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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 4)- Saga Geralt de Rivia
#1
Capítulo 4

N. A. Este primer fragmento lo escribí, o se escribió solo, mientras escuchaba el tema “Spikeroog” de la banda sonora de The Witcher 3 Wild Hunt. Probad a leerlo con él de fondo. Espectacular tema.



La luna llena brillaba esa noche de equinoccio, como un ojo en el cielo nocturno que todo lo ve. El brujo la miraba. Tenía el rostro alzado hacia ella, iluminado por ella. Apenas había hablado en todo el día, se sentía dividido.

Por un lado, la necesidad de proteger a Ciri. Giró la cabeza y la miró, dormida. Estaba tumbada boca abajo, podía ver su perfil, su respiración serena, su rostro tranquilo, tan inocente, tan indefensa. Cómo podía alguien querer hacerle daño.

Por otro lado, no llevaba nada bien haber matado como mató.
Era la primera vez que mataba a sangre fría y le repugnó, le avergonzó, le afectó. Y con Ciri allí, oyéndolo todo.

Cómo se le explica a una niña traumatizada que tuvo que matar como un vil asesino para protegerla. Si a él mismo le asqueaba su acción, qué pensaría ella. Y no sabía qué decirle, ni cómo. Esas cosas se le daban bien a Jaskier, no a él.
Y eso le asustaba. Lo tuvo que reconocer ante sí mismo. Le asustaba que su confianza, su respeto y su cariño se hubieran malogrado... Sólo de pensarlo se deprimía, le hacía daño, mucho más de lo que nunca hubiera imaginado. Porque ya no quería estar solo. Porque la quería.

Sin embargo, su Niña de la Sorpresa era más de lo que él pensaba. Geralt no sabía, no imaginaba hasta qué punto la niña le adoraba, con una fe en él inquebrantable. Y con todo lo vivido, con el instinto de supervivencia agudizado, percibía la realidad con una sencillez aplastante. Y entendía, hasta cierto punto, lo básico, lo importante. Pero lo suficiente. Fue el brujo el que no entendió, porque el conflicto estaba en su mente.

Se despertó, se frotó los ojos. Le vio de espaldas, con los hombros encorvados. Se aproximó a él. Geralt, de cara al fuego, oyó con claridad sus pasos en la tierra y se giró hacia ella. Su expresión no traslucía nada de lo que ocurría en su interior, pero Ciri sabía ya leer en su mirada lo que su rostro ocultaba. Mientras se acercaba, vio en sus ojos un pozo de angustia. No soportaba ver tristeza en los ojos del brujo, hacía que ella misma se sintiera rota. Porque le quería.
Se sentó en su regazo. Geralt sostuvo su mirada verde, limpia e inocente, le quitó un mechón de pelo de la cara y se sintió conmovido. Sabía que haría por ella lo que hiciera falta. Todo lo que hiciera falta.

—Perdóname, Ciri. Esta mañana, yo… no quise asustarte.
—Ya sé que no querías hacerles daño, Geralt. Pero tenías que salvarme, oí lo que dijeron. ¿Es por eso que estás triste?
—Sí, Ciri. Por eso justamente.

Y entonces, despacio, ella le echó las manos al cuello y le abrazó. Fuerte, muy fuerte.
—Geralt… gracias por elegir salvarme.

La luna llena brillaba, como un ojo en el cielo nocturno que todo lo ve. Y si así hubiera sido, habría visto a un brujo suspirar con alivio mientras abrazaba con fuerza a una niña de once años, emocionado y agradecido. Hubiera visto cómo ella se levantaba y tiraba de su mano para que fuera a dormir con ella, cómo se pegó a él con un bracito alrededor de su pecho, cómo su mano acariciaba sus blancos cabellos, acurrucada en el hueco de su brazo, porque ella entendió que ese día era él quien necesitaba, de algún modo, su consuelo. Y el brujo se dejó querer, pasmado, porque sus caricias hicieron que dejara de sentirse culpable y en cambio, se sintió en paz.

La luna hubiera visto, a todas luces, a un brujo y una niña que se querían. Y esa noche no hubo pesadillas.

Había llegado el otoño, pero había vuelto el calor. Parecía pleno verano, corría, desde el amanecer, una brisa cálida proveniente del sur, agradable y bien recibida.  
Se levantaron, aliviaron sus cuerpos y después se bañaron en el mismo río cuyo cauce les acompañaba, todavía, en su viaje al norte. El brujo se afeitó de nuevo y la niña le miró hacerlo con la boca abierta, atenta a cada movimiento de la navaja. Cuando terminó, no pudo guardarse de pasar su mano por el mentón de Geralt.

