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[Fantasía/Chicas Mágicas] Las Reinas de Cristal
#11
(06/12/2017 11:25 AM)JPQueirozPerez escribió:
(05/12/2017 09:57 PM)Jaden Diamondknight escribió: Ohhhh... Lamento que el ritmo sea algo lento.
Creo que debí haberlo dicho desde el principio... Pero el ritmo de mi novela va a ser algo lento, solo para que tenga tiempo de desarrollar el mundo y las relaciones de los personajes.

Espero haber resuelto esa duda.

El problema no es que sea lento; el problema es que, al menos en ese trozo que he leído, es tedioso. En el primer capítulo estaba mejor llevado. Por ejemplo en las descripciones de la ciudad, en lugar de hacerlo como el típico narrador en tercera persona, contándonos como es la ciudad deberías mostrarla a través de los ojos de la protagonista: no estaba acostumbrada a ver una ciudad tan repetitiva, intentaba fijarme en los detalles de las estatuas del camino pero la potente luz de las lámparas colgantes me estaban dejando cegada... que sintamos lo que siente ella y no que parezca que es nuestra guía turística...

Ohhh... Ya veo. Si bien, puedes ayudarme a resolver esos problemas. Me has sido de demasiada ayuda. 
Muchas gracias.
«No hay nada que ganar, cuando no hay nada que perder» https://discord.gg/4r9TF
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#12
Aquí les dejo un nuevo capitulo, para las pocas personas que les interese.



Capítulo 3: Una princesa, una diosa… Una responsabilidad divina

Nos encontrábamos a las afueras del barracón, después de haber practicado algunas nuevas posiciones y formas, descansando un poco; Geraldo y yo nos encontrábamos apoyados en el muro del ala oeste del edificio.
– ¡Vaya Victoria, hoy estás que ardes en el entrenamiento! Dime, ¿Qué te trae tan inspirada? – Geraldo me preguntaba esto, secándose el sudor de la frente, con un pañuelo blanco.
– ¿Eh? ¿De qué hablas, Geraldo? Yo estoy perfectamente bien. – Le decía al muchacho, confundida, rascándome la nuca. No me había dado cuenta de cuanto había mejorado mi rendimiento ese mismo día.
– ¡Sabes bien de lo que hablo, Victoria! – En eso, Geraldo se levantaba del suelo y me miraba exaltado, haciendo ademanes de manos, simulando los movimientos de esgrima. –Tus movimientos, bloqueos y evasiones se han vuelto mucho más precisos y más veloces. Te has agotado menos y tus ataques son mucho más fuertes; peleas como si estuvieras poseída. ¿No te habías dado cuenta? – Él continuaba haciendo ademanes con las manos, mirándome impresionado, pero yo le miraba aún más confundida.
–La verdad es que no. Yo sólo me dediqué a pelear; nada más. – Le contesté a Geraldo, cruzando los brazos.
–Entonces… ¿en qué estaba pensando, mientras peleaba, Vic?- El muchacho me preguntaba esto, sentándose a mi derecha. “Lo que estaba pensando en ese momento…” Sí recuerdo lo que estaba pensando en ese momento. Estaba recordando la velada del cumpleaños de Fabiola, cuando estaba con Katalina.
–Bueno… sonará estúpido, pero estaba pensando en la fiesta que asistí dos días atrás; la princesa Fabiola y yo conocimos y conversamos con la duquesa Katalina Montesco.
– ¿La señorita Montesco? ¿¡Conoces a la duquesa Montesco!? –
– Por supuesto. ¿Por qué preguntas? –
–Por nada en especial, Victoria. Solo me sorprende que la hayas conocido. ¿Qué más hiciste allá en la fiesta, Vic? – Geraldo me preguntó esto, colocándose en frente de mí, cruzando sus brazos. No sabía si era buena idea decirle sobre el ritual al que Fabiola iba a someterse; parte de mí no quería que se involucrara en algo que lo sobrellevaba. Pero no podía mentirle.
–Si te lo digo, ¿prometes no involucrarte? – Al decirle esto al muchacho, éste asentaba con la cabeza, diciendo que sí. –La princesa Fabiola va a realizar un extraño ritual que va a convertirle en una vasija para una deidad. –
– ¿Una… vasija? ¿Podrías explicarme un poco mejor sobre ello? – En eso, el muchacho se acercaba más a mí, inclinándose hacia adelante.
–La princesa básicamente va a ser un ritual para que un dios escoja su cuerpo como una vasija. No quise decirte esto, por miedo a que ella se enojara conmigo si supiera que fui a esparcir la noticia. Ella es mi mejor amiga; lo que menos quiero es perderla. –
–N-no te preocupes, Victoria. Prometo no decirle a alguien sobre esto. ¿Pero qué llevó a la princesa a tomar esa decisión? –
–Ella me dijo que quería hacerlo para poder ayudar con cuanto fuera posible al reino. Lo más que puedo hacer es asistir a la Ceremonia de Ascensión. –
–Te pediría que me dejaras ir… Pero esa no es la mejor opción. No quiero que la princesa se enoje contigo. –
–Hablando de una razón para luchar, ¿cómo ha estado tu familia? –
–…Las cosas no han mejorado en mi casa, desde que mi padre abandonó a mi madre y a mis hermanas por otra mujer. – Geraldo regresaba al muro del barracón y se recargaba en éste, bajando la mirada entristecido. –Siendo que ahora soy el hombre de la casa, depende de mí de darle el sustento a mi familia. Por eso quise volverme espadachín; para poder darle un mejor futuro a mi familia, porque sé que ellos dependen de mí ahora. – Me quedaba mirando intrigada al muchacho, en lo que él continuaba explicándome sus razones para volverse espadachín. En ese entonces, no sabía en la situación que se encontraba. Sin haberme dado cuenta, me dirigía hacia donde él estaba y colocaba mi mano en su hombro, devolviéndole una sonrisa.
–No te preocupes. Si tu fuerza del alma es realmente grande, tu meta será alcanzada. –
– ¿Cómo dices, Victoria? – El muchacho volteaba a verme, con una mirada llena de incertidumbre, secándose las lágrimas de sus ojos.
–La señorita Montesco me dijo esto, cuando hablé con ella en la fiesta de antier: “Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar”. Por lo que entendí de esa frase, es que si nuestra fuerza de voluntad para conseguir aquello que queremos es igual de grande, aún si nuestros caminos difieren, podremos reunirnos una vez más. – Le decía a Geraldo, llevando mi mano izquierda al pecho y volteaba a ver hacia arriba, con un semblante pacifico.
–Guau… Si la duquesa Montesco le dijo eso, me imagino que también debe de ser muy sabia, para su joven edad. Espero que pueda conocerla uno de estos días. –
–Jeje. Ya llegará la oportunidad, Geraldo. –
–Sois muy linda cuando sonríes. ¿Lo sabías? –
–Gracias, Geraldo. –
–Otra cosa, Vic… cuando veas a la princesa, dígale que le mando saludos. –
–No te molestes, Geraldo. Ella ya está comprometida con Saúl. – Le dije esto al muchacho, encogiendo los hombros.
– ¿El marqués Saúl es su prometido? Diablos… Todas las chicas bonitas ya tienen pareja…– Entonces, Geraldo se retiraba del lugar, viéndose muy derrotado. Yo solo rodaba los ojos, sonriendo socarronamente. Ni siquiera trata de ocultar su nivel de perversión, tras esa carita de angelito.

14 de Febrero de 884. 11:00 A.M.

Ha pasado un mes desde la fiesta de cumpleaños de Fabiola. La Ceremonia de Ascensión se daba ese día. Aún no sabía a qué atenerme… ¿qué iba a pasar con la princesa, si ella terminara siendo rechazada? Debía estar ahí, para darle cuanto apoyo ella necesitara. Me encontraba en la entrada del castillo real, esperando a Fabiola y a sus padres.
– ¿Por qué se tarda tanto? – Inmediatamente, la princesa Fabiola y sus padres salían del edificio.
–Señorita Hosenfeld… ¿está segura que quiere venir a la ceremonia? No es por ser grosera, pero esto puede incomodarle un poco. – La reina me decía esto, caminando hacia donde estaba yo.
–Vuestra hija es mi mejor amiga. Lo más que puedo hacer es apoyarle moralmente. –
–…Gracias, Victoria…– La princesa me decía esto, sonriéndome un poco. Al voltear a verla, podía notar algo de nerviosismo en su rostro; ha de estar temblando del miedo por dentro, pero está haciendo su mayor esfuerzo por disimularlo.
–Subamos al carruaje, señoritas. La ceremonia comienza en dos horas más. – El rey Fernando nos decía esto, abriendo la puerta de la carroza, para dejarnos pasar. Nosotras tres asentábamos con la cabeza, entrando al coche; los reyes se sentaban en el asiento al frente, mientras que Fabiola y yo nos sentábamos atrás. –Adelante. – Entonces, Fernando le daba la orden al conductor de poner en marcha la carroza. Ya con esto, el conductor les daba la orden a los caballos para moverse, por lo que nuestro viaje al santuario comenzaba.
–Su majestad Cornelia… hay algo que quiero saber. Se trata de lo que fue a hacer a Astrid. – Le decía esto a la reina, colocando mis manos sobre el regazo. Tenía curiosidad por saber lo que hizo en la nueva república.
– ¿La nueva ruta comercial? No hay mucho que decir, señorita Hosenfeld. Fui a firmar un tratado con el nuevo presidente de Astrid: Samuel Ford. – Al terminar la explicación de la reina, yo me cruzaba de brazos. –Astrid aún se está recuperando de la guerra que tuvo contra el reino de Astea. – Aún no entendía algo. ¿A qué se debió esa guerra? Me daba curiosidad saberlo.
– ¿Exactamente por qué entraron en guerra, su majestad Cornelia? – Le preguntaba esto a la reina, recargándome un poco sobre el asiento.
–Astrid fue por mucho tiempo una colonia del reino de Astea. Los habitantes de la ahora república se hartaron de vivir bajo la opresión del reino; querían su propia independencia. Pero Astea no estaba de acuerdo con esta ideología; ahí fue cuando sus perspectivas chocaron. Solo una debía imperar. Me imagino que ya sabes a que consolido eso, señorita Hosenfeld. –
–Es una lástima, por las vidas que se perdieron en esa guerra. Pero al menos las generaciones futuras tendrán un mejor mundo donde vivir. –
–Lamento haberme perdido tu fiesta de cumpleaños, Fabiola. Te prometo que, de regalo, la próxima semana podrás ir al norte del reino a comprar lo que quieras para ti. –
–Gracias, madre…– La princesa aún se veía algo preocupada, agachando la mirada, frotando sus manos. Queriendo apaciguar el miedo de ella, yo le tomaba las manos, sonriéndole cariñosamente.
–Vas a salir victoriosa de esto, Fabiola. Ya lo verás. –
–Gracias, Victoria. Sabía que podía contar contigo. – A veces Fabiola suele actuar más despreocupada y valiente de lo que realmente es. Ésta no era una de esas ocasiones.

