nosotras mismas y de alguno que otro tema de interés mundano, así como leyendo algunos fragmentos de novelas y cuentos que ella tenía. Notaba que, durante el tiempo en el cual ella hablaba conmigo, Katalina se mostraba muy contenta y sonriente, como si en verdad disfrutara de mi presencia en su casa. Inclusive me permitió comer junto con ella y sus dos padres. El archiduque Frederick Montesco y la archiduquesa Belinda Gallows Montesco. La madre de Katalina era una copia a carbón de ella… ¿O debería decir que Katalina es una copia a carbón de su propia madre? La bella señora Belinda era una dama de 45 años, 1.65 metros de alto, mismo color de cabello y de ojos que los de su hija. Igual de pechugona y de caderona que su hija, pero tenía algo de grasa en la cintura. Su padre, era un señor de 50 años, de cabello rubio cenizo y ojos azul claro; el rostro de él era muy robusto y tosco, pero su mirada notaba una paz interior inmutable. De unos 1.76 metros de alto, algo fornido, para ser un científico.

 
4:00 P.M.
 
Finalmente era la hora de comer; los cuatro nos encontrábamos en el comedor del castillo, comiendo un poco, mientras platicábamos de nosotros… o mejor dicho, de mí persona. Los padres de Katalina tenían una extraña fijación en mí, por alguna extraña razón. El comedor era algo rustico; igual de gris y café que la mayoría de los muros y techos del lugar. Poca decoración; solo había una gran mesa, en medio de la sala, donde los invitados podrían sentarse.
–Jojojojo… Usted es muy interesante, señorita Victoria. No me sorprende que le haya caído tan bien a mi hija. Dígame, señorita Victoria…- La señora Montesco me decía esto a mí, cubriendo su boca con su diestra mano, para reír un poco, mirándome por encima del hombro. Yo simplemente le miraba algo avergonzada, con la mirada hacia arriba, pero la cabeza agachada. – ¿A dónde piensa ir, cuando se gradúe de la escuela de esgrima a la que va? He escuchado que el emperador está buscando más jóvenes reclutas, para la armada imperial.- Le había contado a los padres de Katalina, acerca de mis planes de volverme espadachín, hace unos minutos atrás en la conversación.
–Bueno… si le soy sincera, aún no he encontrado la razón por la cual quiero volverme espadachín. Yo estoy entrenando, porque el combate es lo que me hace sentir viva; la adrenalina corriendo por el cuerpo cual un veloz galope, el dulce sabor de la victoria al haber derrotado a tu enemigo, el prestigio ganado por la gente que te reconoce como un campeón autentico, ¡todo eso me gusta!- Les decía a los padres de Katalina, exaltándome por mis propias palabras. Los archiduques se quedaban mirándome algo intimidados por mi comportamiento algo imprudente; inclusive Katalina me miraba de tal manera que me trataba de decir que cuidara mi lenguaje corporal.
–Bu-bueno… eso es… algo interesante de saber, niña.- El señor Frederick me decía esto, sonriéndome con una gota de sudor pasando por el lado derecho de su frente. –Pero bueno… como les decía…- Después de un breve momento de silencio, continuábamos platicando normalmente.
 
8:00 P.M.
 
