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RetoMar19: Sudit'
#1
SUDIT'


Caminaban con la cabeza desnuda y a gachas, con los brazos cruzados sobre el pecho de la chaqueta, con las manos bajo las axilas. La nieve les entraba por las botas, helándoles los pies. Ninguno hablaba, pues los dientes les castañeaban sin control. De vez en cuando alguno estornudaba.
Detrás de ellos cinco, marchaban otros siete hombres. Estos llevaban guantes, chaquetas y pantalones acolchados, gorras de piel con orejeras y botas de fieltro. Además, llevaban PPSh-41, Mosin Nagant y fusiles Vintovka, y a los cintos Tokarev TT-33. Estos sí hablaban, y de vez en cuando reían.
Solo uno de los que iban delante entendía lo que estos decían. Hablaban de grandes victorias, de pueblos liberados, de nazis que huían con la cola entre las patas. Se reían al decir que al Fuhrer se le atoraría la nieve rusa en la garganta.
Tras horas de marcha, ese mismo prisionero oyó que los rusos tenían la intención de preparar refugio para la noche. Recién habían pasado cuatro horas desde el mediodía, pero así eran las cosas cuando el General Invierno tomaba el mando de la Unión Soviética. Entonces cuatro rusos se colocaron junto a los prisioneros, y les señalaron a estos el bosque que se veía a la derecha. Los alemanes se detuvieron, alzaron las manos y dijeron:
—¡Milost’! ¡Milost’!
Los rusos rieron. Luego uno les contestó, y acompañó sus palabras alzando la mano al cielo para luego bajarla, y después uniendo ambas palmas para apoyar la sien y la mejilla en el dorso de una de las manos. Los gestos eran universales y los alemanes se calmaron.
 
Al cabo de una hora, una hoguera ardía bajo los abedules. Alrededor, los rusos conversaban mientras limpiaban y aceitaban sus fusiles, mirando las llamas. Uno solo daba la espalda al fuego y no dejaba de mirar a los prisioneros. Los alemanes estaban sentados contra unos árboles, con las manos alzadas y atadas y los pies extendidos hacia adelante, a fin de acercarlos lo más posible al calor de la hoguera.
El silbido de la tetera indicó que el agua para el té estaba lista. Los rusos rieron, alegres por este simple hecho. Para acompañar el té, sacaron unos mendrugos de pan que compartieron entre todos.
Los alemanes tuvieron que contentarse con un solo sorbo del té.
La bebida caliente subió el ánimo de los captores, y mientras dos dormían, los otros conversaban mientras las llamas dibujaban más y más sombras en sus rostros a medida que la noche avanzaba. Los prisioneros dormían, tiritando.
Un soldado ruso se alejó unos pasos para orinar. La nieve siseó ante el contacto del cálido líquido, y el soldado lo acompañó tarareando unos versos sin sentido. Luego se dio la vuelta, forcejeando con el botón, y en cuanto alzó la mirada hacia el campamento, vio una figura enorme emerger de las sombras, más allá del fuego, para con un gran salto, caer sobre uno de los hombres. El soldado que acababa de orinar se descolgó el fusil, apuntó y disparó, mas la sorpresa y el terror lo hicieron fallar.
Los alemanes despertaron súbitamente, y con los ojos desorbitados vieron la tempestad, una que rugía y daba zarpazos y dentelladas. No todos ellos habían visto antes una bestia parecida, y mucho menos una igual de grande y terrible. Ante su aterrorizada mirada, el tigre se abalanzó sobre el centinela, que aunque le disparó tres veces en el aire, no logró frenarlo. El felino lo derribó, y ya en el suelo le desgarró la carótida de una sola mordida.
Entonces los prisioneros cayeron a cuenta que esa bestia no era un aliado y comenzaron a removerse en sus ataduras, mientras los rugidos se entremezclaban con los estampidos de los fusiles. De pronto el fuego se apagó, y tras un último estallido, todo quedó en silencio y a oscuras.
Sin embargo, una voz desesperada se alzó enseguida:
—¡Pomogite! ¡Pomogite! ¡Mne bol’no!
Nadie contestó.
Los alemanes no advirtieron la magnitud del desastre hasta que se acostumbraron a la oscuridad: los siete captores yacían en el suelo, y el rojo de la sangre mancillaba la blancura de la nieve; uno solo se movía, agitándose, apartado del resto. De la enorme bestia no quedaban más que las profundas huellas.
Un prisionero consiguió desatarse y liberó al resto, y enseguida se dispersaron sobre los rusos. Tres seguían con vida: dos suplicaron ayuda, el tercero atacó al alemán que se acercó. Ese alemán era el sargento Ole Neuhaus, que, tras esquivar el puñal, agarró del suelo una piedra y se la arrojó sobre la cabeza. Se oyó un crujido violento.
—Maten a estos perros comunistas —siseó el sargento.
Uno alemán obedeció de inmediato. El otro, Albuin Pilz, traductor, tenía el puñal del enemigo en la mano, pero miraba al ruso sin decidirse.
—¡Unmba! —susurró el ruso, y siguió con una cascada de palabrería chillante.
—¡Mátalo, Pilz!
El ruso rio, y siguió riendo y hablando aun teniendo el cuchillo en el pecho. Acabó recibiendo cinco puñaladas.
—Deprisa —dijo Neuhaus, encasquetándose el gorro de piel—, tomen lo que puedan y síganme.
Se hicieron con los gorros, los abrigos, los bolsos, las armas. Luego se reunieron con su oficial; debajo de él, en la nieve, había un rastro de sangre que se alejaba.
—Andando —dijo el sargento.
—¿En esa dirección? —preguntó el soldado que había cogido la PPSh-41.
—¿Quiere salir a campo abierto, Sollner? ¿Cree que ningún otro ruso escuchó esos disparos? —Lo miró un momento, luego emprendió la marcha.
Los demás fueron tras él.
 