1:30 P.M.

Ya habíamos llegado al Templo del Aesir, en el Glaciar de los Lirios. Los reyes Leonhardt y yo estábamos en medio de la sala principal, la cual estaba adornada por estatuas de dioses valkinianos, contenedores que quemaban incienso aromático y un pequeño estanque cubierto por pétalos de rosas. La princesa se había ido a ponerse ropas ceremoniales; los monjes del lugar estaban colocando extraños grabados en el suelo, cantando algo en un idioma antiguo que no podía entender muy bien. En eso, Fabiola entraba a la recamara, portando una toga blanca, con un collar de oro y rubíes, sin maquillaje. Los monjes dentro de la habitación sacaban unos tambores, los cuales tocaban lentamente, al mismo tiempo en que la princesa caminaba lentamente al estanque. Entre más se acercaba a éste, más rápido retumbaban los tambores y más rápido los cantos eran emitidos. Uno de los monjes encendía unas veladoras a los lados del templo, cerrando las ventanas y las cortinas.
– ¿Qué está pasando…? – Me decía esto a mí misma en voz baja, encogiéndome un poco. El ambiente del lugar se veía muy espantoso, con la poca iluminación y los cantos. Yo no era la única que estaba nerviosa hasta el espinazo; por más que tratara de disimularlo, se podía ver a Fabiola temblar un poco.
–Dioses que habitan en el Paraíso… esta joven doncella está reunida aquí, para volverse la vasija de uno de ustedes. Si la princesa Fabiola Leonhardt es digna de portar el alma de alguno de ustedes, haced presencia en este templo, ahora mismo. – Uno de los monjes decía esto, mientras los cantos y los tambores resonaban más fuerte. Las runas en el suelo inmediatamente se prendieron de una en una, envolviendo a la princesa en un halo de luz.
– ¡Fabiola! – Yo exclamaba esto, cubriendo mis ojos con mis brazos. Solo podía desear que ella estuviera bien. El destello se atenuaba poco a poco, por lo cual me destapaba los ojos, viendo lo que la princesa hacía. ¡Una gema de color aguamarina había aparecido justo en frente de Fabiola!
– ¿Que? ¡Sí! ¡Eso es lo que quiero! Pero… ¿quién sois vos? – La princesa decía esto, mirando a la gema, la cual palpitaba un brillo especial. ¿Eso… eso era una exopiedra? Entonces, la princesa alcanzaba lentamente la gema, cuando de repente ésta emite un brillo incandescente que abarcaba todo el cuarto. – ¡KYAAAAAAAA! – Lo único que pude escuchar fue un grito proveniente de Fabiola. Quería ir a ver qué pasaba, pero no podía ver. Aquel halo de luz duró unos segundos; cuando éste se disipó, los reyes y yo volteamos a ver a donde estaba la princesa. Fabiola estaba inconsciente en el suelo, vistiendo una armadura color morado claro con encajes rosa, un peto que tenía forma de alas de ángel, chalina cruzada de color rojo, faldón corto, pero con placas medianas a los lados de las piernas y botas largas. Lo que en verdad llamaba nuestra atención eran un par de alas de mariposa plateadas que brotaron de la espalda de ella; éstas revoloteaban rápidamente, soltando mucho viento por la habitación.
– ¡FABIOLA! – Fernando, asombrado ante lo ocurrido, corrió fugazmente hacia donde estaba la princesa, tomándola entre sus brazos.
–Áine…– Esto era lo único que se podía escuchar de los labios de la princesa, la cual lentamente recuperó la consciencia, abriendo los ojos. – ¿Padre? ¿Qué pasa? ¿Lo-lo logré? – Fabiola, intentando levantarse, posaba su mano derecha sobre su rostro.
–Cariño… por favor, no te exaltes. – La reina pasaba delante de la sala, diciendo esto a la princesa, ayudando a levantarse.
– ¿Por-por qué dices eso? – Ya de pie, Fabiola prestó detallada atención a cómo es que se veía en ese momento. – ¡WAHHHHHHHHHHHHHH! – La princesa saltó del suelo de la conmoción, por lo cual yo me acercaba a donde estaba ella, llevando mi mano a la frente.
– ¡Mantén la calma, Fabiola! – Le dije esto a ella, inclinándome un poco hacia adelante.
–Tengo que hablar con Áine. ¡Áine… ¿dónde estás?! – La princesa exclamaba esto, volteando a ver a todos lados, cuando de pronto una silueta femenina aparecía a un lado de ella; una mujer de cabello rojo lacio, ojos violeta y un vestido color verde con morado, con alas violeta.
– ¿Me hablabas, Fabiola? – La doncella le preguntaba esto, inclinándose un poco.
– ¿¡Q-quién es usted!? – Fernando le preguntaba esto a aquella dama, inclinándose un poco.
–Mi nombre es Áine. De donde vengo, soy la diosa del amor y fertilidad. – Áine le decía esto a Fernando, inclinándose un poco, sonriéndole.
– ¿La… diosa del amor? – Al escuchar esto, yo me incliné ante ella, agachando la mirada. –Mis respetos, su grandeza Áine. – Aún no podía creer que estaba en frente de una diosa. Tanto tiempo el cual pensé que esos conceptos solo existían en los cuentos de hadas… ahora presentes ante mi mirada.
–De pura casualidad, ¿no hay una manera de poder volverse la vasija de dos dioses? – La princesa preguntaba eso, observando a la diosa.
–Lo siento, Fabiola. Sólo se puede ser la vasija de una deidad a la vez. Esas son las reglas; nunca vas a tener lo que deseas, más vas a conseguir lo que necesitas. – Al terminar de decir esto, Áine agachaba la cabeza, encogiendo los hombros.
–…Lo importante es que logré convertirme en una vasija. No sabéis cuan agradecida estoy, Áine. – Entonces, Fabiola se inclinaba ante la diosa, mostrando respeto hacia ella.
–Y yo estoy igual de agradecida de ser tu vasija, Fabiola. – Áine le respondía con esto a la princesa, sonriéndole tiernamente.
–Ahora… ¿cómo vuelvo a mi forma normal, Áine? Sería muy incómodo para el resto del púbico verme andar con éstas atrás. –La joven le decía esto a la diosa, señalando a sus alas.
–Concéntrate en la apariencia que tenías antes de la transformación. Es simple. – Cuando la diosa terminó de decir esto, la joven princesa cerraba los ojos por un rato; un haz de luz le envolvió por unos segundos, y cuando éste se disipó, Fabiola regresó a la “normalidad”.
–Fabiola… estoy tan orgulloso de ti. – El rey Fernando abrazaba a Fabiola fuertemente, por lo que ella le devolvía el abrazo, cerrando los ojos.
–Gracias, papá. Gracias, mamá. Me alegra mucho que decidieran apoyarme con esto. No saben cuánto significa mucho para mí. – Al terminar de decir esto, la princesa soltaba a los reyes y se dirigía a mí, para abrazarme. –No sabes cuanta ayuda me diste con solo estar aquí, Victoria. Sabía que podía contar contigo. – Teniendo su rostro tan cerca del mío, pude escucharla sollozar un poco; queriendo apaciguarla, le abrazaba de vuelta, sonriéndole un poco.
– ¿Para qué son las amigas? –
–Chicas… ¿dónde está la gema? – La reina Cornelia nos decía esto, inspeccionando a Fabiola de reojo.
– ¡La exopiedra! ¿¡Dónde está!? – Al notar esto, Fabiola inmediatamente buscaba la gema entre su ropa, viéndose muy agitada.
–No te preocupes, Fabiola. La exopiedra está a salvo. – Áine reaparece en frente de nosotros y nos decía esto, inclinándose un poco.
– ¡Áine! ¿Sabéis dónde está? – La princesa volteaba a ver a la diosa, con sus manos en el pecho.
–Cuando una deidad realiza el pacto con su vasija, la exopiedra se fusiona dentro del cuerpo del usuario. En otras palabras, la gema está dentro de ti. –
– ¿Y cómo se puede saber eso, Áine? –
–Las vasijas adquieren una marca en el cuerpo, simbolizando su pacto con un dios. –
–Gracias por la información, Áine. La necesitaba. –
–Cualquier cosa en la que me necesitas, solo avisa, cariño. – La diosa entonces le decía esto a ella, sonriéndole gentilmente, desvaneciéndose lentamente.
–Volvamos a casa, Fabiola. Debemos anunciarle al reino sobre esto. – Fernando posaba su mano sobre el hombro de la princesa, diciéndole esto.
– ¿En serio debemos exclamarlo a los cuatro vientos, papá? Dejémoslo así, por favor. –
–Si eso es lo que quieres…– El rey le respondió con esto, encogiendo los hombros, agachando la cabeza. –Muchísimas gracias por vuestra paciencia, sacerdote. Espero que vuestro compañero regrese pronto de Duwanga. Tengo entendido que fue a entrenar en cuerpo a cuerpo, ¿o me equivoco? –
–El sacerdote Barkhorn volverá dentro de un año, su majestad. Y no hay nada que agradecer. Nosotros trabajamos para aquellos que están buscando la ayuda de los dioses. – El monje le respondía con esto al rey, haciendo una reverencia.
–Que tengan un buen día, señores. – Cornelia le decía esto a los monjes, inclinándose también, sonriéndoles gentilmente.
–Gracias por su ayuda, señores. Prometo que les ayudaré como pueda. – Fabiola le decía esto a ellos, haciendo una reverencia, sonriéndoles igualmente. Y con eso, la ceremonia había terminado; solo faltaba que la princesa se cambiara de ropa para irnos de ahí. Esa fue la primera vez que presencie ese ritual…


3:30 P.M.

