Este foro usa cookies
Este foro hace uso de cookies para almacenar su información de inicio de sesión si está registrado, y su última visita si no lo está. Las cookies son pequeños documentos de texto almacenados en su computadora; las cookies establecidas por este foro solo se pueden usar en este sitio web y no representan ningún riesgo de seguridad. Las cookies en este foro también rastrean los temas específicos que ha leído y la última vez que los leyó. Por favor, confirme si acepta o rechaza el establecimiento de estas cookies.

Se almacenará una cookie en su navegador, independientemente de su elección, para evitar que le vuelvan a hacer esta pregunta. Podrá cambiar la configuración de sus cookies en cualquier momento utilizando el enlace en el pie de página.

Calificación:
  • 2 voto(s) - 2.5 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Reto Ene19: Los Héroes también mueren
#1
Los Héroes también mueren

I

Los párpados tardaron en abrirse, como si llevaran largo tiempo escondiendo su tesoro, tanto, que ahora se resistían a que alguien más los apreciara. Pero se abrieron. Y los ojos negros deprisa giraron en las cuencas, buscando sin saber qué, secos y sin brillo. Bien pudo pensar su dueño que estaban gastados, que no servían para nada, pues no le mostraron más que una nube gris, borrosa, sin forma.
Entonces aquel hombre, que yacía sobre un suelo blando, se sentó y giró la cabeza a un lado y al otro, aguzando la vista. Sus ojos no fueron capaces de rasgar la niebla, y además de una gran frustración, lo invadió el dolor, en la garganta, en el cuello. De manera instintiva se llevó ambas manos al pescuezo, y sus dedos acabaron siguiendo la cicatriz que le recorría toda la circunferencia del cogote. En ese momento lo recordó: cómo se retorció como una serpiente, con las manos atadas en la espalda, cómo cada movimiento de la cabeza le laceraba más la piel, cómo sacudió los pies buscando un asidero que nadie le ofreció.
Recordó cómo el último estertor lo había abandonado.
Entonces era eso: estaba muerto, una víctima más de la codiciosa horca. Resopló. Su Dios no lo había salvado. Y ahora recordaba porque había acabado con el dogal al cuello: por su maldito nombre, o mejor dicho, por el maldito asesino que llevaba su mismo nombre. Con la sombra de la rabia con la que abandonó el mundo de los vivos, se levantó y con un grito ronco clamó que era inocente: la niebla se tragó el sonido de su voz. Cayó de rodillas, maldiciendo al sacerdote que le dio el último pésame, en su mente flotaban las palabras que este le dijera: ‹‹si eres inocente, la Diosa lo sabrá, y tendrás asegurado tu pasaje al Reino Ancestral››.
—¡Mentira! —gritó, aporreando el cenagoso suelo con el puño cerrado— ¡Viví una mentira!
De pronto, de entre la niebla, surgió una luz.

II

Llevaba largo rato caminando sin rumbo, encorvado, con hambre y los labios resecos, con el cuerpo entumecido por el frío. Le faltaban las fuerzas de la vida. La luz, aquel grácil brillo blanquecino, lo seguía flotando sobre su cabeza, abriendo la niebla para él, formando una burbuja de claridad alrededor suyo. Pero la luz no hablaba, y para él el silencio era lo más perturbador. Los sonidos lo habrían guiado mejor que cualquier luz, mas la niebla lo engullía todo, dejando muda hasta la más grande bestia que se moviera por ella. La fortuna, ya no la Diosa, quiso que se topara con un ser tembloroso, ancestral, que en aquel lugar sin duda tenía vida: el fuego de una pequeña hoguera. Con un repentino goce tocándole su helado corazón, el hombre se acuclilló y alargó las manos, buscando calidez. De pronto las llamas saltaron y se le enredaron en los brazos, y con una tranquilidad pasmosa treparon por ellos, hasta unirse bajo el mentón. Entonces escalaron el último escollo y entraron por la boca, abierta en un grito atronador.

III

Se despertó con brusquedad, dando manotazos, intentando apagar el fuego que le quemaba la piel. Pero las llamas solo estaban en su mente; se habían esfumado, dejando como una única huella un cosquilleo insoportable. Tampoco quedaban rastros del hambre, del cansancio, de la sed. Se sentía pleno, satisfecho, rejuvenecido. Se sentía vivo.

