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Reto Ene19: El Sacrificio
#1
EL SACRIFICIO


La tarde apenas comenzaba a caer cuando Arianna llegó a Luria.
Bajó de la montura de un salto y siguió a pie mientras se adentraba en la aldea. El silencio era total, al punto que sólo se oía el sonido sordo de los cascos de su yegua sobre el suelo lodoso.
Arianna había viajado durante varios días sin rumbo fijo, buscando una nueva misión. Era lo que había hecho desde su juventud, ganarse la vida como mercenaria. Pero su vagar había sido poco fructífero durante las últimas semanas.
El pueblo al que había llegado, guiada por el destino o la casualidad, parecía un poblado fantasma. Caminó por el camino principal, una simple calle de tierra. Las casas a un lado y otro eran austeras y de aspecto antiguo. Notó que en algunas ventanas unos rostros adustos se asomaban y la observaban pasar, para esconderse enseguida tras las cortinas o cerrando los postigos si se les quedaba mirando fijamente.
Para su alivio, no era un pueblo abandonado.
Más adelante divisó algo de movimiento, unas personas paradas en la puerta de un edificio. El sonido de vociferaciones llegó enseguida. Independientemente de lo pobre que fuera un pueblo siempre había una posada. Luria no era la excepción.
Arianna apresuró el paso, mientras guiaba a la yegua hacia la entrada de la posada.  
Cuando llegó a la puerta, ató a su montura a un poste y entró al recinto.
Era la típica taberna de pueblo, poco iluminada y llena de polvo. Todos los presentes eran pueblerinos, algo que no le resultó demasiado extraño, ya que un lugar tan alejado de la civilización no era lo más atractivo para los viajeros.
Las miradas se posaron inmediatamente sobre ella. Las visitas no eran habituales, menos aún mujeres de aspecto rudo y armadas como guerreras. Arianna también llamaba la atención por su talla y porte. Era alta, de fuerte complexión. Su cabello negro ensortijado caía por encima de sus hombros y estaba cortado de forma descuidada. Unos mechones blancos caían sobre su frente. Su rostro tenía una expresión recia y su piel estaba curtida por las largas jornadas vagando por tierras y climas muchas veces inhóspitos.
En el recinto se hizo silencio. Luego, unos susurros se oyeron entre las mesas, pero se apagaron apenas la mujer posó sus ojos entre los chismosos, que bajaron la vista de inmediato para continuar en sus asuntos.  
Arianna se acercó a la barra. El posadero, un hombre regordete de aspecto nervioso, hizo una reverencia torpe y se apresuró a tomar su pedido.
—Dame lo más fuerte que tengas —dijo la mujer, con una media sonrisa burlona.
El hombre asintió y se retiró. Unos instantes después regresó y dejó la bebida frente a la mercenaria.
Arianna bebió la mitad de un sorbo. Aguardiente barata, aunque lo suficientemente buena para un lugar de mala muerte como era ese pueblo.
La mujer miró a su alrededor. Se resignó a que el alcohol de mala calidad sería lo más interesante que iba a encontrar entre esos aldeanos. Estaba decidiendo si pasaría la noche allí o seguiría algo de camino para acampar en las afueras, cuando algo llamó su atención.
Una mujer entró a los gritos a la taberna. Era joven, pálida y delgada, y estaba bañada en lágrimas.
—¡Por favor, que alguien me ayude! —la mujer suplicaba con desesperación, mirando a todos a su alrededor.
Algunos de los pueblerinos se acercaron, otros se mantuvieron a distancia, pero todos observaban la escena. Arianna también observaba desde el taburete, mientras apuraba lo que le quedaba de su trago.
—¡Se llevaron a mi niño, los demonios se llevaron a mi niño! —gritó, mientras caía de rodillas.
La mujer cargaba algo en sus brazos, una manta vacía que dejó caer al suelo.
Los pocos pueblerinos que se habían acercado a la joven dieron un paso atrás al oírla, algunos se retiraron lentamente, volviendo a sus asientos y fingiendo indiferencia, otros salieron de la posada de regreso a sus casas.
La mujer veía desesperada cómo el círculo de personas que la había rodeado la dejaba sola. Sólo una anciana permaneció a su lado, una mujer encorvada que le sujetaba la mano tratando de calmarla.
Arianna se acercó. La joven posó sus ojos sobre ella.
—¿Demonios? —preguntó la mercenaria.
Se hizo un silencio tenso y luego la joven rompió a llorar mientras se enjugaba el rostro con la manta. Finalmente la anciana que estaba a su lado habló.
—Los demonios del camposanto. Se roban a nuestros niños desde que tengo memoria.
