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Reto Enero 2019: Ni siquiera París.
#1
Ni siquiera París
 
No volvamos nunca.
Eso había dicho ella. No volvamos nunca, y afuera París se nos difuminaba bajo el aguacero. No volvamos nunca, Nicolás, que ya nada va a ser como era.
Ahora también llueve. Llueve sobre las vías de la estación Saint-Lazare, por encima de los paraguas desplegados, en los rostros descubiertos de los románticos que aún sueñan con la ciudad de la fiesta hemingwaiana. Llueve, y es una borrasca triste, melancólica, de gotas nostálgicas que se suicidan contra el tinglado de cristal. Llueve, como en toda despedida, como en todo final, y la tormenta que empapa las vías trae consigo el recuerdo de las últimas palabras de Laura. Esas que pronunció hace tantos años ya, cuando el mundo era otro y algunos todavía creían que bajo los adoquines se escondía la playa. El cruel adiós con el que nos obsequiamos en este mismo andén, bajo un cielo tan gris como el que ahora devora los tejados.
—¿No vas a decir nada? —dice ella entonces. En el hoy y el ahora. En este presente lluvioso y gris que se nos antojaba tan imposible allá por el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes y nos sabíamos inmortales.
La miro en silencio. No sé cómo poner en palabras el derrotismo que me ahoga. Cómo explicarle que no esperaba, que no deseaba, que ni siquiera me ilusionaba con volver a verla. Que este encuentro, inesperado e incómodo, casi casual, jamás se me había cruzado por la mente. Que somos dos desconocidos, en fin, que han estado jugando a no encontrarse durante demasiado tiempo.
Ella sonríe, o al menos lo intenta; su cara, envejecida, se ilumina con el bello surco de sus labios, y las piernas más hermosas del mundo huyen de mi deseo, refugiadas en un par de botas Christian Louboutin. Supe amarla una vez, recuerdo, supe tenerla desnuda, exhausta y satisfecha. Ahora, sin embargo, hablamos sin hablar, como quienes le temen a la memoria, al ayer y al paso de tiempo. Frente a frente, abrigados y sonrientes. Dos extraños, al fin y al cabo.
—No hay nada que decir —admito por fin, mientras el tren de las 21:47 anuncia su llegada.
Laura asiente, fingiendo que en verdad me cree.
—Igual que entonces.
Sus palabras me saben a reproche. A reproche y a resignación, y no logro decidir qué es lo que me duele más.

