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Reto Ene19: Phasmatodea
#1
El pueblo había sido sometido por la naturaleza y las marcas de los azotes seguían en carne viva. Kerans y Dighins se hallaban en un pasillo del museo local. Las paredes mohosas exhibían una extensa colección de insectos atravesados por alfileres y el suelo cubierto de cristales rotos traducía sus pisadas como una serie de cracks.
—Mira eso —dijo Dighins deteniéndose junto a una ventana—. Están por todas partes.
Eran plantas de hasta cuatro metros de alto cuyos troncos se hallaban cubiertos tras masas de hojas grandes como caballos. Recordaban a los montículos de hojas que se juntaban a las entradas de las casas en otoño, solo que estas eran de un verde lujurioso con manchas rojas. Sumado a que más de la mitad del pueblo permanecía bajo el agua, podía decirse que el entorno se había convertido en un neopantano.
—Es tan silencioso —dijo Kerans—. No debería ser así. Es como si el tiempo estuviera congelado.
—Debes haber visto muchas cosas así ¿Cierto, Kerans?
Kerans notó la curiosidad en su voz y dejo escapar un suspiró. Siempre querían saber de él como si fuera un bicho raro. Lo era, pero eso no significaba que le gustara robar la escena.
—No es que me moleste —se apresuró en agregar el soldado—. Es solo que hay tantas historias. Los lugares que has visto…
—Son solo historias ahora mismo. Sigamos.
No quería sonar arrogante, pero ese lugar realmente no le gustaba. Mientras más rápido cumplieran con la misión más rápido se irían. Cinco soldados y él habían sido enviados a explorar el pueblo en busca de cualquier cosa que pudiera ser de interés para la Nueva Polis: la ciudad que albergaba a los sobrevivientes de la guerra.
Las cosas habían salido mal desde el comienzo. Las comunicaciones con la base empezaron a fallar al cabo de una hora. Mantenerlas en funcionamiento era una tarea titanica. A eso había que sumarle la presencia de minas antiaéreas flotando sobre la mayoría de los techos, lo que fijaba un punto de extracción muy preciso.
Kerans notó que Dighins se había sonrojado de vergüenza y trató de iniciar una conversación diferente. Recordó que era el médico del equipo.
—Entonces ¿Qué equipo tienes?
Su rostro se iluminó al ver que las comunicaciones no estaban interrumpidas.
—Pues lo básico. Antihemorragicos de acción instantánea. Desinfectante, comprimidos antibacterianos…
El eco de unos pasos adelante enmudeció al soldado y los puso en alerta. El corredor doblaba a la derecha y ellos aguardaron pegados a la pared. Las pisadas continuaban. Dighins habló:
—¡Atención! ¡Somos un equipo de salvamento de Nueva Polis! ¡Identifíquense!
No hubo respuesta, pero los pasos cobraron velocidad. El médico se asomó primero con su rifle de asalto seguido de Kerans que llevaba su potente revólver. Allí los aguardaba un muro de hojas: Una de las paredes había colapsado permitiéndole a las plantas hallar su camino al interior. El movimiento entre ellas delataba el camino seguido por el dueño de los pasos.
—¡Alto!
El soldado se lanzó a la carrera sin oír las advertencias de Kerans que corrió tras él. Fueron tragados por la cortina verde, abriéndose paso entre los órganos vegetales y sintiendo las ramas que acariciaban sus pieles como dedos huesudos.
—Aquí Kerans —dijo el muchacho hablando por el transmisor de su muñeca—. Hicimos contacto con alguien y estamos en persecución.
—¡¿Persecución?! —Relland, el oficial superior sonaba furioso.
—Quéjese con Dighins.
Kerans salió del montículo para confrontar unas fauces repletas de colmillos y su primera reacción fue disparar. El estruendo retumbó entre las paredes y la bala destrozó la cabeza del lobo disecado. Un pequeño diorama de cuatro animales acababa de perder al alfa. La sala era pequeña y cuadrada. Ninguna salida además del pasillo por el que había venido.