Después de un largo camino, nosotros cuatro llegamos a mi casa. Aún no podía sacarme de la cabeza aquella imagen de Fabiola. ¡Era amiga de una diosa! Por muchos años, pensé que los dioses no existían; menos mal que no dije eso en frente de Áine. No quería imaginarme como respondería. Debía de recolectar mis pensamientos, antes que pudiera hablar sobre la ceremonia a Fabiola.
–Papá… ¿me permites hablar con Victoria… a solas? – La princesa le preguntó esto al rey, agachando un poco la mirada, mientras la carroza se paraba en frente de la mansión.
–No te tardes mucho, Fabiola. Recuerda que aún tengo papeleo que atender. – Fernando decía esto, asentando con la cabeza, en lo que Fabiola y yo salíamos por la puerta derecha del carruaje. Ya en tierra firme, la princesa me toma de la mano derecha y me llevó algo lejos del carruaje, para que sus padres no nos escucharan.
– ¿Qué pasa, Fabiola? – Le decía esto a ella, con mis manos en la cadera. Solo podía esperar a que no me restregara en la cara que era una diosa.
–Victoria… voy a tomar clases de magia con Katalina. Ahora que soy una diosa, me encantaría aprender a usarla. Sé que no voy a poder usar los mismos conjuros que Kat usa, pero para este punto, ya me da igual. Con usar mi propia afinación mágica es suficiente. – Al decirme esto, Fabiola colocaba ambas manos en el pecho, observándome directamente. Algo me daba muy mala espina con eso que dijo; conociéndola, estaba segura que terminaría metiéndose en problemas, si aprendiera a usar magia. No es la primera vez que me he metido en problemas por culpa de Fabiola.
–De ser así, voy a asistir a tus clases. Quiero mantener un ojo encima. – Le respondía a la joven, entrecerrando la mirada, cruzando mis brazos.
–Awwwwww… sabía que era mala idea decírtelo. – La princesa entonces agachaba la mirada, jugando con las yemas de sus dedos.
– ¿Sabes bien que, aunque no me lo dijeras, Katalina me lo terminaría diciendo tarde o temprano? – Al decirle esto a Fabiola, ella entonces colocaba sus manos detrás de la espalda.
–Está bien… solo hago esto porque soy tu amiga. Como sea… ya me tengo que ir, Victoria. Espero que nos veamos pronto. Les diré a mis padres sobre ello. – Ya habiendo dicho esto, la princesa me abrazaba fuertemente, sonriéndole gentilmente.
–Jejeje… Nos vemos luego, Fabiola. No andes buscando problemas, ahora que sois una diosa. – Le decía esto a ella, devolviéndole el abrazo, sonriéndole un poco. La princesa ya se despegaba de mí y se dirigía a la carroza, entrando dentro de ésta. El conductor rápidamente daba la orden a los caballos de ponerse en marcha, los cuales galopearon rápidamente con dirección a la capital. Solo quedaba entrar a la mansión y descansar un poco, antes de la cena. Explicarles a mis padres sobre lo que pasó hoy seria… muy interesante, por así decirlo; pero ese mismo día iba a conseguir más información con respecto a mi familia.

7:00 P.M.

Ya era la hora de cenar; mis padres y yo nos encontrábamos en el comedor, cenando filete de cerdo con ensalada y ale. Con lo mucho que me gusta la carne roja…
–Oye, papá… necesito hablar de lo que hice hoy. – Le decía esto a mi padre, comiendo lentamente de mi trozo de filete.
– ¿Hmmmm? ¿Qué sucede? – Mi padre me preguntaba esto, dando un trago a su copa de ale.
–No sé si sepas de esto, pero… ¿sabes lo que es una exopiedra? – Al decirle esto a mi padre, él tragaba fuertemente, golpeando su pecho un poco.
– ¿Exopiedra? ¿Quién te habló sobre eso, Victoria? – Al escuchar estas palabras de mi padre, yo dirigía mi mirada hacia él, asentando con la cabeza.
–Hoy salí al Templo del Aesir, para asistir a la Ceremonia de Ascensión de Fabiola. Ella recibió una exopiedra, formando un pacto con la diosa Áine. ¿Qué tanto sabes sobre eso? – Le preguntaba esto a él, comiendo un poco más de filete.
– ¡Momento…! ¿¡La princesa Fabiola hizo un pacto con la diosa Áine!? – Mi padre exclamaba esto, golpeando la mesa con ambas manos, haciéndose un poco hacia atrás de la impresión.
–Recuerda tu presión arterial, cariño. – Mi madre le dijo esto a mi padre, sonriéndole nerviosamente.
–Así es, padre. ¿Qué tanto sabes de la diosa Áine y de las exopiedras? – Le preguntaba esto a mi padre, tomando un poco de mi taza de jugo de fresa. No suelo tomar ale, así que decidí tomar otra cosa; y solo jugo había. Mi padre tomaba aire fuertemente, tranquilizándose poco a poco.
–Ajam… a ver… De Áine, solo sé que ella es la diosa del amor y la fertilidad, frecuentemente conocida en el reino de Astea como la Reina Hada. Se dice que ella ayudó a la gente de ese reino a practicar la agricultura, además de que mató a un rey que intentó violarla. – Mi padre me decía esto, tomando un poco de ale.
– ¿Tenías que mencionar ese tema durante la cena, cariño? – Mi madre recalcaba esto, sonriéndole un poco molesta.
–Que interesante, por así decirlo…– Yo le respondía a mi padre, tomando un trozo de carne con un tenedor. No pude haber concordado tanto con lo que dijo mi madre. – Ahora… ¿qué tanto sabes de las exopiedras? –
–…Pensé que jamás íbamos a hablar sobre ello, cariño. Pero veo que ahora estás interesada en las diosas del Paraíso, supongo que éste es el momento adecuado…– Al decir esto, mi padre retiraba su plato y se acomoda la solapa. –Nuestro antepasado, Jaden Hosenfeld, fue el portador de la exopiedra de Lumina; diosa de la luz del imperio de Bizencia, ahora conocido como el reino de Ucilia. Mis abuelos dijeron que él obtuvo este favor al haber salvado a otra “vasija”, durante la Gran Guerra Continental. Desde ese entonces, nuestra familia ha venerado a las diosas del Paraíso, buscando formar un pacto con una de ellas. Hasta ahora, nadie ha tenido ese privilegio. Aunque no sea de nuestra familia, es una bendición para el reino entero, el que la princesa se haya convertido en una diosa. ¿Pero qué fue lo que le motivó a contactar a una diosa? No te molestaría decirme eso, ¿verdad, Victoria? – Al decir esto, mi padre sonreía un poco, cruzándose de brazos. No sabía se era buena idea decirle sobre ello a mi padre, pero la familia Leonhardt y la mía han estado en muy buenos términos, desde hace mucho tiempo.
–Ella me dijo que quería volverse una diosa, para ayudar a cuanta gente le sea posible. Fabiola me invitó a la ceremonia, para apoyarle moralmente. Ahora ella a asistir a clases de magia, con la duquesa Katalina. Yo la acompañaré, para evitar que se meta en problemas. – Le decía esto a mi padre, tomando un poco de jugo, cerrando los ojos.
– ¿En serio? Bien por ti, cariño. Es lindo que puedas pasar más tiempo con otras chicas de tu edad, Victoria. – Mi madre me decía esto, tomando un poco de ale, sonriéndome gentilmente.
–No quise insistirte con hacer una Ceremonia de Ascensión para ti, como el resto de la familia, tomando en cuenta que no parecías interesada en las deidades del Paraíso. Quise dejar que fueras la dueña de tu propio destino. Pero si quieres probar suerte, podemos acordar un ritual para ti, Victoria. – Mi padre me decía esto, tomando otro poco de carne con su tenedor. Yo solo negaba con la cabeza un poco, agachando la mirada.
–Me encantaría, pero no creo que haya sido llamada para eso, padre. Que Fabiola siga su camino de vida y yo sigo con el mío. – Le decía esto a mi padre, comiendo un poco más de carne. De haberme animado a volverme una vasija en ese momento, tantas cosas hubieran cambiado; tantos eventos hubieran sido prevenidos.
–Si vas a ir a vigilar a la princesa, te recomiendo que lleves a alguien contigo. Si conoces a alguien quien pueda ayudarte con eso, pídeselo. O si quieres, puedes pedírnoslo. – Mi padre me decía esto, terminando de comer, levantándose de su silla. “Pedir ayuda para vigilar a Fabiola”… Eso no sonaba tan mal.
–Creo conocer a la persona perfecta para ese trabajo, papá. Y sé que no dirá “no” como respuesta. – Al decirle esto a mi padre, yo me levantaba de mi asiento y salía del comedor, terminando de comer. –Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá. – Terminando de decir esto, me dirigí a mi cuarto a descansar. No estaba tan mal la idea de pedirle ayuda a Geraldo para vigilar a Fabiola; sabía bien que él no diría “no” al hecho de rodearse de mujeres, especialmente si se trataban de damas tan encantadoras como la princesa y Katalina. Solo esperaba que Fabiola no me matara, por andar involucrando a otras personas en sus actividades…


Disfrútenlo.
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Responder
#13
Hola, no había podido seguir leyendo estos días. El ritmo de esta parte es algo mejor que el de la anterior que comenté; pero siguen habiendo trozos tediosos. Con respecto a la protagonista, sigue pareciendo edgy en este capítulo; lo del final no ayuda porque se hace evidente desde que se menciona a la hija de los archiduques (si hubieras jugado con la posibilidad de que esa persona de la que se enamora fuera la princesa, habría sido una sorpresa ese final). En cuanto al mundo, es interesante pero sigues sin desarrollar ninguna historia; que pretendas que el ritmo de la novela sea lento no implica que no tengamos que desconocer de qué va la historia hasta dentro de cinco capítulos...



