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[Fantasía Epica] De oscuridad y Fuego -La hija del Norte-
#21
Muy buenas Ledt!!!

Primer capítulo leído y la cosa va muy bien: el asesinato de un rey y ya comienzan las intrigas políticas. Un increíble arranque y con unos personajes que se muestran muy sólidos.
Ahora a ver qué sucede en los siguientes capítulos.
Sigue dándole cañaaaa!!

Nos leemoooos!!
Responder
#22
@Haskoz Muy buenas y gracias por pasarte. Me alegra que el capitulo te haya parecido intrigante y te haya bien parecido el arranque. Sabes que siempre es un honor para mi, recibir criticas de tu parte. un saludo compañero.
Responder
#23
Capitulo VIII
El Engarce Maldito

[Imagen: 9173247agnetht.jpg]
Así que fuiste pupilo en la casa de los orejas puntiagudas. —Fausto iniciaba conversa con el guerrero, sin dejar de mirarle el culo a la posadera, que regresaba al mesón luego de servirles el desayuno—. Debes estar acostumbrado a las cinturas menudas de piernas largas.
—Tenía doce cuando regresé a mi hogar en las praderas de Ismerlik. —Se llevó una hogaza del pan recién orneado a la boca—. Si lo que quieres es saber cómo son físicamente las hijas de lord Thereon, te decepcionaría; pues solo son descripciones que podría darte con los recuerdos de un niño.
—Que va, yo a esa edad ya había probado a mi primera hembra. —Sonrió con picardía—. Era una campesina unos años mayor, tenía unos pechos enormes. Ya te has podido dar cuenta es una peculiaridad de las hembras en este lado del país, mira nada más a la posadera.
—Ya lo creo, Fausto. —Continuó comiendo, ni siquiera echó una ojeada a la oronda mujer en el mesón.
—Que va y ¿qué tal la mercancía al otro lado de las montañas? —Una vez más el cazador sonrió sátiro.
—¿A qué te refieres? —Ledthrin parecía no comprender los modismos de Fausto, continuaba llenándose con hogazas de pan en un intento por desviarse de la conversación.
—No me lo creo. —De pronto soltó una carcajada, con la que expulsó el trago de cerveza que se había empinado—. Eres casto ¡La puta madre que me ha pari’o! ¿Quién lo diría? De verte así con tremenda estampa y esos aires de misterioso.
—Tampoco es tema que me complique. —Le miró con seriedad—. ¿Acaso te echarías con una hembra a la que no ames?
—¿Qué no qué? ¡bah! El amor mis pelotas. —Frunció el ceño—. Esa clase de pendejadas es para elfos y… ¡Bah! Olvídalo lo siento, te compadezco compañero ¿Alguna jovencita fresca y lozana te habrá prendado?
—Ni siquiera recuerdo como era su rostro. —Se le oscureció la mirada y pareció abstraerse en recuerdos que lo llenaban de melancolía—. Han pasado siete años desde que dejé mi pueblo. A veces sueño que regreso y la encuentro allí como el día que la dejé: sentada a la sombra de los arboles, con sus rojos cabellos al viento y sus labios musitando mi nombre, pero despierto y con desilusión comprendo que sólo estoy soñando.
—Ya podrás encontrarte con ella campeón. —Le dio una palmada en el hombro—, solo estás a un par de días de camino a tu pueblo.
—Así lo espero compañero…
—Buen día. —La princesa se incorporó a la mesa—. Ha amanecido una mañana radiante ¿Listos para partir?
—Solo la esperábamos a usted señora. —Fausto le ofreció una hogaza de pan—. Parece que ha descansado suficiente ¿no?
—Me despertó la aurora desde la ventana —se dirigió a los dos varones— ¿Es que ustedes se han amanecido aquí?
—Nos despertó el temblor de la madrugada —dijo Ledt, volviendo a su tono amable y acento solemne.
—No le sentí. —Cogió dos panecillos de la mesa y los guardó en la alforja. —Partiremos ahora mismo, quiero llegar a la torre con luz de día.
Lidias miró poniéndose de pie miró todo el lugar y advirtió en la guardia de capa verde que llegaba al recinto y tomaba una mesa. Pero verlos allí no la puso tan nerviosa como ver a la extraña mujer de cabellos claros, que sentada a varios puestos más allá no dejaba de observarlos con disimulo.
—Como usted mande. —Sonrió Fausto, con alguna peculiaridad en aquel gesto que cobró la atención de Lidias.
—Y a ti ¿qué te ocurre? —le increpó mirándolo con cierta severidad— ¿Vas a estar todo el día hablándome así?
—Lo siento, es solo que… —Encorvó el cuello y miró al suelo.
—¿Qué? —Se paró altiva, siempre cuidando no elevar el tono e su voz.
—Quería saber si realmente las monedas que tiraste en el mercado iban a ser mi paga. —Lanzó una sonrisilla taimada.
—Así que era eso. —Inspiró y luego resopló.
La princesa después de tantearlo un momento, se llevó una de las manos al grueso cinturón que le abrazaba la cintura y descolgó una bolsita de cuero; la que rauda arrojó sobre la mesa con acentuada desgana.
—Allí lo tienes, es todo lo que tengo. Puedes contarlo si quieres, no tengo idea cuantas coronas haya, pero te aseguro que alcanzará para comprarte un burdel entero ¿Es suficiente para ti? —Acomodó el capirote que le cubría el rostro y se dispuso a partir.
—No, no quería que se pusiera así, digo que te pusieras así... —Miró el saco y titubeó—. No es necesario ahora.
—Lo es y creo que me equivoqué contigo. —Caminó en dirección la puerta, que estaba al otro lado de la tasca—. Si no puedes confiar en mí, será mejor que tomes esa bolsa, te vayas y te libres de tus obligaciones conmigo.
—No. —Cogió la bolsa y se la devolvió. Vaciló un momento, cuando ella le miró directo a los ojos, sin embargo, comenzó a decir en voz alta—: Hice un juramento… y creo que por primera vez en toda mi vida, pienso cumplir una promesa. Iré contigo, iré donde quiera que me pidas y no necesito una paga de por medio, para mí ha sido y es un verdadero honor servirte “Dama de Farthias”.
—Que has dicho… tonto. —Se volvió para mirar a toda la estancia.
Una silencio mortal se apoderó de ella y el corazón se le atoró en la garganta, acto seguido se volteó con lentitud a mirar a su alrededor. Todos los presentes, la posadera con su ojos como platos, en las mesas aledañas varones y pueblerinas clavaban sus ojos en ella; y al final del inmueble, casi a la altura de la puerta, dos tipos vestidos como la guardia de Thirminlgon se levantaron de sus sillas, dejando bandejas a medio acabar.
—Alista los caballos, partimos ahora mismo —ordenó a Fausto, casi con un murmullo.
—Lo siento, no estaba pensando. —El escudero, pálido como la cal partió para cumplir la orden dada.
—Pasaremos frente a ellos como si nada, quédate a mi vera —le susurró Ledt, casi en el oído al momento de levantarse de la silla—. El de la derecha déjamelo a mí. —Lidias asintió con la cabeza. Ambos avanzaron en dirección a la salida, a ojos y paciencia de los presentes. Nadie decía nada.
—Alto allí. —La voz del varón vestido con las armaduras grises y la capa verde, resonó fuerte y brusca—. Todos quédense donde están. —Se detuvieron.
Ambos guardias, avanzaron con paso firme al encuentro de la princesa y guerrero, Fausto se detuvo a medio camino entre la puerta y un tercer guardia que interpuso la espada entre su avance y la salida
—Tú, quítate el capirote —ordenó uno de los soldados a Lidias.
Los hombres de armadura se ajustaron los yelmos, de herrería tosca y simple, muy común de rangos bajos. Mientras que el del tercer varón tenía un penacho verde de plumas de grifo; sería como menos oficial.
—¿Puedo saber la razón de su intercepción, soldado? —preguntó la princesa disimulando su nerviosismo e intentando ganar tiempo.
—¿Qué les parece? —El guardia echó a reír y sin molestarse por responder, estiró el brazo y de un zarpazo le intentó quitar la capucha.
En ese instante una refulgente luz colmó la estancia, haciendo imposible ver más que un blanco radiante que lo cubría todo.
—¡Deteneos en este instante! —la voz venía desde el fondo de la sala.
Bastó un pestañeo, luego todo volvió a la normalidad y la mujer que hacía unos instantes había alzado la voz, se halló en medio de la sala. Vestía una túnica roja aterciopelada y un ceñidor dorado le rodeaba la estrecha cintura, traía el capuchón todavía sobre la cabeza; los bordes dorados que lo ribeteaban no le hicieron caber una duda a Lidias sobre su procedencia: una hechicera de la Torre.
—¿Qué maldito truco es este? —gruñó el oficial—. Espero que tenga una buena explicación para usar sus “artes” fuera de la academia.
—Esta mujer no puede mostrar su rostro, insensatos —anunció la extraña mujer.
—¿Qué dices? —rezongo el soldado—. ¿Por qué?
—Estáis ciegos. —La mujer guiño el ojo a la princesa—. Pues porque es una Interventora, venida de Farthias.
Los guardias todavía confundidos conservaron sus posiciones y se miraron entre ellos.
—Bienvenida a las tierras del Sur, hermana Dereva —anunció la extraña mujer y se acercó a Lidias.
La princesa reverenció con la cabeza y recordando el modo en que había visto tantas veces saludarse a los miembros de la Sagrada Orden, juntó ambas palmas a la altura del vientre. La hechicera de túnica escarlata sonrió con complicidad.
—Y bueno, mis señores —señaló a los soldados —.Por favor bajen sus armas y déjenos pasar, estos hombres son escolta de la señorita ¿no es así?
—Mi siervo y mi guarda espalda —dijo Lidias apuntando a Fausto y a Ledt respectivamente.
—Lamento toda esta trifulca, seguro las lluvias de anoche retrasaron al encargado que anunciaba su visita —se disculpó la hechicera con el capitán de la guardia.
—Bien, siendo así creo que no les quitamos más tiempo. —El hombre se apartó con una venía disimulando su aire petulante—. Soldado, baja el arma. Déjalos que se vayan —ordenó a los otros dos.
Fausto liberando una exhalación de alivio y confusión, salió de la posada mirando hacia a tras a la princesa y el guerrero que le siguieron acompañados de la extraña mujer que les había ayudado.
—¡Señorita! —el capitán de la guardia salió a la puerta y ofreció—: Si lo necesita, podemos escoltarla devuelta a la Torre.
—¡Oh! Es usted muy amable, gracias —respondió con un dulce tono la mujer de rojo—. Pero no será necesario, como ve, tenemos nuestra escolta. —Señaló a Ledt.
—Entiendo —acató el hombre y regresó tras sus pasos.
Dejaron la posada junto a la extraña, quien no les dirigió la palabra hasta que llegaron a las monturas. Ledthrin y Fausto se miraban intrigados y confundidos, en tanto Lidias muda, solo se limitaba a seguir el juego hasta que puso pie en el estribo del palafrén.
—Seguidme hasta el cruce, nadie va a perseguiros mientras les acompañe. —La mujer sonrió y miró a Lidias— ¿Vas a la torre verdad? —La princesa asentó con la cabeza.
Observó un momento al grupo y luego alzó la vista para encarar a Fausto y a Ledthrin, dejándoles ver el brillo esmeralda de sus alegres y rasgados ojos.
—¿Alguno de ustedes amables varones, va a llevarme? —preguntó con tono meloso.
Enseguida Lidias clavó sus ojos en el cazador, que estaba próximo a ella y le señaló con un gesto que cargara a la hechicera. El escudero le tendió el brazo, ella montó y se sentó de medio lado delante del cazador.
—¿Cómoda? —balbuceó él.
—¿Cómo podría quejarme? —Una vez más una pueril sonrisa se le dibujó en el rostro.
A trote salieron del poblado, bajo la sombra gozoso de aromos y sauces que cercaban el arcilloso camino. El viaje hasta el cruce del farol, fue dominado por un silencio nervioso entre los viajeros, sobre todo Fausto, que transportaba en su montura a aquella extraña mujer. Tal era su intranquilidad que no encontraba palabras para iniciarla en una charla, así que intentaba mirar al frente en todo momento, evitando hasta el rose de su mentón contra la capucha. Tan pronto pasaron el cruce, la dama túnica carmesí, pidió que interrumpieran el galope.
—Lidias de Freidham, dama de Farthias. —Reverenció desde su lugar—. Ignoro los motivos que puedan traerte hasta Thirminlgon; pero quiero que sepas que puedes confiar en mí como amiga de tu causa.
Los ojos le brillaron a la luz del sol al tiempo que la brisa le empujó el capuchón. Al instante la chica lo sujetó con la mano evitando descubrirse la cabeza.
—Bueno, te agradezco lo de hace un rato. —Lidias la miró suspicaz. —Intuyo por tus ropajes, que vienes de la Torre Blanca ¿Por qué decidiste librarme de esos soldados?
—Mi nombre es Anetth. —Se quitó el capuchón, dejando al descubierto el rostro de una jovial hembra de menos de treinta veranos, con una melena de cabello albo como la nieve y piel casi diáfana. —Soy adepta del clan de la Sangre. Crecí en la Torre, te conozco desde que eras una nena. —Sonrió con ternura—. Esos Capa Púrpura llegaron hace dos días con la noticia de tu desaparición y por la brusquedad de sus órdenes, supuse que nada bueno se te daría de cumplirlas.
—¿Qué ordenaron?
—Tu arresto, vigilancia y envío de misiva informando tu captura.
—Ya veo.
—Siento lo de tu padre. —Inclinó la cabeza—. Un sabio rey, grandes y gloriosos días fueron los de su reinado.
—Lástima que su muerte no haya sido tan gloriosa —agregó la princesa, perdiendo la mirada en el camino. Luego levantó el rostro—. Ellos son Ledt y Fausto, vienen conmigo.
—Oh, ¿Dónde están mis modales? —Reverenció una vez más—. Veo que son buenos y fieles compañeros, si no intervengo antes, Ledt tenía cara de cargarse a esos tres Capa Sínople. Eso habría convertido todo en un gran lio.
—Lo siento, ya veníamos escapando de otro “gran lio” en la baja montaña. —El guerrero le saludo con la cabeza.
—Me he enterado de eso, veinte Sagrada Orden burlados por tres espadas. —Echó la cabeza hacia atrás, casi rosando el pecho de Fausto y ahogó una carcajada—. Cuando me enteré, les prometo que no pude evitar reírme.
—Que simpática eres. —Por fin Fausto, calzó una palabra. Parecía atorado, sin poder hablar—Jamás había compartido con una hechicera de Thirminlgon ¿Son todas tan agradables como tú?
—Oh, no. Yo soy una descarriada. —Giró la cabeza para mirarle— ¿Sabes que significa que sea del clan de la Sangre no?
—¡Anetth! —Lidias se llevó un dedo a los labios—. Mejor, que él ni lo sepa. No querrás poner a prueba tu paciencia soportando sus comentarios —suspiró—. Dime como están las cosas para llegar a la Torre, necesito ver al gran Maestre Orgmôn.
—Las ordenes de tu captura, debieron llegar hasta allá. Intuyo que estarán nada fáciles. —Encogió sus afilados hombros—. Es por eso que les pedí detenernos, debemos planear tu llegada, para que la guardia de la entrada no os detenga.
—Bien, entonces ¿Me ayudarás?
—Ignoro tu interés por llegar a la Torre y ver al Maestre, sin embargo, siento que debo ayudarte. —Asentó con la cabeza—. Llegaremos hasta la muralla, allí fingirás ser yo usando mi ropa, creo que somos del mismo talle. Recuerdas el camino ¿no?
» Llega hasta el vestíbulo, nadie debería molestarte allí, luego ubica el despacho del Maestre, en el décimo nivel. Los muchachos y yo, esperaremos afuera de las murallas, mientras hablas con él. —Los miró a todos—. No debes tardar demasiado, o la guardia podría avistarnos y creernos husmeadores.
—¿Crees que funcione? —preguntó Lidias, con algo más de convicción que duda.
—Por supuesto, y si algo sale mal, estaré allí para apoyarte. —Sonrió.
—Confiaré en ti Anetth, no me decepciones. —Espoloneó su roción.
—¿Tienes una mejor idea? —Volvió a subirse el capuchón. Fausto puso en marcha la montura, lo mismo que Ledt.
Cabalgaron el resto de la jornada hasta casi caído el atardecer. Las murallas aparecieron frente a ellos agrandándose a medida que se acercaban, y en lo alto, la cúpula de la enorme Torre Blanca, les saludaba orgullosa; adornada con los estandartes de las cuatro Órdenes del reino: La Fuente Celeste, La Orden del Eclipse, La Guardia Real y los Caballeros de Thirminlgon; la torre marcaba la unificación de todos los credos, la única doctrina del pueblo de Farthias, todos los señores del reino habían pisado sus mosaicos, la gran casa del saber se alzaba ante sus ojos para maravillarlos. La arquitectura más magnifica que podría encontrarse en todo el continente incluso podría comparársele con el “Palacio de Plata”, en Sarbia. Algunos cuentan que tienen el mismo arquitecto: el mismísimo Semptus, dios de la perfección.
—¿Por qué hay tantos estandartes distintos pendiendo de la torre? —se preguntó en voz alta Fausto. —Me recuerda a un circo. —Tosió evitando soltar una risa, ladina.
—Representan las cuatro Ordenes que rige el Reino. —explicó con serenidad Anetth— . Las cuatro fuerzas del poder: sabiduría, humildad, razón y fuerza…
—Ya veo, y esas son las castas nobiliarias ¿de..? ¿Thirminlgon, Eclipse..? —Titubeó, intentando convencerla de que había comprendido.
—Así es: el sello de Thirminlgon es la sabiduría; el de la Orden del Eclipse, la humildad; Los caballeros de la Fuente Celeste, ponen la razón como el primer valor y la fuerza, es la estampa de la Guardia Real. —Anetth lo miró con afecto lastimoso, como quien se siente ante un animal doméstico.
—Pero falta el purpura ¿no? —preguntó notoriamente intrigado. —¿Qué hay de los Sagrada Orden?
—Eso es porque, no son una orden regida por la corona. —Echó la cabeza hacia atrás, rosando el torso del cazador con sus cabellos. —Son un organismo ajeno con su propio gobernante, el Sumo Sacerdote y que presta servicios al reino…
—¿Aleccionando a mi escudero, Anetth? —La princesa aminoró el trote—. Ya casi estamos en la entrada. —Se detuvo y desmontó.
—Vamos, te daré mis prendas. —La hechicera, se deslizo hasta poner pies en el suelo y caminó hasta salirse del camino. —Nos quedaremos por aquí, hasta tu regreso.

