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Reto Abril 19: El Castillo
#1
EL CASTILLO
*
Bégimo comenzaba a gemir más o menos a la misma hora todos los días. A Liz le gustaba mirar por la ventana del salón cuando eso ocurría, siempre y cuando la señorita Ypirétis no estuviera ahí para regañarla.

Lamentablemente aquél era uno de esos días.

Miraba ansiosa las tazas de té mientras todo temblaba en el acomodo de la enorme bestia que era el castillo. Ypirétis, que mantenía su estirada pose de institutriz, sostenía su taza en la mano mientras el contenido le chorreaba por los bordes.

— ¿Por qué no tomamos el té más tarde si siempre ocurre esto?

Ypirétis levantó su mirada negra sin iris y mostró una sonrisa ensayada.

—La hora del té es a las seis en punto, señorita Elizabeth. El mundo ha de adecuarse a las buenas maneras.

—No me llamo Elizabeth. —se quejó Liz —. Y, además, parece que a Bégimo le duele algo.

—Su madre quería ponerle ese nombre, y es mi deber hacer real ese deseo. Por lo demás, Bégimo se ha estado quejando por generaciones. No debe usted preocuparse de esos asuntos. Concéntrese en su té.

Liz se sopló un mechón de pelo que le caía en la cara y esperó a que el castillo dejara de temblar. Pasaron cinco largos minutos en el que la gigantesca estructura vibró con distintas frecuencias.

— ¿Por qué?

Ypirétis apuntó sus largas pestañas a la niña otra vez.

— ¿Por qué, qué, señorita Elizabeth?

— ¿Por qué Bégimo se queja tanto?

La institutriz dio un pequeño sorbo a la taza de té, desdobló un pañuelo y se limpió los labios en un movimiento que destilaba gracia y fineza.

—Es un animal viejo. —respondió, esquiva—. No me corresponde a mí hablar de otros sirvientes. No es de buena educación.

— ¿Sirvientes? —Liz se permitió sonreír con esperanza—. Pensé que Bégimo era un robot.
Ypirétis escondió una pequeña sonrisa tras el pañuelo. No había nada de natural en ella.

—Su imaginación se ha mancillado con la televisión, señorita. Bégimo ha sido el hogar de vuestra familia por cientos de…

— ¡Ya lo sé! —estalló Liz, poniéndose en pie y casi derramando el contenido de su taza. Ypirétis dejó el pañuelo en la mesa, alisó el faldón de su vestido y juntó lentamente sus manos en el regazo.

Luego levantó la mirada por tercera vez.

—Señorita Elizabeth. —comenzó. Su expresión era hielo puro —. Es de mala educación interrumpir a alguien cuando está hablando. Sobre todo si es alguien mayor que usted, y aún más si la información que está transmitiendo fue requerida en primer lugar por usted misma.

Liz volvió a sentarse. Se sintió mareada de súbito; Ypirétis estaba usando ese tono de voz que le hacía a sus tripas revolverse de una manera espantosa, como si bajo una orden su organismo completo tuviera que doblarse a la voluntad de la mujer. No era de extrañar que su padre respetara a la institutriz incluso más que muchos de sus demonios.

—Lo lamento, señorita Y. Cuidaré más mis maneras.

La mujer sopesó a Liz unos instantes, el tiempo suficiente para que la niña se fijara en detalles a los que antes no había dado importancia: Ypirétis tenía la piel tan blanca como el mármol, hecho que hacía resaltar sus labios rojos y sus ojos negros. Mirar esos ojos era como mirar en el corazón de la noche misma, una experiencia aterradora, en el mejor de los casos. Su simple presencia hacía que uno quisiera arreglarse el nudo de la corbata, masticara con la boca cerrada y estirara la espalda.

Y también estaba lo de su sombra.

El espectáculo la horrorizaba y fascinaba a partes iguales: la tiniebla que nacía de ella tenía vida propia, titilaba y se estiraba hacia ángulos extraños, pero si la miraba con suficiente dedicación, se normalizaba.

Había escuchado historias de la sombra de Ypirétis desde pequeña, después de todo, la mujer ya moraba en el castillo cuando Lord Colin, su padre, era un bebé.

—Bégimo ha sido el hogar de la familia Billinghurst por cientos de años. —repitió—. Desde entonces que ha servido a la casa. No necesita usted saber más que eso.

