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Reto Abril 19: El Cuerpo del Engaño
#1
El Cuerpo del Engaño




Era de noche y el monstruo se movía por la ciudad de sombra en sombra, con el lomo encorvado y la cabeza gacha, cuidando que sus pezuñas no rasparan la piedra de la calle. El monstruo sabía dónde ir, y lo había hecho antes, pero eso no lo hacía más sencillo; sentía tanto miedo a ser descubierto por las patrullas como la primera vez.
Se detuvo cuando avistó el muro. Medía sus buenas siete varas, una enormidad para la barrera de un cementerio, pero seguro los constructores desearon haberlo hecho todavía más alto. Y debieron hacerlo. La piedra que lo conformaba era lisa y resbaladiza como pocas, la pesadilla de todo escalador. Al monstruo, sin embargo, el muro era lo que menos le preocupaba. Los Tumularios, esos entes que la Guardia había despertado para vigilar las tumbas, ellos eran otro cantar.  
El monstruo esperó hasta que la calle estuvo desierta, luego tomó velocidad en una corrida, dio un salto sobre un carro destartalado y se impulsó más alto, hasta que con sus manos logró asirse al balcón de un edificio. Se subió a este, se paró en la barandilla y desde allí saltó hacia la viga que sobresalía del edificio contiguo, la capilla, donde colgaba el cuerpo de un hombre. Enseguida se paró sobre esa viga, y, haciendo equilibrio, se trepó al tejado. Lejos de conformarse, no dejó de escalar hasta haber llegado a lo alto del campanario.
Desde allí ojeó el cementerio, a unos setenta metros adelante. Entonces se paró en el antepecho, esperó una buena brisa y abriendo los brazos se lanzó al vacío.
Casi de inmediato las membranas planeadoras a los lados del cuerpo se extendieron como alas, y el monstruo guio su vuelo valiéndose de su cola, que era peluda y ancha en el extremo. Pareció deslizarse en el aire, manejando de manera instintiva los pequeños músculos en esos pliegues de piel para modificar sus rasgos aerodinámicos. Una vez pasó por encima del muro del cementerio, colocó su cuerpo en posición vertical y aterrizó con suavidad sobre una tumba.
Comenzó a moverse entre las lápidas, con las orejas paradas y sus grandes ojos bien abiertos. De pronto oyó el sonido de unas cadenas y se escabulló a la sombra de un mausoleo. Allí se quedó muy quieto, haciendo fuerza para callar a su maldito corazón, que parecía estar de fiesta. Tras un momento, el monstruo asomó la mitad del rostro por la esquina y de inmediato volvió a esconderse; ese instante le bastó para ver las cicatrices en el torso del Tumulario, y la espada de hoja azul y el farol de luz verdosa que sostenía.
Lo oyó olisquear y la luz se aproximó a él. El monstruo se movió en silencio hasta girar en la otra esquina del mausoleo y allí esperó; si corría el Tumulario lo oiría y su alarma atraería a los demás. El Tumulario llegó hasta donde él se había ocultado, olisqueó el aire con más fuerza, soltó un ligero siseo. La luz se acercó, se acercó y se acercó, hasta que de pronto se oyó un gran chillido a la distancia y el Tumulario pasó a su lado a toda velocidad.
El monstruo dio gracias a los saqueadores de tumbas por ser tan poco cuidadosos.
Pudo llegar al túmulo sin más problemas, donde se lanzó al hoyo que había cavado noche tras noche. Esa, esperaba, era la última. Se puso al trabajo, removiendo la tierra con sus zarpas, alzando la cabeza cada tanto. Y así pasó largas horas, hasta que por fin desenterró lo que buscaba. La sujetó entre los dientes y volvió a perderse en la oscuridad. Era hora de regresar a casa.

