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[Fantasía Epica] De oscuridad y Fuego -La hija del Norte-
#11
Buenas compañero!!

Aquí estamos otra vez, acompañando a la joven Lidias en su huída. Se me antoja que realmente este es el comienzo de la aventura, o al menos de SU aventura; tampoco vamos a olvidarnos de Roman.

Realmente para una princesa, seguramente sobreprotegida y agasajada en sobremanera, tiene que ser un paso difícil el lanzarse a lo desconocido; hay que reconocerle el valor. Imagino que se llevará muchas sorpresas en este viaje y que, posiblemente, pase por malos momentos... quién sabe...

Te dejo algunos comentarios:
(26/02/2015 12:07 AM)Ledt escribió: La puesta de sol inminente en el horizonte infinito, se dibujaba en los ojos de Lidias que le salía al encuentro.

—Se apeó con un esfuerzo sobrehumano, al sentir cómo las piernas entumecidas le temblaban cuando quiso posarse sobre el estribo—.

—Y podría tener un desenlace aún más triste —enfatizó Lidias mirando con disimulo a (¿hacia?) la ventana, deseando no aparecieran los hombres del palacio buscándola—.

—No —se apuró en contestar—. Y no tampoco (sobra una de las dos palabras) debe saberlo.

Jen venía por el pasillo cargando tres bolsas de oro, la princesa corrió a su encuentro y las recibió con prisa. Una venia despidió al escudero y la muchacha desapareció rauda por el pasillo.

«¿Cómo hacen los varones cuando cabalgan durante días?», el escozor no parecía menguar por más que se sobaba

Más atrás aun podía ver las sombras del lejano bosque de abetos, el cual unas dos horas atrás había cruzado.

Luego de beberse más de la mitad de su cantimplora, la princesa echó mano de sus alforjas en busca de queso y algunas setas secas, de las que se había hecho antes de partir.

Las caricias tibias de la alborada, con sus rallos de luz, desvelaron los claros ojos de la princesa, que de súbito aparecieron tras el despertar de sus párpados.

Reodem, tenía entendido era una ciudad de mineros, el comercio era próspero, aunque era un sitio peligroso,

Así pues, de cualquier modo aún tenía que estar más cerca de las cumbres para decidir dónde ir, quién sabía si la fortuna le sonreía, quizá hasta se encontrara de frentón (¿frente?) con las murallas de la urbe.

Si bien parecía que el azar estaba de su parte, tampoco se lo puso tan fácil, después de todo, encontró el río; pero llegar a sus aguas por ahora estaba complicado, justo bajando una quebrada, donde la foresta parecía emerger de la nada, un tupido bosque de robles le saludaba y se burlaba de su desdicha al no poder bajar el empinado barranco que les separaba de ellos y el río. Echó trote bordeando el precipicio con la esperanza de encontrar más adelante alguna pendiente menos elevada, donde poder bajar.

Y nada, a seguir. Nos leemos!
Iep!!
Responder
#12
Capitulo IV
Reodem la ciudad sin ley


No sabía cuánto tiempo exactamente estuvo allí, seguramente desde que escuchó los ruidos del casco del palafrén. Allí había alguien, la princesa con medio cuerpo sumergido intensificó sus sentidos y miró en todas direcciones. Podía oírlo, sabía que no estaba sola como creyó. Levantó la ballesta y lentamente se dispuso a apuntar en alguna dirección, aún no estaba clara, pero ya estaba preparada.
Caminó sutilmente hacia la orilla, el caballo que ya no bebía movía sus orejas—también lo había escuchado—, enderezó el cuello y miró a su izquierda, resopló y luego un repentino relincho hizo que varias aves volaran sobresaltadas de las copas. Lidias ya había localizado al intruso, el ruido también lo sobresaltó; hubo quebrazón de ramas y algún que otro pisotón fuerte.
—Sal de allí, ya te he visto.
La ballesta apuntó directamente hasta unos matorrales en la orilla cercana
—No intentes nada, no suelo fallar un tiro. Y en este momento tengo dos cargados —gritó mirando un punto fijo.
Todo fue silencio un lapso indefinido de tiempo, luego una figura apareció detrás de la espesura que Lidias no dejó de apuntar.
—No dispares por favor. —El varón levantó los brazos mientras miraba fijamente a la princesa, que lo amenazaba sin bacilar—. Dama, por favor, me pone nervioso saber que esa cosa está cargada en sus manos.
—¡Voltéate! —acompañó la orden con un gesto que hizo con su otra mano, con la que empuñaba el alfanje—. Ni pienses en huir.
—No, no lo haré. —Se giró con lentitud, aquel hombre no quería apartar la mirada del busto de la desnuda joven—. Estoy desarmado como puedes ver.
—¿Estás sólo? —Lidias avanzó diligente hasta la orilla— ¿Me has oído bien? Pregunté si andabas sólo.
—No eres una de esas amazonas que asaltan varones solitarios ¿Verdad? —Aquel varón bromeaba como si el ser apuntado por la ballesta no le condicionara a someterse—. Bueno la verdad no estoy solo, también me acompaño por mi rocín, claro está que después de haber visto aquella bestia tuya, me avergonzaré de que veas a mi desdeñado.
—Basta de tonterías. Acaso ¿sabes quién soy? —La princesa ya había alcanzado la orilla y se acercó por la espalda.
—Pues, la verdad me encantaría saber quién eres. —Se sobó la cabeza y se encogió de hombros, luego hizo un leve giro dell cuello y miró de soslayo a la joven tras de él—. La verdad creo que hemos empezado al revés, ya la conozco enterita, pero no sé ni su nombre, ni su procedencia mi dama.
—¡Voltéate te digo! —Una saeta pasó silbando contigua al rostro del extraño y terminó incrustándose en la tierra, a media vara de él—. No me vengas con tonterías. No estoy bromeando y aún tengo un tiro que no será de advertencia.
—¡Por toda piedad! ¿Eso fue una flecha? —El asustado varón, volteó nuevamente por la impresión, pero esta vez la furiosa mirada de Lidias lo hizo volver a mirar el frente y levantar ambos brazos detrás de la nuca—. Lo siento, soy un siervo a tus pies dama.
—Ahora nos entendemos. Camina. —Lo guio apuntalado con el arma hasta la roca donde la princesa había dejado sus vestimentas—. Quédate quieto, no vuelvas a mirarme, no vuelvas a hablarme, ni siquiera respires.
—Pero… —Un punzante dolor en la espalda le indicó al varón que sería mejor obedecer.
—¿Así que me estabas espiando? —Las calzas, la greba y el cinturón volvieron a ceñirse en el cuerpo de la joven— ¿Conoces la pena por ver desnuda a una noble?
—No sabía que fuera un delito. —El tono humorístico en la voz de aquel varón regresaba de súbito— ¿Va a arrestarme?
—No lo es, en damas solteras y con su consentimiento —Los pechos de Lidias volvieron a quedar prisioneros bajo la galena de lino y el peto acorazado—, Sin embargo, has tenido la mala idea de espiar a una mujer prometida y perteneciente a la casa real.
—Lo siento, esto es una burla. —Se encogió de hombros—. Tenía la esperanza de que esta vez no tendría que vérmelas con maridos celosos y menos con título noble.
—¿Que te hace pensar que celarán de ti? —preguntó con desprecio.
La punta de la ballesta aún presionaba la espalda del varón. Situación que de pronto el avezado extraño, aprovechó para voltearse de súbito e intentar quitarle de la mano el aparato. Dando un ágil movimiento, dio la impresión de un gato reacomodando sus articulaciones, sin embargo, Lidias reaccionó con la misma velocidad. Se giró en el mismo sentido que el varón y metió una pierna entre los tobillos del extraño: logró tumbarlo, abalanzarse sobre él y ponerle el alfanje en la garganta. Una minuscula gota de sangre recorrió la hoja que apenas y presionó la piel del varón.
—No vuelvas a hacer una estupidez como esta, otra vez. —Lidias lo mantuvo sujeto apretándole el torso entre sus piernas, mientras con la mano izquierda le agarró la entrepierna y con la otra la hoja siempre amenazando el cuello—. O me decidiré entre separarte la cabeza del cuello o despojarte de tu hombría, sino ambas. ¿Entendido?
—Enten…Entendido. —Se oyó una compungida voz, de quien antes alardeaba de bufoneo—. Por favor, suéltame las bolas.
—Que pelmazo. —La princesa se enderezó con lentitud y sin bajar la guardia, ordenó con un gesto que hiciera lo mismo— ¿Tienes familia?¿Chiquillos, esposa? ¿A qué te dedicas?..
—Bueno, son varias preguntas a la vez. —Lidias se encogió de hombros. El varón se intentó levantar, pero ella señaló que se mantuviese de rodillas con las manos en alto—. Soy Fausto.
—¿Que acaso eres retardado? —Miró al cielo y dejó escapar un sonoro soplido, señal de insatisfacción—. De todo lo que pregunté lo que menos me interesaba era oír tu nombre, es más ni siquiera te lo pregunté. Bueno Fausto ¿vas a responder el resto de mis inquietudes?
—Esperaba que fuera su turno de presentarse, pero en fin. —Se encogió de hombros y continuó—. No tengo esposa ni hijos, ya ves; soy un cazador que vive de las pieles y la carne de lo que logro capturar.
—¿Me estabas asechando, Fausto? —El alfanje por un momento se alejó de la garganta del cazador y la princesa arqueó las cejas como esperando respuesta.
—Me había dicho que era una especia de delito asechar novias desnudas, mi dama. —Se rascó la cabeza y miró confundido hacia arriba, buscando el rostro de Lidias.
—El cual pagarás inmediatamente. —La hoja volvió a apuntar a Fausto, pero esta vez sobre su cabeza—. Endereza tu rodilla izquierda, inclina el cuerpo, brazo derecho sobre la pierna, cierra tus ojos.
—¿Que hacemos mi dama? —Fausto hizo caso de la orden y se colocó en la posición deseada, sin embargo, estaba muy confundido—. No vaya a matarme por algo tan insignificante.
—Shhtt .¡A callar! —La reluciente hoja se elevó solemne hasta quedar vertical frente a los ojos de la princesa, quien murmuró algo inaudible—… jura por el nombre de la diosa Hukuno , por el corazón del dios Semptus , por la cabeza de la diosa Himea. Y ante el nombre de tu rey.
—Yo… —Fausto no entendía nada, quería abrir sus ojos, pero por alguna razón quiso acatar la orden de aquella extraña mujer—. No entiendo bien que está pasando.
—Cierra la boca y no hables hasta que te lo diga. —La espada bajó lentamente y tocó le tocó los hombros, luego antes de tocar su cabeza, la princesa dijo—: Juras; obediencia, complacencia, lealtad y. —Hizo una pausa—. Lealtad y amor, desde hoy y para la eternidad. Protección acosta de tu propia vida, a quien hoy te nombra solemnemente. —Hizo una nueva pausa indeterminada—. Escudero del temple de acero.
—¡Válgame la vida, por toda piedad! —Fausto quiso erguir la cabeza, y abrir los ojos en ese mismo momento, pero inexplicablemente se abstuvo y mantuvo su postura, como si satisfacer la orden que Lidias le había dado, le valiera el mundo— ¿Realmente es usted una hidalga?
—¿Juras? —El tono de Lidias se elevó de súbito.
—Lo juro. —Las palabras salieron antes que pudieran ser procesadas por el cerebro de cazador, se enteró de lo que había dicho una vez pudo oírse diciéndolo, como un eco que resonó en su cabeza largo rato—.Yo, lo juro.
—Bien, levántate.—Besó ligeramente la frente a aquel varón que se levantaba lentamente y que aún no terminaba de abrir los ojos—, mi buen escudero.
—No sé si ahora es cuando debo agradecer. O salir corriendo. ¡Por toda piedad! ¿En qué momento me volví un esclavo? —Se encogió de hombros y en sus ojos de perro herido se contemplaba toda su humillación.—Nunca debí venir aquí para empezar.
—Deja de exclamar con esa frasecita de piadosos. Me trae malos recuerdos. —Le dio la espalda a y luego de un breve instante, se volteó hacia él—.No existe ninguna pena por espiar mujeres, ni nobles, ni cazadas, ni ingenuas vírgenes desamparadas. Sin embargo, necesito de alguien que sepa cómo sobrevivir y me ayude en mí viaje.
—¿Me has engañado?—Fausto dejó de hablar con cortesía y se lanzó con un tono muy enfadado.
—Voy a pagarte, por supuesto que no eres mi esclavo.—Lidias hizo como si el tono de Fausto no le importaba en absoluto—.Eres libre de largarte si quieres, sin embargo hiciste un juramento, estás ligado a mí y yo a ti desde ahora. Si eres varón de palabra te quedarás y cumplirás; si eres varón ordinario, te marcharás y tendrás que saber que si lo haces, jamás te enterarás realmente de a quién has dejado y tenido oportunidad de servir.
—¿Y a quien tengo el agrado de servir? —Sus pobladas cejas se ciñeron en un gesto inquisidor.
—Lo sabrás, a su debido tiempo. Por supuesto.—Lidias recogió el resto de sus pertenencias y caminó directamente hasta el palafrén que pastaba en la rivera. Puso pie en el estribo y montó sin dificultad—.Entonces ¿Vienes?
—Donde mande mí señora.—Recién después de escuchar la voz de Lidias, es que Fausto reaccionó; antes estuvo pasmado mirando el contoneo rítmico de sus caderas al avanzar y aquellas redondas nalgas que terminaron encaramándose a la montura—. Bueno. Primero iré por mí jamelgo si es que no me lo han robado ya. Aunque dudo que para más que algo de carne y pellejo lo quieran.
—¿Es que hay bandidos en las cercanías?—Lidias cogió las riendas del palafrén con fuerza, este giró con ella quien dio ojeadas al lugar, como si no le hubiera explorado ya hacía un rato—.Suerte que solo me topé contigo.
—Eh. El lugar es bastante solitario, suelo venir a por conejos.—Un potente silbido que hizo arder los oídos, luego Fausto aguardó un momento antes de seguir hilando su conversación—No es común encontrar varones por aquí, pero uno nunca sabe. Ya puede ver usted. No me habré encontrado ningún bandido, pero me topé a una sirena en las aguas del Dos Causes.
—Para buena fortuna tuya.—Desde el entramado de árboles apareció un equino mal agestado, flacucho y de pelo opaco, sus negras crines le colgaban descuidadas de la cabeza al lomo. Lidias se preguntó si podría ver con aquel nudo enmarañado y grasiento que le cubría casi toda la frente y ocultaba sus cuencas oculares.—Así que ésta es tu montura.
—Ya he dicho yo, que me avergonzaría.—Se encogió de hombros—.Con lo que gano apenas me alcanza para alimentarlo y ha de saber usted que si pasamos hambre la pasamos juntos.
—Puedo ver que no me estás mintiendo .—El delgado aspecto del cazador revelaba que al menos había pasado varias jornadas privado de alimento—.Siendo cazador, creo que eres buen agricultor.
—No se trata de que haya escogido mal mi oficio.—Saltó sobre el pelucón caballo y respondió al sarcasmo—.Los animales han abandonado las estepas, hace varios meses. Algunos lo atribuyen a los continuos temblores cerca de la montaña. Lo cierto es que cada día tengo que avanzar más lejos para encontrar al menos a un delgaducho roedor.
—Bueno que triste historia.—Encogió los hombros y giró ágilmente hacia Fausto, su largo cabello todavía húmedo salpicó algunas gotas—.Te necesito para que me lleves hasta Reodem, sabes llegar ¿Verdad?
—Dijo algo sobre una paga.—Una sonrisa pícara se le dibujó en la cara.
—Todo a su debido tiempo, cuando lleguemos a la ciudad te daré lo que necesites.