Ya habiendo entrado [acabaste hablando de la entrada, se entiende que es para entrar al edificio] a las instalaciones principales, nos topábamos con el hermoso panorama de ese lugar y de esa noche. Una enorme sala principal, decorada con estatuas de ángeles hechas de mármol, candelabros de oro, vasijas y vitrales hechos del más fino vidrio [el vitral ya se entiende que es de vidrio; si quieres referirte al material de las vasijas, ponlo ahí y al vitral le añades otro complemento o adjetivo (por ejemplo coloridos)] que se pudiera encontrar en el reino. Y en el centro de todo eso, una fuente grande, con la figura de la diosa Afrodita [¡! ¿La historia está situada en nuestro mundo?] y con zafiros incrustados en ésta. La sala estaba repleta de gente importante, la cual [que] había sido invitada a la fiesta; desde otros miembros de la realeza y la nobleza, hasta figuras populares, como músicos, científicos, miembros de la guardia imperial, etcétera. No podía esperar a toparme con la princesa; y estaba segura que ella estaba ansiosa de verme, también. 
[no voy a estar marcando todos los guiones que deben ser rayas (—) pero el error sigue igual que en las correcciones anteriores con todos los diálogos]Vayamos a la oficina de Fernando [es raro que llamen al rey así; más en público. Si dijeran del rey Fernando tendría algo más de sentido], muchachas. – Cuando mi padre nos dijo esto, mi madre y yo asentamos con la cabeza y nos dirigimos a la oficina del rey Fernando [ya has dicho de quien era], subiendo por las escaleras. El tamaño de la multitud me estaba sofocando, pero debía permanecer en calma. En serio no estaba de humor para hacer una escena. 
– ¿Señorita Hosenfeld? – Una voz familiar se logró escuchar detrás de mí, por lo que yo volteé hacia atrás. Era el joven Saúl, ni más ni menos. 
–Menuda sorpresa de verte por aquí, Saúl. – Al decirle esto al joven marqués, yo le devolvía una sonrisa socarrona, en lo que mis padres voltearon a verle. 
–Joven Giesler… me alegra verle por aquí. ¿Dónde andan sus padres? – Mi madre decía esto, asentando su cuerpo un poco, sonriéndole. 
–Van a estar aquí en unos minutos. – Saúl le respondía a mi madre, devolviendo la reverencia. – Me sorprende que Victoria haya venido a la fiesta. –
–En principio, iba a venir aquí de muy mala gana. Pero después de unos días, me acordé que hoy era el cumpleaños de Fabiola. –
–Je. Me encantaría ver el rostro de la princesa, si se llegara a enterar que te olvidaste su cumpleaños. – El muchacho me decía esto, acomodándose la solapa. No quería quedarle mal a Fabiola; ella ha sido una vieja amiga mía. 
–No te atrevas a decirle, Saúl…– Al decirle esto al marqués, yo le veía lascivamente [creo que es el adverbio equivocado], pero mi padre luego posó su mano sobre mi espalda. 
–No comiencen una discusión aquí, muchachos. Venimos a divertirnos; no a pelear. Para eso tienen los cuarteles. – Al escuchar esto de mi padre, yo me cruzo de brazos. 
–Está bien…– Terminada la conversación, nosotros cuatro [¿? Saúl ¿se ha unido a ellos? ¿por qué?] llegábamos al tercer piso del castillo, en el ala este. Ahí fue cuando vimos una doble puerta roja; ya estábamos en frente de la oficina del rey. Se podía escuchar mucho murmullo desde adentro. 
–Las damas primero. – Entonces, mi padre abrió la puerta y le sonreía a mi madre y a mí, quienes pasábamos adentro del cuarto. Al entrar a la habitación, nos topábamos con otros miembros de la nobleza Kartiniana. Algunos estaban conversando, otros estaban tomando vino, otros estaban hablando con el rey Fernando, el cual estaba sentado en su escritorio. –Vayamos con su majestad y su alteza. – Al decir esto, nosotros tres pasábamos por la sala, moviéndonos cuidadosamente entre la multitud. Ahí sí que me sentía claustrofóbica. 
– ¿Te sientes bien, Victoria? – Saúl volteaba a verme, cruzando sus brazos. 
– ¿Se nota que me siento bien? Lo único que quiero es encontrar a Fabiola e irme de aquí. Además… ¿quién te dio permiso en llamarme por mi nombre? Apenas si te conozco. –Le decía esto al muchacho, volteando a verle un poco enojada. 
–Relájense, muchachos. Ya casi llegamos a donde está la familia real. – En eso, mi padre nos observó a los dos, dándonos la indicación de bajar la voz. Ya en frente del escritorio, los cuatro nos topamos con el rey Fernando Alfonso Leonhardt y la Princesa Fabiola Leonhardt. El rey era alto y muy fornido, para alguien en sus cincuentas [no lo escribas con cifras], de cabello pelirrojo y con canas, de ojos grises. La princesa era una dama de casi mi estatura, cabello albino y ojos color miel. Él vestía con un traje de gala azul y una capa violeta, cargando un bastón de oro y su corona; la princesa cargaba un vestido de gala rojo con encajes rosas, sin mangas y con guanteletes. Tampoco hacía falta la tiara. 
–Nos encargaremos de la situación en la frontera norte, cuando el equipo de investigación nos mande más datos, señor Montesco. – Su majestad se encontraba hablando con los archiduques Federico y Belinda Gallows Montesco. Belinda era una dama de cuarenta y cinco años, algo baja, de cabello negro azulado y ojos verdes. Federico era un señor de cincuenta años, de cabello rubio cenizo y ojos azul claro; el rostro de él era muy robusto y tosco, pero su mirada notaba una paz interior inmutable. 
–Muchísimas gracias por la información, su majestad. – El archiduque le respondía con esto al rey, haciendo una reverencia. Su esposa hizo lo mismo. 
–Buenas noches, su majestad. – Entonces, mi padre se acercaba a él, inclinándose un poco. Mi madre, Saúl y yo hicimos lo mismo. 
–Buenas noches, Homero. Es un placer verle por aquí. – Su majestad volteó a ver a nosotros, haciendo una reverencia. –Así que la señorita Victoria vino también, ¿eh? Puedo ver que sigue viéndose tan sagaz como un zorro rojo. – Entonces, el rey me frotó la cabeza, sonriéndome amablemente. 
–Su majestad… ¿me permite hablar con la princesa Fabiola? Vine a verla a ella, por su cumpleaños. – Le preguntaba esto a su majestad, viéndome algo molesta por esa reacción. 
– ¿Serían tan amables de dar vuestros nombres? – La archiduquesa decía esto, bebiendo un poco de vino, volteando a vernos. 
–Somos la familia Hosenfeld. ¿Y con quien tenemos el grato placer de hablar? – Mi madre le respondía a Belinda, inclinándose un poco. 
–Somos los archiduques Montesco. Es un placer conocer a una familia de su índole, madame. No siempre se puede conocer a un miembro de una de las familias fundadoras de Kartina. ¿O nos equivocamos? – La archiduquesa le preguntaba esto a mi madre, sonriéndole un poco, dando un sorbo a su copa. 
–Montesco… El apellido suena familiar. ¿De pura casualidad, ustedes están relacionados con la familia real de Ucilia? – Mi padre preguntaba esto, viendo a los archiduques con la mirada entrecerrada. 
–Soy el hijo del difunto rey Luis Mario Montesco, hermano del rey Luis Felipe Montesco. – Federico le respondía con esto a mi padre, acomodándose la solapa. 
–Tengo entendido que su familia fundó el reino de Ucilia. ¿O me equivoco? – Mi padre le preguntó esto al archiduque, cruzando sus brazos. 
–Ni más ni menos, su excelencia Homero. – En eso, Federico volteó a verme, sonriéndome un poco. – No somos tan diferentes, ¿lo sabe? Ambos somos descendientes de los forjadores de nuestra patria natal, estamos casados, y también puedo ver que ustedes tienen una hija. – 
– ¿Hija? ¿Ella asistió a la fiesta? – Mi madre le preguntaba esto a ellos, colocando su mano derecha en el pecho. 
–Katalina salió al tocador para damas. En unos minutos llegará a la oficina. – La archiduquesa le dijo esto a mi madre, dando otro sorbo a su copa. 
–Tengo que saberlo, su excelencia Federico… ¿Cómo fue que usted terminó aquí, en Kartina? – Al decir esto, mi padre frotaba su barbilla, mirando al archiduque. 
–Mi padre le cedió el trono a mi hermano, antes de morir. Felipe me mandó a Kartina, para ayudar en la embajada. – Federico le explicó esto a mi padre, tomando una copa de ron. 
– ¿Y cómo ha disfrutado la estancia en Kartina, su excelencia Federico? – Mi padre tomaba una copa de vino, diciéndole esto al archiduque. 
–No me quejo, señor Homero. Me gustan los climas fríos. – Al terminar de decir esto, Federico se reía un poco, tomando de la cintura a Belinda. 
–Ahmmmmm… mejor me retiro de aquí. Ya no me siento cómodo, señorita Hosenfeld. – Saúl me decía esto, sonriéndose nerviosamente, alejándose lentamente del grupo. 
– ¿A dónde vas, Saúl? Te estaba esperando. – La princesa Fabiola se acercaba a nosotros, preguntando esto al marqués. 
–Ho-hola, su alteza Leonhardt. Feliz cumpleaños y larga vida a usted. – Saúl le decía esto a ella, inclinándose rápidamente, sonriendo nerviosamente. 
–No es necesaria tanta cordialidad, Saúl. – La princesa le decía esto, cruzando sus brazos, sonriéndole un poco. 
–Feliz cumpleaños, Fabiola. – Yo le decía esto a la princesa, inclinándome ante ella. Pude notar por una fracción de segundos el rostro sonrojado de Saúl. 
– ¡Hola, Victoria! ¡Me alegra mucho que hayas venido! – La princesa volteaba a verme, sonriendo alegremente, para luego abrazarme fuertemente. 
–Jejeje… diecisiete años y sigues actuando como de [si tuvieras] nueve. – Le decía esto a Fabiola, abrazándola un poco, devolviendo la sonrisa. 
–Papá… ¿me permites salir con Victoria al balcón? Quiero hablar a solas con ella. – Entonces, la princesa volteó a ver al rey Fernando, preguntándole esto, saltando un poco. 
–Solo no te tardes mucho, pequeña. El recital va a empezar en media hora. – El rey le respondía con esto a Fabiola, frotando su cabeza un poco. 
– ¡Genial! – Al exclamar esto, Saúl, Fabiola y yo salimos de la habitación, para dirigirnos al balcón. 
–Fabiola… hay algo que quiero darte, después que termine la fiesta. Es por el regalo que quiero darte. – Al salir de la oficina, Saúl le decía esto a la princesa, jugando con las yemas de sus dedos. 
– ¡Por supuesto, Saúl! Pero recuerda… Se puede ver, pero no se puede tocar. – La princesa le respondía con esto, guiñándole el ojo. 
– ¡Diablos! – Al escuchar esto, el marqués golpeaba el piso con su pie del enfado. 
– Momento… ¿ustedes dos son…? – Viendo esta reacción, yo le pregunté esto a ambos, cruzando mis brazos. 
–Shhhhhh… no lo grites a los cuatro vientos, Victoria. Mi padre apenas sí arregló nuestro matrimonio. – La princesa se acercó a mí, susurrándome esto al oído. Quería gritar de la impresión, pero debía respetar la petición de mi amiga. 
–E-está bien…– 
– Voy a volver a donde están mis padres, Fabiola. Necesito decirles que me quedaré un rato en el castillo, terminando la fiesta. Les dejare tener una plática de mujeres, por ahora. – Al terminar de decirnos esto, Saúl se inclina ante la princesa y se devuelve hacia la oficina. 
–Nos vemos después, Saúl. – Al terminar de despedirse de Saúl, Fabiola y yo continuábamos nuestro camino al balcón. Aún estaba sorprendida por esa noticia. ¿Cómo es que alguien quien conozco desde niña pudo haber ocultado un secreto de esa magnitud? 
– ¿Desde cuándo? – Entonces, volteé a ver a Fabiola, enterrando la mirada. 
– ¿Mande? – La princesa me decía esto, volteando a verme rápidamente. Me urgía saber más sobre su matrimonio arreglado. 
– ¿Desde cuándo Saúl y tú están… comprometidos? ¿¡Y cómo fue que aceptaste!? ¡Tú no pareces ser el tipo de persona que se inclinaría a una relación arreglada! – Le exclamaba esto a Fabiola, saltando de la incredibilidad. 
–Fue hace tres días atrás. Mis padres y yo estábamos buscando alguien con quien pudiera esposarme. Conozco a Saúl por más tiempo del que tú lo conoces. Cuando descubrí que yo le gustaba, le pedí a mi padre que me arreglara un matrimonio con él. El dinero que su familia hace cada año por exportación de joyas es algo que no le caerá mal al reino; especialmente para reforzar los sistemas de seguridad, con todas las desapariciones que han pasado. – Al terminar la explicación de la princesa, yo me rascaba la cabeza, asimilando la información. Aún no me quedó claro algo… ¿Ella le pidió a Saúl que se casara con él o viceversa? 
– ¿Cuándo fue que supiste que tú le gustabas? – 
–Si te soy sincera, él me ha gustado desde hace mucho tiempo. Él fue la primera persona con la que fui, para decirle sobre mi matrimonio arreglado. Básicamente, yo le dije que él me gustaba. Debiste haber visto cómo reaccionó, cuando escuchó esto. Jmjmjmjm [este es el ejemplo de una interjección que sobraría. No se entiende qué pretendes dar a entender con ella]. Nos gastamos tres monedas de oro en incienso, para despertarlo. – Fabiola me decía esto, tapándose la boca un poco, devolviéndome una sonrisa. –Tengo que saberlo, Victoria… ¿te gusta alguien? – La pregunta que ella me hizo en ese momento me había dejado perpleja por un momento. Jamás había pensado en ello; y, para ese entonces, no me importaba. Yo tenía mi propia agenda aparte. 
–Siendo honesta, no me gustan los chicos. Especialmente ahora que empecé a ir a esgrima. – Continuaba caminando hacia el balcón, ladeando la cabeza hacia la derecha. 
– ¿En serio? Guau… eso sí que no lo sabía. Espero que encuentres a ese [alguien] especial” [usa comillas latinas (« ») o cursiva (aunque como el texto en spoiler aparece en cursiva debe ser letra normal)], aun así. – La princesa me respondía con esto, sonriéndome tiernamente. Yo simplemente le devolvía la sonrisa. Unos segundos después, ambas llegábamos al balcón del castillo, donde podíamos ver la pequeña ciudad alrededor. Se estaba nublando; en un rato más iba a nevar. Buen momento para no haber traído un abrigo. 
–De haber sabido que iba a nevar, hubiera traído una taza de chocolate caliente y buñuelos, para nosotras dos. – La princesa me decía esto, observando caer copos de nieve. 
–Podemos comer después, Fabiola. Hay algo que quieres decirme, ¿verdad? – Le cuestionaba esto a Fabiola, recargándome sobre uno de los muros del balcón. 
– ¡Ohh, por supuesto! ¡Quiero invitarte a la Ceremonia de Ascensión! – La princesa exclamaba esto, tomando mis manos, sonriéndome cálidamente. ¿Ceremonia de ascensión? Eso sonaba interesante. 
– De pura casualidad, ¿qué es una ceremonia de ascensión? – Entonces, lentamente la soltaba, con mis manos detrás de mi espalda. 
–En un mes más, voy a ir al Templo del Aesir, en el norte del Glaciar de los Lirios. – La chica me respondía con esto, inclinándose hacia adelante un poco. 
