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(FANTASÍA) Theia. Cap.1 El prado.
#1
El prado estaba sereno. Olía a menta, margaritas y amapolas y el tenue calor de la puesta de sol hacía brillar todo en ocres y violetas. El aire bailaba con la melodía de los árboles y se entremetía en los cabellos sueltos y plateados de quién estaba parada en el centro del lugar.
Unos espejos redondos tirados en torno a ella emitían cierta vibración extraña que solo su cuerpo y el del niño que la observaba, fuera del círculo, podía sentir. Ella, arrugada y enjuta, con silueta de olivo centenario y ojos de aceituna, escrutaba las entrañas de cada reflejo y escuchaba el susurro del prado.
-Niño.-murmuró- He visto la posibilidad. Las flores sufrirán, los árboles dejarán de cantar y la roca gritará bajo pies de metal. Se están haciendo con las zonas que creímos impenetrables.
El se apresuró a recoger los espejos, haciendo mucho ruido chocando entre sí los diversos collares, pulseras y aros que pendían y rodeaban toda parte posible de su cuerpo.
Ella, tranquila alzó su bastón. Con su deseo, y tras los años de largo aprendizaje, abrir el portal era para ella una habilidad sencilla.
Una escalera interminable se alzó de la nada, transparente y brillante como hecha de hielo o diamante.
-Sube niño. Hazme el café, volveré en un momento.
-Abuela Aya, si lo que ha visto es lo mismo que yo creo ver, los civilizadores están tras las montañas y con sus máquinas podrán llegar hasta aquí fácilmente.
-Niño,¿ Tú sabes por qué aquí estamos en compañía de animales y flores y nada más? -Por que este prado es un lugar impenetrable.
-Bien, ¿Y por qué lo es?- Y con sus miles de pliegues en los labios esbozó una sonrisa dulce.
-Por que tiene un guardián, que evita que puedan obtener la energía vital de los seres que aquí vivímos. Así pues, los demás lugares impenetrables están protegidos por uno o varios guardianes.- Respondió a toda velocidad, como si estuviese en un exámen. No quería que aquellos larguísimos días, sentado junto a las margaritas, mientras las águilas hacían de apoyo soplándole lás respuestas que no sabía, fueran en vano.
-Se te olvida algo...- dijo Aya condencesdientemente, con sus ojos tan cerrados por su sonrisa que parecían dos cáscaras de nuez.
-No, abue..
-¡Que yo soy la guardiana del prado!- Lo interrumpió- Si los demás lugares están cayendo quiere decir que también lo han hecho sus protectores. Yo protejo este prado y a eso es a lo que voy.
-¿Se encontrará con ellos? No debería, no dudo de usted, pero sus máquinas...
-¡Obviamente, chiquillo!-lo volvió a interrumpir, ansiosa.-¿Qué hago? ¿ Esperarlos sentadita? Ay, mis margaritas.... Y el trigo que crece justo bajo la ladera...ya debe estar precioso.....- se ensimismó- ¿Cómo voy a quedarme aquí , nene? Yo creo que tú no te das cuentas de cómo va a gritar cada roca.
-Abuela, sé que debemos evitar que entren, pero me asusto..- miraba al suelo todo el rato, avergonzado de tener miedo.
-Debo. Te corrijo. Tú debes, imperiosamente, hacerme un buen café negro.-Y agitó su báculo en dirección a la escalera.-Sube esa escalerita, abre la puerta del templo, ve a la cocina y ya sabes el resto.
El niño demostraba clara frustración en su rostro, arrugado y cejifruncido pero conocedor de su deber, obedecer a la mujer que le enseñaba todo cuanto el sabía del mundo y de sus duras dificultades. Sabía que sin su enseñanza, nunca hubiese visto el baile que hacen las amapolas cada vez que amanece ni hubiese escuchado las increíbles historias que cuentan los pájaros pues sólo vería flores meciéndose y aves piando y graznando. No podría, si abuela Aya no le hubiese enseñado cómo y cuándo, cerrar los ojos y entrar en los planos más recónditos de la creación. No podría escuchar al gran Espíritu nunca. Y, aunque aún no lo había escuchado, sabía que si seguía fielmente todo cuanto ella ordenaba, aprendería y llegaría a poder hacerlo. Quería poder oir su voz por que sentía amor por todo cuánto el espíritu creaba, en cada plano, e infundaba de luz y vida. Quería saber cómo ayudar. La miró, mientras subía silencioso de palabras pero tintineando sus abalorios.