Dos horas después alcanzaron un claro. Y había allí una cabaña, torcida y medio hundida en la nieve. Salía humo de la chimenea, y el resplandor de la luz escapaba por la ventana, mal cerrada. Las huellas del tigre, salpicadas de sangre iban hacia allí.
—¿Ve algo, Untermann? —preguntó el sargento.
Tendido sobre la nieve, Artur Untermann, cazador devenido en francotirador, observó por la mira telescópica del Mosin Nagant. Dijo:
—Una silueta acaba de pasar por delante del fuego.
—¿Hombre o mujer?
El francotirador siguió observando.
—Mujer, sargento.
Kim Sollner soltó una pequeña risita.
—Usted se queda aquí, Sollner —ordenó Neuhaus—, cubra las espaldas de Untermann. Henckel, Pilz, ustedes vienen conmigo.
El sargento y sus dos acompañantes se adentraron en el bosque, para luego moverse siguiendo el borde del claro, rodeando la cabaña hasta observarla desde el otro lado. No tenía puerta trasera, pero sí una ventana. Más cerca de ellos había un chamizo, que hacía las veces de letrina, un cobertizo y un corral de cabras.
—Oiga bien, cabo —dijo el sargento—: irá por la derecha, hasta aquella pila de leña. Pilz y yo iremos por la izquierda. —El cabo amagó a moverse—. No dispare a menos que su vida dependa de ello.
Se separaron. Neuhaus y el traductor se movieron agazapados hasta un montículo de nieve. Se echaron cuerpo a tierra y no se movieron por un minuto. Luego el sargento alzó el sombrero, sacudiéndolo en el aire. No sucedió nada. Entonces se asomó por un costado, miró a Henckel y le ordenó moverse hasta el chamizo.
El cabo llegó hasta la parte lateral, pegó la oreja a la madera y luego espió por un agujero. Al mirar a su oficial, negó con la cabeza: la letrina estaba vacía.
Naehaus le mostró el puño cerrado para que permaneciera quieto. Se volvió hacia Pilz.
—Saldremos por aquí —señaló a la izquierda—, hasta el cobertizo. Corra si yo corro, deténgase si yo me detengo, y no dispare por más que yo lo haga. No confío en su puntería, Pilz. Es usted traductor y no soldado. Ahora levántese y obedezca.
El sargento agarró con manos firmes el fusil y echó a correr. Pilz soltó un suspiro antes de seguirlo. Se movieron deprisa y agazapados hasta apoyar las espaldas en la madera del cobertizo. A través de esta les llegó una voz muy baja y un tanto aguda.
—El canto de un niño —dijo Pilz con un hilo de voz.
Neuhaus apoyó la nuca, cerró los ojos un momento, conteniendo la respiración, y en su rostro se asomó una queja, una rebeldía que amenazaba con mandar al diablo al Fuhrer, al Tercer Raich y a la maldita guerra. Pero cuando exhaló por la nariz, su gesto se endureció y sus ojos recuperaron la frialdad.
—Vaya y háblele —ordenó—. Hágalo su rehén, Pilz.
—¿Rehén, sargento?
—Yo lo cubriré —dijo Neuhaus, y asomando el cañón del fusil, apuntó hacia la ventana de la cabaña.
El traductor pasó por delante de él, rodeó la esquina, abrió poco a poco la puerta del cobertizo y espió dentro. La canción se calló de repente. Pilz entró. El interior estaba oscuro y no vio al pequeño. Lo llamó por lo bajo con palabras amistosas. Luego palpó, halló una lámpara y la encendió con una cerilla robada a los rusos.
—Sargento —dijo, hablando a través de la madera—. No hay nadie aquí.
—No lo escuché bien, Pilz.
—No hay nadie —repitió—. Nadie. —Hubo silencio—. ¿Sargento?
Pilz se sobresaltó al abrirse la puerta del cobertizo, y dejó caer la lámpara al suelo y alzó su fusil con manos temblorosas. El cristal se quebró con un estallido.
—Baje eso —siseó el sargento. Se volvió y con una seña llamó a Henckel, que se les unió enseguida—. La ventana, cabo —dijo entonces—. Pilz, rodeé la maldita cabaña y llame a la puerta. Yo iré con usted. Diga que somos de los suyos. Es su deber darnos cobijo.
En cuestión de un momento, ambos estaban frente a la puerta, y el traductor golpeó la madera con los nudillos.
Contestó una mujer:
—¿Kto stuchit v moyu dver’? —A juzgar por su voz, era una joven.
Pilz miró a su oficial, este señaló la puerta con el mentón.
Vashi tovarischi, moya ledi —contestó el traductor. Luego, tras una pausa, agregó unas pocas palabras.
El sargento puso una mano en el cinto, cerca de la pistola, previendo lo peor. No confiaba en las aptitudes de Pilz, en ninguna de ellas.  La puerta se abrió. La mujer que apareció delante tenía el cabello rubio ensortijado y suelto hasta los hombros, y los ojos largos y estrechos sobre unos pómulos carnosos.
Pilz se quedó sin habla. La mujer sonrió y luego preguntó algo.
—Sí, soy buen hombre —respondió el traductor, sin darse cuenta de que usó la lengua alemana.
Pero tanto la joven como el sargento Neushaus sí lo advirtieron, y mientras la primera reaccionó echándose atrás para volver a cerrar la puerta, el segundo dio dos grandes zancadas y antepuso el cañón del fúsil, evitando que se cerrara justo a tiempo. Luego entró alzando el Vintokva. La dueña de casa soltó un grito, retrocedió hasta la chimenea y tomó uno de los leños ardientes, a fin de usarlo como garrote, pero estaba caliente y no pudo sostenerlo.
—¡Quieta! —gritó Neuhaus. La mujer tomó una sartén, intentó golpearlo con ella, pero él la esquivó una y dos veces—. ¡Quieta o disparo! ¡Quieta! —Se volvió hacia la puerta y vio que su compañero seguía petrificado—. ¡Ven aquí y traduce Pilz, maldita sea! ¡Dile que se calme!
El traductor por fin salió del trance, entró e interponiéndose entre su oficial y la bella mujer habló en la lengua rusa. La dueña de casa intentó golpearlo a él también, pero el sargento adelantó a tiempo la culata del rifle y le dio a ella en la frente. La mujer cayó hacia atrás con los brazos rígidos a los lados del cuerpo. De inmediato, Neuhaus sujetó por el abrigo al traductor y lo empujó hasta una pared.
—¡Pudiste echarlo todo a perder! Si el Fuhrer estaría aquí, estoy seguro que te haría tragar ese fusil.
—¡Él no está aquí, sargento! —dijo Pilz alzando las manos—. ¡Él está en su mansión, fuera de todo peligro! —Se lo sacó de encima ante el impacto de sus palabras—. ¡Sería yo quien le dijera cobarde y no él a mí!
Neuhaus alzó su fúsil y le apuntó al pecho, y el traductor vio en sus ojos que estaba decidido a dispararle. Tras un momento que a Pilz se le antojó eterno, el sargento bajó el arma.
—Llame a los demás —ordenó.
 