IV

Hacía días de la última hoguera. O tal vez semanas. El tiempo no era bienvenido en aquel lugar. Su cuerpo ahora estaba otra vez arrugado como una pasa rancia, sin carne más que en unos pocos huesos afortunados; caminaba sujetándose los pantalones sucios para que no se le resbalasen por las piernas. Sus ojos, incansables, recorrían cada tramo de esa maldita niebla buscando una luz, la más leve luminiscencia que atravesara la opacidad gris. Y la hallaron.
Se sorprendió y decepcionó al ver que se trataba de una lámpara que colgaba entre dos pilares. Una vela brillaba tras el cristal. La pequeña llama sedujo a su corazón y lo llevó a acercarse, ignorando que la grácil luz que flotaba sobre su cabeza no lo siguió. El hombre murió sin ver al aguijón que bajó de la niebla y se le ensartó en la espalda.
Los párpados se resistieron a abrirse. Pero se abrieron. Y los ojos enseguida buscaron en derredor, secos y sin brillo. Esta vez, su dueño supo que funcionaban bien a pesar de la nube gris que le mostraron.
Se levantó entre protestas, aunque en cierto modo su situación no se había agravado, pues su cuerpo seguía descarnado y consumido, y el hambre y la sed no podían empeorar más. Con una sonrisa torcida, se dijo que aquello había sido una suerte, que ahora podría estar más cerca de una hoguera. Se dio cuenta de su errónea afirmación cuando intentó echar a caminar y las piernas le flaquearon, arrojándolo de nuevo al piso. No le quedaban fuerzas más que para arrastrarse.
Se arrastró.
Y arrastrándose llegó a la siguiente hoguera. Allí, descansando con la mirada puesta en las ondulantes llamas, había un sujeto como él. El sujeto alzó las cejas, sorprendido, mas no se alarmó por su presencia. Era calvo, y estaba en buena forma. Tenía la piel de un tono amarillento y casi sin imperfecciones, apenas con algunas manchas en la coronilla y una mejilla. No hacía mucho se había alimentado de las llamas; no de esa hoguera, las hogueras jamás volvían a encenderse.
—Miren que tenemos por aquí —dijo el calvo—. Otra afortunada alma inocente. —Carcajeó. El recién llegado miraba al fuego y no a él. La sonrisa desapareció—. Yo llegué primero.
El recién llegado se sentó lejos de las llamas.
Las luces flotantes volaron y chocaron una con otra, uniéndose en una sola.
—Malditas luces —rezongó el calvo, y escupió a un lado—. Tendremos que seguir juntos.
El recién llegado advirtió que el otro jugaba con una daga entre las manos. El calvo volvió a mostrar sus dientes cariados y dijo:
—O tendremos que luchar por ella.
Hubo un momento de silencio.
—¿Por qué me llamaste así? —preguntó luego el recién llegado.
—¿Así cómo? No lo recuerdo. —El calvo frunció el ceño— ¿Dije algo malo?
Negó con la cabeza.
—Otra alma inocente, has dicho.
—Ohhh, ¡ja!, con que eso. Eres nuevo por aquí. —El calvo alzó el mentón—. Entonces me complacerá ser quien le ponga claridad a tu mente. —Abrió los brazos—. Este, mi amigo, es el limbo entre la vida y la muerte. Y tú, tú estás aquí porque injustamente fuiste sentenciado a morir.
El recién llegado permaneció un momento en silencio, volviendo a clavar sus ojos en la hoguera. Al fin preguntó:
—¿Cómo abandono este lugar?
—Oh, directo al grano —dijo el calvo, con cierta decepción—, nada de preguntarme cómo es que lo sé, si acaso yo también soy un alma inocente o tu anfitrión, nada de maldecir a la Diosa. Bueno, deseaba explayarme más, como buen cuentista que soy, pero un orador debe acomodarse a los deseos de sus oyentes. —Se encogió de hombros— ¿Quieres salir? ¿Y quién no? Y en cierto modo es sencillo hacerlo: solo debes encontrar una de las dos puertas y cruzar al otro lado.
—Mientes —dijo el recién llegado, mirándolo a los ojos—. Si fuera sencillo no estarías aquí todavía.
—Yo dije que es sencillo, no que no fuera riesgoso —replicó el otro, molesto ante tal acusación—. Y a mí, querido amigo, no me gusta el riesgo. —El recién llegado calló, dejando que se explicara. El calvo sonrió—. Bien. Abre esas orejas, porque esta información no está hecha para repetirse: según los menhires que hay repartidos por aquí, una de esas puertas lleva al mundo de los vivos; la otra, al de los muertos. —Hizo una pausa, tratando de leer los pensamientos de su oyente—. Oh, no, no creas que somos afortunados por tener tal elección. Se dice que ambas puertas son idénticas, que no hay forma de distinguir una de la otra. Y una vez las cruzas, no puedes volver.
—Yo estoy dispuesto a correr el riesgo.
—¿Estás seguro? ¿No tienes familia en uno de los lados? ¿No buscas limpiar tu nombre entre los vivos? ¿No anhelas que paguen aquellos por los que estás aquí?
Toda seguridad se borró del rostro del recién llegado.
—Exacto —siguió el calvo—. No es algo que tomar a la ligera.
—¿Tú… has visto las puertas?
—Sí. Y a fe mía que son igualitas, igualitas. No hay forma de distinguirlas. Pero —el calvo puso su mano junto a la mejilla, con el puño cerrado a excepción del dedo índice—, hay una manera de ganarle a la banca. Oye esto: ‹‹Aquel que porte las dos llaves, robara su destino de las manos del azar, y podrá elegir su camino sea cual sea la puerta que deje atrás››.
El recién llegado asintió en silencio.
—Eso es lo que buscas —dijo.
—Yo ya tengo una. —El calvo le mostró un tallado de madera—. Y sé dónde está la otra.