Aya no perdió un segundo y empezó su andanza, como quien pasea por el prado, dirección opuesta al sol, viendo, como en un lienzo pintadas, las montañas que hacían de límite de su territorio y sabiendo que, tras ellas, cientos de pies y cuerpos plateados esperaban a que ella los recibiese. Se le escapó una sonrisa al pensar que era tan famosa sin moverse de su templo y la sombra del viejo árbol donde pasaba casi todo el día. Cómo iba a echar de menos a aquél viejo olivo.
Ay, Mohamed, si tuviera tu consejo ahora.. Pensó, clavando su bastón en la tierra para que soportase su peso, acordándose de su gran y sabio amigo.
Un árbol, una roca, otro árbol, un riachuelo...
Los contemplaba con cariño y saludaba a unos y a otros.
-No me puedo parar ahora, querida- le decía a una rosa blanca que la llamaba ansiosa.
Y se disculpaba con las lechuzas y así continuó su caminar, con el paso de las tortugas, mientras la noche se tragaba al sol. El aire había visto cómo hablaba con el niño y esa noche decidió no levantar al frio para que lo acompañase pues conocía a Aya desde siempre y sabía que no iba a parar hasta alcanzar la montaña y que, aunque tuviese que escalarla, se reuniría con los Sevs antes que dejarlos cruzar el prado. El aire era muy viajero y siempre se enteraba de todo, lo cual le encantaba y le hacía sentir importante pues siempre tenía constancia de lo último. Había visto a los Sevs antes que la abuela, pero conocía la regla y sabía que por más que quisiera, si Aya no poseía su sello y pasaba las pruebas, no podría ayudarla y contarle los terribles secretos que tienen aún deseándolo. Una tarde de charla en la que llevaba puesto un traje de brisa fresca, le contó a la sabia cómo encontrar dicho objeto y como invocar su gráfico, el cual era su propio nombre, para que ella lo buscase y así poder servirle. Le habló de los caminos pasando las montañas y de las antiguas ciudades a las que llevaban. Le contó que todo estaba cubierto de metal y que estaba transformado por el hombre y que no encontraría flor ni melodía alguna más que la frustración de las incontables personas que en estos lugares habitaban, apiñados como ganado y que estos creían vivir vidas felices. Remarcó varias veces en su relato que había ciertos lugares antiguos aún intactos y escondidos bajo sus cajas de acero y que en una ciudad que ellos conocen como On´ub existía un milenario templo de una religión ya perdida en la que podría superar las pruebas y obtener su talismán. Dijo que era peligroso pues ellos tienen estos lugares bien protegidos, sabedores de los poderes que en ellos se ocultan, pero que debía ir. Debía hacerse pasar por una más hasta llegar allí. Que quizás debiese enfrentarse a sus hermanos para conseguirlo pero que al hacerlo, el camino de vuelta no sería dificultad alguna pues el la acompañaría ya por siempre.
Recordó, observando a la anciana, que ya había caminado casi toda la noche, cómo ella se negó a abandonar el prado. Aún sabiendo que sería quizás una de las personas más poderosas de la Tierra. “Yo solo quiero que la hierba siga creciendo y el sol calentando, querido” Le había respondido con dulzura y firmeza. En ese momento no consideró que con el poder, podría hacer más que proteger una pequeña zona de prado verde pero,el aire, que era muy imaginativo y amaba perder el tiempo pensando en qué harían aquellos a los que veía, pues el tenía todo el tiempo del mundo, se figuró que Aya encontraría a los Sevs y que luego, tras haberlos echado de allí con una buena regañina, se escabulliría entre la gente hasta encontrar el templo por sí misma. En cierto modo tenía esperanza de que aquello sucediese pues imaginaba también que vendrían tiempos aún más complicados para todos.