Liz asintió, sumisa. La sensación de control aun no abandonaba sus entrañas, y aunque su cuerpo le ordenaba quedarse sentada y terminar su earl gray, su mente le gritaba que saliera corriendo de ahí. Una vez había oído a Daga contar que Ypirétis había sido comprada a una ultrasecreta hermandad de monjas, en algún extraño mundo de algún recóndito plano. Liz habría insistido, pero Daga no era un tipo muy valiente como para quedarse hablando a escondidas de la señorita Y.

—Señorita Elizabeth, puede usted retirarse. Si no me equivoco, debe ir al jardín con Mandrágora. Hoy toca, hum, — revisó la libreta que llevaba en el delantal, aunque Liz sabía que la señorita Y recordaba todas las listas de memoria. —cultivo de hortalizas para el correcto funcionamiento del organismo en seres basados en la cadena de carbono.

— ¿Comida saludable?

—Es una forma poco precisa de decirlo.

Liz hizo una mueca, pero no se levantó. Ypirétis arqueó una de sus finas cejas.

— ¿Y bien?

— ¿Por qué nos enseñan así? ¿Por qué hay una forma correcta de comportarse? ¿Cuál es la idea de…controlarnos, de controlarme para que sea correcta?

Ypirétis contuvo un pestañeo involuntario y luego guardó lentamente la libreta en su delantal. Tomó aire antes de empezar a hablar.

—Las señoritas como usted, Elizabeth, rara vez tienen una noción verdadera de lo que el poder representa. Rara vez ven con claridad la realidad tal y como la ven sus propios sirvientes. Usted, que lo ha tenido todo, nunca se ha visto en la necesidad de rebajarse ante nadie, porque no hay nadie por sobre usted.
» La gente que nace inmersa en el poder y la riqueza, se ciega con mucha más rapidez que aquellos que surgieron desde abajo y lograron tocar la cima. Señorita Elizabeth, usted está destinada a tomar el control de la casa. Usted será Lady Billinghurst algún día, y cuando eso suceda, estará en la cúspide del poder. Una vez ahí arriba, se dará cuenta que ninguna pirámide puede mantenerse sin el apoyo de sus cimientos.

—Aunque los cimientos sean esclavos sin voluntad—murmuró Liz, mareada por la explicación. Ypirétis le lanzó una feroz mirada que casi la empuja del asiento.

—Sobre todo si los cimientos son esclavos sin voluntad, señorita Elizabeth. Eso puede significar la diferencia entre una muerte rápida o una eternidad de tormentos—la mirada de Ypirétis brillaba con un triunfo—. Hablando de esclavos sin voluntad; no se meta en problemas, señorita: Olvido no está aquí para protegerla con su letanía.

Liz tragó saliva, se puso en pie, hizo una reverencia y caminó hacia el jardín para encontrarse con Mandrágora. Casi echaba de menos la presencia de su demonio guardián.

Casi.

**
A Liz le gustaba el jardín.

Le gustaba que el aire fuera húmedo y dulce, o seco y amargo en otras secciones. Le gustaba que la luz se difuminara a través de los inmensos vitrales que representaban escenas de quizá qué cosas en quizá qué tiempos. Disfrutaba caminando por los senderos marcados con rocas, o por los elevados puentes que mantenían a raya a las plantas más peligrosas.

Pero por sobre todo, le gustaba Mandrágora.

Una sombra se asomó tras un pilar y casi de inmediato, desapareció. Liz corrió hacia allá con una enorme sonrisa en el rostro solo para pillarse de frente con un árbol nudoso que agitaba las ramas, como si un viento reciente lo hubiese mecido.

—No te escaparás—murmuró, corriendo hacia el siguiente movimiento.

Era como ir persiguiendo a un pequeño torbellino que mecía todo a su paso. Cada planta y cada flor, cada uno de los apretados y extraños árboles que poblaban el jardín, cada bulbo carnoso de apariencia amenazante y cada hongo luminoso vibraban segundos antes de que Liz pasara por ahí.

— ¡Te pillé!

El movimiento se detuvo cuando Liz estuvo frente a una enorme corteza que ocultaba parcialmente los ventanales que daban hacia el cielo. La niña sonrió y esperó a que ocurriera la magia.

—Está bien, —dijo una voz cavernosa, distante —te la dejé fácil esta vez.

La corteza comenzó a burbujear, como si de pronto hubiese entrado en ebullición. Ya casi llegaba la mejor parte: un rostro empezó a definirse a través de la madera, primero la nariz, luego los pómulos. Una frente amplia, el contorno de un pecho femenino.

