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[Relato, Fantasia Oscura] Arbetein
#1
Este es un relato para un reto mensual antiguo, con limite de 2500 palabras y la norma de abajo.


Norma: "La mujer de la imagen debe ser un demonio, pero quiere dejar de serlo"


[Imagen: 697100_(1).png]


La Streshee avanzaba a pie firme por el bosque que llamaban Hueco, sin guía ni destino claro. La espada larga no era lo que le daba esa firmeza, sino un corazón vacío y un deseo de venganza.
Su vista llevaba la delantera. Clavados allá delante, su ojo celeste y su ojo blanco, aparentemente ciego, escudriñaban entre las cortezas de las hayas y los robles. No veía con ellos otra cosa que más hayas y más robles.
Continuó, sabiendo que ello no duraría para siempre.
Y no duró. Al acuclillarse frente a la huella de un ciervo solitario captó un movimiento fugaz a la izquierda. Una sombra. De inmediato torció la cabeza y miró, en vano. O no, no en vano: supo que iba por buen camino. Se levantó y frotó los guantes para limpiar la tierra adherida a ellos. Entonces tomó del ronzal a Penumbra y la impulsó a seguir.
Su tenacidad se vio asediada por una sensación común en ella, una que le decía que el peligro crecía con cada paso que daba. Más de una vez divisó esa sombra escurridiza, y una vez oyó una voz, un susurro que le dijo que se fuera. Su respiración se mantuvo en todo momento tranquila, y sus botas de caña alta siguieron turnándose para pisotear la tierra desnuda y llevarla a lo profundo del bosque.
Llegó algún tiempo después. Las ruinas de una construcción le dieron la bienvenida. Era de piedra, aunque esta ya casi no se atisbaba bajo el manto musgoso y las enredaderas que caían en cascada desde lo alto de la muralla. El arco de entrada ya no era tal, pues le faltaba la curva superior, aunque las puertas de gruesa madera que tenía debajo seguían intactas. Elevándose de todo, intentando escapar del imparable avance del bosque, una atalaya parcialmente destruida le dijo que se trataba de un viejo castillo.
La Streshee empujó las puertas y avanzó. Un caminito de piedra nacía bajo sus pies e iba hasta unos escalones que llevaban a la puerta del alcázar, treinta metros por delante. Junto al sendero el pozo del agua estaba siendo tragado por la hierba. A la izquierda, la entrada a la torre era una boca negra; en el lado contrario, una casucha de madera sin techo y carcomida por los insectos servía de apoyo a un árbol tan torcido como siniestro. Al llegar hasta el pozo y atar las riendas de la yegua al travesaño sintió un roce detrás de ella; cuando volteó con el puñal listo para defenderse oyó una puerta cerrarse. Suspiró.
Entonces sus ojos se posaron en el muro del bastión, entre el musgo y por encima de una portezuela de madera se adivinaba una enorme pintura blanca y unas letras que se superponían a ésta. Sin guardar el arma fue hasta allí, y por tener su vista clavada en la pintura tropezó con algo. Cuando se incorporó y echó un vistazo al obstáculo, no vio otra cosa que un muerto: la armadura lo delataba como un soldado, y el estado del acero y un rostro aun con algo de carne como un muerto medianamente reciente. Volteando de nuevo hacia el muro, pero esta vez mirando el trecho que la separaba de él, la Streshee vio al menos una decena de guerreros marchitos. Y entre todos ellos, una muñeca de trapo.
Se valió del puñal para descubrir el muro. Pudo entonces apreciar la pintura. ‹‹Aquí habita el Infame››.
—Tantas muertes y para nada, por servir a una Diosa que no existe —dijo en voz alta.
Los humanos deben creer en algo, aunque ese algo no exista y los lleve a la muerte —le respondió mentalmente Hildrion, el ser con quien compartía su cuerpo.
Por sobre esas pocas palabras destacaba otra, escrita con el rojo de la sangre:
VÁYANSE.
 
