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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 1)- Saga Geralt de Rivia
#1
KAER MORHEN

N.A. Sapkowski no explica lo acontecido desde el reencuentro del brujo y Ciri en Sodden más que leves pinceladas, que añadiré al relato; nos cuenta la llegada a Kaer Morhen y luego de nuevo un vacío hasta más de un año después, con la llegada de Triss Merigold a la fortaleza de los brujos. Este relato pretende llenar esos huecos.

Capítulo 1

Se acercaba el otoño.  Los bosques comenzaban a mullirse con las primeras hojas caídas, pardas y secas, a medida que, lentamente, los días menguaban. Anochecía, y en las noches podía sentirse ya el frío que anunciaba el cambio de estación.


El jinete encontró, por fin, un sitio de su agrado para pernoctar. El pequeño claro, franqueado por abedules que ya empezaban a verse dorados, tenía agua cerca y estaba rodeado por matojos y arbustos que les protegerían un poco del viento, frío e irritante, que acompañaba el día. Detuvo el caballo y bajó con cuidado.
Si alguien hubiera estado allí y el hombre no hubiera llevado la capucha puesta, se hubiera dado cuenta de que el jinete era un brujo. Llevaba una espada colgada en la espalda en lugar de en la cadera, y su empuñadura sobresalía por encima de su hombro; también hubiera visto que sus cabellos eran blancos como los de un viejo en su último año de vida, sin embargo no lo era en absoluto. Pero allí no había nadie y el brujo llevaba la capucha puesta.

Luego ayudó a desmontar a un segundo jinete, una niña de unos diez u once años que parecía cansada y lo estaba. La niña también cubría su cabeza con la capucha de la zamarra que la abrigaba, pero por los lados sobresalía parte de su melena cenicienta.
Llevaban casi toda la jornada viajando desde Sodden, habían atravesado el Yaruga y se encontraban junto a uno de sus afluentes, a medio camino de Maribor.
Antes que nada, se ocupó de la montura y le ofreció grano; el caballo estaba hambriento y fatigado, más tarde habría de llevarlo a abrevar. Revisó sus herraduras y deslizó sus manos por las patas, gruñó, satisfecho. El caballo estaba bien. Después se agachó frente a la niña, mirándola con gravedad a los ojos.

—Ciri, tengo que buscar agua y leña para calentarnos esta noche. Quédate aquí.
—¡Quiero ir contigo! —exclamó ella con los ojos llenos de aprensión. — ¡No me dejes sola!
El brujo puso sus manos sobre los hombros de la niña y la miró con indulgencia, conmovido.
—No voy a dejarte, Ciri. Volveré enseguida, si me haces este favor. Tienes que cuidar de Sardinilla.

A la niña el caballo le importaba un pimiento, pero no quería hacer enfadar a Geralt y se resignó. Asintió gravemente con la cabeza, no muy convencida, pero accedió al fin. El brujo tomó su odre y desapareció en el bosque.

Ciri se sentó sobre la hierba y se arrebujó en su zamarra. El sol se estaba poniendo y comenzaba a hacer frío, el viento soplaba moviendo las copas de los árboles, y el bosque se tornaba sombrío y extraño a medida que la luz decaía. Se sentía llena de ansiedad, no quería estar sola. No quería volver a estar sola.
Sus ojos recorrían el perímetro buscando un movimiento, deseando ver a su brujo regresar junto a ella, y no habían pasado ni diez minutos desde su marcha. Su mirada se posó en una piedra de medidas idóneas para encerrar una fogata y, aburrida de esperar en inactividad, decidió buscar más para ese fin.
No era fácil encontrarlas. No había muchas piedras en ese bosque, ni grandes ni pequeñas. Sin darse cuenta, en su búsqueda empecinada, se alejó del campamento. Y la noche cayó sobre el bosque, cubriéndolo de tinieblas.

El brujo regresó con los brazos repletos de leña y el odre lleno de agua fresca. Soltó su carga en el centro del pequeño claro y se sacudió las mangas de broza. El caballo relinchó bajito, saludándole.

—Ciri, ya estoy aquí —dijo, mirando a su alrededor. —¿Ciri?