Mandrágora apareció con una gran sonrisa en su rostro de madera, que para Liz, era una de las pocas cosas capaces de recomponerle el alma luego de un encontrón con la señorita Y. La criatura dio un grácil paso fuera de la corteza y de pronto sus colores comenzaron a asemejarse a los que se esperaban de un ser humano. Lo que en un principio habían sido bordes rugosos, ahora se convirtieron en un vestido ajado, pero no por ello menos fabuloso.

—Hm, veo un poco de sombra en tu cara. —dijo Mandrágora. Su voz ahora era dulce, de una fragancia comparable a las exóticas flores que abundaban por el jardín. —Parece que estuviste cerca de la señorita oscura.

Liz se mordió el labio, ya casi se había olvidado de la institutriz.

—Nada que me quede para siempre.

—Más te valdría. No dudará en recordártelo otra vez. Y entonces te regañará de nuevo.

Mandrágora se acercó a la niña y le puso una mano en el hombro. Liz miró hacia arriba y, como siempre, la visión la sobrecogió: Mandrágora era una criatura hermosa, casi una aparición onírica en medio de toda esa pesadilla constante.

—Lo dices como si ella tuviera razón.

Mandrágora sonrió, y sus dientes ya no eran madera, sino de un blanco perfecto.

—Pequeña Lizzy, ella suele tener razón. Si alguien dice lo contrario es porque no ha pasado tiempo suficiente arriba de Bégimo.

Liz hizo una mueca.

—Suenas casi como si te agradara. —se quejó.

La risa de Mandrágora fue tragada por la frondosidad del jardín.

—No Lizzy, no confundas las cosas. Ella está lejos de agradarme. Pero si tiene razón, la tiene. —se volteó y caminó hacia una de las escotillas que daban hacia el Balcón —. Ven, vamos a lo nuestro. Hay algo que debes aprender y que debo enseñarte.

Mandrágora abrió la escotilla y al instante la humedad se escapó hacia el vacío. Liz se recogió el cabello para lograr apreciar la vista. No siempre tenía la oportunidad de mirar hacia afuera, ya que solo su padre y sus sirvientes de mayor rango sabían el rumbo de Bégimo. No pudo ver nada más que manchas difusas en un cielo de aspecto extraño, los barrotes ocultaban en gran parte las ventanas, dejando pasar solo la luz del día.

—Vamos, la huerta está recibiendo el sol en este momento. Debemos aprovechar antes de que Bégimo se mueva hacia otro lado.

Liz siguió a Mandrágora a través de los estrechos pasillos metálicos del Balcón, que no era otra cosa más que un montón de andamios y escalinatas en la coraza de hierro de Bégimo. Los pensamientos de Liz volvieron a enfocarse en el gigantesco castillo.

— ¿Qué es Bégimo? —preguntó de pronto.

Mandrágora se volteó un instante sin dejar de caminar y luego siguió mirando hacia el frente.

—Esa es una pregunta complicada.

—Creo que la pregunta no es complicada. Los complicados son ustedes.

—Parece que alguien estuvo estudiando retórica—se burló la mujer. Liz hizo una mueca.

Subieron la escalinata final y llegaron a un estrecho salón con un tragaluz que subía en varios grados la temperatura.

—Ahora estás sonando como Olvido ¿Es que acaso nadie me ve como un ser humano en vez de como una tabla en blanco sobre la que escribir?

La risa de Mandrágora voló junto con el viento que se colaba entre las rejas.

—El concepto de humanidad es un poco complicado. Cierra esa puerta, no vaya a ser que salgamos volando aquí arriba.

—Estás ignorando mi pregunta otra vez.

—Has hecho muchas preguntas Lizzy. A veces, los adultos tenemos que tomarnos nuestro tiempo para responderte. Con el tiempo entendemos las cosas de una manera, solo gracias a la experiencia que tenemos, pero, si te las repetimos tal y como las entendemos ahora, no siempre van a tener el mismo impacto en ti, que eres más pequeña.

—Me estás tratando como una tabla en blanco otra vez. Además, ni siquiera eres un adulto. Eres una criatura a medias entre una planta y un ser consciente. Quizá no eres la persona más indicada para responder sobre humanidad.

Mandrágora que en ese momento había tomado una raíz de aspecto asqueroso, se detuvo en seco. Una mueca cruzó los rasgos de su rostro. Liz sintió que los colores le subían a la cara y quiso retractarse de sus palabras.

—Yo… lo siento, no quise decir…

—Sí quisiste. —murmuró Mandrágora —. Y está bien. No soy un ser humano. Estoy lejos de serlo. Y la verdad no tiene por qué dañarnos si aprendemos a lidiar con ella. Agradezco el hecho de que me hayas tratado de persona al menos.

—Perdóname, Mandrágora.