—¡Oigan, oigan, está despertando! —exclamó Pilz cuando advirtió que la mujer parpadeaba. Habían pasado diez minutos desde el golpe.
Los soldados miraron con gran atención a la joven. El sargento no se inmutó en absoluto.
La mujer acabó por abrir los ojos, se sentó apretándose la sien con sus dedos delgados, y observó en derredor. Su mirada pasó del rostro de un hombre al de otro y al de otro, hasta que se encontró con el de aquel que la golpeó. El sargento no se la devolvió.
—Que se levante y cocine —dijo Neuhaus.
Pilz estuvo a punto de replicar algo, pero lo dejó pasar. Tradujo las palabras a un pedido más amable.
—Vigílala —dijo el sargento mirando al traductor, y hablando a Henckel, agregó—. Usted vigílelo a él.
Un tiempo después, de pie delante de la mesa, la mujer habló sin mirar a nadie.
—Sargento —dijo Pilz—. Dice que necesita agua para hervir.
|El oficial caviló en silencio, luego suspiró y dijo:
—Ha visto el pozo fuera, ¿verdad, Cabo?
—Sí, señor.
—Traiga una cubeta.
Henckel se arrebujó en el abrigo y obedeció sin rechistar. Tras abrir la puerta, Sollner caminó hasta la mujer y la miró más de cerca.
—Pregúntale como se llama —dijo.
Pilz miró al sargento.
—Que le preguntes como se llama, dije.
—¿Y eso que importa? —replicó el traductor.
Sollner pasó sus dedos por el cabello de la mujer.
—Quiero saber el nombre de esta preciosura. —La mujer se apartó, molesta por el contacto. Él sonrió y dijo—: Yo soy Berend. ¿Cuál es tu nombre?
La anfitriona lo miró de la cabeza a los pies, con un gran desprecio en los ojos.
—No finjas que no te gusta —dijo Sollner, acariciándole la mejilla.
—Déjala —dijo Pilz—. Somos soldados, no delincuentes.
—Apártate —gruñó Sollner, dándole un empujón.
—¡Apártate tú, rufián!
Sin más palabras, Sollner le arrojó un puñetazo directo a la mejilla. El traductor se tambaleó y calló de espalda.
—Suficiente —dijo entonces el sargento, sin levantarse, pero clavando una mirada furibunda a Sollner.
Este le dio un puntapié en el trasero a Pilz antes de volver a sentarse contra la puerta.
Neuhaus miró su reloj.
—Untermann, vaya a la ventana y dígale al Cabo que se dé prisa.
El francotirador se levantó de mala gana, abrió el postigo y echó un vistazo fuera.
—Ya debe estar volviendo, señor. No está en el pozo.
El sargento asintió, satisfecho. Sin embargo, pasaron otros dos minutos y Henckel no regresó. Neuhaus volvió a mirar el reloj, se incorporó y fue él mismo hasta la ventana. Llamó al Cabo por su nombre. No respondió.
El sargento soltó un insultó que nadie oyó.
—Pilz, vigile a la mujer. Untermann…
—La ventana, señor.
—Sollner, usted conmigo.
Neuhaus y Sollner encontraron las huellas de Henckel en la nieve, alumbradas por la luna llena, y la siguieron hasta el pozo. Allí, sin embargo, ninguna huella regresaba ni se perdía hacia ninguna otra parte.
Sollner se inclinó sobre el agujero y dijo con un tono burlón:
—¡¿Cabo, estás ahí abajo?! ¿Sabías que existe una cuerda para la cubeta?
—Silencio —dijo Neuhaus. Miraba a un lado y a otro—. ¡Cabo! ¡Regrese aquí de inmediato!
—¿No es obvio lo que sucede aquí, sargento? El maldito se fue, como Graf la noche antes de que llegaran los rusos. Cobardes hay muchos.
Neuhaus negó con la cabeza, molesto.
—Regresemos a la cabaña, de nada servirá buscarlo en esta oscuridad.
—¿Llevo el agua?
—No. No habrá comida caliente esta noche. —Miró el humo de la chimenea—. Ese fuego debe apagarse.
 
