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[FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 18)- Saga Geralt de Rivia
#1
[Image: bfb996e5eb455fc511dbc3d3a493ae70.jpg]
Capítulo 18





Ciri sostenía la espada de madera en posición de parada. Tras unos días entrenando con Geralt, se estaba habituando a su peso y sus músculos comenzaban a acostumbrarse al ejercicio. Ya no se le caía tan a menudo.

—Salto atrás, Ciri. Y luego, si me acerco, te alejas con una pirueta. ¿Lo has entendido?
—Mmmmm… sí.
—Volvamos a empezar.
—¡Ciri! —la llamó Vesemir—. ¡Ven, niña!

Ciri soltó la espada de madera y corrió hacia el viejo maestro, que asomaba por la puerta con algo colgado del brazo y la miraba con una sonrisa.

—¡Eh, Ciri, no dejes la espada tirada por el suelo! —la regañó Geralt, recogiéndola.
— ¡Perdona, Geralt!
—¿Perdona? ¡Esto te va a costar fregar los platos toda la semana, mocosa!

No dejó de correr hasta que llegó junto al viejo brujo.

—¿Ya lo has terminado, tío Vesemir? ¿Puedo ponérmelo ya? —dijo excitada, saltando alrededor suyo y extendiendo sus manitas hacia las prendas que colgaban de su brazo.
—Claro que si, Ciri. Toma, ve a vestirte con tus ropas de brujo.

La niña cogió las prendas con avidez y entró como un rayo en la fortaleza. Atravesó corriendo el largo pasillo, subió saltando las escaleras, llegó a su habitación y ni siquiera se acordó de cerrar la puerta.
Impaciente, se quitó las botas y la ropa. Se puso la camisa, los pantalones y la chaquetilla de piel de cabra, luego rodeó su cintura con el pequeño cinturón y lo ajustó, con prisa; se puso los guantes de lana sin dedos y se sentó en el suelo para calzarse las botas. De un salto se levantó y se miró hacia abajo, lamentando no tener un espejo de cuerpo entero. Luego dobló las prendas que se había quitado y las guardó en el arcón, olvidadas en cuanto todaron el fondo. Salió, satisfecha y orgullosa, de nuevo al patio, deseando que todos la vieran con la ropa que Vesemir le había hecho con la pieza de piel de cabra que Geralt compró en Vergen.

Geralt y Vesemir, que estaban junto a la puerta, levantaron la vista hacia ella cuando llegó alborotando y sonrieron al verla con la indumentaria brujeril, cada uno por una razón distinta. Así, el Lobo Blanco sonreía al ver la chapuza que el pobre viejo, sin ningún conocimiento de sastrería, había hecho con su mejor intención para facilitarle la vida a Ciri, y Vesemir sonreía por ver a la niña tan contenta.

—¡Gracias, tío Vesemir! ¡Me gusta mucho!
—Bueno —dijo el viejo—, al menos ahora no tropezarás con tus faldas durante los entrenamientos.
—¿Te gusta, Geralt? ¿Parezco una auténtica bruja? ¡Dilo! ¿Qué te parece?

Geralt rió bajito ante el entusiasmo de la pequeña y observó, pasmado, el orgullo que destilaban los ojos de Vesemir al mirarla. La niña parecía haber despertado al viejo maestro de un largo letargo y, aunque intentaba disimularlo, estaba desarrollando una debilidad hacia ella sin precedentes. O quizá uno, llamado Triss.
Lo cierto era que en la semana que llevaban en Kaer Morhen, Ciri se había convertido rápidamente en la hermanita, nieta o sobrina de los demás brujos.

—Una auténtica bruja, sin duda —concedió.
—¡Eh! Pero ¿qué es esto, Ciri? —gritó Coën desde el patio, dejando por un momento el entrenamiento—. ¿Ya no vistes tus delicadas ropas de mujer?
—¡Qué, Coën, ya no te podrás reír de mí, ya no se me enredaran las faldas a las piernas! —dijo ella.
—¡Cierto! —estuvo de acuerdo Eskel—. ¡Ahora no tendras excusa para no correr por la Senda, princesa!

Ciri abrió mucho los ojos y miró a Geralt.