Ya había caído la noche; debía de volver a casa, antes de que a mi madre le diera un infarto. Katalina y yo nos encontrábamos en la salida del castillo de ella, lista para irme de vuelta al palacio. Solo me tomaba el tiempo, para devolverle algunas cuantas palabras de cortesía, antes de irme.
–Te agradezco MUCHO que hayas venido hoy, señorita Hosenfeld. En serio que disfruté su corta estancia.- Katalina continuaba halagándome, sonriendo alegremente, colocando sus manos en su pecho.
 –De nada, señorita Montesco. Tu familia me trató demasiado bien, si le soy sincera. Sus padres son algo muy… peculiar, por decirlo así.- Le decía a la joven duquesa, rascándome la nuca con la izquierda y bajaba la cabeza, sonriendo algo avergonzada.
– ¿A… a qué se refiere con “peculiar”, señorita Hosenfeld?- La bella dama me preguntaba, ladeando su cabeza hacia la derecha, mirándome algo confundida. Dándome la media vuelta, colocaba ambas manos en la nuca y miraba hacia arriba.
–Bueno… para empezar, durante la comida, ellos no me dejaban de mirar ni de hablar, además del hecho que solo querían hablar de mí. Es como si yo les hubiera parecido una persona muy interesante…. O mejor dicho, un objeto extraño, que jamás habían visto en su vida.- Continuaba mi explicación, bajando mi cabeza, moviendo mi pierna derecha, hacia adelante y hacia atrás.
–Mi familia no está acostumbrada a recibir visitas de parte de amigos o compañeros míos. De hecho, usted es la ÚNICA amiga que tengo. ¡Por supuesto que ellos estaban intrigados contigo, ahora que te conocieron!- La joven duquesa empezaba a enfadarse, frotando sus brazos con sus manos, con la cabeza agachada.
–Momento… ¿a qué se refiere con que YO soy su ÚNICA amiga? ¿Acaso usted no tiene amigos?- Le preguntaba a Katalina, mientras giraba la cintura, para verla sorprendida por sus palabras. – ¿En serio soy su única amiga, señorita Montesco?-  En eso, la joven duquesa bajaba la mirada y empezaba a llorar un poco. No podía soportar verla así; no podía soportar ver a una diosa tan hermosa como ella desmoronarse así, por lo que instintivamente, sin darme cuenta de ello, fui a donde ella y le seque las lágrimas de sus ojos, tan delicadamente como me fuera posible. Al notar eso, Katalina levantaba la mirada, mirándome con un rostro entristecido.
–No llores más... Sonríe.- Le decía a la joven duquesa, tratando de animarla, dándole la sonrisa más sincera y pura que pudiera darle. En eso, Katalina toma mi mejilla izquierda, con su mano derecha, mirándome directamente a los ojos; esos ojos que habían quedado cristalinos por sus lágrimas se veían tan hermosos a la luz de la luna. Esa imagen, ese rostro lleno de cariño y amor es algo de lo cual jamás podré olvidarme… o mejor dicho, es algo de lo cual no quiero olvidarme.
–Prométame que vendrá aquí otra vez… ¡Prométame que estará a mi lado cuando le necesite, señorita Hosenfeld!- Sin más previsión de lo que iba a pasar, Katalina me abraza a la altura del pecho, llorando de felicidad. .
–Por supuesto que vendré de vuelta aquí, señorita Montesco. Soy su amiga, después de todo.- Le decía a la joven duquesa, mientras seguía sonriendo, devolviéndole así el abrazo. Y así fue como empecé una bella –y a su vez una horriblemente dolorosa- amistad. ¿Pero quién hubiera dicho que pronto habría algo más, entre nosotras dos? Algo por lo cual, pronto daría mi vida y lucharía por ello.


Disfrútenlo. :p 
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#7
Hola, Jaden. Perdona por el retraso, pero es que no he tenido tiempo de pasarme por tu relato. Te comento solo un trozo para que tú lo sigas corrigiendo en la misma línea.

Un momento de paz

15 de Enero de 1750. 10:00 A.M.

