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[Fanfic] Entre Dos Filos (Saga Geralt de Rivia, 3ª historia)
#1
ENTRE DOS FILOS


El señor Sottem, dueño de la mina, miraba al capataz con infinita paciencia; sus ojillos de ave rapaz iban de éste al brujo, intentando calcular –midiendo las reacciones del último- los orens que iba a costarle aquello. Pero Geralt era experto en no dejar que sus expresiones transmitieran nada.
— ¿Quién lo ha visto?— preguntó.
— Yo y tres hombres más, señor brujo —–respondió el capataz.
— ¿Cómo era el tal monstruo?
— Rara formatura tenía el hideputa; alto y chaperudo, sin pelo alguno en tol cuerpo. La cabeza como un cono. La piel negra como la oscuridad mesma, sólo los ojos brillaban cual luciérnagas.
— ¿Ha causado baja alguna?
— No estamos del todo seguros –intervino Sottem-. Faltan un par de mineros, pero no eran de la zona y hacía muy poco que trabajaban aquí. A menudo, cuando se dan estas dos circunstancias, se van de la noche a la mañana, sin avisar.
— ¿Y sin cobrar los días trabajados? –se extrañó el brujo.
— No sería el primero que pusiera pies en polvorosa para salvar el pellejo de un marido cornudo o líos semejantes…—dijo el capataz.
— Y, ¿nadie en el pueblo ha hablado de un agravio tal? Lo digo para despejar la duda.
— Ningún cornudo alardea de cornamenta, por bonita que sea— rió Sottem.
— No, desde luego.
— De tos modos, el pueblo está muy revuelto últimamente. Hasta los elfos parecen irritados como avispas, vaya usté a saber por qué, continuamente se les ve a caballo en grupos. Como si patrullaran… No sé si tendrá que ver esto con las desapariciones…—apuntó el capataz.
— Entonces, ¿sabe de qué criatura se trata? — continuó el dueño, moviendo la mano para quitar importancia a lo dicho por el minero, que nada tenía que ver con su problema.
— No del todo, señor Sottem, la descripción podría no ser precisa debido a la poca luz de la mina.
— Entonces, ¿cuánto me costará?
El brujo meditó unos instantes.
— Si es un alucinador, no menos de doscientos orens. Y si es otra cosa… podría llegar hasta mil, dependiendo del peligro del monstruo y lo que tarde en darle caza.
El amo se puso rojo como la grana, pareció a punto de estallar de rabia.
— Pero, ¡esto es un ultraje! ¿Mil orens? ¿Me habéis visto cara de idiota?
— Os recuerdo que posiblemente haya matado a dos hombres. Creo recordar que en Temeria las indemnizaciones a la familia de un trabajador muerto durante su jornada no es tontería alguna… Y quién sabe si la próxima vez tendrá usted tanta suerte con la antigüedad del trabajador que desaparezca.
Sottem clavó la mirada unos instantes en el brujo, calculando la situación. Luego su semblante se serenó.
— ¿Cuándo puede bajar? —le preguntó.
— De inmediato —contestó Geralt.
— Está bien, trato hecho —dijo ofreciendo su mano al brujo, quien la estrechó para sellar el contrato.
Cuando el brujo bajó a la mina, la tarde de otoño moría tiñendo de bermellones y rosas el cielo azul y las pocas nubes que cruzaban el horizonte. No quiso bajar en la vagoneta que le ofrecieron, ni dejó que le acompañara ningún minero, ni siquiera hasta el último nivel seguro. Cuando llegó a las galerías más profundas, allí donde ya no había lámparas que iluminaran los túneles, el brujo se tomó un elixir que potenció todos sus sentidos. De inmediato, cuando cesaron los espasmos, notó una ligerísima corriente de aire cálido; escuchó el eco de gotas de agua cayendo en la lejanía, y percibió el relieve de la roca afilada a golpe de pico. Avanzó sin ruido.
El túnel escarbado por los humanos concluía en una bifurcación a izquierda y derecha, como si al avanzar la excavación hubieran dado de bruces con otro túnel, mucho más antiguo, que conducía a las profundidades de la tierra. La corriente cálida venía de la izquierda, y Geralt decidió tirar por ahí. Al poco percibió un débil resplandor; de inmediato extremó la cautela y extrajo lentamente la espada de acero, colocando el filo por delante suyo. Ahí había alguien acampado y si necesitaba luz no sería, pues, una criatura propia de las oscuridades. Su oído atrapó un leve gemido, semejante al maullido de un gato, y Geralt se detuvo, incrédulo. “No puede ser…”, se dijo, y siguió avanzando.
Se aplastó contra las rocas de la pared cuando percibió un movimiento por el túnel frente a sí, una figura se deslizó entre las altas estalagmitas. De allí procedía la luz, de un estrecho resquicio en la roca dentro del cual se escondía alguien.
— Apaga el fuego ya, Tigana, es muy peligroso— oyó el brujo decir a un hombre de extraño acento.
— Un poquito más, Enner, ¡echo tanto de menos la luz del sol! —dijo una voz de mujer.
— Pero, amor mío, si pasa alguna patrulla lo suficientemente cerca, estaremos perdidos…— objetó la profunda voz masculina.
El brujo oyó unos suaves sollozos.
— Ya no puedo soportarlo, Enner… Y creo que él tampoco —se quejó la mujer llamada Tigana.
— Es por su bien por lo que estamos aquí, querida mía— le dijo él afectuosamente, entonando su rasposa voz hasta convertirla en una caricia—. Pronto terminará todo.
— ¿Eso crees? —receló ella sorbiendo ligeramente por la nariz—. Ya dudo que termine nunca…
— No te derrumbes, mi amor: no dejes que venzan tan fácilmente.
— Prométeme una cosa, Enner: prométeme por nuestro amor que, si nos vemos perdidos, nos matarás a los dos antes que dejar que caigamos en sus manos…
— No me pidas eso, ennevir, no me lo pidas…
— ¡Promételo! ¡Tú más que nadie sabes de sobra lo que nos harían!
El brujo contuvo el aliento esperando la respuesta. Toda la cueva pareció en suspenso, esperando la voz de Enner.
— Lo prometo —cedió al fin, con un ligero temblor en la profunda voz.
Mientras ambos se abrazaban, Geralt se plantó ante ellos, pillándoles desprevenidos. La expresión del brujo no cambió a pesar de la sorpresa que se llevó cuando vio a la pareja. Ella era sin duda una elfa de la superficie, y él era un elfo oscuro, un drow. Aunque su existencia estaba registrada en el libro de los brujos, Geralt nunca había visto ninguno. Y además, la mujer tenía un bebé de pocas semanas en los brazos, un bebé de piel oscura y blanca pelusa en la cabecita, que dormía ajeno a todo.
— Ni se os ocurra moveros— dijo, apuntando con su espada la garganta del drow—.  No voy a haceros daño, a menos que me obliguéis a defenderme. Creo que tenemos que hablar.

El brujo no se fiaba ni un pelo del drow. En el libro de los brujos se tachaba a esta raza como la más pérfida y peligrosa de las razas inteligentes. Los drow eran un tipo de elfo que vivía en las profundidades de la tierra, de piel oscura y cabello tan blanco como el de Geralt; también estos, tal que los brujos, eran entrenados desde la más tierna infancia en el arte de las armas.
La elfa llamada Tigana reconoció lo que él era, y le miró con animadversión.
— Vaya, vaya, vaya… Un brujo. ¿Qué hará aquí un brujo? Me extrañaría que te hubiesen contratado los míos, por mucho afán que tengan en encontrarme...
— Los elfos no contratáis brujos. La mayoría ni siquiera soportáis a las demás razas… aunque parece que no es tu caso. No os busco a vosotros, a no ser que tengáis algo que ver con la desaparición de dos mineros.
Ambos elfos se miraron a los ojos.
—No fuimos nosotros.
—Entonces sabéis quién fue.
—Patrullas drow, seguramente —dijo el elfo oscuro con su extraño acento.
El brujo reflexionó un momento. Recordó el comentario del capataz: al parecer eran tiempos revueltos tanto en la superficie como en las profundidades de la tierra, y algo le decía que aquella pareja tenía mucho que ver en el asunto.
— Parece que habéis cabreado a todo el mundo… Así que los elfos del bosque probablemente os buscan, lo mismo que los de aquí abajo. Y, a pesar de la crueldad y eficiencia de que hacen gala los drow, seguís aquí. Eso significa que creéis que la amenaza del exterior es aún peor, cosa que me extraña, pues los autóctonos os lleváis la palma. Decidme, ¿qué hay allá afuera que pueda ser peor?
La pareja volvió a mirarse a los ojos, antes de volver a fijarlos en el brujo, pero no contestaron.
—Levantaos: vendréis conmigo. Me contrataron para acabar con el monstruo que impedía a los mineros trabajar en los niveles inferiores, pero no existe tal monstruo. Si os vais de aquí, las patrullas drow dejarán de buscar en pocas semanas y la mina volverá a ser segura.
— ¡No! ¡No nos obligues a salir así, sin precauciones! — rogó la mujer.
— En ese caso, las tomaremos. No tengo ningún interés en que recibáis daño. Levantaos, he dicho.
El elfo oscuro, mientras se ponía en pie, lanzó un globo de oscuridad al brujo; éste realizó de inmediato la Señal de Aard, dispersándolo, mientras oía los pasos apresurados de la pareja por el túnel. La consecuencia de la acción de Geralt fue la rotura de dos puntales medio podridos por la humedad, que soportaban varias toneladas de tierra que inmediatamente se precipitaron en un derrumbe parcial, pero que bloqueó la salida.
El polvo no se había posado aún y las toses seguían resonando en el corredor cuando el brujo capturó de nuevo al drow.
— ¡Estúpido! Lo más sencillo para mí hubiese sido rebanaos el cuello y salir de aquí tan campante, a cobrar mi sustanciosa recompensa. No sé qué escrúpulos detuvieron mi brazo, pero los maldigo por sus consecuencias —dijo Geralt muy enfadado, con la punta de su espada sobre el cuello del drow.
— ¡Detente, brujo! ¡No le hagas ningún daño, pues fuiste tú quien provocó el derrumbe! Él no lanzó el globo para agredirte, sino para escapar…—intercedió Tigana.
— Pues más vale que el drow conozca otra salida: ésa sería la única razón por la que le permitiría vivir.
— La conozco —habló el elfo oscuro—. Pero tendremos que cruzar media montaña por los túneles más profundos…
— Mierda…—se quejó el brujo—, supongo que los drow no serán la única amenaza a esas profundidades, ¿no?
—No —. El drow negó con la cabeza, despacio, clavándole la mirada con sus ojos rojos. Geralt sintió un escalofrío—. Las criaturas que viven a esas profundidades parecen salidas del peor de los infiernos. Ni en tus peores pesadillas has podido concebir seres tan letales, brujo.
— Calla. Calla o no respondo de mi mano, estúpido…  Y dile a tu mujer que se levante de una vez.
Se oyó un susurro de ropas, y un jadeo.
— Enner… Creo que estoy herida…
El drow lanzó una mirada anhelante al brujo, que seguía amenazándole con la espada.
—Dame tu palabra de que no harás ninguna idiotez más.
—Tienes mi palabra.
Geralt apartó la espada del cuello del elfo, que corrió hacia Tigana y se agachó a su lado. El brujo también se acercó.
De un costado de la mujer sobresalía un trozo astillado de madera, y en su base una mancha roja se extendía con rapidez. Enner tomó al pequeño y lo depositó en el suelo con cuidado; trataba de ocultarle a ella la consternación que sentía al ver esa fea herida.
Geralt enfundó la espada en su espalda y ayudó a la mujer a echarse en el suelo, que había comenzado a marearse.
— Hay que sacar esa estaca — sentenció—. Tengo algún material de cura en mi morral, pero esta herida necesitará los cuidados de una sanadora… No muy lejos de aquí, en Ellander, está el santuario de Melitele.  Nenneke, la priora, es buena amiga mía y muy estudiada en el arte de la curación. Tenemos que llevarla allí.
— Brujo, ayúdame a llevarla, ayúdame a sanarla y haré lo que quieras…
—Me basta con que no hagas ninguna otra tontería. Aunque, con el giro que han dado las circunstancias, sé que te portarás bien. Y ahora intentaré sacar esa estaca: rájale el lateral del vestido para que vea lo que hago, mientras preparo las pociones y las vendas.