Mandrágora se sentó en una banqueta e invitó a Liz a que hiciera lo mismo.

—No hay nada que perdonar. —La mujer miró a través de los ventanales, aunque Liz no estuvo segura de si veía algo realmente. — ¿Sabes por qué los sirvientes de tu padre son tan parcos al hablar de sus orígenes?

—No les gusta que pellizquen su pasado. Supongo que se sienten ofendidos.

—En parte es eso, y en parte no. Muchas de las criaturas que están bajo el poder de tu casa no están de manera voluntaria, son esclavos en su mayoría. Muchos de ellos están obligados a tratarte bien, bajo poderosos hechizos y voluntades de hierro que los atan a ti y a tu padre.

Liz tragó saliva, la última frase de Ypirétis resonó en su cabeza. Eso puede significar la diferencia entre una muerte rápida o una eternidad de tormentos.

—Sigo sin entenderlo bien. —murmuró.

—En el origen, en sus pasados, reposan sus nombres reales. La única cosa que podría hacerlos libres de sus cadenas. Tu padre conoce el nombre real de todos los sirvientes que habitan en Bégimo, y así es como consigue que ellos le sirvan.

—Por eso la letanía de Olvido…

—Sí, Olvido tiene el nombre bien puesto. Hasta la fecha, ha sido uno de los únicos que ha intentado revelarse y buscar su nombre real.

— ¿¡Qué!? ¡Pero si es el más fiel sirviente! No creo que mi padre haya puesto al más inestable a…

—Sí, lo hizo. Supongo que de alguna manera es parte de tu aprendizaje. —Mandrágora suspiró y por un instante sus ojos se transportaron hacia otro tiempo —. Nunca entendí realmente a Lord Colin.

— ¿Y tú? ¿Tienes un nombre verdadero?

Mandrágora rio suavemente.

—Claro que lo tengo. Pero a diferencia de muchos de los de aquí, yo soy voluntaria. Ningún hechizo me ata a este castillo. Por lo tanto, yo conozco mi nombre real, y no es ningún secreto.

Liz no pudo disimular su sorpresa.

— ¡No puede ser!

—Es la misma reacción que tuvo Ypirétis cuando…me uní a la tripulación.

—Oye, eso fue casi ofensivo.

—Entonces, estamos a mano, Lizzy.

—Pero…no entiendo ¿qué tiene que ver esto con lo que te pregunté hace un rato? ¿Por qué nadie quiere decirme nada sobre Bégimo?

—Bégimo es otro de los sirvientes que han logrado una lealtad a la casa sin necesidad de ningún truco mágico. A Bégimo lo premiaron con la entrega de su nombre hace muchos años, y él decidió quedarse y servir a la casa. Supongo que la verdadera lealtad no nace de la obligación.

—Entonces… ¿Bégimo es un ser consciente también? —Liz miraba a Mandrágora boquiabierta— ¿Y por qué estás voluntaria aquí? ¿Acaso estás loca?

Mandrágora sonrió y pasó una mano por el cabello de Liz. La niña se sintió sobrecogida por ese gesto repentino, replanteándose sus dichos sobre la humanidad de Mandrágora. Curiosamente, la criatura mitad árbol mitad ser consciente había sido una de las pocas en demostrar algo de cariño, notoriamente más que Lord Colin, su padre.

—Claro que es un ser consciente—siguió Mandrágora. —De otra manera, no podríamos andar libremente en los Interludios. Bégimo conoce los lugares más seguros para deambular de un lado a otro.

—Siempre pensé que había una sala de mando o algo así—comentó Liz—Quizá por eso nunca la pillé.

—Hay muchas cosas que no has pillado, pequeña Lizzy—rio Mandrágora. —Estás a años luz de pillarlas. Muchas se te revelarán mientras pasen los años, otras las descubrirás por accidente. Nosotros te enseñaremos las más importantes, y algunas, — hizo una pausa y clavó su intensa mirada en Liz—niña, simplemente no las verás nunca.

Mandrágora se puso en pie y su actitud cambió de golpe. Liz reaccionó de inmediato y se cuadró, esperando las órdenes.

—Ponte el equipo, hoy trataremos sobre cómo sobrevivir en ambientes cáusticos poco amigables con los seres creados a partir de la cadena de carbono.

***
— ¿Qué es Bégimo?

Daga ladeó la cabeza sin dejar de mirar a Liz. Ignorando su pregunta, lanzó un estoque hacia el frente que le dio de lleno en la mano de la espada a la niña. El hueso cloqueó con el disloque y Liz se vio obligada a soltar el arma con un gemido.