Debido a que habíamos llegado tarde al palacio, mis padres le dijeron a mi maestro de esgrima que iba a tomarme el día libre, así que falté por un día al entrenamiento. No hice nada interesante ese día, así que pasemos al siguiente. (si no vas a narrar ese día libre, esta información sobra en mi opinión) Mi grupo y yo nos encontrábamos descansando un poco, después de haber practicado algunas nuevas posiciones y formas, a las afueras del barracón (esta última frase la colocaría después de "descansando un poco"); Geraldo y yo nos encontrábamos recargados (¿qué quieres decir con "recargados", que están apoyados en el muro? Míralo.) en el muro del ala oeste del edificio.
– ¡Vaya Victoria, hoy estás que ardes en el entrenamiento! Dime, ¿Qué te trae tan inspirada?- Geraldo me preguntaba esto, secándose el sudor de la frente, con un pañuelo blanco, que cargaba en su mano derecha. Esta frase podrías acortarla diciendo: me preguntó Geraldo mientras se secaba el sudor con un pañuelo blanco (no necesitamos saber que fue con la mano derecha)
– ¿Eh? ¿De qué hablas, Geraldo? Yo estoy perfectamente bien.- Le decía al muchacho, volteando (le decía al muchacho confundida, rascándome la nuca) a verle confundida, ladeando la cabeza hacia la derecha, rascándome la nuca con mi mano derecha. No me había dado cuenta de cuánto había mejorado mi rendimiento ese mismo día.
– ¡Sabes bien de lo que hablo, Victoria!- En eso, Geraldo se levantaba del suelo y me miraba exaltado, saltando un poco, haciendo ademanes extraños con sus brazos. –Tus movimientos, bloqueos y evasiones se han vuelto mucho más precisos y más veloces. Te has agotado menos y tus ataques son mucho más fuertes; peleas como si estuvieras poseída. ¿No te habías dado cuenta?- (subrayaba sus palabras con ademanes de manos, simulando los movimientos de esgrima. Quizá así quede mejor)Él continuaba haciendo ademanes con las manos, mirándome impresionado, pero yo le miraba aún más confundida.
–La verdad es que no. Yo sólo me dediqué a pelear; nada más.- Le decía a Geraldo, cruzando mis brazos, mirándole algo molesta. (contesté cruzando los brazos. Con ese gesto ya se entiende que está molesta)
–Entonces… ¿en qué estaba pensando mientras peleaba, señorita Hosenfeld?- El muchacho me preguntaba esto, sentándose a mi derecha. “Lo que estaba pensando en ese momento…” Sí recuerdo lo que estaba pensando en ese momento. Estaba recordando el hermoso rostro de la joven Montesco; ese bello rostro y ese cuerpo hermoso me habían sentir tan tranquila, tan aliviada.
–Bueno… sonará estúpido, pero estaba pensando en la duquesa Katalina Montesco.-Le decía a Geraldo, rascándome la nuca con mi mano derecha y le sonreía muy avergonzada, con el rostro un poco sonrojado.
– ¿La señorita Montesco? ¿¡USTED CONOCE A LA DUQUESA MONTESCO!?- Mi compañero me exclamaba, (Ya sabemos que exclama, no hace falta que nos lo digas) cayendo sentado al suelo de la impresión, mirándome entusiasmado, sudando la gota gorda. (demasiados gerundios juntos. Cambia algo)
–Por supuesto. Hablé con ella hace dos días, en la fiesta que organizó el emperador. ¿Por qué pregunta eso, Geraldo?- Le preguntaba al muchacho,(ya sabemos que se lo pregunta) colocando mis manos en mi cintura, ladeando mi cabeza hacia la derecha, levantando mis labios. (dije colocando mis brazos en jarra. Lo de los labios quítalo, queda un poco rara esa expresión)
– ¿Qué acaso no lo sabe, señorita Hosenfeld? La duquesa Katalina Montesco es de las mujeres más hermosas y deseadas del imperio de Kartina. Sólo la supera la hija del emperador. También se dice que ella ha rechazado TODAS y CADA UNA de las propuestas de matrimonio que le han dado. El hecho que usted haya podido hablar con ella, demuestra que tanta suerte tiene.- Después de la explicación de Geraldo, levantaba la cabeza, colocando mi mano derecha en mi mentón y me puse a pensar durante un rato. Si es que en verdad ha rechazado toda propuesta de matrimonio que se le habían otorgado, ¿acaso eso significa que terminaría pasándome lo mismo a mí, si le declaro mis sentimientos? ¡No! ¡Me negaba a pensar de esa manera! Quizás exista la mínima probabilidad de que pueda entrelazar mi vida con la suya.