Ingresó a la ciudadela tal y como lo había planeado Anetth, vistiendo su túnica y gonela. Los guardias en el portón, ni siquiera la miraron; lo atravesó con total confianza.
El vestíbulo, estaba adornado por las imponentes figuras de los héroes de antaño, colosales bestias aladas que decoraban su interior en relieves sobre las paredes y las innumerables luces de la gran bóveda; todo la acogían con aire familiar. Subió las escalinatas de mármol, pisando con seguridad; estaba prácticamente en casa.
Tocó con la manecilla apostada sobre la gruesa puerta, que separaba el pasillo, de la estancia del Gran Maestre.
—Está abierto, pase por favor. —Se oyó, la voz de un anciano. A Lidias el corazón se le hinchó en el pecho, por la emoción; hacía cuatro inviernos había dejado la academia y allí estaba ahora, aunque las circunstancias no eran las que esperaba, apunto de cruzar la puerta del despacho de su mentor, por el cual sentía un gran afecto y gratitud.
—Maestre. —dijo cuándo aun no traspasaba el umbral—. Soy yo, a de Farthias. —Se quitó lentamente el capuchón de la túnica carmesí de Anetth.
—Joven Lidias—habló aquel anciano, haciendo un gesto con sus manos, para que se apurara en ingresar a la estancia.—¿Qué hace aquí?
—He venido buscando su consejo, Maestre —Sus ojos eran casi suplicantes.
—Pasa, siéntate chiquilla. —ofreció con amabilidad—. Mira nada más, como has crecido; ya eres toda una hermosa mujer. Es un verdadero gusto verte por aquí.
—Gracias Maestre. —Se sentó frente al escritorio del anciano—. Pero, no me trae aquí la buenaventura.
—Ya lo creo, mi dulce princesa. —La mirada de aquel varón se oscureció, como si un profundo dolor le provocara evocar lo que pensaba—. Siento en el corazón, la suerte de tu padre. Un gran varón, orgulloso y testarudo fue, pero honorable y sincero, además de un buen rey. —dijo entre pausas y luego agregó—: ¿Qué es todo esto? Se están esparciendo rumores horribles sobre ti en toda Farthias.
—No estoy enterada de todos esos rumores, gran Maestre. —Agachó la cabeza, por primera vez con apreciable humildad—. Si usted me permite, puedo explicar desde mi perspectiva los acontecimientos.
—Nada me gustaría más ahora, hija —Aquel varón, tenía el cabello cano, una larga barba le poblaba la mitad de su surcado rostro, una mirada firme bajo una actitud dulce y afable. Sus incontables veranos le habían brindado la sabiduría de siglos, su control de la Conexión era inigualable, por eso era el gran Maestre y el primer miembro del Consejo Real.
—No maté a mi padre —dijo a secas, el sabio arqueó sus pobladas y blanquecinas cejas—. Por alguna razón el prefecto de los Interventores, quiere confabular mi ejecución.
—Tus dichos son muy serios, chiquilla. —Los ojos del sabio se encapotaron, arrugó el entrecejo y se volvió hacia Lidias—. Traes un objeto que enseñarme, muéstramelo.
—Tenía miedo de enseñárselo a cualquiera. —Suspiró—. Es el puñal con que atacaron a mi padre.
—¿Lo traes contigo ahora?
—Tiene un “engarce”, algo así pude descubrir hasta ahora, que significa esta marca. —Buscó bajo la túnica, donde había guardado la hoja y la puso sobre la mesa de mármol frente al anciano—. Está encantada.
—¡Semptus y Himea nos libre! —Examinó el puñal, sacando un monóculo de entre su toga—. ¿Cómo te enteraste del “engarce”?
—Uno de los varones que me acompañan, fue esclavo al otro lado de las montañas. —Explicó apurada y recordó a sus compañeros, que estaban al otro lado de las murallas, miró por la ventana y notó que anochecía—. Un chamán bárbaro le hizo algo similar con su arma. No sé más que eso sobre su procedencia. —Luego se disculpó con un gesto y agregó—: Maestre, Anetth la dueña de estos ropajes, me ayudó a ingresar sin ser aprendida a la Torre. Ahora está allá afuera junto a los dos compañeros que viajan conmigo…
—Descuida, hija. —dijo con calma, aunque en su mirada aun podía revelarse gran intriga al contemplar el puñal—. Enviaré para que les hagan pasar. Tuviste suerte de encontrarte con Anetth, salió hace ya tres semanas, seguro han coincidido en su regreso… —Guardó silencio un momento y luego tocó una campanilla que había sobre el escritorio — .Es una muchacha fuera de lo común, no la conozco tan bien como quisiera. Entró al culto de Himea, cuando solo contaba con veinte primaveras; son un grupo bastante hermético.
—Me ayudó a evitar que la guardia de Thirminlgon, me deportara a Freidham. —reveló Lidias. En ese momento tocaron la puerta.
—Adelante Cicella. —Una hechicera vestida con túnica cian, ingresó a la sala. — Abajo tras las murallas, esperan Anetth, del Clan de la Sangre y dos varones. Vienen con nuestra invitada, has que los dejen pasar.
—Enseguida Maestre. —La mujer reverencio y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
—Esto no sólo es un engarce. —El anciano, volvió al tema que les competía y le lanzó una manta encima al arma—. Tiene una maldición, muy extraña. Esas marcas tienen un propósito distinto a manipular la Conexión del acero, las he visto antes.
—¿Está todo bien Maestre? —El anciano se quedó en silencio un momento inexacto.
—¿Cuánto tiempo pretendes quedarte, hija? —El sabio le miró algo inquieto—. Mandaré que preparen una alcoba para ti, has de estar cansada; tus acompañantes también pueden quedarse, el tiempo que sea necesario. No informaré de tu estadía a la Sagrada Orden, aunque me cueste incumplir las reglas.
—Gracias Maestre, pero necesito liberar a Roman. —Sus ojos estaban húmedos.
—Me enteré de su suerte. —Sacudió la cabeza—. Aún faltan semanas para su juicio, espero que mi voto le absuelva.
—¿Resolverá a su favor? —el rostro de Lidias reveló el alivio que le provocó la aseveración del anciano.
—Es lo correcto. —Hizo una pausa—. Aunque esa decisión pueda traer consecuencias, insospechadas.
—¿Por qué? —indagó confundida—. Él es inocente, no hay duda.
—Los Interventores son tremendamente orgullosos. —Fijó la mirada en Lidias—. El orgullo dañado, puede ser suficiente para desatar los más oscuros propósitos, en el corazón de los hombres. —Carraspeó—. Ve a descansar, hija. Duerme con tranquilidad tras estos muros. Mañana continuaremos esta charla, por ahora no se hable más.
Lidias volvió a guardar el puñal y salió de la estancia con paso ligero. Afuera le esperaban sus compañeros de viaje junto a Anetth; una sierva llegó en ese momento, ordenada por el Maestre y enseguida les indicó seguirla, un suculento banquete les fue servido en el comedor y luego a cada uno se le asignó una habitación, con camas confortables y sabanas de fino lino. Esa noche, todos durmieron con la profundidad que otorga el cansancio y la seguridad de encontrarse en sitio seguro; en el aire se respiraba calma y armonía.
La mañana siguiente amaneció radiante, el sol saludó a la Torre con los rayos más dorados y cálidos que podía entregarle. El olor del prado y las flores, embriagaron las narices de los viajeros, el escudero y la princesa, fueron los primeros en levantarse. Ella observó con regocijo y un dejo de melancolía, el maravilloso espectáculo de colores radiantes y tiernos verdes, del gran jardín que rodeaba la construcción. Decenas de mariposas danzaban cerca de los rosales, el amarillo de enormes girasoles encandiló su vista y el sonido del afluente cristalino que recorría el lugar, le invitaba a refrescarse y saciarse. Contempló todo desde el balcón, luego fue Fausto quien la vino a buscar.
—Dama Lidias, amigo Fausto—se acercó Ledthrin, mientras tomaban el desayuno.
Era una mesa enorme, madera de roble cuidadosamente pulida y labrada; el salón un formidable reciento obrado en mármol y decorado con luminosas lámparas que flotaban casi pegadas al techo abovedado; la luz radiante del día se colaba por los amplios ventanales de medio arco
—Sé que no han sido días precisamente felices, sobre todo para Lidias. Pero han de saber que viajar junto a ustedes ha sido lo mejor que he pasado estos últimos años. —Se acercó a Fausto y le extendió el brazo, para despedirse al modo norteño—. Nuestros caminos se separan aquí, seguiré el sendero hasta el imperio; esperando que la buena fortuna les acompañe ¿y quien sabe? tal vez vuelva a juntarnos. —Llegó junto a la princesa y extendió la palma de la mano, ella lo miró y le entregó el dorso de la suya. Ledtrhin captó enseguida el guiño se la besó.
—Buenaventura te acompañe Ledthrin de Ismerlik, mi gratitud es contigo. —Sonrió, luego se agachó y acarició al Tolkhan que estaba a la vera de Ledt—. Contigo también, que tengan un buen viaje.
—Deberías quedarte unos días más. —Fausto se acercó al oído del guerrero y le dijo en un susurro— He visto como algunas hechiceras te miran desde que llegamos, ya sabes tú dama todavía puede esperar.
—Oh no, ni un día más. —Sonrió—. No puedo solo seguir soñando que regreso. Tiene que ser hoy.
—Allá tú —Le despidió levantando la mano. A lo que el guerrero cruzó la estancia y desapareció en la inmensidad del pasillo.
—Por un momento creí él que te gustaba —lanzó el escudero.
—¿Celoso? —Arqueó una ceja y sonrió mordaz—. Todavía tenemos un asunto pendiente tu y yo.
—¿Enserio?
—Hablo de lo que pasó ayer en la posada. —Le miró juiciosa—. Te habría matado, por revelar así deliberadamente mi identidad en público, sin embargo, de no ser por eso Anetth no nos hubiera traído hasta aquí y sin su ayuda probablemente no habría podido llegar al gran Maestre.