—¡Sí! ¡La Senda! ¿Puedo ir, Geralt? ¿Puedo correrla?
—Aún no estás preparada.
—¿Por qué? Venga, déjame hacerlo… Es temprano…
—Todavía no, Ciri. La Senda es muy dura, no te creas que es un paseo por el bosque. Antes hay que prepararte —dijo, mirando a Vesemir.
—Sí, habrá que prepararla —estuvo de acuerdo el viejo maestro.
—Y ahora, ve a por la espada. Todavía no hemos terminado con los ejercicios.

Ciri no rechistó, corrió en busca de su espada de madera al soporte que la sujetaba.

—Entonces —dijo Vesemir—, ¿cuándo quieres que empecemos con su dieta, Lobo?
—Cuanto antes.
—Bien. Me encargaré de prepararlo hoy mismo. No será mala cosa para ella, porque me parece a mí que es más menuda de lo que correspondería para su edad. Con las hierbas y las setas se desarrollará antes, fuerte y saludable.  
—Gracias, Vesemir.
—Anda, ve con ella antes de que se impaciente y la emprenda contra el muñeco. Demonio de niña, al final nos dejará sin ni uno…
—Culpa mía, lo olvidé —dijo Geralt mesándose la melena blanca en un gesto nervioso—. Esta tarde sin falta arreglaremos los que rompió.
—Más os vale a los dos.

El brujo blanco se encaminó hacia la niña a grandes zancadas.

—Ya vengo, Ciri. ¡Eh! ¡Ni se te ocurra acercarte al muñeco, mocosa!


Ciri se sentó a la mesa y miró con curiosidad su menú. Lambert había cocinado sus macarrones insulsos, que llenaban los platos de los demás, pero para ella había una escudilla de setas cortadas en láminas y otra con una especie de ensalada. Miró a Geralt sorprendida y enfadada.

—¡Eh! ¿Por qué no hay macarrones para mí? ¡Yo quiero macarrones y no hierbajos, me muero de hambre!
—Ciri, luego comerás macarrones, si quieres. Pero, primero, come lo que se te ha puesto. Vesemir lo ha hecho para ti especialmente, con una receta casi tan vieja como Kaer Morhen. Es una dieta especial para jóvenes brujos, te dará fuerza y vigor.

Con el ceño fruncido y no muy convencida, cogió su jarra y la detuvo a medio camino de su boca, asombrada. El líquido que contenía era azul.

—Y… ¿qué es esto azul de mi vaso?
—Zumo, niña —dio Vesemir.

Disgustada ante tanta novedad, Ciri llevó el zumo a sus labios, resignada y sedienta. No podía revolverse contra el viejo brujo, no era capaz de ser impertienente con él porque le respetaba y le tenía afecto. Vesemir la escuchaba, nunca le tomaba el pelo, la defendía y se preocupaba por ella tanto como Geralt. Cómo iba a pagar con ingratitud los desvelos del brujo.

Probó un sorbo y su sabor la sorprendió gratamente, dejó de protestar y empezó a comer lo que le habían servido. El sabor de las setas y de la ensalada también la dejaron turbada. Quién hubiera dicho que esa bazofia supiera tan bien, pensó. Cuando acabó, ni siquiera se acordó de los macarrones.

El tiempo cambió drásticamente esa tarde. El cielo se oscureció, nubes preñadas de humedad se concentraron amenazadoras sobre las montañas y pronto comenzó a caer aguanieve. Lambert echó más leña al fuego mientras Geralt arrastraba tres viejos muñecos de entrenamiento que dejó en el suelo, junto a la mesa. Luego fue a buscar aguja e hilo y al volver se sentó.

—Puedes empezar a arreglar los muñecos, Ciri.
—¿Yo? Yo no sé coser…
—No hace falta hacer un trabajo fino, basta con que unas con firmeza las cabezas a los cuerpos.
—Ay, ay… ¿no vas a ayudarme?
—Por supuesto que sí, Ciri. Te enhebraré la aguja con gusto y hasta ahí mi ayuda.
—¡Pues vaya una ayuda! —bufó como un gato ella—. ¿Por qué no los cosemos entre los dos?
—No. Tú solita los rompiste sin necesidad, tú los arreglas —dijo el brujo mientras le tendía la aguja enhebrada.

