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[Cuento humorístico] Ninht, la aldea encantada - I
#1
Buenas a todos,

Hace mucho, pero mucho tiempo, escribí un par de cuentos sobre una aldea un tanto peculiar, de nombre Ninht, en clave humorística. Como esto está un poco alicaído, he pensado colgar el primero. Le he dado un repaso rápido en cuanto a puntuación, guiones, repeticiones, aunque tan solo lo más grueso. Aún así creo que se puede leer bastante bien.
Si os hace reír un poco me daré por satisfecha. El texto no tiene más pretensiones. No sé si el principio se hace un tanto farragoso. El inicio es un ejercicio casi de cuento infantil, pero luego todo es casi diálogo más humorístico.
Bueno, espero que a alguien le aproveche  Big Grin


1. La llegada de Grembeld


Erase una vez una pequeña aldea llamada Ninht, donde el sol salía siempre por el este, como un enorme ojo dorado, y se ponía siempre por el oeste, como el ojo somnoliento de un gigante adormecido. Sus rayos brillaban por la mañana sobre verdes y ondulantes llanuras y aún más verdes y umbríos valles y por la tarde sus luces melancólicas tornaban oscuras y rojizas las grandes montañas de poniente, donde ninguno de los habitantes de Ninht había posado jamás los pies.
La aldea, aunque era muy pequeña, tenía un poco de cada cosa. A saber: algunas cabras y cerdos también, algunas casas de madera y una herrería, vacas y gallinas y unas cuantas personas que trajinaban por sus calles y dentro de las casas un día tras otro. Sin embargo, allí, los días transcurrían tan tranquilamente que a veces, los cerdos, las gallinas, las vacas e incluso las personas, se olvidaban de que pasaba el tiempo. Veían crecer verde el trigo y luego teñirse poco a poco de dorado y, aun no se habían dado cuenta, cuando ya se estaban comiendo enormes hogazas de pan humeante y blanco de aquel trigo joven que habían sembrado la primavera pasada. Llegaba el otoño con su corona de hojas secas y doradas y después pasaba el invierno con su larga y fría capa de nieve volteando tras él y, una mañana, mirando a través de las ventanas y de los cristales empañados por el calor de las grandes chimeneas, veían en los campos florecer la primera rosa y sabían que ya había llegado la primavera.
No hay que decir que todos estaban muy satisfechos de la vida que llevaban en Ninht. Había muchos ancianos de cabellos blancos que contaban siempre hermosos cuentos de hadas y elfos al calor de la lumbre (entre otras muchas cosas, porque no tenían nada más interesante que contar, ya que en aquella aldea nunca pasaba nada), y aldeanos altos y morenos, de ojos severos, que cada mañana se levantaban con el sol para arar sus pequeños campos que formaban un mosaico de vivos colores al atardecer. Pero también había hermosas muchachas y niños traviesos que gozaban destrozando sus ropas revolcándose por el barro y entre las piedras, como en todas partes, y madres que les gritaban desde las ventanas de sus cabañas, cuando descubrían, con todo el dolor de su corazón, que sus hijos estaban jugando en el lodazal con los cerdos. En fin, uno podía quedarse a vivir en Ninht para siempre sin preguntarse nunca que había más allá de las montañas y de los confines del horizonte, pues estaban seguros de que lo único bueno que les podía llegar de más allá de lo que alcanzaban a vislumbrar sus ojos era la salida del sol cada día y las nubes de lluvia en el verano y, evidentemente, no era un lugar de grandes viajeros ni siquiera de pequeños viajeros.
Sin embargo había algo que los aldeanos de Ninht no sabían, cuando en lontananza, volviéndose al oeste, contemplaban sus hermosas montañas y sus picos siempre cubiertos de blancos capuchones. Pues podían ver sus rocas grises y sus escarpadas laderas y los frondosos bosques que se extendían a sus pies, pero no podían ver en sus entrañas como brillaban las grandes salas del Reino de Afglin con las luces mágicas de los cuernos de plata, recubiertas sus paredes de oro y de piedras preciosas. Ni podían oír las músicas encantadas que resonaban en las profundas grutas ni las risas etéreas de los alados danzarines. Los violines, las flautas y los címbalos, con sus alegres sones que se ensortijaban unos con otros, hacían cosquillas en la planta de los pies de las montañas y, a veces, las montañas se reían con grandes carcajadas que desencadenaban terribles aludes de nieve en invierno y de rocas en verano. Entonces los habitantes de Ninht se volvían a contemplar como temblaban y sacudían las cabezas y, luego, continuaban sus tranquilos quehaceres.
Durante cientos de años habían vivido junto a aquellas montañas lejanas sin llegar a sospechar siquiera que habían seres mágicos en las cercanías y, en cuanto a los habitantes de Afglin, tampoco sentían demasiada curiosidad por los humanos, aunque conocían su existencia, pues los consideraban sumamente aburridos y, además, poco divertidos. Pero he aquí, que el rey de Afglin, que se llamaba Soth, (y que, por lo tanto, era el rey Soth), tenía una hija hermosísima, llamada Dannaar, (y que, por lo tanto, era la princesa Dannaar), a la que quería más que a su propia sombra (habeis de saber que entre aquellos seres mágicos, la sombra era uno de los dones más preciados, pues podían hablar, discutir e, incluso, bailar con ella). Muchos eran los que se hallaban rendidos a los pies de su trono de malaquita con suspiros lánguidos y miradas veladas, pero nunca Dannaar les había entregado sino sus tenues sonrisas y el aleteo perfumado de sus largas pestañas. De entre toda esta multitud de admiradores, que vagaban por todo Afglin deshojando rosas de piedra y cantando melancólicas baladas de amor y muerte por los rincones, había un joven (si es que se le puede llamar así, pues ya tenía los trescientos cumplidos) que cantaba más triste y suspiraba más hondo que los demás (y eso era bastante difícil, la verdad). Quizá por ese meritorio esfuerzo y porque tenía una larga cabellera de oro y era muy hermoso de apariencia, la última noche de verano, durante la Gran Celebración en la Sala de los Rubíes, Dannaar se levantó de su verde trono de malaquita y accedió a bailar con él, con él solamente entre todos los presentes. Aquí hay que hacer notar que las ensoñadoras músicas de aquella alegre danza se estropearon un poco con el rechinar de dientes del rey Soth, que aún llegando de muy alto, de sobre su trono de gemas preciosas, consiguieron desconcertar a buena parte de las notas de las gaitas, aunque no se le oyera claramente.
He aquí a Grembeld, pues así se llamaba el apuesto joven, convertido en el más feliz, dichoso y dicharachero de todos los habitantes de Afglin. Todo en una noche. Pero el rey Soth le miraba aviesamente cada vez que Grembeld pasaba cerca, como flotando en una nube y con sonrisa de niño. Al rey casi le salía humo de las orejas puntiagudas pensando cómo iba a deshacerse de él, pues Grembeld se pasaba todo el tiempo pegado a las faldas de brocado de oro de Dannaar y la princesa parecía disfrutar de su compañía, aunque apenas hablaban. (También es cierto que en Afglin no había mucha otra cosa que hacer, aparte de bailar, cantar, beber, celebrar banquetes y salir a cabalgar sobre blancos corceles y al cabo de trescientos años ya todo esto parecía un poco soso). Por fin una noche Soth llamó a Grembeld al pie de su trono de piedras preciosas. Vestido con su chaqué verde bordado de diamantes y con sus calzas de seda roja y calzando sus zapatos con hebillas de plata, se inclinó sobre su redondeado estomago desde las alturas, cerniéndose con semblante tan severo sobre el joven que Grembeld retrocedió un paso.
—Hum... —dijo. Y repitió—: HUMMM... Yo, el rey Soth... YO, EL REY SOTH… he decidido que hace mucho tiempo... que... no he salido a ver la luz de las estrellas... sí... Esta noche deseo que... Humm… DESEO QUE ...
Después del último blanquete todos los habitantes de Afglin estaban dormidos, sobre las mesas labradas y sobre los tronos, pues todos ellos tenían un trono enjoyado. Mientras, los platos y la vajilla de oro volaban por los aires y se tornaban relucientes y limpios como el agua de un manantial a su alrededor y las jarras de vino volvían a llenarse solas y la esplendida comida venía volando por los aires desde las inagotables alacenas del reino. Soth sacudió la cabeza.
—¿Por dónde iba? —le preguntó a Grembeld.
—Deseo que .. —le apuntó su súbdito con voz musical.
—¡Ah... sí! ... Que tu Grembeld... GREMBELD... —repitió tan fuerte, que casi gritó y el interpelado dio un brinco— que nunca.. NUNCA… has salido de Afglin, me acompañes a las tierras de los humanos hasta... humm que regrese... REGRESE.
El rey Soth dio un profundo y largo suspiro cuando hubo terminado y se arrebujó en su inmenso trono.
—Está claro, ¿no? —le dijo con voz aguda.
—Sí, sí. Muy claro —exclamó Grembled, afirmando enérgicamente con la cabeza.
El rey Soth volvió a inclinarse desde el alto sitial.
—Luego no digas que no te avisé. ¿eh? —añadió entonces, suavemente.
Grembeld volvió a sacudir la cabeza, ahora en sentido contrario.
—No.No.