Cuando los primeros rayos de sol entraron como jabalinas por la ventana que miraba al este, Neuhaus zamarreó el hombro de Untermann y le dijo que se preparara para salir. A Pilz no le gustó un ápice tener que quedarse con Sollner.
De esta manera, regresaron al pozo. El cazador enseguida se acuclilló y buscó las huellas de su compañero desaparecido, y tras ampliar cada vez más su rango de búsqueda, halló un rastro que se aproximaba al aljibe desde el bosque.
—No —dijo Neuhaus, viendo que las huellas iban hacia la leña—. Esas sí son huellas de Henckel, pero las dejó al llegar. —Señaló al bosque—. Demos una vuelta por allí, tal vez aquí se cuidó de borrar su rastro.
En el bosque encontraron más huellas. Juzgaron que eran de hombre, y al poner las suyas al lado, comprobaron que eran similares. Era alemán el que las había dejado, o llevaba botas alemanas.
Tomando Untermann la delantera, serpentearon entre los abedules y arbustos. El sargento iba en la retaguardia, mirando ya a la izquierda, ya a la derecha, sin discutir las decisiones que el otro tomaba, dada su experiencia. De pronto, enterrado en la nieve, avistaron un casco alemán. Esa visión los inquietó, pues no habían llevado uno como prisioneros de los rusos. Luego, siguiendo las huellas, encontraron un Kar 98k, y más adelante las cinchas y todo el equipamiento de un soldado alemán.
—Graf —dijo Neuhaus.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el francotirador.
—Porque ahí está.
El sargento alargó un dedo adelante y arriba. Allí, entre los matorrales, se elevaba un enorme roble, y de una de sus ramas pendía una soga: la soga apretaba el cuello de un hombre que se balanceaba a causa del viento. El ahorcado estaba desnudo de la cintura hacia arriba, y tenía un largo tajo vertical que lo había dejado como una carcasa vacía de huesos y piel pálida. Los cuervos se habían llevado los ojos del pobre hombre, pero habían sido clementes con el resto del rostro, permitiendo a los dos soldados reconocer a aquel que conocían como Graf.
Untermann vomitó. El sargento, sin decir nada, se acercó lentamente y miró al muerto, con cuidado de no pisar la sangre seca y con cuidado de evitar la que todavía chorreaba desde arriba. Entonces sus ojos se clavaron en la frente del ahorcado, donde habían grabado una palabra a cuchillo: SUDIT’.
Neuhaus echó a correr hacia la cabaña. Al llegar a esta, golpeó la puerta con rabia, y en cuanto Sollner le hubo abierto, lo empujó a un lado, corrió del camino a Pilz con un manotazo y con el revés de la mano le dio una bofetada a la mujer. Esta cayó hacia atrás, y entonces el sargento la sujetó por los cabellos y la arrastró fuera, sin prestar la menor atención a sus gritos ni a Pilz, que intentó tomarlo del brazo para detenerlo. La arrojó sobre la nieve y gritó:
—¡Sal dónde pueda verte, perro comunista! ¡Muéstrate y pagarás por la aberración que hiciste a un alemán!
—¿Se ha vuelto loco, sargento?
Neuhaus apuntó con la pistola a Pilz.
—Traduce. ¡Tradúcelo para él!
Su subordinado obedeció, enredándose con las palabras. El sargento agregó:
—¡Si no te presentas ahora mismo, haremos de tu mujer un objeto que pasara de mano en mano, y luego la enviaremos a ti, para que veas con tus propios ojos el poder de un alemán!
—Sargento…
—¡Traduce Pilz o te dispararé! —El soldado repitió sus anteriores palabras en ruso—. ¡¿Lo oyes, cobarde?! ¡¿Lo oyes?! —Para demostrar que hablaba en serio, se arrodilló sobre la mujer, con un tirón arrancó los botones del abrigo de ella y cerró la mano en torno a uno sus pechos—. ¿Lo ves? ¡Vamos a divertirnos si no vienes de inmediato!
De pronto, el sargento sintió un poderoso golpe en la cabeza, y tras tambalearse, todo se volvió negro para él.
 