—¡Oooooh, qué suave! —exclamó asombrada.

Los ojos del brujo sonreían. Estaba contento.

Luego desayunaron. El pan empezaba a estar duro, pero ya quedaba poco. Acabaron con el jamón y el queso de la granja de María, tenía que volver a comprar suministros y pronto. También observó que escaseaba ya el grano para la yegua, al darle de comer. Geralt arrugó el ceño con disgusto ante la idea de entrar en un pueblo. Y seguía con el ceño fruncido cuando recogieron y montaron, aun cuando salieron al camino. No podía dejar de asociar el término gente con el término problemas. Pero aún y así, seguía contento.

Los bosques de Temeria empezaban a mostrar los tonos otoñales, los marrones de los robles y los plátanos de sombra, el amarillo de los álamos y abedules y el rojizo de los arces y las hayas. El paisaje relajaba la vista, distraía la mirada, pero también recordaba al brujo que el buen tiempo tenía los días contados, que cuanto más al norte más frío encontrarían. Tenían que llegar al Nido de los Brujos antes de las primeras nevadas.

Llevaba a Ciri delante de él, recostada contra su cuerpo. La había puesto ahí a sabiendas. Le apetecía tenerla cerca, rodear su cinturita con su brazo para sujetarla, charlar con ella. Y la niña se había levantado parlanchina. Las millas se hacían cortas con su parloteo insustancial y a él, además, le reconfortaba. Entendía que comenzaba a sentirse segura, que sus miedos empezaban a diluirse y que la niña de largos silencios y mirada huidiza empezaba a quedar atrás.

Era día de mercado en ese pueblo. Los comerciantes exhibían sus mercancías en los tenderetes y gritaban ofertas, la gente caminaba por los pasillos concurridos, despacio, y si a eso se sumaba el intenso calor del mediodía el resultado eran unas ganas extraordinarias de terminar de una vez. Geralt compró lo que necesitaban sin entretenerse, agobiado, quería salir de allí y ponerse en ruta lo antes posible. Pero al pasar junto a la posada reconoció a Pegaso, el castrado bayomoro de Jaskier.

Entraron en la hostería. El frescor del interior contrastaba gratamente con el ambiente caluroso de la calle, y a Geralt le apeteció de pronto una jarra de cerveza. Que era precisamente lo que su amigo tenía ante sí.
El rostro del poeta se iluminó con una sonrisa, tan ancha que podían contarle las muelas.

—¡Geralt!
—Jaskier, culo de mal asiento. ¿Qué haces tú aquí? —dijo el brujo con una sonrisa retorcida.

El poeta se levantó y ambos hombres se saludaron con un fuerte abrazo y unas palmadas en la espalda.

—Voy de camino a Oxenfurt —el bardo reparó en ese momento en Ciri—. Oh, pero, ¿qué tenemos aquí? ¿Ella es…
—Cierra el pico, Jaskier. Ella es Iola. —le regañó mientras tomaban asiento, los recién llegados frente al poeta.

Ciri bufó y fulminó con la mirada a Geralt.

—No te enfades, Iola. Cuando podamos, hablaremos del tema y encontraremos algo que te guste más, ¿de acuerdo? Pero por ahora, hay que aguantarse.

Jaskier lo había pillado al vuelo.

—Menuda Sorpresa… Pero tiene razón. Cualquiera diría que no has rodado mundo, Geralt, tú, para esas cosas siempre tan limitado —el bardo se acercó todo lo que pudo a ellos por encima de la mesa y bajó la voz. — Me sorprende que no la llames Sardinilla. ¿Sabías, muchacha, que todos sus caballos se han llamado igual?

Ciri pestañeó dos veces con ojos enormes y luego miró al brujo.

—Es un nombre bonito y es la misma yegua —se defendió—. Y se acabó el tema.

Ciri seguía mirándole con cara de asombro. Geralt era el hombre más bueno del mundo, el más fuerte, el más listo, el mejor espadachín, pero definitivamente era un desastre para los nombres. Qué se le iba a hacer, su haya siempre decía que no hay nadie perfecto.
Pidió una cerveza al posadero y un vaso de agua para Ciri. Les sirvió casi al momento y casi al momento se lo acabaron.

—¿Y tú? ¿A dónde te diriges?
—A Ellander, Jaskier y no quiero hablar de eso aquí.
—Es comprensible. ¿Qué te parece si voy con vosotros? Luego me desviaré hacia el oeste por el Pontar.
—Pues apura la consumición y al camino, que falta gente.
Geralt estaba aún más contento.