Geralt cosió a la mujer elfa y la vendó; el drow, que ayudaba al brujo en la cura, estaba cada vez más nervioso.
—Debemos apagar de una vez esa maldita luz, hace demasiado que está encendida… Debemos irnos ya de aquí.
— ¿Es que acaso has oído algo? —preguntó Geralt.
— No, brujo, no oiría nada aunque todos los guerreros drow del mundo subterráneo estuvieran a punto de atacarnos.
— Dice la verdad —añadió Tigana—. Un par de veces han pasado muy cerca nuestro, sin más ruido que el de una pluma cayendo al suelo.
— ¿Y si el niño llora? El llanto de un bebé es tan escandaloso que lo oirían desde el mismo infierno…— dijo el brujo guardando el material en su morral.
— No lo hará —respondió Enner—. Estando bien atendido, el bebé no emitirá ni un sonido. Los niños drow llevan la supervivencia en la sangre y están bien adaptados al peligroso entorno en el que vivimos: aquí abajo, si no pasas desapercibido, mueres pronto. Si has terminado de curar a mi esposa, déjame apagar el fuego.
— Está bien, hazlo. Mi señora, voy a ayudarte a ponerte en pie. Puede doler un poco.
— No importa.
El brujo la izó con sumo cuidado, agarrándola por debajo de las axilas.
— Ahá… muy bien —la elogió Geralt, dejando que se apoyara en él. Luego se volvió hacia el elfo oscuro, que se afanaba con las últimas brasas—. A ver, drow…
— Enner. Mi nombre es Enner.
— Bien, Enner, habrá que ayudar a tu mujer y llevar al bebé. A ella no le conviene cargar con él.
— Yo lo haré.
—  Si no estoy mal informado, los drow tenéis visión infrarroja a voluntad.
—Así es.
— Entonces deberás ir por delante. Pronto se me pasará el efecto del elixir y todos mis sentidos quedarán a la mitad. Yo ayudaré a tu esposa.
—De acuerdo, brujo, yo iré primero y llevaré al bebé —el drow fijó su atención entonces en la elfa, acarició el rostro de Tigana con delicadeza y depositó un suave beso en sus carnosos labios—. Ennevir, ¿podrás caminar? ¿Estás de acuerdo con la decisión que hemos tomado?
Ella rodeó su cuello con los brazos y le susurró al oído, pero Geralt, gracias al elixir que aún actuaba en todos sus sentidos, pudo oírlo con toda claridad.
— Sí, Enner, estoy de acuerdo. Y con respecto a caminar, no hay alternativa… Tengo miedo, porque las cosas se están torciendo, mi amor… tengo miedo de morir, pero aún más de perderte a ti o a nuestro hijo…
— Naj, naj, eso no va a pasar, preciosa —le aseguró él estrechándola con cuidado—. Ahora tenemos al brujo de nuestro lado. Parece un guerrero competente… Debemos irnos, Tigana.
El drow deshizo el abrazo y recogió del suelo un gran trozo de tela negra. Cogiendo los extremos, los ató con fuertes nudos y se la pasó alrededor del cuello y por debajo de un brazo; luego tomó al bebé y lo metió entre los pliegues. El pequeño quedó cómodamente oculto contra el pecho de su padre, sujeto por la tela, gracias a lo cual el drow tenía los brazos libres. Luego se cargó a la espalda una pequeña mochila.
— Estoy listo, brujo.
Geralt asintió con la cabeza y fijó su atención en la elfa.
—Apóyate en mí, sin miedo, mi señora.
Ella pasó su brazo por encima de los hombros de Geralt, y él la sujetó por la cintura.
— Adelante —dijo, y los tres se adentraron en la profunda oscuridad de las cavernas de los drow.
Si hubiera habido un ápice de luz, siquiera un pequeño resplandor habría bastado para que tanto las pupilas mutadas del brujo como las naturales del drow hubieran captado la extrema palidez del rostro de Tigana, pero el drow iba unos metros por delante y el brujo forzaba sus sentidos para seguirle el ritmo. La mujer se obligaba a colocar un pie delante del otro con voluntad férrea, pero a costa de un gran sufrimiento. Habían recorrido unos cinco kilómetros descendentes, el ambiente de los túneles era ahora cálido y húmedo; Tigana sudaba copiosamente y las piernas empezaros a fallarle. La tercera vez que tropezó, el brujo se detuvo.
— Enner —susurró—, deberíamos detenernos.
El drow volvió sobre sus pasos hasta reunirse con ellos.
— Ennevir, estás peor… Pero aquí no podemos detenernos, debemos buscar un lugar más seguro.
— No, debemos seguir…
— No puedes seguir, mi señora, apenas te tienes en pie —dijo el brujo—. Tendré que llevarte en brazos hasta que encontremos un lugar para descansar.
Geralt la tomó en sus brazos y se sorprendió de lo ligera que era. El drow le miró por un momento con recelo, pero se dio la vuelta y avanzó por el túnel.
Unos quinientos metros por delante, justo tras una curva, el túnel se ensanchó dando lugar a una cueva natural que incluso tenía un pequeño lago.
—Podríamos parar aquí, drow —dijo el brujo con un hilo de voz.
— Naj, brujo: es el peor lugar para descansar, porque hay agua —susurró Enner—. Extrema las precauciones, pues es muy probable que alguna criatura peligrosa haya venido a beber.
—Joder… Si algo cae sobre nosotros, no podré defenderme con Tigana en brazos. ¿Y si la dejo en un rincón resguardado y echamos un vistazo?
— Será lo mejor: lo que sabemos de firme es que por detrás nuestro no hay amenazas.
Ambos buscaron un rincón lo más resguardado posible para ella y la despertaron, ya que hacía rato se había dormido de agotamiento y debilidad.
— Amor mío, ¿cómo te encuentras?
— No muy bien…
— Lamento oír eso… Tigana, escucha: tienes que quedarte aquí con Yazu´u, no lo puedo llevar conmigo ahora. El brujo y yo tenemos que asegurarnos de que no hay peligro.
— Claro, me ocuparé de él: aprovecharé para darle de mamar. Oh, Enner, cuánto lamento no poder ayudarte…
— No estoy solo, ennevir, me ayudará el brujo.
— Geralt. Mi nombre es Geralt.
—Bueno, Geralt, vamos allá.
Enner extrajo al bebé del interior de la tela y lo colocó sobre el regazo de ella; luego se sacó el cabestrillo, deshizo el nudo y arropó al niño con él. Tigana comenzó a desabrochar los botones que cerraban su pechera, se sacó un pecho y lo ofreció al pequeño, que enseguida comenzó a mamar con ansia; Geralt se encontró con que no podía desviar la vista de ella y del bebé. Se sentía fascinado, ni remotamente en un aspecto sexual, sino preguntándose qué habría sido de su vida si su madre hubiera tenido más instinto.
Geralt no escogió ser brujo, su madre le abandonó allí, le entregó a los brujos cuando era un bebé. Y ser brujo implicaba, también, no poder tener hijos. Ser brujo suponía soledad.
En ocasiones como ésa comprendía a Yennefer y su afán por encontrar una cura para su infertilidad, un remedio que tal vez algún día encontraría… pero para él no había cura posible.
Tigana le miró a los ojos un poco molesta, y él salió del trance.
— Vamos — musitó.
Ambos desenfundaron sus armas, Geralt su espada de acero y Enner su catana negra de adamantina; cada uno por un lado, silenciosos como la muerte que se cierne sobre un ratón que mordisquea el queso de la trampa, bordearon el lago en su totalidad. No encontraron nada.
— Parece que hemos tenido suerte —dijo el drow levantando la vista hacia la bóveda de la caverna— pero no bajes la guardia. Aquí, cuando menos te lo esperas… ¡Shuvera´en!

A pesar de que la advertencia fue en el idioma drow, Geralt captó el sentido de la palabra desconocida y se puso en guardia. Al momento, unos tentáculos pegajosos se engancharon en el cuerpo del brujo; él intentó zafarse sin éxito y enarboló la espada, pero ésta pronto quedó adherida a unos hilos gruesos, como una enorme tela de araña.
— ¡No te muevas, o te enredarás más! —Le advirtió Enner aproximándose con cuidado y tajando tanto los hilos como los tentáculos con golpes secos de catana, tan rápido como podía—. ¡No inclines la espada, úsala verticalmente para clavársela en cuanto baje! ¡Y procura que no te toquen las patas, sus extremos son como cuchillas!
Geralt obedeció al drow cuando un cuerpo enorme de araña descendió sobre él y, sin pensarlo, le clavó el arma hasta la empuñadura; un líquido cálido le mojó la mano haciendo que ésta resbalara del mango en cuanto la quiso arrancar. Enner le liberó de las hebras en ese momento y él rodó por el suelo para alejarse del monstruo mientras extraía de la vaina la espada de plata. La enorme araña, todo y llevar clavada la espada de acero en el abdomen, siseó, plantándoles cara a ambos.
Geralt sabía cómo apañárselas con monstruos como aquél. Era una variedad de kikimora, más grande que aquéllas y con otras características, pero muy parecida.
La plata le dolería.
Teniendo cuidado con no volverse a pegar a los tentáculos que le quedaban, el brujo atacó.  Cortó de cuajo una de las patas delanteras, que el animal tenía levantadas amenazadoramente, y el drow se lanzó por el otro lado.
— ¡Los dos a la vez, Enner, procura no adelantarte o te quemaré!
Así lo hicieron, primero atacaban con los aceros y luego el brujo conjuraba la señal de Igni para mantener al bicho a raya; la araña trataba de acabar antes con el brujo, invirtiendo todas sus fuerzas contra él principalmente, a causa del daño que le producía la espada de plata y el fuego. Pero el brujo era rápido, evitaba el filo de sus extremidades sin dificultad aparente. De pronto, inesperadamente, cambió la estrategia. Dejó al brujo y se volvió de golpe contra el drow, sorprendiéndole; casi le arrolló, lanzándole al suelo. Enner era muy flexible y rápido, además de escurridizo, pero en ese momento no le valió de nada. Si Geralt no hubiera seccionado una de las patas que soportaba el peso del cuerpo del monstruo, desestabilizándolo, Enner hubiera muerto atravesado; pero al tambalearse falló el golpe y el drow lo aprovechó no sólo para levantarse, sino que también lanzó un tajo que le rebanó las pinzas de la boca. El brujo cortó dos patas más y la araña cayó torpemente al suelo. Su cuerpo pesaba demasiado para ser soportado por menos de la mitad de sus patas, así que intentó arrastrarse hacia ellos, pero estaba perdida. Ambos la despacharon enseguida.
— Detesto a estas arañas — comentó Enner señalando a la bóveda—. Son muy peligrosas: si te pegas a sus tentáculos, estás muerto.
Geralt distinguió, colgando del techo del que descendió el monstruo, un ovillo con forma de huso del que sobresalía una melena tan blanca como la de ellos dos.
— Si no me equivoco, eso era un drow… — dijo.
— Si, brujo, lo cual quiere decir que no hace mucho que han pasado por aquí.
— ¿Ha pasado por aquí todo un comando drow y han dejado a la araña viva después de que capturara a uno de ellos? — Se extrañó Geralt.
El drow frunció el ceño con preocupación.
— La dejaron viva porque tenían prisa… Pero prisa, ¿por qué?
— Vayamos a por Tigana y salgamos de aquí.  Mucho me temo que nosotros somos la causa de esa prisa.
— No, brujo, si así fuera nos hubiéramos dado de bruces con ellos. Esto no me gusta nada… Si algo puede hacer huir a un comando drow, ese algo sólo pueden ser…
— …Enanos —concluyó Geralt.
Cuando Enner miró sorprendido al brujo por su rápida respuesta, se extrañó de la expresión de éste. Siguiendo su mirada descubrió que estaban rodeados de svirfneblis armados hasta los dientes.
Uno de los enanos dijo algo en una extraña lengua que Geralt no conocía, pero Enner, al parecer, sí. El drow intercambió unas frases rápidas que finalizaron con un violento empujón del svirfneblis. Les arrebataron las armas, les ataron las manos y les empujaron hacia el túnel más próximo, ignorando sus protestas.
Tigana colocó al bebé en el interior de la tela y se puso en pie. La herida le mordía el costado con saña, pero se obligó a ignorar el dolor. Se cargó su mochila y el morral del brujo a la espalda, al menos tenía el agua y la comida… No veía apenas, pues sus ojos de elfa, aunque más preparados para la oscuridad que los humanos, no estaban al nivel de los de los drow; así pues, conjuró una pequeña luz y se mareó a pesar de que era un conjuro de principiante, tal era su debilidad. Cuando el suelo se quedó parado en su sitio, Tigana avanzó a trancas y barrancas hacia el túnel por el que el brujo y su esposo habían desaparecido con los svirfneblis.
Les seguía con pocos minutos de diferencia, oía los casi inaudibles pasos de la compañía de enanos y, de tanto en tanto, las protestas ora de su esposo, ora de Geralt. Caminó durante más de una hora, y su paseo terminó frente a unas puertas de adamantina, disimuladas en la roca de una pequeña caverna. No había centinelas que delataran la posición de la puerta.
“Tendré que esperar a que alguien entre para introducirme”, se dijo. “El problema será sacar fuerzas para echarnos un conjuro de invisibilidad al bebé y a mi… pero lo haré”
Así pues, se sentó en un rincón resguardado, a esperar.