La Streshee se concentró en la trampilla. La madera tenía refuerzos de metal y en ella se adivinaban hendiduras y grietas hechas por golpes fuertes. Golpes desde el otro lado. A los pies, medio enterradas, dos mitades de una misma cadena de gruesos eslabones serpenteaban entre la hierba.
Asintió para sí misma, fue hasta la yegua y sacó de las alforjas una antorcha. No demoró en encender un fuego que la alimentara.  Ya frente al muro otra vez, desenvainó la espada de Hildrion, el Heraldo. Luego abrió la portezuela y entró.
Pronto se vio bajando por una escalera estrecha, poco empinada. La luz anaranjada fue marcándole escalones de piedra pulida, desgastada, en peores condiciones a medida que descendía. La oscuridad parecía huir de ella hacia abajo y al mismo tiempo perseguirla desde arriba.
Contó setenta escalones.
Halló un único pasadizo que seguir, del final llegaba una luz tenue y temblorosa; con los sentidos alertas lo recorrió de principio a fin. Entonces se abrió ante ella una estancia pequeña, de piedras desiguales, de musgo y humedad, de barrotes oxidados; una celda nimbada por el fuego de una antorcha penitente. Del otro lado de la reja una joven se hallaba sentada de espaldas a ella, encorvada por el peso de la angustia. A su lado una flor de pétalos blancos nacía de un cuadrado de tierra desnuda; la contemplaba.
—¿Hola?
Su voz áspera no causó ningún efecto. La prisionera se adelantó y devolvió al cuadrado unas motas de tierra huidizas.
La Streshee probó la verja de la celda. Cerrada.
—Muchacha, ¿acaso no quieres salir de esta celda? ¿Sabes dónde está la llave?
No obtuvo respuesta, pero no la necesitó. Un sutil brillo le llamó la atención. Era la llave, al alcance de la mano de la muchacha, pero no de la suya.
—¿A qué le temes?
Ante otra nula respuesta, la Streshee dejó la antorcha, envainó la espada y se quitó los guantes. Con las manos desnudas rodeó los barrotes, enseguida sintió un intenso calor en ellas. Vio brotar un hilo de humo de los barrotes, que enrojecían, primero los que encerraba directamente, luego los vecinos y las uniones horizontales. Entonces empujó, doblando el metal hasta que se abrió un hueco. Encorvó la espalda y pasó.
Lentamente se acercó a la joven, le apoyó una mano en el hombro y se súbito sintió un choque, una sensación que la obligó a retirar la mano. Energía maligna, lo supo, pero en el fondo encerraba una voz que pedía auxilio.
No atinó a reaccionar. La muchacha se volvió con la velocidad de una culebra, la apartó de un empellón y gritó con todas sus fuerzas. Fue un aullido largo y espantoso, y la Streshee se vio obligada a llevarse las manos a las orejas y apretarlas contra su cabeza. El grito se alargó más allá del instante que tardó la joven en perderse en la oscuridad del pasadizo.
Aturdida se lanzó corriendo tras ella, sabiendo que podría encerrarla ahí abajo. Fue en vano, no la alcanzó antes de que llegara a los escalones. Pero no la encerró.
Salió justo a tiempo de verla entrar a la torre. Soltando una maldición, encendió otra antorcha antes de ir tras ella. Ya lista, se dejó engullir por la boca negra y se sorprendió cuando vio escalones que descendían en espiral. Con la antorcha elevada sobre la cabeza y la espada por detrás del cuerpo los recorrió de principio a fin. Esta vez no los contó. Fueron muchos giros.
La escalera desembocó en una puerta de hierro. A los pies yacían huesos humanos entre piezas de armadura, ni un solo trozo de carne quedaba en ellos; la ropa que alguna vez vistieron estaba ahora pegada al suelo de piedra. La Streshee buscó y halló una llave entre los restos, consiguió que encajara en la cerradura de la puerta.
Empujó y entró.
La habitación era pequeña. En el centro, solitaria, se erigía una silla de respaldo alto, atravesada por correas de cuero y aferrada al suelo con pernos de hierro. Alrededor, contra las tres paredes, se apoyaban muebles y estantes repletos de frascos, botellas y artilugios de los más extraños.
—Tú no eres un soldado.
La voz no era la de una muchacha, sino una profunda, muy grave. Se sobresaltó, no la veía en ninguna parte.
—Lo fui —respondió.
—Tampoco un Sacerdote de la Diosa.
Era imposible que lo fuera, pues solo aceptaban hombres. Aunque bien tenía en claro que con el cabello corto confundía a cualquiera.
—Tampoco —dijo.
—Pero como ellos vienes a matarme. —La muchacha se levantó desde detrás del respaldo y la miró con sus ojos enrojecidos­­­­—. La diferencia es que tú sabes qué soy en realidad, de alguna manera pudiste verlo al tocarme. Y yo sentí en ese contacto una energía también, una muy poderosa, aunque contenida. Una energía opuesta a la que me recorre por dentro. Tú eres un Heraldo.
—Yo sólo soy una mujer que comparte su cuerpo con un ser al que no comprende, al igual que la muchacha a la que tu relegas, demonio. La diferencia es que yo lo acepté por mi propia conveniencia, y tú lo has usurpado.
—No es una diferencia considerable, a fin de cuentas. —El demonio se adelantó y tomó asiento.
La Streshee no retrocedió. Dijo:
 —Hay una gran diferencia, y es que ella lucha por liberarse. De alguna manera te ha traído aquí, a su antiguo hogar, y con ello te ha ganado terreno, ¿cierto?
—Una porción muy ínfima. Ridícula. Mi poder es demasiado para ella.
—Lo es. Pero ese poder me ha atraído a mí.
—¿Y eso debería intimidarme?
—Debería, sí.
El demonio rio.
—Pues no lo hace. He sobrepasado los cien años en este cuerpo, ya no hay nada que pueda matarme a mí, o a la muchacha. Ni tampoco separarnos.
Si es cierto lo que dice, debe ser un arbetein —dedujo Hildrion en su cabeza—. Son inmortales, pero no es necesario matarlos para vencerlos.
La Streshee envainó la espada, arrojó al suelo la antorcha, de la funda de su cinturón sacó una especie de cetro, de treinta centímetros de largo, en cuyo extremo se veía la efigie de un grifo sentado sobre una base triangular, con el pico abierto y las alas desplegadas.
—Muchos artilugios y pócimas han probado conmigo —dijo el demonio abriendo los brazos.
La vagabunda avanzó adelantando el cetro, la criatura no se inmutó. Un paso más, dos pasos, tres, se detuvo. Sus ojos se cruzaron, se anticipó una refriega. La bota izquierda de la Streshee se separó del suelo para dar el cuarto paso, la criatura se alzó de repente en un salto que alargaba un brazo armado.
Entonces los ojos del grifo se encendieron en un haz de luz que cegó y frenó a la criatura, y la Streshee  se abalanzó sobre ella y con fuerza le apoyó su mano izquierda en el rostro. La marca que tenía en el dorso comenzó a brillar, y el brillo se fue extendiendo primero por toda la mano y luego al propio rostro del demonio, que con la boca y los ojos muy abiertos no podía reaccionar.
El ojo ciego de la Streshee fulguraba.
Una corriente de imágenes la asaltó. Vio a una niña sentada en el regazo de un hombre sonriente que jugaba con su nariz. La escena cambió y la niña se halló sentada bajo un manzano, acomodando el cabello de una muñeca de trapo, el mismo hombre apareció y ella corrió hacia él con los brazos abiertos y una sonrisa. Luego vio a la niña, ya más crecida, espiando por el ojo de una cerradura, y enseguida pudo ver lo que ella observaba: a ese mismo hombre, tembloroso, de pie frente a un anciano encorvado por la edad y la profanación, y en medio de ellos, naciendo de un símbolo dibujado en sangre, una criatura incorpórea que se avivaba y se apagaba como un fuego quejumbroso. La imagen cambió repentinamente, y la niña y la Streshee no vieron ya ni al viejo ni a la criatura, sino tan solo al hombre tembloroso, en la misma habitación pero de pie frente a un espejo y aferrando un cuchillo cuya hoja a punto estaba de tocar su ojo. Entre vacilaciones, el hombre se dio por vencido y bajó el cuchillo. Y entre llantos la niña dejó de mirar.
Los sentidos de la Streshee volvieron a la habitación de la solitaria silla. Separó su mano del rostro de la muchacha, que tosía y se ahogaba, y tomándola de los cabellos la arrastró hasta sentarla. Pronto se encargó de ajustar los correajes alrededor de los brazos y las piernas.
Retrocedió dos pasos y se sentó en la fría piedra.
Entiendo por qué el demonio se adueñó de ella —dijo Hildrion—. Ese hombre era su padre, lo has visto tratando con el arbetein. Es claro que recibió algo, y es claro que no lo correspondió. Y el demonio se vengó. Ahora, para liberarse, ella debe darle por propia voluntad lo prometido por su padre: sus ojos, su vista. Para ello…
Lo sé, Heraldo. La cuestión es cómo.
La muchacha dejó de toser y la miró, sus ojos tenían el brillo de la humanidad.
—La flor —dijo. Su voz era ahora dulce—. Cerca de la flor tengo más poder sobre él. Ayúdame, tráela hasta mí y haré lo que sea para vencerlo. Ayúdame, estoy cansada. Ayúdame.
La muchacha comenzó a retorcerse, a chillar, las correas de cuero se estiraron bajo la fuerza de su cuerpo y la silla bailó sobre las planchas de hierro y los pernos que la sujetaban al suelo.
La Streshee se levantó y se fue. A su espalda, el demonio siguió luchando por soltarse.
 