—Esto es extraño, ten cuidado.
Entonces reparó en que se hallaba solo. Él soldado que debía estar delante de él había desaparecido. Giró sobre sus talones para encarar de nuevo el muro de hojas y lo llamó. Una. Dos. Tres veces. No hubo respuesta.



El húmedo calor de los trópicos hacia traspirar a los soldados en la sala de cine. El edificio llevaba años abandonado y los asientos eran criaderos de pulgas que saltaban en sus tripas expuestas. Kerans no podía esperar a que dejaran ese lugar. Tres días atrapados allí viendo cómo se reducía su número los había llevaba al límite de sus fuerzas.
Solo él estaba preparado para las cosas que encontraron.
—Tenemos que avanzar antes de quedar acorralados.
Poniéndose de pie Kerans caminó hasta la salida de emergencia. La respuesta de Relland, el oficial al mando, no se hizo esperar.
—¡Es muy peligroso! Si puedo contactar a la base de nuevo… Tal vez los convenza de enviar otro medio de transporte.
—Ya sabemos la situación. No habrá otra forma sin importar cuanto lo desees.
—Solo pido un poco de tiempo. Ya subestimamos lo suficiente este lugar…
—¡Usted lo subestimo! —Kauffman, el soldado más joven saltó frente al oficial—. No quiso escuchar al experto pensando que podíamos resolver esto con rifles y granadas. Ahora Dighins, Caron y Reyson…
—Sabíamos de los riesgos.
—¡Usted no sabía nada!
—¡Él tampoco! O no estaríamos… ¡Kerans! Vuelva acá.
Pero este ya abría la salida de emergencias dejando que la luz del día inundara el recinto. El estacionamiento apareció ante él con sus autos oxidados y los veinte centímetros de agua amarillenta. Las nubes de mosquitos zumbaban furiosas acompañando el chapoteo de las ranas. La temperatura alcanzaba los cuarenta grados y la humedad solo empeoraba las cosas. Sus ojos solo se fijaron en los montículos. El olor a putrefacción flotaba en el aire: en algún lugar yacían los cuerpos de los desaparecidos.
El pueblo era una pesadilla pantanosa que susurraba promesas de muerte. El reflejo de las aguas pegaba escamas doradas a las fachadas de los edificios de concreto. El equipo de extracción los recogería en la parte más profunda, la única que se veía libre de armas antiaéreas. El problema eran los  montículos, había que atravesar al menos uno de ellos. La situación era peor en el frente del cine que se hallaba cubierto por un muro verde.
—Quinientos metros. El vehículo está en camino —dijo Kerans sacando su pesado revólver—. No es imposible.
Recordaba los datos que el dron de reconocimiento había aportado antes de desaparecer. Había un camino, pero Relland no estaba convencido de este.
—Insisto en que si esperamos…
El otro soldado ya había tomado su decisión. Se colocó detrás de Kerans con el rifle preparado. Este asintió y volvió a confrontar al oficial al mando. Si se quedaba allí terminaría solo con los montículos y lo sabía. Tomó posición delante del joven soldado al que observaba ahora con una mezcla de decepción y rabia.
—Vamos —la voz de Kerans estaba llena de autoridad en esos momentos.
Avanzaron en fila india atentos a cualquier movimiento extraño. Las hojas más cercanas estaban a veinte metros, pero eso bastaba para inquietarlos. Paso a paso dejaban tras ellos una estela maloliente. Alcanzar el enrejado no les llevó mucho tiempo, pero a partir de allí se iba cuesta abajo. De un momento a otro el agua les llegaba hasta las rodillas y las nubes de mosquitos los rodeaban con sus penetrantes zumbidos.
Kerans no podía dejar de pensar en la desaparición de Dighins. Llamó y llamó pero no hubo respuesta. El oficial al mando sospecho de él al principio, incapaz de comprender los horrores de aquel pueblo tropical. Él en cambio sabía que no podía darse nada por sentado y desde un principio se hizo a la idea de que los superiores volvían a verlo como algo prescindible. La posibilidad de encontrar algo de valor en ese lugar eran escasas, pero valía la pena arriesgar la vida de los soldados. La Nueva Polis después de todo vivía de lo que pudiera rescatarse.