Aunque el brujo había recibido malos tratos, el drow era quien se estaba llevando la peor parte. Como no entendían el idioma de Geralt, se centraron en el otro. Los svirfneblis, enemigos naturales de los drow, no creían una palabra de Enner, ya que encontrar a un drow deambulando por su territorio sólo podía significar problemas. Les habían tomado por exploradores de la patrulla que desde hacía un tiempo frecuentaba sus galerías, y las evidencias de su paso no hacía más que ponerlos extremadamente nerviosos. Temían que estuviesen buscando su guarida y, por tanto, su pueblo estuviese en peligro.
— ¿Qué clase de drow es éste? —Preguntó el rey de la fortaleza enana en su idioma mirando a Geralt—. Su pelo es blanco, pero su piel… no es la piel negra de un drow.
— El drow dice que es un humano de la superficie —respondió el jefe del pelotón, un enano llamado Sniver.
— Y, ¿no le crees?
— No. Mira sus ojos. Los humanos no tienen esos ojos de dragón.
— Ni los drow tampoco los tenemos —habló Enner, y las cadenas que lo sujetaban a la pared de la celda tintinearon—. Es un brujo, un humano mutado de la superficie.
— ¡Calla, perro drow! —Le gritó Sniver agarrándole del pelo—. Tu venenosa lengua sólo escupe mentiras…
— ¡No somos ninguna amenaza para vosotros! —insistió Enner.
— ¿Qué coño está pasando? ¿Qué es lo que les cabrea tanto? — quiso saber el brujo.
— Tenemos que convencerles de que no representamos ninguna amenaza para ellos, o de lo contrario… supongo que nos matarán.
— Difícil tarea esa, pues los enanos suelen ser más tercos que mulas… Perra suerte, drow.
— Si, sobre todo desde que te encontramos, brujo.
El brujo bufó.
— Si hay algo que detesto son los reproches. Principalmente porque no resuelven nada. Eso y esta maldita oscuridad: hace rato que se me pasó el efecto del elixir y no veo ni la punta de mi nariz.
— ¡Callaos, perros! —les gritó Sniver. — ¡Hablad sólo cuando se os pregunte!
— Malditos enanos de mierda… —dijo Geralt a la oscuridad, pues, aunque no entendió lo que había dicho el enano, sí captó la intención.
Pero le valió una buena castaña en los morros, pues el enano, al parecer, también captó su intención.

Tigana acariciaba a su bebé, que estaba despierto y la miraba con sus ojos rojos. Llevaba horas allí sentada, esperando algún movimiento en la puerta. El niño movía vigorosamente los brazos y las piernecitas, feliz, al parecer, de estar libre de la tela que limitaba sus movimientos. Ella sudaba y temblaba.
“¿Qué voy a hacer? Cada vez estoy peor… Si se presentara una amenaza, no podría hacerle frente… ¿Qué sería de Yazu´u?”
Al poco empezó a delirar, oía ruidos amenazadores y veía monstruos furtivos que se escondían en las sombras. Durante unos pocos momentos de lucidez decidió hacer algo de lo que tal vez se arrepintiera: se acercó a las puertas de adamantina y comenzó a golpearlas. Enner le había contado que los svirfneblis no eran una raza malvada como los duengar, sino que eran duros por el entorno en el que vivían. Y ella, sola, herida y con un bebé a quien proteger, apostó por las palabras de su marido. No había tampoco más opciones.

El brujo y el drow se habían quedado solos en la fría celda. Sus captores se habían ido, quizá a deliberar lo que hacían con ellos, dejando tras de sí oscuridad y silencio.
— Brujo, ¿estás bien?
— Si, parece que aún conservo todos los dientes. ¿Y tú?
— He estado mejor.
El silencio se adueñó de la estancia durante unos momentos.
— ¿Dónde estará Tigana? Estos túneles son muy peligrosos, y en su estado…
— ¿Crees que nos habrá seguido? —preguntó Geralt.
— No lo sé. Tenemos que escapar de aquí y encontrarla. Me necesita.
— Pues ya me dirás cómo… Si al menos no estuviéramos atados con estos grilletes a la pared…
Otro silencio, esta vez prolongado, llenó la mazmorra. Cada uno de ellos estaba inmerso en sus pensamientos, hasta que el brujo habló.
— Oye, Enner, ¿qué demonios hacíais aquí abajo? Los peligros superan con creces a los de la superficie…
— ¿Crees que podría pasar desapercibido en la superficie? ¿Con todos los elfos del bosque en cien kilómetros a la redonda buscándonos para colgarnos? En la superficie estoy ciego, brujo, no sería más que un lastre para ella.
— ¿Por qué os buscan? Los elfos de la superficie son racistas, pero no hasta ese extremo… Ergo ella es alguien muy relevante.
— Si, Geralt, ella es alguien muy relevante… Es la reina de Coanthiel, el reino elfo que tenemos sobre nuestras cabezas.
El brujo silbó.
— Empiezo a entender… Nada menos que la propia reina…
—  Parece ser que al rey no le gustó nada que diera a luz a un drow ni que se fugara conmigo…
— Es que los reyes elfos son de un remilgado que asusta, mira que molestarse por eso... ¡Joder, Enner, me sorprende que la cabeza de Tigana siga sobre sus hombros!
— Dio a luz antes de hora, íbamos a fugarnos antes… Escapó gracias a la ayuda de su aya, con el bebé.
— ¿Cómo demonios la conociste? Porque es algo tan quimérico que no me alcanza la imaginación.
— Nos la mostraron las sacerdotisas drow. Era el objetivo de una incursión. Yo quedé fascinado al momento, y decidí sabotear la misión. Le salvé la vida, y ella… ella se enamoró de mí.
— ¿Te cargaste a tu propio comando?
— No quedó ni uno, brujo. Pero, con el tiempo, las sacerdotisas averiguaron la verdad y pusieron precio a mi cabeza.
— Y, ¿qué pensabais hacer? Es cuestión de tiempo que, finalmente, den con vosotros.
— Ella estaba tratando mis ojos y los de nuestro hijo con magia para poder huir a la superficie de modo más seguro. Nuestros ojos no soportan la luz del sol.  Pero el proceso es lento. Aún no estoy preparado.
— Si salimos de ésta, os ayudaré.
— Si salimos de esta te daré las gracias.
— Si salimos de ésta no tendrás por qué darlas. Estás junto a un brujo anticuado y obsoleto a quien aún le queda un resto de humanidad.

Las puertas de la fortaleza enana se convirtieron en un hervidero de actividad. Casi un centenar de enanos histéricos se apostaron frente a ellas al poco de oír los golpes que alguien desde fuera estaba propinando. Temiendo que los elfos oscuros hubieran dado por fin con la entrada a su guarida, el tercio se había apostado previendo una posible intrusión.
Tigana insistía desde el otro lado, ansiosa por el ruido que retumbaba en la cueva. Cuando la puerta se abrió, dando paso a unos enanos enfurecidos que casi la arrollan, Tigana desfalleció, agotadas sus fuerzas. Los enanos la sostuvieron, mirándola con la boca abierta de la sorpresa.
— Jefe, ¿qué pasa hoy aquí? —Dijo uno de los enanos mirando a Raginar, capitán del pelotón—. Es una mujer elfa… herida… ¿qué hace aquí abajo? ¿Cómo ha encontrado las puertas?
— Hum… Demasiadas casualidades para no estar relacionadas —gruñó el aludido—. ¿Qué demonios se mueve bajo esa tela negra? ¿No será…?
El más próximo a ella rebuscó en la tela y sacó a Yazu´u. El estupor de los enanos aumentó si cabe.
— Un bebé drow… ¿Con una mujer elfa? Y en nuestra prisión tenemos a un drow que dice que su raro compañero proviene de la superficie, como esta mujer… ¿Y si decía la verdad? —Murmuró. — ¡Metedla dentro e informar al rey! ¡Y ocupaos de que sea atendida!

Los enanos volvieron a la celda y les ofrecieron agua. Después, Sniver se plantó ante ellos de nuevo.
— Dime, ¿ibais solos por los túneles? ¿Había alguien más con vosotros?
— No —respondió seco el drow.
— ¿Estás seguro?
— Si.
El enano hizo una señal a otro, y un tercero entró con un bulto envuelto en una tela negra en los brazos. Sniver retiró la tela descubriendo a Yazu´u. El drow casi enloqueció al verlo.
— ¿Dónde está ella? ¿Dónde le habéis encontrado?
— Volvamos a empezar por el principio, drow. ¿Ibais solos por los túneles?
—…No —cedió Enner por fin.
— Bien. Ahora estás siendo sincero. ¿Quién más os acompañaba?
— Mi esposa. Ella está herida… ¿Está aquí, en vuestra fortaleza? ¿Está a salvo?
— Está siendo atendida por nuestros sanadores. ¿Es por vosotros el movimiento de patrullas drow que se está dando últimamente?
— Si.
—Bien, bien… Explícame eso.

El rey miraba preocupado a los dos enanos después de que éstos le informaran de todo. Meditó un rato antes de impartir órdenes a sus dos súbditos.
— Lo más práctico sería acabar con ellos y desentendernos. Si les dejamos ir a su suerte y los capturan, podrían sacarles nuestra ubicación.
— Señor, ¿se me permite hablar? —intervino Sniver.
— Habla. Aunque sé que lo que me digas no me va a gustar.
— Sólo pretenden cruzar el territorio hasta la salida de Ootenst´der. Podríamos ayudarles y, de ese modo, nos aseguramos de que los drow no les capturen.
— ¡Maldita sea, si es que te conozco como a la palma de mi mano! —Gritó el rey enfadado. — ¿Te has vuelto loco, Sniver? ¿Qué nos importa su suerte?
— Matarles a sangre fría sin ser una amenaza es propio de drows, no de svirfneblis, señor —dijo tajante Raginar.
— ¡No me vengas con esas, Raginar! ¡Las cursilerías tampoco son propias de svirfneblis!
— ¿Mandarías matar también a la mujer elfa y al bebé drow? —preguntó Sniver con cara de enfadado.
— Pero, ¿qué demonios os pasa? ¿Es que esa bruja elfa os ha hechizado, o qué?
El rey se levantó de su trono y comenzó a pasear arriba y abajo en la estancia, barruntando.
— Está bien. Sólo permitiré que les acompañen dos enanos, no arriesgaré más. Y, ya que sois tan benevolentes, seréis vosotros los que arriesguéis el pescuezo.
— Como ordenes—dijeron ambos reprimiendo una sonrisa de satisfacción.
— ¡Largo de aquí los dos! —Les espetó el rey—. Habéis conseguido que me duela la cabeza…
No se lo tuvo que decir dos veces.