Neuhaus abrió los ojos, parpadeó y miró alrededor. Vio la madera mohosa, la luz entrando por la ventana, la mesa y la silla, pero tardó en darse cuenta donde estaba. A su izquierda se acuclilló un hombre.
—¿Se encuentra bien, sargento?
Neuhaus lo miró fijo, y a su mente le vino el nombre.
—¿Qué sucedió, Sollner?
—Pilz lo ha golpeado duro. Usted había perdido la razón, sargento, no puedo decir que él no hizo bien.
—¿Dónde está?
—Lo encerramos en el cobertizo.
—Tráiganlo.
—Señor…
—Que lo traigan, maldita sea.
Sollner se marchó y regresó con el traductor, que había sido despojado de su arma, y lo dejó frente a su oficial. El sargento se masajeó la nuca.
Pilz bajó la cabeza, avergonzado.
—Lo siento, señor, pero…
Sudit’ —dijo Neuhaus.
—¿Disculpe, sargento?
Sudit’ —repitió—. Es ruso, ¿cierto, Pilz? Dígame lo que significa.
—Juzgado —dijo el traductor—. Aquel que se ha enfrentado al juicio. ¿Pero… por qué lo pregunta?
—Es lo que grabaron en la frente de Graf. —Neuhaus miró alrededor y frunció el ceño—. ¿Dónde está Untermann?
—Eso mismo iba a preguntarle yo, sargento —dijo Sollner—. Se fue con usted, y no ha regresado todavía.
—Pero… ¿Cuánto he dormido?
—Poco menos de una hora, señor. Creí que lo había dejado fuera, oculto a la vista por si Henckel rondaba por ahí. No entiendo, señor, ¿por qué mencionó a Graf?
Ole Neuhaus se tambaleó, y su soldado le alcanzó la silla.
—Entonces no saben lo que encontramos —dijo el sargento—.Graf. Oh, sí, lo hallamos en el bosque… colgado de un árbol, abierto como un cerdo. Y tenía esa maldita palabra en la frente. Un ruso tuvo que hacerlo… ¡El esposo de esta perra!
—Dijo que es viuda, sargento —comentó Pilz—. Que su esposo era soldado y murió.
—¿Y su hijo? —preguntó entonces el sargento—. Usted lo escuchó cantar también. Pregúntele si tiene un hijo, y sabremos si miente o no.
El traductor se volvió hacia la mujer, que estaba hecha un ovillo bajo la mesa, y le habló. La respuesta fue clara para todos.
—¿Lo ves? —dijo Neuhaus—. Miente.
Pilz insistió una vez más.
Moy malysh ume —contestó la joven, y echó a llorar.
El traductor miró a sus dos compañeros.
—Dice que su hijo está muerto. —Y entonces volvió a preguntar a la mujer, y esta respondió mirándolo con los ojos enrojecidos. Tradujo—: Cayó al pozo.
—Sargento —dijo Sollner—. Esto no me gusta nada. No sé usted, pero yo ya no quiero estar aquí. ¿No sería mejor intentar volver con los nuestros antes de que… sea tarde? Ningún ruso ha venido todavía, tal vez hayan sido rechazados hacia…
—Los nuestros han sido barridos, Sollner —dijo el sargento—. ¿No es obvio eso? Este frío nos debilita, y las armas de los rusos terminan el trabajo. ¿Acaso no fuimos vencidos y capturados fácilmente? Ya no hay donde ir.
—¿Y piensa esconderse de los rusos hasta cuándo? —preguntó el otro, encogiéndose de hombros.
—Hasta que sea lo bastante valiente para acabar con mi propia vida. Pero no me iré habiendo abandonado a nadie. Y Untermann y Henckel están ahí fuera todavía. —Caminó hasta la puerta—. Iré a buscarlos. Solo. Si no regreso en dos horas, denme por muerto.
Y se fue, dejando un gran silencio en la cabaña.
 
