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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 16)- Saga Geralt de Rivia
#1
Capítulo 16


Le tuvo que comprar un par de mudas de ropa interior. Como él no usaba y la niña no había dicho nada, no había reparado en su necesidad. Y ya de paso, compró un par para él. Aunque ya faltaba poco para llegar a la Fortaleza de los Brujos, pensó que era mejor tenerlas que desearlas. Dado que dormir con pantalones le resultaba incómodo y no pensaba hacerlo al llegar a Kaer Morhen, no era cuestión de aparecer desnudo o pasarse la noche poniéndose y quitándose los pantalones con rapidez para ir a tranquilizarla las veces que despertara de su pesadilla.

Ciri estaba muerta de vergüenza desde su accidente. Creía que era algo exclusivo de niños muy pequeños, y ella ya no se consideraba una niña pequeña. Si al menos Geralt hubiera estado dormido… Cada mención a la ropa interior hacia que enrojeciera como una remolacha.
Geralt intentaba quitarle hierro al asunto, pero sólo conseguía que se avergonzara más, así que optó por callarse. Él lo consideraba algo puntual a lo que no tenía que dar esa desproporcionada importancia. Sobre todo, tras lo ocurrido en los baños.


Como se habían despertado tardísimo y el tiempo se les había echado encima con las compras, comieron en una fonda cercana antes de reanudar el viaje. Ambos estaban hambrientos tras el medio ayuno.

Después de comer pasaron a buscar a Sardinilla al establo, la prepararon y salieron en dirección a las Montañas Azules, hacia el noreste.
El frío se había instalado ya en el norte para quedarse por varios meses y Ciri no estaba acostumbrada a un clima tan extremo. En Cintra, los inviernos eran cortos y suaves, y aunque en las islas Skellige hacía frío y ella había pasado años allí, desde que sus padres murieron había viajado a las islas en contadas ocasiones. No entendía cómo el brujo aguantaba tan sólo con su ajustada ropa de cuero y su capa. Para ella, la manta y su zamarra eran ya como una segunda piel.

El itinerario discurría a través de los bosques, espesos aquí, de coníferas. Se erguían altos los abetos y aún más los cedros, con ese perfil triangular que cautivaba a Ciri, quien había proclamado que eran los árboles más bonitos que había visto en su vida. Sus ramas casi tocaban el suelo extendidas junto a la senda, eran árboles viejos y grandes, majestuosos y orgullosos.
Su paso por el camino era solitario y tranquilo, la figura encapuchada del brujo, su caballo y el bulto que resultaba ser Ciri ante él eran lo único animado a la vista. Sardinilla trotaba alegremente, siempre lo hacía tras los periodos más o menos largos de inactividad.

Charlaron sobre Jaskier, sobre Nenneke, y el brujo le contó algunas anécdotas de su niñez en Ellander. A Ciri le divirtieron muchísimo. Pero, a pesar de la conversación en apariencia tranquila y distendida, ambos estaban nerviosos porque sabían que el viaje casi llegaba a su fin. La niña se preocupaba por su desconocimiento de lo que le aguardaba, él porque volvía a su hogar. Su casa, donde Vesemir era su padre y los demás brujos sus hermanos.  Tenía ganas de verlos. Quería sentir la paz que se respiraba en la Fortaleza y saber a la niña segura.

Los días se habían acortado visiblemente. El anochecer trajo hermosos colores al cielo y Ciri lo señaló, pasmada ante tal belleza, acompañando su entusiasmo con exclamaciones ahogadas. El azul se mezclaba con intensos bermellones y rosas, las nubes en el horizonte combinaban entre sí tonos violáceos, otras, anaranjados. No había puestas tan hermosas en cielo otoñal de más al sur, se dijo la pequeña.
El aliento de los tres se condensaba ahora por el frío, en aumento al caer la noche, y Geralt encontró pronto un buen sitio donde acampar. Conocía el camino sobradamente.