Volvió a subir hasta el patio del castillo, y volvió a bajar hasta la celda. La flor tenía que ser la clave, su estado demostraba que no era mundana. Ahora ella entendía por qué la muchacha no lo atacó y optó por correr, fue a ella a quien tocó en el hombro, no al demonio.
Se acuclilló junto al cuadrado de tierra desnuda y contempló la flor de pétalos blancos. Zumbaba, y brillaba, la atraía, la llamaba.  Desenfundó el puñal y lo acercó poco a poco al tallo, pero se arrepintió. No quería hacerle daño. Bajó el arma, acuchilló la tierra, cavó. A la vista quedaron las raíces, metió el puñal debajo e hizo palanca hacia arriba, una raíz se cortó, luego otra y otra. Quedó una. A continuación rodeó el tallo con su mano izquierda, y al hacerlo una corriente de energía le recorrió el brazo. No se detuvo, cortó la última raíz y poniéndose de pie tiró hasta que separó por completo la flor del cuadrado de tierra.
Entonces miró a su alrededor. Ya no había piedras desparejas, musgo ni humedad, no había barrotes oxidados. Estaba en medio del bosque. Giró sobre sus pies, mientras sus ojos buscaban el pozo del agua, la atalaya, el alcázar. No los halló. Pero sí a la muchacha, sentada en la silla, la cabeza reclinada sobre el pecho, y a su alrededor yacían los guerreros muertos. Corrió hacia ella, se detuvo a un paso de distancia, la muchacha levantó la vista y la miró. Sus ojos no tenían el brillo de la humanidad, pero tampoco el reflejo de la maldad del demonio. Estaban blancos. Ciegos. Huecos. Y de pronto una sombra, detrás de ella, se perdió entre las hayas y los robles dejando a su paso el eco de una carcajada.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#2
He leido solo hasta la mitad más o menos, pero puede que lo retome. Me gusta la ambientación con el arbol retorcido, la casa carcomida, etc. Sin embargo, creo que debería poner diosa en minuscula, ya que se usa como nombre común y no como nombre propio. Eso la primera vez que sale la palabra, ya que va precedido de artículo indeterminado. Cuando pone la Diosa, entiendo que está bien porque es un nombre propio. O sea, yendo al mundo real, es correcto decir el Dios cristiano, pero si decimos "yo no creo que exista un dios que nos haya creado" iría con minúscula. De todos modos no estoy seguro 100%. Lo de que contó 70 escalones lo veo absurdo porque nadie que ve una escalera se pone a contar los escalones.