»Te perdono Fausto, puedes quedarte con esto. —Le alzó la bolsa con las monedas—, Pero antes que lo gastes como quieras, necesito un último favor. —En ese momento entró Anetth, acompañada de otras dos hechiceras y un varón alto y delgado vestido con túnicas blancas. Les venían a invitar a presenciar las pruebas de los recién iniciados. “Será un gran espectáculo para ustedes, verán cosas asombrosas —les dijo el varón del grupo”.
Acompañaron entonces al conjunto de hechiceros hasta el palco principal, donde aguardaba también el Gran Maestre junto a algunos siervos. Había quienes tocaban el arpa y la flauta amenizando con música el espectáculo, todo era armónico y pulcro. El hermoso jardín trepaba por los blancos muros de la torre y florecía en rojas y amarillas rosas y columnas de verdes cipreses cercaban toda estancia.
Desde abajo en una suerte de anfiteatro, un número superior a la centena entre hechiceros y sabios esperaba la presentación. Al fin un grupo de chiquillos de no más que ocho veranos apareció a un lado del púlpito, donde un orgulloso presentador les llamaba por sus nombres.
— “Presenciaréis a estos recién iniciados, enseñar sus proezas: “Erhon; de la casa de Ninianhat”, Edaelin; del curso de Oriente, Rehnia; hija de Thirminlgon y por ultimo Anunet; flor de las Tierras de Sur”.
Eran niños de todas partes del país, nacidos con el Don. Venían a la Torre para estudiar la Conexión y volverse hechiceros y hechiceras del reino. Comenzaron a destellar una especie de burbujas en el aire, cada niño generaba una; su dominio del arte era sencillo, sin embargo, para Fausto que no estaba acostumbrado a presenciar algo tan sobrenatural como lo que contemplaba, estaba anonadado en su puesto. A su vera se hallaba Anetth, que le miraba risueña.
—¿Sorprendido? —Le tocó el hombro y se acercó para que le oyera— ¿Has servido a la dama Lidias desde hace mucho?
—Claro…digo no, en realidad hace seis días. —No despegaba la mirada de aquellos niños, flotando en el aire y devolviéndose un haz de luz de una mano a la otra— ¿Eso lo aprenden al llegar aquí?
—Por supuesto, son nociones básicas que deben aprender. —Sonrió algo coqueta—. Ese niño, Erhon es mi discípulo, tiene aptitudes. Una lástima que se interese por seguir la senda de Semptus.
—¿Que hay con eso? —Fausto le prestó más atención.
—La senda de Semptus, es la base de los principios de la Sagrada Orden. —Se le oscureció la mirada y hablo más bajo, susurrándole al oído—. Terminan transformándose en Interventores o bien, consagrándose al cónclave de los Capa Purpura.
—¿Y eso puede ser tan malo? —El cazador no terminaba de comprender.
—Sí, depende del prisma en que se mire. —Le miró con los ojos humedecidos, como si le angustiara lo que iba a decir—. Hay quienes buscan usar el Don sólo para propósitos limitados, y hay quienes como la senda de Himea, ven el Don como un privilegio que brinda un sin fin de oportunidades. No necesitamos seguir un normativo que acote los límites de lo que podemos aprender.
—¿Entonces los Sagrada Orden frenarán el aprendizaje de tu discípulo? —inquirió Fausto.
El cazador volvió a mirar el escenario, el muchacho y el resto de los aprendices hacían danzar una esfera de luz gigantesca sobre sus cabezas. Los aplausos de los presentes se robaron el ambiente. Anetth se paró y sin previo aviso abandonó el palco. Fausto la miró y tubo el impulso de seguirla, sin embargo, desistió y siguió mirando el espectáculo.
Lidias que estaba un par de puestos más allá, se acercó al Maestre con cierto disimulo.
—Tenemos una charla pendiente, Maestre —le susurró al oído.
—Acompáñame a la biblioteca, debes enterarte de algo. —El anciano con disimulo abandonó la estancia junto a la princesa.
La biblioteca era un gigantesco recinto, abrazado de estanterías atiborras de tomos tan viejos como el tiempo, miles y miles de manuscritos se apilaban en anaqueles adosados a las paredes y mesones de mármol donde libros gruesos y pesados reposaban. El Maestre se aseguró de que no había nadie allí y luego se acercó a una repisa y como si conociera de memoria la posición de todos esos libros, cogió un volumen con la cubierta de cuero y bordados dorados, de páginas amarillentas y gastadas.
—¿Traes contigo el puñal? —preguntó con algo de prisa. Luego ojeó algunas páginas, parecía buscar un capitulo en especial. —Ah, sabía que aquí estaba.
—¿Que sucede? —Sacó otra vez el puñal de entre sus vestiduras.
—No me equivocaba, esa runa simboliza la antigua marca del Dragón. —Impuso la mano sobre el arma, a tiempo que ojeaba las páginas del libro; enseguida una luz rojiza y abismal comenzó a brillar entorno a la runa inscrita en la hoja, hasta al fin centellar tanto que la sala completa se iluminó de rojo—. Tiene una maldición poderosa, es un engarce antiguo no fue hecho recientemente, sin embargo...
—¿Qué? —La princesa estaba sumamente intrigada, apenas podía esperar la pausa que el Maestre se estaba dando.
—…El portador, fue inscrito hace muy poco. —Los pequeños ojos del anciano se encontraron con los de la princesa—. Es un misterio curioso, no se sabe mucho acerca de los engarces. Es una ciencia muy poco estudiada y compleja.
—¿Es posible averiguar a quién pertenece? —Lidias tragó saliva— ¿Saber quién es ese portador?
—Ciertamente. —Con la mirada bajo el entrecejo, pareció meditar y luego agregó—: Pero sea quien sea, el portador de este engarce cortó los hilos; ahora no pueden seguirse para encontrarlo.
—Entonces ¿es imposible hallar al culpable con esta prueba?
—Imposible es una expresión muy concluyente; en su lugar yo diría que es bastante improbable. —Le miró a los ojos, a esas alturas la luz roja ya había menguado—. Buscas venganza y eso es justo lo que alimenta a esta arma. Te rodeará la conspiración creada por la maldición de esa runa y junto a ella más temprano que tarde llegará a ti el portador de ese artilugio, si no estás preparada para eso, mejor que desistas de tus ansias de castigar a aquel culpable y vuelques tus intenciones en causas más virtuosas. Sé que puedo esperar todo eso de una piadosa hija del Norte, criada y educada dentro de estos muros. —Tosió—. No ensucies tu corazón buscando venganza, o esta terminará por consumirte.
—Usted sabe que de cualquier forma no estaré en paz hasta conseguir lo que quiero. —Guardó el puñal.
—Mañana partiré a Freidham, hay asuntos que ameritan mi presencia. —Cerró el pesado libro y volvió a colocarlo en su lugar—. Te aconsejo que te quedes aquí hasta que termine el juicio. No logro comprender que motivos habría en querer inculparte, podría ser peligroso que regreses.
—Se lo agradezco Maestre, usted no sabe cuánto. —Se acercó al anciano y se abrazó a él—. Estoy asustada, no sé qué me espera ni cómo actuar realmente.
—El temor es natural, hija mía. Solo tienes que seguir tus instintos con sabiduría y razón, no permitas que el miedo guíe tus acciones, lo mismo que los sentimientos nocivos de revancha. —La abrazó con ternura y luego separándola con delicadeza, la miró a la cara y le dijo—: Todo se resolverá tarde o temprano, princesa Lidias. Los justos obtienen justicia, los corruptos perdición; los hilos del destino tienen muchas trabazones, pero no existen nudos que no se puedan disolver.
A la mañana del siguiente día, Lidias encontró a Fausto en el balcón principal, observando a los niños jugar con la Conexión. Hacían flotar objetos y proyectaban esferas luminosas que jugueteaban entre sus manos.
—Este lugar es fascinante, mira eso. —Apuntó con la mirada—. Me habría gustado haber nacido con esos dones, porque soy un simplón sin gracia alguna.
—La lealtad suele ser una gran cualidad. —La princesa le saludó.
—Oh, mi señora creí que era Anetth. —Fausto se giró para verla—. Vestida así, hasta se parecen.
—Veo que haces buena amistad con la hechicera. —Arqueó las cejas señalando duda—. Lo lamento, pero quería encargarte una misión muy importante.
—¿De qué se trata?
—Quiero que vayas a Freidham, y lleves este mensaje. —Sacó un pergamino envuelto en trozos de tela—. Entrégalo a Serafina Brandimora, es la esposa de Jen el servidor más fiel de Roman, mi prometido. La encontrarás de seguro en el mercado de especias, arréglatelas para hallarla, sé que atiende en uno de los tendales. Necesito que ese mensaje esté en manos de Jen, antes del día que inicie el juicio ¿Entiendes? —Fausto asentó con la cabeza y guardó el pergamino entre sus ropas. —Toma mi bridón, te llevará más rápido que tu jamelgo ruinoso.
—¿Debo partir ahora? —Ha fausto empezaba a gustarle aquel encantador lugar.
—¿Pensé que ya te habías ido? —Sonrió con ironía—. Te veré aquí dentro de seis días. No me falles Fausto.
El escudero se hizo de buenas provisiones para el viaje, en el comedor; luego bajó hasta la terraza donde encontró al jaco de Lidias, pastando los alrededores, lo ensilló y montó sin mirar atrás, excepto en el momento en que Anetth, que bajaba hasta el jardín, se le cruzó en el camino. “¿Te vas sin despedir? —le había dicho” Fausto solo le sonrió y espoloneó al bridón que raudo cruzó los verdes prados y se perdió al cruzar el magnífico portón de la entrada a la Torre Blanca; desde arriba en el balcón Lidias le despidió con la mirada, hasta que desapareció bajo las copas de los árboles del bosque.
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#24
Spoilers!!