Cogió de mala gana la aguja ganchuda, como las de sutura, y levantó el primer muñeco, inclinándolo hacia la silla donde se sentaba. La cabeza del maniquí colgaba por detrás, casi totalmente descosida a golpes. Era cierto que lo había hecho a sabiendas, encontraba un macabro placer al romper los feos muñecos con su espada de madera. Pero se lo pensaría dos veces en adelante, si tenía que arreglarlos. Con fastidio, comenzó a trabajar.
Arreglar los maniquíes no le llevó tanto tiempo como pensó, pero aún y así terminó el último avanzada la tarde. Geralt estaba limpiando su espada junto al fuego y los demás brujos habían desaparecido ocupados en sus quehaceres. El salón estaba silencioso, tranquilo en desmasía para las ansias de una niña de once años. Qué tarde más aburrida, desperdiciada con estos estúpidos muñecos, se dijo, si Geralt limpia su espada, es que no habrá más entrenamiento por hoy.

—He terminado —le anunció al brujo, poniendo el muñeco en el suelo y guardando despues la aguja y el hilo en su sitio.

El brujo dejó su espada en la funda sobre la mesa y se levantó. Se acercó a los muñecos e inspeccionó el trabajo de la niña. Había cosido los cuellos con puntos de sutura,
pero se veían fuertes y tensos, con puntadas regulares y suficientemente juntas.

—Buen trabajo, Ciri. Lo has hecho muy bien. Ahora ponte la zamarra y los colocaremos en su sitio, en el patio.

Ella le obedeció, cogió la zamarra de un colgador junto a las escaleras y se la puso. Luego tomó uno de los muñecos mientras Geralt cogía los otros dos.
—Uff, pesa mucho…
—Arrástralo, Ciri.

Salieron al patio con sus cargas. Nevaba, y debería hacer rato porque el patio estaba cubierto de una pátina blanca de un par de centímetros. El muñeco de Ciri dejaba un rastro en el suelo, arañando la inmaculada superficie y le recordó la cicatriz del rostro de Eskel.
Cuando Geralt colocaba el último maniquí, una bola de nieve voló hacia ellos. Se estampó de improviso en el hombro de Ciri, estallando en una pequeña nube de polvo blanco. La niña se sobresaltó y miró su hombro, sacudió la nieve con su mano mientras buscaba una explicación, mirando a su alrededor. Una segunda bola surcó el aire y fue a estamparse en el costado de Geralt. Ciri rió divertida, entendió y miró en la dirección en que había venido la bola. Vio dos cabezas asomarse tras el murete superior.
Geralt se giró y la cogió de la mano.

—¡Nos atacan, Ciri! —sonrió el brujo —. ¡A cubierto!

Dos bolas más cortaban el aire. Corrieron a refugiarse tras el murete inferior, pero antes de alcanzarlo les impactaron en las espaldas con dos nuevos estallidos sordos.
Pronto el patio se convirtió en un inercambio de proyectiles que iban y venían, entre los grititos divertidos de la niña al esquivar y las risas de los contendientes cada vez que le daban.

—¡Eh! —les grito Ciri poniéndose de pie—. ¡No os escondáis tan rápido, así no puedo daros! ¡No es justo!
—¡Agáchate, Ciri! —la avisó Geralt—. ¡Que te van a dar!

Una nueva bola se estrelló contra ella, otra la paró el brujo.

—Serán cabrones… ¡Eh, aflojad un poco, que sólo es una cría!
—¡Eh, Geralt! —dijo Eskel riendo—. ¡Siempre puedes ponerte tú delante de las bolas para salvar a la princesa! ¿O es que están demasiado frías?

Una nueva andanada se cruzó por el aire en ambas direcciones. Ciri, al asomarse para tirar, recibió un impacto que se coló por el hueco de su capucha. Se arqueó al notar el frío de la nieve derritiéndose y bajando hacia su espalda. Otra bola explotó contra su cuerpo.

—¡Ayyyyyyyy! ¡Tramposos! ¡Ahora veréis! —se enfadó la niña mientras Geralt estiraba de su brazo hacia abajo antes de que la sepultaran a bolazos.
—¡Eh, Ciri! —le gritó Coën asomando la cabeza desde el murete superior— ¿Cómo quieres darnos, si tus bolas no llegan ni a mitad de camino?
—¡Pero las mías sí! —gritó Geral, acertándole en la cabeza al pillarle desprevenido.