Sonó la puerta con tres suaves golpes.
—Abran —dijo el sargento.
Sollner suspiró de alivio.
—¿Y bien, sargento? —preguntó una vez el oficial se hubo sentado en la silla—. ¿Encontró alguna pista de esos dos?
—Nada. Las huellas de Untermann desaparecieron frente al cuerpo de Graf, como las de Henckel desaparecieron junto al pozo. —El sargento bebió un poco de su cantimplora—. Maldita sea, olvidé traer una cubeta con agua.
—¿Quiere que vaya por ella?
—No, Sollner. Nadie sale de aquí por el resto del día.
 
Nada ocurrió, y la noche llegó temprano. Los soldados se turnaron para la guardia: primero Pilz, luego Neuhaus, luego Sollner. Este último recibió el turno de buena gana. Paciente, esperó a que su oficial se durmiera para moverse hasta la mujer, y la contempló bien de cerca y en silencio, con una mano alargada pero sin llegar nunca a tocarla. Pasó el tiempo, el sargento se removió en su lecho de piel y Sollner retrocedió enseguida hasta la ventana que miraba a la parte trasera. Allí fingió estar espiando por los intersticios del postigo, y para su sorpresa vio la luz de un fuego, detrás del corral de cabras y ovejas. Mordiéndose el labio inferior, levantó el pestillo del postigo y lo abrió sin hacer ruido. Entonces vio que el fuego era en realidad una hoguera, y que alrededor había dos hombres sentados, conversando y riendo por lo bajo. Uno de ellos lo vio y con un gesto lo invitó a unírseles.
Sollner entornó los ojos, y la mandíbula inferior le cayó por la sorpresa, pues el hombre que lo llamaba era Untermann, y el que lo acompañaba Henckel. Se volvió hacia el sargento, que dormía, y cuando volvió a mirar fuera, el francotirador volvió a llamarlo, mientras que el Cabo se llevó el dedo índice a los labios, pidiendo silencio mientras reía, y con la otra mano levantó una botella de vino.
Entendiendo que esos dos estaban jugando con el sargento, Sollner quiso unirse a la broma. Sin hacer ruido, fue hasta ellos.
 
Pilz se despertó de pronto, aquejado por un mal sueño. Sentado sobre su lecho, con la respiración un tanto acelerada, miró al sargento, y luego alrededor, esperando el comentario burlón de Sollner. Pero nunca llegó.
—¿Sollner?
Se restregó los ojos y se incorporó. Recorrió la cabaña a oscuras, y fue hasta la ventana, cuyo postigo estaba abierto. Espió hacia afuera, creyendo que lo vería buscando agua en el pozo o haciendo alguna necesidad. Sin embargo todo estaba quieto.
—¡Sargento! —Lo zamarreó por el hombro.
Neuhaus le puso su pistola bajo el mentón.
—Sargento. Sollner no está.
El oficial miró a la mujer. Dormía profundamente.
 