—Otro descenso.
La advertencia lo regreso a la realidad. El agua hasta la cintura. Las moscas estrellándose contra su rostro, forzándolo a cerrar los ojos ahora que los montículos se elevaban a menos de diez metros. Su corazón se aceleraba cada vez que parpadeaba. Las respiraciones de los soldados le decían lo que necesitaba saber. Era peor para ellos. No eran enemigos a los que pudieran enfrentar con las tácticas habituales. Y peor aún, con él dando las órdenes, Relland veía su orgullo herido al tener que someterse ante alguien que consideraba poco más que un civil que había encandilado a sus hombres. La tensión se mezclaba con la humedad como una mortaja que los asfixiaba.
—Conocí a esta chica el otro día —la voz Kauffman temblaba, cubierta con una fingida confianza—. Cuando estalló esa pelea en el bar de Guido. Trabaja de mesera hasta tarde y después de que ese borracho perdió los ojos quedo muy perturbada.
—Kauffman, cállate —ordenó Relland.
Pero no iba a callarse. Hablaba mucho cuando estaba nervioso.
—Le dije que era de las fuerzas de seguridad y me ofrecí a llevarla a casa. Al principio no aceptó, pero después de ver la sangre en el piso…
La sangre de Reyson junto a su rifle fue todo lo que encontraron de él. “Tengo que orinar” había dicho después de discutir con Kauffman ¿Por qué se acercó tanto a las plantas? ¿Qué pudo haber visto? Reyson se la pasaba hablando de lo que las bombas químicas habían causado al final de la guerra con una retorcida fascinación. Bebes de tres piernas, con cola, sin ojos. Eran los casos leves.
—Y dijo que su padre trabaja en los muros de la ciudad, pero ya está por jubilarse.
— ¡Kauffman! Maldita sea.
El murmullo llegó por la izquierda. El montículo estaba a dos metros y el viento arrastraba el aroma dulzón de las hojas. Una rama se quebró tras la cortina vegetal y algo cayó al agua. Los soldados abrieron fuego, sus rifles escupían balas sin parar, destrozando los aceitosos órganos vegetales sin compasión. Los cañones fueron levantándose cada vez más hasta alcanzar las cabezas de los montículos que proyectaban sus sombras alrededor de ellos como aves de presa listas para atacar.
Kerans, dándose cuenta de la inutilidad de aquello no disparo ni una vez, aunque cayó preso de la manera hipnótica en que esas plantas devoraban las balas. Sus ojos no tardaron en descubrir lo que la prisa por alcanzar el punto de extracción había ocultado de ellos. El cine ya no era visible y en su lugar se levantaba otra pared de hojas que acortaba la distancia con cada parpadeo. Lenta pero constante.
Los cargadores vacíos fueron extraídos y aprovechando el involuntario cese, dio a conocer este nuevo hecho. Ojos grandes y aterrados. La marcha se reanudó entre aquella agua fangosa que ahora llegaba hasta el pecho. Peor aún, la inclinación del terreno formaba una corriente que trataba de arrástralos con mayor fuerza a cada paso que daban. La llovizna se dio sin previo aviso como era su costumbre, pero esta vez parecía ser un preámbulo a la tormenta cuyo eléctrico galope se oía a la distancia. El viento cambiaba.
El grupo llegó hasta un edificio cuadrado, una farmacia, el último bastión antes del gran muro de pesadilla. Al menos del que tenían por delante. A simple vista se veían cercados por un mundo vegetal que traía consigo un olor dulzón mezclado con la putrefacción de la carne. Los murmullos apenas se oían ante la tormenta que hacia desaparecer la luz entre sus plomizos velos. Pero siempre estaban ahí, vibrando a diferentes intensidades, llevando sus mensajes. Ecos fantasmales perdidos en el neopantano.