V

Ambos tenían la frente puesta entre los barrotes, mirando más allá, al hombre sentado contra la piedra del interior de la ruinosa torre, con el yelmo de crin roja apoyado sobre el peto oxidado, y con el escudo apoyado a un lado y la lanza estirada en el suelo.
—Él la tiene —dijo el calvo.
—Está muerto —dijo el recién llegado.
—¿Acaso importa?
No importaba.
—¿Cómo la abrimos?
El calvo señaló unas escaleras en uno de los lados de la plataforma donde se erigía la torre.
—Por allí hay una placa de presión —dijo. Luego señaló al otro lado—. Allí otra. Tú párate en aquella, yo en esta. Sospecho que es así como se abre.
Se separaron. La luz flotante se quedó en medio, ante la puerta enrejada, incapaz de decidir a quién seguir.
El recién llegado tropezó con unos escalones que subían, luego los remontó, alcanzando una plataforma circular; en el centro, halló la mencionada placa de presión, una piedra cuadrada escrita con un lenguaje desconocido.
—¡¿Estás listo?! —gritó el calvo, su voz sonó apagada.
—¡Lo estoy!
—¡Entonces ahora!
El recién llegado pisó con fuerza.

VI

—¡Deprisa! —gritó el calvo— ¡Deprisa que la reja se está cerrando!
El recién llegado, con el impulso de la corrida que llevaba desde la placa de presión, pasó junto a su compañero, cruzó el umbral y corrió hasta el muerto. Rebuscó enseguida entre las ropas, pero no halló nada y el chirrido de la reja se hacía cada vez más intenso, y el espacio para salir se achicaba.
—¡Sácalo fuera! ¡Sácalo de ahí! —chilló el calvo, pero en ningún momento siquiera dio un paso adelante para ayudar.
Entonces el recién llegado tomó de las piernas al héroe muerto y comenzó a arrastrarlo hacia fuera, jadeando, con breves pero fuertes tirones; logró sacarlo gateando bajo los barrotes. Entonces se tendió boca arriba sobre la húmeda piedra, aspirando y exhalando con fuerza, y observó al calvo echarle las manos encima al muerto, revisarle los ropajes, luego el bolso que llevaba al hombro y por último las bolsas del cinturón. Al no encontrar lo que buscaba, lo vio sacarle las botas y darlas vuelta sobre su mano ahuecada: de una de ellas calló un tallado de madera. El calvo se volvió, ocultándolo de su vista. Él, ni lento ni perezoso, se arrastró deprisa hasta el muerto y sacó de la vaina la espada del héroe.
—Date la vuelta —ordenó, incorporándose.
El calvo obedeció y fingió sorpresa al ver la espada orientada hacia él.
—¿Qué haces? —Carcajeó—. Baja esa cosa, no es lugar para juegos.
—Dámelos.
El calvo arrugó el entrecejo.
—¿Qué te de qué?
El recién llegado avanzó un paso, amenazándolo con la hoja filosa.
—O me los das tú, o te los sacó a sablazos.
—No, no, está bien —se apresuró a decir el calvo, agachando la cabeza. Luego metió una mano en sus pantalones—. Creí que éramos compañeros, que daba igual quien las llevase.
El recién llegado alargó una mano y el otro dejó en ella los amuletos. El primero los observó con desdén, luego, sin despegar la vista del calvo, los metió en el bolso y se colgó este al cuello.
—Ahora dame tu cuchillo.
—No es necesario, no tiene filo —se rehusó el otro.
—Lo he visto bien, y los ojos de un mercenario sabe qué cosa tiene filo, y qué no. Dámelo.
El calvo lo desenfundó, luego lo tiró hacia arriba, y el cuchillo giró en el aire hasta caer y clavarse a los pies del mercenario.
—Ahora, también para mí somos compañeros —dijo este último, y dejando ya la espada en el suelo, comenzó a desvestir al muerto.
—Yo no lo haría en tu lugar —comentó el calvo.
—¿El qué, si puedo saber?
—Quedarte con ambos amuletos.
El mercenario sonrió por primera vez en aquel reino maldito.
—Tendrás que esforzarte más que eso —sopló.
El calvo, serio, dijo:
—Mírate.
El recién llegado se miró. La carne y el músculo habían vuelto a sus adoloridos huesos, y ahí estaba la barriga de antaño; también le habían vuelto a aparecer los vellos de los brazos y las piernas. Entonces se pasó una mano por la cabeza, y tocó sus cabellos largos más allá de las entradas de la frente. Ahora era otra vez Runderhof, el recio capitán de la banda de mercenarios conocida como la Compañía Ciega, sentenciado a morir por el asesinato de un rey.
—No veo lo malo del asunto  —dijo.
—Allí donde vamos habrá otros como nosotros —dijo el calvo—. Los indecisos aguardan, y a la vez vigilan. Temen. —Arrastró la lengua por los labios—. La piedra lo dice: ‹‹si alguien se vale de los amuletos, las puertas se cerrarán para el resto››.
El capitán Runderhof entrecerró los ojos, intentando leer las intenciones de su compañero. No reconoció la mentira, y en vida solía reconocerla en cualquier rostro. En vida. Arqueó una ceja.
—Creo entender que sugieres que llevemos un amuleto cada uno. Y me parece lo más adecuado. —Sacó uno de los tallados del bolso, lo guardó en sus pantalones, y luego le arrojó el propio bolso a su compañero. Entonces siguió desvistiendo al héroe caído.
—Tampoco haría eso —sonrió el calvo—. A menos que quieras ser el farol que atrae a los insectos.
El mercenario gruñó porque tenía razón, pero más por darse cuenta que poco a poco volvía a ser el alma descarnada de una hora atrás.
—De acuerdo —resopló, de mala gana—. Dejaré al muerto sus vestiduras. Pero su cinturón, sus botas y espada serán míos ahora.

