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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 14)- Saga Geralt de Rivia
#1
Video 
Siguiendo con la magnífica banda sonora del juego, qué mejor tema para este capítulo que "Wake Up, Ciri"


Capítulo 14


Todo siguió igual por la mañana. Desayunaron, recogieron y montaron en silencio. Geralt no sabía ya qué pensar, si la actitud de la niña era orgullo herido o miedo de que él la rechazara. Pero no podía hacer nada, no debía mostrarse débil ante ella, menos a esas alturas. Se había portado terriblemente mal, debía entenderlo y disculparse. Pero la disculpa no llegaba y él se sentía rabioso por haber aceptado su pulso en lugar de hablar con ella.

La nieve se había fundido un tanto y el camino estaba embarrado y resbaladizo, por ello la yegua iba al paso. También ese día lucía el sol en un ambiente frío, tan frío como el trato entre ellos.

El orgullo de Ciri se había consumido durante la noche. Ahora sólo quedaba en ella vergüenza y miedo. La actitud del brujo, su frialdad y su silencio, su rostro como tallado en piedra, hacían que sintiera frío en las entrañas. Por su culpa él y Zinnéa se habían enfadado. No es que eso le importara un pito, pero sabía que a él sí. Había hecho que Geralt perdiera los nervios, como en Brokilón.

Se había portado muy, muy mal. Lo sabía.  

Y ahora estaba aterrada. Aterrada porque se preguntaba si Geralt había dejado de quererla. Lo parecía. Quizá hasta se lo merecía, pero…. Ojalá pudiera volver atrás, pensó.

A pesar del miedo, decidió intentar un acercamiento. Si Geralt la rechazaba, si verdaderamente ya no la quería, no sabía lo que iba a hacer. Frío, un horrible frío en las entrañas sólo de pensarlo.

Lentamente, dejó caer el cuerpo contra su pecho. Geralt frunció el entrecejo mirando la manta que cubría su cabeza.  ¿Venía a él o sólo estaba cansada de la posición? No dijo ni hizo nada, esperó.
Después, sintió su mano deslizarse por el guantelete, sobre el brazo que sujetaba su cintura, hasta llegar a sus dedos. El brujo la miró y un atisbo de sonrisa se dibujó en sus labios. Con timidez e insegura, acariciando el dorso de la mano de Geralt, entrelazó sus deditos con los de él, y el brujo lo permitió y los apretó. La aceptó sin dudarlo. Se sintió contento a la par que una grata calidez se extendió por su cuerpo. Ciri se acurrucó contra él y le miró. En sus ojos verdes nadaba el arrepentimiento y el temor.

—Lo siento… Sé que me porté terribilemente mal.  Pero…es que…—tituveó—. Geralt, ¿ya no me quieres?

Al brujo le partió el corazón verla tan vulnerable, tan indefensa. Tan pequeña. No habré de permitir que algo así se repita, se dijo, no dejaré que una riña llegue tan lejos.

—Nunca dejaré de quererte, Ciri —le dijo, suavizando su expresión.

La niña pasó una pierna sobre la silla, montando a la amazona, para abrazarle. Geralt la apretó contra él y ella se quedó así, con la cabeza apoyada en su pecho, dentro de su capa negra, con su brazo rodeándola. El corazón de la niña latía rápido, el brujo podía sentirlo a través de la ropa.

—No lo haré más, Geralt. ¡Te lo prometo! ¿Me perdonas?
—Te perdono, Ciri.
—Geralt…
—¿Mmmm?
—Yo tampoco podría dejar de quererte.

Él besó su frente y descansó su mejilla contra su cabeza. Olía a gorrión mojado, como en Brokilón, ya no a verbena.
Pensaba en ese momento, sobrecogido, en cómo era posible querer tanto a una niña que, en realidad, conocía apenas. En cómo se había adueñado de su vida. Y en que, hoy por hoy, no le importaba nadie más por encima de ella.

Y volvió a sentir esa paz, agradable y reparadora, porque de nuevo todo estaba bien entre ellos. Pero esa paz se vería perturbada muy pronto.

A pesar de la lentitud de su avance a causa de la nieve, se encontraban ya junto al río Lixela. Habrían de seguir paralelos a su cauce durante unos tres días, si la marcha seguía al mismo paso.
Ciri pidió a Geralt que detuviera a la yegua porque tenía necesidades que atender. El brujo lo hizo y la dejó bajar.

—No te alejes, Ciri.
—Sólo un poco.
—Pero sólo un poco.

Desapareció entre los árboles nevados, dejando sus huellas impresas en el manto blanco.
Ciri podía sentir la humedad del río en su piel. Podía oír el murmullo del agua cerca. Le gustaba ese sonido.