Oops... qué mala pinta ha empezado a tener esto de pronto... parafraseando al gran Obelix "¡están locos estos bárbaros!"

Poco a poco los derroteros de la historia se van alejando más y más del comienzo palaciego y se está convirtiendo en una historia de espada y arco con todas las de la ley. Nuestro grupo de "aventureros" parece que se llevan bien, salvando la dejadez con la que Lidias trata al pobre Fausto, y van avanzando hacia su destino.

Ahora empieza a tener sentido aquello que decía el cazador al principio acerca de sus presas y que, al menos en mi caso, pasó del todo desapercibido. No le di más importancia que un leve comentarios... craso error. Veremos a ver por dónde sale la cosa...

Algunas notas:
(capítulo 7)
(05/03/2015 02:17 PM)Ledt escribió: —¡Himea se apiade de tu alma! —exclamó la princesa dejando escapar al aire un suspiro— ¿Tardaste toda la jornada en enterarte?

—Eso me tiene intrigado —interrumpió Ledthrin, que venía (¿iba? venía lo relaciono más con "venía más atrás", para este caso me encaja más "iba"; aunque por supuesto es cuestión de gustos) más adelante como guía del grupo— ¿Por qué te buscan esos tipos? Está claro que no es sólo porque me ocultabais la otra noche.

—Acusaron a mi prometido y piensan inculparme también.

—A mear, menudo tambaleo (aquí metería , o . para provocar una pausa) casi me lo hago todo encima.

Anduvieron hasta entrada la medianoche, casi no hablaron más en el camino, el hambre y el frío que les acompañaba en todo momento, les sacó todas las ganas de batir la lengua (aquí metería , o . para provocar una pausa) sobre todo la de Fausto, que no paraba con nada hasta entonces.

—¿Bueno y es que no los has sentido?

Necesito descansar y planear cómo haré para presentarme en la Torre Blanca.

La alzó sobre la cabeza y luego castigó la roca ardiente bajo sus pies, clavándola con furia, como si del más odiado enemigo se tratara. La montaña se estremeció y enseguida aquella bestial figura amenazó a los cielos gritando con ímpetu frases que solo habían sido dichas en la época olvidada, luego en lengua común llamó hacía arriba, donde un séquito incierto de bárbaros tatuados con símbolos del dragón le esperaban.

Y nada, seguimos adelante.
Nos leemos!!
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#25
Capitulo IX
La Conspiración