***

El París de 1981 en nada se parecía al que yo había soñado leyendo a Guy de Maupassant. Tampoco era aquella ciudad malhadada a la que Rimbaud le había dedicado las rimas de su Orgía Parisina, ni guardaba ninguna semejanza con la de Por el camino de Swann. En realidad, lo único que tenía de literario era el diluvio que se derramaba por encima de nuestras cabezas.
Era de noche, llovía y las gruesas gotas caían sobre el empedrado entonando melodías que hablaban de bailarinas de burlesques con largas piernas y besos costosos, pero igual de largos. De fiestas eternas que arrastraban a los juerguistas por todas las diminutas callejuelas de Montmartre. De artistas, pobres y malditos, que deshojaban sus propias escenas de una vida en Bohemia.
—Pensé que no ibas a venir, Nicolás —me confesó Laura, al verme entrar a la estación.
Yo me encogí de hombros y no dije nada. Llevábamos tanto tiempo juntos que ya sabía cuándo sobraban las palabras.
Nos habíamos conocido tres años atrás, en un seminario sobre Literatura Latinoamericana en la Sorbonne. Por suerte, creía entonces. Por desgracia, supe después.
Laura era uruguaya, y se había escapado de un Madrid y de un padre, embajador plenipotenciario, que no podían ni querían entenderla. Yo, en cambio, me había rajado de un país que festejaba los goles de su selección nacional —con bocinas, pasión de bodegones y lluvia de papelitos picados—, mientras una generación entera de estudiantes iba a parar a la ESMA. Éramos, en síntesis, una pareja de exiliados condenados a encontrarse. Como la Maga y Oliveira de ese Rayuela que ella nunca quiso leer.
Los primeros meses habían sido, sin lugar a dudas, los mejores de toda mi vida. Noches de bailes, de absenta y de besos dados con los ojos por culpa de los labios cobardes. Crepúsculos interminables, que nos encontraban respirando la bohemia de los bares del Quartier Pigalle. Mañanas de peregrinaje, tomados de la mano, a través de los estanques del Jardin du Luxembourg y por las callejuelas retorcidas de Montparnasse. Tardes, en fin, de bebida, locura y encuentros furtivos por los rincones de un París que parecía desangrarse en mil ocasos nacidos de una paleta impresionista.
 Lo otro había venido después. El desconcierto y la desazón. El ya no saber reconocernos en la mirada ajena. La duda que crecía entre nosotros como una hiedra venenosa.
—¿Qué hacemos acá, Lau? —le pregunté por fin.
Ella esbozó una breve sonrisa no desprovista de cierto desconsuelo. De esa tristeza infinita de quien sabe que el final acecha a la vuelta de la esquina.
—Quiero ver el mar.
Ahora fue mi turno de sonreír con nostalgia. No sé por qué, pero al oírla creí comprender que nunca podríamos ser del todo felices juntos. Que quizás la decisión que Laura había tomado, la misma que acababa de comunicarme por teléfono un par de horas antes, era la correcta. Que, de no hacerlo así, tarde o temprano acabaríamos volviéndonos el uno contra el otro. Sin embargo, y aun sabiéndolo, compré dos pasajes con destino a Le Touquet.
Ninguno de los dos dijo nada durante el viaje. Estábamos demasiado absortos en el peso de nuestros propios pensamientos, en esos reproches que no nos atrevíamos a expresar, y creo que ambos sentimos un secreto alivio cuando el tren se detuvo en aquel balneario de arenas húmedas y heladas.
Para ese entonces, la noche poco a poco comenzaba a llegar a su fin y un suave aguacero besaba las dunas de la playa. A lo lejos, bajo el cielo huraño y sobre las inquietas olas, un pequeño velero luchaba contra la furia del oleaje. Se lo va a devorar, pensé caminando en silencio, y me puse a imaginar cuánta soledad le cabría después en su vientre de madera, allí, en el fondo del océano.
—Seguís pensando que no está bien, ¿verdad? —me preguntó Laura, deteniéndose frente a mí—. Que hay otras opciones. Otras formas. Otros medios…
Quise responderle, pero las palabras se quedaron congeladas en mis labios. El mar olía a lluvia y la lluvia sabía a sal.
—Bueno —insistió ella con tristeza—. Lo entiendo.
Pero no, no entendía nada. Fue entonces que lo supe. Supe que si quería podría hacerla cambiar de opinión. Que ella estaba dispuesta todavía a hacer un último sacrificio por mí. Supe, en fin, que hay trenes que pasan solo una vez, pero dudé un instante y aquella duda me condenó para siempre. El expreso salió y yo no fui capaz de abordarlo.
—Decí algo, Nicolás, la puta madre —me puteó Laura—. Decí algo, por favor.
Me encogí de hombros, odiándola y odiándome a mí mismo. Sabiéndome cómplice de todo aquello. La cobardía debería estar tipificada en el código penal.
—No hay nada que decir, Lau.
Tal vez, si la lluvia hubiera menguado, podríamos haber visto los primeros rayos del alba reflejándose sobre la superficie brumosa del mar. Tal vez, podría haberla besado entonces, retornando a esa piel que una vez me había pertenecido y ya nunca más lo haría. Tal vez, si se hubieran alejado aquellas nubes grises de tormenta, me habría atrevido a jurarle con mis labios mentirosos que sería suyo por el tiempo que quisiera. Tal vez. Pero seguía lloviendo, y ni ella ni yo éramos los que deberíamos haber sido.
—Volvamos —dije finalmente—. Fue al pedo esto; vos ya estás decidida y no vas a cambiar de opinión.
—No —respondió Laura. No sé si lloró, no quise mirarla a los ojos—. Ni voy a cambiar de opinión, ni deberíamos volver… —Y, dándose media vuelta, se alejó por el sendero que abandonaba la playa.
Debí haberla seguido, pero no lo hice. De hecho, descubrí viéndola desdibujarse bajo el aguacero, nada me apetecía más en el mundo que quedarme sentado allí, en aquella difusa orilla, esperando los restos de la marea.
A lo lejos, tras los despojos mortecinos de lo que podría haber sido y ya no era, el mar aún olía a lluvia, y la lluvia seguía teniendo sabor a sal.