–Si te soy sincera, ella me gustó mucho, Geraldo. Y en verdad quiero poder declarar mis sentimientos a la joven duquesa.- Le decía a mi joven compañero, colocando mi mirada hacia el amplio cielo azul, como esperando una señal del cielo mismo, de que mi deseo se cumpliera.
– ¡Un momento…! ¿¡A usted le gustan las mujeres!? ¡Pero eso está mal! ¡Una mujer no debe amar a otra mujer!- Geraldo me reclamaba esto, poniéndose terriblemente histérico, por lo que me levanté del suelo y le lanzaba un puñetazo a la cara, con mi mano derecha. El mero impacto lo hizo caer sentado.
- Me importan poco las leyes morales. Estoy enamorada de esa chica. ¡Y daría mi vida por ella!- Exclamaba esto al muchacho, observándole furiosa por esas palabras, habiendo desenvainado mi estoque, poniéndole la punta de éste en su garganta.
–Guau… así que eso es lo que te tenía tan motivada hace rato…- En eso, el muchacho cambia su mueca por una sonrisa, balbuceando rápidamente.
– ¿Qué? ¿De qué hablas?- Bajaba mi estoque y miraba a mi compañero de manera extrañada, con la cabeza agachada.
– ¿No lo entiendes, Victoria? La señorita Montesco fue lo que te inspiró a luchar, tal y como lo has hecho en el entrenamiento. Si en verdad ella te importa tanto, lo más probable es que hayas encontrado en ella una razón para luchar.- En eso, el muchacho se levantaba del suelo, sacudiéndose el polvo de su ropa y me sonreía alegremente. Las palabras de él me habían circulado la cabeza, tan rápido como un relámpago. Lo que me había dicho mi padre el otro día se presentaba ante mí.
–Jejeje… creo que tienes razón, joven Geraldo. Dime, ¿y cuál es tu razón para luchar, joven Geraldo?- Le preguntaba a Geraldo, mientras colocaba mis manos en mi espalda y le miraba, con una sonrisa curiosa.
–…Las cosas no han mejorado en mi casa, desde que mi papá (padre) abandonó a mi madre y a mis hermanas por otra mujer.- Geraldo regresaba al muro del barracón y se recargaba en éste, bajando la mirada entristecido. –Siendo (siento) que ahora soy el hombre de la casa, depende de mí de darle el sustento a mi familia. Por eso quise volverme espadachín; para poder darle un mejor futuro a mi familia, porque sé que ellos dependen de mí ahora.- Me quedaba mirando intrigada al muchacho, en lo que él continuaba explicándome sus razones para volverse espadachín. En ese entonces, no sabía en la situación que se encontraba. Sin haberme dado cuenta, me dirigía hacia donde estaba Geraldo y colocaba mi mano derecha en su hombro izquierdo, devolviéndole una sonrisa.
–No te preocupes. Si tu fuerza del alma es realmente grande, tu meta será alcanzada.-
-¿Cómo dice, señorita Hosenfeld?- El muchacho volteaba a verme, con una mirada llena de incertidumbre, secándose las lágrimas de sus ojos.
–La señorita Montesco me dijo esto, cuando hablé con ella en la fiesta de antier: “Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar”. Por lo que entendí de esa frase, es que si nuestra fuerza de voluntad para conseguir aquello que queremos es igual de grande, aún si nuestros caminos difieren, podremos reunirnos una vez más.- Le decía a Geraldo, llevando mi mano izquierda al pecho y volteaba a ver hacia arriba, con un semblante pacifico.
–Guau… Si la duquesa Montesco le dijo eso, me imagino que también debe de ser muy sabia, para su joven edad. Escúcheme bien, señorita Hosenfeld… si en verdad está enamorada de esa mujer, no la deje ir. Es muy raro encontrar personas así en el mundo.- El chico me aconsejaba, mientras colocaba su mano derecha en mi hombro izquierdo y me devolvía la sonrisa.
–Jeje. Gracias, Geraldo. Necesitaré tus consejos.- Le decía a Geraldo, devolviéndole la sonrisa, quitándome su brazo de encima cuidadosamente. Me molestaba que me tocaran así, especialmente si se trababa de un hombre.
–Usted se ve MUY hermosa, cuando sonríe, señorita Hosenfeld. ¿Lo sabía?- Mi compañero me decía eso, continuando con su sonreír. Ya no me importaba que me dijeran cosas así. Ya podía estar en paz como una mujer. Aunque aún me molestaba que me tocaran…
–Gracias, joven Geraldo.- Le devolvía la cortesía al joven muchacho, mientras le seguía sonriendo también.