Cuando consideró que estaba lo suficientemente a cubierto, se puso manos a la obra. Estando agachada, su mirada extraviada en el entorno se detuvo en una extraña y
diminuta forma en la nieve, bajo un abeto. Parecía emitir una débil luz azulada, visible gracias a la sombra de la rama. Cuando terminó de orinar, se dirigió derecha hacia ésta.
Se puso en cuclillas y apartó la rama con cuidado. Sus ojos se abrieron de par en par y lanzó una exclamación.
Parecía una muñequita. Tenía una larga melena azulada y un cuerpo esbelto, vestía una flor, una campanilla. Tenía alas en la espalda, como las de una libélula, que brillaban en tornasol a la luz del día. No sabía qué era ese pequeño ser que apenas podía moverse, que temblaba de frío y parecía estar enfermo.  Lo observó durante un rato y llegó a la conclusión de que no era peligroso. Poco a poco, acercó la mano a lo que fuera aquello y lo tomó. El ser no se asustó, permaneció tumbado en la palma mirando a Ciri, lánguido.

—¿Qué eres? ¿Estás enferma? —dijo, sin esperar respuesta. Oyó al brujo llamarla y tomo una decisión—. Yo cuidaré de ti, Muñequita.

La metió con cuidado dentro de su capucha, en su cuello, bajo un mechón ceniciento y regresó junto al brujo.
Geralt no notó nada extraño. Su medallón, por supuesto, se movía, pero siempre lo hacía cuando Ciri estaba muy cerca, así que no sospechó y continuaron su camino. La niña no le dijo nada, lo ocultó sin saber muy bien por qué.

Pasado el mediodía, se detuvieron a comer algo. Ciri bostezaba con frecuencia, pero el brujo no le dio importancia.
Cuando volvieron al camino Ciri no tardó en dormirse, parecía muy cansada. Geralt tuvo que despertarla tres horas después. Si dormía tanto de día, por la noche no tendría sueño, pensó. El brujo, creyendo que era producto del aburrimiento, intentó estimularla entablando una conversación. Con escaso éxito.
No podía evitar recostarse contra él y acurrucarse, se le cerraban los ojos agradablemente sin apenas darse cuenta. Arropada por la manta, sintiéndose calentita y acunada por el paso de la yegua, el sueño se apoderaba de ella. Pero Geralt la sacudía y no la dejaba.

—Ciri, ¿te vuelves a dormir? No puedes tener sueño.
—¿Mmhmm?
— ¿Te encuentras mal?¡Abre los ojos, te estoy hablando, mocosa!
—Estoy bien, déjame…
—Despierta, despierta Ciri.
—Ayyyyyyyyyyy, ¿por qué no me dejas dormir?

Geralt tocó su frente, no tenía fiebre. Finalmente dejó que se durmiera. Era agotador tratar de evitarlo.
Despertó de nuevo al notar que la yegua se había detenido. Le costó abrir los ojos.
Geralt la ayudó a bajar y entre los dos montaron el campamento, esta vez al aire libre, pues no había ninguna ruina cerca. El brujo la observaba arrastrar los pies, moverse desmañadamente y bostezar cada poco. Empezó a preocuparse.

Ciri temblaba, a pesar de estar abrigada y junto al fuego. Sus manos se agitaban mientras llevaba el pan a su boca, aún más cuando simplemente lo sostenía. Él alargó la mano y tocó de nuevo su frente. No estaba caliente.

—Acércate a mí, Ciri, si tienes tanto frío. ¿Qué te ocurre, pequeña?
—Estoy muy cansada.

Geralt buscaba una explicación. Quizá mantuvo una excesiva tensión nerviosa durante el tiempo que estuvieron enfadados y ahora, al relajarse, se encontraba fatigada. Se conformó con esa explicación y dejó de darle vueltas al asunto.
En cuanto terminó de cenar se acostó. Geralt hubiera jurado que ya estaba dormida antes de apoyar la cabeza en el suelo.

La despertó poco después del alba. Pensó que se levantaría fresca y descansada, pero no fue así. Su mirada parecía perdida y somnolienta, bajo sus ojos empezaban a perfilarse unas ojeras oscuras. La preocupación volvió.

Ciri se disculpó y buscó un sitio donde hacer sus necesidades a resguardo y, después de aliviar su cuerpo, metió la mano en su capucha y encontró el cuerpecillo, cálido ahora, de Muñequita. El ser parecía haber recuperado parte de su vitalidad y le sonrió desde la palma de su mano. El brillo azulado que emitía ya no era débil. Ciri la miraba extasiada, la belleza del ser le quitaba el aliento.