Las puertas de adamantina se cerraron tras ellos con un sonido suave, casi inaudible. De nuevo estaban en el túnel, y todos agudizaron sus sentidos. Geralt se había tomado de nuevo el elixir, Tigana se encontraba mejor, aunque aún caminaba con dificultad; Enner llevaba de nuevo al bebé contra su pecho y los dos enanos cerraban filas, ambos portando sendas hachas de guerra, petos de duro cuero y cascos. El silencio del túnel les envolvía, les intimidaba y a la vez les tranquilizaba; caminaban sin romperlo, sus pies susurraban apenas los pasos, como los de un fantasma.
Silencio y oscuridad durante horas. Llegaron a una bifurcación de túneles. El drow giró hacia el de la derecha.
— El túnel que va a Ootenst´der es éste —le corrigió Sniver en idioma infracomún, señalando el túnel de la izquierda.
— Por ese no. Es demasiado peligroso. Hay más caminos —dijo Enner.
— Pero es el camino más corto, y cuanto más tiempo estemos en los túneles, más peligro corremos. Sobre todo, con tus congéneres buscándoos.
— Ese túnel nos acerca demasiado al territorio de las drañas. ¿Sabes qué son las drañas, enano?
—Mucha gente lo ignora, pero seguro que no pertenecen a la infraoscuridad. Es imposible que alguien nacido aquí no lo sepa —intervino Geralt en común, idioma el cual descubrieron, en la ciudad svirfnebli, era muy parecido al infracomún—. Incluso nosotros, los brujos, las tenemos catalogadas en nuestro libro.
— ¿Qué son? —preguntó Tigana.
Los cuatro la miraron sorprendidos, pues era la primera vez que despegaba los labios desde que salieran de la ciudad.
— Algo horrible, ennevir, una aberración. Son drows maldecidos por las sacerdotisas por fallar una de las pruebas a las que Loth, la diosa araña que mi raza adora, nos somete — respondió Enner tras un momento de silencio—. Parecen arañas con torso y cabeza de drow, y nos odian.  Mejor dicho, odian a todo el mundo, … y son extremadamente peligrosas.
— ¿Qué distancia hay hasta la salida? —preguntó ella.
— Unos dos días.
— ¿Y por el otro camino?
—Siete u ocho.
Ella suspiró angustiada.
— Dioses… ¿qué hacemos?
— Las drañas son solitarias —intervino Raginar—. Si nos topamos con alguna, seguramente irá sola; dos como mucho, o tres si tenemos muy mala suerte. ¿Estás de acuerdo, drow?
— Si, así suele ser.
—Somos cuatro guerreros, no deberíamos dudar qué camino tomar —dijo Sniver—. ¿Qué decís?
— El camino corto —decidió Tigana.
—Sea, pues —concedió Enner de mala gana.
Tomaron entonces el túnel de la izquierda. A medida que avanzaban, el aire era más cálido y en él se percibía un leve olor a podredumbre. No querían detenerse, pero el cansancio y el sueño hacían mella en ellos y decidieron acampar. Comieron moderadamente y se repartieron los turnos de guardia. A Geralt le tocó la tercera.
Tigana acababa de abrir los ojos cuando Sniver despertó al brujo. La mujer elfa se acercó a él llevando a su bebé en brazos.
— ¿Puedes sostenerlo unos instantes, brujo? Tengo que hacer algo a solas, y no quiero despertar a Enner. Necesita descansar.
— Claro que sí, pero no te alejes.
Ella depositó en sus brazos al pequeño mestizo y se retiró unos metros. El bebé se movió ligeramente, acercó su manita a su boca y se chupó el pulgar. El contacto con el pequeño, su fragilidad y vulnerabilidad, hizo que sintiera una extraña ternura. Así de pequeño debería ser él cuando su madre lo entregó a los brujos. No la recordaba, ni siquiera su voz; su mentor en Kaer Morhen, Vesemir, ante su irritante insistencia le confesó que se llamaba Visenna y que era hechicera sanadora. Nunca supo sus motivos para abandonarle a tan cruel destino.
Por esto, cuando Tigana recuperó a su hijo de sus brazos y le mimó mientras le daba de mamar, sintió una intensa desazón que le atravesó el alma y se juró a sí mismo que, si algún día se encontraba con su madre, la miraría a los ojos y le haría la pregunta, esa pregunta que corroía su corazón y le llenaba de amargura. Aunque sólo fuera por perversa satisfacción.
Quizá Tigana le leyera la mente, o quizá intuyó sus pensamientos al mirar a los ojos del brujo, porque supo lo que él estaba pensando.
— No la odies, Geralt.
El, sentado en el suelo de cara a ella, guardó unos segundos de silencio.
— No la odio. No la conozco, ni sé sus motivos. Quizá no tuvo elección.
— Sí que la tuvo, pudo elegir usar un simple elixir o el correspondiente hechizo… y no lo hizo. Una elección que es un derecho sagrado e irrenunciable de toda mujer, y ella decidió.
— Tú también decidiste —dijo, señalando con el mentón al pequeño Yazu´u—. Decidiste condenarte a una vida clandestina y peligrosa por él.
—Sí —admitió ella sintiendo una profunda tristeza y compasión por el brujo—. Pero yo no estoy sola.
Su mirada buscó el cuerpo de su amado, que dormía junto a ella.
— Duerme, Tigana. Todavía no estás restablecida, duerme mientras puedas—le aconsejó Geralt mientras se levantaba para hacer la ronda.
El brujo se alejó unos veinte metros en dirección norte, y algo llamó su atención. Aguzó sus oídos, inmóvil como una pantera a punto de saltar sobre su presa, y oyó algo que disparó las alarmas de su instinto, a la vez que su medallón comenzaba a temblar. Eran apenas roces ínfimos de pisadas contra las rocas, eran tintineos casi inaudibles de metal de espadas contra la vaina que las contenía. Geralt percibió un movimiento a su lado y, al girarse, vio apenas a Enner.
— Han dado con nuestro rastro —dijo, preocupado—. Hay que irse a toda prisa.
El drow desapareció de su lado tan silenciosamente como había aparecido, Geralt no perdió el tiempo y le siguió. Despertaron a los enanos apresuradamente y recogieron el improvisado y escaso campamento en un suspiro: dos minutos más tarde estaban en marcha siguiendo el túnel hacia el sur.
— Esta vez los acompaña una sacerdotisa, Enner —susurró Tigana a su amado—. Puedo sentir su magia…
—Por eso han dado con nosotros… ¡Geanyen´sae! — juró el drow en su idioma, malhumorado.
—Están muy cerca —añadió Geralt, cuyo medallón se agitaba en su pecho—. Deberíamos hacerles frente, precipitarnos así por el túnel es aún más peligroso.
— El brujo tiene razón —dijo Sniver—, no es sensato correr de este modo por esta zona.
— Busquemos un lugar que nos ofrezca alguna ventaja para emboscarles— propuso el brujo.
— ¿Emboscarles? ¿Tú estás loco, brujo? ¡No sabemos cuántos son! — exclamó Raginar.
—Ese modo de hablar no es propio de enanos.
— ¡Ja! Debe ser una frase de moda, pues la escucho a cada dos por tres…
— ¡Alto! —Ordenó Enner parando en seco. — No os mováis… Retrocedamos con cuidado…
— ¿Qué ves, drow? —preguntó Sniver.
— Cinco drañas… ¡no, seis!
— Joder, ya es tener mala suerte… —dijo Raginar—. Si encontrar tres juntas ya es mala suerte, encontrar seis es…
— Doble mala suerte —concluyó Sniver.
— Estamos atrapados… —susurró Tigana, abrazando protectoramente a su bebé—. Delante las drañas, detrás los drows… atrapados entre dos filos, a cuál peor.
— Podríamos sacar provecho de la situación —caviló el brujo—. Si pudiéramos atraer la atención de las drañas hacia los drows…
— Sí… se producirían bajas en ambos bandos, y eso nos facilitaría acabar con todos—Enner siguió el hilo de los pensamientos de Geralt.
— Pero ¿cómo? —quiso saber Sniver. — ¿Cómo hacer para enfrentarlos sin que ambos grupos acaben con nosotros?
— Dejad eso de mi cuenta —intervino Tigana, los cuatro rostros masculinos clavaron sus ojos en ella—. Creo que tengo un plan.
Se desplazaban con soltura, casi como bailarines, en silencio. Hablaban entre ellos por el lenguaje de los signos. Estaban tensos porque sabían que su presa estaba cerca, muy cerca, Araeh se lo había indicado.
Llegaron a una sección del túnel bordeado por cinco estalagmitas de diferentes tamaños, los guerreros drow las rebasaron, pero no así la sacerdotisa. Araeh percibió una extraña sensación, la sensación que la magia causaba en ella. Miró alrededor buscando la causa, sus pasos se hicieron más lentos, pero otra percepción, la del peligro, la distrajo. Arrancó a correr para advertir a sus guerreros y quebró el silencio con un grito de advertencia. Los drows se detuvieron y las vieron. Las drañas también oyeron el grito de de Araeh, se volvieron hacia la fuente del sonido y se lanzaron al ataque. Eran seis drañas, los elfos oscuros retrocedieron un tanto con las armas en la mano, preparados para el ataque.
La sacerdotisa no se había olvidado de la extraña sensación de magia que sintiera al llegar a esa parte del túnel.
— ¡Haced frente a las drañas! —ordenó Araeh, mientras ella, en la retaguardia, escudriñaba la cueva con preocupación.
Giró sobre sí misma y cuando su mirada resbalaba por las estalagmitas una de ellas se movió y se transformó en una mujer elfa; las demás no tardaron en perder la ilusión también, pero era ya demasiado tarde para reaccionar. Casi simultáneamente a la transfiguración, sintió sobre sí el impacto de un hechizo inmovilizante y cayó al suelo flácida y llena de ira. Sus guerreros no se dieron cuenta de nada, enzarzados como estaban en plena lucha.
Tigana observó atónita a aquellos drows malditos por Lolth, la malvada diosa. Aunque su cuerpo y patas eran las de una araña, aún poseían el tronco, la cabeza y los brazos del drow que una vez fueron. Sus largos cabellos blancos caían lacios sobre sus hombros, pero sus miradas transmitían la demencia en la que estaban sumergidos. Tigana tembló al percibir la desesperación, odio y rabia de aquellas criaturas. Enner rodeó su cintura con su fuerte brazo y sujetó su hombro con la otra mano, reconfortándola. Ella le miró y entendió todo aquello por lo que había pasado durante su vida allá abajo, y le admiró por su entereza.
Geralt echó mano de la espada alojada a su espalda una vez disipada la ilusión que Tigana lanzara sobre ellos para engañar a los drow; los demás hicieron lo mismo mientras contemplaban la batalla campal que tenían ante sí. Los elfos oscuros eran guerreros hábiles, escurridizos y muy diestros con sus armas; pero las drañas, además de todo, eso triplicaban su tamaño y eran más fuertes. Y, aunque en teoría, seis drañas contra diez drow deberían tener éstas todas las de ganar, en la práctica todo era bien distinto: los elfos oscuros se defendían a la perfección. Al parecer, no era esa la primera vez que se las veían con tales aberraciones y parecían actuar según una táctica puesta en práctica una y otra vez. Sólo así se explicaba la perfecta coordinación de unos con otros, pues mientras cada drow se ocupaba de una de las drañas, los cuatro sobrantes se dedicaban a acribillarlas a traición. No tardaron en dar cuenta de dos de ellas, cuyos cuerpos yaciendo allí donde cayeron dificultaban aún más a las otras –la mayoría también heridas-, dar alcance a los hábiles guerreros. Pero entonces llegaron más drañas.
De las tres que se sumaron a la contienda, una destacaba tanto en tamaño como en apariencia. Llevaba en cada mano un estoque, su cabeza estaba completamente calva y sus ojos emanaban odio, orgullo y peligro. Se abalanzó inesperadamente contra el drow más próximo y lo abrió en canal dos veces, una con cada estoque. Los elfos oscuros empezaron entonces a lanzar miradas atrás, extrañados de que su sacerdotisa no interviniera en su favor con su magia, y les vieron a ellos cortándoles la retirada, con la mujer drow tirada a sus pies. Con la llegada de aquellas tres drañas la táctica que habían usado se tornó inútil y la lucha se volvió caótica, encarnizada; los drow llevaban ahora la peor parte. Cayeron cuatro más.
Los cinco que quedaban empezaron a lanzar globos de oscuridad a diestro y siniestro, sembrando confusión.
— Van a lanzarse contra nosotros, brujo, no tienen más alternativa —supo inmediatamente Enner. — Preparaos…
— Quizá lo más sensato sería salir corriendo…— sugirió Tigana.
—Retrocede, Tigana. Quédate en la retaguardia, a buena distancia— dijo Geralt.
—¡Van a llevarse una desagradable sorpresa! — exclamó Sniver, ansioso por poner su hacha en movimiento.
Efectivamente, tal como Enner vaticinó, los drow emergieron de entre la profunda oscuridad que habían conjurado. Su intención era entorpecer a las drañas, cegándolas, ganando tiempo para abatir al grupo que les cortaba la retirada y así poder huir. Supusieron erróneamente que sería más fácil acabar con el grupo que con los monstruos capitaneados por aquella extraña draña.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#2
Cuando surgieron de las entrañas de los globos de oscuridad, dos espadas y dos hachas se pusieron en movimiento. Enner detuvo en seco al primero con un revés bajo que lo rajó de izquierda a derecha, y el infeliz se desplomó con cara de chasco; Sniver intentó clavar su hacha en el abdomen del segundo, pero éste hizo un quiebro y se apartó a tiempo, desestabilizando al enano. Su estoque subió para tomar impulso y atravesar a Sniver… Pero una segunda hacha le acertó en plena espalda, y el drow cayó como un títere al que se le cortan las cuerdas.
— Gracias, colega —dijo con un guiño a Raginar.
Inmediatamente aparecieron los otros tres drow. Geralt interceptó la espada que caía hacia él aún antes de que el salto del elfo oscuro hubiera concluido. Enner se enzarzó con otro y los enanos con el tercero. Los tres drow luchaban con desesperación, pues se sabían en medio de los dos grupos de enemigos letales. Los globos de oscuridad no tardarían en disiparse y las drañas se lanzarían al ataque.
Ciertamente, los globos de oscuridad no tardarían en disiparse y las drañas se lanzarían al ataque, pero los tres murieron antes de que la oscuridad mágica se desvaneciese.
—Estad preparados —les advirtió Tigana—. Voy a disolver esa oscuridad para que las drañas no puedan sorprenderos.
Tigana pronunció una fórmula mágica y al instante la oscuridad se disolvió. No había nadie vivo más allá de la frontera que la oscuridad había marcado, las drañas habían desaparecido.
—No me gusta, no me gusta nada —murmuró Enner—. Huir no es propio de esos monstruos.
— Temo una emboscada si seguimos adelante —dijo Sniver—. Esa draña de cabeza rapada parecía el jefe, y no tenía nada de estúpido. Tantas drañas juntas en un ataque… no es nada normal.
— Demos media vuelta. Busquemos el otro camino, por seguridad —propuso Raginar—. Llevamos un bebé y una mujer herida, tengamos esto en cuenta.
— Estoy de acuerdo— dijo el drow. — Y tú, brujo, ¿qué opinas?
Geralt miraba en derredor con desconfianza.
— Aquí hay algo que se nos escapa. Si huir no entra dentro del talante de las drañas, sólo se me ocurre una explicación para tan extraño comportamiento…
En ese momento, un látigo restalló contra ellos, un látigo de cabezas vivas de serpientes que mordieron la carne de aquellos sobre quienes cayeron. Con todo el revuelo habían olvidado a la sacerdotisa drow, y ésta se erguía totalmente recuperada. Tigana reculó hacia ellos protegiendo al pequeño. Enner enarboló las espadas, desafiándola. Ella extendió la mano y el drow salió despedido yendo a parar al suelo. Sniver hizo el amago de lanzarse contra ella, pero Geralt le detuvo.
— Espera —le susurró— si estoy en lo cierto, pronto necesitaremos tu hacha. No desperdicies tu vida con ella.
— Vais a acompañarme a la ciudad —les dijo la sacerdotisa drow—, dócilmente. Si intentáis algo moriréis al instante.
La sacerdotisa notó que ellos se tensaban. Supuso con satisfacción que de la aprensión al intuir lo que les esperaba en la ciudad drow, pero se equivocaba. Fue su última equivocación, pues tarde se fijó en que los ojos de sus cautivos iban más allá de su posición. Cuando giró repentinamente sobre sí misma, la espada de la draña de cabeza rapada caía contra ella inexorable. Ni siquiera le dio tiempo a gritar.
Al caer la sacerdotisa, el grupo se reorganizó al instante para hacer frente a aquellas aberraciones. Aparecieron por vanguardia y retaguardia, casi simultáneamente, y se lanzaron a por ellos.
Tigana formuló un conjuro y la cueva se iluminó tenuemente, lo suficiente para ver sin dañar los ojos de Enner; tras esto se colocó en el centro del corro que formaban los guerreros, preparada para desviar con su magia las flechas de las pequeñas ballestas que algunas drañas acostumbraban a usar. Las aberraciones se detuvieron un instante ante la aparición de la luz, instante que aprovecharon ellos.
Geralt sacó su cuchillo de la bota en un rápido movimiento y lo lanzó contra la cabeza de la draña más próxima, que cayó de bruces; Enner se desplazó dos pasos y clavó una de sus espadas en el tórax de otra. Los enanos se escurrieron bajo otras dos y segaron las patas con sus hachas, luego las clavaron en los cuerpos en cuanto éstos quedaron en tierra. La siguiente remesa de drañas ya había acostumbrado sus ojos a la luz, y se acercaron con prudencia al grupo. La primera se lanzó contra el brujo. Geralt realizó una serie de paradas con su espada de plata, pero le faltaba espacio para luchar con holgura. Trazó la señal de Aard, consiguiendo desplazar al monstruo unos tres metros, y avanzó de inmediato antes de agotar la magia. Lo esperó entonces con ambas manos agarrando la empuñadura, la espada en vertical con las runas grabadas brillando, rojas, reclamando sangre. Aunque la diferencia de altura era una desventaja para el brujo, el volumen de la draña iba en contra de ella misma; el brujo no tenía problema en esquivar las dos primeras patas, que mantenía levantadas para atraparle si se descuidaba. Paró un embate e inmediatamente cercenó una de las patas levantadas, luego cortó la otra. Era más cómodo enfocar su concentración sólo en la espada. Geralt detenía estocadas por la izquierda y por la derecha, por arriba y por abajo, esperando su oportunidad; ésta llegó cuando la draña levantó la espada por encima de su propia cabeza, en un intento de cobrar impulso como para partirle en dos. El brujo trazó un semicírculo con la suya, abriendo el vientre de la mitad drow del monstruo. Los intestinos colgaron hasta el suelo, y la sangre salpicó las paredes de la cueva antes de que cayera muerto. Quedaban dos drañas y Geralt corrió a ayudar a los enanos, que parecían tener problemas para acabar con la suya.
Enner se las veía con la extraña draña de la cabeza rapada. También tenía problemas, puesto que la criatura no era como las demás. A pesar de ser más grande que las otras, era ágil y diestra con las espadas. A Enner no le hubiera extrañado que, antes de ser maldecido por la diosa, el drow que fue hubiese ocupado el puesto de maestro de armas de alguna casa en alguna ciudad cercana.
Enner consiguió arrancarle una de las espadas y herirle la mano, envalentonado, se lanzó contra ella dispuesto a aprovechar la ventaja obtenida; pero la draña gesticuló con la mano herida y unas llamas la envolvieron. La viva luz de las súbitas llamas dañaron durante un momento los ojos del drow, que se detuvo; el monstruo entonces lanzó la bola de fuego contra él. Prendió la pechera y la capa del elfo oscuro, pero mientras Tigana formulaba un conjuro que las ahogara, la draña clavó su espada en el vientre del drow. Enner cayó al suelo despacio, sus ojos desorbitados por la confusión, y la aberración arrancó el hierro mientras Tigana gritaba levantando lejanos ecos en la cueva, paralizada por el horror.
Geralt trazó la señal de Igni y el fuego obligó al engendro a retroceder, impidiendo que rematara a Enner, y se lanzó contra él. Una serie de furiosos mandobles forzaron a la draña a defenderse y a seguir reculando, evitando además que pudiera volver a usar la magia. El brujo atacaba con astucia y con saña, se burlaba del monstruo limitando su actuación únicamente a la defensa. No tardaron en aparecer los enanos, habiendo acabado ya con la otra draña, y se precipitaron hacia las patas del engendro. Acosado por tres formidables enemigos, la draña no tuvo ninguna posibilidad. Perdió estabilidad al serle cercenadas varias patas, ocasión que no perdió Geralt para darle muerte. Tras ello, los tres corrieron hacia donde estaba postrado Enner.
Tigana apretaba la grave herida con sus manos. Conjuraba una y otra vez, tratando de detener la hemorragia que manchaba sus dedos a costa la vida de su amado. Su rostro aparentaba una serenidad que no sentía, intentando que el drow no supiera por su expresión lo grave que estaba.
— Ennevir … Cuida de Yazu´u por mí, yo...
— No… ¡No te despidas de mí! No se te ocurra —le suplicó ella. — No voy a dejar que mueras.
Y continuó conjurando, hasta que la sangre dejó de manar. Entonces rasgó sus ropas y le vendó, apretando la tela tanto como pudo, con la ayuda del brujo. Entre todos improvisaron una camilla con patas de drañas y algunos piwafwi, las capas mágicas arrebatadas a los cadáveres de los drow, y continuaron su camino a través de los oscuros túneles.
Geralt avanzaba en cabeza, llevando al bebé consigo para descargar a la agotada elfa. Ésta avanzaba penosamente junto a la camilla que portaban los enanos, siempre vigilando a Enner, que murmuraba y gemía en una semiinconsciencia agitada, presa de la fiebre. Tigana no podía hacer nada más por él salvo aguardar una mejoría que no llegaba; se había agotado hasta la extenuación deteniendo la hemorragia a base de magia, hasta llegar a un punto peligroso para su propia vida. El brujo, viendo su devoción, no pudo dejar de preguntarse si, en un hipotético caso parecido, Yennefer se prodigaría hacia él del mismo modo que Tigana lo hacía por Enner; no supo contestarse a sí mismo, pero hubo de admitir que le costaba imaginarse a la fría hechicera tan afectada como para poner en peligro su preciada vida.
— Detengámonos —sugirió Raginar—. Daremos de beber al herido y repondremos fuerzas. Estamos a sólo medio día de la salida.
— ¡No! —Replicó Tigana, con la voz más aguda de lo normal fruto de la desesperación y el cansancio—. No, Enner no puede esperar…
— Debemos acampar, al menos durante una hora —sentenció el brujo—, debes atender al bebé. Hace rato que parece inquieto, supongo que de hambre. Y tú, Tigana, casi no te tienes en pie.
— Pero…
— Sólo una hora, te lo prometo —la tranquilizó él, tendiéndole a Yazu´u.
Ella se calmó un tanto al ver a su hijo y lo tomó contra su pecho. Los enanos dejaron la camilla en el suelo con delicadeza, y mientras la elfa se sentaba en el suelo para dar de mamar al bebé, ellos ofrecieron agua a Enner.
Geralt se acercó a Tigana y se sentó a su lado. Le tendió un trozo de carne seca que ella rechazó.
— Debes comer.
— Gracias, brujo, pero no puedo. —Su mirada se posó, una vez más, en el drow—. Sabes, todas estas semanas llegué a pensar que no había nada más oscuro que la Antípoda… Sin embargo, mientras estábamos los tres juntos, había luz en mi interior, una hermosa y cálida luz. Si él muere… —su hermoso rostro se contrajo en una mueca de dolor, y sus ojos se anegaron de lágrimas. — Si él muere, esa luz se extinguirá para siempre, Geralt. No habrá luz para mí por mucho que luzca el sol. Oscuridad, pero oscuridad por dentro… No sé si me entiendes…
— Te entiendo mejor de lo que crees.
Tigana apartó los ojos de Enner y miró al brujo. Captó el segundo de profundo dolor que cruzó por su mirada y se sintió confusa por un momento, pero pronto dedujo que él no hablaba por hablar. Entonces se derrumbó, impresionada por los sentimientos del brujo y sensible a toda tristeza. Cerró los ojos y su rostro se deformó por el llanto, pero al poco recobró el control de sí misma. Levantó su mirada hacia él, y él pudo ver en la tenue luz conjurada por ella sus pestañas empapadas.
— ¿Cómo has sobrevivido a ese dolor? ¿Cómo se puede?
El enjugó sus lágrimas con los pulgares y enmarcó su triste rostro con ambas manos.
— Confiemos en que no hayas de averiguarlo, Tigana.