***

Volvimos a vernos, a mediados de los noventa, en la decimoquinta edición del Salon du Livre. París aún era París, yo me había convertido en el escritor que siempre había soñado ser, y Laura, por su parte, trabajaba de reportera para TV5Monde.
Poco quedaba en ella de la uruguaya a la que había amado, comprobé dando una entrevista para su canal. Ahora era una auténtica parisina, de esa que se visten de exceso y de Yves Saint Laurent, dejando a su paso una estela de Chanel nº 5. Una francesa hecha y derecha, moviéndose con garbo, como si el mundo le perteneciera.
—Caminemos —propuso Laura, luego de entrevistarme para su canal—. Caminemos, Nicolás. Cuando un hombre desaparece por casi quince años lo menos que puede hacer es caminar con su vieja amiga.
La puta madre, puteé para mis adentros, comprendiendo que el destino tenía un sentido del humor de lo más amargo. La putisima madre que me remil parió.
Pero no dije nada, cobarde como siempre, y tras despedirnos de su equipo abandonamos el Place de la Porte de Versailles, bajo un paraguas gris que nos protegía de la llovizna que caía. En silencio, siempre en silencio, incapaces de encontrar las palabras adecuadas ahora que las cámaras ya no nos filmaban; sin apenas darnos cuenta de que nuestros pasos nos habían hecho atravesar todo el decimoquinto distrito, por la rue de Vaugirard, hasta llegar por fin al Metro de Notre-Dame.
Corría el año 1995 y los primeros albores de la primavera se deshojaban en el calendario. Sin embargo, la lluvia era fría, de gotas que flotaban en el aire en lugar de caer, y yo ya estaba cansado de tanto vagar sin rumbo, así que le sugerí que nos tomáramos un café. Tal vez por cortesía. O, quizá, porque me sabía incapaz de tolerar ni un segundo más ese silencio de reproches no formulados que nos estaba hundiendo.
—Tengo una idea mejor —respondió Laura, y me condujo de la mano hasta un pequeño cine en la rue de Rennes.
L’Alerquin, rezaba un cartel en letras rojas sobre la marquesina, y abajo, en una de las grandes puertas vidriadas, un afiche en blanco y negro anunciaba la proyección de la semana: Sátántangó.
Las casualidades no existen, o eso dicen, así que supongo que su invitación escondía una oscura motivación. Tal vez, conocía la duración exageradamente larga de aquel film, y buscaba de alargar la inevitable despedida. O, quizás, tan sólo necesitaba sentirme cerca, pero le temía a las preguntas que el silencio siempre suscita, y comprendía, con ese sexto sentido tan propio de su género, que no existía en todo París ningún escondite que fuera a la vez tan íntimo y tan público como la sala de ese cine.
Honestamente, no recuerdo qué fue lo que me decidió a aceptar su invitación, a dejarme convencer por el doloroso anhelo que se adivinaba en su voz; pero lo hice, y así terminamos los dos: sentados en una sala medio vacía, aguardando a que comenzara la proyección. Nuevamente callados. Habiendo agotado el suministro de palabras disponibles, incluso cuando eran tantas las que nos quedaban pendientes todavía.
Demasiadas cosas habían cambiado, observé entonces, buscándome en el espejo de su mirada. Yo tenía menos pelo, más ojeras, y a Laura una fina red de arrugas le había tomado por asalto las esquinas de sus párpados. Los años no perdonaban a nadie, ni siquiera a los recuerdos. Y, aunque era todavía tan guapa que hasta dolía, algo dentro de ella se había perdido para siempre.
Algo muy dentro de los dos, pensé sin dejar de mirarla. Todavía éramos culpables, ella y yo, y esa certeza me hizo entender que el tiempo transcurre de un modo irregular: por más lejos que intentemos huir, siempre acabamos regresando al mismo sitio. Al mismo punto de partida.
La película empezó y el cine se pobló con las imágenes de una lluvia en blanco y negro, de un diluvio interminable, de una eterna sucesión de derrotas que sepultaban a la Hungría comunista.
—Lo hiciste, ¿verdad? —me atreví a preguntarle, entre susurros, al cabo de una hora; o dos, o seis.
—¿En serio importa?
En la pantalla, una niña caminaba bajo la llovizna con el cadáver de un gato entre las manos. Igual que nosotros, pensé. Exactamente igual que nosotros.
—Importa, Laura.
Una mueca amarga, de fracaso y resignación, se dibujó en su semblante
—Tal vez para vos, pero a mí hace rato ya que dejó de importarme.
La miré en silencio, conteniendo un enojo que amenazaba con desbordar el dique de mi garganta.
—Perdón, Nicolás —agregó ella después, poniéndose de pie—. Pensé que estaba preparada para esto; pero no, no lo estoy y se alejó por los pasillos apenas iluminados, perdiéndose bajo las penumbras que poblaban la sala. Malograda, irrecuperable. Igual de inasequible que la maleta extraviada por Hadley Richardson.
No va a volver, me dije viéndola desvanecerse. En Sátántangó, la lluvia y el viento arrastraban un millar de papeles por una calle oscura, nostálgica; una calle en blanco y negro, tan sombría como la respuesta que ella no se había animado a darme.
Ni en pedo vuelve, repetí, y sobre la pantalla unas gruesas letras grises anunciaron que no había salida.
Nunca la hay.