Claro que Grembeld no había entendido el deseo formulado por el rey y, por otra parte, eso mismo era lo que el Rey Soth deseaba. Sin embargo cada una de las palabras repetidas de su discurso formaban un sortilegio mágico. Inmediatamente Grembeld corrió hacia las caballerizas y escogió el más veloz de los caballos blancos de Afglin y lo ensilló con la más hermosa de las sillas de montar, pero como él era solo un paje, tuvo que conformarse con ir a pie, aunque, bien es cierto, que los pies de las gentes de aquel reino eran más rápidos que los mismos ciervos del bosque. Cuando el Rey Soth descendió de su trono a través de la delgada escalinata de cristal, Grembeld descubrió con sorpresa que el gran rey apenas le llegaba a la cintura, y, por su parte, el rey Soth descubrió con disgusto que Grembeld era dos veces más alto que él. Y le miró enojado, mientras su paje le ayudaba a montar.
Siguiendo un estrechísimo sendero que se levantaba sobre insondables precipicios negros, atravesaron las grutas doradas y veteadas de esmeraldas de las montañas, hasta que una inmensa pared cuajada de diamantes de todos los colores les cortó el paso. Eran esas las gigantescas puertas de Afglin, el reino encantado del rey Soth, y solo él podía abrirlas. Así que, como tenía algo de prisa, alzó su mano y dijo con voz retumbante.
—AhmalajadIndoriendliadin.
En seguida, la montaña le respondió, con un ronco bostezo, y las paredes de diamante se abrieron y una tremolante brisa fría acarició sus rostros. Poco después un cielo azul oscuro, como un gran lago profundo, apareció entre las rocas negras y Grembeld lo contempló sobrecogido, pues nunca antes había visto nada igual.
El rey Soth, bajo la oscura capa de la noche, miró a Grembeld de reojo y le dijo.
—Ahora tienes que seguirme.
Y, dicho esto, espoleó a su montura dejando al joven con la palabra en la boca, pues los caballos mágicos son más rápidos que el mismo viento. Todavía estaba diciendo Grembeld: "Si, señor", cuando una ligera brisa le golpeó en el rostro y el rey Soth ya se había perdido por los confines del horizonte. Así que Grembeld tuvo que correr como un condenado toda la noche, siguiendo el blanco destello de las crines del caballo a lo lejos y el jinete no se detuvo ni una sola vez hasta que llegó a Ninht. A donde habría podido llegar mucho antes, la verdad, si hubiera tomado el camino recto, pero el caballo se había pasado todo el viaje yendo de acá para allá, de izquierda a derecha, al norte y al sur y dando vueltas y vueltas, mientras Grembeld, sobresaltado, se preguntaba si su rey no estaría borracho. Cuando por fin Grembeld llegó a la aldea de Ninht y alcanzó a su señor, que se hallaba muy contento sentado sobre la hierba húmeda, ya había pasado más de la mitad de la noche y él se había quedado sin resuello.
—Has tardado mucho —lo amonestó el rey.
Pero Grembeld se dejó caer en el suelo completamente exhausto y sin poder abrir la boca.
—No es hora de descansar—. Y el rey le miró sonriente—: Tenemos algo que hacer.
Y se levantó de un salto encaminándose a las oscuras sombras de las cabañas de los aldeanos de Ninht. Grembeld le siguió los pasos, encorvado y torpemente, pues se hallaba muy cansado y además tenía sueño. Miró con preocupación el cielo, pues antes de que saliera el sol ambos tenían que regresar a Afglin.
Durante una hora entera el rey Soth se dedicó a saltar alegremente de ventana en ventana como un pequeño ratón, asomándose de puntillas sobre los antepechos de madera de roble y seguido por la cansina sombra de su joven paje, hasta que por fin, dijo:
—Humm... Esto es lo que busco.
Grembeld se asomó a su lado y miró hacia el interior con los ojos muy abiertos, pero allí solo había una tosca cama de madera, un espejo, unos zuecos amarillos y algunas otras cosas sin importancia, como una muchacha de hermosa cabellera oscura y piel dorada que dormía dulcemente. Grembeld miró al rey y el rey le devolvió la mirada.
—He decidido contraer matrimonio —le anunció pomposamente—. Y esta doncella ha sido la elegida de mi corazón.
Grembeld volvió a mirar de nuevo a la doncella con aire dubitativo, mientras el rey Soth abría la ventana con un chasquido de sus dedos y saltaba ágilmente hacia el interior de la cabaña.
—Entra —le ordenó y le hizo un gesto para que se acercara hasta la cama.
No era extraño que nadie se hubiera despertado, pues no hay nada que cause un sopor más profundo que la cercanía de un ser encantado. Así que el rey Soth tomó asiento en la silla de mimbre y no le preocupó en absoluto que esta rechinara como un cerdo hambriento. Contempló a la agraciada joven, meneando la cabeza aprobadoramente, y una satisfecha sonrisa hizo enrojecer sus abultadas mejillas. Mientras Grembeld se apoyó a su lado contra la pared, demasiado cansado para decir nada.
—Será una hermosa reina de Afglin —empezó el Rey Soth.
Aunque Grembeld miró a la dormida doncella pensando que no era, ni mucho menos, parecida a la pálida Dannaar.
—Ahora, sin embargo, antes de tomarla por esposa y llevarla a Afglin, es imprescindible que sepa de cuantos cabellos está formada su cabellera. Pues si tiene menos de cien mil no puedo casarme con ella.
Grembeld miró al rey bastante confundido, pues nunca había oído hablar de ninguna costumbre parecida, pero el Rey Soth se mostró inflexible.
Entonces el monarca de Afglin sonrió jovialmente y le dijo a su paje:
—Si eres tú quien hace esa tarea, te concederé el don que me pidas.
Naturalmente el corazón de Grembeld latió más deprisa pensando en Dannaar, pero, luego, frunció el ceño, mirando el horizonte.
—No sé si tendré tiempo, antes de que asome el sol —le dijo a su señor.
Sin embargo el rey agitó las manos un momento y le dijo bondadosamente.
—No tienes que preocuparte por ello, porque yo vigilaré.
Y, dicho esto, se sentó en la ventana abierta.
—Vamos, empieza.
Primero Grembeld se sentó sobre el blando colchón, junto a la cabeza de la muchacha, pero estaba tan cansado que pronto se recostó contra el cabezal de la cama y, casi no se había dado cuenta, cuando ya estaba tendido a su lado contando uno a uno, en voz muy baja, los suaves cabellos. Y si de vez en cuando alzaba la mirada, allí estaba el rey, contemplándole con los ojos muy brillantes, sentado al borde de la ventana. A veces a Grembeld se le cerraban los párpados y, al abrirlos de golpe, le parecía durante un breve instante que el rey sonreía ladinamente y que sus ojos brillaban más de lo que debían, pero era menos que un segundo y estaba tan amodorrado y concentrado en los números para no descontarse, que apenas pensaba en ello. Sin embargo, cuando ya iba por los cuarenta y tres mil ochocientos ochenta y ocho cabellos oscuros, los párpados del joven cayeron para no volver a levantarse y rendido de cansancio se durmió por completo. Y, cuando llegó el amanecer, el rey Soth, naturalmente, no estaba allí para prevenirle.
Ahora hay que retomar la historia, pero desde otro lado. El bueno de Eno era un aldeano de Ninht, laborioso y de pocas palabras. No era rico, pero tenía una cabaña de roble, sencilla y confortable, dos vacas perezosas, una gran jaula con media docena de gallinas medio locas y un cerdo, y, además, una hija doncella y de talle cimbreante, cuyos ojos parecían esmeraldas cuando los bañaba el sol de la mañana y que se llamaba Finde.
No es extraño que Eno se despertase siempre de buen humor, feliz y sin preocupaciones, que se lavase en el agua fría del pozo, sonriente y alegre, y que luego, con paso complacido, se dirigiese al establo para ordeñar las vacas y llevarle a su hija la leche del desayuno. Generalmente Finde ya estaba trajinando en la cocina cuando él regresaba con la leche y un ramo de fragantes camelias para adornar la mesa, pero ese día,  al regresar del  establo, Eno se sorprendió al encontrar la cocina vacía, el fuego apagado y el desayuno sin preparar. El aldeano era de natural dulce y agradable y aquello no le importó demasiado. Encendió el fuego, puso a hervir la leche en el perol de cobre y, silbando una divertida cancioncilla, llamó a su adorada hija. Al cabo de unos momentos, cuando la leche ya empezaba a hervir, levantó las espesas cejas y se atusó el bigote y, meneando la cabeza con desaprobación, pues Finde nunca se había mostrado tan perezosa, se dirigió a la pequeña habitación y abrió la puerta.
La ventana de la habitación de Finde estaba abierta de par en par y la brisa entraba agradablemente a través de ella. El aldeano contempló con arrobamiento como la joven permanecía profundamente dormida en el blanco lecho. Hasta que descubrió que, esa mañana, su oscura cabeza descansaba tiernamente sobre el pecho de un joven de rubia cabellera que yacía a su lado, en lugar de hacerlo sobre la blanda almohada. Eno abrió la boca con el ceño fruncido, pero de repente se quedó mudo del todo, porque justo entonces sus ojos vislumbraron a medias una puntiaguda oreja, asomándose traviesamente entre aquellos rubios y extraños bucles. Y Eno lanzó por fin tal grito que todos los aldeanos interrumpieron sus frugales desayunos y se asomaron a las ventanas con extrañeza y Grembeld se puso en pie de un salto dejando, muy poco cortésmente, que la cabeza de Finde se golpeara contra el borde de la cama. La joven abrió los ojos con un somnoliento gemido, a tiempo de ver como a su lado Grembeld chasqueaba los dedos intentando desaparecer. Sin embargo fue inútil, pues. con la luz del sol, sus poderes se habían desvanecido.