El aire era más fresco ahora. Era perceptible que ya no estaban en los niveles más profundos de la Antípoda Oscura, tanto por la temperatura como por la inclinación del suelo, claramente en ligera cuesta arriba. Llegaron a una confluencia donde se unían dos túneles y el brujo se detuvo bruscamente; hizo un gesto a Sniver, que trataba de decir qué túnel debían seguir, para que callara y escuchó. Le había parecido oír algo arrastrándose en el corredor de la derecha y, ciertamente, su agudo oído no le había engañado. Sospechó que se trataba de un basilisco, pues conocía sobradamente a esos monstruos: muchas habían sido las ocasiones en que se había enfrentado a ellos. Mediante gestos, preguntó al enano si era ése el camino que debían seguir. Sniver negó con la cabeza y apuntó hacia el que tenían enfrente. Geralt les apremió para que continuaran con todo el sigilo posible, pues prefería evitar enfrentamientos para no retrasar la marcha, preocupado como estaba por la gravedad del elfo oscuro. Un basilisco era un enemigo muy peligroso y difícil de abatir, no era momento de correr riesgos innecesarios. Pero en ese momento, justo en ese delicado momento, el bebé empezó a llorar. Al brujo le pareció increíble que algo tan pequeño pudiera organizar tal escándalo.
— ¡Rápido, largaros de aquí! ¡Y no se os ocurra mirar atrás! —les gritó a los enanos mientras sacaba de la canana que atravesaba su pecho un frasquito que contenía el elixir Ventisca.
Sacó también una tira de tela negra y cubrió sus ojos con él, atándosela fuertemente en la cabeza. Después ingirió el elixir.
La pócima actuó con rapidez; el brujo sintió los dolorosos espasmos que causaba mientras sus venas se hacían visibles, negras, terriblemente antinaturales, en todo su cuerpo; luego sintió sus sentidos agudizarse mucho más allá de lo normal en un brujo, ya de por sí muy superiores a los de cualquier ser humano. Sus reflejos, su fuerza y su percepción también se acrecentaron para hacer del brujo alguien tan capaz y tan sobrenatural como cualquier monstruo. Sacó su espada de plata, escuchando el cambio de dirección de la bestia, esperándole quieto como una estatua con la espada extendida frente a sí. Oía perfectamente el sonido de las patas cortas acabadas en garras contra la piedra, el susurro de su larga cola arrastrándose en el suelo, calculando con precisión la distancia, que se acortaba con rapidez, que le separaba del basilisco. Estaba sobradamente preparado cuando éste atacó.
La espada paró la acometida del monstruo golpeándole en el morro, cualquier otra criatura se hubiera detenido unos instantes, dolorida, pero no el basilisco; rápido como un relámpago, acometió por la derecha tan pronto la espada le hubo cortado el camino directo. De nuevo la espada le bloqueó e hirió tanto con su afiladísima hoja como con la plata, material de nefastas consecuencias para los monstruos, que la constituía; volvió ésta vez por la izquierda, empecinado y aparentemente inmune al dolor. Tampoco tuvo éxito. Se retiró unos pasos, siseando amenazadoramente, frustrado y dolorido, midiendo a ese adversario que le había hecho daño y al que no podía abatir con la rapidez a la que estaba acostumbrado. Le miró con sus ojos amarillos, capaces de matar con sólo una mirada directa a ellos, un tanto confuso, pero lejos de renunciar a su presa. El brujo, ésta vez, no esperó a que se repusiera de su sorpresa: atacó con arcos amplios, paseando el filo de su espada por la cabeza del basilisco. Sintió la sangre caliente salpicarle la cara, escuchó los gruñidos furiosos y sorprendidos de la bestia y arreció en sus ataques, animado. Pero el monstruo, en lugar de amilanarse, cargó contra él con todo el cuerpo: se lanzó con todo su peso contra Geralt. El brujo se vio lanzado por los aires y aterrizó de espaldas, la espada se desprendió de su mano enguantada y resonó contra la piedra a unos dos metros a su derecha. Se apartó a un lado justo en el momento en que el basilisco se lanzó con la boca abierta contra él dispuesto a clavarle los dientes, grandes como plátanos y llenos del más letal de los venenos, sin que encontrara más que el duro suelo contra el que se estrelló. El brujo rodó sobre sí mismo y se puso en pie; trazó la señal de Igni y un chorro de llamas salidas del más rojo de los infiernos obligaron al engendro a retirarse lo suficiente para que Geralt recuperara la espada. El basilisco intentó repetir el movimiento anterior, pero ésta vez el brujo se lo esperaba: se apartó a un lado como una exhalación en cuanto percibió en nuevo embate del monstruo, levantó la espada de plata todo lo que pudo y, con un grito lleno de rabia, descargó un golpe fatal contra el cuello expuesto del basilisco. La cabeza de la bestia se separó limpiamente del cuerpo; las mandíbulas, pese a tener la cabeza seccionada por completo, se movieron un par de veces mordiendo el aire y el cuerpo se sacudió antes de quedar inmóvil definitivamente. Geralt propinó un par de patadas al cuerpo para asegurarse de que estuviera realmente muerto y luego se quitó la venda de los ojos. Era un ejemplar magnífico, el más grande que había visto. Se agachó junto a la cabeza y, con sumo cuidado, arrancó con ayuda de la espada un par de colmillos y los envolvió en la tira de tela negra, luego metió el paquete en el morral. Ahora podía volver a la mina y reclamar su pago: echaría la culpa de las desapariciones de mineros al basilisco, y sus colmillos serían la prueba que mostraría al dueño. En cuanto Enner y Tigana estuvieran a salvo, volvería allí.
El brujo se encaminó a paso ligero hacia el túnel por el que se habían internado sus compañeros hacía un buen rato y penetró en él. No tardó en encontrarlos, parados frente a un desprendimiento que bloqueaba el corredor.
—Vaya perra suerte la nuestra —exclamó el brujo al ver las pesadas rocas que impedían el avance del grupo—. Raginar, Sniver, ¿podemos hacer algo con eso? ¿Sería posible despejar el túnel?
— Muy difícil empresa sería ésa, brujo. No tenemos nada para asegurar el techo e impedir que el derrumbe continúe, por no mencionar el tamaño de esas rocas. El peso de las más grandes sobrepasa con creces nuestra capacidad con las manos desnudas — dijo Sniver.
— Tendremos que dar la vuelta —añadió Raginar.
El brujo miró de reojo a Tigana, atento a su expresión. La mujer parecía contrariada, pero a la vez resignada. Los últimos acontecimientos la habían sobrepasado, y ya no tenía ni fuerzas para quejarse siquiera.
— Esos túneles que hemos pasado, donde se arrastraba el basilisco, ¿sabéis a dónde llevan? — siguió interrogando Geralt.
— Ni se te ocurra tomarlos. Sería un suicidio —dijo Raginar.
— La parte este va a parar a territorio duegar, enanos grises tan malvados como los mismos drows; la parte oeste conduce a las profundidades, a la infraoscuridad, territorio de los ilícidos o desolladores mentales. A pesar de que ambos caminos cruzan con túneles que llevan a la superficie, es mala idea tomarlos. Muy peligroso —explicó Sniver.
—No podemos retroceder para tomar el camino largo que descartamos. Tendremos que arriesgarnos, si queremos salvar a Enner. Tigana, ¿deseas dar tu opinión?
Ella miró a los tres personajes antes de hablar.
— Eso de “desolladores mentales” suena fatal. Mejor nos arriesgamos con los duegar…
— De acuerdo —se resignó Raginar—. Son dos días de marcha, uno y medio a paso ligero.
— Pues andando —zanjó Geralt—. ¿Quieres que lleve al niño, Tigana?
— Lleva mejor la espada presta —respondió ella—. Por si acaso…