— Veo que estás mejor. Me alegro. Te dejaré aquí, ya que pareces recuperada.

En el fondo le dolía dejarla, pero comprendía que el ser pertenecía a la naturaleza y necesitaba su libertad. La depositó en el suelo, lejos de la nieve medio derretida, y se levantó. Pero Muñequita no estuvo de acuerdo, sus alas se movieron rápidas hasta ser unas formas borrosas y voló hasta ella. Se coló de vuelta a su cuello y se refugió en la caverna del hueco de su capucha. Ciri rió, contenta. Muñequita le hacía cosquillas al meterse bajo el pelo de su nuca, luego se quedó quieta allí, como un charco cálido que la reconfortaba.

En el camino, se repitió lo de la tarde anterior. Ciri durmió todo el día. Le costaba despertarla y cuando lo hacía, estaba apática y descoordinada. Geralt estaba muy preocupado.

Por la noche, apenas cenó. Se le cerraban los ojos mientras comía, cada vez más agotada, sus ojeras eran ahora dos semicírculos negros bajo sus ojos, pero el brujo no sabía qué hacer.

—Ciri, ¿has comido alguna baya cuando has estado sola?
—Nnno...
—¿Ha ocurrido algo, cualquier cosa extraña?
—…Nnno…

Su mente daba vueltas al asunto, inquieto. No encontraba explicación.
Decidió que al día siguiente buscaría un médico o una curandera. No había otra solución.

Pero por la mañana, Ciri ya no despertó. Todos los intentos por parte del brujo fracasaron, Ciri dormía y nada de lo que hizo consiguió despertarla. No era un sueño normal, pero ignoraba su causa.
El medallón del brujo vibraba, se agitaba. Cuanto más agotada estaba la niña, observó, más se movía este. Magia, se movía porque detectaba magia. ¿De la propia Ciri?
Montó con esfuerzo llevándola en sus brazos y espoleó a Sardinilla. Necesitaba una hechicera, y pronto. El medallón saltaba en su pecho.

El viento del galope peinaba su melena blanca mientras pensaba una y otra vez en lo que ocurría. Parecía enferma, pero no lo estaba. Era como si hubiera tomado algún tipo de veneno. ¿Las hierbas de Nenneke? No llevaba tanto tiempo tomándolas según la advertencia de la sacerdotisa. Algo estaba pasando por alto. Algo estaba obviando, pues si no estaba enferma, la respuesta tenía que estar ahí, ante sus narices.

Geralt pensó el movimiento de su medallón. Eso era. Estaba ignorando lo que su amuleto mágico le estaba indicando.  Estaba dando por hecho que la fuente del movimiento era la propia Ciri. Y el estado de Ciri era como si algo le estuviera absorbiendo su fuerza vital.  

Estiró súbitamente de las riendas, obligando a la yegua a parar en seco. La yegua relinchó en protesta, pero se detuvo.

La niña no necesitaba una hechicera, sino a un brujo.

Maldijo por su estupidez, por su falta de reflejos. Vesemir se hubiera sentido avergonzado de él.
Sabía de sobras lo que daba esos síntomas, sabía de sobras lo que Ciri debía haber encontrado. Sabía por qué se lo había ocultado.
Él era un brujo y sabía de esas cosas. Se suponía.

Bajó con ella en brazos, caminó hacia el río y la depositó en el suelo, bajo las ramas de un abeto después de agitarlo para que la poca nieve que quedaba no cayera sobre ellos. La despojó de la manta y de la zamarra, comenzó la búsqueda. Ciri seguía dormida.

Registró el cuerpo de la niña, sus manos recorrieron sus brazos, sus axilas, su torso, su vientre y sus piernas. La volvió de espaldas y repitió el recorrido en sentido ascendente. Al llegar a su nuca, algo se movió.

El brujo conjuró a su alrededor la señal de Yrden. Una luz azul emanó de entre el cabello de Ciri, algo emitió un agudo gritito, y Geralt lo capturó con su mano enguantada.
Al separarlo de la niña, ésta poco a poco despertó. Aún adormilada, fijó sus ojos en la mano del brujo y se agitó.

—Geralt… No le hagas daño a Muñequita…
—¿Muñequita? —se sorprendió él levantando una ceja—.  ¿Hasta le has puesto nombre?
—Ahá.
—Pues tu Muñequita casi acaba contigo, Ciri.
—Geralt, qué… ¿Qué es?
—Es una libélula. Una especie de ninfa.

Ciri la miraba sin poderse creer que algo tan pequeño hubiera podido matarla. La ninfa permanecía inmovilizada por la Señal sobre el guante de Geralt.