—¡Maldito elfo! ¡Que le has hecho a mi hija, demonio! —gritó Eno.
—¿Qué ocurre? —preguntó Finde bostezando, pues aún no se había despertado del todo.
Grembeld miró la ventana como si de ella dependiera su vida, (y verdaderamente se puede decir que así era) e intentó correr hacia allí. Pero como tenía los pies enredados en las blancas sábanas, se cayó de bruces con un grito. Finde gritó también, despertando por fin, y saliendo de un salto de la cama le lanzó encima las mantas, la almohada e incluso el colchón, empujándolo con los pies frenéticamente. Cuando por fin Grembeld consiguió salir de debajo de aquel montón de ropa, Eno estaba frente a él enarbolando el rastrillo de amontonar paja con cara de pocos amigos. Su bigote se movía de un lado a otro, mientras el rastrillo se iba acercando al pecho del intruso y éste iba retrocediendo paso a paso hacia la pared.
—Si has puesto un solo dedo encima de mi hija, lo lamentaras en lo poco que te queda de vida.
—Yo no he hecho nada —gimió Grembeld, por fin, cuando su espalda se topó con la pared—. Sólo le contaba los cabellos.
Finde se asomó un momento tras su padre, al escuchar aquella melodiosa voz. Pero Eno apretó más el rastrillo contra el pecho de Grembeld y el joven soltó un quejido.
—Con que contarle los cabellos, ¿eh? ¿Es que te crees que soy idiota? Vamos — dijo pinchándolo de nuevo—. ¡A la cocina!
Bajo la atenta mirada del campesino, Grembeld atravesó la puerta de la habitación y salió a la cocina, sin perder de vista el rastrillo.
—¿Por qué no me dejas marchar? Te juro que soy inocente.
—Finde —le dijo Eno a su hija sin ni siquiera responderle—, abre la jaula de las gallinas.
Finde corrió inmediatamente junto al fuego, donde había una gran gavia de hierro posada sobre el suelo y abrió la puerta.
—Entra ahí —le ordenó Eno al joven.
Pero Grembeld no parecía muy convencido, pues las gallinas no tenían un aspecto muy amistoso. Y como él sabía muy bien lo que pensaban los animales, decidió que, definitivamente, le estaban mirando con una sonrisa que daba espanto.
—Creo que prefiero no entrar —dijo, arrugando la nariz.
—Entra ya, antes de que pierda la paciencia y te ensarte con el rastrillo —casi chilló Eno.
Y, claro, Grembeld ya no hizo más objeciones y se metió obedientemente en la jaula, aunque, cuando introdujo el primer pie, las gallinas protestaron airadamente. Grembeld tuvo que doblarse como buenamente pudo, entre una nube de plumas y de aleteos, y se golpeó la cabeza contra el techo de la jaula en un montón de ocasiones. Entonces, mientras las gallinas arremetían contra Grembeld con bastante enojo, Eno cerró la puerta con llave y luego izó la gavia del techo, de modo que quedara a la altura de su cabeza.
—¡Hum! —dijo entonces Eno, golpeando los barrotes—. Y ahora iré a buscar a los ancianos y decidiremos que hacer contigo.
Grembeld, mientras apartaba de su nariz las plumitas blancas que le hacían estornudar, tuvo un mal presentimiento. "Ay, — penso para sí—. El rey Soth me ha engañado y he perdido a Dannaar para siempre. Y no quiero ni imaginar lo que estos salvajes van a hacer conmigo."
Finde le miraba de reojo desde el umbral de la puerta, mientras esperaba el regreso de su padre.
Así, aquella mañana, hubo consejo en Ninht, alrededor de la mesa de la cocina de Eno. Los sesudos ancianos, (algunos de ellos ni siquiera podían recordar sus propios nombres, y, al cabo de un tiempo, la razón por la que se encontraban allí), inclinaron sus nevadas testas sobre la mesa después de haber pasado, uno tras otro, por delante de la gavia y haber contemplado a Grembeld largamente, para alejarse luego, rascándose las greñas y hablando por lo bajo. También habían llegado muchos aldeanos, por no decir todos los aldeanos de Ninht, hombres, mujeres y niños y también ellos se reunieron alrededor de la gavia, sacudiendo la cabeza y murmurando entre ellos, excepto los niños, que encontraban mucho más divertido tirarle a Grembeld de los cabellos, hasta que sus madres los descubrían y se llevaban a sus retoños con un grito.
—¡No te atrevas a tocar a mi hijo, elfo! —le gritaban a Grembeld con espanto, mientras el hijo se retorcía rebeldemente entre sus fuertes brazos, ansioso por clavarle al elfo sus afiladísimas uñitas.
"Como me gustaría salir de aquí", se decía Grembeld, con un suspiro. De pronto, la conversación del consejo de la aldea se hizo más animada y algunas palabras llegaron hasta sus finísimos oídos.
—Yo... yo proponfgo... que... que nof lo cofmamos... esta noche.
Al oír estas crueles palabras, pronunciadas sin duda por una boca sin dientes, el elfo abrió los ojos como platos y levantó la cabeza con tanta rapidez que se hizo un buen chichón y toda la jaula empezó a balancearse de un lado a otro. Las gallinas se lanzaron sobre los dedos de sus manos vengativamente.
Un murmullo de voces se levantó alrededor de la mesa y, por fin, alguien dijo:
—Tío Serin...., ya te hemos dicho antes que no es una gallina gigante..
Grembeld, que había estado conteniendo la respiración, emitió una exclamación de alivio.
—Co... como hablafais def asarlo —protestó el tío Serin.
—Nosotros no hablábamos de asarlo y comérnoslo, sino simplemente de quemarlo en una hoguera hasta que solo queden las cenizas.
Por un momento Grembeld se puso lívido y se quedó sin habla.
—Me parefce... una forma eztupida... de… de desperciciarf una gallina tan herfmosa —insistió el tío Serin tozudamente.
Grembeld se agarró a los barrotes de su reducida prisión como un poseso.
—¿Qué? ¡Pero no podeis hacer eso! —les gritó.
Un alto aldeano de cabellos negros y ojos oscuros se volvió hacia él.
—No molestes, ¿no ves que estamos discutiendo asuntos importantes?
—Muy bien dicho, Frer —le animó una mujer rolliza, de rojos mofletes y blanco delantal.
—Anda, si ef... ef una gallinaf que fabla… —continuó el tío Serin por su parte y, de pronto, su cabeza cayó sobre la mesa y empezó a roncar.
—¡Yo no os he hecho nada! ¡No podeis quemarme, por no haber hecho nada! — insistió Grembeld.
Los campesinos se volvieron hacia él y le miraron con impaciencia.
—Así no hay quien discuta —se quejó uno de ellos.
—Cuanto antes acabemos mejor — dijo el campesino alto y moreno y su esposa asintió con la cabeza—. Sólo tenemos que decidir que es mejor: quemarlo en una hoguera, ahogarlo en el lago con una piedra atada a los pies, colgarlo de un árbol y dejar que se seque al sol...  y ¿qué más había?
—Bueno —intervino un joven con voz vacilante—, el tío Serin ha insistido mucho en que sea el plato principal del festejo de la cosecha.
Frer permaneció meditabundo un instante, un largo instante para ser sinceros. Pero luego sacudió la cabeza y dijo:
—No, creo que eso no sirve.
Grembeld casi se sintió mareado, y apenas pudo murmurar "Ah..."
—También se ha propuesto tirarlo por el precipicio —recordó alguien de pronto.
Un orondo campesino, que parecía sostener con sus grandes manazas su abultado estomago, frunció el ceño:
—No es un medio muy seguro, me parece. Una vez uno de mis cerdos favoritos se cayó por ese barranco y tardó más de una semana en exhalar el último suspiro. Si, más de una semana, eso me parece.
Grembeld sacudió la jaula, furioso.
—¿Qué clase de gente sois vosotros? —gritó—. ¡Yo no soy un cerdo!
—No, es una gallina, la más grande que he visto jamás —murmuró el tío Serin, entre sueños.
—Ya que está tan empecinado en intervenir podríamos preguntarle a él que es lo que prefiere— propuso Eno—. Después de todo, es parte interesada.
En medio de un silencio sepulcral todos los presentes se volvieron hacia la jaula y le miraron sonrientes.
—Quiero irme a mi casa! —vociferó el elfo—. ¡Dejadme salir!
—¡Se está poniendo muy pesado, me parece! —dijo el campesino orondo, volviéndose de nuevo hacia la mesa—. ¿Por qué no lo quemamos de una vez o lo ahogamos o lo que tenga que hacerse?
—Es que hay que hacerlo bien —le contestó Frer —. Si no, su influjo maligno nos puede estropear las cosechas durante cien años y dejar estériles a los animales durante otros tantos.
—No. no. Yo no haría eso, os lo juro de corazón —afirmó Grembeld desde la jaula, sonriendo dulcemente.
Pero el consejo no parecía hacerle mucho caso.
—Entonces es mejor no ahogarlo en el lago. Nos puede estropear el agua. ¿No creeis? —dijo Eno.
Todos asintieron, mientras se rascaban la cabeza. "Si... Desde luego... Tienes razón".
—Os he dicho que no tengo ningún poder maligno — exclamó el elfo perdiendo la paciencia—. Y os encuentro encantadores. De verdad.
Aunque Grembeld en realidad estaba imaginando en su fuero interno lo que le haría a cada uno de aquellos salvajes si los tuviera en sus manos. Pero, en ese momento, incluso aquellas gallinas siniestras lo tenían a su merced, y le estaban destrozando completamente sus fastuosos ropajes, además de llenarlo de plumas.