Lidias Se anudó el cabello en una improvisada coleta, que dejó visibles sendos aretes que se descolgaban de ambos lóbulos de sus orejas. Los brillantes incrustados se hacían infinitos y destellaban a la luz del sol; en el centro un visible zafiro azul pulido de forma minuciosa.

—Primero que todo, te daré algunas monedas para que compres otro caballo o atiendas al que tienes, creo que hasta es demasiado viejo —dijo después de un momento.
—¿Me va a decir quien es realmente usted?
Los ojos de fausto, no se le despegaban de los aretes aunque posiblemente podríamos decir que estaba contemplando el hermoso rostro de Lidias, sin embargo, su comentario ratificó la primera tesis—: Jamás había visto joyas tan delicadas y mucho menos, adornado piel tan fina de dama alguna. —Y también la segunda.
—¿Me estás alagando? O Realmente es importante para ti saber quién soy. —Se quitó los pendientes y los guardó sin prisa en uno de los bolsicos que colgaban de su cinturón—. Ya te lo he dicho, pertenezco a la nobleza. Si quieres saber: escapé de mi hogar, me buscan y seguramente quien me reporte recibirá una suculenta recompensa. —Miró a Fausto de pies a cabeza con la rabadilla del ojo— ¿Contento?
—Bueno, ahora sí has logrado todo mi interés. —El cazador se puso por delante de Lidias, he indicó con la mano el camino a seguir—. Es por allá, no estamos tan lejos pero debemos salir de la rivera. —Echó a andar su caballo a paso medio.

Una explanada de tierras esteparias les esperaba a su frente, parecía interminable de no ser por las grises montañas que se pintaban en lontananza. Dejaron atrás la humedad fresca del rio, para abrazar la brisa gélida y seca que les ofrecía la llanura.

—¿No tiene duda que yo pueda entregarla a quien la busca? —preguntó de pronto el cazador.
—No —respondió con fría naturalidad.
—¿Así nada más? —La sonrisa pícara en el rostro del varón no parecía desaparecer—. Porque, bien podría hacerlo, después de lo que me ha confesado.
—No te atreverías. —Aceleró el paso y adelantó al pellejo y huesos de cuatro patas que transportaba a Fausto—. Juraste ser mi escudero, en nombre de nuestros tres dioses, conoces la terrible cólera de Semptus. O mejor dicho, la conocerás si así lo quieres.
—¿No se supone que yo tenga que guiarla? —Espoloneó al animal, acelerando también el paso.
—Ya me has dicho en qué dirección ir. —No miró atrás y apresuró aún más—. Yo pensaba ir rio arriba.
—No era mala decisión, pero como su nombre lo indica, el Dos Causes se divide más arriba en la misma montaña, y este brazo no llega a Reodem, sino hasta un pueblo fronterizo ocupado por los Barbaros, hace algunos años. —A toda espuela apenas y le llevaba el ritmo a la princesa
—Bueno, entonces habría terminado en tierra de nadie donde seguramente acabaría siendo alimento para los buitres —hablaba casi para ella misma.
—No pude oír lo que dijo —El ritmo de los rocines se estaba igualando, sin embargo, evidentemente fue Lidias quien tuvo que menguar el galope para no aventajarse demasiado—. Aun no se su nombre. Y todavía no entiendo la confianza que tiene en que no la delate.
—Creí que te había dicho mi nombre, lo siento. —Se encogió de hombros y lo miró con rostro impávido, sin embargo, aunque entre una pausa bastante larga el cazador esperaba oír respuesta, esta nunca salió de los húmedos labios de la joven.

Las montañas parecían acercarse a los viajeros a paso de gigantes, haciéndose cada vez más y más altas y definidas en el horizonte. El cielo estaba despejado y la brillante luz del día, convertía el paisaje en un paraje más alegre, de a poco la hierba rala y amarillenta se tornaba de un tono esmeralda y las malezas resecas cedían lugar a un prado sinople, de aspecto fresco y turgente. Aún ningún árbol ni sombra a la redonda, sin embargo, la brisa helada venida de las montañas mantenía una sensación agradable en el viaje.


—Bueno. Me he enterado de que no tenemos rey. —En el rostro de la princesa no se vislumbró gesto alguno, sin embargo, en su corazón algo se quebró al escuchar a Fausto—. Tengo que deducir, que ha de ser sobrina, prima, cuñada o de alguna forma pariente del difunto ¿No?
»No parece ser hidalga hija de algún Ser, de familia desconocida. —Miró a la muchacha y luego de otra pausa no encontró respuesta—. Bueno, mis condolencias para con usted, al menos sabemos que la asesina ya fue liquidada.
—Su hija —de pronto respondió, con bastante ímpetu pues fue oída perfectamente a pesar del viento robándose las palabras de los hablantes—. Soy la hija de Theodem.
—Es una broma ¿verdad? —El rostro de Fausto se desencajó.
—No. —Lidias no le miró, sus ojos estaban fijos en el horizonte que se pintaba de azul y matices grisáceos mientras las cumbres se hacían más cercanas.
—No termino de creerme que hoy vi a una verdadera imagen divina bañarse en el rio. —No dejaba de contemplar a la princesa—. Fui convertido en escudero; lo más cercano que he estado a un título noble y que estaré en mi vida. —Se refregó el mentón y casi se desmembró el labio inferior con la fuerza que se estiró la piel con sus dedos—. Y ahora me entero que no soy sino escudero que de la mismísima princesa del reino. ¡Por toda piedad!
—¿Qué fue lo que te dije sobre esa frase exclamativa? —Tenía los ojos fijos en el horizonte, parecía inmutable ante todo lo que aquel varón decía.
—Lo siento. —La sonrisa pícara regresó de súbito—. Pero es que no me puedo creer que mi dama, mi señora, usted aquí presente sea la mima princesa Lidias.
—Vaya, sabes mi nombre me siento alagada. —De pronto volteó la mirada hacia el escudero.
—Como no saberlo, la moneda oficial del reino lleva su nombre. —Ahora la sonrisita se convirtió en una media luna ataviada por separados y amarillentos diente—. Deberían poner su rostro en ellas, en vez del sello real.
—Las lidias de plata, lo había olvidado. —Una falsa y sarcástica risa acompañó al despectivo gesto que bosquejó su rostro—. Ni siquiera son las de oro, no sé si fue un homenaje o una forma de castigarme de mi padre. Además es la moneda más devaluada en el Sur.
—Al imperio nada le vale, nada. ¡Bah Sarbianos! —Un escupitajo se perdió en la polvareda bajo las patas del bruto—. Pero usted no es una moneda de plata, es la joya más valiosa de todo el reino.
—Basta de marrullerías. —La mirada penetrante de la princesa recayó de lleno en el sonriente rostro de Fausto, que agachó la cabeza enseguida— ¿Has estado en Sarbia escudero?
—Hace mucho tiempo. Y puedo decir que solo la emperatriz podría compararse a lo que vi en el rio hace un rato, mi señora. —Nuevamente la sonrisa pícara del escudero—. Lidias, la dama Lidias, mis ojos no lo creen. Si tuviera amigos con quien ostentar, seguro ni me lo creerían. La mismísima princesa, desnuda ante mis sentidos.
—Ni en tus mejores sueños húmedos. —Una despectiva mirada atravesó al varón.
—Por supuesto que no. En aquel entonces eras una chiquilla. —frunció el ceño, como espantado.
—Eso te vuelve todavía más pervertido. —Las montañas parecían haber crecido, ahora se respiraba una brisa más helada, el aire más húmedo y un olor a humo de chimeneas cargaba de pronto el ambiente— ¿Y dónde quedó tu forma respetuosa de hablarme?
—Lo siento princesa, olvidé mis modales cuando la conversación tomó más causalidad. —Apuntó al frente—. Estamos cerca, la ciudad está por allá.
—No me importa Fausto, odio el protocolo y ese afán de remarcar la jerarquía aunque sea en una simple conversación. —Por primera vez el cazador (y quizá sea el primer varón) recibió una amable sonrisa de parte de la muchacha—. De todos modos no te precipites, habrá límites entre nosotros. Tú serás mi servidor, yo tu señora, no lo olvides. —Hizo una pausa—. Ahora muéstrame la ciudad.
—Como ordenes. —El escudero sonrió e hizo un gesto con el rostro como esperando una respuesta de parte de la princesa, pero nada ocurrió—. Después de todo creo que no me arrepentiré de mi juramento.
—¿Y pensabas hacerlo? —La mirada de la joven se posó en los ojos del varón—. Yo sé que no.
De frente a ellos la falda de la montaña se alzaba imponente, cubriéndolos con su sombra. Al píe de la misma, incrustado entre el desfiladero se erguía una muralla hecha de la misma roca de la eminencia. Un arco de unas seis varas de alto y diez de ancho, formaba un portón cuyas puertas se encontraban abiertas.
—Estás tan segura de todo, que haces que me confunda —dijo al cabo de un instante y se rascó la cabeza con desesperación—. Ahora no sé qué responder ¿Me estás haciendo alguna clase de truco?, de esos que hacen los hechiceros de la Gran Torre.
—¿Tienes piojos? —Lidias puso cara de desagrado—. Estudié desde los siete en la Torre Blanca ¿Sabes que hechizo sé hacer?
—¿Enamorar varones? —Se encogió de hombros.
—¿Crees que necesito un hechizo para eso? —Arqueó una ceja y detuvo el caballo de súbito.
—No, ya lo creo que no. —Hizo lo mismo con el pelucón huesudo ¿Por qué nos detenemos?
—Ninguno, se nace con el Don o no se aprende jamás. No todos en la Torre Blanca son hechiceros, los nobles por ejemplo estudian allí: arte, historia, comercio y política—. Echó mano a su alforja—. Ten, esto ayudará. —Le arrojó una pequeña bolsa de cuero, dentro un extraño polvo—. Fenitrel, lo usan para desinfectar la ropa en la lavandería del palacio, aplícalo en tu cabello y los piojos se caerán en minutos.
—¿Esto podría matarme a mí también no? —El entrecejo se le cerró a más no poder
—A no ser que seas un bicho asqueroso. —Lidias encogió sus hombros y agregó—: Para mí eres más como un coyote degenerado, pero no me pareces un insecto, aún.