—Va, ¿cómo iba a matarme algo tan pequeño y adorable?
—Alimentándose de ti, de tu fuerza.
—Geralt, ¿qué vas a hacer? —preguntó con miedo en la voz—. Por favor, por favor, no la mates… Estoy segura de que ella no quería…
—No, Ciri —la interrumpió—. Yo no mato seres indefensos. Lo que ha ocurrido no es fruto de su voluntad, si no de la incompatibilidad. Las libélulas producen ese efecto cuando toman contacto con las personas. Pero es extremadamente raro que se dejen ver, y ya no digamos coger.
—Estaba enferma. Me dio pena, por eso la cogí.
—La cogiste porque fue su voluntad. La ocultaste porque también fue su voluntad, Ciri.
—Y, ¿por qué lo hizo? ¿Le gusté?

Geralt se lo pensó.

—Le gustaste. Como a todo el mundo, Ciri…

Menos a Zynnéa, pensó maliciosamente la niña.
El brujo interrumpió la Señal y una luz azul salió disparada de su mano, perdiéndose en el bosque.

—¡Oh! Se fue…
—En buena hora. Vamos, Ciri. Ponte la zamarra y regresemos con Sardinilla.

El brujo cogió la manta y se volvieron hacia el camino. La niña caminaba algo desmañada y arrastraba los pies.

— ¿Estás muy cansada?
—Muy cansada, Geralt.
—Ven, te llevaré en brazos.
—Uf, ¡qué bien!

Y el brujo anduvo con ella de vuelta a la carretera, pisando sus anteriores huellas en la ya escasa nieve.

—Ciri…
—¿Qué, Geralt?
—Cuando estemos en Kaer Morhen… no le cuentes esto a nadie.

Ella le miró extrañada, pero esbozó una sonrisa siniestra que imitaba a la perfección la que había visto alguna vez en los labios del brujo.

—Si te portas bien, me callaré.
—Ciri.
—¿Sí?
—Siempre llevo el cinto puesto. También en Kaer Morhen. Y es muy fácil sacarlo, ni te imaginas.
—Bueno, vale, te lo prometo. Pero olvídate ya del cinto.
—Buena chica.
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#2
jajajajaj buen final, con ese cruce de amistosas amenazas  Big Grin me ha gustado de principio a final. La reconciliación ya tardaba (tampoco había pasado algo tan grave; esas peleillas son el día a día en casi todas las familias normales) y el recurso de la libélula ha sido muy conseguido. ¿Invención tuya, o ya hay alguna referencia en la saga? En cualquier caso, ha estado pero que muy bien  Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#3
Bueno, en El Último Deseo, en uno de los interludios de La Voz de la Razón, Geralt le explica a Jaskier que le piden que capture libélulas para hacerse con los huesecillos una sopa afrodisíaca, que Jaskier le dice que la ha probado y que, además de saber a agua de fregar, no funciona, recuerdas?
Gracias, como siempre, por tus comentarios, me animan mucho!
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#4
(10/04/2019 01:44 PM)Sashka escribió: Bueno, en El Último Deseo, en uno de los interludios de La Voz de la Razón, Geralt le explica a Jaskier que le piden que capture libélulas para hacerse con los huesecillos una sopa afrodisíaca, que Jaskier le dice que la ha probado y que, además de saber a agua de fregar, no funciona, recuerdas?
Gracias, como siempre, por tus comentarios, me animan mucho!

Ajam. Geralt se negaría, imagino...
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#5
Te pongo el fragmento. Como es una libélula me lo he inventado, necesitaba algo pequeño para montar el capítulo y me acordé... La cabeza no para, que diría Roberto Vilar, xddd.

"Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana. Otro me pide que le mate una libélula y le suministre los huesecillos de sus manos, porque molidos y añadidos a la sopa al parecer aumentan la potencia…
—Eso es una patraña —intercaló Jaskier—. Lo he probado. No la aumentan ni pizca, y encima las sopas saben a agua de fregar. Pero si la gente cree en ello y está dispuesta a pagar…
—No pienso matar libélulas. Ni ninguna criatura inofensiva.
—Pues entonces vas a pasar hambre. Hazte sacerdote. No estaría mal con tus escrúpulos, con tu moralidad, con tu conocimiento de la naturaleza humana y todas esas cosas. El que no creas en ningún dios no tendría que ser ningún problema. Conozco pocos sacerdotes que crean. Hazte sacerdote y deja de compadecerte a ti mismo."

PD. Me estuve riendo una hora con eso de "hay más putas que patatas". Esas cositas que parecen tonterías a mí no se me pasan por alto y hacen que me ría un montón. Yo que sé, tengo un sentido del humor especial.
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