Al no ver a la niña, soltó una maldición. Sus pupilas se dilataron en la oscuridad, buscando el rastro de la pequeña.
Al momento, un grito hizo que su corazón se encogiera.

—¡Geraaaaaaaaaaaaaaaaaaaalt!

Corrió en dirección al grito, rápido, saltando por encima de las matas que bloqueaban su camino, la espada automáticamente en su mano en un movimiento casi imperceptible. Sus ojos de gato buscando en la oscuridad, que para él no era tal, la silueta clara de su zamarra.  La encontró al poco, a sus pies varios pedruscos desparramados en el suelo, asustada y desorientada.

—¡Ciri! Estoy aquí.

Se acercó a ella, disgustado, guardando la espada. Por un momento temió que ella estuviera en peligro, pero se tranquilizó al ver que, simplemente, se había perdido. La niña se abalanzó hacia él y se abrazó a su cintura.

—Lo siento, Geralt. Sólo quería recoger piedras para la fogata y…
—Lo sé —dijo él, abrazando su cabeza comprensivamente. — Pero no vuelvas a alejarte. Los bosques son peligrosos, y más de noche. Vamos, tenemos que preparar el fuego.

Cargaron con las piedras y retornaron al campamento, dos figuras encapuchadas en la noche ventosa. Las piedras encerraron en un círculo parte de las ramas que el brujo quebró con ayuda de su pie y pronto, fruto de años de práctica, el fuego comenzó a crecer, iluminando el pequeño claro y proporcionándoles calor.

Geralt echó mano del saco que colgaba en un lado de la silla de su caballo, después de dejar en esta su espada, y sacó pan y queso; partió dos trozos de cada y volvió a colocarlo en su sitio. No iba a sacarle los arreos a la montura esa noche. Por si acaso.

Regresó y se agachó junto a la pequeña, que se encontraba sentada con las piernas cruzadas y alargaba sus manitas hacia la fogata para calentarlas, y le tendió su cena. Ella tomó lo que le ofrecía y empezó a mordisquear el pan con mucha hambre. El brujo se dejó caer a su lado e hizo lo propio, observándola. La niña no se había quejado ni una sola vez en toda la jornada.

No pudo evitar recordar a la princesa que se encontró en Brokilón. Ya no era la misma, y él supo, con una punzada de compasión e incluso remordimiento, que realmente había pasado por mucho en los últimos meses. La princesa había desaparecido, dejando en su lugar a una niña sufrida y asustada, y aún no sabía el brujo hasta qué punto.


Acabaron su cena en silencio, escuchando el susurro del viento meciendo los árboles y el crepitar de las llamas de la pequeña hoguera, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Geralt la miraba, extrañado, la niña que recordaba era extremadamente parlanchina, pero ahora, desde que se reencontraron, había hablado muy poco. De nuevo se sintió de algún modo culpable. La cena le supo a ceniza en la boca, no quería imaginar a la niña, sola y desamparada, a merced de los peligros que una campaña de guerra traía consigo: desertores que pasaban a cuchillo a cualquiera, que violaban a las mujeres sin importarles la edad, soldados buscándola incesantemente, alimañas hambrientas propias de los bosques y monstruos, ghuls principalmente, que acudían allí donde habían muertos para cebarse con ellos. Y esa chiquilla, a quien se le cerraban los ojos de puro agotamiento mientras terminaba su cena, criada entre algodones sin ninguna carencia, lo superó todo para encontrarse con él. Cómo podía ya no creer en el destino. Cómo podía seguir negando que ella era tanto su destino como lo era él para ella.

Luego, el brujo extendió una manta en el suelo para dormir, y la apremió para que se acostara. Estaba cansada y hacía frío.
No tardó en dormirse, abrigada con la manta y su zamarra. Tampoco tardó en revivir la pesadilla que la acechaba continuamente.