Sopló aterciopelado agitando sus ropas, queriendo alijerar su paso, dándole su apoyo pues ya le quedaba poco hasta alcanzar la ladera de la montaña.
-¿Cómo piensas cruzar la montaña tu sola?- Le susurró al oído, meciendo sus argollas doradas.
-Pues no lo sé, pero, ¿Ves aquellas estrellas que aún no han desaparecido?- y señaló un punto en el confuso galimatias de destellos que tenían delante- Es la constelación de Sagitario. En ella habita un espíritu que ama retratar al óleo a las flores que crecen a la orilla del riachuelo y a veces he posado para él. Si lo llamo seguro que me aconsejará el modo.
-¿No necesitas su sello para que te obedezca?- preguntó curioso el aire.
-¡No es momento para clases de magia, Aire! Debo ir ligerita.... ¡SAGITARIOOO!- comenzó a gritar de pronto- ¡VAMOS CENTAURO!¡SE TE SIGUE VIENDO!
-¡Aya! No soy un erudito en magia pero sé que a los seres mágicos se les debe tratar con respeto....O al menos cortesía, como tú a mí.-se apresuró a regañarle el Aire.
A los pies de Aya apareció de pronto un círculo de llamas que formaba entralazádose extrañas filigranas y símbolos pertenecientes a todas las fuerzas que estaban entrando en acción. El aire se volvió denso y la luz de todo el paraje se hizo más brillante. Los pájaros tocaron sus melodías mas agudas y rápidas acompañando con sus flautas el dulce canto de los geranios que allí vivían y que eran testigos de tal milagro. Una bruma, amiga del aire, se unió a ver el prodigio y a hacer más misterioso el resultado pues a lo lejos una figura alta e imponente caminaba despacio y firme hasta ellos, haciéndose visible poco a poco, tal y como la bruma había pensado que sería lo mejor para tan destacado momento, pues no todos los días un espíritu estelar acude a un llamado de tal modo.
El centauro llegó hasta ellos con una amigable expresión en su rostro delgado. Su cabello largo estaba recogido en una larga trenza que rodeaba su cuello varias veces y luego caía por detrás. Era de color negro, como también lo eran sus cuartos y crines. Alto y estilizado, muy delgado para ser un caballo y muy débil si fuese solo humano pero colosal en su fragilidad combinada. En su frente amplia relucía un dibujo en negro con la forma esquematizada de un ojo abierto y sus propios ojos parecían esmeraldas por pupilas demasiado grandes para un ojo humano. Se estiró de brazos y cuartos traseros y arremetió al galope para encontrarse con su vieja amiga Aya. El no solo pintaba las flores del riachuelo, si no que adoraba debatir con la mujer pues esta siempre rebatía sus posicionamientos y se empeñaba en hacerlo cambiar de parecer. Amaba realmente que Aya no sintiera miedo, que no se andase con títulos y parafernalia para enfocar su deseo, el cual era simplemente conversar y aprender de él, y era por esto que acudía feliz a su llamado cada vez que ella pronunciaba su nombre. Tantas tardes jugando a las cartas junto a las azucenas, que siempre se chivaban si Aya iba perdiendo y tantos días llevándola en su lomo, corriendo por el prado, para ayudar a rescatar a los supervivientes de algún desprendimiento de la ladera o para encontrar la amapola más roja del prado para poder competir por ver quién la retrataba más bella.
-¡Aya!¡Estás increíble! ¿Cuándo fue que os ví? ¿Hace casi un año? -No, querido, fue ayer, cuando tu constelación se ocultó y tuviste tiempo libre.- le sonrió pues sabía que su trabajo era duro y que era normal que, tras vigilar los cielos desde el incio, no supiese ubicarse en la línea de tiempo humana.
-¿Qué hemos de hacer? -preguntó el centauro.
-Traspasar esa inmensa montaña sin que yo me despeñe.
-Vaya... Eso es fácil, pero difícil también...
