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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 2- Saga Geralt de Rivia
#1
CAPÍTULO 2


No fue hasta pasado el mediodía que por fin se pusieron en marcha. Cabalgaban por el bosque, bajo el frescor de los árboles, paralelos al camino. Eran esas las horas más calurosas del día, pero el viento del galope y la sombra de la foresta hacían que la cabalgada fuera agradable. Más tarde, cuando el sol empezó a perder fuerza, volvieron a la carretera. Pasaron y se cruzaron con carros y otros jinetes, y el brujo variaba la marcha del caballo según las circunstancias. Cuando estaban solos, dejaba que la yegua fuera al paso para no cansarla más de lo necesario, pero cuando se acercaban a alguien la espoleaba a un trote rápido.  No quería que nadie se fijara en ellos.

Avanzada la tarde se detuvieron en una aldea y el brujo compró una hogaza de pan, haciendo caso omiso a las miradas desaprobadoras del panadero, cuyos ojos iban y venían de él a la niña, maldiciendo en su interior la insinuación de esa mirada. Luego siguieron varias millas más, buscando un lugar donde acampar de nuevo. Lo encontraron en las inmediaciones de Maribor, en el bosque, pues el brujo no quería entrar en ninguna ciudad, no se fiaba.

El vivac se situaba también cerca del mismo afluente del Yaruga, cuyo curso transcurría, de momento, paralelo a su camino hacia el norte, pero aquí predominaban las encinas y sus hojas pinchaban al sentarse sobre ellas; las bellotas maduras, esparcidas por doquier, molestaban y se clavaban incluso a través de la manta. Terminaron por barrerlas con los pies lo mejor que pudieron.

La madera de encina ardía más lenta, dejaría unas brasas duraderas que les mantendría calientes sin tener que alimentar el fuego continuamente, pues, sin el sol, volvió el frío.
El pan crujía en sus bocas, lo habían tostado para evitar otra cena fría, y el queso que lo cubría se había fundido un tanto. De nuevo cenaban en silencio, con los ojos puestos en las llamas danzarinas y rojas, hipnóticas.

El brujo quería saber, quería sonsacarle acerca de ese tiempo que vagó perdida. Cómo fue a parar a la granja de Yurga. Pero no se le ocurría cómo preguntarle, cómo hacerlo delicadamente, sin despertar amargos recuerdos en la niña. Llegó a la conclusión de que no se podía. Si le preguntaba, indudablemente reviviría aquella angustia. Pero el brujo tenía que saber, por muy duro que fuera para los dos. Y preguntó.
Tras un prolongado silencio, la niña empezó a hablar. Lentamente, arrastrando las palabras, con la expresión vacía y los ojos brillantes reflejando el fuego.

—La abuela me llevó con varios caballeros. Me dio un abrazo y me dijo que me sacarían de allí, que me pondrían a salvo. Que les obedeciera. Ella quería disimularlo, que no me diera cuenta, pero yo vi su lágrima. La abuela nunca lloraba, ¿sabes, Geralt? Me asustó verla así, supe que algo muy malo estaba pasando… Salimos a caballo por la puerta oeste de palacio. Había mucho humo, me picaban los ojos, y fuego, fuego por todas partes… y gente muriendo. El caballo volaba, casi no podía mantenerme en él, el jinete me sujetaba por la cintura, me apretaba tanto que ni podía respirar. Agárrate, me gritaba, pero, ¿cómo? Me cogí a las bridas, pero no podía apoyar mis pies, parecía que iba a caerme a cada salto del caballo. Entonces nos pasaron los demás, se lanzaron contra unos caballeros de negro que nos venían encima, escuché las espadas, una lucha. Nosotros les sobrepasamos. Oí gritos, unos gritos… ¿Qué se le puede hacer a alguien para que grite así, Geralt? El jinete que me llevaba… bueno, vi sangre en su mano, tosió de un modo muy raro y silbaron unas flechas, caímos del caballo. Me hice daño, ¿sabes? Contra la armadura del jinete. No se volvió a mover. Dos caballos saltaron por encima nuestro, uno con nuestros colores y el otro negro. Los demás, no sé qué pasó con ellos, solo ese apareció, luchó a espada con el jinete de negro y lo mató, luego me subió a su caballo, me levantó del suelo, sin bajarse, con prisas. Y otros caballeros de negro persiguiéndonos. Otra vez cabalgando como locos, otra vez sangre encima de mí, y el caballo se puso de patas. Caímos, él estaba muerto, pero no me soltaba. Aún me agarraba fuerte, muerto y todo. Y el caballo herido me aplastaba la pierna. Quise moverme, salir de allí, pero no pude, no pude, Geralt. Sangre, humo y fuego a mi alrededor. Y entonces… entonces…