—Por la escalera.
Kerans dejó subir primero a los soldados mientras vigilaba la retaguardia. Gruesas gotas se mezclaban con el sudor de su piel, pegaban el cabello oscuro a su cabeza. La humedad era otro enemigo, trataba de meterse dentro de uno y enloquecerlo con su viscosidad para hacerlo resbalar.
Subió las escaleras de emergencias. Los barrotes resbalaban entre sus dedos o contra las suelas de las botas. Cuando su cuerpo salió del agua esta chorreo por sus piernas como un manantial. El tejado del edifico era pequeño y a excepción del lado por el que habían subido, se hallaban flanqueados por las hojas. Los tres rostros mostraban el estrés de los últimos días y en menor medida el alivio de ver terminada la estadía en ese horrible lugar. Al menos de momento. Kerans sabía que él tendría que volver un día.
—Por ahí —dijo señalando el lomo amarillento y oxidado del autobús.
El vehículo se había convertido en un puente entre la farmacia y el edifico donde los recogerían. La selva se estremeció, tal vez por el viento o ante la posibilidad de que sus presas escaparan.
—Crucemos. Con cuidado.
En la voz de Kerans había autoridad, pero también se notaba la preocupación por las vidas que estaban a su cuidado. Aunque durante los últimos días descubrió que él y Relland se disputaban esa posición de hada madrina. Ambos cargaban con el peso de las vidas perdidas.
Relland al frente, Kauffman al medio y Kerans detrás. La superficie resbalosa, el viento cobraba intensidad. Las hojas arañaban el metal con dureza. Las luces eléctricas de la naturaleza arrancaban débiles destellos a las armaduras cubiertas de barro. La lluvia los cubría con un aura fantasmal.
Relland llegó al edificio. Había un agujero en el techo y en el interior algo llamo su atención. Kerans vio como le apuntaba con la linterna de su rifle, esforzándose en comprender de qué se trataba. Él y Kauffman permanecieron a la espera de una novedad, incapaces de avanzar hasta que se aclararán sus dudas. Esta llegó como un susurro.
—Dighins.
El viento sopló con más fuerza. La forma de los montículos cambió, empujados por las ráfagas describían una macabra danza. Las ramas crujieron y una de ellas azotó el techo del autobús. Las hojas se interpusieron entre Kerans y Kauffman, pero el viento las regresó al montículo de inmediato. La sangre brillaba sobre las ropas del joven soldado que dio un paso antes de desplomarse. Relland se arrojó de vuelta al vehículo para sujetar a su camarada antes de que cayera a la fronda.
Entre ambos lo llevaron al techo del edificio. La sangre de uno sobre los tres. No gritaba, respiraba con tranquilidad. Una parálisis severa, una hemorragia intensa.
—No va a lograrlo —dijo Kerans, observando la carne desgarrada.
Pero Relland ya se lanzaba por el hueco del techo. Lo aguardaba un colchón de hojas flotando sobre las hediondas aguas que comenzaron a estremecerse. El cuerpo del oficial se sumergió y nadó con una habilidad que hubiera avergonzado al mejor medallista. Incluso Kerans reconoció para sus adentros que lo aventajaba, pero eso no servía de nada contra los ataques del enemigo.
Burbujas rojas estallaron en la superficie. Un estallido cuando Relland emergió para arrojarle algo a Kerans. Acto seguido, fue arrastrado, o mejor dicho chupado, de vuelta al otro lado produciendo un gorgoteo como si una cañería se hubiera destapado.
La conmoción terminó a los pocos segundos.
Kerans miró con admiración el anticoagulante, pero sin perder tiempo hundió la aguja en la carne magullada de Kauffman. Las heridas dejaron de fluir, pero necesitaban atención urgente. La palidez del rostro le dijo que era más la sangre sobre el techo que la que había dentro de su cuerpo. .
—Tranquilo, Kauffman. Vamos a salir de aquí.