Las cabalgaduras tan pronto atravesaron el portón de la ciudad, se encontraron chocando sus casquillos contra adoquines de roca, pulidos por el trajín y la humedad de aquella septentrional zona, que pasaba gran parte del año cubierta de nieve. Residencias toscas y un fuerte olor, mescla de azufre y metal fundido se respiraba en el aire; similar a huevos podridos y a sangre. Las calles atochadas de gente yendo y viniendo de todas direcciones. Una muchedumbre se concentraba en un punto neurálgico, gritaban y se agolpaban unos contra otros, haciendo un circulo alrededor de algo que Lidias desde la montura no podía distinguir.
—¿Qué hace esa gente? —Se acercó despacio hasta el gentío, con las cejas fruncidas en un gesto de intriga.
—Ah. Pues apuestan.—Contestó con naturalidad Fausto, quien se llevaba la mano a la cabeza repetidas veces y luego se miraba la palma, notando como los piojos le quedaban pegados a ella—.Peleas callejeras. Si vas a tener una riña, más vale que saques algo más que solo magulladuras y golpes.
—Que barbarie.—La altura del jaco ahora le permitía contemplar, a los dos contendores que bregaban sin tregua, dándose puñetazos a diestra y siniestra—¿La guardia permite esta locura?
—Las apuestas son ilegales en casi todo el sur, pero aquí en el norte.—Fausto vociferaba denotando orgullo en sus palabras— Aquí en Reodem casi no hay ley.
—¿Te enorgulleces de eso?—Hizo un gesto inquisidor.—Menuda ciudad, sin orden.
—Hogar de asesinos, violadores y fugitivos. —La miró con el rabillo del ojo y se acercó a Lidias para que nadie más oyera—.No parece un lugar apropiado para una princesa.
—¿Olvidas que soy prófuga ahora?—Se hecho la capucha sobre la cabeza—.Es el lugar perfecto para mí.
—Mierda, casi lo había pasado por alto.—Fausto se golpeó la cabeza con la palma—.Aun no me has dicho, que fue lo que te hizo huir de Freidham.
—Ni lo sabrás todavía. —Echó rienda al rocín, adelantándose al cazador —.Comprarás heno para ese jaco y nos guiarás a la taberna más cercana.
—A su orden mi dama. —Un dejo de ironía en su voz—. Aun no me ha dado una sola lidia, para tal obra.
—Ten. —Le alzó un saquito de suficiente peso—. Sé más discreto, refiérete a mí como te dé en gana. Pero mi nombre no saldrá de tus labios aunque tu vida dependa de ello. —Se acercó para que pudiera oírla solo él—. Y olvida el nombre de esa maldita moneda ¿Cómo le llaman en occidente?
—¿Lunas? —Fausto murmuró dubitativo—. No es común llamarlas así en el país.
—Conocí a una familia hace algunos años, que vive en las altas cumbres de la frontera. —Se acomodó la capucha para cubrirse bien el rostro—. Allí los comuneros con costumbres occidentales las llaman lunas, incluso varios de los nobles. Esa casa tiene varias hijas algunas de mi edad. Son ser de la corona, cumplen obligación en la frontera. Si alguien pregunta quién soy, diles que vengo de las montañas.
Responder
#13
Muy buenas buen Landanohr.. Buenaventura contigo amigo. Así es, tu tincada está bien encaminada; aquí comienza la aventura de Lidias y también se separa de la del malogrado Roman. Espero te siga gustando, muchisimas gracias poer tus correciones, de verdad que me vienen muy bien. Confieso que soy un matado para atraparlas a tiempo y siempre se me pasan errores al escribir.
Nos leemos pronto un gran saludo.
pd: Por cierto, me pasé por tu titulo en wattpad y lo he comenzado a leer, tal parece que tienes un mundo muy rico y me ha enganchado mucho.
Responder
#14
Buenas compañero!

Antes de nada, decirte que no te desanimes con el tema de las correcciones. Si le pones interés, vas revisando y corrigiendo, con el tiempo cada vez lo harás mejor y tendrás menos fallos. Cuando comencé a escribir, y me doy cuenta ahora que estoy revisando poco a poco la historia, cometía muchos más fallos. No es que ahora no los cometa, que todavía se me escapan algunas que paqué, pero meto menos la pata y me resulta más fácil hacer las revisiones.

Un consejo: cuando revises procura hacer la lectura como si la hicieras en voz alta, dando la entonación a cada palabra tal cual está escrita y haciendo las pausas de puntuación como en el texto. Así, si vas comparando lo que lees con cómo debería sonar si alguien te estuviera contando la historia, te resultará más fácil encontrar los fallos. Por lo menos a mí me funciona.

Bueno, vamos al capítulo... menudo par de dos se acaban de juntar... Lidias, que ha demostrado tener mucha menos pompa y ser bastante más desvergonzada de lo que cabría esperarse, y Fausto... ¿cómo lo describiría?... descarado, fresco, pasota, vividor... y unos cuantos adjetivos más; pero eso sí, me da la impresión que también es bastante leal y noble.

Así como quien no quiere la cosa se han plantado en la ciudad, donde la princesa está descubriendo que no todo es paz y saber estar, educación y normas. Y muchas cosas más me da a mí que le quedan aún que aprender, aunque al menos parece que ha encontrado buena compañía.

Y nada, te dejo algunas anotaciones:
(27/02/2015 01:35 AM)Ledt escribió: —Pues, la verdad me encantaría saber quién eres. —Se sobó la cabeza y se encogió de hombros, luego hizo un leve giro del cuello y miró de soslayo a la joven tras de él—.

—Ahora nos entendemos. Camina. —Lo guió apuntalado con el arma hasta la roca donde la princesa había dejado sus vestimentas—.

Qué pelmazo. —La princesa se enderezó con lentitud y sin bajar la guardia, ordenó con un gesto que hiciera lo mismo

No tengo esposa ni hijos, ya ves; soy un cazador que vive de las pieles y la carne de lo que logro (¿logra?) capturar.
—¿Me estabas acechando (el verbo asechar asechar existe igualmente, pero por el contexto diría que acechar es el correcto), Fausto?

—Me había dicho que era una especie de delito acechar (igual que antes) novias desnudas, mi dama.

—Yo… —Fausto no entendía nada, quería abrir sus ojos, pero por alguna razón quiso acatar la orden de aquella extraña mujer—. No entiendo bien qué está pasando.

—Cierra la boca y no hables hasta que te lo diga. —La espada bajó lentamente y tocó  le tocó los hombros, luego antes de tocar su cabeza, la princesa dijo—

—Deja de exclamar con esa frasecita de piadosos. Me trae malos recuerdos. —Le dio la espalda a  y luego de un breve instante, se volteó hacia él—.No existe ninguna pena por espiar mujeres, ni nobles, ni casadas, ni ingenuas vírgenes desamparadas. Sin embargo, necesito de alguien que sepa cómo sobrevivir y me ayude en mi viaje.

—Voy a pagarte, por supuesto que no eres mi esclavo.—Lidias hizo como si el tono de Fausto no le importara en absoluto—.

—¿Y a quién tengo el agrado de servir? —Sus pobladas cejas se ciñeron en un gesto inquisidor.

—Donde mande mi señora.—Recién después de escuchar la voz de Lidias, es que Fausto reaccionó; antes estuvo pasmado mirando el contoneo rítmico de sus caderas al avanzar y aquellas redondas nalgas que terminaron encaramándose a la montura—. Bueno. Primero iré por mi jamelgo si es que no me lo han robado ya. Aunque dudo que para más que algo de carne y pellejo lo quieran.

—Lidias cogió las riendas del palafrén con fuerza, este giró con ella quien dio ojeadas al lugar, como si no lo hubiera explorado ya hacía un rato—

Ya puede ver usted. No me habré encontrado ningún bandido, pero me topé a (¿con?) una sirena en las aguas del Dos Causes.

—¿Me va a decir quién es realmente usted?

—Bueno, ahora sí has logrado todo mi interés. —El cazador se puso por delante de Lidias, e indicó con la mano el camino a seguir—.

—No era mala decisión, pero como su nombre lo indica, el Dos Causes se divide más arriba  en la misma montaña, y este brazo no llega a Reodem, sino hasta un pueblo fronterizo ocupado por los Bárbaros, hace algunos años.

Aun no su nombre. Y todavía no entiendo la confianza que tiene en que no la delate.

Cómo no saberlo, la moneda oficial del reino lleva su nombre. —Ahora la sonrisita se convirtió en una media luna ataviada  por separados y amarillentos dientes—.

Al pie de la misma, incrustada entre el desfiladero se erguía una muralla hecha de la misma roca de la eminencia.

Estudié desde los siete en la Torre Blanca ¿Sabes qué hechizo sé hacer?

Residencias toscas y un fuerte olor, mezcla de azufre y metal fundido se respiraba en el aire; similar a huevos podridos y a sangre.

Contestó con naturalidad Fausto, quien se llevaba la mano a la cabeza repetidas veces y luego se miraba la palma, notando cómo los piojos le quedaban pegados a ella—.

Qué barbarie.—La altura del jaco ahora le permitía contemplar, a los dos contendores que bregaban sin tregua, dándose puñetazos a diestra y siniestra—

Aún no me has dicho, qué fue lo que te hizo huir de Freidham.

Aún no me ha dado una sola lidia, para tal obra.

Bueno, veremos a ver cómo le va a estos dos.
Iep!!

PD: me alegro de que te animases con mi historia, espero que te guste. Smile
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#15
Wink 
Muy buenasLandanohr, un verdadero gusto seguir viendote por aquí. No te preocupes, no me desanima corregir y corregir, lo que sí es saber que fallo y fallo aun cuando intento hacerlo lo mejor posible. Bueno, se que tienes razón y es cierto que también en un principio cometía más errores aún, estos primeros capítulos están revasados de ellos, y eso que ya les he echado ojo y correciones varias.
Bueno, en cuanto a la historia es bien cierto que Lidias es una princesa bastante particular, tiene que ver con su personalidad e historia de vida, pues si que vivía comodamente en el palacio, sin embargo, no es ninguna hijita mimada. EN cuanto a Fausto, pues sí que aciertas bien en tu parecer, es todo eso que describes.
Un tremendo saludo y nos leemos.!!
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#16
Brick 
Capitulo V
El Bárbaro de Sarbia