Las llamas de la hoguera devoraban la madera de abeto con avidez, a menudo se oían pequeños estallidos debido a la abundante resina de las ramas. Se consumía deprisa y no cundía, pero eso el brujo ya lo sabía. Por eso hizo acopio de una buena provisión, amontonada cerca para alimentar el fuego durante la noche. A Ciri le gustaba el olor del humo de madera de abeto, el olor de la resina y de la propia madera. Geralt tuvo que lavarle las manos con el lienzo antes de cenar, pues se pringó tras estar toqueteando la leña.
Oyeron a un lobo aullar en las cercanías. Ciri se asustó y casi suelta la cena, corrió a refugiarse junto a él. Geralt ni se inmutó, y la niña le miraba sin entender su cachaza. El brujo rió por lo bajo al leer su expresión.

—Puedes estar tranquila, Ciri. No vendrá a visitarnos.

Le creyó. Geralt lo sabía todo. No obstante, continuó cenando, pero pegada a él.

La niña ya dormía en su abrazo, acurrucada bajo las mantas, tranquila y serena en su sueño. Geralt paseó la vista descuidadamente por el bosque iluminado por el avanzado cuarto creciente de la Luna hasta llegar al firmamento. Las estrellas titilaban nítidas como diamantes en el cielo negro como obsidiana.  Pensó en Yennefer, como siempre que miraba un cielo así. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaba alguna vez en él? Se dejó llevar por el dolor que su recuerdo le traía, sin quererlo evitar. La echaba de menos, pero también se sentía resentido hacia ella. Se hizo las mismas preguntas que se hacía siempre y, como siempre, no encontró respuesta. Es suficiente, se dijo. Esto no me lleva a ninguna parte. Pero se durmió sin poder expulsar su imagen de su mente.

La pesadilla llegó con el amanecer. Se agitó y gritó aterrada, y él la tranquilizó con palabras y caricias, se había convertido ya en un ritual.  Pero, a pesar de no ser novedad, a pesar de repetirse cada día, el brujo no era menos sensible con ella. Ni sus palabras y caricias menos efectivas para la niña.
Y ya no durmieron más, se levantaron y desayunaron.

Regresaron al camino temprano. Las Montañas Azules estaban cada vez más próximas y la senda era más ardua y desdibujada por lo poco frecuentada. No había ya ningún pueblo cerca ni habría de haberlo en adelante, salvo unas cuantas aldeas de pocos habitantes, desperdigadas por aquí y allá.  El aire olía a limpio, el silencio, roto de vez en cuando por el graznido de los cuervos, les acompañaba; incluso el sonido de los pasos del caballo quedaba amortiguado por el musgo del camino.
Poco había cambiado el paisaje hasta la Fortaleza a lo largo de los años, pensó Geralt, que lo había transitado innumerables veces durante su vida. Y eso le gustaba, pues hay cosas que, por muchas veces que el mundo gire, deben de permanecer igual.

El día transcurrió aburrido y en tensión, y terminó encontrándoles acampados por última vez. Cuando se sentaron a cenar, Geralt se dirigió a la niña un poco nervioso. Esperaba que la pequeña se lo tomara bien y no le montara un drama. Porque, por mucho que se dijera que era por su bien, que era lo correcto y lo que mandaba el decoro, para él ya era dramático. Si Ciri se lo ponía difícil, temía que al final le faltara voluntad.

—Mañana llegaremos a la Fortaleza, Ciri. Y, antes de llegar, debo hablar contigo.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—No pasa nada, pero, cuando vivamos allí, hay cosas que van a cambiar. Quería explicártelo para que lo entiendas.

Ella no dijo nada.

—Allí no estaremos solos, así que quiero que seas educada, correcta y amable con todos.
Ciri asintió con la cabeza. Geralt carraspeó. Ahora venía la bomba.
—En Kaer Morhen hay muchas habitaciones, por lo tanto, no hay necesidad de dormir juntos. Tendrás tu propia habitación. Procuraré que esté cerca de la mía —añadió al ver el mohín de preocupación de Ciri—. No temas, seguiré acudiendo si persisten las pesadillas. Eso no va a cambiar.

Todo y la promesa, la medida no le gustó nada a la niña. Sus ojos se entristecieron y Geralt no pudo continuar.

—Bueno, si hay que hacer algún cambio más te lo diré sobre la marcha. De momento, eso es todo.