—Pues si es así, también es preferible no tener que enterrarlo, para que no emponzoñe nuestros campos— dijo Frer—. Por lo tanto nada de tirarlo por el barranco ni de dejarlo secar al sol.
—Muy bien dicho —corroboró su mujer.
—¡No! —masculló Grembeld con la vista nublada— ¡Me habeis confundido con alguna otra criatura, seguro! ¡Soy inofensivo!
—Me está dando dolor de cabeza —dijo el campesino orondo—. Vamos a quemarlo ya. ¿Qué os parece?
Un murmulló de aprobación se extendió por la cabaña.
—Y si no me dejais salir ahora mismo secaré vuestras vacas, agostaré vuestros campos y jugaré con vuestras cabezas cortadas... — terminó el elfo casi sin darse cuenta.
En seguida un silencio sepulcral se extendió entre los presentes e incluso los niños se quedaron mudos como una piedra. Grembeld los miró, igual que si acabase de caerse desde un árbol, y los aldeanos miraron a Grembeld. De repente todos se levantaron corriendo de la mesa y salieron apresuradamente de la cabaña para preparar la hoguera, cuanto antes mejor.
—No lo decía en serio –intentó disculparse el elfo.
Pero sólo el tío Serin permanecía en el lugar, con la cabeza sobre la mesa y moviendo los labios como si estuviese masticando algún suculento manjar.
Grembeld miró el cielo a través de la puerta abierta de par en par, con la postrera esperanza de que una súbita tormenta, como más intensa y larga mejor, humedeciese la madera. Sin embargo la mañana era despejada y hermosa y en el cielo azul no se veía una sola nube.
—Si salgo de esta —murmuró—, sé de alguien que lo va a lamentar por el resto de sus días.
Después de la tormenta, pensó en una súbita inundación y estaba tan desesperado que incluso le pasó por la mente la posibilidad de un eclipse de sol que le permitiese recuperar su poderes por un instante.
Sin embargo la pila de leña seguía creciendo poco a poco ante sus mismos ojos, sin que nada de ello sucediera, y los aldeanos iban y venían como laboriosas hormigas a las que Grembeld les hubiese deseado un repentino ataque de pereza. En realidad estaban tan eufóricos como si fuesen a celebrar el solsticio de verano. En ese momento Finde entró en la cocina y, andando como un soplo de brisa de acá para allá, empezó a recoger la mesa y después a lavar la tosca loza blanca en la cubeta de madera.
—Doncella —la llamó Grembeld con su acento más dulce—, déjame contemplar tus ojos una vez más, ya que son la causa de mi desgracia.
Finde se volvió sonriendo.
—¿Cómo dices que mis ojos son la causa de tu desgracia? —le preguntó, mirándole profundamente.
Grembeld estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de evitar la hoguera y, aunque no había dicho una sola mentira en toda su larga vida, era sorprendente descubrir lo fácil que resultaba, cuando era lo que le convenía a uno para salvar el cuello.
—Porque desde que te vi una mañana... de…  de Mayo, me ha estado quemando las entrañas tu esmeraldina mirada. Y, tal es el fuego que tus bellos ojos despertaron en mi interior, que no he tenido paz hasta verlos de nuevo.
Finde se rió y su risa era clara como el murmullo de un manantial.
—Si me abres la puerta, los días que nos esperan serán más dulces que la miel. — continuó el elfo con acento embriagador. Aunque el efecto quedaba un poco estropeado a causa de las estúpidas gallinas que revoloteaban a su alrededor y que le habían ensuciado todos sus ropajes.
—Hablas muy bien —. Finde se acercó a la jaula y le sonrió con embeleso—, pero, ¿quieres que te diga una cosa?, creo que si tu amor es tan ardiente como dices... no notaras la diferencia cuando ardas en la hoguera! —terminó burlonamente.
—Tienes el corazón de piedra —se quejó Grembeld—. Al menos, por compasión, podrías liberarme.
Finde le miró, mientras arreglaba las cortinas de alegres flores amarillas.
—Los viejos dicen que los elfos salvajes traen la desgracia a las aldeas si no se purifica en seguida la tierra que han pisado.
"De donde habrán sacado semejante tontería", pensó Grembeld.
—Y a vosotros, ¿quién os ha dicho que yo soy un elfo salvaje?
—¿Es que no lo eres, acaso? —continuó la muchacha, aunque parecía más ocupada en barrer el interior de la penumbrosa cabaña que en lo que estaba diciendo—. Mi padre te ha visto esta mañana una de las orejas puntiagudas. Si no eres un elfo, a lo mejor eres un zorro—. Y se rió.
—¡Ah! Las orejas puntiagudas… —murmuró Grembeld, contemplando a la hacendosa joven con su delantal de puntillas, mientras arreglaba ahora las camelias nacaradas que estaban sobre la mesa—. Las orejas puntiagudas— repitió otra vez, entrecerrando los ojos.
Miró hacia el soleado exterior, donde la pila de leños crecía ya más alta que un hombre.
—Tu padre se ha confundido. Yo no tengo orejas puntiagudas, Finde — dijo de repente el elfo con una amplia sonrisa—. La débil luz del amanecer le ha hecho ver lo que no era.
La joven dejó las camelias y se giró hacia él mirándole con desconfianza. Apoyó ambas manos en la cintura y frunció el ceño.
—¿Es que me tomas por tonta?
—Te digo la verdad, mujer. Si no me crees, solo tienes que verlo tú misma.  
Pero la joven, parecía reacia a acercarse.
—Te pido bien poca cosa —insistió Grembeld y se recogió los largos cabellos en la nuca, descubriendo sus orejas.
Con una exclamación, de sorpresa la muchacha se acercó hasta los mismos barrotes y descubrió que Grembeld tenía las orejas más graciosas, pequeñas y redondeadas que había visto jamás e, indiscutiblemente, humanas.
—Pe… pero, ¿cómo es posible? —exclamó Finde—. ¿Y tus extrañas ropas?¿Y tus largos cabellos?
Grembeld bajó la cabeza con expresión abatida.
—Es una historia muy triste, Finde. Has de saber que, cuando yo era pequeño, las hadas me robaron de la cuna de mis padres, unos pobres campesinos, para los cuales ya nunca más volvió a brillar la luz después de ese aciago día.
—¡Oh! —musitó Finde, mirándolo con sus grandes ojos verdes muy abiertos.
—Es cierto que he vivido con los elfos durante mucho tiempo, por eso llevo estos ropajes y los largos cabellos, pero siempre deseé, en el fondo de mi corazón, regresar a la pequeña cabaña de mis ancianos padres… —Grembeld alzó los ojos grises y contempló el horizonte con gesto melancólico— para aliviar la terrible soledad y tristeza de sus últimos años con mi anhelada presencia. Así que. en cuanto tuve oportunidad, escapé de Afglin y...
—¿Afglin? —le interrumpió Finde con extrañeza.
—El reino de los elfos. —le explicó Grembeld, haciéndole al tiempo un gesto impaciente con la mano para que se callase y no le hiciera perder el hilo—. Como decía, escapé de Afglin, enfrentando terribles peligros y grandes necesidades, y caminé mucho tiempo vagando por los yermos, con el corazón destrozado por el dolor, pues no recordaba el sendero que había de llevarme a mi cálido hogar, donde dos venerables ancianos estaban aguardando, sin duda, el regreso de su querido hijo — y con estas palabras Grembeld se llevó una mano al corazón, casi enternecido ante la imagen que se presentaba ante sus ojos— temblando de frío junto a una chimenea de fuego casi apagado durante el duro invierno —remató.
—¡Oh! ¡Qué pena! —exclamó Finde.
—Ahora dime, hermosa doncella, ¿se puede ser, acaso, más humano?
—Supongo que no —. Y la muchacha lo miró de arriba a abajo.
—¿Vas a permitir que aquellos adorables ancianos mueran sin volver a ver a su hijo?
—Claro, pobrecitos ancianos... —repitió la joven con acento lastimero, aunque Grembeld no sabía si se estaba burlando de él.
—Entonces — insistió Grembeld, sonriendo—, me abrirás la puerta, ¿verdad?
La joven lo contempló, con un extraño brillo en los ojos y luego se acarició la nariz como si hubiera tenido alguna repentina idea.
—Hum...Voy a buscar a mi padre..
Y, volviéndose de pronto, salió corriendo por la puerta con la falda azul hinchada igual que un capullo de pensamiento. Y, en cuanto Finde hubo desaparecido de la cabaña, Grembeld ahogó un quejido y, asombrosamente, sus orejas crecieron y se volvieron tan puntiagudas, aunque deliciosas, como lo habían sido desde el día de su nacimiento. Después empezó a frotárselas con frenesí. Era lo único que había conseguido cambiar sin magia.
—¿Cómo pueden ser los humanos tan perspicaces y tan estúpidos al mismo tiempo? —se dijo.
Pero enseguida, empezaron a llegar los aldeanos de Ninht. Primero los ancianos y luego los campesinos, seguidos de sus mujeres, de sus hijos y por último de sus perros, Todos rodearon la gavia con gran expectación, y los niños se arrastraban por debajo de las piernas de sus padres y de las faldas de sus madres para ver mejor e, incluso los perros, se hicieron con un sitio debajo de la jaula. Eno, refunfuñando, se puso el primero y se encaró con su cautivo.
—¿Qué es eso que dice mi hija de que no eres un elfo? Yo estoy seguro de haberte visto la punta de las orejas.
Y metiendo decididamente su peluda manaza de labrador por entre los barrotes, cogió a Grembeld de los pelos y con muy poca delicadeza le descubrió las orejas. Un murmullo de sorpresa se alzó entre los presentes, pues ante sus ojos no aparecía lo que estaban deseando ver y se miraron unos a otros, embargados de decepción.