—Mala idea esa, la de hablar mientras peleas.

Liz maldijo entre dientes mientras se sujetaba la muñeca. Lentamente el hueso se reacomodó a una posición más natural, pero no por ello el dolor fue menos intenso.

—Mala idea la tuya, de no contestar mis preguntas— masculló Liz.

Daga se encogió de hombros y se rascó la poblada barba que casi le llegaba al estómago. Luego mostró una sonrisa filosa. Con el tiempo, Liz había aprendido a apreciar esa sonrisa llena de amarillos y ocres.

—Bégimo es la razón de por qué no estás muerta ya —informó Daga.

Liz probó su mano derecha, abriendo y cerrando el puño. Cogió la espada y se puso en posición de nuevo. Quiso preguntar, pero notó que Daga no le daría tiempo, debía lograr al menos un punto para dar por finalizada la lección de hoy. Desde que empezara, llevaba más de tres horas sin conseguirlo.

Daga saltó hacia el frente, reduciendo la distancia con la niña en menos de una milésima de segundo. Fintó hacia un lado dejando que el espadachín se encontrara con la pared y aprovechando el hueco en su defensa para ensartarlo con la espada a la altura de las costillas.

El arma se hundió con un crujido húmedo en Daga al tiempo que Liz sintió que el mundo se iba a negro.

—Bien hecho—dijo Daga, con la empuñadura de Liz asomándose bajo su axila —. Pero tú también estás muerta.

Los puntos negros asaltaron su visión mientras una horrible sensación de vacío se apoderaba de su estómago. Liz logró ver en el suelo el charco de sangre sobre el que estaba parada, su propia sangre. Sus tripas resbalosas humeaban desde la herida abierta. Sintió verdadero pavor. Siempre era así.

El mundo desapareció.

—Despierta, niña.

Liz volvió a abrir los ojos para ver cómo las tripas volvían a meterse en su cavidad abdominal. La sangre en forma de pequeñas gotitas ascendía por sus piernas en un rebaño de glóbulos rojos.

—Odio cuando haces eso—se quejó Liz, con el dolor palpitándole en el bajo vientre —. Debería mandar a colgarte.

—Solo me dejarías sin hablar, —rio Daga. — y no por tanto.

Liz se sentó a horcajadas en el suelo para recuperarse de la conmoción, la idea de morir no le gustaba. No le había gustado desde la primera vez que había muerto en la arena de combate. Una falsa muerte, en todo caso, pero no por ello menos espantosa.

— ¿Por qué Bégimo?

— Nunca habías preguntado. ¿Creías que era yo quien te revivía? No soy ningún tipo de nigromante, niña. Esos tipos no son de mi agrado, prefiero que lo muerto siga muerto, aunque hoy es mucho pedir.

—Aun así, me matas.

—No es una muerte real; Bégimo se encarga de que no mueras realmente. Imagínate el problema que sería para el Señor Colin el que tu alma quede expuesta a las Puertas del Fin. No. Muerte falsa.

—Responde mi pregunta, maldita sea ¿Por qué Bégimo?

Daga ladeó la cabeza, sin comprender. Luego abrió mucho los ojos y asintió.

—Ah, Bégimo está imbuido de un aura de reparación. Es simple, pero poderoso. Nada aquí puede morir, pero tampoco estará mejor que cuando ya entró.

— ¿Una especie de estasis?

Daga la miró con los ojos clavados muy abiertos.

—Es un hechizo. Los que son como Bégimo lo usan en pequeñas cantidades para mantener vivos sus propios parásitos. Él es una cosa especial, eso sí.

— ¿Los que son como Bégimo? ¿Él? —Liz se puso en pie, alisó su traje de combate y apretó los puños — ¿Alguna vez me van a decir qué o quién carajos es Bégimo?

Daga se quedó quieto, como escuchando algo que Liz no logró captar. Luego dio un paso hacia una de las ventanas.

—No puede repararse a sí mismo. No sé por qué. No todos sabemos todo.

Liz bufó y volvió a sentarse.

—Cuéntame lo que sabes de él. ¿Es un ser vivo? ¿Alguna vez fue otra cosa? ¿Por qué ahora parece una máquina gigante?

Daga sopesó las preguntas un rato y luego se sentó con Liz, frente a frente. El olor que desprendía el hombre era picante. Liz sabía que Daga era adicto a un montón de hierbas, ungüentos y drogas mágicas, todas para lidiar con la terrible infección que acarreaba desde hace muchos años.