  El salón del trono era una vasta estancia, las decoraciones del encielado se veían altísimas, incluso desde los palcos que rodeaban la abovedada construcción y que acaparaban las miradas. Otras veces se hallarían vacíos, pero en ese entonces estaban ocupados por los altos miembros del consejo. En el balcón frente al trono, el gran maestre y un sequito de siervos observaba  la audiencia, a su derecha desde el palco que flanqueaba el salón; los más altos miembros de la Sagrada Orden: Lord Verón, el maestre de la Orden; el sumo Sacerdote Grenîon, Leion y Claus “altos Templarios”. Por el flanco izquierdo, la Sacerdotisa de Hukuno y sus novicias “Plegarias”. En el trono, lord Condrid, ataviado con la capa aterciopelada y portador del cetro real, se paró y a viva voz dio inicio al juicio.
Se dejó entrar como audiencia: cien ciudadanos representantes del pueblo llano, veinte cortesanos  de Freidham y cinco lugartenientes provenientes de los feudos del Oeste, del Este, del Sur y dos del Norte. Un bullicio general se propagó entre los asistentes cuando entró en la sala el acusado. Roman tenía el espíritu quebrado, llevaba tres semanas bajo la tiniebla casi absoluta de la prisión, el rostro pálido, la mirada lóbrega, sus finas vestiduras manchadas del vaho pestilente y oscuro del calabozo, mescla de orín, podredumbre y fango putrefacto; su aspecto era famélico, es probable que además de la ración limitada de alimentos recibidos, los vómitos provocados por el nauseabundo ambiente no le habían permitido deglutir bocado alguno. Ingresó marchando con pasos temblorosos, empujado siempre por dos guardias a su espalda y guiado por dos más a su delantera.
—Hele frente a su majestad. —El heraldo parado delante del excanciller titubeó y prosiguió—. Ser Roman, “Tres Abetos”, hijo de lord Condrid “Tres Abetos”, su majestad protector del reino. —Lord Condrid, con la mirada severa observó con desgano a su hijo—. Se le acusa de traición, confabulación y autoría intelectual del asesinato al fallecido rey Theodem.
—Roman Tres Abetos. —Se volvió a sentar al trono—. Antes de continuar, tienes la oportunidad de confesar ¿Te declaras culpable de estas acusaciones?
—No. —Contestó con fuerza. En ese momento Jen, se abría paso entre la multitud representante del pueblo llano, traía el pergamino sellado que había recibido de Lidias, por mano de su esposa; Fausto había logrado su cometido. El juicio comenzó, los datos entregados por la comisión de Interventores fueron expuestos ante el tribunal.
—Le pagó a la prostituta, para que cumpliera la fatídica tarea. —expuso el heraldo, desde el pergamino redactado por la comisión—.La infeliz hembra ya ha sido ejecutada.
—¿Qué hay del arma homicida? —Vociferó desde el palco el gran Maestre— ¿Aún no ha sido hallada? —Hubo un instante de silencio, luego desde el palco donde estaba lord Verón, se oyó—. Ha desaparecido.
—¿Desaparecido dicen? —Esta vez se escuchó  a la sacerdotisa de Hukuno.
—Presunto hurto y fuga de la dama Lidias. —contestó el alto mando de la Sagrada Orden. Se oyeron comentarios desde la multitud presente, luego agregó—. Su búsqueda oficial comenzará hoy, así nuestro protector del reino lo ha ordenado. —Lord Condrid tragó saliva y miró de reojo a su hijo encadenado frente a él, quien le miró inmediatamente con expresión irritada.
—Esto es una desgracia colosal —expresó un lord de entre los presentes— ¿Entonces la princesa tiene algo que ver en este caso?
—Se le acusa de ocultar información, obstaculizar la investigación y cómplice directo del asesinato. —Una vez más lord Verón clamó desde su palco. En ese momento, Jen ya había llegado a la primera fila entre los asistentes, estaba nervioso, buscaba con los ojos la mirada de su señor, pero este no le encontró.
—Volviendo a lo que en verdad nos convoca. —El heraldo tosió y continuó leyendo—. Ante ustedes señores del consejo, se ha presentado al acusado. —Miró hacia los balcones y al señor en el trono—. Desde ahora queda en sus designios su destino.
—Culpable —gritó sin demora lord Verón, representando a los Interventores.
—Culpable. —El maestre de la Sagrada Orden, le siguió.
—Inocente —vociferó con fuerza el gran Maestre de la Torre Blanca y enseguida la mirada atónita del resto de los miembros se clavó en él—. Nada hay concluyente, en los argumentos presentados en las cartas de su acusación ¿Es que no lo han visto hermanos míos? —El anciano increpó a la asamblea reunida, que clavaba sus  ojos como saetas sobre él.
—¿Has perdido la cordura anciano? —reclamó lord Verón.
—Las descripciones del informe de proceso, en el caso de la prostituta. —Hizo una pausa—. No estoy seguro si todos aquí le han leído.
—Esos papeles no son públicos y son irrelevantes para el caso. —interrumpió rojo de furia Verón.
—Si me dejareis terminar, os aseguro que parecerán más relevantes de lo que afirmas. —Prosiguió el Maestre— dice así: “Se guio a la acusada hasta la torre, allí se le curó la herida que tenía en el vientre, usando la Conexión; la hermana Dereva, se encargó de tal menester. Posteriormente se llevó al salón de interrogaciones; allí el hermano Tragoh y Garamon consiguieron por boca de la acusada, una confesión pobre donde se declaraba inocente, esto es lo relatado por la mujer: “ Me encontraba en la cama, junto a Danisha; el rey no requería nuestros servicios en ese momento, retozaba con Lilligh, justo entonces llegó a la habitación una nueva, no logré distinguir su rostro por la tenue luz del cuarto, no estaba desnuda como nosotras, vestía una túnica que le cubría, se acercó  y sonrió, luego se montó sobre mi rey y entonces todo fue confusión, la sangré saltó sobre mí y Danisha; gritamos por ayuda,  la mujer de la túnica me empujó y  me clavó en la barriga luego saltó por la ventana que se abrió como si una fuerza sobrenatural hubiera empujado desde afuera. Himea sabe que aquello no pudo ser el viento.”
»La acusada fue trasladada enseguida al salón rojo, allí se le despojó de sus escasos ropajes y se le vendó los ojos, los hermanos encargados de someterla a la verdad, fueron elegidos por azar y sus nombres borrados de todo registro, como es requerido en estos casos. Hizo falta doce series de azotes, antes de sacarle la verdad entre sus falsos sollozos, —yo le maté— dijo al fin. Y aceptó mostrar sus recuerdos a la hermana Dereva, sin embargo, el procedimiento solo le permitió recuperar una escena donde ser Roman casa de Tres Abetos, se le veía ofreciendo una suma considerable. Se registraron sus pertenencias y se recuperó una bolsa de treinta lidias. La confesa autora afirmó luego de tres sesiones en la cámara de la verdad, que Roman Tres Abetos, le pagó por la ejecución de su crimen.
»La condenada fue entregada al verdugo la mañana siguiente a su condena oficial.”—. Terminó de leer el informe, carraspeó y agregó—: Firmado por el prefecto de la orden, lord Kebal.
—Leer un artículo de los Interventores a toda esta gente, es un falta grave, anciano. —Verón hervía en su puesto.
—Habéis podido daros cuenta que las pruebas en contra de la muchacha se basan en la tortura, por tanto para mí, ha sido una confesión invalidada cuando no se pudo confirmar mediante la lectura mental. —Carraspeó—. En una primera versión de los hechos ella hablaba sobre una asesina de túnica, que le atacó con un arma. Lo mismo confirman las pericias, sobre los cuerpos; un puñal atravesó el corazón del rey, causando su inmediata muerte, arma que ha sido hallada y ahora está desaparecida. Por otro lado, treinta monedas de plata es el precio por el servicio de una hembra del rey ¿No es así señores todos? —apuntó a los terratenientes en la sala. —Mi siervo, aquí presente no tendrá reparos en hacer pasar al amo del burdel más famoso en la capital, para que os cuente cual es el importe por una noche con la mejor de sus formadas. —algunos en la sala rieron.
—Esta es una sesión seria, que acaso la cordura ha escapado de tu seso. —El sumo sacerdote alegó irascible.
—Locura sería condenar a un paladín del reino, cuando su inocencia está siendo esclarecida ante vuestros ojos.   —Irguió las cejas—. No cambiaré mi voto, así que la dama representante de Hukuno tendrá la última palabra.
—Inocente. —La sacerdotisa se paró de su asiento—. Hukuno se apiade de los que se han manchado con la sangre de una inocente.
—La prostituta confesó su culpa. —alegó Verón.
—Que me libre la diosa de vuestra testarudez. —Se acomodó en su silla con un gesto despectivo.
—¿El voto del señor protector del reino? —preguntó el heraldo
—Inocente. —Miró fijamente a Roman, se acercó a él y levantó el cetro sobre su cabeza—. La asamblea, declara a este varón hijo de Freidham, libre de la culpa que se le imputa. —La multitud, miró asombrada; era la primera vez que un juicio deliberaba a favor de un imputado, desde que los interventores componían parte del consejo, jamás un miembro había reparado en la verosimilitud de sus prácticas. Jen sonrió entonces, y se acercó a su señor, ocultando el sobre que traía en las manos, entre sus ropajes.
—Alabados sean los dioses. —Se paró frente a ser Roman, todavía encadenado—-. Jamás dudé de vuestra inocencia mi señor.
—Lo sé Jen, has sido buen servidor por tantos años. Me conoces mejor que mi propio padre. —Miró de soslayo al canciller— ¿Qué pasará con Lidias? —preguntó a al canciller frente a él.
—Hoy ha comenzado su búsqueda oficial, todos los ducados tienen orden de aprehenderla. —Frunció el ceño.
—Debes detener esta locura. —Los soldados ya le estaban quitando los grilletes—. Has visto como los interventores manipulan las circunstancias, sería prudente dudar de su investigación, tal como ha hecho el Gran Maestre con toda su sabiduría.
—Ya he tomado una decisión sobre esto. —Su mirada se oscureció. La multitud contempló la escena sin atreverse todavía a emitir comentarios, la asamblea estaba acalorada los grupos de la Sagrada Orden hervían de furia y hundían miradas terribles contra el anciano  Gran Maestre.
—Pueblo de Freidham y a las gentes de todo Farthias. —El protector del reino, levantó la voz para que le oyera toda la afluencia reunida—. Somos el único pueblo conformado por hombres, en éste lado del mundo, somos y nos hemos creído libres durante siglos, desde el fin de los tiempos de Oscuridad y Fuego. —Algunos se estremecieron al oír las palabras del canciller—. Pero yo os digo que su reino no es libre, desde tiempos inmemoriales en que la Orden de Semptus rige por sobre la soberanía del rey. El rey que por designios del mismo Semptus a través de Himea, ha de gobernar a Farthias, sin embargo, sus decisiones  son limitadas por el poder impuesto de los consagrados.
—Medid vuestras palabras, alteza —apuntó el Sumo sacerdote.
—Ya lo veis todos, amenazándome desde su posición. —Le asentó con el cetro real—. Anotad este día, porque mi primera orden como protector del reino, será libraros del yugo dominador de la Sagrada Orden. —La multitud no podía creer lo que escuchaba—. Desde hoy, eximo de sus actividades a los consagrados.
—Usted no puede tomar esa decisión —alegó  Verón—. No sin los votos del consejo.
—Como protector del reino. —Sonrió cáustico—. Tengo la facultad de designar una orden real, con aprobación inmediata al inicio de mi mandato y ya sabréis no he hecho ninguna hasta ahora.

                                                         ***
          La brisa sorna y algo fría se colaba por el ventanal, haciendo oscilar los velos de seda que se descolgaban desde el dintel; aquella tarde eran los últimos suspiros del verano.
─—Siempre te gustó leer, ¿no es así? —Anetth avanzó sutilmente hasta el sillón, donde Lidias con afán devoraba  un volumen bastante grueso—. ¿Puedo? —La princesa hizo un gesto con la cabeza y la mirada, al momento que la hechicera le indicó una silla; se acomodó el regazo con la palma de sus manos y se sentó a su lado.  
─—¿Por qué lo dices? —Lidias siguió ojeando las amarillentas páginas.
─—Desde pequeña te observaba, cuando todas las tardes pasabas horas enfrascada en la lectura bajo la sombra de los árboles. —Sonrió—. Siempre me causó curiosidad; habrías sido una estupenda hechicera.
─—Sin embargo, no nací para ello. —Cerró el libro y miró a Anetth—. No recuerdo haberte visto  antes, pero noto que tú me reconoces perfecto.
─—Un rostro hermoso no se olvida fácilmente. —La hechicera la miró fijo y sonrió casi coqueta; Lidias no bajó la mirada—. Eras una damita muy  particular cuando llegaste a la torre, hace diez veranos atrás ¿no?.
─—Me acuerdo de ese día. —Apartó la mirada hacia el ventanal, la tarde se tornaba rojiza—. Estaba asustada,  mi madre había muerto apenas un mes antes, me sentía tan sola como…
─—¿Cómo ahora? —Anetth le acarició el hombro desnudo, la princesa había cambiado sus atavíos de metal, por ropa más adecuada a la Torre de los hechiceros: un vestido de seda turquesa, ceñido con una faja de hilos dorados; el color de la sabiduría, todos usaban un ceñidor similar.
—Perdí a mi madre y nunca pude llorarle, porque tuve que consolar a mi padre y luego él me envió aquí. Ahora que se ha ido; tampoco consigo sentir su perdida, ya que en su lugar estoy huyendo: intentando dar con el verdadero asesino y de paso librar a Roman, el hombre con el que me han comprometido y robará mi libertad. —Se levantó de súbito y caminó hacia el ventanal. La brisa se había vuelto más enérgica y le agitaba los cabellos, luego se apoyó en la barandilla de piedra del balcón—. Sola, así me sentí aquel día y así me he sentido toda la vida.
─—¿Puedo darte un consejo? —La hechicera la siguió y se detuvo a sus espaldas—. Siempre hay más opciones después de haber escogido; incluso detrás de las elecciones impuestas.
─—Podría negarme, claro. —Se frotó los brazos con las manos; el anochecer se estaba poniendo helado—. Pero si lo hago, el reino se quedará sin un monarca.
—¿Qué hay de lord Condrid?
─—Hay algo en él que no me agrada. —Se volteó y miró la hechicera—. No lo quiero en el trono.
─—Tú decides entonces. —Bosquejó una sonrisa—. Está helando, será mejor que entremos o nos congelaremos. — Notó la turgencia de los pezones de Lidias bajo la seda.
─—No has estado en Freidham para el invierno. —La princesa cruzó el umbral y Anetth cerró la puerta de cristal, tras ellas.
—Nací en el sur, soy de Anduil. —Todavía le miraba con algún disimulo el busto—. Solo he estado en Freidham una vez este verano, días antes de encontraros a ti y tus acompañantes en Torhen. —Apartó un momento la mirada y observó la habitación— ¿Y tu vasallo? No lo he visto estos días.
─—Es porque lo envié con un encargo fuera de aquí─. «Eres bastante entrometida Anetth», pensó. Cogió un capirote que había dejado sobre la mesa y se lo puso— ¿Por qué preguntas?
─—No lo sé. —Sonrió con inocencia—. Parece que le gusta aquí,  creí que le habías echado.
─—No.
─—Bueno, iré a ver que han hecho para la cena. —Hizo una pausa en el arco de la puerta— ¿Vienes?
─—Me quedaré leyendo un momento más.
─—Lo siento, te interrumpí. —«Si, lo has hecho», se dijo Lidias para sí; mientras se mordía los labios. Anetth salió de la estancia con ligereza.
                                                        ***
    El trote del palafrén contra los adoquines mojados se mezclaba con el sonido de los goterones reventando en la capota de Fausto, la tormenta no le permitiría dejar Freidham esa misma noche, las calles estaban vacías la mitad de la ciudad que estaba en la plaza celebrando el derroque de la Sagrada Orden, se había devuelto a sus casas y los que no en las tabernas refugiándose de la lluvia. “He cumplido mi misión al pie de la letra”, pensó mientras se acercaba al umbral de una posada, donde recordaba había estado antes. “La princesa no va a molestarse si me tardo un día en regresar, además estoy mojado hasta los huevos”.
       La cantina estaba llena y el jolgorio era total: Los tachos de cebada chocaban en el aire, derramado parte de su contenido sobre las sudadas cabezas de quienes celebraban; el aire viciado y colmado de humo de tabaco inundó la nariz de Fausto, que con alegría se acercó, tropezándose con el gentío hasta el mesón, allí a viva voz pidió la mejor bebida del lugar. Enseguida el tabernero, un varón calvo y de ojos alegres le sirvió una jarra de vino de Anduil, la mejor cosecha en todo el país.
─—¿Seguro que el señor puede pagarlo? —Sonrió algo nervioso, mostrando sus amarillentos dientes.
─—Por supuesto y desde ya pediré otra jarra. ─Lanzó una Corona sobre el mesón. ─No hagáis caso de mis vestiduras, vengo así por una misión guiño el ojo a una de las meseras a su vera.
─—Seguro. —La hembra, de cabellos oscuros y ojos como la miel le sonrió.
─—La gente parece feliz, eh. —El cazador miraba de reojo a la mujer y se dirigía al tabernero.
─—¿Es que usted es extranjero? —frunció el ceño—. Todos celebran, librarse del yugo de los Capa Purpura.
─—Vaya, así que era por eso. —Fausto de verdad no lo sabía aun, había pasado el día anterior recuperándose del largo viaje durmiendo en una posada—─¿Y cuál es el cambio?
─—Pues, que el reino pasará a ser gobernado por el rey y sólo por el rey. —Sonrió el tabernero.
─—Que bien, eso sí es motivo de celebrar. —Se echó un trago, y limpió los labios con la manga, su tono era irónico.
─—No sea bufón. —La mesera le miró enfadada—. Deje que la gente celebre lo que quiera. Sabemos que no habrá ningún cambio evidente, pero al menos la justicia pasará a manos del rey y no de esos fanáticos.
─—Vaya, la política sí les va bien a las cantineras de la capital, eh. —Fausto sonrió arrogante.
─—Y que mal se les da tener dinero a los siervos afuerinos. —Frunció el entrecejo—. Espero que se haga justicia y decapiten a la princesa. Debió ser ella en lugar de mi hermana.
─—¿De que estas hablando? ─Fausto dejó el vino. ─La princesa es inocente.
─—¿Qué? —La mesera se acercó y le miró a los ojos—. Repite lo que dijiste y harás que esta multitud te mate.
─—¿Por qué? —Encogió los hombros—. Todavía no la han juzgado, seguro ni pruebas tienen de ello.
—─¿Y acaso tenían pruebas cuando mataron a mi hermana? —Enrojeció de furia—. Claro que no, la mataron al día siguiente todavía nadie se enteraba que el rey había muerto.
─—No entiendo—¿Quién era tu hermana?— Fausto estaba realmente confundido.
─—No te hagas, todo el mundo lo sabe. —Se acercó para que la oyera—. La prostituta a la que los Capa Purpura, culparon erróneamente.
─—Lo siento, de verdad no lo sabía.
─—Por supuesto, pero bien crees que la princesa es inocente.—Movió la cabeza—.Idiotas, creen que por ser nobles están libres de pecados.
─—No dije eso. —Tragó saliva—. Conozco personalmente a la princesa Lidias y estoy seguro de su inocencia. ─En ese momento, un fuerte golpe en la cabeza del escudero le hizo perder el conocimiento y caer.