Eno soltó un gruñido y, como no estaba aún convencido del todo, le agarró una oreja al elfo y casi se la arranca de la cabeza.
—¡Ay! —chilló Grembeld.
Al mismo tiempo Eno murmuró:
—Es increíble. Pues yo juraría que esta mañana tenían punta.
Los hombres se miraron unos a otros, y de repente alguien dijo:
—Reunámonos en Consejo.
—Sí, sí. Vamos a deliberar.
Y todos asintieron, "Hay que empezar desde el principio". "Hum... Esto cambia un poco las cosas.". "Desde luego. Desde luego.".
—¿Adónde vais? —exclamó el elfo—. ¡Tampoco es tan difícil decidir si unas orejas son o no son puntiagudas!
Y, mientras los hombres y los ancianos se sentaban alrededor de la mesa de Eno, alguien dijo:
—No será un elfo, pero es un incordio.
—Sí, desde luego eso no se lo quita nadie.
Grembeld se pasó una mano por la frente. Por fin, había llegado a la sabia conclusión de que los humanos estaban locos.
— Bien. Bien. Así, ¿que tenemos ahora? — dijo Frer.
— Para empezar que es un hombre y no un elfo. —le respondió Eno.
"Esto va bien", se dijo Grembeld con una sonrisa exultante y la mirada resplandeciente.
—Una vez establecido esto, hemos de pasar a considerar la cuestión desde otro punto de vista.
Y, dentro de la jaula de las gallinas, Grembeld sacudió la cabeza afirmativamente, como dándoles la razón.
Durante un instante los hombres permanecieron silenciosos alrededor de la mesa, mirándose unos a otros.
—Me parece que te toca decidir a ti, Eno —empezó el campesino orondo por el que Grembeld, a decir verdad, empezaba a experimentar una singular y terrible antipatía.
—Su cuerpo ya no envenenaría las aguas del lago —le hizo notar Frer.
—Ni su cuerpo sepultado nos estropeará las cosechas —apuntó alguien más.
Grembeld abrió la boca. "Pero, ¿de qué demonios están hablando?"
—Necesitaría el Libro de las antiguas costumbres —meditó Eno rascándose la barbilla.
Y enseguida Frer mandó a uno de sus hijos a su cabaña para buscarlo. Cuando el libro grande y pesado estuvo sobre la mesa, Frer pasó las páginas de pergamino amarillento reflexivamente y por fin exclamó:
—Ah... ¡Aquí está! "Sobre Doncellas" —. Y leyó con alguna dificultad—: El padre de la doncella ultrajada tiene el derecho de ensartar él mismo al culpable con el rastrillo de amontonar paja. Si declina este honor, la aldea puede optar por apedrear al hombre, atándolo a un árbol a fin de que no escape... En el caso de carencia de rastrillo, de piedras o de árboles, se puede aplicar cualquiera de los medios detallados en el capítulo "Elfos Salvajes y La Purificación De La Aldea"
—Bueno, bueno... Ahora tenemos muchas más posibilidades que antes, me parece... —ronroneó satisfecho el campesino orondo, acariciándose el abultado estomago.
En cuanto a Grembeld, después de oír esto se había quedado más blanco que una bola de nieve y ya ni siquiera le importaba que las gallinas se ensañasen con sus cabellos. Se tendió resignadamente sobre la paja de la gavia y cruzó las manos sobre el pecho, esperando, al menos, una muerte rápida y compasiva. "Ya me da lo mismo —pensó mientras escuchaba discutir sobre las ventajas de ahogarlo en el lago o de apedrearlo atado a un árbol—. Es inútil luchar contra el destino. En esta aldea la gente tiene el cerebro vuelto del revés".
Como Eno no se decidía a ejercer su derecho a ensartar al ofensor, lo cual satisfacía mucho al resto de los aldeanos, que deseaban participar al máximo de aquel acontecimiento, la discusión crecía más y más y las voces se alzaban ardorosamente ensalzando tal o cual manera de acabar con Grembeld. Pero justo entonces Finde entró en la cabaña y, después de mirar un momento al pobre elfo, se plantó delante de los sesudos ancianos y de los campesinos y carraspeó para llamar su atención.
—¿Qué quieres hija? —le preguntó amablemente su padre.
La muchacha se inclinó grácilmente junto a su oído y le susurró unas palabras. A Eno se le puso una cara muy rara y después se volvió a mirar a Grembeld con la nariz arrugada.
—Pero, ¿estás segura, Finde?
La muchacha le respondió con un enérgico movimiento de cabeza.
—Bueno, así sea —musitó Eno, con un chasquido de la lengua.
—Pero, ¿qué ocurre? —le preguntaron los demás.
Eno se inclinó sobre la mesa y todos juntos empezaron a cuchichear con las cabezas muy juntas.
Grembeld se volvió a mirarlos. "¿Y ahora que estarán tramando ?", se preguntó con el corazón encogido, aunque ya no se le ocurría que pudiera sucederle nada peor,
Por fin, con aspecto cariacontecido, los aldeanos se levantaron de la mesa renegando y frunciendo el ceño. "Si no hay más remedio", decían, mientras formaban un corro alrededor de la jaula. Entonces Eno se adelanto de entre ellos y se plantó delante de Grembeld. Se aclaró la garganta y le dijo:
—Según el Libro, si la doncella acepta al joven por esposo, la falta queda olvidada—. Y suspiró hondamente—. Y Finde ha decidido darte esa oportunidad, extranjero.
—¡Pero Finde..! —exclamó quejicosamente Frer—. Si ni siquiera lo conoces.
— ¡Es verdad! No me parece una persona de fiar... —corroboró el campesino orondo.
"Mira quién fue a hablar", masculló Grembeld para sus adentros clavándole una mirada rencorosa. Después los miró, uno por uno, con aire vacilante.
—¿Y tengo que casarme? —preguntó el elfo con un hilo de voz.
Eno se apartó y le señaló la hoguera ya dispuesta que se recortaba en el atardecer, más allá de la puerta abierta.
—Hombre, si lo prefieres podemos quemarte... —dijo el campesino encogiéndose de hombros.
Grembeld emitió un leve quejido de desesperación y, como no se decidía, los hombres empezaron a contemplarle aviesamente, arrugando el ceño, y alguno de ellos incluso empezó a avivar el fuego de su pipa.
—Está bien —accedió por fin Grembeld.
—Así sea. Mañana tendremos boda —exclamó Eno, llevándose las manos a la cabeza —. ¡Esta sí que es buena!
Entonces se volvió a su hija y le entregó la llave de la gavia de las gallinas, que llevaba colgada del cuello.
—Ahí lo tienes...
—¿Y no podemos quemarlo antes? — preguntó ansiosamente uno de los niños. Y muchas voces infantiles se hicieron eco de sus palabras.
Pero sus madres sacudieron tristemente las cabezas, mientras iban saliendo por la puerta hacia el crepúsculo.
— ¡Ay! No hijo. No creo que Finde aceptase casarse con un montoncito de cenizas.
Grembeld las contempló marcharse con el corazón en vilo, pues, después de todo lo que había visto en aquella aldea, le extrañaba que aún no hubiesen dado con la manera de quemarlo primero y casarlo después.
Finde se quedó sola en la penumbrosa cabaña y encendió una vela y luego se volvió a la jaula, haciendo bailar la llave delante de los ojos de Grembeld con una sonrisa pícara. El elfo alargó con rapidez la mano, pero la muchacha se alejó riendo.
—¡Ábreme! —le exigió Grembeld.
—Antes tienes que darme tu anillo —le dijo Finde casi cantando.
Inmediatamente Grembeld ocultó sus manos en la espalda.
—¿Anillo? ¿Qué anillo? —le preguntó el elfo con sonrisa inocente—. No tengo ninguno.
Y es que los anillos de los elfos eran mágicas joyas, muy hermosas y poderosas, y si una de estas criaturas le entregaba a alguien su anillo como prenda, inmediatamente quedaba a su merced y, estuviese donde estuviese, tenía que acudir siempre cuando le llamase el poseedor del anillo. Y Grembeld, que esperaba la noche con impaciencia, para desaparecer de Ninht por arte de encantamiento, no tenía la intención de darle su anillo a Finde por nada del mundo.
—Sí que lo tienes —le dijo la joven, mirándole con aspecto ceñudo y tierno a la vez—. Así que eres un pequeño mentiroso...
Sacudió la cabeza, con un suspiro y se volvió hacia la puerta.
—¡Padre! Enciende la hoguera....
—¡¡Espera!! —le gritó Grembeld, mirando el cielo con una mueca y pidiéndole a los dioses que el sol cayera como una piedra en el horizonte.
—No —le respondió Finde con un mohín decidido—. Me lo has de entregar ahora mismo. Ahora o serás un montoncito de cenizas antes de que se oculte el sol.
Grembeld la miró con la boca abierta y, casi al mismo tiempo, vio como Eno se acercaba a la cabaña y como, tras él, las llamas empezaban a lamer la hoguera y a formar una negra humareda. Apretó los dientes, dando vueltas en su dedo al hermoso anillo élfico.
—¡Oh! Que mala suerte tengo —gimió. Y, quitándose el anillo dorado de su largo dedo con un gesto rápido, se lo entregó a Finde suspirando— ¡Ahora sí que estoy perdido!
La joven lo tomó en la palma de su mano con una ladina sonrisa y lo deslizó en su dedo índice, con expresión de arrobamiento.
—Ahora ya está —susurró para sí misma.
En ese mismo momento Eno entró por la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Entonces, ¿has cambiado de opinión? ¿Podemos quemarlo ya? —preguntó alegremente.
Sin embargo Finde sacudió su hermosa cabellera castaña, riéndose.
—No. Lo que ocurre es que quiero casarme esta misma tarde.
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#2
Hacía tiempo que no hacía una corrección en profundidad. Te ha tocado.