—Abel Billinghurst, el tatarabuelo de Colin era un domador de bestias. El behemont es una bestia peligrosa, cruza mundos y los devora, un depredador. No puedes atraparlo porque te lleva a otro plano en el que no puedes sobrevivir. — Daga hizo chasquear los dedos para hacer énfasis—. El behemont se aparea y cuando lo hace, mata a otro behemont. Bégimo era uno de los perdedores. No consiguió a la chica.

Daga se rio entre dientes y dio una palmada al suelo. Liz enarcó una ceja.

—Abel lo encontró moribundo y lo rescató. Lo hizo esclavo de su voluntad, lo usó para escapar hacia otro lugar. No sé cuál. Los tuyos suelen meterse en muchos problemas niña, y no todas las historias llegan a saberse siempre.

—Te estás yendo por las ramas, Daga.

—Como Mandrágora— Daga volvió a reír —. Ramas, je. ¿Lo pillas?

—Más ingenioso mientras más viejo.

—Bégimo se resistió, no le gustaba ser esclavo. A nadie le gusta ser esclavo. —Daga hizo una mueca de disgusto —. Pero Abel lo trató bien y cuando Abel casi muere, por algo que no sé. Otros problemas, seguro. Bégimo lo quería, así que lo reparó como él reparaba a los parásitos que lo habitaban y parece que se esforzó tanto que él no pudo volver a repararse nunca.

Liz se quedó pensativa un rato, digiriendo las palabras de su instructor de combate.

—Pensé que sería una historia más emocionante —comentó luego de un rato.

—No tenía por qué serlo. Bégimo no es de muchas palabras, no sabe contar historias.
Liz frunció el ceño.

—Tú me contaste la historia, idiota. Tú no sabes contarlas.

—Sé contarlas cuando son mías, niña—Daga bufó y se puso en pie —. Si hubieras dicho eso fuera de Bégimo ya estarías muerta, pero de verdad. Yo sé contar historias.

—No podrías matarme de todas maneras— se burló Liz —. Mi padre te liquidaría.

—El problema de la señorita es que habla demasiado. Se queja mucho y pelea poco. Ponte en pie, que voy a matarte otra vez.

— ¡Pero si ya hice el punto!

—Yo no morí y tú sí. Bégimo no estará siempre para protegerte. Tú no estarás arriba del behemont toda tu vida. ¡En guardia!

****

Entre los pasillos metálicos, el sinfín de cables y los tubos, era difícil encontrar un pedazo de carne de la bestia. Liz sabía que debía haber al menos uno en alguna parte. Era imposible que solo se moviera por la pura voluntad de su corazón. Es más, el corazón debía estar en alguna parte.

Naturalmente Bégimo era del tamaño de una pequeña ciudad y recorrerlo de cabo a rabo requería una cantidad considerable de tiempo. Incluso, considerando lo limitado que tenía Liz su paseo bajo las reglas estrictas de Colin en su ausencia, debía haber alguna manera de pillar aunque sea un poco de carne palpitante.

Liz bajó y subió escaleras, abrió puertas, se acuclilló bajo los paneles de mando, abrió ventanas que más tarde se arrepintió de haber abierto y tras mucho recorrer, logró encontrar lo que estaba buscando;

— ¡Puertas del Fin!—exclamó. Un pequeño cuadrado de rugosa piel grisácea aparecía bajo un entramado de cables oxidados. A unos cincuenta centímetros del suelo el pequeño cuadrado parecía una pintura de mal gusto sobre un papel mural aún más horripilante.

Liz despejó como pudo los cables e introdujo una mano para tocar la piel. Estaba fría al tacto, era áspera pero de alguna manera despedía un leve hálito de vida natural.
Cerró los ojos y concentró su propia energía vital, como le había enseñado Mandrágora para expandir su consciencia hacia otro ser. Visualizó un pequeño haz de luz avanzando a través del entramado muscular, colándose en las células, inmiscuyéndose a través del canal de la vida.

Lizeth sintió que abandonaba su cuerpo para adentrarse en algo más grande, un tapiz complejo de enrevesado entramado. Al principio notó dicha al expandir su mente, pero pronto notó que la fuente de dónde provenía todo estaba mancillada por algo aún más grande que la voluntad que la mantenía en pie.

Miedo, horror.

Una voluntad de hierro navegando a oscuras por una noche eterna de sufrimiento. Un pozo inmenso de dolor reverberante que ocupaba todos y cada uno de los espacios disponibles de la existencia. Un grito mudo ante… algo. Supo que esa voluntad de hierro era Bégimo.
Liz vio innumerables mundos pasando ante sus ojos, todos manchados por la presencia de esa cosa, de esa otra voluntad mayor, indiscutible, absoluta. Lenta, pero inexorable. Su simple existencia era una orden, un mandato que moldeaba todo lo que puede y no puede ser moldeado.