Arianna se relamió, pensando que tal vez se le estaba presentando la oportunidad que deseaba.
—Hábleme de esos demonios, anciana —preguntó la mercenaria, notando que la joven madre estaba hecha un ovillo y sollozaba en el suelo.
—Están en el camposanto que está justo al sur, detrás de la colina que está a la entrada del pueblo. Es un lugar maldito que nadie sabe quién construyó. Allí habitan las criaturas. Son seres horrendos, de cuerpos putrefactos y huesudos. Nada los puede matar, si es que se puede decir que estén vivos. Ni siquiera le temen al fuego. Se roban a uno de nuestros niños una vez al año, nunca podemos prever cuando. Pero nunca más sabemos de ellos. Los perros aúllan a la medianoche cada vez que ocurre. Debes saber lo que eso significa. Los perros anuncian una muerte cada vez que cantan a la luna.
—Sacrificios…  —la mercenaria dijo, pensando en voz alta.
—La anciana asintió.
Arianna pensó un instante. Por la descripción no parecía tratarse de más que unos simples necrófagos. Destruirlos no sería muy problemático, se había enfrentado a ese tipo de seres más de una vez y tan sólo bastaba con desmembrarlos para volverlos inofensivos. Y donde había necrófagos había un nigromante. La clave era matar al titiritero para que los necrófagos volvieran a ser unos simples cadáveres.
—¿Qué tienes para ofrecer a cambio de que recupere a tu hijo? —dijo la mercenaria a la joven, con total frialdad.
La mujer dejó de sollozar, se arrastró a los pies de Arianna y le suplicó.
—Tendrás mi eterna gratitud. Y este pendiente de plata que perteneció a mi familia. Es lo más valioso que poseo —la mujer se desabrochó la cadena que rodeaba de su cuello y de la que pendía un símbolo plateada en forma de cruz, y se la ofreció a la mercenaria.
Arianna tomó el pendiente y lo miró a la luz de una lámpara, parecía de plata auténtica.
—No es suficiente, no me arriesgaré por tan poco —contestó mientras arrojaba el colgante de regreso a la mujer.
La mujer se abrazó a su pierna y volvió a suplicar.
—Te ofrezco todos mis ahorros, unas pocas monedas de plata, pero por favor ayúdanos —pidió la anciana, en apoyo a la afligida madre.
El silencio lentamente fue rompiéndose. Varios pueblerinos se sumaron al pedido y prometieron sus ahorros si lograba liberarlos de los demonios.
Arianna estaba logrando su cometido, exprimiría hasta la última moneda del pueblo por una tarea que no parecía demasiado complicada.
Finalmente el posadero se acercó, y abrió una bolsa ante la mercenaria. Estaba llena de monedas de oro.
—Serán tuyas, junto a todo lo que ya te han ofrecido, si logras destruir a esas bestias y traes de vuelta al hijo de esta mujer. Esos monstruos se llevaron a mi hijo el año pasado —dijo el hombre, con los ojos enrojecidos por el dolor del recuerdo.
Arianna sonrió interiormente.
—Tendré que partir de inmediato, antes del sacrificio de medianoche. Volveré con el mocoso y me llevaré todo lo que me han ofrecido, es un trato —advirtió, observando a todos los presentes.
La joven madre dejó de sollozar y se abrazó a la pierna de la mujer agradeciéndole. Ésta se sacudió para apartarla y salió de la posada.


El manto de la noche se derramaba sobre la línea rojiza del horizonte cuando Arianna llegó al camposanto. Pronto iba a anochecer. No era lo más prudente enfrentar seres malignos durante las horas de oscuridad, pero no tenía otra opción, tenía que llegar antes de la medianoche.
El camposanto era un lugar vetusto, rodeado de unas murallas bajas y derrumbadas en su circunferencia, que poco servía ya de cerco. Las puertas de rejas oxidadas estaban medio desprendidas de sus bisagras, abiertas de par en par y semienterradas en el fango.
La yegua relinchó y se encabritó cuando se acercaron. Arianna la espoleó un par de veces, pero el animal se negó a avanzar. Volvió a erguirse sobre sus patas traseras, al punto que arrojó a la mujer al suelo.  
—¡Maldita! —gritó, mientras se ponía de pie y se sacudía la tierra de la ropa.  
La montura se alejó al trote.
—¡Lárgate, compraré otra bestia mejor cuando termine con esto!
Se adentró en el camposanto. Las tumbas eran un conjunto de lápidas derruidas y amontonadas, cubiertas de líquenes y moho. Algunas eran tan viejas que apenas se leía alguna inscripción en un idioma que la mercenaria desconocía.