Nada más perder de vista el pueblo y a algún transeúnte, el poeta empezó con las preguntas, muerto de curiosidad. El brujo ya se lo esperaba, le conocía de sobras y Jaskier no sería Jaskier sin su terrible curiosidad.

—Geralt, ¿cómo la encontraste? ¿dónde? Si todo el mundo piensa, piensa… que ella ya no… hasta tú lo pensabas, joder. Si diste media vuelta…
—Si te digo lo que ocurrió, después no habrá quien te aguante. Y tendré que amordazarte.
—Geralt me encontró, Jaskier —dijo Ciri—. Porque soy su destino.
Jaskier se quedó callado unos momentos. Geralt vio cómo el rostro del poeta cambiaba de color.
—Geralt, por lo que más quieras, cuéntamelo todo o reventaré de curiosidad.

Y el brujo suspiró. Se lo contó mientras iban al paso, con los caballos muy juntos, por la carretera solitaria y calurosa.

—¡Ja! Dos veces Sorpresa, por si no te habías enterado a la primera. Me hubiera gustado ver tu cara al encontrarla, ¡juro que daría mi laúd por haber visto tu cara de incrédulo empedernido con la quijada hasta el suelo! Y qué, ¿aún no crees en eso del destino?
— Como para no creer. Creo. Y cómo.
—Todo el mundo te lo decía, yo te lo dije también. Y tú ni caso. El brujo más escéptico de todos los escépticos, que si el destino no es suficiente, que si tal y que si cual, pero al final…
—Cállate, Jaskier.
—Bueno, vale, me callo. Ya sabes tú mejor que nadie la lección que te ha dado el destino, no tengo que ser yo…
—Jaskier…
—Ya. Cambiemos de tema. ¿El nombre de pega de la niña, por ejemplo?

El brujo suspiró otra vez, aburrido de Jaskier. Parecía que tenía ganas de sacarle de quicio. Quizá por el pegajoso calor, Geralt lo comparó con un tábano, argumentando que era igualito de cargante.

—No quiero ningún nombre de pega —saltó la niña.
—Ciri, ya te expliqué el motivo. No es seguro que me dirija a ti con tu nombre.
—Bueno, no es la única niña en el mundo con ese nombre, Geralt—salió en su defensa el poeta.
—Jaskier, te aseguro que Ciri ni necesita abogado ni le serviría de nada.
—Tengo cuatro nombres. Cirilla Fiona Elen Riannon. ¿Puedo usar uno de ellos?
—No.
—¿Por qué? —Preguntaron a la vez ella y Jaskier.
—Ninguno que tenga que ver contigo. Ninguno que nadie pueda relacionar.
—¿Crees que la gente sabe sus cuatro nombres? Vamos, Geralt…
—¡Pues yo no quiero que me llames Iola ni ningún otro estúpido nombre! —se enfadó ella.
—Ciri, cálmate. Y tú, Jaskier, cierra el pico. —Geralt suspiró otra vez—. Ciri, elige uno de tus nombres. No quiero luchar contra los dos ni eternizar esta polémica.
—Elen —decidió la niña.
—Pues ya está. Que sea Elen —otorgó Geralt con el ceño fruncido.

El brujo estuvo enfurruñado bastante rato. Jaskier casi tenía que arrancarle las palabras, y al final, harto de sus monosílabos, se enfrascó en una conversación con Ciri. Durante la conversación, como aquél que no quiere la cosa y sin premeditación, simplemente como resultado de explicarse mutuamente vivencias, Ciri reveló algunos detalles de su huida. Y lo hizo sin dramas, con naturalidad. Esas cosas se le daban bien a Jaskier, que el demonio lo llevara, pensó el brujo.

Se enteraron por ello que vagó sola varios días hasta dar con un grupo de refugiados. Que luego estuvo con unos druidas que dieron cobijo a varios niños. Que con ellos estaba cuando la mujer de Yuga la encontró y la acogió.

El brujo escuchaba la conversación sin decir nada, temía que si intervenía se forzaran las cosas y la niña se cerrara de nuevo o se angustiara. Y, aunque lo revelado arrojaba luz a ese tiempo perdido, también percibió que había cosas que callaba. Jaskier y él se lanzaban miradas de complicidad. Quizá nunca supieran esas cosas. Quizá fueron momentos tan angustiosos que la niña acabaría enterrándolos en lo más profundo de su mente, sin dejarlos salir jamás. Jaskier intentó ahondar, pero Ciri cerró la boca y el brujo negó con la cabeza a su amigo para que no la presionara.