[Imagen: 9179543ledt-copy.png]
Había logrado tragarse la argamasa homogénea y viscosa, que compró por estofado, con la disposición que sólo brinda el hambre. Aunque Fausto parecía disfrutar de aquella aberración culinaria, como quien paladea el más exquisito de los manjares.
—¿No podías escoger un lugar más higiénico? —Le pateó sutilmente las canillas por debajo de la mesa y agregó casi en un susurro—: Parecían los desechos de una res enferma.
—Me dijiste que fuera discreto —reclamó con voz igual de baja—. Este es el último lugar en dónde podrían buscarte.
—Más vale que no te equivoques. —Echó una rauda mirada en derredor. La taberna estaba repleta, los tachos de agua miel chocaban con estrépito entre grotescas carcajadas e improvisados bailes. La tertulia se veía muy animada, los rostros rosados y las miradas perdidas flotando enajenadas; acusaba la embriagues de los clientes. —Tienes razón, jamás se me habría ocurrido meter un pie en una cueva de borrachos como esta.
—Pedí una doble de agua miel con el estofado. —Levantó el brazo y echó un potente chiflido a la mesera que, tambaleándose para no chocar con el gentío hacía esfuerzos para retirar las jarras vacías—. Espero que no te moleste, pero el frío de las noches lo amerita.
—Me da igual, lo descontaré de tu paga. —Bajo el capuchón Lidias sonrió mordaz.
En ese momento entraron a aquel tugurio cuatro varones que acapararon miradas de todas las mesas. Recorrieron con incuestionable prepotencia el trecho desde la puerta hasta la mesa mejor ubicada, entre el mesón del tabernero y la hoguera. Había dos clientes sentados allí bebiendo, pero de inmediato se levantaron sin decir palabra, cediendo sus puestos y marchándose a otro rincón del lugar— ¿Quiénes serán esos?
—¿Te refieres a los que acaban de entrar? —apuntó con el rabillo del ojo a los cuatro recién llegados, que ya tomaban asiento y eran atendidos. Fausto se empinó la jarra que llegó a sus manos—. Deberías conocerlos mejor que yo.
Lidias hecho una mirada con descaro y atendió en los bordados en sus pecheras—. Son hombres de la Sagrada Orden —exclamó en un mudo murmullo— ¿Qué hacen en un lugar como este?
—Esperemos que no buscándote. —Contestó el escudero con rapidez y tragó—. Son de por estos lados, se vanaglorian de vez en vez visitando a la picaresca y los comuneros, ostentado su categoría.
—Como sea, creo que será mejor que nos vallamos a las habitaciones. —El nerviosismo en la voz de Lidias era notorio—. Te dije que encontraras un lugar dónde no corriera peligro de ser reconocida.
—Tranquila, con ese capuchón cubriéndote el rostro y el ropón encima, dudo que te atrapen. —Quiso beberse lo que quedaba de su jarra, pero la princesa se lo arrebató en el acto y le apuró con otro puntapié en las canillas—. Está bien, hablaré con el tabernero para que prepare los cuartos.
—Espero que no tengan pulgas —suspiró intentando no volver a voltearse para mirar a los miembros de la Sagrada Orden.
En el instante en que Fausto se marchó de la mesa, Lidias siguió observando con disimulo cada acción de los cuatro caballeros, que estaban a solo tres mesas de distancia de la de ella. El ruido de la taberna no le permitió oír del todo lo que conversaban, pese a que hablaban muy alto haciendo notar su presencia. Sin querer, la princesa advirtió en el tipo que estaba sentado en la mesa detrás del grupo, el que inexplicablemente le llamó la atención, pues no parecía prestar cuidado a los recién llegados en absoluto, como lo había hecho la mayoría de la clientela presente. Se le veía más bien abstraído en su plato, del cual cuchareaba de forma pausada. No pudo verle el rostro, pues lo traía cubierto con un capuchón. Lidias con inconciencia comenzó a fijarse en aquel extraño, casi dejando de lado al grupo de nobles que tan nerviosa la tenía hace  momentos; examinó desde su puesto cada detalle que puedo apreciar de él. Notó la empuñadura que sobresalía tras su espalda, parecía el mango de un hacha, sin embargo la vaina le indica que se trata de una descomunal espada. “Menuda hoja. Este tipo ha de ser un verdadero carnicero —se dijo para sus adentros, y miró fugaz a su alrededor—. Ni modo, nadie aquí parece de buenas pulgas.”
Se volvió para ver en que estaba su escudero, cuando el estruendo de unos tachos chocando el suelo de piedra, la obligaron a dirigir la mirada otra vez tres mesas más allá; La mesera había dejado caer la bandeja justo al lado de los caballeros.
—Te has puesto nerviosa ¿eh? —se oyó claramente a uno de los del grupo—. Vamos recoge todo este desastre.
La mujer de rojiza cabellera, se agachó y se dispuso a recoger lo que había tirado. Uno de los tachos rodó bajo la mesa que ocupan los cuatro caballeros.
—Mira este pedazo de mujerzuela. —La pelirroja, que ya se había agachado bajo la mesa, recibió una descarada palmada en las nalgas que le propinó uno de los varones. «Nombre de Himea ¿Son estos juramentados de la Sagrada Orden? —se dijo Lidias mientras contemplaba la escena desde su puesto—. Cretinos inconsecuentes».  La mesera pareció incomodarse, sin embargo, no dijo una sola palabra.
—Ya lo he dicho: estas extranjeras sí que son ardientes. Deben ser los aires y el calor del sur —acotó uno de los varones de armadura, entre risotadas. La mujer recogió el último trasto e intentó regresar al mesón, pero el brazo de otro de los caballeros la cogió por la cintura echándosela sobre el regazo.
—Debe ser por el cabello como el fuego ¿Cuánto vale juguetear contigo, eh? —La hembra de pálida tez, se sonrojó e intentó levantarse— .Quiero ver si la pelusilla de allí abajo está a tono con tu melena. —Rieron.
—Me está usted ofendiendo, maese. —le dijo, mientras se levantaba y volvía a coger la bandeja, dispuesta a regresar tras el mesón.
—Tú no vas a ningún lado,  perra —gruñó el hombretón, y la sujetó del brazo—. Esta escoria Sarbiana, no sabe con quienes está tratando.
—Sé muy bien que ustedes son caballeros, al servicio de la Sagrada Orden. —La mujer se zafó de aquel varón y reverenció para despedirse—. Entiendo que usted tiene votos de abstinencia, déjeme en paz.
—¿Cómo te atreves a hablarme así, perra insolente? —El caballero se paró de la mesa y agarró a la mujer por los hombros.
—¡Suéltala! —con voz firme el hombre con capuchón de la mesa de atrás, se dirigió al caballero— ¿No has oído bien? Esta mujer ha pedido que la dejéis en paz.
El caballero giró parsimonioso la cabeza, hasta dar con el portador de la voz  que acaba de increparlo.
—¿Te diriges a mí? —Soltó a la mujer y se acercó a paso lento y aire petulante en la mirada, hasta que dio con la mesa del extraño—. Descúbrete, quiero ver tu feo rostro gusano impertinente.
El caballero, intentó quitarle el capuchón que traía encima, pero cual rayo la mano del sujeto le agarró el antebrazo, impidiéndole completar la tarea. El ceño fruncido de los compañeros y la mirada atónita de la clientela expectante, con seguridad descolocó al caballero, quien de manera impulsiva  llevó la mano libre hasta el pomo de su arma y la desenvainó amenazando al hombre que aún no lo soltaba.
—Voy a zanjar tu garganta aquí mismo —gritó furioso, y alzó la espada dispuesto a matar.
No alcanzó a mover un centímetro más la hoja, cuando fue arrojado sobre la mesa con el brazo torcido a la espalda y aquel hombre oprimiéndolo. En ese momento, los otros tres que le acompañaban se abalanzaron desenvainando al unísono, mientras el extraño de capucha continuaba sujetando el torcido brazo del caballero.
—¿Vais a atacarme los tres a la vez? —Le quitó la espada de la mano al que tenía oprimido y la arrojó al suelo. Luego le haló el brazo una vez más y le golpeó la nuca dejándolo inconsciente—. No es propio de su Orden. Aunque no esperaría menos después de ver como tratasteis a esa mujer.
—Has avergonzado a un ser de la Sagrada Orden, forastero: pagarás con tu sangre.
De los tres caballeros que lo miraron con expresión imperiosa, el más alto arrojó la silla que se interpuso a su paso y avanzó hasta el extraño, pavoneándose con la seguridad que le investía su posición.
—!Rodeadle, este cobarde podría escapar¡
Los tres aceros cortaron el aire intentando alcanzar la carne del forastero, que giró sobre sí esquivando las hojas y las mortales estocadas. Lidias desde su puesto, contemplaba la escena disimulando su asombro bajo el capuchón; mientras volaban sillas, se partían mesas y los gritos de aliento de la clientela, completaban el alboroto en que se  había convertido la tasca.  
Una patada le bastó al extraño, para lanzar sobre el mesón a uno de  sus tres atacantes, mientras con un puñetazo bajo el mentón dejó inconsciente a otro. La espada que intentó cortarle el cuello, pasó silbando tras las nuca al momento que se agachó y apoyándose en el suelo cobró impulso, para patear a pie junto la pechera de su contendor, quien cayó de espalda sobre la mesa que no tardó en partirse y derramar los trastos que tenía enzima, sobre él. Enseguida el barullo y silbidos de vitoreo se apropiaron del lugar.
El hombretón que aún mantenía el capuchón en su lugar, observó un momento los cuerpos inconscientes de los derrotados caballeros. Luego avanzó hasta el sorprendido tabernero.
—Yo pagaré por esto, buen hombre —le dijo al pararse frente a él. Luego ayudó al varón a levantar el pesado cuerpo del caballero tendido sobre el mesón—. Dudo que cuando estos despierten tengan la prudencia de hacerlo.  
—No e’  usted de por aquí maese, su acento lo delata —El tabernero le ofreció un trago con un gesto—. No ha hecho bien en batirse con los Sagrada Orden. Aquí en la ciudad, son la única autoridad.
—No bebo, buen hombre. —Le dejó cuatro monedas de oro sobre el mesón y dio media vuelta haciendo omiso caso al comentario del tabernero. La mesera pelirroja, que estaba secando unas jarras, agachó la mirada y le entregó una disimulada sonrisa (de agradecimiento, seguro)—. Pienso pasar la noche aquí, el lobo que está afuera viene conmigo, quisiera que me dejarais meterlo a la habitación.
—Lo que quiera maese, pero tenga en cuenta mi consejo. —Tan pronto agarró las monedas, se las metió en el bolsillo—. Váyase, de ser posible hoy mismito, no sea que estos hombres cobren represalia y ‘toy seguro que así lo harán.
—¿No deberían proteger ellos al pueblo? —Sin voltearse se detuvo de espaldas al tabernero—. Había oído que este lugar era una cueva de rufianes, no me imaginé que los violadores y asesinos fueran caballeros de la corona.
—De la corona no maese. —El tabernero miró a todos lados para cerciorarse de que los caballeros aún no habían despertado—. Los consagrados de la Sagrada Orden, bien reciben su título y garantías de la corona, su Orden  sirve a los dioses, antes que al rey. El trono los protege a ellos y ellos protegen al trono, pero eso no contempla al pueblo. Las minas de Reodem le pertenecen a la Sagra’ Orden, aquí las leyes del país no rigen. Sólo existe la palabra de estos caballeros.
—¿Quieres decir que la falta de estos cuatro, quedará impune? —Se volteó y miró a la mesera—. Al menos tendrán un buen malestar al despertar.
La pelirroja sonrió nerviosa y se volvió con prisa a secar algunas jarras que tenía enfrente y luego dijo agachando la cabeza—: Señor, lo lamento pero no tenemos más habitaciones. —El tabernero le lanzó una fea mirada.
—Es cierto, aquel varón de allí  recién ha reservado las dos últimas. —Ella apuntó a la mesa donde estaba Lidias, y Fausto que recién llegaba.
—Mujer, el maese aquí recién se ha bati’o por causa tuya ¿Y vas a dejarlo en la calle? —La chica se encogió de hombros y miró al suelo compungida—. Le daremos tu cuarto si es necesario.
—Oh no, no hace falta. —Se volvió hacia el tabernero y este apretándose el bolsillo miró con rapidez a Fausto—. Dejadlos en paz , no quiero que me devuelvas el dinero.
—No se preocupe, maese. —Echó un chiflido—. Maese. El de las dos habitaciones, venga aquí. Fausto oyó al tabernero y miró a Lidias—. Bueno, seguro ya están preparadas. —La princesa se puso de pie y caminó con él—. Menudo espectáculo ha dado aquel extraño.
—Desarmó a los cuatro, sin usar una vez su espada. —Le susurró mientras avanzaba hasta el mesón—. No es un soldado cualquiera, de verdad estoy intrigada.
La princesa y el cazador, avanzaron hasta el mesón junto al tabernero y el extraño encapuchado. Ambos pasaron a la vera del hombretón y esperaron a escuchar al barrigón dueño de la posada.
—Maese, lo siento tenemos un problema aquí. —El tabernero los recibió haciendo gestos con las manos ademán de excusarse—. No tenemos dos habitaciones, el hombre aquí también ha pedido una.
—Pero yo ya he pagado. —Fausto miró a Lidias y se encogió de hombros—. Hace un momento me dijo que tenía dos disponibles.
—Ya he dicho que no importa, me marcho ahora mismo. —El forastero quiso avanzar, pero el filo del acero amenazando su garganta, lo detuvo.
—Ahora si te llegó la hora escoria. —El caballero antes inconsciente sobre la mesa, se había levantado y ahora tenía su espada apuntando al encapuchado—. Desenvaina, esta vez quiero que sea un duelo justo. ¡Desenvaina ahora! Sin trucos.
—Como tú mandes. —Se llevó la mano derecha a la espalda y desenfundó sin prisa, la gruesa y larga espada que traía casi oculta bajo la capa.
Lidias, en silencio como todos en el lugar, de inmediato se fijó en los grabados rúnicos de la hoja, hasta que dio con un inscrito que despertó toda su atención. Cuando por fin el acero empuñado por el extraño estuvo por completo fuera de la funda, la concurrencia ya había hecho un círculo alrededor de los duelistas. Fausto con su brazo empujó con suavidad a su señora hacia atrás, sacándola del círculo para protegerla
—Salgamos de aquí, no queremos dañar a nadie —decidió el forastero, con la voz segura.
El hombretón de capucha, tipo alto más que cualquiera de los que allí presenciaba, agarró a aquel monstruoso filo con las dos manos y blandió. Parecía que una sorna corriente de aire se generaba cada vez que su hoja se movía, aunque el frío de afuera lo hacía imperceptible. El caballero, no tanto más bajo que su contrincante, parecía ceder más terreno en el duelo. Disminuido por la brutal espada; su mandoble era como un cuchillo contra un machete, ni siquiera podía bloquearlo.
El duelo no duró mucho, el hombrón dejó caer el filo de su hoja en el antebrazo del caballero, cercenándoselo de inmediato. La sangre que manó enseguida, tiño la acera fría y la lucha se dio por concluida.
—Déjame curar esa herida y libérame de culpas. —El forastero miró hacia un punto perdido en la oscuridad de la noche y silbó—. No os hará daño, quédate quieto.
Desde la penumbra apareció un lobo gris, de ojos desiguales y brillantes. Se acercó ante la atónita mirada de la concurrencia y comenzó a lamer el antebrazo desmembrado. El caballero intentó quitárselo de encima dándole golpes y arrastrándose, pero se desmayó en minutos. Poco a poco la herida se limpió de sangre y cicatrizó ante la incrédula mirada de todos.
—¿Quién eres forastero? —La pregunta general se escuchó en el aire— ¿Eres un Guardián?
—Solo puede ser un Guardián ¿no lo ven? —gritó alguien entre la gente—. Miren lo alto que es y esa terrible espada que lleva.
—No —dijo de pronto el forastero. Y se volvió al lobo, al que acarició. Envainó el acero y se dispuso a caminar hacia la calle—. No soy un Guardián. Aunque sí, soy de Sarbia o alguna vez me vio nacer aquella nación.
Un barullo general se oyó tras la huella del caminante, que abandonaba las afueras de la tasca y se alejaba entre la tenue luz de las antorchas ahogadas de la calle.
—¡He! Detente. —Gritó la voz de Lidias, que parada bajo el dintel de la puerta había visto todo—.Vuelve aquí, compartiré la habitación con mi siervo. Así que puedes quedarte con la otra. ¿Si quieres claro? —Su voz era nerviosa, su pulso acelerado. Sabía que no podía dejar ir a aquel hombre, sin antes enterarse de su relación con el símbolo grabado en la espada.
—Agradezco su buena voluntad, dama. —Se detuvo un momento sin mirar atrás—. Pero ya no me quedaré  en esta ciudad esta noche.
Lidias, vio pérdida la oportunidad al ver alejarse al extranjero, sin embargo, su ímpetu decidió intentarlo otra vez.
—Permíteme al menos un minuto para charlar. —Gritó lo suficiente como para que él la escuchara, cuando ya estaba a una calle de distancia—. Es importante.
Siguió caminando un momento, pero luego se detuvo. Se estuvo quieto un instante, parecía meditarlo,  luego regresó tras sus pasos con andar pausado.
—¿Eres una mujer insistente, lo sabias? —dijo fausto a Lidias casi en un susurro, mientras se apoyaba a su lado junto al muro— ¿Es así como persuades a tu pretendientes?
—Cállate. —Le brindó una sutil patada en la canilla—. Quiero preguntarle algo importante.
—Vamos, ni siquiera le has visto la cara. —Fausto entró de nuevo a la taberna—. Seguro la trae la jeta cubierta, por lo fea que es.
—Ahora que lo mencionas, tú deberías hacerle ese favor al mundo. —Sonrío  mordaz e hizo una seña para recibir al forastero—. Agradezco que hayas regresado, prometo que te recompensaré. Ahora por favor, sírvete acompañarnos.
—Algo me dice que esto tomará más de un minuto. —Ambos cruzan el portal ingresando otra vez a la estancia—. Espero que esos tres aun no despierten para empeorar las cosas.
—¿Eres una especie de justiciero vagabundo? —Fausto con dos tachos llenos de agua miel le invitó sentarse a la mesa—. O ¿se te da natural cuidar culos ajenos, de forma tan personal?
—Fausto, por favor. —La princesa otra vez le brindó un puntapié bajo la mesa—. No hacen falta tus comentarios.
—Nada de eso mi amigo. —El forastero tomó asiento junto a ellos—. De dónde vengo es común la gente con cabellos de fuego. Esa mujer me recordó a alguien a quien no me agradaría que tratasen así en estos momentos. Por lo demás debía hacer algo o esos tipos habrían terminado por hacerle cualquier cosa.
—Bah, seguro nada que no haya probado ya —comentó por lo bajo el cazador, quien recibió de inmediato un terrible pisotón, propinado por su compañera, que le hizo soltar un ahogado quejido de dolor—. Ya, me callo, me callo…
—¿De dónde vienes? —Intervino Lidias con voz directa—. Te he oído decir allá afuera que eras del Imperio.
—Soy de la provincia de Ismerlik —contestó sin prisa.
—¿Te ocultas? —Se acercó para que sólo él la oyera— ¿Huyes? ¿Eres como un fugitivo o algo parecido?
—¿Lo dices porque oculto mi rostro? — preguntó apuntándose con una mano.
La taberna a esas horas regresaba a su ajetreo normal, algunos clientes ya se habían marchado, los que quedaban bebían, y los que no lo hacían ya estaban echados sobre las mesas empapados en el propio vomito. El forastero echó un vistazo ligero a su alrededor y con calma se quitó la capucha, dejando el rostro al descubierto. Era un varón joven, de unos aparentes veinte años: ojos oscuros y cabello castaño; lo llevaba largo hasta los hombros y una cicatriz le cruzaba desde la ceja izquierda hasta el pómulo; tenía una  cara de marcadas facciones masculinas, aunque algo sucia y con la barba que le crecía solo en el mentón bastante descuidada, no dejaba de tener un aire solemne, parecía un muchacho con alcurnia
—Mi nombre es Ledthrin y sí, me he escapado de Escaniev;  dónde fui esclavo cuatro años —confesó sin ocultar el pesar que le traía decirlo.
—¿Escaniev? —Fausto abrió los ojos sorprendido— ¿Eso no está al otro lado de las montañas?
—¿Así que eras esclavo de los Bárbaros? —Lidias lo miró de reojo aun ocultando su mirada bajo  el capuchón—. No quiero imaginar cómo llegaste allí, mucho menos como lograste escapar. La verdad tampoco quisiera saberlo en estos momentos. Ledthrin; y no lo tomes a mal, pero lo que yo quiero saber es sobre la tu espada: la inscripción en ella.
—Vaya, si que eres directa. —Fausto que se había echado un trago, se atoró con la risa que le sacó el comentario— ¿La inscripción en mi espada? Te refieres a las runas de la hoja.
—Me refiero al grabado en el acero, similar a esto. —Miró con disimulo por si alguien más estaba atento y con sigilo sacó de entre sus atavíos una funda, que puso sobre la mesa. La abrió y dejó a la vista el puñal que hurtó del despacho del prefecto— ¿Te dice algo?
—Es una hoja muy hermosa  —contestó algo confundido—. Seguro sabes usarla bien.
La princesa observó el rostro del joven, en busca de cualquier gesto que le sugiriese algo. Si aquel hombretón estaba de alguna manera involucrado en el asesinato, esperaba darse cuanta por sus expresiones, sin embargo, notó por la naturalidad de su semblante, que no tenía idea a qué se refería.
—Con este puñal asesinaron a mi padre. —El Sarbiano tragó saliva, Fausto tastabilló para no caer de su silla—. Es la única pista que tengo para hallar al culpable.
—La marca que tiene en la empuñadura es un engarce. —Ledthrin señaló con el dedo la inscripción y luego se arremangó las mangas del talego, bajo ellas aparecieron un par de brazaletes dorados ajustados a sus antebrazos —. Del otro lado de las montañas, los chamanes lo usan para anexar un arma a un único dueño.
—¿Cómo es eso? —Lidias guardó el puñal otra vez y clavó su mirada en Ledthrin—. Sólo puede portarla el dueño de ese engarce ¿Algo así?
—No tan así. —señaló sus brazaletes—. Estos, me los colocaron en Escaniev. Están unidos al engarce en mi espada, lo cual me permite usarla. Sin estos brazaletes, no sería capaz de manejarla, ¿Has visto lo enorme y pesada que es? Bien, en realidad a mí no me cuesta trabajo alzarla, son los brazaletes los que están unidos a ella.
—¿Ma-gia? —Fausto interrumpió entre un eructo—. Es un tipo de hechicería ¿Es eso?
—No lo llamaría así. —Volvió a desdoblarse las mangas—. Es más como un control de las fuerzas elementales que rigen la naturaleza. Mi maestro lo llamaba…
—La Conexión. —Lidias completó la frase.
—Exacto. —Ledthrin la miró y frunció el ceño— ¿Cómo lo supiste?
—Estudié en la Torre Blanca nueve años. —Lidias se levantó de su asiento y le indicó a los dos que la siguieran—. Vamos a un sitio más privado. Si estás de acuerdo.
Subieron hasta la habitación, y antes de eso Ledthrin llamó a su lobo, luego el escudero cerró la puerta tras de sí. La alcoba era tosca, pequeña, y un trozo de tronco hacía de mesa junto al colchón; algo húmedo y con claros signos de no asearse a menudo, quizá nunca.  Fausto se echó despaldas sobre la cama, sin escrúpulo alguno. Ledthrin permaneció de pie junto a la diminuta ventana observando la penumbra de afuera, mientras acariciaba el pelaje de la fiera. Por fin Lidias avanzó unos pasos hasta la ventana y se quitó el capuchón que le cubría el rostro.
—Soy Lidias. —Sopló el mechón de cabello que le hormigueó el rostro—. De Freidham, hace poco la princesa de Farthias.
Ledtrhin dejó de mirar por la ventana y volviéndose hacia la princesa frunció con sutileza el rostro y entrecerró un poco los ojos.
—No es del todo un honor para mí conocerla. —Extendió la palma de su mano, esperando que Lidias posara la suya sobre ella para el besarla; como era el saludo de costumbre en la nobleza, sin embargo, no ocurrió.
—Debo reconocer que eres el primer varón que me dice algo semejante, sin tapujo. —Dudó un poco y lo miró fijo—. Pero no me importa ¿Sabes algo más sobre los engarces?
—Me disculpo por mi comentario. —Guardó la mano con prisa—. Pero aún conservo rencor hacia vuestro difunto padre. El cargó con la muerte de quinientos varones, entre ellos mi padre, hace siete años en la batalla de Arca-Blanca.
—Te he dicho que no me importa —lanzó casi sin haber escuchado, luego meditó sobre sus propias palabras— . Lo siento, no acababa de oír lo que me estabas diciendo. A veces mi lengua es más vertiginosa y audaz que mis oídos.
—Está bien, estamos a mano. —Miró la ventana una vez más—. Bien, así que estudiaste en la Torre Blanca. Quizá conozcas a Nawey. Es una elfo: cabellos dorados, orejas alargadas, …
—Se cómo es un elfo. —Miró hacia el techo con desgana—. Sí, conozco a Nawey, hija de Thereon Lord Elfo. ¿Qué hay con eso?
—Fui pupilo de Lord Thereon hasta los doce. —Acarició una vez más a su lobo—. Con ellos aprendí lo que sé sobre la Conexión, pero no tengo el Don. Así es que la única forma de que el engarce de mi espada funcione conmigo, es usando estos brazaletes. Son brazales de esclavo, fui obligado a luchar en la arena contra bestias enormes allá en Escaniev. Para poder usar las espadas de un bárbaro mi amo mandó a engarzar la hoja y los brazales.
—¿Conoces quien hizo esos engarces? —Lidias parecía muy intrigada.
—Sólo un chamán de la tribu Rah-dah conoce el secreto de los engarces y ahora está muerto: yo lo maté. El que tiene ese puñal tuyo debió hacerlo él, seguramente para un hombre de occidente. Una cosa es clara, esa arma no puede ser usada por nadie más que el dueño de ese engarce, así funciona esto. —Ledthrin desenvainó y arrojó la espada sobre el colchón, al lado de Fausto—. Agárrala e intenta atacarme.
—Eh ¿Quieres que termine como esos cuatro de allá abajo? —Con los brazos bajo la nunca, Fausto lo único que quería era echarse a dormir, pero la mirada de Lidias lo persuadió para incorporarse—. Venga, conste que lo advertí. —Intentó coger la espada, pero el peso apenas le permitió alzarla, sin embargo, cuando intentó tocar al guerrero, sintió como una fuerza más allá de su control le impedía avanzar.
—¿Qué clase de artimaña es esta? —No podía comprenderlo— ¿Dices que ese puñal que tiene Lidias también está afectado por esto?
—De seguro, intentemos ponerlo a prueba. —Ledthrin no acabó de terminar la frase, cuando Lidias ya tenía el puñal en la mano e intentó clavar a Fausto, siéndole imposible.
—Bueno, está engarzado y no puedo usarlo —suspiró.
Responder
#17
Brick 
Capitulo VI
Los Veinte Capas Purpura