VII

Anduvieron a buen ritmo por un tiempo indefinido. El mercenario ya no tenía más que una pizca del hambre y la sed que lo acompañaron desde su llegada. Tal vez su mente ya se había acostumbrado a ello, y la costumbre tiene por costumbre apaciguar todo sentimiento, por más bueno o malo que fuera. O tal vez era cosa del amuleto.
El terreno hacía rato que había comenzado a tornarse accidentado, y ahora tenían la sospecha que ascendían por la ladera de una montaña inabarcable. Esto, según el calvo, era buena señal.
Y lo fue. En lo alto, la niebla desapareció. Sus ojos les mostraron entonces una larga y amplia meseta. En toda la extensión, las almas inocentes se sucedían y se sucedían y se sucedían sin aparente final, y sobre sus cabezas brillaba una luz cegadora, un sol blanco elevado a veinte varas de altura. Pero aquello sí tenía un final: erigida contra la roca que delimitaba la meseta, siguiendo el corredor que formaban las almas desdichadas, había una enorme puerta.
El mercenario y el calvo caminaron siguiendo el camino. A su paso, se volvían cabezas enjutas, consumidas, con los músculos de las mandíbulas a la intemperie, y también calaveras calvas de ojos saltones. Los millares de susurros de esas almas se unían en uno solo, como en un rompecabezas en el que cada palabra iba encajando y dando forma a alguna clase de sortilegio.
Una mujer fue la primera que les salió al cruce. Ambos se detuvieron frente a ella, la observaron con detenimiento. No llevaba armas, y estaba hinchada y azul; en vida había sido sumergida en el agua acusada de brujería. Debía de haber otras mil como ella en ese lugar.
—Hazte a un lado —dijo el calvo.
La mujer no se movió. Luego dio un paso adelante, y los señaló con el dedo. Los susurros se convirtieron en murmullos. El calvo miró al mercenario, éste avanzó hasta quedar frente a frente con la mujer. Sus ojos se cruzaron, se palparon, se midieron. Y entonces el capitán Runderhof desenvainó la espada, y con el mismo movimiento, sajó el dedo acusador, que se desprendió y giró en el aire hasta caer algunos metros más allá. La mujer no reaccionó de ningún modo, pero el resto de las almas transformó los murmullos en gritos y exclamaciones. El mercenario, con el corazón todavía más frío que en vida, hundió la espada en el vientre de la mujer. Luego, seguido por su compañero, echó a correr hacia la puerta.
La espada danzaba en el aire sin florituras, con pasmosa resolución, surcando el aire, cortando carne, músculo y nervio, quebrando el hueso. La daga, devuelta a su dueño, rajaba gargantas, rasgando viejas heridas. Así fueron abriéndose paso, hasta que las almas abandonaron la cobardía y fueron tras ellos en tropel. Entonces ambos arrojaron tras sí los bolsos, y simplemente corrieron mientras los otros se peleaban unos con otros con tal de hacerse con los amuletos. Ellos siguieron corriendo, pasaron bajo la arcada de un muro blanco. Del otro lado, a diestra y siniestra se sucedían los muertos, rajados algunos, aplastados como cucarachas otros.