Quiso llorar, desaparecer, dejar de contemplar el tétrico espectáculo de la vagancia en el vacío, pero no pudo. El grito mudo resonó en su alma a medida que la voluntad avanzaba, sin ceder un ápice ante nada.

El miedo, el horror. Estaba más cerca. Ella lo supo, Bégimo ya lo sabía.

— ¡Elizabeth!

La voz la arrancó de ese lugar, de ese tiempo.

Abrió los ojos y se alejó de la pared, arrastrándose por el pasillo. Su corazón latía en el pecho y la boca le sabía a flema, a vómito amargo. Un calor húmedo le empapaba las piernas, y el olor…

—Elizabeth, —repitió la voz, había decepción en su voz. —le dije que no era buena idea inmiscuirse en el pasado de los sirvientes de su padre.

Ypirétis estaba de pie a contraluz de los faroles que iluminaban el pasillo. Su sombra bailoteaba hacia Liz, quien al darse cuenta retrocedió un par de pasos, dejando una estela de humedad a su paso.

—He visto. —murmuró, con las lágrimas anegándole la garganta—. He visto.

Ypirétis se acercó un poco y se inclinó lentamente. Cada uno de sus movimientos era de una gracia infinita. Liz sintió deseos de abrazarla, lo que le hizo pensar en que su actual estado era tremendamente vulnerable.

—Sí, Elizabeth. Ha visto. Y probablemente la ha visto a usted.

— ¿Qué es? ¡¿Qué es?!

—Bégimo lidia con eso todos los días. Desde que decidió servir a Lord Abel Billinghurst, desde que se alejó de su primitiva vida animal y sirvió a la casa de vuestro tatarabuelo.

—…dime lo que es. Necesito…

—Es lo que Bégimo evita a toda costa. Por eso nos guía por los Interludios de manera segura: para saber dónde no está, primero debe saber dónde sí está. Y ahí radica el verdadero horror.

Liz sintió ganas de estallar en sollozos, pero el congelamiento de su corazón le impedía siquiera quitar la mirada de Ypirétis.

—Eso que vio ahí afuera es la Oscuridad Insondable, señorita Elizabeth. Procure alejarse lo más que pueda de ahí. No es algo que quiera conocer tan joven, no con su inexperiencia. Menos aun con sus caprichos infantiles.

La voz de la mujer rebotó en los recovecos de su cráneo. Era imposible dejar de oír el silencioso quejido que le hizo temblar el alma.

— ¿Cómo….cómo lo sabes?

La boca de Ypirétis mutó en una sonrisa, que por un instante, un breve instante que pareció una eternidad, le hizo a Liz recordar lo que había vivido ahí fuera.

—Yo nací ahí, Elizabeth. Por eso lo sé. Quizá ahora aprenda a no indagar más de lo necesario cuando uno de nosotros se lo advierta. Quizá debería simplemente aceptar que Bégimo es nuestro castillo y que nosotros somos sus moradores.

Liz cerró los ojos con fuerza, quiso olvidar todo lo que había vivido, alejarse lo más posible de esa sensación de absoluto, pero no pudo dejar de oír el grito mudo de la bestia.

No dejaría de oír el desgarrador grito del castillo hasta el último de los días de su vida.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Interesante relato, aunque parece más el capítulo de algo más grande. Hasta cierto punto ese final abierto funciona para terminar el relato, el problema reside en todo el trasfondo que se plantea para llegar a ese punto, dejando demasiadas preguntas sin respuesta.

Sobre la narración, aunque funciona, la manera en que se narra, jugando con el misterio, da lugar a una confusión con respecto a lo que se lee: se hace mención a robots y televisiones, ¿está el relato situado en la actualidad?, ¿en el futuro?, ¿en el siglo pasado?, ¿es una especie de mundo steampunk? Aunque es más problema de la historia, el hecho de que la narración sea parca en descripciones, hace que esos detalles choquen con el resto de la narración. Con respecto a la descripción de la señorita Y, parece introducida de manera forzada: dice que ahora se fija en detalles que antes no, pero se supone que esto ya lo ha vivido antes, por tanto esas veces ya habría estado fijándose en como es Ypirétis; también hay algo raro en lo de la sombra, la manera en que se describe, parece que se refiera que al mirarla ve las formas raras pero al ponerle empeño en mirarla ve que es normal, cuando debería ser mirarla de reojo y ver esas danzas y titileos, y mirarla directamente (sin necesidad de mirarla con dedicación) y ver que es normal (o lo aparenta).