*Los ojos ardientes en las rendijas del gran yelmo alado. La capa negra oculta todo…
—¡Ciri!
Se despertó bañada en sudor, entumecida, y su propio grito, el grito que la había despertado, aún temblaba, vibraba allá en su interior, dentro del pecho, le ardía en su seca garganta. Dolían las manos aferradas a la manta, dolían las espaldas…
—Ciri. Cálmate.
A su alrededor, la noche, oscura y ventosa, bramando monótona y melodiosamente sobre las copas de los pinos, chirriando en los troncos. Ya no había incendio ni gritos, no quedaba más que aquella susurrante canción de cuna. A su lado se retorcía la luz y el calor del fuego del vivac, las llamas brillaban en las hebillas de la impedimenta, lanzaban destellos rojizos sobre la empuñadura y la guarnición de la espada apoyada en la silla de montar. No había otro fuego ni otra espada. La mano que tocaba sus mejillas olía a cuero y cenizas. No a sangre.
—Geralt…
—Sólo era un sueño. Un mal sueño.
Ciri temblaba con fuerza, retorciendo los brazos y los pies. Un sueño. Sólo un sueño.
El fuego había empezado ya a extinguirse, los leños de abedules son rojos y diáfanos, se resquebrajan, saltan con un fuego celeste. El fuego ilumina los cabellos blancos y el agudo perfil del hombre que la cubre con la manta y la zamarra.
—Geralt, yo…
—Estoy a tu lado. Duerme, Ciri. Tienes que descansar. Tenemos un largo camino por delante todavía.
Escucho una música, pensó de pronto. Entre estos susurros… hay una música. Música de laúd. Y voces. Princesa de Cintra… Hija del destino… Niña de la Vieja Sangre, la sangre de los elfos. Geralt de Rivia, el Brujo Blanco y su destino. No, esto es una leyenda. La invención de un poeta. Ella está muerta. La mataron en las calles de una ciudad, mientras huía…
Agárrate… agárrate…
—¿Geralt?
—¿Qué, Ciri?
—¿Qué me hizo? ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué… me hizo?
—¿Quién?
—El jinete… El jinete negro de las plumas en el casco… No recuerdo nada. Él gritó… y me miró. No recuerdo qué sucedió. Sólo que tenía miedo… Tenía tanto miedo…
El hombre se agachó, el resplandor del fuego brilló en sus ojos. Eran unos ojos extraños. Muy extraños. La Ciri de antes se sentía atemorizada ante estos ojos, no le gustaba mirarlos. Pero esto era antes. Mucho antes.
—No recuerdo nada —murmuró, mientras buscaba la mano de él, una mano dura y áspera como una madera sin pulir—. Aquel jinete negro…
—Sólo fue un sueño. Duerme tranquila. Ya no volverá.
Ciri había oído antes esta afirmación. Le había sido repetida muchas, muchas veces, la habían tranquilizado con ella cuando se despertaba en mitad de la noche gritando. Pero ahora era distinto. Ahora lo creía. Porque ahora lo decía Geralt de Rivia, el Lobo Blanco. Un brujo. Aquél que era su destino. Aquél a quien ella estaba destinada. El brujo Geralt, que la había encontrado entre la guerra, la muerte y el desespero, se la había llevado consigo y prometido que ya nunca más se separarían.
Se durmió sin soltar la mano de él.*

El brujo la miraba, preocupado. Mucho había cambiado. Mucho había pasado. Ni siquiera le había pedido que le contara un cuento. La princesa, definitivamente, ya no existía. ¿Qué le había sucedido, qué había vivido en esos meses desde la matanza de Cintra? ¿Qué le había hecho el jinete de las plumas en el casco?

Estaba sola, sin hogar al que regresar, no le quedaba nadie. Nadie salvo él. Y, aunque siempre rehuyó su compromiso, negando el vínculo de la Sorpresa y renunciando a esta, ahora lo asumía por ella. Recordaba el dolor vivido, los remordimientos mortificantes que sintió cuando la creyó muerta, y el alivio y redención, así como el cariño que le inundó el corazón, cuando la encontró en la granja de Yurga.
Y ahora había ascendido al papel de padre.
No es que le asustara demasiado esa responsabilidad, si no que él siempre había estado solo. No sabía si estaría a la altura, no sabía si sabría cuidar de una niña, no sabía más que una cosa: no la abandonaría.  Nunca más.
Ella también le había elegido a él, a un simple brujo, un vagabundo, un mutante despreciado y marginado allá donde iba. Sin dudarlo ni un momento.
Se metió bajo la manta, tras ella, y la abrazó protectoramente para reconfortarla y darle calor. Y esa noche no hubo más pesadillas.