-A ver, explícame.- Ella sabía que había una manera, sin necesidad de escalar la montaña. Lo había leído en el templo, conocía cada rango de poder y cada parcela física a la que podían afectar.
-Veréis...- y miró fijamente a Aya- Podríamos pero no se si usted lo resistiría. El proceso exige que el cuerpo físico sea trasladado de un lugar a otro mediante la descomposición y recomposición de todos sus átomos. Su ser se unirá al gran flujo y se transportará conscientemente hasta su destino. Una vez allí, conscientemente recompondrá sus moléculas hasta ser de nuevo la Aya que eres. Pero, sin ofender mi señora, usted es anciana, con tantos años como estos árboles y probablemente aquí sea usted más capaz que allí fuera. Más capaz de todo, incluso de seguir con vida.
La abuela lo miró desafiante. Nada le daba miedo. Todo la asustaba y por eso con todo se atrevía.






Incienso artificial, químico. Un extraño hedor a limpiasuelos barato en forma de finas barritas quemándose alrededor de un cristal, enorme en sus dimensiones, reflectante en todos sus ángulos, translúcido y sin embargo ofrecía una visión diferente de lo que tras él se hayaba. Centro de la estancia era el cristal y, dispuestos por el lugar, inclinados y con máscaras, multitud de individuos anónimos. Arrodillados en círculos, con unas máscaras espejadas, al igual que toda la sala. Una habitación que invitaba al trance y a la desorientación. La sala de los oradores se llamaba, en el C.D.A oficial. Quizás uno de los edificios más impactantes de la Ciudad de Sevsha, capital del distrito Ándalus. Hecho de espejos totalmente, tanto por dentro como por fuera, con formas tan extravagantes y angulosas que desafiaban la propia gravedad y la percepción del ojo humano. Casi parecía no estar ahí y al mismo tiempo estar rompiendo el velo de Maya para entrar en nuestro plano desde otro recóndito lugar. Era un edificio enorme y sin embargo la sala de los oradores era el único lugar donde el individuo de a pie podía entrar. A veces, en muy contadas ocasiones, algún ciudadano de las clases más humildes conseguía una audiencia con alguno de los oyentes. Rara vez salían de allí con algún mensaje.
Era un lugar silencioso el C.D.A. Oficial. Preparado para conectar a aquellos seleccionados, llamados oyentes, con La Voz.
Gorio había recibido el mensaje de La Voz en incontables ocasiones. Algunas veces muy confuso y otras directamente inentendible. El era un muchacho de unos doce años, flaco y pálido, con el pelo rapado y un traje segunda piel plateado, reflejándolo todo, que esperaba sentado y en trance a que La Voz le hablase y le transmitiese el mensaje que los sacerdotes tanto esperaban.
Esa tarde, después de la ración diaria de nutrientes químicos en forma de píldora, el mensaje fue totalmente diferente.
-Corre, Gorio. Levántate y huye.
Se acababa de sentar y cerrar los ojos. Esperaba siempre un poco de tiempo a que los demás se hubiesen ajustado sus máscaras de inducción al trance. A él no le hacía falta ningún tipo de químico para llegar a la gnosis. Salía de su ser con sólo cerrar los ojos cómo hizo.
Se levantó de golpe, pero con sigilo. Su cuerpo frágil y liviano a penas hacía vibrar el suelo. Nadie se dió cuenta. Ni los oyentes, ni los sacerdotes hartos de comer y beber, dormidos en sus levitadores, que a penas podían con su peso. Esquivó uno y otro inciensiario, uno y otro cojín en el suelo y alcanzó la escalera, que subió como si en ello se le fuera la vida.
No sabía donde ni para que, pero debía salir de allí. La Voz le había dicho todo cuanto él necesitaba oir, pues ansiaba ver el exterior. Y de pronto se dió cuenta de que ni si quiera sabía que iba a encontrar fuera. No tenía la más remota idea. Lo poco que conocía del exterior era que a veces tenía audiencias con gente envuelta en plumas, perlas, piedras y flores y otras veces, con personas vestidas con ropajes de lo más sencillos y sucios, todos por igual con pequeñas variaciones en su atuendo. Sacaba en conclusión que aquellas personas eran de diferente rango, al igual que lo eran él y un sacerdote. Quizás los vestidos con tela de saco fueran los oyentes de los vestidos con plumas. O sus siervos. O especies totalmente distintas por que a veces los engalanados traían la piel de colores e incrustaciones en su cuerpo, incluso partes metálicas sustituyendo miembros o reforzando otros o como mero adorno.