***

Y acá estamos ahora, tanto tiempo después, en pleno nuevo milenio. Iguales y distintos. Dos extraños que se torturan con la añoranza de lo que perdieron. Dos, siempre dos, sabiendo que algo en esa cifra nos condena. Como si el ser dos, y no tres, fuera un recordatorio constante de nuestra renuncia.
Ya ni siquiera recuerdo por qué acepté su invitación. Debí haberme negado a regresar a esta ciudad, más allá de lo que dijeran los de la editorial. Debí haberme subido al primer vuelo con destino a Argentina en cuanto Laura descubrió dónde me alojaba. Debí haberle dicho que no, que no quería tomarme ni siquiera un café, que ya tenía suficiente con su último plantón, y que no iba a cambiar de opinión por más que se pasara toda la tarde telefoneando al Continental.
Sin embargo, dije que sí, y es por eso que estoy acá, todavía en Saint-Lazare. Comprendiendo que ella sigue empecinada en disfrazarse de Zelda Fitzgerald y que yo, por mucho que intente evitarlo, estoy atado a un destino derrotista que nada tiene que envidiarle al del propio Scott.
Mientras, sigue lloviendo. Una garúa fina que agoniza sobre las luces de los faroles. Como en un tango. O un blues. Como en esas canciones, esos libros, esas películas que nunca volverán a pertenecernos.
—Esto es un error —dice ella entonces.
La miro y las palabras mueren en mi garganta. De pronto me siento dentro de Seda: asistiendo a mi propia vida; sabiendo que es demasiado tarde ya como para experimentar cualquier ambición de vivirla; observando mi destino del mismo modo en que Hervé Joncour contemplaba el lago de su jardín.
—Uno más —respondo finalmente, con el deseo consciente de herirla.
La tristeza del mundo entero agoniza en su sonrisa.
—Treinta años, Nicolás, treinta años y seguís siendo el mismo hijo de puta de siempre.
Me detengo en esa sonrisa, ahora tan lejana, tan prohibida, y rememoro todo aquello que no hicimos. Recuerdo sus labios con mis besos, sus caricias con mi cuerpo y aquella elección que tomamos por cobardes.
El amor es como un sueño, creo comprender. O como un viaje. Te arrastra a lugares misteriosos, a sitios insospechados. Enamorarse siempre conlleva riesgos: el riesgo de lo desconocido, de lo azaroso, de lo improbable. El peligro de no saber hasta dónde te llevará el camino y si algún día acabarás por despertarte.
—¿Para qué me llamaste?
—Para hablar.
Afuera la noche se nos deshace en lluvia. Igualito que en Sátántangó.
—No tenemos nada de qué hablar, Laura.
Hacete cargo, quiero decirle. Hacete cargo, la puta madre. Pero las palabras no nacen, no brotan, no viajan. Se aferran a mi mente, agonizantes. Como el último tren de una estación en ruinas.
—Podemos empezar pidiéndonos perdón… —dice ella.
La risa que brota de mi garganta es irónica y amarga. Tanto, que hasta yo mismo retrocedo asustado.
—La Laura de hace treinta años no hubiera pedido perdón —contesto finalmente, sabiéndome un perfecto imbécil—. Parecía muy orgullosa de lo que hacía.
Ahora sí llora. Llora y lo peor de todo es que no me siento ni un poco culpable.
—Ya no soy esa Laura, Nicolás —consigue responder—. Cambié. Todo cambia en esta ciudad de mierda. Todo. Como el mar en el cuento de Hemingway…
A lo lejos, como en esas películas que uno mira sin mirar, ella sigue hablando, pero yo ya no la escucho. Acabo de descubrir que aún no soy capaz de perdonarla. De perdonarla y perdonarme. De pasar página. Sigo anclado al pasado, a nuestros errores, a las frases que el miedo aprisionó en mi interior, y es por eso, tal vez, que ahora la observo sin decir nada. En silencio, derrotado. Pensando en otros verbos, en otros finales, en otra historia del propio Ernest. Sabiendo que ya no nos queda nada, ni siquiera París. Viendo colinas blancas como elefantes agonizar tras los tejados que se insinúan bajo la lluvia.
 