El mago Radamaz escuchó cómo arañaban la puerta de su solitaria torre. No fue casualidad que estuviera en la planta baja; él esperaba que tal cosa sucediera. Cerró el libro en el que escribía unas palabras abigarradas, lo escondió en su lugar secreto y fue hasta la puerta.
Abrió sin temor alguno, al otro lado del umbral la criatura a la que esperaba dejó caer una forma redonda que apretaba con las mandíbulas. Los ojos de Radamaz se abrieron como platos al mirar la cabeza cercenada, cuya mitad izquierda estaba arrugada por las quemaduras.
—¡Lo conseguiste, muchacho! —exclamó, y como recompensa rascó bajo el hocico al monstruo. Luego miró por encima de él—. ¿Alguien te siguió?
El monstruo negó con la cabeza, hizo algunos gestos con las manos.
—Bien, muy bien. —El mago miró a la cabeza, se dio cuenta de que no traía guantes para sostenerla—. Tráela, tenemos que llevarla hasta lo alto.
Mientras subían los escalones, alumbrados por la luz que flotaba sobre sus cabezas, Radamaz iba repitiéndose en voz baja lo que tenía por hacer. El monstruo iba detrás, en silencio.
Llegaron hasta la sala superior de la torre tras haber dejado atrás los mil escalones. Allí arriba había una puertecita que el mago abrió tras haber puesto una llave distinta en cada una de las cinco cerraduras. La cámara a la que accedieron era redonda y ocupaba toda la circunferencia de la torre. Había en ella gran cantidad de polvo acumulado, y sólo entraba una débil luz a través de una tronera, un minúsculo haz pálido que iba a parar sobre un libro de cuero negro que descansaba sobre un atril.
—Déjala allí por ahora —dijo Radamaz, señalando una mesa en la que se apreciaban las formas extrañas de instrumentos de cristal y barro.
El monstruo obedeció, luego se hizo a un lado y se echó junto al alambique, dejando toda la porción central libre.
Allí, sobre las piedras del suelo, el mago tenía ya casi todo listo para el ritual. Ya había dibujado el pentagrama en el interior de un círculo de sal, y acomodado velas de mecha doble en cada vórtice, y en el interior de cada triángulo a había puesto una serie de objetos siguiendo las directrices del grimorio. Tan solo faltaba poner en el lugar indicado la cabeza desenterrada. Cogiéndola por las sienes, Radamaz hizo esto mismo.
Una vez todo estuvo en su lugar el mago revisó el libro, asintió en silencio, cogió una tiza y escribió una serie de runas alrededor del círculo. Cuando acabó, se paró junto al atril y dijo al monstruo:
—No sueltes gruñido alguno, pues hasta eso puede desbaratar el conjuro. Solo observa, y por ninguna razón te atrevas a tocarme.
Dicho esto, el mago recitó con voz poderosa las palabras prohibidas escritas en el grimorio. Cuando hubo acabado de pronunciar el primer conjuro, un frío invernal entró por la única ventana y se adueñó del aire de aquella cámara, tanto así que al recitar el segundo las palabras salieron de la boca de Radamaz acompañadas de vaho. A medida que continuó leyendo los ojos del mago fueron tornándose azules, y la respiración se le aceleró como si estuviera realizando un gran esfuerzo. Al deslizar la hoja del libro con una mano helada la torre comenzó a temblar sobre sus cimientos, y Radamaz se esforzó por mantenerse firme apoyando ambas manos en el atril. Siguió recitando, con una gran voluntad, y al concluir el tercer conjuro la piedra dejó de moverse y la cámara se llenó de un silencio sepulcral. En ese momento se apartó del atril, y sin dejar de murmurar se arrodilló delante del círculo de sal. Las llamas de las velas se volvieron rojas, se quemaron deprisa, y la cera líquida se arrastró por la piedra como pequeños ríos hasta unirse toda en el centro del pentagrama, bajo la cabeza cercenada. Entonces Radamaz alzó la mirada y pronunció las palabras CUOR FOLPOVIR ALCHARLUNIA, y la cabeza comenzó a agitarse. El mago vaciló, volvió a pronunciar con voz terrible la palabra ALCHARLUNIA.
