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Reto Mar 19: Ana
#1
ANA


Rutina. Así podía describir su trabajo.
Llegaba a las ocho y media de la tarde y hacía la ronda. Luego se sentaba en su puesto tras el enorme mostrador y controlaba las cámaras. A las nueve menos cinco pasaba por las salas y recordaba amablemente a las familias que el tanatorio y el parking cerraban a las nueve. Después de las nueve comprobaba que no quedara nadie y cerraba todos los accesos. Y ya, hasta las dos y las cinco, horas de nueva ronda, podía hacer lo que le diera la gana.

Estaba solo, solo en medio de la montaña, en aquel edificio. Bueno, estaban los muertos, pero no solían dar guerra. Se aburría bastante, pero le pagaban bien por no hacer apenas nada. Y ya estaba acostumbrado tras meses de la misma rutina.
A las dos de la madrugada, como cada día, se colgó las llaves en el cinturón y cogió la linterna. Subió las escaleras hasta el segundo piso, comprobó la puerta de acceso al edificio por los ascensores exteriores, iluminó la cafetería a través de la puerta de cristal. Todo correcto. Bajó a la primera planta. Caminó silbando hasta la puerta de la pasarela, que estaba satisfactoriamente cerrada, y continuó por el pasillo, junto a las salas.
— ¿Hola?
Paró en seco. El corazón comenzó a bombear adrenalina, deprisa. Una voz de mujer, de mujer joven. Tras el susto, intentó echar mano de la lógica. Alguien se ha quedado. Alguien se me ha pasado.
— ¿Si? ¿Dónde está usted, señorita? No puedo verla. Salga, por favor, no pasa nada.
El haz de luz de la linterna se movía rápido, iluminando cada rincón del pasillo.
— ¿Dónde está usted, por favor?
—Aquí.
La voz sonaba muy cerca, pero él no veía a nadie.
—Estoy aquí, a su lado.
Willy Salgado dio un respingo. La voz, efectivamente, había sonado junto a él… pero allí no había nadie. Sintió la garra del miedo aprisionando sus pulmones, sus piernas se negaron a responder, sólo el haz de luz de la linterna se agitaba con el mismo temblor que su mano.
—Si esto… es una broma, no tiene gracia—logró articular con un hilo de voz, pues su garganta estaba rígida.
—Yo he pensado lo mismo—dijo la voz.
Su cuerpo respondió involuntariamente, sus instintos y el pánico tomaron el control de su cerebro y, sin siquiera darse cuenta, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Directamente bajó a recepción, saltando las escaleras de dos en dos o de tres en tres, ni lo sabía, pulsó el interruptor que desbloqueaba las puertas automáticas y salió a la noche. Paró, sin resuello, al llegar a la solitaria rotonda, a cincuenta metros del edificio. Se inclinó, apoyando las manos en los muslos, respirando agitadamente y con un flato en el costado. Intentó pensar.
¿Qué coño, qué leches había sido eso? Él no creía en cosas raras, aunque en su país había muchas supersticiones al respecto. Pero él hacía mucho que se había ido de allí, desde que era un niño. Él no creía, pero no se atrevía a volver.
Conforme pasaban los minutos, el pánico se fue disipando. No sabía qué hacer. Le daba miedo volver al allí, pero… ¿Y si no era lo que parecía? ¿Y si era un ardid para alejarle y robar? En la caja fuerte solía haber dinero. Mucho.
Con esfuerzo, se sobrepuso. Caminó despacio hacia el tanatorio, le sobresaltó la puerta automática cuando se abrió a su paso. En el suelo, detrás del mostrador, la linterna encendida iluminaba las baldosas oscuras en un cono que no servía para nada, el interior estaba como boca de lobo. Entró, con la mano sobre la pistola en su cadera, soltó el seguro de la funda y avanzó hacia el panel de iluminación. Pulsó todos los interruptores y el edificio cobró vida.
Algo más tranquilo al haber expulsado las tinieblas, subió a hurtadillas las escaleras, despacio, sin levantar ecos, sujetando las llaves para que no hicieran ruido. Cuando llegó a la primera planta, se pegó a la pared, junto a la esquina. Con el arma en las manos apuntando hacia el frente, giró de repente encarando el pasillo. Vacío. Retrocedió.