El brujo se levantó antes del amanecer. Aprovechó que ella dormía para lavarse y afeitarse en el río. Tardó poco, pues no quería que Ciri despertara y se asustara.
Sin embargo, cuando volvió, la niña ya estaba levantada. El fuego era un recuerdo, pero el amanecer era cálido.

—Buenos días, Ciri.
—Buenos días.
—Si necesitas lavarte, puedo acompañare al río.
—No quiero lavarme hoy.
—Pues deberías. Quizá no encontremos un río cuando acampemos la próxima vez.
—Bueno, vale…—se resignó la niña.

Anduvieron por el bosque el escaso trecho hasta el río, el viento había cesado y el sol empezaba a calentar. El verano, al parecer, había ganado la partida al otoño y se impuso en sus últimos días de reinado. El río resplandecía con motas brillantes en su superficie, manso; se embalsaba de forma natural en ese meandro, como un pequeño lago que invitaba a nadar y chapotear. Ciri nadaba muy bien, había pasado casi toda su infancia en las islas Skellige y allí aprendió forzosamente, además le gustaba.
El brujo se sentó en la orilla, dejando el lienzo a un lado para que se secara después, de espaldas a ella mientras se quitaba la ropa y se metía en el agua. La frialdad de la misma no la amedrentó en absoluto.  Cuando la oyó chapotear, se dio la vuelta y la observó, le divirtió verla nadar como un pez y sumergirse con habilidad, sacar la cabeza y escupir agua como una fuente. Por primera vez desde su encuentro, la niña sonreía, disfrutando y pavoneándose de su destreza en el elemento y, en esos momentos, al brujo le pareció atisbar en ella a la que una vez fue.

—Vamos, Ciri, ve saliendo. Tenemos que irnos.

La niña se sumergió una vez más. Los círculos que delataban el lugar de su inmersión corrieron ensanchándose por la superficie, hasta que desaparecieron por completo dejando el agua tranquila y brillante por el sol, apenas perceptible la ligera corriente del río en ese meandro. Geralt esperaba ver su cabecita de cabellos plateados emerger en cualquier momento, pero no salía. Se levantó, inquieto.

—¡Ciri, sal de una vez!

No la veía bajo las aguas, sólo pudo ver unas pequeñas burbujas elevándose a pocos metros. Una inquietud comenzó a roer sus entrañas.

—¡Ciri! —gritó. —¡Sal ya!

En vista que la niña no daba señales, corrió hacia la orilla y se tiró al agua. Se sumergió, buscándola, bajó más profundo hasta que sus manos tocaron unas algas largas y fibrosas, y continuó avanzando. Entonces la vio, una de sus piernas estaba enredada en varias de esas algas, impidiendo que pudiera subir a la superficie. Ella pataleaba presa del pánico, tirando con los dedos, tratando de librarse del abrazo mortal de las plantas, casi agotado su suministro de aire.

Geralt sacó el puñal de su bota y llegó hasta ella, agarró sus piernas con una mano para impedir su pataleo y cortó los tallos que la retenían. La impulsó hacia arriba con fuerza y ambos nadaron hacia el aire, rompiendo la superficie con una explosión. Ciri tomó una larga bocanada y tosió escandalosamente, expulsando agua. Regresaron a la orilla, saliendo del río; la niña tropezaba, agotada, asustada por la experiencia vivida, pero el brujo no lo estaba menos. Se tumbaron en la hierba, dejando que sus corazones se calmaran.

—¿Estás bien, Ciri?
—Sí. Pensé que me ahogaba, ha sido terribile, Geralt. Me has salvado. Pero te has mojado la ropa…

El brujo gruñó como toda respuesta. Qué se le va a hacer, pensó. Ya se secará, lo importante es que ella está bien.

—Sécate y vístete —le ordenó mientras alcanzaba el cuadrado de tela y escurría con una mano su propio cabello.
—¿Estás enfadado? —se preocupó la niña, mirándole inquieta al agarrar el lienzo que le ofrecía.
—No, Ciri.

Se sentó para sacarse las botas y las vació de agua, resignado. El sol ya calentaba. El verano, se alegró él, resucitaba en sus últimos días.
Mientras la niña se vestía, el brujo trajo al caballo para que bebiera. La yegua hundió su morro en el agua limpia y transparente durante mucho rato, sedienta. Luego relinchó bajito e, inesperadamente, se metió en el agua. El brujo perdió los nervios.