De pronto, desde el frente, emergiendo de la sombra de la puerta, un coloso de piedra avanzó hacia ellos. Portaba un gran espadón, y un escudo enorme. La tierra temblaba y se resquebrajaba al son de sus pasos. Detrás de ellos, las almas por fin habían advertido que fueron engañados, y ahora se lanzaba en una persecución desesperada.
—¡Debemos agarrar los amuletos entre ambos! —chilló el calvo.
Se pararon en seco, corriendo el riesgo, tomando con una mano cada mitad de un tallado. Vieron venir al gigante, y ambos temblaban como si el propio invierno fuera quien se aproximaba hacia ellos. El calvo cerró los ojos y apretó las mandíbulas, hundiendo la cabeza entre los hombros. El capitán Runderhof, con un ojo cerrado y el otro abierto, vio al coloso pasar de largo y embestir a las almas inocentes. Entonces volvió a correr, y con él el calvo, sin soltar cada uno su mitad de ambos amuletos.
Llegaron frente a la puerta. Las hojas comenzaron a abrirse, poco a poco, milímetro a milímetro, y por el resquicio fueron escapando luminiscencias azuladas. Impacientes, se lanzaron hacia adelante en cuanto hubo el espacio suficiente. Pero se detuvieron en el umbral. Se miraron el uno al otro.
‹‹¿Funcionará?››, preguntaban esos ojos.
‹‹Podría matarte y cruzar yo solo››, dijeron luego los del calvo.
‹‹Yo también››, replicaron los del mercenario.
Pero para ello debían soltar al menos un amuleto. Y ninguno se atrevió a hacerlo.
Voltearon. Detrás de ellos, las almas habían conseguido derribar al coloso.
El mercenario frunció los labios.
—¿Crees que podremos ganarle a la banca? —preguntó.
—¿Un mercenario y un vagabundo? —El calvo sonrió—. Creo que nadie tendría más posibilidades.
—Entonces seamos compañeros hasta el final —dijo el capitán Runderhof.
—Hasta el final, y más allá —dijo el otro, con una sonrisa torcida en los labios.
Entonces, con los ojos bien abiertos, dieron el último paso y desaparecieron.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Bueno relato sobre lo que nos podríamos encontrar más allá de la muerte, partiendo de la premisa de qué podría ocurrir cuando un inocente es condenado y ejecutado. Aunque al principio me ha costado engancharme a pesar de la buena prosa, a mitad del relato ya me tenía en el bolsillo.
Personalmente prefiero los personajes con nombre, facilita la lectura. En cuanto a la estructura y prosa, nada que objetar, excepto alguna repetición indeseada y alguna otra deseada que para mi está de más aunque pueda reconocer que es para dar más énfasis al mensaje.
En cuanto a dejar un final más abierto, conozco a más de uno que le quitaría cinco puntos de un plumazo. Por mi parte, creo que en este caso es tan abierto que no cierra el relato, con lo que no llega a ser redondo. Aun así, un excelente trabajo.