Volvió a bajar las escaleras y se dirigió al despacho de dirección. Antes de doblar la esquina, repitió el movimiento, innecesariamente, pues no había nadie. La puerta del despacho estaba cerrada. También, según comprobó, con llave. Cuidadosamente, desenganchó el manojo y buscó la llave. La introdujo y abrió. Vacío, todo correcto, la caja fuerte seguía en su sitio, intacta. Con alivio, regresó a recepción y revisó las cámaras. En todo en edifico no había un alma. ¿No había un alma…? Joder, eso era mucho presuponer, pensó.
—No te asustes, por favor. No vuelvas a salir corriendo…
Los pelos de todo su cuerpo se le pusieron de punta, como si estuviera lleno de estática.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, sintiendo el pánico crecer de nuevo. —¿Qué es esto? ¿Por qué no te veo?
—No me veo ni yo. Y no sé qué pasa… Bueno, algo sí sé. Mi cuerpo está arriba, pero yo… estoy aquí y no sé por qué. Oye, no te asustes tanto, no voy a hacerte nada. Sólo quiero hablar.
Pero qué cojones, se dijo, esto no me puede estar pasando. Se precipitó sobre la hoja de trabajo que las recepcionistas dejaban en la parte interna del mostrador. Allí constaban los difuntos y sus datos, junto con la sala que ocupaban. Repasó la lista, buscó las mujeres y miró las edades. Había dos, una de ochenta y siete años y otra de veintidós.
—¿Cómo te llamas… o te llamabas?
—Ana.
Allí estaba. Ana Gómez Nofrerías, veintidós años, accidente. Mierda. ¿Era real todo lo que le estaba pasando?
—¿Qué quieres de mí?
—Ya te lo he dicho… hablar. Tú estás asustado, lo entiendo, pero yo… también. No sé qué hago aquí. No sé por qué sólo tú me puedes oír. Estoy perdida, confundida. No sé a dónde se supone que debo ir.
Willy Salgado notó cómo su cuerpo aflojaba la tensión. El miedo cedía… un poco.
—Yo no te puedo ayudar.
—Lo sé. Pero, por lo menos, puedo hablar contigo. Eso me consuela un tanto. Así no me siento tan sola. No te puedes imaginar lo que es encontrarte con este marrón sin saber ni cómo. Comprender… que ya no… ya no… pero estoy aquí. ¿Por qué?
Había un punto de desesperación en su voz. Él sintió, sorprendentemente, una pizca de compasión.
—¿Y qué quieres, que busque un médium? ¿A las tres de la madrugada?
Frío. A su alrededor se extendió un extraño frío, sus labios exhalaron vaho a cada respiración.
—¿Te estás riendo de mí? La única persona que me puede oír y es un gilipollas.
Su voz sonó enfadada. Él no volvió a abrir la boca, el frío se disipó. Y el resto de la jornada no tuvo nada de particular.
A las seis de la mañana, el empleado de limpieza le despertó. Se había quedado dormido, falta grave y punible, pero por suerte el otro no le había visto. Sólo le gritó desde las escaleras “eh, soy yo, ya estoy aquí, no vayas a pegarme un tiro”.
¿Lo había soñado todo? Estuvo seguro de que no. Sintió un impulso irreprimible y subió a la primera planta, por el pasillo de servicio. Buscó la sala dieciocho, apoyó la mano en el pomo y quitó el pestillo. Abrió.
El túmulo refrigerado quedaba al lado de la puerta. Dentro había un ataúd cerrado, pero sobre el cristal superior, junto a los centros de flores depositados allí, había una fotografía en un marco plateado. La cogió y observó a la muchacha que sonreía y le miraba desde la foto, una chica normal y corriente, morena, ojos marrones, rellenita…
—No era ninguna belleza… yo siempre odié mi cuerpo— Willy Salgado dio tal respingo que casi se le cae el marco—. Fíjate, y lo que daría ahora por recuperarlo. Bien está el dicho de que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde…
—Pensé que te habías ido…
—Pues no. Sigo aquí. Perdona por haberte insultado antes. Es que estoy muy nerviosa.
—Yo… termino ya el servicio. Adiós, Ana.
—Adiós.