—¡No, maldita yegua caprichosa! ¡Sal ahora mismo del agua, estás mojando nuestro equipaje!

El caballo, por supuesto, no le hizo caso, saltó y brincó, contento, salpicando en todas direcciones, y avanzó más, llegó hasta donde el agua cubrió su lomo. Ciri comenzó a reír a carcajadas ante el comportamiento del animal, pero cuando, no habiendo más remedio, el brujo tuvo que volver a meterse en el río para agarrar las riendas y obligarlo a salir, la niña se dobló sobre sí misma y cayó de lado, agarrando su barriguita, riendo a más no poder. Y a pesar de su enfado, él interpuso a la yegua, mientras salían del río, para que Ciri no viera la ancha sonrisa que se escapaba de sus labios al oírla reír, conmovido y satisfecho, por la alegría que le traía ese sonido.

Definitivamente, la partida no habría de ser inmediata. No tocó otra que extender al sol aquello que se pudo salvar y desechar lo que el agua malogró, como, por ejemplo, la hogaza de pan casi entera.

Geralt decidió poner a secar su ropa y se envolvió el lienzo en las caderas, mientras todas sus prendas colgaban de las ramas de los matorrales, allí donde el sol daba de pleno. Descalzo, se sentó en la hierba junto a la niña y le tendió un trozo de tocino que acababa de cortar y una manzana que aún goteaba. Desayunaron mirando los restos de la fogata.

—¿A dónde vamos, Geralt?
—A Kaer Morhen. Es la fortaleza de los brujos, mi hogar. Allí estarás a salvo.
—¿Está muy lejos?
—Sí, Ciri. Mucho.

La niña arrancó con sus pequeños dientecillos un bocado de tocino, masticó pensativa. Kaer Morhen. La casa de Geralt.

—¿Viven tus padres allí?
—No. Allí sólo viven brujos. Yo no conocí a mis padres.

Lo dijo con naturalidad, como si no sintiera un vacío en su alma, como si no le pesara. La niña lo miró con la misma naturalidad, como si eso fuera lo más normal del mundo.

—Yo tampoco. Se murieron cuando yo era muy pequeña. Y ahora, mi abuela…

La niña guardó un breve silencio incómodo. Incómodo para los dos, para ella porque le costaba que la pregunta se hiciera camino a través del nudo que cerraba su garganta, para él porque tendría que contestarla.

—Geralt, ¿qué le pasó a mi abuela? Dijeron que estaba muerta, la gente. ¿Es verdad? Tú lo sabes…
—Sí, Ciri, desgraciadamente, es verdad.

La niña dejó de comer y bajó los brazos hasta apoyarlos en sus piernas. Sus ojos se perdieron en el bosque y se llenaron de lágrimas, reviviendo, sin quererlo, aquella fatídica noche. No había creído las historias que se contaban sobre la muerte de Calanthe, pero, si lo afirmaba Geralt, entonces era cierto. Estaba sola, no le quedaba nadie más que el brujo, su destino, aquél que renunció a ella, aquél que ya la dejó una vez.  Pero él le prometió que no volvería a dejarla… Ya no la dejaría, ¿verdad?

Se estremeció y tembló, intentando reprimir el llanto. Geralt la miró y no dijo nada, pero pasó su brazo a su alrededor y la atrajo hacia sí. Ella se subió a su regazo y le echó las manos al cuello, enterrando su rostro en el pelo blanco, y lloró.

—La echo de menos —sollozó—. Menos mal que te tengo a ti. No me dejarás nunca, ¿eh, Geralt? Lo prometiste…
—No, Ciri, no te dejaré nunca.

La estrechó más fuerte contra sí, para dar más veracidad a sus palabras, para intentar paliar esa pena que la embargaba y porque la quería.

—Cuidaré de ti, Ciri, y no dejaré que nadie te haga daño. Deja de llorar, pequeña, y hablemos de otras cosas, ¿quieres? No me gusta verte triste. Haces que me duela el corazón.

Ella asintió y se sorbió los mocos. Por él se serenó. Para que no le doliera nada.