1. La llegada de Grembeld


Érase una vez una pequeña aldea llamada Ninht, donde el sol salía siempre por el este, como un enorme ojo dorado, y se ponía siempre por el oeste, como el ojo somnoliento de un gigante adormecido [¿qué aporta esto?, que el sol salga por el este y se ponga por el oeste es lo que esperamos, la metáforo del sol como un ojo tampoco añade nada a la imagen que describes]. Sus rayos brillaban por la mañana sobre verdes y ondulantes llanuras y aún más verdes y umbríos valles [si son umbríos no pueden los rayos del sol brillar sobre ellos] y por la tarde sus luces melancólicas tornaban oscuras y rojizas las grandes montañas de poniente, donde ninguno de los habitantes de Ninht había posado jamás los pies.
La aldea, aunque era muy pequeña, tenía un poco de cada cosa. A saber: algunas cabras y cerdos también, algunas casas de madera y una herrería, vacas y gallinas [¿por qué la separación cabras-cerdos/vacas-gallinas?] y unas cuantas personas que trajinaban por sus calles y dentro de las casas un día tras otro. Sin embargo, allí, los días transcurrían tan tranquilamente que a veces, los cerdos, las gallinas, las vacas e incluso las personas, se olvidaban de que pasaba el tiempo. Veían crecer verde el trigo y luego teñirse poco a poco de dorado y, aun no se habían dado cuenta, cuando ya se estaban comiendo enormes hogazas de pan humeante y blanco de aquel trigo joven que habían sembrado la primavera pasada. Llegaba el otoño con su corona de hojas secas y doradas y después pasaba el invierno con su larga y fría capa de nieve volteando tras él y, una mañana, mirando a través de las ventanas y de los cristales empañados por el calor de las grandes chimeneas, veían en los campos florecer la primera rosa y sabían que ya había llegado la primavera.
No hay que decir que todos estaban muy satisfechos de la vida que llevaban en Ninht. Había muchos ancianos de cabellos blancos que contaban siempre hermosos cuentos de hadas y elfos al calor de la lumbre (entre otras muchas cosas, porque no tenían nada más interesante que contar [ya has hablado de ancianos que contaban cuentos, esto ya empieza a ser repetitivo], ya que en aquella aldea nunca pasaba nada), y aldeanos altos y morenos, de ojos severos, que cada mañana se levantaban con el sol para arar sus pequeños campos que formaban un mosaico de vivos colores al atardecer. Pero también había hermosas muchachas y niños traviesos que gozaban destrozando sus ropas revolcándose por el barro y entre las piedras, como en todas partes, y madres que les gritaban desde las ventanas de sus cabañas, cuando descubrían, con todo el dolor de su corazón, que sus hijos estaban jugando en el lodazal con los cerdos. En fin, uno podía quedarse a vivir en Ninht para siempre sin preguntarse nunca que había más allá de las montañas y de los confines del horizonte, pues estaban seguros de que lo único bueno que les podía llegar de más allá de lo que alcanzaban a vislumbrar sus ojos era la salida del sol cada día y las nubes de lluvia en el verano y, evidentemente, no era un lugar de grandes viajeros ni siquiera de pequeños viajeros.
Sin embargo había algo que los aldeanos de Ninht [repites en exceso el nombre y claramente no es pretendido, porque no aporta nada] no sabían, cuando en lontananza, volviéndose al oeste, contemplaban sus hermosas montañas y sus picos siempre cubiertos de blancos capuchones. Pues podían ver sus rocas grises y sus escarpadas laderas y los frondosos bosques que se extendían a sus pies, pero no podían ver en sus entrañas como brillaban las grandes salas del reino de Afglin con las luces mágicas de los cuernos de plata, recubiertas sus paredes de oro y de piedras preciosas. Ni podían oír las músicas encantadas que resonaban en las profundas grutas ni las risas etéreas de los alados danzarines. Los violines, las flautas y los címbalos, con sus alegres sones que se ensortijaban unos con otros, hacían cosquillas en la planta de los pies de las montañas y, a veces, las montañas se reían con grandes carcajadas que desencadenaban terribles aludes de nieve en invierno y de rocas en verano. Entonces los habitantes de Ninht se volvían a contemplar como temblaban y sacudían las cabezas y, luego, continuaban sus tranquilos quehaceres.
Durante cientos de años habían vivido junto a aquellas montañas lejanas sin llegar a sospechar siquiera que habían seres mágicos en las cercanías y, en cuanto a los habitantes de Afglin, tampoco sentían demasiada curiosidad por los humanos, aunque conocían su existencia, pues los consideraban sumamente aburridos y, además, poco divertidos. Pero he aquí, que el rey de Afglin [si dijeras qué son los habitantes de Afglin podrías decir aquí el rey de los loquesea], que se llamaba Soth, [no veo el sentido de esta coma considerando los paréntesis] (y que, por lo tanto, era el rey Soth [dices que el relato es un cuento infantil, entiendo una explicación así en un cuento para niños muy pequeños, pero al mismo tiempo usas en todo el relato un lenguaje que es casi rebuscado y que no cuadra con esta explicación]), tenía una hija hermosísima, llamada Dannaar, (y que, por lo tanto, era la princesa Dannaar [espero que esto no sea tu concepto de humor]), a la que quería más que a su propia sombra (habéis de saber que entre aquellos seres mágicos, la sombra era uno de los dones más preciados, pues podían hablar, discutir e, incluso, bailar con ella [no veo el porque la progenie debería importar menos que la sombra por importante que sea, intento imaginar algo del tipo: quiere más a su hija que a sus brazos, y es una comparativa a la que no le veo el sentido]). Muchos eran los que se hallaban rendidos a los pies de su trono de malaquita con suspiros lánguidos y miradas veladas, pero nunca Dannaar les había entregado sino sus tenues sonrisas y el aleteo perfumado de sus largas pestañas. De entre toda esta multitud de admiradores, que vagaban por todo Afglin deshojando rosas de piedra [haces imágenes pretendidamente literarias y/o fantásticas pero como hay una falta total de descripción de estos seres simplemente son raras] y cantando melancólicas baladas de amor y muerte por los rincones, había un joven (si es que se le puede llamar así, pues ya tenía los trescientos cumplidos [de verdad que son comentarios que no aportan nada, quiero decir: sí, al decir que tiene trescientos años das a entender que realmente no es joven a nivel humano, pero es que lo importante es a nivel de su raza; como decir que un gato es viejo pero que sólo tiene veinte años]) que cantaba más triste y suspiraba más hondo que los demás (y eso era bastante difícil, la verdad). Quizá por ese meritorio esfuerzo y porque tenía una larga cabellera de oro y era muy hermoso de apariencia, la última noche de verano, durante la Gran Celebración en la Sala de los Rubíes, Dannaar se levantó de su verde trono de malaquita y accedió a bailar con él, con él solamente [puedes quitarlo o cambiarlo por un de] entre todos los presentes. Aquí hay que hacer notar que las ensoñadoras músicas de aquella alegre danza se estropearon un poco con el rechinar de dientes del rey Soth, que aún llegando de muy alto, de sobre su trono de gemas preciosas, consiguieron desconcertar a buena parte de las notas de las gaitas, aunque no se le oyera claramente.
He aquí a Grembeld, pues así se llamaba el apuesto joven [muy útil presentarlo ahora], convertido en el más feliz, dichoso y dicharachero de todos los habitantes de Afglin. Todo en una noche. Pero el rey Soth [¿hay más reyes como para que el no nombrarle vaya a ser un problema?] le miraba aviesamente cada vez que Grembeld pasaba cerca, como flotando en una nube y con sonrisa de niño. Al rey casi le salía humo de las orejas puntiagudas pensando cómo iba a deshacerse de él, pues Grembeld se pasaba todo el tiempo pegado a las faldas de brocado de oro de Dannaar y la princesa parecía disfrutar de su compañía, aunque apenas hablaban. [no entiendo tu uso de la puntuación] (También es cierto que en Afglin no había mucha otra cosa que hacer, aparte de bailar, cantar, beber, celebrar banquetes y salir a cabalgar sobre blancos corceles y al cabo de trescientos años ya todo esto parecía un poco soso). Por fin una noche [tal y como está redactado parece que siguieras hablando de la misma noche] Soth llamó a Grembeld al pie de su trono de piedras preciosas. Vestido con su chaqué verde bordado de diamantes y con sus calzas de seda roja y calzando sus zapatos con hebillas de plata, se inclinó sobre su redondeado estomago desde las alturas, cerniéndose con semblante tan severo sobre el joven que Grembeld retrocedió un paso.
—Hum... —dijo. Y repitió—: HUMMM... Yo, el rey Soth... YO, EL REY SOTH… he decidido que hace mucho tiempo... que... no he salido a ver la luz de las estrellas... sí... Esta noche deseo que... Humm… DESEO QUE ...
Después del último blanquete todos los habitantes de Afglin estaban dormidos, sobre las mesas labradas y sobre los tronos, pues todos ellos tenían un trono enjoyado. Mientras, los platos y la vajilla de oro volaban por los aires y se tornaban relucientes y limpios como el agua de un manantial a su alrededor y las jarras de vino volvían a llenarse solas y la esplendida comida venía volando por los aires desde las inagotables alacenas del reino. Soth sacudió la cabeza.
—¿Por dónde iba? —le preguntó a Grembeld.
—Deseo que .. —le apuntó su súbdito con voz musical.
—¡Ah... sí! ... Que tu Grembeld... GREMBELD... —repitió tan fuerte, que casi gritó y el interpelado dio un brinco— que nunca.. NUNCA… has salido de Afglin, me acompañes a las tierras de los humanos hasta... humm que regrese... REGRESE.
El rey Soth dio un profundo y largo suspiro cuando hubo terminado y se arrebujó en su inmenso trono.
—Está claro, ¿no? —le dijo con voz aguda.
—Sí, sí. Muy claro —exclamó Grembled, afirmando enérgicamente con la cabeza.
El rey Soth volvió a inclinarse desde el alto sitial.
—Luego no digas que no te avisé. ¿eh? —añadió entonces, suavemente.
Grembeld volvió a sacudir la cabeza, ahora en sentido contrario.
—No.No.