A lo largo de la cena y hasta que se fueron a dormir, el brujo observaba con preocupación a la Ciri silenciosa y disgustada que evitaba sus ojos. No le gustaba verla así.
Cuando se acostaron bajo las mantas, dejó un espacio entre ellos y se volvió de espaldas. Estaba dolida. No lo había entendido, ¿lo había tomado como un rechazo?. La sana relación entre ellos era tan natural para la niña que no comprendía por qué tenía que cambiar.  Se sentía a salvo en los brazos de Geralt cuando las pesadillas la acechaban, se preguntaba cómo iba a enfrentarlas sola.

Pero Geralt no lo consintió, no iba a renunciar a la última noche juntos. Él también echaría de menos su menudo cuerpecito acurrucado junto al suyo. Se había acostumbrado a ella.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquello que le dijo Nenneke, y que tan poco le había gustado oír, era cierto. La vieja sacerdotisa, siempre tan perspicaz, lo había visto ya entonces, en Ellander. Sí, él también tenía una gran dependencia de ella, ahora lo veía y lo sentía. Porque iba a costarle tanto como a Ciri renunciar a todo lo que habría que renunciar.
Se acercó a ella y la empujó suavemente hacia él. Ella se resistió, se agitó, rebelde.

—Ciri. Aún no estamos en Kaer Morhen. Acércate a mí, por favor.

Ella no se movió.

—¿Crees que a mí no va a costarme? ¿Que no echaré de menos dormir junto a ti? Mírame, Ciri.

Ella le obedeció, sus palabras habían abierto brecha en su determinación. Pero no sabía si creerle, puesto que era él quien había decidido la medida.
Cuando se volvió hacia el brujo, vio que lloraba quedamente, de ese modo profundo que nace del dolor agudo y de la decepción. Acercó su pulgar a los ojos de ella y limpió los ríos de tristeza que le corrían por las mejillas.

—Los dos nos echaremos de menos por las noches, pequeña. Pero estaremos todo el día juntos. Verás, Ciri, no está bien que una niña de tu edad duerma con un hombre, ni siquiera con su propio padre. No eres ya tan pequeña. Así que no lo veas como un rechazo, Ciri, sino que, como tu tutor, debo hacer lo correcto.
—Eso es una tontería. He dormido contigo desde Sodden, ¿por qué ya no puedo?
—El camino es el camino, Ciri. Las reglas cambian aquí.
—Pues no lo entiendo. ¡Es una tontería que cambien!
—No lo es, brujilla. Tú aún no lo comprendes, por eso tendrás que confiar en que lo que te digo es por algo. Sabes que nunca te haría daño. Sabes que no puedo verte sufrir. ¿Por qué habría de tomar esa decisión, si no es por tu bien?
—Odio esa decisión, Geralt…
—Yo también, Ciri. Pero hoy no me niegues tu compañía. No tenemos por qué empezar a echarnos de menos aún.

Ella debió estar de acuerdo, porque se desplazó hasta apoyar su cabeza contra el pecho del brujo. Él la envolvió en sus brazos y suspiró. No había ido demasiado mal. Se acostumbraría.
A partir de mañana, en Kaer Morhen. Pero esa noche, dormiría segura entre sus brazos.

Al día siguiente, Ciri se preguntó durante todo el camino si Kaer Morhen sería lo que ella había esperado o todo lo contrario.

* El viento aullaba fieramente, ondulaba por entre las ruinas cubiertas de alfombras de hierba, silbaba en los matojos de espino albar y en las altísimas ortigas. Las nubes atravesaron el círculo de la luna, iluminando por un instante el castillo, inundando de una claridad pálida y agitada por las sombras la fosa y los restos de la muralla, revelando los montoncillos de calaveras que mostraban sus destrozados dientes y miraban a la nada con los negros agujeros de sus órbitas. Ciri lanzó un agudo chillido y escondió la cabeza bajo la capa del brujo.

Empellada a taconazos, la yegua pisó cautelosamente las pilas de ladrillos, cruzó bajo una arquería destrozada. Las herraduras, al golpetear sobre las losas de piedra, despertaron entre los muros unos ecos infernales a los que ahogó el torbellino del viento. Ciri tiritó, se aferró con las manos a las crines.