Entonces, rápida y siniestra, la cabeza abrió su único ojo y alargó los labios en una sonrisa malévola.
Radamaz preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
La cabeza se esforzó para responder, mas su lengua llevaba tanto tiempo quieta que no logró articular palabra.
—Oh—exclamó el mago.
Entonces la sujetó, la apoyó en el pedestal que había preparado para la ocasión y le abrió la boca y le dio agua. La cabeza hizo gárgaros y escupió lodo. Repitieron este procedimiento hasta que escupió solo agua.
—Entonces, ¿recuerdas quién eres? —insistió Radamaz.
—Lo recuerdo. Mi nombre es mío, de nadie más. —La cabeza sonrió—. Aunque solían llamarme el Dominador.
Radamaz soltó una carcajada. ¡Lo había hecho bien! ¡Lo había hecho a la perfección! Dejó de reír cuando reparó en que debía mostrarse poderoso frente a la cabeza renacida. Entonces alzó la voz y dijo:
—Yo soy Radamaz, y por las runas escritas por mi mano y los conjuros recitados con mi voz, tú eres mi esclavo. ¡Rebájate a servirme, Regil Boor Gaarradam, pues he pronunciado tu nombre verdadero! De lo contrario te grabaré el nombre en la frente y te devolveré a la tierra, y tu espíritu quedará a merced de los Tumularios, para que sea confinado a la oscuridad de la muerte eterna.
La cabeza permaneció imperturbable un momento, luego comenzó a reír y a reír cada vez más alto, hasta que su carcajada reverberó en las paredes.
Radamaz frunció el ceño, se rascó la cabeza preguntándose qué había hecho mal.
—Ay, ay —exclamó la cabeza—, he sido despertado por un mequetrefe de poca monta. ¿Yo tu esclavo? ¿Yo rebajarme a servirte? Mucho más antiguo que ese es mi nombre, y nadie si no yo lo ha sabido nunca.
Rabioso por la burla de la cabeza, el mago alargó las manos, la sujetó y la llevó hasta la tronera para sostenerla sobre el vacío.
—Puede que el dolor de la caída no te parezca demasiado la primera vez —dijo Radamaz—, pero tengo la paciencia para hacerlo mil veces. Y si eso no basta, te echaré al fuego hasta que ambos lados de tu cara sean simétricos. Seré un mequetrefe de poca monta, pero yo con mi lengua tengo suficiente para soltar mis hechizos, mientras que tú necesitas de las manos que no tienes. ¿Entiendes ahora quién lleva las de ganar aquí?
El Dominador se tragó su orgullo y soltó un escueto ‹‹sí››.
Radamaz volvió a dejar la cabeza en el pedestal soltando un suspiro. ¿De verdad le había hablado así al hechicero que dominó el Imperio durante medio siglo? Sintió un escalofrío cuando reparó en ello. Pero era tarde para echarse para atrás. Tenía que acudir al plan B.
—Bien —dijo—. Es hora de que escuches mi propuesta y lleguemos a un acuerdo.

Se alejaron de la civilización caminando día tras día, hasta que dejaron atrás todo árbol, todo verdor, y se internaron en el desierto del este.
El monstro llevaba siempre la delantera, olisqueando el aire, examinando el camino, atento a cualquier indicio de peligro. Radamaz caminaba más atrás, llevando al camello por las riendas, pues este iba cargado hasta arriba con provisiones y mudas de ropa. Amarrada al cinturón de la chilaba llevaba la cabeza del Dominador. Rara vez hablaban.
Al vigésimo día de marcha por el desierto se detuvieron como las veces anteriores, cuando el sol llegó a su cénit. Esta vez habían tenido algo suerte, pues hallaron un arbusto mediano y espinoso que arrojaba una pequeña sombra sobre la arena.