Nunca supo si lo que corría por los ojos del joven eran lágrimas o la lluvia que ahora caía con más fuerza. Las nubes se tragaron el día y el neopantano se estremeció entre los murmullos que rodeaban a los sobrevivientes con más fuerza que antes. Kerans sacó su revólver y se preparó para el ataque que llegaría en cualquier momento.
Las luces cayeron sobre ellos. La tormenta había ocultado el motor de la aeronave cuya plataforma empezó a descender. El equipo de rescate había llegado.  



Kauffman se subió la bufanda para protegerse del viento helado que estremecía las copas de los árboles. Frente a él se hallaba la gran placa de concreto que conmemoraba a los caídos en el servicio a Nueva Polis. Allí estaban Dighins, Caron, Reyson y Relland. Solo faltaba él. Eso sin contar al agente parado a su lado. Le costaba creer lo poco que había cambiado en todos esos años, incluso conservaba el mismo semblante nostálgico. De un momento a otro estaba junto a él, contemplando en solemne silencio. Kauffman nunca había soportado el silencio.
—Sigo teniendo pesadillas. Por la noche. A veces de día.
—Sé que te retiraste del servicio al recuperarte.
—Sí.
Ninguno apartó la vista del monumento, pero Kauffman no podía seguir evitando la pregunta que lo carcomía desde la misión.
—¿Sirvió de algo? ¿Había algo de valor en el pueblo?
—No.
Silencio. No sabía que esperar; tal vez un poco más de calidez por parte de Kerans. Pero entonces esta llego en cierta forma.
—Pero basto para convencer al Palacio de que se necesitaba de un entrenamiento especial para estos trabajos. Me dedique a eso por un tiempo.
La respuesta aflojó un poco el cuerpo del anciano.
—Yo cuido la central procesadora de uno de los edificios inteligentes… Soy un conserje.
Rieron con suavidad, apenas murmullos entre los árboles del Parque Memorial. Un auto del Palacio se detuvo en la calle y Kauffman supo que venían a buscar a Kerans, pero este no se movió. El viento sacudió su larga gabardina lo que solo realzó la inmutabilidad de su postura.
—La paga no es mala. Vivo bien y puedo ver a mis nietos todos los días.
Kerans lo miró con una sonrisa sincera y una ceja arqueada. Era la primera vez que lo veía sonreír y el hecho de que no tuviera ni una arruga o cana le hizo sentir que seguían en el pasado. Pero sabía que no era así, sentía en su cuerpo el paso del tiempo.
—¿La chica del bar?
Kauffman dudó por unos segundos y entonces recordó de qué le hablaba, sorprendido de la manera en que el pasado tendía a perpetuarse en Kerans. Negó con la cabeza.
—No volví a verla.
—Oh, vaya.
La sonrisa desapareció del rostro de Kerans. Kauffman se preguntó que se sentiría ser como él, detenido en el tiempo. Uno de los pilares de la ciudad, manteniendo el peso de la urbe sobre sus hombros. Lo vio darse vuelta para subir al auto sin decir nada, ni dar una última mirada a su antiguo camarada.
Supo que nunca volvería a verlo.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
UUUUUUh, qué tensión, qué miedo, no saber lo que te ataca y te va dejando más solo que la una. Da más miedo eso que ver al enemigo. Buena ambientación, creas la tensión deseada, haces que se sienta empatía hacia los personajes. Muy bien. Felicidades.
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#3
Tension constante y muy bien llevada. Me gusta mucho el entorno de la historia y que al final del relato sepamos apenas lo necesario. Tambien me gusto ese "guiño" (?) A Depredador con los soldados disparando a la fronda. La idea de que la gente desaparezca sin ver nunca al enemigo da para mucho en una historia asi y la prosa es fluida. Algunas cosas no quedan claras en cuanto a Kerans por ejemplo pero creo que eso es parte fel encanto aqui. Felicidades.