Lo llamaron durante toda la noche. Con el amanecer del día, llegó la nieve. Aun así, el sargento cogió su rifle, se apretó el manto y le dijo a Pilz que llevase a la mujer con ellos. Entonces los tres salieron, y siguieron las huellas hasta el corral, donde desaparecían abruptamente, como si el soldado hubiera echado a volar. Esto desquició al sargento, que se vio superado por la situación, y harto de tanto misterio, alzó el rifle y comenzó a disparar a las cabras.
—¡¿Cuál de ustedes es el maldito diablo?! —rugía mientras halaba el gatillo—. ¿Tú? ¿Tú? ¿O tú? —Cuando acabó el cargador, arrojó el rifle y cogió la pistola—. ¿O acaso eres un lobo con piel de cordero? —Y dicho esto, les disparó a las ovejas. De pronto se volvió hacia la mujer, que estaba de rodillas, con las manos en las orejas—. ¿O te escondes tras la hermosura, serpiente traicionera? —Y le apuntó con la pistola.
—¡No! —gritó Pilz y se le arrojó encima de él.
El sargento se defendió golpeándolo con la pistola.
—¡No es ella la asesina! —exclamó el traductor, caído en el suelo. El oficial lo miró sin dejar de apuntar a la mujer—. Las palabras del hombre que acuchillé… ¿no las comprendió, verdad sargento? Yo sí. Ese maldito dijo que el tigre iba a cazarnos a todos. Que no era un animal, sino un espíritu vengativo: Unmba.
—¿Unmba? ¿Unmba, dijiste?
—¿Lo ha oído antes, sargento?
Neuhaus apuntó con más firmeza.
—¡¿Qué le sucedió realmente a tu hijo, mujer?! ¡¿Qué le sucedió?!
Pilz tradujo tras un momento, pues no acababa de entender qué tenía que ver el niño muerto en este asunto.
La rusa miró al oficial alemán y soltó una larga palabrería que parecía ir acompañada de veneno.
Pilz negó con la cabeza, con una mueca de horror, incapaz de creer lo que oía. Neuhaus lo miró. Él tragó y saliva y dijo:
—Su hijo fue asesinado. Hace dos semanas, en el bosque que está al sur. Ella vio quién lo hizo, y… todo lo demás.
—Tú lo hiciste, Pilz —dijo entonces Neuhaus, con voz queda—. El niño cazador que tomaste por enemigo. El niño que Graf… —El sargento apretó las mandíbulas, y echó atrás la cabeza para calibrar su ojo con la mirilla—. Esta es la bruja que invocó al Unmba, la que nos trajo aquí para vernos morir uno a uno. —Tragó saliva—. Bien, perra, conmigo no podrás. —Y haló el gatillo.
Clac. Clac, clac. Clac, clac, clac. El cargador estaba vacío.
De pronto, Pilz giró la cabeza y vio al tigre saltar sobre la espalda del sargento. Neuhaus cayó al piso con la enorme bestia encima, y se defendió blandiendo la pistola. El tigre cerró sus fauces en la tráquea del hombre, y apretó y apretó. El traductor apuntó al tigre con el fusil, aun desde el suelo. Haló el gatillo. Clac. Clac. El fusil estaba encasquillado.
—Dispara, dispara —dijo Neuhaus con el último aire de sus pulmones.
Clac, clac. Pilz se levantó entonces, y usando el fusil como garrote, lo descargó con rabia sobre el animal. El tigre gruñó por el dolor, soltó a su presa y dio un terrible zarpazo en su dirección. El traductor no fue lo bastante veloz para esquivarlo, y cayó al suelo con cuatro cortes en el vientre. Luego retrocedió sobre su trasero cuando vio en los ojos del tigre que iba a saltarle encima.
¡Net! —exclamó la mujer, y el tigre se frenó en seco—. On moy.
Entonces la joven rusa avanzó hacia Pilz, y el tigre se volvió hacia el sargento y comenzó a comer de su vientre mientras aún seguía con vida.
—¡Piedad! —chilló el traductor, en ruso—. ¡Yo fui quien te protegió de ellos! ¡Yo fui! No quise… él tenía un arma, y yo me asusté. ¡Yo no le hice nada cuando estuvo muerto!
Pero la bruja, sonriendo ahora, no cesó su caminata hacia él. Y en su mano apareció un cuchillo.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Guau, cómo empieza esto. La historia, una pasada, me ha encantado. Es que no podía dejar de leer. Totalmente pillada, abstrida en la lectura
En cuanto a la forma de narrarlo, me ha sorprendido y mucho. Te diré por qué: han habido momentos en que me parecía estar leyendo una traducción de Google, o sea, que me sonaba raro y algo descoordinado.
En general muy bien, algún acento raro y una repeticion muy seguida en el primer cuarto de relato, creo.Ah, y un tiempo verbal mal , no pudo mostrártelo porque ahora estoy con la tablet en el curro.
Pero es un relatazo, enhorabuena.
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#3
Excelente apertura.
Buena ambientación, y una trama que recorre un compendio llamativo de recursos (guerra, armas, existencias) como digo, si se lee algo que te haga buscar fuera de los confines del texto entonces el autor lo ha hecho bien. Suspense desde el inicio bien logrado. Aunque se puede llegar a presentir el final, lo que atrapa más es la incertidumbre de saber cómo se alcanza.
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#4
Muy buena ambientación y bien redactado y relatado. Aun siendo un clásico en cuanto al argumento, has sabido darle una buena vuelta para ambientarlo en las Segunda Guerra Mundial.
La introducción de palabras en ruso le da un buen punto al relato, pero como contrapartida te interrumpe la lectura para poner las palabras en el traductor y saber lo que dicen.
Buen trabajo.
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#5
El relato está muy bien ambientado con todos los diálogos en ruso y el nombre de las armas. Aunque me hubiera gustado que se explicaran las características de las armas relevantes para el relato para luego dar un caramelito al lector ;p Es decir, si explicas las balas que tiene la pistola puedes escribirlo de forma que el lector pueda "contar" los disparos. Si dices que uno de los fusiles no es muy fiable, cuando coge ese, el lector puede ver que la ha cagado. Sorry si parece que quiera reescribir el relato, pero es que soy un friki de las armas Xp ¡Para mí son como personajes secundarios!