En cuanto a errores: Solo me dejarías sin hablar, aunque puede no ser un error, por cómo está escrito el diálogo diría que en realidad es habla; cuando dices ¿Una especie de estasis?, me haces dudar si querías decir éxtasis o usas estasis de manera metafórica; y hay unas cuántas veces que el diálogo lo empiezas separando el texto del correspondiente signo.
Responder
#3
Pues no se qué decir. Me ha recordado un poco a una peli de dibujos de un castillo volante que le ponía a mi hijo cuando era pequeño, solo que este relato mezcla fantasía y ciencia-ficción. La forma en que está escrito, con un continuo misterio, y dado que la protagonista es una niña, me hacía pensar de que al final no sacaríamos nada en claro... y algo de eso ha habido. Me queda la sensación de que el castillo es una nave espacial, pero tampoco estoy segura.
Una cosa sí es cierta: eres peor que Geralt a la hora de buscar nombres... joder qué nombres más feos, coño. Sólo se salva la nena.
No está mal, no me malinterpretes, pero me fastidia no acabar de entender lo que leo...
Suerte en el reto.
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#4
Ypíretis parece inspirada en la señorita Rottemeier de Heidi por varias cosas, entre las que destacaría el no aceptar llamar a la protagonista por su diminutivo, ¿ha sido algo buscado? (Este punto no es una crítica negativa).

El narrador no debería decir que Mandrágora es mitad ser consciente, ya que es consciente del todo. Faltan algunas comas. Por lo demás está bien escrito, aunque me deja con la misma impresión que a Sashka
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#5
Pues a pesar de sus carencias, este relato me ha gustado bastante. La narración pausada tiene buenos destellos de prosa y también me han gustado los detalles que introduce, que hacen que gane en riqueza.
En su periplo por el castillo Liz nos va haciendo un repaso de la personalidad y funciones de cada uno de los secundarios, utilizando como hilo conductor la incógnita sobre qué es Bégimo. En cuanto al trasfondo, parece muy rico y con muchos aspectos a explotar. Como bien señalan más arriba, da incluso para una novela corta.
La pequeña Liz, en su ansia por descubrir los misterios ya, comete la insensatez de conectarse a Bégimo. Esto es algo recurrente en la historia de la humanidad y en la adolescencia en concreto: no hago caso de mis mayores, quiero experimentar las cosas por mí mismo. En ocasiones, puede costarte la vida.
En definitiva, a pesar de algunas repeticiones, la puntuación en los diálogos mal colocada, la raya de diálogo que necesita ser mejorada y algunas oraciones que he tenido que leer un par de veces, creo que es muy rico y con mucho potencial.
Enhorabuena!
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#6
¡Este mensaje se me ha enviado solo y me he metido a eiminarlo, pero no sé cómo se hace! Solo puedo editarlo... XD ¿Una ayuda?
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#7
Para empezar, debo decir que Bégimo me ha parecido un nombre excepcional para un castillo. Algo así como Alejandro en Final Fantasy IX. Destila elegancia y poder. Los demás nombres me han parecido originales y acordes con la historia (al menos, la que planteaba yo en mi cabeza).

Me ha gustado leerlo, aunque he de reconocer que sentía cuando avanzaba que pertenece a algo más grande, a una novela. Un relato que quizás no se sostiene por sí solo y necesita de más. No me importan demasiado las faltas de puntuación u ortografía pues, dentro de lo que cabe, es perfectamente inteligible.

Me va a terminar pasando con muchos de los relatos que lea aquí... ¡Quiero saber de dónde salen y si hay algo más grande detrás!
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#8
(16/04/2019 05:07 PM)Carlos Walter escribió: ¡Este mensaje se me ha enviado solo y me he metido a eiminarlo, pero no sé cómo se hace! Solo puedo editarlo... XD ¿Una ayuda?

¿No te sale un botón de borrar en la parte de abajo, justo al lado de editar?
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#9
(16/04/2019 05:24 PM)JPQueirozPerez escribió:
(16/04/2019 05:07 PM)Carlos Walter escribió: ¡Este mensaje se me ha enviado solo y me he metido a eiminarlo, pero no sé cómo se hace! Solo puedo editarlo... XD ¿Una ayuda?

¿No te sale un botón de borrar en la parte de abajo, justo al lado de editar?

A mi no me aparece ese botón.
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#10
No aparece... De todos modos, tendré más cuidado la próxima vez. O, yo que sé, meteré un chiste.
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