Bueno, hasta aquí he visto muchas repeticiones y explicaciones innecesarias especialmente en los diálogos y en las explicaciones de los diálogos. Vigila todo eso y comienza a pulir tu obra.
Espero que te haya servido. Saludos. Smile
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#8
Gracias por la revisión. Ahora mismo me pongo a trabajar.
Espero que puedas leer los demás fragmentos de la historia y que la estén disfrutando. Smile
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#9
Hola, Jaden. Aquí te comento otro trozo de tu historia. Mañana sigo con más.
Si te interesa mejorar tu historia, te invito a que te unas al subforo privado El Dragón Lector. Es un grupo de escritura donde lees y comentas los textos del grupo y después te leen y te comentan a ti. Tienen que darte los permisos o algo parecido y esperar a que algún moderador del foro te incluya.

22 de Enero de 1750. 12:00 P.M.

Una semana después de la fiesta, me había preparado para hacerle una visita a la joven duquesa. Me había puesto un traje militar blanco, con camisa blanca y encajes azules, un pantalón blanco, zapatos cafés y guanteletes blancos. (Me ha parecido un poco raro el traje militar para una mujer de aquella época. Ponle una falda o algo un poco femenino).  Mi corazón palpitaba con tanta fuerza, que pensé que se me saldría del pecho. Mi cuerpo no podía mantenerse quieto por un segundo. En verdad iba a reencontrarme con Katalina. Las palabras no podían explicar la cantidad de emociones que sentía en ese momento. Pero debía tranquilizarme; debía de mantener la cabeza fría, para poder pensar con mayor claridad y no dejarme llevar por las emociones. Terminando de arreglarme, salía de mi cuarto e iba al vestíbulo, para hablarle a mi mamá (mejor pon "madre". "Mamá" queda demasiado coloquial).
– ¡Oye mamá, voy a salir a visitar a la duquesa Montesco!- Le exclamaba a mi madre (ya sabemos que le exclama, no hace falta que nos lo repitas aquí), volteando en todas direcciones, a ver si la localizaba de reojo. (quedaría mejor: le decía a mi madre mientras la buscaba por toda la casa).
– ¡Está bien, Victoria! ¡Nomás (quita este "nomás", que no sé qué significa) no regreses muy tarde!- Mi mamá me gritaba esto, desde la cocina del palacio, la cual no quedaba muy lejos del vestíbulo. (me gritó desde la cocina, cerca del vestíbulo)Ya habiendo dicho que me iba a retirar, me dirigí a la salida y salí del palacio, para encaminarme a la casa de Katalina.

1:30 P.M.