El tiempo se deslizaba lento, tanto como los metros que avanzaba la penosa compañía. La parihuela improvisada entorpecía y ralentizaba la marcha, pero nadie se quejaba. El brujo encabezaba la marcha, precedido por una tenue bola de luz que la hechicera elfa había conjurado. Dentro del silencio, sólo roto por algunas gotas de agua al caer desde las estalactitas hasta el suelo, repararon en un sonido lejano, rítmico, y al percibirlo se detuvieron. Los dos enanos supieron al instante de qué se trataba. Dejaron con suavidad la camilla en el suelo y rotaron los brazos para desanquilosarlos.
— Duégars. Están extrayendo minerales en algún lugar más adelante—susurró Sniver.
— No debemos continuar, o nos daremos de morros con ellos—añadió Raginar—. Si están extrayendo, no serán pocos.
— Pues no podemos dar la vuelta, ni esperar. El estado del drow empeora. Tigana, ¿serías capaz de lanzarnos un hechizo de invisibilidad a todos? De ese modo, podríamos pasar ante sus narices sin ser vistos —dijo el brujo.
—Puedo, pero no sé cuánto tiempo lograré mantenerlo… Estoy muy cansada.
—En ese caso lo retrasaremos hasta estar muy cerca de ellos —decidió Geralt—. Me adelanto a la vanguardia, os avisaré si descubro un centinela.
Mientras los enanos recogían la parihuela, él avanzó hasta perderse en la oscuridad del túnel. Dos horas después, reapareció; se llevó el dedo índice a los labios indicando silencio, luego levantó dos dedos en dirección a ellos y señaló hacia atrás.
—Hay dos vigías a unos cien metros, tras la curva —les dijo en un susurro apenas audible cuando llegó hasta el grupo—. Pero aún estamos muy lejos del equipo principal. Sospecho que habrá más grupos de centinelas antes de llegar a ellos. Tigana, ¿podrás ocultarnos en cada ocasión?
—No lo sé. Mis fuerzas estás casi agotadas, Geralt…
El brujo agachó la cabeza, pensativo.
—Habrá que trazar otro plan. Tenemos que engañarles, sacarles de los túneles el tiempo suficiente para poder pasar. Y creo que sé cómo… pero no ahora. Pasaremos este punto de control, porque aún estamos lejos, y quizá también el siguiente. Pero, cuando estemos más cerca de los excavadores, pondré en marcha mi plan. Tigana, justo antes de pasar la curva, lanza tu hechizo. Vamos allá.

Los dos duégar estaban apostados a ambos lados del pasadizo, quietos como estatuas. Sus ojos escrutaban la oscuridad del túnel con el aire aburrido de alguien que lleva mucho rato realizando la guardia. Si sintieron una ligerísima corriente de aire cuando el grupo pasó entre ellos, no le dieron importancia, pues siguieron impertérritos en la misma posición.
—Creo que se acerca el cambio de guardia—susurró Raginar—. Esos centinelas no estaban frescos.
—Pues debemos apresurarnos, pues para llevar a cabo mi plan es mejor que estén cansados—repuso Geralt—. Igual que a vosotros, no debe haberles pasado desapercibido el aumento de patrullas drow en la zona y estarán muy preocupados temiendo que ataquen a sus trabajadores: eso explica que hayan apostado guardias tan lejos del grupo principal. Mi plan es hacerme pasar por un elfo oscuro: con un poco de suerte, me creerán un explorador que precede a un escuadrón. Espero que ello siembre el caos; correrán a refugiarse a su fortaleza y dar la alarma, se creará confusión y eso nos dará tiempo. Nosotros pasaremos, con ayuda del hechizo de Tigana, en ese momento.
—Ojalá no tardemos mucho en pasar —dijo Tigana—. Puedo alimentar al bebé mientras caminamos, pero me temo que debería cambiarle el pañal. También Enner necesitará pronto un cambio de vendajes…
—Es muy peligroso detenernos por aquí ahora —intervino Sniver—. Lo haremos tan pronto estemos a salvo.
Siguieron caminado. Encontraron un segundo puesto de guardia que salvaron del mismo modo y, cuando el sonido de los martillos les llegó claro y nítido, el brujo manchó su rostro con el barrillo oscuro que cubría las paredes del túnel; luego se vistió el pitwafi de Enner.
—Dioses, Geralt…—exclamó Tigana, satisfecha—. Ciertamente pareces un drow…
—¡Je, je, je! —rió Sniver—. ¡Esos idiotas van a cagarse en los pantalones!
—Esperad aquí un momento. Voy a dejarme ver de manera que crean que me han descubierto ellos, luego volveré aquí. Espero que unos huyan corriendo, pero los centinelas me seguirán. Cuando aparezca, ten presto el hechizo, Tigana—pidió él.
—Ten cuidado, Geralt —suplicó Tigana.
—Por descontado.
El brujo desapareció túnel abajo.

El centinela duégar estaba ansioso por terminar su guardia. Estaba aburrido y le dolían los músculos por las horas de estatismo. Miró con irritación a su compañero, que bostezaba continuamente y se apoyaba en la pared del túnel con descuido.
—Aún no hemos terminado la guardia, Rendax —le escupió enfadado.
El otro le miró con indiferencia y no sólo no cambió de postura, sino que volvió a bostezar abriendo mucho la boca.
—Eres un tocapelotas, Tuff—le contestó Rendax.
Exasperado, el duégar gruñó con enojo y avanzó unos pasos en la oscuridad. Y se quedó petrificado unos instantes: un drow se apretaba contra la pared del túnel, unos metros por delante, tratando de pasar inadvertido.
—¡Drow! —Gritó cuando se recuperó del pasmo—. ¡Corre a dar la alarma!
A Rendax se le congeló el bostezo, abrió mucho los ojos y luego giró en redondo, echando a correr como un enajenado.  Tuff dio unos pasos vacilantes hacia el drow, pero, cuando percibió el brillo metálico de una espada, lo pensó mejor y se volvió para seguir a su compañero.