El relato aunque sea de corte clásico tiene la gracia de la dinámica entre el traductor y el sargento. Está bien el que el menos nazi sea el que la ha cagado. El que toda la desconfianza que tiene el sargento en él sea precisamente por lo de matar al niño y que eso suponga la perdición de todos. Me gusta que los personajes no sean ni blancos ni negros. ¡Me gustan estos personajes grises!

¡Enhorabuena por el relato! Con esta ambientación creo que puedes lanzarte a escribir algo más largo. Sería muy interesante de leer.

PD: me ha saltado al la vista esto "Uno alemán obedeció de inmediato. El otro, Albuin Pilz,"
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#6
Primer relato que leo y debo decir que me ha dejado gratamente sorprendido. Me ha gustado mucho la tensión que se vive durante la narración, ese suspense del qué pasará es algo que se agradece.
En la historia, eso sí, he visto detalles que no he llegado a entender. No entiendo por qué el tigre mata a los rusos si estos no tienen nada que ver con la muerte del niño. Por otra parte, me faltó algo al inicio para poder llegar a imaginarme ese final(en ningún momento se habla de esa escena con la violación y muerte del niño), quiero decir que no das ninguna pista al respecto por lo que el final que podría ser muy sorprendente no deja de ser uno de los miles que podría tener.

También he de decir que le ha faltado una buena revisión, ya que hay bastantes faltas (un calló en lugar de un cayó me ha llamado mucho la atención ya que luego sí lo pones bien) y repeticiones. Hay muchas frase en las que pones la conjunción "Y" seguida de una subfrase entre comillas y no considero que esté bien.

En definitiva, me ha gustado mucho el relato aunque hubiese preferido esa referencia al principio de la narración, por el resto genial!!!
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#7
Me ha gustado. La ambientación es realmente buena, aunque no así la manera de narrarlo. Lo encontré algo tosco, con exceso de <<y>>, repeticiones varias, y sin mucha descripción. Además quedan algunos cabos sueltos, que Wherter ha hecho bien en marcar y que le resta puntos a la historia. En resumen, me ha gustado, pero pudo haber dado más de si con una buena dosis de pulido.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide un vaso de agua. Nunca se sabe qué pasará mientras te lo traen".
 
                                                                                                                                                                                 
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#8
Buen relato, con excelente manejo del ritmo y la tensión. La ambientación en la guerra y en el frente ruso de la un plus para mí, «admirador» de ese teatro bélico. Ha estado bien el desarrollo de los personajes, el sargento y el traductor (que me ha recordado al traductor de Salvar al soldado Ryan, por cierto), también Sollner, soldado embrutecido por la guerra. La bruja vengadora, un personaje clásico, bien llevado en la piel de esa joven madre rusa, también es un plus lo del «unmba», queda como una leyenda siniestra hecha realidad en el folklore local.

Alguna pega tiene, el relato, básicamente de tipo argumental. No veo las razones del ataque a los captores rusos, como no sea que la bruja haya enloquecido y solo le importe la venganza, pero eso no aparece reflejado. Tampoco me gusta que lo que ha dado comienzo a toda la carnicería sea explicado al final de todo, que no haya algo al inicio o durante el desarrollo que vaya preparando el desenlace. Es decir, de pronto todo cobra sentido, pero he tenido la sensación de que al relato le han comido un buen pedazo inicial.

Pese a todo, lo he disfrutado mucho y lo puntuaré bien, sin duda.
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#9
Un relato interesante con tensión bien lograda. Me gusta ese detalle de como van desapareciendo uno a uno sin que se revele hasta el final lo que está pasando. Aunque no me queda claro porque el tigre atacó a los rusos y la revelación de que la mujer era la bruja no fue tan sorpresa así que el final quedo un poco flojo. Aun así genera un buen clima y es algo interesante de leer. Suerte en el reto.
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#10
Como ya han comentando, el que el tigre mate a los rusos que nada tuvieron que ver y el que no se de ninguna pista sobre el final, son dos detalles que restan un poco a la historia.

Por lo demas, una ambientacion magnifica. Aqui otro "admirador" de esa guerra que tanto juego da y seguira dando a la literatura, el cine y los videojuegos Big Grin
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Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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