—Nos turnaremos —dijo Radamaz y se echó allí y pronto cayó dormido.
Al monstruo no le gustó un ápice tener que quedarse otra vez junto a la cabeza. En esos lapsos de tiempo en que el mago dormía era cuando el Dominador sacaba a la luz sus cartas.
—Sí que este es un viaje agotador —dijo la cabeza—. Y si lo es para mí, que no tengo piernas, me compadezco de ti que tienes cuatro.
El monstruo no contestó, nunca hablaba; con el mago se hacía entender mediante los gestos que le había enseñado. Pero el Dominador tenía un as bajo la manga, y es que a pesar de que no tenía manos para sus hechizos más poderosos, aún podía hacer uso del arma que solo él conocía: si se concentraba podía ver los recuerdos de los demás. No, no los de cualquiera. Los magos y los locos no servían, sus barreras mentales eran muy poderosas. Y aunque con la criatura lo creyó difícil también, se llevó una sorpresa: tenía el cerebro de un hombre.
Durante todo el viaje el Dominador había hurgado en los recuerdos de la criatura, y poco a poco los había ido arrastrando hacia la luz para confundirla. Le mostró una infancia junto con su madre, luego el momento en que una joven mujer aparecía en su vida, y después el día que sostuvo entre sus brazos a un bebé. Todos estos recuerdos hacían mella en la criatura, él lo veía.
—¿Siempre has sido así de feo? —preguntó, mordaz—. Bueno, es que los Dioses han desbordado su imaginación con nosotros, los humanos, y a las otras criaturas las ha hecho con apuros. Dime, ¿no te hubiese gustado ser un hombre?
Dejó esa pregunta flotando en el aire seco del desierto y cerró el ojo.
El turno de la siesta cambió, fue el monstruo quien se tendió ahora en la escasa sombra del arbusto. El mago se cubrió la cabeza con un turbante y bebió algo de agua. Luego cogió la cabeza y le dio unas suaves bofetadas hasta que esta despertó.
—¿Qué tan cerca estamos de la Tumba de Zal Rasha? —preguntó, preocupado—. El agua se acaba.
—Hay un oasis frente a la tumba —contestó el Dominador.
—¿Y cuánto…?
—Nuestra marcha es lenta. Demasiado.



Continuaron, continuaron y continuaron. Siete días más anduvieron sin ver nada más que arena, acostumbrándose a andar con la vista puesta en sus sombras para asegurarse de que no se les escapaban. Radamaz ya no malgastaba fuerzas en el habla, y de ser necesario dudaba que pudiera hacerlo, pues la lengua se le había convertido en una masa pastosa que se pegaba al paladar.
Nada presagiaba que ese día les cambiaría la suerte, pero entre la borrosidad que flotaba sobre la arena al monstruo le pareció distinguir un color que creía olvidado. Sin decir nada se lanzó en corrida, remontando una duna. Cuando la coronó hizo sombra para sus ojos y distinguió la claridad de un lago rodeado por palmeras.
Entonces volvió donde su amo, le dijo con señas lo que había visto y echó a correr hacia allí. Radamaz se montó en el camello, al que habían ido despojando de la carga, y fue detrás cuán rápido pudo. Llegó al atardecer y se dejó caer de la silla sobre las aguas del oasis, que estaba tibia. Y allí retozó y chapoteó hasta bien entrada la noche.
Por primera vez en mucho tiempo el viejo mago durmió a pierna suelta.
A la mañana siguiente el monstruo lo despertó con un zarandeo. Juntos, con la cabeza del Dominador bamboleándose en la cintura del mago, caminaron treinta pasos hasta llegar a un desfiladero. Desde allí el monstruo señaló unas construcciones de terracota, en el valle, a unos doscientos metros por debajo. Eran cinco las construcciones, una igual a la otra, y estaban asentadas sobre la cara de otro acantilado, asomándose entre las piedras rojizas. Una de ellas era la Tumba de Zal Rasha.