El poeta cambió hábilmente a temas más alegres, consiguiendo que la niña dejara atrás sus aprensiones y continuara participando en la conversación. Pero esta, de nuevo sin intención por parte de los contertulios, acabó entrando poco a poco en un terreno, en progresión aumentativa, que al brujo no le hizo ni pizca de gracia y comenzó a molestarle en la misma progresión aumentativa. Entonces fue cuando emprendieron la intención, y Ciri, sorprendentemente, se unió a Jaskier en la tarea de pinchar al brujo. Se estaban divirtiendo de lo lindo a su costa y casi podían oírle rechinar los dientes.

—Y una vez Geralt me amenazó con el cinto y todo. En Brokilón.
—¡No! ¡No puede ser cierto! — se escandalizó el poeta, haciendo las delicias de la niña, mirando el ceño fruncido de su amigo. — ¡No puedo creerlo de Geralt!
—¡Ja! Ya te digo.

El brujo ya estaba harto.

—Pues bien puedes creerlo, es más, estoy a punto de quitármelo ahora y zurraros la badana a los dos. ¿Va a durar mucho más esto, Jaskier? ¿O tengo que echar mano al cinto?

El poeta y la niña se miraron significativamente y optaron por cambiar de tema, con una sonrisa de complicidad que Geralt no vio. Pero no dieron tregua. No dejaron de parlotear como dos loros en todo el camino.
Pero el brujo, pese a todo, estaba contento.

La pequeña hoguera iluminaba la elegante figura del poeta. Sentado con las piernas cruzadas, con el laúd apoyado en el muslo, sus dedos se movían por las cuerdas arrancándoles una bella melodía. Cantaba para Ciri.
La niña le miraba embelesada. Había olvidado la música, las canciones, los tiempos en que disfrutaba de esos lujos. Casi parecía que era la primera vez que escuchaba a un bardo. Y Jaskier se prodigaba ante un público tan entregado.

Geralt mordía una manzana, con una pierna flexionada y la otra extendida, con Ciri apoyada en su costado. Le gustaba oír tocar al bardo, pero nunca lo demostraba. Fingía indiferencia para que no se creciera, porque Jaskier crecido era un incordio. Y el bardo sentía indiferencia ante su indiferencia porque no se la creía. Ni una pizca.
La canción terminó y Ciri aplaudió con una sonrisa en los labios, el poeta hizo una reverencia a la niña, agradecido.

—¡Otra, por favor, Jaskier!
—Se acabó el concierto, Ciri —zanjó el brujo—. Es muy tarde. A dormir, mocosa. Vamos, no te hagas la tonta, que te he visto bostezando sin parar toda esta canción.
—Geralt tiene razón, Ciri. Vamos a estar juntos unos días, tendrás conciertos para aburrir.

La niña se conformó y se puso de pie. Bostezó de nuevo.

—Buenas noches, Geralt. Buenas noches, Jaskier.

Los dos hombres siguieron a la figurita iluminada por el fuego que se acercaba a la manta hasta que se introdujo bajo esta. No tardó en quedarse dormida.

—Me encanta la niña, Geralt. Es digna nieta de su abuela.
—Sí, lo es. Aún lo es. Deberías haberla conocido en Brokilón, entonces sí que era de armas tomar.

El bardo guardó silencio un momento. El brujo sabía lo que le seguiría, tan claro como el agua.


—Todo el mundo la busca, Geralt. ¿Qué vas a hacer? Ellander no me parece una buena idea.
—Mejor que no lo sepas, Jaskier. No te pongas mohíno, no es por eso. Ya sé que no vas a ir corriendo a Dijkstra con el cuento. Pero si ponen empeño, que lo pondrán, en encontrar a Ciri, podrían capturarte. Sabes que pueden ser muy persuasivos a la hora de recabar información.
—Está bien, respeto lo que hayas decidido por la seguridad Ciri. Pero ten mucho cuidado, Geralt.

Miraron el fuego, preocupados. El movimiento de las llamas parecía reconfortarles de algún modo.

—Por cierto, ¿qué tal te fue en Toussaint?
—Bien.

Geralt esperó a que ampliara su declaración, en vano. Por eso, la escueta respuesta no engañó al brujo. El sutil cambio en el semblante del bardo también le dijo lo suficiente, y no insistió. Le conocía.