–Ya me diste curiosidad, mujer. Ahora dame contexto. – Le decía esto a Fabiola, cruzando mis brazos. Es difícil que Fabiola se concentre en un tema de conversación; cualquier cosa le distrae. 
–La ceremonia de ascensión es un ritual con el cual una persona puede convertirse la vasija de un ángel antiguo; o sea, un dios o un arcángel. – Cuando la princesa me explicaba esto, yo levantaba la ceja derecha de la curiosidad. ¿A qué se refiere con convertirse en una vasija
– ¿Una… vasija? Ahora me tienes interesada, Fabiola. Dime más, por favor. – Le decía esto a Fabiola, ladeando un poco la cabeza. No solía seguir a alguna deidad, pero lo que ella me había dicho sonaba poco ortodoxo. 
–Dicen leyendas antiguas que, cuando las horas más oscuras de la humanidad hayan comenzado, los dioses bajarán de los cielos para ayudarnos a salir adelante. Se dice que los dioses bajarán en forma de distintas piedras preciosas, para otorgarle sus poderes a solo aquellos que consideren dignos de cargar su poder. Estas gemas son conocidas como exopiedras Y también se dice que ha habido héroes de leyenda que han usado el poder de esas gemas, para realizar logros inimaginables, como el salvar a una nación entera. – La princesa terminaba con su explicación, volteando a ver hacia el cielo, recargándose sobre el barandal del balcón. Aún había algunas cosas que no entendía del todo… ¿Cómo es que los dioses le dan esas valiosas gemas a una persona? ¿Las escogen al azar o qué? 
–Guau… Eso sí que suena genial. Y ni siquiera sigo a alguna deidad, como el resto de mi familia. ¿Pero qué tiene que ver la Ceremonia de Ascensión [si antes no has usado mayúsculas no lo hagas ahora. Si en cambio todo este tiempo ha sido un nombre propio tienes que arreglar el error de ponerlo en minúsculas las veces anteriores] con este relato? – Le preguntaba esto a Fabiola, acercándome hacia ella, sonriéndole un poco. 
–La Ceremonia de Ascensión va a darse para ver si puedo volverme la vasija de un dios. – Fabiola me decía esto, volteando a verme con un rostro muy serio. 
–De pura curiosidad, ¿qué te motivó a querer volverte una vasija, amiga? – Le pregunté esto a la muchacha, colocando mis brazos sobre mi cadera. 
–Quiero ayudar con cuanto me sea posible a este reino. Tú más que nadie debería entender lo que significa ser una noble; poner el [servir de] ejemplo al resto del reino y no solo sentarse todo el día en frente de un trono de ébano, esperando a que las cosas se arreglen por sí solas. ¿O me equivoco? – La mirada de Fabiola se volvía aún más seria, al mismo tiempo en que ella encogía sus hombros. –Estoy harta de escuchar las quejas de los aldeanos, diciendo a cada rato que la nobleza no sirve para nada. Y lo peor del caso es que ni siquiera puedo combatir esa falacia, porque otras familias nobles se quedan indiferentes, ante todo lo que les pasa alrededor. Todo el peso del karma cae en un justo, en lugar de un pecador…– 
–Fabiola…– Me quedé sin palabras en ese momento. Jamás había visto a Fabiola tan seria, tan decidida en lo que quiere hacer de su vida. 
–Este es el camino que yo escogí, y nada en este mundo puede cambiar mi opinión. – Fabiola me decía esto, agachando la cabeza. 
–Tienes todo mi apoyo, Fabiola. Para eso son las amigas. – En eso, yo le tomé las manos y le sonreía cálidamente. 
–Muchísimas gracias, Victoria. No sabes cuánto significa esto para mí. – Al decirme esto, la princesa suelta mis manos y me abraza fuertemente. Teniendo su rostro cerca del mío, pude escuchar unos leves sollozos. 
Jmjmjm… sois toda una dulzura, ¿lo sabias? – Le decía esto a la princesa, devolviendo el abrazo. 
– ¿Vendrás conmigo a la ceremonia, Victoria? – Entonces, Fabiola retrocedía un poco y preguntó esto, sonriendo un poco. 
–Cuenta conmigo, Fabiola. Prometo que estaré ahí. – Le respondía con esto a la princesa, devolviéndole la sonrisa. 
–Muchísimas gracias, Victoria. Vamos a la sala del trono. La fiesta comenzará en unos minutos más. – La princesa decía esto, tomando mi mano derecha para irnos. 
–Adelante, princesa. – Terminada la conversación, ambas nos retiramos del balcón, dirigiéndonos a la sala del trono. Aún teníamos algo de tiempo, antes que empezara el recital de piano de Fabiola, pero era mejor que nos apuráramos, para que ella se preparara. Las dos caminábamos por uno de los pasillos del tercer piso del castillo, hasta que de pronto nos topamos con ella… Una joven de catorce años, cabello largo negro azulado, ojos verde esmeralda, nariz pequeña y respingada, carnosos labios rojos, cual berenjena [¿? las berenjenas no son rojas]
Estaba vistiendo un lujoso vestido de gala, color azul real, con encajes de zafiro y amatista, unos guanteletes azules, aretes y collar de zafiro. En un principio, esa figura femenina no parecía la gran cosa para mí… pero ese sentimiento cambiaría para siempre, en unos años más… 
–D-disculpen…– La muchacha nos decía esto, agachando su cabeza un poco. 
–Con permiso. – Yo le decía esto a ella, devolviendo el saludo. 
–Oye, Victoria… ¿esa chica no te parece familiar? – En eso, la princesa se detuvo y volteó a verme, colocando sus manos en la cintura. 
–Un poco… ¿Por qué preguntas? – Le dije esto a Fabiola, frotando mi barbilla. 
–Por alguna razón… esa chica se parece a la archiduquesa Belinda… ¿Crees que ella pueda ser su hija? – Fabiola recalcaba esto, cruzando sus brazos. 
–Ahmmmmm… ¿Cuál dijo que era su nombre? – La pregunté esto a la princesa, rascándome la cabeza. No han pasado siquiera unas horas y ya me olvidé de ese detalle. 
–Por lo que alcancé a escuchar, creo que es Katalina. ¿Te parece bien si le preguntamos? – Ya habiendo escuchado esto, yo asenté con la cabeza rápidamente, aceptando su propuesta. 
–Tenemos tiempo de sobra. Adelante. – Le decía esto a Fabiola, la cual me llevó a donde iba caminando aquella señorita. Poco me daba cuenta de lo mucho que cambiaría mi vida, después de ese momento…
–Disculpe, señorita…– Fabiola le dijo esto a la muchacha, la cual se da la media vuelta para vernos. Se podía ver algo de miedo en el rostro de ella; casi como el de una niña que buscaba su oso de peluche. 
– ¿Qué-qué pasa? – La chica titubeaba estas palabras, colocando su mano derecha en el pecho. 
–De pura casualidad, ¿es usted Katalina Montesco? – La princesa le preguntó esto a ella, haciendo una reverencia rápida. 
–S-si lo soy. Soy la duquesa Katalina Montesco. – Al escuchar estas palabras de la joven, Fabiola y yo retrocedíamos un poco de la impresión. ¿Duquesa? La señora Belinda no nos dijo que su hija ya tenía título nobiliario. 
– ¿Es usted una duquesa, señorita Montesco? – Le decía a la joven duquesa, permaneciendo en calma ante la noticia. 
–Así es. Mi padre me otorgó el título nobiliario, antes de irnos de Ucilia. – Katalina nos decía esto, tratando de proyectar una sonrisa, pero en eso bajaba la miraba y se entristecía, colocando sus manos en el regazo. 
– ¿Qué pasa, señorita Montesco? – 
–Extraño Galecia; la capital de Ucilia… mi ciudad natal. No he estado ahí, desde hace casi dos años. Es todo. – La duquesa ladeaba la cabeza hacia la derecha, evitando vernos a los ojos, pero lograba ver una pequeña lágrima recorrer su rostro. 
–Vuestro padre ya nos había hablado sobre ello, señorita Montesco. Si hay una manera en la que podamos animarle, solo díganoslo. – La princesa le decía esto a la joven duquesa, colocando sus manos en la espalda, devolviéndole una sonrisa, para animarla. 
– ¿Ha-hablan en serio? Gr-gracias por su consideración, ahmmmm…– La joven duquesa se quedó callada por un momento, agachando la mirada. 
–Soy la princesa Fabiola. Un placer conocerle. – Cuando la princesa le dijo esto a Katalina, ella retrocedía rápidamente de la impresión. 
– ¿¡Usted es la princesa Leonhardt!? ¡La-lamento mi falta de modales, su alteza! – La duquesa exclamaba esto, inclinándose rápidamente. 
–No es necesario ser tan cordial, su excelencia Katalina. Si su padre hubiera sido el heredero al trono de Ucilia, usted sería una princesa también. – Fabiola le respondió así a Katalina, sonriéndole algo nerviosa. 
–Un noble debe de ser educado todo el tiempo… o es lo que mi madre me ha dicho. – La duquesa nos decía esto, jugando con las yemas de sus dedos. 
– ¿A qué se dedica, señorita Katalina? A parte de ser una noble, claro está. – La princesa preguntó esto, cruzando sus brazos. 
–Estoy yendo a la escuela de magia de Pralvea. Investigo un tipo de magia muy raro en el mundo. – La chica nos decía esto, sonriéndome ampliamente, inclinando su cuerpo hacia adelante. 
– ¿De qué se trata, su excelencia? – Fabiola le preguntaba esto a la señorita Montesco, cruzando sus brazos. Yo solo me quedé callada, escuchando su conversación. Aún no sabía de qué hablar con ella. 
–Magia Cósmica. Por lo que he estudiado, este tipo de magia es muy elusivo, y solo puede ser usado por personas con un alto nivel de fuerza física. – Al escuchar la explicación de Katalina, la princesa se rascaba la nuca, agachando la mirada. 
–Hmmmmm… hay algo que aún no puedo entender. ¿Cómo funcionan los hechizos? ¿Solo… funcionan? – Al terminar esta pregunta, se pudo ver un rostro de molestia en el rostro de la duquesa, la cual golpea el suelo con su tacón derecho. 
– ¡La magia no funciona, solo porque sí! – Al ver esta reacción, Fabiola y yo nos quedamos mudas por un momento. Al ver lo que había hecho, Katalina se tranquilizó un poco, agachando la mirada. – Perdón… me molesta cuando la gente dice cosas así sobre la magia. – 
–A mí sí me interesa saber más sobre cómo funciona la magia. Si quieres, podéis decírmelo a mí. – Sin darme cuenta de ello, yo le dije esto a la duquesa, acercándome a ella un poco. 
– ¿¡Habla en serio!? ¡Genial! Muchísimas gracias, señorita… ahmmmm…– Al escuchar esto, Katalina saltaba de felicidad, pero después se cubrió la boca, viendo que no sabía mi nombre. 
–Hosenfeld. Victoria Hosenfeld. Un placer conocerla. – Le decía a Katalina, sonriéndole un poco, haciendo una reverencia. 
–Ando algo corta de tiempo, pero ya que [o falta algo o ese que es un ]. Siéntase cómoda en hablarnos más sobre magia. – Fabiola le dijo esto a la duquesa, sonriéndole también. 
–Ahmmmm… ¿no les molesta estar paradas [aunque entiendo que es un localismo por el contexto podría significa estar quietas; es mejor que uses sinónimos de estar parado para decir estar de pie]? De preferencia vayamos a un lugar donde podamos descansar las piernas. Voy a demorarme algo, diciendo lo que sé de magia. – La joven entonces nos decía esto, sonriendo nerviosamente. 
–Vayamos al jardín. No es la mejor locación del mundo, pero al menos tendremos una bella vista al estanque. – Cuando la princesa nos dijo esto, Katalina y yo asentamos con la cabeza, sonriéndole de vuelta. 
–Adelante, Fabiola. – Ya habiendo dicho esto, Fabiola nos encaminaba al jardín del castillo, donde íbamos a continuar la conversación. 
–Vamos por aquí. Estos pasillos parecen estar más despejados. – La princesa nos dio esta indicación, encaminándonos por un camino que estaba más desolado. Lo que menos necesitábamos eran otros invitados interceptándonos. Un minuto después, nosotras tres llegábamos al jardín de la familia real. La nieve cubría algunas de las rosas, lirios y orquídeas que estaban en éste; había algo de escarcha cristalina en el estanque del jardín. Se podía sentir una calma inmensa en el ambiente, a comparación del murmullo de adentro. 
–Que hermoso…– La duquesa decía esto, lentamente adentrándose en el jardín. La nieve que cubría el suelo no parecía muy sólida; debí de tener cuidado con la joven duquesa, para que no diera un movimiento en falso. 
–Permítame, su excelencia. – Entonces, yo tomé de la mano a Katalina, ayudándole a caminar entre la nieve. 
–Ohmmmmm… gracias, señorita Hosenfeld. – Al ver esto, la duquesa se sonrojaba un poco, moviéndose lentamente entre la nieve. Nosotras tres llegamos a una sección del jardín donde crecían lirios, donde nos sentamos para hablar. 
–Muy bien, su excelencia Montesco… explíquenos un poco mejor en cómo es que funciona la magia. – Fabiola le dijo esto a Katalina, colocando sus manos sobre su regazo. 
–Bueno… deja ver aquí… La magia es el arte y la ciencia que se encarga de manipular el mundo que nos rodea, usando la fuerza de voluntad. El principio inicial de la magia es el de influenciar la conciencia del mundo alrededor, usando la propia conciencia del individuo. Para hacer esto, se necesita primero entender sobre el éter. El Éter [acabas de usar éter como nombre común y no propio, tienes que decidirte] es la materia prima del Universo, todo es construido de Éter y así mismo todo vuelve a ser Éter, su manifestación está plasmada en absolutamente todo. Aprender a usar magia requiere usar el éter del alma de una persona, para conectar espiritualmente con el mundo que le rodea. Se necesita mucho conocimiento del funcionamiento del mundo, así como un arduo entrenamiento físico y espiritual, para conectar espiritualmente con la conciencia del mundo a nuestro alrededor, debido a que se gasta mucho éter durante el enlace. También se pueden usar catalizadores mágicos, para disminuir la cantidad de éter necesario para usar magia y el desgaste físico que conlleva usar magia. Los catalizadores pueden variar mucho; desde simples runas, bastones, conjuros escritos en grimorios, inclusive se pueden usar armas encantadas para ello. – La duquesa nos explicaba esto, mientras Fabiola y yo le observábamos fijamente. Si bien lo que ella dijo suena confuso al principio, es algo que me iba a servir en el futuro. 
– ¿Y cuánto tiempo has estudiado magia, señorita Montesco? Por su manera de hablar, yo diría que al menos toda su vida. – Fabiola le cuestionaba esto a la duquesa, frotando su barbilla. 
–He estudiado magia desde que tenía nueve años. He aprendido a hacer algunas cuantas cosas, como esto…– En eso, Katalina extendió su brazo izquierdo hacia donde el estanque, jalando un poco de agua hacia donde estábamos nosotras. 
–Guau…– Fabiola y yo nos quedábamos contemplando esa demostración mágica de la duquesa, la cual voltea a sonreírnos tiernamente. 