Radamaz desató la cabeza y la alzó para que pudiera mirar con mayor facilidad.
—¿Cuál de esas es la entrada correcta? —preguntó.
—A esta distancia no podría decírtelo.
—¿Por qué no? Deberías saber su posición respecto a las otras.
—Esas tumbas son mágicas —dijo el Dominador—, y cambian de lugar cada tantos años. Lo sabré cuando vea el símbolo sobre la puerta. Antes de descender, sabes que ha de hacerse con el camello.
Radamaz lo sabía. Y lo hizo.

Demoraron todo un día en descender, pues además de ser anciano el mago le temía a las alturas. Pero a fin de cuentas pudieron pasar la noche en el valle, y allí el viento nocturno resultó más amable.
Al día siguiente despertaron temprano y caminaron hasta las entradas de terracota. Pasaron delante de las dos primeras y la cabeza estuvo segura de que no eran esos el símbolo que buscaban. Pasó la tercera y el Dominador pidió detenerse, y largo rato miró el símbolo grabado sobre las enormes puertas; la arenilla y el viento habían borrado una parte del símbolo. Siguieron su camino hasta la siguiente tumba, luego hasta la última. El símbolo de esta era muy similar al de la tercera, encontrándose en condición similar, tanto que a esa distancia el mago no vio diferencias.
—¿Y bien?
El Dominador pidió acercarse más.
Radamaz se volvió hacia el monstruo:
—¿Crees que puedes trepar hasta allí?
El monstruo echó un vistazo, luego asintió. Entonces cerró sus dientes en los cabellos del Dominador y se dispuso a trepar por la pared. No le costó mucho llegar hasta arriba. Allí se sostuvo de una sola mano mientras que con la otra limpiaba el símbolo. El Dominador chasqueó la lengua.
—No es esta —dijo.
Así pues, regresaron hasta la tercera entrada y sin más preámbulos empujaron las pesadas puertas y entraron.
Radamaz se apresuró a invocar una luz compañera. Con ella flotando sobre sus cabezas recorrieron de principio a fin un largo corredor cubierto de arena que desembocó en una sala espaciosa. Había allí dos aberturas por las cuales seguir avanzando, izquierda y derecha; la decisión cayó sobre el Dominador.
—Espero que el camino interior no haya cambiado —dijo—. Es por la izquierda.
A partir de allí recorrieron un sinnúmero de pasillos, habitaciones, arcadas y muchas escaleras que bajaban y bajaban. Más de una vez la cabeza dudó acerca del camino que tenían que tomar, y al dar su decisión siempre repetía ‹‹espero que el camino no haya cambiado››. Muchas jornadas de caminata pasaron allí dentro, días y días, y el mago tuvo el temor de estar penetrando demasiado profundo en las entrañas de la tierra, donde se creía vivían los dioses; Ellos eran famosos por su irritabilidad.
Cada vez más continuos fueron los descansos, y el agua volvió a escasear; la comida no tanto: había insectos y ratas a montones.
Durante esos descansos el Dominador seguía con su juego de los recuerdos y las sugestiones, hasta que una vez fue más conciso y dijo al monstruo:
—Nos acercamos. Lamentablemente para ti. ¿Sabes cuál será tu labor en este viaje? ¿No lo imaginas? Claro que sí. Has visto que el que dice ser tu amo fue quien te despojó tu antigua vida, quien te convirtió en… esto. —En los recuerdos de la criatura el Dominador había hallado el día de su muerte, cuando fue atacado por la espalda. El rostro que vio antes de morir se parecía mucho al del mago—. Déjame decirlo: tu labor es la de servir como sacrificio. Se necesita sangre para que yo pueda recibir mi cuerpo, pero también una vida que se extinga. ¿Y crees que me traicionará a mí, que podría aplastarlo ahora mismo como a un insecto, o a ti, que obedeces sus órdenes sin rechistar? Deberías temer, mi amigo. Tenlo en cuanta cuando lleguemos a la cámara final.