Ciri estalló en risas y se echó a sus brazos, celebrando su puntería. Pronto les llovieron varios bolazos, y Geralt soltó una carcajada mientras se tiraba con ella al suelo tras el murete, de nuevo a cubierto. La niña reparó en que nunca antes le había visto reírse así ni sonreír tanto, divertirse completamente deshinibido. Su rostro estaba libre de preocupaciones, en paz. Eso la hizo feliz.

—Joder, Ciri, estás chorreando… ¡Eh, Coën, Eskel, nos rendimos! —dijo Geralt, aún con la sonrisa en los labios—. ¡Se acabó la guerra!
—¡No, no, no, Geralt! ¡Yo aún no le he dado a nadie! —pataleó ella implorante.

De pronto, Coën saltó el murete y corrió gritando hacia ellos. Ciri soltó un gritito y se agachó rápida a por una de las bolas que esperaban en el suelo ser usadas. Varias le impactaron, pero no se detuvo. Llegó al pretil donde se refugiaban y volvió a saltar con agilidad por encima de ellos. Ciri le tiró la última bola que tenía preparada, entre risas, y él se abalanzó hacia ella, alzándola sobre sus hombros.

—Vamos dentro —dijo Geralt—. Está nevando más fuerte y Ciri esta mojada.

Se dirigieron a la puerta del edificio, no sin que antes una última bola lanzada por Eskel se estrellara contra ella. Ciri dio un gritito al verla venir y se protegió.  Entonces bajó de los hombros de Coën, cogió un puñado de nieve y se lanzó en persecución de Eskel, que entró corriendo por la puerta, muerto de risa. Anochecía y nevaba copiosamente cuando dejaron el patio.

Andar por el corredor cuando la luz menguaba asustaba a Ciri. No le tenía miedo a las ratas, pero odiaba notarlas bajo sus pies. Si no se llevaba la cuerna encendida, se cruzaban en su camino, la hacían tropezar, chilloteaban si las pisaba. Así que se paró en seco al cruzar el umbral y Eskel logró escapar. Geralt se sonrió, sabía muy bien el motivo de su titubeo y la levantó al vuelo al pasar por su lado. Ella se cogió a su cuello y envolvió su cintura con sus piernas; el brujo maldijo al sentir sus dedos helados y los guantes mojados en su nuca.

Al entrar en el salón les recibió el agradable calor de la chimenea, los contendientes se detuvieron unos momentos delante ésta y extendieron hacia el fuego sus frías manos, antes de ocuparse de sus obligaciones. Pasaba de la hora en que acostumbraban cenar.

—Quítate esos guantes mojados, Ciri, y pon la zamarra en una silla cerca de la chimenea —le ordenó Geralt yendo a la cocina para ayudar a Lambert con la cena.

Vesemir estaba sentado al otro lado de la mesa, leyendo un libro, y levantó la cabeza al oír las palabras del Lobo.

—¡Pero bueno, habéis dejado a la niña como un pollo…! —dijo el viejo brujo incorporándose al ver los cabellos, las botas y los pantalones mojados de la muchacha—. Ciri, no te apartes de la chimenea hasta que te seques, coge una silla y siéntate. Que se ocupen estos abusones de poner la mesa. ¡Más vale que la niña no se ponga enferma o me vais a oír, mentecatos!
—No les riñas, tío Vesemir. ¡No me divertía tanto desde, desde…! —se detuvo un momento y su rostro se ensombreció, como siempre que su mente volvía a su antigua vida—. Ya ni me acuerdo…

El viejo maestro se levantó y se fue a sentar junto a ella mientras Geralt y Eskel traían los platos con la cena.

—Cuéntame esa terrible batalla de bolas de nieve, niña —le pidió Vesemir para distraerla de su súbita tristeza.

Y la sonrisa de Ciri volvió a iluminar su rostro mientras se la describía.
Ya no protestó cuando vio el plato de setas y la ensalada, se lo comió todo sin dar guerra. Se bebió también el zumo azul, relamiéndose, como si se tratara de una golosina.
Después de cenar ayudó a Lambert a recoger la mesa y a lavar los platos y demás útiles; cuando regresaron, los brujos charlaban con sus jarras de gaviota blanca en las manos. No se atrevían a dejarlas en la mesa, por si acaso. Más tarde Ciri empezó a bostezar, y Geralt se levantó.