Él sólo había conocido su propio reflejo mil veces multiplicado una y otra vez en cada estancia del edificio donde llevaba confinado doce años. Aún así siguió corriendo, casi sin aliento, pues una única vez había corrido antes, tratando de escapar de uno de los sacerdotes que, ebrio, quiso disponer de su cuerpo a su antojo. Se pasó meses en el asiento gravitatorio, el cuál le impedía cambiar su postura, produciéndole un fuerte dolor en todo su cuerpo, haciéndolo entrar en una gnosis profunda que fue satisfactoriamente analizada por los sacerdotes.
Corría escaleras abajo hasta alcanzar la sala de los oradores. Sabía que no se percatarían de su presencia, las máscaras los mantenían en trance, enviándo sus plegarias en una especie de realidad virtual colectiva, creada por las consciencias entremezcladas que depositaban sus anhelos en el programa. Las personas que no eran oyentes, necesitaban esa ayuda para alcanzar a La voz.
En un rincón, de pie, sin máscara. El pelo blanco y despeinado y la piel parda, con una sonrisa, mirándolo fíjamente con unos ojos profundos y un poco rasgados, ligeramente pequeños en comparación con su nariz. Le hizo un gesto con la mano, indicándole que se acercara y esperó paciente a que él esquivase a los oradores para no sacarlos del trance en su caminar. Le tendió de lejos un sayo largo hasta el suelo, con capucha, de color verde oscuro y de tela rugosa y rígida que él se puso de inmediato como si ese fuese su billete de escape y se aferró al brazo del desconocido, casi temblando, no pudiendo contener más la tensión que estaba viviendo y se desmayó.
Hu´an andaba presto y con los ojos puestos en todos los ángulos de la calle. El sol los quemaba y el entorno metálico no ayudaba a refrigerar el ambiente. El aire ardía y olía al interior de un coche al sol en pleno Agosto. La gente deambulaba de aquí para allá, haciendo sus vidas, sin importarles mucho la dura situación climática. Estaban acostumbrados a vivir en un horno desde hacía muchas generaciones. Hu´an tampoco hacía mucho caso al calor pero el muchacho que cargaba en brazos, envuelto en una túnica, parecía estar sufriendo mucho las altas temperaturas. Tenía mal color, estaba rojizo y sudoroso y su pecho no paraba de agitarse de arriba a abajo, marcando un ritmo rápido y constante. Tenía que atravesar rápido aquella zona, en la zona de roca de la ciudad antigua el calor sería más leve y el muchacho mejoraría. Se preguntaba si resistiría todo el camino. ¿Moriría antes de entregarlo? ¿Moriría el si el niño moría? ¿Quién sabe? No le importaba verdaderamente. Ya había cobrado el pago antes de ejecutar el trabajo, algo raro habiendo sido un contrato hecho en Las Infitinas, uno de los barrios marginales más peligrosos que podía haber en Sevsha. Antiguamente había sido un ghetto, previamente, un poblado de la gente más humilde y ahora, bajo el dominio de La Unión, era una miniciudad donde todo lo ilegal en el resto de Sevsha se hacía realidad y era permitido allí. Un centro de todo aquello que los habitantes de la ciudad nunca harían en público. Ni tan si quiera se perrmitirían el lujo de ser sinceros consigo mismos cómo para reconocer tales actos que eran vividos allí. Si el niño moría antes de llegar allí quizás fuese lo mejor para el chaval, seguramente quisieran su cuerpo para cualquier acto sexual no permitido o para venderlo como esclavo a alguna familia que lo necesitase. Aunque habían pagado antes de tenerlo, por lo que pensó y sintió la certeza de que lo querrían para algo mucho peor. Triste final tendría aquel niño.