Y al siguiente descanso continuó:
—Lo has pensado, ¿cierto? Claro que sí. A pesar de tu fealdad tienes el cerebro de alguien inteligente. El cerebro de un hombre. Te asaltan los recuerdos, ¿verdad? Ves tu vieja vida, tu felicidad perdida, que no hace sino magnificar lo desgraciado que te debes sentir al despertar y ver esas pezuñas, cada vez que te rascas y sientes esas greñas duras, cada vez que orinas y debes levantar una pata como un maldito perro. Sí, haces bien en no confiar en el mago. Yo tampoco lo haría. Me caes bien, Rofus. Sí, ese era tu nombre, lo he oído en tu pensamiento. Como también he oído lo que piensa tu amo, y ay, me apena que eso tiene pensado para ti.
Por primera vez desde que le hablara el monstruo contestó con gestos, y el Dominador, que había aprendido a leerlos, supo qué decía:
—¿Tu eres mi amigo?
—El único que tienes aquí dentro —respondió la cabeza—. Y por ello te ofrezco mi ayuda.
El monstruo se mostró reacio, luego dijo:
—No mataré a mi amo.
—Jamás te pediría tal cosa —dijo el Dominador—. Escucha. Soy capaz de usar el artefacto sin la necesidad de un sacrificio, pero el mago no confía en mí, y no dejará que lo haga a mi manera. No te pido que le mates, sino que le duermas como duerme ahora.

Tras dos jornadas más de caminata llegaron a la última sala. Era ésta más grande que las demás. Las paredes eran de una piedra negruzca y basta, repleta de nichos donde descansaban sarcófagos, urnas funerarias y cofres abiertos y vacíos. Había también grandes mesas que sostenían un millar de frascos, vasijas, retortas, balanzas, relojes de arena, crisoles, y un alambique de cinco cuellos suspendido sobre un baño de María.
Toda su atención, sin embargo, la atrajo el artefacto. Constaba de un gran recipiente de piedra, de unos cuatro metros de diámetro y unos tres de altura. Este recipiente tenía tallado un mapa de runas que lo cubría por completo. A los lados del gran tazón había dos escaleras, también de piedra, que llegaban por encima del borde. Sobre el tazón y del techo colgaba un gancho de tres garras de metal.
—Helo aquí —dijo el Dominador, mirando de soslayo con su único ojo.
Radamaz avanzó, echó un vistazo al grimorio de anillas de hierro que había sobre un pedestal. De pronto dijo:
—No estoy aquí por esto.
Y recorrió la sala hasta que halló un vano sin puerta.  
Ahí, en una habitación pequeña y cuadrada, estaban los libros, pergaminos y grimorios que anhelaba leer. Cogió uno, otro, y otro, mientras soltaba exclamaciones de asombro, risas de alegría y otras más siniestras. Y ahí pensó quedarse, sin prestar más atención al artefacto.
—Hicimos un trato —le recordó el Dominador—. Te he traído hasta aquí, cruzando medio desierto y esquivando las trampas de esta tumba, ahora debes cumplir tu palabra.
—La cumpliré cuando esté saciado —respondió Radamaz, absorto en las lecturas e ilustraciones.
Pasó horas allí dentro, ora sentado en el suelo, ora recorriendo los estantes buscando su siguiente lectura. Y así llegó el punto en que sus ojos no fueron capaces de distinguir una letra de la otra, y sin darse cuenta cayó dormido.
El Dominador abrió su ojo y lo clavó en los del monstruo, que estaba recostado sobre su lomo.
—Acércate —dijo—. En silencio, ven y coge el libro que tu amo sostiene entre las manos. Verás que no mentía.