Te cuento más si sigo
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#3
Muy bonito relato, me gusta cómo lo cuentas, la forma que le das. Eso es tan importante como la historia en sí.
Y la historia, aunque se diga que no hay nada nuevo bajo el sol, tiene su encanto. Y mucho de ese encanto es gracias a tu forma de contarla.
Gracias por compartirla.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#4
Gracias a ti por tomarte el tiempo de leerlo! Y que bueno que te gustara.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#5
(17/04/2019 06:12 PM)Iramesoj escribió: He leido solo hasta la mitad más o menos, pero puede que lo retome. Me gusta la ambientación con el arbol retorcido, la casa carcomida, etc. Sin embargo, creo que debería poner diosa en minuscula, ya que se usa como nombre común y no como nombre propio. Eso la primera vez que sale la palabra, ya que va precedido de artículo indeterminado. Cuando pone la Diosa, entiendo que está bien porque es un nombre propio. O sea, yendo al mundo real, es correcto decir el Dios cristiano, pero si decimos "yo no creo que exista un dios que nos haya creado" iría con minúscula. De todos modos no estoy seguro 100%. Lo de que contó 70 escalones lo veo absurdo porque nadie que ve una escalera se pone a contar los escalones.

Te cuento más si sigo

Tienes razón con lo de la diosa, siempre se me pasan las mayúsculas. Gracias por señalarlo.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#6
Hola, lo leí y la verdad es que me gusto bastante, la forma en que relatas la historia y describes las ruinas más el bosque, tiene su encanto; por otro lado, el Heraldo tiene un trasfondo interesante, dan ganas de saber más de él, como obtuvo el cetro y sus habilidades Big Grin
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#7
(15/05/2019 12:26 PM)losmancia@gmail.com escribió: Hola, lo leí y la verdad es que me gusto bastante, la forma en que relatas la historia y describes las ruinas más el bosque, tiene su encanto; por otro lado, el Heraldo tiene un trasfondo interesante, dan ganas de saber más de él, como obtuvo el cetro y sus habilidades Big Grin

Gracias por leerlo y comentar!!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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