Siguió caminando, atenta a cualquier movimiento, con la mano en la empuñadora de la espada. Cuando estuvo cerca de un mausoleo algo la alertó. Un movimiento, una sombra que se movió furtiva entre las piedras.  
Esperó un instante y una silueta emergió. Un ser esquelético de brazos largos y huesudos. El rostro era una calavera con la piel colgante y uno ojos blancos y pútridos. Un necrófago ordinario, tal como Arianna había supuesto.
El ser abrió la boca y le mostró los dientes afilados. Lanzó un grito agudo mientras se abalanzaba sobre la mercenaria, con una velocidad inesperada para un ser de aspecto tan desgarbado.
Arianna desenfundó la espada y antes que la criatura pudiera ponerle las garras encima le arrancó la cabeza de un golpe.
La cabeza cayó a varios pasos, chillaba aún con furia y mordisqueaba en el aire. El cuerpo decapitado siguió su curso arrojándose sobre la mujer, pero ésta lo esquivó ágilmente y descargó su espada cortándolo en dos.
Las piernas quedaron temblando en el suelo y el torso se arrastró buscando ciegamente a la mercenaria. Arianna se acercó y le cortó ambos brazos, impidiéndole la movilidad.
Pero la mujer no bajó la guardia, ya que donde había un necrófago siempre había muchos más.
No se equivocaba. Varios de estos seres emergieron de entre las tumbas, rodeándola. Eran rápidos a pesar de su débil apariencia. Arianna sabía que no debía dejar que la atraparan con sus garras porque eran más fuertes de lo que parecían. Y sus mordidas eran letales.
Las criaturas la atacaron pero la espada de la mujer hendía el aire haciéndolo silbar, mientras cercenaba brazos, piernas y cabezas. A pesar del número no eran rivales para ella.
Finalmente, luego de varios embates, se encontró rodeada de miembros y vísceras, como un como un campo de batalla tras una cruenta contienda. Con la diferencia que los restos de los cadáveres no dejaban de moverse y arrastrarse como gusanos a su alrededor.
Si tenía tiempo, los prendería fuego más tarde. Primero tenía que exterminar al amo de los necrófagos para romper el hechizo que los mantenía vivos en la muerte.
Se volvió, atenta a su alrededor, presta a volver a combatir, cuando oyó el llanto lejano de un niño.
Aguzó el oído y notó que el mismo provenía de una construcción más adelante, un edificio algo más grande que no parecía un mausoleo, sino una especie de capilla de piedra negra, algo derruida pero aún en pie.
Se acercó y cuando llegó a la entrada de la capilla, la arcada sin puertas la recibió, una boca de negrura que parecía haber condensado la noche en su interior. Encendió una antorcha e iluminó el vestíbulo antes de dar los primeros pasos dentro de la construcción.
El interior era bastante amplio y tan oscuro que la luz de la antorcha apenas iluminaba el recinto. El techo apenas se veía como una sinuosa superficie gris. Dos hileras de bancos flanqueaban un pasillo ancho, que conducía adelante a más negrura, allí donde debía haber un altar en una capilla normal.
Avanzó unos pasos. El llanto del niño volvió a escucharse, esta vez con más claridad, en lo profundo del santuario.
Apresuró el paso hasta que una voz grave y cavernosa la detuvo.
—Regresa por donde viniste mujer, los que derrotaste allí afuera son apenas la antesala del aquelarre. No interrumpas el rito sagrado, es noche de sacrificios.
La mujer rió, y se detuvo, desafiante.
—Muéstrate, brujo, he venido a matarte y terminar con esto. Entrégame al niño y tu muerte será rápida. No me lo entregues y conocerás el significado de la palabra dolor.
De inmediato el recinto se iluminó mostrando sin pudor el interior del recinto. La antorcha se le apagó de súbito, obra del algún hechizo. El techo abovedado estaba enteramente pintado con escenas de tormentos infernales, mostrando innumerables seres humanos siendo torturados por demonios en las formas más atroces. Las columnas estaban adornadas con esqueletos que colgaban de ellos en posiciones retorcidas y tortuosas. Había varios altares alrededor, con unos santos deformes de aspecto siniestros. Todo el suelo alrededor estaba atestado de huesos y cráneos humanos.
Adelante, sentado en un trono de granito, un hombre aguardaba. Su rostro era pálido, los pómulos estaban hundidos. Los ojos eran negros y la mirada vacía.
Las ropas amarillas que vestía parecían un atuendo ceremonial, elegante en alguna época, ahora era un conjunto de harapos deshilachados que le daban un aspecto enfermizo. Sobre la cabeza calva llevaba una especie de mitra ceremonial cubierta de polvo y telarañas.