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Muy cuidada la prosa, la manera de escribir denota una persona inteligente y cultivada. Es un estilo que no todo el mundo es capaz de conseguir. Sin embargo, yo soy más de acción. Buen trabajo
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#3
Relato para mi gusto demasiado recargado. Numerosas referencias denotan a un autor culto, que trabaja bien los silencios de los personajes, que dicen mucho diciendo poco. Aprecio este estilo porque pocos son capaces de lograrlo, pero no es para lectores como yo. Eso no quita que pueda apreciar el buen trabajo que hay en él.
Suerte!
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#4
Misterioso autor, quien serás?
Poesia en forma de relato, una catarata de sentimientos y emociones que abarcan las vidas de estos dos seres tan desencontrados, contada en un espacio tan breve como atemporal. Con esto quiero decir que la pluma es recargadisima, pero fluye como seda, lo leí de un tirón.
Las numerosas referencias se me escapan en su mayoría, e invitan a investigar, eso me gusta.
En fin, excelencia por donde se mire!
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#5
Un buen relato, con un lenguaje muy cuidado, culto, muy trabajado. Me ha gustado mucho la ambientación y las referencias a escritores vinculados a París, así como los lugares de esta ciudad tan bonita. En ocasiones me ha trasladado al París bohemio de los pintores impresionistas. También he notado que el autor ha utilizado el recurso del iceberg de Hemingway, ocultando un dato todo el tiempo y que es el conflicto en torno al que gira la historia (ese hijo que la pareja protagonista no tuvo y que fue la razón de su separación). La lluvia como leitmotiv también me ha gustado, la he sentido presente, hasta la he olido.
Felicidades y suerte en el reto.
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#6
Un relato formado en base al conflicto emocional de los personajes y de lo no dicho. El silencio como estrategia está muy bien empleado aunque debo admitir que necesite dos lecturas y un poco de ayuda para comprender lo que pasaba. Es un texto que requiere una lectura muy atenta y sin distracciones lo que lo hace estar en desventaja con las lecturas más sencillas del reto. Sin embargo gana mucho por el uso de un estilo culto, recargado pero que no llega a ser denso. Tal vez hubiera sido bueno ver como lleva su vida el protagonista fuera de su relacion con esta mujer para asi ver si esa mirada tragica y melancolica es solo propia de sus interacciones. Exitos en el reto.
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#7
Pues empezamos las lecturas con un gran trabajo tanto a nivel de narración como de historia. A veces la lectura se me ha hecho algo cargante al incidir en algunas cosas como la lluvia, aunque es un recurso que el autor/a utiliza para hacer más visual (y melancólico, diría yo) el relato.
Me encantó esta frase: "Se lo va a devorar, pensé caminando en silencio, y me puse a imaginar cuánta soledad le cabría después en su vientre de madera, allí, en el fondo del océano." La encuentro de una belleza espectacular, hay otras, pero esta me ha cautivado.
Por último, ¿por qué será que todos los relatos que he leído en retos en el que aparece París son tan tristes, melancólicos?
En fin, un gran trabajo que, sin duda, se llevará una gran puntuación. Suerte!
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#8
Hola que tal,