Pisó despacio, para evitar que el crujir de las tablas del piso despertara a Lidias; Fausto podía ser un simplón, pero aun así no dejaba de tener buenos modales. Como un gato sigiloso, se escabulló a tientas hasta la puerta.
—¿Pretendes escapar? —Lidias había despertado. —No eres muy bueno siendo silencioso.
—Nada de eso. —Entre la oscuridad buscó la silueta de ella sobre el colchón—. Bajaré a tirar del riñón, tanta agua miel me ha dao’ unas ganas que no me aguanto.
—Ya lo suponía. —Se arropó, echándose la capa encima—. Sabía que no podías molestarte tanto por tener que dormir en el piso.
—Sigo pensando que en esa cama había espacio suficiente para ambos. —Frunció los labios y abrió la puerta—. Y lo admito, cuando dijiste que compartiríamos el cuarto, pensé otra cosa.
—Ya vete. —Le arrojó una de sus botas que estaban junto al colchón—. Suficiente ya es tener que dormir sobre esta inmundicia; creo que jamás terminaré de quitarle el olor a humedad a mis harapos, además llevo horas intentando conciliar el sueño y no lo he conseguido.
—Que ya voy. —Cerró la puerta tras de sí y avanzó por el oscuro pasillo, aunque se colaba algo de luz de abajo, por entre las tablas del piso. La taberna aún tenía movimiento, se oían voces y conversaciones distantes. Fausto bajó las escaleras con los pies descalzos; por pura suerte no se picó con ninguna astilla. Una vez frente al mesón le hizo una venia al tabernero que dormitaba, abrió la puerta y caminó rodeando los muros, no avanzó mucho, a medio trecho aflojó el cinturón y echó afuera toda el agua miel que se bebió: la espumosa orina se aposó un momento en el ralo suelo que luego la absorbió.
“Vamos amigo mío apura, apura que nos estamos entumeciendo—vociferaba en la penumbra—no querrás que pesquemos un resfriado. ¿Eh quien anda?”. Se escuchó a lo lejos casquetes de montura contra el pavimento, galopaban raudos no menos de diez.
—¡So! —A media calle un grupo de soldados se acercaba de a caballo—. Rodead el sitio, este es el lugar.
“ Hombres de la Sagrada Orden —se percató Fausto—. Mierda, estos han de venir a por el extranjero”.
Tan pronto terminó de orinar, se metió de vuelta a la taberna. El líder del grupo montado, se apeó y entró antes que él.
—Habrase visto tugurio más feo que este. —El varón de capa purpura y brillante armadura avanzó prepotente hasta el mesón, despertando al tabernero que cabeceaba—. Cuatro miembros de la Orden comieron y bebieron aquí esta tarde.
—Ya lo ha dicho usted, maese.—con la voz entrecortada y la cabeza agacha, aseveró el tabernero—. Jueron atendi’os con lo mejor del lugar, maese.
—Así parece. —Posó ambas manos sobre el mesón—. Dos con el cráneo magullado, uno con las costillas rotas y el cuarto manco. Quienes sean los culpables de tal crimen, serán ejecutados hoy mismo.
—Ha sio’ un solo hombre, maese. —El tabernero se atrevió a levantar la cabeza un momento—. Los señores estaban molestando a mi emplea’.
—¿Dices que sólo un hombre atacó a cuatro ser bien entrenados? —Se acercó tanto al posadero que casi le rosó el rostro, clavándole la furiosa mirada— ¿Le has alquilado un cuarto?
—Nnn. Sí, si maese. —Tragó saliva. En ese momento Fausto aprovechó para colarse y perderse escaleras arriba —. L’ renté un cuarto, pero él no lo quiso na’. Creo que se arregló con aquel tipo y su protectora. —Apuntó al cazador que ya estaba en el último escalón.
—Alto allí. —Se volteó el capitán y avanzó dos pasos hacia la escalera—. Baja enseguida.
—¿Yo? Me confunde maese, no tengo nada que ver. —Fausto encogió los hombros, le miró, miró al tabernero y volvió a mirar al capitán. Luego como un rayo terminó de subir la escalera y raudo atravesó el pasillo hasta dar con la puerta del cuarto donde sabía dormía Ledhtrin; abrió de una patada, pero dentro no halló a nadie.
El capitán sin perder el tiempo, se arrimó escaleras arriba, tan pronto Fausto había echado a correr. Se lo topó de frentón cuando intentó regresar al cuarto donde estaba Lidias. —Hasta aquí llegaste, granuja— Ya tenía desenvainada la hoja, la cual se veía blanca entre el claroscuro del pasillo.
—Perdóneme usted. —Levantó los brazos—. Me ha cogí’o el miedo. No pude evitar oír lo que hablaba con el posadero y creo que éste me ha confundido.
—Manos en la nuca, voltéate. —Le amenazó con la espada—. Me da igual, de cualquier modo vas a acompañarme abajo. Ya habían subido cuatro soldados con él. —Registren las habitaciones.
—¿Qué es todo este escándalo? —En ese momento abrió la puerta Lidias, con el capuchón de la capa sobre la cabeza y sin el talego, dejando al descubierto las radiantes hombreras de la armadura y la pechera grabada con la insignia real; dos caballos parados en sus patas traseras, cada uno al lado del esbozo de una torre y sobre ella la corona. —Le he dicho a mi escudero, que no se meta en problemas. ¿Qué ha pasado aquí?
—Ser. —El capitán distinguió entre la penumbra la figura que tenía parada enfrente—. Veo que ha escogido mal lugar para hospedarse.
—¿Le concierne a usted, ser? —Su tono de voz más altivo de lo común, y más mordaz.
—Los asuntos de la corona son nuestra prioridad, ser. —No dejaba de amenazar al escudero con la hoja—. Sírvase en otra ocasión enviar una misiva y gustosos ofreceremos nuestra morada para vuestro refugio.
—Lo tendré en cuenta, ser —reverenció con sutileza—. Ahora sírvase liberar a mi siervo, que yo misma le castigaré por cualquier afrenta que os haya provocado.
—No puedo satisfacer vuestra petición. —Dio media vuelta agarrando a Fausto y empujándolo contra el muro del pasillo— ¿Se ha enterado del escándalo ocurrido aquí esta tarde?
—Me temo que lo ignoro. —Tragó saliva bajo el capuchón—. Pero sea cual sea, estoy segura de que éste varón no ha tenido intromisión. Llegamos aquí pasada la media noche.
—Sus asuntos no me conciernen, no obstante, algo no termina de cuadrarme. —Metió la punta de la espada entre un hueco de la madera en la pared, por donde se colaba algo de luz, cortó un trozo ensanchando el orificio— ¿Tendría la amabilidad de quitarse el capuchón, ser?
—¿Acaso podría negarme? —Jaló la tela hacia atrás y descubrió su rostro—. No quería ser vista. Ahora usted me está humillando.
—Jamás fui partidario de dejar a las hembras vestir el acero, por ahora me alivia saber que jamás las habrá entre los consagrados. Conozco pocos caballeros de la corona con un boquete entre las piernas, s er. — Con un potente puñetazo, terminó de abrir una brecha en la pared, por la que se coló un rayo de luz anaranjada; proveniente de las lámparas de aceite de la taberna y que iluminaron mejor el rostro de Lidias—. Y todas ellas con una jeta de náuseas, pero lo que aquí tengo enfrente, es una hembra que ya me quisiera entre las sabanas.
—Suficiente, esto lo sabrá el Sumo Sacerdote. —Lidias, le echó una mirada a su escudero, que se había volteado a verla; dándole a entender que estaban en aprietos.
—Sí, el Sumo Sacerdote se enterará. —Volvió la espada contra Lidias, y chasqueó a sus hombres—. Se enterará que he encontrado a la princesa fugitiva. Soldados, capturadla.
Desenfundó sin titubear, avanzó fuera del umbral de la puerta; adentrándose en las penumbras del pasillo. El capitán y sus hombres avanzaron al paso acechándola, Fausto aprovechó de escabullirse y se metió a la habitación, a la señal de la princesa.
—No le maltratéis demasiado. —Gritó el capitán a sus hombres. —Recordad que aún es la princesa de Farthias, no querrán derramar su sangre y pagar el precio después. Captúrenla viva, que los Interventores hagan con ella lo que estipulen después.
—Un paso más y os rebano en dos. —Posicionó la hoja extendida transversal a su cuerpo y la mirada fija al frente—. Si piensan atraparme, van a tener que herirme antes.
Dos de los soldados se abalanzaron y enseguida estalló el choque del acero. Ambas espadas se detuvieron en la afilada hoja de la princesa; forcejaron a la par. Con una patada en la rodilla hizo ceder al soldado a su izquierda, obligando a perder el equilibrio del de la derecha: así rompió el cruce de espadas. Cuando intentaron de nuevo atacarla, desde la oscuridad de la habitación apareció la figura de Ledthrin y su lobo, que embistió a los otros dos varones y al capitán.
Contra el forastero no hubo piedad, matarle era preciso; así que la lucha fue brutal. Tres afilados aceros danzaron: ágiles, precisos, limpios y mortales; todos contra el hombrón de la gran espada y su bestia, que mordía sin tregua, ensañándose contra uno de los soldados, que no tardó en desmembrar hasta que sus gritos se ahogaron con sangre. Los otros dos, el capitán entre ellos, continuaron contra el forastero, sin lograr derrotarlo. De pronto una sacudida de aquel espadón y una pierna salió volando; el soldado se desplomó enseguida.
Cuando sólo quedaban dos hombres en pie y el lobo, fue el capitán contra Ledthrin, que con la agilidad de sus movimientos enseñaba toda su destreza, dejando sin espacios al bárbaro, con lo estrecho del pasillo éste veía limitados sus movimientos. El lobo saltó sobre el capitán, quién de inmediato blandió contra el animal y a punto estuvo de decapitarlo, cuando la certera flecha de Fausto se le ensartó de lleno en la pechera. Había descargado la segunda saeta en la ballesta de Lidias.
—Le dije que se había equivocado conmigo. —El cazador arqueó una ceja y miró al extranjero, quien se había volteado a mirarle.
Por su parte la princesa aún se batía contra los dos soldados que la arrinconaron al final del pasillo. Estoqueó, blandió y volvió a estocar, hasta que un fuerte golpe le fue a dar en el hombro, pero solo remeció su hombrera. Sin embargo, aprovechó la brecha en la defensa del varón causante, para clavarle la mitad de la hoja desde el cuello hasta el pecho. El segundo cayó cortado a la mitad, por la espada de Ledthrin, que había avanzado en su defensa.
—Buen tiro Fausto. —El guerrero estrechó por el antebrazo al escudero, saludándole al estilo norteño—. Te debo la vida de Tolkhan ¿Cómo has podido apuntar si yo estaba tapándote la visual?
—Sentidos de cazador. —Se echó la ballesta a la espalda, sujetándola con una mano; haciendo una jactanciosa mueca. Luego se acercó al cuerpo del capitán y le arrancó la saeta del pecho—. Ya le había dicho a la princesa que soy bueno en eso.
—Estuvo cerca. —La muchacha se acercó al grupo—. Este varón supo reconocerme perfectamente.
—Aún no estamos a salvo. —Fausto se arrimó hasta la pequeña ventana al final del pasillo—. Abajo hay al menos una docena de capas purpura.
—Mala decisión. —Lidias miró al escudero y al guerrero—. Matar a estos varones nos traerá el doble de problemas.
—Estos me quieren a mí, para empezar. —Ledthrin avanzó hasta las escaleras espadón en mano—. Suficiente, ustedes no tienen nada que ver en esto. Me las arreglaré sólo.
—Son más de diez campeón. —Fausto todavía con la ballesta a la espalda le detuvo a medio camino—. Ya hemos visto que eres bueno con los puños y esa cosa, pero estos no son cuatro caballeros borrachos, son una docena de soldados bien entrenados y armados.
—Tiene razón. —Lidias se aproximó a la escalera con sutileza—. Si les encaramos no tendremos oportunidad.
—¿Que acaso pretendías bajar? —Fausto frunció el ceño y miró a la princesa estupefacto—. Ledthrin ya lo ha dicho, esta pelea es de él.
—Y la de recién, fue mía
—Nuestra. — agregó el guerrero
—Bueno, bueno. Estamos hasta los cojones, que tal si arrojamos los cuerpos y saltemos por la ventana cuando los soldados vengan a por nosotros —ideó fausto.
—Pareces estúpido, lo sabías. —Sonrió aprobatoria Lidias—. Puede ser que sólo lo parezcas.
Lanzaron rodando los cadáveres. Abajo apostados en la entrada, estaban tres soldados y se percataron al instante de lo que estaba sucediendo. Ccorrieron y llamaron a los demás, escalera arriba; entonces Ledthrin les dio la bienvenida con su espadón, antes de que pisasen el último peldaño. Era imposible que subieran, así que Lidias y Fausto; junto a Tolkan, el lobo, aprovecharon para saltar por la ventana y escapar por el tejado. Las mohosas y quebradizas tejas dificultaban el avance sigiloso hasta el otro lado de la construcción. Cuando hubieron avanzado hasta el otro extremo, advirtieron que había dos Capas purpura montando guardia fuera del establo.
—¿Cual es el plan genio? —susurró Lidias, distinguiéndose el tono irónico de su voz—. Estos tienen rodeado todo el recinto.
—¿Rezarle a los dioses en que no creo? —soltó el cazador.
—Ten. —Le lanzó una espada a su escudero, mientras se alzaba para husmear bajo el tejado.
—¿Y esto? — Agarró el acero en el aire.
—Se la arrebaté a un malogrado antes de subir aquí. —Arqueó la mirada en gesto despectivo—. Debió habérsete ocurrido, eres el único desarmado. Hecha una mirada abajo, creo que nuestras monturas están justo de este lado.
—¿Que tal improvisar? —Fausto apuntó al lobo, que se lanzaba en ese momento techo abajo.
—¡Abajo ahora! —La princesa se arrimó hasta el borde de la techumbre, dejando medio cuerpo de cabeza entre el alero, colgando de la nada. Se aferró a una viga y se descolgó encima de su cabalgadura, encabritó al instante. Lo mismo intentó Fausto, con menos suerte, y cayendo directamente sobre uno de los guardias al que tumbó, Tolkan ya estaba destripando al segundo en ese momento.
—¡Monta!¬¬ —a viva voz le ordenó a su escudero, y le alzó la mano. De un salto el desgarbado varón se acomodó al anca—. Sujétate, no volveré por ti si te tumbas.
—Vale. —Se amarró a la cintura de la princesa, al tiempo que el palafrén se arrojaba en frenética carrera.
Rodearon la taberna acompañados por el furioso lobo que se lanzaba sobre cualquier varón que les cruzaba por delante; mientras que espada en mano, Lidias amenazaba con decapitarlos o echarle caballería encima. Llegados a la entrada del tugurio, Tolkan se paseó desafiante entre los soldados que aún intentaban atrapar a Ledthrin; en ese momento ya estaban echando antorchas dentro del lugar, para quemarlo. Al advertir el alboroto de afuera, varios salieron a hacerle frente a la dama montada y su escudero, que echos una ráfaga fugaz, cargaron hasta casi meterse por la puerta, derribando y pisoteando a los capa púrpura que iban saliendo desorientados. El potente silbido de Fausto, se sumó a los gritos y precedió a las decenas de velas que se fueron encendiendo en las viviendas aledañas. A medio galope, apareció entre la penumbra y los soldados, el huesudo equino del cazador; satisfaciendo el llamado de su amo. Desde la lucarna la figura de Ledthrin aparecía haciendo señas, al mismo tiempo que se lanzaba dando un giro y precipitándose sobre una pila de fardos que había amontonados a unas cuantas varas de la estructura. De inmediato le rodearon cinco soldados; dos se abalanzaron con agresividad, aprovechando que aún estaba tendido en el suelo.
El primer acero dio contra el suelo, al evadirlo girando cual felino; el que enseguida le sobrevino rebanó la carne del que blandió el primero, cuando Ledtrhin pateó el dorso de la hoja, con tal fuerza que desvió su curso hacia el costado de aquel soldado. Pateó al aire y se enderezó con un brinco, con tal impulso que le rompió las costillas al Capa purpura a su frente, todavía quedaban tres a su espalda y ya le venían con el filo furioso de sus respectivas espadas; la pierna de uno de ellos sació el frenesí de Tolkan quien con sus patas también arañó y desgarró el rostro del frustrado contendor, los otros dos chocaron sus aceros contra el espadón del campeón.
—El hombrón está en problemas —le señaló Fausto a Lidias, todavía aferrado como un crío a su cintura—. Allí se le acercan tres más.
La muchacha no respondió, apuró al rocín y cargó cual bólido. Arremetió contra los tres soldados que se acercaban al galope a reducir a Ledt, los tres jinetes respondieron contra la entrometida pareja montada, pero la flecha siempre precisa de fausto, otra vez salvaba la situación atravesando el cráneo del soldado del medio. A los otros dos no les fue mejor cuando Lidias cortó la cincha y las costillas de la yegua de uno y fausto lanzó su espada a la garganta del segundo; provocando que el primero callera de la montura y el otro se desangrara en el suelo.
Ledthrin por su parte se las arreglaba contra dos soldados que le batallaban sin tregua; los destellos del metal friccionándose contra los brazales del guerrero se evidenciaron entre la penumbra de la alborada, el segundo corte le dio directo en el brazo desnudo bajo los harapos, la sangre baño enseguida la herida. Sacudió una vez más el espadón sobre su cabeza sosteniéndolo con una sola mano, mientras la otra agarró el antebrazo de uno de sus contendores, cercenándolo al momento que dejó caer el pesado acero encima; aun con la mano del soldado en la mano, Ledt la usó para arrojársela en la cara al otro y distraerlo, instante mismo en que aguzó la espada contra el cuerpo de aquel infeliz, partiéndolo desde la entrepierna.
—¡Eh! Campeón —gritó el cazador a su vera y señaló a su famélico equino. —Monta a Phôn, y larguémonos de aquí.
—Vamos, Tolkan hay que irnos. —Dio un par de trancos hasta acercarse a la bestia y se encaramó en el estribo.
Cinco capas purpura montados les siguieron el paso, hasta pasada la primera callejuela hacia el oeste, allí se separaron y solo dos siguieron al campeón y su lobo, mientras los otros tres a toda espuela siguieron a la princesa y su escudero.