—Tengo miedo —susurró.
—No tienes por qué tener miedo de nada —le respondió el brujo, poniéndole la mano en el hombro—. En todo el mundo es difícil encontrar un sitio más seguro. Esto es Kaer Morhen, la Residencia de los Brujos. Aquí hubo una vez un hermoso castillo. Hace mucho.

No respondió, agachó muy bajo la cabeza. La yegua del brujo, llamada Sardinilla, resopló muy bajito, como si quisiera también tranquilizarla.
Se sumergieron en un oscuro abismo, en un largo e interminable túnel negro, entre columnas y arquerías. Sardinilla echaba pasos firmes y ardorosos, haciendo caso omiso de las tinieblas impenetrables, sus cascos resonaban vivamente sobre el enlosado.

Delante de ellos, al final del túnel, ardió de pronto con luz roja una recta línea vertical. Fue creciendo y ampliándose hasta que se convirtió en unas puertas detrás de las cuales brillaba una claridad, el brillo parpadeante de unas teas colgadas de unos asideros en las paredes. Junto a la puerta había una figura negra recortada contra el brillo.

—¿Quién? —Ciri escuchó una voz metálica y maligna que sonaba como el ladrido de un perro—. ¿Geralt?
—Sí, Eskel. Yo soy.
—Entra.

El brujo desmontó, bajó a Ciri de la silla, la colocó en el suelo, puso en sus manecitas el hatillo, al que ella se aferró con uñas y dientes, lamentando que fuera demasiado pequeño para poder esconderse por completo detrás de él.

—Espera aquí, con Eskel —dijo—. Llevaré a Sardinilla al establo.
—Ven a la luz, pequeño —ladró el hombre llamado Eskel—. No estés ahí en la oscuridad.

Ciri miró hacia arriba, a su rostro, y retuvo con esfuerzo un grito de horror. No era un ser humano. Aunque se mantenía sobre dos piernas, aunque olía a sudor y humo, aunque portaba ropa de humano normal, no era un ser humano. Ningún ser humano, pensó, podía tener un rostro así.

—Venga, ¿a qué esperas? —repitió Eskel.

No se movió. En la oscuridad escuchó los golpes de las herraduras de Sardinilla alejándose. Algo que era blando y chillaba le corrió por el pie. Dio un salto.

—No te quedes en lo oscuro, rapaz, o las ratas te comerán las botas.

Ciri, apretándose al hatillo, avanzó con rapidez en dirección a la luz. Las ratas le corrieron chillando bajo los pies. Eskel se inclinó, le cogió el hato, le bajó la capucha.

—Mierda —murmuró—. Una muchacha. Lo que nos faltaba.

Le miró asustada. Eskel sonrió. Ella vio que al fin y al cabo se trataba de un ser humano, que tenía un rostro completamente humano, sólo que desfigurado por una cicatriz larga, fea, semicircular, que le corría desde la comisura de los labios por toda la mejilla hasta la oreja.

—Dado que ya estás aquí, bienvenida a Kaer Morhen —dijo—. ¿Cómo te llamas?
—Ciri —respondió por ella Geralt, saliendo sin un sonido de entre las sombras. Eskel se dio la vuelta. Repentinamente, muy deprisa y sin una palabra, ambos brujos se abrazaron y se apretaron muy fuerte. Por un corto instante.
—Estas vivo, Lobo.
—Estoy vivo.
—Bueno, está bien. —Eskel tomó un cuelmo de su asidero—. Vamos. Cerraré la puerta interior, porque se va el calor.

Anduvieron a lo largo de un pasillo. También aquí había ratas, se deslizaban junto a las paredes, chilloteaban desde las simas de oscuros corredores laterales, se daban a la fuga ante el titubeante círculo de luz que arrojaban los que pasaban. Ciri daba rápidas zancadas, intentaba mantener el paso de los hombres.

—¿Quién invierna, Eskel? Aparte de Vesemir.
—Lambert y Coën.

Descendieron por unas escaleras abruptas y resbaladizas. Abajo se veía el brillo de una luz. Ciri escuchó voces, percibió el olor del humo.
La sala era enorme, inundada por la luz de un fuego gigantesco que lanzaba crepitantes llamaradas a la bocaza de la chimenea. Su centro lo ocupaba una mesa enorme y pesada. A la mesa podían sentarse por lo menos diez personas. Había tres. Tres personas. Tres brujos, se corrigió a sí misma Ciri. Veía sólo las siluetas sobre el fondo de ascuas del hogar.