Muy bien, seguro que al final estará entre mis tres primeros.
Responder
#3
A mi me ha gustado mucho, sobre todo la ambientación que me ha recordado bastante al Dark Souls.


Me parece una idea interesante sobre un tema que a mi particularmente me gusta que es el de qué hay después de la muerte y creo que lo has sabido explotar muy bien sinceramente.


Los personajes me parecen logrados. No he echado en falta nombres porque creo que se podía distinguir en todo momento quién hacía qué y los diálogos también me han parecido correctos. Si bien es verdad que el uso de ciertas palabras, aunque correctas, me han sonado raras (cómo "riesgoso", una palabra que existir existe pero que no he escuchado nunca a nadie usarla).


En cuanto a la prosa me ha parecido buena, contando con las descripciones necesarias para llevarte a dónde transcurre la historia y recrear su agobio y sensaciones. Es verdad que el principio puede hacerse un poco caótico, sin saber lo que está pasando ni que pasa con la luz y el aguijón pero no creo que sea algo enteramente negativo y que nos lleva a sentir el mismo sentimiento de confusión que el protagonista y no se dilata demasiado.


El final a mi me ha gustado. Es verdad que es un poco abierto pero no creo que sea abierto negativamente, sino que deja claro lo que va a pasar (según la leyenda) y un pequeño margen de interpretación personal (¿será verdad la leyenda?). No creo, por tanto, que perjudique al relato ni lo haga menos redondo.


De todas formas te puedo asegurar que por ahora estará entre los dos primeros Tongue Tongue
Responder
#4
Es un buen cuento. Interesante y con una ambientacion angustiante que nunca llega a explicarse del todo. Hay un buen trabajo es mostrar el proceso de degradacion que se sufre mientras mas tiempo se pasa alli. Creo que la pega que le veo es que el climax al final dura muy poco. Atraviesan la horda de personas sin problenas practicamente y falto tension en esa parte. Es una falla en mi opinion porque es un relato que estaba lleno de tension hasta ese punto. Felicidades por subir primero y exitos en las votaciones.
Responder
#5
El relato me ha gustado bastante en general. De las cosas positivas destacaría la ambientación misteriosa, inquietante, tétrica, muy difícil de conseguir. Me ha recordado Elantris de Sanderson, así que no sé si se encuentra entre sus influencias. Creo que dicha ambientación se podría haber potenciado más desarrollando las descripciones (algunas muy buenas:"La luz, aquel grácil brillo blanquecino, lo seguía flotando sobre su cabeza, abriendo la niebla para él, formando una burbuja de claridad alrededor suyo".).
Otro aspecto a destacar es el narrador que, aunque esté en tercera persona, creo que ganaría más riqueza si introdujera más recursos propios de la primera persona como la transcripción de los pensamientos del personaje, incluir preguntas retóricas (hay algunas, pero podría haber más), exclamaciones, etc. Pongo un ejemplo: “Entonces es eso: estoy muerto”, se dijo. “Una víctima más de la codiciosa horca”.
Resopló. Su Dios no lo había salvado. ¿Por qué había acabado con el dogal al cuello? Por su maldito nombre, o mejor dicho, por el maldito asesino que llevaba su mismo nombre: Ruderhof. Con la sombra de la rabia con la que abandonó el mundo de los vivos, se levantó y con un grito ronco clamó que era inocente (incluir el grito o la maldición): la niebla se tragó el sonido de su voz. Cayó de rodillas, maldiciendo al sacerdote que le dio el último pésame, en su mente flotaban las palabras que este le dijera: ‹‹si eres inocente, la Diosa lo sabrá, y tendrás asegurado tu pasaje al Reino Ancestral››.
—¡Mentira! —gritó, aporreando el cenagoso suelo con el puño cerrado— ¡Viví una mentira! (Aquí muy bien).