                                            ***
     En el camino de regreso a Thirminlgon, el Gran Maestre parecía nervioso, le indicó al cochero que acelerara el paso de las bestias. Junto a él, sus siervos que no comprendían todavía la situación, se atrevieron a preguntar, qué estaba sucediendo. Sin embargo se negó a responder y en su lugar dobló con cierto desgano un papel, timbrado con el sello Real.
    Al llegar a la Torre, el Maestre bajó del carromato con prisa, su sequito le siguió hasta la entrada y allí se dispersaron todos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Cicella a la sierva Louwin, la más cercana al sabio maestre.
—No lo sabemos, pero recibió una carta, antes de que partiéramos —le respondió agachando la mirada en señal de respeto—. Es de parte del lord Protector. Tememos que sea algo referente a vuestra Orden.
—¿Por qué?.
—Porque durante el juicio, se relevó a los “estandarte purpura”. —Tragó saliva—. Las cosas no se dieron bien después de la intervención del Maestre, creemos que los Consagrados puedan tomar represalias, o peor aún que el lord Protector, estime conveniente relevaros a vosotros también. —En ese momento, bajó corriendo las escalinatas Edwin, el mayordomo del Maestre y uno de los más adustos hechiceros jóvenes.

─—Levantad a los niños, sacadlos de aquí inmediatamente. —ordenó a Cicella, que atravesó el pasillo en ese instante.
─—¿Qué ocurre Edwin?
─—Has lo que digo, no hay tiempo para explicar. —Siguió avanzando y subió hasta el despacho del maestre.
─—Está hecho, ya le avisé a todos en la planta baja. —Su respiración era agitada.
─—¿Encontraste a Lidias? —El maestre se veía nervioso—. Debe escapar cuanto antes.
─—Señor…—Miró por la ventanilla. Una cuadrilla de soldados con el estandarte de la Sagrada Orden, estaba a las puertas de la torre—.Ya están aquí.
─—Busca a la princesa, debe ocultarse enseguida.—El anciano, cruzó el pasillo y bajó las escalinatas.
─—Así lo haré señor.
            Lidias se había dormido con el libro sobre el regazo, oyó ruidos y despertó sobresaltada; un calofrío estremeció su cuerpo y le erizó la piel bajo el capirote. Miró a hacia el ventanal, debía estar de noche pero una luz anaranjada se colaba desde abajo; se acercó a mirar a través del cristal.  El fuego de las antorchas iluminaba el jardín, debían ser al menos cincuenta varones que rodeaban a un grupo de hechiceros de la torre “¿Que está pasando aquí?”, en ese instante Anetth cruzó el umbral de la estancia.
─—!Princesa, por Himea estabas aquí! —La voz de la hechicera, denotaba alivio.
─—¿Qué ocurre allá abajo? —Se alejó de la ventana y se acercó a Anetth—. Son los estandartes de la Sagrada Orden ¿han venido por mí?
─—No. —Le sujetó el brazo—. Ven conmigo, debemos ocultarnos.
─—¿Ha llegado el Gran Maestre? —Corrió por el pasillo junto a la hechicera.
─—Lidias —Anetth se detuvo—, El maestre está muerto.
─—¿Qué? —Su mirada se turbó.
─—Han venido a matarnos a todos. —Abrió la puerta de la biblioteca y metió a Lidias dentro—. Por mandato real, los hechiceros serán exiliados del reino.
─—¿Por qué? —Corrió hasta la ventana y miró hacia el jardín, algunos hechiceros estaban luchando.
─—Porque lord Condrid los considera una amenaza. —Estiró la mano y rosó la mejilla de Lidias, casi en una caricia—. Tranquila princesa, el Maestre jamás mencionó que estabas aquí.
─—¿Tu estas ocultándome algo? —La miró a los ojos.
─—No. —La hechicera retiró la mano súbitamente—. Volveré por ti. —Sonrió algo sombría—. Lo prometo. Salió de la biblioteca, cerrando la puerta tras de sí. Lidias corrió a la ventana y desde la altura observó cómo ardían las instalaciones bajas;  allí estaban Edwin y un grupo de hechiceros, rodeados por las lanzas de la guardia y con la cara hacia el jardín. —Parecía que los estaban apresando—. Eran soldados de Thirminlgon “No es posible ¿Sus propios hombres les traicionan?”, en ese momento miró algo más. Los hombres de la Sagrada Orden, comenzaron a tensar sus arcos. El grupo de hechiceros, creció y ahora eran más de cien—todo el colegiado y alumnado—, algo estaba ocurriendo. “¿Qué hacen?¿ Van a matarlos?”.  
        El gran Maestre apareció, siendo empujado por dos guardias; uno de ellos le dio un fuerte golpe con la cacha de su lanza. Luego un grupo de niños, de los que estaban entre los hechiceros, rompió la fila y salió corriendo por entre los rosales del jardín; una lluvia de flechas los alcanzó en ese instante, descargadas por los varones de capa purpura
—Nooooooooooo —el desgarrador grito de Lidias, bien pudo ser escuchado desde abajo, sin embargo, el escandalo allí era mayor.
        Edwin, salió de la fila y descargó sobre el pecho de uno de los soldados, una bola de energía muy luminosa, que lo arrojó al piso. Los niños a los que aun protegía corrieron entre el alboroto, pero las precisas ballestas alcanzaron a Erhon; entonces hasta él llegó Anetth, que no estaba en la fila en ese momento, le cogió en sus brazos y lo abrazó.
─—!A él no, lo prometiste! —gritó la hechicera a un hombre de capuchón negro, parecía estar al mando
─—No tengo tiempo para esto, sígueme. —La orden fue cumplida casi de inmediato, antes pareció enjuagar con su mano una solitaria lágrima. Una nueva bola de energía proyectada por Cicella iba directo a impactar al hombre bajo la capucha, pero enseguida Anetth respondió con un contraataque que hizo estallar la esfera de luz; acto seguido un rayo letal atravesó a Cicella. Las ballestas y arcos del resto de los soldados, dieron en la diana de las espalda, de todo el grupo de Hechiceros dispuestos en la fila, y que no se percataron de la traición. La misma suerte corrió el Gran Maestre.
—¿Qué haces Anetth? —Edwin buscó los ojos de la hechicera, mientras se protegía de las saetas controlando su trayectoria y desviándolas, pero ella solo lo ignoró.  
─—Orden de inmundos, no se resistan y abracen la muerte con valentía. —El varón de negro, se dirigió al grupo de hechiceros que resistía—. Mátenlos. —ordenó a la guardia. Enseguida una lluvia de flechas acribilló a Edwin y el resto de sabios que le acompañaban. Los soldados cogieron las antorchas y empezaron a arrojarlas por las ventanas de la torre hacia dentro.
—Deténganse. —gritó el capitán de los Capa Sinople—. Esto no está en las órdenes que recibimos. —Se dirigió a los soldados con el estandarte de la Sagrada Orden, quienes acababan de matar a los hechiceros.
—Sus órdenes no son las nuestras. —El varón al mando del grupo avanzó hasta el capitán.
—Yo te conozco. —Le apuntó, apretando el ceño como queriendo reconocerlo—. No eres un consagrado, te he visto causando problemas en las fronteras. —Sacó su espada—. Eres un maldito mercenario. ¿Qué haces comandando y usando la capa purpura? —El capitán miró al resto de los varones vestidos como soldados de la Sagrada Orden y descubrió en ellos los rostros de bandidos y mercenarios. Lo había comprendido, le habían engañado, esto no era una ordenanza del “Protector del Reino”, alguien había traído aquí a estos usurpadores ¿Pero por qué?  
     La princesa corrió hasta la puerta, pero estaba cerrada desde fuera”Anetth, regresa por favor abre “, el pensamiento quizás se hizo acción, porque no pasó mucho hasta que se oyeron pisadas del otro lado.
─—Necesito un libro —Una voz masculina conocida, se escuchó desde el pasillo “No puede ser “, Lidias lo había reconocido—. No tenemos mucho tiempo, abre la maldita puerta ahora.
─—No tengo la llave. —La princesa se acercó al cerrojo y miró a través de él. Allí estaba un hombre de capucha oscura y una de las siervas de la torre.
─—No juegues conmigo, encuentra esa maldita llave. —Su voz sonó como un trueno—. Ni cien hombres lograrán derribar esa puerta, más te vale que la halles.
─—Enseguida mi señor. ─La mujer corrió escaleras abajo; Lidias suspiró con alivio, por un momento olvidó el fuego.
─—Tengo algo que necesitas, majestad. —Anetth avanzó parsimoniosa hasta donde estaba lord Condrid, jugueteando con una llave entre sus dedos—. En realidad tengo dos.
─—Abre la puerta de una buena vez, antes que todo el maldito lugar estalle en llamas. —La hechicera pasó por delante del canciller contoneándose sugerente. Hundió la llave en la cerradura y antes de girarla se volteó y se acercó al oído de aquel varón.
─—Dos por el precio de uno —dijo en un susurro, casi rosándole la oreja con los labios—. Lidias está allí dentro. —Rodó la llave.
        La hechicera abrió la puerta y un has de luz muy brillante encandiló los ojos de la princesa, que se preparaba para encarar al canciller.
─—Anetth, ¿qué estás haciendo?—Gritó arrugando los ojos y se lanzó  deslizándose bajo las piernas de lord Condrid. El destello todavía no culminaba y la princesa aprovechó de escapar corriendo por el pasillo.
─—Detenla.—Gruñó el canciller, acto seguido la hechicera se giró sobre sí y alzó ambas manos como queriendo coger a la princesa que huía; de cada uno de sus dedos se desplegaron una suerte de hilos invisibles.
─—Traidora, confié en ti.—berreó  Lidias, que sintió como si ataduras se le enredaran alrededor de su cuerpo, imposibilitándole los movimientos.
—Lo siento princesa. —Fingió una mueca de congoja.