La gélida brisa de la mañana, agredía cual fino y bravío filo la piel de la joven princesa, que viento en contra galopaba con presteza; cruzando la adoquinada y estrecha calle que cruzaba de Este a Oeste la ciudad. A poca distancia le seguían las brillantes armaduras de tres Capa Púrpura; los cascos de las bestias hacían tronar los adoquines de piedra, húmedos por el rocío. Tenía los labios surcados y dolientes, la helada sobre el rostro le calaba de lleno y las pestañas mojadas le nublaban la vista. Iba inclinada hacia delante cubriéndose de la lloviznada niebla con el brazo, mientras la otra mano sujetaba con firmeza la rienda, apretaba los estribos contra aquel bridón, que gastaba sus herraduras como si en ello se le fuere la vida. A la primera ventaja, alzó riendas y le hizo virar frenético en un callejón, los tenderetes de más adelante le indicaron que se aproximaba a la calle principal, a lo lejos se percató que varios pobladores ya estaban saliendo de las casas.
—¿Los perdimos? —le gritó a Fausto, con voz agitada—. No puedo ver nada contigo allí atrás. Dime, ¿los perdimos ya?
—N… no, están a unas diez varas. —Giró la cabeza intentando quitarse de los ojos el cabello de Lidias, que flameaba al viento cual gallardete azabache. Sintió de pronto levantarse con brusquedad la montura, arrimándose dentro de un enorme rosetón que estalló al instante salpicado infinitos y pequeños trozos de cristal. Al otro lado, se oyeron gritos y bullicio general, se encontraron en una especie de bóveda gigantesca, llena de tendales y gente. «—El mercado—», pensó Lidias , no detuvo galope y esquivando los puestos llegó hasta la vereda, la cual rodeaban los puestos donde se exhibían todo tipo de mercaderías. El sitio apestaba a muchas cosas, sin embargo, el olor más penetrante era el de carne descompuesta y pescado. No pasó un par de segundos cuando por el mismo rosetón destrozado ingresaron los Capa Púrpura montados —Allí están, no les perdáis de vista —gritó uno del grupo.
En ese momento Lidias y Fausto sobre la montura, pasaban por entre el gentío que se hacía a un lado para evitar ser arrollados, el lugar estaba repleto aun a esa temprana hora de la mañana. Entonces la princesa buscó bajo el tabardo y se descolgó una bolsa que llevaba prendada al cinturón, le quitó con los dientes la tira de cuero que la cerraba y la alzó al aire. Al momento el contenido del saquito se vació y esparció sobre el gentío y una vez caído al suelo, el montón de monedas derramadas sobre la vereda formó de inmediato un alboroto entre la multitud que sé aglomeró para recogerlas, obstaculizando sin remedio el paso de los tres perseguidores montados, que solo pudieron ver con frustración como la princesa y el escudero salían del otro lado del mercado a todo galope.
La suerte de Ledthrin, al otro lado de la ciudad se blandía entre el infortunio de cabalgar una montura que apenas aguantaba el trote y el brazo sangrante que le impedía manejar su enorme espada en un enfrentamiento. Los Capas Púrpura le seguían el andar de muy cerca, tanto que las bestias podían rozarse las crines con la cola del huesudo equino. Tolkan les venía de atrás, jadeante con las babas espumándole en el hocico, el frenesí de la persecución lo poseía, dio un salto y hundió su quijada en el flanco del rocín de un Capa purpura. La carrera no cesó, pero el segundo mordisco jaló al mismo soldado desde el tobillo, forzándolo a torcerse hacia su derecha; adelante y apenas a una vara el guerrero detuvo el paso levantando, no sin dificultad, su espada sobre la cual con rapidez se cruzó el cuello del jinete, cuya montura había pasado de largo. El compañero se giró diez varas más allá y regresó para embestir al guerrero, pero en ese preciso instante por encima de su nuca, el bridón de Lidias saltaba pateándole el cráneo que terminó por fracturarse una vez que el jinete inconsciente azotara contra la callejuela de piedra.
—¿Todo bien fortachón? —lanzó Fausto, todavía aferrado como un gato a la princesa.
—Solo espero que no me digáis que los otros tres os vienen a acompañar. —Sonrió y miró a todos lados.
—Los hemos perdido más atrás —aclaró Lidias, llevándose la mano a la cintura y quitándose las de Fausto con sutil brusquedad—. Será mejor que encontremos un lugar donde escondernos antes de tener que partir.
—¿Partir? —El escudero miró a la princesa— ¿Dónde quieres ir ahora si apenas llegamos ayer?
—Tú solo sígueme, como lo has hecho hasta ahora. —Le brindó un ligero codazo—. O acaso quieres quedarte. Ya te reconocen, si te atrapan te colgarán en la plaza.
—¿Irás donde me comentaste anoche? —El guerrero se apeó agarrándose el brazo.
—¿Me perdí de algo? —interrumpió una vez más, Fausto.
—Se ve serio eso en tu brazo. —Lidias sin darle importancia a las preguntas de su escudero, señaló con la mirada la herida de Ledthrin.
—Descuida. —El lobo se acercó en ese momento y comenzó a lamer la piel herida y desnuda del brazo de su amo; acto seguido la sangre dejó de manar y de a poco la abierta llaga cicatrizó.
—¿Qué fue eso? —Lidias se reclinó en la montura y frunció el ceño—, Anoche tu lobo hizo lo mismo con el Capa purpura ¿Qué clase de truco es?
—Es un Lobo de las Cumbres, más allá del norte blanco; son criaturas muy raras. —Le acarició la cabeza y éste le lamió la mano—, tienen propiedades curativas en la saliva, suelen batirse en terribles peleas y así es como se curan a sí mismos. A Tolkan lo adopté hace años, cuando fui esclavo de los Bárbaros, salvó mi vida. Pero esa es una historia que ya tendrán tiempo de escuchar.
—¿Vienes con nosotros? —preguntó Fausto—, donde quiera que sea…
—Tu señora ha dicho que iría hasta la Torre Blanca de Thirminlgon. —Se echó la capucha encima—. Si es así, me queda de camino a mi destino. No vendría mal que les acompañara, si no le molesta claro.
—Para nada, pero vas necesitar una montura. —Se encogió de hombros—. Vamos no hay tiempo que perder
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#18
Buenas compañero!