—Tuviste tu oportunidad, mujer, ahora recibe el abrazo de la muerte —sentenció el nigromante, mientras se ponía de pie y elevaba el brazo. De su boca comenzaba a brotar un cántico tenue y gutural.
Arianna corrió hacia él y con un salto se le plantó justo delante. La espada hizo un tajo en el pecho del hombre, que chilló de dolor mientras trastabillaba y luego cayó desparramado sobre el trono. La sangre negruzca manchó sus ropas sucias y los ojos desorbitados observaban incrédulo a la mujer que había interrumpido su maldición con una velocidad inesperada.
La mercenaria sonreía burlona y triunfante, levantó la espada y de un golpe cercenó el cuello del brujo. La cabeza rodó dejando un rastro oscuro y rojizo, yendo a parar contra una pila de huesos.
—Golpea primero y habla después, llévate esa enseñanza para tu próxima vida —comentó la mujer.
El llanto del niño volvió a sonar. La mercenaria se encaminó detrás del trono. Una arcada al otro lado daba a un pasillo oscuro y al final del mismo se veía una habitación iluminada.
Avanzó con cautela por el pasillo y llegó a un recinto circular, decorado con el mismo estilo macabro de la capilla anterior.
En el centro del mismo había un altar de piedra, lleno de inscripciones rudimentarias. Sobre el mismo una manta envolvía a la criatura que lloraba. La mujer se acercó y recogió la manta y la desenvolvió para darle aire al niño, que parecía ahogarse en su interior.
Pero de inmediato la soltó y dio un salto hacia atrás. Casi vomitó del asco al ver lo que se retorcía en el interior ensangrentado de la manta. Un antebrazo y una mano humanos que se retorcían y saltaban como un pez fuera del agua.
Arianna dio unos pasos hacia atrás, confundida, viendo el miembro convulsionado en el suelo hasta que detrás del altar una figura emergió, una mujer delgada y pálida, con las ropas andrajosas y el cabello revuelto. Era la supuesta madre del niño. Reía compulsivamente, observándola con los ojos desorbitados, mientras se arrastraba por encima del altar con los movimientos de una araña. Chillaba imitando el llanto de un niño, mientras de entre los dientes afilados le caía un hilo de babas sanguinolentas.
De las sombras del fondo emergió otra figura. Reconoció en ella a la anciana de la taberna, con un aspecto igual de decrépito que la otra mujer.
Arianna se volvió para huir, pero detrás de ella una turba de necrófagos había ingresado por el pasillo, impidiéndole la huída. Desenvainó la espada, lista para aniquilar a todos a su alrededor. Pero algo la detuvo.
En medio de los cadáveres, se abrió pasó una figura. Un ser vestido con andrajosas ropas amarillas.
—No puede ser, te he asesinado… —dijo incrédula.
— No puedes matar lo que yace eternamente... —sentenció el recién llegado.
—¡Sí que puedo, maldito brujo! —gritó ella, levantando la espada y abalanzándose otra vez sobre el nigromante.
El hombre levantó el brazo y de inmediato Arianna salió impulsada hacia atrás, golpeándose contra el altar de piedra.
—Me confundes con un simple nigromante, mujer. Pero soy mucho más que eso, soy Astareth, Señor de los Muertos.
Mientras intentaba recuperarse, Arianna notó que una garra la sostenía con firmeza contra el suelo. Era la joven de rostro desquiciado, la falsa madre que con su brazo libre acunaba el miembro cercenado y tembloroso entre la manta, como si se tratara de un verdadero niño. Del otro lado la anciana tullida la sostenía también con sus garras, impidiéndole levantarse.
—Los habitantes del Luria han cumplido nos han enviado un alma impía una vez más! ¡Comed, hijos míos, saciaos de la carne de esta infame!
Arianna, aún aturdida, observó el rostro del nigromante que se descomponía y agusanaba mientras se le acercaba.
—¡Tan sólo dejadme su negro corazón, hijos míos, un cáliz de negra sangre en honor a nuestra adorada Muerte!
Esto fue lo último que Arianna escuchó, a excepción de su propio aullido de dolor cuando un mordisco le arrancó el primer trozo de carne.

En el pueblo ya era medianoche y un perro comenzó a aullar al escuchar el grito de dolor en la lejanía. Luego se sumaron otros perros, formando una espectral sinfonía.