Al día siguiente, Willy Salgado repitió su rutina. Se quedó solo en el edificio a las nueve y diez, hizo el recorrido sin novedad y sin sobresaltos. A las dos de la madrugada hizo la ronda, y al pasar por el pasillo junto a la sala dieciocho oyó sollozos. La sala no estaba ocupada, así que echó mano al manojo de llaves y abrió la puerta.
—¿Ana?
Más sollozos.
—Esta tarde han incinerado mi cuerpo. Ya no tengo cuerpo al que volver, aunque no creo que hubiera podido volver. Pero sin cuerpo es seguro que me quedo donde estoy… y no sé dónde estoy…
Él no sabía qué decirle.
—Lo siento mucho, Ana.
—Vete, por favor. Quiero estar sola.
Él cerró la puerta despacio y se alejó.

El teléfono móvil estaba horizontal sobre la parte interior del mostrador, conectado por wifi a la red. Willy Salgado estaba viendo una película para hacer tiempo. Tenía un vaso de papel en la mano que contenía un café de la Nexpresso de personal, removía el contenido con un palo de plástico para enfriarlo y también para diluir el azúcar. Dio un sorbo y lo saboreó con placer.
—Uff, lo que daría yo por un café…
—Ana… ¿estás bien? Bueno, me refiero a…
—Sí, gracias. Hay lo que hay y no se puede hacer nada, así que… más vale que me acostumbre. ¿Estás viendo una peli?
—Ahá. ¿Te apetece verla conmigo?
—No tengo otra cosa que hacer. ¿Es una comedia?
—Sí.
—Ah. Me vendrá bien.


Desde ese momento, el trabajo rutinario de Willy Salgado dejó de serlo. Esperaba a que el reloj diera las dos de la madrugada, hora misteriosa en que ella, o su voz, aparecía, y las horas volaban conversando, comentando noticias, viendo series, películas, paseando, curioseando las redes sociales de Ana con ayuda de su contraseña, viendo fotos o explicándose sus historias. Las noches ya no eran aburridas y lentas, volaban y amanecía demasiado pronto, demasiado rápido llegaba la hora en que terminaba su jornada laboral.
—¿Por qué no puedes irte, Ana? No es que lo quiera, ya lo sabes, pero ¿qué te retiene aquí?
—Nada. No te creas las chorradas de las películas, Willy, no tengo nada por concluir. Joder, si ni siquiera tuve tiempo de empezar algo…
—Y, ¿qué ves? ¿Qué te impide ir a donde quieras, por qué aquí?
—La niebla. La niebla que envuelve este edificio no me deja salir. Más allá de la niebla… no hay nada. Una gran Nada. Y no quiero diluirme en la Nada.
—Y, ¿no hay nadie más? ¿No ves a nadie más, Ana? ¿Otros que han dejado este mundo?
—Sólo te veo a ti, Willy. Y tú, ¿oyes a otros? ¿has hablado antes con otros… como yo?
—No, Ana. Sólo te he oído a ti.
—Raro.
—Y que lo digas…
—¿Por qué será?
—Ni idea…
—¿Crees que quizá… quizá…?
—¿Qué, Ana?
—¿…Tú y yo… hubiéramos tenido que conocernos? ¿Qué por eso yo te veo y tú me oyes?
—Quién sabe…
—Willy…
—Dime.
—Ojalá te hubiera conocido antes de morir.
—Ojalá, Ana.


Al paso de las semanas, de los meses, Willy Salgado se había acostumbrado tanto a su presencia que esta era ya algo tan normal en su jornada como él mismo. No recordaba apenas el tiempo previo a su aparición, parecía que siempre hubiera estado allí con él. Sin embargo, poco a poco, empezó a ser consciente de que esa extraña amistad, esa camaradería que día a día alimentaban, estaba derivando a algo más. Pensaba constantemente en ella fuera del trabajo, contaba las horas para volver allí, su tiempo libre se estaba convirtiendo en una tortura… y se asustó. Eso no podía ser. Eso sería una locura y una estupidez. Frena. Piensa. ¿Qué coño estás haciendo?
Construyó una barrera. Un muro, a su alrededor.
Y Ana no podía saltarlo.
—¿Qué te pasa, Willy?
—Nada.
—Algo te pasa. Estás muy raro. ¿Estás molesto conmigo? ¿He dicho o he hecho algo que no te ha gustado?
—Qué va.
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—Déjalo. Déjalo, Willy.