Por ahora lo dejo aquí, además de lo señalado, principalmente al final empiezas a tener un problema con los puntos y los espacios.

Entiendo que lo cómico viene en la siguiente parte, pero espero que tengas en cuenta el cambio de tono que puede provocar, porque hasta ahora no hay nada de humor.
Quemo sin llama,
mato pero no existo.
Soy mi contrario.
Responder
#3
Cita:Hacía tiempo que no hacía una corrección en profundidad. Te ha tocado.

!!!!Nooooooo!!!!!!
Haberme avisado antes por burofax, que lo hubiera mirado como dios manda XD
La verdad es que si tienes que corregirlo todo te va a dar demasiado trabajo. Estos cuentos son textos bastante antiguos, a los que, no sé porque, les tengo un cariño especial.

Cita:Entiendo que lo cómico viene en la siguiente parte, pero espero que tengas en cuenta el cambio de tono que puede provocar, porque hasta ahora no hay nada de humor.

Eso también es interesante. Siempre me he preguntado si realmente son divertidos o solo soy yo quien los encuentra graciosos.
Gracias por las correcciones que ya has hecho.
Responder
#4
Claro que Grembeld no había entendido el deseo formulado por el rey y, por otra parte, eso mismo era lo que el Rey Soth deseaba. Sin embargo cada una de las palabras repetidas de su discurso formaban un sortilegio mágico [es una explicación extraña; como un cuento para niños no veo que las palabras estén lo suficientemente remarcadas para parecer un sortilegio, como un relato para adolescentes o incluso adultos, esto parece estar explicado a destiempo (tarde para entender el diálogo, pronto para sorprendernos por el comportamiento de Grembeld)]. Inmediatamente Grembeld corrió hacia las caballerizas y escogió el más veloz de los caballos blancos de Afglin y lo ensilló con la más hermosa de las sillas de montar, pero como él era solo un paje, tuvo que conformarse con ir a pie, aunque, bien es cierto, que los pies de las gentes de aquel reino eran más rápidos que los mismos ciervos del bosque [¿para qué los caballos entonces? Puedo entender el concepto de un rey usando un transporte por el simple hecho de ser un rey, pero das a entender que el uso de animales para transporte es algo relativamente común]. Cuando el Rey Soth descendió de su trono a través de la delgada escalinata de cristal [te dedicas a hacer descripciones cuando no tocan, esto debería haber ido al principio cuando vimos por primera vez ese lugar], Grembeld descubrió con sorpresa que el gran rey apenas le llegaba a la cintura, y, por su parte, el rey Soth descubrió con disgusto que Grembeld era dos veces más alto que él. Y le miró enojado, mientras su paje le ayudaba a montar.
Siguiendo un estrechísimo sendero que se levantaba sobre insondables precipicios negros, atravesaron las grutas doradas y veteadas de esmeraldas de las montañas, hasta que una inmensa pared cuajada de diamantes de todos los colores [los diamantes no son de todos los colores, podrías decir simplemente gemas o piedras preciosas] les cortó el paso. Eran esas las gigantescas puertas de Afglin, el reino encantado del rey Soth, y solo él podía abrirlas. Así que, como tenía algo de prisa, alzó su mano y dijo con voz retumbante.
AhmalajadIndoriendliadin. [que esto parezca una palabra mágica mientras el sortilegio de antes usaba palabras comunes no tiene sentido]
En seguida, la montaña le respondió, con un ronco bostezo, y las paredes de diamante se abrieron y una tremolante brisa fría acarició sus rostros. Poco después un cielo azul oscuro, como un gran lago profundo, apareció entre las rocas negras y Grembeld lo contempló sobrecogido, pues nunca antes había visto nada igual.
El rey Soth, bajo la oscura capa de la noche, miró a Grembeld de reojo y le dijo.
—Ahora tienes que seguirme.
Y, dicho esto, espoleó a su montura dejando al joven con la palabra en la boca, pues los caballos mágicos son más rápidos que el mismo viento [además de que está mal que digas que son caballos mágicos ahora, dabas a entender que estas criaturas eran prácticamente tan rápidas como caballos al decir que son más rápidos que ciervos]. Todavía estaba diciendo Grembeld: "Si, señor" [comillas latinas], cuando una ligera brisa le golpeó en el rostro y el rey Soth ya se había perdido por los confines del horizonte [con esto acabas de decir que estas monturas hacen unos tres kilometros en unos segundos; es ridículo el comentario de ser más rápidos que ciervos ante esta velocidad]. Así que Grembeld tuvo que correr como un condenado toda la noche [entiendo por como estaba escrita la oración antes que ellos andan más rápido que el movimiento de un ciervo (su máxima velocidad), de ahí que digas que eran más rápidos y no que podían ser más rápidos; pero ahora me vienes con todo este cambio, y, aunque corriendo entiendo que no corra a unos 300 m/s, doy por hecho que no está muy alejado de esa velocidad considerando que de media la velocidad en carrera son unas diez veces la velocidad andando], siguiendo el blanco destello de las crines del caballo a lo lejos y el jinete no se detuvo ni una sola vez hasta que llegó a Ninht. A donde habría podido llegar mucho antes, la verdad, si hubiera tomado el camino recto, pero el caballo se había pasado todo el viaje yendo de acá para allá, de izquierda a derecha, al norte y al sur y dando vueltas y vueltas, mientras Grembeld, sobresaltado, se preguntaba si su rey no estaría borracho. Cuando por fin Grembeld llegó a la aldea de Ninht y alcanzó a su señor, que se hallaba muy contento sentado sobre la hierba húmeda, ya había pasado más de la mitad de la noche [esto es imposible; podrás usar la excusa de lo hizo un mago pero teniendo en cuenta la descripción que das al principio de que desde la aldea ven la ladera de la montaña, es imposible que considerando el tiempo que tardan en llegar y a la velocidad que van eso sea posible (a no ser que la propia aldea esté en una alta montaña, lo cual no parece ser el caso). Podrás decir que siendo un cuento infantil es algo que se puede perdonar, pero sigo sin ver lo infantil del cuento] y él se había quedado sin resuello.
—Has tardado mucho —lo amonestó el rey.
Pero Grembeld se dejó caer en el suelo completamente exhausto y sin poder abrir la boca.



Sigo sin ver la comedia; en este trozo puedo llegar a ver ideas que desarrollada podrían dar lugar a chistes, pero incluso esas ideas son más conceptos que un chiste a medio construir. Por otro lado, no veo el cuento infantil, lo veo demasiado complejo para un niño pequeño, y si es para uno mayor (digamos un preadolescente) no tiene nada que llame la atención realmente (una gran aventura por ejemplo).

Está bien escrito, pero parece que es un simple ejercicio de escritura en el cuál no sabías qué escribir (y ya no hablo del contenido, hablo de la forma).
Quemo sin llama,
mato pero no existo.
Soy mi contrario.
Responder
#5
Me preocuparé en serio si consigues llegar hasta el final y sigues sin ver el corte humorístico del cuento. Porque lo tiene, eso te lo aseguro.
¿Y desde cuando es imprescindible que un escrito se despelote de buenas a primeras? Yo si algo detesto son las obviedades.
Pare mí no es un punto negativo que una narración empiece en un género y luego derive hacia otro. Si la transición se hace bien, a mi incluso me parece un valor añadido por lo que tiene de inesperado.
Aunque en el caso de este cuento dicho giro no es brusco en absoluto, ni discurre por géneros tan separados.
Es cierto, como bien has dicho, que la narración empieza como una exploración de la tradición de cuenta cuentos más tradicional, pero el tono ya es jocoso de entrada (ya que tú no ves humor utilizaremos un término más suave). Y ese aire jocoso se va acentuando en un contenido crescendo que casi no se nota, hasta llegar al final.
A ver si alguien más opina, porque empiezo a pensar que tengo un sentido del humor algo particular. Humor inglés quizá  Tongue

Respecto a los exhaustivos comentarios te los agradezco mucho, ya que desde hace tiempo tengo pendiente corregir estos textos y me van a ser muy útiles.

P.D. Por cierto el estudio científico que has hecho de la velocidad de los caballos mágicos versus ciervos en velocidad punta versus seres mágicos a velocidad de crucero me ha dejado en blanco. Aún lo estoy releyendo... XD.