La música de los hijos de la noche, la señal del pacto que llevaría paz, durante un tiempo más, al pueblo de Luria y sus habitantes.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Y eso le pasó por no llevar una espada de plata: aficionados, que diría Vesemir XDDDD. Me ha gustado, la he leído a gusto porque tu forma de escribir fluye y no se recrea innecesariamente, vas al grano, como a mí me gusta. Me ha recordado por un momento a algún fanfic, que los hay, basados en la única supuesta bruja de Kaer Morhen (no es Ciri), y a mí el universo de la saga del brujo me pierde. Pero no, no dio la talla la muchacha. Muy bien, autor.
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#3
Un relato de fantasía, bien, me gusta el género.
La pluma es muy dinámica, se me hizo muy ameno a la lectura. La narración fluye sin tropiezos.
Respecto a la historia, me gustó el giro final y que no cae en un lo típico, muy por el contrario la protagonista tiene un destino inesperado.
Quizás la última parte me resultó un tanto apresurada, como que ocurre todo demasiado rápido.
Los personajes, pocos, aparecen bien delineados y reconocibles, sin caer en demasiados estereotipos.
Buen trabajo, autor!
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#4
Relato clásico de fantasía oscura, donde el forastero es engañado para ser sacrificado. Para mí es un relato plano en cuanto a historia y estructura, y aunque la narración va sola, hay algunas frases que necesitarían una corrección. Pero es lo que tienen estos retos, que pocas veces tenemos tiempo de dejar reposar a nuestros relatos y acometer una corrección tranquila.
Suerte!
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#5
Podria haber sido mas tragico con un protagonista mas amable ( la verdad, a semejante rata pesetera daban ganas de verla muerta Big Grin) y además hubiera sido mas inesperado, porque cuando el protagonista esta hecho para que no le cojas cariño, es obvio que va a acabar mal...

Por lo demas, ameno y muy bien narrado.
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#6
Y contigo cierro mis lecturas de este reto. Un relato de fantasía oscura que ha llegado a ser de terror por momentos con un entorno tétrico y lúgubre cargado de tensión. Algunas escenas fueron espeluznantes como la del cadáver disfrazado de bebe y aunque la idea no es original está bien aplicada y llega a causar el efecto deseado. Como nota de interés la protagonista no me caía tan mal como creo que era tu intención, de hecho me interese por ella y me hubiera gustado saber un poco más de ella. Tiene muy buena nota de mi parte.
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#7
Buen relato. Se nota que el autor es fan de Geralt de Rivia. La verdad es que cuando lo estaba leyendo me decía a mí misma: qué fácil parece la misión, la mercenaria va a acabar con la maldición como si bebiera un vaso de agua. Hasta que llegué al final inesperado.
Lo mejor del relato es ese final que no te esperas.
Suerte en el reto.
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#8
¡Buaaaghhh, que mal cuerpo se me ha quedado! ¡Pobre Arianna, y eso que era una elementa de cuidado! Lo que empezó al estilo de una aventura típica de Dragones & Mazmorras en el semiplano del terror (Ravenloft, para el que sepa de lo que hablo), se convirtió más bien en una historieta típica de Historias desde la Cripta.
Buena narración y atmósfera muy lograda, historia típica-clásica (eso me gusta), ágil y divertida, el autor maneja bien el ritmo desde al comienzo hasta el final, aunque parece un poco precipitada la aparición de la madre en la posada, teniendo en cuenta que Arianna acababa de llegar al pueblo y no le había dado tiempo ni de emborracharse. Creo que al relato le hubiese venido bien un período de maduración del miedo, es decir, que la guerrera estuviese algún tiempo en el pueblo antes de echársele encima todo el cotarro.
Pero bien, me he divertido leyendo y el final ha sido potente, crudo incluso para lo que se estila en este tipo de relatos.
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#9
Me gusto mucho. Por la clase de libros que leo y las historias que escribo, me resultó obvio que nada era lo que parecía, pero aún así el final tuvo una buena dosis de sorpresa. La ambientación oscura esta lograda, y la personalidad de la protagonista también. La única pega que pondría son errores en el armado de algunas oraciones.
Buena suerte en el reto!
-¿Acaso buscas la muerte?
-No, porque sé que se esconderá hasta que sea ella quien busque y yo quien se esconda.

 
                                                                                                                                                                                 
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#10
¿la hermana perdida de Geralt? Me encantó este relato y por encima de todo el giro final. Eso es algo que yo valoro muchísimo y este me ha llegado a sorprender muy gratamente. La narración es ligera, dinámica y fluye de una manera amena hasta ese final inesperado (hasta entonces todo me pareció demasiado fácil y lo achacaba al límite de palabras).

Enhorabuena autor/a, estarás entre mis favoritos!!!
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