Un silencio compungido, tras su voz quebrada. El brujo dibujaba en el suelo con una ramita mientras la escuchaba, incapaz de estar quieto. Incapaz, también, de mirarla a los ojos. La terrible angustia con que relataba la niña dejaba un torbellino de sentimientos a flor de piel: miedo, ansiedad, peligro, dependencia e impotencia.

—No sigas si no quieres, Ciri. Ya habrá tiempo. Cuando te veas con fuerzas.
—No importa… —replicó ella limpiándose unas lágrimas—. Entonces le vi. Al jinete de negro, con alas en el yelmo. Estaba frente a mí, mirándome, con una espada enorme, vi sus ojos de fuego a través de la rendija. Y todo ardía a nuestro alrededor. Yo no podía moverme, no podía escapar, tenía muchísimo miedo. Y gritó, un grito tremendo, que me heló la sangre… espoleó su caballo y vino hacia mí… Y yo estaba sola, Geralt, ¡estaba tan sola!

El brujo tiró la ramita a la lumbre y apretó los puños inconscientemente.

—No sé qué pasó después. —continuó ella—. Ya no recuerdo nada. Nada, después del fuego y el jinete del yelmo con alas negras.
—Seguramente perdiste el conocimiento, Ciri. Por eso no te acuerdas.
—Geralt… no quiero seguir con esto. Aún me da miedo, mucho miedo. Cuando me vea con fuerzas, ¿quieres?

Lo dijo implorando, lastimeramente. Porque le fallaban las fuerzas al enfrentar ese recuerdo, ese en concreto. Su terror, todo el terror de esa noche, se concentraba en la figura del misterioso jinete con alas en el yelmo. Pero, pese a todo, había encontrado el coraje para contárselo, se había zambullido en sus miedos para confiárselo a él, porque él se lo pidió.
Al brujo le entraron muchas ganas de abrazarla. De cobijarla en su regazo. De protegerla, de matar al hideputa del yelmo alado. Lentamente y con saña.

—Ven aquí, Ciri—dijo, y la recibió con gusto en sus brazos. — Abrázame fuerte, pequeña bruja. Gracias por contármelo. Eres una niña muy valiente.
—Yo no soy valiente, Geralt. Te he dicho que tenía mucho miedo…
—Y quién no. El miedo no es síntoma de debilidad, Ciri. El miedo es necesario, nos advierte de un peligro, nos hace extremar la cautela. Todos tenemos miedo a veces.

Ella le miró a los ojos, esos ojos que reflejaban el fuego de un modo tan distinto a los del jinete de sus pesadillas. Que la miraban, a su vez, suaves y gentiles. Que la tranquilizaban tanto como los del otro la aterrorizaban.

—¿Hasta tú?
—Hasta yo.

Y ella le abrazó fuerte, como él le había pedido, sin creerse en absoluto la afirmación del brujo.

Esa noche fueron tres las veces que la niña se despertó gritando, tres las veces que Geralt la consoló, arrepintiéndose de haberla obligado a revivir sus miedos. Y otras tantas en las que se juró que si un día, por los azares del destino, se encontraba con el objeto de las pesadillas de la niña, no tendría piedad.

El amanecer trajo lluvia. Una lluvia fina y pesada, fría y penetrante. Recogieron el campamento con prisas, desayunaron cecina con pan mientras lo hacían, cuidaron de dar de comer y beber a la yegua antes de la partida.