Voy con mi primera opinión que doy para este reto (y espero para los que siguen) y para el foro como tal. De todos los relatos empecé por este al azar y vaya que me ha agarrado con la guardia baja, no esperaba este tipo de contexto ya que uno concibe otro más acorde a la naturaleza del género que aquí domina. Pues me ha parecido excelente, el autor desborda su vasto repertorio de conocimiento literario que busca encajar de una manera u otra (habría que revisar los títulos para ver si forzoso o no) lo que demarca la influencia de su prosa. En lo personal no me parece recargado, su influencia hemingwaiana como él llama se despliega en muchos tramos del relato, por tanto yo creo que es parte del estilo del autor, cosa que no le podría reprochar que sería lo mismo que reprocharle a un escultor su juicio sobre perfiles y protuberancias. No sé si a otro como a mí lo tomo desprevenido, pero la nostalgia y melancolía el autor logra desplegarla con sobriedad sin necesidad de descripciones redundantes y sin objeto, matiza bien los personaje y sus sensaciones introspectivas que pareciera que solo comparte con el lector, a medida que lees te das cuenta que el otro personaje también los percibe. Cuando lo leí me conseguí gratamente con algunas frases originales y otras levemente parafraseadas. 

Este escrito es un buen ejemplar, y en este reto habrá que ver si la calidad de su prosa compensa el alejamiento que tuvo con el género fantástico, que creo que en esta comunidad tiene bastante peso.


Saludos y suerte.
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#9
(12/02/2019 05:08 PM)Wherter escribió:  Por último, ¿por qué será que todos los relatos que he leído en retos en el que aparece París son tan tristes, melancólicos?

Porque será, mi querido Wherter... Rolleyes Brujeria, sin duda alguna Big Grin

¿Paris y melancolia? Todos sabemos quien eres, y que cuando te presentas a un reto prometes maravillas. Y maravillas nos traes una vez mas. No hay mucho mas que decir del relato... Me alegra volver a verte por aqui Wink
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#10
Es un relato con todo lo que no me gusta. No me gustan las referencias, porque generalmente, como en este caso, se me escapan todas. No me gusta leer hablar a los personajes y no entender porque dicen cada cosa, que problema tienen. Detesto la melancolía, me aburre. Y le falta acción y fantasía. Aún así, me parece un gran trabajo por parte del autor. Y me alegró leer puteadas que yo mismo uso en la vida y no las que acostumbro a ver (y lo digo con todo el respeto hacia los joder! Coño! Ostia!).
Buena suerte en el reto!
-¿Acaso buscas la muerte?
-No, porque sé que se esconderá hasta que sea ella quien busque y yo quien se esconda.

 
                                                                                                                                                                                 
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