—Hola, Lobo. Te esperábamos.
—Hola, Vesemir. Hola, muchachos. Es bueno estar de nuevo en casa.
—¿Y a quién nos has traído?

Geralt guardó silencio durante un momento, luego puso la mano sobre los hombros de Ciri, la empujó un poquito hacia adelante. Ella caminó desgarbada, insegura, encogida y encorvada, bajando la cabeza. Tengo miedo, pensó. Tengo mucho miedo. Cuando Geralt me encontró y me llevó consigo pensé que el miedo ya no volvería, que ya había pasado… Y he aquí que, en lugar de en casa, estoy en este castillo horrible, oscuro, arruinado, lleno de ratas y de ecos de pesadilla… De nuevo estoy frente a una pared de fuego rojo. Veo oscuras y amenazadoras figuras, veo ojos que me miran, malignos, increíblemente brillantes…

—¿Quién es esta niña, Lobo? ¿Quién es esta muchacha?
—Es mi… —Geralt tartamudeó de pronto. Ella sintió sobre los hombros sus poderosas y fuertes manos. Y de pronto desapareció el miedo. Sin dejar rastro. Los bramidos del rojo fuego daban calor. Sólo calor. Las oscuras siluetas eran siluetas de amigos. Protectores. Los ojos brillantes sólo mostraban su curiosidad. Su preocupación. Su intranquilidad…

Las manos de Geralt apretaron sus hombros.

—Ella es nuestro destino.*


Después de cenar lo que quedaba del cocido de los brujos, Geralt y Eskel la acompañaron a la habitación que habían resuelto asignarle a la niña.
La habitación estaba vacía y los dos brujos tuvieron que traer una cama, algo destartalada y con algunas tablas rotas. Luego echaron entre los dos, sobre esta, unas sábanas remendadas y una manta pesada y gruesa.

La ventana no tenía cristal, sólo un postigo mal ajustado que el viento golpeaba. Hacía frío en la habitación.

—A dormir, Ciri. Mañana traeremos algún mueble más, por hoy es suficiente.

Vio la mirada de aprensión de la niña.

—Tú… ¿tú te vas? ¿me dejas sola?
—Hoy me quedaré hasta que te duermas. Puedes bajar, Eskel, no hace falta que me esperes.

Ciri se tranquilizó un poco.

—Geralt… ¿dónde vas a dormir tú?
—Mi habitación es la del fondo.
—Dijiste que me pondrías al lado…
—La habitación de al lado no tiene postigo, Ciri. De hecho, ninguna de esta planta salvo esta.
–Y qué más da… hace muchísimo frío a pesar del postigo.
—Cierto. Si quieres otra manta, te la traigo.
—Tráeme una de nuestras mantas, por favor, Geralt.
—¿Cuál de las dos prefieres?
—La que más huela a ti.

Geralt se sentó ante la mesa junto a los demás brujos. Le esperaban, inquietos, llenos de preguntas. La tranquilidad, la rutina que había imperado en Kaer Morhen se veía amenazada por una chiquilla de cabellos cenicientos.

—Cuéntanos, Lobo—dijo Vesemir—. Cuéntanos cómo es eso de que hayas traído a una muchacha a Kaer Morhen.

Todos los brujos tenían en él la mirada, esperando la explicación. Eskel llenó una jarra de un líquido transparente de una garrafa y la puso ante Geralt.

—¿Recordáis el Niño de la Sorpresa que reclamé en Cintra? Pues es ella.

Los brujos abrieron más los ojos brillantes por la Gaviota Blanca. Lambert rió bajito.

—Eso sí es una sorpresa. ¡Una niña! ¿Qué vamos a hacer con una hembra?
—Entrenarla. Como a un brujo —respondió seco el brujo blanco.
—¿A una niña? ¿Quieres convertirla en un brujo, Geralt? ¿A una princesa de huesos delicados y piel fina?
—No habrá mutaciones para Ciri —sentenció—, pero no veo por qué no se la podría entrenar. Lo suficiente para que sepa defenderse.
—¿En serio piensas eso? —siguió porfiando Lambert.
—Puede hacerse, por qué no —intervino el viejo Vesemir—. Tiene brazos, piernas y un cerebro, Lambert. Apoyemos a Geralt en lugar de ponerle trabas, muchachos, él tendrá sus razones. La muchacha ya está aquí.
—Os debo, ciertamente, una explicación—otorgó Geralt—. No la he traído por capricho. La niña está en peligro.
—Cuéntanos la historia de esta niña pues, Lobo. Te escuchamos.