El sonido de una unidad de vuelo lo sacó de su pensamiento y lo trajo de nuevo a la bulliciosa calle en la que caminaba. Eran los pacificadores, seguramente buscando al muchacho.
Debía actuar con normalidad. Dobló una y otra esquina. Cruzó plazas y centros de reposo. Caminó por jardines artificiales y se dejó llevar por el cese de los hologramas que, cada vez con menos frecuencia, se reproducían en bucle de un lado a otro por todas partes. Aquello le indicaba que la zona de la ciudad antigua estaba cerca.
No existía un límite bien definido, simplemente se iba introduciendo poco a poco en aquel lugar que guardaba un poco de la esencia de lo que una vez fue la ciudad. Aún así sabía que debería caminar un buen trecho más, adentrándose en las profundidades de Sevsha, viendo cada vez más miseria y sintiendo cada vez más hedor, hasta alcanzar Las Infinitas. La gente de su alrededor vestía cada vez con menos adorno y complejidad. Nada que ver con los elaborados atuendos en la zona de metal, con sus estructuras imposibles y sus piezas de tecnología incorporada. No verías aquí a nadie abriendo el menú holográfico de su chaqueta para consultar la próxima cápsula de transporte. Las personas que se iba cruzando parecían cada vez más sufridas y maltratadas por la vida. Sus ojos cada vez desprendían menos luz y sus miradas se hacían mas fieras conforme más caminaba. Dejaron de aparecer personas desoladas para dar paso a individuos tirados por el suelo, medio incorporados algunos, balbuceantes o espasmódicos, haciéndose sus necesidades encima mientras otros caminaban de aquí para allá robándoles a los otros y corriendo a resguardarse en sus edificios. Sabía que allí estaba siendo observado en todo momento pero si no cesaba de caminar, se daría por entendido que iba a la última zona y lo dejarían pasar. Nadie quería tener nada que ver con los que allí manejaban los hilos. Si les hacían algo, morirían en manos de quien lo había contratado.
Alcanzó por fin una enorme avenida y se adentró siguiéndola hasta el final. Dobló varias veces entre las calles que la cortaban hasta llegar a unos edificios de seis o siete plantas, todos dispares y en ruinas pero con claros signos de vida. Ropa tendida en cordeles, voces que se escuchaban salir de las ventanas...Todos escondidos en sus madrigueras, huyendo del calor y de algún que otro disparo fortuito de cualquier pelea aleatoria. Vivían bien allí, pero sabiendo unas normas.
Siguió paseando como quién no quiere la cosa por el laberíntico complejo de edificios y plazas y por fin, al volver una esquina, vió las telas de lunares que adornaban toda la fachada del edificio. Aquello pertenecía a los gitanos y todos debían saberlo. Eran una antigua raza, de las pocas que aún perduraban como tal, puesto que la mayor parte de la humanidad, debido a La Unión, presentaba rasgos aleatorios de antiguas étnias bien diferenciadas.
Un holograma apareció en torno a él, marcándolo como blanco de todas las armas que, escondidas, se preparaban para ser disparabas. Una esfera metálica salió de una de las ventanas y levitó hasta el, poniéndose a la altura de sus ojos, los cuales escaneó con un haz de luz violeta. Un segundo después el holograma se desactivó y la esfera se derritió en el aire como si de agua se tratase y estiró su superficie hasta convertirse en una bandeja plana y amplia, suficiente como para que Hu´an se sentase en ella, con el niño en su regazo. Este así lo hizo pues estaba más que acostumbrado a aquella tecnología.






Aya sintió calor en todo su ser, y sintió cómo dejaba de sentirlo para sentirlo todo de pronto. Su cuerpo ahora lo era todo y no era nada en concreto, dividida en incontables átomos que ella podía sentir cómo suyos. A su alrededor y a través de ella sentía la energía y a todos los demás innumerables átomos que conformaban todo lo existente. Estaban fundidos. Todo para ella estaba cerca ahora pues ella era todo y de pronto recordó por qué tal estado. Recordó que su cuerpo había estado individualizado hacía tan sólo segundos y que estaba allí sólo de pasada. Se dió cuenta de que debía moverse a través de la propia montaña para poder llegar a su destino. Sintió su misión y de pronto todo su entorno cambió. Había viajado sólo con su deseo.