Picado en la curiosidad el monstruo se irguió, y pisando con cuidado hizo caso a lo que la cabeza decía. Cogió el libro y se lo llevó de nuevo a su rincón. No sabía leer, pero era un libro con ilustraciones muy claras y concisas; un temblor le recorrió el cuerpo de punta a punta.
—¿Lo ves? —dijo el Dominador—. No pueden quedarte dudas. Pero ten paciencia. Tu amo aún tiene un papel que cumplir antes de llegar al final del ritual, a tu final.
Al despertarse, Radamaz escuchó las exigencias del Dominador y pasó todo el día moliendo hierbas y toda clase de sustancias con la maja y el mortero, y destilando en el monstruoso alambique las pociones mencionadas en el gran grimorio. Luego fue sacando del bolso las vasijas con la sangre del camello, y una a una fue vertiéndolas a través del recipiente asentado en lo alto de una de las escaleras, el cual tenía un cuello de vidrio que iba a parar al tazón de las runas. Así, este fue llenándose casi hasta el tope. A continuación Radamaz encendió con magia el fuego bajo el tazón, de manera que la sangre dentro fue calentándose lentamente, y mientras tanto vertió también las pócimas destiladas.
—Le llevará largo tiempo alcanzar la temperatura adecuada —dijo, y como si esto le diese la excusa que buscaba, regresó a la biblioteca.
De nuevo con el correr de las horas el mago se rindió al sueño.
El monstruo apareció enseguida.
—Desátame —dijo el Dominador—. Bien. Ahora átalo a él. No le harás daño, solo nos aseguramos de que no interrumpa. Hazlo, he dicho. —El monstruo, asustado por el cambio de la voz en el que se decía su amigo, obedeció enseguida—. Perfecto. Coge la gema de alma que guarda en su bolsillo. Bien. Ahora sí, llévame al pedestal.
El monstruo sujetó la cabeza como las veces anteriores y regresó a la sala, y allí se dirigió hacia el pedestal.
—Debes girar esas manivelas —dijo el Dominador—. Has visto manejarlas a tu amo.
El monstruo lo había hecho, y memorizado cada cosa. Hizo girar la manivela correcta para que el gancho se moviera paralelo al techo, del tazón al pedestal. Entonces bajó la palanca y el gancho descendió con las tres garras abiertas, y cuando hubo llegado abajo estas se cerraron y se clavaron en la carne de la cabeza.
El Dominador soltó un gruñido y dijo:
—¿Tienes la gema de alma? —El monstruo se la enseñó. Radamaz se había asegurado de encerrar en ella un alma muy poderosa, necesaria para dar potencia al mecanismo—. Ve, échala al caldero desde esas escaleras, no es necesario ningún conjuro. —La sangre comenzó a borbotear en cuanto la piedra de alma se sumergió en ella—. ¡Perfecto! Ahora, haz que esta maldita cosa me lleve hasta el tazón.
El monstruo volvió a subir la palanca, el gancho se elevó cargando la cabeza cercenada. Entonces giró la manivela en la otra dirección hasta que el Dominador quedó por encima del tazón.
En ese momento Radamaz apareció dando pequeños saltos, todavía atado, con los ojos desencajados.
—¡Baja la palanca! —chilló la cabeza.
La mordaza ahogó el grito del mago. El monstruo asió la palanca hacia abajo con un tirón.
El Dominador echó a reír mientras descendía.
—¡Vas a ver quién lleva las de ganar ahora! —exclamó, y antes de sumergirse, cerró su único ojo.
La sangre empezó a agitarse como un mar embravecido, golpeando los bordes del tazón, derramándose sobre el fuego mágico que ardía debajo. Luego se oyeron unos chirridos, como el arrastrar de una espada sobre piedra, y de pronto se formó una gran burbuja que fue creciendo y creciendo hasta que estalló, salpicando todo alrededor.