Cuando el brujo regresó, Tigana se dispuso a lanzar el hechizo de invisibilidad, pero Geralt lo impidió.
—Aún no, los centinelas han huido y sólo había dos. Sigamos adelante. Iré en vanguardia para asegurar el camino, no os detengáis. Únicamente retrocederé si hay peligro: si lo hago, lanza el hechizo sin demora.

Reanudaron la marcha; al poco dejaron de oír el sonido de los martillos contra la roca y se impuso un silencio profundo. Un cuarto de hora después, el brujo reapareció haciendo señas de que se pegaran a la pared y Tigana lanzó su hechizo mientras todos se apartaban del camino. Al poco, una cuadrilla de duégars, armados hasta los dientes, pasaron junto a ellos sin verles.
Cuando atravesaron la zona de excavación, picos y martillos, mazas y escarpas yacían descuidadamente por el suelo plagado de cascotes, como prueba de la precipitada evacuación de los duégars al llegar la noticia del avistamiento de drow. Nada más pasar la zona, Tigana dejó que su hechizo se disipara. Su aspecto demacrado y cansado preocupó al brujo, pero no dijo nada.
—Ha sido fácil —dijo éste.
—No bajemos la guardia tan pronto —discrepó Sniver—. Aumentarán las patrullas, extenderán su radio y serán más numerosas. Debemos alejarnos de aquí lo antes posible.

En la lejanía pudieron oír un ligero susurro de botas contra la roca del suelo de la cueva, confirmando las palabras del svirfneblin.
Justo entonces, el bebé empezó a llorar con unos gritos que, seguro, podían oírse desde el mismísimo infierno. Geralt giró para encarar al resto del grupo, tan petrificado como ellos.
—Perra suerte…
No hizo falta una orden. Los cuatro echaron a correr mientras el susurro de botas cesó un instante para intensificarse después, en dirección a ellos. Tigana silenció al intranquilo bebé con un conjuro mientras trataba de seguir el ritmo frenético de los demás, pero pronto se detuvo con un gemido quedo, llevándose la mano libre al costado herido. Geralt se percató de ello y detuvo su carrera, después lo hicieron los enanos.
—No puedo seguir…—se quejó la hechicera elfa con un susurro entrecortado por la jadeante respiración.
El brujo miró a los dos svirfneblin.
—Dejad la parihuela en el suelo. No queda más que batirse con ellos… Esperemos que no sean muchos.
Los enanos así lo hicieron y, sacando sus hachas del cinturón de sus talles, volvieron sobre sus pasos con el brujo en busca de los duégar.
Geralt consumió su último frasco de elixir y guardó el recipiente antes de que los terribles espasmos sacudieran su cuerpo.
—Por los Dioses Oscuros, brujo —susurró Sniver, amedrentado al ver el terrible aspecto que ofrecía—, los efectos de esa poción deben ser extraordinarios si aceptas pasar por todo eso…
Tan pronto se pasaron los temblores, el brujo se irguió y escuchó claramente los sutiles sonidos que emitían los duégar al desplazarse hacia ellos. Calculó que se hallaban a unos cien metros.
Avanzaron para dejar más distancia con respecto al lugar en que esperaban los dos heridos y se plantaron en un punto más estrecho que el resto del túnel porque el brujo estimó que allí les costaría mucho más rodearles.
Aguardaron.
Los duégar les vieron allí en medio del camino, bloqueando el paso, desafiándoles. Corrieron hacia ellos, enarbolando sus armas, pero Geralt conjuró la señal de Aard y un viento fortísimo les arrastró rodando hacia atrás. Se levantaron con cautela y avanzaron agazapados, temerosos; la visión de dos svirfneblin junto con un drow levantó interrogantes cuando por primera vez repararon en ello. Se detuvieron a unos pasos del trío y les observaron con las armas prestas.
—No eres un drow —dijo el cabecilla, como si escupiera las palabras.
—Soy algo peor —repuso Geralt con la calma de aquellos que se saben capaces de superar cualquier situación.
—¿Qué hay que pueda ser peor? —se rió de él el duégar.
— Un brujo.
El duégar abrió mucho los ojos. Había oído hablar de los brujos, aunque nunca había visto ninguno. La prudencia se impuso en su mente.
—¿Qué hacéis en nuestro territorio?
—Eso no es de vuestra incumbencia. Pero lo que hacemos no tiene nada que ver con vosotros. Marchaos, y nosotros haremos lo mismo.
— Sois tres y nosotros os triplicamos. ¿Por qué habría de obedecerte?
Inmediatamente tras esas palabras, Geralt movió su mano haciendo la señal de Quen. Un campo protector, apenas visible, le envolvió tanto a él como a los dos enanos a tiempo de detener el hacha del duégar, que rebotó. Aprovechando el estupor del atacante, el brujo desvaneció el campo y atacó. La espada de acero silbó en el aire una sola vez, y el cabecilla trastabilló hacia atrás soltando el hacha y agarrándose instintivamente el profundo tajo que atravesaba su pecho.
—¡Largaos! —rugió Geralt con una voz que surgía del fondo de su garganta.
Los duégar, ahora desprovistos de su oficial, dudaron un corto instante. Luego le agarraron con prisas y retrocedieron lo más rápidamente que pudieron, perdiéndose en la oscuridad del túnel.
Ellos corrieron en dirección contraria, convencidos que los malvados enanos volverían con refuerzos.  

El angosto y monótono túnel desembocó en una gruta amplia y de alta bóveda con un lago natural de tranquilas y frías aguas. Decidieron descansar allí y recargar sus ya casi agotados odres.  
—No nos relajemos demasiado —dijo Sniver—. Donde hay agua hay peligro.
—El drow dijo lo mismo —afirmó Geralt—, pero es hora de atender a los heridos. Tigana, limpiaré tu herida antes de atender a Enner para que puedas ocuparte del bebé.

Mientras los dos enanos se retiraban discretamente a un rincón para orinar, el brujo mojó un lienzo en el agua y se acercó a la hechicera. Destapó la herida y descubrió que volvía a sangrar: no tenía buen aspecto. Algunos de los puntos que los sanadores svirfneblin le dieran habían saltado.
—Necesitarías nuevas suturas —le dijo—. Como no tengo nada con qué coserte, cortaré un trozo largo de la capa de Enner y te vendaré todo lo fuerte que puedas resistir.
Ella asintió y le dejó hacer. No se quejó en ningún momento, pero él sabía que estaba sufriendo. Luego, mientras ella cambiaba y amamantaba al bebé, él y los dos enanos hicieron lo mismo con el drow. La herida de Enner  no sangraba, pero tenía muy mal aspecto, y éste gemía y hablaba incoherentemente en su lengua, devorado por la fiebre. A Geralt le extrañó que no hubiera muerto aún, y supo que le quedaba muy poco tiempo. Si no alcanzaban pronto la superficie y llegaban rápido a Ellander, el drow estaba sentenciado. Intercambiaron unas miradas preocupadas entre sí, pero no le dijeron nada a Tigana.
Ella depositó al bebé en el suelo y se acercó a la parihuela. Tomó un lienzo húmedo y limpió con este la cara sudorosa de su amado. Luego deslizó sus blancas manos hasta la herida, dispuesta a usar una vez más la magia en ella.
—No lo hagas —le pidió Geralt retirándole las manos con suavidad—. No estás ya en condiciones. Es muy fácil que sobrepases el límite de tus fuerzas, lo sabes, y también sabes lo que ocurriría.
—No voy a dejar que muera, cueste lo que cueste —repuso ella con la desesperación impresa en la mirada.
—No sería suficiente, está muy grave. Es probable que muera y si tú también lo haces, ¿qué será de tu hijo?
Tigana retiró sus manos lentamente, sus ojos translucían una tormenta de pensamientos contradictorios y lágrimas de frustración, de impotencia.
—Comamos algo y prosigamos. La salida no está ya lejos —dijo Raginar, afectado por la congoja de la elfa.
Ella no quería comer, pero el brujo, aunque carente de la labia lisonjera de Jaskier, la convenció con palabras suaves. A Tigana, esas palabras le hicieron mucho bien en esos dolorosos momentos.
La primera señal de que la superficie estaba muy cerca fueron los murciélagos. Al poco notaron que la oscuridad se desvanecía gradualmente. El aire era más fresco y olía a hierba, a árboles. Tras un recodo encontraron la salida, iluminada con una luz tan intensa que les hirió los ojos.
Salir al exterior fue una experiencia terrorífica para los dos svirfneblin, cuyos ojos, que se negaban a abrirse, les lloraban doloridos. El brujo miró en derredor. Con su vista, allá a lo lejos, distinguió la silueta del Santuario de Melitele. Cerca de la salida de la cueva discurría un camino que parecía llevar la dirección del santuario.
—Volved a la cueva, amigos. No estáis hechos para el exterior, y demasiado nos habéis ayudado ya —les dijo a los enanos.
—Pero, ¿cómo podrás llevarle? Se necesitan dos para cargar la parihuela y la elfa no está en condiciones —replicó Sniver intentando sin éxito abrir los llorosos ojos.
—Puedo distinguir un carro, un vehículo, acercándose por el camino. La gente de por aquí suele ser hospitalaria, así que probablemente se avenga a llevarnos hasta Ellander. Vuestro cometido acaba aquí, amigos. Es hora de volver al hogar.
— Gracias por todo, por todo —intervino Tigana—. Os debemos la vida, amigos.
—Ayudaros ha sido una decisión acertada —dijo Raginar—. Sabed que allá abajo tenéis vuestra casa, si algún día regresáis.
Entrechocaron sus manos como despedida, sabiendo que probablemente nunca más se volverían a ver.
—¿Tendréis problemas con los duégar? —se preocupó el brujo.
Los dos enanos estallaron en sonoras carcajadas.
— Ninguno, brujo. A más ver, amigos.
— A más ver, camaradas.
Los dos svirfneblin trastabillaron hasta la entrada de la cueva, donde se perdieron de vista. Geralt cargó la parihuela dejando que la parte inferior arrastrara por el suelo e inició la marcha en dirección contraria.

Y dio la agradable casualidad de que el carro portaba mercancías al propio Santuario, por lo que el arriero no objetó a llevarles hasta allí con él. Hicieron sitio para Enner en la trasera del carro y Tigana se sentó a su lado, mientras que el brujo lo hizo en el pescante, junto al conductor. No era éste hombre de muchas palabras, cosa que Geralt agradeció, pues la fatiga no le ponía de humor para conversaciones.

La encontró en la cueva, recolectando las raras variedades de plantas medicinales que se cultivaban allí y sólo allí.
—Nenneke.
La sacerdotisa mayor se incorporó de inmediato para encarar al dueño de esa voz que tan bien conocía.
— ¡Geralt! ¡Cuánto tiempo! ¿Acaso habías olvidado el camino al santuario?
El brujo sonrió por primera vez en días.
—Sabes de sobra que eso nunca. Traigo dos heridos, uno de ellos extremadamente grave. No sé si tu medicina podrá hacer ya nada por él…
—No juzgues, brujo. Ya sé lo que opinas de la religión, pero te aseguro que los milagros existen. Déjame ver al herido.

—Por una vez tengo que darte la razón —dijo Nenneke al brujo. — Iola, tráeme vendas y compresas de sieyigrona; luego haz una infusión de ranog y escorocela. Rápido, niña. Ya no estás aquí.
Iola salió de la habitación mirando de reojo a Geralt, que la miró a su vez. La muchacha le tenía miedo desde aquello, le evitaba. Y él no la culpaba.
— Y ahora, brujo, ¿vas a contarme la historia o qué? Porque si ya no me sorprende nada, tú siempre consigues hacerlo. Quién me lo hubiera dicho, un drow.
— Es una bonita historia de amor. Te gustará.
Nenneke se sonrió mientras preparaba el escarpelo y la sutura.