Gracias.
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#6
—No es hora de descansar—. Y el rey le miró sonriente—: Tenemos algo que hacer.
Y se levantó de un salto encaminándose a las oscuras sombras de las cabañas de los aldeanos de Ninht. Grembeld le siguió los pasos, encorvado y torpemente, pues se hallaba muy cansado y además tenía sueño. Miró con preocupación el cielo, pues antes de que saliera el sol ambos tenían que regresar a Afglin.
Durante una hora entera el rey Soth se dedicó a saltar alegremente de ventana en ventana como un pequeño ratón, asomándose de puntillas sobre los antepechos de madera de roble y seguido por la cansina sombra de su joven paje, hasta que por fin, dijo:
—Humm... Esto es lo que busco.
Grembeld se asomó a su lado y miró hacia el interior con los ojos muy abiertos, pero allí solo había una tosca cama de madera, un espejo, unos zuecos amarillos y algunas otras cosas sin importancia [este es el humor del que hablas? Sólo puedo tomarmelo como un intento de chiste que se queda en eso, porque como un comentario serio no tiene ningún sentido; como chiste no funciona, porque no sabemos nada de esas criaturas como para que nos haga gracia que crea que unos zuecos tienen más importancia que los seres humanos], como una muchacha de hermosa cabellera oscura y piel dorada [además esta descripción contradice lo anterior; el narrador debe estar describiendo en base al punto de vista de Grembeld, si describe a la chica así, cuando no ha descrito el resto de cosas, entonces no es algo sin importancia] que dormía dulcemente. Grembeld miró al rey y el rey le devolvió la mirada.
—He decidido contraer matrimonio —le anunció pomposamente—. Y esta doncella ha sido la elegida de mi corazón.
Grembeld volvió a mirar de nuevo a la doncella con aire dubitativo, mientras el rey Soth abría la ventana con un chasquido de sus dedos y saltaba ágilmente hacia el interior de la cabaña.
—Entra —le ordenó y le hizo un gesto para que se acercara hasta la cama.
No era extraño que nadie se hubiera despertado, pues no hay nada que cause un sopor más profundo que la cercanía de un ser encantado. Así que el rey Soth tomó asiento en la silla de mimbre y no le preocupó en absoluto que esta rechinara como un cerdo hambriento [humor inglés Confused ]. Contempló a la agraciada joven, meneando la cabeza aprobadoramente, y una satisfecha sonrisa hizo enrojecer sus abultadas mejillas. Mientras Grembeld se apoyó a su lado contra la pared, demasiado cansado para decir nada.
—Será una hermosa reina de Afglin —empezó el Rey Soth.
Aunque Grembeld miró a la dormida doncella pensando que no era, ni mucho menos, parecida [pues que el narrador no contradiga eso] a la pálida Dannaar.
—Ahora, sin embargo, antes de tomarla por esposa y llevarla a Afglin, es imprescindible que sepa de cuantos cabellos está formada su cabellera. Pues si tiene menos de cien mil no puedo casarme con ella. [esto no es, ni siquiera divertido; Soth no ha demostrado ser un personaje excéntrico como para que pedidos así parezcan normales, por tanto es claro que es una treta, entonces lo que logras es que Grembeld simplemente parezca un imbécil por hacerle caso. Podrías decir que es el rey y por tanto puede obligarle, pero no demuestras ni siquiera que dude ante la idea]
Grembeld miró al rey bastante confundido, pues nunca había oído hablar de ninguna costumbre parecida, pero el Rey Soth se mostró inflexible.
Entonces el monarca de Afglin sonrió jovialmente y le dijo a su paje:
—Si eres tú quien hace esa tarea, te concederé el don que me pidas.
Naturalmente el corazón de Grembeld latió más deprisa pensando en Dannaar, pero, luego, frunció el ceño, mirando el horizonte.
—No sé si tendré tiempo, antes de que asome el sol —le dijo a su señor.
Sin embargo el rey agitó las manos un momento y le dijo bondadosamente.
—No tienes que preocuparte por ello, porque yo vigilaré.
Y, dicho esto, se sentó en la ventana abierta.
—Vamos, empieza.
Primero Grembeld se sentó sobre el blando colchón, junto a la cabeza de la muchacha, pero estaba tan cansado que pronto se recostó contra el cabezal de la cama y, casi no se había dado cuenta, cuando ya estaba tendido a su lado contando uno a uno, en voz muy baja, los suaves cabellos. Y si de vez en cuando alzaba la mirada, allí estaba el rey, contemplándole con los ojos muy brillantes, sentado al borde de la ventana. A veces a Grembeld se le cerraban los párpados y, al abrirlos de golpe, le parecía durante un breve instante que el rey sonreía ladinamente y que sus ojos brillaban más de lo que debían, pero era menos que un segundo y estaba tan amodorrado y concentrado en los números para no descontarse, que apenas pensaba en ello. Sin embargo, cuando ya iba por los cuarenta y tres mil ochocientos ochenta y ocho cabellos oscuros, los párpados del joven cayeron para no volver a levantarse y rendido de cansancio se durmió por completo. Y, cuando llegó el amanecer, el rey Soth, naturalmente, no estaba allí para prevenirle.
Ahora hay que retomar la historia, pero desde otro lado. [es un salto entre puntos de vista simplemente vago] El bueno de Eno era un aldeano de Ninht, laborioso y de pocas palabras. No era rico, pero tenía una cabaña de roble, sencilla y confortable, dos vacas perezosas, una gran jaula con media docena de gallinas medio locas y un cerdo, y, además, una hija doncella y de talle cimbreante, cuyos ojos parecían esmeraldas cuando los bañaba el sol de la mañana y que se llamaba Finde.
No es extraño que Eno se despertase siempre de buen humor, feliz y sin preocupaciones, que se lavase en el agua fría del pozo, sonriente y alegre, y que luego, con paso complacido, se dirigiese al establo para ordeñar las vacas y llevarle a su hija la leche del desayuno. Generalmente Finde ya estaba trajinando en la cocina cuando él regresaba con la leche y un ramo de fragantes camelias para adornar la mesa, pero ese día,  al regresar del  establo, Eno se sorprendió al encontrar la cocina vacía, el fuego apagado y el desayuno sin preparar. El aldeano era de natural dulce y agradable y aquello no le importó demasiado. Encendió el fuego, puso a hervir la leche en el perol de cobre y, silbando una divertida cancioncilla, llamó a su adorada hija. Al cabo de unos momentos, cuando la leche ya empezaba a hervir, levantó las espesas cejas y se atusó el bigote y, meneando la cabeza con desaprobación, pues Finde nunca se había mostrado tan perezosa [lo natural es que en dicho caso se preocupe y crea que pueda estar enferma], se dirigió a la pequeña habitación y abrió la puerta.
La ventana de la habitación de Finde estaba abierta de par en par y la brisa entraba agradablemente a través de ella. El aldeano contempló con arrobamiento como la joven permanecía profundamente dormida en el blanco lecho. Hasta que descubrió que, esa mañana, su oscura cabeza descansaba tiernamente sobre el pecho de un joven de rubia cabellera que yacía a su lado, en lugar de hacerlo sobre la blanda almohada. Eno abrió la boca con el ceño fruncido, pero de repente se quedó mudo del todo, porque justo entonces sus ojos vislumbraron a medias una puntiaguda oreja, asomándose traviesamente entre aquellos rubios y extraños bucles. Y Eno lanzó por fin tal grito que todos los aldeanos interrumpieron sus frugales desayunos y se asomaron a las ventanas con extrañeza y Grembeld se puso en pie de un salto dejando, muy poco cortésmente, que la cabeza de Finde se golpeara contra el borde de la cama. La joven abrió los ojos con un somnoliento gemido, a tiempo de ver como a su lado Grembeld chasqueaba los dedos intentando desaparecer. Sin embargo fue inútil, pues. con la luz del sol, sus poderes se habían desvanecido.


Tu crescendo va a ser muy brusco. Puedes no presentar el humor al principio, pero si vendes el relato como tal y no hay humor hasta el tercer capítulo pues el lector va a abandonar antes.

Hasta ahora no hay humor, hay unos intentos de contar algo gracioso pero que queda en nada; intentas jugar con el estilo cuento infantil y el humor, y no logras avanzar en ninguno de los dos. Algunas cosas que haces (como ese cambio tan perezoso de POV) podría valer en un cuento para niños, pero la manera en la que está escrito esto no va a atraer a los niños pequeños; por su parte el humor queda conceptos como la traición del rey que valdría si el personaje estuviera trabajado pero, que en este caso, ni está contado de forma graciosa ni es algo que no se vea venir desde el comienzo, y comentarios que me hacen sonrojar de la vergüenza ajena.

He dado una leída por encima del resto del relato y sigue pecando de lo mismo: tu crescendo no es uno de humor, es uno de intento de arranque de alguna situación graciosa, que, en una verdadera historia para niños podría hacerles gracia, pero tal y como escribes queda claro que no es tu público objetivo y por tanto no es gracioso.

Tomemos el engaño del rey por ejemplo, ¿cómo mejorar la escena? Haz que Grembeld sea medio imbécil y vea normal eso de contar los cabellos, o demuestra que el rey es histriónico y que pedidos así son lo normal en él, también puedes ir a lo fácil y hacer que eso sea algo que realmente hacen antes de contraer matrimonio (pero deberías explicar eso de antemano), además ahorrarte las sonrisillas del rey que dan mucha vergüenza ajena cuando es evidente lo que pretende; tras lograr tener un engaño que no se ha visto venir desde que han salido de su reino la situación podría incluso ser graciosa. Aun así podrías añadir elementos: en lugar de que el padre vaya a ver porque su hija no ha hecho el desayuno, que entre al cuarto por los gritos de su hijo, y lo que se encuentre sea una escena slapstick (que ya habrías estado narrando de antemano en lugar de cambiar el punto de vista) en el cuál la chica despierta al amanecer porque el elfo se ha quedado sin poderes y por tanto ya no puede afectarla y, asustada, empieza a arrojarle cosas, por ejemplo los zuecos, que el equivalente a disparar el rifle es arrojárselos a alguien a la cara).
Quemo sin llama,
mato pero no existo.
Soy mi contrario.
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