Entonces las garras de metal emergieron de la sangre y enseguida vieron aparecer los cabellos del Dominador, y de inmediato su frente, sus ojos, su nariz, todo quemado y derretido, y después emergió su boca y oyeron su terrible bramido de dolor. El monstruo se arrojó al suelo, cubriéndose las orejas, Radamaz se mantuvo expectante, con el corazón en la mano, esperando ver qué aparecería bajo la boca abierta. Entonces emergió el mentón, luego el cuello, y luego… nada más.
—¡Mi cuerpo! —chilló el Dominador, esforzándose por mirar abajo—. ¡¿Dónde está mi cuerpo?! ¡Sigo siendo una maldita cabeza cercenada! —Desde lo alto miró al mago—. ¡Tú, tú eres el culpable! ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?!
Radamaz escupió la mordaza con total facilidad, susurró un conjuro, sus ataduras se deshicieron en polvo.
—Tú lo has hecho —respondió, serio—. Tú le ordenaste a esta pobre criatura que arrojara al tazón esa gema de alma, que tenía dentro el alma de un devorador. Tú te entregaste a él por propia voluntad. ¿Sabes lo que eso significa?
—¡Imposible! —exclamó el Dominador—. ¡Mientes! El devorador solo se alimentaría de aquel del que conoce su nombre verdadero. ¡Tú no lo conoces!
Radamaz sonrió.
—¿No lo conozco, Emgryl Valiz Turediul?
El Dominador soltó un grito espantoso, insultó, escupió y juró vengarse, pero nada de ello preocupó al mago. Radamaz se acercó al monstruo, que acurrucado en un rincón se ocultaba de la vista de la cabeza. Le ató las manos con un simple encantamiento y arrastrándolo por una pierna lo llevó hasta la escalera. El monstruo se retorcía y chillaba, pero su amo no prestó atención. Lo subió hasta el último escalón y allí, empujándolo con el pie, lo lanzó por el borde.
El monstruo se hundió como tragado por la sangre, el tazón comenzó a agitarse sobre el fuego. El mago, arrodillado sobre el borde, miraba la superficie roja con desesperación, con los ojos desorbitados y las manos blancas por la fuerza con la que se sostenía, no por miedo de caer, sino por miedo de querer soltarse.
De pronto, tras un minuto entero de chirridos, crujidos y siseos, dos manos emergieron de la sangre, se agarraron del borde del tazón y lo usaron como apoyo para sacar el resto del cuerpo y lanzarse hacia abajo. Era el cuerpo vigoroso y marcado de un hombre joven.
Radamaz descendió los escalones a toda prisa, corrió hasta el cuerpo, del que manaba un vapor caliente, y se arrojó de rodillas junto a él. Sin importarle la quemadura, le apoyó una mano en el hombro y lo empujó hasta lograr que quedara tendido boca arriba. Al ver que no reaccionaba le alzó la cabeza y le dio unas suaves bofetadas que lograron que dos ojos celestes, idénticos a los suyos, se abrieran poco a poco. Luego el hombre surgido de la sangre abrió la boca y dijo:
—Padre. Te recuerdo ahora. Perdóname, él… me hizo creer que fuiste tú quien me arrebató la vida, que tú me ibas a…
Y el mago lo abrazó, con los ojos llorosos.
—Lo sé, hijo, lo sé. No es tu culpa, fui yo quien te usó, quien te expuso a sus artimañas. Tú debes perdonarme, por eso, y por…ese cuerpo horrendo al que te confiné tanto tiempo por mi inexperiencia, por mi falta de habilidad. ¿Me perdonas, hijo mío?
—Mi familia… —dijo el hombre desnudo—. Mi esposa, mi hijo, ¿viven aún?
El mago lo miró a los ojos y dijo:
—Vivirán, hijo, si tienes paciencia. Vivirán.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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Reto Abril 19: El Cuerpo del Engaño - por Joker - 11/04/2019 05:54 PM

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