–Aun no terminó la demostración, chicas. – Entonces, la chica rápidamente movía aquella burbuja de agua por el aire, dándole distintas formas, hasta que de pronto ésta se congelaba de golpe, al momento en que Katalina chasqueaba sus dedos. 
– ¡Eso fue genial, señorita Montesco! ¿¡Puede enseñarme a hacer eso!? – La princesa exclamaba esto, levantándose del suelo de golpe, caminando hacia la duquesa. 
–Puedo hacerlo. Pero no hay garantía en que pueda aprender a replicar lo que yo hice. El tipo de afinación mágica que una persona puede tener varía dependiendo de la personalidad de la persona. Puedo enseñarle el hechizo, más aun así éste puede tener una resolución distinta. – Al terminar la explicación de Katalina, Fabiola agachaba la cara un poco, sentándose de vuelta. 
–Ohhh… está bien. – 
–Su alteza…– Las tres logramos escuchar la voz de un hombre aproximarse al jardín, por lo que nosotras nos levantamos del suelo, para obtener visión de aquel sujeto. –Señorita Fabiola, su padre necesita verla ahora mismo. Es sobre el recital. – Uno de los sirvientes del castillo había llegado al jardín, diciéndole esto a la princesa. 
–Iré a prepararme, chicas. Las espero en la sala principal. – Antes de irse, Fabiola nos decía esto, guiñándonos el ojo derecho, sonriéndonos. La duquesa Katalina y yo nos habíamos quedado en el jardín. 
–No es por ser grosera o algo por el estilo, pero usted pareció muy distanciada durante la conversación con la princesa, señorita Hosenfeld. ¿No le molestaría hablarme de usted? Si no lo desea, lo entenderé. – La duquesa me decía esto, subiendo la mirada para verme. 
–Entreno en esgrima. Es todo, por ahora. – Le decía esto a Katalina, cruzando mis brazos. 
– ¿Nada más? ¿No tiene algo en lo que quiere dedicarse en específico?– La damisela me preguntaba esto, ladeando su cabeza hacia la izquierda, mirándome de manera algo interesada.
Aún no, señorita Montesco. Pero me encantaría poder encontrar mi camino de vida. – En eso, volteé a verla y le sonreía. 
–Jejeje… Me alegra escuchar eso de su parte, señorita Hosenfeld. Encontrar el camino de vida de una persona no siempre es tan fácil como parece. – La duquesa me decía esto, devolviéndome la sonrisa, pero la suya era más delicada, a comparación de la mía. – También es muy difícil encontrar alguien quien se muestre interesado en lo que te gusta y que te apoye en ello…– Entonces, Katalina ladeaba la cabeza, agachando la mirada un poco. 
– ¿Que sucede, señorita Montesco? – Yo le pregunté esto a ella, volteando a verle un poco preocupada. 
–Mis padres me insisten en que me dedique a la alquimia, como el resto de la familia. Eso es lo que pasa. A veces me siento muy sola por ello. – Entonces, la duquesa apretaba mi mano un poco, viéndose más triste. 
–Señorita Montesco… ¿de pura casualidad, usted tiene amigos? – Le pregunté esto a Katalina, mirándole algo preocupada por ese comentario. 
No. Siendo sincera, no… – Entonces, una lágrima se veía recorrer el rostro de la joven duquesa. Sin darme cuenta, yo le secaba la cara con mi mano derecha. No podía quedarme ahí, solo viéndola llorar –Señorita Hosenfeld... – 
–Por favor, no llore, su excelencia. – Al presenciar esto, la duquesa trataba de devolver una sonrisa, pero su rostro aún se estremecía de melancolía. 
–Está bien, señorita Hosenfeld. – 
–Vayamos a la sala principal, señorita Montesco. – Le dije esto a la duquesa, tomándola de la mano nuevamente, para ayudarla a salir de la nieve. 
–Muchísimas gracias, señorita Hosenfeld. Me alegra mucho que hayan aceptado mi compañía. – Entonces, Katalina me respondió con esto, sonriéndome y sonrojándose un poco. Ya saliendo del jardín, nosotras dos nos dirigimos a la sala principal, evadiendo contacto visual con otra gente. Ambas habíamos entrado al salón principal, donde estaban los demás invitados; Fabiola estaba en medio de la sala, sentándose al lado del piano que estaba ahí.
–Queridos invitados… como vuestra princesa, estoy muy agradecida por vuestra presencia en mi fiesta de cumpleaños. Como muestra de gratitud, esta noche tocaré una pieza musical de piano para ustedes. – Al terminar de decir esto, la joven princesa se sentó en frente del piano, empezando a tocar. Al escuchar esta melodía, los demás invitados tomaron a una pareja y empezaron a bailar vals. Si les soy sincera, ahí me sentí un poco incomoda viendo a cada pareja de novios o casados bailar románticamente, y yo igual de sola que… la duquesa Katalina. 
–Señorita Montesco… ¿le gustaría acompañarme durante esta pieza? Sé que suena extraño, viniendo esto de otra mujer, pero no creo que a alguien le importe. – Le dije esto a la duquesa, tomándole de la mano, sonrojándome un poco. 
–E-[sin espacio]está bien, señorita Hosenfeld. Es un lindo detalle, para alguien quien apenas conocí hoy. – Entonces, Katalina me sonreía de vuelta, en lo que ambas íbamos al centro de la sala para bailar. Si bien no sabía mucho sobre bailar vals, pero sé bien que la esgrima, o las artes marciales en general, son algo así como un baile violento. Obviamente no iba a llegar a esos extremos, pero si podía replicar los mismos movimientos de esgrima que hago al entrenar, bien me podría ayudar. Sin darme cuenta, le tomaba de la cintura a la duquesa, lentamente moviendo nuestros pies en sincronía a la música; ella se sonrojó más ante este movimiento. Podía sentir una inmensa tranquilidad, al mismo tiempo que nuestros cuerpos se movían cada vez más en unisón [en consonancia/al unísono]. Era como si nosotras dos hubiéramos entrado en una pequeña dimensión ajena del resto del mundo. La pieza musical aceleraba su ritmo, por lo cual nos movíamos más rápido, llamando la atención del resto de los invitados, quienes estaban impresionados ante la imagen de dos mujeres bailando vals. Lo que era visto como un amor prohibido se presenciaba en la pista de baile. Pero eso no me importaba; estaba disfrutando demasiado ese bello momento con la duquesa, como para distraerme con ello. Solo deseaba que ese baile pudiera durar mucho más. Estando tan cerca, podía oler el aroma de su perfume; una exquisita combinación de moras silvestres… mis favoritas, después del aroma de chocolate. Nuestros cuerpos podían sentirse cada vez más y más cálidos por el ritmo de la música. Por primera vez en mi vida, me sentía viva… me sentía completa. Al terminar la pieza musical, extiendo a Katalina delante de mí, teniendo mi rostro muy cerca del suyo. Algo dentro de mí deseó besarla, pero la ilusión se quebró rápidamente cuando la gente en la sala aplaudía por la actuación musical de la princesa… y si de pura suerte, la danza entre la duquesa y mi persona.
–Eso… eso fue divertido, señorita Mon... Katalina. ¿No-no te molesta si te llamo Katalina, verdad? – Le decía esto a la joven duquesa, soltándola rápidamente, sonrojándome muy fuerte. 
–Pue-puede llamarme Katalina si lo desea, señorita Hosenfeld. O mejor dicho, Victoria. Y yo también me divertí mucho. No me esperaba a que usted supiera bailar tan bien. – La duquesa me dijo esto, colocando sus manos en el regazo, sonriéndome tiernamente. –Sois tan amable conmigo, para apenas conocerme. ¿Por qué lo hace? – Cuando Katalina terminó de preguntar esto, yo ladeé la cabeza un poco, sin saber cómo responderle. 
–Siendo honesta, usted y yo no somos muy diferentes, Katalina. Puedo decir por el perfume que usa que a usted también le gustan las moras salvajes. ¿Verdad? – Le comentaba esto a la duquesa, sonriéndole un poco como cortesía. 
–Ohhhh… Jejeje… Me sorprende que usted se haya dado cuenta de ello, Victoria. Y puedo ver que a usted le gustan los lirios, ¿verdad? – Katalina me recalcaba esto, sonrojándose un poco. 
–Ohhhh…[espacio] Jeje… Sí. Me gustan los lirios. Aunque suelo darme mi tiempo para coleccionar más perfumes de otras flores. – Le dije esto a ella, sonrojándome aún más. Era lindo conocer a alguien quien compartiera mi gusto por coleccionar perfumes. 
– ¿Victoria? ¿Quién es la señorita con la que andas? – Mi madre me decía esto, haciéndome una seña con la mano derecha, caminando hacia donde estábamos nosotras. 
– Disculpe, ¿quién es usted? – La joven duquesa volteaba con dirección a donde venía mi madre, devolviendo el saludo. 
– Soy la condesa Adelaida Redmont Hosenfeld, madre de esta linda muchachita aquí presente. Y Vaya, Victoria~… ¿quién es tu linda acompañante? – Mi madre me decía esto, acariciándome la cabeza con su mano derecha, sonriéndonos a ambas. Mi padre llegaba un poco después de ella. 
–Mi nombre es Katalina Montesco, de la familia Montesco. Es un placer conocerles. – La joven duquesa les decía esto a mis padres, haciendo una reverencia a los dos.
– ¡Con que usted es la joven Duquesa Montesco! Habíamos platicado con vuestros padres, hace unos minutos atrás. Soy el conde Homero Hosenfeld. – Mi padre le decía esto a Katalina, inclinándose hacia adelante, sonriendo algo impresionado, por las palabras de mi acompañante. 
– ¿¡Habla en serio!? De ser así, ¿saben dónde se encuentran? Se me hace raro no verlos por aquí. – 
–Ellos se quedaron en la oficina del rey Fernando, discutiendo acerca de incrementar la seguridad en la frontera sur [antes hablabas de la frontera norte]. – 
–Sí… claro… debí imaginarlo. – 
– ¿Victoria? ¿Katalina? – 
– ¿Su alteza? ¿Qué se le ofrece? – 
–Condes Hosenfeld… ¿me permiten hablar con Victoria y la duquesa Montesco, a solas? – 
–Con gusto, su alteza. Os avisaremos cuando tengamos que irnos. – 
– ¡Muchísimas gracias, condes Hosenfeld! –Entonces, Fabiola tomaba a Katalina y a mí de la mano, llevándonos por las escaleras. 
– ¡Volvemos en un rato, mamá! – Terminado de decir esto a mis padres, me fui corriendo por las escaleras. 
– ¿A dónde nos lleva, princesa Fabiola? – La duquesa cuestionaba esto, tratando de seguir nuestro ritmo a cómo podía; casi tropezándose por lo rápido que Fabiola estaba llevando y por el hecho que estaba usando tacones en esa ocasión. 
– A mi cuarto. ¿A dónde más? – 
–Bueno… la verdad es que no sé si me sienta cómoda entrando a su recamara. – 
–Anímese, señorita Katalina. ¿Qué acaso no disfruta nuestra compañía? – 
– ¡Por supuesto que sí! No pensé que me divertiría tanto esta noche, cuando llegué aquí con mis padres. Pero ustedes han sido tan amables conmigo…– Al terminar de decirnos esto, los ojos de la joven duquesa se pudieron ver algo cristalinos. Unos segundos después, nosotras tres llegábamos a la puerta de acceso a la habitación de Fabiola, la cual estaba siendo protegida por un guardia. 
–Con permiso. – La princesa le daba la orden al guardia de moverse, el cual daba una reverencia como respuesta. 
–En seguida, su alteza. – El guardia se movía de la puerta, dejándonos entrar a las tres a la habitación. Ya adentro, Katalina y yo lográbamos contemplar el interior de la recamara de Fabiola; el interior estaba decorado con cortinas de color azul, lámparas en las paredes y candelabros de oro en las repisas a cada lado de la cama, la cual estaba siendo cubierta por una sabana azul, con encajes dorados, así como un par de sillones azules. Se podía ver una colección de perfumes en el estante al sur del cuarto, así como una colección de animales de peluche, los cuales Fabiola coleccionaba. 
– ¡Que habitación tan bonita, su alteza! Debió haber costado mucho la decoración. – Katalina le dijo esto a Fabiola, caminando lentamente al estante donde estaban los perfumes. 
–Fue un regalo de cumpleaños de mi madre. Ella tuvo que salir a un asunto urgente, en la ciudad-república de Astrid, al oeste de Kartina. – Fabiola le explicaba esto a Katalina, sentándose en uno de los sillones del cuarto, tomando una bandeja plateada, la cual llevaba dos teteras y unos buñuelos. 
–Eso explica por qué está ausente. ¿No te dijo a qué iba? – Le pregunté esto a Fabiola, sentándome a un lado de ella, en lo que servía un poco de chocolate caliente. 
–Fue a atender unos tratados de comercio. Con la nueva ruta que se abrió en el oeste, por lo que mi madre debe de firmar algunos contratos. Astrid aún se está recuperando de la última guerra que tuvo contra el reino de Astea. – La joven princesa nos explicaba esto, mientras se servía un poco de chocolate; Katalina pasaba a tomar un zorro blanco de peluche, para luego abrazarlo. 
– ¡Que adorable! ¿Dónde lo conseguiste, Fabiola? – La duquesa le preguntaba esto a Fabiola, apretando más fuerte el juguete. 
–Lo compré en un bazar en el Glaciar de Lirios. Me alegra que te haya gustado, Kat. – Fabiola le decía esto, sonriéndole alegremente a Katalina, la cual voltea a verle extrañada. 
– ¿Kat? ¿De dónde viene eso, señorita Fabiola? – La duquesa bajaba el peluche a la cama, preguntándole esto a Fabiola. 
–Sí. Una manera corta para decir tu nombre. Como Fabio para Fabiola o Vic para Victoria. – 
–Ahmmmmm… No suena tan mal. – 
–Me gusta tu atuendo, señorita Katalina. Ese azul le queda muy bien. Especialmente ese sombreado azul. – 
–Muchas gracias, princesa Fabiola. Estuve toda la tarde buscando un vestido que combinara con el maquillaje y el tono de piel. Ese rubor naranja con sombras rosas y labial rojo le van bien con el vestido, si le soy sincera. – 
–Muchas gracias por el cumplido, señorita Katalina. A veces me encantaría poder hablar sobre consejos de belleza, con alguien a quien le importe; a parte de mi madre, claro está. –
– ¿A qué se refiere con eso, seño [en todo caso debe llamarla princesa o majestad, no señorita]... Fabiola? – 
–A Victoria le importa poco eso. He tratado por estos últimos años en convencerla de usar una falda, por lo menos durante un día, pero nada. – Al escuchar este comentario de Fabiola, yo le miraba un poco molesta. 
– ¿Yo? ¿Usando falda? Ya quisieras…– Le respondía esto a Fabiola, mordiendo fuertemente mi buñuelo. 
– ¿Qué les parece si nos probamos mis perfumes? – La princesa entonces preguntaba esto, dejando su buñuelo y su taza de chocolate en la bandeja, caminando hacia la repisa donde estaban los perfumes. 
– ¡Por supuesto! – Entonces, la duquesa y yo dijimos esto en sincronía, levantándonos del sillón al mismo tiempo. Al notar eso, ella y yo nos observábamos mutuamente, para luego reír un poco. 
–Jijiji. Bien… ¡comencemos, entonces! – Terminado de exclamar esto, la princesa abría la repisa y tomaba unas cuantas botellas para probarlas junto con nosotras. [toda la conversación se hace confusa si solo añades quien dice algo en la respuesta del siguiente que interviene]