El bebé dormía placenteramente en una cunita mientras dos adeptas cosieron y vendaron con una cataplasma la herida de Tigana. La obligaron a tomar un buen plato de humeante sopa y a comer un trozo de carne asada antes de acompañarla a la habitación de Enner. El elfo oscuro dormía plácidamente ahora, limpio y abrigado. La fiebre había bajado.
El brujo dormitaba en una silla a su lado, pero despertó súbitamente cuando ella entró en el cuarto.
— ¿Cómo está? —preguntó ansiosa.
— Mejor. Créeme cuando te digo que, si alguien puede salvarle, esa es Nenneke. Confía en ella.
La hechicera se sentó en la cama y observó al enfermo. Su semblante dejó entrever alivio.
—Tiene mejor aspecto.
—Tú también.
Tigana tomó la mano de Geralt y la besó.
—Gracias. Gracias, brujo. Por todo.
Él se sintió violento, pero no retiró la mano hasta que ella la soltó. Asintió con la cabeza, pero no dijo nada más. No fue capaz.
Cuando ella tomó la mano de Enner y comenzó a acariciar el rostro del drow, él farfulló una excusa y salió de la habitación.
Durmió catorce horas de un tirón, algo inaudito en él. Se despertó al alba, a la hora en que el santuario empezaba su actividad. Se encaminó a los baños envuelto en una toalla, pues las adeptas se habían llevado su ropa la noche anterior por orden de Nenneke. No tardarían en devolvérsela, limpia y remendada, como siempre.
Los baños estaban vacíos, así que se quitó la toalla y entró desnudo en una de las duchas, impúdicamente desinhibido. Se lavó con jabón antes de meterse en la piscina de aguas termales. Se dejó ir, boca arriba, flotando con las manos agarradas al borde, dejándose acariciar por las burbujas de aire que sacudían el agua. Cerró los ojos y se abandonó a sus pensamientos.
Oyó, con su fino oído unos pasos silenciosos en las losas de piedra. Creyó que era Nenneke y se incorporó respetuosamente.
Ella se quitó el albornoz y se metió en el agua, frente a él. El brujo la miró en silencio, incapaz de abrir la boca, sin saber qué decir ni cómo actuar.
—Hola, Geralt. Ha pasado mucho tiempo.
—Hola Yen. Nenneke no me dijo que estabas aquí.
—Lo sé. Yo le dije que no te dijera nada.
—¿Por qué?
—Porque pensaba irme. Porque no quería verte. Porque temía que si te tenía delante te arrancaría los ojos, como poco.
—Ni tú me prometiste nada ni yo a ti tampoco, Yen. Que yo recuerde.
—Cierto. Es verdad, brujo. Entonces, quizá deba darte la enhorabuena y todo. Quizá hasta deba tratarte de majestad, puesto que desposaste a una princesa. Y bien joven, por cierto.
—Déjalo, Yen. Ese papel no te va—dijo el brujo caminando hacia la escalera, dispuesto a salir de la piscina.
—Geralt…
El brujo se detuvo ante el tono suavizado de la hechicera y giró medio cuerpo hacia ella. La mirada de la hechicera cobró intensidad.
—Siento que muriera. A pesar de todo.
El brujo la estudió, buscando un indicio de burla, pero no lo encontró. Asintió con la cabeza y continuó su marcha. Salió de la piscina y cogió la toalla.
—Dime —dijo ella con reticencia, como si esas palabras escaparan de su boca sin poderlo evitar —, si te hizo feliz, aunque no sé si quiero saberlo.
—Sí, Yen. Pero se fue, ya no está, y lo que pueda haber sido ya no ha de importarte. Sólo a mí me importa.
—Geralt… ¿Se parecía a mí?
—Era todo lo opuesto a ti, en todos los sentidos. No quiero seguir con esto, Yen, no quiero.
Ella se acercó a la escalera y comenzó a subir.
—Quédate. No te vayas. Hablemos, Geralt. Hablemos de nosotros.
Y hablaron largo y tendido.


***


.
— ¿Qué es lo que te reconcome, Geralt? —oyó decir a Nenneke.
Entraba en la enfermería. Era hora de proseguir su camino y volver a la mina de Sottem a reclamar sus honorarios y la sacerdotisa salía en ese momento.
—Me conoces demasiado bien, Nenneke.
—Desde luego.Te conozco desde que me llegabas al ombligo, y no soy alta.
—Estoy bien, no te inquietes. Es sólo cansancio.
—Esa pareja te ha traído recuerdos. Lo sé. Lo veo cuando les miras. Y nunca había visto en tus ojos esa mirada. Estás mal, brujo. Y no te faltan motivos.
—No, no me faltan.
—No sé qué decirte. No tengo cura para esa herida, Geralt.
—No quiero hablar de esto, Nenneke.
—No tienes suerte, brujo. Maldita sea. Y hablando de mala suerte, ¿has visto a Yennefer?
—He hablado con ella.
—Quizá ahora te vea con otros ojos. Siempre se aprecian más las cosas cuando se pierden, ¿no crees?
Él guardó silencio. Sabía, en efecto, la respuesta. Pero no entendía cuál era el problema entre ellos dos, aparte de que no sabían entenderse demasiado.
—Yennefer es siempre muy Yennefer —dijo enigmáticamente, continuando su camino.

El drow estaba consciente. Había mejorado mucho en los dos días transcurridos, tanto que ya se encontraba fuera de peligro. Tigana le estaba ayudando con la sopa; pacientemente le acercaba la cuchara a los labios y esperaba a que tragara el líquido antes de repetir la operación.
Geralt entró con su capa y sus espadas colgadas tras los hombros.
— ¡Geralt! ¿Es que te marchas? —preguntó Tigana con disgusto.
— Debo irme ya. Hay que cobrar el trabajo y recuperar el caballo y el resto de mis pertenencias. Toma. —dijo tendiéndole dos cartas.
—¿Qué es esto?
—Una de las misivas es para el rey de Caingorn. La otra para los elfos de las Montañas Dragón. Allí podréis vivir en paz.
— Estamos en deuda contigo, brujo. Gracias —habló el drow con sinceridad, tendiéndole la mano. Geralt se la estrechó imprimiendo en ello toda la simpatía que sentía por él.
—Esperamos volver a verte, Geralt. Prométenos que vendrás a vernos cuando puedas… —dijo Tigana estrechándole la mano y reteniéndola después.
—No os voy a mentir. No creo probable que vaya por allí —repuso el brujo—, pero si viajara al norte, no me iría sin visitaros.
— Eso me vale —aceptó ella con una sonrisa, aceptando el beso del brujo en su mano.
—Adiós, amigo —se despidió el drow.
—Suerte —les deseó el brujo mientras acariciaba la oscura mejilla de Yazu´u al pasar junto a su cuna.



—Los túneles están ya limpios. Puedes enviar a tus mineros a los niveles inferiores sin miedo—dijo Geralt.
—¿Qué era, brujo? —dijo el señor Sottem.
—Un basilisco. Algunos drow.
—¿Algunos drow? —se escandalizó el capataz —. Eso son palabras mayores…
— Y mayor precio, me temo. Incluso los mil orens se quedan cortos.
El dueño de la mina palideció al oír aquello. Luego se puso rojo.
—¡No pagaré más de mil, y eso si te los pago! ¿Qué pruebas tienes más que tu palabrería?
Geralt dejó caer el colmillo de basilisco sobre la mesa tras la cual se sentaba el señor Sotten y sacó de su zurrón el pitwafi roto de Enner. El hombre volvió a palidecer.
— Te daré ochocientos orens, y ni uno más.
—Me darás mil y nadie se enterará de que en tu mina habitan elfos oscuros. No creo que nadie se interne en ella si se extiende el rumor, así que tendrás que excavar tú mismo.

El hombre no dijo nada más. Sudando de rabia, sacó las monedas de la recompensa, las puso en un saquito de piel y se las ofreció al brujo sin abrir la boca, pero mirándole con desdén.
— ¿Dónde está mi caballo?
—En los establos —respondió el capataz.
Geralt salió del despacho contento por un lado con su recompensa, pero enfadado porque siempre intentaban sisarle una vez completado el trabajo.
Entró en el establo y vio a Sardinilla en el último compartimento. La yegua, al verle, relinchó alegremente.
—Hola, bonita. Ya estoy aquí. No te preocupes, ya nos vamos de este tugurio —le dijo mientras cargaba la silla y se la colocaba en el lomo—. El camino nos espera.
La yegua acercó el morro a la cara del brujo y le acarició, contenta. Él le acarició a su vez el cuello, le dio unas palmadas.
—Sí, el camino nos espera

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#3
Me ha gustado la idea del relato, que comience como un contrato más y se vaya complicando la trama con el correr de las palabras. Me gusto menos que la historia anterior, eso si. Los diálogos son algo menos naturales, y algunos poco o nada aportan. Las escenas de acción son más largas y continuas, y eso cansa un tanto al leer. A Geralt lo noté en ocasiones más amable que de costumbre, pero eso puede entenderse por los sentimientos que le despiertan esos dos enamorados y en especial la elfa con el hijo.
Para marcarte alguna cosa más, que tal vez ahora ya lo sepas, es que los estoques son armas punzantes, y que como tales se esgrimen de punta. Hay un punto donde la draña calva "abre en canal" a un drow, y eso no es posible con un estoque, que lo más probable sería que la hoja se hiciera añicos.
En resumen, una buena historia que podría ganar más valor cortando algunos fragmentos.
Una pregunta: en algún sitio de la saga original menciona enanos que viven bajo tierra, en túneles y ciudades subterráneas?
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#4
Qué va, esto es una mezcla de ´Reinos Olvidados (ahí si salen drow, drañas, sniverlis o como coño se llamen, duengars y tal) con la saga del brujo, no me acuerdo por que surgió pero fue por algo que dijo alguien. Y fue un regalo para Tigana, una de las más carismáticas foreras de Fantasia Épica (el foro) que me pidió ser la prota de un relato del brujo porque era la única que que no salió en "Ni Frío Ni Calor", que originariamente contaba con casi todo el elenco del foro (eso lo quité en mi copia del word, claro).
Pero sí, está hecha de andar por casa y no me gusta lo suficiente como para arreglarla, se queda como anécdota.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#5
Me he quedado en el "confiemos en que no tengas que averiguarlo" porque es bastante largo.

Es un relato diferente a los que sueles escribir sobre el brujo. Me ha hecho gracia tu comentario porque realmente me parece un extracto más propio de Salvatore que de Sapkowski Big Grin No me malinterpretes (se que Salvatore no es de los escritores más valorados en este foro) porque a mí las dos primeras trilogías de El Elfo Oscuro me gustaron (sobre todo La Morada). Y por eso mismo verme a Geralt en ese submundo está resultándome muy entretenido, y me ha recordado a los años en los que leía "Reinos"  Rolleyes .

Buen detalle este: "El brujo, viendo su devoción, no pudo dejar de preguntarse si, en un hipotético caso parecido, Yennefer se prodigaría hacia él del mismo modo (..) le costaba imaginarse a la fría hechicera tan afectada como para poner en peligro su preciada vida". Ah, Yennefer, tu eterna rival, y sin embargo le haces ese pequeño reconocimiento  Wink  

Eso sí, "el infeliz se desplomó con cara de chasco" es una expresión puramente tuya, admítelo  Tongue  

El lunes continuaré. Y sí, tengo algún capi más atrasado, pero te esperas que no doy abasto  octopus
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#6
Buff, es k tienen muchos años estos fics... Y este como que me costó un huevo escribirlo y tal como lo escribí lo colgué para Tigana y me olvidé completamente. A mí también me gustaron las dos primeras trilogías del elfo oscuro, de hecho me lo he leído todo hasta el rey orco, esa ya no. Y mezclar los dos mundos no se de quien fue idea, y como yo me apunto a un bombardeo...
Gracias, rey, por tu comentario.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#7
Bueno, pues ya terminé.

Lo primero que quiero hacer es preguntarte por la reina/princesa que dices que Geralt se ligó. ¿Otro fanfic tuyo, o algún relato de Sapkowski que no conozco?

Bonita sorpresa la del reencuentro con Yen, al final. Aunque lo que más me ha gustado ha sido el abundante uso de pociones y señales. Un brujo no es solo su espada  Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#8
Si,todos estos fanfic son continuación, siendo historias aparte, del primero, que es "Ni frío ni calor" , que también está aquí posteado. Y en todos menos en "una voluntad" hay alguna referencia. Gracias, Dahghda.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#9
Coincido con Franco que algunos diálogos son más flojos que en anteriores Fanfic. Aquí Geralt es un Super Buenazo.  Wink Lo que más me ha gustado es la ambientación. A mí me gustó mucho hasta que Drizzt Do'Urden sale a la superficie. La antípoda oscura me parece un universo fascinante. ¡El potencial de mezclar los dos universos es enorme! Me hubiera gustado que el relato profundizara más en el mundillo drow, pero no se puede tener todo. Ya toca suficientes palos el relato.

Rehacer esto tiene que costar un huevo, pero sería increíble ver un largo viaje de Geralt por la antípoda oscura sin tantos heridos que arrastrar. Big Grin
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#10
Para rato vuelve el brujo a la Antipoda Oscura.Nadie pagaría lo que pediría, y ya se sabe cómo juzgan los brujos: si el riesgo es mayor que el pago, a otra cosa, mariposa.
Fijo que por deporte no vuelve!

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