Después de un largo camino por andar, el carruaje que había tomado me dejaba dejó en la casa, o mejor dicho, castillo de la joven duquesa. La primera impresión que recibí de éste, (sobra la coma) fue el hecho de que se veía MUY (sin mayúscula; rompe la estética del texto) convencional; parecía una fortaleza abandonada, cicatrizada por el paso del tiempo (esta descripción es muy buena). Era bastante grande; aproximadamente una área de 100 metros cuadrados (yo quitaría esto), pero todo se veía tan desolado. No había decoración exterior y las ventanas parecían muy comunes y corrientes. ¿Cómo era posible que una de las familias más poderosas en todo Kartina pudiera vivir en un lugar como éste así? pareciendo que se va Parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento ¿Especialmente una dama tan hermosa, como Katalina? (Mejor decir algo así: no imaginaba una dama tan hermosa como Katalina viviendo en este paisaje tan desolador).Ese panorama me intimidaba mucho. (Estar allí me intimidaba) ¿Qué tal Y si la señorita Montesco me jugó una charada y me hizo venir aquí por nada? Sintiendo Con todo el miedo del mundo corriendo por mis venas, me dirigí a la puerta y la tocaba llamé varias veces, esperando una respuesta.
– Hola… ¿Hay alguien ahí?- Preguntaba (pregunté) algo asustada, recargándome en el lado derecho de mi cabeza, esperando una respuesta. El silencio de ultratumba de ese lugar me aterraba aún más, hasta que escucho (escuché) esa hermosa voz, una vez más.
– ¡Allá voy! ¡Allá voy!- La voz de la señorita Katalina me reconfortaba demasiado. Era como ir al Paraíso, después de haber atravesado todos los niveles del Infierno. La espera no tomó mucho tiempo, debido a que casi al instante de que Katalina me hablara, ésta me abre (abrió) la puerta del castillo. Ella andaba vestida con una blusa blanca, una falda azul y dos coletas. Sin maquillaje, sin joyería, sin accesorios y aun así se veía excepcionalmente hermosa… al menos para mí.
–Buenos días, señorita Montesco. Amaneció muy divina hoy.- Le decía a la joven duquesa, sonriéndole alegremente, queriendo conservar la calma. Si no fuera porque apenas la conocía y el hecho de que podría ir a la cárcel, hubiera terminado tomándola por completo, en ese mismo momento.
–Jejeje… muchísimas gracias, señorita Hosenfeld. La verdad es que ni siquiera tuve tiempo para arreglarme. De haber sabido que vendría aquí hoy (¿no sabía Katalina que venía? Creía que la había invitado a su casa; lo dices un párrafo antes. Revisa esto), me hubiera maquillado aunque sea un poco. Usted se tomó la molestia de  venir de gala.- Katalina me decía esto, agachando la cabeza y sonreía algo nerviosa, con el rostro todo rojo, cual tomate.
–Aun así se sigue viendo hermosa, señorita Montesco.- Trataba de animar a la joven duquesa, levantándole el mentón con mi diestra y le sonreía más. Ahí fue cuando me di cuenta de lo que hacía por lo que le soltaba el mentón y retrocedía un poco, sonrojándome un poco.
–Jejeje… gracias, señorita Hosenfeld. ¿Le gustaría pasar?- La chica me preguntaba esto, en lo que ella me sonreía tiernamente y levantaba la mirada. (me preguntó sonriendo con ternura)
–Por supuesto, señorita Montesco.- En eso, tomaba la mano derecha de mi acompañante femenina con mi siniestra mano y entraba al castillo. Al entrar a en  éste, me llevé una sorpresa muy interesante; El interior de castillo se veía más como un laboratorio que como un castillo de gente noble. Poca decoración, muchos estantes llenos de libros de distintos tamaños y colores, los muros y el techo eran de color gris, como la piedra del cual estaba hecho.
–Vaya… tu casa es algo... convencional, señorita Montesco.- Le recalcaba a Katalina, viendo de reojo lo que estaba alrededor de mí, mirando alrededor con los brazos cruzados.
–Mis padres no les gusta gastar dinero en decoraciones ni nada por ese el estilo. Les gusta usar el dinero de la familia para comprar enciclopedias, libros e instrumentos de química y demás coas así.- La joven duquesa procedía diciéndome esto, volteando hacia arriba, colocando sus manos en su regazo, algo deprimida por estas palabras.