—Geralt… ¿puedo preguntarte cosas de Kaer Mor…Morhen?
—Puedes.
—¿Viven muchos brujos allí?
—No. Sólo somos cinco. Y Vesemir es el más viejo, nos enseñó a todos. Te gustarán, Ciri, no temas.

La niña se apartó de su hombro y le miró, solemne, a los extraños ojos. El brujo alargó su mano y limpió con su pulgar los restos de lágrimas que aún mojaban su carita.

—Y, ¿me enseñará también a mí?
—Tal vez.
—Quiero ser bruja, Geralt.

Él sonrió. Arqueó las cejas.

—¿Esás segura, Ciri? Es muy duro.
—No me importa, quiero ser bruja. Para no tener miedo, como tú.

La miró pensativo. No era una mala idea, enseñarla como a un brujo. Se la había llevado sin plantearse qué haría con ella, una vez a salvo, en Kaer Morhen. Ciertamente, nunca la convertiría en un auténtico brujo, no habría mutaciones para ella, pero sí podía entrenarla lo suficiente como para que fuera más que capaz de defenderse, y ese sería su regalo. Tiempo, se temía, tendrían de sobras.

—Está bien, Ciri. Te enseñaremos.

Ella afirmó con la cabeza, satisfecha, mientras terminaba el tocino.

N.A.** Párrafos originales, procedentes de las primeras páginas de "La Sangre De Los Elfos".
Responder
#2
Dios, esto esta buenisimo papa!! Me encanto.. .
Responder
#3
Gracias!
Responder
#4
Soy un gran fan de Geralt y cía, tanto de los libros como de los juegos, y la verdad es que me ha encantado. Me ha gustado muchísimo. Te animo encarecidamente a continuar porque como mínimo un lector vas a tener Big Grin

Hay detalles que son muy de Sapkowski como este párrafo:

"Si alguien hubiera estado allí y el hombre no hubiera llevado la capucha puesta, se hubiera dado cuenta de que el jinete era un brujo. Llevaba una espada colgada en la espalda en lugar de en la cadera, y su empuñadura sobresalía por encima de su hombro; también hubiera visto que sus cabellos eran blancos como los de un viejo en su último año de vida, sin embargo no lo era en absoluto. Pero allí no había nadie y el brujo llevaba la capucha puesta."

El estilo, quiero decir. Lo has imitado muy bien.

"El fuego había empezado ya a extinguirse, los leños de abedules son rojos y diáfanos, se resquebrajan, saltan con un fuego celeste. El fuego ilumina los cabellos blancos y el agudo perfil del hombre que la cubre con la manta y la zamarra.
—Geralt, yo…
—Estoy a tu lado. Duerme, Ciri. Tienes que descansar. Tenemos un largo camino por delante todavía."

Se nota que eres una amante de la saga porque lo has clavado.
Mañana leeré la segunda parte, prometo comentar Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
Responder
#5
Gracias, Daghdha, me hace mucha ilusión  que me lo digas porque trato de imitarlo, aunque es inimitable, madre mía,, tiene un modo de relatar tan suyo y tan genial...
Pero, en honor a la verdad, el segundo párrafo  es de Sapkowski, original, he incluido ese trozo en el relato, el de la primera vez que tiene la pesadilla  junto a Geralt, párrafo que corresponde a las primeras páginas de "La sangre de los elfos".En el encabezado explico que ambos trozos, tanto este como cuando llegan a Kaer Morhen, los incluiré en el relato. De todos modos, he editado y he puesto unos asteriscos y una nota de autor para aclararlo, gracias a ti me he dado cuenta de que había que hacerlo.
Responder
#6
Primer capítulo leído. Solo ha hecho que confirmarme lo que ya sabía: que escribes de muerte. Lo cierto es que me da mucha rabia de no acordarme de muchas cosas de la saga del brujo. Como ya hablamos, esta pendiente una relectura de la saga. Y es que este año va a ser muy duro para mí, porque también he de volver a leerme "Añoranzas y pesares" de Tad williams ante la inminente continuación (veinti pico años después) de la saga.

en fin, que me ha gustado mucho, sashky, iré leyendo los siguientes en cuanto pueda!!!
Responder
#7
Gracias, rey mio!
Responder


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