14 de Enero de 884. [¿por qué aquí sí añades una fecha?] 12:00 A.M.

Katalina, Fabiola y yo nos habíamos pasado la noche hablando en la habitación de la princesa. Al final de la noche, ambas [son tres] nos encontrábamos riendo de nuestras conversaciones, nuestros chistes y nuestros puntos de vista. Había pasado demasiado tiempo desde que no me divertía así con alguien. Jamás pensé que la compañía de Katalina iba a ser tan grata… Y también lo muy diferente que mi vida hubiera sido, de nunca haberla conocido… 
– ¡Jajajajaja! Por los dioses… Jamás me había divertido así en mi vida. Ustedes dos son lo máximo. – Fabiola nos decía esto, acostada en su cama, rodando de la risa. 
– Jejejejeje… Lo mismo digo yo, Fabiola. – 
–Jmjmjm. Me encantaría poder conocerlas más, muchachas. ¿Qué les parece si nos reunimos la siguiente semana? – La duquesa nos decía esto, levantándose de su sillón, sacudiéndose el regazo. 
– ¡Por supuesto! Os llevaré a la laguna de Arces, a unos kilómetros de aquí. Que ando de humor para zambullirme en el agua. – Fabiola nos decía esto, levantándose de la cama velozmente. En eso, alguien tocaba la puerta de la habitación. 
– Su alteza... los condes Hosenfeld están buscando a la señorita Victoria. – Uno de los guardias nos decía esto, por lo que las tres volteamos a vernos. 
–Bueno… ya me tengo que ir, chicas. Las veré después. – Le decía a Katalina, sonriéndoles energéticamente. 
–Pueden ir a visitarme, siempre que lo deseen, chicas. Les avisaré a mis guardias sobre ustedes, cuando llegue a mi casa. – La joven duquesa me decía esto, sonriéndome tiernamente, ayudándome a levantarme del sillón. 
–Cuenta con ello, Kat. – La princesa le decía esto a la duquesa, abrazando a nosotras dos. 
–Nos veremos otra vez, señorita Katalina. – Al terminar de decir eso, yo le devolvía el abrazo a las dos chicas. 
– ¡Recuerda esto, Victoria! Nuestros caminos son distintos, pero la fuerza de nuestra alma es lo que nos reunirá en el mismo lugar. – Terminada de decir esta frase, la duquesa se despide con una cálida sonrisa en el rostro, mientras yo me despedía de ambas muchachas. Un rato después, mis padres y yo subimos a nuestra carroza y salimos de ese lugar. 
–Dime, hija mía… ¿te divertiste esta noche? – Mi padre me decía esto, mientras se recargaba en sus piernas y me observaba detenidamente.
–Como nunca en mi vida, papá. Jamás olvidaré esta noche. – Le decía a mi padre, observando el panorama nocturno de esa noche nevada. 
–Me alegra que hayas conocido a alguien quien te cayera bien, Victoria. – Mi madre me decía esto, sonriendo gentilmente, acariciándome la cabeza. 
–Y mi corazón reboza de felicidad por la idea de poder volver a verla otra vez, puesto que la fuerza de nuestra alma nos llevará al mismo lugar. – Le decía a mi madre, sonriendo emocionadamente, esperando con ahínco poder visitar a Katalina… la persona a la cual le entregaría mi vida. Aquella persona cuyo camino la llevaría al mismo lugar que al que yo voy.
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#14
Muchísimas gracias por la corrección ortográfica, nuevamente. Voy a resolver algunos puntos de contención que me has dicho.