–No te gusta mucho la apariencia de su casa, ¿verdad, señorita Montesco?- Le preguntaba a la joven duquesa, volteando a verla algo preocupada, ladeando mi cabeza hacia la derecha.
–No… para nada… Mejor vayamos a mi cuarto. ¿Le parece?- En eso, Katalina tomaba de mi mano derecha con su mano izquierda, para encaminarme a su cuarto. Viendo que se encontraba algo entristecida, yo no dije nada y le seguí hasta su cuarto, el cual estaba en el segundo piso del castillo. Unos pocos segundos después, finalmente llegamos a su habitación, en el ala oeste de su hogar. La puerta de su cuarto se veía diferente a la del resto del lugar.
(esta frase en en párrafo distinto)–Bueno… aquí estamos, señorita Hosenfeld.- En eso, la señorita Montesco abría la puerta de su habitación y lo que veía en ese momento me había dejado perpleja. El diseño y la decoración del cuarto de Katalina contrastaban demasiado con el del resto del castillo. Las paredes y el techo de su cuarto eran de color rosa y morado oscuro, gabinetes de ébano casi negro, con un espejo en el tocador de roble que se encontraba a la derecha del cuarto. Una cama matrimonial, decorada con cortinas moradas, al lado derecho de un vitral de múltiples colores. No era mucha decoración, pero sobresalía (destacaba, pondría yo)demasiado del resto del edificio.
–Guau… su cuarto es mucho más bonito que lo que ya he visto de su casa, señorita Montesco.- Le decía a la joven duquesa, mirando detalladamente su cuarto, un poco impresionada.
–Muchísimas gracias por su comentario, señorita Hosenfeld.- Katalina me decía esto, sentándose en la cama de su cuarto, colocando sus manos en su vientre. –Dígame, señorita Hosenfeld… ¿de qué le gustaría hablar?- Terminada esa pregunta, me recargaba en el muro cercano a la puerta del cuarto, dispuesta a platicar.
Así fue como continuamos hablando de nosotras mismas y de alguno que otro tema de interés mundano, así como leyendo algunos fragmentos de novelas y cuentos que ella tenía. Notaba que, durante el tiempo en el cual ella hablaba conmigo, Katalina se mostraba muy contenta y sonriente, como si en verdad disfrutara de mi presencia en su casa. Inclusive me permitió comer junto con ella y sus dos padres. El archiduque Frederick Montesco y la archiduquesa Belinda Gallows Montesco. La madre de Katalina era una copia a carbón de ella… ¿O debería decir que Katalina es una copia a carbón de su propia madre? La bella señora Belinda era una dama de 45 años, 1.65 metros de alto, mismo color de cabello y de ojos que los de su hija. Igual de pechugona y de caderona que su hija, pero tenía algo de grasa en la cintura. Su padre, era un señor de 50 años, de cabello rubio cenizo y ojos azul claro; el rostro de él era muy robusto y tosco, pero su mirada notaba una paz interior inmutable. De unos 1.76 metros de alto, algo fornido, para ser un científico.

Bueno, te sigo diciendo lo mismo que en los anteriores textos: repites mucho explicaciones innecesarias como por ejemplo "la chica me decía esto" cuando ya sabemos que se lo está diciendo. Revisa los tiempos verbales porque a veces pasa del pasado al presente y eso confunde un poco.
Te sugiero que te pases por el hilo del Taller literario y leas los temas que hay allí sobre la creación de personajes y demás por si te ayudan a mejorar tu historia. También te aconsejo que te documentes con libros de historia y de arte sobre el siglo donde ubicas tu obra: el siglo XVIII, el de la Ilustración, porque podrías incluir más detalles de decoración, arquitectura, vestimenta para enriquecer el texto, ya que es una época muy bonita.
Espero haberte ayudado. Un saludo.
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#10
Muchísimas gracias por la ayuda, Alerya. No sabes lo mucho que esto significa para mí.
Dame más datos con respecto a como entrar en "El Dragón Lector". Me encantaría que otros usuarios me ayudaran a mejorar mis obras.

P.D: te faltó parte de "La Fiesta", en el primer mensaje, cariño. nwnu
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