Geralt se cubrió con su capa y envolvió con esta el cuerpo de Ciri, para evitar en lo posible que se mojara su zamarra; ella se recostó contra su pecho y él la sujetó por la cintura para que no se cayera. Sacudió las riendas con una mano, y con una mano condujo al caballo esa jornada.

A pesar de la incomodidad de la lluvia, el hecho de ir cubiertos con las capuchas tenía algunas ventajas. A los ojos de cualquiera que los viera, podrían pasar tranquilamente por un padre y su hijo, con lo cual no tendría que forzar a la yegua al cruzarse o adelantar a alguien y, en consecuencia, no habrían de detenerse tantas veces para dejarla descansar. Sin embargo, el camino embarrado hacía la marcha más lenta y pesada.

A medida que avanzaba la tarde, en vista de que no dejaba de llover, el brujo se planteó ir a una posada o, aún mejor, buscar una casa y pedir permiso para dormir en el pajar. No le gustaba la idea, por supuesto, pero no había más remedio.

Geralt estaba acostumbrado a no ser bien recibido, a las miradas aprensivas y al rechazo, pero descubrir en los demás miradas acusadoras como la del panadero le revolvía el estómago. Cómo podía nadie pensar algo así de él, simplemente por ser brujo, como si su condición le predispusiera a los actos más viles. Cómo se atrevían.
Pero debía pensar cada paso cuidadosamente, se dijo con fastidio. Si creían que tenía a la niña para usarla y la oían gritar durante la noche, tendría problemas. Por ese motivo, descartó la posada.

Encontró una granja de su agrado cuando ya anochecía. La eligió después de comprobar que en ella vivía una mujer de mediana edad, sola. Quizá era viuda o el marido se hallaba de viaje, sea como fuere, era la mejor opción.
Le pidió permiso para dormir en el pajar, y ella lo dio sin problemas. A la luz del crepúsculo y con la capucha calada, no se había dado cuenta de que era un brujo.

El pajar era amplio y cabían de sobra los tres. Sardinilla tuvo que compartirlo con ellos, pues el establo estaba totalmente ocupado por los caballos, dos de tiro y uno de monta, las vacas y las cabras de la mujer. Le quitó la silla, descargó el equipaje y su espada de plata, le sacó la cabezada y repasó sus herraduras. La yegua relinchó mientras sacudía la testa, agradecida al verse libre.

Extendieron los abrigos para que se secaran, la capa de Geralt estaba completamente mojada, al igual que la zamarra de Ciri, tras el día entero bajo la lluvia. La ropa de ambos estaba muy húmeda, pero el brujo no se atrevió a quitársela, ni siquiera le sugirió a la niña que lo hiciera. Quizá cuando se acostaran, aunque él, por decoro, tendría que conservar puestos los pantalones. No podía contar con que la niña no se arrimara a él.

—Ciri, de ahora en adelante, cuando haya gente extraña, no usaré tu nombre. Es mejor que nadie pueda averiguar quién eres, dónde has estado y adónde nos dirigimos, ¿lo entiendes?
—Sí, Geralt. ¿Cómo me llamarás?
—Elígelo tú, a fin de cuentas, será tu nuevo nombre. Uno que te guste.

Pero el nombre quedó en suspenso, puesto que la mujer, con una hospitalidad a la que Geralt no estaba acostumbrado, entró en ese momento y les ofreció compartir una cena caliente en la casa. Sabía que eso le descubriría como brujo y puede que el detalle cambiara las cosas, pero, por la niña, decidió correr el riesgo. Dentro de la casa estaría caliente y su ropa se secaría, también la cena calentaría su estómago. Los beneficios del riesgo le decidieron.

Nada más entrar en la casa, a la luz de las lámparas de aceite, ella se dio cuenta. No dijo nada, pero su azoramiento la delató. Él resolvió tomarle la delantera para que no se formara ideas equivocadas y para suavizar la situación. Se sentaron a la mesa y la mujer empezó a llenar sus platos con una sopa espesa y humeante, del caldero que reposaba sobre un corcho en el centro de la misma.