—¿Por qué? —gritó— ¿Qué hace él aquí? —Miró a la hechicera con desconcierto— Te vi asesinar a Cicella ¿Qué está ocurriendo, Anetth?
—Todo terminará pronto… —respondió con insipidez—. No debiste venir aquí. —Dentro de la biblioteca, se escuchaba el estruendo que el canciller hacía allí, de pronto cesó y se oyó caminar hasta la puerta.
─—Vámonos. —Condrid guardó un libro voluminoso de portada dorada, tan brillante como los rayos del sol—. “¿Qué es eso? No lo vi cuando estuve dentro”, pensó la princesa.
─—¿Qué haces aquí?—─Una gota de sudor frio le resbaló por la frente.
—¿Sorprendida? —Sonrió él.
—¿Quién eres en verdad, Condrid? —había una sombra de temor en sus ojos.
—No es quien soy ahora— El canciller se quitó la capa que le cubría el rostro—.Has reconocido mi voz. —Se paró frente a ella—…sino, quién llegaré a ser en un futuro muy próximo.
—¿De qué se trata? —Lo miró confundida— ¿Eres quién está detrás de todo esto? —Tragó saliva—. Has cometido un genocidio atroz, el consejo no va a tolerar esta locura. Te colgarán en la plaza antes de que logres dar una explicación razonable para esta brutalidad.
─—Princesa Lidias.—Reverenció con ironía—.Eres la viva imagen de Vian, mi tan amada Vian…
─—¿Qué dices?—Abrió los ojos de par en par—¿Estabas enamorado de mi madre?
─—No solo eso. —El canciller avanzó hasta pararse a su vera—.Tú, chiquilla; eres el fruto de nuestra pasión.
─—! Himea me libre! —Anetth tragó saliva y se estremeció—¿Es tu hija?
─—Y maldigo a los dioses por ponerme en esta encrucijada. —gruñó con desprecio.
─—¿Cómo puede ser cierto, lo que dices? —Se quejó la princesa—. ¡Es absurdo! —El nudo en que se había formado su garganta desembocó en un húmedo llanto que empapó sus ojos—. Aceptaste que Roman me pretendiera.
─—Y no permití que llegaras a ser su reina. —Sonrió cáustico—. Así como tampoco, condescenderé que se lo cuentes.
─—No espero misericordia de quien consintió que su hijo fuera al calabozo, a sapiencias de su inocencia. —Las lágrimas regaron sus mejillas—. Eres un hechicero… maldito, traicionaste a mi padre, él. —hizo una pausa—, te consideraba a su amigo, su único.
─—Yo, soy tu progenitor —bufó—. Él me traicionó desposando a tu madre y me humilló haciéndome su consejero. ¿Quién es el traidor? —Arrugó el entrecejo—. Pese a lo que creas, no planee su muerte, no por venganza. —La miró a los ojos, para que le quedase bien claro que decía la verdad—. El pacto con ese bárbaro lo exigía. De lo contrario jamás hubiera  obtenido su alianza.
─—¿Eres el responsable? —Intentó moverse, pero fue inútil y la angustia en la garganta se convirtió en cólera de un instante a otro—. ¿Tú lo mataste? —El llanto amainó sustituido por la ira—. Te juro por los dioses que me han olvidado, que te mataré. Más te vale Anetth que me sueltes y ahogaré a este mal nacido con mis propias manos.
─—No voy a darte ese placer, hija. —Sonrió y le dio la espalda.
─—No me llames, hija. —Le lanzó un escupitajo que fue a darle en el capuchón.
─—Estoy a un paso de ser el varón más poderoso sobre la faz de este mundo. —Se rio como un demente y le dio un severo bofetón que le rompió el labio—. Ansiarías ser mi hija, pero no tendrás ese honor. Tu destino es morir y ahogar para siempre el legado del reino de Theodem —Mostró el libro dorado bajo su capa— ¿Sabes qué es esto?
─—El Libro de Hechizos de Liliaht. —Las palabras se le ahogaron y terminaron siendo un débil murmullo.
─!El Libro de Hechizos!. —Bosquejó una sonrisa burlona.—. Me sorprende lo culta que has llegado a ser,  Lidias; eso puedes agradecerlo a Theodem, por traerte aquí cuando quiso deshacerse de ti. Esta reliquia, me hace dueño de todo el conocimiento adquirido en milenios.
“Si conoces la historia, sabrás que ese libro terminará consumiéndote”, la princesa pensó en restregárselo a la cara, pero en su lugar calló y prefirió abstenerse. Si Condrid no consideraba esto, entonces su perdición sería inminente.
—Te has callado. —Le acarició los cabellos,  un hilillo de sangre se escapaba por la comisura de los labios de la princesa— ¿Asustada?
─—Vas a morir Condrid Tres Abetos y espero que las almas de todos los que han caído por tu causa te esperen en el abismo y te atormenten por la eternidad. Eran solo unos niños, ¿por qué tenías que matarlos?¿por qué acabar con este lugar y su gente?
─—Porque estorbaban en mi plan. —Su mirada se oscureció—. Al igual que tú. ─Anetth estiró su mano derecha y desde la faja de Lidias escapó el puñal engarzado; la hechicera avanzó y el arma se deslizó hasta su mano,  una vez frente a ella, se acercó y le limpió la sangre en los labios, con los dedos.
—Lamento que tenga que ser así. —Arrimó su rostro muy junto al de ella y le susurró al oído—.Te amé, juro que te amé hermosa princesa, voy a recordar cada detalle de tu rostro.
       Anetth estaba tan cerca que podía respirarle el aliento, y el atractivo olor dulzón de su piel. Con parsimoniosos movimientos, olisqueó el cuello, las mejillas ; acercándose aún más al rostro de Lidias, cosquillándole la piel con las pestañas.
—Me entristece tener que matarte, te lo juro. —Pegó sus labios contra los de Lidias y lentamente clavó el puñal a la altura de la ingle; un gemido se le ahogó en la boca, prisionera de los labios de Anetth, al momento que la hoja penetraba la piel y se incrustaba en su carne. Lidias no podía moverse, sin embargo, tiritaba de rabia e impotencia. El beso duró un instante que a ella le pareció una eternidad; mientras a cada momento la herida que pondría en peligro su vida se hacia más y más profunda.
─—Bruja, traidora. —Una vez la hechicera le hubo atravesado el puñal, jaló los hilos que la oprimían y la hizo caer de rodillas—. Siempre fuiste tú la portadora del engarce—. El vestido de seda comenzó a teñirse de rojo—. Mataste al rey, a las concubinas, escapaste usando la Conexión y te escabulliste a mi habitación. Luego ocultaste este puñal en el colchón. ¿Lo planeaste siempre así?
─—Ha sido un placer conocerte Lidias “Tres Abetos”, hija de Farthias, bastarda de lord Condrid. —Sonrió irónica, y lamió el puñal ensangrentado—. Gracias por cuidar de él, conservará tu aroma por mucho tiempo. —Lo acercó a su nariz como olfateándolo, su gesto era casi lascivo —. Así fue, reventé el corazón de ese viejo rey, abrí a dos prostitutas como a un cerdo y apuñalé ligeramente a otra para que quedase algún testigo; en el que, sin embargo, no habrían de creer.
─—Cobarde. —Los hilos invisibles de la hechicera la habían liberado, pero el dolor no le permitía levantarse—. ¿Por qué usar una hoja con un engarce del otro lado de las montañas?
—Es tan poco lo que saben, de la cultura de los Bárbaros. —Sonrió, se agarró el cabello en una coleta con las manos y dio la espalda a la princesa; el mismo símbolo grabado en el puñal, se mostró en el tatuaje en el dorso del cuello de la hechicera. —Lidias se estremeció, untó sus dedos en la herida e hizo presión antes de intentar en vano levantarse— “¿Es una cultista del dragón? ”
─—Adiós hija mía. —Condrid le acarició el rostro y peinó los cabellos. Luego desapareció en la oscuridad del pasillo, junto a su sierva.
          El humo y el calor del fuego se calaba desde los pisos de abajo, Lidias se puso de pié después de un momento de intentarlo con dificultad, avanzó sujeta a las paredes de piedra de la torre; la sangre le bañaba entre los muslos, la vista la tenía borrosa y el frio le estremecía la espalda y se apoderaba de su cuerpo. “Estoy muriendo”, se decía mientras avanzaba a tientas en la oscuridad escaleras abajo, cada escalón le provocaba dolor punzante, el ceñidor lo usó para detener la hemorragia, pero la muerte era cuestión de tiempo; bien podría quedarse y desangrarse  o podría morir calcinada si se quedaba allí y  Celadora no la cogía antes. Decidió escapar de la torre, no quedaba nadie allí, solo algunos cuerpos mutilados y otros calcinados; Se arrastró por el vestíbulo, evitando el humo y con esfuerzo sobrehumano se ayudó de las estatuas de mármol, para alcanzar las ventanas y salir al jardín.
         Allí afuera no había nadie, solo las victimas del poder de un loco “ Phôn “, recordó. Nadie se tomaría la molestia de robar o matar a un jamelgo tan desaliñado, allí estaba atado a un tocón al otro lado de la torre en llamas. Caminando con extrema dificultad, llegó hasta el animal: le desató, puso pie en el estribo y cuando se hubo echado sobre su lomo; la vista le falló, la cabeza le dio vueltas, el frío capturó su débil cuerpo y perdió la conciencia antes de aferrar las riendas.
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#26
@landanohr , que alegría verte nuevamente. Bueno sí tienes razón, la historia abandona de momento el concepto palaciego para volverse una de aventureros. Aunque da para varios escenarios y eso lo podrás ver más adelante, sin animo de spoilear nada. xD.
Bueno, si que Lidias trata feo a Fausto, pero esque el pobre es muy impulsivo y algo atolondrado. Aunque iempre destaca su lealtad.
Muchas gracias por tus anotaciones y por seguir leyendo y comentando. Un gran saludo y nos leemos!!
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#27
¡OJO SPOILER!