1.- La historia está situada en una Tierra alterna a la nuestra, por lo que algunas deidades de nuestro mundo aparecerán en el transcurso de la historia.
2.- Quería hacer bastante obvio que Victoria se enamorara de la duquesa. Pero decirte un poco más sobre ello sería un spoiler, así que me detendré aquí.
3.- Sí... ya sé... debo trabajar un poco más con mis descripciones en primera persona.
4.- Si eres de los que presta atención a los pequeños detalles, hay ciertas secuencias que ya delatan lo que trata la trama. Pero si quieres que haga algo para acelerar el proceso, solo dímelo. La obra está lejos de ser terminada. Un borrador no es final sino hasta que llegue a las estanterías, después de todo.
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#15
(11/12/2017 12:46 AM)Jaden Diamondknight escribió: Muchísimas gracias por la corrección ortográfica, nuevamente. Voy a resolver algunos puntos de contención que me has dicho.

1.- La historia está situada en una Tierra alterna a la nuestra, por lo que algunas deidades de nuestro mundo aparecerán en el transcurso de la historia.
2.- Quería hacer bastante obvio que Victoria se enamorara de la duquesa. Pero decirte un poco más sobre ello sería un spoiler, así que me detendré aquí.
3.- Sí... ya sé... debo trabajar un poco más con mis descripciones en primera persona.
4.- Si eres de los que presta atención a los pequeños detalles, hay ciertas secuencias que ya delatan lo que trata la trama. Pero si quieres que haga algo para acelerar el proceso, solo dímelo. La obra está lejos de ser terminada. Un borrador no es final sino hasta que llegue a las estanterías, después de todo.

1. Entonces tienes que dar alguna indicación de que eso es así. No hace falta explicarlo todo al principio (ni siquiera es necesario que lo llegues a explicar de forma directa) pero sí dar unas pistas para que la gente se lo pueda imaginar...
2. Pues para mí que fuera tan evidente me quita la gracia de leer un enamoramiento. Tal vez con lo que dije (que parezca que en realidad se va a enamorar de otra persona) o que el primer contacto entre las dos fuera menos cordial, haría eso más interesante.
4. La cuestión del ritmo no tiene que ver con la trama en sí; tiene que ver con tu manera de describir las cosas y hacer avanzar la acción. Si das pinceladas mayores de la trama (o incluso creas alguna trama secundaria que empiece ya) tal vez compenses los problemas que se crean con tus descripciones o diálogos.
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#16
He estado leyendo el capítulo 2, aunque no lo he terminado. Consejos:

Evita poner cosas como "Ehhhh". Eso queda bien en el lenguaje de internet, no en novela. Tampoco recomiendo lo de poner "jejejeje", lo sustituiría por "dijo entre risas" o cualquier cosa similar. Aun así, lo del jejeje aún es admisible pero lo del "ehhhh" queda fatal. Creo que esto ya te lo comenté.
Cuando dice "Solo quería dedicarme a ello, porque es por lo que soy más conocida", debería poner "quiero dedicarme", pues habla del presente y no del pasado.

Y una pregunta: asumo que esto lo tienes en tu pc en un archivo de Word ¿cuantas páginas te ocupa el capítulo 2? (Podría hacerlo yo copiando y pegando pero no tengo el pc disponible ahora). Miralo y en base a eso seguimos hablando
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#17
Muchas gracias por continuar leyendo la novela, a aquellos que siguieron pendiente de las correcciones.

@Iramesoj : El capítulo dos es al menos 34 páginas, como mucho.
@JPQueirozPerez : Hay una trama secundaria que se va a desarrollar en el capítulo tres. No te preocupes. Tomaré en cuenta todos los puntos que me han dado, para pulir mi novela.
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#18
No es recomendable escribir capítulos excesivamente largos. Además, si cuelgas un texto en internet, es mejor mostrarlo en dosis adecuadas, pues si cuelgas de golpe 34 páginas es dificil que alguien lo lea todo, especialmente cuando uno es un escritor aprendiz que aún no sabe como escribir de modo que se enganchen los lectores. Por todo esto, postea textos más cortos
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#19
Voy a colocar secciones más pequeñas, para capítulos más largos. No te preocupes. Smile
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#20
Me ha parecido muy interesante tu historia, la protagonista es bastante carismática, todavía no lo he terminado de leer, pero voy a continuar.
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