—Gracias, señora. Gracias por su hospitalidad para con este brujo y su protegida. Llevábamos todo el día cabalgando bajo la lluvia, y la niña necesitaba un sitio seco donde dormir.
—De nada, señor brujo —dijo ella, turbada.
—Mi nombre es Geralt, Geralt de Rivia, señora. Ella es Iola.

Ciri le lanzó una mirada sorprendida e indignada, al parecer el nombre no le gustó en absoluto. Por debajo de la mesa, en un arrebato, le dio una patada al brujo en la espinilla, y él a duras penas pudo contener la risa.

—Yo soy María. Y, ¿cuál es vuestra historia, si puede saberse? Aunque quizá sea meterme donde no me llaman…
—En absoluto, María. La niña es huérfana, la recogí y la llevo a Wyzima con sus parientes. Allí estará bien.
—Que los dioses le bendigan, señor brujo, por su buena acción.
—Y a usted también, por lo mismo. Gracias por su generosidad.

Aunque sus palabras fueron amables, a Geralt no le engañaban. La mujer desconfiaba. Cosa, visto lo visto, natural y comprensible pero que no hacía disminuir la irritación que le producía al brujo.

Llenaron sus estómagos con la estupenda sopa caliente, después se sirvieron de la carne y el pollo, zanahorias y patatas, que habían hervido en su elaboración. Hubo leche fresca para Ciri, y fruta.
Conversaron sobre temas banales, el cambio de estación, el estado de los caminos, el tiempo. Geralt desvió el tema cuando ella preguntó sobre la guerra, mirando significativamente a la niña, y la mujer entendió y no insistió.
Luego, cuando ya se retiraban a dormir al pajar, la mujer propuso que la niña se quedara en la casa con ella. Ciri se negó en redondo, pero a Geralt no le pareció una mala idea.

—Yo estaré cerca, en el pajar. Estarás mejor aquí, Ci… Iola —Ciri frunció más el ceño al oír el nombre—, y si me necesitas, acudiré. Lo sabes, ¿verdad?
Lo sabía, pero, aún y así, no le gustaba alejarse de él. Obedeció con un reproche en los ojos.

La mujer le llamó, llevaba una lámpara consigo, estaba nerviosa. Él ya estaba despierto, había oído los gritos de la niña desde el pajar y se estaba vistiendo los pantalones.  El cuero, aún húmedo, se le pegaba a la carne y dificultaba la maniobra.

—Se despertó gritando —le dijo. — Pide por usted. Nada la calma, nada la tranquiliza. Venga conmigo, por favor, brujo.
—Lo sé. Cada noche la atormenta la misma pesadilla. La maldita guerra, María, y sus consecuencias para los inocentes…

En las prisas por acudir al reclamo de Ciri, ni siquiera le importó su desnudez ante la mujer. Ella, pudorosamente se volvió mientras él se vestía, y luego salieron juntos hacia la casa.

Entró en la habitación a grandes zancadas; la niña, incorporada en la ancha cama, lloraba a moco tendido, asustada, como siempre que despertaba de la pesadilla. Alzó sus brazos hacia él nada más verle, necesitaba su consuelo, sólo él la hacía sentir a salvo de su terror.
Se acurrucó en su pecho mientras el brujo la acunaba, acariciaba suavemente su cabeza y su espalda, susurrándole palabras tranquilizadoras con paciencia, con ternura, con afecto. María sintió una oleada de empatía y agrado. Las manos del brujo, capaces de matar, fuertes y ásperas, se movían delicadamente reconfortando a la niña; sus maneras distantes y algo bruscas, transformadas en devoción y delicadeza, en un vínculo donde era el brujo el protector entregado, leal y honrado, volcado como un padre, como un buen padre. Todo esto vislumbró la mujer en un instante, asombrada. Su concepto de los brujos cambió en un abrir y cerrar de ojos. La niña se tranquilizó hasta que, reconfortada y segura por fin, volvió a dormirse

Salieron al salón, la mujer le miraba con respeto ahora.

—Necesito tomar algo fuerte—dijo María—. ¿Me acompaña, Geralt?
—Si no es molestia, me agradaría.

María vertió en dos vasos aguardiente casero, fuerte y con olor a hierbas. Le ofreció uno al brujo y ambos dieron un trago.