No podía saltarlo. Pero podía romperlo. Hacerlo caer en pedazos como al tirar un pedrusco contra un cristal. Tiempo tenía para pensar cómo. En sí, tenía toda la eternidad.
—¡Oooooh! ¡Madre mía!
—¿Qué pasa, Ana? ¿A qué viene eso?
—¡Una luz! ¡Una luz muy fuerte!
—¿…Qué?
—Me llama… me llama, Willy…
A Willy Salgado se le secó la boca.
—Tengo que irme. Me llama. Tengo que irme, Willy…
Hielo en las entrañas. Parálisis. Estupor. Y dolor.
—No… no te vayas, Ana…
—¿Qué?
—Que no te vayas…
—¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Por qué me pides eso?
—Yo…
—¿Por qué?
—Ana…
—¿Qué hay aquí que pueda retenerme?
—Mi amor…
—¿Qué?
—Mi amor Ana…
—…
—¿Estás ahí?
—Sí Willy.
—¿No dices nada? ¿Te quedas? ¿Te quedas conmigo?
—Nunca hubo luz. Me quedo contigo.
—¿Qué? ¿Me has engañado?
—Sólo te he forzado… a abrir los ojos.
—¿Qué estabas estudiando cuando moriste? ¿Psicología?
—Último año de Bellas Artes. No das ni una, chico.
—Arte has tenido para engañarme, desde luego…
—¿Estás enfadado?
—No, Ana.
—Willy…
—¿Qué?
—Que yo también te quiero.
—Lástima que no nos podamos dar un beso.
—Sí, lástima…


Durmió, por vez primera en muchos días, como suele decirse, a pierna suelta. Profundamente, sin sueños. Se despertó relajado y descansado.
Se duchó, se afeitó, se vistió. Esperó a que llegara la hora. Y se fue a trabajar.
Estaba contento. Era una locura, lo sabía, pero había dejado de importarle. Sentía lo que sentía y tenía que aceptarlo. Ya lo había aceptado.
La ronda de las dos de la madrugada. Por fin.
—¡Ana!
La luz de la linterna iluminaba el pasillo. Él esperaba su voz risueña.
—¿Ana? Estoy aquí.
Esperaba.
—¡Ana! ¡Ana, ¿dónde estás?!

No estaba. La buscó durante horas. Y al día siguiente. Y al otro. Ana ya no estaba. No volvió. Tal vez se fue, o tuvo que irse…
O quizá… quizá nunca estuvo.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Jo, ahora sí me creo lo del rey Notengotiempo. Vamos, si apenas había empezado... y se acabó. La verdad es que me ha sabido a poco, me estaba gustando mucho, siempre me pasa lo mismo con los relatos que me gustan.
Hay una cosa que me ha chocado un poco: por el nombre y por eso de que "en su país" me da la sensación de que el prota es sudamericano, pero habla como un español. Eso... no es creíble, alguna cosilla podías haber puesto para diferenciar su habla, no basta con imaginarlo con acento.
Por lo demás me ha gustado, aunque ese final me cabrea y mucho. ¿Cómo que "quiza nunca estuvo "? ¿De qué vas? Grrrrrr!!!
Enhorabuena por el relato.
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#3
mmmm, no sé qué decir. A ver, para mí estos relatos me dejan con la sensación de haber perdido el tiempo. ¿Qué nos has querido contar, autor/a? No hay ambientación, personajes característicos, casi te diría que ni historia, y los diálogos son pobres. No te ofendas conmigo, lo digo sin acritud, y no me ha salido la manera de escribirlo como crítica constructiva.
Por decir algo más, si ese final, en vez de que quizá nunca estuvo ahí, se hubiese revelado un atisbo del final, o simplemente llevar al autor a deducir que, por ejemplo, al encontrar el amor había sido liberada, aunque trillado, a mi modo de ver hubiese estado mejor.
Saludos!
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#4
Me gustó. Simple y directo, sin irse por las ramas en largas descripciones. La historia es lo suficientemente intrigante para hacer que quieras llegar al final, que a mi me pareció bueno, pues te deja pensado en que ocurrió en la realidad. Errores no encontré, aunque es cierto lo que dice Sashka acerca de la nacionalidad de Willy y su forma de hablar.
Suerte en el reto!
-¿Acaso buscas la muerte?
-No, porque sé que se esconderá hasta que sea ella quien busque y yo quien se esconda.

 
                                                                                                                                                                                 
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