Jaskier se inclina en una mesa sobre un papel, a la luz de un candil que a duras penas alumbra más allá. Su sombrero descansa junto a éste, dejado con un descuido impropio de él. Tiene una pluma en la mano, está escribiendo. No es una poesía, ni es una crónica. Es una carta, la carta más dura de toda su vida. Su mano tiembla visiblemente.

El poeta llora. Gruesas lágrimas caen sobre la escritura, haciendo algunas palabras ilegibles, pero él no parece darse cuenta. Ella se acerca y quiere leer, llena de curiosidad y también de una extraña aprensión que de súbito le atenaza el cuerpo.

La elegante letra del bardo se matiza al aproximarse, y empieza a leer por encima de su hombro:

“Estimado Vesemir:
Con (¿) inmenso dolor en el alma, con un pesar como jamás (¿) sentido en mi vida, tengo que comunicarte la muerte de “

Jakier deja la pluma y solloza, sus hombros se sacuden mientras sus manos cubren su cara. No es capaz de escribir el nombre, no es capaz de aceptar la realidad. Sus gemidos lastimeros la atraviesan y siente pena por él. Pero también, extrañamente, por ella misma.

Por fin, tras unos minutos, parece serenarse un tanto y recoge la pluma. Duda. Se seca las lágrimas.  Moja despacio la pluma y continúa escribiendo. Le cuesta poner el nombre, ella oye el ruido áspero de los trazos contra el pergamino con claridad, chirriantes.

“Geralt”

Ciri se pone rígida. Jaskier sigue escribiendo, pero ella ya no lee. Tiembla, horrorizada, siente como si un vacío la absorbiera poco a poco, como si su interior se hubiera helado.

De pronto, la llama del candil crece, crece hasta ser un incendio, una pared de fuego. Y delante aparece él de nuevo, el jinete del casco alado, acechándola, enarbolando la espada que refleja las llamas. Y ella grita sacudida por el horror, se olvida de todo salvo de lo que tiene delante, precipitándose hacia ella… Sólo puede gritar. Y grita.


—¡Ciri! Estoy aquí. Cálmate.

La voz de Geralt la tranquilizó. Se aferró a él, no recordaba nada, nada salvo la pesadilla de siempre. Pero se agarró a él, con una sensación muy extraña, y no quiso dejarlo ir en toda la noche.




N.A. Aunque Ciri y Jaskier se conocieron después, me ha parecido más divertido incluirle en este tiempo. Pido perdón por mi atrevimiento.
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#2
Bueno Sashka, tengo que decir que este es el capítulo que más me ha gustado junto al primero. Me has hecho sonreir varias veces; primero, con el cariño padreangustiado-hijatraumatizada que exhiben, cariño tan necesario e imprescindible para ambos; y luego con las intervenciones de Jaskier, un personaje que en los juegos me resulta de los más cargante y sin embargo en los libros siempre logra sacarme una risa. Tu Jaskier es el de los libros, y hace migas de maravilla con Ciri. Y muy buen guiño cuando aludes a Toussaint.
Y como colofón, la visión final de Ciri. En contraste con lo anterior, tan triste y angustiosa.
Enhorabuena, espero que nos sigas contando de esta manera tan encomiable lo que Sapkowski nos dejó a la imaginación Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#3
Hola, Sashka!

Me he leído los siguientes tres capítulos de Geralt y quería comentarte que, como Daghdha, estoy aficionada ya a tus fanfics Smile

Debo decir que, en los tres primeros libros, los saltos cronológicos y cambios bruscos me tuvieron algo confusa, así que se agradecen estos capítulos, que colman vacíos y narran con tono ameno y con calma alguna escena más del día a día, retranscribiendo bien los caracteres y el estilo. Dije que continuaría leyendo la saga… a ver si me pongo a ello de verdad Tongue

Apunté una errata, del capítulo 2; en un momento pones «se cuidaron de dar de comer y beber»: «cuidarse de hacer algo» significa que tienes cuidado con no hacer esa cosa, y ahí era lo contrario.
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#4
Gracias, Kaoseto, tomo nota del error y lo corrijo, tienes razón. Los saltos cronológicos a los que te refieres son los del último capítulo del segundo libro? El titulado "Algo Más"? O los del principio del tercero?
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#5
Bueno, no particularmente a ese capítulo, no; los leí hace años, así que no los tengo muy frescos, pero si bien recuerdo los dos primeros libros no tenían una línea temporal clara, iba de aventura en aventura sin que se supiera cuánto tiempo pasaba aproximadamente entre los acontecimientos. Debo decir que me sorprendió, pero me acostumbré a medida que leía. El tercero, en cambio, si bien recuerdo, era más lineal y con menos saltos.
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