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#4
Entretenido relato que mantiene bien la tensión, con elementos que forman ya parte de la memoria colectiva (Depredador, a no ser que el lector sea muy joven y tenga que buscar en la wikipedia). Prosa buena, con algunas roturas de ritmo debido a la puntuación y alguna repetición evitable, pasa el corte con buena nota.
Muy bien.
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#5
Lo que más me ha gustado de este relato es la idea de una Naturaleza destructiva, como si quisiera defenderse del que la ha maltratado tanto: el ser humano. Me vienen a la mente otras obras que han explorado esta idea, como por ejemplo Nausícaa, el manga de Hayao Miyazaki. En esa historia la naturaleza se vuelve tóxica en un intento de defenderse de la contaminación.
En cuanto al relato en sí, no me ha quedado clara la razón por la que el grupo de soldados iba a ese pueblo. ¿Buscaban cosas de valor que poder llevar a la Polis? Me parece arriesgarse mucho por poco. Quizá hubiera sido mejor buscar algún superviviente, alguien que estuviera investigando algo y que hubiera descubierto algo importante para terminar con esa naturaleza tóxica. Es solo una opinión, nada más.
¡Suerte en el reto!
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#6
¡Divertido! La narración es muy amena, sólo se vuelve un poco confusa en el momento en que la naturaleza ataca a Kauffman y Relland se lanza hacia el cadáver de Dighins para conseguir el anti-coagulante. Tuve que releer esa parte para entender lo que había pasado (y qué disgusto, ¡de primeras pensé que estaban intentando rescatar al bueno de Dighins!). Muy cómica la verborrea nerviosa de Kauffman, se agradece ese contrapunto que hace con la narración lúgubre, pesada.

En definitiva, ¡me ha gustao! Enhorabuena Tongue

PD: ¡a mí, que no he visto Predator, me recordaba un poco al FFVII!
Ob-la-di Ob-la-da
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#7
¡La leche! Me preguntaba qué narices significaba el título del relato, lo he googleado, y creo que he entendido un poco más las escenas de acción jajaja
Ob-la-di Ob-la-da
Responder
#8
Un relato entretenido, que a mi, particularmente, me ha costado seguir. En ningún momento supe bien lo que pasaba, especialmente en el momento de la acción. Creó que pudiste haber sido más claro, aunque también es culpa mía por no tener imaginación para este tipo de cosas. Después coincido con Alerya, en que es mucho sacrificio para tan poco. Y agregó que en ningún momento Kauffman me da la sensación de ser quien esta al mando, sino todo lo contrario. En definitiva, el relato cumple con su cometido que es entretener, y lo hace muy bien. Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide un vaso de agua. Nunca se sabe qué pasará mientras te lo traen".
 
                                                                                                                                                                                 
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#9
Cita:Aunque durante los últimos días descubrió que él y Relland se disputaban esa posición de hada madrina
Creo que habria quedado mejor "esa posición de responsabilidad" o simplemente "esa responsabilidad". Personalmente la mención de hadas madrinas me saco mucho de contexto en ese momento.

Para mi gusto le falto algo de acción, pero transmites muy bien la angustia de esos hombres en esa situación limite. Se puede sentir toda la tension al leer la historia, muy bien trabajados estos aspectos.

Y ya que tantos mencionan a Predator, yo con tanto protagonismo que se le daba a las plantas durante el relato lo que me venia a la mente era "El dia de los trifidos" Big Grin
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Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#10
Un relato con mucha tension, asfixiante, la ambientación se puede palpar mientras avanza el texto. Los personajes están bien construidos en pocas lineas que denotan personalidades.
Por el lado de la narración, se me hizo un poco más trabajosa de seguir. Por momentos confusa, con muchos "huecos", donde se deja entrever lo que está pasando pero sin decirlo explícitamente. Es un recurso interesante para impactar al lector, obligarlo a construir imágenes de lo que va ocurriendo sin tener que detallar tanto. El problema es que creo que se ha abusado un poco de esto y termina siendo confuso. Senti algo de desequilibrio entre lo explícito y lo implícito.
Buen relato con un argumento interesante.
Responder


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