Buenas querido Ledt, aquí estamos de nuevo con; El Santuario de Wyrm, siento no pasar tan asiduamente, pero entre todo lo que se está gestando en el foro, más que intento avanzar en mí novela (lo cual no he avanzado mucho para ser francos) me falta tiempo hasta para dormir XD Bueno el Capitulo abre bien, con Fausto levantándose en un lugar misterioso y atado de pies y manos. Buen cachiporrazo que se ha llevado. Roman me ha parecido un poquito cabrón y Jen, cínico hasta la medula, me cayó bien el tipo.
La segunda parte, con los barbaros en su búsqueda del santuario, me chocó lo cruel que es Dragh para cargarse al muchacho solo por estar cansado. Ragadath me parece un personaje que tiene mucho que decir, conoce bien las costumbres de su pueblo y su historia, lástima que haya pretendido matar al semidragón con un arco a las primeras de cambio un poco sociópatas todos no? XD)
La tercer parte me ha gustado como has planteado el estado de la torre, después del paso de los Capas Purpurás, muerte, masacre y fuego, me he podido hacer una clara idea de la hecatombe que habían montado allí. La parte donde encuentran al rocín con lidias a horcajadas e inmóvil me ha dejado con serias dudas de si todo es lo que parece.
Por último el cuarto trozo, me gustó el flashback que tiene Dragh de su nacimiento y de las costumbres de su pueblo. El ritual que lleva a cabo con la espada instantes después no lo acabé de comprender del todo, según especulo, ¿acaba de despertar fuerzas que llevaban décadas durmiendo?
En general, y a pesar de algunos fallos gramaticales y de puntuación ( ya sabes que no soy un experto en eso) el capitulo se sigue muy bien y dejas con la intriga en las dos corrientes que ahora mismo sigue la historia, tanto con que devendrá dragh ahora que ha pasado por el Santuario del Wyrm, como con Fausto, que se encuentra a Lidias en ese estado.
En fin seguiremos de cerca como se desenvuelve todo. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#28
Mapa Continental
[Imagen: 9318392continental.png]
Mapa de Farthias
[Imagen: 9318394mapa.png]
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#29
@fardis2 Muy buenas compañero!!! un tremendo gusto verte nuevamente por aquí y que alegría que comentes.
Que puedo decir, en estos capítulos pasan varias cosas y la verdad son bastante importantes para el desarrollo de la historia.
Que Roman te pareció cabron, bueno.... si que pudo llegar a serlo y bastante. Pero lo cierto es que el está muy enamorado, podría hacer cualquier cosa por Lidias aunque tambíen se allega y respeta el juramento a su orden.
Los bárbaros son bastante crueles, llevan una vida dificil en las regiones montañosas y allí más vale ser fuertes o morirían. Dragh es cuento a parte, si te parece duro que se haya cargado al chiquillo, pues ya verás... ya veras. En cuanto a
El ritual, bueno.... allí en el capitulo puede que quede poco claro y quizá es un poco la idea. Más que nada quería mostrar la escena y explicar muy poco del trasfondo de todo.. Más adelante se irán desvelando más detalles y se podrán juntar piezas para comprender lo que allí sucedió.
Un tremendo saludo compañero y por supuesto, sigo a la espera de "Baile de Sombras". Ánimos con ello y a aporrear teclado para que salga pronto.... nos leemos!!
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#30
Buenas compañero.

Pues un capitulo más, que llevo unos cuantos días sin poder dedicarme un rato a la lectura y estoy a ver si recupero un poco el tiempo.

Primero te dejo unas notas. La verdad es que antes cuando comentaba siempre era lo primero que dejaba, no sé porqué últimamente lo dejo para el final... no me hagas caso, divagaciones mías Tongue
(07/03/2015 02:39 AM)Ledt escribió: Capítulo VIII

—Tenía doce cuando regresé a mi hogar en las praderas de Ismerlik. —Se llevó una hogaza del pan recién horneado a la boca—.

—Ni siquiera recuerdo cómo era su rostro. —Se le oscureció la mirada y pareció abstraerse en recuerdos que lo llenaban de melancolía—. Han pasado siete años desde que dejé mi pueblo.  A veces sueño que regreso y la encuentro allí como el día que la dejé: sentada a la sombra de los árboles, con sus rojos cabellos al viento y sus labios musitando mi nombre, pero despierto y con desilusión comprendo que sólo estoy soñando.

—No lo sentí. —Cogió dos panecillos de la mesa y los guardó en la alforja.

Lidias miró poniéndose de pie miró todo el lugar (algo se te ha colado) y advirtió en la guardia de capa verde que llegaba al recinto y tomaba una mesa.

—Allí lo tienes, es todo lo que tengo. Puedes contarlo si quieres, no tengo idea cuántas coronas haya, pero te aseguro que  alcanzará para comprarte un burdel entero

Qué has dicho… tonto. —Se volvió para mirar a toda la estancia.
Un silencio mortal se apoderó de ella y el corazón se le atoró en la garganta, acto seguido se volteó con lentitud a mirar a su alrededor.

En ese instante una refulgente luz colmó la estancia, haciendo imposible ver más que un blanco radiante que lo cubría todo.
—¡Deteneos en este instante! —la voz venía desde el fondo de la sala.
Bastó un pestañeo, luego todo volvió a la normalidad y la mujer que hacía unos instantes había alzado la voz,  se halló en medio de la sala.

—¿Qué dices? —rezongó el soldado—. ¿Por qué?
—Estáis ciegos. —La mujer guiñó el ojo a la princesa—. Pues porque es una Interventora, venida de Farthias.

—Mi siervo y mi guardaespaldas —dijo Lidias apuntando a Fausto y a Ledt respectivamente.

—Bien, siendo así creo que no les quitamos más tiempo. —El hombre se apartó con una venia disimulando su aire petulante—. Soldado, baja el arma. Dejadlos que se vayan —ordenó a los otros dos.
Fausto liberando una exhalación de alivio y confusión, salió de la posada mirando hacia atrás a la princesa y el guerrero que le siguieron acompañados de la extraña mujer que les había ayudado.
—¡Señorita! —el capitán de la guardia salió a la puerta y ofreció—: Si lo necesita, podemos escoltarla de vuelta a la Torre.

A trote salieron del poblado, bajo la sombra gozosa de aromos y sauces que cercaban el arcilloso camino.

Tal era su intranquilidad que no encontraba palabras para iniciarla en una charla, así que intentaba mirar al frente en todo momento, evitando hasta el roce de su mentón contra la capucha. Tan pronto pasaron el cruce, la dama de túnica carmesí, pidió que interrumpieran el galope.

Qué simpática eres. —Por fin Fausto, calzó una palabra.

—Oh, no. Yo soy una descarriada. —Giró la cabeza para mirarle— ¿Sabes qué significa que sea del clan de la Sangre no?

Dime cómo están las cosas para llegar a la Torre, necesito ver al gran Maestre Orgmôn.

Asintió con la cabeza—. Llegaremos hasta la muralla, allí fingirás ser yo usando mi ropa, creo que somos del mismo talle.  Recuerdas el camino ¿no?

—Representan las cuatro Ordenes que rigen el Reino. —explicó con serenidad Anetth— .

—Eso es porque, no son una orden regida por la corona. —Echó la cabeza hacia atrás, rozando el torso del cazador con sus cabellos.

El vestíbulo, estaba adornado por las imponentes figuras de los héroes de antaño, colosales bestias aladas que decoraban su interior en relieves sobre las paredes y las innumerables luces de la gran bóveda; todo la acogía con aire familiar.

—Pasa, siéntate chiquilla. —ofreció con amabilidad—. Mira nada más, cómo has crecido; ya eres toda una hermosa mujer. Es un verdadero gusto verte por aquí.

—Tus dichos son muy serios, chiquilla. —Los ojos del sabio se encapotaron, arrugó el entrecejo y se volvió hacia Lidias—. Traes un objeto que enseñarme, muéstramelo.
—Tenía miedo de enseñárselo a cualquiera. —Suspiró—. Es el puñal con que atacaron a mi padre.
—¿Lo traes contigo ahora?
(me resulta extraño que el maestre primero afirme tajantemente que Lidias trae un objeto que enseñarle y luego le pregunte si lo trae)

—Tiene un “engarce”, algo así pude descubrir hasta ahora, ¿qué significa esta marca? —Buscó bajo la túnica, donde había guardado la hoja y la puso sobre la mesa de mármol frente al anciano—. Está encantada.

—¡Semptus e Himea nos libren! —Examinó el puñal, sacando un monóculo de entre su toga—. ¿Cómo te enteraste del “engarce”?

—Descuida, hija. —dijo con calma, aunque en su mirada aún podía revelarse gran intriga al contemplar el puñal—.

Abajo tras las murallas, esperan Anetth, del Clan de la Sangre  y dos varones. Vienen con nuestra invitada, haz que los dejen pasar.

—Esto no sólo es un engarce. —El anciano, volvió al tema que les competía y le lanzó una manta (¿mantra?) encima al arma—.

Era una mesa enorme, madera de roble cuidadosamente pulida y labrada; el salón un formidable recinto obrado en mármol y decorado con luminosas lámparas que flotaban casi pegadas al techo abovedado; la luz radiante del día se colaba por los amplios ventanales de medio arco

Nuestros caminos se separan aquí, seguiré el sendero hasta el imperio; esperando que la buena fortuna les acompañe ¿y quién sabe? tal vez vuelva a juntarnos.

—Deberías quedarte unos días más. —Fausto se acercó al oído del guerrero y le dijo en un susurro— He visto cómo algunas hechiceras te miran desde que llegamos, ya sabes tu dama todavía puede esperar.

—Por un momento creí que él te gustaba —lanzó el escudero.

—¿Qué hay con eso? —Fausto le prestó más atención.
—La senda de Semptus, es la base de los principios de la Sagrada Orden. —Se le oscureció la mirada y habló más bajo, susurrándole al oído—. Terminan transformándose en Interventores o bien, consagrándose al cónclave de los Capa Purpura.

Lidias que estaba un par de puestos más allá, se acercó al Maestre con cierto disimulo.
—Tenemos una charla pendiente, Maestre —le susurró al oído.
—Acompáñame a la biblioteca, debes enterarte de algo. —El anciano con disimulo abandonó la estancia junto a la princesa.

La biblioteca era un gigantesco recinto, abrazado de estanterías atiborradas de tomos tan viejos como el tiempo, miles y miles de manuscritos se apilaban en anaqueles adosados a las paredes y mesones de mármol donde libros gruesos y pesados reposaban.

—¿Qué sucede? —Sacó otra vez el puñal de entre sus vestiduras.

Te aconsejo que te quedes aquí hasta que termine el juicio. No logro comprender qué motivos habría en querer inculparte, podría ser peligroso que regreses.

Fausto asintió con la cabeza y guardó el pergamino entre sus ropas. —Toma mi bridón, te llevará más rápido que tu jamelgo ruinoso.
—¿Debo partir ahora? —A fausto empezaba a gustarle aquel encantador lugar.

“¿Te vas sin despedir? —le había dicho” Fausto solo le sonrió y espoleó al bridón que raudo cruzó los verdes prados y se perdió al cruzar el magnífico portón de la entrada a la Torre Blanca; desde arriba en el balcón Lidias le despidió con la mirada, hasta que desapareció bajo las copas de los árboles del bosque.

Como era de esperar hay mucha más trama detrás de ese puñal y su engarce, al igual que ya se va viendo claro que la hay detrás del asesinato y las falsas acusaciones.
Por suerte Lidias sigue teniendo buenos compañeros y gente que la sigue apreciando y le sigue siendo fiel.

Me ha dejado un poco preocupado que se quedase en la torre. Por una parte no acabo de estar del todo conforme de que ahí esté a salvo; por otra tengo un mal presentimiento acerca del juicio de Roman... incluso temo por la seguridad del Maestre...

Esperemos que no se cumplan estos malos designios, pero lo mejor que puede hacer Lidias es seguir adelante lo más rápido posible y descubrir la verdad.

Pero, eso será en los próximos capítulos, así que adelante.
Iep!
Responder


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