Laderas imponentes pero desnudas de vegetación y a sus pies un ejército de seres que no se sabría definir por humanos sino por máquinas. Relucientes y llenos de destellos. Con figuras angulosas y mortales. Esperando órdenes de su general, armado con un exoesquelo imponente y poderoso que contemplada pasmado, sin dar crédito a la escena y treméndamente asustado, cómo una anciana se materializaba a sus pies, sonriente y victoriosa sin tan siquiera abrir la boca. Retrocedió su armazón de metal un par de pasos haciendo un horrible ruido mecánico.
-¡No os asustéis, mi general! Que los milagros que genera el conocimiento del universo no os hagan retroceder. Es la naturaleza.- Dijo Aya, mirando fijamente al general, con su amplia sonrisa pero avisando quizás de todo cuanto podría hacer si fuese necesario.
El general la miró pasmado, sin saber cómo actuar. Tenía claras órdenes de apresar a la anciana y llevarla ante la gobernadora de Sevsha. Cuando le encomendaron tal misión no esperaba ir acompañado de miles de hombres y bots armados con la última tecnología de batalla.*Es sólo una anciana que vive en un prado* se había dicho *Una guardiana, sí. ¿Serán cómo magos? Sea lo que sea, esto es exagerado* pero ahora sabía que no. La mujer simplemente había aparecido, intacta, frente a él. ¿Cómo podría apresarla?
- Mi general, me presento, perdonad mis modales pues una sólo habla con las flores y el viento-prosiguió, viendo que el general no atinaba a decir palabra.- Soy Aya Gramina Viridi. Praesidium y guardiana del prado. Defensora y portavoz de todos aquellos a los que no podéis escuchar y entender y que por ello despreciais.
El general se armó de valor, no podía permitirse el lujo de volver sin su objetivo después de todo el despliegue.
-Vendréis conmigo en calidad de prisionera. La gobernadora lo ordena. Seréis escoltada hasta Sevsha y yo mismo os llevaré a la sala de audiencias dónde estáis citada esta media noche.
-No hará falta apresarme, mi general. Estoy ansiosa por conocer a esa mujer.- Afirmó rotunda la abuela, ante el imponente ejército. - ¿ Por dónde vamos? ¿Por allí?-señaló con su báculo hacia el horizonte, dónde el planeta gemelo comenzaba a hacer su aparición.- Es que hace mil años, por lo menos, que no salgo del prado.
Y comenzó su andanza, pasando bajo las piernas del exoesqueleto del general y caminando entre las filas de soldados que esperaban órdenes, atónitos.
Responder
#2
Hola, ifrit.djinn,

Me he leído este primer capítulo y me parece que tiene muchas cosas buenas, en particular la presentación de los dos mundos, naturaleza y tecnología, y la introducción de los personajes, cuyo carácter y cuyo objetivo se entienden bien. La escritura también es fluida, la prueba es que me lo he leído todo de un trecho.

Si hay algo que eché en falta, creo que fue alguna escena más pausada para establecer bien el contexto (la tensión entre ambos mundos, las reacciones de los personajes, etc.) y alguna explicación más clara de cómo funciona la magia de la naturaleza, pero entiendo que soltar algo demasiado técnico desde el principio puede ser una mala idea Smile

Por lo demás, como digo, hay muchos detalles que me gustaron, el ambiente creado es simpático y el final del capítulo deja la historia doblemente en suspense.
Responder
#3
Holaaa

Lei el primer capitulo y se ve interesante en verdad, la diferencia entre ambos mundos se ve marcada, pero no se me quito de la mente la idea de que la fuente de poder de Aya y la tecnologia de los de Sheva sean derivados de un origen comun.

La parte del Centauro, sublime, espero poder leer mas de esto en el futuro, un saludo Smile
Responder


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