—Vamos a dormir, Ciri. Estás que te caes de sueño.

No protestó, se caía de sueño.

—Buenas noches a todos —se despidió.
—Buenas noches, niña—respondió Vesemir.

Los demás también la despidieron mientras se levantaban para ir a sus cuartos. Era tarde.

En la oscuridad de la habitación, el brujo se desnudó deprisa y de espaldas a Ciri y se puso los calzones de dormir, mientras ella doblaba a tientas su ropa nueva y la dejaba en el arcón.
Las sábanas estaban heladas y Ciri empezó a temblar. Se hizo un ovillo contra el cuerpo de Geralt. Él la frotó enérgicamente para hacerla entrar en calor mientras oía cómo castañeteaban sus dientes.

—Geralt…—farfulló entre los castañeteos.
—¿Sí, Ciri?
—Hoy te has reído de verdad. Nunca te había visto reír de verdad. ¿Por qué nunca te ríes así?
—Pero Ciri, me has visto reír muchas veces.
—No me refiero a esa risa así: ¡he, he, he! —Ciri imitó su risa baja lo mejor que pudo, pero Geralt la entendió—, sino a reírte de verdad.
—¿Qué quieres decir?
—Mmmhmm…—La niña no sabía cómo explicarlo—. Pues como si… ¡de felicidad, eso es!
—¿De felicidad? Hum… Bueno…
—Geralt, ¿por qué no eres feliz?

Se quedó estupefacto. Pasmado. Sobrecogido. No supo qué decir.  

—¿Por qué dices eso, Ciri?
—Te veo. Tú no quieres que lo veamos, pero yo lo veo. El secreto en tus ojos. Y Vesemir también lo ve, me he dado cuenta de cómo te mira. ¿Qué te pasa?¿Te enfadas?
—No sé de donde sacas esas cosas, Ciri. Nadie es completamente feliz, todos lo somos en según que momentos, pero no siempre.
—Yo sé que alguien te ha hecho daño. Yo también tengo un secreto, por eso lo sé.

Guardó silencio unos momentos. ¿Tan evidente era?, pensó. No voy a mentirle, a qué negarlo si parece capaz de ver hasta el último rincón de mi alma…

—Bueno, tienes un poco de razón, Ciri. A veces, las cosas no salen como queremos, salen mal y no puedes olvidarte y seguir con tu vida como si nada.

Ella guardo silencio, reflexionando.

—Geralt… Si jugar a las bolas de nieve hace que te olvides de eso, vas a tener un invierno muy jon… muy jodido.

Soltó una carcajada porque le sorprendió. De las que le gustaban a Ciri. Ni siquiera pudo regañarla por la palabrota, en lugar de eso la besó en la frente y gruñó mientras la estrujaba.

La nieve caía suavemente y el frío se colaba por el postigo, intentando inútilmente alcanzarles en el cálido nido que ellos habían creado bajo las mantas, y en el silencio que solo rompía la suave respiración de la personita más importante para él, el brujo se durmió envuelto en su aroma a gorrioncillo mojado, aún con la sonrisa en los labios.





LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#2
Como veo que no das tregua y ya publicaste el siguiente, me voy allá y te comento los dos allí Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#3
Me has hecho pasar un buen rato con este capitulo, la batalla con bolas de nieve me recordó a mi infancia (que tampoco quedó atrás hace mucho Big Grin), sólo que aqui, dado que hemos visto nieve solo una vez, jugábamos con mandarinas podridas jajajajaja. Uyyyy, como explotaban al impactar, y el olor que te quedaba jejjee. Mi madre contenta cuando tenía que lavar la ropa...

Un errorcito: "todaron el fondo"
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#4
Jajajajaja, en serio con mandarinas??

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#5
Jajaja pues si, y si eran podridas mejor, así te cubrías de verdad. Nos subiamos a los arboles, o al techo de la casa y acechabamos al que pasaba por abajo jajaja Y ayy cuando era con naranjas, esas si dolían jejeje Éramos salvajes, ahora que lo pienso. Y todavía lo somos un poco.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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