Estos son ejemplos y creo que el texto cobraría más dinamismo.
Otra cosa que te diría es la separación de las escenas con el uso de la numeración. Se puede conseguir el mismo efecto con el espacio en blanco, pues el lector entiende que hemos pasado de una escena a otra sin necesidad de utilizar números.
Bueno, lo que he comentado son orientaciones y sugerencias por si te son útiles.
Un saludo y suerte en el Reto.
Responder
#6
Curioso relato, un ambiente de un mal rollo que te cagas... Cualquier puerta sería mejor que estar allí, no? El calvo me ha dado muy mala espina, no quería que se juntara con él, peeeeeeeeeero ahí está la historia. Buen cuento, se sigue bien pero con el corazón en un puño.
Responder
#7
Me ha gustado el relato, en especial su ambientación. No he encontrado demasiados fallos, aunque sí algunas repeticiones que se podrían quitar con algo más de pulido. Los personajes me han parecido bien llevados, aunque eché en falta los nombres, y creo que el autor también, pues se ve que buscaba diferentes maneras de llamarlos para no repetir. La historia en si me parece correcta, dificil de seguir al comienzo, pero creo que esto es algo adrede. El final se me antoja demasiado abierto, y teniendo en cuanta que todavía quedaba un margen de casi dos mil palabras, pudo haber sido más completo.
Buena suerte en el reto!
-¿Acaso buscas la muerte?
-No, porque sé que se esconderá hasta que sea ella quien busque y yo quien se esconda.

 
                                                                                                                                                                                 
Responder
#8
¿Cuál de ellos es héroe? Porque los dos me parecen unos elementitos de cuidado, cada uno a su manera. Personajes cautivadores, en todo caso, en un entorno muy imaginativo de trasfondo tétrico a más no poder.
La historia me ha gustado, el estilo ha estado bien por momentos, aunque un poco irregular, con expresiones que me han chirriado un poco y algún fallejo que puede ser por despiste («de una de ellas, calló un tallado de madera). Lo mejor, el enfoque original, el ambiente de fondo y la historia en sí, junto con el toma y daca del calvo y el recién llegado, aunque en relación a esto también me joroba un poco no ponerles nombre a lo largo de la narración, el capitán al menos lo consigue, pero el pobre calvo… Además, la narración me ha parecido que necesitaba un «pon cera quita cera», aunque cumple con creces.
En este caso, que haya terminado de esa forma tan «interruptus» me ha parecido bien, como si de esa forma siguiese un hilo de incertidumbre que nos acompaña siempre durante la lectura.
Responder
#9
Creo que alguien a jugado mucho Dark Souls, y ya con eso tiene mi simpatía.
Me ha gusta mucho la narración, es muy dinámica y elegante. Tiene imágenes intensas, que me recordaron mucho al nombrado juego, sobre todo por las hogueras y la luz sobre los muertos, la melancolía del mundo, la recuperación de la forma humana.
A pesar de tener final abierto, no lo considero un prólogo, sino un relato con final abierto, que es muy distinto. Lo que se quería contar tiene su principio, su nudo y su desenlace. Lo que venga después es a imaginación del lector, pero no hace falta decirlo.
En resumen, me gustó mucho, felicitaciones al autor!
Responder
#10
(12/02/2019 01:24 PM)Telcar escribió: ¿Cuál de ellos es héroe? Porque los dos me parecen unos elementitos de cuidado, cada uno a su manera.
Suscribo Big Grin

La unica pega es que el ambiente opresivo, la tension que tan bien llevas durante el relato, se difumina un poco al final. Falto un poco mas de dificultad para pasar entre todos esos muertos, se hace demasiado facil y rapido. Pero salvo eso, un relato maravilloso.
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)