Dos capítulos de golpe... se me acumula la lectura...

(Spoilers!)

Empezamos a tener acción, y acabamos con un nuevo compañero en el grupo. Poco a poco Lidias se va a encontrando a gente de lo más variopinto que al final acaban compartiendo su camino; ahora, que hay que reconocer que está teniendo suerte hasta el momento.

Menuda han liado primero el bárbaro en la taberna y luego los tres escapando y por las calles de la ciudad. Al final me parece a mi que al menos una veintena de muertos y/o descalabrados han dejado por el camino... desde luego ahora sí que no hay vuelta atrás... y más teniendo en cuenta que ya abiertamente la buscan para mandarla a la horca.

Por otra parte han aparecido algunas pistas de la asesina del rey, pero tiene pinta de que la trama va bastante más allá de la corte; aquí hay intereses lejanos, lo que me hace pensar que detrás del asesinato hay más de lo que parece. Veremos a ver...

Y como es costumbre te dejo unas anotaciones:
(01/03/2015 12:44 AM)Ledt escribió: —Como sea, creo que será mejor que nos vayamos a las habitaciones. —El nerviosismo en la voz de Lidias era notorio—. Te dije que encontraras un lugar donde no corriera peligro de ser reconocida.

Lidias con inconsciencia comenzó a fijarse en aquel extraño, casi dejando de lado al grupo de nobles que tan nerviosa la tenía hace  momentos; examinó desde su puesto cada detalle que pudo apreciar de él. Notó la empuñadura que sobresalía tras su espalda, parecía el mango de un hacha, sin embargo la vaina le indicaba que se trataba de una descomunal espada.

Se volvió para ver en qué estaba su escudero, cuando el estruendo de unos tachos chocando el suelo de piedra, la obligaron a dirigir la mirada otra vez tres mesas más allá; la mesera había dejado caer la bandeja justo al lado de los caballeros.

—Tú no vas a ningún lado,  perra —gruñó el hombretón, y la sujetó del brazo—. Esta escoria Sarbiana, no sabe con quiénes está tratando.

—¿Cómo te atreves a hablarme así, perra insolente? —El caballero se separó de la mesa y agarró a la mujer por los hombros.

—Ahora te llegó la hora escoria. —El caballero antes inconsciente sobre la mesa, se había levantado y ahora tenía su espada apuntando al encapuchado—.

La sangre que manó enseguida, tiñó la acera fría y la lucha se dio por concluida.

Lidias, vio perdida la oportunidad al ver alejarse al extranjero, sin embargo, su ímpetu decidió intentarlo otra vez.

—Nada de eso mi amigo. —El forastero tomó asiento junto a ellos—. De donde vengo es común la gente con cabellos de fuego.

—Mi nombre es Ledthrin y sí, me he escapado de Escaniev;  donde fui esclavo cuatro años —confesó sin ocultar el pesar que le traía decirlo.

No quiero imaginar cómo llegaste allí, mucho menos cómo lograste escapar.

Si aquel hombretón estaba de alguna manera involucrado en el asesinato, esperaba darse cuenta por sus expresiones, sin embargo, notó por la naturalidad de su semblante, que no tenía idea a qué se refería.

(04/03/2015 01:23 AM)Ledt escribió: Los Veinte Capas Púrpura

Una vez frente al mesón le hizo una venia al tabernero que dormitaba, abrió la puerta y caminó rodeando los muros, no avanzó mucho, a medio trecho aflojó el cinturón y echó afuera toda el agua miel que se bebió (¿había bebido?)

Se escuchó (¿escucharon?) a lo lejos casquetes de montura contra el pavimento, galopaban raudos no menos de diez.

Se acercó tanto al posadero que casi le rozó el rostro, clavándole la furiosa mirada— ¿Le has alquilado un cuarto?
—Nnn. Sí, maese.

—Nuestra. —Agregó el guerrero.
—Bueno, bueno. Estamos hasta los cojones, qué tal si  arrojamos los cuerpos y saltamos por la ventana cuando los soldados vengan a por nosotros —ideó fausto.

Corrieron y llamaron a los demás, escalera arriba; entonces Ledthrin les dio la bienvenida con su espadón, antes de que pisasen el último peldaño.

Echa una mirada abajo, creo que nuestras monturas están justo de este lado.
—¿Qué tal improvisar? —Fausto apuntó al lobo, que se lanzaba en ese momento techo abajo.

Desde la lucerna la figura de Ledthrin aparecía haciendo señas, al mismo tiempo que se lanzaba dando un giro y precipitándose sobre una pila de fardos que había amontonados a unas cuantas varas de la estructura.

Ledthrin por su parte se las arreglaba contra dos soldados que le batallaban sin tregua; los destellos del metal friccionándose contra los brazales del guerrero se evidenciaron entre la penumbra de la alborada, el segundo corte le dio directo en el brazo desnudo bajo los harapos, la sangre bañó enseguida la herida.

aún con la mano del soldado en la mano, Ledt  la usó para arrojársela en la cara al otro y distraerlo, instante mismo en que aguzó la espada contra el cuerpo de aquel infeliz, partiéndolo desde la entrepierna.

que solo pudieron ver con frustración cómo la princesa y el escudero salían del otro lado del mercado a todo galope.

Y nada, nos leemos!
Iep!!
Responder
#19
Hola denuevo compañero, vaya!, si te has leído los dos cap de un solo tirón. Muchas gracias, por pasarte y encima con ambos apuntes sobre mis desliz en el escrito.
Bueno, ya lo veis es cierto, la muchacha ha contado con mucha suerte en su camino, ¿continuará así? pues quien sabe puede que el mundo conspire a su favor.:o tal vez todo lo contrario.
Un tremendo saludo Landanohr, y allí nos leemos, de nuevo mil mil gracias.
Responder
#20
Brick 
Capitulo VI
Temblores en lo profundo


Las nubes del sur pregonaban una tormenta y el astro luminoso flanqueaba el avanzar del grupo con rojizas tonalidades, augurando su pronta retirada. Las estepas estaban quedando atrás y el olor del bosque impregnaba la brisa helada que empapaba a esas alturas las narices. El sendero cubierto de hojarasca de robles y abedules daba la bienvenida a los viajeros: entraban a los dominios de Thirminlgon.
—Así que…—Fausto hizo una pausa esperando tener la atención de sus compañeros—. Viajamos a su antigua casa de estudios ¿no, mi señora?
—¡Himea se apiade de tu alama! —exclamó la princesa dejando escapar al aire un suspiro— ¿Tardaste toda la jornada en enterarte?
—Como a mí no me dices nada —resopló—, tengo que deducirlo todo. Además yo lo decía porque ya casi anochece y aun a este paso queda un día de camino o más; y el cielo no pinta nada bien.
—Ya buscaremos algún sitio propicio para descansar. —Ni siquiera le miró—. Por ahora cuanto más lejos estemos del alcance de los Sagrada Orden, mejor.
—Eso me tiene intrigado —interrumpió Ledthrin, que venía más adelante como guía del grupo— ¿Por qué te buscan esos tipos? Está claro que no es sólo porque me ocultabais la otra noche.
—Escapé del palacio hace cuatro días —hizo una vaga pausa y luego continuó, tornándose más austero que de costumbre el tono de su voz—. Dentro de tres semanas se me acusará de asesinar a mi propio padre.
El guerrero tragó saliva, fausto se inclinó en su montura para oír mejor, Lidias los miró de soslayo y suspiró.
—Acusaron a mí prometido y piensan inculparme también. Por supuesto que son embustes, conozco lo suficiente a Roman y sé que amaba a padre como si fuere un hijo más —explicó ella sin prisa y agregó—: Pero allí está ahora, encerrado en la prisión del palacio. En cuanto inicien el juicio en un par de días, presentarán cargos en mi contra: es por eso que escapé.
—¿Por qué? —Ledtrhin la miraba con suma intriga— ¿Así sin pruebas?
—La justicia aquí en Farthias es impartida por el consejo real. —Llevó su mirada hacia sol, que se escondía tras las montañas—. Pero las pruebas son presentadas sin objeción por un grupo selecto de agentes de la corona, llamados Interventores; son los ojos del reino, perfectos, lo más inexpugnable: declarado así por mandato real y divino.
—¡Ah! —exclamó Fausto—. Consagrados, eso lo explica todo.
—Así es, llevan la Capa Púrpura. —La mirada de Lidias permanecía fija en el atardecer, mientras el trote del palafrén seguía el ritmo que traían hace horas—. Sin embargo, los interventores tienen el Don, manejan la Conexión con el fin de establecer el orden, es por eso que son intocables, su palabra vale más que el oro y solo está por debajo de la del rey en casos muy particulares, porque jamás se equivocan, o al menos se encargan de que nunca se note.
—No estoy entendiendo nada, de nada —se quejó Fausto, mientras apuraba la montura para acercarse a la princesa— ¿Por qué te culparían si se supone que no se equivocan?
—Es lo que quiero saber —se dirigió a al escudero—. Antes de decidir escapar, escuché accidentalmente al líder de los Interventores planear mi ejecución. Lo harán inventando una supuesta implicación en el asesinato y la prueba fehaciente es el puñal que tiene el engarce. Los interventores habían apurado el caso, tratándose del rey. Así que primero acusaron a una prostituta, luego a Roman, el hombre con quien debía casarme; no se rebajarían a aceptar una equivocación ante el tribunal.
—Entonces quieres encontrar al portador de aquel “engarce” en el puñal —dedujo Ledthrin—, porque éste solamente puede ser el asesino ¿no?
—Más que eso, quiero vengar a mi padre, liberar al tonto de Roman y ahora también a mí. — Repentinamente detuvo el paso— ¿Sintieron eso?
—¿Por qué nos detenemos? —El guerrero encogió los hombros, en respuesta a Fausto y miró a Lidias.
De pronto la tierra comenzó a temblar. El movimiento de vaivén no era demasiado enérgico pero sí trajo un ruido subterráneo que todos pudieron oír, los equinos nerviosos se encabritaron y Fausto por poco fue tumbado. Enseguida un montón de ratas, salidas de entre el follaje se cruzaron por el sendero dando saltos y huyendo despavoridas. Tolkhan, aulló y gimió lastimero. Todo duró un par de minutos y luego cesó, dejando de fondo el trinar alborotado de cientos de aves que volaron desde las copas.