El relato les dejó sobrecogidos. A pesar de ser brujos, de haber visto muchas cosas en su vida, cosas increíbles. De haber oído muchas historias.
Así pues, el encuentro, contra todo pronóstico, de Geralt con su Destino, la consecuencia para Ciri de lo acontecido en Cintra, la capacidad de sobrevivir de una princesa en condiciones tan distintas a lo que estaba acostumbrada y su búsqueda por parte de Nilfgaard y, probablemente, de los Reinos, les dejó turbados pero convencidos del buen criterio de Geralt al llevarla allí.
Guardaron silencio cuando terminó de hablar. Geralt dio unos sorbos a la jarra.

—Te ayudaremos con ella, Lobo —dijo Eskel—. En todo.

Los demás asintieron gravemente. Vesemir sonrió.

Los gritos rompieron la atmósfera fraternal que se había creado en el salón. Todos miraron, alarmados, al Lobo Blanco. Geralt se levantó.

—Olvidé deciros que tiene pesadillas. Cada noche.

Caminó hasta las escaleras, las subió con rapidez.

—Parece que no será este un invierno aburrido —susurró Cöen.


*N.A. Fragmento de “La Sangre de los Elfos”, final del capítulo primero.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#2
Excelente llegada a Kaer Morhen. Has introducido el fragmento de La Sangre de los Elfos y ha encajado a la perfección, como una pieza de puzzle. Eso sí, me ha sorprendido que ya precipitaras el final, me esperaba algún día de marcha más desde la capital de Kadwen. Porque supongo que este es el final, no?
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#3
Es que ya no quedaba más  que contar de ese último  dia....
Hombre queda el año en Kaer Morhen de Ciri.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#4
Perfecto, pues esperaré por si te decides a escribir sobre los primeros días de entrenamiento de Ciri, seguro que lo haces bien. Mientras tanto, ya he visto que me has dejado mucha más lectura en el subforo XD a ver cuando consigo ponerme al día
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#5
Si, si no ha acabado el fanfic... dije que escribiría sobre el visje y el año de Ciri entrenando. De hecho, ya llevo mediado el capítulo 17.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#6
Su puta madre... Repasando La Sangre de los Elfos, para hacerme una idea de cómo es la Senda, me encuentro que le dicen a Triss cuando llega que Coën es el primer invierno que pasa allí. Con lo cual, sorprendida, pienso que me he colado y quito a Coën de todas partes... para encontrarme que en el fragmento original incluido en el capítulo 16, Eskel le contesta a Geralt, ante su pregunta de que quién inverna, que Lambert y Coën... Ergo cuando llega Triss al otoño siguiente no es el primer invierno... _Hala, a volver a ponerle... Si eso ya esta tarde, vaya cagada.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#7
Muy buen capítulo, ya tenía ganas de que llegaran a la fortaleza de los brujos. El fragmento original que has introducido quedó perfecto, de hecho no me di cuenta cuando terminó. Desde "Ella es nuestro destino" todo es escritura tuya o tiene partes sacadas del libro también? Bueno, fuese como fuera, quedó excelente.

"—Cierto. Si quieres otra manta, te la traigo.
—Tráeme una de nuestras mantas, por favor, Geralt.
—¿Cuál de las dos prefieres?
—La que más huela a ti."
Esta conversación es genial.

" El aire olía a limpio, el silencio, roto de vez en cuando por el graznido de los cuervos, les acompañaba; incluso el sonido de los pasos del caballo quedaba amortiguado por el musgo del camino." Y esta descripción también.
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#8
Solo ese fragmento es del libro original. Gracias, Franco¡

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#9
Uy, entonces, aún luego de 16 capítulos de este y 12 del otro, sigue sorprendiéndome y maravillándome lo bien que lo haces.
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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