—Le debo una disculpa, señor brujo.
—¿Por qué razón, señora?
—No creí ni una palabra de lo que dijo esta noche. No creí, tampoco, en su honestidad. Pero una niña asustada jamás pediría por su captor, sólo por aquél que le procura seguridad, aquél en quien confía ciegamente. Soy mujer y lo sé. Así que le debo una disculpa por haberle juzgado tan mal. Puede usted dormir con ella, por si se vuelve a despertar.
—Eso sería una descortesía por mi parte y no lo consentiré. Si a usted le parece bien, puedo dormir junto al fuego. Estaré cerca de igual manera. Y, María… gracias por esa disculpa. De todas las disculpas, la suya es la que más alivio me ha procurado.

Ella se sonrojó y asintió con la cabeza, no sabía el brujo cómo le comprendía. Después de terminar el orujo, le proporcionó dos mantas para que estuviera lo más cómodo posible en el suelo.

Por la mañana temprano, a la hora en que solía despertar para ir a ordeñar a las vacas, se encontró sola en la cama. Cuando salió al salón, tal como había pensado, allí estaba ella, de espaldas a él, envuelta en sus brazos protectores bajo la manta, encajada contra su pecho, contra sus piernas. Las dos cabezas, una blanca y la otra como la plata, muy juntas; el brujo descansaba su mejilla contra la coronilla de la niña, ella agarraba su mano. Sonrió, conmovida. Y, por un momento, la envidió.

Tras un buen desayuno, Geralt preparó la yegua. Las nubes seguían sobre sus cabezas, pero no llovía.
María le trajo un paquete envuelto en tela, viandas elaboradas en su granja para el camino. Abrazó a Ciri cariñosamente y le aconsejó que comiera más, argumentando que estaba muy delgada. También le abrazó a él.

—Si tuviera diez años menos, no te habrías librado, brujo —le dijo al oído.

Su sonrisa pícara aún prevalecía al separarse. Geralt también sonrió, divertido. Más que divertido, porque seguro que él le doblaba la edad y aún podía añadir unos años de propina. Pero, simplemente, le guiñó un ojo.

Montaron en la yegua, Ciri, a la trasera, puso sus manos en la cintura del hombre, una a cada lado, sobre la capa.

—Adiós, María. De todo corazón, gracias. Por todo.
—Que los dioses os guíen. Id en paz, queridos.
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#2
Muy emotiva. Destacas la angustia interna de una cría traumatizada por el horror de la guerra, y su dependencia hacia Geralt como el único ser que puede protegerla y apartarla de esa pesadilla que su realidad. Ese detalle es muy relevante porque explica en gran parte el vínculo paternal que siente el brujo por ella ("destino" aparte).
Y además, me alegra que, entre tanto desprecio y desconfianza, el brujo logra llevarse un pequeño reconocimiento Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#3
Sí, tiene que ser durante ese viaje que se asiente y se dilate ese vínculo. Aunque las bases ya están ahí. La niña ya le quiere abiertamente, y eso le conmueve además de corresponderla. Está por la niña, por eso cuando ella le da la patada por debajo de la mesa, a él le hace gracia en vez de enfadarse, esa pequeña escena me pareció significativa.
Gracias por tu comentario!
En el próximo capítulo, se encontrarán con un viejo conocido. No, no es Jaskier... todavía.
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#4
Me encanta la historia. Esperaré el siguiente con impaciencia...

Un saludo.
Libros y Comics Creative Commons en https://artifacs.webcindario.com/
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#5
Gracias, Artifavs!
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#6
Qué buen capítulo, Sashka y cómo evocas recuerdos de la saga con el caballero del yelmo alado y la persecución. De verdad que es reconfortante esos pequeños momentos de paz que describes ante tanto odio hacia Geralt y cómo las vuelve locas a todas xD.. a ver si poco a poco me voy poniendo al día!
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#7
Anda, Wherty, te lo estás leyendo?? ¡Que ilusión!!!!
Gracias, rey!!
PD. Sí, chico, todas me lo quieren quitar las muy lobas.
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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