—¿Qué ha sido esto? Los temblores no son comunes en estos valles y desde hace un par de meses que se vienen sintiendo. —Lidias se veía perturbada, acariciaba el lomo del palafrén intentado calmarlo, lo mismo hacía Ledt—. A esto te referías con lo que me contabas ayer, Fausto.
—Nunca antes así de fuertes como este —Una gota de sudor frío, le corría en la frente—. Pero, así es como la caza está abandonado los alrededores.
—¿A qué te refieres? —preguntó el hombrón— ¿Los temblores alejan a tus presas?
—Todo comenzó desde que el primer remezón ocurrió, los bichos se están haciendo más escasos. Y yo se los atribuyo. —Se apeó.
—¿Y dónde vas ahora? —preguntó Lidias hastiada.
—A mear, menudo tambaleo casi me lo hago todo encima. —Se apuró dentro de la foresta.
—Ya, está bien; no es necesario detallar más. —Miró el sendero, en lontananza solo se tupían más los arboles—. Bueno ¿Qué crees Ledt, buscamos sitio donde descansar? Está oscureciendo y más allá entraremos en el bosque.
—Por lo que recuerdo no deberíamos estar tan lejos de un poblado…
—No, no mal recuerdas fortachón —desde atrás de un encino, gritó Fausto—. Estamos como a cuarta jornada de Torhen, el último pueblo libre de la sombra del Imperio en estas latitudes.
—Sabes que no me insultas cuando condenas al Imperio ¿verdad? —Ledt frunció el ceño.
—¡La pija de Semtus! —Echó dos sacudidas antes de volver a ceñirse el pantalón, luego corrió de regreso al sendero—. Para nada Ledt, olvidé por completo que eras extranjero.
—Sin rencores cazador.
—Ninguno colega, a tu servicio. —Chasqueó los dedos y le apuntó, un gesto muy usado entre los juerguistas y callejeros, que al parecer Ledthrin poco comprendió, pero que aceptó como una disculpa.
—Ya basta, ridículo. —La aguda mirada de Lidias recayó sobre el cazador que se montaba otra vez— ¿Así que sabes cómo llegar a Torhen?
—Bueno, no es que sea un gran conocedor de estas tierras, pero bueno sí soy un gran conocedor de estas tierras. —Sonrió jactancioso—. El poblado queda tomando el siguiente cruce de caminos atravesando el bosque de pinos.
—¿Crees que sea sensato? —objetó la princesa—. Ya no tenemos luz del día y el cielo nublado como está, no nos permitirá ver ni nuestras propias manos una vez nos internemos en el bosque.
—Tienes razón, pero el cruce siempre tiene un farol que ilumina por las noches. —Puso en marcha su montura—. Además, seguro que el humo de las chimeneas acusará que nos acercamos.
—Parece que has recorrido mucho ¿eh? Desde ahora serás Fausto el Trotamundos. —Sonrió y espoleó al palafrén, lo mismo hizo Ledt.
—No es para tanto. Lo que pasa es que nací en este pueblo. —Ajustó la rienda y siguió a los dos.
Anduvieron hasta entrada la medianoche, casi no hablaron más en el camino, el hambre y el frio que les acompañaba en todo momento, les sacó todas las ganas de batir la lengua sobre todo la de Fausto, que no paraba con nada hasta entonces. Cuando por fin el bendito farol apareció visible a sus ojos, los resoplidos de alivio llenaron el hueco de silencio que se había formado, en la total oscuridad.
—Espero que esta vez me presentes la mejor posada que conozcas —la voz de Lidias se escuchó a la vera de Fausto.
—Solo hay una en todo el poblado, pero hacen el mejor guiso de cerdo que haya probado en el continente. —Apuró el paso guiado por el hambre
—Si tienen donde poder darme un buen baño con agua caliente, será todo lo que pida.
No tardaron en ingresar al poblado. Las calles no estaban adoquinadas, mas eran una simple huella de tierra rodeada de pastizales: una plaza central con una fuente y la estatua de piedra del dios Semptus, eran lo más llamativo del lugar, el resto más se parecían a las pesebreras de un feudo que a casas habitadas. Comenzó a llover, y las callejuelas se tornaron lodosas y los gruesos goterones amenazaban con apagar las antorchas que iluminaban el desteñido pueblo. Un letrero que sobresalía de una de las construcciones aledañas a la plaza, indicaba adivinándose en la desgastada escritura que era la posada, allí ingresaron luego de atar los caballos junto al abrevadero.
La posadera, una mujer de mediana edad, de busto prominente y abdomen generoso les atendió enseguida y Lidias por fin pudo darse un baño. La mujer le cedió su bañera gustosa cuando una moneda de oro se deslizó en su bolsillo.
—Me ha quedado dando vueltas eso de los temblores. —Ledhtrin se sentaba a la mesa junto a Fausto y mientras esperaban a que la princesa saliera de su baño, se sirvieron la especialidad de la casa.
—¿Bueno y es que tu no los has sentido?
—Al contrario, vengo sintiéndolos desde que soy libre otra vez. —Se echó un trago de sopa y continuó—: Verás, todo empezó ya varias noches atrás, me encontraba en mi celda intentado dormir, cuando comenzó el movimiento. Allá entre las tribus del norte, acostumbran a ofrecer sacrificios cuando ocurre un temblor.
—¿Sacrifican hombres? —El escudero abrió exageradamente los ojos.
—Esclavos, son llevados al Crisol como ofrenda al Wrym. —Acariciaba a su lobo que yacía echado bajo sus piernas— Conoces la historia ¿no? ¿El fin de la época de Oscuridad y Fuego?
—¿Es porque me veo andrajoso y desmarañado que me crees ignorante? —bufó—. Vale, Tienes razón no tengo remota idea, siempre creí que eran cuentos de viejas.
—Es cierto o al menos así lo fue. Hace quinientos años, el continente fue azolado por dragones, tan antiguos como el tiempo. —Bebió otro sorbo del cálido caldo—. El fin de esa época, se marcó con la batalla del Crisol; donde el Gran Wrym fue sellado por la eternidad.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Para nada ¿Qué les enseñan en las escuelas aquí en Farthias? —Ledthrin frunció el ceño.
—Pues, no asistí a ninguna —dijo sin más Fausto y agregó—: Y de haberlo hecho, seguro que los cuentitos de dragones y fantasía no serían la principal materia.
—Realmente pasó, es parte de la historia de todo el continente, toda Thyera fue asolada y solo gracias a la intervención de los Guardianes y el poder de Liliaht fueron sellados, bajo siete sellos que… — Ledt se quedó con la frase en la boca.
—Las siete piedras del sello que guardan las tres casas reales del Norte y los cuatro señores provinciales del Imperio. —En ese momento Lidias se incorporó a la conversación— ¿Enseñándole algo de historia a mi escudero?
—¿Sabías que los Bárbaros, creen que el Crisol respira cuando Wrym tiene hambre? —El guerrero le ofreció una silla—. Iban a ofrecerme como sacrificio cuando aquel general dio la orden que me regresaran.
—¿De qué hablas? —En ese momento la posadera llegaba con un plato para Lidias— ¿Tu liberación?
—Jamás lo había visto antes, era un general Bárbaro de aspecto imponente; su voz resonaba como el trueno. Estaba allí en la cima del crisol, con el crepitar de las llamas a su espalda y la fumarola del volcán envolviéndolo. —Miró a ambos, Lidias y Fausto—. Ordenó que me regresaran. Dijo que necesitarían de hombres fuertes, que el día del despertar llegaría. No puse demasiada atención a sus palabras, mas aproveche ese momento para asesinar a mis captores al bajar del Crisol y por fin escapar.
—¿Crees que hablaba de una guerra? —Lidias parecía intrigada—. Mi padre hace un mes atrás envió como emisario al canciller, para cerrar un tratado de paz con las tribus bárbaras del oeste, que hace años estaban negociando.
—No lo creo. Ellos sueñan con el despertar de Wrym. —Acabó el último resto del caldo—. Ansían que con su despertar regresen los dragones para recuperar las tierras que han reclamado todos estos años.
—Esperemos que tal día nunca llegue —dijo Lidias.
—Bueno lamento interrumpir esta provechosa charla de historia y política, pero creo que me iré a descansar. —Fausto se levantó de la mesa y caminó hacia el mesón.
—Está bien, pide tres habitaciones. —Ledthrin le lanzo una moneda de oro, que Fausto atrapó en el aire.
—¿Invitas el cuarto? —El escudero frunció el ceño.
—Esta vez es mi turno ¿no? —Sonrió y miró a Lidias.
—Bueno, espero no tener que llenar de fenitrel las sabanas para poder dormir. —Lidias se paró de la mesa dejando la mitad de su comida—. Necesito descansar y planear como haré para presentarme en la Torre Blanca.
—Cierto. —Ledt también se levantó—. Si están buscándote, lo más probable es que hayan comenzado por el sitio donde estudiaste.
La lluvia se dejaba caer con fuerza sobre el tejado, que protestaba al son de los goterones. Afuera la noche estaba oscura; Lidias había acomodado su cabeza contemplando la ventana a su vera, desde donde podía ver las gotas resbalar. Recordó el rostro rígido de su padre en el féretro, sus pensamientos quisieron llegar hasta el palacio y acompañarle en la bóveda solitaria en la que a esas alturas debía estar su cuerpo, llenándose de larvas y descomponiéndose. Un escalofrió le recorrió desde el cuello y se le hizo un nudo la garganta, no se dio cuenta, pero fugitivas lagrimas le humedecían los somnolientos ojos, los pensamientos la llevaron con Roman y aquella oscura y triste celda en la que se hallaría. «No lo merece. Lo odio y es un tonto, pero él no es ningún asesino», meditó maneras de sacarlo de allí, hasta que la lámpara en el velador apagó su luz y luego poco a poco cerró los ojos y por fin se durmió.
***

Más allá de las estepas y las altas cumbres, bajo el ardiente fuego del volcán siempre activo que llaman el Crisol, una fuerza tan poderosa como la misma montaña, manaba desde sus entrañas. Durmiendo un sueño de eternidad, una colosal bestia yacía derrotada. Con las fauces abiertas en un rigor mortis virtual. Como quien hubiere detenido el tiempo, la mitad de su cuerpo enterrado en la roca herida, cual quiste en la montaña. Las terribles alas estiradas, cubriéndole el lomo fétido; hedor de mil muertes bajo cada una de sus mil escamas. Tenía algo incrustado en el pecho, una hoja todavía afilada y brillando al fuego del volcán: la espada del Guardián.
Abajo una figura imponente se erguía junto a la espada, a la altura del pectoral del dragón. Parecía tan diminuto al lado de la gran bestia y, sin embargo, no se opacaba el vigor nefasto que se dibujaba en los rasgos de su cara, la musculatura de su cuello, la potencia de su pecho y la fibrosa carnosidad de sus brazos. Afirmó el astil que sobresalía de la espada y jaló hacia atrás retirando la hoja aun bañada en la sangre al rojo vivo del Wrym. La alzó sobre la cabeza y luego castigó la roca ardiente bajo sus pies, clavándola con furia, como si del más odiado enemigo se tratara. La montaña se estremeció y enseguida aquella bestial figura amenazó a los cielos gritando con ímpetu frases que solo habían sido dichas en la época olvidada, luego en lengua común llamó hacía arriba, donde un sequito incierto de barbaros tatuados con símbolos del dragón le esperaban.
—Soy Dragh —gritó, haciendo rugir la bóveda del cráter—. El semi-dragón, obedeced y viviréis. Servidme y seréis recompensados, ha llegado el día del renacer, la hora anhelada de las tribus, la medianoche del tiempo. Hoy comienza la gloria del pueblo rojo, temblarán los vivos que osen detenernos, caerán las torres y se quemarán sus hogares. Esta noche amigos míos todos, han sido testigos del despertar del hijo del Wrym, que traerá la venganza para su pueblo. —Los gritos guturales de aprobación y los vítores a coro se hicieron tan altos, que es posible que se escucharan al otro lado del mismo Imperio.
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